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Ver productos«Llegaré a descubrir que nuestra niñera envenenó a su marido, un espía italiano...». Así comienza y se resume el libro de Laura Ramos «Mi niñera de la KGB»

21 Sep 2026 - 13min.
Avance
Era poco lo que hasta ahora se sabía de África de las Heras, guerrillera y espía española a sueldo de los servicios secretos soviéticos durante más de cuarenta años. Desconocimiento en buena parte debido a la ausencia de testimonios directos sobre esta agente que, a diferencia de tantos otros, mantuvo una reserva total sobre sus actividades. De aquí la importancia del libro de recuerdos e investigación Mi niñera de la KGB (Editorial Lumen) de Laura Ramos, hija de Jorge Abelardo Ramos, entusiasta político de la extrema izquierda uruguaya, y de Faby Carballo, la Maga, precursora del feminismo en la República Oriental, quienes, pese a su encendido trotskismo, confiaron a su hija a los cuidados de una espía de Stalin, de hecho, la primera agente que el KGB infiltró en la Casa Azul —hogar de Frida Kahlo y Diego Rivera— para preparar el asesinato de Trotski.
La obra debe ser leída, además de por el veraz retrato del personaje, por el encanto con que Ramos describe la sociedad bohemia, inocente, provinciana, fervorosamente progresista de la gauche divine uruguaya de los sesenta, a la que África de las Heras engañó, manipuló y dejó con un palmo de narices.
La investigación de Laura Ramos acaba convirtiéndose en una suerte de cuento de Bioy Casares: el grupo de crédulos amigos que un día descubre que aquella interesante mujer madura de la que tanto habían aprendido era una víbora, una timadora, una asesina para quienes ellos no pasaban de ser unos tiernos ratoncillos.
«Llegaré a descubrir que nuestra niñera envenenó a su marido, un espía italiano, en la misma casona de Punta Carretas donde nos daba la leche por las tardes, a la salida de la escuela». Así comienza la obra. Imposible imaginar arranque más incitante. En esas tres líneas está resumido el libro.
ArtÍculo
Como Caridad Mercader, la madre de Ramón Mercader, el asesino de Trotski, De las Heras nació en una familia conservadora, y fue una niña rebelde, refractaria a las enseñanzas de la escuela del Sagrado Corazón en la que la matricularon sus progenitores. A los diecinueve años, para huir de la familia, se casó con un militar guapo, valiente… y conservador, a quien abandonó poco después. Con este historial a sus espaldas, en el turbulento Madrid de la Segunda República, militó en los grupos más extremos de la izquierda, hasta acabar siendo captada por el KGB, probablemente por la propia Caridad Mercader.

Durante la Guerra Civil se trasladó a Barcelona, donde fue jefa de una de las Patrullas de Control —bandas de fanáticos y matones— que recorrían las calles en busca de sospechosos de franquismo, e interrogadora de la checa de San Elías. Tras la contienda se infiltró en los servicios de secretaría de Trotski en México con la misión de trazar los planos interiores de la vivienda de Diego Rivera y Frida Kahlo, donde se alojaba el archirrival de Stalin, y de informar sobre sus actividades a fin de facilitar su posterior asesinato. Debió abandonar la misión, no obstante, después de que Alexander Orlov, jefe del KGB en España durante la Guerra Civil, desertara y huyera a Canadá y Estados Unidos. Instalada en la Unión Soviética, durante la Segunda Guerra Mundial combatió como guerrillera en misiones de inteligencia y sabotaje tras las líneas enemigas.
Tras este aguerrido itinerario, un día África aparece en Montevideo bajo la identidad de María Luisa de las Heras, modista de alta costura. Y lo hace del brazo de Felisberto Hernández, escritor de cuentos fantásticos, bohemio y muerto de hambre a quien conoció en París y con quien pronto contrajo matrimonio. A los amigos y la familia de Felisberto les debió de parecer un cuento de hadas: el famélico poeta a quien rescata una rica dama con credenciales de elegante sastra. La realidad era que María Luisa, por entonces coronel del KGB, buscaba la nacionalidad uruguaya para instalar en Montevideo una discreta base de operaciones que sirviera para facilitar documentación legal y transmitir mensajes de los agentes soviéticos en Latinoamérica.

Uruguay era uno de los pocos estados de la región con representación diplomática soviética, un país estable, confiado y amistoso. ¿Fue ese el motivo de que la espía se instalara en la República Oriental? Así lo pensaron sus amigos cuando se enteraron de su verdadera identidad. Más brutal, De las Heras lo desmintió a Esther Dosil, su cómplice y mejor amiga: «Uruguay es un piojo en el mundo —le dijo—, un país que no existe», ese fue el motivo. Hasta aquella cándida ilusión, la del país amistoso con todos, les quitó a quienes tanto la admiraron.
La espía se convirtió en la confidente de lo más chic de la sociedad montevideana. La amiga empoderada que defendía la emancipación social y sexual de la mujer, la modista que, pese a lo avanzado de sus ideas, nunca se metía en política, y la maternal niñera a quien la pandilla confiaba el cuidado de sus criaturas. María Luisa se separó de Felisberto que, además de cuentista, era un vago, y contrajo matrimonio con Giovani Antonio Bertoni, el camarada Marko, agente del KGB como ella que, bajo la identidad de Valentino Marchetti, se presentó como vendedor de antigüedades —qué mejor negocio para ganarse él también la confianza de la pandilla—, y tuvo casi tanto éxito social como María Luisa.
Podría haber parecido un juego si no fuese porque la cercanía del KGB, tarde o temprano, termina siendo letal. Primero, uno de los miembros de la pandilla fue asesinado a tiros por enterarse de lo que no debía. Y ya en el último tramo de su carrera, envenenó a Valentino, su marido, con quien nunca congenió, y que, para mayor depravación, se había pasado al titoísmo, al bando de partidarios de la autonomía ideológica defendida por el mariscal Tito, líder máximo de Yugoslavia. «Fue lo mejor para él», comentó María Luisa a su amiga Esther, como si insinuara que mejor una dulce dosis de veneno administrada en el hogar que una sesión de tortura en la Lubianka. La pandilla nunca pudo creerlo.
Una mujer del perfil de África de las Heras solo fue posible en el semillero de agentes y colaboradores del KGB creado por la Unión Soviética durante la guerra civil española. Los Cinco de Cambridge —Philby, Maclean, Burgess, Blunt y Cairncross— eran distinguidos estudiantes educados para integrarse en la clase rectora británica, a quienes ejercer de topos del Kremlin les daba un toque de distinción que reforzaba su arraigado elitismo. Nada que ver con los españoles, tipos recios a quienes no les asusta la sangre, convencidos de que el fin justifica los medios: los más queridos por Stalin.
Según el historiador Daniel Kowalski, citado por Ignacio Martínez de Pisón (Enterrar a los muertos, Seix Barral) durante la Guerra Civil el KGB tuvo a su disposición a unos doscientos agentes españoles. La mayoría de ellos eran matones encargados de detener a todos los que creyeran sospechosos de cooperar con el enemigo y de interrogarlos y torturarlos en las checas que ellos mismos administraban. Pero, como pronto se verá, para el asesinato de Trotski iban a necesitar a alguien más sofisticado.
La misión de eliminar a su archienemigo Stalin se la confió a Nahum Eitingon, espía que en España se había encargado de la preparación de unidades de guerrilleros y que sería principal responsable de los servicios secretos soviéticos en nuestro país tras la deserción de Alexander Orlov. Eitingon, a su vez, encargó la ejecución del asesinato a un grupo de comunistas españoles y mexicanos encabezados por el muralista David Alfaro Siqueiros, que asaltaron el dormitorio de Trotski con una rociada de tiros a tontas y a locas. La balacera dejó agujereadas todas las paredes y rotas todas las ventanas, pero el viejo bolchevique salió indemne de debajo de la cama.
Eitingon pensó que Stalin no le perdonaría el error, pero, contra todo pronóstico, el líder soviético aún le dio otra oportunidad. Entonces fue cuando se reunió con Caridad Mercader y el hijo de esta, Ramón, a quienes había asesorado durante la Guerra Civil en varias operaciones de combate. Cuando el soviético les dio a entender que su vida dependía de la eliminación de Trotski, Ramón Mercader le tranquilizó: «No te preocupes —le dijo—, eso lo hago yo».
Mercader entró en contacto en París con Silvia Ageloff, una jovencita norteamericana de simpatías trotskistas que se disponía a asistir a las reuniones de la IV Internacional. El asesino de Trotski, criado por su temperamental madre entre Francia y España, era un personaje cosmopolita, políglota, apuesto, seductor, de gran éxito entre las mujeres. Ante Silvia se hizo pasar por Jacques Mornard, hijo de un diplomático belga que se ganaba la vida escribiendo artículos de deportes. Ella nunca le vio escribir una sola palabra, nunca le dio una explicación plausible sobre el origen de su dinero y menos aún de sus idas, venidas y súbitas desapariciones. Pero Ageloff se había enamorado de él y nada más le importaba. Se había dejado llevar sin rechistar al cuento de hadas que Mercader había inventado para ella: una historia de sensualidad y pasión con un hombre guapo, divertido, frívolo, derrochador, deportivo y apolítico, que la paseaba en un flamante Buick por la capital francesa.
Silvia debió de haber visto muchas comedias románticas en su Brooklin natal. En aquella descuidada luna de miel, fue ella quien presentó a su novio a Trotski, quien generó confianza entre ambos. Quien abrió las puertas al asesino. El KBG sabe cómo manipular a sus víctimas: a menudo, con sexo y dinero, pero no siempre; en el caso de Ageloff, jugó con sus ilusiones, con sus sueños de vivir una aventura romántica mientras creía salvar a la humanidad sirviendo como secretaria y traductora del líder de la revolución permanente. El engaño de Mercader no fue muy distinto del que África de las Heras llevó adelante con la bohemia pandilla de trotskos de Montevideo.
Es estremecedor que la noche en que Mercader sedujo a Ageloff en el bar del hotel París, a pocas mesas de ellos dos, se encontraran la madre de Mercader, Caridad, los kagebistas Eitingon y Sudoplátov y, muy probablemente, Elena Imbert, la novia de Ramón, todos cómplices y testigos de la trampa que tendía a la romántica Silvia. Una de esas secuencias en las que Hitchcock se habría lucido con un hábil movimiento de cámara. El asesinato fue concebido por Eitingon y Sudoplátov, ejecutado por Ramón Mercader y, atendido en cada minuto por la madre, Caridad, quien llegó a acompañar a su hijo hasta la puerta del domicilio de los Trotski el día en que aquel acabó con la vida del bolchevique clavándole un piolet en el cráneo.
El recuerdo que acompañó a Ramón el resto de su vida fue el grito de Trotski al hincarle el pico: «Muy largo —declaró—, infinitamente largo, y aún me parece que me perfora el cerebro. Vi que Trotski se levantaba como un loco. Se abalanzó sobre mí y me mordió una mano…».
Ramón nunca se arrepintió del crimen; solo le pesó haber manipulado a la pobre Silvia. Para él aquel asesinato solo había sido una acción de guerra, una más, como tantas que había vivido durante la Guerra Civil. Una acción revolucionaria, de cuya bondad le habían convencido su amantísima madre y sus buenos amigos soviéticos. Gregorio Luri, autor de una excelente biografía de Caridad y Ramón Mercader (El cielo prometido, edit. Ariel) apunta que el asesino de Trotski se identificaba con Prometeo, el titán que robó el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres. «A Trotski pudo verlo como uno de esos buitres que devoran el hígado del proletariado», señala.

Caridad y Ramón Mercader fueron condecorados y tratados como héroes por la Unión Soviética, pero acabaron constatando que la patria de los trabajadores no era para ellos. Caridad pidió permiso para abandonar la URSS e instalarse en el corazón de la decadencia burguesa, en París, donde, eso sí, siempre conservó un retrato de Stalin en su despacho. Ramón se fue distanciando paulatinamente del régimen, criticó la invasión de Checoslovaquia y, a mediados de los setenta, le dio por pedir que le dejaran instalarse en España.
Aquel capricho pudo salirle caro. En una fiesta celebrada en la sede del KGB —su segunda casa— le regalaron un reloj de oro del que él y su camarada Eitingon sospecharon que pudo ser el origen de su rápido deterioro de salud. Según su hermano Luis, el aparato era radiactivo; según Eitingon, que sabía de lo que hablaba, el reloj había sido impregnado con una sustancia tóxica. Finalmente, le permitieron instalarse en La Habana, donde, entre continuos achaques, pasó sus últimos años. Hoy Ramón Mercader figura en la lista confeccionada con letras de oro de héroes que, a la entrada del edificio, saluda a los visitantes de la Lubianka, sede de los servicios secretos rusos.
Desde su creación por el bolchevique Félix Yersinski, los servicios secretos ruso-soviéticos (Checa, GPU, NKVD, KGB, FSB, da igual el nombre) han sido un estado dentro del estado, un mecanismo de poder del que se sirvieron todos los autócratas del Kremlin sin llegar a dominarlo del todo. El KGB fue la mano del terror que consolidó la revolución y que se mantuvo incólume durante todas las etapas del régimen. Incluso durante la decadencia de Breznev fue un órgano eficiente. Desesperado por el declive del imperio, el KGB consintió el experimento Gorbachov, pero solo hasta cierto punto.
Tras la caída de la URSS, sus cuadros se apresuraron a reordenar los servicios, a formar a sus propios magnates y oligarcas; y no cejaron hasta volver a instalar a uno de los suyos, Vladímir Putin, en el Kremlin. Si alguna vez cayera Putin, el KGB estaría tras su caída y organizaría su sucesión. El KGB ha gobernado la vida de los rusos en los últimos cien años. Ya no vende paraísos como en el siglo XX, pero sigue reclutando agentes en Europa y en todos los países que considera una amenaza existencial para la autocracia.
Pablo González Yagüe, nacido en Moscú como Pável Rubtsov, de padre ruso y madre ruso-española, también supo explotar la ingenuidad de la disidencia rusa y de los medios occidentales. Instalado en Bilbao desde 1991, con pasaporte español y cobertura de periodista free lance, llegó a mantener relaciones casi simultáneas con cuatro mujeres a la vez. En España, donde entró en contacto con el movimiento radical vasco, estuvo casado con Oihana Goiriena, madre de sus tres hijos. En Polonia tuvo una relación sentimental con una periodista, que le ayudó a ampliar su círculo de contactos. Y en Estrasburgo entró en contacto con Zhanna Nemtsova, hija del asesinado líder de la oposición rusa, Boris Nemtsov. Empezó pidiéndole una entrevista, a la que ella se negó, y a los pocos meses la había seducido. Se movía como Pedro por su casa por la sede de la fundación Nemtsov en Praga, espió todas sus actividades y a todos los disidentes que estuvieron en contacto con la organización. Incluso dio clases en la Universidad Carolina de la capital checa como persona de confianza de la Fundación. A estas tres mujeres habría que añadir su compañera en Rusia, Victoria Nikitushkina, con quien habría tenido un cuarto hijo.
Pablo González también consiguió engañar a la Prensa, a la española y a internacional. Después de que fuera detenido y juzgado en Polonia acusado de trabajar para el GRU (servicios secretos del Ejército ruso), un grupo de periodistas en representación de la FAPE (Federación de Asociaciones de Periodistas de España) celebró en el Parlamento Europeo la manifestación Journalisme is not a crime (El periodismo no es un crimen) en la que exigieron la puesta en libertad de González. Eurodiputados de Bildu y de Podemos batallaron durante meses por su liberación. Cuando el supuesto reportero fue liberado en un canje de presos disidentes por espías y criminales a sueldo del Kremlin, la estupefacción entre quienes lo habían defendido fue similar a la de la frívola pandilla montevideana al enterarse de que su admirada María Luisa de las Heras era una agente del KGB, probable autora del asesinato de su esposo. El KGB, esa institución que ha dado continuidad a la autocracia rusa, siempre ha sabido sacar buen partido de nuestra ingenuidad.
La imagen de arriba muestra la llegada de Trotsky a México. Entre él y Frida Kahlo está su mujer, Natalia. Dominio público, vía Wikimedia Commons.