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Ver productos«La idea de que, a la postre, da igual aplicar esta o aquella fórmula, seguir esta o aquella tradición, ha penetrado profundamente en el espíritu del mundo occidental. Sin ella, la verdad misma parece inalcanzable. […]. Ahora bien, allí donde no haya verdad, se podrá cambiar toda norma, estará permitido hacer lo contrario de lo que establecen: la renuncia a la verdad es el núcleo esencial de nuestra crisis. Por eso, cuando la verdad no es el soporte, deja de tener coherencia incluso la solidaridad comunitaria —que aun así conserva su belleza—, puesto que una solidaridad así carece en última instancia de fundamento. ¡Con cuánta frecuencia vivimos de la pregunta de Pilato (“¿qué es la verdad?”), aparentemente tan humilde, pero, en verdad, tan orgullosa! […]. Cuando los hombres opinan con extremada facilidad y con una seguridad tan absoluta que dispensa de la verdad, aparece un gran peligro. Todavía mayor es, sin embargo, el que surge cuando se considera imposible la manifestación comunitaria, definitiva, obligatoria y vinculante de la verdad».
(Joseph Ratzinger: Cooperadores de la verdad. Rialp, 2021, pp. 46-7. Introducción, traducción y notas de José Luis del Barco. El texto original alemán se encuentra en: Joseph Ratzinger: Zeitfragen und christlicher Glaube. Verlag Johann Wilhelm Naumann, 1983).
«Si uno se dedica a asestar golpes a su alrededor con demasiada rapidez e imprudencia con la pretensión de la verdad y se instala en ella demasiado tranquilo y relajado, no solo puede volverse despótico sino también etiquetar con enorme facilidad como verdad algo que es secundario y pasajero.
»La cautela a la hora de reivindicar la verdad es muy adecuada, pero no debe provocar el abandono generalizado de dicha pretensión, pues entonces nos moveremos a tientas en diferentes modelos de tradición».
(Joseph Ratzinger: Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época. Una conversación con Peter Seewald. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2002, p. 27. Traducción de Rosa Pilar Blanco).
«He de decir que, a lo largo de mis décadas de actividad docente como catedrático, sentí con mucha fuerza dentro de mí la crisis de la reivindicación de la verdad. Temía que la forma en que manejamos el concepto de verdad en el cristianismo fuese arrogancia, incluso falta de respeto hacia los otros. La pregunta era: ¿hasta qué punto necesitamos eso todavía?
»He analizado con mucho detenimiento esta pregunta. Finalmente logré comprender que renunciar al concepto de verdad significa renunciar precisamente a sus fundamentos. Porque una de las características del cristianismo desde el principio es que la fe cristiana no transmite de manera primaria ejercicios u observancias, como sucede en algunas religiones que consisten esencialmente en observar determinadas disposiciones rituales.
»El cristianismo aparece con la pretensión de decirnos algo sobre Dios, sobre el mundo y sobre nosotros mismos; algo que es verdad y que nos ilumina. Por ello llegué a la conclusión de que precisamente en la crisis de nuestra época, que nos suministra un cúmulo de datos científicos pero nos empuja al subjetivismo en las auténticas cuestiones referidas al ser humano, necesitamos de nuevo buscar la verdad y también el valor para admitirla. En este sentido, esa frase antigua que elegí como lema [la divisa de obispo de Ratzinger es «Colaborador de la verdad»] define parte de la función de un sacerdote y teólogo, concretamente que debe intentar con toda humildad, con plena conciencia de su propia falibilidad, llegar a ser colaborador de la verdad».
(Joseph Ratzinger: Dios y el mundo. Creer y vivir en nuestra época. Una conversación con Peter Seewald. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2002, pp. 246-7. Traducción de Rosa Pilar Blanco).
«¿Cuál es la razón de que ser la verdad coincida con ser la bondad? ¿A qué se debe que la verdad sea buena, que sea el bien sin más? ¿Por qué vale la verdad por sí misma, sin necesidad de acreditarse por los fines que realiza? Todo ello vale si la verdad tiene en sí misma su dignidad propia, si subsiste en sí y tiene más que ser todo lo demás: si es el fundamento sobre el que descansa mi vida. Si se reflexiona detenidamente sobre la esencia de la verdad, no se puede por menos de arribar al concepto de Dios. A la larga, ni el ser propio ni la dignidad de la verdad —de la cual depende a su vez la del hombre y la del mundo— se pueden asegurar si no se aprende a ver en ella el ser propio y la dignidad del Dios vivo. Por eso, la postre, el respeto hacia la verdad no se puede separar del sentimiento de veneración que llamamos adoración. Verdad y culto se hallan en inseparable relación mutua. […] El proceso por el que el hombre se convierte en un ser verdadero es en buena parte el proceso por el que el mundo se torna un cosmos verdadero. Cuando el hombre llegue al final de ese proceso, será bueno, y el mundo lo será también».
(Joseph Ratzinger: Cooperadores de la verdad. Rialp, 2021, pp. 95-6. Introducción, traducción y notas de José Luis del Barco. El texto original alemán se encuentra en: Joseph Ratzinger: «Interpretation-Kontemplation-Aktion. Überlegungen zum Auftrag einer Katholischen Akademie», en: Katholische Akademie in Bayern, 25 Jahre Katholische Akademie in Bayern. Múnich, 1982).
Hace casi veinte años, Samuel P. Huntington, el politólogo que desde principios de los noventa venía hablando de choque de civilizaciones —primero en un artículo, luego en un libro— y convulsionando con sus teorías las relaciones internacionales y el orden mundial, escribió una secuela de sus propias publicaciones centrada en su país y el auge de la inmigración latina. Se tituló ¿Quiénes somos?: Los desafíos a la identidad nacional americana, lo publicó Paidós y, a la postre, sería su último libro, ya que Huntington murió cuatro años después, en 2008.

En la obra Huntington repetía argumentos de su obra capital, El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, en versión latina. Para Huntington, la inmigración hispana podría llegar a dividir América en «dos pueblos, dos culturas y dos lenguas» provocando el consabido «choque de civilizaciones». En un artículo publicado en aquella época —recordemos, 2004— en The Economist se hablaba de su «valentía intelectual. El mundo de los negocios no quiere hablar de inmigración porque consideran a los inmigrantes una maravillosa fuente de mano de obra barata. Y los activistas demócratas no quieren hablar de los inconvenientes porque consideran a los latinos una maravillosa fuente de demócratas». Quisieran o no los demócratas, la inmigración latina en EE.UU. es uno de los fenómenos y, por tanto, temas, de la época: mucho se habló y se habla de ella desde entonces. Su influencia y su poder, en todos los niveles, no han hecho sino aumentar en estas dos décadas en todos los niveles.
Una de las grandes dudas y reparos que planteaba Huntington era si la comunidad latina sería capaz de asimilar la «cultura anglosajona protestante». Olvidaba, según recordaba el artículo de The Economist, que «asimilación» no es absorción, ni mimetización y que mucho ha cambiado y «se ha ampliado la noción fundamental de la identidad en Estados Unidos desde que los puritanos colonizaron Massachusetts. La asimilación —prosigue el artículo— es una vía de doble sentido: los grupos de inmigrantes se adaptan a la corriente predominante en Estados Unidos, pero también la redefinen y enriquecen, aportando algo propio».
La asimilación es una vía de doble sentido: los inmigrantes se adaptan al país y este se redefine y enriquece
Y tanto. En un reciente artículo de BBC Mundo, se ofrecen datos actualizados sobre la influencia y aportación de lo latino y los latinos a EE.UU. Todos redundaban en su poderío demográfico, económico, social…, destacando el que habían llevado al titular: Si los latinos en EE.UU. constituyeran un país «sería la quinta economía del mundo». El dato sale de un informe encargado por una organización llamada Latino Donor Collaborative (LDC), cuyo objetivo es analizar y destacar el rol socioeconómico de este grupo en el contexto estadounidense. Para ello se encargó un estudio a distintos expertos de dos universidades californianas y los resultados confirmaron «la preponderancia de la economía latina estadounidenses en el crecimiento de la economía general del país», tal y como se lee en el propio informe.
Algunos datos destacados de dicho informe, titulado 2022 LDC U.S. Latino GDP (Gross Domestic Product, el equivalente al Producto Interior Bruto), que ayuda a ponerlo en contexto son:
Según un informe que cuantifica la economía latina en los EE.UU. —algo así como un PIB latino— esta ocuparía la quinta posición en el ranking mundial
Volviendo al tema de la identidad y la asimilación, el artículo de The Economist le reprochaba también a Huntington su visión simplista de la identidad y le tranquilizaba: «Los inmigrantes son muy capaces de abrazar más de una cultura y de ser mexicanos en casa y anglosajones en el trabajo». Su conclusión, aparte de subrayar los retos y conflictos que a menudo conlleva el fenómeno de la inmigración (economía sumergida, políticas lingüísticas y sociales) es que los beneficios superaban con creces a los perjuicios: «El coste de cerrar las fronteras sería mucho mayor que mantenerlas abiertas, privando a la economía de algunos de sus trabajadores más enérgicos. A lo largo de su historia, la gran fuerza de Estados Unidos ha sido su capacidad para integrar nuevas personas y las nuevas ideas que traen consigo. No hay razón para pensar que esto cambiará sólo porque la nueva gente venga a través del Río Grande en lugar de cruzar el Atlántico».
«La globalización es imparable y ha permitido que se reduzca radicalmente la desigualdad en el mundo, sin embargo está siendo cuestionada, lo que da lugar a un cierto neomercantilismo” afirmó Fernando Fernández, doctor en Economía y profesor en IE University, en una sesión sobre “La economía-mundo”, celebrada en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).
El experto señaló que “los tres cisnes negros aparecidos en la ultima década (crisis financiera, pandemia y guerra de Ucrania) han fragmentado el mundo y han dado origen a más gasto, más deuda pública, más inflación, todo lo cual desincentiva el crecimiento”.
Fernando Fernández analizó los grandes tendencias de la economía junto con Belén Romana, consejera del Banco Santander; y Miguel Otero, investigador principal del Real Instituto Elcano y profesor del IE School of Global and Public Affairs, en una nueva sesión del ciclo de conferencias Pensar el siglo XXI , dirigido por el catedrático emérito de Sociología, Emilio Lamo de Espinosa, vicepresidente de UNIR.
Este introdujo la sesión indicando que actualmente “estamos en una economía-mundo o global, que salta por encima de los Estados”, como fue descrito por Emmanuel Wallerstein en El moderno sistema mundial, y profetizado por Marx y Engels en el Manifiesto comunista (1848). Y planteó ¿cómo funciona esta economía-mundo en términos de productos, servicios, finanzas, regulación, etcétera?, ¿cuáles son las grandes tendencias de la globalización? y ¿qué retos y oportunidades plantea?
Fernando Fernández comenzó describiendo las grandes tendencias de la economía mundial: Globalización, digitalización, deslocalización, transición energética, demografía y desigualdad.
“La globalización ha beneficiado a los consumidores de países ricos y a los países emergentes, al abaratar los precios”
“La globalización ha beneficiado a los consumidores de países ricos y a los países emergentes, al abaratar los precios” señaló. “Estos últimos han podido incorporarse a la cadena de producción mundial, y todo ello ha contribuido a disminuir la desigualdad radicalmente en el mundo” . Sin embargo la globalización “está siendo cuestionada excesivamente”, lo que da lugar “a un cierto neomercantilismo” añadió.

Destacó el factor clave que ha supuesto “la innovación tecnológica”. Durante el último siglo y medio, ha servido “para apuntalar el aumento del nivel de vida en buena parte del mundo”.
La digitalización ha provocado “la deslocalización del empleo”. Pero al aplicarse fundamentalmente al sector servicios, “el teletrabajo se convierte en un factor adicional de desigualdad. No funciona para los pobres, las mujeres, los jóvenes”.
Ese modelo tiene dos consecuencias de calado, indicó Fernández: “modifica las relaciones laborales, al desalarizar el mercado de trabajo, y permite competir para atraer talento”.
La transición energética, otra gran tendencia, supone “la decisión política de reducir emisiones y poner precio a las mismas”. Fernández consideró que resulta poco realista, ya “que no van a cumplirse los objetivos de los países por el elevado coste que supone en términos de crecimiento. Es ingenuo pensar que la energía va a salir gratis”.
La transición tiene interesantes aspectos geopoliticos. Fernández destacó que si entre los países productores de petróleo y gas natural, dominan EE.UU., Rusia y los árabes; en los de energías limpias (cobre, litio, niquel, tierras raras etc.) tiene un papel preponderante China.
Respecto a las tendencias demográficas, tendrá importantes consecuencias el envejecimiento de la población. Ya que, por primera vez en la historia hay más población en el mundo mayor de 65 años que de 5 años. “En las pensiones, desde luego, pero también el consumo, la producción y el empleo, que serán distintos” afirmó el experto.
“Y si no tienes hijos, tienes que importarlos” agregó Fernández, aludiendo a otra tendencia creciente: la inmigración. Aumentan no sólo los emigrantes sino también los expatriados [personal cualificado que una empresa o institución trasladada temporalmente a otro país]. Y va a continuar aumentando la feminización, “lo que va a influir no solo en el mercado laboral sino también en los procesos de consumo y producción”. Finalmente, avanzará la urbanización: Entre 1950 y 2050 la población urbana se multiplicará por nueve, llegando el 62,5% de la población mundial.
Ante el debate de si hace falta más Estado para corregir la desigualdad, Fernández considera que “lo que hace falta son más oportunidades de movilidad y más crecimiento económico”
Respecto a la desigualdad, Fernando Fernández afirmó que ha crecido en el entorno de los países. Destacó que en EE.UU., el salario medio del ciudadano sin estudios se ha mantenido constante durante cincuenta años, y solo ha habido incremento real en los ciudadanos con educación superior. En Europa, y en el caso de 16 países analizados, crece el número de los trabajos mejor pagados y de los peor pagados, y disminuyen los de las ocupaciones con sueldos medios.
Ante el debate de si hace falta más Estado para corregir la desigualdad, Fernández considera que “lo que hace falta son más oportunidades de movilidad y más crecimiento económico”.
Sobre ese escenario de tendencias, han aparecido tres cisnes negros: la crisis financiera, la pandemia, y la guerra de Ucrania. Y todo ello ha supuesto más intervencionismo del Estado. La crisis del euro -señaló Fernández- “cuestionó la liberalización y desregulación financiera”; y cambió las “obligaciones de los bancos centrales, cayendo en el error de creer que la política monetaria era un arma poderosa para solucionar los problemas, sustituyendo una crisis de deuda por más deuda. Cuando es preciso retomar el crecimiento como la variable básica”.
La tormenta perfecta del Covid 19, “con la mayor caída histórica del PIB en tiempos de paz”, produjo importantes “demandas de seguridad económica al Estado protector (en gasto público e intervención)”.
Y la guerra de Ucrania “ha provocado demandas de seguridad física, con aumentos del gasto en defensa”. El resultado es “una nueva era caracterizada por más Estado, más gasto público, más deuda e inflación, todo lo cual compromete al crecimiento”, concluyó el economista.
Por su parte, Miguel Otero, recalcó que es preciso “medir la globalización, la economía del mundo en su conjunto y no solo por países”. Constató “el giro tremendo de intervención del Estado en la economía -ya están intervenidos los precios- lo que lleva a preguntar hasta qué punto se puede hablar de libre mercado”.

Respecto al impacto de la deuda -”nunca hubo tanta en la Historia”-, habrá que ver “cómo podemos reestructurarla para tener mayor crecimiento”. En ese sentido, recordó Otero que “China ha entrado en África, que no tiene acceso a los mercados internacionales, porque Occidente ha fracasado”.
Todas estas cuestiones tienen mucho que ver con la hegemonía mundial -apostilló-. “¿Qué hegemón vamos a tener? China parece que no, sobre Occidente hay dudas, y se habla de un mundo posthegemónico, donde el G-20, por ejemplo, no está gobernando mucho”.
Finalmente, para Belén Romana la pregunta “no es si la globalización ha terminado, sino si la globalización que viene va a dejar de ser occidental y, por lo tanto, si las reglas van a ser diferentes”.

Resaltó que “el peso relativo de mercado y Estado” va cambiando en la economía-mundo, y que “en momentos de incertidumbre, como el actual, la gente busca por encima de todo seguridad y protección”. Singularmente “la población mayor, preocupada fundamentalmente por pensiones y sanidad, lo que hace que el Estado juegue un papel mayor”.
El problema es que no se mide bien “la calidad financiera y económica de la intervención y de la regulación”, habrá que ver “si es razonable o no”.
Romana aludió a los efectos negativos de “la ruptura entre información y conocimiento”. Se tiene mucha información, “a un tiro de Google, pero poco conocimiento”, lo cual es “un inconveniente a la hora de gestionar problemas complejos como la globalización”. Cuando hay que tomar decisiones importantes, “los Estados carecen, a veces, de autoridad científica”.

Las consecuencias de la asunción de una identidad en las redes sociales hasta el punto de perder la identidad real. Este es el asunto que nos plantea la novelista francesa Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966) en Los reyes de la casa, publicada por Anagrama. Una aparente trama de ciencia-ficción, pero que, tal y como la va desgranando la escritora, acaba por imponerse como un grave y acuciante problema del presente.
De Vigan utiliza una técnica narrativa próxima al periodismo. Nos ofrece información contrastada, datos, declaraciones judiciales, ejemplos reconocibles que hacen absolutamente verosímil la historia que nos cuenta. Es la misma técnica que ya usara en anteriores novelas, siempre sobre asuntos actuales. En Basada en hechos reales (llevada al cine por Roman Polanski) reflexionaba sobre los límites entre la verdad y la mentira. En Las lealtades, planteaba la indiferencia ante la violencia en las sociedades modernas. En Las gratitudes se detenía en la vejez y la soledad.

Los reyes de la casa cuenta la historia de Mélanie Claux, una licenciada en Filología, casada y con dos hijos, cuya obsesión es formar una familia feliz. Pero “cuando su vida comenzaba a alcanzar una velocidad de crucero, siente un enorme vacío sin nombre”. De repente, se sorprende a sí misma llorando sin causa alguna, Aparentemente, lo tiene todo, no le falta de nada, pero no es feliz.
La participación en su juventud en un reality show le hizo disfrutar de una fama efímera, aunque pronto cayó en el olvido. Desde entonces, Mélanie dividía su vida en episodios, en temporadas, como si fuera la protagonista de una serie. La necesidad de abrirse al exterior le lleva a abrir una cuenta en Facebook, a “compartir” su existencia feliz con el resto del mundo. Pronto descubre que sus seguidores aprecian sus dotes de “supermamá”. que en las redes interesaba todo lo que fuera “verdadero”, “vidas como la suya”. Sin apenas darse cuenta, poco a poco, va forjando una imagen que le refrendaba el favor de su admiradores, que le hace sentirse importante, querida, admirada. Se siente premiada por “una avalancha de me gusta, corazones de todos los colores, emojis desbordantes de amor.”
Facebook se le queda pequeño (a la protagonista). Descubre que Youtube o Instagram ofrecen más posibilidades y que sus seguidores aprecian especialmente los vídeos en los que aparecen sus hijos
Facebook se le queda pequeño. Descubre que Youtube o Instagram ofrecen más posibilidades y que sus seguidores aprecian especialmente los vídeos en los que aparecen sus hijos. La imagen de “supermamá” se completada con la de los “superhijos”, guapos, graciosos, cautivadores. Importa nuevos formatos de Estados Unidos: el unboxing, los niños abriendo paquetes de regalos; los juegos en casa, los niños con sus juguetes favoritos; los retos, los niños realizando proezas impropias de su edad. La actividad se va completando con las actividades cotidianas: desayunando, arreglando la casa. Incluso con salidas a comer en el burguer o de compras en tiendas de todo tipo.
El resultado es la superfamilia feliz. Toda una atracción que da lugar al canal Happy Break, con cinco millones de suscriptores y unos ingresos anuales superiores al millón de euros, gracias a la publicidad encubierta -o no tanto- en el uso de los productos de consumo ordinario: los cereales, la ropa, los juguetes, todo con la marca bien visible.
La felicidad se trunca con la misteriosa desaparición de su hija Kimmy, de seis años, la verdadera estrella del canal. Aquí comienza un thriller vertiginoso. Entra en escena la investigación, de la mano de la agente Clara Roussell, una mujer de 33 años, “ni joven ni vieja, solitaria”, decididamente analógica, que vive solo para su trabajo. Servirá, al enfrentarse a un mundo que desconoce, para ofrecer el contraste con la felicidad impostada.
A través de sus reflexiones, la autora indaga en el fondo del asunto. Clara se sorprende cuando pregunta a la madre si cree que alguien les odia o tiene razones para querer hacerles daño. La madre contesta: “Somos famosos … los niños y yo. Tienen envidia de nuestra felicidad”. Explica que sus hijos “soñaban con ser youtubers, que están felices de haberse convertido en estrellas. Lo mejor que podría haberles pasado”.
La agente se da cuenta de que la cuestión no era saber quién era Mélanie Claux. “La cuestión era saber qué toleraba la época, que alentaba, incluso que ensalzaba. Y admitir que los inadaptados, los desfasados, por no decir los reaccionarios, eran aquellos que como ella no podían desenvolverse sin extrañarse o indignarse.”
Sumergida en el visionado de las grabaciones, descubre que “todos los videos están basados en el mismo recurso dramático: la satisfacción inmediata de un deseo”. Y reflexiona. “De lejos no se ve el peligro. Son niños que ven cómo juegan otros niños”. Es la manera de vivir del momento, de “estar en el mundo». Indaga en las noticias y comprueba que la tercera parte de los niños, al nacer, ya tienen una existencia digital, que en todo el planeta miles de familias comparten su día a día con millones de seguidores, que en Inglaterra, unos padres llegaron incluso a subir a las redes la grabación del entierro de su hijo.
“Había llegado el momento -concluye- en que cualquiera podía opinar que su vida era digna de suscitar el interés de los demás y cosechar pruebas de ello. Cualquiera podía considerarse y comportarse como una estrella, como una celebridad…” En el fondo, YouTube e Instagram habían cumplido el sueño de cualquier adolescente: “que te quieran, que te sigan, que te admiren … Mélanie era una mujer de su tiempo. Así de sencillo. Para existir, había que acumular visitas, likes y stories.”
La policía se pregunta qué pueden desear aquellos niños de los vídeos que lo tienen todo, “enterrados en juguetes que ni tienen tiempo de abrir”. El interrogatorio a un activista contra la exposición de menores en las redes le da la respuesta. “Son niños esclavos, que trabajan a un ritmo estajanovista. Víctimas de la violencia intrafamiliar”.
En un giro inesperado, Delphine De Vigan traslada la acción al año 2031. Aquí sí entra en juego la ciencia-ficción de una manera abierta. Introduce el personaje de un psiquiatra, “especialista en la incidencia de la revolución digital en los trastornos de ansiedad. en patologías asociadas al desarrollo de las redes sociales, de la realidad virtual, de la inteligencia artificial”.
El personaje del doctor responderá a la pregunta que angustia a la policía desde que se hizo cargo del caso: qué clase de adultos serían esos niños que crecieron con una identidad digital. “Al entrar en la edad adulta muchos de ellos toman conciencia de que están marcados por un pesado lastre que los priva de cualquier esperanza de anonimato. Apelando al derecho a la imagen y a la virginidad digital, recurren a la justicia para exigir a sus padres que retiren las fotos o los videos publicados y etiquetados en las redes sociales a lo largo de toda su infancia. Algunos llegan incluso a reclamar daños y perjuicios.”
Un mundo en el que “El Gran Hermano había sido acogido con los brazos abiertos”
Nos muestra a la siguiente generación, cómo son los niños Kimmy y Sammy de mayores. Nos pinta un mundo verosímil a partir de la situación actual. Un mundo en el que “cada dato, cada desplazamiento, cada conversación deja huella”, en el que “resulta imposible ejercer el derecho al olvido”. En el que el síndrome del Show de Truman -en referencia a la película de Peter Weir-, la sensación de que vivimos un vida impostada y diseñada para ser “compartida”, comienza a generalizarse. Un mundo en el que “El Gran Hermano había sido acogido con los brazos abiertos”.
Los reyes de la casa ofrece una lectura amena, entretenida, intrigante, entrelazando la investigación periodística, la trama familiar, el thriller y la ciencia-ficción, pero sin despegar los pies del suelo. Nada de lo que cuenta nos resulta ajeno ni inverosímil. Nuestro entorno está lleno de historias como la de la familia Claux. Nuestro mundo ya está dominado por pantallas como esas a las que la niña Kimmy tiene terror, porque podría quedarse encerrada dentro de ellas.
Los dos libros exploran el fenómeno de la identidad y sugieren que uno de los factores determinantes en las sociedades democráticas ya no son solo los económicos, como se ha creido antes, sino otro tipo de cuestiones filosóficas, relacionadas con la nación o la religión, lo cual está en las raíces del populismo, tal como detallaba un artículo publicado en el semanario The Economist.
Fukuyama trata de entender en su libro Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento (publicado en España por Deusto) a qué obedece la demanda de dignidad de una serie de colectivos que, históricamente, se han sentido socialmente invisibles y que en los últimos años han logrado marcar la agenda política.

El politólogo estadounidense -indica The Economist– pasa revista al deseo de reconocimiento de la dignidad a lo largo de la historia comenzando por la Grecia clásica, con ese deseo expresado por los filósofos con la palabra thymos; siguiendo por Lutero, en el siglo XVI, que distinguía entre el yo interior de las personas y su comportamiento; y por los pensadores del siglo XVIII que subrayaban que todos eran merecedores de ser tratados con dignidad.
Lo que ha ocurrido recientemente es que «muchos concluyen que la sociedad no valora adecuadamente esa dignidad interior»
Lo que ha ocurrido recientemente es que «muchos concluyen que la sociedad no valora adecuadamente esa dignidad interior». Su yo interior no concuerda con el reconocimiento social y eso les provoca indignación y resentimiento. Desde «la clase obrera blanca en América y Europa que se siente atraída por el populismo, hasta las poblaciones de Norte de África y Oriente Medio que se rebelaron contra los gobernantes en la primavera árabe de 2010, o el movimiento #MeToo, impulsado por un deseo similar de respeto». El problema, añade Fukuyama, es que «al exigir justicia para ellos como grupo marginado», de forma particular y exclusiva, «están vulnerando la igualdad y el respeto para todos». El peligro que representa definir la identidad en términos restringidos es que deja fuera a gran parte de la ciudadanía. Esto conduce a la victimización y al juego de las quejas, expresadas tanto desde la izquierda como desde la derecha, lo cual alimenta, a su vez, una «espiral interminable de reclamaciones y resentimientos».
Según Fukuyama, «la principal cura para esta enfermedad de la política de identidad es la nación». Sentirse simples ciudadanos de una nación. Este es un concepto más amplio que el de religión, etnia o clase y representa la mejor esperanza de unificar a las personas y darles un sentido de propósito. El politólogo considera preferibles «las identidades nacionales basadas en un credo, como el americano, en lugar de identidades basadas en la raza o el patrimonio». Aún así, no parece del todo confiado en que «los países pueden alejarse de una política del resentimiento que se ha ido fraguando durante años».
El filósofo Kwame Anthony Appiah, ghanés de madre inglesa, profesor en Princeton, comparte algunos ideas con Fukuyama en su libro Las mentiras que nos unen, aunque con un enfoque más amplio, él se remonta a las epístolas de San Pablo, la filosofía árabe medieval, el clásico de Michael Young The rise of meritocracy, o el caso del ghanés del siglo XVIII Anton Wilhelm Amo, enviado de niño de África a Europa, donde llegó a ser un conocido filósofo.

Su tesis principal es que «las identidades son frecuentemente menos sólidas de lo que es el pensamiento»; y que las identidades colectivas -basadas en religión, raza, nacionalidad, clase etc.- tienen contradicciones y falsedades. Sostiene que «las religiones cambian constantemente con incorporación de nuevas doctrinas; muchas ideas sobre la raza que derivan de las distinciones del siglo XIX entre negros, caucásicos y orientales, han sido desacreditadas por la ciencia»; y hasta el concepto de clase social “se parece menos a una escalera que a una montaña, con muchas rutas para llegar a la cima”.
“No existe una esencia asociada a una determinada identidad social que explique por qué las personas son como son”
«Nadie tiene una identidad única (solo mujer, solo británica, solo blanca, por ejemplo)», advierte Appiah. Ni las identidades son determinantes para «dictar nuestra forma de pensar o nuestra conducta». Y “no se heredan como los genes; más bien, se usan y se peinan, como el cabello”. El pensador ghanés concluye que “no existe una esencia asociada a una determinada identidad social que explique por qué las personas son como son”.
Su libro, señala The Economist, implica que “la gente debe estudiar más historia, y tener más cuidado cuando se agrupan a sí mismos y a los demás en identidades colectivas”. Pero a pesar de que este ensayo y el de Fukuyama contienen “ideas espléndidas”, de poco sirven, añade el semanario, frente a los populismos de personajes como Donald Trump o Viktor Orban y su apelación a la gente, a pesar de sus errores y burdas simplificaciones. Aludiendo a El fin de la historia (1992) -con el que Fukuyama argumentaba que el mundo se dirigía hacia la democracia liberal, tras la caída del Muro-, The Economist recuerda que la historia “no viaja en línea recta”; que “las naciones pueden dividirse; que los demagogos pueden ganar poder; y que se pueden tomar decisiones políticas ruinosas”. También puede ocurrir lo contrario, pero “deben darse las condiciones adecuadas y que aparezca un político talentoso”.
Pero “el ascenso de China y el rechazo a la democracia en Rusia y en otro lugares» frustró esta última esperanza; lo cual no demuestra que “Fukuyama fuera un necio” (al escribir El fin de la historia) sino que “el futuro es difícil de predecir”.
Los cánticos se repiten especialmente cuando hay triunfos deportivos de por medio. Raro es, en estas ocasiones, que no se acabe entonando el recurrente «Yo soy español, español, español…». Pero, congelando esa imagen y deteniéndonos más de cerca en las palabras y su sentido: ¿Qué significa ser español, lituano, estadounidense? Parece que lo tenemos claro hasta que se formulan las preguntas y ahí empiezan los titubeos. ¿Haber nacido en un país o hablar el idioma de ese país, aunque hayamos nacido en otro? ¿Haber crecido en un determinado contexto cultural, aceptando los valores del mismo? ¿Qué pasa si se rechazan estos? ¿Hablamos de creencias, cultura? ¿Qué papel desempeña la religión en todo esto? Un estudio realizado en quince países por el Pew Research Center —un laboratorio de ideas con sede en Washington D. C. que investiga problemáticas, actitudes y tendencias mundiales— ofrece algunas respuestas.
En concreto se preguntó a los encuestados por el idioma, las costumbres observadas, la religión y país de nacimiento y la importancia que a todo esto daban a la hora de ser considerado de uno u otro país. La lengua, por encima del lugar de nacimiento, es considerada el factor definitivo para la identidad: en EE.UU., Canadá, Europa, Australia y Japón, los ciudadanos afirman que el idioma es más importante para la identidad nacional que el lugar de nacimiento. Como comenta Bruce Stokes en la revisión de los datos: «Los debates sobre lo que significa ser un ‘verdadero’ estadounidense, australiano, alemán o de otra nacionalidad han destacado a menudo la importancia de que una persona haya nacido en un país concreto. Pero, contrariamente a esa retórica, la encuesta del Pew Research Center revela que, en general, la gente da relativamente poca importancia al lugar de nacimiento. Solo el 13% de los australianos, el 21% de los canadienses, el 32% de los estadounidenses y una media del 33% de los europeos creen que es muy importante que una persona nazca en su país para ser considerada un verdadero nacional». En esa media se sitúa España, donde un 34% da mucha importancia al hecho de haber nacido en este país.
Solo el 13% de los australianos, el 32% de los estadounidenses y una media del 33% de los europeos creen muy importante que una persona nazca en un país para ser considerada nacional
Es curioso observar las excepciones. En Grecia, el porcentaje sube a la mitad y en Hungría, se supera: un 52% de personas consideran muy importante el lugar de nacimiento. Por contra, en Alemania (13%), Australia (13%) y Suecia (8%) muy pocos relacionan el lugar de nacimiento con la identidad nacional.
The Economist, que se hizo eco de este estudio, ofreció una explicación: «Los habitantes de Grecia y Hungría, países de tránsito de un gran número de inmigrantes de Oriente Próximo dan gran importancia a compartir costumbres y tradiciones, y haber nacido en el país (a los griegos también les importa mucho ser cristianos). Sin embargo, en Alemania, destino final de muchos de refugiados y migrantes, los encuestados no dan tanta importancia comparativamente a estos factores, lo que sugiere la buena salud de la Willkommenskultur, (cultura de la acogida o de bienvenida) o, al menos, que el partido AfD tiene un largo camino por recorrer antes de convertirse en aspirante al poder».
Además del lugar de nacimiento y la lengua, otros factores relevantes también a la hora de medir la identidad es la adopción de las costumbres y tradiciones del país de residencia. Algo más de la mitad de los encuestados canadienses (54%) y aproximadamente la mitad de los australianos (50%), así como también los europeos (con una media del 48%) relacionan la adopción de la cultura local con la identidad nacional. Algo menos de la mitad de los estadounidenses (45%) y japoneses (43%) establecen esa relación.
Con ligeras variaciones, la mitad de los encuestados relacionan la adopción de la cultura con la identidad nacional. En Europa ese porcentaje es del 48%
Asimismo, la encuesta también preguntaba por el vínculo entre religión e identidad nacional. Aproximadamente un tercio (32%) de los estadounidenses cree que es muy importante ser cristiano para ser considerado verdaderamente estadounidense. Esto contrasta con el 54% de los griegos que son de esa misma opinión. Solo el 7% de los suecos estarían de acuerdo. La media, en Europa, se sitúa en un 15%
En general, existen diferencias significativas en la forma en la que los jóvenes y adultos más mayores interpretan los rasgos identitarios. Como se lee en el informe de resultados de Pew Research Center: «En Estados Unidos, las personas de 50 años o más (40%) son más propensas que las de 18 a 34 (21%) a decir que es muy importante que una persona haya nacido en el país para ser considerada verdaderamente estadounidense». En Japón, este fenómeno es más pronunciado y las diferencias generacionales también son evidentes en Australia, Canadá así como en la mayoría de los países europeos encuestados.
Con mucha frecuencia, el debate sobre la identidad nacional toma tintes partidistas. En Estados Unidos, siguiendo con el estudio, «más de ocho de cada diez republicanos (83%) afirman que el dominio de la lengua es un requisito muy importante para ser verdaderamente estadounidense […] y el 60% dice que para que una persona sea considerada un verdadero estadounidense es muy importante que comparta la cultura de Estados Unidos. Sólo el 40% de los independientes y el 38% de los demócratas están de acuerdo en que esto es muy importante para ser verdaderamente estadounidense».
En cuanto a la religión, al ser preguntados sobre la importancia de ser cristiano o no a la hora de ser considerado norteamericano, un 43% de republicanos dicen que es muy importante. Menos demócratas (29%) e independientes (26%) comparten esta opinión.
Con mucha frecuencia, el debate sobre la identidad nacional en los distintos países toma tintes partidistas
Curiosamente los porcentajes son bastante homogéneos a la hora de vincular el país de nacimiento y la identidad nacional estadounidense: un 35% los republicanos y un 32% de los demócratas dicen que nacer en Estados Unidos es muy importante.
En Europa, las opiniones sobre lo que constituye la identidad nacional también dividen a los ciudadanos en función de los partidos. En el Reino Unido, el 73% de los que tienen una opinión favorable del Partido por la Independencia (UKIP) estiman que «adherirse a la cultura británica es muy importante para ser británico. Solo el 44% de los que tienen una opinión desfavorable del UKIP están de acuerdo. En Francia, compartir las costumbres y tradiciones francesas está ligado a la identidad nacional para quienes ven con buenos ojos al Frente Nacional: el 65% dice que es muy importante, mientras que solo el 39% de los que tienen una opinión desfavorable del FN vinculan fuertemente la cultura con ser verdaderamente francés».
Diferencias similares, de 24 puntos porcentuales, se dan en Suecia. Y en Alemania el gap es de 22 puntos entre los que están a favor del partido Alternativa para Alemania y los que no cuando valoran la importancia de la cultura en el cómputo de la identidad.
Con ocasión del fallecimiento de Benedicto XVI, el semanario alemán Der Spiegel ha tratado su figura en dos artículos. Ha preferido evitarlo en la portada, y apostar por otro tema de actualidad. Extractamos a continuación las ideas de Der Spiegel «sobre el primer papa alemán enterrado después de 482 años».
Felix Bohr (Der Spiegel 2/7.1.2023 p. 6):
«Benedicto XVI no poseía la proximidad al pueblo de su predecesor».
«Benedicto XVI es la cara de la crisis de una época. Durante su pontificado, se dieron a conocer numerosos casos de asaltos sexuales a niños y jóvenes. Y tras su pontificado la Iglesia ha seguido desgastándose».
«A la revolución sexual del movimiento de 1968 la hizo corresponsable del abuso de los clérigos a los niños».

Walter Mayr (Der Spiegel 2/7.1.2023, pp. 36-38):
«En obispo de Múnich y Freising, lo mismo que en prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, era algo en que el teólogo estrella no quería convertirse. Y mucho menos en papa. A la edad de 64 años, Ratzinger le dijo a su futuro biógrafo Peter Seewald que estaba quemado. Unos buenos diez años después, le pidió repetidamente a Juan Pablo II su liberación, para que finalmente pudiera dedicarse a su verdadera pasión: escribir libros “en paz”».
«Él mismo vio su tarea en defender los principios centrales de la Iglesia con reivindicaciones científicas, sin excluir la renovación. La obra completa del erudito, prolífico escritor y pensador, llena estanterías y actualmente se calcula en 15.806 páginas. El hecho de que durante su pontificado redactó una obra en tres volúmenes sobre Jesucristo, en el tercer piso del Palacio Apostólico, habla tanto de una disciplina de hierro como de una falta de comprensión de los desafíos del oficio papal».
«Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Ratzinger defendió con vehemencia el celibato y se pronunció contra el reconocimiento de las comunidades homosexuales. En las cuestiones de la anticoncepción artificial, el aborto, la eutanasia y la prohibición de la comunión a los divorciados vueltos a casar, se puso de parte de los compañeros fieles a Juan Pablo II».
«Ratzinger, por otro lado, tomó medidas más decisivas que sus predecesores contra el abuso sexual, según admiten incluso los críticos. Como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se aseguró de que el tema del abuso pasara de la Congregación del Clero, a la que consideraba demasiado laxa, a él mismo [Dicasterio para la Doctrina de la Fe]. Incluso como Papa, pidió repetidamente que los delitos sexuales se investigaran con extrema diligencia. E hizo que el abuso fuera castigado no solo como una violación del celibato, sino como un delito penal por derecho propio».
«De Benedicto XVI quedan recuerdos de un hombre que repetidamente parecía ser víctima de las circunstancias dentro de los muros del Vaticano. Que quedó atrapado entre frentes e, inclinado sobre sus escritos, perdió todo sentido de lo que sucedía a sus espaldas».
«[Tras su jubilación como papa], objeciones teológicas que no facilitaban la vida de su sucesor, Francisco, se hicieron públicas repetidamente, algunas supuestamente sin su intervención».
Traducción del alemán: José Manuel Grau Navarro
“¿Recuerdas cuando recorrías los campus universitarios y oías a los consejeros de admisión y a los decanos elogiar su centro por fomentar el pensamiento crítico? ¿Te preguntaste alguna vez si había alguna universidad que no afirmara hacerlo? Pero, lo más importante: después de repetirlo tan a menudo, ¿te aclararon alguna vez los administradores universitarios qué quieren decir con pensamiento crítico?”.
“Me temo que a menudo utilizan el término como un eslogan vacío”, dice Lehner
Así comienza un artículo publicado hace unos meses por el profesor de la Universidad de Notre Dame Ulrich L. Lehner en la revista norteamericana First Things. El artículo pone sobre el tapete lo complejo y escurridizo, pese a lo manoseado, de este concepto que suena a talismán o a bienintencionado tópico de moda, como puedan serlo inspirador, sanador o empoderamiento. “Me temo que a menudo utilizan el término como un eslogan vacío”, dice Lehner. Por otra parte, ¿no es una redundancia, un pleonasmo, hablar de pensamiento crítico? ¿puede haber un pensamiento digno de tal nombre que no lo sea?
Si consultamos algún diccionario de filosofía, como el de Cambridge (publicado en España por Akal) o el que, en 2003, dirigiera Jacobo Muñoz y publicara Espasa, vemos que la entrada pensamiento crítico brilla por su ausencia. El de Cambridge solo tiene la de Crítica, filosofía, en la que remite, además de al muy previsible Kant, al filósofo Charles Dunbar Broad, para el que –se nos dice en la entrada correspondiente- “la filosofía crítica es el análisis de los conceptos básicos de la vida ordinaria y de la ciencia, fundamentalmente como en la tradición de Russell y Moore”. El de Espasa sí contiene un largo texto en la entrada crítica, debido al propio Jacobo Muñoz. Ahí, este importante filósofo español, lamentablemente fallecido en 2018 y una de cuyas líneas de investigación fue precisamente la teoría crítica, explica que el término original griego “designa una suerte de disposición o actividad a la que luego dará nombre la expresión latina ars iudicandi”. Y señala como connotaciones de crítica, o de ejercicio de la crítica, una larga lista de términos como elegir, discernir, distinguir, discriminar, enjuiciar, juzgar, tomar una decisión sobre algo dudoso… “En uno de los documentos centrales del proceso de irrupción histórica de la filosofía –añade Jacobo Muñoz-, el Poema de Parménides, la diosa, que quiere evitar que el iniciado se deje llevar sin orden ni reflexión por las opiniones contrapuestas e incompatibles de los mortales bicéfalos, le dice: ‘Juzga, discrimina con logos’”.
Reflexión frente a opiniones; he aquí ya, nada menos que en Parménides (comienzos del siglo V a. de C.), una clave del debatido asunto del pensamiento crítico. En los fragmentos que nos han llegado del filósofo de Elea “se contraponen la verdad y el saber, por un lado, y la apariencia y la mera opinión, por el otro” (Hans Joachim Störig, Historia universal de la Filosofía, Ed. Tecnos). Y un poco después, en la segunda mitad de ese mismo siglo V, ¿qué decir de Sócrates y su empeño por combatir las ideas preconcebidas y poner en cuestión las opiniones de sus conciudadanos ayudándoles a pensar, a alumbrar (al modo de la partera) sus propias ideas? Si, como escribe Jacobo Muñoz, “es propio del espíritu crítico no aceptar aserto alguno sin una previa indagación de su validez y sentido”, Sócrates merece un lugar destacado en la tradición del pensamiento crítico que arranca con los primeros vagidos de la filosofía porque, en realidad, en el fondo se confunde con ella.
Pero el concepto de crítica, que aquí asociamos, si no identificamos, con el de pensamiento crítico, tiene su manifestación sin duda más alta y más exigente en Kant, cuyo modo de filosofar ha sido etiquetado a menudo como criticismo. En Kant, crítica –palabra que está en los títulos de sus obras más importantes- equivale a examen, análisis, establecimiento de límites. El término, repetimos, está presente en toda la historia de la filosofía. Valga como último ejemplo de una lista que sería inagotable el de Marx, que subtitula su gran obra El capital, como “crítica de la economía política”. Y es que –Jacobo Muñoz de nuevo-, la filosofía es “el desafío del pensamiento crítico” y “tiene mucho que decir porque vivimos grandes cambios que exigen una valoración crítica con criterios; ésa es la clave, que la crítica tenga un criterio; la filosofía siempre es una reflexión actual, pero desde la distancia; sin distancia crítica estaríamos en una positividad terrible”.
Al contrario que los diccionarios, la socorrida Wikipedia nos ofrece un largo artículo sobre el pensamiento crítico, muy basado en conceptos psicológicos (habilidades, sesgos y prejuicios cognitivos). En todo caso, dicho artículo aporta sugerencias interesantes a la hora de aclararnos sobre lo que sea el pensamiento crítico. Así, la definición inicial dice que “el pensamiento crítico es el proceso de dudar de las afirmaciones que en la vida cotidiana suelen aceptarse como verdaderas”. Dudar; he ahí otra clave. Uno recuerda un presunto proverbio chino según el cual el principio de la sabiduría es saber dudar. La antaño denostada y sospechosa Wikipedia (es curioso cómo ha ido ganando respetabilidad en unos años) sigue aportando consideraciones interesantes: “Lo crítico enfrenta y evalúa los prejuicios sociales constantemente. Tener un pensamiento crítico no significa llevar la contraria a todo el mundo o no estar de acuerdo con nadie, pues esto último no sería un pensamiento crítico, sino solo un modo simple de pensar que se limita a contrariar lo que piensen los demás. Por lo tanto, un pensador crítico es capaz, humilde, tenaz, precavido, exigente… El pensamiento crítico nos hace más analíticos, nos ayuda a saber clasificar la información en viable y no viable, nos hace más curiosos”.
Pero volvamos al profesor Lehner, que nos ha dado con su artículo el pie para esta indagación. Él lleva su reflexión por el lado de lo que algunos llaman pensamiento único (otra expresión difícil de definir, pero que siempre se usa refiriéndose al pensamiento de los otros) y su dogmatismo y cerrazón; es decir, nos avisa del peligro de que el pensamiento crítico, en manos de algunos, devenga conformista y dirigido. Oigámosle: “Me preocupa que a menudo los educadores de hoy ya no quieren liberar la mente; más bien, quieren transformar a los jóvenes y recrearlos a su propia imagen. La presión de grupo en las universidades es poderosa hoy en día. Determina qué zapatillas llevar, la música que hay que escuchar y, sobre todo, qué y cómo hay que pensar. Las olas de conformidad han cambiado drásticamente en las últimas décadas, pero siguen funcionando de la misma manera: o encajas, o te excluyen”.
“Por eso es tan importante el pensamiento crítico real, la capacidad de discernir”, añade el profesor de Notre Dame. “Bien entendido, el pensamiento crítico permite filtrar información y evaluar los datos según criterios razonables. A través de criterios, un pensador crítico podrá determinar qué autoridades son fiables y cuáles no… El pensamiento crítico te libera para tomar tus propias decisiones y elegir a qué autoridades (en ciencias, matemáticas, historia, etc.) seguir”.
Como el deporte, el pensamiento crítico es siempre un esfuerzo activo que exige total dedicación. Su punto de partida es, por tanto, el deseo de conocer la verdad de las cosas.
“¿Cómo se adquiere la capacidad de pensar críticamente? Como un hábito, es una forma de vida. Hay que desearlo y convertirlo en una prioridad. Como el deporte, el pensamiento crítico es siempre un esfuerzo activo que exige total dedicación. Su punto de partida es, por tanto, el deseo de conocer la verdad de las cosas. Una de las mejores maneras de suscitar este deseo es encontrar cosas que inspiren asombro, porque la búsqueda de la verdad comienza en el asombro, que nos impulsa a hacer preguntas. El arte, un buen libro, incluso experiencias sensoriales… pueden ser la llave de oro de este profundo deseo”.
“El razonamiento crítico te enseña sobre tus propios deseos y valores. Y lo que es más importante, te enseña cómo ves el mundo y a la gente que te rodea. Te abre los ojos y, si se hace bien, el corazón. Así pues, la pregunta que todo posible estudiante y padre debe hacerse es: ¿Desea esta universidad inspirar asombro y conocimiento, y conducir así al verdadero pensamiento crítico, a la búsqueda de la verdad con alegría y confianza?”. Hasta aquí Ulrich Lehner.
Por su parte los profesores Richard Paul y Linda Elder han publicado en la Fundación para el Pensamiento Crítico una Guía para los Educadores en los Estándares de Competencia para el Pensamiento Crítico. Tras señalar que la adquisición de un pensamiento crítico por parte de los estudiantes es un proceso que dura entre doce y dieciséis años, y antes de detallar los veinticinco estándares que recogen en su guía, dan esta definición de pensamiento crítico: “El proceso de analizar y valorar el pensamiento con el propósito de mejorarlo. El pensamiento crítico presupone o demanda conocer las estructuras más básicas del pensamiento (los elementos del pensar) además de los estándares intelectuales más básicos para el pensamiento (estándares intelectuales universales). La clave para el aspecto creativo del pensamiento crítico (la verdadera mejoría del pensamiento) está en reestructurarlo como resultado de analizarlo y evaluarlo de manera efectiva”. ¿Contesta esto a la pregunta que se (nos) hace Lehner al comienzo de su artículo, la de si nos aclararon alguna vez los administradores universitarios lo que quería decir con pensamiento crítico? ¿O nos sentimos como Aquiles persiguiendo a una inalcanzable tortuga? Dígalo cada cual.
En cuanto al peligro señalado por el profesor Lehner de que el presunto pensamiento crítico desemboque en un pensamiento gregario, quizá convenga recordar lo dicho en su día por nuestro Julián Marías: donde todos piensan lo mismo, nadie piensa mucho. Y sobre la dificultad de discernir entre lo correcto y lo incorrecto (como dice Lehner, qué autoridades son fiables y cuáles no), en un mundo tan bombardeado por la información y en el que todos reclaman la posesión de la razón, también conviene tener en cuenta el viejo precepto (esta vez procedente de Jerusalén, ya que antes hemos hablado de Atenas): “por sus obras los conoceréis”.
Y, en fin, tampoco es mala advertencia, después de habernos referido a la alta cultura, esta que procede de la cultura popular: “que el pensamiento no puede tomar asiento”.