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Ver productos¿Qué sentido tiene especializarse de forma prematura, enfocándose a objetivos concretísimos, abandonando una formación integral y humanística, máxime cuando todo apunta a que la evolución del conocimiento y la sociedad exigirá una formación continua, no limitada a un periodo de tiempo, sino ejercida como proyecto de vida? A esta respuesta, sobre estas cuestiones, hablaron Nuccio Ordine ‒autor y filósofo italiano, profesor de literatura en la Universidad de Calabria y uno de los mayores expertos mundiales en el Renacimiento‒ y Darío Villanueva ‒exdirector de la Real Academia de la Lengua y catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela‒ en la última sesión de las jornadas del seminario Rubén Darío Defensa de la Educación. Se celebró el pasado día 3 de febrero en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) que organiza y propicia los encuentros.
Centró la cuestión, al inicio de la charla, Darío Villanueva al llamar la atención sobre la contradicción existente entre el avance del sistema educativo y sus recursos y, por otro, un fallo de rendimiento en términos sociales, al menos en lo que respecta a la consecución de una ciudadanía más culta, más consciente y más solidaria.
¿Qué está pasando? Nuccio Ordine lo tiene claro y lo expuso con vehemencia: «El objetivo de la educación en los últimos años es aprender una profesión con la que puedas ganar dinero y servir al mercado. Bueno, esto es una barbaridad. El objetivo de estudiar siempre ha sido intentar ser mejor persona, mejor ciudadano y aprender a vivir, en definitiva». Recordó a Kant, que defendía que la escuela no está para replicar sin más los valores de la sociedad, sino para criticar los valores de esta susceptibles de mejorar. «Si estudias para ganar dinero, si ese es tu objetivo, no vas a ser un buen médico, por ejemplo. Por eso, cuando los alumnos vienen a preguntarme qué deberían estudiar yo siempre les digo: ‘elige la disciplina que ames’, porque solo ese amor te permitirá ejercer lo que elijas con un sentido ético fuerte».
«El objetivo de estudiar siempre ha sido intentar ser mejor persona, mejor ciudadano y aprender a vivir, en definitiva», afirmó Nuccio Ordine
El escritor, autor de exitosos libros como La utilidad de lo inútil, criticó un sistema que coloca la dignidad únicamente en el dinero y reivindicó la dignidad de los valores que nos sacan de nosotros mismos y nos hacen vivir y crecer con los demás. Si la educación no permite esto último, si nos aísla y nos ensimisma, no se trata de una educación sino de una antieducación.
Darío Villanueva hizo hincapié en la contradicción de que una especialización temprana pueda resultar contraproducente o acabar borrando el sólido saber que aportan las humanidades en la formación de los estudiantes. Ordine enumeró dos fenómenos que traspasan las fronteras de las aulas, pues son auténticos problemas sociales tanto el énfasis en el corto plazo como el fomento de la cultura del déficit de atención. Sobre el primero, afirmó que hay que parar la «locura utilitarista que busca una máxima rentabilidad en el menor plazo», y hacerle frente con el conocimiento que proporciona el humanismo y las humanidades. Sobre el umbral de la atención destacó el hecho de que no se trata de un problema de la educación, sino de la sociedad en general «que nos acostumbra a hacer zapping a cambiar y a saltar rápida y constantemente de una cosa a otra». En este contexto la gran baza de leer a los clásicos ¿cuál es? «Tienen la capacidad de crear atención y provocar amor». En este punto Ordine se remitió a sus experiencias como profesor: «Un profesor ha de ser humilde. ¿Qué es un profesor? Un profesor es un lector, principalmente, hasta el punto de que antes se le denominaba así. La literatura sin lectores no tiene sentido; la enseñanza, tampoco».
El déficit de atención no es un problema solo de la educación, sino de la sociedad «que nos acostumbra a cambiar, a saltar rápida y constantemente de una cosa a otra»
Nuccio Ordine ejerció en la sesión como profesor y como lector. Su conferencia consistió en releer El Principito, la obra clásica de Saint Exupéry, en términos contemporáneos y defendió enérgicamente que en sus páginas se encuentra la solución y la vacuna contra cuatro de los males contemporáneos:
Y todo ello lo acompañó de citas literales a las que iba dando paso, porque ¿cómo no sentirse concernido en estas líneas de suave denuncia del libro?:
A los mayores les gustan mucho las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan cosas esenciales como: «¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? o ¿Si le gusta o no coleccionar mariposas?». En cambio, preguntan: «¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?». Solamente con estos detalles creen conocerle.
Desde el principio, hasta los diálogos con el zorro alrededor del significado de la amistad, Nuccio Ordine fue recorriendo en un ejercicio de teoría y práctica las páginas de este clásico de la literatura y lo que nos enseña hoy día. «Crear lazos, vínculos», en palabras de Saint-Exúpery, es el sentido de la amistad, «no se trata de dar un clic y tener mil o dos mil amigos… La amistad es aprender a vivir para alguien, alguien que cambia la perspectiva de tu existencia, que convierte en rito y no en rutina una acción repetida, gozosa solo por compartida con esa persona. Así es como se vence a la indiferencia». En las sociedades contemporáneas, tan amenazadas por la prisa, hay que ser consciente, subrayó, de que «no tener tiempo es incompatible con cualquier relación afectiva».
Nuccio Ordine demostró la actualidad y vigencia de los clásicos leyendo uno de ellos: «El principito» de Saint-Exupéry, sobre el que giró gran parte de la sesión
Y de la misma manera en que una amistad exige tiempo y dedicación, el conocimiento, volviendo al tema central de la sesión, demanda igualmente esfuerzo, fatiga. Se trata, sin embargo de una fatiga de enorme recompensa, pues ese precio es el precio de la felicidad misma. «La felicidad se conquista», recordó Nuccio Ordine. Lo recuerda él, lo recuerdan los clásicos y lo recuerda la literatura, la forma más eficaz y más simple de «decir lo indecible y ver lo invisible» tal y como el autor se encargó de demostrar en una sesión singular dedicada a la educación.
Usada hoy en contexto político y en conversación sin ánimo polémico, la palabra tolerancia significa ‘respeto o consideración hacia las opiniones o prácticas ajenas, o hacia sus sujetos’. En esa acepción, probablemente pocos hallen reparos para calificarla de auténtico valor.
«Tolera que te lo diga: ‘Djokovic es mejor tenista que Nadal’», nos puede exponer un amigo. «Por supuesto», cabe contestar, aunque también añadir que para llegar al fondo de la cuestión, habría que aportar argumentos tenísticos objetivos y contrastables. Con ellos sobre la mesa dilucidaríamos quién de los dos es mejor en la pista.
Si el alcalde de un pueblo afirma: «Subiremos el impuesto municipal en 100 euros para financiar un centro de refugiados. Sean ustedes tolerantes». O si un empresario comunica: «Les tengo que bajar el sueldo, sean ustedes tolerantes», las cosas se complican, porque utilizamos la semántica de «tolerancia» de forma todavía más impropia, confusa y errónea que con la comparación de Djokovic y Nadal.
Ser tolerante es ser ‘sufrido’, ‘indulgente’, ‘paciente’, es ‘consentir’ … hasta cierto punto. Hay «dosis de tolerancia», «niveles de tolerancia», «límites de tolerancia», como cuando se oye la crítica: «Sus padres le toleran demasiado». Para el Brocense, la tolerancia puede convertirse incluso en «un hermoso género de venganza», como se verá si se sigue leyendo. ¿Hay que ser tolerante con escándalos en la vía pública? ¿Toleramos las casas de juego? ¿Los prostíbulos? El marco de la tolerancia no está por encima de lo justo y verdadero.
Sin más dilación, acudamos ahora a las fuentes para delimitar bien el concepto.
José March (Pequeña colección de sinónimos de la lengua castellana, Barcelona, 1834), señala:
(tomado de Samuel Gili Gaya: Diccionario de sinónimos. Biblograf, 1988, p. 337).
El uso de la palabra tolerar se documenta en castellano a partir de 1440; intolerable y tolerable, a partir de 1515, lo mismo que las voces derivadas toleración, tolerante, tolerantismo y tolerancia. Tolerar posee el mismo origen etimológico que tullir. Ambos vienen del castellano antiguo toller, que significa ‘quitar’, y que a su vez procede del latín tollere: ‘levantar’, ‘quitar’, ‘sacar’ (Joan Corominas y José A. Pascual: Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Tomo V. Gredos, 1991, pp. 689-90).
El Diccionario de Autoridades (Madrid, Imprenta de la Real Academia Española, Vol. VI, 1739, p. 290) da al verbo tolerar dos sentidos:
Tolerar (verbo activo).
1) Sufrir, llevar con paciencia. Es del latino tolerare, ferre.
«Es gran prueba de paciencia tolerar con ella el verse del todo, y de repente empobrecido» (Fray Antonio Agustín: Vida de San Eustaquio, núm. 31).
2) Disimular, o permitir algunas cosas, que no son lícitas, sin castigo del delincuente; pero sin dispensarlas expresamente. Lat. Indulgere. Tolerare.
«Por lo cual es también más sano consejo tolerarlas, que quitarlas» (Diego de Saavedra: Empresas políticas, 21).
«Teme perder copiosa mies de virtudes, y tolera cizaña de algunos, que experimenta rebeldes» (Francisco Núñez de Cepeda: Empresas sacras, 7).
Sobre la palabra tolerancia, el Diccionario de Autoridades escribe:
Tolerancia. Sustantivo femenino.
1) Sufrimiento, paciencia, aguante. Es voz puramente latina.
«La mayor prueba de su santidad fue la tolerancia grande con que llevó sus persecuciones y trabajos» (Luis Muñoz: Vida de fray Luis de Granada, lib. 2, cap. 6).
«Salga luego la tolerancia, y paciencia, y diga, que no hay más hermoso género de venganza, que no moverse el hombre por palabras, o hechos injuriosos» (Francisco Sánchez Brocense: Doctrina de Epicteto, cap. 12).
2) Permisión y disimulo de lo que no se debiera sufrir sin castigo del que lo ejecuta. Lat. Indulgentia.
María Moliner: Diccionario del uso del español. Tomo II. Gredos, 1992, p. 1332:
A la voz tolerar, María Moliner le da dos acepciones principales:
1) Consentir. No oponerse a cierta cosa quien tiene autoridad o poder para ello.
«Tolerar los escándalos en la vía pública».
«No tolerará que le insulten».
«Tolerar las casas de juego».
Al significado 1) añade este matiz:
1. a. No oponerse, por abandono, a las extralimitaciones de alguien:
«Sus padres le toleran demasiado».
2) Aguantar o resistir.
«Este puente no tolera el paso de camiones».
«Mi estómago no tolera esas comidas».
Las sinónimos y familias semánticas de tolerar que acopia María Moliner son tanto de sentido positivo (‘benevolencia’, ‘comprensión’, ‘condescendencia’, ‘considerado’, ‘liberal’, ‘disculpar’, ‘disimular’, ‘exculpar’), como negativo (‘manga ancha’, ‘tragaderas’, ‘consentido’, ‘coladero’) y neutro (‘sobrellevar’, ‘admitir’, ‘aguantar’, ‘cargar con’, ‘comprender’, ‘conllevar’).
La voz tolerancia la trata María Moliner así:
1) Actitud de tolerar. Capacidad mayor o menor para tolerar:
«No todas las naturalezas tienen la misma tolerancia».
2) Diferencia con las condiciones establecidas que se consiente en la calidad o cantidad de las cosas contratadas. En cualquier cuestión técnica, diferencia tolerable en las medidas; por ejemplo, de dos piezas que se han de ajustar entre sí. En las monedas, diferencia máxima que se consiente entre su peso efectivo y el legal.
3) Cualidad o actitud del que respeta y consiente las opiniones ajenas.
Margen de tolerancia (es un sintagma frecuente).
El adverbio tolerablemente no significa solo ‘de manera tolerable’, sino también ‘no mal del todo’: ‘Toca el piano tolerablemente’.
Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, en Diccionario del español actual (Vol. II. Aguilar, 1999, p. 4338), describen así las palabras objeto de esta reflexión:
Tolerar. transitivo.
1. Permitir [una persona algo que no es o no le parece bueno].
«Tenemos que organizarles las juergas y pagarlas de nuestro bolsillo. Y tolerar todas esas basuras que ahora se estilan entre los chicos» (Dolores Medio: Bibiana, 1967, p. 10).
«No sé por qué me parece que usted intenta tomarme algo el pelo, y eso no se lo tolero» (Alonso Zamora Vicente: A traque barraque, 1972, 65).
2. Resistir sin grave daño [una acción o una fuerza exterior, o aquello que la produce].
«La viscosa resiste la acción de los álcalis en frío y tolera el agua caliente» (Economía doméstica. 5º curso y 6º curso, 1961, p. 87).
«La intervención fue bien tolerada, con esporádicas alteraciones electrocardiográficas severas, que fueron controladas satisfactoriamente por el grupo cardiológico que colaboró durante el acto quirúrgico» (Hoy 4.11.75, p. 1).
2. b) Ser [alguien] capaz de recibir en su organismo [algo] sin sufrir trastorno.
«La leche en polvo debe utilizarse en aquellos casos de lactancia mixta o artificial en que el niño no tolera la leche de vaca» (Nociones de puericultura postnatal, 1962, p. 29).
3. Resistir sin gran fastidio o repugnancia la presencia o la existencia [de alguien o algo molesto (complemento directo)].
«No tolero a los hipócritas».
«No tolero los insectos en casa».
Tolerancia.
I. nombre femenino. 1. Acción de tolerar (en la acepción de ‘permitir’).
«Le dirige unas palabras referentes al comportamiento sexual de su madre o el de su esposa y a la tolerancia del mismo por parte del inculpado» (José Luis López Aranguren: El marxismo como moral, 1968, p. 21).
1. b) Margen o diferencia que se consiente en la calidad, en la medida o en el tiempo.
«Técnico en Soldadura. Verificación y medición. Ajustes y Tolerancias» (As 7.12.70, p. 4).
«Se suprimen los márgenes de tolerancia en el cierre de espectáculos» (Ya 3.12.77, p. 42).
2. Respeto o consideración hacia las opiniones o prácticas ajenas, o hacia sus sujetos.
«Sería absurdo empecinarse en una visión absolutamente tenebrosa del panorama de la tolerancia nacional» (Manuel Vázquez Montalbán: Triunfo (revista, Madrid), 11.4.70, p. 31).
3. Posibilidad de ser tolerado (en el sentido de ser capaz de recibir algo en el organismo sin sufrir trastorno).
«Han creado un material especialmente concebido para lograr la lente de contacto blanda perfecta y distinta… Tolerancia inmediata». (Abc 13.3.75, p. 17).
«Tolerancia. El Benzetacil es prácticamente atóxico y no tiene otra contraindicación que la que comprende a los pacientes alérgicos a la penicilina» (Prospecto 3.76).
II Locución adjetiva 4. [Casa] de tolerancia: prostíbulo.
Tolerante.
Adjetivo. 1. Que tolera (en el sentido 1 de tolerar, arriba) o tiene tolerancia (en el sentido 2 de tolerancia, arriba).
«Bibiana es comprensiva y tolerante» (Dolores Medio, Bibiana , 1967, p. 115).
«Este emperador fue al principio tolerante con los cristianos» (Mariano Villapún Sancha: Historia de la Iglesia. 3er. curso de Bachillerato, 1958, p. 35).
1. b) [Marido] que permite que su mujer le sea infiel.
«Abundan los maridos tolerantes».
2. De (la) tolerancia (en el sentido 1 y 2 de tolerancia, arriba).
«Fraga anuncia la elaboración de una nueva ley de Prensa, y, mientras, se crea un interregno tolerante que permitirá a los periódicos informar puntualmente sobre el nuevo movimiento huelguístico que estalla en Asturias a mediados de agosto»(Suplemento del Abc 6.6.76, p. 26).
El aumento exponencial de los casos de los llamados «niños trans» en todo el mundo occidental y las leyes —como en el caso español— que regulan un verdadero derecho de estos niños a avanzar desde edades muy tempranas en un proceso de socialización como integrantes de un sexo distinto del biológico (uso de nombres, vestido, participación en deportes, etc. conforme a su sexo sentido y no al biológico), de acceder a tratamientos hormonales inhibidores de la pubertad y progresivamente al cambio registral de nombre y de sexo (con o sin cirugías de reasignación) está generando un debate que implica a la medicina y a la política, pero que sobre todo interesa a las familias, pues de niños se trata.
Los postulados de la llamada ideología de género se basan en que el sexo como dato biológico no tiene nada que ver con la identidad personal que solo debería definirse a partir de la autodeterminación de cada persona, sin que esa autodefinición pueda ni deba ser condicionada por el propio cuerpo. Así se podría ser mujer u hombre con un cuerpo de varón o con uno de hembra, como suele decir Judith Butler; relegando así la condición sexual de la persona a un ámbito meramente subjetivo de autodeterminación que desprecia la realidad corporal como si fuese ajena a la propia personalidad. De este planteamiento ideológico surge la problemática actual de los «niños trans», niños que se autodefinen y se autodiagnostican como de un sexo distinto del biológico y exigen ser tratados conforme a su opción identitaria, percibiendo cualquier oposición (de sus padres, educadores, médicos, etc.) como un atentado a su derecho al libre desarrollo de su personalidad.
El aumento de los casos de los llamados «niños trans» en todo el mundo occidental está generando un debate que implica a la medicina y a la política y que interesa, sobre todo, a las familias
Las legislaciones de algunos países están haciendo suya esta perspectiva —como es el caso de España—, pero estas decisiones legislativas están, como mínimo, carentes de un previo análisis y debate serio científico, médico y filosófico. Y lo que está en juego es algo muy serio: la salud de menores de edad, que quizá está siendo puesta en riesgo por opciones legislativas promovidas a impulso de ideologías discutibles y sin un fundamento científico contrastado. Por eso, se comprende que estén apareciendo libros que ponen de manifiesto la, como mínimo, ausencia de fundamento de estas concepciones ideológicas de género, sus peligros y la necesidad de un análisis crítico de este fenómeno. También es significativo que los primeros países que autorizaron los cambios de sexo de menores de edad como Suecia o Finlandia estén cambiando su normativa para prohibir estas intervenciones, a la par que Reino Unido, Francia y algún Estado norteamericano dictan normas en la misma dirección tras comprobar que se trata de terapias fallidas y nocivas.
En esta línea los libros de Abigail Shrier que estudia este fenómeno en Estados Unidos; el de Errasti y Pérez Álvarez en España; y, ahora, el de Céline Masson y Caroline Eliacheff en Francia, recientemente traducido al español y publicado —como los anteriores— en editorial Deusto, ayudan a tener elementos de juicio desde una perspectiva crítica sobre este fenómeno.

Un daño irreversible. La locura transgénero que seduce a nuestras hijas, de Abigail Shrier (299 págs.) es una investigación periodística sobre la «locura transgénero» de menores adolescentes en Estados Unidos, basada en entrevistas con las personas afectadas. Esta obra ha sido muy polémica: por un lado ha recibido peticiones de censura y prohibición y, por otro, también fue declarada «libro del año» por medios como Times o The Economist. Se entiende esta polémica pues pone sobre la mesa una de las pandemias de nuestra época: el creciente número de chicas que optan por el llamado cambio de sexo en la adolescencia, sin antecedentes de disforia en la infancia, adoctrinadas en internet por influencers y que, en muchos casos, tras someterse a tratamientos con testosterona y en su caso a cirugías varias, perciben como un error sus decisiones al respecto.
El libro de Shrier se centra en las chicas, pues son ya un 70% de los casos de cambio de sexo; y resalta los indicios existentes de cómo esta moda transgénero está inducida culturalmente y encubre otras patologías que no son tratadas, ya que el negocio del cambio de género ha secuestrado también la medicina. Los análisis de Shrier sobre el adoctrinamiento de género en las escuelas norteamericanas y la práctica habitual de admisión por los profesionales médicos del autodiagnóstico del menor que se declara trans sin revisión ni contraste objetivo alguno, son quizá los aspectos más preocupantes de este informe.
También resulta digna de reflexión la absoluta indefensión de los padres de esas menores (bien documentada por la autora) que se ven impotentes para intentar introducir sensatez y ciencia en las decisiones de sus hijas autodeclaradas trans; padres que se enfrentan a un muro ideológico y político que los trata como si fuesen enemigos declarados de sus propias hijas, aunque al final son los que están ahí para ayudar cuando sus hijas advierten su error.
La obra de Shrier tiene el valor añadido de estar escrita sin prejuicios a priori y sobre la base de entrevistas a los actores de este drama: niños y niñas trans, educadores, médicos y estudiosos y padres que han vivido esta experiencia.
El libro de Abigail Shrier se centra en la realidad norteamericana y en las menores, pues ellas suponen un 70% de los casos de cambio de sexo

Nadie nace en un cuerpo equivocado. Éxito y miseria de la identidad de género, de José Erasti y Marino Pérez Álvarez, ambos profesores de psicología en la Universidad de Oviedo, es un análisis sobre la misma materia, también muy útil. Libro más teórico que el de Shrier, denuncia los mismos problemas con una gran claridad.
En los dos primeros capítulos (págs. 25 a 79) los autores ponen de manifiesto cómo el sexo tiene que ver ante todo con la reproducción y no solo en la especie humana; y que la sexualidad es binaria (masculino, femenino) porque los gametos lo son y «no hay un tercer tipo de gametos. No hay ni espermatóvulos ni ovulozoides. Los gametos no forman un espectro. La fecundación y la gestación no son los extremos de un continuo de funciones. La negación de esta evidencia biológica por intereses políticos o ideológicos espurios sólo puede traer confusión y problemas a la sociedad» (pág. 35). Y: «lo que determina el sexo de un individuo es la función que cumple en la reproducción sexual anisogámica, es decir el tipo de gameto que aporta a la reproducción» (pág. 40). Así de clara y de contundente es la refutación que hacen los autores de las teorías de la identidad de género.
En los siguientes capítulos analizan la matriz neoliberal de los mitos sobre los sentimientos y la identidad subjetiva como fuentes de la verdad sobre uno mismo, la difusión de esta ideología en la política, las leyes, la educación, la sanidad y los medios de comunicación y cómo es la sociedad quien influye en las personas con sus mitos culturales creando modas como la actual del transgenerismo. El capítulo 5 (págs. 131 a 161) se dedica al estudio del pensamiento de Judith Butler y Paul B. Preciado, dos de los ideólogos queer más influyentes en la actualidad; el capítulo 6 al análisis del activismo queer en los ambientes culturales y universitarios y el capítulo 7 (págs. 195 y ss.) al problema específico que denominan «infancia trans». En este capítulo y el siguiente documentan la afirmación que da título al libro (Nadie nace en un cuerpo equivocado) y defienden con pasión profesional que no hay nada más anticientífico y antiético que el dogma de que la transición al otro sexo es la única y universal salida aceptable para los problemas de identidad sexual en menores.
Los dos últimos capítulos del libro —con un estilo muy diferente, mucho más irónico y polémico— se acercan al fenómeno de la neolengua de género y a lo que llaman la Santa Inqueersición, es decir la tentación totalitaria que supone hoy esta moda cultural.
Si Schrier se aproximaba a la realidad de los menores trans desde el periodismos, los profesores José Erasti y Marino Pérez Álvarez lo hacen desde la ciencia

La fábrica de los niños transgénero. Cómo proteger a nuestros menores de la moda trans, de Céline Masson y Caroline Eliacheff, psicoanalista la primera y doctora en medicina y psiquiatra la segunda, es una llamada de atención a la sociedad francesa sobre este mismo problema. Este libro, de muy reciente aparición, en la misma editorial que los anteriores, cuenta con un prólogo de Paula Fraga, jurista y miembro activo de la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres, y de un epílogo escrito por José Errasti, coautor del libro al que nos hemos referido supra.
Las doctoras Masson y Eliacheff analizan en esta breve obra (108 págs., incluyendo el epílogo y prólogo citados) el mismo tema a partir de su experiencia clínica y por referencia a la actualidad francesa, poniendo de manifiesto, como las obras más arriba reseñadas, el carácter universal del fenómeno de la moda cultural del transgenerismo y su incidencia preocupante en los menores de edad. En el primer capítulo (págs. 29 a 42) las autoras denuncian la desinformación y manipulación con que este problema se plantea ante la opinión pública a partir de un documental, Petite Fille, difundido en Francia en 2020 que oculta gran parte de la información disponible al respecto presentando una transición de un menor de ocho años como algo razonable y lógico sin cuestionar la capacidad a esa edad de dar un consentimiento informado y responsable. Concluyen ese capítulo las autoras afirmando que Francia va retrasada en esta materia respecto a los países que empiezan a calibrar los riesgos del descontrol que supone para los niños esta moda y praxis acrítica favorable a la transición de género de los menores de edad.
En el capítulo segundo (págs. 43 a 60) estudian el fenómeno del contagio social de la moda trans entre menores y adolescentes, concluyendo que «los blogs protransición y los vídeos proporcionan a los jóvenes un prisma ideológico unívoco y falso para interpretar sus dificultades», resaltando el fenómeno de la captación en línea que induce el uso de una neolengua, el rechazo a la ciencia y la biología, el aislamiento social y familiar y la cultura de la victimización, que empuja a los niños a una dependencia de por vida de la industria farmacéutica. En el capítulo 3 (págs. 61 a 79) se analiza lo que las autoras llaman «un escándalo sanitario», denunciando la medicalización de por vida de esos niños, los efectos secundarios y riesgos a largo plazo de los tratamientos hormonales cruzados, el carácter experimental del uso de tales medicamentos aún no aprobados por las autoridades sanitarias con este fin y que la «cirugía llamada de reasignación es mutilante».
Las doctoras Masson y Eliacheff se centran en el caso francés. Su conclusión es que el transgenerismo actual es un engaño colectivo contemporáneo que fragmenta la sociedad
En la conclusión (págs. 89 a 98) las autoras presentan el transgenerismo ideológico actual centrado en los menores como un engaño colectivo contemporáneo que fragmenta la sociedad mediante el establecimiento de identidades diversas sin fundamento científico, promoviendo un individualismo total que sujeta a las personas a una mercantilización y un consumismo donde los cuerpos son claramente una mercancía. Resaltan asimismo cómo el transgenerismo manifiesta un preocupante odio al ser humano y especialmente a la feminidad: «Si ya no hay cuerpo, ni sexo, ni mujeres ni niños, ¿qué queda de lo humano?» (pág. 97). Y concluyen con esta invitación: «Es responsabilidad de todos hacer campaña para prohibir las intervenciones médicas y quirúrgicas en los cuerpos de los niños y adolescentes que no presentan ninguna enfermedad, puesto que la disforia de género no lo es. No dañar a los niños es una ley fundamental».
Las tres obras reseñadas pueden ayudar a reflexionar para formarse un criterio fundado sobre este tema de tanta trascendencia en el que está en juego algo tan importante como la salud de los niños y, a la par, libertades básicas como las de pensamiento sobre la sexualidad, práctica científica de la medicina sin condicionamientos ideológicos ni políticos, educación y ejercicio de la patria potestad sin cortapisas estatales y el mantenimiento de una sociedad libre de ciudadanos iguales y no parcelada en estatutos jurídicos diferenciados según la percepción subjetiva sobre la identidad personal.
He aquí un libro sobre el mundo clásico que casi merece él mismo el marbete de clásico. Publicado en 1930 por su autora, la helenista germano-norteamericana Edith Hamilton (1867-1963), entre cuyos méritos está el de haber sido pionera de las mujeres universitarias, es una ampliación del que fuera su primer trabajo, The Greek Way. Curiosamente, una anterior edición española mantenía ese título (El camino de los griegos) para esta versión ampliada, que ahora reaparece respetando el título original de 1930: The Great Age of Greek Literature. La ampliación de entonces tenía que ver con la inclusión de autores como Píndaro, Heródoto y Tucídides, inclusión tanto más necesaria para la autora en cuanto que “no es posible percibir realmente la extensión, hondura y esplendor de la vida intelectual ateniense durante la quinta centuria excluyendo la aguda curiosidad y la humanidad cálida de Heródoto, o la profundidad de pensamiento de Tucídides y su sombría magnificencia”.

Publicado, pues, en pleno periodo de entreguerras, cuando, sin superar del todo el trauma de la Gran Guerra, el auge de los fascismos auguraba nuevos conflictos, el libro responde de algún modo a esa coyuntura. “Ahora que el mundo se conmueve, frente a la urgencia de lo malo y la amenaza de lo peor”, es imperativo volverse a “las eternas perspectivas”, a “la visión de lo verdadero y lo divino, independiente de la opinión”, escribe la autora, citando a Sócrates. “Las perspectivas eternas permanecen abiertas, claras y serenas, gigantescas y verdaderas al lado de la pequeñez y la falsedad, del odio y la intolerancia”. Y en esa búsqueda encontramos a los griegos y, en concreto, a la ciudad de Atenas. “Pensamos y sentimos de forma diferente merced a las obras que produjo una pequeña ciudad griega durante dos siglos… Jamás ha sido superada su floración artística y filosófica, y muy raramente igualada, y sus características imperan sobre todo el arte y el pensamiento occidentales”, escribe Hamilton, que habla de “plenitud de grandeza” y “candente energía espiritual”, a propósito de esa floración.
“Pensamos y sentimos de forma diferente merced a las obras que produjo una pequeña ciudad griega durante dos siglos… Jamás ha sido superada su floración artística y filosófica”.
Por encima del acuerdo que las interpretaciones y tesis de su autora puedan suscitar entre los especialistas, este es un libro entusiasmado por la cultura griega y que sabe contagiar ese entusiasmo. Desde sus primeras líneas resulta un libro sugerente y estimulante, denso e intenso, ante el que el lector se siente impelido constantemente a subrayar frases del texto. Se refieren los editores en la contraportada a “una forma de escribir deliciosa”, y, desde luego, ese citado entusiasmo, unido al profundo conocimiento de lo tratado (“la pasión que da el conocimiento”, que decía Gil de Biedma), desemboca en un texto de lectura muy grata que es una estupenda puerta de acceso a un mundo que sigue estando vivo y resultando atrayente.
Trabajo también didáctico, dividido en diecisiete capítulos más bien breves que se ocupan, por un lado, de aspectos generales (Oriente y Occidente, la religión de los helenos, el carácter griego…) y, por otro, de los grandes escritores: los tres citados más arriba, los dramaturgos (Esquilo, Sófocles y Eurípides), Aristófanes y Jenofonte; además de tratar de pasada a otros como Homero o la figura del ágrafo Sócrates.
La autora empieza por constatar que en Atenas nace una nueva civilización distinta a todo lo anterior y que no contó con un modelo precedente. “Los griegos fueron los primeros occidentales; el espíritu occidental, el espíritu moderno, es un descubrimiento griego que ubica históricamente a los griegos en el mundo moderno”. La novedad que encarna Grecia es bien palpable en una alegría de vivir que no se conocía en la Antigüedad. Los griegos, por ejemplo, “fueron los primeros en conceder importancia a los juegos… el testimonio de los juegos es concluyente”. Y si a Egipto lo caracterizan las tumbas, a Grecia la caracteriza el teatro. “Gozar de la vida, descubrir que el mundo es una hermosa posada, señalaba el espíritu griego distinguiéndolo de todo lo anterior. La alegría de la vida resplandece en todo lo que nos queda de Grecia”. Ni siquiera Roma, su presunta heredera, se parece a Grecia. La Roma imperial, dice Hamilton, estuvo siempre inclinada a los modos orientales. “Los griegos transmutaron un mundo lleno de miedo en un mundo lleno de belleza”. Ya en Homero -portavoz de los griegos, molde de Grecia- los hombres son libres y no temen.
“Los griegos fueron los primeros occidentales; el espíritu occidental, el espíritu moderno, es un descubrimiento griego que ubica históricamente a los griegos en el mundo moderno”.
Lo anterior no impide que la literatura griega sea profundamente dolorosa. “Los griegos advertían al mismo tiempo hondamente la amargura de la vida y su dulzura”. Sus dramaturgos, “antes que dramaturgos eran griegos, tan agudamente conscientes de la belleza de la vida que no podían sino proclamarla”. A esa mentalidad contribuía la falta de relevancia del clero en la vida griega; el clero estaba a la retaguardia, ocupado en el templo y el cumplimiento de los ritos, pero sin autoridad fuera de ese ámbito estrictamente religioso.
Junto al vitalismo, “los griegos eran intelectualistas, el trabajo de la mente constituía su pasión”. “No habían venido al mundo para regocijarse en el descanso de su inteligencia. Debían analizar y reflexionar sobre todas las cosas. No podían dejar de definir con precisión el significado de cualquier término general; de esta suerte pudieron crear el lenguaje de la filosofía”. Y era tan importante comprender la belleza como expresarla. “Ninguna estatua griega nos parece extraña en ningún sentido… Nos sentimos inmediatamente amigos… Ninguna arquitectura nos es tan familiar como la griega”. Su literatura, sin embargo, permanece aislada, nadie la ha copiado. “Las letras griegas dependen tan poco del adorno como las estatuas. Escriben llana y expresivamente”. Y eso ya desde Homero, que “refiere una gran historia simple y espléndidamente”. Toda la poesía griega se basa en “la claridad de ideas, el plan y la secuencia lógica”. “La fantasía galopa a riendas cortas en la poesía griega”. “Claridad y simplicidad en la expresión, lemas del pensador, eran también los lemas del poeta griego”, remacha Hamilton.
Entre estos poetas, sobresale de modo destacado Píndaro, “una fuente prodigiosamente elevada”, del que la autora destaca “su plenitud vital, su inagotable espontaneidad”. Aunque “sus pensamientos corrían parejos con lo convencional”, el lugar de Píndaro está entre los inmortales. “Además de la facilidad, la libertad, y el poder que denuncian sus poemas, Píndaro es un artesano consumado”. Su poesía, añade Hamilton, aunque intraducible (y esa imposibilidad es una pérdida irreparable), es la que más se acerca a la música, a la música que se basa en la estructura, las leyes fundamentales de equilibrio y simetría, como La fuga de Bach. “Verter en otro idioma las odas de Píndaro sería como escribir con palabras una sinfonía”.
Píndaro, el poeta más grande después de Homero, es el último intérprete de la aristocracia griega. Sus poemas expresan perfectamente y por última vez la conciencia de sí misma de la antigua aristocracia, la convicción de su propio valor moral y religioso. La perfección física que cantan sus odas evoca misteriosamente la perfección espiritual, y cada poema suyo es un tributo a esa conjunción.
La tragedia apareció porque era menester conocer y explicar; mientras que la comedia trata de la superficie de la vida, el trágico debe buscar su significado.
Cuando analiza a los escritores griegos, Hamilton hace frecuentes comparaciones con autores modernos, casi siempre ingleses (Milton, Shakespeare, Keats…); destaca, por ejemplo la semejanza entre Aristófanes y Gilbert. De Aristófanes dice que toda la vida de Atenas está en su obra. “Todo era pasto para sus burlas. Era la pintura parlante de las locuras y debilidades de su momento… espejo de su época”. “Es tan absolutamente sincero que terminamos por sentir que la indecencia es ni más ni menos que una parte de la vida, con mayores posibilidades humorísticas”. “La distancia entre lo sublime y lo ridículo era fácilmente transitable. La comedia florecía al lado de la tragedia, y cuando una pasó, también pasó la otra”.
Antes de abordar la cumbre de la literatura griega que constituyen sus tragedias, Hamilton se detiene en los historiadores. Heródoto es “el historiador de la gloriosa lucha por la libertad en que los griegos vencieron a los persas”; aunque la vida de Grecia, como la de cualquier otro país, se fundara sobre la esclavitud, que despertó cierta oposición: de modo indirecto en Platón, más abiertamente en Eurípides y luego en los estoicos. A Heródoto se le ha llamado padre de la historia, pero lo es también de la geografía, la arqueología, la antropología, la sociología y todo aquello que se relaciona con los seres humanos y los lugares en que viven. “Pertenecía al limitadísimo número de los amantes de la humanidad. Simplemente, le agradaba la gente. Le agradaba más que la admiraba, y jamás la idealizó”. Heródoto, en fin, posee ese sine qua non del escritor: no ser pesado; algo difícil de evitar cuando se escriben libros de viajes. “Escribe con perfecta facilidad, sin amanerarse; siempre es simple, directo, lúcido y fácil de leer”. Según Dionisia de Halicarnaso, fue el primero en demostrar a los griegos que la expresión en prosa podía alcanzar el mismo vigor de la expresión en verso.
Tucídides hizo un tratado de la guerra, sus causas y efectos en su Historia de la guerra del Peloponeso. “Jamás se libró una guerra por causas tan justas como la guerra contra Persia”. A la que “siguió uno de los renacimientos triunfantes más maravillosos del espíritu humano de cualquier edad histórica”. Pero, en la cumbre de su poder, Atenas cambió. La confederación libre se convirtió pronto en el imperio ateniense. La creciente marea del dinero y el poder hizo que Atenas se volviera contra sus amigas, convirtiéndolas en colonias. Y de esa Atenas imperial e invencible desapareció el motivo que aconsejaba obrar bien. Tucídides fue testigo del cambio drástico que hizo de Atenas una ciudad brillante y corrompida, poderosa, imperial y tiránica.
Jenofonte: “Hombre de buena voluntad y buen sentido, amable, honesto, piadoso, inteligente… de la mejor estirpe ateniense…”
El hombre medio de Atenas puede verse a través de los ojos de Jenofonte, lo que no ocurre con Tucídides o Platón. “Hombre de buena voluntad y buen sentido, amable, honesto, piadoso, inteligente… de la mejor estirpe ateniense”, Jenofonte “fue verdaderamente un hombre de su tiempo, cuando los poetas, dramaturgos e historiadores eran simultáneamente soldados, generales y exploradores”. Aunque no era demócrata –prefería Esparta a Atenas- en la famosa retirada que cuenta su Anábasis (“una historia griega en miniatura”, ningún otro escrito proporciona un conocimiento tan claro del individualismo griego) actuó como un ateniense, siendo un jefe democrático, “como convenía a su condición de militar de la democracia más libre que consiguió jamás el mundo”. En estas páginas dedicadas a Jenofonte y a la retirada de los Diez Mil reaparece la entusiasmada admiración de la autora por su objeto de estudio: “Apenas eran una banda de mercenarios, pero de mercenarios griegos; y el promedio de inteligencia era elevado”.
Y el entusiasmo y la admiración suben cuando se ocupa de los trágicos. De los cuatro grandes dramaturgos de todos los tiempos, tres son griegos, recuerda. “Es en la tragedia donde más claramente se ve la excelencia griega… La tragedia es de factura peculiarmente griega; fueron ellos los primeros en descubrir el género, y lo elevaron hasta su cumbre suprema”. La tragedia es dolor trasmutado en exaltación por alquimia poética. “Dolor modificado, o mejor, cargado de exaltación. Este es el misterio de la tragedia; la expresión del dolor nos causa placer”. La tragedia, dominio de los poetas, apareció porque era menester conocer y explicar; el trágico debe buscar el significado de la vida; su superficie es asunto de la comedia. “La dignidad y la significación de la vida humana constituyen las bases imprescindibles de la tragedia”. “Si los griegos no nos hubiesen dejado tragedias, desconoceríamos la cumbre más alta de su apogeo”.
“El extraño poder de la tragedia, de presentar al sufrimiento y a la muerte de modo que exalten y no depriman se experimenta soberanamente en las obras de Esquilo”, en las siete que han sobrevivido de las noventa que escribió. “Si la actitud peculiar de la tragedia consiste en mostrar la miseria del hombre en su máxima tenebrosidad y la grandeza del hombre en su máximo nivel, Esquilo no es solamente creador del género sino el más verdaderamente trágico de todos los trágicos. Nadie como él ha arrancado sonidos tan puros del disonante estruendo de la vida. No hay en sus obras resignación ni pasiva tolerancia. El espíritu griego enfrentaba la calamidad con grandeza”. “Esquilo –sigue diciendo Hamilton- veía la vida de modo tan dramático que para poder expresarse necesitó inventar el drama” y “definió las líneas fundamentales del teatro ático”. Sófocles y Eurípides fueron mejores técnica y escénicamente, pero no alcanzaron su intensidad dramática. “Fue un gran pensador solitario. Contadas veces ha sido igualada la profundidad y penetración de su pensamiento; y su investigación del enigma del mundo no ha sido aún superada”.
En cuanto a Sófocles, “compendiaba en sí todo lo que entendemos por griego, tanto que todas las definiciones del espíritu y el arte griegos no son en última instancia sino definiciones de su espíritu y de su arte; era la quintaesencia misma de lo griego”. “Lúcido, simple, razonable, directo, la palabra exceso no podía ser pronunciada en su presencia. Nadie poseyó mejor que él el don de la moderación…. Nada demuestra mejor la altura del intelecto ateniense como el éxito de Sófocles”.
Eurípides, el tercer gran trágico, de sorprendente modernidad, “es el más triste de los poetas, el poeta de la pena del mundo”, que siente como ningún otro la ruindad de la vida humana. “Ningún poeta tuvo nunca oídos más sensibles para captar el tono de la silenciosa y triste música de la humanidad”. Sus obras, tan antiguas, “pulsan las dos notas dominantes de nuestro tiempo: simpatía por el dolor ajeno y firme convicción en el valor de cada ser viviente”. “Máximo representante de la eterna mente moderna”, destaca en su obra “su espíritu compasivo para con todos los infortunados y su sentido del valor de la vida humana”.
Hamilton cierra este bloque con una comparación de las versiones de un argumento que trataron los tres, la historia de Electra. La de Esquilo es amable, gentil, arrastrada -contra su propia naturaleza- por el deber. La de Sófocles es una mujer fuerte, llena de amargura, que vive con el único propósito de la venganza; bravía y rebelde, desprovista de dudas y de arrepentimientos. La de Eurípides, que ha sido la más cuidadosamente estudiada, tiene amargura y una ira especial.
Hamilton rechaza también la idea -teórica y prácticamente falsa, dice- de una tragedia griega hecha con arquetipos. Sostiene que sus personajes poseen siempre un carácter definido, ya que nada individualiza tanto como el dolor.
La base de su democracia era la convicción de todas las democracias: que el hombre medio es capaz de emplear el sentido común en el cumplimiento de sus obligaciones
Los griegos, en fin, tenían la pasión de ser libre, de vivir su vida según sus propias normas, no les parecía natural dejarse dirigir. La base de su democracia era la convicción de todas las democracias: que el hombre medio es capaz de emplear el sentido común en el cumplimiento de sus obligaciones. Aquel ideal decayó. La democracia ateniense se convirtió en imperialismo y dejó de ser democracia. Pero “el ideal de la unidad de individuos libres que servían espontáneamente a la vida común pasó a ser una nueva posesión de la humanidad, perpetuamente recordada”.
[Tercera parte del trabajo de Carmen Rocamora sobre las leyendas romanas, que ayudan a ilustrar el carácter de un pueblo milenario y juvenil, clásico y moderno, mitológico y turístico].
Roma además del centro del mundo es una ciudad llena de sorpresas y ensoñaciones. En ella conviven mitos, leyendas, historias inverosímiles…. Pero no solo eso, además, en ella existen los fantasmas.
Trataremos de contar la historia del que se encuentra en la Embajada ante la Santa Sede, la más antigua del mundo, pues en el año 2022 cumplió nada menos que 400 años.
Los Reyes Católicos nombraron a Gonzalo de Beteta primer embajador permanente en 1480, quien alquiló una vivienda, para desde allí, llevar a cabo los asuntos con el Vaticano.
En 1622 el duque de Alburquerque, conocedor de que Francia deseaba dominar toda la plaza, (entonces llamada Trinitatis) alquiló el palacio ubicado en ella, de forma que adquirió la supremacía del lugar, quedando así separado del dominio francés, solo por la escalinata de Trinitá dei Monti. Encargó entonces al gran arquitecto Borromini, enemigo de Bernini (según cuento en mi libro Lo que esconde la mitología), el arreglo de la escalera de entrada y el patio central.
En 1647 Luis Vélez de Guevara, siendo embajador, compró la totalidad del palacio por la enorme suma de 22.000 escudos romanos y de esta forma siete años después, la Piazza Trinitatis pasó a llamarse la Piazza di Spagna.

El interior del palacio fue llenándose poco a poco de magníficas obras de arte, entre las que se encuentran dos esculturas de Bernini, una obra de Madrazo y otra de Vicente López.
La Embajada de España gozó del” derecho del baldaquino”, es decir, tuvo la oportunidad de recibir al pontífice bajo su techo en los años venideros
El dogma mariano por el que se reconocía que la Virgen había sido concebida sin pecado original, había sido muy defendido por España. Durante el papado de Pío IX, se llevó a cabo la columna de la Inmaculada y el papa presidió la inauguración desde el palacio. A partir de ese momento, la Embajada de España gozó del ”derecho del baldaquino”, es decir, tuvo la oportunidad de recibir al pontífice bajo su techo en los años venideros. Hay que pensar que muy pocos palacios romanos gozan de ese privilegio y desde entonces, cada 8 de Diciembre, coincidiendo con la vigilia de la Inmaculada, se invita al papa a visitarlo.
El palacio goza además de un hecho artístico interesante: durante 7 años Velázquez se instaló en la embajada y allí pintó La fragua de Vulcano y La túnica de José.
Pero vayamos con el padre Piccolo… A principios de 1700, es decir, 50 años después de la compra del Palacio por Vélez de Guevara, acudía allí un monje llamado Pietro, al que luego se le llamó Piccolo por su corta estatura. Era el director espiritual de los miembros de la embajada, así que frecuentaba el palacio sin problemas.

Siendo un gran pecador, se enamoró locamente de una dama de la embajada, mujer de un ilustre súbdito de Felipe VI, cuyo nombre no se reveló jamás.
El marido, conocedor del asunto se personó en el dormitorio de los adúlteros y mató con su espada al padre Piccolo, y más tarde emparedó su cadáver entre los muros del Palacio, de manera que el famoso fraile nunca abandonó el Palacio de España y desde entonces vaga por sus habitaciones pidiendo perdón de sus pecados, o bien, advirtiendo a sus moradores que no caigan en la tentación como hizo él.
Y así desde hace 300 años, las puertas del palacio se abren y cierran solas, se oye un murmullo de pasos en la noche, o el chirriar de la madera como si alguien abriese un cajón… ¡Es el padre Piccolo que recuerda su historia a los visitantes para hacer realidad su intangible presencia!
Y ahora dos de las muchas apariciones que se cuentan en broma o en serio en la Embajada del Vaticano:
Paloma Gómez Borrero, la gran periodista que acompañó al papa en múltiples desplazamientos, a la que se recordará siempre como la mejor cronista vaticana de todos los tiempos, (y de quien tuve el privilegio de ser amiga), contaba que, invitada a una recepción en la residencia del ministro consejero en la Embajada, se encontró con cinco puertas cerradas y no sabía por cuál de ellas entrar. Entonces, un fraile que estaba en la escalera, le indicó sin hablar, mediante gestos, la puerta que correspondía. Al comentarlo ella durante la cena a los invitados, coincidieron todos que la ayuda se la había prestado el padre Piccolo que deambulaba en aquel momento por el palacio, y, salieron todos a buscarlo, pero no había nadie….
Verdadera o no, hay otra historia que no puedo asegurar que sea cierta, pero que se cuenta en la Embajada entre risas y bromas.
Es ésta: siendo Antonio Garrigues embajador de España en Vaticano, tenía a Jackie Kennedy esos días invitada en el palacio. Durante la cena, le contó la historia del padre Piccolo, advirtiéndole a ella y a sus dos guardaespaldas que estaban de servicio ante la puerta de la primera dama, que estuvieran atentos ante la presencia del fantasma.
Jackie, divertida, se fue a la cama, ajena a toda esta historia, pero media hora después salió en pijama gritando: ”El padre Piccolo, el padre Piccolo”, acompañada de los dos policías americanos, pistola en mano… La realidad era que algún distinguido invitado había abierto un cajón y al ser tan vieja la madera había chirriado a gusto.
Los fantasmas están presentes no solo en Roma sino en muchas ciudades italianas. ”Cuando no se puede satisfacer a la razón, se acude a la fantasía” como decía Thomas Brown, y así la creatividad, echada a volar por la mente de los habitantes del Lacio, transforma la locura en razón, o más bien al contrario, la razón en una locura colectiva que llena sus almas de originalidad e ingenio.
Veamos por tanto los diversos fantasmas que ilustran esas anécdotas existentes todavía en la Italia de hoy. Se encuentran en Venecia, Turín, Ravenna y Nápoles.
Cuentan que a lo largo del Gran Canal subsisten fantasmas que habitan en los palacios y se aparecen de vez en cuando a los turistas
Hay todavía hoy varios kilómetros de galerías subterráneas, donde sobrevivieron sociedades secretas y sectas diabólicas.
Los ciudadanos creen todavía en el enigma de Dante.
Los espíritus de las personas que murieron en las erupciones del Vesubio, deambulan libremente por la ciudad aterrorizando a sus habitantes.
Historia inventadas o reales basadas en un estrés traumático del pasado o en una sobrecarga psicosocial, cuentos deslumbrantes que adornan la literatura de un país universal.
Pero en su centro está Roma, siempre fascinante y llena de cultura. Cuna de la mitología y del cristianismo. Ciudad turística por excelencia, adonde siempre se quiere volver, nos deslumbra con sus edificios, sus museos, sus esculturas ambulantes, sus parques fabulosos, sus galerías de arte….

Y en el corazón de Roma: la Piazza di Spagna, rodeada por la Barcaccia de Bernini, por la Escalinata de Trinitá dei Monti (la escalera más bella del mundo), por el Café Grecco, por la Via Margutta, por la Via Condotti.
La ciudad ocre y anaranjada, donde personajes como Mozart, Rafael, Wagner o Bernini, quisieron vivir y otros, como Goethe o Shelley, quisieron morir y quedar para siempre en el cementerio de los poetas…
Zena Hitz.
Doctora en Filología a por la Universidad de Princeton. Profesora de Ciencia y Literatura en el St. John’s College de Annapolis (Estados Unidos), es fundadora y directora del Catherine Project, un programa en línea de aprendizaje a través de grandes libros
¿Qué une a personajes tan dispares como Einstein, Simone Weil, Gramsci o al activista Malcolm X? Todos ellos descubrieron la vida intelectual, gracias al aprendizaje, lo cual tuvo decisivas consecuencias para la sociedad. Einstein, por ejemplo no era capaz de entrar como docente en la universidad, de modo que tuvo que trabajar siete años en una oscura oficina de patentes y fue allí, en su tiempo libre, donde escribió sus trascendentales artículos sobre la teoría de la relatividad, que dieron un vuelco a la Física. La vida intelectual -afirma Zena Hitz– “nos recuerda nuestra dignidad (…) y que somos dueños de un lote de la herencia humana universal”. La adversidad pueden impulsar la vida intelectual y la autora lo ilustra con los casos de Gramsci, que escribió sus famosos Cuadernos en la cárcel, o el activista Malcolm X que describió su tiempo en prisión como una bendición porque allí adquirió una gran cultura. La propia Hitz descubrió la vida intelectual a través de una crisis existencial: docente de éxito, se había lanzado a “una brutal pugna por el estatus y el prestigio”, hasta que el dolor de las víctimas del 11-S le hizo reflexionar, tuvo una conversión religiosa, optó por el voluntariado, y regresó a la universidad, para acompañar a sus estudiantes en el descubrimiento de los clásicos, a través del Catherine Project, un programa de grandes libros. En este sentido, la vida intelectual, puede ser “una forma de recuperar nuestro valor real cuando los juegos de poder y los descuidados juicios de la vida social nos lo niegan”. Pero sin verdad -apunta-, no hay vida intelectual ya que para descubrir la verdad debemos acudir a lo que “no resulta evidente ni se muestra de inmediato ante nuestros ojos”.
Los obstáculos que dificultan la vida intelectual, son “las anteojeras de la riqueza”, “la fuerza corruptora de la ambición social”, y “el amor al espectáculo y la vida en la superficie”. Alerta Hitz del peligro de la curiositas, vicio al que se opone la virtud de la studiositas. San Agustín explica que la persona curiosa es “un amante del espectáculo”, que “apenas roza la superficie de las cosas”, en tanto que la persona seria “busca profundidad, busca más, anhela la realidad”. La autora explica que “si no dejamos que la vida intelectual descanse en su espléndida inutilidad, nunca dará su fruto práctico”. Y pone el ejemplo de la filósofa Simone Weil que no pudo ser pobre entre los pobres, combatiente antifranquista en la Guerra Civil española, y trabajadora en el campo, por su naturaleza “débil y enfermiza, a pesar de su admirable y quijotesco amor por la justicia”.
Concluye la autora con un examen crítico de lo que llama “universidades opinionizadas”, en el que afirma que “si la vida intelectual implica ir más allá de la superficie, (…) entonces casi nada tiene que ver con lo que comúnmente se denomina conocimiento: la absorción de opiniones correctas”. Y sin embargo, actualmente las universidades “trafican con opiniones correctas sobre literatura, historia, ciencia o matemáticas”.
E n los primeros años del siglo XX, a Albert Einstein le “consideraban un fracasado en el posgrado de Física y no fue capaz de encontrar trabajo como docente o investigador en la universidad”, de modo que tuvo que trabajar siete años en una oscura oficina de patentes. Pero, en su tiempo libre, “escribió sus trascendentales artículos sobre el efecto fotoeléctrico, el movimiento browniano y la teoría de la relatividad espacial, trabajos que dieron un vuelco a la Física”. El futuro premio Nobel describía la oficina de patentes como “ese claustro secular en el brotaron mis más hermosas ideas”.
Este es uno de los ejemplos históricos que la profesora Zena Hitz pone en su libro Pensativos (Los placeres ocultos de la vida intelectual) para ilustrar cómo la búsqueda de la interioridad y el amor por el aprendizaje puede tener importantes consecuencias.

Es lo que hizo el joven Einstein al refugiarse en una oficina, en la que “no había profesores de primera categoría a los que impresionar, ni administradores universitarios a quienes aplacar, ni estudiantes ante los que tuviera justificar su existencia”. Se trataba por lo tanto “de un lugar en el que se pone a prueba el amor por el aprendizaje, donde se frustra la ambición, donde el trabajo de uno tiene que funcionar por sí solo sin pasarse la vida corriendo detrás de la zanahoria”.
Es una fuente de conocimiento y comprensión, un jardín en el que se cultiva la aspiración humana, el hueco de un muro al que uno puede retirarse temporalmente de las controversias actuales para obtener una perspectiva más amplia, para recordar que somos dueños de un lote de la herencia humana universal”. Y aquí entra el acervo amasado durante milenios por el pensamiento, la ciencia, la literatura, el arte.
El fracaso y la adversidad pueden impulsar la vida intelectual, subraya la autora. Es el caso del “matemático francés André Weil, hermano de la filósofa Simone Weil, encarcelado en 1940 por negarse a servir en el ejército”. Durante el tiempo que pasó entre rejas “llevó a cabo una importante demostración matemática, la hipótesis de Riemann, para curvas sobre campos finitos”. “Si solo trabajo así de bien en la cárcel -llega a escribir Weil a su esposa- ¿tendré que arreglármelas para pasar dos o tres meses encerrado todos los años?” En plena reclusión, Weil se entusiasmaba con sus descubrimientos: “Estoy emocionado con la belleza de mis teoremas”.
Los once años que Antonio Gramsci pasó en las cárceles de Mussolini, le produjeron tal deterioro físico, que murió con solo 46 años. Pero en ese tiempo “estudió lingüística comparada, el teatro de Pirandello, la poesía de Goethe etc., de forma sistemática y profunda, y escribió tres mil páginas de notas y cartas”, los famosos Cuadernos de la cárcel que tan decisiva influencia han tenido en el marxismo cultural y en la política contemporánea del siglo XX.
Y la prisión fue también el inesperado ámbito en el que un joven delincuente, de color “inmerso en drogas, y sexo, llamado Malcolm Little” descubrió la vida intelectual, a través de otro recluso erudito, y se convirtió, andando el tiempo, en Malcolm X, ministro de la Nación del Islam, uno de los grandes luchadores por los derechos civiles de los afroamericanos en EE.UU. “Comenzó por el diccionario, luego estudió latín, alemán, la Biblia, el Corán, Nietzsche, Spinoza, Kant… historia, religión, poesía”. Y describió su tiempo en prisión como “una bendición encubierta, que me proporcionó la soledad que me trajo muchas noches de meditación”.
La trayectoria de la propia autora es un viaje introspectivo en busca de la verdad, a través de la vida intelectual, como relata en el prólogo.
Se hizo algunas preguntas inquietantes, como “¿qué sentido tenía estudiar filosofía y los clásicos?, ¿qué diferencia lógica podría marcar frente al mundo que sufre?”.
Tuvo una conversión religiosa, optó por el voluntariado, y regresó posteriormente a la universidad, para acompañar a sus estudiantes en el descubrimiento de los clásicos, a través del Catherine Project, un programa en línea de grandes libros. En el ínterin, llegó a la conclusión de que es preciso escapar “del mundo social y político”, gobernado por “la ambición, la competitividad y la búsqueda ociosa de emociones”, “un mercado donde todo se puede comprar y vender (…) donde los seres humanos son principalmente vehículos para lograr los fines de los demás”. La vida intelectual bien entendida, “la contemplación, los grandes libros”, señala, pueden ser “una forma de recuperar nuestro valor real cuando los juegos de poder y los descuidados juicios de la vida social nos lo niegan. Por eso es fuente de dignidad”.
En la primera parte de Pensativos, Zena Hitz invita a reflexionar sobre la motivación profunda del “apetito por aprender”. Indica que muchas cosas las hacemos de forma instrumental (v.gr. trabajar para ganar dinero); y otras porque sí (v.gr. una excursión, jugar a las cartas), pero, siguiendo a Platón y Aristóteles, existe “un bien supremo, la mejor actividad humana, perseguida por sí misma, por la que tenemos una afinidad natural por encima de todas las demás”. Y apostilla: “un bien así sería algo en lo que culminaría toda una vida, una forma de felicidad segura construida sobre la base de quienes somos y de lo que queremos”. De ahí la importancia de tener “una orientación básica” para saber “qué fin último está estructurando nuestra vida”.
La vida intelectual “no tiene tanto un objeto de interés, como una dirección hacia lo general pasando por lo específico, lo universal más allá de lo particular” y menciona a George Steiner, que en su obra Presencias reales “sostiene que todo arte y pensamiento apunta a la transcendencia, a Dios o a la ausencia de Dios”.
Aristóteles afirma que “debe haber algo más allá del trabajo, el ocio, sin el cual nuestro trabajo es en vano”. Hitz recupera el sentido primigenio de ocio, no como mero esparcimiento, sino como “recámara interior” y recuerda que para Aristóteles, “solo la contemplación, la actividad de ver, comprender y saborear el mundo tal como es, podría considerarse el uso final y satisfactorio del ocio”. Ese ocio destinado a la contemplación puede surgir en las peores circunstancias imaginables, como “las que vivió en Auschwitz el psicólogo Viktor Frankl, que él mismo relata en su libro El hombre en busca de sentido.”
Es el ocio que hizo que un emperador del Sacro Imperio romano germánico, Federico II, hiciera en el siglo XII un paréntesis en sus empresas de conquista para “llevar a cabo estudios ornitológicos para un tratado de cetrería que sigue sin tener parangón”. O que el poeta J. W. Goethe se interesara por la geología, llegando a hacer un ensayo sobre el granito, o sobre la botánica, escribiendo otro sobre La metamorfosis de las plantas.
Pero sin verdad -apunta Hitz-, no hay vida intelectual, ni tampoco dignidad humana, ya que para descubrir la verdad debemos acudir a lo que “no resulta evidente ni se muestra de inmediato ante nuestros ojos”. Y detalla “cuando miento a alguien, me aprovecho de la apertura al mundo de esa persona, de su capacidad de percepción y de su juicio racional, como un medio para obtener lo que quiero. Quiero una esposa y una amante, así que miento para lograr ambas”.
Eso mismo se aplica al ámbito público, donde los gobernantes recurren al engaño… “como líder político me engrandezco a base de exagerar amenazas (…) apelo al miedo natural a la incertidumbre y a la debilidad, así como a los delirios de grandeza”. Ilustra esa tendencia con las mentiras sobre las que surgió y se impuso el fascismo en Italia, ante lo que se rebeló el judío Primo Levi desde el ámbito de la ciencia. “Levi se refugia en la química, en realidades que no se pueden doblegar ni distorsionar, contra las que se desmorona la fantasía humana”.
Lo que sitúa la vida intelectual más allá de la política es “su amplio compromiso humanista”, porque la política, incluso en su mejor momento -llega a decir Hitz- “requiere de facciones; requiere de divisiones, lealtades, del poder emocional de un nosotros contra ellos”.
En la segunda parte de Pensativos, expone la autora los obstáculos que dificultan o empobrecen la vida intelectual, como “las anteojeras de la riqueza”; “la fuerza corruptora de la ambición social”; o “el amor al espectáculo y la vida en la superficie” y antepone al vicio de la curiositas, la virtud de la seriedad, lo que los clásicos y medievales llamaban studiositas.
Ser serio -afirma Hitz- es “sopesar nuestras insatisfacciones, discernir lo mejor de lo peor, lo posible de lo imposible. Una persona seria quiere lo mejor y lo más auténtico para sí misma”. San Agustín logra “superar su falso amor por el aprendizaje, la ambición basada en el amor al espectáculo, gracias a la disciplina de la lectura y al ansia de verdad”.
En el capítulo La utilidad de lo inútil, señala la paradoja de que “si no dejamos que la vida intelectual descanse en su espléndida inutilidad, nunca dará su fruto práctico”. Y pone el ejemplo de la filósofa francesa Simone Weil que no pudo ser pobre entre los pobres, combatiente antifranquista en la Guerra Civil española, y trabajadora en el campo, por su naturaleza “débil y enfermiza, a pesar de su admirable y quijotesco amor por la justicia”. Weil estaba “atrapada en un mundo intelectual en el que despunta, pero que está desconectado del sufrimiento de la comunidad que le rodea”.
Menos conocido, fuera del ámbito estadounidense, pero no menos expresivo, es el caso de la activista Dorothy Day, cofundadora del Movimiento del Trabajo Católico. La lectura de Upton Sinclair, Jack London, Tolstoi, Dostoievski y Dickens le influyó notablemente en su compromiso personal por la justicia social durante los años 30 cuando, como consecuencia de la Depresión, EE.UU. alcanzó la cifra de 13 millones de parados. Desde sus simpatías iniciales por el anarquismo y el socialismo, Day se aproximó después al cristianismo. En una de sus estancias en prisión recordó -e hizo suyas- las palabras del sindicalista Eugene Debs: “mientras haya una clase inferior, yo pertenezco a ella; mientras haya criminales, yo soy uno de ellos; y mientras haya un alma en prisión, yo no soy libre”.
Zena Hitz concluye el ensayo con un examen crítico de lo que llama “universidades opinionizadas”, en el que afirma que “si la vida intelectual implica ir más allá de la superficie, (…) entonces casi nada tiene que ver con lo que comúnmente se denomina conocimiento: la absorción de opiniones correctas”. Y sin embargo, actualmente las universidades “trafican con opiniones correctas sobre literatura, historia, ciencia o matemáticas”. Afirma que “formarse una opinión tiene tan poco que ver con la investigación como la corrección tiene que ver con el conocimiento de la verdad, (…) ya que el intercambio civilizado de opiniones puede crear una fachada de tolerancia, pero no requiere de una reflexión seria”.
Y considera “una vergüenza” que para el sistema de educación superior, “la enseñanza de persona a persona quede relegada solo a un puñado de facultades de artes liberales y a programas de doctorado de élite”.
¿Cómo recuperar el sentido de la vida intelectual? En otro pasaje del libro, Hitz establece la conexión entre aprender y amar, citando a san Agustín: “la capacidad de amarnos unos a otros depende de nuestra capacidad de aprender unos de otros. Esto sugiere que aprendemos para amar”.
El esfuerzo de las comunidades de aprendizaje por comprender, hace que “los seres humanos importen por sí mismos”. Y que el saber cobre todo su sentido cuando se comparte: “El más solitario de los solitarios estudiosos busca comunicarse, aunque solo sea por escrito y solo por el bien de los seres humanos que nunca conocerá (…) el placer de aprender fluye naturalmente hacia el placer de enseñar”
En este artículo sobre el concepto de identidad en Alemania y el recorrido del multiculturalismo se recogen, en primer lugar, algunos datos ofrecidos por The Economist en su reportaje titulado Alemania, un país de múltiples identidades. Entre ellos, que la proporción de diputados de origen migrante se ha triplicado desde 2009 y esa diversidad ha llegado a todas las capas de la sociedad; desde el fútbol a los medios de comunicación. El hecho decisivo lo marcó la política de puertas abiertas de Angela Merkelen el verano de 2015 que supuso el paso de una cultura de la acogida a la cultura de la bienvenida.
A los datos sobre la multiculturalidad se incorporan otros procedentes del último informe de gestión sobre el racismo en Alemania. Según este, un 61% de la población opina que el racismo marca la vida cotidiana y una inmensa mayoría, el 90%, piensa que supone un problema en Alemania. Por otro lado, una de cada cinco personas lo ha experimentado en primera persona.
«La verdadera patria es la infancia», decía un Rilke siempre adelantado a su época. Porque si hablamos de patria y más concretamente de Heimat, en alemán, la acepción incluye nociones tan amplias como el paisaje, las costumbres, las referencias al hogar y la familia, los hábitos más personales… Todo aquello que confiere identidad es susceptible de convertirse en patria y la lengua tiene un papel muy destacado en esa función. «La patria es donde se habla como se habla como hablas tú», se lee en un artículo de The Economist que trata sobre las identidades en Alemania y los conflictos que estas entrañan. La frase hace referencia al dialecto que se habla en la región de Hunsrück, al sudoeste de Alemania, una zona ligada ya de forma indeleble al concepto de «patria» pues es donde se sitúa la exitosa saga audiovisual titulada así, Heimat, y dirigida por Edgar Reitz, a través de cuyos personajes se puede recrear la historia de Alemania desde principios del siglo XX y hasta los 2000.
Esa región es el punto de partida del reportaje a partir del cual se reconstruye una historia abreviada de la inmigración en el país. El primer contacto de Simmern ‒la ciudad más importante de la región‒ con extranjeros «fue en los años 50, cuando militares estadounidenses se trasladaron a una base aérea cercana. Los más viejos del lugar dicen que fue la primera vez que conocieron a alguien de color. En los años sesenta llegaron los trabajadores turcos», conocidos como Gastarbeiter (literalmente, invitados). ¿Invitados a qué? A la reconstrucción del país después de la Segunda Guerra Mundial. El mismo nombre hacía explícita la intención: al terminar el trabajo se irían, se hicieron «pocos esfuerzos para integrarlos» como recuerda el artículo, que también recoge las palabras de Alfred Dregger, político de la CDU, que en 1982 afirmó que «el retorno de los extranjeros a su Heimat debía ser la regla, no la excepción».
Paulatinamente el país se fue abriendo y también la sociedad, haciéndose más diversa. El artículo toma referencias del fútbol y la política. Puede que sea anecdótico, pero también revelador ver cómo han cambiado los nombres de la selección desde los noventa y lo mismo la política «cuya proporción de diputados de origen migrante se ha triplicado desde 2009. Dunja Hayali y Cherno Jobatey, ‒prosigue el artículo‒ dos de las personalidades televisivas más conocidas de Alemania, tienen raíces en Irak y Gambia, respectivamente. Muchos de los inmigrantes que se han integrados proceden de países de la UE, del este y el sur de Europa. Alemania es cada vez más un Einwanderungsland (país de inmigración, un país de acogida)».
«La proporción de diputados de origen migrante se ha triplicado desde 2009», subraya un artículo de The Economist sobre Alemania titulado Un país de múltiples identidades
El hecho decisivo al respecto lo marcó la política de puertas abiertas de Angela Merkel en el verano de 2015. Su decisión, en palabras de The Economist, «parece haberse basado en una mezcla de pragmatismo (no había alternativas obvias) e idealismo (la Sra. Merkel, que venía del Este, explicaría más tarde: “Crecí detrás de un muro y no deseo repetir la experiencia”). “Lo conseguiremos”, dijo a sus compatriotas. Casi dos tercios de los 1,2 millones de personas que llegaron en 2015-16 se han quedado», concluye el artículo. Recogía también el resultado de una encuesta realizada a 5.000 refugiados por la Red Europea contra el Racismo que señalaba que Alemania lo estaba haciendo bien, y mejor que la mayoría del resto de países europeos, en cuanto a la integración de sus inmigrantes. Según los datos manejados ‒el artículo está fechado en 2018‒ el 51% de los de los refugiados participaban en programas de integración, frente al 34% en Suecia y el 11% en Grecia. Por todo ello se podía denominar a Alemania como un ejemplo de la cultura de bienvenida o Willkommenskultur (cultura de la bienvenida).
Una diferencia importante que The Economist ponía de relieve era la diferencia entre ciudades más pequeñas y grandes urbes por lo que respecta a esta temática. En las pequeñas, tomando como ejemplo el caso referido de Simmern, se hablaba de tranquilidad, en términos generales; de la importancia de aprender el idioma, haciendo hincapié en el papel decisivo de los voluntarios que trabajan por la integración. Algo muy diferente a lo que pasa en las grandes ciudades, donde «la fotografía es bien distinta. Los jóvenes no acompañados, algunos traumatizados por la guerra, constituyen buena parte de los refugiados alemanes, y tienden a gravitar hacia las metrópolis. En ciudades como Berlín las solicitudes de asilo y apelaciones pueden llevar años. Abandonados en un limbo, sienten que tienen mucho que hacer. Se les prohíbe trabajar y el dinero proporcionado por el Estado es escaso, así que decenas de miles de jóvenes frustrados, pobres y, a veces, violentos, andan por ahí».
Se cita a continuación casos como la agresión sexual masiva a mujeres por parte de hombres de origen árabe que se produjo en Colonia en la Nochevieja de 2015 o el ataque en 2016 del tunecino Anis Amri, al que se le había denegado el asilo, y que embistió a la multitud que visitaba un mercado navideño en Berlín, causando doce muertos. Y se menciona el antisemitismo, recordando la quema de una estrella de David en la Puerta de Puerta de Brandemburgo de Berlín en protesta por el reconocimiento del presidente Trump de Jerusalén como capital de Israel, además de los ataques con cuchillo por y entre refugiados en la ciudad oriental de Cottbus. La conclusión: «Nada de esto afecta mucho a la vida del alemán medio, pero la sensación de inseguridad se ha extendido».
El último informe de gestión ‒el documento que cada dos años prepara el Comisionado del Gobierno Federal para Migración, Refugiados e Integración y que acaba de hacer público la ministra Reem Alabali-Radovan (SPD)‒ desmiente, al menos, el primer enunciado de esa conclusión. El racismo afecta, y mucho, a los alemanes. El 61% opina que el racismo marca la vida cotidiana y una inmensa mayoría, el 90%, piensa que es un problema en Alemania. Por otro lado, una de cada cinco personas, el 22% de la población de ese país, ha experimentado el racismo en primera persona. Los datos proceden en su mayoría de un estudio previo, Rassistische Realitäten (Realidades racistas), que se presentó en mayo de 2022 como parte del trabajo del Observatorio Nacional de la Discriminación y el Racismo. Aparte de las cifras mencionadas aporta otras también muy reveladoras, junto con sus conclusiones:
Según los datos más recientes, el 90% de la población piensa que el racismo es un problema en Alemania. El 22% lo ha experimentado en primera persona
De vuelta al más reciente informe de gestión, en el acto la presentación la ministra Reem Alabali-Radovan, subrayó el peligro que el racismo significa «para la democracia, pues atenta contra las personas y su dignidad humana, garantizada por la Constitución». Y aunque lo más llamativo, lo más urgente sean siempre los ataques y las medidas que se toman para combatirlos y prevenirlos, el informe, según señaló, la responsable, «muestra que sobreviven estructuras que, consciente o inconscientemente, pueden conducir a situaciones de desventaja y discriminación racial en la vida cotidiana. Por ejemplo, en la escuela y la formación profesional, en el mercado laboral o inmobiliario o en contacto con las autoridades». Son frentes no tan recurrentes cuando se tratan temas como la integración o la identidad, pero decisivos a la hora de construir la diversidad de un país o patria; Heimat, en el caso de Alemania.
A partir de un artículo en «The Economist», este texto analiza el multiculturalismo en Gran Bretaña y traza un recorrido por las posiciones de este país en las últimas décadas. Bajo el gobierno de Blair se llevó a cabo un cambio en el discurso público que llevaba a cuestionar el multiculturalismo como modelo de integración. David Cameron fue más allá y afirmó en 2011, que el multiculturalismo había fracasado «porque la política de tolerancia de los laboristas ha convertido a los jóvenes en objeto vulnerable del radicalismo islámico; […] hemos favorecido que las comunidades vivan vidas separadas».
La crisis del multiculturalismo plantea cuestiones de difícil resolución: ¿qué otros modelos de cohesión e integración podían tomar el relevo? ¿Cuáles deben ser los rasgos de identidad común en un país, como el Reino Unido, donde conviven ciudadanos con orígenes étnicos y religiosos diferentes? Ruth Kelly, ministra de Comunidades del Gabinete Blair, definió en su día, a raíz de la crisis del velo, los valores británicos «no negociables»: «respeto a la ley, libertad de expresión, igualdad de oportunidades, respeto por los demás y responsabilidad hacia los demás» estaban entre ellos. Se trata de valores todos ellos genéricos de cualquier democracia de Occidente. Para el caso británico se añadía además revivir una «idea de Gran Bretaña relevante». Todo en aras de evitar los dos escollos de una sociedad multiétnica: que las minorías sean discriminadas, por un lado; que minorías radicalizadas amenacen la convivencia o a la democracia, por otro. Como concluía el
artículo de The Economist, «puede que el multiculturalismo esté muerto, pero no está claro qué lo va a sustituir».
El multiculturalismo ha puesto en cuestión el concepto de identidad nacional en un país como Gran Bretaña, que no solo respeta la diferencia y promueve la tolerancia en la diversidad étnica y religiosa, sino que además la financia mediante políticas públicas.
El debate se planteó en 2006 cuando el entonces primer ministro, Tony Blair, afirmó que el niqab (el velo que cubre la cara de las musulmanas salvo los ojos) es “una marca de separación«, que “hace que los demás se sientan incómodos”. Lo hizo en apoyo del líder laborista y exministro de Exteriores, Jack Straw, que criticaba a las musulmanas que llegaban a verlo a su oficina vistiendo el niqab, obstaculizando la comunicación personal, y haciendo una “declaración visible de separación y diferencia” que no puede tolerar la sociedad liberal.
The Economist publicó entonces un artículo sobre La incómoda política de identidad sobre la crisis del multiculturalismo en Reino Unido. Contextualizaba el debate en el clima de desconfianza hacia la comunidad musulmana generado tras los atentados del Metro de Londres, del 7 de julio de 2005, en los que murieron 56 muertos y otras 700 resultaron heridas, que fueron cometidos por cuatro musulmanes nacidos en Gran Bretaña.
La toma de partido de Blair supuso un cambio en el discurso público que llevaba a cuestionar el multiculturalismo, su viabilidad y su eficacia como modelo de integración
Y planteaba el complejo equilibrio entre la tolerancia ante la diversidad religiosa y cultural y la necesidad de que las comunidades minoritarias se integren en una sociedad democrática.
La toma de partido del primer ministro supuso un cambio en el discurso público que llevaba a cuestionar el multiculturalismo, su viabilidad y su eficacia como modelo de integración. Durante décadas el Reino Unido ha hecho gala de un multiculturalismo pragmático, basado en el liberalismo, llegando a definirse como una “comunidad multiétnica, compuesta por comunidades sin
una metacomunidad que las una” (Cantle Report). Lo cual pasaba por el derecho al reconocimiento y apoyo de las diferencias de minorías étnicas y religiosas, tanto en el espacio público como en el privado.
Pero comenzó a suscitar críticas desde comienzos de siglo, y no digamos nada cuando llegaron gobiernos conservadores como el de David Cameron que, en 2011, llegó a decir “el multiculturalismo ha fracasado en el Reino Unido porque la política de tolerancia de los laboristas ha convertido a los jóvenes en objeto vulnerable del radicalismo islámico; y con el multiculturalismo hemos favorecido que los diferentes grupos vivan vidas separados unos de otros”.
¿Está una sociedad liberal obligada a tener actitudes y comportamientos defensivos frente a quienes son hostiles a ella?
Ya los propios ministros de Blair calificaron de “error colosal”, en 2006, “la política de tolerar y de alguna manera alentar la separación de las comunidades musulmanas”, apuntaba The Economist. Lo cual llevó a las autoridades a hacerse dos preguntas incómodas: ¿está una sociedad liberal obligada a tener actitudes y comportamientos defensivos frente a quienes son hostiles a ella?; pero, por otro lado, ¿no es razonable en una sociedad democrática exigir que miembros de todas las minorías se integren, al menos para algún grado, con la mayoría?
En su libro La identidad de las naciones, Montserrat Gibernau, catedrática visitante en Cambridge, se plantea la cuestión de “cómo hacer compatible el respeto a esa diversidad con el desarrollo de una identidad nacional común que permita un mínimo de cohesión social entre la ciudadanía”. Sobre todo, cuando entra en escena el “fundamentalismo islamico”, como ha ocurrido en las dos últimas décadas en Gran Bretaña, con signos externos de la radicalización como el velo integral o burka en las mujeres o la demanda de la introducción oficial de la sharia (o ley islámica).
Máxime ahora que ha crecido la población musulmana hasta los 4 millones de personas (6,5% del total), según datos de 2021, último año analizado por la Oficina de Estadísticas Nacionales del Reino Unido. Cuando se produjo la mencionada polémica del velo (2006), los musulmanes no llegaban a 1,6 millones de personas.
Pero si el multiculturalismo está en crisis, ¿qué otro de modelos de cohesión e integración social podía tomar el relevo? ¿Cuáles deben ser los rasgos de identidad común en un país, como el Reino Unido, donde conviven ciudadanos con orígenes étnicos y religiosos diferentes? Ruth Kelly, ministra de Comunidades del Gabinete Blair, definió, a raíz de las crisis del velo, los valores británicos “no negociables” que todo ciudadano debe aceptar: “respeto a la ley, libertad de expresión, igualdad de oportunidades, respeto por los demás y responsabilidad hacia los demás”.
La ministra se remitía así a documentos como el Improving opportunity, strengthening society, elaborado por el Ministerio del Interior, que aludía a la Britishness (la britanicidad): «A excepción de los valores de respeto a los demás y el estado de derecho, la tolerancia y las obligaciones mutuas entre los ciudadanos, que consideramos como los elementos esenciales de la Britishness, las diferencias en valores y costumbres tienen que resolverse mediante la negociación». Y el propio Blair señalaba que “los valores esenciales” que unen a los británicos son “la democracia, el estado de derecho, la tolerancia, igualdad de trato, respeto por este país”. Valores todos ellos genéricos de cualquier democracia de Occidente.
Un factor adicional de cohesión ha sido la lengua ya que muchos de los inmigrantes que llegaron al Reino Unido tras la descolonización -en la segunda mitad del siglo XX-, ya hablaban inglés previamente y tenían lazos con la cultura británica, pues una parte considerable provenía de la Commonwealth.
Más problemática a la hora de definir una ciudadanía nacional común son la cultura y la religión. El origen étnico (británico) y la religión (cristiana anglicana) son menos distintivos de la vieja identidad británica, que a mediados del siglo XX. Según la Oficina de Estadísticas Nacionales del Reino Unido, el número de personas en Inglaterra y Gales que identifican a su grupo étnico como blanco (inglés, escocés, galés o norirlandés) se ha reducido en alrededor de medio millón desde 2011, pasando del 86,0 por ciento al 81,7 por ciento. Las áreas con mayor porcentaje de habitantes pertenecientes a grupos étnicos diferentes al británico (hindú, pakistaní, bangladesí) se da en Londres. Su población británica ha descendido del 44,9% al 36,8% en diez años. Es decir, apenas supera el tercio del total.
The Economist subrayaba la necesidad de que los políticos revivan una idea de ciudadanía nacional británica, una “idea de Gran Bretaña relevante”, que sortee, por igual, los dos escollos de una sociedad multiétnica: que las minorías sean discriminadas, por un lado; que minorías radicalizadas amenacen a la convivencia o a la democracia, por otro. Pero añadía que el objetivo no es nada fácil. “Puede que el multiculturalismo esté muerto, pero no está claro que lo va a sustituir”.
La prueba es que el escritor Salman Rushdie, víctima de una fatwa del régimen de los ayatolás por su novela Versos satánicos, terció en la polémica posicionándose contra el velo («es un instrumento para quitarle el poder a las mujeres»); y advirtiendo, como recoge el semanario británico: “Ninguna sociedad, por tolerante que sea, puede confiar en prosperar si sus ciudadanos no valoran lo que su ciudadanía significa.»