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Ver productos1 Feb 1991 - 5min.
A los pueblos como a los individuos —escribió el gran filósofo catalán Jaime Balmes, a propósito de Cataluña— no los salvan los furiosos arrebatos de cólera con que ciegos de venganza se arrojan a la violencia y al crimen, sino la firmeza en sostener con el correspondiente decoro los intereses de su causa, y aquella inalterable constancia nacida de la profunda convicción de que la razón los asiste y de que tarde o temprano llegará el día de la justicia»¹.
Parece claro, a la vista de lo acontecido en el siglo y medio transcurrido desde que el pensador de Vic efectuó la anterior afirmación y, sobre todo, a la luz de la posición que Cataluña ocupa y defiende en la España actual, que los catalanes le hemos hecho caso a nuestro filósofo. Y que, haciéndole caso, las cosas no nos han ido mal.
Sin duda alguna, Cataluña y los catalanes estamos ahora considerablemente más integrados en la sociedad española de lo que lo estábamos en la década de 1840. Somos, desde luego, más prósperos y cultos, no sólo, por supuesto, en términos absolutos, sino también en términos relativos, descontando el proceso general de progreso que han experimentado, con inevitables vaivenes, las sociedades occidentales en el último siglo y medio. Y gozamos, en fin, de mayor libertad, tanto en el plano estrictamente individual como en el plano colectivo.
Los grandes teóricos de la dinámica del federalismo, en sus diferentes manifestaciones Bryce, Popitz, Peacock-, han sostenido que los distintos factores que promueven el progreso económico (desarrollo tecnológico, crecientes economías de escala, mayor facilidad de comunicación) sientan las bases de una tendencia a la centralización. No creo que sea así, y no lo ha sido, desde luego, bajo la óptica de la experiencia española. El progreso económico es fuente de integración y de cohesión, pero no necesariamente de centralización, como lo prueba el hecho de que los países más desarrollados del mundo posean, en general, una estructura federal.
En el caso de la relación entre Cataluña y el resto de España es indudable que ha habido dos factores que se han potenciado mutuamente: integración y progreso. Cataluña ha progresado más a medida que se ha integrado económicamente en el conjunto español. Y, a su vez, dicho progreso ha sido fuente de mayor integración, no sólo en el plano económico, sino también en el social y en el cultural. Y, desde luego, todo lo anterior no ha conducido ni a una pérdida o difuminación de los valores socioculturales propios de Cataluña ni a una imposibilidad de autogobierno en un grado que a algunos les parecerá exiguo y a otros excesivo, pero que, desde luego, no admite comparación con lo experimentado en los últimos tres siglos.
Más aún: el catalán, que, desde luego, antepone el individuo a la colectividad y, por supuesto, la colectividad al Estado (o sea, que tiene ideas claras al respecto), a pesar de que ve lejos al Estado, posiblemente nunca se ha sentido tan próximo a él como ahora. Lo cual, seguramente, le pasa también al resto de los españoles.
Ya en el siglo XVIII, a partir de la derrota de 1714 y a medida que, en dura expresión de Vicens Vives, Cataluña hizo un «esfuerzo por convertirse en provincia», se fueron recogiendo tos frutos del intercambio, incluido el comercio con ultramar, y se fue soltando el lastre que inherente a cualquier posición aislacionista o autárquica. Es curioso constatar cómo a partir del Decreto de Nueva Planta, en el ambiente ciertamente propicio que fue el setecientos español, Cataluña puso ios fundamentos de una brillante realidad actual que la ha conducido a ser una de las regiones más prósperas y dinámicas no ya de España, sino de todo el continente europeo.
El proceso de integración de Cataluña con el resto de España no ha tenido exclusivamente una base estrictamente mercantil, ni siquiera una base socioeconómica. Lo que realmente se ha producido es un acercamiento en la concepción general de la sociedad, en lo que los alemanes llaman la Weltanschauung, la manera de concebir el mundo, dicho de forma grandilocuente.
Este proceso de aproximación entre Cataluña y el resto de España sugiere dos reflexiones. La primera es que tiene un límite, lo cual es importante que lo entiendan el resto de los españoles. Existen unos valores propios de la colectividad catalana que siempre serán distintos de los del resto de España y que, por supuesto, deben respetarse y potenciarse. El paso que falta dar es que se acepte en todos los niveles de la sociedad española, incluida la sociedad catalana, que dichos valores propios de Cataluña forman plenamente parte de «lo español».
La segunda reflexión a propósito de la aproximación entre Cataluña y el resto de España es la de que quizá en este acercamiento se ha movido más el ciudadano no catalán que el catalán. No es que se haya catalanizado más España que españolizado Cataluña, pero sí, seguramente, España, en su conjunto, se ha movido hacia una dirección a la que la sociedad catalana ya apuntaba desde hace más tiempo.
El amargo Gaziel de la postguerra y del exilio, en un comentario titulado La tragedia de Cataluña, firmado el 13 de enero de 19512, afirma que «Cataluña podría sentirse plenamente española dentro de una España que se pareciera a Suiza: trabajadora, burguesa, ordenada, pacífica, hogareña («casolana») y de composición política federal». Si Gaziel tiene razón, a la vista de esta lista de atributos, yo pienso que los argumentos de Cataluña para no sentirse española son ya, felizmente, inexistentes.