«Yo soy Sigrid Undset», de María Dolores Bosch

Se publica la primera biografía en español de la escritora noruega, Nobel de literatura en 1928, que indagó en el alma femenina a través de sus personajes de ficción

Sigrid Undset en su mesa de trabajo. CC Wikimedia Commons
Guadalupe Arbona Abascal

María Dolores Bosch. Doctora en Historia por la Universidad de Barcelona. Catedrática de Geografía e Historia de Bachillerato. Ha escrito, entre otras, las biografías de Ana Frank, Sophie Scholl y la poetisa rumana Ana Blandiana.

Sigrid Undset (1882-1949). Premio Nobel de Literatura (1928). En 1940 huyó de la Noruega ocupada por los nazis a EE. UU. Autora, entre otras novelas, de La saga de Vigdis, Ida Elizabeth, La zarza ardiente y Cristina, hija de Lavrans, sobre la vida de una mujer en la Escandinavia del siglo XII, que ha sido calificada como la «Iliada del norte».

Avance

La autora narra la vida de la premio Nobel Sigrid Undset, en primera persona, como si la propia novelista se dirigiera a los lectores, una apuesta arriesgada pero efectiva ya que viene a subrayar la conexión entre la circunstancia vital y la obra literaria. La primera fue especialmente azarosa: la muerte temprana de su padre, un matrimonio fracasado, la pérdida de dos hijos (uno de ellos en combate), el exilio durante la Segunda Guerra Mundial y la destrucción de su hogar. Dramas que Undset supo transformar en desarrollo interior y en una aguda comprensión de la realidad. La lectura de sagas nórdicas —fomentada por un padre arqueólogo— modeló su sensibilidad literaria desde niña. Y su interés por el arte la llevó a Roma, donde conoció al pintor Anders Svarstad, con quien se casó. A los siete años se divorciaron y ella se hizo cargo de los tres hijos que tuvieron en común y de otros tres que su marido tenía de una relación anterior.

Undset exploró intensamente la condición femenina en sus novelas, a través de personajes como Vigdis, Ida Elizabeth y sobre todo Cristina, hija de Lavrans (de la saga del mismo título, ambientada en la Escandinavia medieval). Le sirvió para plantear preguntas sobre el progreso, la libertad y el sentido de la vida. Denunció las atrocidades de la guerra y criticó ideologías como el darwinismo social. Ante la crisis de la cultura europea, su conversión al catolicismo supuso una respuesta racional y existencial, convencida de que sin raíces espirituales Europa perdería su vitalidad.

Durante la ocupación nazi de Noruega, se exilió a EE. UU., donde continuó su actividad intelectual y se relacionó con personalidades como Thomas Mann y Jacques Maritain. Al acabar la Segunda Guerra Mundial regresó a una Noruega devastada. Murió en 1949, dejando el testimonio de una vida intensa, comprometida con su tiempo y fiel a la verdad que buscó y amó.

ArtÍculo

Es de celebrar que se publique una biografía de Sigrid Undset. Los lectores de su obra más famosa, Cristina, hija de Lavrans,  lo agradecerán. Siempre es un placer explorar la vida de alguien que nos ha regalado un mundo, un territorio, una historia y unos personajes.

María Dolores Bosch, con experiencia en la escritura de biografías de mujeres, nos ofrece la de la tercera escritora que ganó el premio Nobel de Literatura. Para esta ha elegido una perspectiva narrativa singular: está escrita en primera persona, es decir, como si fuese la misma escritora noruega la que hablase a los lectores, de ahí el título Yo soy Sigrid Undset. Es una opción que se puede permitir al contar con dos textos autobiográficos de la noruega: Once años (1934), en la que de forma novelada Undset aprovecha para narrar su infancia hasta la muerte de su padre, fallecido cuando ella cumplió esa edad; y Retorno al futuro (1942), que cubre los años del exilio de su Noruega natal.

María Dolores Bosch. «Yo soy Sigrid Undset». Editorial Círculo Rojo, 2026

Además, la autora aprovecha muchos datos biográficos que aparecen en sus obras encarnados en personajes y peripecias novelescas. Durante mucho tiempo nos hemos sometido al imperativo de que la vida de un escritor no debe influir en la lectura de su obra y, en cierto modo es así, cada obra nos habla por sí misma, pero no es menos cierto —ya lo exploró magistralmente Tzvetan Todorov en su obra Los aventureros de lo absoluto que la vida y la literatura se buscan y se comunican.

Forjada en el sufrimiento

Entrando en la vida de Undset, lo que llama la atención desde el primer momento son las circunstancias nada fáciles que tuvo que afrontar: la muerte temprana del padre, el rechazo escolar, las dos guerras mundiales, el fracaso de su matrimonio, una conversión a contracorriente, la muerte de dos de sus hijos, el exilio, la destrucción de su hogar, etc.

Lejos de sufrir estos hechos con una actitud de lamento o de aceptación pasiva de lo que le tocó vivir, aprovechó cada una de las solicitaciones que traían consigo estas vicisitudes. De este modo, su trayectoria se convirtió no solo en un obligado movimiento exterior, dictado por los impactos y dolores que sufrió, sino también en un incansable movimiento interior. No está dicho, porque se puede viajar por el mundo entero, se pueden llorar pérdidas, se pueden recibir reveses sin que esos movimientos den pie a movimientos internos, es decir, aquellos que nacen en la conciencia que los afronta. Es justo el caso contrario el que se entrevé en la vida de Undset. Aunque sea casi escandaloso, y lo sería si no lo viésemos reflejado en una vida, se puede decir que cada una de estas circunstancias fue una ocasión del desarrollo de su aguda inteligencia sobre la realidad.

La primera etapa de esta vida en movimiento fue la infancia. Ya de esos años primeros, destaca la percepción que tuvo de la naturaleza. El paso de las estaciones que envuelven a la niña Undset se hacen parte de su experiencia de la felicidad y del deseo: «En primavera, las acequias recorrían los campos de cultivo y se expandía el olor de las pilas de estiércol, marrón dorado. Los niños corríamos a hundir nuestros pies en el  fango arcilloso, suave (…) ¡Qué felices éramos!»; «En las tardes de verano, los niños sentíamos, sin verlas, las nubes de fuego que llenaban el cielo (…) Cuando las nubes se decoloraban y vagaban, grises y desteñidas en el aire de oro pálido, transparente, los juegos retomaban un nuevo ardor»; «En las frías tardes de otoño, el olor de los campos de nabos y coles llenaba el aire de acidez cuando los niños nos deslizábamos por la sombra para robar nabos»; «En invierno, la nieve azulaba débilmente en las montañas sombrías (…) una vaga impresión, mezclada de un impreciso deseo, nos subía por el corazón» (pp. 18 y 19). Primavera, verano, otoño e invierno. La niña se siente arropada por las estaciones, cada una le da ocasión para una emoción y esa atención a los cambios de la naturaleza se convertirá después en compañía para preguntarse por el sentido del vivir.

La Navidad con sus oficios, canciones, luces son descritos con ternura, pero también con sus límites porque «…en aquel lejano entonces, jamás dudé de que Jesús era Dios; pero era un Dios como lo eran Zeus y sus amigos mitológicos» (p. 29). Esa dulce impresión infantil, de la celebración de algo sucedido en el pasado que pide fiesta, pasará de ser una instancia lejana a ser una experiencia seria. En la Navidad de 1929 publica el texto Y si el Niño Jesús no hubiera nacido, en el que la percepción infantil ha madurado: «La Navidad es el anuncio de la irrupción de lo eterno en el tiempo y la subversión de todas las ideas del mundo es la causa definitiva y misteriosa de la alegría de la Navidad» (p. 75).

En pos de la belleza

Es en estos primeros años cuando aprenderá el gusto del relato. Especialmente a través de la lectura de las sagas nórdicas. Su padre, arqueólogo especialista en la Edad de Hierro en el Norte de Europa, le hacía buscar en su librería y leer en voz alta los textos cuando, enfermo, no podía hacerlo por sí mismo. De esta escuela nace la magnífica novela La saga de Vigdis. Undset buceó en el mundo vikingo y se empapó de una cultura áspera, inmisericorde y violenta.

El dolor por la muerte de su padre fue de tal intensidad que hasta pensó en el suicidio. No lo cometió y siguió adelante. Prefirió explorar por ver si le aguardaba algo más. Y así, la segunda etapa de su movimiento fue la persecución de la belleza. La realizó en diferentes facetas de su vida: no se conformó con las enseñanzas liberales que recibió en la escuela de la señora Nielsen porque le parecía que le robaban la libertad.

Empezó una búsqueda que la llevó a Roma, donde se enamoró del pintor Anders C. Svarstad, se casó en 1912 y se separaron en 1919. De ese amor apasionado nacieron tres hijos y, en adelante, la escritora se hizo cargo de los hijos anteriores de Svarstad. La maternidad fue múltiple y de esa experiencia dice: «Incluso en la época en que quererlos tanto me había resultado sofocante, el amor a mis hijos ha sido una fuente de felicidad que nada podía oscurecer del todo», tal y como se traslada a su novela Ida Elisabeth, por poner solo un ejemplo.

Retratos de mujer

Y mientras se hacía cargo de los seis niños, dos de ellos con fuertes dificultades psicológicas, el mundo y lo que pasaba en él no le era indiferente. Undset no se detuvo en su incansable búsqueda. Se preocupó por la situación de la mujer desde sus primeras novelas (Marta Oulie, 1907 y Jenny, 1911) y esa fue una cuestión que indagará a lo largo de toda su vida y sobre la que no dejará de preguntarse a través de sus diferentes personajes femeninos: la Marta adúltera, la Cristina caprichosa, la vengativa Vigdis, la sufriente Ida, etc.

Pasó de ser una progresista radical a preguntarse: «¿A dónde nos ha conducido el progreso que algunos creían infinito?» (p. 64). No dejó de denunciar las atrocidades de la guerra, en la que los nazis usaban a las mujeres y niños como escudos humanos o luchaban furiosamente con el efecto de pastillas de chocolate rellenas de cocaína (p. 91). O denunció la extensión del darwinismo como credo social: «El darwinismo social se expandió aplicándose a todas las relaciones sociales bajo el principio de la supervivencia del más fuerte, sin distinguir lo que era pura investigación experimental, de lo que era producto de la imaginación» (p. 105).   

Una Europa desangrada

La escritora era muy consciente del desmoronamiento de una cultura europea desangrada por dos guerras atroces y por el Holocausto. Por eso, su conversión, como dice Bosch, era una experiencia que no dejaba de lado la razonabilidad del cambio y el juicio nuevo que derivaba de ella. Ante su análisis de una sociedad agotada, advertía: «Tenemos que convencernos de que ningún aspecto de la tradición europea, de sus valores culturales, de las ideas morales y de su riqueza emocional (…) seguirá viviendo una vida ‘natural’ si los europeos rechazan aceptar la gracia sobrenatural de Dios: no puede pensarse que un árbol sin esas raíces continúe dando ramas, hojas y frutos» (p.73).

Eso no quita que no confiase en que la fuerza del deseo era garantía de que los hombres no pudiesen, como no había podido ella, conformarse con el declive: «Las fuentes que abastecen el alma humana pueden estar cegadas largo tiempo, Dios sabe cuánto. Sin embargo, no creo que puedan secarse para siempre» (p. 111).

Con esta experiencia de la libertad que le daba no depender de los hombres y sí de su origen («sin Dios, el liderazgo humano solo significaba que un hombre dijera a otros lo que deberían hacer», p. 65), realizó otro viaje: el de su obra literaria más conocida. Cristina, hija de Lavrans (1920-22) y Olav Aundunssön (1925-27) son dos obras monumentales que suponen un desplazamiento a la Edad Media, a la vez que un testimonio de lo que supuso el tránsito de la antigua cultura escandinava a la cristiana. Estas novelas históricas, carnales y documentadas, le valieron el premio Nobel (1928) y más tarde la concesión de la Gran Cruz de la Orden de San Olaf (1947).

En este itinerario, se le hizo más urgente encontrar una belleza que llevara dentro el sentido de las atrocidades y las hermosuras del mundo. La trayectoria de uno de sus personajes, Paul Selmer, con trasposiciones personales de la autora, describe los pasos de su búsqueda religiosa. Comenzará contando la experiencia de la belleza muy presente en la primera parte de esta dilogía, la titulada La orquídea blanca, y continúa con La zarza ardiente, novela que cuenta la conversión de Paul Selmer al catolicismo, un escándalo en el entorno de la Iglesia Nacional Noruega. «Le ocurría algo parecido a lo que sucede cuando al caminar entre una espesa niebla tropieza uno con una casa, y sin acertar a ver sus contornos puede solo adivinar que se trata de algo grande. Pero si efectivamente en tal casa mora la verdad (…) no le quedaba otro remedio que ir buscando a tientas su camino a la puerta y llamar a ella pidiendo que se le permitiese la entrada». Se perciben reflejos de la conversión de Undset en 1919.

De Noruega a EE. UU. pasando por Rusia

Pero la conversión no fue el final. Con la llegada de los nazis a Noruega y sabiéndose señalada por sus colaboraciones en prensa en las que denunciaba el nacional socialismo, decide exiliarse. Huye por Estocolmo, atraviesa Rusia en el transiberiano, pasa por Japón y, de allí, llega a los EE. UU. El capítulo 6 de la biografía relata el viaje y nos da la visión detallada de sus impresiones ante una Europa devastada y desolada. La llegada a California y después a Nueva York le permitirá desarrollar su pensamiento en conferencias y publicaciones y conectar con otros escritores: Willa Cather, Thomas Mann y Jacques Maritain, entre otros.

Y todavía le quedaba un penúltimo viaje: el regreso a casa. Su hijo Anders había muerto luchando contra la invasión nazi de Noruega y el hogar, que había construido para cuidar de sus hijos, los de Svarstad y los de otros niños con necesidad, había quedado destruido. La casa que había sido cuna de sus vidas escritas y el jardín por el que había gozado del paso de las estaciones estaban destrozados.

El 10 de junio de 1949 realizó su último viaje y quiso hacerlo como había hecho en vida, entregándose: «He aquí la sierva del Señor», hizo poner en su tumba. Esta vida sin pausa, tambaleada por acontecimientos externos terribles y dramáticamente sufrida, fue siempre juzgada desde dentro sin miedo a ser leal a lo que vio, persiguió y amó. La de Sigrid Undset fue una vida vivida intensamente.


Imagen de cabecera: Sigrid Undset, en su mesa de trabajo de Bjerkebæk, (Lillehammer, Noruega). Foto de Anders Beer Wilse, (colección del  Museo Noruego de Historia Cultural). El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.