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Ver productosLa medicina ha progresado con asombrosa rapidez en los últimos cuarenta años. Basta considerar cuánto ha avanzado el tratamiento de la leucemia, por ejemplo. A finales de la década de 1970, si una criatura contraía esta terrible enfermedad, sus probabilidades de sobrevivir oscilaban en torno al 20%. En cambio, si esto ocurre en la actualidad, su probabilidad de supervivencia será alrededor del 80%. Esto significa que los resultados en este campo de la medicina han mejorado nada menos que un 300 por ciento solo en el curso de las cuatro últimas décadas. Y esta maravillosa hazaña no es privativa de la oncología pediátrica, ya que podemos encontrar tasas de progreso impresionantes en casi todos los demás campos de la medicina. Y digo casi porque, lamentablemente, hay una excepción: el ámbito de la psiquiatría y la salud mental.

En este campo los resultados clínicos no solo se han mantenido generalmente invariables durante los últimos treinta años, sino que incluso han empeorado según determinados parámetros. Y esta excepción atípica se da a pesar de las decenas de miles de millones de libras esterlinas invertidas en la investigación psiquiátrica en las dos últimas décadas; pese a que el Servicio Nacional de Salud destina 18.000 millones de libras esterlinas anuales a sus servicios de salud mental y aunque cada año se receta algún medicamento psiquiátrico a casi un 25% de la población adulta del Reino Unido. A pesar de todo este gasto y de una amplia cobertura, la salud mental del país no ha mejorado en los últimos veinte años. En realidad, parece haber ido de mal en peor. Visto lo cual, ¿cómo se explica la continuada inacción de los sucesivos gobiernos? ¿Todo se reduce a una inversión insuficiente y unos recursos escasos o nuestro enfoque global en materia de salud mental adolece de un problema más ominoso que nuestra clase política es simplemente reacia a abordar?
Impresiona el progreso de la medicina en las últimas cuatro décadas… con una excepción: el ámbito de la psiquiatría y la salud mental
En el presente texto ofreceré una respuesta a este interrogante y pondré de manifiesto cómo, desde 1980, los sucesivos gobiernos y las grandes corporaciones han contribuido a promover una nueva concepción de la salud mental que sitúa en el centro un nuevo tipo ideal: una persona resiliente, optimista, individualista y, sobre todo, económicamente productiva, las características que necesita y desea la nueva economía. Como resultado de este cambio de perspectiva, todo nuestro abordaje de la salud mental se ha modificado radicalmente con el fin de satisfacer estas exigencias del mercado. Definimos la «recuperación de la salud» como la «vuelta al trabajo». Achacamos el sufrimiento a unas mentes y cerebros defectuosos en vez de vincularlo a unas condiciones sociales, políticas y laborales nocivas. Promovemos intervenciones medicalizadas sumamente rentables que, si bien son una magnífica noticia para las grandes empresas farmacéuticas, a la larga se convierten en un lastre para millones de personas.
Me propongo demostrar cómo esta visión mercantilizada de la salud mental ha despojado nuestro sufrimiento de su significado y sentido más profundos. Como resultado, nuestro malestar ya no se percibe como una llamada de atención vital a favor de un cambio, ni como nada que se pueda considerar potencialmente transformador o instructivo. Al contrario, en el curso de los últimos decenios, más bien se ha convertido en una ocasión más para la compraventa. Industrias enteras han prosperado apoyándose en esta lógica y ofreciendo explicaciones y soluciones interesadas para muchas de las dificultades de la vida. La industria cosmética atribuye nuestro sufrimiento al envejecimiento; la industria dietética, a nuestras imperfecciones corporales; la industria de la moda, a que no estamos al día; y la industria farmacéutica, a supuestas deficiencias en nuestra química cerebral. Cada uno de estos sectores ofrece su propio y rentable elixir para el éxito emocional, pero todos comparten y promueven la misma filosofía consumista con respecto al sufrimiento, a saber: que lo malsano no es la forma en que nos enseñan a interpretar y abordar nuestras dificultades (el envejecimiento, los traumas, la tristeza, la angustia o el duelo), sino el hecho mismo de sufrir; algo que un consumo bien orientado puede resolver. El sufrimiento es el nuevo mal y no consumir los «remedios» adecuados, la nueva injusticia […].
En Sedados encontrarán una muestra de los males que causan las mismas profesiones que dicen querer ayudarnos, desde los peligros de la sobremedicalización hasta la prescripción excesiva de medicamentos psiquiátricos, la creciente estigmatización, la discapacidad en aumento, la sobrevaloración de terapias ineficaces y unos pobres resultados clínicos. Pero –y esto es lo más significativo– también verán que estos problemas no surgieron de la nada, sino que han proliferado bajo el capitalismo de nuevo estilo que nos gobierna desde la década de los 80, un estilo que favorece una concepción particular sobre la salud mental y la intervención en este campo y que ha antepuesto las necesidades de la economía a las nuestras, mientras anestesiaba nuestra percepción de las raíces, a menudo psicosociales, de nuestro desespero. Como resultado, nos estamos convirtiendo rápidamente en un país sedado por intervenciones psicosanitarias que sobrevaloran muchísimo la ayuda que en verdad aportan y nos enseñan sutilmente a aceptar y soportar unas condiciones sociales y relacionales que nos perjudican y nos impiden progresar, en vez de rebelarnos y cuestionarlas.
El sufrimiento es el nuevo mal y no consumir los «remedios» adecuados, la nueva injusticia
En noviembre de 2013, instalado en un pequeño apartamento desvencijado del Upper West Side de Manhattan, estuve examinando las cifras de ventas del libro que seguramente mayor influencia ha tenido en la historia de la salud mental: el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), también conocido simplemente como el DSM […].
Una crítica central contra este extenso «catálogo de infortunios» es que, desde la década de los 80, ha venido ampliando de manera injustificable la definición de enfermedad mental para abarcar cada vez más ámbitos de la experiencia humana. Lo ha conseguido multiplicando rápidamente el número de trastornos mentales que se considera que existen (de los ciento seis reconocidos a principios de los años setenta hasta unos trescientos setenta en la actualidad) y rebajando progresivamente el listón de la definición de lo que se considera un trastorno psiquiátrico (facilitando de este modo que cualquiera de nosotros pueda ser calificado como «enfermo o enferma mental»). Estos procesos han tenido por efecto la patologización y finalmente la medicación injustificadas de muchas de nuestras aflicciones humanas cotidianas. El duelo por una pérdida significativa, las dificultades para alcanzar el orgasmo, los problemas de concentración en la escuela, una experiencia traumática, la ansiedad ante la perspectiva de participar en actos públicos o simplemente un bajo rendimiento en el trabajo son solo una muestra de las múltiples experiencias humanas dolorosas que el DSM ha recalificado medicamente como síntomas de una enfermedad psiquiátrica […].
Experiencias humanas dolorosas, pero habituales como el duelo, han sido recientemente recalificadas como síntomas de enfermedad psiquiátrica
La categorización en el DSM de una serie de experiencias humanas bajo el epígrafe de unos trescientos setenta trastornos psiquiátricos separados no fue el resultado de una sólida investigación neurobiológica. Se basó principalmente en criterios acordados por votación entre selectos grupos reducidos de psiquiatras encargados de elaborar el DSM; criterios ratificados posteriormente y aparentemente legitimados científicamente por el hecho de estar incluidos en el manual. Obviamente, en este contexto no es irrelevante que la mayoría de esos psiquiatras (incluidos los tres anteriores presidentes del comité del DSM) también mantuvieran vinculaciones económicas con la industria farmacéutica, habida cuenta de que la enorme expansión del DSM, diseñado por psiquiatras con semejante conflicto de intereses, ha resultado enormemente rentable para dicho sector industrial […].
Además, la industria ha pagado, encargado, diseñado y llevado a cabo casi todos los ensayos clínicos de psicofármacos (antidepresivos, antipsicóticos, tranquilizantes). De este modo, las empresas han podido crear literalmente una base de resultados favorables, a menudo mediante prácticas de análisis dudosas, diseñadas con la finalidad de legitimar sus productos. Entre ellas figuran la ocultación de datos negativos; artículos académicos escritos por encargo; manipulación de los resultados para ampliar la apariencia de eficacia; ocultación de molestos efectos nocivos; incentivos económicos a ciertas publicaciones y sus directores; y vistosas campañas publicitarias engañosas que encubren un trabajo científico deficiente […].
Según los datos del grupo de trabajo independiente sobre salud mental adscrito al Servicio Nacional de Salud británico, los resultados en el ámbito de la salud mental en realidad han empeorado en los últimos años y otro tanto ha ocurrido con las tasas de suicidios […]. Se han aducido muchos motivos para explicar tan funestos datos: el hecho de que las personas diagnosticadas con problemas de salud mental a menudo tienen que afrontar situaciones de discriminación, aislamiento social y exclusión; la financiación insuficiente de los servicios de atención social y psicosanitarios; así como otros factores más intangibles, como la «sombra diagnóstica» que lleva a atribuir erróneamente dolencias físicas a problemas de salud mental y aumenta la probabilidad de que dichas dolencias no se examinen ni se traten.
Sin embargo, aunque estos factores sin duda influyen en los malos resultados y en la mortalidad a edades más tempranas, salta a la vista que no explican toda la realidad. En particular, excluyen la creciente preocupación con respecto a los efectos nocivos de los psicofármacos mismos, como es el caso de los antipsicóticos, ansiolíticos o antidepresivos. Por ejemplo, justamente en los mismos países donde se ha duplicado la prescripción de antidepresivos en los últimos años (Estados Unidos, el Reino Unido, Australia, Islandia o Canadá, por ejemplo), también se han doblado durante el mismo periodo las declaraciones de incapacidad por motivos de salud mental. Lo cual significa que, en un país tras otro, un aumento de la prescripción de medicamentos ha ido acompañado de una progresión de las declaraciones de incapacidad por problemas de salud mental; exactamente lo contrario de lo que cabría esperar si los medicamentos funcionasen […]. Más allá de estos datos que revelan que el recurso excesivo a los medicamentos puede estar resultando más perjudicial que beneficioso a largo plazo, otro factor que ha contribuido significativamente a los malos resultados en el ámbito de la salud mental es efecto de la sobremedicalización misma, una tendencia que manuales de diagnóstico como el DSM han contribuido muchísimo a fomentar. Si bien algunas personas declaran sentirse validadas al recibir un diagnóstico psiquiátrico y construyen su identidad en torno a este, hay estudios que indican que ver calificado nuestro malestar emocional como un «trastorno», una «enfermedad» o una «disfunción» puede afectar negativamente a nuestra recuperación […].
Algunos datos apuntan a que el recurso excesivo a los psicofármacos puede estar resultando más perjudicial que beneficioso a largo plazo
Uno de los motivos probables por los que la medicalización de nuestro sufrimiento puede causar tanto daño es que una vez que una persona se identifica como «enferma mental», puede resultarle más difícil verse como participante sana en la vida corriente o como alguien capaz de controlar su destino. Ahora sufre una enfermedad psiquiátrica que la ha apartado del resto y la ha hecho dependiente de la autoridad psiquiátrica por un largo tiempo y, como resultado, se ve sutilmente invitada a repensar o incluso reducir sus expectativas y ambiciones para el futuro, además de renunciar a una parte de su capacidad de actuar. Esto puede exacerbar en muchas personas la autoestigmatización, los sentimientos de culpa y el pesimismo. Pero, además, la medicalización también puede influir negativamente sobre cómo otras personas tratan y perciben a quienes han recibido ese diagnóstico.
Sabemos, por ejemplo, que formular los problemas emocionales en términos de una enfermedad o un trastorno puede alimentar temores, suspicacia u hostilidad en otras personas con mayor probabilidad que cuando los mismos problemas se describen en términos psicológicos no médicos.
Una vez que una persona se identifica como «enferma mental», puede resultarle más difícil verse como participante en la vida corriente o capaz de controlar su destino
Cuando un grupo de investigación de la Universidad de Auburn pidió a participantes voluntarios que administrasen descargas eléctricas suaves o intensas a dos grupos de pacientes –cuando fallaban en la ejecución de una prueba determinada, por ejemplo–, se constató que aquellos o aquellas que se suponía que sufrían un trastorno bioquímico de origen cerebral recibían descargas más intensas y con mayor frecuencia que cuando la dolencia se atribuía a experiencias psicosociales pasadas. La presentación del sufrimiento emocional en términos médicos, asociados a la función cerebral, parecía ejercer un efecto subliminal sobre los voluntarios que les inducía a tratar con menos humanidad a los pacientes medicalizados.
Formas de estigmatización análogas se dan incluso en el caso de personas a quienes se han asignado etiquetas menos estigmatizadoras, como la de una depresión. Por ejemplo, quienes han sido calificadas así siguen teniendo más probabilidades de ser percibidas por otros como personas con poca fuerza de voluntad o con algún defecto de carácter, como pusilanimidad, indolencia o impredecibilidad. Y cuando se adscriben a una persona calificativos más graves, como el de esquizofrenia, aumentan sus probabilidades de ser vista como alguien muy impredecible y potencialmente peligroso, lo que a su vez puede incrementar su sensación de aislamiento por efecto del rechazo social […].
Las conversaciones públicas en torno a la salud mental han proliferado enormemente. Seguramente, ahora somos más capaces de hablar abiertamente de nuestras aflicciones privadas y estamos más dispuestos a hacerlo. Y esto, naturalmente, es bueno. Pero desde luego no es suficiente para que las cosas mejoren. Lo más importante es cómo se interpreta el sufrimiento real de una persona y cómo se actúa sobre él una vez que ha sido valerosamente revelado, y si esto se hace de un modo humanitario y eficaz. Y nos queda un largo camino por recorrer para llegar a cumplir esta segunda condición. Por mucho que nos digan de diversas maneras que «hablar es bueno», las respuestas que aguardan a la mayoría de la gente son bastante homogéneas y predecibles.
Sean mensajes recibidos en la escuela, en el trabajo, en casa o en los medios de comunicación social, la mayoría siguen estando impregnados de una ideología medicalizada subyacente que patologiza y despolitiza sutilmente nuestro sufrimiento. Y en el mundo posCOVID, donde a todos se nos pide que revelemos cada vez más nuestra intimidad, estos efectos solo pueden tender a multiplicarse, mientras el padecimiento creciente se redefine como un aumento de las enfermedades mentales y, como respuesta, se siguen catapultando las recetas de psicofármacos.
La mayoría de los mensajes siguen estando impregnados de una ideología medicalizada subyacente que patologiza y despolitiza sutilmente el sufrimiento
Ante la expansión continuada de esta cultura, es absolutamente vital que nos preguntemos por qué sigue prosperando año tras año pese a exhibir los peores resultados de todo nuestro sector sanitario. A mi entender, para encontrar una respuesta tenemos que dirigir la mirada más allá del poder expansivo y las ambiciones de la gran industria farmacéutica y las profesiones psicosanitarias, y considerar el entramado político y económico más amplio que ha hecho posible que una determinada ideología sobre el sufrimiento humano haya llegado a dominar nuestras vidas en el curso de los últimos treinta años. Solo así podremos vislumbrar los diferentes mecanismos ocultos que mantienen en pie nuestro sistema fallido con un coste humano y económico considerable.
Prestigioso politólogo estadounidense, Francis Fukuyama tuvo un fulgurante salto a la fama con la publicación en 1992 de un ensayo resonante pero no exento de críticas: El fin de la Historia y el último hombre, en el que –dicho muy escuetamente- sostenía que el capitalismo era el último estadio de la Historia, sin que cupiera esperar otros, y sólo quedaba pendiente la incorporación de los países que aún no habían alcanzado dicho estadio.
En una línea no muy alejada de aquel célebre trabajo, si bien con un optimismo más matizado, Fukuyama expone ahora los fundamentos del liberalismo con la manifiesta intención de reivindicar esta doctrina que ve amenazada desde distintos frentes; de ahí la referencia a los “desencantados” del título y, sobre todo, el subtítulo: “cómo defender y salvaguardar nuestras democracias liberales”. Lo hace en un libro muy didáctico, conciso y dirigido a un lector no especialista.

Como la etiqueta liberalismo puede ser demasiado amplia, Fukuyama empieza por dejar claro que se refiere al liberalismo clásico (llamado por algún autor liberalismo humano) que surge en la segunda mitad del siglo XVII y se caracteriza por “la limitación de los poderes de los gobiernos o los Estados mediante las leyes” y por “la creación de instituciones que protejan los derechos de los individuos”. Es decir, aclara, no se trata del liberalismo que en Estados Unidos se identifica con el centroizquierda, ni del que en Europa se asocia al centroderecha.
Pese al desencanto que acarree, el liberalismo es una doctrina que sigue siendo necesaria en el diverso e interconectado mundo actual y preferible a las alternativas iliberales
El propio autor adelanta la conclusión, que, a su vez, se desprende del título: el liberalismo, actualmente amenazado por la derecha (de un modo más político e inmediato) y por la izquierda (de un modo cultural y más lento), es “una doctrina que sigue siendo necesaria en el diverso e interconectado mundo actual” y “sigue siendo preferible a las alternativas iliberales”.
Yendo al fondo de lo que sea el liberalismo, ese gran paraguas que cubre tantas variantes, afirma Fukuyama que una concepción común a todas ellas debe contener las características de ser individualista, igualitaria, universalista y meliorista. Y proteger el derecho a la autonomía -dentro del cual está el derecho a la propiedad privada- y “el derecho a ostentar una parte del poder político a través del derecho al voto”. Al principio, la concreción de quiénes tenían derecho al voto fue restrictiva, contradiciendo los escritos doctrinales de fundadores como Hobbes y Locke, pero la movilización popular fue ampliando esa concepción y haciendo evolucionar al liberalismo.
En este punto, conviene distinguir entre liberalismo (caracterizado por el principio de legalidad y normas que restringen los poderes del ejecutivo) y democracia (caracterizada por el gobierno del pueblo y las elecciones libres). No son exactamente lo mismo; el liberalismo suele estar subsumido dentro de la democracia, y es el liberalismo lo que ha sufrido ataques más duros en los últimos años, ya que incluso regímenes autocráticos pretenden ser democracias. Nihil novum; antes lo hacían añadiendo un apellido (popular, orgánica) a sus sedicentes democracias.
En cuanto a las justificaciones históricas de la doctrina liberal, Fukuyama señala tres principales. Una, pragmática, en tanto que es una forma de regular la violencia. Otra, moral, al proteger la dignidad humana; y una tercera, económica, por promover el crecimiento económico.
Junto a lo anterior, “el principio fundamental consagrado en el liberalismo es el de la tolerancia”, dice Fukuyama con palabras que parecen un eco de otros liberales, como nuestro Gregorio Marañón.
Antes de entrar en el terreno de las amenazas, el autor señala algunos inconvenientes del liberalismo que pueden estar en la base de esas amenazas por parte de los sectores desencantados. Los inconvenientes tienen que ver con llevar la doctrina a extremos, lo que desemboca, por la derecha, en el neoliberalismo y, por la izquierda, en la política identitaria.
Los siguientes capítulos los dedica a analizar esas desviaciones extremas, empezando por el neoliberalismo. Aquí, Fukuyama coincide con lo que parece el actual paradigma dominante: al capitalismo no se le ve alternativa, pero el neoliberalismo puro y duro está en horas bajas. Diríamos que, así como las trincheras no son un buen lugar para el ateismo, las crisis económicas, como las que venimos sufriendo en los últimos años, tampoco lo son para el pensamiento neoliberal. Muy pocos discuten el capitalismo, pero muy pocos también discuten el papel corrector del Estado. Así, Fukuyama se explaya en este aspecto, tras señalar que, por neoliberalismo, se entiende hoy la escuela de pensamiento económico nacida en la Universidad de Chicago o la escuela austriaca, y nombres como los de Milton Friedman, Friedrich Hayek y otros que menospreciaban el papel del Estado, poniendo el acento en los mercados.
A pesar de promover dos décadas de rápido crecimiento económico, el neoliberalismo logró desestabilizar la economía mundial y socavar su propio éxito
Frente a esa idea, el autor sostiene que “los mercados funcionan sólo cuando están regulados de forma estricta por Estados con sistemas legales que funcionan y tienen capacidad de imponer normas relativas a la transparencia, los contratos, la propiedad, etcétera”. Y que, “a pesar de promover dos décadas de rápido crecimiento económico, el neoliberalismo logró desestabilizar la economía mundial y socavar su propio éxito. La desregulación fue útil en muchos sectores de la economía real, pero resultó desastrosa cuando se aplicó en el sector financiero en las décadas de 1980 y 1990”. “Las instituciones financieras se comportan de manera muy diferente a como lo hacen las empresas en la economía real. A diferencia de una compañía fabricante, un gran banco de inversiones es sistemáticamente peligroso”, añade, recordando el desplome de Lehman Brothers en 2008. “Si alguna vez hubo un argumento a favor de la necesidad de una gran institución estatal centralizada, fue en esa ocasión”.
“Cuando se fomentó que la liquidez circulase sin obstáculos a través de las fronteras internacionales bajo la influencia de las ideas neoliberales, se produjeron crisis financieras con una regularidad alarmante”, remacha.
Es decir, la doctrina básica es correcta; el auge de algunos países (fundamentalmente asiáticos) a finales del siglo XX, o la disminución de la pobreza mundial, no habrían sido posibles sin la expansión del comercio, pero las llamadas consecuencias distributivas hicieron que quedara gente fuera de ese progreso, gente –dice Fukuyama con sarcasmo- a la que no le consuela que los ingresos de los propietarios de las empresas que les acaban de despedir vean cómo suben sus acciones y aumentan sus bonificaciones.
“El liberalismo bien entendido es compatible con una amplia gama de protecciones sociales proporcionadas por el Estado”. En otras palabras, la responsabilidad individual que el liberalismo pide a los individuos no es incompatible con la intervención del Estado cuando aquellos se vean sometidos a circunstancias adversas fuera de su control. “Los países escandinavos, con sus amplios estados de bienestar, siguen siendo sociedades liberales… Gran parte de la hostilidad liberal al Estado es simplemente irracional. Los Estados son necesarios para proporcionar bienes públicos que los mercados no proporcionarían por sí mismos”. O políticas sociales para mitigar los efectos nocivos del libre mercado, políticas sociales que, por cierto, también critican los neoliberales, apunta Fukuyama. En todo caso, la acusación de que el liberalismo conduce inevitablemente al neoliberalismo ignora gran parte de la historia reciente.
A lo largo del libro, su autor se muestra como un liberal humano, por usar el término citado por él al principio; algo que solo sorprenderá a quien desconozca la figura del fundador del liberalismo económico, un Adam Smith que publicó también una Teoría de los sentimientos morales. Así, Fukuyama señala el problema de centrarse exclusivamente en los derechos de propiedad; algo que ni es una fórmula mágica para el desarrollo ni el camino a una sociedad justa. O la entronización del bienestar de los consumidores como medida definitiva del bienestar económico. “No hay razón por la cual la eficiencia económica tenga que ser más importante que el resto de los valores sociales”, dice.
Detrás de esas reflexiones está la cuestión filosófica más profunda de si los seres humanos son animales consumidores cuya felicidad se mide por la cantidad que consumen o son animales productores cuya felicidad depende de su capacidad de modelar la naturaleza y ejercitar sus facultades creativas. El neoliberalismo ha optado claramente por la primera respuesta. Pero hay tradiciones que apuntan a la importancia de ambas. En resumen, “las ideas acerca de la centralidad de los derechos de propiedad, el bienestar de los consumidores y el orden espontáneo son mucho más ambiguas en cuanto a sus consecuencias económicas, políticas y morales de lo que sugeriría la doctrina neoliberal.”
Aparte del neoliberalismo, Fukuyama destaca los riesgos derivados de la absolutización del principio liberal de la autonomía individual (“el encumbramiento de la autorrealización”). Esta fue llevada al extremo no solo por liberales de derechas centrados en el aspecto económico, sino por liberales de izquierdas cuyo enfoque desembocó en la política identitaria moderna. La exaltación del individualismo no solo aparta a la gente de virtudes como la solidaridad, necesarias para sostener una política liberal en general, sino que la pretensión de ser implacablemente neutral en lo que respecta a los valores acaba por cuestionar el valor del propio liberalismo y convirtiéndose en algo que no es liberal. Finalmente, “la libertad de elección se extiende no sólo a la libertad de actuar dentro del marco moral establecido, sino también a la elección del propio marco”.
Con todo, Fukuyama, siempre ponderado, no olvida la utilidad que las políticas identitarias tuvieron en su origen al ser una poderosa herramienta de movilización que pudo contribuir a defender los derechos de las comunidades respectivas. Surgieron como un intento de cumplir la promesa del liberalismo de igualdad universal de derechos. En ese sentido, la política identitaria trata de cumplir la promesa liberal. Pero entre sus debilidades está el hecho de que sus promotores son divulgadores y defensores políticos más que intelectuales serios que aporten argumentos sólidos. Otra es que los Estados liberales ya otorgan categoría legal y, en ocasiones, apoyo económico a una gran variedad de grupos. Además del evidente problema de representación: ¿quién habla en nombre de los afroamericanos, las mujeres y los gays como grupos?
Las teorías críticas ligadas a la política identitaria rechazan la posibilidad del ideal liberal de un discurso racional, conduciendo a un páramo cognitivo en el que nada es verdad
Mayor peligro constituye el hecho de que las teorías críticas ligadas a la política identitaria, en sus versiones más extremas, rechazan la posibilidad del ideal liberal de un discurso racional, conduciendo a un páramo cognitivo en el que nada es verdad y todo es posible. Autores como Lacan, Barthes, Derrida, Foucault o Edward Said han llegado a plantear la imposibilidad de un conocimiento objetivo, no condicionado por la identidad del generador del conocimiento.
Fukuyama sostiene que la política identitaria no es errónea, pero debe retomarse una interpretación liberal de sus objetivos. “El liberalismo, con su premisa de la igualdad humana universal, tiene que ser el marco en el cual los grupos identitarios deberían luchar por sus derechos”.
En resumen, Fukuyama trata en este libro de sentar las bases teóricas del liberalismo clásico, exponiendo algunas de las razones por las cuales ha generado desencanto y oposición, ya que, si se quiere preservar el liberalismo como forma de gobierno, hay que entender las causas de dicho desencanto. Y el liberalismo es hoy más necesario que nunca, dado que las democracias liberales son también más diversas que nunca.
Confirmando la idea pragmática que guía su libro, el autor lo cierra formulando algunos principios generales: “Los liberales clásicos tienen que admitir la necesidad de gobierno y superar la época neoliberal”. Debe “tomarse en serio el federalismo”; en términos europeos, la subsidiariedad. “Proteger la libertad de expresión”. La “primacía de los derechos individuales sobre los de los grupos culturales”. La advertencia de que “la autonomía humana no es ilimitada” y que “una sociedad de individuos encerrados en sí mismos, interesados únicamente en maximizar su consumo personal, no será una sociedad en absoluto”.
La moderación no es un mal principio político en líneas generales. Recuperar un sentido de la moderación es la clave para el resurgimiento y la supervivencia del liberalismo
Y una apostilla: estamos limitados por nuestros cuerpos y la moderación no es un mal principio político en líneas generales. “A veces, la realización surge de la aceptación de límites. Recuperar un sentido de la moderación, tanto individual como colectivo, es, por tanto, la clave para el resurgimiento –de hecho, para la supervivencia- del propio liberalismo”.
En las últimas décadas, se han dado avances muy notables en la prevención del consumo de sustancias en la juventud (Manthey, 2019). El consumo de cigarrillos y de alcohol, las drogas más consumidas desde siempre, ha disminuido notablemente entre los adolescentes de muchos países europeos. Pero cuando se examinan con lupa estas tendencias decrecientes, es fácil detectar que, por desgracia, todavía queda mucho por hacer: La disminución del tabaquismo en jóvenes europeos parece haberse estancado en los últimos años. El consumo de alcohol en episodios de alta intensidad o en atracón (heavy-episodic drinking o binge-drinking), de gran riesgo para el cerebro en desarrollo de los adolescentes, está aumentando en varias regiones. Y al tabaco y al alcohol le ha surgido un competidor, ya que el consumo de cannabis está aumentando entre los jóvenes, aunque todavía le queda mucho para alcanzar al tabaco en su época de esplendor.
Un caso de éxito ejemplar en esta labor ha sido el de Islandia, que a través del programa “Juventud en Islandia” logró poner de acuerdo a investigadores, políticos, educadores y familias para estudiar el fenómeno de las adicciones entre sus jóvenes y desarrollar políticas educativas de acuerdo a los resultados de estos estudios (Arnarsson et al., 2018; Kristjansson et al., 2016). De este modo, Islandia pasó de ser uno de los países con jóvenes más consumidores de Europa a estar entre los países más saludables para la juventud en cuestión de dos décadas. Aunque no todo el monte (o, en este caso, la isla) es orégano, porque la prevalencia de consumo intenso de cannabis también aumentó en Islandia en ese periodo.
Contrariamente a lo que nos gustaría creer, se sabe poco de cuáles han sido las causas que han propiciado estos descensos. En el caso de Islandia, el haber realizado tantas políticas y estrategias educativas a la vez dificulta deducir cuál de las estrategias empleadas tuvieron un mayor impacto en la juventud, aunque los investigadores han detectado dos posibles causas: la supervisión de los padres con respecto al ocio de sus hijos, y una menor disponibilidad del alcohol para los jóvenes (Arnarsson et al., 2018).
Fuera de Islandia, los estudios que han intentado buscar la causa de estos fenómenos han llegado a conclusiones que, sin llegar a ser fehacientes, arrojan algo de luz sobre la cuestión. En primer lugar, algunos estudios señalan que la adopción entre los padres de un estilo educativo más controlador del consumo de drogas se asocia a descensos de consumo entre los jóvenes (Vashishtha et al., 2019), aunque la evidencia global al respecto no es concluyente (Vashishtha, Pennay, et al., 2022). Sin embargo, el efecto de la supervisión parental tiene un alcance limitado a retrasar el inicio del consumo, pues en cuanto los jóvenes alcanzan la edad adulta obtienen una mayor independencia de sus padres y las tasas de consumo se elevan bruscamente (Kraus & Olderbak, 2022). En segundo lugar, algunos cambios en la legislación parecen haber influido en las tendencias de consumo en casos concretos. Por ejemplo, la despenalización del uso de cannabis recreacional se ha asociado con un aumento del consumo de esa droga en los países con esa normativa, o las leyes enfocadas a reducir el consumo de alcohol en menores han logrado disminuir este hábito en algunos ambientes (Melchior et al., 2019; Shi et al., 2015). Pero al margen de estos casos concretos, la mayor parte de estudios que ha evaluado los efectos de la legislación no fueron concluyentes. Por último, en el caso del incremento del consumo del cannabis en la última década, han jugado un papel determinante el aumento de las concentraciones medias de tetrahidrocannabinol (principal causante de los efectos de la droga) en las variedades cultivadas de cannabis, así como el auge de productos terapéuticos basados en cannabidiol que hacen ver al cannabis como una sustancia “saludable” a los ojos de muchos (Manthey, 2019).
La emergencia del consumo de cannabis no se puede ver como la causa del descenso del consumo de alcohol y tabaco amparándose bajo un supuesto fenómeno de sustitución en el que los jóvenes remplazan una droga por otra. Por ejemplo, el consumo de cannabis muchas veces se asocia al de otras sustancias como el tabaco (Page et al., 2021), con lo que, de haber fenómeno de sustitución a nivel poblacional, tendría que ser por otra adicción. En este sentido, diversos estudios han postulado que los jóvenes están sustituyendo el consumo de drogas por otros hábitos que, en cierto punto, pueden llegar a asemejarse a una adicción: las adicciones comportamentales (Derevensky et al., 2019). Este grupo de “adicciones[1]” se compone de hábitos que se pueden realizar repetitivamente para obtener una gratificación inmediata, y generalmente se realizan a través de las tecnologías de información y comunicación, como, por ejemplo, el uso problemático de internet, videojuegos (gaming) o redes sociales, el trastorno de juego patológico o (gambling), el consumo problemático de pornografía, etc[2]. Recientemente se ha detectado un aumento de estas conductas en los jóvenes, incluso en Islandia (Erna Bjarnadottir, 2021; Thorisdottir et al., 2019). Hay que tener en cuenta que las políticas de Islandia se diseñaron para fomentar otros tipos de aficiones culturales o deportivas, por lo que este incremento no ha sido un efecto secundario de la intervención del gobierno islandés.
La hipótesis de que el auge de las adicciones comportamentales haya remplazado a la mayor parte de adicciones basadas en sustancias (sin contar consumos intensivos) resulta bastante razonable cuando se tienen en cuenta cuáles son las causas y consecuencias de estas conductas.
Comenzando por las consecuencias, los sujetos adictos (bien a sustancias o bien a comportamientos) padecen de una incapacidad de controlar su comportamiento adictivo, con intentos fallidos de cesar el hábito, desatención de otras áreas de la vida o intereses, y persistir en el hábito a pesar del riesgo percibido, lo que los puede llegar a sufrir ansiedad, depresión, disminuir las horas de sueño o estar menos satisfechos con la vida en genera (Starcevic & Khazaal, 2017). En el caso de comportamientos adictivos que pudieran ser considerados “vergonzantes” el gambling o el consumo de pornografía, el secretismo con que se lleva la adicción puede propiciar la insatisfacción en relaciones de amistades o de pareja, como ocurre con las adicciones a sustancias (de Alarcón et al., 2019). Y al igual que las drogas, se ha demostrado que las adicciones a la pornografía, al juego y a los videojuegos se asocian a alteraciones en la estructura cerebral (de Alarcón et al., 2019; Weinstein & Lejoyeux, 2015).
En cuanto a posibles factores psiquiátricos previos o concurrentes a las adicciones comportamentales, la mayoría de las adicciones comportamentales se asocian a la falta de regulación emocional, la ansiedad, la depresión, la falta de apoyo social, trastorno de ansiedad social, el trastorno obsesivo compulsivo, el trastorno de estrés postraumático o incluso el consumo de otras sustancias (Derevensky et al., 2019; Estévez et al., 2017). Esta coincidencia en factores psiquiátricos o sociales presentes en todas las conductas adictivas, sin importar el contenido de la adicción, denotan la existencia de unas características de personalidad que hacen a los individuos que las tienen más vulnerables para desarrollar una adicción o bien para no poder escapar de ella (Walther et al., 2012).
Otros paralelismos entre las adicciones a sustancia y a las adicciones comportamentales se dan en el ámbito de las creencias personales con respecto a estas conductas. En Psicología, existen muchas teorías que tratan de explicar por qué los jóvenes se inician en conductas delictivas o vandálicas a pesar de que sean consideradas ilegales o “malas” por la sociedad. La mayor parte de esas teorías se pueden resumir en que los jóvenes optan por esas conductas porque ven algo atractivo en ellas. Por ejemplo, empezar a fumar pese a la mala publicidad social del tabaco puede conllevar un cierto prestigio entre el grupo de amigos, o una forma de diferenciación de la identidad personal con respecto a la educación percibida, etc (French & Cooke, 2012). En este sentido, hay estudios que señalan la iniciación en adicciones comportamentales también pueden basarse en creencias de este tipo. Por ejemplo, diversos estudios sugieren que el uso excesivo de internet o de videojuegos se ve como un modo de autorrealización por algunos adolescentes, que buscarían definir su identidad a través de la realización de una conducta desafiante del mismo modo que con el inicio de consumo de drogas en los adolescentes de hace décadas (Scerri et al., 2019; Yakovytska et al., 2022).
Sin embargo, los estudios que han tratado de confirmar la hipótesis de que las adicciones comportamentales estén sustituyendo a las drogas a nivel poblacional no han encontrado que se de este fenómeno (Halkjelsvik et al., 2021; Vashishtha, Holmes, et al., 2022). Es más, en otros estudios se ha observado como algunas adicciones comportamentales pueden llevar al consumo de drogas (Leino et al., 2021).
A modo de resumen, podríamos subrayar que, primero: a pesar del aparente avance en la reducción del consumo de sustancias en la juventud (fundamentalmente alcohol y tabaco), están aumentando los consumos intensivos, el consumo de cannabis, y la frecuencia de adicciones comportamentales en esta población. Segundo: estas conductas son realizadas por los jóvenes para llenar vacíos en su personalidad y como alivio de situaciones de descontrol. Y tercero: el aumento de estos patrones de conducta refleja una necesidad de los jóvenes que no ha sido cubierta por las campañas de educación de la salud centradas en reducir la disponibilidad de las drogas y aumentar la supervisión parental. Los jóvenes necesitan disponer de conocimientos y habilidades que les ayuden a, por un lado, afrontar y manejar sus emociones sin tener que recurrir a paliativos artificiales y, por otro lado, a aprender a reconocer cuándo una conducta es buena o no para ellos independientemente de que sea una droga o no. Con estas habilidades, sería de esperar que los jóvenes optaran por conductas que los realicen como personas de manera saludable en la edad adulta cuando la supervisión de los padres ya no es tan influyente.
Esta es una labor educativa que requiere la concienciación y coordinación de familias, instituciones educativas, gobiernos, etc. Puede parecer un objetivo imposible, pero tenemos el caso de Islandia cómo ejemplo vivo de que es posible actuar de manera conjunta en respuesta a un problema conocido. El primer paso está en reconocer el problema. El segundo depende de lo que cada uno puede aportar.
NOTAS
[1] Actualmente es objeto de debate si estos hábitos debieran considerarse como trastornos compulsivos en lugar de como verdaderas adicciones, sin embargo, considero que la diferenciación entre esos matices excede el objetivo de este artículo.
[2] Otras adicciones comportamentales son la adicción a las compras, o la adicción al ejercicio físico. He decidido centrarme en este artículo en aquellas de las que se dispone de más evidencia reciente.
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La Edad Media significa para muchos una “época de subdesarrollo, ignorancia y embrutecimiento”. Es la imagen que ofrecen el cine y la televisión, y la que han transmitido los planes escolares. Lo cuenta la medievalista francesa Régine Pernoud (1909-1998), biógrafa de Leonor de Aquitania y autora de ensayos históricos como La mujer en el tiempo de las catedrales. Pernoud se propone con su ensayo divulgativo Para acabar con la Edad Media (Pour en finir avec la Moyene Âge) desmentir, mediante el estudio de las fuentes, los tópicos sobre ese periodo, destacando la riqueza aportada por la Edad Media a la cultura occidental.

Pernoud comienza con la siguiente anécdota. Cuando dirigía el Museo de Historia de Francia recibió una carta en la que le preguntaban: “¿Podría indicarme la fecha exacta del tratado que puso fin oficialmente a la Edad Media?”, lo que revela la ignorancia respecto a ese periodo. La autora se queja de que en el lenguaje coloquial Edad Media sea sinónimo de atraso: “ya no estamos en la Edad Media”, o de “barbarie”: “salvajismo casi medieval”; y apostilla: “¿es posible horrorizarse por el salvajismo de una época en la que se esculpieron los pórticos de Reims o Amiens?”.
Explica que durante los últimos siglos se ha tenido la percepción equivocada de que ha habido dos épocas luminosas: la Antigüedad y el Renacimiento, y entre ellas, un periodo intermedio, “tiempos oscuros”. Y es que el Renacimiento, término que acuña Vasari en el siglo XVI, se entiende a sí mismo como una recuperación del esplendor cultural grecolatino, tras diez siglos de tinieblas.
Sin embargo, la Edad Media admiraba el legado grecolatino (“somos enanos encaramados a hombros de gigantes” decía Bernardo de Chartres), pero frente a la mera imitación del Renacimiento, “el arte de la Edad Media es pura invención, hallazgo” apunta Pernoud. Y recoge el testimonio del pintor Matisse: “Si los hubiese conocido, me habría evitado veinte años de trabajo” dijo al salir de una exposición de frescos románicos.
A juzgar por los programas escolares tampoco hubo prosa y poesía en la Edad Media. Pero “¿son concebibles mil años sin producción literaria digna de ese nombre?” se pregunta la autora. En esos mil años, “apareció y se desarrolló la epopeya francesa”, nació “la novela (el Roman) género desconocido en la Antigüedad, y la lírica cortesana”. Además “nace el libro en su forma actual, el códex o códice, que sustituye al volumen, el antiguo rollo de pergamino”, y se fijó el lenguaje musical -con “el canto llano o gregoriano”-, que sería el de todo Occidente hasta nuestros días.
«En la Edad Media nace el libro en su forma actual, el códex o códice, que sustituye al volumen, el antiguo rollo de pergamino» y se elabora «el lenguaje musical»
El hecho de que Isidoro de Sevilla (siglo VII) cite en sus Etimologías “innumerables autores antiguos implica que tenía sus obras a la vista, lo que da una idea del inmenso centro del saber que era Sevilla”. Y se suele olvidar que “los árabes no hubieran podido traducir a Aristóteles en Andalucía”, si no hubieran encontrado en la España visigoda las bibliotecas que habían conservado al filósofo griego.
No se puede tildar de “zafia e ignorante” una época en la que nace “la lírica del amor cortés”, cultivada por “el extraordinario poeta Guillermo de Aquitania”. Esa lírica se expresa en las novelas de caballería, que exaltaban “el ideal del caballero culto y cortés, que magnificaba la fidelidad a la palabra dada y que hacía de la mujer una reina, una soberana”.
Todavía hay manuales escolares “donde los señores feudales no tienen mejor ocupación que pisotear los dorados trigales de los campesinos”, y donde la Revolución francesa puso fin a lo que quedaba de “la anarquía feudal”, consigna la autora. Pero al identificar Antiguo Régimen con feudalismo y Edad Media, el sistema educativo comete un error, pues “la burguesía y la Edad Moderna forman parte del antiguo Régimen tanto como el feudalismo y la Edad Media”.
Lo cierto es que “nada ha habido menos anárquico que la sociedad feudal, fuertemente jerarquizada” por haber nacido, precisamente, para remediar la anarquía provocada por la caída del Imperio romano. Así, “el campesino, incapaz de garantizar su propia seguridad y la de su familia, pedirá ayuda a un vecino con posibilidad de mantener una tropa de hombres armados”. Por esa defensa pagará con una parte de sus cosechas. El campesino se beneficiará de una serie de garantías y “el señor (que viene de senior, anciano) se hará más rico y más poderoso”. El acuerdo alcanzado (feodum) favorece tanto a uno como a otro; y es un contrato recíproco, de hombre a hombre, que no sanciona ninguna autoridad superior, pero que está basado en un juramento con valor religioso (sacramentum). Ese es el origen del feudalismo.
Este nuevo orden feudal “fue reemplazando al orden imperial” romano durante el periodo que va desde el siglo V hasta la restauración del Imperio en Occidente, con Carlomagno (siglo VIII). El poder centralizado se había fragmentado en multitud de poderes locales que estaban unidos por la obligatoriedad de la costumbre, esto es el conjunto de usos consagrados por el tiempo, admitidos por todos. “No se comprenderá nunca la sociedad medieval si se desconoce lo que significó la costumbre”, subraya Pernoud. Y añade: así “como la ley emana del poder central y por naturaleza es fija y definida, la costumbre es un conjunto de usos nacidos del terruño y en incesante evolución”. De esta forma, la costumbre, “el uso vivido y tácitamente admitido”, regía la vida de la sociedad y “oponía sus barreras a los caprichos individuales”. Esta sociedad era agraria y se articulaba en torno a los castillos, instrumentos de defensa pero también focos de cultura, dando origen a la vida cortesana (de la palabra court, patio del castillo). De esa cultura derivan los términos cortés y cortesía.
En cuanto al rey es un señor feudal entre otros señores, y en esto se distingue de los monarcas absolutos de los siglos posteriores. De ahí que la autora considere “un error” que los historiadores marxistas fijen en el siglo XVIII el comienzo de “la lucha contra el absolutismo feudal”.
Los manuales de Secundaria, afirma Pernoud, “evocan con dureza la servidumbre medieval” pero omiten que la esclavitud -algo considerado “normal y natural” en la antigua Roma- desaparece a partir del siglo IV… y reaparece en la Edad Moderna. Es decir que no hay esclavitud durante la Edad Media, esos “siglos oscuros en los que reinaba la ignorancia y la tiranía”.
La palabra servus significaba esclavo en Roma y siervo en la Edad Media, pero se trata de conceptos distintos, porque “el primero es una cosa y el segundo, un hombre”. Y es que “el concepto de persona humana experimentó en el Medievo una completa mutación”.
El siervo no podía abandonar la tierra, pero el señor tampoco tenía derecho a expulsarlo. (…) La servidumbre era una especie de seguro para el campesino en los países de Europa occidental
La sustitución de la esclavitud por la servidumbre es el hecho social que mejor caracteriza el final de la influencia del Derecho Romano en el siglo V, explica la autora. El amo del siervo medieval no tenía sobre éste el derecho de vida y muerte que le reconocía el Derecho Romano al dueño del esclavo. El siervo no podía abandonar la tierra, pero el señor tampoco tenía derecho a expulsarlo. “Esta ligación entre el hombre y la tierra en que vive constituye la esencia de la servidumbre” indica Pernoud. La servidumbre era una especie de seguro para el campesino en los países de Europa occidental, a diferencia de la Europa central y oriental, “donde el campesino libre estaba expuesto a toda clase de azares e inseguridades”.
No todo eran ventajas: para un hombre libre, sobre todo si era noble, desposarse con una sierva significaba descender en la escala social, pone Pernoud como ejemplo. De hecho, la Iglesia, “fuente en sí misma de movilidad social”, promovía con energía la liberación de los siervos.
Pero hay una “gran diferencia” entre la servidumbre medieval y el brusco “resurgir de la esclavitud en el siglo XVI, en las colonias de América”, que dice muy poco en favor del humanismo moderno, “pues se desentendió de una porción de la humanidad, a la que se esclavizó como en la Antigüedad”. Así, Luis XIV y su ministro Colbert, animaban en el Versalles del siglo XVII a crear compañías de tráfico de esclavos.
Un novelista afirmó en la radio que “la Iglesia no admitió que las mujeres tuvieran alma hasta el siglo XV” recoge Régine Pernoud: y se pregunta “¿habría la Iglesia bautizado, confesado y admitido a la comunión, durante siglos, a unos seres sin alma?”.
Para refutar esa manipulación, la biógrafa de Leonor de Aquitania subraya que en los tiempos feudales la reina era coronada exactamente igual que el rey y que ese papel protagonista lo pierde, después de la Edad Media, cuando la mujer queda relegada a segundo plano: “ya no ejerce influencia más que bajo cuerda y queda excluida de toda función política o administrativa”. Esto último es consecuencia de la influencia creciente del Derecho Romano, que resurge en el Renacimiento y que “no es nada favorable a la mujer y al niño”. Es un derecho monárquico que no admite más que la autoridad de uno: el paterfamilias.
«Las mujeres [en la Francia medieval] votan como los hombres en las asambleas (…) abren tiendas a su nombre, ejercen el comercio sin necesidad de autorización del marido»
Muy distinta era la situación de la mujer en la Edad Media. En Francia, el estudio de actas y documentos demuestra que “las mujeres votan como los hombres en las asambleas y comunas rurales (…) abren tiendas a su nombre, ejercen el comercio sin necesidad de autorización del marido” y desempeñan diversos oficios. Así, en el París de finales del siglo XIII encontramos “boticarias, médicos, yeseras, maestras de escuela, tintoreras, copistas, miniaturistas, encuadernadoras…”
Pernoud explica que “ciertas abadesas eran verdaderas señoras feudales, cuya autoridad se respetaba lo mismo que la de los hombres”; y las religiosas eran, en general, “mujeres sumamente instruidas que rivalizaban en conocimientos con los monjes de la época”. Así, la enciclopedia más popular del siglo XII, Hortus deliciarum (El jardín de las delicias) fue redactado por una abadesa, Herrade de Landsberg. Es a partir del siglo XIII cuando la mujer empieza a ser excluida de la sociedad civil y eclesiástica. La influencia creciente del Derecho romano la apartará de la vida pública y social, confinándola en lo que siempre había sido su dominio privilegiado: “el cuidado de la casa y la educación de los hijos”.
Tal vez estos datos ayuden a “quienes creen de buena fe que la mujer, por fin, ha abandonado las tinieblas de la Edad Media” –afirma Pernoud-; cuando “en realidad le queda mucho camino que recorrer para recobrar el puesto y la dignidad que tuvo en tiempos de una Blanca de Castilla o una Leonor de Aquitania”.
Otra de las manipulaciones que aborda es el papel de la Iglesia, como “dedo acusador” (que es como se titula el capítulo correspondiente). “Yo creía que a Galileo le habían quemado vivo en la Edad Media por decir que la Tierra era redonda” le dijo “una profesora culta”, al leer que un humanista florentino hablaba de la esfericidad del planeta en pleno siglo XIII. Pernoud tuvo que explicar a la profesora que había incurrido en tres errores: Galileo no murió en la hoguera; no vivió en la Edad Media; y no discutió una redondez que era de sobra conocida. La docente se enteró entonces de que Galileo, contemporáneo de Descartes, había vivido dos siglos después de la invención de la imprenta.
Las cazas de brujas no son propias del Medievo, sino que aparecen muy a finales de este (en el siglo XV). Es en la Edad Moderna cuando se producen los grandes procesos por brujería, cuenta Pernoud. El juez Nicolás Remy, autor de un tratado de Demonolatría, envió a la hoguera unos tres mil brujos. “En el siglo XVII –el Siglo de la Razón-” el número de juicios por brujería aumentó de forma alarmante en toda Europa.
Respecto a la Inquisición, Pernoud explica que, en la vieja Europa, “la unión entre lo profano y lo sagrado era tan íntima que las desviaciones doctrinales adquirían una gran importancia”; y la herejía merecía “la reprobación general”. Se comprende así que la Inquisición fuera “la reacción de una sociedad” que consideraba la defensa de la fe “tan importante como a nosotros nos parece la protección de la salud física”. De ahí, la aceptación general de sanciones como la excomunión. La autora advierte, en este sentido, que si el historiador no tiene en cuenta el contexto, “se transforma en juez”.
La Inquisición introdujo una «justicia regular», sistema garantista frente a «la arbitrariedad de la justicia laica» y «la venganza popular» contra los herejes
La Inquisición tuvo “aspectos positivos” ya que “sustituyó el procedimiento de mera acusación por el de investigación o encuesta”. E introdujo una “justicia regular”, sistema garantista frente a “la arbitrariedad de la justicia laica” y “la venganza popular” contra los herejes. Pernoud no omite los abusos que se cometieron, pero apostilla que “no hay época que pueda comprender la Inquisición medieval mejor que la nuestra, haciendo una simple transposición de los delitos de opinión en el terreno religioso a los delitos de opinión en el terreno político”.
Y es que “uno de los principales errores de nuestra época consiste en creer que la Historia se hace en nuestras mentes, que se la puede fabricar a gusto del consumidor” afirma la autora en el capítulo, Historia, ideas y fantasías. Eso explica que la Edad Media se hayan convertido en “un terreno abonado a la fantasía, con unos cuantos nombres que emergen de las sombras: Carlomagno, Juana de Arco, la Inquisición, los cátaros, el Santo Grial… Una época feudal -que rima con brutal-”.
«Si tomamos al pie de la letra las canciones de gesta o las novelas de caballería, la humanidad que en ellas se describe se puebla de monstruos, enormidades y aberraciones»
Pero la Historia “deja de existir” -advierte Pernoud- “si no busca la verdad, fundada en hechos y documentos auténticos”. No debe confundirse “con las fantasías intelectuales dictadas por las ideologías políticas, las opiniones personales, los impulsos del momento”. Para evitarlo es preciso acudir a las fuentes, pero sin confundir las fuentes literarias con las históricas (“si tomamos al pie de la letra las canciones de gesta o las novelas de caballería, la humanidad que en ellas se describe se puebla de monstruos, enormidades y aberraciones”). Y a ser posible acudir a las fuentes originales. Pone Pernoud el ejemplo de Pedro Abelardo (siglo XII), cuya obra filosófica permanece “prácticamente ignorada”, ya que solo ha sido traducida del latín su correspondencia con Eloísa. La imagen de Abelardo, tal como aparece en sus escritos, difiere considerablemente de la que “divulgaron los historiadores de los siglos XVIII y XIX”.
Como especialista en archivística, la autora valora el papel que está prestando la informática a la investigación de documentos y actas. Y añade que hay un acervo “prácticamente ilimitado” en las miniaturas. El conocimiento que tenemos de la Edad Media por la imagen (arquitectura, vidrieras, frescos, tapices) “sólo representa la centésima parte” de lo que podría enseñarnos la reproducción de miniaturas, ya que “hay manuscritos que tienen más de cuatro mil miniaturas”.
El último capítulo de ¿Qué es la Edad Media? le sirve a Pernoud para plantear el interés intrínseco de la Historia. Argumenta, en primer lugar, que es preciso contar con el pasado, porque la “tabla rasa cartesiana ha sido la mentira filosófica más patente de todos los tiempos”. El pasado no es algo inerte: “La Historia es vida porque nos suministra unos datos, algo preexistente, independiente de nuestras ideas, de nuestros prejuicios, de nuestros sistemas”. Las conclusiones que saquemos pueden ser erróneas pero el hecho en sí, por ejemplo “la moneda con tal efigie, encontrada en tal lugar” no depende de nosotros. En segundo lugar, el pasado exige respeto a esos hechos, sin falsearlos. “Se deja de ser historiador cuando se deja que se falsee un documento, como se deja de ser médico cuando se desdeña el resultado de un análisis”.
En tercer lugar, el estudio de la Historia es clave en la educación, por lo que supone de “maduración intelectual”. Y cita a Chesterton, que decía que “un hombre no es un verdadero hombre más que cuando mira al mundo cabeza abajo”. Y añade: “familiarizándose con otras épocas, con otras civilizaciones, se adquiere la costumbre de desconfiar de los criterios propios y la propia época”. Aunque para el historiador “el progreso, en líneas generales, está fuera de duda (…) es indudable que nunca ha sido continuo, uniforme, predeterminado”, y la humanidad “avanza en unas cosas, retrocede en otras, y eso tanto más en cuanto que un salto que da en un momento determinado supondrá quizá luego un retroceso”. Así, el progreso económico del siglo XVI se debía, en parte, “al restablecimiento de la esclavitud”.
Las cruzadas fueron “oportunas a finales del siglo XI”, afirma Pernoud, porque eran “la única solución para liberar los Santos Lugares y el Próximo Oriente en general”; pero esta medida “ya no era válida a comienzos del siglo XIII”. Los hechos del pasado no se pueden enjuiciar, apostilla la autora, sin “la perspectiva del tiempo”.
La Historia no proporciona “soluciones” pero permite “plantear correctamente los problemas”, concluye Régine Pernoud. Porque sólo ella es “capaz de hacer el inventario de una situación dada”. Si se desdeña su estudio en los planes educativos, los que salen de las escuelas y universidades son “amnésicos”, y el amnésico no es una persona completa, porque no puede “disfrutar de una verdadera libertad”.
Samuel Gregg es director de Investigación en Acton Institute, que –según Wikipedia– es una institución estadounidense de investigación y educación, cuya misión declarada es «promover una sociedad libre y virtuosa caracterizada por la libertad individual y sostenida por principios religiosos». Su trabajo apoya la política económica de libre mercado enmarcada dentro de la moral judeocristiana. Se ha descrito al instituto alternativamente como derechista y libertario.

Gregg hace una aproximación valiosa al juicio cristiano sobre el dinero y las finanzas, teniendo en cuenta tanto la prolífica reflexión de los cristianos al respecto en el primer milenio y medio de nuestra era como las circunstancias económicas y financieras de nuestros días. El autor constata cómo a partir del siglo XVII el pensamiento teológico cristiano abandona la atención que prestó anteriormente a estos temas y la necesidad de reanudar y actualizar esa línea de pensamiento «dado el papel crucial que ahora desempeñan las finanzas en la economía global» (pp. 141 a 143). Desde las primeras páginas, el autor fija la necesidad de emitir un juicio moral sobre las conductas relativas al préstamo con interés y a la vez es capaz de discernir, con razonable acierto, qué fue el dinero en cada época histórica para así poder entender las razones morales de autores cristianos fiables sobre este tema en cada época. No se puede entender la postura cristiana sobre las finanzas si no se entiende que los autores eclesiásticos no hacían ciencia económica, sino que intentaban fijar un criterio moral sobre conductas concretas y que eso implicaba entender el significado de esas conductas en el sistema económico concreto de la época en que emitían su opinión.
Gregg pone de manifiesto cómo algunos moralistas cristianos ayudaron al inicio y desarrollo de la ciencia económica, pero dejando muy claro que su intención era fundar juicios morales acertados y no el análisis abstracto de los hechos económicos, para lo cual se vieron obligados a entender de qué estaban hablando. Para el cristianismo la moral siempre fue un saber práctico, no una teoría abstracta de normas teóricas y universales. Si no se entiende esto, el estudio de la historia de las opiniones de los moralistas cristianos o de la doctrina de la Iglesia sobre cuestiones morales puede parecer el reino de la arbitrariedad y la volubilidad.
Ya en la introducción (pp. 13 a 40) Gregg precisa que «es necesario un entendimiento preciso de una práctica financiera dada antes de criticarla moralmente» (p. 19), y eso exige entender esa práctica en el contexto económico en que se produce. Aclara que los moralistas cristianos afrontaron su juicio de esas prácticas a partir de ciertos principios permanentes: «Los cristianos no pueden aceptar que el criterio de la conveniencia o la maximización de la utilidad sea el que prevalezca al tomar decisiones morales» (p. 22). Los cristianos «no pueden caer en la trampa de pensar que es aceptable escoger intencionadamente el mal con el fin de realizar el bien» (p. 23).
«Los mercados financieros no son en sí mismos estructuras de pecado; esto es, no los conforman procesos e instituciones que sean en sí mismos perversos» (p. 32).
A partir de esos principios permanentes, Gregg estudia la historia de la reflexión cristiana sobre las finanzas (primera parte del libro), los principios alumbrados en esa reflexión (segunda parte) y (tercera parte) la luz que aportan esas reflexiones a un análisis actual de los «desafíos que afrontan las finanzas modernas privadas y las instituciones financieras públicas» (p. 33).
La primera parte de esta obra (pp. 41 a 144) hace justicia a la forma cristiana de dilucidar criterios morales: una reflexión práctica que tiene en cuenta con la mayor precisión posible los datos de hecho; una forma de pensar muy distinta de la propia del racionalismo ideológico contemporáneo que suele hacer abstracción de la realidad concreta en que la conducta moral se produce para pretender formular juicios abstractos y universales en el tiempo y en el espacio. La ética cristiana es el esfuerzo moral de aclararse sobre cómo hacer el bien aquí y ahora respetando siempre el bien (o el valor, si se quiere usar una expresión más moderna) que –ese sí– es universal y permanente.
En concreto, los pronunciamientos cristianos sobre el dinero y el préstamo con interés (origen de la economía financiera) en cada época solo se pueden entender si se tiene en cuenta el papel del dinero y de los préstamos en la economía real de la época en que esos juicios se formulan. Gregg, consciente de este carácter práctico de la ética, nos va contando lo que dicen las fuentes históricas sobre la doctrina cristiana del dinero enmarcando los distintos textos en una breve descripción de la economía y el papel del dinero de la época.
Pone de manifiesto cómo el cristianismo se expande en el entorno de la cultura grecorromana y a partir de fuentes judías, es decir, en un contexto de rechazo al préstamo con interés, manifiesto tanto en Platón, Aristóteles o Séneca como en el Antiguo Testamento. Y nos ayuda a entender ese rechazo: en una economía en que la agricultura y el trabajo esclavo eran la mayor riqueza, el dinero no suponía con carácter general o habitual lo que hoy entendemos por «capital» y, por tanto, quien pedía un préstamo era con frecuencia quien necesitaba ese dinero para subsistir hasta que sus tierras y su trabajo le permitiese salir adelante. En esas condiciones, gravar el préstamo con intereses era explotar al necesitado hasta la extenuación vital, era literalmente «usura». De ahí la condena clásica al interés tanto en fuentes judías, grecorromanas y en el cristianismo primitivo, que se prolonga hasta la revolución económica del siglo X, cuando empieza a surgir una economía comercial y protocapitalista, en la cual el dinero y su préstamo pasan a tener un significado novedoso, lo que obliga a formular sobre ellos a los moralistas cristianos judíos también novedosos.
El cristianismo se expande en el entorno de la cultura grecorromana y a partir de fuentes judías, en un contexto de rechazo al préstamo con interés, manifiesto tanto en Aristóteles o Séneca como en el Antiguo Testamento los moralistas cristianos juicios éticos también novedosos.
Dicho en términos sencillos, no puede merecer el mismo juicio moral prestar dinero con altos intereses a un campesino que vive de las rentas de sus tierras y que necesita ese dinero para comer tras varios años de sequía, que prestar dinero al mismo interés a un comerciante que lo va a invertir en operaciones mercantiles en las que él arriesga pero de las que pretende obtener un razonable beneficio. Aunque las palabras sean las mismas (dinero, préstamo, interés) el significado moral de los hechos que esas palabras describen es muy diferente.
Este interesante análisis histórico de Gregg le permite también poner de manifiesto cómo las mejores y primeras elucubraciones intelectuales sobre el dinero y la economía a él vinculada, es decir el origen de la ciencia económica, se debe a religiosos y moralistas cristianos que intentaron entender los nuevos fenómenos económicos del naciente capitalismo para poder dar opiniones morales fundadas.
Las reflexiones de los grandes escolásticos del siglo XIII y sus discípulos y los análisis de los teólogos de la Escuela de Salamanca y autores protestantes de la misma época, pusieron las bases de la moderna ciencia económica, a la par que formularon también principios morales de gran actualidad sobre las finanzas públicas al denunciar la devaluación por los príncipes de las monedas y el descontrol del gasto público, cuestiones que analiza en las páginas finales de la parte primera (pp. 113 a 143).
En la segunda parte (pp. 147 a 175), Samuel Gregg sintetiza las tesis que esa reflexión moral de los cristianos ha logrado decantar respecto al dinero y las finanzas en los mil seiscientos años de su historia. Esta segunda parte es un capítulo intermedio para explicitar los principios desde los que afrontará en la tercera parte el análisis moral de las finanzas de hoy día conforme al pensamiento cristiano, aclarando que de lo que se trata es de «cómo integramos la posesión y el uso del dinero en nuestras vidas en tanto cristianos y, en segundo lugar, cómo puede el dinero servir al bien común de las comunidades en que vivimos» (p. 148).
El resumen de Gregg es el siguiente:
a)La visión cristiana de la vida buena, de la realización humana, no consiste en hacer lo que nos apetece sino en escoger consistentemente no hacer el mal y, después, escoger el bien (p. 151).
b)Esta opción personal se facilita, dado que somos seres sociales, en una sociedad que permita a todos sus miembros alcanzar su propia perfección; esto es lo que se llama bien común en la tradición cristiana. Acceder a la perfección es tarea personal que no se puede imponer, pero sí facilitar con leyes e instituciones que se orienten a ese bien común (pp. 154-155).
c)Los bienes fundamentales de una vida buena son promovidos por bienes instrumentales como el dinero, por ejemplo. «Los problemas empiezan cuando la gente comienza a considerar el dinero (o cualquier otro bien instrumental) como un bien último, o cuando los bienes fundamentales son subordinados a la consecución de dinero (o cualquier otro bien instrumental)» (p. 157).
d)La propiedad privada es legítima, pero es siempre también un medio para el uso común y para que los bienes materiales sirvan a todos los seres humanos; por eso «la naturaleza privada de nuestra propiedad no significa que ello nos justifique a emplearla exclusivamente para nosotros […]; debemos estar dispuestos incluso a hacer uso de nuestros bienes esenciales para servir a los demás» (pp. 160-161). «Lo que importa es poner a trabajar nuestro patrimonio para mejorar las condiciones que promueven la prosperidad de todos y de cada comunidad» (p. 163).
e) Una forma de colaborar a la prosperidad general es el sistema financiero que permite invertir el excedente personal en todo tipo de empresas, creando eficiencias y mejorando la gestión del riesgo (pp. 164 y ss.).
f) «Aunque el cristianismo enseñe que jamás se ha de escoger el mal, con frecuencia hay muchas formas de hacer el bien» (p. 168), principio a tener en cuenta para hacer juicios morales en campo tan variado y cambiante y en el que interactúan personas que pueden tener criterios tan dispares.
«Los problemas empiezan cuando la gente comienza a considerar el dinero (o cualquier otro bien instrumental) como un bien último, o cuando los bienes fundamentales son subordinados a la consecución de dinero (o cualquier otro bien instrumental)»
En la tercera parte del libro, Gregg analiza fenómenos como la especulación, las altas remuneraciones de los directivos del sector financiero, las regulaciones estatales en la materia, la ética de la asunción de riesgos financieros, la moral del endeudamiento público y privado y de las políticas monetarias, las propuestas sobre una autoridad monetaria mundial formuladas por varios papas recientemente, etc. No voy a intentar resumir sus opiniones al respecto, pero sí aconsejo una lectura reflexiva; pues son fruto de una sana preocupación por el bien moral de las personas que actúan en el mundo financiero y por el bien común.
Gregg no duda en condenar moralmente toda la gama de inmoralidades que pueden aparecer en la gestión del dinero, con ejemplos muy concretos sacados de la reciente crisis económica. Pero no ignora todas las bondades de una gestión financiera ética, algo que olvidan algunos de los que condenan la libertad económica y las finanzas al fijarse solo en el uso pernicioso de ese instrumento por algunos.
El libro de Gregg concluye con un capítulo dedicado a la santidad de quienes se dedican a las finanzas y a la necesidad de cristianos coherentes en ese mundo. «Es importante ayudar a los cristianos y a otros que trabajan en finanzas a que se adhieran a las demandas de la verdad moral, a fin de que eviten el mal y den a sus semejantes lo que se les debe»; pero «se requiere algo más: una descripción y una comprensión de las finanzas como llamada; una consideración de las finanzas como vocación» (p. 252). El autor recuerda a los cristianos que no basta con ver las finanzas, Gregg analiza fenómenos como la especulación, las altas remuneraciones de los directivos del sector financiero, las regulaciones estatales, la ética de la asunción de riesgos financieros, o la moral del endeudamiento público y privado como algo necesario y limitarse a no hacer el mal, sino que es preciso asumir también en esa materia la dimensión esencial de la moral que es elegir hacer el bien (p. 257).
Para ello vuelve a recordar que existe una «bondad del dinero», pues las finanzas «poseen un inmenso potencial para contribuir al bien común y, así pues, a la realización de los seres humanos» (p. 263). Sin finanzas nos enfrentaríamos a una economía de mera subsistencia y a «sociedades en las que las mismas personas en riesgo de exclusión tendrían unas perspectivas aún peores de escapar de la pobreza» (p. 265); «tanto los individuos como las empresas tienen que poner sus capitales a trabajar. El papel desempeñado por las finanzas modernas a este respecto es indispensable» (p. 269).
El pasado 18 de noviembre de 2022 el Poder Judicial hacía pública la noticia de que el Tribunal Superior de Justicia de Navarra había tomado la decisión de plantear una cuestión de inconstitucionalidad sobre la norma que prohíbe suscribir conciertos educativos con los centros que adoptan sistemas de educación diferenciada por razón de sexo. Las reacciones de todo signo no se hicieron esperar. Los partidarios de la inconstitucionalidad de la medida celebraban la decisión como un triunfo de sus tesis, como si la duda del tribunal navarro comportara ya la confirmación de sus postulados, mientras que los defensores de las normas que excluyen de los conciertos a los centros que separan a sus alumnos en función del sexo, criticaban la postura del órgano judicial, como si no fuera legítimo, tan siquiera, albergar dudas al respecto.
La decisión del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Foral no pone al Tribunal Constitucional ante una tesitura nueva, sino que se viene a sumar a los recursos de inconstitucionalidad que los grupos parlamentarios Popular y Vox presentaron, entre otros preceptos, contra la redacción que la Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre (en adelante, LOMLOE) dio a la disposición adicional vigesimoquinta de la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, conforme a cuyo primer apartado “con el fin de favorecer la igualdad de derechos y oportunidades y fomentar la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, los centros sostenidos parcial o totalmente con fondos públicos desarrollarán el principio de coeducación en todas las etapas educativas, de conformidad con lo dispuesto por la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres, y no separarán al alumnado por su género”. Conviene recordar que el artículo 13.2 de la Ley 15/2022, de 12 de julio, integral para la igualdad de trato y la no discriminación, dispone que “en ningún caso, los centros educativos que excluyan del ingreso en los mismos, discriminándolos, a grupos o personas individuales por razón de alguna de las causas establecidas en esta ley, podrán acogerse a cualquier forma de financiación pública”. Este precepto también ha sido recurrido por el grupo parlamentario Vox ante el Tribunal Constitucional.
Hay temas jurídicos particularmente sensibles. La educación es uno de ellos. No es ninguna novedad afirmar que el artículo 27 de la Constitución de 1978 se fraguó sobre la base de un delicado e inestable acuerdo de mínimos
Hay temas jurídicos particularmente sensibles. La educación es uno de ellos. No es ninguna novedad afirmar que el artículo 27 de la Constitución Española de 1978 (en adelante, CE) se fraguó sobre la base de un delicado e inestable acuerdo de mínimos. Las controversias y polémicas que han rodeado a todas las leyes educativas que han desarrollado dicho precepto es una palpable manifestación de que reflejó un compromiso meramente coyuntural y que cada tendencia política velaba armas a la espera del necesario desarrollo legislativo.
El tema de la educación diferenciada no es uno de los más importantes en el contexto del modelo educativo. Son pocos los centros, en el conjunto del sistema, que adoptan este enfoque pedagógico. Hay otros temas, como el régimen jurídico de los centros concertados, los contenidos curriculares de la enseñanza básica y obligatoria, la lengua utilizada en las aulas, las competencias autonómicas o la enseñanza de la religión, que tienen una mayor trascendencia. Ahora bien, en el debate acerca de la educación diferenciada convergen algunas de las principales cuestiones que atañen a las libertades públicas educativas, por lo que conviene situar correctamente los términos de aquello que está en juego.
Es casi un lugar común decir que cuando se aborda el alcance del derecho a la educación y el contenido de la libertad de enseñanza los postulados ideológicos afloran inmediatamente. En concreto, en el tema de la educación diferenciada parece que es obligado posicionarse a favor o en contra. Una vez fijada esa posición de partida, la labor del especialista jurídico que se aproxima a esta cuestión, consistiría en buscar argumentos para descalificar la postura contraria y cargar de razones la propia. Por lo general, no es esta la función del jurista. Al menos, la del investigador que analiza la realidad y las normas con la finalidad de ofrecer juicios ponderados que permitan valorar adecuadamente las diferentes posiciones y maximizar los derechos fundamentales que proclama el ordenamiento jurídico.
Si nos situamos en el plano estrictamente técnico-jurídico, se podría afirmar que estamos ante un tema resuelto. En dos sentencias de 2018, la 31/2018, de 10 de abril, y la 74/2018, de 5 de julio, el Tribunal Constitucional hizo tres afirmaciones:
a) primera, que los centros con sistemas de educación diferenciada por razón de sexo no están prohibidos por la CE, siempre que cumplan una serie de requisitos que se sintetizan en la equivalencia de contenidos y medios;
b) segunda, que es constitucional que estos centros formen parte del sistema de conciertos educativos y reciban financiación pública;
c) tercera, la imposibilidad de excluir a estos centros del sistema de conciertos únicamente por razón de que adopten un sistema de educación diferenciada.
Bien es cierto que estos pronunciamientos del máximo intérprete de la CE estuvieron lejos de la unanimidad. Ambas sentencias contaron con votos particulares discrepantes que cuestionaban tanto la conclusión del tribunal como el iter argumentativo seguido. Alguno de esos votos, aceradamente crítico con la mayoría, rechazó de forma tajante la educación diferenciada, a la que califica como un modelo de segregación contrario tanto al derecho a la igualdad y a la no discriminación como al llamado ideario educativo constitucional que recoge el artículo 27.2 CE. Otros magistrados, menos contundentes en sus posturas de rechazo de este modelo pedagógico, se limitaron a discrepar de la posibilidad de que estos centros reciban fondos públicos, pero no cuestionaron su admisibilidad en nuestro sistema educativo.
No deja de sorprender que la LOMLOE orillara las tesis del Tribunal Constitucional, cuando entre estos pronunciamientos y la gestación de la ley había pasado un periodo de tiempo corto, sin que fuera posible alegar cambios sociales o jurídicos que justificaran la medida legislativa. Parece más bien que el legislador adoptó una contramedida por no estar de acuerdo con las conclusiones del garante de la constitucionalidad. En buena lógica, el Tribunal Constitucional debería ahora pronunciarse a favor de la inconstitucionalidad de la exclusión de los centros de educación diferenciada del sistema de conciertos. Pero es evidente que nada le impide cambiar de postura y a nadie se le escapa su situación de parálisis en temas controvertidos pendientes de fallo, ni el proceso de renovación en que se halla inmerso. Un reequilibrio de las tendencias de los magistrados podría favorecer un cambio de postura que matizara o corrigiera sus tesis de 2018. Los pronunciamientos de los tribunales no son inamovibles y la recíproca influencia entre el Derecho y la sociedad conlleva la permanente evolución del ordenamiento jurídico. Si esta afirmación es indiscutible, también lo es que el contenido esencial de los derechos fundamentales no debería quedar expuesto a los vaivenes de la política y a los equilibrios de las mayorías parlamentarias.
Lo cierto es que la postura del Tribunal Constitucional sobre la educación diferenciada ha sido objeto de fuertes críticas y varias voces han denunciado que se excedió en sus pronunciamientos hasta el punto de convertir en regla general lo que debería ser una excepción autorizada con estrechos márgenes. Algo así como una completa inversión de los términos: de ser la educación diferenciada algo excepcional sujeto a estrictos límites, se pasó a declarar la imposibilidad de excluir a estos centros del sistema de conciertos educativos.
Veamos cuáles son los temas pendientes y las fallas encontradas por la doctrina jurídica en la postura del Tribunal Constitucional:
1º. El Tribunal no se ha pronunciado sobre si la coeducación o educación mixta constituye una exigencia constitucional en el caso de la educación pública. No es imprescindible abordar directamente esta cuestión para responder la pregunta de si son constitucionales los centros privados que separan a los alumnos en función del sexo, pero no faltan voces que reclaman un posicionamiento sobre este tema del intérprete de la Constitución para erradicar toda duda al respecto.
2º. Existen contradicciones respecto al fundamento jurídico de la educación diferenciada. Se achaca al Tribunal Constitucional que en la sentencia 31/2018 situó este tema en el artículo 27.6 CE, la libertad de creación de centros por los sujetos de Derecho privado, mientras que en la 74/2018 lo fundamentó en el artículo 27.3 CE, el derecho de los padres a escoger la educación religiosa y moral que habrá de darse a sus hijos. Hay que tener en cuenta que la primera de las sentencias resuelve un recurso de inconstitucionalidad que cuestionaba la conformidad con la CE de la educación diferenciada, mientras que la segunda resuelve un recurso de amparo en el que se alegaba la vulneración del derecho de los padres a escoger el tipo de educación que estimen conveniente para sus hijos. A nuestro modo de ver, cuando un sujeto de Derecho privado pone en marcha la creación de un centro educativo cuyo modelo pedagógico implica separar a los alumnos en las clases en función del sexo, está ejerciendo el derecho del artículo 27.6 CE. En cambio, cuando los padres eligen un centro de estas características para sus hijos se sitúan en el marco del artículo 27.3 CE y otros conexos como el 16.1, que proclama la libertad ideológica y religiosa. Habrá que ver en cada caso cuáles son los límites que se aplican a los derechos en juego, pero no parece que en este punto el Tribunal Constitucional haya incurrido en incongruencias que resten valor a sus argumentos.
3º. Se ha criticado al Tribunal Constitucional cambiar la interpretación del artículo 27.9 CE, que recoge un derecho de configuración legal sin que quepa afirmar que los centros privados tengan reconocido un derecho al concierto, dado que el sistema de conciertos como tal no está ni tan siquiera previsto en la CE. Nos parece claro que el legislador tiene un margen de actuación para configurar el sistema de ayudas públicas a centros docentes privados y que no es correcto que el Tribunal Constitucional cercene esa competencia del poder legislativo configurando un determinado desarrollo de la Carta Magna como el único posible. Dicho esto, también está claro que la libertad del legislador a la hora de diseñar los requisitos que han de reunir los centros educativos para acceder a la financiación púbica no es absoluta, en el sentido de que debe respetar los derechos constitucionales. Si se excluye un determinado tipo de centros del régimen de conciertos, habrá que dar razones jurídicas sólidas para no causar discriminaciones en el ejercicio del derecho reconocido por el artículo 27.6 CE y no restringir de forma ilegítima el derecho que el artículo 27.3 CE otorga a los padres.
No creemos que el argumento del género sea determinante, pues existe libertad de elección de centro educativo y a nadie se le obliga a matricularse en un centro con un sistema de educación diferenciada
4º. Se cuestiona la educación diferenciada desde la perspectiva de la prohibición de discriminación por razón de género e identidad sexual, porque dejaría fuera a los menores que no se identifican con ninguno de los géneros binarios tradicionales (masculino/femenino). Todo centro docente privado, sea o no concertado, ha de hacer público su ideario y su modelo pedagógico con el fin de que los potenciales alumnos (y sus padres cuando actúan en ejercicio de la patria potestad) conozcan lo que se van a encontrar. No existe un derecho fundamental a matricularse en un concreto centro. El sistema educativo ofrece opciones suficientes a las personas para que puedan escolarizarse según sus orientaciones, características personales y creencias. No creemos que el argumento del género sea determinante, pues existe libertad de elección de centro educativo y a nadie se le obliga a matricularse en un centro con un sistema de educación diferenciada.
5º. También se ha achacado al Tribunal Constitucional que al sostener la imposibilidad de excluir a los centros con modelos de educación diferenciada del sistema de conciertos ha restringido las competencias que corresponden a las Comunidades Autónomas para configurar el modelo de conciertos en su respectivo ámbito territorial. No es sencillo el debate sobre la descentralización del sistema educativo y es sabido que muchas voces reclaman la necesidad de una mayor unificación del modelo en todo el territorio nacional. Al margen de este debate que desborda con creces el tema que nos ocupa, no cabe olvidar el alcance del artículo 149.1.1 CE, que atribuye al Estado la competencia para regular las condiciones básicas que garanticen la igualdad de todos los españoles en el ejercicio de los derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales.
A partir de estos temas pendientes o controvertidos, que vendrían a mostrar las debilidades, incoherencias o excesos en los que habría incurrido a juicio de algunos el Tribunal Constitucional en 2018 y que serían las cuestiones pendientes que justificarían reabrir el tema, vamos a intentar ofrecer al lector las coordenadas jurídicas en las que, a nuestro juicio, se tendría que desarrollar el debate jurídico.
Primera: el análisis ponderado y respetuoso de opciones promovidas por la iniciativa social y elegidas por algunos padres para sus hijos. La norma no debe caer en eufemismos, pero ha de ser un ejemplo de corrección, mesura y respeto. No parece correcto calificar a los centros que separan a los niños en función del sexo como modelos de educación segregada. Supone asignarles una etiqueta peyorativa y acusar a sus titulares, profesores y a los padres que los eligen de introducir a los menores en un entorno de segregación y discriminación. Cosas demasiado serias como para afirmarlas sin pruebas objetivas que así lo acrediten de forma fehaciente.
Segunda: se ha de tener en cuenta que cada apartado del artículo 27 CE no constituye un compartimento estanco, sino que todo el precepto ha de ser interpretado en su conjunto, de forma que las conclusiones que se alcancen respecto a cada uno de sus puntos han de tener en cuenta el significado del resto. Igualmente, la regulación del derecho a la educación no es un islote en medio de la Carta Magna y su aplicación ha de tomar en consideración otros preceptos constitucionales y el contenido de los tratados internacionales de derechos humanos suscritos por nuestro país.
Tercera: se ha de analizar la constitucionalidad de las medidas legislativas que afectan a la educación diferenciada desde la perspectiva de los derechos de los sujetos afectados por ellas. Esto permitirá valorar todos los derechos que concurren en el tema y no hacer un análisis sesgado que margine o no pondere debidamente intereses legítimos protegidos por el ordenamiento jurídico. Frente a las opiniones políticas e ideológicas respecto a un determinado modelo pedagógico, se alzan los derechos de los particulares, de los padres y de los propios menores. Se ha reflexionado poco sobre el interés superior del menor en este ámbito y su propio criterio.
Cuando una persona -un padre, el propio alumno- elige un centro de educación diferenciada está ejerciendo el derecho a la educación y los derechos a él conexos, como la libertad religiosa. Restringir esa opción sobre la base de presunciones o de normas de programación final, por muy legítimas y loables que sean, no parece justificado. La LOMLOE justifica la medida objeto de controversia con el “fin de favorecer la igualdad de derechos y oportunidades y fomentar la igualdad efectiva entre hombres y mujeres”. Esta finalidad no admite discusión, pero necesariamente cabe preguntarse si los medios utilizados son legítimos, proporcionados, necesarios y están justificados.
¿Es la educación mixta condición necesaria para que se dé una educación inclusiva y para fomentar la igualdad efectiva entre hombres y mujeres?
Desde luego, la educación mixta no es de por sí condición suficiente para lograr esos fines, como ponen de manifiesto los datos de segregación, discriminación, acoso o violencia presentes entre la población más joven. Hay que poner en marcha otras muchas medidas e iniciativas. La pregunta clave es: ¿es la educación mixta condición necesaria para que se dé una educación inclusiva y para fomentar la igualdad efectiva entre hombres y mujeres? La respuesta a esta pregunta debe aportar datos fehacientes y no meras opiniones por muy bien argumentadas que estén. ¿Son peores ciudadanos aquellos que se forman en clases diferenciadas por razón de sexo? ¿Tienen valores y actitudes contrarios a la igualdad y al derecho a la no discriminación? ¿Se ha analizado la información que se transmite a este respecto en las aulas de esos centros?
Las restricciones generales y apriorísticas de derechos fundamentales sobre la base de conjeturas y opiniones casan mal con nuestro modelo constitucional. Por lo demás, no se puede olvidar que la formación de los ciudadanos no se desarrolla exclusivamente en la escuela. Influyen en ella, entre otros factores importantes, las familias, el entorno social, los medios de comunicación, los grupos ideológicos o las confesiones religiosas. El ejercicio de los derechos fundamentales no debería depender de la capacidad económica de las familias. Tampoco debería ceder ante posiciones paternalistas del Estado que limitan la autonomía de sus titulares, el libre desarrollo de su personalidad y su capacidad para tomar las decisiones que les afectan.
La LOMLOE ha introducido reformas de calado en nuestro modelo educativo. Algunas relativas a los centros concertados suponen un cambio de tendencia sin precedentes y entran en el núcleo duro de los derechos que proclaman los artículos 27.3 y 27.6 CE. Puede ocurrir que la educación diferenciada sea un tema polémico que atrae la atención de los focos, mientras que otros de mayor trascendencia pasan desapercibidos. En todo caso, sería deseable que el Tribunal Constitucional aproveche la ocasión que se le ha brindado, sea cual sea su pronunciamiento final, para perfilar mejor el alcance del derecho de los padres a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos y las obligaciones positivas de los poderes públicos al respecto para evitar que tendencias ideológicas, del signo que sean, instrumentalicen el sistema educativo a favor de intereses políticos en detrimento de libertades públicas reconocidas en la CE y en los textos internacionales de derechos humanos.
Hace unos años, el formalismo desdeñaba los estudios biográficos, argumentando que la vida de un autor no aportaba nada a la comprensión de una obra. Hoy en día, casi nadie se atreve a formular una teoría semejante. La obra goza de autonomía, pero sus raíces se hunden en la peripecia vital de su creador. Después de leer la biografía de Joseph Frank Dostoievski. El escritor en su tiempo, resulta imposible afirmar lo contrario. Publicada inicialmente en cinco tomos, Frank ha realizado un ejercicio de síntesis para reunir su trabajo en un solo volumen. En el prefacio, nos aclara que Dostoievski poseía una «imaginación escatológica» (p. 19), es decir, la capacidad de dramatizar las ideas. Sus personajes podían enzarzarse en grandes disputas teóricas sin convertirse en figuras huecas o retóricas. Su talento para lograr ese efecto procedía de su tendencia innata a «sentir el pensamiento».
Joseph Frank nos revela aspectos esenciales de la niñez y la juventud de Dostoievski. Su padre, Mijaíl Andréievich, médico del hospital para pobres de Mariinski en Moscú, no era un hombre tan violento como se ha creído. Autoritario, melancólico y emocionalmente inestable, se mostraba muy exigente con sus hijos en los estudios y en cuestiones como la dignidad y el decoro, pero jamás empleó los castigos físicos. De hecho, hizo un esfuerzo económico para que estudiaran en colegios privados, donde no se golpeaba a los alumnos, algo que sí sucedía en los centros públicos. La madre, María Fiódorovna, era una mujer bondadosa y sensible que distribuía grano entre los campesinos pobres para que pudieran sembrarlo al inicio de la primavera. Todo indica que el escritor heredó de ella la simpatía hacia los parias y los desposeídos. Frank destaca que Dostoievski es el único escritor ruso de la primera parte del siglo XIX que no procedía de la alta aristocracia terrateniente, como sí era el caso de Puskhin, Tolstói, Gógol, Herzen o Turguénev.
De temperamento quijotesco, solía defender a los más débiles y a veces se mostraba desafiante con los maestros, si no estaba de acuerdo con sus ideas
Nacido en Moscú el 11 de noviembre de 1821, sus padres solo poseían una pequeña finca a unas diez verstas de la ciudad llamada Daravoe. El futuro escritor creció en un hogar caracterizado por el orden, la tranquilidad y la rutina, y no en un clima de caos y crispación, como han apuntado otros biógrafos. Durante sus estancias de Daravoe, el pequeño Fiódor mantuvo una estrecha relación con los campesinos. Su paso por la escuela fue menos apacible. De temperamento quijotesco, solía defender a los más débiles y a veces se mostraba desafiante con los maestros, si no estaba de acuerdo con sus ideas. La muerte temprana de la madre a causa de la tuberculosis fue un durísimo golpe para toda la familia. El padre se hundió en la tristeza y se volvió aún más sombrío y taciturno.
Frank subraya la importancia de la religión en la infancia del escritor. Moscú era la ciudad de las iglesias y las campanas. Parecía imposible vivir en el mundo, ignorando a Dios. Sin embargo, la fe no evitaba que imperaran la violencia y la brutalidad en las relaciones sociales. En una estación de correos, Dostoievski presenció cómo un mensajero del gobierno golpeaba en la nuca al conductor de su carruaje. El agredido no respondió, pero descargó su frustración en el caballo, azotándolo con todas sus fuerzas. «Esta imagen enfermiza permaneció en mi memoria toda la vida», escribiría años más tarde. En 1837, Fiódor ingresó con su hermano Mijaíl en la Academia Militar de Ingenieros de San Petersburgo. Ninguno de los dos poseía vocación castrense, pero su padre consideró que era el mejor camino para ascender socialmente. Los hermanos cumplieron con sus obligaciones académicas, pero los dos soñaban con la literatura. En 1839, el padre muere repentinamente. Corre el rumor de que los campesinos de Daravoe lo han asesinado. Frank cuestiona esa hipótesis, alegando que dos médicos examinan el cadáver y concluyen que la defunción se ha debido a una apoplejía. También desmiente que el joven Fiódor haya deseado la muerte de su progenitor.
La lectura de Balzac le convenció de que Europa había caído en el materialismo más grosero y corría el riesgo de ser destruida por la lucha de clases
Dostoievski odiaba la institución de la servidumbre, que mantenía a los campesinos en un estado de esclavitud, y eso le hizo acercarse a los círculos de intelectuales liberales que abogaban por la reforma y la modernización de Rusia. La lectura de Balzac le convenció de que Europa había caído en el materialismo más grosero y corría el riesgo de ser destruida por la lucha de clases. En 1844, tradujo Eugenia Grandet y un año después dejó el ejército. Influido por Gógol, debuta como novelista en 1845 con Pobres gentes, pero no se limita a copiar a su modelo. A diferencia del autor de El capote —según Frank— «un maestro titiritero»—, se interna en el alma de sus personajes, intentando acceder a los estratos más profundos de su conciencia. Nunca es explícito ni omnisciente, sino una voz más. En el interior de sus criaturas se atisba «la tensión entre lo tácito y lo hablado» (p. 116). Gógol contempla a sus personajes desde arriba, con una condescendencia que le distancia de ellos. En cambio, Dostoievski observa y recrea el mundo desde abajo, identificándose con el dolor de sus criaturas. «La risa es lo más importante para Gógol —observa Frank—, mientras que para Dostoievski son las lágrimas lo que predomina» (p. 122).
Pobres gentes es acogida por la crítica con entusiasmo. El prestigioso crítico Visarión Belinski celebra la obra y los círculos literarios y los salones aristocráticos acogen a Dostoievski, exaltando su talento, pero su timidez, inseguridad y petulancia le granjean muy pronto antipatías y burlas.
En esas fechas, comienza a sufrir cuadros de agitación y desmayos. Los médicos no tienen claro si se trata de pequeñas apoplejías o epilepsia. Dostoievski admite que su temperamento no es fácil. «Tengo un carácter tan horrible, tan repulsivo… —confiesa en una carta a su hermano Mijaíl—. Atribuyo esta falta de equilibrio a la enfermedad». Las siguientes novelas —El doble (1846), Noches blancas (1848) y Niétochka Nezvánova (1849)— no obtienen el éxito esperado. Belinski considera que su talento se ha agotado, pero se equivoca. Dostoievski aún no ha adquirido la madurez literaria que le permitiría escribir obras maestras, pero ya es un narrador de gran talento. Noches blancas es una novela poética, emotiva y con un humanísimo clima de ensoñación y ternura. En palabras de Frank, «se distingue del universo tragicómico y satírico de sus primeras creaciones por la hermosa ligereza y delicadeza de su tono, su atmósfera de emotividad primaveral adolescente y la gracia e ingenio de sus parodias bondadosas» (p. 153).
Frank aclara que Dostoievski nunca fue un revolucionario, pero la indignación que le producían los abusos contra los más débiles a veces le hacían hervir de cólera y hablar como un agitador
Descontento con la situación de los campesinos y los sectores más pobres de las grandes urbes, Dostoievski frecuenta los círculos de Betekov y Petrashevski, donde se habla de literatura y socialismo. Algunos de sus integrantes fantasean con la revolución, pero la mayoría se muestra partidario de las reformas. Al principio, el gobierno vigila las reuniones, pero sin tomar medidas. Dostoievski ya opina que la misión de Rusia es propagar una nueva cultura basada en Cristo como garantía de libertad moral y espiritual. Frente a los defensores del socialismo, reivindica las instituciones milenarias del pueblo ruso: la propiedad comunal, la responsabilidad mutua y la distribución solidaria de los bienes. Los falansterios de Fourier le parecen «más terribles y repugnantes que cualquier prisión». Frank aclara que Dostoievski nunca fue un revolucionario, pero la indignación que le producían los abusos contra los más débiles a veces le hacían hervir de cólera y hablar como un agitador. La tolerancia del zar desaparecerá a raíz de las revoluciones románticas que provocan la caída de tronos en toda Europa. Decidido a borrar cualquier manifestación de descontento o rebeldía, Nicolás I adoptó una serie de medidas contra el pensamiento libre que paralizaron a la cultura rusa. Se llegó a prohibir la enseñanza de la filosofía y el conde Buturlin llegó a comentar: «Si el Evangelio no estuviera tan extendido como lo estaba, sería necesario prohibirlo a causa del espíritu democrático que disemina».
Los contertulios del Círculo Petrashevski fueron detenidos y enviados a la fortaleza de San Pedro y San Pablo. Interrogado, Dostoievski se comporta con dignidad y no delata a nadie. El zar, que ha decidido dar un escarmiento ejemplar, ordena que los detenidos sufran un simulacro de fusilamiento y sean enviados a Siberia. Dostoievski será condenado a cuatro años de trabajos forzados y un tiempo indefinido en un batallón de castigo. El escritor, poco antes de enfrentarse al pelotón, susurra a Speshnev, uno de los conspiradores con ideas más radicales, unas palabras de El último día de un condenado de Victor Hugo: «Estaremos con Cristo». El aludido contesta despectivo: «Una mota de polvo». Un correo del zar interrumpe la ejecución, comunicando a los condenados que su pena ha sido conmutada por prisión en Siberia. Antes de partir, Dostoievski escribe a su hermano Mijaíl: «No te aflijas por mí. No he perdido la esperanza».
Los años de cautiverio serán penosos y desalentadores. No podrá escribir, no conocerá ni un momento de intimidad, será hostigado por los presos comunes, que lo considera un enemigo de clase. En una estación de tren, una niña de diez años se acerca a él y le entrega una limosna, conmovida por su aspecto de miseria. «Por amor de Cristo», le dice con timidez. Dostoievski afirmará más adelante que aquella experiencia cambió su corazón y su mirada. En la estepa helada, conocerá la fusión fraternal con el pueblo. Durante la Pascua, comprobará que los presos reciben la eucaristía con la misma piedad con que el buen ladrón se dirigió a Cristo. Se conmueve con su devoción, pero al mismo tiempo sabe que esos presos pueden ser brutales y despiadados. Su optimismo rousseauniano, apunta Frank, no puede sostenerse solo con la razón. De ahí que abrace una fe capaz de convivir con lo irracional y paradójico. «Si alguien me demostrase que Cristo está fuera de la verdad, y que, en realidad, la verdad está fuera de Cristo —admitirá en su correspondencia privada—, entonces preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad». Durante sus años en Siberia, los médicos le comunican que sus desmayos y convulsiones están causados por la epilepsia, una enfermedad que lo acompañará el resto de su vida.
Liberado en 1854, Dostoievski pasó cinco años en el séptimo batallón, acuartelado en la fortaleza de Semipalátinsk en Kazajistán. Allí conoció a María Dmítrievna Isáyeva, infelizmente casada con un hombre caótico y perezoso. En 1857, el esposo murió y el escritor pudo casarse con ella. Ese mismo año, el zar Alejandro II decretó una amnistía y Dostoievski recuperó la libertad y el permiso para volver a publicar, pero no pudo regresar a San Petersburgo hasta 1859. Las dos novelas que escribió en Siberia, El sueño del tío y Stepánchikovo y sus habitantes, despertaron escaso entusiasmo, pero —como sostiene Frank— en ellas se aprecia un giro hacia «un cristianismo más tradicional de culpabilidad moral universal y responsabilidad por el mal y el pecado» (p. 336). Al mismo tiempo, se enfatiza que solo el perdón y el amor al prójimo pueden salvar al hombre de su indigencia moral y ontológica.
Al poco de retornar a San Petersburgo, Dostoievski funda con su hermano Mijaíl la revista Vremya («Tiempo»), donde apareció Humillados y ofendidos. En las páginas de la revista, Dostoievski examina la obra de Poe, destacando «el vigor de la imaginación», que nace de su talento para «el detalle específico». Al mismo tiempo, exalta la obra E.T.A Hoffmann con su ideal de belleza y pureza de carácter trascendente. Frank subraya que las mejores creaciones de Dostoievski tras su regreso de Siberia combinan la «vivacidad y verosimilitud» de Poe con el sentido de «lo sobrenatural y trascendente» de Hoffmann. Esa fórmula se aplica sobre el supuesto de que la satisfacción total con el mundo implica la muerte del espíritu y la decadencia moral.
«Humillados y ofendidos» no es su mejor novela, pero introduce una importante novedad en su interpretación de la sociedad y la historia: el egoísmo y el orgullo, y no las formas políticas, son la principal causa de que la compasión y el amor no regulen las relaciones humanas
La estética de la trascendencia de Dostoievski no excluye el anhelo de mayor justicia para el campesino ruso. Humillados y ofendidos (1861) no es su mejor novela, pero introduce una importante novedad en su interpretación de la sociedad y la historia: el egoísmo y el orgullo, y no las formas políticas, son la principal causa de que la compasión y el amor no regulen las relaciones humanas. Es la misma tesis que impera en Memorias de la casa muerta (1862), que recrea las penalidades sufridas por el escritor en Kátorga, el sistema penal de la Rusia imperial.
Durante los dos años siguientes, Dostoievski viaja por Europa, visitando Berlín, París, Londres, Ginebra, Turín, Viena y Florencia. Se embarca en una aventura extraconyugal con Apolinaria Suslova, una estudiante que juega con sus sentimientos y acaba abandonándolo. También desarrolla una afición desmedida a la ruleta. Pierde mucho dinero y no le queda otra alternativa que volver a Moscú. Allí descubre que Tiempo ha sido prohibida por publicar un artículo sobre el levantamiento de enero, una protesta espontánea de los jóvenes polacos contra el reclutamiento forzoso para el Ejército Imperial Ruso. Dostoievski no se resiste a interrumpir su actividad periodística. En 1864, logra los permisos para editar Epoja («Época»), una nueva revista que dirige con su hermano Mijaíl. En ella, publicará por entregas Apuntes del subsuelo, una refutación del egoísmo racional del filósofo y socialista utópico Nikolái Chernyshevski. El monólogo interior de su protagonista, un funcionario inestable y frustrado, evidencia que el hombre es igualmente propenso al bien que al mal. De hecho, sufre una poderosa atracción hacia lo irracional, caprichoso y destructivo. Esa «inquietante verdad», señala Frank, explica que la novela haya influido notablemente en autores como Kafka, Joyce, Proust o Sartre. Nietzsche leyó la obra con entusiasmo, anotando que constituía un genial alarde de penetración psicológica, quizás sin advertir que la intención de Dostoievski era combatir —como dice Joseph Frank- «las ideologías occidentales, librescas, extranjeras y artificiales, y volver al “suelo ruso”», con su ideal cristiano de amor, humildad y sencillez (p. 525).
Las muertes de su esposa María y su hermano, que acontecen con poco tiempo de diferencia, quebrantan el ánimo de Dostoievski, que asume las cuantiosas deudas de Mijaíl y el cuidado de su viuda y sus cuatro hijos. Tras cerrar Época por problemas financieros, se marcha al extranjero. De nuevo pierde dinero en los casinos y se reencuentra con Apolinaria Suslova, que rechaza su propuesta de matrimonio. En 1865 regresa a San Petersburgo y empieza a trabajar en Crimen y castigo, que publica por entregas en la revista El Mensajero Ruso. Joseph Frank nos cuenta que Dostoievski preparó con enorme cuidado la novela, lo cual desmiente su fama de escritor desordenado y negligente. Crimen y castigo es un prodigio de «construcción y sofisticación artística». Desde el punto de vista técnico, el mayor mérito de la obra el estrecho vínculo entre el narrador omnisciente y el punto de vista del protagonista. De este modo, escribe Frank, «conserva la libertad de omnisciencia para dramatizar el proceso de autodescubrimiento de Raskólnikov, para revelar al personaje gradualmente, para comentarlo desde fuera cuando esto se hace necesario, y para abandonarlo por completo cuando la trama se amplía» (p. 572). Crimen y castigo redunda en la perspectiva que caracteriza a las grandes novelas de Dostoievski: Europa occidental ha propagado una especie de peste que consiste en la autodeificación del hombre y el desprecio de Dios. Rusia debe oponerse a esa epidemia, ofreciendo como alternativa sus tradiciones culturales y su profunda religiosidad. Dostoievski no habla en términos raciales, sino espirituales. Su nacionalismo no posee ningún componente étnico.
Agobiado por las deudas, Fiódor firmó un contrato con el editor Stellosvki, comprometiéndose a entregar una novela al año a cambio de tres mil rublos. El contrato establecía que si incumplía los plazos los derechos de todas sus obras pasarían a manos del editor. Aunque la opción de dictar no le atraía, Dostoievski contrató a la joven taquígrafa Anna Grigórievna Snítkina y finalizó en veintiséis días su novela El jugador, lo cual le permitió cumplir con los plazos fijados. Anna Grigórievna, una mujer generosa, equilibrada y sensata, se convertiría en su segunda esposa, proporcionándole estabilidad y equilibrio. En El jugador, «una pequeña obra brillante» que funciona como «una comedia social satírica» (p. 626), se pone de manifiesto la característica esencial del ludópata: cree que puede alcanzar un autocontrol total, pero en realidad solo es esclavo de una compulsión.
A pesar de que Anna impone sensatez y prudencia en la administración del dinero, las deudas continúan creciendo y el matrimonio decide abandonar Rusia para escapar de los acreedores. El 12 de agosto de 1867 visitan el museo de Basilea. Al contemplar el Cristo muerto de Holbein, pintado en 1521, Dostoievski casi sufre un ataque epiléptico. La imagen del cadáver con la boca abierta, la tez amarillenta y el estómago hundido, le hace exclamar: «Este cuadro puede destruir la fe de cualquiera». En Ginebra empieza a preparar El idiota y en 1868 nace su primera hija, Sonia, que muere a los tres meses. Devastado, el matrimonio abandona Ginebra y viaja por Milán, Florencia, Bolonia y Venecia. En 1869, nace su segunda hija, Liubov. Ese mismo año, El Mensajero Ruso termina la publicación por entregas de El idiota. Protagonizada por el príncipe Mishkin, muestra las consecuencias de seguir fielmente el ideario del Evangelio. Frank afirma que la de conducta Mishkin, exenta de cualquier forma de malicia, egoísmo o vanidad, resulta tan escandalosa para sus contemporáneos como la de Cristo a ojos de los fariseos.
El mayor mérito de «Los demonios» reside en que muestra que los crímenes cometidos por razones ideológicas son particularmente repulsivos, pues no obedecen a un arrebato, sino a un cálculo frío y racional
El 8 de julio de 1871, Dostoievski y su familia regresan a Rusia tras cuatro años de ausencia. A los ocho días de su llegada, nace Fiódor y, de inmediato, aparecen los acreedores, exigiendo el pago de las deudas. El escritor puede darles algo de dinero gracias a la publicación por entregas de Los demonios, un ajuste de cuentas con su pasado como conspirador. Basada en un hecho real, narra el intento del joven y seductor Stavrogin de subvertir la moral, mostrando que el bien y el mal solo son prejuicios. Para lograrlo, viola y asesina a una niña de once años, pero no puede soportar los remordimientos y acaba suicidándose. Entre sus crímenes, hay que incluir los malos tratos infligidos a su mujer enferma, que encarna las virtudes del pueblo ruso. Joseph Frank señala que el mayor mérito de esta obra reside en que muestra que los crímenes cometidos por razones ideológicas son particularmente repulsivos, pues no obedecen a un arrebato, sino a un cálculo frío y racional.
En 1872, Dostoievski asume la dirección del seminario El ciudadano y publica la versión completa de Los demonios en una pequeña editorial creada con sus propios recursos. La novela consigue un éxito arrollador. Reedita varias de sus obras anteriores y comienza a publicar la revista Diario de un escritor, donde es el único redactor y en la que escribe relatos cortos, artículos políticos y crítica literaria. En sus páginas, elogia a Alejandro II, que en 1881 abolirá la servidumbre, y vuelve a atribuir a Rusia la misión de salvar a Europa de su decadencia. Nace su cuarto hijo, Alekséi, que morirá prematuramente, y se establece en San Petersburgo.
Entre 1879 y 1880, El Mensajero Ruso publica Los hermanos Karamázov. Concebida como una obra en dos tomos, solo aparecerá el primero, pues Dostoievski muere a los pocos meses. La novela es elogiada incluso por los críticos que habían cuestionado su talento. Según Frank, el tema central de la obra no es el parricidio, sino el libre albedrío. En el libro quinto, que contiene la fábula del Gran Inquisidor, donde Jesús es acusado de conceder a la hombre una libertad que pone en peligro el milagro, el misterio y la autoridad. Dostoievski no se pronuncia en contra de la libertad, advierte Frank, pero sabe que es un arma de doble filo. A algunos los conduce a la humildad y al completo dominio de sí mismos, y a otros al orgullo satánico y el crimen. El Gran Inquisidor simboliza la Iglesia Católica, aborrecida por Dostoievski, que la acusaba de perseguir el poder y descuidar el Evangelio.
En sus últimos años, el escritor deposita todas sus esperanzas en Dios y en el zar. Cuando participa en la inauguración del monumento a Puskhin en Moscú, habla de la misión civilizadora de Rusia en Asia central, expresando tesis imperialistas. El 9 de febrero de 1881 una hemorragia pulmonar acaba con su vida. Su entierro en el cementerio de Tijvin, situado en el interior del monasterio Alexander Nevski de San Petersburgo, fue un acto multitudinario. Para muchos, el escritor se había convertido en un profeta y un líder espiritual. En su sepulcro se inscribió un versículo de San Juan: «En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere produce mucho fruto».

Dostoievski. El escritor en su tiempo es una biografía de extraordinario rigor histórico y literario. No se limita a enunciar hechos y obras, sino que busca la conexión entre la vida, el contexto histórico y la escritura, analizando la evolución estética y espiritual del escritor. Joseph Frank no incurre en la hagiografía. Muestra a Dostoievski tal como es, pero no se complace en lo truculento y escandaloso. Cuestiona algunas interpretaciones sin incurrir en desvaríos hermenéuticos. Su minucioso trabajo elude el mito y el escarnio, componiendo un retrato equilibrado y preciso.
A pesar de su tradicionalismo, Dostoievski no fue un reaccionario, pues nunca perdió la sensibilidad social y su amor a la libertad. Sus novelas son un canto a la fraternidad y la esperanza. Algunos las leen por sus dotes introspectivas y sus innovaciones técnicas, pero su sentido último es la salvación del hombre por medio de la fe y la solidaridad con sus semejantes. El príncipe Mishkin fracasó, pero Dostoievski, imbuido en la misma locura, nos dejó una obra que puede ser un faro para los que no se resignan a convivir con la desesperanza y el fatalismo.
El libro comienza con una declaración de principios: si bien hay aspectos de ese Concilio que siguen siendo controvertidos, un rápido vistazo a todos los concilios de la Iglesia nos puede convencer de que esto no es una novedad. En cónclaves anteriores, grandes santos como el papa León I el Magno, o el heroico arzobispo de Milán, san Carlos Borromeo, sufrieron persecución y agravios por defender las reformas conciliares. Otros, como san Gregorio Nacianceno, llegaron a afirmar que «se debe evitar toda asamblea de obispos, ya que nunca he experimentado un final feliz de ningún concilio de este tipo» (p. 11). Pocas reuniones eclesiales han sido plácidas, y un breve repaso histórico basta para convencerse de que todos los concilios eclesiásticos han tenido que lidiar con disputas difíciles, a veces de siglos. El Vaticano II no es una excepción a esta regla.

En este sentido, la obra de Weigel es apologética, pues pretende sacar a relucir los aspectos fundamentales del Vaticano II y mostrar la influencia positiva que ejerce todavía en la Iglesia. El libro se divide en dos grandes partes: la justificación histórica y la exposición somera de los grandes documentos conciliares. La primera parte traza una profunda explicación de los orígenes del Concilio, con un análisis histórico sobre la crisis de la modernidad y el auge del humanismo ateo. La tesis del autor es clara: tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, la Cristiandad había llegado definitivamente a su fin y se hacía necesario repensar la misión de la Iglesia en el mundo (p. 33). El catolicismo, y el cristianismo en general, habían perdido el favor de intelectuales y masas obreras por igual. Citando a Ratzinger, Weigel señala que Europa se había convertido en la cuna de un nuevo paganismo, por lo que el Vaticano II respondía a una necesidad acuciante: volver a evangelizar y santificar el mundo. Newman, el otro titán teológico que sirve como guía para explicar el Concilio, había apuntado ya en el siglo XIX que los cónclaves anteriores habían luchado contra falsos dioses, supersticiones y herejías: pero el moderno era un mundo «encerrado en sí mismo, confiado en sus propios poderes para facilitar la felicidad personal y una sociedad justa» (p. 16). El objetivo de la Iglesia moderna era proclamar el Evangelio en medio de una crisis civilizacional que había perdido sus raíces culturales.
El Vaticano II subraya la idea esencial de que Cristo es el centro de la historia, del cosmos, y que el suyo es el humanismo auténtico
En este sentido, es importante entender cuál era la intención original del papa Juan XXIII. Por una parte, el pontífice señalaba el problema al que se enfrentaban: la modernidad había producido un gran progreso material, pero no se había ocasionado un avance correspondiente en la esfera moral (p. 98). El objetivo del Concilio era convertir a la Iglesia en un instrumento más efectivo de la santificación del mundo, plantear un humanismo verdadero, y encarnar una auténtica comunidad humana. Un detalle revelador fue que el papa invitó a los obispos participantes a encomendarse a los dos grandes santos que llevaban su nombre: Juan el Bautista y Juan el Evangelista. Ambos tuvieron en común el anuncio de Jesucristo como Salvador del mundo y la propagación de la Buena Nueva por todo el orbe. Y esas eran, precisamente, las dos notas distintivas del aggiornamento que pretendía el ahora santo Juan XXIII: insistir en la centralidad de Cristo y despertar la misión evangelizadora de la Iglesia en el mundo.
En la segunda parte, Weigel desgrana una a una las distintas encíclicas que componen el magisterio del Concilio. Para el autor, es importante mostrar que los dieciséis textos deben entenderse a la luz del magisterio posterior, que los papas Wojtyla y Ratzinger interpretaron y amplificaron con sabiduría. Estos dos pontífices llevaron a cabo la difícil misión de proclamar la verdad de Cristo en un mundo fragmentado, surcado por profundos cambios culturales y sociales, al tiempo que la Iglesia modificaba su propia relación con el mundo. Para Weigel, el Vaticano II supuso un aldabonazo en la conciencia de los católicos, que podría resumirse en la idea esencial de que Cristo es el centro de la historia, del cosmos, que el suyo es el humanismo auténtico, y que bajo su guía se pueden crear auténticas comunidades de libertad y solidaridad.
El objetivo del Concilio era convertir a la Iglesia en un instrumento más efectivo de la santificación del mundo, plantear un humanismo verdadero
El papa Benedicto XVI, uno de los intérpretes más autorizados para analizar el proceso conciliar, no ocultaba su «efecto inequívoco y positivo»: permitió la integración en el conjunto doctrinal de aspectos que estaban quedando aislados, como la primacía papal o la mariología; otorgó a la palabra bíblica todo su valor; hizo más accesible la liturgia; y dio un valiente paso hacia la unidad de todos los cristianos (p. 292). El Concilio sirvió así para cohesionar internamente a la Iglesia, pero también para darle un nuevo sentido de misión. Weigel confía ahora en que profundizar en los documentos del Concilio puede dar a la Iglesia un impulso apostólico necesario, aunque curiosamente pasa de puntillas por el magisterio del papa Francisco y los problemas actuales de la Iglesia. A pesar de que hubiera sido una buena oportunidad para presentar una panorámica del catolicismo actual, el libro ofrece una guía inigualable para entender el significado y la importancia del Concilio Vaticano II.