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Ver productos1 Abr 1991 - 5min.
En la guerra del Golfo, el Gobierno español cumplió sus compromisos prestando a las fuerzas norteamericanas la asistencia prevista en los acuerdos entre los dos Estados. La letra y el sentido de los pactos, el mandato de Naciones Unidas y nuestra vinculación a la OTAN imponían que España adoptara esa actitud. Pero, además, esta asistencia nuestra, tan exagerada después en medios gubernamentales, servía de una manera clara a los intereses políticos de la nación.
Nuestro país está situado por la geografía y por la historia en una encrucijada verdaderamente estratégica por los cuatro puntos cardinales.
Hasta el siglo XVI habíamos sido una especie de territorio marginal, un apéndice del continente europeo que cerraba el Mare Nostrum, haciéndolo «interior» o mediterráneo. Éramos el último extremo -¿última Thule?- del mundo desarrollado entre los misterios del océano a un lado y la terra incognita del África al otro.
Por el occidente de la Península se abría el Atlántico, enorme y tenebroso, un mar sin naves, por donde no pasaba nadie. Al sur se extendía la breve costa africana y tras ella unas montañas, y las interminables arenas de un continente mudo en el que no pasaba nada.
Pero desde el 1500, por la acción conjunta de las monarquías hispanas, el Atlántico se fue llenando de barcos y de vida hasta convertirse en el «mediterráneo» de la Edad Moderna. El extremo pasó a ser centro. La vieja piel de toro, que había dicho el filósofo griego Poseidonio, una especie de Teófilo Gautier del año 100 antes de Cristo, resultó ser el ombligo del mundo.
El istmo pirenaico, un pasado compartido y una cultura común asociaban nuestro destino y nuestra vocación nacional con los europeos del norte. El océano y las Indias nos unían estrechamente con el Nuevo Continente. Y «nuestro mar» seguía siendo el camino de Italia y del Oriente.
Hasta fin del XVIII España fue una gran potencia con intereses políticos globales y una palabra que decir en todas las tribunas. Después, la emancipación americana acabó con el imperio y la guerra contra Napoleón destrozó el país, y mientras otras naciones creaban industria, nosotros apenas lográbamos reponer fuerzas.
Pero con la voz débil de una potencia menor, España continuó presente en los foros europeos y de todo el mundo. A fines del XIX todavía Filipinas, Puerto Rico y Cuba, las Carolinas y otras islas del Pacífico eran de España. Desde el Congreso de Viena (1815) hasta la conferencia de Algeciras (1912), nuestro país hablaba con la fuerza que en cada momento tenía. Los políticos españoles gozaban de prestigio en los foros europeos: desde Martínez de la Rosa hasta Cánovas, Castelar y Sagasta.
A lo largo de todo su reinado, y en particular durante la guerra del 14, Alfonso XIII fue una de las más representativas y populares figuras europeas. La neutralidad española en la Gran Guerra fue presencia expectante de una contienda que no era nuestra sino de los europeos del norte. Fue acompañada, además, de una activísima tarea humanitaria que agradecieron los beligerantes.
Por eso es una grosera simplificación histórica y una presunción injustificada desdeñar nuestro siglo XIX y casi lo que va de éste, como ya se ha proclamado desde algunas tribunas oficiales. Se ha llegado a decir que con el envío de unos pequeños navíos en función de guardacostas y facilitando que los americanos utilizaran sus bases, que son más suyas que nuestras -o en todo caso de ambos, para las operaciones militares de liberación de Kuwait, se ha recuperado el ritmo de la historia de España, y que hemos vuelto a existir en el mundo, saliendo por fin del aislamiento o del ensimismamiento español.
El gobierno, repito, ha cumplido sus compromisos -con el explícito apoyo de los partidos de la oposición, salvo los comunistas y con más que amplia aceptación de la opinión pública, como han mostrado las encuestas, ha cumplido unas obligaciones que había asumido con el respaldo de la ciudadanía y del Parlamento.
Pero hay que añadir que, salvo excepciones, su política no ha estado a la altura del momento. El presidente Bush ha mostrado su agradecimiento porque habían sido atendidas todas sus demandas. Pero al Gobierno le han faltado reflejos políticos y capacidad de dirección. El «apoyo logístico» ha estado técnicamente bien organizado, pero políticamente mal montado y peor explicado todavía. Al Gobierno español le ha faltado lo que los anglosajones llaman «leadership», lo cual casi siempre consiste en convencer… Un presidente de los Estados Unidos, cuando le preguntaron cómo definiría el arte del gobierno, respondió: «Gobernar es persuadir».
El denodado esfuerzo del ministro de Asuntos Exteriores, su buen trabajo y sus atinadas manifestaciones eran una voz aislada. Pero nuestra colaboración, de la que probablemente hay que decir que ha sido la que debía ser, se ha administrado de una manera vergonzante, con la vista en una presunta izquierda, más vocinglera que numerosa, ante la que los socialistas actuaban como con mala conciencia, por servir una política contraria a sus prejuicios.
Y junto a ello no dejan de tener importancia algunos gestos de dudoso gusto como el espectáculo folclórico en el mar Rojo sobre la cubierta de un navío de guerra, que sin complacer a los destinatarios sonrojó a mucha gente. Es cierto que Bob Hope acudió algunos años al Vietnam, pero de otra manera y por obra de la iniciativa privada.
Se cumplieron los acuerdos con los Estados Unidos y el mandato de la ONU, pero entre sus viejos prejuicios ideológicos y el miedo a los ruidos, los gobernantes articularon mal una buena política.
La intervención militar en el Golfo estaba legitimada -y venía exigida por el principio de la seguridad jurídica internacional, sin la cual es imposible que haya paz y se pueda establecer el reinado de la justicia: no sólo por el mandato de las Naciones Unidas, que no era fruto de una mayoría coyuntural sino de unas convicciones compartidas por Estados y Gobiernos. No se trataba de una acción bélica para derrotar a nadie, ni para combatir al Islam, sino para restablecer la vigencia del derecho, que había sido conculcado por una agresión brutal en sus fines y en sus medios.
El derecho positivo vigente y aceptado en un lugar y momento concreto de la historia tal vez no coincida siempre estrictamente con la justicia. Pero es civilización, protege a pueblos y personas y es el valladar que cierra el paso a la pura fuerza bruta.