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Partirle el espinazo a la razón

MANUEL CRUZ 

Catedrático de Filosofía y expresidente del Senado. Su último libro publicado es El Gran Apagón. El eclipse de la razón en el mundo actual (Galaxia Gutenberg).


Avance

Los enemigos de la democracia pretenden partir el espinazo deliberativo-racional que constituye la sustancia última de ese sistema, afirma el autor, enlazando su último ensayo, El gran apagón, con el anterior Democracia, la última utopía. Esa racionalidad —explica— está al servicio de la materialización de los valores-marco, que fundamentan una democracia. Y ese ataque se hace tanto desde el punto de vista formal, al querer neutralizar los mecanismos y estructuras que garantizan la dimensión deliberativo-argumentativa; como desde el contenido, al desdeñar el valor de lo racional en beneficio de lo emotivo-sentimental. El ataque se dirige contra la democracia pervirtiendo tres de esos valores nacidos en la Ilustración: la igualdad, la libertad y la fraternidad. A la primera —considera Manuel Cruz— se la pone en cuestión desde la esfera económica, a través de la intervención de poderes que perciben como un obstáculo para el desarrollo de sus intereses la existencia de una democracia constitucional comprometida con las clases trabajadoras, con la ciudadanía. También se atenta contra la democracia pervirtiendo desde dentro la libertad, con una libertad mal entendida, mediante una utilización torticera de la misma. Y desatendiendo el valor de la fraternidad, con el matiz de que, a diferencia de la libertad y de la igualdad, que pueden venir garantizadas por el Estado, la fraternidad necesita, en una proporción mayor, el concurso de los propios ciudadanos. Lo cual no significa que se deba desdeñar su inesquivable dimensión política. Recuerda el autor, citando al novelista Norman Mailer, que es preciso esforzarse duramente para mantener la libertad, y parafraseando al filósofo Wittgenstein, sostiene que «la democracia no es solo una caja de herramientas: es también una caja de valores».

Advierte Manuel Cruz que sería equivocado interpretar esta reivindicación de los valores ilustrados en términos de un alineamiento con lo científico, entendido como la única forma de conocimiento, porque, en muchas ocasiones, la función del arte y la literatura es llevar las emociones en la dirección correcta. Se trata de «entrar en razón», sin desdeñar al papel de las emociones, aunque tal cosa eso no garantice certezas incontrovertibles (ni siquiera científicas). Y cita Cruz a otro filósofo, Fernando Savater, para advertir de que no se trata de salir de dudas sino de entrar en dudas; y a un poeta, Blas de Otero, para pedir que «Dios me libre de ver lo que está claro», que es el dudoso privilegio de dogmáticos y fanáticos. En lo concerniente a la defensa de la democracia y a la dimensión deliberativo-racional para organizar la vida en común, como en otros muchos asuntos, la filosofía tiene una peculiar manera de manejarse en medio de la oscuridad


Artículo

Se me permitirá que empiece, de alguna manera, por el final, esto es, intentando señalar lo que vincula mi último libro, El Gran Apagón (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2022), con el anterior, Democracia: la última utopía (Madrid, Espasa, 2021). El vínculo emerge con toda claridad cuando nos formulamos la pregunta ¿de qué arma se sirven quienes en nuestros días tanto se esfuerzan en intentar dañar a la democracia? La respuesta, a mi juicio, es la siguiente: los enemigos de la democracia, sea cuales sean los ropajes con los que se revistan y las consignas que manejen (porque, sin duda, los ataques que aquella recibe provienen de más de un frente), persiguen partir el espinazo deliberativo-racional que constituye la sustancia última del sistema democrático.

Manuel Cruz: El gran Apagón. Galaxia Gutenberg, 2022

A poco que se piense, el empeño tiene todo el sentido del mundo. Porque esa dimensión deliberativo-racional no se postula en tanto que valor abstracto ni, menos aún, como un fin en sí misma, sino en tanto constituye una pieza fundamental para organizar la vida en común. Con otras palabras: la reivindicación de la racionalidad aquí implícita se encuentra al servicio de la materialización de los valores-marco, de los valores fundacionales de la democracia moderna, la cual, precisamente porque es argumentativa y racional, es ilustrada.

La desactivación de la razón por parte de quienes quieren dañar a la democracia se despliega desde un doble punto de vista. No ya solo desde el punto de vista formal, intentando neutralizar los mecanismos y estructuras que garantizan la mencionada dimensión deliberativo-argumentativa de la democracia, sino también, desde el punto de vista del contenido, desdeñando el valor de lo racional en beneficio de lo emotivo-sentimental, como prueba bien a las claras el resurgimiento de los identitarismos de variado pelaje.

Contra la razón, contra la Ilustración (y sus valores)

En todo caso, los ataques que últimamente viene sufriendo la democracia certifican, por contraste, que, en efecto, su fundamento se encuentra en los valores ilustrados recién aludidos. Un fundamento, dicho sea de paso, frágil en la medida en que son diversos los frentes desde los que puede ser dañada, según cual de sus tres valores fundacionales se pretenda poner en cuestión. El valor de la igualdad, por ejemplo, puede ser puesto en cuestión desde la esfera económica, a través de la intervención de poderes económicos, a menudo en la sombra, que perciben como un obstáculo para el desarrollo de sus intereses la existencia de una democracia constitucional comprometida con las clases trabajadoras, con la ciudadanía. No estará de más recordar a este respecto los términos en que queda definida España en nuestra Constitución: «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político» [la cursiva es de autor].

También se impone mencionar los ataques que puede sufrir la democracia por parte de quienes, apelando a una libertad mal entendida, pretenden dañar a aquella desde dentro, esto es, llevando a cabo una utilización torticera de sus propios valores.

La célebre argumentación popperiana acerca de la tolerancia y su afirmación de que no cabe ser tolerante con los intolerantes vendría, a este respecto, al pelo. Todos los dispositivos formales desdeñados por los enemigos de la democracia lo que precisamente persiguen es, si se puede hablar así, protegerla de sí misma, de manera que cualesquiera cambios legales que se quisiera introducir se ajustaran a derecho en forma y fondo, esto es, siguieran los cauces establecidos en las mismas leyes que se pretenda cambiar.  No en otra consiste la función protectora que desarrollan los contrapesos materiales y formales característicos de nuestras democracias.

La fraternidad y el drama de la soledad no deseada

Por último, la democracia puede verse dañada desde la perspectiva de la desatención al valor de la fraternidad. Aunque, en este caso, con un matiz diferencial ciertamente importante. Porque, a diferencia de la libertad y de la igualdad, que en gran medida pueden venir garantizadas por el Estado, la fraternidad necesita, en una proporción mayor, el concurso de los propios ciudadanos. Lo que no significa, claro está, que se deba desdeñar su inesquivable dimensión política. Yo mismo he afirmado en más de una ocasión que el federalismo constituye la forma política de la fraternidad. Pero eso no quita para que haya otras dimensiones de la misma que solo pueden ser activadas desde la esfera individual.

Un pequeño ejemplo acaso sirva para ilustrar lo que pretendo señalar. No deja de ser llamativo que, desde hace un cierto tiempo, uno de los temas que más preocupa a los poderes públicos (especialmente en las grandes ciudades) sea el de la soledad no deseada. Y con el objetivo de paliarla aquellos emprenden toda una serie de iniciativas destinadas tanto a las personas que viven solas como a quienes lo hacen en residencias o instituciones análogas. Pero si tales iniciativas están condenadas a no solucionar por completo el problema en cuestión es porque su solución se encuentra en otras manos. Sentirse solo no es lo mismo que estar solo. Sentirse solo tiene que ver con la percepción de que uno no es importante para las personas a uno le importan.

La democracia y sus trabajos

Tal vez todas las puntualizaciones y matices precedentes podrían quedar subsumidos en las palabras que pronunciara Norman Mailer en su discurso ante el Club de la Commonwealth en San Francisco el año 2003. En su intervención, después de hacer una afirmación de un pesimismo fronterizo con el tremendismo, por no decir con la provocación («si se tienen en cuenta los instintos más bajos de la naturaleza humana, la forma natural de gobierno es el fascismo. El fascismo es un estado más natural que la democracia»), declaraba: «La democracia es un estado de gracia que sólo alcanzan los países que poseen gran cantidad de individuos dispuestos no sólo a gozar de la libertad, sino a esforzarse duramente para mantenerla».

Manuel Cruz: Democracia, la última utopía. Espasa, 2021

De ahí que en alguna ocasión me haya atrevido a afirmar, parafraseando
—respetuosamente—  a Wittgenstein, que la democracia no es solo una caja de herramientas: es también una caja de valores. Y, por si hace falta dejarlo claro, de unos valores que urge materializar. Lo formulo así, con una cierta rotundidad, porque durante demasiado tiempo tendimos a entender la democracia como una condición de posibilidad para la materialización de los grandes relatos (de emancipación), sin darnos cuenta de que ella era ya uno, solo que parcialmente alcanzado y, en esa misma medida, naturalizado. Ahora, que amenaza con escapársenos, estamos en condiciones de reconocerle su carácter emancipatorio, tanto tiempo minusvalorado.

Sentado lo cual, una última puntualización valdrá la pena introducir, no fuera a ser que la reivindicación de los valores ilustrados y de la dimensión deliberativa-racional planteados hasta aquí pudieran ser interpretados en términos de un alineamiento con lo científico entendido como la única forma de conocimiento capaz de resultar de utilidad en la defensa y desarrollo de la democracia. Una tal interpretación, más que restrictiva, resultaría directamente equivocada.

Porque, de hecho, en muchas ocasiones la función que cumplen la representaciones artísticas o literarias es la de llevar las emociones en la dirección correcta. De ahí que tenga perfecto sentido criticar determinadas exaltaciones estéticas por representar, pongamos por caso, valores o actitudes que propician cualquier forma de fanatismo irracional.

De cualquier forma, una vez reorientadas en la dirección correcta y llegada la hora de pasar a la acción, todas esas emociones decaen desde el punto de vista práctico y acostumbran a constituir un factor retardatario para cualquier avance, utilizado especialmente por los puristas maximalistas.

A este respecto, se me permitirá que en relación con esto último señale tan solo un extremo, formulado en términos de pregunta (algo retórica, lo reconozco). Los avances, por no decir progresos, en la historia de la humanidad, y concretamente los que vienen representados por una ampliación de derechos o la generalización de estructuras democráticas, ¿acaso se han producido porque hemos conseguido embridar nuestras emociones y encauzarlas hacia objetivos racionalmente deseables o porque hemos dado rienda suelta a las mismas?

Ahora bien, tras todo lo anterior resultará poco menos que ineludible dejar señalado que las contraposiciones exageradamente rotundas, excluyentes por tajantes —como, sin ir más lejos, esta que enfrenta a la razón con las emociones—  resultan de poca utilidad a la hora del análisis. A este respecto, algunos recordarán que, hace no tanto tiempo, se utilizaba como expresión habitual para designar la función del arte o la literatura como reveladora de la condición —por ejemplo, injusta—  de determinadas situaciones la de «tomar conciencia», de inequívoca vocación abarcadora tanto del registro racional como del emotivo. De la misma forma que la expresión «estar concienciado» designaba la actitud de quien no solo tenía ciertas ideas sino que también era sensible ante determinadas situaciones.

Entrar en razón es entrar en dudas

Se desprende de todo ello entre otras cosas que ese entrar en razón a cuyas puertas nos deja la emoción adecuada no podrá equivaler en ningún caso a ingresar en ningún universo de certezas incontrovertibles (ni siquiera científicas). Por el contrario, como le gusta afirmar a Fernando Savater, no se trata de salir de dudas sino de entrar en dudas. Hace ya muchos años que el gran Blas de Otero escribió aquello, luego tan citado, de «Dios me libre de ver lo que está claro», dudoso privilegio este de dogmáticos y fanáticos, capaces de dar incluso la vida por sus cegadoras evidencias. La filosofía, por el contrario, tiene una peculiar manera de manejarse en medio de la oscuridad de los tiempos que nos ha tocado vivir, por formularlo en términos decididamente arendtianos. De la articulación de ambas afirmaciones saldría una provisional indicación acerca de cómo hacerlo: entrar en razón es entrar en dudas. Dudas que, por supuesto, no excluyen alguna certeza, no necesariamente estimulante. Como, por ejemplo, la meta-certeza que formulaba Yeats en unos versos de su poema «La segunda venida» con los que me tropezaba el otro día, leyendo un texto de David Rieff, que dicen así: «Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los peores/ están llenos de apasionada intensidad».

Joseph Ratzinger: sus claves, según Antonio García-Santesmases

Iniciamos en Nueva Revista una serie de artículos para analizar a fondo la figura de Joseph Ratzinger, el recién fallecido papa Benedicto XVI. Nueva Revista recogerá sus argumentos, y las matizaciones de otros sobre ellos, en asuntos cruciales para el destino de la humanidad. Comenzamos con unas aportaciones del filósofo Antonio García-Santesmases, catedrático de Filosofía Moral y Política de la UNED.

García-Santesmases sitúa el Concilio Vaticano II (1962-5) como punto crucial a partir del cual juzgar el legado de Joseph Ratzinger. Del Vaticano II, destaca estos puntos:

—El mundo católico trata de establecer una apertura al mundo de la democracia representativa.

—El mundo católico busca alianzas con los que critican el mundo del capitalismo avanzado.

—Emerge la Teología de la Liberación de Gustavo Gutiérrez.

—Emerge la Teología Política de Johann Baptist Metz.

En 1968, se produce la contestación social y la revolución sexual. Desde un punto de vista externo, formal y estadístico, a la Iglesia católica le va mucho peor que antes del Vaticano II. Valga recordar el parámetro de la caída en picado de las vocaciones religiosas.

Según Santesmases, Ratzinger y otros reaccionan. El contraataque posee estas características:

—Es una respuesta neoliberal en lo económico y neoimperial. Las cabezas visibles son Ronald Reagan y Margaret Thatcher, con quienes sintoniza Karol Wojtyła. 1989 (caída del muro de Berlín) es para algunos el reverso de 1968.

—La caída del socialismo real (comunismo) y del proyecto socialista supone el rescate de la idea acerca de las raíces cristianas de Europa.

Se pregunta García-Santesmases:

«¿Ha sido el cristianismo el que ha llenado el vacío de la caída del comunismo?»

El papel de Ratzinger, según el filósofo español, sobre todo desde 1989 ha sido el siguiente:

—Entre 1989 y 2004 interviene «en su afán por buscar un lugar a la religión en el mundo del nuevo paganismo».

—Ratzinger busca la manera de que en el mundo quepa realizar un encuentro entre fe y razón. 

—Ratzinger señala que acepta los valores y los procedimientos de la democracia liberal representativa. Pero hay asuntos prepolíticos, realidades como el aborto, la eutanasia o la familia, que marcan un coto vedado a los propios parlamentos. Toda aquel que se guíe bajo los criterios de la recta razón debe aceptar determinados límites.

—Ratzinger denuncia el abandono del camino de la verdad y de que la sociedad política se desentienda de la pregunta por el fundamento (el relativismo).Todo el que no sea relativista no parece racional, señala Ratzinger.

—Vuelve el iusnaturalismo remozado y vuelven los debates acerca de si hablábamos de derecho o de moral y acerca de si el hombre tiene naturaleza o tiene historia.

Concluye Antonio García-Santesmases: «Los que estamos más de acuerdo con Hans Kelsen [iuspositivismo, teoría del derecho puro] que con Joseph Ratzinger, los que nos consideramos defensores de un pensamiento laico y suscribimos una posición agnóstica, debemos reconocer que hemos tenido pocos adversarios tan agudos como el hombre que tras años de silencio acaba de fallecer».

El bienestar emocional en el último número de Nueva Revista

Prácticamente casi todos los especialistas están de acuerdo en que la salud mental, en media, empeora. Una de cada cuatro personas padece o padecerá algún trastorno relacionado con el estado anímico a lo largo de su vida y una de cada ocho ya lo ha desarrollado, según cifras de la Organización Mundial de la Salud. Se sufre o se sufrirá ansiedad, depresión, esquizofrenia, trastorno bipolar, trastorno límite de personalidad o trastornos de ali­mentación. Las adicciones (tabaco, droga, alcohol y sexo) destrozan vidas de forma manifiesta. Aumentan los suicidios.

El último número de Nueva Revista intenta contribuir a la solución del proble­ma en un bloque sobre Bienestar emocional. Ofrece todo tipo de perspectivas en los artículos, desde aquellas que se basan en la tríada popular «salud física, dine­ro y amor», hasta la orientación transcendental de búsqueda de sentido, puesto que a lo mejor eso que se llama Bienestar emocional es un espejismo y hay que plantear la ecuación de otra forma.

Y lo hace mediante reconocidos expertos como José Antonio Marina, Luis Rojas Marcos, María-Inés López Ibor, Esperanza Dongil, o Pablo D’Ors, entre otros. Reproduce, además, un fragmento del ensayo Sedados, de James Davies y un artículo de The Economist.

Uno de los debates más encarnizados es si las redes sociales alienan a los jóvenes o por el contrario ofrecen una nueva vía de conexión. Las investigaciones, hasta ahora, no arrojan datos con­cluyentes. Sí hay algunas indicaciones útiles para todos: centrarse en mejorar la comunicación y el apoyo familiar, los lazos familiares y comunitarios, y los lazos de los adolescentes con el cole­gio, para que se sientan seguros y conectados. El desafío es con­seguir que todas las partes trabajen al unísono en la prevención.

Se puede adquirir el número 183 aquí:

El número 183 de Nueva Revista dedica otro bloque a El declive de la democracia, con un trabajo de Ángel Rivero sobre la mentira y el socavamiento de la confianza; otro de Jonathan Haidt sobre los efectos negativos de las redes sociales; una reseña del último libro de Francis Fukuyama El liberalismo y sus desencantos; y un extracto del ensayo La sociedad del desconocimiento, de Daniel Innerarity.

En el apartado Libros: claves en 10 minutos, Rafael Narbona reseña Dostoievski, el escritor en su tiempo, de Joseph Frank, la más completa biografía del novelista ruso; Benigno Blanco se ocupa de Dios y el dinero, de Samuel Gregg; y Santiago de Navascués, de Sanctify The World: The Vital Legacy of Vatican II, el último libro de George Weigel sobre el Concilio Vaticano II.

En El futuro del capitalismo, el catedrático Rafael Pampillón analiza la figura del premio Nobel de Economía, Ben Bernanke; y José Manuel Grau Navarro escribe sobre Carl Menger, el autor de Principios de Economía Política.

En Historia de Occidente, reproducimos unas reflexiones sobre la crisis de los valores del intelectual y jurista estadounidense Joseph Weiler; y Alfonso Basallo se ocupa de la historiadora Régine Pernoud y sus investigaciones para desmontar los tópicos que pesan sobre la Edad Media.

Influyentes incluye un trabajo sobre Juan Jacobo Rousseau, visto por Maritain, de Ángel Vivas y otro sobre el filósofo Peter Singer, de Pilar Gómez.

El artículo Hacia una educación renovadora del carácter, del profesor José Antonio Ibáñez-Martín y El poder de los grandes libros, de Louis Menand conforman el bloque de Educación del carácter.

Completan este número de Nueva Revista cuatro lecturas recomendadas: El pensamiento vivo de Tolstoi, de Stefan Zweig; Los reyes de la casa, de Delphine de Vigan; El pasajero y Stella Maris, de Cormac McCarthy y Clandestina, de Marie Jalowicz Simon.

Gabriel Marcel: «Homo viator. Prolegómenos a una metafísica de la esperanza»

Gabriel Marcel (París, 1899-París, 1973) es uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Su filosofía suele consultarse en el anaquel dedicado al existencialismo cristiano o personalismo. Su obra más importante es El misterio del ser.


 

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Gabriel Marcel: Homo viator. Prolegómenos a una metafísica de la esperanza. Ediciones Sígueme, 2022


En Homo viator, la editorial Sígueme (Salamanca), que ofrece en castellano gran parte de su obra, recoge una serie de conferencias escritas por Marcel durante la ocupación nazi de Francia, entre las que destacan «Yo y el otro» y «Esbozo de una fenomenología y una metafísica de la esperanza». Homo viator significa en latín ‘hombre viajero’, es decir, el peregrino por esta tierra, todos.

En la ponencia «Yo y el otro», Marcel expone que no se puede afirmar nada de uno mismo que sea auténticamente uno mismo; nada que sea permanente, nada que esté fuera del alcance de la crítica y de la duración. «De ahí esa necesidad loca de confirmación por lo exterior, por el otro, esa paradoja en virtud de la cual es del otro, y solo de él, de donde a fin de cuentas el yo más centrado sobre sí mismo espera su investidura» (p. 28).

Lo que sigue parece que lo hubiera escrito pensando en algunos de nuestros contemporáneos influencers:

«El que adopta una pose, aquel que solo parece estar preocupado por los demás, en realidad no está ocupado más que consigo mismo». El otro le interesa en la medida en que es capaz de formarse de él una imagen favorable que a su vez hará suya. «Sería interesante investigar cuál es el clima social que más favorece la pose, cuáles son, por el contrario, las condiciones más apropiadas para no fomentarla». Por el hecho mismo de que el otro no es tratado «más que como una caja de resonancia o un amplificador, tiende a convertirse para mí en una especie de aparato que puedo o creo poder manipular, o del que puedo disponer» (pp. 28-9).

La noción de don

Marcel opina que una causa de lo anterior es el régimen de competición al que está sometido el individuo en el mundo contemporáneo y sobre todo el error de concebir el yo como la guarida de la originalidad. Aquí inserta la noción de don:

«Lo mejor de mí no me pertenece, no soy en absoluto su propietario, sino solo depositario. No tiene ningún sentido preguntarse, a no ser en un registro metafísico que actualmente ya no es el nuestro, de dónde vienen esos dones, cuál es su procedencia. Por el contrario, lo que importa de entrada es saber qué actitud adoptaré ante ellos» (Gabriel Marcel).

Nadie posee méritos previamente poseídos (p. 31).

Un don no es nunca pura y simplemente recibido. El don es una llamada a la que se trata de responder; es como si hiciera brotar en nosotros una cosecha de posibles, «entre los cuales tendremos que escoger, o más exactamente actualizar, aquellos que se acomodan mejor a la petición que se nos ha dirigido desde dentro, y que solo es en el fondo una mediación entre nosotros mismos y nosotros mismos» (p. 74).

En la ignorancia del don radica su denuncia contra los falsos ideólogos, que hacen proliferar «hasta el infinito la mentira interior», que espesan, hasta convertirlo casi en inextirpable, «el revestimiento que se interpone entre el ser humano y su naturaleza verdadera» (p. 32).

La persona

Marcel profundiza en el concepto de persona señalando que nos afirmamos como tales en la medida en que asumimos la responsabilidad de lo que hacemos y decimos, ante nosotros mismos y ante los demás. «Esa conjunción es precisamente la  característica del compromiso personal, que es la marca propia de la persona» (p. 33). A esa nota, añade una segunda, «la disponibilidad» (p. 35).

Alguien puede concebirse también como puro mecanismo y dedicarse esencialmente a tratar de controlar lo mejor posible “su máquina”. «Todo esto no tienen en sí nada de contradictorio. Sin embargo, la reflexión más simple muestra que esta maquinaria está inevitablemente al servicio de ciertos fines que me corresponde plantear, y que no serán tales más que por el acto por el cual yo los reconozco y los establezco. La experiencia muestra solo que este acto puede permanecer casi insospechado para aquel mismo que lo realiza» (p. 36).

Marcel razona que es imposible pensar el orden personal sin considerar al mismo tiempo lo que está más allá de ella o de él, una realidad suprapersonal, que preside todas sus iniciativas, que es a la vez su principio y su fin (p. 38). Los signos para saber si la persona avanza o retrocede son el valor de la verdad y de la justicia. «Esta cuestión adquiere hoy una agudeza trágica, ante las multitudes fascinadas, fanatizadas que, apoyadas en órdenes aceptadas sin rastro de control o de reflexión, se han lanzado a la muerte cantando» (p. 39) [recuérdese que Marcel está escribiendo estas líneas en una Francia ocupada por los nazis].

¿Qué es la esperanza?

En la conferencia titulada «Esbozo de una fenomenología y una metafísica de la esperanza»,

Marcel impacta con dos hallazgos: cuanto menos se experimente la vida como cautividad, menos será capaz el alma de ver brillar la esperanza; el segundo: solo hay esperanza propiamente hablando confrontados ante la tentación de desesperar, y superándola, con o sin esfuerzo.

En el “yo espero” no hay afirmación dirigida hacia y al mismo tiempo contra un interlocutor presente o imaginado, como ocurre con el  “dudo” o  “estoy seguro” (expresiones de autosuficiencia).

Esperanza no es optimismo, entre otras razones porque no sabemos antes de la prueba lo que hará de nosotros. «En último análisis, el optimista en cuanto tal se apoya siempre en una experiencia en absoluto captada en lo más íntimo y lo más vivido de ella misma, sino, por el contrario, considerada a una distancia suficiente como para que ciertas oposiciones se atenúen o se fundamenten en una cierta armonía general» (p. 46).

La crispación o la rigidez —añade Marcel— son impaciencia, que hay que combatir como pruebas destinadas a suprimirse y transformarse dentro de un cierto proceso creador (p. 51). No hay que cambiar violentamente el ritmo del otro por el propio ritmo de uno; habrá que tener confianza en un cierto proceso de crecimiento o de maduración, interviniendo, pero bajo esas pautas. La paciencia se opone radicalmente al acto por el que desespero del otro.

La esperanza tampoco es el autoengaño de hacernos tomar nuestros deseos o nuestros temores por realidades. Con la disposición interior de abandono espiritual se trascenderá  toda posible decepción y se conocerá «una seguridad del ser o en el ser, opuesta a la radical inseguridad del tener». No se puede decir que la esperanza vea lo que será; pero ella lo afirma como si lo viera. La esperanza siempre está vinculada a una comunión.

La desesperación y soledad son, en el fondo, rigurosamente idénticas. Vivir en esperanza es obtener de sí mismo el ser fiel en las horas de oscuridad. Se trata de una fidelidad cuyo principio es y seguirá siendo siempre el misterio mismo entre una buena voluntad, la única contribución posible de la que somos capaces, y las iniciativas de fuera de nuestro alcance, «allí donde los valores son gracias» (Gabriel Marcel).

Familia y paternidad

En «El misterio familiar», a partir de la profundización en la fidelidad y la esperanza, llega a esta conclusión:

«Contrariamente a la ilusión tenaz que mantiene el humanismo, habría que afirmar que las relaciones familiares, como las cosas humanas en general, no presentan por sí mismas ninguna consistencia, ninguna garantía de solidez; solo donde se remiten a un orden sobrehumano, del que solo nos es dado aquí abajo captar las huellas, revisten un carácter auténticamente sagrado» (p. 108).

En «El voto creador como esencia de la paternidad», recuerda que si «intentamos definir la paternidad en términos estrictamente biológicos, en verdad no estamos hablando de ella, sino solo de la procreación; si hacemos intervenir consideraciones de orden jurídico o sociológico, nos exponemos a un peligro no menor: el de ver reabsorberse la paternidad en una concepción puramente relativista; desde este punto de vista, solo se dejaría definir en función de una civilización histórica dada, de estructuras religiosas y jurídicas puramente transitorias» (p. 110).

El gesto de la procreación es capaz de realizarse en condiciones tales que el hombre no guarde de ellas más que un recuerdo indistinto y «pueda desinteresarse totalmente de sus consecuencias, puesto que estas se desarrollarán fuera de él, y como en otro mundo con el que no se comunica directamente» (p. 113). 

El instituto genésico como vocación

Para encuadrar bien el problema de la paternidad, Marcel propone equiparar el instinto genésico a una vocación. «Este acercamiento no parece arbitrario, a no ser que uno se forme de la vocación una idea exangüe y descolorida; si ella no fuera más que un gusto o una actitud, está claro que no podría resistir el examen» (p. 117).

En «Obediencia y fidelidad», finalmente, recuerda que la obediencia puede y debe ser exigida (bajo ciertas condiciones, dentro de claros y justos marcos normativos), mientras que la fidelidad por el contrario debe ser merecida. «La fidelidad no es humanamente exigible, no mucho más que el amor o la vida. No puedo exigir de otro que me responda, no puedo incluso ni exigir razonablemente que me escuche, y siempre podré pensar que si no me responde es porque no me ha oído» (145).

El resto de conferencias dentro del volumen Homo viator se titulan «Valor e inmortalidad», «Situación peligrosa de los valores éticos», «El ser y la nada» (sobre el libro de Jean-Paul Sartre), «El rechazo de la salvación y la exaltación del hombre absurdo», «Rilke, testigo de lo espiritual» y «Camus y El hombre rebelde», además de dos textos inéditos: «Filosofía pascual» y «Muerte e inmortalidad».

La lectura de Homo viator no es siempre fácil, pero casi nunca es fácil un texto que valga la pena. La sabiduría que se halla, por ejemplo, en las explicaciones de Marcel sobre la esperanza o la paternidad compensan con mucho el esfuerzo.

El Siglo de Oro español según Gregorio Luri

Maestro de profesión y doctor en Filosofía, Gregorio Luri Medrano (Azagra, Navarra, 1955) ha demostrado en los últimos años su capacidad para compaginar la alta divulgación sobre temas filosóficos (Introducción al vocabulario de Platón, Guía para no entender a Sócrates, La imaginación conservadora, ¿Matar a Sócrates?, El recogimiento: la aventura del yo) con la urgencia social de recuperar los valores educativos del pasado frente a la catástrofe de las últimas modas pedagógicas (El deber moral de ser inteligente, La escuela contra el mundo, ¿Mejor educados?, La escuela no es un parque de atracciones), logrando un éxito considerable y merecido.

Se trata del libro de un pedagogo apasionado por nuestra literatura del Siglo de Oro cuyo propósito es trasmitir al lector su pasión por las obras y autores de esta época

Su nuevo libro, El eje del mundo. La conquista del yo en el Siglo de Oro español, es un poco diferente a los anteriores. Se trata, como indica al comienzo del mismo, del libro de un pedagogo apasionado por nuestra literatura del Siglo de Oro cuyo propósito es trasmitir al lector su pasión por las obras y autores de esta época, analizando las ideas principales que podemos encontrar en ellos.

El eje del mundo. La conquista del yo en el Siglo de Oro español. Rosamerón. Barcelona, 2022. 352 págs. 20’80 €

Lo primero que hay que aclarar es que Luri utiliza la expresión Siglo de Oro en sentido muy amplio, pues abarca en realidad dos siglos: desde finales del siglo XV hasta finales del siglo XVII, incluyendo tanto el Renacimiento como el Barroco. Tras una reflexión introductoria sobre el recogimiento en la literatura del Siglo de Oro y una indagación filosófica más amplia sobre los conceptos de la individualidad y del yo, el libro se divide en tres partes en las que el autor va analizando tres grandes “tipos” o figuras representativos de la época estudiada: el político, el escéptico y el místico. El volumen se cierra con una alabanza de la figura de Don Quijote de la Mancha y un epílogo en el que analiza la relación epistolar entre el rey Felipe IV y sor María de Agreda.

La tesis central del libro es que el Siglo de Oro puede interpretarse como una exploración colectiva del yo, que se realiza literariamente más desde la intensidad emocional y la pasión que desde la razón, como se refleja en figuras como el pícaro o el místico. Este esfuerzo por destacar la importancia del yo se relaciona también -según Luri- con el surgimiento de los Estados modernos en torno a un nuevo ideal de soberanía y, en el caso concreto de España, a la conquista del Nuevo Mundo como afirmación de la capacidad individual.

América transmitió a los españoles la evidencia de que no hay nada más extraordinario que el ser humano, constatando que “en sus manos está su trascendencia o su degradación; su elevación o su hundimiento”

América transmitió a los españoles la evidencia de que no hay nada más extraordinario que el ser humano, constatando que “en sus manos está su trascendencia o su degradación; su elevación o su hundimiento” (p. 24). De este modo, la expansión geográfica de los españoles por el nuevo continente corre pareja a su profundización literaria en el yo y la interioridad del alma, y el resultado fue “el movimiento místico más notable de la historia de la humanidad” (ibid.). Este complejo fenómeno de la mística hispana se manifiesta, según Luri, de muy distintas maneras -religiosa, literaria, artística, popular-, siempre considerando a la persona como lo más alto y valioso en tanto que es capaz de entrar en contacto directo con lo infinito.

Desde la publicación de la Gramática castellana de Nebrija (1492), nuestro idioma se recrea en la literatura de la época de una manera amplia y evidente, pues ya dispone de reglas gramáticas y de humanistas que puedan desarrollarla y, además, sabe recoger de las calles la espontaneidad de la lengua y consigue ampliar sus posibilidades mediante la creatividad literaria, creando nuevos géneros. Considera Luri que en estos dos siglos en España se hizo “un admirable trabajo de profundización del alma que, si bien estimuló las más diversas formas de espiritualidad, fue incapaz de dar de sí una duda metódica (pienso en Descartes), una psicología (pienso en el empirismo británico) o una filosofía (pienso en el idealismo alemán)” (p. 46).  Sin embargo, lo cierto es que con el Lazarillo se ponen en marcha tanto la autobiografía literaria como la novela moderna, con La historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo se inaugura la novela latinoamericana, con La vida del buscón de Quevedo las biografías de la gente corriente “con sus yoes de andar por casa” entran en la historia de la literatura, y con La araucana de Alonso de Ercilla se reivindica un yo heroico ante la historia. La nómina de obras y autores en las que se expresa el yo es infinita, y su reflejo se percibe tanto en la ficción como en la realidad: ahí tenemos las figuras de Miguel Servet e Ignacio de Loyola, el Guzmán de Alfarache, la Celestina, el Quijote, Fray Luis de León, Luis Vives, Tirso de Molina, Lope de Vega… Como dice Cervantes en el viaje del Parnaso, “yo soy aquel que en la invención excede a muchos”.

¿Quién soy yo?

La pregunta “¿Quién soy yo?” se formula de distintas maneras y con sentidos diferentes en la literatura del Siglo de Oro español, sobre todo abordando los temas del amor y de la libertad. Mientras que unos miran hacia el cielo y buscan una respuesta religiosa a sus preguntas, otros se centran en lo más terrenal, físico y hasta mecanicista del hombre; por último, otros caen en el escepticismo o se dejan llevar por el desencanto. Los primeros hacen honor a su formación religiosa y escolástica, como Tirso de Molina o Calderón; los segundos a su formación médica o mecánica, como Gómez Pereira; y los terceros se enfrentan a dudas de las que no tienen respuesta, como Francisco Sánchez, Andrés Laguna o Fernando del Pulgar.

Además, la vida del yo siempre se confronta con los otros, pues vivimos en interacción con los demás. En los otros se refleja en cierto modo cómo somos, cómo nos ven, y nos manifestamos reaccionando ante las reacciones de los demás. De este modo, Luri distingue siguiendo a Sócrates tres niveles de respuestas: la relación del yo con sus posesiones; las expectativas que uno proyecta sobre sí mismo y que, si no se cumplen, abocan al desencanto; y la superación de todos los males o necesidades mediante la contemplación mística.

En cuanto al político como modelo de alma activa, desde la Política de Dios, gobierno de Cristo de Quevedo al Reloj de Príncipes de fray Antonio de Guevara, pasando por las Empresas políticas de Saavedra Fajardo y El político don Fernando de Gracián, son numerosos los tratados de filosofía política y los “espejos de príncipes” que se publican en la época. En ellos se trata de establecer modelos éticos y comportamiento para el buen gobernante, tanto a nivel público como en sus virtudes privadas, sin olvidar la importancia especial que se le concede al juego de simulaciones y apariencias que rige en la sociedad y, sobre todo, en las relaciones de poder. Gregorio Luri va analizando en esta parte multitud de obras y autores de corte social y político en las que se abordan temas tan importantes como la honra, la hipocresía, la vergüenza, el sexo, el erotismo, el buen salvaje o los derechos de los indios, entre otras muchas cuestiones.

El escéptico, como modelo de desencantado

En cuanto al escéptico como modelo de desencantado del mundo, la literatura de la época también nos ha dejado un muestrario muy completo y variado. En Menosprecio de corte y alabanza de aldea, fray Antonio de Guevara se ocupa de ese tipo de ser humano que se siente cansado de las falsas convenciones de la vida política y se muestra desencantado del mundo y de la sociedad. Aunque el autor comienza asegurando que no quiere dar consejos a nadie, lo cierto es que termina por dibujar unos motivos y ejemplos que proporcionan un modelo de comportamiento al lector. A ese desencanto de la corte se une un desencanto más amplio, existencial o vital, que descree de la sociedad y busca el sentido de la vida ante el destino cierto de la muerte, abocando en muchos casos a un estado de perplejidad. A ese hombre perplejo se dirigen El escolástico de Cristóbal Villalón o el Reloj del alma de Pablo Albiniano de Rajas, por ejemplo. Mayor fatalismo y desolación refleja el Espejo de ilustres personas de fray Alonso de Madrid.

En la época del Barroco el acento se pondrá en la muerte, la fugacidad de la vida, el claroscuro, el tenebrismo, la vejez, la enfermedad… y motivos como la omnipresente calavera, las ruinas, el esqueleto, el reloj de arena o el memento mori. La contrapartida es cuando la vanidad de todo y la finitud humana se orientan hacia el sentimiento religioso, ascético o místico, que canta la esperanza en la otra vida.

En cuanto al místico y su “alma encendida”, nos encontramos ante algunas cumbres de la literatura universal como san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, fray Luis de León o Miguel de Molinos

En cuanto al místico y su “alma encendida”, nos encontramos ante algunas cumbres de la literatura universal como san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, fray Luis de León o Miguel de Molinos: “Ante la desintegración de su mundo circundante -en el mundo hasta la belleza más deslumbrante acaba disolviéndose en el olvido- los místicos intentan salvarse de la caída en el tiempo por medio de la negación de todo cuanto lleva en sí la caducidad. Si el mundo corresponde a nuestro amor por él, con el desmoronamiento de todo cuanto se nos antojaba estable el místico buscará un amor perenne y perennemente correspondido, que no caduque, que no esté tocado por la muerte, para ver en él la posibilidad de la permanencia de la propia identidad (o de la disolución completa de esta identidad, según los casos)” (p. 244). De modo que los místicos no pretenden transformar el mundo, sino que anhelan un nuevo yo, enlazando esta cuestión con el tema central del libro.

Entre 1500 y 1670 se publicaron en España tal cantidad de libros de religiosidad que resulta incomparable con cualquier otro tiempo y lugar. Gregorio Luri recuerda los antecedentes la mística en la teología medieval y hace un breve repaso de figuras como san Anselmo de Canterbury, san Bernardo de Claraval, san Alberto Magno y san Buenaventura. A continuación hace un recorrido con algunos de los nombres propios de la mística española, partiendo de los pioneros García Gómez y García de Cisneros, Teresa de Cartagena y fray Antonio de Ciudad Real, continuando por los franciscanos Fray Alonso de Madrid, Francisco de Osuna, Bernabé de Palma y Bernardino de Laredo, y llegando hasta a los clásicos Juan de Valdés, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y el quietista Miguel de Molinos, sin olvidar otros autores menos conocidos como Francisca de Jesús y Mariana de San Simeón, así como órdenes y comunidades monásticas como los dominicos (que se ocupan de “la razón del cuidado de sí”) y los capuchinos (que consideran que “el centro del alma es el Reino de Dios”).

Un libro ameno y bien informado

Como sería imposible glosar tantas páginas, autores y obras, remitimos al lector a la lectura de esta obra divulgativa de Gregorio Luri, que de seguro le resultará tan interesante como placentera. Se trata, en definitiva, de un libro ameno y bien informado que nos acerca a algunas de las mejores páginas de nuestra literatura y que transmite con eficacia el entusiasmo por los clásicos, alternando las reflexiones con las citas y descubriendo pasajes y autores que quizá el lector pueda desconocer y que le puedan poner en vías de nuevos hallazgos literarios, lo que siempre supone un gran enriquecimiento.

La transformación digital de las universidades

Vivimos una era de cambios profundos que permiten definir los tiempos actuales como un auténtico cambio de era. Nos enfrentamos a fenómenos que si bien no son nuevos nunca habían alcanzado tanta intensidad. El calentamiento global, las migraciones internacionales, el envejecimiento demográfico, la irrupción de pandemias mortíferas que creíamos desaparecidas y por supuesto la digitalización de todas las actividades, son algunos de los más significativos.

La transformación digital de las Universidades. Hacia un futuro postpandemia. Diversos autores. Fundación Europea Sociedad y Educación y UNIR. 2022. 173 págs

Ninguno de esos sucesos o procesos puede resultar ajeno al mundo universitario que debe estar atento a todo lo que sucede en su entorno y ser capaz de influir en él. Pero para ello las propias universidades tienen que transformarse y redefinir lo que hacen y cómo lo hacen.

El censo de desafíos que tienen las instituciones educativas superiores es extenso y variado. Hay que establecer nuevas enseñanzas, apostar por la formación continua, ser cada vez más glocales, formar mejores ciudadanos y por supuesto emprender el camino de su “transformación digital”. Nadie duda hoy de que éste es un proceso irreversible que va a demandar liderazgo, cambios de mentalidad, formación e inversiones. Como oímos tantas veces la digitalización es un fenómeno sin retorno, aunque su implantación ofrezca no pocas dudas y algunos recelos. Por eso la publicación de este libro fruto de la colaboración entre la Fundación Europea Sociedad y Educación y la UNIR me parece especialmente oportuna.

Como dice Mercedes de Esteban en su prólogo, el libro recoge una selección de trabajos publicados inicialmente en el blog Universidad de la Fundación Europea Sociedad y Educación, a los que hemos añadido algunos artículos que aparecieron en el número monográfico Universidad 2022 de Nueva Revista, que edita UNIR. Son 24 trabajos en total, distribuidos en 4 grandes apartados a los que se añaden, además del prólogo, una introducción de Senén Barro y un epílogo de Javier Uceda.

Todas las cosas importantes que afectan al proceso de transformación digital están recogidas en la obra de la mano, o mejor sería decir de la pluma, de autores experimentados

Todas las cosas importantes que afectan al proceso de transformación digital están recogidas en la obra de la mano, o mejor sería decir de la pluma, de autores experimentados coordinados por Faraón Llorens de la Universidad de Alicante y Rafael López-Meseguer, profesor de UNIR.

La primera parte del libro titulada Una mirada a la transformación digital desde la misión de la Universidad incluye seis interesantes trabajos que plantean cuestiones fundamentales. Ante todo, y de la mano de Faraón Llorens, lo que debe entenderse como “transformación digital”, su diferenciación de los simples procesos de digitalización y el modo de abordar esa transformación digital por parte de las universidades. Faraón utiliza la definición de Susan Grajek y Betsy Reinitz para definir la transformación digital como “una serie de cambios profundos y coordinados en la cultura, el personal y la tecnología que posibilitan nuevos modelos educativos y operativos y transforman las operaciones, las direcciones estratégicas y la propuesta de valor de una institución”. Dicho de manera simple, la transformación digital se produce cuando se digitaliza la propia estrategia de la universidad.

La transformación digital está provocada  por el empleo intensivo de las tecnologías digitales, incluida la inteligencia artificial de la que habla Andrés Pedreño en su artículo, que deben utilizarse salvaguardando principios éticos y de igualdad de oportunidades. Precisamente esta primera parte incluye dos interesantes trabajos de Josep Vilalta y Javier González sobre el papel de la humanidades en la universidad digital y sobre el humanismo digital

El bloque acaba con otro artículo de Faraón Llorens y Antonio Fernández en el que plantean las claves para que una universidad pueda abordar con éxito su transformación digital (liderazgo, estrategia, gobierno de TI (Tecnologías de la Información, priorización, madurez, exploración y prototipado) y definen el concepto de madurez digital como la capacidad que tiene una organización para adaptarse con agilidad a los retos que le plantea un entorno digital en cambio continuo.

La segunda parte titulada Los pilares de la transformación digital agrupa cinco trabajos. Faraón Llorens y Rafael Molina insisten  en algunas de las condiciones para favorecer la transformación digital: una actitud proactiva, una estrategia adecuada y un liderazgo convencido. Y señalan que el objetivo de este tipo de transformación es poner las tecnologías al servicio de los alumnos para conocerlos mejor, para ayudarles en su aprendizaje y para apoyar a los profesores en su labor docente.

Los trabajos de Hipólito Vivar y el de Iziar Garcia y Eugenio Astigarraga, insisten en la necesidad de educar a los estudiantes en competencias digitales, cosa hasta ahora insuficientemente atendida ya que, como señala Vivar, casi la mitad de la población española carece de competencias digitales básicas.

Patricia Sánchez señala en su artículo la debilidad de los sistemas de información en las Universidades españolas y de la exigencia de desarrollar una cultura analítica en el ámbito universitario.

Y resulta especialmente atractivo el artículo de Margarita Villegas sobre los asesores o tutores virtuales (El personal shopper de la educación) en el que incorpora una recomendación básica: que nos formemos en el manejo de nuestros datos porque de esta manera podremos utilizar con conciencia y consciencia la cesión de algo tan personal y valioso.

La tercera parte titulada Los ámbitos universitarios aborda a través de cuatro trabajos la transformación digital de los grandes ámbitos de la actividad universitaria. José Luis Verdegay habla de la universidad on line que viene; José Manuel Torralba, del sistema de ciencia e innovación ante el desafío de la transformación digital; Manuel Revira, de la transformación digital de la gestión; y Didac Martínez, de las biblioteca en esta nueva era de transformación digital del conocimiento.

Por último, la cuarta parte aborda a través de otros seis trabajos el impacto de la Covid-19 en el proceso de transformación digital de las universidades. Lo que ha ocurrido durante las fases agudas de la pandemia y lo que puede suceder con la llamada «nueva normalidad». Los autores señalan las dificultades que supuso el paso a una enseñanza virtual exprés (Alberto Benítez), todos reconocen que la transformación digital ha venido para quedarse, mencionan los retos tecnológicos y estratégicos para lograrla (Faraón Llorens, Antonio Fernández, Francisco Garcia-Peñalvo), las ventajas e inconvenientes de la enseñanza online( (Fernando Gil, José David Urchaga, Rafael López-Meseguer), el bienestar de los estudiantes como punto de partida y llegada… Se insiste en que el nuevo modelo de universidad digital debe quedarse con lo mejor de lo presencial y lo mejor de lo virtual (Llorens y Fernández Martínez) con algún autor que, sin negar las indudables virtualidades de la digitalización, hace una reivindicación especial de la docencia presencial (David Vallespín).

Componente esencial

Decía al inicio de estos comentarios que el libro resulta necesario y sale en un momento oportuno. Y es que, como dice Javier Uceda en el epílogo, todas las universidades están en mayor o menor medida en un proceso de cambio en el que la digitalización es un componente esencial. Ninguna institución educativa puede quedar al margen de este proceso ante el riesgo evidente de verse sometida en poco tiempo a la irrelevancia. Ahora bien, el camino hacia lo que denominamos transformación digital, ni es sencillo, ni fácil. Todas las instituciones han incorporado las nuevas tecnologías a sus actividades, pero pocas han alcanzado una transformación digital completa y ese estado de madurez que les permite adaptarse con rapidez y facilidad a un entorno digital en transformación permanente.

En algunos casos los cambios han sido escasos y poco sustantivos. Después de la migración a lo on line, con sus insuficiencias y defectos, muchos profesores han vuelto a lo presencial dejando atrás una docencia para la que no estaban suficientemente preparados y no les satisfacía. Hay universidades que creen en la digitalización, peno no aspiran a convertirse en universidades digitales. Otras, por el contrario, si han dado pasos más firmes en ese proceso de transformación digital a través de un liderazgo claro de los equipos rectorales, la definición de una estrategia, el impulso de la tecnología adecuada y el foco puesto en las personas, las que enseñan y las que aprenden.

Cada universidad debe seguir su camino en la definición de su modelo formativo. Algunas querrán seguir siendo eminentemente presenciales, una modalidad que conviene sobre todo a los estudiantes más jóvenes. Otras continuarán o nacerán como nativas digitales. Y se desarrollará con más intensidad la enseñanza híbrida que aúne lo mejor de ambas fórmulas. Cada institución deberá elegir  el modelo que quiere desarrollar, pero todas deberán profundizar en su proceso de transformación digital.

Deconstruyendo a Manuel Azaña

Quien conozca otros títulos de José María Marco, algunos de los cuales ya se ocupaban de Manuel Azaña, ya supondrá que este nuevo acercamiento a la figura del presidente de la Segunda República no se caracteriza por la complacencia o la benevolencia hacia el personaje. El propio título, con las palabras mito y máscaras, también da pistas en ese sentido. Incluso la propia portada, con los colores de la bandera republicana hechos humo, apunta a esa visión poco favorable del político estudiado en sus páginas.

Azaña, el mito sin máscaras. Encuentro. 2021. 356 págs. 24 € (papel) / 9,49 € (digital).

Dentro de esa complejidad, constata Marco, ha prevalecido durante años un recuerdo elogioso. No es hasta los años 90 cuando se produce un cambio de modelo historiográfico, y nuevas publicaciones e investigaciones, entre las que cabe incluir las del propio Marco, sacan a la luz nuevos datos e interpretaciones distintas; sobra decir que menos favorables. Este nuevo trabajo se incluye de pleno derecho en esa revisión de la figura de Azaña.

Para Marco, la imagen que ha prevalecido de Azaña como alguien moderado y reformista no se corresponde con la realidad; fue un político radical y revolucionario

Marco hace un recorrido minucioso por la trayectoria vital y la obra literaria y política de Azaña, analizando sus numerosas facetas. Las conclusiones, digamos los puntos fuertes del libro -que se corresponden con los que podemos llamar puntos débiles del personaje- tienen que ver con un concepto restringido o sectario de la República por parte de Azaña (en él, sostiene Marco, la República prevalece sobre la democracia), con una política radical o revolucionaria en tanto que persigue una renovación total del país, además del carácter diletante de don Manuel (por usar el tratamiento que le gustaba a la periodista Josefina Carabias, autora de aquel libro, Los que le llamábamos don Manuel).

Junto con una caracterización que, por momentos, llega a ser demoledora, el libro contiene un detenido análisis de su obra literaria así como del contexto histórico del momento, incluyendo consideraciones no por digresivas menos interesantes. Con respecto al contexto histórico, Marco subraya la influencia francesa en la visión política de Azaña, concretamente de la Tercera República y, a través suyo, de la propia Revolución Francesa; así como de la figura de Maurice Barrès, especialmente en lo literario. Tampoco falta alguna fugaz alusión a la España de estos años, como el rechazo de Marco a la vinculación de la monarquía parlamentaria española de 1978 con la República, o la afirmación de que la propuesta –“de orden mítico”, en tanto que requiere una convulsión completa de la sociedad- de Azaña “es el proyecto que rige la vida política española desde 2004”.

La de Azaña no fue una República moderada

El preámbulo del libro condensa y adelanta lo que constituye su núcleo duro: Azaña ni quiso representar nunca una República moderada ni fue la suya una política meramente reformista, como muestran sus reformas militares, su política religiosa y educativa, una ley como la de Defensa de la República o el Estatuto de Cataluña. Pese a su reivindicación del diálogo durante la guerra, “nunca antes Azaña había concebido la República como un régimen pluralista y tolerante”. En su legado entra el secuestro de la democracia, remacha Marco en esas páginas iniciales.

Azaña, al que tilda de dogmático e intransigente, no plantea una propuesta de cambio moderada y dialogada, y su republicanismo teñido de nacionalismo “es una construcción entre ideológica y sentimental, que a toda costa debe ser preservada del contraste con la realidad”.

Por otro lado, literatura y política son inseparables en él; escribe toda su obra literaria como una reflexión sobre el significado de su acción y su proyecto políticos. Azaña es “un hombre que se sumergió hasta el fondo en los problemas políticos, existenciales y morales de su época, y que propuso para su país soluciones que respondían más a su angustia existencial que a la realidad española… un nihilista diletante, antimoderno y venido de los abismos de la crisis espiritual y política de fin de siglo”, cuya obra maestra es la creación de sí mismo.

En cuanto a los problemas políticos de la época, uno de los más importantes fue la crisis del liberalismo junto con la, tan señalada, irrupción de las multitudes (las masas), que constituyen precisamente “la principal amenaza contra el liberalismo que las ha visto nacer”. “El pensamiento político clásico había desconfiado de las multitudes, volubles, caprichosas, sujetas a la manipulación, dispuestas, cuando no ansiosas, por sucumbir a la tiranía”. Este “nuevo sujeto político -o antipolítico- ignora cualquier noción de autonomía y racionalidad, la desprecia y hace gala de ello”, escribe Marco, que cita algún estudio sobre “la responsabilidad criminal de las multitudes”. Un Azaña de apenas veinte años hizo una “minúscula contribución” a este asunto en la breve tesis doctoral que presentó en la Universidad Central de Madrid y en la que, de momento, muestra su confianza en “la vigencia de los principios liberales”.

En esos años, Azaña se abre paso profesionalmente y se empieza a hacer un nombre entre la élite madrileña. Pronto se desencanta de la vida de la corte y se retira horacianamente a la aldea de Alcalá de Henares (“la espantada”, dice Marco), donde se ocupa de las tierras familiares, aunque “en Madrid mantiene a una muchacha a la que pone un piso céntrico”. Abandona ese retiro en 1910, viaja a París becado por la Junta para Ampliación de Estudios, se integra en la vida del Ateneo madrileño, en cuyos salones, tertulias y pasillos “se formó como político y como personaje público” e ingresa en el Partido Reformista de Melquiades Álvarez, partido de intelectuales republicanos que se declaran compatibles con la monarquía. Primo de Rivera acaba con las ilusiones de conciliar monarquía y democracia, y Azaña abandona un partido en el que, en diez años, no ha llegado a destacar y se declara republicano.

Adiós al liberalismo

Azaña ajusta cuentas con el liberalismo. Esa despedida del liberalismo se muestra, explica el autor del libro, en algunos títulos como un ensayo biográfico sobre Valera y novelas como El jardín de los frailes y Fresdeval. Azaña sostiene que para ser libre habrá que dejar de ser liberal, la libertad reclama el fin del liberalismo. Quiere instaurar un republicanismo ajeno al liberalismo y tiene la ambición personal de encarnar la idea misma de la República. La opción en ese momento es sumarse al republicanismo de Alejandro Lerroux o crear uno nuevo. Lo primero es imposible: Azaña “es un funcionario de buena familia y, como él mismo dice, nunca ha tenido que comprometer sus ideales ni su inteligencia enfrentándolos a la realidad: ni a la de ganarse la vida, ni a la de sacar adelante a una familia, ni a la de la creación de un partido político. Lo suyo, ya lo sabemos, son las tertulias, las revistas literarias, los minúsculos grupos de influencia”. Se ve abocado, por tanto, a fundar una nueva organización íntegra y puramente republicana: Acción Política, pronto Acción Republicana, compuesta de un puñado de profesores, catedráticos, funcionarios e intelectuales. “Podía haber hecho valer su prestigio intelectual, y el de su grupo, para reforzar la posición de un republicanismo de izquierdas, pero moderado y alejado del extremismo. No fue así”. “Encastillado en su soberbio republicanismo”, Azaña pretende una República absoluta ajena a la democracia liberal y al servicio de un proyecto personal.

Su republicanismo, concebido solo para republicanos, y en el que no había adversarios sino enemigos, está más próximo a una religión cívica que a un régimen liberal

Su idea, por influencia de Francia, de una República radical, sin enemigos a la izquierda, de una República que alumbra al individuo, al ciudadano consciente de que sus derechos dependen precisamente de ella; así como la presencia de lo nacional, de lo popular puro (percibido en la obra de Falla) como componente esencial de la anhelada patria republicana, un espíritu popular que alimenta una voluntad popular en la que parece resonar la voluntad general de la Revolución Francesa, todo eso desembocará en “su República para los republicanos solos, la República antiliberal”, en la que no habrá adversarios sino enemigos; un republicanismo, en fin, más próximo a una religión cívica que a un régimen liberal.

Azaña, además, se complace, en esos años previos e inmediatamente posteriores a 1931, en una retórica revolucionaria, repleta de imágenes de violencia. Y, junto a la retórica, muestra su insensibilidad ante los brotes de violencia de 1917 y 1930, como hará luego ante los de 1934.

Ya en el Gobierno, no buscará un consenso constitucional; y de las prioridades de la República (reforma agraria, mejora de las condiciones de vida de los trabajadores, enseñanza y alguna forma de autonomía para Cataluña) solo se interesará de verdad por la última. Si en lo referente al Ejército, Marco le reconoce a Azaña “su seriedad, su pericia técnica y política”, en una reforma que tiende a una racionalización del mismo y que no produce una revolución, igual que le reconoce, excepcionalmente, una mentalidad liberal en cuanto a la restricción presupuestaria, le achaca una puesta en escena de la secularización de la escuela y la sociedad, basada en la premisa de que la enseñanza clerical se había apoderado de las conciencias de lo que debía haber sido la futura élite republicana.

En cuanto a las relaciones con Cataluña, José María Marco sostiene que nadie llegó tan lejos como Azaña cuando, en 1930, admitió que habría que dejar ir en paz a Cataluña si algún día “quisiera remar sola en su barca”. Ya en el Gobierno, la intención de no dejar pasar nada incompatible con la Constitución implicó que la Constitución acabara amoldándose al Estatuto nacionalista; la aparente posición de centro de Azaña no lo era en realidad y la balanza se inclinaba siempre del lado del nacionalismo. Y Marco vuelve a dar la impresión de estar pensando en la actualidad cuando escribe que “a cambio de sus votos, Azaña y la República abandonan Cataluña a los nacionalistas catalanes”.

En 1934, con la entrada en el gobierno de la CEDA, el Azaña que quiere encarnar la República no muestra lealtad con un régimen que no responde a sus expectativas. “La República republicana de Azaña había alcanzado sus límites y demostrado su inviabilidad”. Y en la guerra se propone encarnar el símbolo de la continuidad de la legalidad republicana, pero nadie, ni el Gobierno, ni la Generalidad, ni los partidos que los sostienen sienten ya respeto por ese símbolo.

Marco, en resumen, insiste en el sectarismo de Azaña (“su temperamento de sectario”, “la astucia del demagogo no disminuye el alcance revolucionario del gesto y la palabra del sectario”) y niega al personaje que este se acabará forjando, un personaje encasillable en la Tercera España (en la que ni Azaña ni Marco creen) que le permita “zafarse de su implicación -y sus responsabilidades- en la Guerra Civil”.

Sus Memorias son “uno de los monumentos de la literatura autobiográfica y un documento de valor incalculable sobre la política española y europea de entreguerras”

El libro se cierra con un interesante análisis de la obra literaria de Azaña, en el que, dentro de un resumen también negativo (como escritor, es un “antimoderno arquetípico” que “fracasa como creador literario. Carece de imaginación y su arte se concentra a la fuerza en su autorretrato como artista”, con “una impotencia imposible de dejar atrás: la esterilidad soberbia del diletante”), se salvan sus llamadas Memorias, su obra maestra literaria, la que le consagrará como escritor, “uno de los monumentos de la literatura autobiográfica y un documento de valor incalculable sobre la política española y europea de entreguerras”; un diario que “tiene al mismo tiempo relevancia testimonial, existencial y estética” y que por esa demostrada voluntad estética llamamos Memorias.

A fuer de biográfico, el libro no se olvida de referir la “posible homosexualidad” de Azaña. Por cierto, que, a propósito de este asunto, Marco hace gala de una notable erudición rastreando la tradición (Flavio Josefo, san Agustín, Chateaubriand, Gide) de una expresión (el “sabor a ceniza”) alusiva a la homosexualidad y presente en El jardín de los frailes.

¿Podemos hacer algo para mejorar la salud mental de nuestros adolescentes?

«No hay salud sin salud mental». Fue la contundente frase que pronunció Gro Harlem Brundtland, exprimera ministra Noruega y directora general de la OMS, en el año 2000. En ese momento ya se creía que el problema de salud mental tendría una gran importancia en el siglo XXI, que su prevalencia iría en aumento, y se instaba a los países a que lo tuvieran en cuenta en el desarrollo de sus políticas de salud pública y de atención sanitaria.

Estudios epidemiológicos y de salud pública realizados en esa época sobre la prevalencia y las consecuencias so­ciales de las enfermedades mentales arrojaban datos como que, a mediados de los 90, las enfermedades mentales eran una de las diez causas más frecuentes de enferme­dad en el mundo, con consecuencias importantes, ya que suponían un 8% del total de años perdidos (por muerte prematura o por años de vida productiva) por discapaci­dad. Pero lo más interesante era que se creía entonces que en el año 2020 habrían aumentado los trastornos en todos los países, en especial los más desarrollados, considerando que la depresión afectaría a 300 millones de personas. Por entonces nadie imaginaba que ese mismo año habría una pandemia con consecuencias devastadoras a nivel mun­dial, que ha provocado un aumento sin precedentes en la mortalidad de la población general. A día de hoy estamos viendo que, además, ha tenido consecuencias importantes en la salud física y, en especial, en la salud mental.

Una crisis advertida y esperada

El 13 de mayo de 2020, dos meses después de ser declarada la pandemia, Naciones Unidas publicó un informe titulado «La COVID-19 y la necesidad de actuar en salud mental». Dice textualmente que «aunque la crisis provocada por la COVID-19, en primer lugar, es una crisis de salud física con­tiene también el germen de una importante crisis de salud mental que estallará si no se toman las medidas adecuadas».

En los últimos años ha aumentado la incidencia de los trastornos de ansiedad, la depresión, los trastornos del sue­ño o el trastorno de estrés postraumático. El consumo de psicofármacos, en especial ansiolíticos y antidepresivos, ha aumentado casi un 20% desde 2020 y hasta la actualidad, y de las personas que estaban tomando previamente, la dosis ha aumentado un 30%. Hoy en día se estima que casi un 15% de las mujeres consumen algún ansiolítico antidepre­sivo y un 8% de los varones en España.

El consumo de psicofármacos, en especial ansiolíticos y antidepresivos, ha aumentado casi un 20% desde 2020 y hasta la actualidad

Es importante entender qué es la salud mental y qué es la enfermedad mental, ya que a veces son términos que se confunden. La salud mental tiene que ver con el bienes­tar físico, psicológico y social y la enfermedad mental está relacionada con la aparición de síntomas y signos que nos limitan en nuestra vida diaria y provocan sufrimiento.

Definiendo la salud mental

En su carta fundacional (1946) la Organización Mundial de la Salud define la salud como «el perfecto estado de bienestar físico, psicológico y social y no solo la ausencia de enfermedad», y, sin embargo, tarda más de sesenta años en definir la salud mental. Lo hace en 2013 como «un estado de bienestar en el que el sujeto es consciente de sus capa­cidades, afronta las tensiones de la vida y es capaz de traba­jar de manera productiva». Definir la enfermedad mental es mucho más difícil, ya que la definición tiene que in­cluir la presencia de síntomas y signos y cumplir una serie de criterios entre los que necesariamente se incluye el de afectarnos en nuestra vida diaria, provocando sufrimiento en nosotros mismo o en las personas que tenemos cerca.

El desafío más importante de la neurociencia ha sido en­tender los mecanismos cerebrales responsables de los niveles superiores de la actividad mental humana, como la concien­cia de uno mismo, el pensamiento, los sentimientos, etc., tanto en la salud como en la enfermedad. Sabemos que las funciones de la mente desde las más simples a las más com­plejas son expresión de la actividad cerebral, es decir, tienen una base biológica. Se sabe también que muchas de las en­fermedades mentales, casi todas, van a aparecer en edades tempranas de la vida: casi el 80% tendrá el primer episodio antes de los 25 años porque en realidad son enfermedades del neurodesarrollo, es decir como consecuencia de cómo se desarrolle el cerebro durante la infancia y la adolescencia, teniendo en cuenta que este desarrollo vendrá determinado no solo por factores genéticos sino también ambientales.

Casi el 80% de los afectados por enfermedades mentales tendrán el primer episodio antes de los 25 años porque, en realidad, son enfermedades del neurodesarrollo

Hacia un cambio de modelo

En 2019, un artículo de Daniel Riggs junto con otros in­vestigadores planteaba la posibilidad de una revisión y un modelo nuevo para entender cómo los factores ambienta­les influyen en la enfermedad. Lo denominó «exposoma» e incluiría factores ambientales, sociales y personales en la aparición de muchas enfermedades. El ambiente natural estaría conformado por aspectos como la luz, la altitud, los ritmos circadianos, la vegetación del lugar donde pasemos más tiempo… El ambiente social es el modo en el que las personas se relacionan entre ellas. Estas interacciones generan conocimiento, que se acumula y trasmite de ge­neración en generación y es lo que constituye la cultura, la historia, las actividades económicas y tecnológicas. El ambiente personal o individual viene determinado por las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida, como nuestro trabajo, nuestra dieta o el nivel de ejercicio o de actividad que realizamos. Todo esto es importante, desde mi punto de vista, para entender qué es lo que está pasan­do y por lo que están pasando nuestros adolescentes.

Adolescencia, la búsqueda de la identidad

La adolescencia, la etapa de hacerse adulto, es un proceso de cambio cualitativo en múltiples aspectos del desarrollo biológi­co, psicológico y social. Uno de los cambios más importantes en esta etapa adolescente es la búsqueda de la propia identidad. Los cambios bruscos en el as­pecto corporal determinan una nueva imagen, una nueva forma de vernos e identificarnos con nosotros mismos, que muchas veces genera insatisfacciones, inseguridades y miedos, y que puede llevar a comportamientos de riesgo como, por ejemplo, un control excesivo de nuestra alimentación que puede predis­poner a la aparición de trastornos del comportamiento alimen­tario como la anorexia o la bulimia.

Es también un periodo de búsqueda de sensaciones, por lo que es frecuente que los adolescentes se inicien con conductas de riesgo como el consumo de alcohol y tó­xicos que va a tener un impacto en su desarrollo cerebral, pudiendo ser el factor precipitante de episodios psicóticos.

Es una etapa de conflictos personales que hace que el ado­lescente pueda sentirse preso de grandes alteraciones emocio­nales porque no es capaz de entenderlas y, por lo tanto, no es capaz de gestionarlas adecuadamente. También pueden apare­cer alteraciones del ánimo como la ansiedad o depresión.

La adolescencia es una época de grandes alteraciones emocio­nales y quienes están en ella, en ocasiones, no son capaces de entenderlas ni de gestionarlas adecuadamente

Desde nuestra primera infancia hasta la adolescencia el cerebro se encarga de crear los circuitos y áreas que determi­nan el funcionamiento de las funciones mentales superiores. No todas las áreas maduran al mismo tiempo: la corteza prefrontal y la ínsula son las últimas que se desarrollan. Son áreas relacionadas con la empatía, el reconocimiento de uno mismo y de los demás, y áreas también relacionadas con la toma de decisiones, el establecimiento de metas, propósitos, seguimiento de planes, en lo que se conoce como funciones ejecutivas, que son las funciones mentales superiores.

La tecnología como factor de riesgo

Vivimos actualmente en una época conocida como la «era digital», inmersos en la era de la información o era infor­mática. Este periodo va ligado a las tecnologías de la in­formación y comunicación, y tiene sus antecedentes en otras como el teléfono, la radio o la televisión. Estamos más expuestos a la información y, sin embargo, no somos capaces de procesarla. En los adolescentes probablemente ese efecto es mayor, porque no se ha terminado su proceso madurativo y esa capacidad de comprenderse a uno mis­mo y a los demás no está suficientemente desarrollada.

El consumo perjudicial de las nuevas tecnologías al­tera la regulación emocional, por varias razones. Algunos estudios consideran que aquellas personas que utilizan mucho tiempo estos dispositivos se relacionan peor con sus iguales, perdiendo habilidades sociales y no siendo capaces de identificar de manera adecuada las intencio­nes de los demás, ni las suyas propias; esto genera angus­tia y ansiedad. Por ejemplo, si una adolescente, hoy en día, decide no utilizar las redes sociales, probablemente tendrá muchos problemas para encontrar amigos o so­cializarse. Muchos son incapaces de dejar de utilizarlas incluso mientras están con amigos, con lo cual las rela­ciones que establecen son muy pobres. Además, hacen que disminuya el tiempo dedicado a dormir e interfieren con la calidad del sueño.

El consumo perjudicial, excesivo, de las nuevas tecnologías al­tera la regulación emocional

Asimismo, han aumentado los casos de acoso y de relacio­nes tóxicas, ya que están dema­siado expuestos. Están en una edad en la que no son capaces de distinguir o de evaluar convenientemente muchas de las informaciones que reciben y el efecto contagio es importante. Se ha demostrado que muchos de ellos tienden incluso a autolesionarse o iniciarse en comportamientos muy res­trictivos, por ejemplo, en sus dietas, con el riesgo de que acaben desarrollando un trastorno del comportamiento ali­mentario u otro trastorno mental.

El caso Simone Biles

Tomemos el caso de la gimnasta estadounidense Simone Bi­les, que tuvo una crisis de ansiedad en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 y no pudo continuar uno de sus ejercicios. Al cabo de unos días se encontraba mejor y siguió participando. Biles decía en una entrevista que realmente lo que la des­compensaba era la presión a la que se veía sometida al termi­nar sus ejercicios. Esta antes era ejercida por los jueces y los críticos deportivos y su propio entrenador, pero ahora –decía– cuando terminaba el ejercicio y encendía su móvil existían miles de comentarios en las redes sociales, no referidos solo a su ejercicio sino a su aspecto fisco, al vestido que llevaba, sobre su peinado, el color de sus uñas… Esta era la presión que no podía soportar, y la que le llevó a presentar trastornos de ansiedad e incluso una crisis de pánico que la hizo reti­rarse de una competición para la que llevaba mucho tiempo preparándose. Al leer esta entrevista pensé: «Si alguien que está entrenada en la disciplina, el esfuerzo y la exigencia, al­guien que ha tenido que renunciar a muchas cosas para ser deportista de élite y que probablemente ha contado con la ayuda de profesionales, no solo entrenadores, sino también de psicólogos deportivos, no es capaz de soportar la presión a la que a veces nos someten las redes sociales, imagínense los adolescentes que todavía no tienen bien configurada su identidad, su personalidad, siendo mucho más vulnerables».

La salud de los buenos hábitos

«La salud no depende únicamente del azar, sino de las decisiones que tomemos en cada momento». Es una fra­se del papa san Juan Pablo II, que hace hincapié en que nuestro estilo de vida repercute en el modo de enfermar y las enfermedades afectan al desarrollo de la persona y de su personalidad. Es decir, las decisiones que tomamos a lo largo de la vida pueden repercutir en nuestra salud.

Nuestro estilo de vida repercute en el modo de enfermar, es decir: las decisiones que tomamos a lo largo de la vida pueden repercutir en nuestra salud

El ser humano es capaz de modificar su comportamien­to mediante los hábitos que adquiere. Para ello se requie­re motivación, esfuerzo, disciplina… y paciencia, aunque quizá no tanta como podría parecer. Por ello es necesario modificar estos hábitos y enseñarles a utilizar las nuevas tecnologías de manera adecuada.

Potenciemos las virtudes de los jóvenes para que con­sigan llegar a la etapa adulta con niveles adecuados de salud mental. Virtudes como la fortaleza —la capacidad para soportar o resistir las adversidades de la vida—, de las que aprender o salir fortalecidos o más resilientes, el término que se utiliza actualmente; o como la templanza, que permite distinguir lo que de verdad necesitamos (para estar bien) de lo que deseamos; o como la prudencia, que nos permite reflexionar, pensar antes de actuar y que es la capacidad de razonar y juzgar los hechos o a las personas, distinguiendo lo que está bien de lo que está mal.

«Conócete a ti mismo», decía Sócrates. Pero, en mi opinión, la frase debería ser: «Conócete y cuídate a ti mismo». Aprender mal es un mal camino para un buen desarrollo cerebral. Sin un desarrollo adecuado, las pro­babilidades de no alcanzar unos niveles adecuados de sa­lud mental aumentarán, porque no seremos capaces de conocer nuestras capacidades y limitaciones, no seremos capaces de manejar el estrés o las tensiones normales de la vida; crecerán las posibilidades de padecer un trastorno mental, que afecta ya a casi un 20% de la población.

REFERENCIAS

López-Ibor, María Inés. La psiquiatría en el siglo XXI, situación actual y perspectivas futuras. Homenaje a Juan José López-Ibor. Editores: J.A. Gutiérrez Fuentes, M. I. López-Ibor, J.A. Sacristán. Editoriales: Fundación Lilly y Fundación López- Ibor, 2016, 368 páginas.

López-Ibor, María Inés. En busca de la alegría. Editorial Espasa, 2022.

Meherali S. et al. «Mental Health of Children and Adolescent Amidst COVID-19 and Past Pandemics: a Rapid Systematic Review». International Journal of En­vironmental Research and Public Health, 2021. 18 (7), 3432.

Riggs, D.W., Yeager R.A., Bhatnagar A. «Defining the Human Envirome: an Omics Approach for Assessing the Environmental Risk of Cardiovascular Disease», Circulation Research, 122 (9) 2018 (27/4), 1259-1275.

Twenge J.M. «Increases in Depression, Self-Harm and Suicide among U.S. Adoles­cent after 2012 and Links to Technology Use: Possible mechanisms», Psychia­tric Research and Clinical Practice, 2021, 18 (7), 3432.