La voz de Rusia

Título: «La resurrección de Mozart».
Autor: Nina Berberova.
Editorial: Circe, Madrid 1990, 188 páginas.
Precio: 1.450 pesetas.


Algunos de los aspectos más positivos de la narrativa rusa tradicional aparecen encarnados, en síntesis, dentro de los tres cuentos que componen este volumen. El primero de los tres, y que lleva el mismo título que el conjunto, imagina a un misterioso músico -¿quizá el propio Mozart?- huyendo de París, en 1940, ante la amenaza de los bombardeos alemanes. El segundo, «La caña rebelde», es la historia de un amor iniciado en París, truncado en 1939 por la guerra y que varios años después, llegada la paz, se revela imposible y a la vez inextinguible, entre las brumas de Estocolmo y las puestas de sol en la laguna veneciana. El tercero, «Astachev en París», describe la vida de un cínico vividor que es capaz de traicionar a su madre y a una probre joven solitaria que se ha enamorado ingenuamente de él, a cambio de satisfacer su afán de lujo con otra mujer tan oportunista y carente de escrúpulos como Astachev.

Nina Berberova, nacida en 1901 en San Petersburgo, y a quien la revolución comunista obligó a marchar a Francia, y luego, a causa de la guerra, tuvo que trasladarse a Estados Unidos, ha conservado a lo largo de todo su exilio un alma profundamente rusa y a la vez una intensa imipregnación cultural de origen francés. Su obra, reciente mente descubierta en España, en fechas ya muy tardías, es un ejemplo de cómo, lejos de la patria, ciertos escritores rusos han sido más fieles a la tradición artística de la que proceden que muchos de los que permanecie ron en su tierra, debiendo ajustarse a las exigencias del régimen soviético. Aunque ambientadas total o parcialmente en Francia, estas tres narraciones no sólo tienen todas ellas protagonistas rusos exiliados, sino que la trama tiene en todos los casos, si bien en distinta proporción, esa mezcla de sentimentalismo, tristeza, nostalgia y fatalismo que son siempre el sello distintivo de la literatura del país de los zares, blancos o rojos.

Precisamente el mayor atractivo de las tres reside en el tono íntimo, recogido, con que se cuenta cada historia, como una confesión un poco triste, afectuosa, irónica y resignada, que la autora ofreciese a cada lector en particular. Con un estilo poético muy rico y matizado, va desarrollando lentamente, a modo de pudorosa confidencia, los distintos episodios que componen la acción. Son acontecimientos comunes, propios de la vida cotidiana, de personas sin especial relieve en sus virtudes o en sus defectos. Sin embargo, los rasgos psicológicos de los protagonistas, sus sentimientos o forma de actuar, se describen en términos muy expresivos, con palabras tan escuetas como significativas. Sin excesos verbales, los dramas íntimos del amor, del desarraigo, la impotencia de unos seres humanos siempre débiles e indefensos en el fondo, están convertidos con acierto, que se hace evidente desde la primera página, en auténtica materia creativa.

Personajes, situaciones, ambientes y motivaciones están tratados con un realismo que a través de las dotes imaginativas de la autora queda elevado a una dimensión nueva, más rica y profunda. Antes que imponer unos hechos y unas ideas de modo tajante y preciso, lo que desea Nina Berberova es ofrecer al lector una serie de sugerencias, motivos de reflexión, sobre la historia reciente de Europa, en el Este y en el Oeste, y sobre la inmutabilidad de la condición humana, en cualquier época, capaz tanto de soñar y amar como de cometer los actos más viles.