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Ver productosCuadernos o diarios de viajes no son simples registros de lugares visitados, sino testimonios de vínculos humanos y testigos de quién éramos cuando los escribimos

2 de junio de 2026 - 8min.
Avance
En vísperas de verano y vacaciones, este texto recupera el arte y la escritura de los diarios de viaje. Una variedad de journaling, a la que ahora se le dedica atención en forma de cursos, talleres y artículos como el de Johanna Michaels en Die Zeit, donde cuenta su experiencia en versión contemporánea.
Aunque escribir un diario de viaje es una práctica antigua que han cultivado autores de distintas épocas, con objetivos variados y distintos resultados, tampoco requiere ser escritor profesional o brillante en la escritura: lo importante es capturar la textura de un momento. Palabras acompañando una entrada, un dibujo, una goma de pelo pueden adquirir años después un enorme poder evocador. El diario funciona así como un dispositivo de memoria: la madalena de Proust al alcance de cualquiera.
ArtÍculo
Quien viaja y lo escribe, viaja dos veces. La primera vez, obvio, cuando se desplaza por el país o lugar en cuestión y la segunda cuando se vuelve a los escritos sobre aquel viaje. A veces, esos escritos, si se dispone del tiempo y el arte suficientes, se pueden volver consumadas obras literarias: diarios de viaje que, bien por la maestría del autor, por su nombre y reputación o por su aportación a la Historia, trascienden la esfera íntima reservada, en teoría, a este tipo de escritura.
En un reciente artículo publicado en Die Zeit, Johanna Michaels explicaba el desastre que pudo causar la inundación de un sótano de una amiga donde esta guardaba los diarios de viaje que habían escrito juntas. Comenzaron en 2010, cuando no existía Tik Tok, las redes sociales lo eran verdaderamente y el journaling consistía en algo sencillo y bien conocido: escribir o llevar un diario. Tampoco había muchos estudios dedicados a las bondades de esta práctica, pero el hecho de que autores en todas las épocas, desde los tiempos de Heródoto a la actualidad, lo hayan cultivado bien puede servir de pista de algo valioso y que merece la pena cultivar.
«Tuvieron mucha mar y más que en todo el viaje habían tenido. Vieron pardelas y un junco verde junto a la nao. Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo, y tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra, y una tablilla. Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y un palillo cargado de escaramujos. Con estas señales respiraron y alegráronse todos». Es la anotación correspondiente al 11 de octubre de 1492 del Primer viaje a las Indias, de Cristóbal Colón. Desde esos diarios —perdidos, pero recompuestos por Bartolomé de las Casas— a los de Darwin a bordo de la mítica expedición del Beagle, en la que se enroló en 1826 para llevar a cabo la investigación que dio origen a su famosa teoría, científicos y exploradores como ellos —o como Cabeza de Vaca y Alexander von Humboldt— han ordenado sus ideas a base de entradas de un diario. Al tiempo que descubrían territorios o especies, aquellos navegantes y diaristas producían conocimiento mediante la observación sistemática clarificada por la escritura.

Michaels sugiere que, en menor escala, cualquiera que viaje busca aventuras y reproduce algunos de esas ambiciones o gestos de los míticos aventureros. ¿No quieren ser los influencers de hoy día los primeros en acercarse y descubrir, para sus seguidores, playas vírgenes y cualquier tipo de paraje inusual, poco frecuentado o conocido (con el consabido efecto colateral de dejar de serlo)? Pues esto escribía Darwin en su Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo: «En estas bravías regiones es delicioso ganar la cumbre de cualquier montaña. Se siente una secreta esperanza de ver algo muy sorprendente, que aun en el caso de quedar defraudada no deja de volver siempre que se ofrecen nuevas ocasiones. Todo el mundo debe de experimentar las emociones de triunfante satisfacción que comunica al ánimo la vista de un soberbio panorama contemplado desde una altura. En estos países, tan poco frecuentados, se une además la vanidad de ser tal vez el primero en extender la mirada por el horizonte desde un elevado pináculo casi inaccesible. Siempre le asalta a uno el extraño deseo de comprobar si algún ser humano ha visitado anteriormente un sitio no frecuentado».
El diario (de viaje o no) es una de las herramientas que todo escritor o escritora explota con el fin de reflejar parte de la realidad que le interesa. Tomar notas es un primer filtro. El segundo, un mínimo orden u organización, es capaz de alumbrar ya obras completas. El Cuaderno de México de Eduardo Lago, por ejemplo, se detiene en lo pequeño y lo grande, en los imprevistos e inclemencias de todo desplazamiento, pero también en el deslumbramiento que supone contemplar algo que no se agota en la mera contemplación, sino que exige algo más: «Hay lugares especiales cuya magia reclama que los rescate el arte, en cualquier forma. La esencia de mi manera de ver la escritura es lo que ocurre cuando se viaja», afirma este autor.

De manera similar, en Tipos de agua. El camino de Santiago, Anne Carson, premio Princesa de Asturias de las Letras en 2020, compone un diario-ensayo o viceversa donde anota lo que del paisaje le parece notable, para trasladarlo a su interioridad. «En el confín del mundo hay una hilera negra de árboles, temblando. La luna en lo alto, como un pedazo de piel. Los peregrinos eran personas que se preguntaban, se preguntaban. ¿Con quién me encontraré ahora?».
Pero, incluso sin objetivos literarios, solo el hecho de consignar anécdotas y detalles obliga a mirar con más atención, a seleccionar detalles, a interpretar situaciones. En vez de consumir destinos de forma feroz, el viajero deja de ser turista y se convierte en observador consciente de su propia aventura. No sabe bien para qué o por qué, pero las notas quedarán ahí en forma de despensa para alimentar o revivir un pasado que, de no ser anotado, correría grave riesgo de desaparecer. Los cuadernos de viaje proveen así de una buena cantidad de madalenas de Proust que, sin ánimo de convertirse en obra maestra, permitirán revivir sensaciones que de otra manera habrían quedado relegadas o perdidas definitivamente.
En la década de los 20, a Virginia Woolf le fascinó el paisaje granadino de las Alpujarras con su luz exterior y los ruidos en el interior: «Primero, los pichones que revolotean; luego el agua que corre; después un viejo que pregona gallinas; luego un burro que rebuzna lejos en el valle». Pero años atrás, en 1905, no salió tan entusiasmada de la visita a Granada: «Esta mañana nos ‘hicimos’ el centro de la ciudad, que en su mayor parte consiste en la catedral, un insulso edificio recargado y muy ornamentado, que solo contiene una cosa que me interese: la tumba de Fernando e Isabel. Después de cenar, mi hermano y yo con dos personas más (padre e hija con los que habíamos hecho amistad) subimos a un patio de la Alhambra y vimos bailar a los gitanos».

Un diario de viaje escrito por dos personas es también un diario sobre la amistad y el amor. Aunque Mary Shelley es quien figura en la cubierta de Diario de duelo, el libro, publicado por Hermida editores, combina entradas escritas por ella y por su marido Percy Shelley, que murió ahogado el 8 de julio de 1822, sin llegar a cumplir los 30 años (y de ahí el título). Ocho años antes, detallaba este en su historia escrita al alimón una tormenta en la que llegó a temer por su vida: «Avanzábamos deprisa contra el viento cuando un trueno golpeó de repente la vela y las olas se precipitaron contra el barco. Incluso los marineros empezaron a considerar que la situación era peligrosa; con gran esfuerzo consiguieron arriar la vela. Me dijeron que el viento había cambiado de dirección y que sus ráfagas violentas volvían a dirigirnos hacia Calais. Mary no llegó a darse cuenta del peligro de la situación. Descansaba entre mis rodillas; yo temblaba tanto que apenas podía sostenerla; aunque no abrió los ojos ni dijo una palabra, sentí que estaba consciente. Yo no estaba tan aterrorizado como inseguro e incómodo. Nada podrá separarnos…». Pero los separó la muerte: «Me fuiste infiel con el agua, cuando tu elemento era el aire», escribe ella un año después de la trágica muerte de su marido.
Más animados fueron los viajes de Franz Kafka y Max Brod. En 1912, ambos acabaron en Weimar, alojados «en un hotel bonito y tranquilo con vistas a un parque (todo por dos marcos)», escribía Kafka a sus padres. Además de cartas, una sana rivalidad propició que ambos describieran simultáneamente sus experiencias e itinerarios en sendos diarios de viaje, que en ocasiones también eran ilustrados por sus dibujos. Como dos turistas que quieren guardar un recuerdo, tanto Kafka como Brod dibujaron la casa de Goethe. Kafka se concentra en el edificio como si no existiera nada más. Brod da cuenta del entorno en detalle. Kafka dibuja, escribe y describe: «La casa ideal para un escritor […]. Salones. Visión fugaz del escritorio y dormitorio. Imagen triste, que recuerda a abuelos muertos. Ese jardín no ha parado de crecer desde la muerte de Goethe». También tiene tiempo para tontear con la hija del conserje de la casa, Margarethe Kirchner, con la que se intercambiará después algunas postales.
Dibujos, cartas, tiques de restaurante, entradas —siempre de la época en la que todo lo anterior tenía materialidad— componen un mosaico capaz de recrear no solo la experiencia de viaje pasada, sino las relaciones con quienes se compartió destino y aventuras. La autora del texto en Die Zeit recuerda cómo los diarios compartidos se transforman con los años en objetos profundamente afectivos. No son simples registros de lugares visitados, sino testimonios de vínculos humanos.
En el caso que comenta Michaels, los cuadernos mojados representaban amistades, etapas vitales y emociones compartidas: algo que había que preservar de la manera en que fuera posible, ante la certeza de que se estaba también ante algo precioso. Una sensación que no cambia, por mucho que lo haga el formato de los diarios de viaje. Como reconocía la sicoanalista Lou Andreas Salomé en las notas que tomó, cuando visitó, junto con Rilke, a Tolstoi en su casa: «Voy a ir anotando poco a poco lo que dijo, tal y como me va viniendo a la cabeza, no lo puedo hacer de otro modo».
La imagen que encabeza este texto pertenece al repositorio de Pixabay. Su autor es Dariusz Sankowski y se puede consultar aquí.