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(Este es el primer perfil de una serie de tres autores que reflejan en su obra el impacto del cristianismo)

Tom Holland es un historiador británico, novelista y guionista radiofónico, especializado en la historia de Occidente. Como historiador es muy riguroso, pero a la vez su estilo y forma de contar la historia se acercan al de un novelista, circunstancia que explica que sus obras hayan salido del ámbito de los especialistas para llegar al gran público culto.

“Por mucho que los bancos de las iglesias estén cada vez más vacíos, Occidente permanece amarrado con firmeza a su pasado cristiano”

En Dominio. Una nueva historia del cristianismoHolland estudia la influencia histórica del cristianismo en la configuración de nuestra civilización. Así lo expresa en el prólogo: «Vivir en un país occidental es vivir en una sociedad completamente saturada de suposiciones y conceptos cristianos […] Por mucho que los bancos de las iglesias estén cada vez más vacíos, Occidente permanece amarrado con firmeza a su pasado cristiano […] Tan profundo ha sido el impacto del cristianismo en el desarrollo de la civilización occidental que ha llegado un punto en que pasa desapercibido. Las que se recuerdan son las revoluciones incompletas; el destino de las que triunfan es convertirse en la normalidad.»

Holland ha llegado al convencimiento de que nuestro mundo está impregnado de valores, ideas y conceptos cristianos a partir de su estudio de la historia de Occidente pues, como él mismo confiesa, aunque fue educado de niño en el cristianismo, pronto perdió la fe: «hay muchos en Occidente que se niegan a contemplar la posibilidad de que sus valores, e incluso su misma falta de religión, tenga orígenes cristianos. Lo afirmo con cierta confianza porque, hasta hace bastante poco, yo mismo compartía esta reticencia. Aunque de niño mi madre me llevaba todos los domingos a misa y cada noche rezaba solemnemente, a una edad muy temprana tuve lo que ahora califico como una crisis de fe casi victoriana».

Tom Holland explica en el prefacio de esta obra que ha recuperado una profunda admiración por el cristianismo como revolución triunfadora a partir de su trabajo como historiador. Holland muestra tanto lo revolucionaria que fue esta religión cuando apareció como que nuestro mundo sigue impregnado de los valores y las evidencias cristianas que inspiran incluso a quienes rechazan y atacan al cristianismo, especialmente en todo lo que afecta al compromiso contemporáneo con la ciencia, la dignidad humana, la libertad o la igualdad.

“No hace falta creer que un hombre resucitó de entre los muertos para asombrarse de la formidable influencia del cristianismo”

Dice Holland que «estudiando la antigüedad fui consciente de lo profundamente cristianos que son los cimientos de Europa. No hace falta creer que un hombre resucitó de entre los muertos para asombrarse de la formidable influencia del cristianismo». Con esa percepción escribió Dominio, obra en la que relata siglo a siglo cómo el cristianismo alumbró lo mejor de nuestra civilización que, afirma, no se funda en el mundo greco-romano sino en la Edad Media cristiana. Vivimos hoy del cristianismo y, aunque las cifras de cristianos decaen en Europa, nuestros valores y nuestros prejuicios siguen siendo cristianos.

Holland nos recuerda que el manantial de valores humanistas no surgió de la razón ilustrada ni del razonamiento basado en hechos, sino de la historia bíblica pensada por teólogos cristianos.

HEREDEROS DE LA MISMA REVOLUCIÓN

«La muestra de lo cristiana que sigue siendo esta sociedad es –nos dice Holland refiriéndose a los totalitarismos del siglo XX– que el asesinato de masas provocado por el racismo todavía se considera algo mucho más aborrecible que el asesinato en masa provocado por la ambición de llevar a las masas a un paraíso sin clases sociales».

Concluye Holland su libro diciéndonos que «somos herederos de la misma revolución, una revolución que tiene como corazón la imagen de un dios muerto en una cruz». Incluso los estándares conforme a los cuales hoy tantos critican al cristianismo son profundamente cristianos.

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Angela Merkel ante el dilema moral de los refugiados

(Extracto de Dominio, publicado por la editorial Ático de los Libros, págs. 515-522)

Dominio. Tom Holland. Ático de los libros. Barcelona, 2020. 624 págs.
Dominio. Tom Holland. Ático de los Libros. Barcelona, 2020. 624 págs.

«Desde los mismos inicios de la Iglesia, siempre había existido tensión entre el mandamiento de Cristo a sus seguidores de que viajaran por el mundo y predicaran la buena nueva a toda la creación y su parábola del Buen Samaritano. Merkel conocía muy bien ambos. Su padre había sido pastor y su madre, una mujer muy devota, y había pasado su infancia en un hostal para personas discapacitadas, personas no muy distintas de Reem Sahwil [una palestina nacido en un campo de refugiados]. “El mensaje diario era: Ama a tu prójimo como a ti mismo. No solo a los alemanes. Dios ama a todo el mundo”. Durante dos milenios, los cristianos se habían esforzado en poner en práctica estas enseñanzas. Al ofrecer refugio a las víctimas de la guerra en Oriente Medio, Merkel no estaba haciendo nada que no hubiera hecho Gregorio de Nisa dieciséis siglos antes. Este había instado a su congregación a mostrar caridad, pues el espectáculo de refugiados que vivían como animales era una deshonra para todos los cristianos. “Su tejado es el cielo. Se refugian en los pórticos, callejones y rincones desiertos de la ciudad. Se ocultan en las grietas de los muros como lechuzas”.

Sin embargo, cuando Merkel buscó una justificación para la apertura de las fronteras de su país –un cambio de opinión todavía más radical por lo poco propio de ella que parecía– se negó en repetidas ocasiones a presentarla como un acto de caridad cristiana. Seis semanas después de decir a una chica llorosa que Alemania no podía ser la Buena Samaritana del mundo entero, su nueva postura fue insistir en que solo hacía lo que cualquiera en su lugar habría hecho. Su fe había sido irrelevante a la hora de tomar la decisión. Existía una moralidad que iba más allá de cualquier diferencia cultural o religiosa. Con este argumento, Merkel buscaba desviar la objeción de Orbán de que un influjo de musulmanes en Europa conllevaba el riesgo de transformar el carácter cristiano del continente. La esencia del islam no difería mucho de la del cristianismo. Ambos podían encajar perfectamente dentro de los límites de un Estado liberal y secular. El islam, insistió la canciller –acallando a cualquier miembro de su propio partido que se atreviera a sugerir otra cosa–, tenía cabida en Alemania.

Era mucho más sencillo conseguir que se aceptase una doctrina como la de los derechos humanos si se ocultaba que tenía sus orígenes en los abogados de Derecho canónico de la Europa medieval

Sin embargo, esta posición no estaba, como parecía, en las antípodas de la de Orbán. Dentro de las ansiedades del primer ministro húngaro sobre “una nueva Europa mixta e islamizada” iba implícita la creencia de que, si los musulmanes estaban dispuestos a aceptar el bautismo, podrían ocupar su lugar en el orden cristiano del continente. Un par de generaciones después de la batalla del Lech, el rey de Hungría había recibido del papa una réplica de la Santa Lanza. Los visados de residencia rara vez eran tan santos. Pero Merkel no quería saber nada de lanzas sagradas; como líder de un país que en el pasado reciente había acabado con la vida de seis millones de judíos, no deseaba –comprensiblemente– que pareciera que estaba determinando en qué consistía la identidad europea.

Sin embargo, no había forma de escapar a la historia. En sus suposiciones sobre cómo debía estructurarse una sociedad, Alemania todavía era profunda y claramente cristiana. Igual que el siglo XIX, cuando los judíos habían obtenido la ciudadanía prusiana, los musulmanes que desearan integrarse en la sociedad alemana no tenían más opción que convertirse en practicantes de ese concepto decididamente cristiano que era una «religión». El islam, que tradicionalmente había significado para aquellos que lo practicaban una mera actividad de sumisión, debía moldearse, rehacerse y transformarse en algo muy distinto; aunque, por supuesto, este no era un proceso que hubiera empezado en 2015. Durante un siglo y medio, desde el apogeo del colonialismo europeo, se había acelerado. Su progreso podía medirse por el número de musulmanes en el mundo que aceptaban que las leyes escritas por humanos estaban por encima de las leyes de Dios; que la misión de Mahoma había sido religiosa y no política, y que la relación de los creyentes con su fe era, esencialmente, algo privado y personal. Al insistir en que Alemania era el hogar del islam como lo era del cristianismo, Merkel solo parecía ecuánime. Elogiar a una religión por su compatibilidad con una sociedad secular no era en absoluto un gesto neutral; el secularismo era un producto de la historia cristiana como lo eran las alambradas de Orbán.
Naturalmente, para que funcionara como sus partidarios deseaban, este era un hecho que jamás podría admitirse. A lo largo de su hegemonía global, Occidente se había convertido en un experto en rediseñar conceptos cristianos para públicos no cristianos».

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