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Ver productosLa riqueza no es una tarta preexistente que haya que distribuir de manera equitativa; la riqueza es creada por la inventiva, el emprendimiento y el trabajo humanos

15 Jul 2026 - 12min.
Avance
El catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla Francisco José Contreras Peláez traza en diez puntos un mapa que recorre el origen y las esencias del capitalismo y sus relaciones con la moral y la religión.
Por el camino caen algunos tópicos, como por ejemplo que el mercado sea un juego de suma cero, como creen de forma coincidente los antiliberales de derecha e izquierda, o que el capitalismo sea la apoteosis del egoísmo, como apuntan sus enemigos. Tampoco es una jungla, sino un juego sometido a reglas estrictas. Con todo, como cualquier otro sistema, el capitalismo no está exento de sus propios riesgos morales: consumismo e hipermercantilización son algunos de ellos. «Que el mercado sea muy eficaz en la producción de mercancías no implica que todo deba convertirse en mercancía», escribe el autor, que recuerda: «Lo sagrado no tiene precio».
ArtÍculo
1El mercado es un mecanismo de cooperación social que permite la creación de riqueza y beneficia a todos los participantes. Esto es lo que no entienden los «socialistas de todos los partidos», incluidos muchos cristianos. Como escribió Roger Scruton, ellos «ven la sociedad como un mecanismo para la distribución de recursos entre quienes tienen derecho a ellos, como si esos recursos existieran antes e independientemente de las actividades que los crean, y como si hubiera una forma de determinar exactamente quién tiene derecho a qué cosas [1]».
En efecto, la riqueza no es una tarta preexistente que haya que distribuir de manera equitativa; la riqueza es creada por la inventiva, el emprendimiento y el trabajo humanos. La situación nativa de la humanidad es la escasez; como ya notó John Locke [2], la naturaleza es tacaña y muy pocos de sus frutos son directamente aprovechables por el hombre (incluso en las bandas paleolíticas de cazadores-recolectores, los bisontes tenían que ser arduamente cazados y las bayas silvestres pacientemente recogidas).
Los antiliberales de derecha e izquierda conciben el mercado como un juego de suma cero: el beneficio de uno es la pérdida de otro; los ricos lo son porque han expoliado a los pobres [3]; el tamaño de mi trozo de tarta solo puede crecer a expensas de la porción recibida por el vecino. Pero la gran virtud de la economía libre es que incrementa constantemente el tamaño de la tarta, de forma que todos los trozos pueden crecer al mismo tiempo, aunque sea a distintas velocidades. La riqueza no es un todo estático necesitado de repartición: es un proceso dinámico de creación de recursos y oportunidades.
Los enemigos del capitalismo presentan a este como apoteosis del egoísmo. Pero el mercado se basa en la cooperación social: triunfan aquellos empresarios que consiguen ofrecer a otras personas bienes y servicios que aprecian y por los que están dispuestas a pagar. Triunfa quien sirve satisfactoriamente a los demás, no quien los explota. El mercado es un juego de win-win en el que todos resultan beneficiados.
El individualismo radical de Ayn Rand y otros ultralibertarios no es, por tanto, la mejor fundamentación filosófica de la economía de mercado. Somos individuos, pero también seres sociales, y la economía libre es un mecanismo de cooperación que beneficia a toda la comunidad.
2 El libre mercado ha sacado a la humanidad de la miseria. Esta afirmación es demostrable histórica y empíricamente. La aplicación a partir de finales del siglo XVIII de innovaciones tecnológicas (revolución industrial), jurídico-políticas (igualdad ante la ley, seguridad jurídica, parlamentarismo, poder judicial independiente) y económicas (libre empresa y libre comercio) permitió —primero en los países de Europa norte-occidental y EE. UU., después progresivamente en el resto del mundo— un salto de prosperidad sin precedentes. La riqueza mundial se ha más que centuplicado desde 1800; la pobreza extrema ha disminuido hasta casi desaparecer; la esperanza media de vida se ha más que doblado. Las personas que vivían con menos de un dólar al día —medido mediante el concepto de Paridad de Poder de Compra— pasaron de un 85 % de la humanidad en 1800 a un 46 % en 1975 y un 18 % en 2007 [4].
En contra de la percepción general, esta victoria sobre la pobreza se ha acelerado en los últimos 35 años, a pesar de la crisis financiera de 2008. La ONU ha tenido que actualizar su umbral de pobreza absoluta, subiéndolo de 1 dólar al día a 2,3 dólares al día. E incluso así el progreso es prodigioso: el porcentaje de personas que ganan menos de 2,3 dólares diarios pasó del 35 % de la población mundial en 1990 al 8 % en 2025 [5]. Lo cual significa que, desde 1990, unas 137.000 personas dejan de pasar hambre cada día. El progreso se ha acelerado desde principios de los 90 porque fue cuando se hundió el bloque comunista, China evolucionó hacia un peculiar capitalismo de Estado y muchos países del Tercer Mundo se abrieron al mercado mundial y dejaron de aplicar recetas autarquistas. «La globalización ha sido una bendición para los pobres» (Steven Pinker) [6].
3 ¿Cuál es el secreto de la eficiencia productiva del capitalismo? «La sociedad capitalista —escribe Samuel Gregg— se basa en emprendedores que intentan predecir las necesidades y deseos de los demás y acertar con la combinación de factores productivos que es más capaz de satisfacerlos, asumiendo a continuación el riesgo de una inversión» [7].
El riesgo y la competencia son el secreto del éxito capitalista. El empresario arriesga su propio dinero: extremará, pues, la diligencia para ofrecer un producto con la mejor relación calidad/precio posible, y que satisfaga realmente las necesidades de los compradores. Está, además, presionado por la competencia de otras empresas que buscan exactamente lo mismo. La lucha por ganar el favor del consumidor es un incentivo potentísimo para aguzar el ingenio y mejorar la productividad.
La otra clave, como arguyeron Hayek y Von Mises, es la información. El sistema de precios libres transmite veloz y fidedignamente «conocimiento descentralizado» acerca de las expectativas de los consumidores y de la combinación de factores productivos más apta para satisfacerlas. Ningún equipo de planificadores humanos puede igualar al sistema impersonal de precios libres en la recolección de esa información, que es cambiante, local y dispersa. El mercado, por tanto, se autorregula en lo fundamental («mano invisible» de Adam Smith). Las interferencias gubernamentales en esa autorregulación —por ejemplo, el control estatal de precios y salarios— deterioran el mecanismo.
4 Este mecanismo de transmisión de información y optimización de la producción funciona a nivel mundial desde que el comercio internacional ha llegado a abarcar todo el planeta («globalización»). También a nivel global el mecanismo de precios libres fomenta la eficiencia y la competencia: obliga a los países a especializarse en los sectores en los que poseen ventaja comparativa, favoreciendo así el crecimiento. El viento ideológico anti-globalización —que encuentra su plasmación económica en el proteccionismo comercial— pone en peligro ese progreso. Hay precedentes históricos: la Smoot-Hawley Act —aprobada por el Congreso de EE. UU. en 1930— impuso fuertes aranceles a miles de productos; el resultado fue la adopción de medidas similares por otros países, lo cual dificultó el comercio internacional y contribuyó a la prolongación de la gran depresión de los años 30, en vez de a su solución. José Ramón Ferrandis explica bien las razones por las que el proteccionismo nunca funciona: «Los aranceles distorsionan los incentivos económicos de productores y consumidores. Los mercados protegidos fragmentan la producción internacional y reducen la competencia. Obstruyen la difusión de la innovación y el conocimiento. Además, la protección de mercados (aranceles, contingentes, barreras técnicas…) busca en realidad la protección de grupos de presión e intereses [los que temen la competencia extranjera y prefieren un «mercado cautivo» nacional; recuérdese la sátira de Frédéric Bastiat sobre los fabricantes de velas que se quejan de la competencia del sol]» [8].
Los polémicos aranceles impuestos por Donald Trump parecen confirmar todo esto: el crecimiento del PIB estadounidense ha sido de solo un 2,1 % en 2025 [9], mientras que en 2022 fue del 2,5 %, en 2023 del 2,9 % y en 2024 del 2,8 % [10]. Los aranceles han incrementado la inflación norteamericana en 0,4 puntos [11]. La finalidad de los aranceles era, supuestamente, reindustrializar EE. UU.; el efecto está siendo el inverso: según The Wall Street Journal, se destruyeron 75.000 empleos industriales (sobre todo en el sector automovilístico) entre febrero de 2025 y junio de 2026 [12].
5 Se dice que el capitalismo se basa en la codicia y la promueve. Pero la codicia es solo uno de los resortes motivacionales que pueden llevar a un emprendedor a buscar el éxito; además de para sí mismo, el empresario puede buscar beneficios para su familia, su ciudad o su nación (la satisfacción de haber creado empleo, de haber contribuido al desarrollo del país, etc.). Por otra parte, como ya advirtiera Aristóteles, solo la propiedad privada hace posible la caridad [13]: la filantropía consiste en dar algo de lo propio a quienes lo necesitan, no en exigir que el Estado lo haga cobrando impuestos a otros. En realidad, la alta presión fiscal mata la caridad: ¿para qué dar limosna, si ya estoy exprimido a impuestos que, supuestamente, sostendrán a los pobres? [14]. No hay mérito moral en pagar impuestos, pues son coactivos; sí lo hay en dar libremente de lo propio. Existe toda una tradición filantrópica asociada a los grandes emprendedores: fundación de universidades, bibliotecas, hospitales… Los hombres más ricos del mundo financian proyectos benéficos: Bill Gates ha dedicado la mitad de su fortuna a la Gates Foundation (vacunación infantil, lucha contra la malaria…); Mark Zuckerberg sostiene la Chan Zuckerberg Initiative (investigación biomédica, etc.); Jeff Bezos, la Day One Fund para ayuda a personas sin hogar. Warren Buffett ha donado a causas benéficas el 55 % de su patrimonio.
6 Los enemigos del mercado presentan la economía libre como una jungla amoral en la que todo vale. Sin embargo, el mercado no es la jungla, sino un juego sometido a reglas estrictas; la economía libre requiere un marco normativo que incluya la seguridad jurídica, la ejecutoriedad de los contratos, tribunales independientes ante los que sustanciar los contenciosos … Como señaló Michael Novak, «el capitalismo democrático no es solo un sistema de libre empresa. No puede florecer separado de una cultura moral que alimente las virtudes y valores de los que depende su existencia» [15]. Esas virtudes incluyen la laboriosidad, la previsión, la capacidad de aplazamiento de la gratificación, la capacidad de riesgo, el cumplimiento de las promesas… Creo que también las virtudes relacionadas con la estabilidad familiar (fidelidad conyugal, responsabilidad parental, etc.), pues familia y mercado se necesitan [16].
7 Que el capitalismo presuponga un marco de virtudes no significa que esté exento de sus propios riesgos morales, como cualquier otro sistema. Uno de ellos es el consumismo, la inclinación a llenar el vacío espiritual con el consumo de bienes materiales. Otro es la hipermercantilización, la extensión de la lógica del mercado a todas las esferas de la vida. Que el mercado sea muy eficaz en la producción de mercancías no implica que todo deba convertirse en mercancía. Lo sagrado es lo que no tiene precio [17]; una sociedad que aún conserve un sentido de lo sagrado sabrá acotar zonas vedadas al mercado: por ejemplo, el cuerpo humano, sus órganos, su actividad sexual y sus funciones reproductivas (no deben permitirse, por ejemplo, los «vientres de alquiler»).
8 El entorno moral necesario para el florecimiento del libre mercado se ha deteriorado seriamente. Son síntomas de ello, por ejemplo, la crisis de la familia (extinción gradual del matrimonio, sustituido por relaciones efímeras; hundimiento de la natalidad), o la defensa a ultranza de un Estado del Bienestar insostenible (la gente exige el mantenimiento de los subsidios, de pensiones de jubilación sobrevaloradas, etc., sin querer entender que ello obliga a una presión fiscal desmesurada que asfixia a las empresas, y a unas cotizaciones sociales que exprimen a los últimos jóvenes para sostener las infladas pensiones de una masa creciente de jubilados) [18]. El egoísmo, el hedonismo y el presentismo (carpe diem, «atrapa el día», disfruta el momento) hacen improbable el ahorro, el aplazamiento de la gratificación, el compromiso conyugal y parental o la recuperación de un Estado ligero reducido a sus funciones clásicas de defensa, justicia y policía.
9 La moral se apoya en la metafísica; las concepciones sobre el propósito de la vida dependen de la visión general del cosmos que se profese. El hedonismo presentista es coherente con el materialismo ateo: si solo somos materia y la muerte física es nuestro final absoluto, puede ser racional exprimir el momento y disfrutar al máximo mientras podamos. Viceversa, la capacidad de sacrificio y espera es coherente con la creencia en un mundo espiritual que sostiene y trasciende al material, en un Dios que nos llama a la virtud. Por tanto, quizás la única posibilidad de recuperación del marco ético en el que floreció el libre mercado estribe en un eventual renacimiento religioso.
10 En la Biblia hay muchas semillas aprovechables por un liberalismo cristiano que interprete la creación de riqueza desde una perspectiva trascendente, como participación en la creación divina. Por ejemplo, la idea de Dios como Gran Empresario que hace una inversión en el cosmos y en la humanidad, asumiendo riesgos con ello (el riesgo del pecado, asociado a la libertad humana) y esperando un beneficio a cambio (el amor y obediencia libre de sus criaturas). Y Dios nos convoca a continuar su creación: «Creced y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla» es la primera instrucción divina al ser humano en el mundo recién creado (Gen. 1, 28).
NOTAS
[1] Roger Scruton, How To Be A Conservative, Bloomsbury, 2015, p. 54.
[2] «Si calculamos […] lo que hay en los bienes debido exclusivamente a la naturaleza y lo debido exclusivamente al trabajo, descubriremos que en la mayoría de tales productos es preciso atribuir al trabajo un 99 % del total» (John Locke, Ensayo sobre el gobierno civil [1690], Aguilar, 1990, p. 52).
[3] «La auténtica perversión es la peculiar falacia que ve la vida en sociedad como una lucha en la que el éxito de uno implica el fracaso de los otros. Según esta falacia, todas las ganancias son pagadas por los perdedores» (Scruton, op.cit., p. 46). Uno de los resortes emocionales del socialismo es el resentimiento hacia la excelencia y el éxito: «El pensamiento de suma cero […] busca a su alrededor algún éxito comparativo contra el cual proyectar el resentimiento propio. Y se convence a sí mismo de que el éxito del otro es la causa de mi fracaso» (Scruton, op.cit, p. 47). (Traduzco al español las citas de obras extranjeras).
[4] José Ramón Ferrandis, Globalización y generación de riqueza, Unión Editorial, 2016, p. 25.
[5] https://worldopendata.com/worldbank/indicator/WB_CSC/WB_CSC_SI_POV_DDAY
[6] Steven Pinker, Enlightenment Now, Penguin, 2018, p. 92
[7] Samuel Gregg, The Commercial Society, Lexington Books, Nueva York-Plymouth, 2007, p. 56.
[8] José Ramón Ferrandis, op.cit., p. 68.
[9] https://www.bea.gov/news/2026/gdp-second-estimate-4th-quarter-and-year-2025
[10] https://apps.bea.gov/scb/issues/2025/11-november/1125-nea-annual-update.htm
[11] https://www.cbo.gov/publication/61389
[12] The Wall Street Journal, 11 Julio 2026.
[13] «La generosidad es imposible sin la propiedad individual. En una república sin propiedad [privada] el ciudadano no puede mostrarse liberal, ni ejercer ningún acto de generosidad, puesto que esta virtud solo puede nacer del destino que se dé a lo que se posee» (Aristóteles, Política, II, 1).
[14] «La libertad es imprescindible para el florecimiento de una sociedad virtuosa, y la virtud es indispensable para mantener y darle sentido a la libertad» (Rev. Robert Sirico, Defending the Free Market, Regnery Publishing, 2014, p. 181). En efecto, la libertad no es un fin en sí mismo, sino un instrumento para la práctica de la virtud, que permite alcanzar el verdadero fin, que es la «vida buena», la vida digna del hombre (o, en perspectiva cristiana, la santificación).
[15] Michael Novak, The Spirit of Democratic Capitalism [1982], Madison, 1991, p. 56. Sobre este tema, vid. mi libro Una defensa del liberalismo conservador, Unión Editorial, 2018.
[16] Sobre este punto, que no tengo espacio para desarrollar aquí, vid. mis libros Liberalismo, catolicismo y ley natural (Encuentro, 2013) y La fragilidad de la libertad (Homo Legens, 2018).
[17] «Muchas de las tradiciones más valoradas por los conservadores pueden ser entendidas como barreras que mantienen apartadas del mercado ciertas facetas de la vida humana. Por ejemplo, la moral sexual tradicional, que insiste en la sacralidad de la persona, el carácter sacramental del matrimonio y la pecaminosidad del sexo fuera de él» (R. Scruton, op.cit, p. 57).
[18] «¿Se ha vuelto la crianza de niños demasiado molesta para una cultura cada vez más interesada en los placeres del momento? […] Europa se está volviendo estéril, y los vínculos que ligan a una generación con la siguiente han sido debilitados por un Estado-niñera que ha asumido muchas de las responsabilidades antes poseídas por los padres que cuidaban a sus hijos y los hijos que cuidaban a sus padres ancianos» (R. Sirico, op.cit, p. 2).
La imagen que encabeza el artículo es La vocación de San Mateo, de Caravaggio. Pertenece al ciclo de la Vida de san Mateo que le fue encargada en 1599 para decorar la Capilla Contarelli en la iglesia romana de San Luis de los Franceses, donde se conserva. Fotografía: Gleb Simonov. Archivo en Wikimedia Commons con licencia CC0 1.0.