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Ver productos[Segunda parte del trabajo de Carmen Rocamora sobre las leyendas romanas, que ayudan a ilustrar el carácter de un pueblo milenario y juvenil, clásico y moderno, mitológico y turístico].
Decía Plutarco que: “los malvados no necesitan del castigo de dios ni de los hombres, porque su vida atormentada es para ellos un continuo castigo”.
Nerón es considerado por los historiadores como un tirano y un asesino y como el más terrible de los Emperadores, si bien, el pueblo romano califica a Calígula (el hermano menor de Nerón), como el más cruel y desalmado de los dos, hasta el punto de que su propia guardia pretoriana le dio muerte por sus excesos y crueldades.
Nerón fue hijo de Agripina y Cneo Domicio, que murió cuando el hijo contaba solo tres años de edad. Vino al mundo rodeado de un mal augurio ya que su padre dijo de él: ”Cualquier cosa nacida de Agripina y de mí será desagradable y desastrosa”. Asumió el trono a los 16 años y gobernó durante 13 años.
Al principio, su reinado fue esperanzador. Se comportó como un buen gobernante. Sin embargo, ésta edad de oro duró poco y enseguida surgió su crueldad y malignidad. Plinio dijo de él: ”Si Nerón hubiera muerto en los primero años de su reinado, no sería recordado como un veneno para el mundo”.
Sea como fuere, Nerón mandó matar a sus dos mujeres y a su madre y también condenó a muerte a san Pedro y san Pablo, así como a gran multitud de cristianos. Pero su más terrible epopeya fue “el incendio de Roma”, la noche del 18 de Julio del 64 d. C. Tácito nos cuenta que duró 7 días y 6 noches y en él murieron cientos de personas, otros quedaron sin vivienda y los saqueadores devastaron la ciudad. Naturalmente se culpó a los cristianos del suceso y se cuenta que Nerón contempló el incendio desde el Palatino tocando alegremente la lira.
Su intención era construirse un enorme palacio entre el Coloseo y el Foro Romano donde disfrutar de sus maldades Y así lo hizo hasta que el Senado le declaró “Enemigo Público número uno” y él, desesperado se quitó la vida ayudado por su sirviente Epaprodito quien le hundió el cuchillo en la garganta. Tenía solo 31 años y corría el 68 de la Era Cristiana.
Al enterarse los ciudadanos del suceso, salieron a la calle alborozados, cubiertos por el gorro de los esclavos y cantando y bailando por su liberación. Toda esta historia sirve para comprender por qué el pueblo romano odiaba el recuerdo de Nerón y dar paso a la leyenda que me propongo describir relacionada con su tumba.
Cuenta la historia que en el lugar donde se alza la Iglesia de Santa María del Popolo, en la plaza del mismo nombre se encontraba la tumba de Nerón. Fue el propio emperador quien mandó plantar en ese lugar un gran bosque de álamos y chopos. Empezó a correr la voz de que ese era un “luogo maledeto”, es decir un lugar maldito, donde ocurrían toda suerte de catástrofes pues los espíritus malignos se habían apoderado del lugar causando múltiples estragos.
Hacia el año 1.099 el pueblo consideró que la situación era intolerable y se dirigió al papa para pedir su ayuda. Pascual II, que así se llamaba, decretó tres días de ayuno y se retiró a rezar. Durante las tres noches que pasó en soledad se le apareció la Virgen y le dijo que el único medio de liberar el lugar de los malos espíritus era derribar los árboles que había mandado plantar el emperador, extraer sus huesos de la sepultura y quemarlos junto con los árboles, a continuación tirar las cenizas al Tiber. El papa obedeció el mandato de la Virgen y el tercer domingo, posterior al periodo de ayuno, llevó a cabo la empresa. Nunca más hubo sucesos desagradables o terribles en aquel lugar.
Con el tiempo se construyó una pequeña Capilla y no fue hasta el papado de Sixto V cuando se construyó la actual Iglesia de Santa María del Popolo en 1492.
Verdadera o no, la leyenda o el milagro están llenos de belleza. Los romanos extraen de cada predicción o augurio una conclusión positiva que dulcifica el mito al tiempo que consigue atraer al turismo. Muchos pasan por la Piazza del Popolo sin profundizar en detalles… Quizá si conocieran la historia que se oculta detrás, gozarían más de su visita.
El nombre verdadero es el Puente Fabrizio, considerado como el más antiguo de Roma que unifica la ciudad con la Isla Tiberina.
Durante el papado de Sixto V se llevó a cabo una restauración necesaria. Participaron en ella los cuatro mejores arquitectos de la época, pero como decía Nietszche: ”No se odia mientras se menosprecia. Solo se odia al igual o al superior “. Y la enemistad entre los cuatro, degeneró en un odio espantoso que llegó incluso a los oídos del papa, pero éste fingió no saber nada al respecto.
Cuando acabaron la obra, se congratuló del éxito que habían alcanzado. Sin embargo debido a su conducta envidiosa y malvada, los mandó decapitar sobre el puente que habían restaurado. Pero dada la perfección a la que habían llegado, quiso construir un monumento en el mismo lugar con las cabezas de los cuatro arquitectos colocándolos sobre un solo soporte.
De esta manera, los cuatro que en esta vida no habían hecho otra cosa que litigar y enfadarse fueron obligados a permanecer juntos y unidos por toda la eternidad.
Como decía Unamuno: ”Todo se perpetúa de una u otra manera y todo, luego de pasar por el tiempo, vuelve a la eternidad”.
En una de las plazas más famosas de Roma se encuentra un jeroglífico que quien lo descubra será el hombre más rico del mundo. Se trata, nada menos que la fórmula para fabricar oro.
Se encontraba en esta plaza, hace muchos años el Palacio de los Marqueses de Palombara y se decía que el marqués había encontrado entre varios libros antiquísimos uno que descubría el procedimiento alquimista para fabricar oro.
Llamó entonces a astrólogos y cabalistas para que le ayudasen a descifrar la tan ansiada fórmula, pero todo fue inútil. Desesperado e impotente, decidió escribir en el mármol la maldita fórmula y la pegó en la puerta de ingreso del parque que circundaba el palacio, con la esperanza de que alguien que pasara por allí, descubriera lo que significaba el jeroglífico. Nunca nadie lo ha conseguido.
Sin embargo, la puerta mágica sigue existiendo en el muro del jardín de la Plaza de Vittorio Emanuele por si todavía alguien quiere dirigirse al enigmático jeroglífico. Si es así, los romanos le desearán : ”Buona fortuna”
Cuenta la leyenda que la escultura del Bambino Jesú fue esculpida utilizando un tronco de olivo del Huerto de Getsemaní, mientras que otras gentes más devotas consideraban que fue llevado a cabo por un santo. De cualquier manera se atribuyen al Niño poderes de curar a los enfermos y resucitar a los muertos y de esta idea nace la leyenda que voy a contar a continuación.
Había una mujer gravemente enferma que ante la imposibilidad de moverse para acudir al convento donde se encontraba el Niño, rogó a los frailes que le custodiaban que le dejaran llevar a su casa al Bambino Jesú y que pudiera permanecer allí, aunque fuera una sola noche. De esta manera pensaba que se curarían todos sus males.
Los padres accedieron de buen grado, pero ella tenía otros pensamientos más malvados en su cabeza. Iba a conservar para ella la imagen, cambiándola por otra que había mandado hacer a un gran escultor. Fue tan perfecta la realización que nadie se dio cuenta de que la escultura no era la auténtica, sino una vil copia. La noche siguiente, al sonar la medianoche, se oyeron en la puerta del convento unos golpes enormes propios de un gigante.
Cual fue la sorpresa de todos al comprobar que era el propio Niño Jesús que con sus pequeños pies había hecho todo el camino para volver al convento de los padres… Desde aquel momento se creyó en el carácter milagroso de la imagen y fue el propio príncipe de Torlonia quien regaló una carroza para que el Niño pudiera desplazarse a visitar enfermos y moribundos con total seguridad.
Hoy en día, desde la Navidad a la Epifanía tienen lugar en la Iglesia de Ara Coeli los famosos “sermones del Niño Jesús” en honor a la sagrada imagen.
Y algo muy especial: Cuando acude un enfermo a rogar por su salud ante el Niño, los labios de la escultura se tiñen de púrpura si hay esperanza de curación, mientas empalidecen si no hay salvación para el enfermo.
Podría también llamarse La inteligencia frente a la astucia, ya que como demostraremos a continuación ambas se ven implicadas en la narración de esta leyenda.
Decía Iturrino que “La inteligencia es el espejo del mundo y la calidad del espejo depende de la imagen” .Y paralelamente Maret nos enseñaba que “la gran astucia de unos consiste a menudo de la estupidez de otros “.
Dicho todo esto, procedamos a narrar la historia. Se cuenta que hace muchos años vivía en Roma el duque de Mattei, un empedernido jugador que llegó a jugarse en una noche todo su patrimonio, incluso su palacio. Su futuro suegro enterado del suceso, le aseguró que jamás concedería la mano de su hija a un fanfarrón arruinado, irresponsable y mezquino.
El duque, indignado ante tal insulto, convocó al padre de la novia para decirle que a pesar de las pérdidas del juego y de la maledicencia del pueblo sobre él, un Mattei, siempre sería un gran señor. Al día siguiente invitó a la novia y al padre a ir a su palacio. Les recibió en una sala donde, abriendo de improviso la ventana, apareció como por encanto, una cosa fantástica: había hecho surgir en una noche delante de su casa la magnífica Fuente de las tortugas, diciéndoles: ”Ved qué es capaz de hacer en pocas horas, un fanfarrón arruinado como yo”.
El futuro suegro y la hija quedaron asombrados ante el suceso y el padre se apresuró a excusarse ante el duque y a prometerle a su hija como futura esposa.
Como siempre en las leyendas, hay que ver más allá y profundizar en su moraleja. Probablemente La fuente de las tortugas se encontraba en otro lugar y fue llevada allí en 24 horas, o bien estaba escondida por otro edificio antiguo y fue demolido en una sola noche para hacer aparecer la famosa fuente.
Sea como fuere, la astucia y la inteligencia se dieron cita en aquella ocasión y el duque demostró que era poseedor de las dos. Así que, una vez más, se nos muestra como decía Papini que “Las leyendas se exageran, se hinchan y se deforman, pero algunas veces, las más, se inventan”. Creo, con Papini, que ésta es una de las que se crearon y se transformaron para alcanzar la eterna verdad poética más cierta y verdadera que la auténtica verdad histórica.
En una recoleta plaza de la Roma medieval, se encontraba una pequeña iglesia en cuyo altar mayor estaba un cuadro de la Virgen. Un buen día, dos ciudadanos llegaron a las manos delante de la Virgen, y uno de ellos, fue golpeado hasta morir mientras que el contrincante se dio a la fuga.
Los feligreses se pusieron de rodillas y empezaron a rezar a la Virgen hasta que uno de ellos gritó: ”Fijaos, la Virgen está llorando!”. Efectivamente de los ojos de la Virgen brotaban lágrimas de sangre.
Poco tiempo después, el cuadro de la Virgen fue llevado a la vecina Iglesia de San Salvador, que a partir de ese momento pasó a llamarse Santa María del llanto y se le atribuyeron poderes milagrosos
Pero las leyendas a veces tienen varias interpretaciones y en este caso hay otra versión. Es aquella que dice que la Iglesia se encontraba en un gheto y que el nombre se debía al llanto y a las lamentaciones de los hebreos.
La leyenda es la historia hecha carne en el pensar de los pueblos, porque la honda vida de éstos, su vida íntima, hay que buscarla antes, en las leyendas que en la propia historia verdadera.
En pleno Foro Romano, cerca de las tres columnas del templo de Rómulo y Remo, se encontraba la guarida de un enorme dragón que según los romanos, con su pestífero hálito envenenaba a todos los que vivían alrededor o se acercaban a él.
Fue tal el horror de los habitantes, que el papa Silvestre I se vio en la necesidad de actuar para medir su fuerza con el monstruo, basándose exclusivamente en su fe y en sus creencias. No permitiendo a nadie que le acompañase, se acercó al dragón armado únicamente con un hilo de seda y un crucifijo en la otra mano. La fuerza de su fe y la profundidad de su oración paralizó al monstruo y de ésta manera fue atado con el débil hilo de seda, hasta el punto de que no era no siendo capaz de moverse ni un solo paso.
Convencido el papa de que no había peligro alguno, mandó llamar a sus feligreses que lo ataron fuertemente y le dieron el golpe de gracia… El cuerpo del dragón fue sepultado bajo las tres columnas a las que he hecho referencia al principio.
Poco después, mandó construir en ese lugar una iglesia a la que llamó Santa María Liberadora en agradecimiento por la ayuda que le había prestado la Virgen.
Pero como las leyendas son pura invención del hombre que con el paso del tiempo se propagan y algunas veces se mejoran, hay otra interpretación de ésta leyenda, quizá más científica y sobre todo más creíble para nuestros conocimientos actuales. Es la siguiente: En las proximidades del Templo de Castor y Polux, había un pequeño lago con agua estancada, que con el devenir del tiempo se llenó de anafeles, el mosquito portador de la malaria.
Los romanos ignorantes de la causa de la enfermedad atribuyeron al “mal aire” la causa de su desgracia, cuando en realidad la culpa no era del aire putrefacto ni de ningún monstruo sino simplemente de un mosquito portador de dicha enfermedad.
Como hemos visto a lo largo de estas líneas, los hombres interpretan los bienes o los males que les suceden, en algo superior a sus creencias, sean estas mistéricas, fetichistas o legendarias. Con el paso del tiempo la idea, a fuerza de repetirse se considera realidad y así persiste en la memoria de los hombres haciéndose fábula o mitología. Sin embargo no hay nada que no proceda de la mente del hombre. Todo aquello que se atribuye a lo esotérico ha sido pensado por la humanidad.
Pero también la escritura, la pintura, la escultura, la música, las ciencias, la tecnología, la realidad virtual, la inteligencia artificial, los robots, los cohetes que llegan a la Luna, todo ello, todo, ha surgido de la mente del hombre.
Por ello, a pesar de los enfrentamientos que ha habido y habrá desde que se conoce el paso del ser humano en la tierra, sus guerras de conquista, sus venganzas y sus maldades, ha existido una contraposición fabulosa: el conocimiento y la cultura que nos deben enorgullecer para siempre. Porque como decía Pitágoras: ”El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos”.
Por tanto consigamos algo tan imposible como la inmortalidad a través de la perpetuidad del conocimiento para dejar si es posible, una huella indeleble de nuestro paso por la vida.
Una de cada cuatro personas tiene o tendrá algún trastorno relacionado con la salud mental a lo largo de su vida y una de cada ocho ya lo ha desarrollado, según cifras de la Organización Mundia de la Salud (OMS). Sufren ansiedad, depresión, esquizofrenia, trastorno bipolar, trastorno límite de personalidad o trastornos de alimentación. La Base de Datos Clínicos de Atención Primaria (BDCAP) del Sistema Nacional de Salud (SNS) en España tasa esa proporción en un 27,4%. Las mujeres están un poco por encima de esa cifra: 30,2%. Los hombres, algo por debajo: 24,4%, una tónica constante en la gran mayoría de las categorías que revisan a continuación.
El 10,4 % de la población española presenta signos o síntomas de trastorno por ansiedad y un 6,7% tiene emitido ya un diagnóstico. Es el problema de salud mental que con mayor frecuencia se registra en las historias clínicas de atención primaria, según el informe del Ministerio de Sanidad Salud mental en datos: prevalencia de los problemas de salud y consumo de psicofármacos y fármacos. Su fecha es de diciembre 2020 y sus datos anteriores a la pandemia, por lo que es muy posible que las cifras actuales hayan aumentado. En este sentido la OMS señala en el más reciente Mental Health and COVID-19: Early evidence of the pandemic’s impact (Salud mental y COVID-19: evidencia temprana del impacto de la pandemia) que el porcentaje ha aumentado significativamente: hasta un 25% se ha disparado la prevalencia de los trastornos de ansiedad y depresión en el mundo. En la actualidad, y de nuevo en el ámbito español, el dato más reciente confirmado a esta revista por el Consejo General de la Psicología es que 1 de cada 3 españoles presenta un caso probable de ansiedad; y 1 de cada 4 es un caso probable de depresión.
280 millones de personas en el mundo viven y conviven con la depresión, según la OMS. Es uno de los trastornos de salud mental más comunes e incapacitantes. También es de los más peligrosos: hasta un 90% de las personas que se suicidan tenían diagnosticada esta patología. La depresión es así una enfermedad frecuente que afecta a un 5,7% de los adultos de más de 60 años. El porcentaje es también válido para España según la Encuesta Europea de Salud, que investiga la prevalencia de cuadros depresivos entre la población de 15 años en adelante. En 2020, cifraba el porcentaje en 5,4%. Son 2,1 millones de personas, de las que 230.000 se consideran casos graves. En este sentido cabe resaltar, tal y como hace la psiquiatra Marina Díaz Marsá, que «la depresión en mujeres duplica a la de hombres: 7,1% frente al 3,5%». En los casos graves, lo triplica: por cada caso grave en hombres hay 3,5 que son mujeres.
1 de cada 100 muertes hacen del suicidio una de las principales causas de mortalidad en todo el mundo, según las últimas estimaciones de la OMS. Cada año pierden la vida más personas por suicidio que por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), el paludismo, el cáncer de mama o incluso que por guerras y homicidios.
A escala mundial, entre los jóvenes de 15 a 29 años, el suicidio es la cuarta causa principal de muerte, por detrás de accidentes o enfermedades. Por sexos, los hombres se suicidan el doble que las mujeres (12,6 por 100.000 hombres frente a 5,4 en mujeres). Las tasas de suicidio masculino son por lo general más altas en los países de ingresos altos (16,5 por 100.000).
En España, el suicidio es la principal causa de muerte no natural. Si 2020 presentaba un máximo histórico con 3.941, las cifras de 2021, lo superan. Según los datos publicados por el INE en diciembre de 2022, han fallecido por suicidio 4.003 personas, una media de 11 personas al día; un 75% de ellas varones (2.982) y un 25% mujeres (1.021). Así, 2021 se convierte en el año con más suicidios registrados en la historia de España desde 1906, que es desde cuanto existen registros. Respecto a 2020 se ha registrado un 1,6% más (1,8% en hombres y 1% en mujeres).

También aumenta el número de suicidios en menores de 15 años que no habían pasado de 14 defunciones y en 2021 fueron 22; ocho de ellas, chicas.
Entre los 15 y los 29 años, el suicidio es la principal causa absoluta de muerte. Provoca 316 defunciones anuales frente a las 299 de los accidentes de tráfico o las 295 de los tumores. En el global de edades, sigue siendo la principal causa de muerte no natural en España, multiplicando por 2,5 las provocadas por los accidentes de tráfico (1.599 en 2021), por 14 los homicidios (283) o por 93 las producidas por la violencia de género (43).
Destaca también el dato de las 999 personas mayores de 70 años que fallecieron en 2021 por este motivo.
La Fundación Española para la Prevención del Suicidio, a través del Observatorio del suicidio, recuerdan que España «no posee ningún plan o estrategia específica estatal para la prevención del suicidio», si bien las cifras, la preocupación y la concienciación han contribuido a la puesta en marcha de un teléfono de atención a la conducta suicida, 024, al que se puede llamar las 24 horas del día y todos los días del año.
110 dosis diarias de benzodiazepinas –medicamentos que afectan al sistema nervioso central, con efectos sedantes y ansiolíticos, entre otros– por cada 1.000 habitantes sitúan a España a la cabeza del consumo de este tipo de fármacos. Son los datos que maneja la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes en su informe de 2021. Le siguen Bélgica (con 84), Portugal (80), Israel (77), Montenegro (72) y Hungría (70). Las benzodiazepinas que más se consumieron en 2020 fueron el alprazolam, el diazepam, el lorazepam, el oxazepam, el clonazepam, el bromazepam, el lormetazepam y el brotizolam. La Agencia Española del Medicamento corrobora el dato. Entre el año 2010 y 2021, el consumo de ansiolíticos, hipnóticos y sedantes aumentó en más de 10 puntos, pasando de 82,50 dosis diarias definidas por mil personas y día (DHD, por sus siglas en inglés, Daily Human Dose) a 93,04 en 2021.

Entre los menores también se acusa el repunte. La última edición de la Encuesta sobre el Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias, realizada en 2021 a jóvenes de entre 14 y 18 años, indicaba un aumento del 13,6% en el consumo de tranquilizantes, sedantes y somníferos en este sector de la población. Al ampliar el segmento de edad, aumenta también el porcentaje: casi un 25% para jóvenes de entre 15 y 29 años es la cifra del último «Barómetro Juvenil. Salud y bienestar», de las Fundaciones FAD Juventud (antigua Fundación de Ayuda contra la Drogadicción) y Mutua Madrileña, publicado el pasado verano.
No se puede obviar en este punto la perspectiva de género porque el porcentaje de mujeres dobla al de los hombres que consumen psicofármacos: 34,3% de mujeres frente al 17,8%, según datos del último informe de la BDCAP del SNS. En términos cuantitativos, se dispensan 203,6 DHD, cantidad que permite tratar al 20,4% de la población de 40 años y más con una dosis diaria estándar durante todo el año. Los más utilizados son: antidepresivos, 98,8 DHD (40,3 en mujeres y 52,8 en hombres), ansiolíticos (83,5 en mujeres y 43,4 en hombres) y los hipnóticos y sedantes (40,2 DHD, 52,2 en mujeres y 26,9 en hombres). El consumo tiene un patrón común: es mayor en mujeres, se incrementa con la edad y se observa gradiente socioeconómico.
Los datos más actualizados los ofrece la estadística de seguimiento del consumo de medicamentos en recetas dispensadas en oficinas de farmacia con cargo al SNS, publicada por el Ministerio de Sanidad. Según esta variable, en junio de 2022 las recetas de ansiolíticos y antidepresivos fueron el 5,23% y el 4,73%, respectivamente, del porcentaje total de envases dispensados.
En el acumulado entre enero y junio de 2022 se observa un repunte ligero en el consumo de ansiolíticos (un 0,16% más que en el mismo período de 2021), y más acusado en el de antidepresivos (un 7,36% más que en 2021). En el interanual, entre julio de 2021 y junio de 2022, el consumo en recetas de ansiolíticos y antidepresivos sumaban un 1,42% más y un 7,45% más, respectivamente, que durante el período julio 2020-junio 2021.
Cerca del 80% de los trastornos se desarrolla en edades tempranas de la vida, como refiere la psiquiatra María Inés López-Ibor en el artículo que firma en este dosier.
Un 66,8% de ellos cree que la crisis de la COVID-19 ha tenido un impacto negativo en su salud mental. Antes de esta, un 40% nunca había experimentado problemas psicológicos o de salud mental, pero después… El porcentaje total de adolescentes y jóvenes que presentan problemas psicológicos con cierta o mucha frecuencia en la actualidad es del 24%, mientras que en 2021 era del 8,6% y en 2019 del 6,2%. La prevalencia, pues, ha aumentado casi 18 puntos. El malestar, en jóvenes entre 15 y 29, y la frustración se traducen en enunciados como los siguientes:
Casi 1 de cada 3 jóvenes cree que nada tiene arreglo, que todo irá a peor y cree que es un fracasado/a. Significativo y preocupante es que un 26,7% opina que la vida es una carga inútil, un 20,4% que es mejor no existir y un 17,7% tiene pensamientos suicidas. Son datos de la investigación Jóvenes en pleno desarrollo y crisis pandémica. Cómo miran al Futuro llevada a cabo por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de FAD Juventud, con el apoyo de Fundación Pfizer.

6 psicólogos clínicos por cada 100.000 habitantes es la cifra que manejó el Defensor del Pueblo en una petición (recomendación) al SNS, dirigida a incrementar progresivamente este tipo de asistencia en los servicios autonómicos, ya que está «muy alejada del estándar en los países del entorno europeo». Esta media se sitúa alrededor de los 20 profesionales por cada 100.000 habitantes. Desde la Fundación Civio (organización que incide en la transparencia de los poderes públicos), la medición es aún menor: un 5,1 de psicólogos clínicos por cada 100.000 habitantes sitúa a España en la cola de la atención psicológica especializada en Europa.
En cuanto a los profesionales de psiquiatría, la carencia también es manifiesta por lo que, a principios de año, la Comisión de Sanidad y Consumo del Congreso de los Diputados aprobó una proposición no de ley para pedir al Gobierno el aumento del número de ambos profesionales, tanto de psiquiatras (la cifra dada en dicho documento es de 9,69 por 100.000 habitantes) como de psicólogos clínicos, con el objetivo de mejorar la atención de la salud mental.
El tiempo de media para una primera cita con psicología varía mucho de unas comunidades a otras e incluso de unas zonas a otras dentro de la misma comunidad. En Madrid, la espera para la primera consulta es de 4 meses en adultos y 5 en infanto-juvenil (llegando a más de 11 en algunos casos) con entre 7 y 12 semanas de intervalo medio entre sesiones, según el reciente estudio Indicadores asistenciales y estándares de calidad asistencial para la psicología clínica en los Centros de Salud mental del Servicio Madrileño de Salud evaluados por sus profesionales. Asturias es de las que más prisa se da en atender a la población, con 26 días de espera. Unos dos meses es lo que tienen que esperar los pacientes en Aragón, Baleares, Cantabria o La Rioja, mientras que, en Murcia, los adultos esperan una media de 71 días para la primera consulta y 43 días entre la primera y la segunda cita, según los datos del informe anteriormente mencionado.
La revista Apuntes de Psicología maneja datos parecidos: el tiempo medio para la primera consulta normal en adultos fue de cuatro meses y cinco en infanto-juvenil. El tiempo medio entre sesiones en ambos fue de siete semanas. El número medio de pacientes nuevos semanales fue de 8 en adultos y 6 en infanto-juvenil y de pacientes diarios fue de 9 y 8, respectivamente. La carga media total es 328 pacientes en adultos y 280 en infanto-juvenil. Sin embargo, los encuestados creen que la carga de pacientes activos debería ser 74, sin superar los 150 y un máximo de 6 al día.
En psiquiatría, con datos de 2021 que ofrece Newtral partiendo de los que han recabado en las distintas Consejerías de Salud, las comunidades con mayor tiempo de espera son Andalucía y Murcia. En La Rioja, las dos Castillas y Madrid el tiempo sería inferior a un mes, variando mucho en esta última de unos hospitales a otros.
100 millones de euros con cargo a los Presupuestos Generales del Estado es la cifra global del Plan de Acción de Salud Mental 2022-2024, cofinanciado entre las comunidades autónomas y el Ministerio de Sanidad, que actualiza, tras casi doce años, la Estrategia de Salud Mental.
En un encuentro realizado a mediados de noviembre por la agencia de noticias Servimedia, el presidente de la Confederación Salud Mental España, Nel González, afirmó que, a pesar de los 100 millones de euros anunciados, «si hacemos las cuentas bien, desde al año 2008 hasta 2022 harían falta 4.000 millones de euros para compensar las carencias y para ponerse al día de una forma adecuada» en cuanto a la atención y tratamiento de salud mental.
En Europa, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunció en el Parlamento Europeo de Estrasburgo a mediados de septiembre una iniciativa muy esperada sobre salud mental todavía por concretar. De momento, el trabajo en este sentido se inició en 2021, con la Acción Conjunta ImpleMENTAL que desarrolla (elementos de) la reforma del sistema de salud mental belga, así como el programa austriaco de prevención del suicidio, con el objetivo de extender los beneficios de estas mejores prácticas a los países participantes. Esta acción reúne a un total de 21 países (con una contribución financiera de 5,4 millones de euros). La intervención contra la depresión se lleva a cabo a través del proyecto Alianza Europea contra la Depresión-Best, en el que participan diez países, con una contribución financiera de la CE de 1,6 millones de euros.
En un plano más general, destaca el ambicioso programa EU4Health para 2021-2027, que quiere avanzar hacia una Unión de la Salud en consonancia con el objetivo de «Una salud global», que reúna salud humana, el bienestar animal y protección al medio ambiente. La cifra del EU4Health es de 5.300 millones de euros de inversión y se prevé que la salud mental no quede desatendida. Por si acaso, la Federación Europea de Asociaciones de Psicólogos ha acogido con satisfacción el anuncio de la Comisión Europea y ha solicitado expresamente el reconocimiento de la necesidad de financiar programas que mejoren la salud mental de los ciudadanos.
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“Aunque ahora miremos a Ucrania, la principal amenaza para nuestra seguridad, está el Sur, en África, en el salafismo yihadista” afirmó el teniente general en la reserva Francisco Gan Pampols, en la sesión El nuevo arte de la guerra, celebrada en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Se calcula -indicó el militar, exdirector del Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas- que “hay unos 60.000 efectivos salafistas yihadistas, muy radicalizados, una parte importante de ellos en la franja central africana”, con el agravante de que se trata de “actores no estatales con grandes recursos, con dominio de redes sociales, impredecibles y dinámicos”.
Esta es una de las nuevas amenazas para la seguridad, además de la desinformación o el peligro de escalada nuclear, que el experto analizó junto con el profesor de Ciencia Política, Guillem Colom Piella, y el general de brigada y máster en Estudios Estratégicos por el U.S. Army War College, Salvador Sánchez Tapia, en el ciclo de conferencias Pensar el siglo XXI , dirigido por el catedrático emérito de Sociología, Emilio Lamo de Espinosa, vicepresidente de UNIR.
Este introdujo la sesión, aludiendo al libro de Sun Tzu, El arte de la guerra, tratado de estrategia militar de hace 25 siglos, y explicando “cómo las nuevas tecnologías han dado lugar a fenómenos como la guerra híbrida, no convencional, de la que inevitablemente hemos venido aprendiendo con la guerra o de Ucrania”. Este conflicto, añadió, ha acabado con dos tabúes: que “en Europa no había guerra de conquistas -el Viejo Continente jamás había sido tan seguro-; y que el peligro nuclear parecía casi conjurado”.
“En todas las culturas y en todos los momentos ha aparecido la guerra; civilización y guerra están relacionados desde su origen”
El teniente general Gan Pampols señaló que “civilización y guerra están relacionados desde su origen”. Pero que en el “actual escenario globalizado”, se han creado “graves desigualdades”, dando lugar a los que el militar califica de “era de la ira”. Estas primera décadas del siglo XXI vienen caracterizadas por el acrónimo “VUCA: Volatilidad, Incertidumbre (uncertainty en inglés), Complejidad y Ambigüedad de condiciones y situaciones”, -definido por la Rand Corporation a petición del Ejército estadounidense-, al que Gan Pampols añade la “S” de “saturación de información”.
«La guerra, que supone el enfrentamiento directo de facciones armadas con un objetivo determinado, es la manifestación más violenta de un conflicto entre diferentes grupos armados” explicó. Cuando no se han producido de forma generalizada, ha sido “por una disuasión que hacía del cálculo de pérdidas y ganancias la mejor forma de contener la violencia”.
A los cuatro jinetes del apocalipsis, hay que sumar un quinto, “la desinformación”
A los antiguos dominios de la guerra (tierra, mar, aire, espacio, ciberespacio) “se suma ahora el dominio cognitivo, que juega a través del ciberespacio”. Apuntó que “el 60% de la población mundial vive en ciudades, que son usuarios únicos de móviles normalmente como única fuente de comunicación, y que han ido sustituyendo a los mecanismos de formación del criterio por las redes sociales”. “El elevadísimo grado de conectividad” de las sociedad supone también un alto grado de “vulnerabilidad” apostilló.
Subrayó, a este respecto, que “un factor decisivo en los conflictos actuales es el manejo de la información y la batalla del relato”, de suerte que a los cuatro jinetes del apocalipsis, hay que sumarle uno más: “la desinformación”. La guerra se “dirime en superioridad tecnológica pero el factor humano es el único resolutivo, el individuo es el punto culminante de la acción”.
Las potencias se preparan para la guerra mediante “el poder blando”. Este -indicó el experto- deviene de “la capacidad económica y la capacidad de construcción del relato (la cultura). Y «la primera factoría de producción cultural son los EE.UU. -música, imagen, contenidos, patentes etc-, la segunda es China y la Unión Europea sería la tercera, si fuera lo que debiera, porque son 27 concepciones, algunas de ellas antagónicas”.
Pero también se preparan para la guerra con “el poder duro, con inversiones en seguridad y defensa”. En este sentido, “la OTAN ha sido la experiencia más exitosa como garante de la paz”. Estados Unidos gasta en defensa lo mismo que el resto del mundo; y tiene “un competidor global, China, que ejerce el poder blando a través de la nueva ruta de la seda, con un modelo de penetración económica y neocolonialista, particularmente en África y América”. Está decidida, además, “a controlar un hinterland propio, el Sur del Mar de la China, transformando atolones en bases militares”. Y está construyendo una marina oceánica y reforzando sus capacidades nucleares: “en el 2030 dispondrá de 1000 cabezas nucleares” resaltó el militar.
Respecto a las amenazas a las que nos enfrentamos Gan Pampols enumeró “los costes agregados del cambio climático -sequías, hambrunas, migraciones-; la demanda y competencia por los recursos” -y subrayó que “el agua será motivo de conflictos en la segunda mitad del siglo”-; “la desigualdad, la pérdida de cohesión, la fragmentación; las amenazas del crimen organizado y el cambio demográfico”. Dio el dato de que en 2100 no habrá “ni un solo país europeo entre los diez más poblados del mundo”. Para ese año, Lagos (Nigeria) tendrá 88 millones de habitantes, lo cual significa que “la diferencia de población pujante de África con una Europa en invierno demográfico se va a transformar en un conflicto, que podemos empezar a gestionar ahora o podemos dejar que nos explote”.
Las oportunidades que hay que aprovechar son: “los modelos de la seguridad compartida, la educación para la convivencia, el dominio de la información, la inteligencia artificial al servicio de la paz”. Gan Pampols se preguntó, además, si seremos capaces de lograr “un nuevo orden mundial basado en reglas”.
Guillem Colom: El mando militar y político tienen que disponer de información, “mediante la obtención y el control de los datos”
El profesor Guillem Colom, por su parte, subrayó el componente cognitivo de los conflictos bélicos en la actualidad: “Las guerras son no solo por elementos objetivos sino también por la percepción que se tiene. Por eso es clave lo que ocurra a nivel cibernético e informativo”. Se ha podido comprobar en “el uso de la desinformación como arma por parte de Rusia, que tiene una larga tradición, desde el siglo XIX”.

“Un elemento fundamental” en los choques armados es “la decisión y que esta, a su vez, se apoya en datos” afirmó. El mando militar y político tienen que disponer “de información fidedigna del teatro de operaciones, mediante la obtención y el control de los datos”.
Sánchez Tapia: “La guerra no ha cambiado en lo esencial, aunque haya evolucionado con la tecnología y el cambio social”
Por su parte, el general Salvador Sánchez Tapia indicó que la guerra, que “es un arte, una ciencia y una técnica”, “no ha cambiado en lo esencial” -citando al experto en estrategia, Colin Gray-, aunque “ha evolucionado por la tecnología y el cambio social”. Frente a quienes sostenían tras la caída del Muro y el 11-S que la guerra híbrida dejaba obsoleto el paradigma de Clausewitz, Sánchez Tapia considera que “lo que cambia es el carácter de la guerra (de guerillas, híbrida etc,) pero no su esencia”, consistente en “un duelo a gran escala entre dos contendientes, un acto de fuerza para obligar al enemigo a aceptar nuestra voluntad”.

Siguiendo a Clausewitz, el general afirmó que la guerra siempre tendrá “naturaleza política y trinitaria, con tres elementos: pasión o violencia, razón y azar”. La tecnología va a ser determinante, “compartirán máquinas y humanos el campo de batalla, pero el hombre seguirá tomando decisiones”. Además, “el ciclo de toma de decisiones va a ser cada vez más rápido, debido a la tecnología, y la ventaja en el campo de batalla la va a tener el que sea capaz de decidir antes que su adversario”. Por todo ello será “fundamental invertir en formación técnica y ética de los seres humanos”.
Respecto a la posibilidad de que la reclamación de Taiwán por China acabe en un conflicto armado con Estados Unidos, Gan Pampols manifestó, como opinión personal: “No contemplo una acción de fuerza de China, no entra en su concepto racional”. Calificó el pulso de las dos potencias de “una competición de salvas, que quiere decir que podemos hacer muchas cosas pero no tenemos intención de hacerlas”, dado que “el grado de destrucción que íbamos a provocar se saldría de control”. Y señaló que el concepto de “una sola China” está respaldado por EE. UU., y recordó que cuando Nixon firmó la paz con China, en 1972, Taiwán salió de Naciones Unidas. ¿Cómo se va a producir esa reunificación? La lógica -opinó el experto- es “que se deje que la situación se desenvuelva, que es como China habitualmente aplica la estrategia dejar que por líneas secundarias el equilibrio de poder vaya gravitando del lado chino”.
Guillem Colom consideró que lo bueno del tabú nuclear es que “no se toque”. Lo preocupante actualmente es “que ese tabú se ha reducido y que proliferan los países con armamento nuclear”. En el caso de Ucrania, hubo al comienzo “una señalización nuclear establecida por Rusia, y sin embargo las líneas rojas han ido evolucionando y en su apoyo al país invadido, EE.UU. ya está debatiendo el posible despliegue de misiles antiaéreos Patriot”.
Y Sanchez Tapia recordó que durante la posguerra ha funcionado “el paradigma de la destrucción mutua asegurada con dos superpotencias, la URSS y EE.UU.”, pero con “un tercer jugador -China- tenemos una disuasión a tres bandas” En poco años “China alcanzará las 1.500 cabezas nucleares estratégicas”, de forma, que habrá que redefinir ese paradigma. “No me sorprendería” -opinó- que, “en el medio plazo, viéramos un intento por parte de EE.UU. de simplificar la ecuación y buscar un acercamiento con Rusia, de la misma manera que en los años 70 Nixon fue a China”.
La pandemia ha aumentado el interés por la salud y el bienestar de los adolescentes, que al parecer ha empeorado. Según el último «Barómetro Juvenil. Salud y Bienestar», de la Fundación Mutua Madrileña y la Fundación FAD Juventud, publicada el pasado junio, más de la mitad de los jóvenes (15-29 años) considera que ha sufrido un problema de salud mental en el último año, aunque la mitad de ellos no buscó ayuda profesional. Entre los diagnosticados lo han sido por depresión (16,9%), por ansiedad, pánico y fobias (16,5%). El 50% de los adolescentes españoles sufrió problemas emocionales durante la pandemia, según el estudio dirigido por Mireia Orgilés, de la Universidad Miguel Hernández, «Impacto psicológico de la COVID-19 en niños y adolescentes». El informe de la Fundación ANAR revela un aumento de los intentos de suicidio durante la época de pandemia. Aumentos semejantes se han registrado en Estados Unidos, Inglaterra, Australia y México.
Creo, sin embargo, que nos equivocaríamos si pensáramos que la pandemia ha sido la causa del problema. Lo único que ha hecho ha sido poner de manifiesto vulnerabilidades que ya estaban latentes. Hace ya mas de veinte años, Martin Seligman señaló en su estudio longitudinal sobre la depresión infantil que al menos una cuarta parte de los niños habían sufrido una depresión en algún momento entre los ocho y los trece años, y que el número podría seguir aumentando. En la década de 2010, la OMS nos advertía de que había un porcentaje alrededor de 15-18 % de niños y adolescentes con trastornos psicológicos. En 2015, El profesor Casas, con un equipo del Hospital Vall d’Hebron, elaboró el estudio «Evaluación y tratamiento psicopatológico en el fracaso escolar y académico», realizado en veintitrés escuelas e institutos catalanes. Concluyó que «entre un 18% y un 22% de alumnos presentan trastornos psicopatológicos y del aprendizaje ligados al neuro-psico-desarrollo». Estas cifras son similares a los porcentajes del resto de países desarrollados, pero en España los casos afectan profundamente a la tasa del fracaso escolar, porque no son debidamente atendidos. Poco después se presentó un completo estudio, dirigido por el doctor Matalí, del Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, titulado «Adolescentes con trastornos de comportamiento», que recoge las opiniones de familias, docentes, pediatras y profesionales de la salud mental sobre este problema. La impresión general es que había aumentado mucho en los cinco últimos años, tal vez como consecuencia de la crisis económica, y que el problema no se ataca de manera manera sistemática, porque hay una falta de cooperación entre los diferentes agentes que intervienen. Más del 60% de los padres afectados confiesa estar desbordado y angustiado por el problema.
Nos equivocaríamos si pensáramos que la pandemia ha sido la causa del problema. Lo que ha hecho ha sido poner de manifiesto vulnerabilidades ya latentes
El problema, pues, era conocido, pero sin que se tomaran medidas para resolverlo. Y es un asunto serio. La UNESCO y UNICEF han llamado la atención en múltiples ocasiones sobre la necesidad de cuidar la adolescencia, porque los progresos en la infancia pueden ser anulados por una adolescencia fracasada. Es en la adolescencia donde se determina el tránsito entre generaciones y hay que invertir en ella más para cuidar el futuro. Sin embargo, no lo estamos haciendo bien porque estamos manejando un modelo equivocado de la adolescencia, que, con la idea de aumentar su bienestar, su autonomía y su libertad, con frecuencia solo consigue aumentar su vulnerabilidad. Este es el concepto esencial en este asunto. No es extraño el interés despertado por el tema de la resiliencia. Desde hace dos décadas muchos especialistas lo están advirtiendo. Didier Pleux ha acusado a prestigiosos psicólogos, como Françoise Dolto, de haber convertido la adolescencia en una «crisis programada»: «La creencia profunda en la fragilidad del adolescente conduce irremediablemente a los padres a educar con enormes cautelas».
Estamos aumentando la vulnerabilidad de los adolescentes, su intolerancia a la frustración, hasta llevarlos a la frontera de la patología. Los padres tienen miedo y el miedo ha invadido las consultas de psiquiatras infantiles. Los especialistas son insistentes. Robert Epstein afirma que hemos infantilizado a la adolescencia. William Damon que tenemos pocas expectativas sobre ella. Bernard Stiegler, que los hemos entregado a la fiebre consumista. Michel Fize, que les sometemos a un modo de vida que explica la frecuencia de dolencias psiquiátricas en la infancia y la adolescencia. La American Psychological Association, que estábamos lanzando a nuestras niñas a una sexualización precoz. Boris Cyrulnik ha avisado del peligro de estar favoreciendo la aparición de unos «bebés gigantes», a los que protegemos como niños, pero que tienen posibilidades de adultos.
Estamos aumentando la vulnerabilidad de los adolescentes, su intolerancia a la frustración, hasta llevarlos a la frontera de la patología

Las nuevas tecnologías están teniendo una influencia negativa. Vivir en un mundo en red ha producido una dependencia de esta que afecta a la propia personalidad. En las redes hay dos elementos: las aristas que conectan y los nodos. Parece que lo importante es el tejido, cuando en realidad lo importante son los nodos, que son las personas. El poder de las redes disminuye la autonomía personal. Jean Twenge, de la Universidad de San Diego, estudia en su libro iGen a la generación de internet. El subtítulo del libro resume sus hallazgos: «Por qué los niños superconectados de hoy son al crecer menos rebeldes, más tolerantes, menos felices y no están preparados para la vida adulta». Constata que «los de dieciocho años actúan como hacían los de quince, y los de trece años parecen niños de diez. Los adolescentes están físicamente más seguros que nunca, y, sin embargo, son mentalmente más vulnerables».
Influyen también otros factores sociales. Muchos jóvenes tienen que seguir viviendo con sus padres por la imposibilidad económica de independizarse, lo que ha provocado la aparición de un periodo intermedio, la «adulescencia», de responsabilidades aplazadas. Entre todos estamos fomentado la vulnerabilidad de la adolescencia. Esto quiere decir que, mientras las cosas van bien, nuestros adolescentes viven bien, como reconocen numerosas encuestas, pero que, cuando las cosas se tuercen, carecen de recursos para enfrentarse a las dificultades. La pandemia ha sido una de esas ocasiones, y las predicciones pesimistas sobre su futuro –«vais a vivir peor que vuestros padres»– aumentan también su inquietud en este momento.
En su libro La transformación de la mente moderna, Jonathan Haidt y Greg Lukianoff muestran que la búsqueda de la «ultraseguridad» está alcanzando niveles ridículos en las universidades americanas. En el currículo básico de la Universidad de Columbia había una asignatura llamada «Obras maestras de la literatura y la filosofía occidental», que pretendía tratar «las preguntas más difíciles sobre la experiencia humana», pero en el año 2015 algunos alumnos dijeron que se encontraban con materiales que podían afectarles emocionalmente, y que deberían incluirse alertas (trigger warnings) para advertir que el material podía ser estresante.

Consciente de los datos proporcionados por los especialistas, cuando en 2014 escribí El talento de los adolescentes, insistí en que tenemos que cambiar el «paradigma adolescente». No debemos partir de sus debilidades, sino de sus fortalezas, que son muchas. Los neurólogos nos han dicho que el cerebro adolescente cambia de forma espectacular. Se hace más rápido, más integrado y más capaz de autorregularse. El adolescente no solo tiene más capacidad de aprender y pensar que el niño, sino que piensa y aprende de diferente manera, porque puede autogestionar su inteligencia. Y eso permite e implica tomar mejores decisiones. La capacidad de decidir inteligentemente es el núcleo del Nuevo Paradigma de la Adolescencia. A mis alumnos mas jóvenes solía decirles que durante la infancia habían aprendido a conducir su cerebro, que era un ciclomotor, pero que ahora se encontraban al volante de un Ferrari, y que eso era estupendo, pero tenían que aprender a conducirlo si no querían estrellarse.
Se trata de elaborar una «pedagogía de los recursos», que aumente su capacidad de enfrentarse con las tareas propias de esa edad: (1) aprender a ser autónomos, con una progresiva toma de responsabilidades e independencia de los padres (en este orden); (2) establecer nuevas relaciones sociales; y (3) buscar una identidad aceptable. Todos estos aprendizajes necesitan un buen entrenamiento, que debe ser dirigido. La idea de que la libertad se aprende con más libertad es de una ingenuidad rayana en la estupidez. Las competencias personales se adquieren siguiendo las instrucciones de quien sabe entrenar. La libertad, también.
Manejamos un modelo equivocado de adolescencia: con la idea de aumentar su bienestar, a menudo lo que aumenta es su vulnerabilidad
Si queremos aumentar el bienestar de los adolescentes y proteger su salud mental, y su futuro, debemos establecer un programa para conseguirlo, en el que deben participar todos los agentes sociales. No me canso de repetir que para educar a un niño o a un adolescente hace falta la tribu entera. Los adultos estamos transmitiendo a los adolescentes la idea de que la felicidad consiste en pasarlo bien, no tener que esforzarme, no tener problemas. Sería maravilloso, si fuera verdad. Sucede lo mismo que con las drogas: serían un perfecto camino a la felicidad, si no tuvieran contraindicaciones. Pero, por desgracia, las tienen. La única alternativa es aumentar sus capacidades personales, sus fortalezas, sus virtudes, su talento. Es el gran antídoto contra el miedo y la angustia.

En Despertad al diplodocus expliqué la necesidad de cuidar la estabilidad psicológica de nuestros alumnos; en el Libro blanco de la profesión docente insistí en la necesidad de potencias los departamentos de Orientación en los centros; fundé la Universidad de Padres, para ayudar a las familias en esta difícil tarea educativa. Ninguna de las propuestas que he hecho ha tenido éxito, por lo que siento cierto escepticismo sobre un posible cambio, pero aún así, volveré a insistir. Debemos aumentar los recursos sociales y personales que el adolescente puede utilizar para crecer felizmente. Los recursos sociales constituyen lo que se denomina «capital social» de una comunidad, es decir, los valores compartidos por ella, el modo de resolver conflictos, la confianza en los demás, el buen funcionamiento de las instituciones, la capacidad de relacionarse y de aprender. Los trabajos de Coleman, Putnam, Bourdieu o el informe de la OCDE, The Well-being of Nations: The Role of Human and Social Capital, justifican su importancia. Un entorno estable, seguro, claro, no violento, una buena escuela, un barrio pacífico, un ambiente cultural esperanzado, una sociedad justa son, sin duda, factores de protección deseables.
Una parte del malestar y de la confusión de los adolescentes no es más que el reflejo del malestar y de la confusión de los adultos. Pondré dos ejemplos de actualidad. (1) Psiquiatras y psicólogos han alertado del aumento de casos de adolescentes que en los últimos meses acuden a sus consultas porque se sienten «trans». Según una encuesta reciente, una de cada cuatro personas menores de treinta años no se identifica ni como hombre ni como mujer. Es comprensible que una sociedad líquida provoque desconcierto que a su vez produce ansiedad. En una etapa en que se está buscando la propia identidad, el tema es importante. Pero, los mensajes que lanzamos los adultos, ¿favorecen la libre toma de decisiones o provocan angustias evitables? (2) Estamos preocupados por la violencia y las conductas de acoso en el aula. Es la tribu quien debe presionar para que no sucedan: padres, docentes, inspectores, medios de comunicación, ONGs, los propios adolescentes, a los que hay que pedir colaboración. Siento mucho que el «capital social» y el modo de aumentarlo despierte tan poco interés, y animo a Nueva Revista a tratarlo.
La segunda línea de acción es aumentar los recursos personales de nuestros adolescentes, ayudarles a formas su carácter, estimular los hábitos de excelencia. Disponemos de muchos métodos educativos para aumentar sus recursos vitales. Citaré solo el Programa para la prevención de la depresión (Martin Seligman); el Curso de afrontamiento del estrés (Lewinsohn); el entrenamiento en habilidades para adolescentes (Mufson); el Programa de resolución de problemas para la vida (Spence); o el Programa de recursos para adolescentes (Shochet). Un reciente estudio muestra que la educación emocional mejora el bienestar de los adolescentes (Llamas-Díaz, S, et al.), Systematic review and meta-analysis: The association beetween emotional intelligence and subjective well- being in adolescents, 2022).
Pero estos programas psicológicos no bastan. Necesitan ser prolongados por una profunda educación ética, que no estamos dando en absoluto. Hay una especie de inseguridad que impide hacerlo, como si establecer valores y deberes claros supusiera atacar la autonomía y la libertad personal. Una mala psicología nos ha convencido de que lo importante es la motivación, porque no podemos realizar un acto si no estamos motivados para ello. Se nos está olvidando decirles que hay cosas que hay que hacer, aunque no se esté motivado, porque son nuestro deber.
William Damon, director del Stanford Center on Adolescence, piensa que estamos perjudicando a los jóvenes por las pobres expectativas que tenemos sobre ellos. Nos contentamos con que pasen esa edad sin meterse en problemas y con buenas notas. En el 2011 asistí en Estados Unidos al debate suscitado por un libro escrito por una jurista americana de origen chino, Amy Chua. Se titulaba Himno de batalla de la madre tigre. Se sorprendía por el hecho de que una excesiva preocupación por la «felicidad de los niños» conducía a su fragilización, y oponía esta educación «a la americana» a la educación china, más preocupada por la excelencia. Queremos, por supuesto, que nuestros hijos sean felices, pero tenemos que recordar que la felicidad es la armoniosa satisfacción de nuestras tres grandes aspiraciones: Pasarlo bien, mantener relaciones afectivas estimulantes, alegres, y profundas, y sentir que progresamos, que ampliamos nuestras posibilidades. Ningún adolescente quiere ser insignificante o vulgar, pero muchos piensan que lo son. Tenemos que animarles a buscar proyectos nobles, grandes y hermosos, no contagiarles nuestro pesimismo adulto. Y, sobre todo, no podemos intoxicarles de comodidad, porque es empujarles a la insatisfacción y el malestar.
La felicidad es la armoniosa satisfacción de tres aspiraciones: pasarlo bien, mantener relaciones afectivas estimulantes, alegres, y profundas, y sentir que progresamos
A mis alumnos adolescentes me gustaba contarles historias de adolescentes notables. Recuerdo que les hablé de Laura Dekker con quien coincidí en un debate, cuando ella tenía veinte años. Con trece había anunciado su intención de dar la vuelta al mundo a vela en solitario. Un juzgado de Utrech se lo impidió, pero cuando tenía quince años pudo hacerlo, tras un largo proceso. Tardó quinientos dieciocho días en realizar el viaje. «Mis peores recuerdos –me dijo– no vienen del mar, sino de mis problemas con la justicia holandesa». Ha habido otros navegantes muy jóvenes y adolescentes que se han empeñado en aventuras distintas. Craig Kielburger con tan solo doce años inició una serie de acciones contra el trabajo infantil y termino fundando su propia ONG. Malala Yousafzai recibió el Premio Nobel de la Paz en 2014, a los diecisiete años. El nombre de Greta Thunberg es bien conocido como activista en defensa del clima. En los periódicos aparecen noticias de adolescentes que han elaborado complejos programas informáticos o creado empresas. Y son muchos más los que en todo el mundo cuidan de sus hermanos pequeños, o trabajan para suplir la falta de sus padres. La adolescencia ha liberado a los niños de unas prematuras responsabilidades laborales, pero no de todas las responsabilidades. Dosificarlas bien no deprime a los adolescentes, sino que los fortalece.
Cambiar el paradigma de la adolescencia es una tarea titánica, pero, a pesar de mis repetidos fracasos, escribo este artículo para poder decir una vez más: Por mí, que no quede.
Cormac McCarthy (Providence, Rhode Island, 1933) está en el altar de los grandes novelistas norteamericanos del siglo XX. Allí lo han instalado su genio descomunal, el crítico Harold Bloom y varios de sus muchos premios, sobre todo el Pulitzer por La carretera (2006) y el National Book Award por Todos los hermosos caballos (1992). McCarthy, que llevaba dieciséis años sin publicar, reaparece con esta nueva novela de delirios y genialidades: El pasajero (Random House), y en el mismo volumen, Stella Maris, que en realidad es una parte desgajada y, en cierto modo, aclaratoria, del propio caos creativo que es El pasajero.
A punto de cumplir los 90 años, McCarthy el huidizo autor que apenas concedía entrevistas, se decidió a hablar largo y tendido, con motivo de esta novela, con Oprah Winfrey. Los programas de Ophrah son vistos por una audiencia de entre 20 y 90 millones de norteamericanos, más su multiplicación en las redes mundiales. Además, la editorial Random House ha lanzado todo su aparato promocional con vallas publicitarias en el metro de Madrid y de París, y un extenso lanzamiento mundial.

Esto viene a cuento para hacernos una pregunta: ¿Se trata de una novela de masas, accesible a un lector promedio? Y la respuesta es, no. Estamos ante una abrumadora novela de doble rostro y 620 arduas páginas que pueden llegar a exasperar al público por la densidad de los asuntos tratados: el incesto, la enfermedad mental, los peligros nucleares y la creación de la bomba atómica, la persecución política, la huida, la paranoia, la incomprensión hacia ciertas inteligencias superiores, y, por último, el suicidio o el silencio. Todo ello entre largos diálogos sobre física cuántica, matemáticas o psiquiatría. Estas digresiones, cuya comprobación de coherencia la dejaremos a los físicos y a los matemáticos, no nos apartan tanto del hilo principal, como que nos sumergen más y más en la vida del héroe novelesco, Bobby Western y en la esquizofrenia de su hermana Alicia, ingresada en un psiquiátrico llamado Stella Maris, en Wisconsin.
La última novela (o novelas) de McCarthy ha tenido una promoción publicitaria masiva, pero ¿se trata de una obra de masas, accesible a un lector promedio? La respuesta es no
La trama inicial es esta: En 1980, no lejos de Nueva Orleans, el buzo de rescate Bobby Western localiza en el mar del golfo de México un avión hundido sin signos evidentes de una catástrofe aérea. En el interior se encuentran nueve pasajeros muertos, bien trajeados y con el cinturón de seguridad abrochado. Han desaparecido la caja negra y un presunto último pasajero. La prensa no menciona el misterioso accidente. Unos hombres cuya filiación queda en el aire —¿la CIA, el FBI?— investigan a Western y empieza su persecución. Con pretextos de irregularidades fiscales, sus cuentas, su coche, su vida quedará embargada.
Bobby Western, por su nombre, Occidente, es casi el símbolo de nuestro tiempo. Fuerzas oscuras lo convierten en un proscrito. Pero, ¿quién es Robert Western? Toda la novela se centra en la personalidad, o mejor, en la conciencia moral del protagonista. Entre reflexiones y diálogos brillantes con personajes atrabiliarios —lo mejor de la novela junto con la ironía descarnada de McCarthy—, el público imagina su desencanto, su inmolación a causa del itinerario científico de su padre, su desesperación por la locura de su hermana y el peso de un amor imposible. Western ha sido un físico brillante, un corredor de carreras, un conocedor profundo de las matemáticas, un pasajero a ninguna parte. A su hermana pequeña, con la que vive un amor no consumado, le diagnosticaron esquizofrenia a los cuatro años; eso no impidió que se convirtiera en una matemática precoz y una aspirante frustrada a gran violinista. El padre de los Western fue uno de los científicos que colaboraron con Oppenheimer en el proyecto Manhattan, que produjo las primeras bombas nucleares. Cuando el psiquiatra pregunta a Alicia por su padre, ella responde: «Hacia el final él apenas estaba en casa. Pasaba la mayor parte del tiempo en el Pacífico Sur haciendo explotar cosas». Los dos hermanos arrastran el peso de una culpa destructiva, y desde ese agujero negro, Bobby y Alicia tratan de sobrevivir. Alicia no lo consigue y el final de Bobby será la huida constante que le llevará a abandonarse del todo en la isla de Formentera.
Dos novelas y la historia entremezclada de dos hermanos, los Western. El padre colaboró en la producción de las primeras bombas nucleares. Los hijos arrastran una culpa destructiva
Pero dicha trama aparecerá licuada, tanto que no sabremos nada más del avión hundido, entre las digresiones científicas, las conversaciones en bares oscuros de Nueva Orleans, las reflexiones desesperanzadas del héroe y los fragmentos en cursiva intercalados en el texto general, dando cuenta de las visiones alucinatorias de Alicia.
La historia de Alicia Western la conoceremos más extensamente en Stella Maris, la novela complementaria y para muchos críticos, simplemente, la segunda parte de El pasajero. A través de las transcripciones de las sesiones psiquiátricas de Alicia, se desvelan su voz verdadera, el dolorido amor incestuoso por su hermano Bobby, sus demonios, su inteligencia obsesiva para las matemáticas, su desesperanzado humor y su triste final.
Este es un libro visionario, terminal, lleno de genio y de alucinaciones, con el que McCarthy ha querido mostrar, en un último alarde, la descomposición del mundo en que vivimos. Si en física, la entropía es el grado de desorden molecular de un sistema, Cormac McCarthy ha organizado una novela donde la cronología está desquiciada, los niveles de realidad y de alucinación se confunden, la sociedad acosa a los ciudadanos, la ciencia es abrumadora, los protagonistas se rompen y se reconstruyen como pueden y el monumental caos va de la niebla a la claridad, y de nuevo hacia el abismo. En esta historia todo se desordena, pero no es tan pesimista como parece, lo importante en ella es lo que quiere compartir el autor: el mundo está lleno de incertidumbre y solo la recomposición del alma individual, en este caso mediante la huida, la búsqueda personal y la soledad, es capaz de encontrar un poco de sentido.
«La digitalización y la aparición de nuevos actores y plataformas ha hecho más complejo el mercado, y eso plantea a la publicidad el reto de la flexibilidad y el valor añadido» afirmó Alfonso Rodés Vilá, presidente de Havas Media Group, en la sesión La publicidad en el mundo digital post pandemia. El experto estuvo acompañado, como panelista, por Silvia Velasco Praga, CEO de la agencia de publicidad Be a Lion, y especialista en publicidad digital.
La sesión formaba parte del ciclo El futuro de los medios de comunicación, organizado por el Consejo Social de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), y codirigido por Javier Moreno, exdirector de El País; y Andrés Cardó, economista y consultor estratégico.
Alfonso Rodés calificó de «mucho más complejo al mercado, con un sinfín de especialidades y nuevos formatos”
Alfonso Rodés calificó de “mucho más complejo al mercado, con un sinfín de especialidades y nuevos formatos que incluso nos llevan a redefinir lo que es un medio”. Indicó que hasta hace solo una década los medios tradicionales aunaban información, entretenimiento y utilidad; y que ahora “el mercado de los medios se ha disgregado en tres tipos: los de información (prensa, radio, televisión); entretenimiento (redes sociales, OTT -transmisión de audio, vídeo y otros contenidos a través de internet-) y utilidad (aplicaciones diversas, Google maps etc.)”
Explicó que “el público menor de 35 años demanda entretenimiento e información a través de redes sociales predominantemente, el de más de 65 a través de medios impresos, y la franja intermedia -entre 35 y 65 años- lo hace alternando a unos y otros”. “Actualmente quizá se está abusando de un exceso de entretenimiento” -añadió Rodés-, pero la tendencia de consumo es que “a más edad, el usuario busca más información que entretenimiento y entonces busca la credibilidad de los medios tradicionales”.
Por otro lado, “a la radio no solo no le afecta internet sino que es una ventana que le suma audiencia, y además ha introducido un nuevo formato, los podcasts”. La televisión aguanta con “una cobertura sólida”, si bien la pandemia ha acelerado la aparición de las OTT. Y los grandes perdedores de las disrupciones son “los medios impresos, cuyos contenidos están migrando a medios digitales y redes sociales”. Pero a pesar de todo -matizó-, “aquellos no pueden perder credibilidad ni competir con las redes sociales: no es lo mismo decir que tal noticia ha salido en Twitter que ha salido publicada en El País”.
Respecto a la medición de audiencias, el CEO de Havas señaló que siempre se han cuestionado y “dada la complejidad actual es imposible conseguir una herramienta que permita ajustar efectividad y precio”. Lo importante -afirmó- es “saber por qué es bueno el producto para el consumidor, e interesa más la fidelidad del usuario y el medio que la medición”.
Ante la pregunta de Andrés Cardó sobre el impacto de la disrupción digital en las agencias, Alfonso Rodés respondió que “hay futuro, si tenemos valor añadido”. Comparó el sector a una orquesta de cámara: “hace 25 años tenía pocos instrumentos y funcionaba. Con las redes sociales y las plataformas se han incorporado nuevos instrumentos, la música no suena tan bien, y el cliente aprieta más”. Pero es preciso “ discernir cuales son las disciplinas troncales que no van a cambiar y las que aparecen y desaparecen”, y puso el ejemplo de Pokemon. “La flexibilidad -subrayó- es el gran reto para las compañías de publicidad. Y estar cerca del cliente, y estar a la última en tecnología y mercados”.
El experto valoró, finalmente, el papel que juegan las llamadas comunidades de consumidores, en la medida en la que hacen una labor de control. “Si aparecen es porque las marcas han abusado, y necesitan vigilancia”. Pero advirtió frente a determinadas prácticas que ponen en entredicho la neutralidad de esas comunidades: “no es admisible que haya comunidades de consumidores que trabajen para una marca y en contra de las demás”.
Silvia Velasco: “La inversión publicitaria mundial se ha doblado en los últimos años”
Por su parte, Silvia Velasco, recordó que “la inversión publicitaria mundial se ha doblado en los últimos años, de 400.000 millones de dólares a 750.000 millones, debido a la proliferación de pantallas y actores y al impacto de la digitalización”. Los medios digitales acaparan la mayor parte de la inversión publicitaria, y en EE.UU., el conjunto de medios digitales ya ha superado a los tradicionales.

La transferencia de inversión del sector es consecuencia de “cambios de consumo de la audiencia, con la explosión del uso del smartphone, y la irrupción de las redes sociales, que compiten en el mercado audiovisual (en tiempo de consumo ha ido ganando peso en detrimento del de la televisión)”. Con las redes sociales, explicó la experta, “las marcas pueden hablar de tú a tú con el consumidor, con un tipo de publicidad menos invasiva que la tradicional”.
Resaltó el mestizaje de formatos publicitarios y de contenidos (con el branded content); la aparición de nuevos actores, como los influencers; y en, cuanto a hábitos de consumo, el creciente peso de lo audiovisual (solo el 15% lee de manera habitual en EE.UU.) y el consiguiente crecimiento de la inversión en ese ámbito.

Respecto al fenómeno de los influencers, Silvia Velasco que es “resultado del boom de las redes sociales y para según qué generaciones la influencia es real, aunque depende de los sectores, pueden ser prescriptivos para moda o belleza, pero en otra industrias su impacto es menor”.
Rodés señaló que hay que distinguir entre “influencers -y hay cientos de miles- y celebrities que usan las redes sociales para promocionar marcas”. La clave, en cualquier caso, es la credibilidad… “si se percibe que se trata de publicidad pagada pierde credibilidad”.
La memoria está de moda, qué nos vamos a contar. No solo en España. Una corriente justiciera que pretende ajustarle las cuentas al pasado –reivindicando víctimas o derribando estatuas de victimarios- recorre el mundo. Ese pasado tiene que ver en todos los casos con conflictos: guerras, esclavitud, colonialismo, terrorismo. Y las cuestiones que se plantean se refieren al recuerdo de las víctimas o al modo de suprimir homenajes a los tiranos, los esclavistas o los genocidas. Como la relación entre memoria y conflicto es directamente proporcional (a mayor intensidad del segundo mayor necesidad de la primera), el país que provocó el mayor desastre del siglo XX, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, es el que más políticas de la memoria ha desarrollado. De modo que, ante esa oleada que recorre el mundo, la pregunta surge por sí sola: ¿Qué podemos aprender de Alemania?
Es la pregunta que se hace el periodista norteamericano Clint Smith en un largo artículo en el último número de la revista The Atlantic. Sus reflexiones, a través de diversos encuentros con periodistas, historiadores, directores de museos o familiares de víctimas, arrojan luz sobre las posibilidades, complejidades y riesgos de las políticas de la memoria. Por otro lado, el reciente libro Volver a Stalingrado. El frente del Este en la memoria europea, 1945-2021 (Galaxia Gutenberg), con el que el catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Santiago de Compostela Xosé Manoel Núñez Seixas ganó el Premio Internacional de Ensayo Walter Benjamin, ahonda también en el carácter proteico y multifacético de las memorias colectivas. Y tratando de lo que su título indica, el caso de Alemania tiene un lugar destacado en sus páginas. La lectura en paralelo del largo artículo de The Atlantic y del libro de Núñez Seixas ofrece resultados interesantes y esclarecedores.
La vieja pregunta es ineludible: ¿Cómo pudo ocurrir? ¿Cómo pudo ocurrir en el país probablemente más civilizado de Europa? La pregunta sigue sin tener una respuesta definitiva
Una primera constatación, no por sabida menos digna de ser tenida en cuenta, es que los horrores de la Segunda Guerra mundial y el Holocausto en particular desafían la capacidad de comprensión humana. La vieja pregunta es ineludible: ¿Cómo pudo ocurrir? ¿Cómo pudo ocurrir en el país probablemente más civilizado de Europa? La pregunta sigue sin tener una respuesta definitiva, igual que el horror que contemplaron las primeras tropas aliadas que descubrieron los campos de exterminio (cadáveres apilados unos encima de otros, montones de cuerpos, montañas de carne podrida, supervivientes demacrados que salían de los barracones como esqueletos andantes) les dejó sin palabras. Vomitaron y lloraron en vez de hablar. Aquello era inimaginable, y así se titula precisamente el artículo de Clint Smith: monumentos a lo impensable o lo inimaginable. Alemania y Europa tardaron en reaccionar, de modo que los primeros monumentos a aquel horror impensable fueron los propios campos. Y otra de las preguntas clásicas surgió enseguida entre las tropas aliadas: ¿nadie vio nada? ¿ninguno de los vecinos de, por ejemplo, el campo de Dachau, que está pegado a la ciudad, vio las columnas de humo de los crematorios, percibió el olor a carne quemada?
Clint Smith, profundamente interesado, según propia confesión, en las cuestiones relativas a la memoria pública –“específicamente cómo las personas, las comunidades y las naciones deben dar cuenta de los crímenes de su pasado”-, viajó a Alemania, país “que a menudo se pone como ejemplo de memoria pública responsable”. Y comprobó que “la forma en que el país recuerda este genocidio es objeto de un debate permanente”, que “el esfuerzo de Alemania por memorizar su pasado no es un proyecto con un punto final específico”, que mientras algunas personas creen que el país ha hecho lo suficiente; otras creen que nunca podrá hacerlo.
Y es que, como advierte Núñez Seixas en el libro citado, el asunto de la memoria es complejo y escurridizo, y la dificultad de poner de acuerdo a todos, incluso dentro de un país, es grande. Los llamados lugares de memoria (término acuñado por el historiador francés Pierre Nora), lugares como el Stalingrado de su libro o los Auschwitz y Dachau de que se ocupa Clint Smith, evocan una pluralidad de memorias en la sociedad civil. Hay una memoria fomentada por el Estado y las instituciones, y otra que surge de la base; y se influyen mutuamente, explica Núñez Seixas.
Las divisiones no son solo ideológicas. Incluso entre los que se consideran en el mismo bando en cuanto a la necesidad de reivindicar a las víctimas, surgen desacuerdos. Clint Smit se refiere a las llamadas piedras de tropiezo (en alemán, Stolpersteine): piezas de hormigón de diez por diez centímetros cubiertas por una placa de latón, con grabados que recuerdan a alguien que fue víctima de los nazis entre 1933 y 1945; no solo judíos, también gitanos, discapacitados, homosexuales…. Consta el nombre, la fecha de nacimiento y el destino de cada persona, y las piedras suelen colocarse frente a su última residencia.
En 1996, se explica en el artículo de The Atlantic, el artista alemán Gunter Demnig, cuyo padre luchó por la Alemania nazi en la guerra, empezó a colocar por su cuenta estas piedras en la acera de un barrio de Berlín. Al principio, recibieron poca atención. Luego, al cabo de unos meses, cuando las autoridades descubrieron los pequeños monumentos, los consideraron un obstáculo para las obras e intentaron retirarlos. Pero los trabajadores a los que encargaron hacerlo se negaron a ello. En el año 2000, algunos ayuntamientos empezaron a asumir oficialmente las piedras de tropiezo. En la actualidad, hay más de noventa mil, colocadas en las calles y aceras de treinta países europeos. En conjunto, constituyen el monumento conmemorativo descentralizado más grande del mundo.
Las ventajas de semejante forma de recordar y homenajear a las víctimas son evidentes. La gente suele detenerse ante ellas, y, sobre todo, hacen sentir la individualidad de las víctimas, corregir ese dicho cínico, pero terriblemente real, de que la muerte de un hombre es una tragedia, pero la de diez mil es una estadística. Las piedras de tropiezo -en gran medida, iniciativas locales, colocadas porque una familia, o los residentes de un complejo de apartamentos o un barrio, o escolares de un instituto, se reunieron y decidieron que querían conmemorar a las personas que habían vivido allí- hablan de personas concretas con vidas concretas e insustituibles, hechas, como todas, de proyectos, amores, sueños, que tuvieron su hogar en el concreto lugar que aquellas señalan. Como explica Gunter Demnig, quien las ve (se las tropieza), no puede evitar preguntarse por esa persona que quizá tuviera una edad parecida a la suya o se llamara como él; lo que le ayuda a sentir como semejante y hermano a quien, de otro modo, sería un ser anónimo dentro de una estadística inabarcable. Cada piedra crea sus propios embajadores no oficiales de la memoria, concluye Clint Smith.
Con todo, algunos ven un lado negativo en esta forma de recuerdo. Deidre Berger, presidenta del consejo ejecutivo de la Fundación del Proyecto de Recuperación Cultural Digital Judía y directora general de la oficina del Comité Judío Americano en Berlín, muestra sentimientos encontrados. Si por un lado, el proyecto ha reunido a las comunidades para investigar su historia, por otro lado, la idea de que la gente pise los nombres de los judíos le resulta inquietante y desagradable. Sostiene que serían preferibles placas en la pared, pero está convencida de que la mayoría de los propietarios de edificios no aceptarían, ni siquiera a día de hoy, una placa que dijera: “Aquí vivió una familia judía». Berger también cree que a veces la colocación de las piedras puede servir como una especie de penitencia que limpie el pecado: después de colocar una placa, la gente se limpia las manos y cree que ha hecho todo lo que tenía que hacer.
En Múnich, Charlotte Knobloch, superviviente del Holocausto y antigua presidenta del Consejo Central de los Judíos de Alemania, convenció a la ciudad para que prohibiera las piedras de tropiezo en 2004. La ciudad acabó creando placas a la altura de los ojos. «Creo firmemente que debemos hacer todo lo posible para que el recuerdo preserve la dignidad de las víctimas», dijo Knobloch. «Las personas asesinadas en el Holocausto se merecen algo mejor que una placa en el polvo, la suciedad de la calle y una suciedad aún peor».
Si esto ocurre con una forma de homenaje como esta, los inconvenientes y los desacuerdos son mayores en el caso de los propios campos de exterminio o monumentos de otro tipo. Frédéric Brenner, fotógrafo especializado en retratos de comunidades judías, que lleva más de 40 años viajando por el mundo para documentar la diáspora judía, desaconseja visitar Auschwitz, el campo cuyo nombre ha quedado como el símbolo por antonomasia del exterminio de los judíos. Cuando él estuvo, vio a gente haciéndose selfies que enviarían a sus amistades con presuntos mensajes como «yo delante del crematorio», «yo frente a la rampa»… El calificativo que le merece es obsceno.
En el centro de Berlín se encuentra el monumento dedicado a los judíos asesinados en Europa, inaugurado en 2005 y reconocido como el monumento oficial del Holocausto en Alemania. Diseñado por el arquitecto judío estadounidense Peter Eisenman y con una superficie de 200.000 pies cuadrados, está formado por hileras de 2.711 bloques de hormigón de una altura que oscila entre las ocho pulgadas y los 15 pies. “El espacio se asemeja a un cementerio, una vasta cascada de marcadores de piedra sin nombres ni grabados en su fachada. El suelo bajo ellos se hunde y se eleva como las olas. El monumento es significativo no sólo por su tamaño y ubicación, sino también porque se construyó con el apoyo político y el pleno respaldo financiero del gobierno alemán”, escribe Clint Smith.
Pero para la historiadora y terapeuta Barbara Steiner, “tiene más que ver con la sociedad alemana y la expectativa de tener algo grande: hicimos un gran Holocausto, tenemos un gran monumento». Y el comportamiento de la gente recuerda a la de los campos: “gente fumando de pie sobre las columnas, o saltando de una a otra; ha perdido su propósito y significado, quizá nunca lo tuvo”, se lamenta Steiner. El periodista de The Atlantic cuenta que, cuando lo visitó, encontró a jóvenes haciéndose selfies y sentándose sobre las piedras, a niños pequeños jugando al escondite entre las columnas y a dos mujeres tomadas de las manos y con los rostros cubiertos de lágrimas. “El monumento se había convertido en una parte del paisaje de la ciudad; diferentes personas se relacionaban con el espacio de diferentes maneras”, escribe el periodista. Otras personas, como el escritor Richard Brody, de The New Yorker, echan de menos alguna referencia a los asesinos; se habla de judíos asesinados pero no se dice por quién.
Alemania ha tardado décadas en enfrentarse con su propia memoria. Un motivo para esa tardanza es (v. el libro de Núñez Seixas) que los alemanes, en un primer momento, se vieron también a sí mismos como víctimas; el sentimiento de culpa vino más tarde. Se vieron como víctimas en un doble sentido, en tanto que perdedores de la guerra y víctimas de una élite nazi con la que pretendían no haber tenido nada que ver. A ese sentimiento se sumó una suerte de estado de shock, de parálisis, tras pasar del entusiasmo inicial por los logros del régimen al estrepitoso hundimiento de este. El final de la guerra conllevó una oleada de suicidios en Alemania que el escritor Florian Huber ha detallado en otro libro reciente, Prométeme que te pegarás un tiro (la historia de los suicidios en masa al final del Tercer Reich), en Ático de los Libros.
Clint Smith: «es imposible que un monumento al Holocausto exprese toda la humanidad de las víctimas; ninguna piedra en el suelo puede compensar una vida, ningún museo puede recuperar a millones de personas»
No son fáciles las conclusiones en un asunto como éste, al menos las conclusiones unívocas. Una es, como escribe Clint Smith, que “ninguno de estos proyectos puede estar a la altura de la historia que deben recordar; es imposible que un monumento al Holocausto exprese toda la humanidad de las víctimas; ninguna piedra en el suelo puede compensar una vida, ningún museo puede recuperar a millones de personas”. Otra es que muchos de los monumentos conmemorativos más poderosos de Alemania no se iniciaron como proyectos sancionados por el Estado, sino que surgieron -y siguen surgiendo- de personas corrientes ajenas al gobierno. Otra, volviendo la oración por pasiva, es qué diríamos si no existiera ningún monumento de este tipo. Y, en fin, como también señala Clint Smith, con todas las dificultades y contradicciones del caso, “debemos intentar honrar esas vidas, y dar cuenta de esta historia, lo mejor que podamos; es el propio acto de intentar recordar el que se convierte en el monumento más poderoso de todos”.
Günter Grass dijo una vez a propósito del nazismo: esto no termina, esto no termina nunca. Quizá la de la memoria sea también una historia interminable.
Es bien conocido el León Tolstói (1828-1910) autor de las monumentales novelas Guerra y paz y Anna Karenina. En cambio, los escritos de su época mística o de «profeta social» han gozado de mucha menos difusión. Corresponden al final de su vida, cuando el escritor decidió retirarse a sus tierras de Yásnaia Poliana, 165 kilómetros al sur de Moscú, para dedicarse de una forma febril a mejorar las condiciones de vida de los campesinos.
Esos textos, en los que refleja su pensamiento más filosófico y espiritual, llamaron poderosamente la atención de Stefan Zweig (1881-1942). El escritor austriaco, maestro de la biografía, estudió a fondo la vida y la obra del novelista ruso para intentar comprender cómo un hombre que lo tenía todo renunció a su vida cómoda para ponerse al servicio de los más desfavorecidos.

Ediciones Ulises, sello del grupo Renacimiento, ha rescatado en el volumen El pensamiento vivo de Tolstói el ensayo de Zweig —uno de sus pocas obras no reeditadas— y lo ha acompañado de cuatro textos del autor de La muerte de Iván Ilich esclarecedores de sus ideas.
Tolstói y Zweig tienen mucho en común. Nacieron en familias acomodadas, vivieron de una forma austera, fueron activistas sociales, mostraron su disconformidad con el mundo que les tocó vivir, denunciaron los excesos de las autoridades, criticaron la superficialidad de los intelectuales de su tiempo, dejaron una inmensa obra, fueron muy influyentes en sus contemporáneos y lo siguen siendo. Si bien Tolstói no se suicidó, sí se vio tentado muchas veces por la idea de quitarse la vida. Incluso rechazó todos los cuidados cuando enfermó, como queda de manifiesto en sus tan repetidas palabras al borde de la muerte: «Los campesinos, ¿cómo mueren los campesinos? Me voy… no pueden detenerme… ¡déjenme sólo!».
«Siempre constituye un deleite exquisito —escribe Zweig— el poder considerar a un artista encumbrado como un ejemplo moral, como un hombre que, en vez de buscar su celebridad, se pone al servicio de la humanidad y en su lugar por un verdadero ethos, se somete a la única autoridad ajena a todas las demás autoridades mundanas, a su conciencia irreductible».
Zweig ve en Tolstói un «ejemplo moral, un hombre que, en vez de buscar su celebridad, se pone al servicio de la humanidad»
En su habitual estilo prístino, Zweig relata cómo, en torno a los 50 años, Tolstói recibió súbitamente un golpe, un golpe procedente de lo desconocido». Esa «tormenta íntima», sin motivo exterior alguno, en un hombre que gozaba de una vida de éxito y de todas las comodidades, llevaron al escritor a dedicar los siguientes treinta años de su vida a buscar la respuesta al sentido de la vida.
Zweig reproduce un documento, una hoja de papel con una lista en la que Tolstói enumera las seis «preguntas incógnitas» a las que debe responder. (a) ¿Por qué vivo? (b) ¿Cuál es la causa de mi existencia y la de los demás hombres? (c) ¿Qué propósito tiene mi existencia y la de cualquier otro? (d) ¿Qué significa la división que siento dentro de mí entre el bien y el mal y qué propósito tiene? (e) ¿Cómo debo vivir? (f) ¿Qué es la muerte? ¿Cómo puedo salvarme?
En una primera fase, se dedicó frenéticamente a estudiar la solución que habían dado otros hombres a estas incógnitas. Pero ni la filosofía ni las ciencias le dieron una respuesta convincente. Luego recurrió a las religiones en busca de una fe que le «salvara» de su propio nihilismo. Volvió a la Iglesia, que había abandonado en la niñez. Se esforzó por ser un «perfecto devoto». Pero el estudio a fondo de los Evangelios le llevó al convencimiento de que la Iglesia ortodoxa rusa se había apartado de la enseñanza original y «verdadera» de Cristo.
Y en ello encontró su misión: explicar el sentido real de los Evangelios y difundir el cristianismo «como un nuevo concepto de la vida y no como una doctrina mística». En palabras de Zweig, «el investigador se había convertido en un confesor y el confesor en profeta, y del profeta al fanático no hay más que un paso».
Tras un profundo autoanálisis encontró su misión: explicar y difundir el cristianismo «como un nuevo concepto de la vida y no como una doctrina mística»
La prohibición de sus libros doctrinales —Mi Confesión y Mi fe— y la excomunión por parte de la Iglesia rusa no detuvieron a Tolstói. Puso en marcha su «revolución moral». Arremetió contra la propiedad, «la raíz de todo mal», «la causa del sufrimiento de los que poseen y los que no poseen». Según Zweig, «atacó la propiedad cien veces más mordazmente que Karl Marx y Proudhon». Confiaba en que los ricos renunciarían voluntariamente a su riqueza como hizo él mismo.
Encontró su verdadero enemigo en el Estado, que fue creado únicamente «para proteger la propiedad». El Estado, contravenía el mandamiento de no matarás obligando a sus súbditos a matar a otros hombres enviándoles a la guerra, dictando sentencias de muerte. ¿Qué hacer? Convertido ya en un anarquista radical, proclama que es «deber de toda persona inteligentemente moral resistirse al Estado si este le exige algo anticristiano». Pero no por la fuerza, sino por la resistencia pasiva.
La influencia del pensamiento de Tolstói fue enorme en su época. Era tal su autoridad que muchas personas quisieron poner en práctica la teoría de una nueva sociedad. «No hay exageración en decir que ninguno de los pensadores contemporáneos suyos —asegura Zweig—, ni siquiera Karl Marx o Nietzsche, produjo una emoción semejante en millones y millones».
La revolución rusa intentó apropiarse de su figura, explica Zweig, pero el tolstoísmo rechaza toda resistencia violenta y los bolcheviques «luchaban contra el mal con otro mal» contraviniendo a Tolstói cuando proclamaba «no resistir al mal por la fuerza». «Sin embargo, probablemente contra su deseo (…) fue el precursor, el verdadero antepasado de la Revolución Mundial rusa», concluye el autor austriaco.
No todo son parabienes. En su ensayo, Zweig, no elude las críticas. «Cuando pasa de la diagnosis a la terapéutica, hace proposiciones para el futuro (…), sus conceptos se hacen completamente nebulosos y sus ideas confusas (…) recomienda el ‘amor’, la ‘fraternidad’, ‘la vida en Cristo’ (…) No consiguió establecer los principios básicos ni siquiera en su casa, entre su propia familia». Reconoce, eso sí, que «hubiera sido una previsión barata observar que (…) su pensamiento social y religioso era de más fácil realización que el Estado utópico de Platón o el orden social de Jean-Jacques Rousseau».
Entre sus contemporáneos, hablamos de Marx o Nietzsche, no hubo otro que produjera «una emoción semejante»
Stefan Zweig, refiriéndose a su tiempo —pero resulta igualmente válido para el nuestro—, asegura que las ideas del escritor ruso aún hoy en día conservan un gran interés para el lector individual. «Todo hombre de Estado, todo sociólogo —concluye— puede descubrir una visión profética en su crítica fundamental de nuestra edad; todo artista puede sentirse espoleado por el ejemplo de este vigoroso poeta que atormentó su alma para poder juzgarlo todo y combatir la injusticia con el poder de sus palabras».