Antígona (y María Zambrano) tienen algo que decirnos

El personaje de Sófocles, retomado por la filósofa española, nos interpela con un mensaje sobre la dignidad humana, afirmó la profesora Alicia Nila en el Foro Nueva Revista

La profesora Alicia Nila durante su intervención en el Foro Nueva Revista. Foto: © Federico Marín Bellón
Nueva Revista

Avance

Antígona sigue viva dos mil quinientos años después, como Creonte, o Ulises, resucitado ahora por el cine. Los griegos están de moda. Siempre lo estuvieron, como da a entender George Steiner con su pregunta retórica: «¿Por qué Edipo, Prometeo, Orestes, Narciso, no quedan relegados a la arqueología?». Y Antígona, uno de los mitos fundacionales de nuestra civilización, nos sigue interpelando, como subrayó la especialista Alicia Nila Martínez, doctora en Filología Hispánica, en el Foro Nueva Revista. La sesión giró sobre La tumba de Antígona, de María Zambrano, que parte de la tragedia de Sófocles para hacer una reflexión contemporánea sobre la dignidad, la memoria, la piedad y la justicia.  

En la revisitación de Zambrano, la heroína griega no muere, permanece en la tumba, suspendida entre lo sucedido y lo que todavía puede suceder, y recibe a distintos personajes con los que dialoga. Ese planteamiento se relaciona con la razón poética, una de las principales aportaciones de Zambrano. La filósofa no rechaza el conocimiento científico y racional, pero lo considera «insuficiente si se convierte en la única vía de acceso a lo humano. La razón poética permite que emerjan dimensiones de la persona que han quedado relegadas». Por eso Antígona recibe tiempo y palabra para expresar aquello que había quedado silenciado. 

Salvando las distancias, la heroína griega y la filósofa española están marcadas por la necesidad de sacar a la luz aquello que ha sido enterrado o silenciado. El exilio de Zambrano tras la Guerra Civil se convierte en la «herida fundacional» de su pensamiento, hasta el punto de que se le podría considerar «una especie de Antígona».

ArtÍculo

«Antígona es uno de esos mitos fundacionales de nuestra civilización que nos sigue interpelando, a través de los siglos» indicó Alicia Nila Martínez, doctora en Filología Hispánica y profesora de la Universidad Villanueva, en su intervención en una sesión del Foro Nueva Revista, celebrada el pasado 30 de septiembre. Y nos interpela dos mil quinientos años después de la tragedia de Sófocles porque plantea varios pulsos dialécticos: entre la verdad y la tiranía, entre la ley natural y las leyes de los hombres, entre el individuo y la sociedad, y entre los vivos y los muertos.

Pero también nos interpela gracias a la interpretación que hace la filósofa española María Zambrano (1904-1991). Su obra La tumba de Antígona (1967), «mezcla de ensayo, representación teatral y razón poética, convierte el mito clásico en una reflexión contemporánea sobre la dignidad, la memoria, la piedad, el exilio, los principios y los límites de la razón». En ese sentido, nos proporciona una ética para nuestro tiempo.

En realidad, ese diálogo entre la cultura griega y nosotros no se ha interrumpido del todo, subraya Alicia Nila. Los griegos siempre están de moda, como lo demuestra la Odisea, revisitada ahora por Christopher Nolan. «Tienen esa fuente de la eterna juventud que les hace tan vigentes ahora como hace quince siglos». Desde el lenguaje coloquial, -«usamos la palabra épico para calificar un partido de fútbol»-, hasta las categorías filosóficas o los temas eternos, como la vida, la muerte, la libertad, la justicia, Dios…

Esos temas están presentes en la tragedia de Sófocles, en la que cuenta que Antígona se atrevió a desafiar a Creonte, rey de Tebas, dando sepultura al cadáver de su hermano Polinices, y pagándolo caro, pues fue enterrada viva y terminó suicidándose.

Y se ha prestado a múltiples interpretaciones como recogió, entre otros, George Steiner en Antígonas: una poética y una filosofia de la lectura. Una constante, por cierto, de muchos mitos y personajes griegos, como subraya el propio Steiner con aquella pregunta retórica: «¿Por qué Edipo, Prometeo, Orestes, Narciso, no quedan relegados a la arqueología?».

Alicia Nila resaltó la reinterpretación que Zambrano hace de la tragedia sofoclea. Foto: FMB

Zambrano hace su propia versión del mito, y a diferencia de Sófocles, su Antígona vive y «queda como suspendida en el tiempo… entre lo que ha sucedido y lo que puede suceder». Está en el umbral, que tanta importancia tiene para la filósofa, pues es el lugar desde el que se puede acceder «a una nueva luz y a un nuevo conocimiento».

La razón poética, vía de conocimiento

Y relacionado con el umbral, entra aquí el concepto de razón poética, singular aportación de Zambrano. Se trata de un método de conocimiento que se aleja de la razón discursiva dominante en la filosofía occidental. Zambrano no rechaza el conocimiento científico y racional, pero lo considera «insuficiente si se convierte en la única vía de acceso a lo humano. La razón poética permite que emerjan dimensiones de la persona que han quedado relegadas». Lo humano, arguye la pensadora, no se agota en lo racional… tiene más facetas, pero lo racional puede eclipsarlas y no dejar que aflore «esa verdadera personalidad de cada uno».

Desde esta perspectiva, Zambrano considera que Antígona todavía tiene cosas que decir y, por ello, le concede tiempo y palabra. Así que, en la tumba, Antígona recibe a distintos personajes y dialoga con ellos. Esta transformación «permite a Zambrano revisitar el mito desde otra perspectiva. Incluso Creonte pide disculpas a la heroína. Así, el conflicto deja de reducirse a una mera oposición entre una defensora de la libertad y un tirano, entre la ley natural y el positivismo jurídico».

Alicia Nila destaca que «también Creonte tiene parte de razón: está haciendo cumplir una ley (y es Antígona la que se rebela) y, según algunas interpretaciones filológicas, es incluso el verdadero protagonista de la tragedia, porque él desarrolla el conflicto y sufre sus consecuencias: muere su hijo Hemón y muere su esposa Eurídice».

Memoria, piedad y justicia

La tragedia revisitada por María Zambrano relaciona memoria, piedad y justicia. «Nos hace reflexionar sobre lo que somos. Plantea que los humillados, los silenciados, las personas orilladas de la historia necesitan del sentimiento de la piedad para poder ser restituidas, del mismo modo que el cadáver del vencido Polinices, tenía que ser honrado y no quedar sin sepultura». Su obra, apostilla Alicia Nila, se convierte así en «una forma de hospitalidad para los muertos y para los vivos que todavía buscan su lugar en el mundo».

Resulta significativo que la que provoca la catarsis en esa tragedia sea una mujer, «cuando los que hacían la historia eran los hombres; y las mujeres, los ancianos y los niños quedaban relegados a un segundo plano». El mito, y la versión de Zambrano, constituyen una reivindicación de la figura femenina y sus cualidades. «Forma parte del sistema de opuestos del texto: hombre frente a la mujer, la vida frente a la muerte, el hombre frente a los dioses».

La propia María Zambrano es una destacada figura femenina que, a través de la razón poética, revitalizó el pensamiento español del siglo XX. Desde sus años de formación en la Residencia de Señoritas, fundada por María de Maeztu, junto a alumnas como Victoria Kent, Maruja Mallo y Clara Campoamor; y después como discípula de Ortega y Zubiri en aquella brillante universidad anterior a la Guerra Civil, «una irrepetible edad de plata de la cultura, donde la formación de los estudiantes era más integral, y holística que la de ahora, que tiende a un conocimiento más especializado y excesivamente parcelado».

Alicia Nila mantuvo un diálogo con los asistentes, moderado por Alfonso Basallo Foto: FMB

Admite Alicia Nila que, salvando épocas y contextos, hay algunos paralelismos entre la heroína griega y la pensadora española. Zambrano aparece marcada por el exilio: abandonó España al término de la Guerra Civil y no regresó en cuarenta años, viviendo en Francia, México, Cuba y Puerto Rico. Y ese exilio «se convirtió en la herida fundacional de la que mana su obra filosófica».

De hecho, La tumba de Antígona es el fruto de esa vida desplazada. Como la heroína griega, Zambrano quiso sacar a la superficie aquello que había quedado sepultado por el racionalismo y dar voz a «los olvidados y los silenciados por la historia».  En ese sentido, «se puede considerar a Zambrano una especie de Antígona».

Tres razones para leer a María Zambrano

Alicia Nila concluyó recomendando el ensayo Claros del bosque, como la mejor forma de aproximarse a la obra de María Zambrano, ya que proporciona las claves interpretativas de su pensamiento.

Y dio tres razones para leer y descubrir a la filósofa: que su obra nos ayuda a entender el presente; que tiene indudable calidad literaria; y que plantea un mensaje alternativo: apela a recuperar «esa parte relacionada con el sentimiento (que no con la sentimentalidad) que ha quedado eclipsada por el paradigma científico y técnico».