Revisión crítiva de «Sobre la naturaleza humana», de Edward Osborne Wilson

El entómologo articuló una fórmula integradora para todo el conocimiento humano, a la que llamó la consiliencia, pero incurrió en reduccionismos de carácter cientifista

Edward O. Wilson. CC Wikimedia Commons
Mariano Asla

Edward Osborne Wilson (1929-2021). Entomólogo y biólogo estadounidense, considerado  «el padre de la biodiversidad y de la sociobiología». En su obra «Sobre la naturaleza humana», propuso una fórmula integradora para todo el conocimiento humano (la consiliencia). Autor de una treintena de libros, ganó dos premios Pulitzer.

Avance

Edward O. Wilson partió de sus hallazgos en el estudio de la conducta de las hormigas, en el que fue una autoridad mundial, para articular una fórmula integradora para todo el conocimiento humano, a la que llamó la consiliencia. Aspiraba a hacer una ambiciosa lectura que desentrañara el misterio de la naturaleza humana, no exenta de mérito, entrelazando conocimientos provenientes de las ciencias naturales, las ciencias sociales y la filosofía. El profesor de Antropología y Ética Mariano Asla considera interesante el empeño sintetizador de Wilson, pero objeta su falta de rigor al incurrir en reduccionismos de carácter cientifista sobre la naturaleza humana y «cierta ingenuidad intelectual».

El análisis de Mariano Asla es una nueva aportación a la serie de revisiones críticas de obras del pensamiento y la ciencia contemporáneas, que han tenido destacada influencia en la sociedad, de la mano de especialistas en esas materias y dentro de la colección Ciudadanía y valores, que dirige Benigno Blanco. A continuación, publicamos un resumen que Asla ha hecho de su propio ensayo.

ArtÍculo

Pocos títulos resultan tan transparentes como este Sobre la naturaleza humana, que no deja mucho librado a la imaginación. Sin embargo, se trata de un libro curioso. En primer lugar, por su autor, ya que este tópico resulta propio de la filosofía y la teología o, en todo caso, de las ciencias sociales, pero no es habitual entre los mirmecólogos (estudiosos de las hormigas). En efecto, Edward Osborne Wilson fue un personaje singular. Se formó como entomólogo y dedicó su vida a investigar la conducta social de los insectos, pero además fundó dos disciplinas científicas —la biogeografía insular y la sociobiología—, acuñó (o casi) el término biofilia, escribió unos treinta libros y varios centenares de publicaciones científicas, ganó dos premios Pullitzer [1], propuso una fórmula integradora para todo el conocimiento humano (la consiliencia) y participó activamente en diversas iniciativas ecológicas, llegando incluso a sugerir que se reservara la mitad del planeta, como un inmenso parque natural, para la conservación de la biodiversidad [2].

En segundo término, resulta curiosa la naturaleza del escrito, que puede entenderse como un intenso esfuerzo de autocomprensión humana en clave científica. Es una obra breve (unas 300 páginas), pero colosal en sus pretensiones, pues busca abarcarlo casi todo. A lo largo de sus capítulos, integra aportes de la biología evolucionista, la psicología, la etnografía, la psicología y la historia, y aborda cuestiones como nuestro origen, nuestra herencia evolutiva, el desarrollo de los afectos y las conductas más fundamentales, hasta dilemas como la eugenesia y el horizonte transhumanista con los que el futuro ya empieza a desafiarnos.

 
Mariano Asla. Estudio crítico de «Sobre la naturaleza humana» de Edward Osborne Wilson. Colección Ciudadanía y Valores, 2026

Conviene reconocerle, por tanto, el mérito nada menor de ofrecer una supersíntesis, una lectura holística que intenta desentrañar el misterio de nuestra naturaleza a lo largo del tiempo. Sin embargo, ese mismo mérito es también su talón de Aquiles, pues la lógica tiene sus leyes inexorables, y no se puede ganar en extensión sin perder calado.

Esta debilidad se hace especialmente evidente en el modo en que Wilson asume como evidencias incuestionables ciertas tesis reduccionistas (ontológicas, epistémicas y antropológicas) que siguen siendo objeto de profundos y sofisticados debates. Peca, en algún sentido, de cierta ingenuidad intelectual.

En otro orden de cosas, resulta llamativo que un autor que reniega de cualquier compromiso metafísico y que se opone al antropocentrismo del humanismo clásico afirme, sin ambigüedades, la existencia y relevancia de la naturaleza humana. Más aún en una época como la suya —o la nuestra—, donde esta noción suele ser recibida con desconfianza y antipatía. Desde esa perspectiva, la reinserción de la biología y de la psicología en el discurso podría representar un soplo de aire fresco en el ambiente rancio de los diversos constructivismos y deconstructivismos posmodernos.

Sin embargo, aunque en un ambiente enrarecido un poco de aire puede hacer una diferencia importante, esto no resulta suficiente si no se abren las ventanas al exterior. El biologicismo reduccionista del autor le impide, en ese sentido, proporcionar una alternativa equilibrada y realmente superadora, a la falsa dicotomía que muchas veces se erige entre el negar sin más la naturaleza humana (posiciones antiesencialistas posmodernas) y el asimilarla a sus dimensiones inferiores, donde lo propio del hombre se desdibuja hasta desaparecer. Al decir de Nietzsche, la filosofía parece condenarnos a oponer a un error otro, igualmente impetuoso, pero de sentido contrario [3].

En resumen, Wilson formó parte de una generación de científicos como Stephen Hawking, Richard Dawkins, Frans de Waal y Steven Pinker, que incursionaron en la divulgación y contribuyeron a difundir una narrativa profundamente reduccionista. Brevemente y a modo de semblanza, diría que fue uno de los pensadores materialistas y cientificistas más influyentes y polémicos de nuestro tiempo.

Sobre la naturaleza humana: estructura y tesis principales

En el capítulo inicial, El dilema, Wilson dispone sus cartas sin pudor ni afectación, haciendo profesión explícita de fe en el naturalismo ontológico. Asume entonces sus postulados fundamentales. Primero, que el origen de la especie humana, como el del resto de los vivientes, se encuentra «en el azar genético y las necesidades ambientales [4], y no en el acto creador de Dios.

En segundo lugar, que la mente humana puede explicarse suficientemente a partir de un número finito de reacciones químicas y eléctricas, por lo que no existiría el alma espiritual propuesta por las religiones.

De esto, se siguen dos dilemas espirituales. El primero –que he de confesar me cuesta entender como dilema– emerge de la falta de propósito que atraviesa al universo entero y el anhelo de sentido que habita el corazón del hombre. Wilson reconoce que esa inquietud encontró su respuesta muchas veces en la religión o en las religiones seculares (como el marxismo) [5], pero considera que eso ya no es posible porque la ciencia ha desacreditado esos relatos. Por esa razón, la humanidad se encuentra en la búsqueda de un fundamento para sostener la ética y orientar racionalmente las acciones.

En este punto, surge el segundo dilema, que se manifiesta en la necesidad de elaborar una normativa moral adecuada a partir del único fundamento posible, que son las «premisas éticas inherentes a la naturaleza biológica del hombre» [6]. Pero estas premisas, como ya lo había reconocido Darwin, no resultan siempre congruentes, enfrentándonos a la dificultad de tener que discernir cuáles deben seguirse y cuáles deben ser inhibidas: el dilema. La salida que vislumbra Wilson supone la integración de la dimensión biológica, psicológica e histórica en un marco de comprensión naturalista que permita lograr acuerdos más profundamente humanos, es decir, la mencionada consiliencia.

Wilson señala un problema real que es el divorcio que se ha establecido con frecuencia entre la perspectiva científica y la filosófica, que deriva en el plano ético en la incomunicabilidad entre el mundo de los hechos y el de los valores. Sin embargo, su respuesta no puede superar el marco reduccionista y cientificista, por lo que termina disolviendo el problema en lugar de resolverlo, al debilitar el polo filosófico en tensión.

Esto queda claro cuando, como un ejemplo de la síntesis que la consiliencia supone, recurre a la integración sintética que la biología molecular y la citología alcanzan en la genética, que es un caso en el que no se advierte una diferencia fuerte en los niveles epistémicos de las disciplinas involucradas. No es un ejemplo que haga justicia con las posibles relaciones entre las ciencias naturales, las ciencias sociales y la filosofía.

Herencia, desarrollo y surgimiento

En estos capítulos, el autor despliega su tesis de la unidad biológica de la especie humana, de la que se sigue una suerte de apología aggiornada de nuestra naturaleza, apoyada en los siguientes puntos.

En primer lugar, observa que más allá de las diferencias importantes y conspicuas, el rango de variabilidad en las relaciones sociales humanas, lejos de ser indefinido, ni siquiera es amplio, si lo comparamos con otras especies animales. La razón última de esto radica en que no todo tipo de organización social es compatible con nuestras tendencias ni mucho menos con nuestra supervivencia y reproducción.

Para ilustrarlo, sugiere el experimento mental de imaginar una sociedad humana que quisiera adoptar las formas de organización social de las abejas. El resultado, afirma, sería una locura: «Se disolverían las personalidades, se desintegrarían las relaciones y cesaría la reproducción» [7]. En definitiva, existe un ancla biológica que pone coto a la diversificación cultural.

De igual modo, la etnografía expone los denominados «universales humanos», es decir, características que, hasta donde el registro muestra, se presentan en todos los pueblos conocidos, con relativa independencia del contexto cultural. Refiere entonces el trabajo del antropólogo estadounidense George Murdock, que propuso una larga lista de características, tanto individuales como colectivas, casi omnipresentes, entre las que se cuentan: la evitación del incesto, el lenguaje, la división de tareas, la organización por edades y por sexos, las normas de etiqueta, los ritos, la cirugía, las danzas, la adivinación, la hospitalidad, el adorno coporal, los juegos y un largo etcétera [8]. Estos rasgos comunes manifestarían propensiones emergentes de nuestra naturaleza.

Sin embargo, el cuadro humano completo involucra contrastes: luces y sombras, semejanzas y diferencias. Por ello, Wilson es consciente de que la interacción de los genes con los factores ambientales es compleja, variable e intrincada, y elige para simbolizarla la metáfora propuesta por el biólogo británico Conrad Waddington [9].

En esta imagen, el desarrollo se asemeja al paisaje de una zona montañosa que se extiende hasta una playa, y los rasgos de un viviente se comportan como una pelota rodando cuesta abajo. Algunas características descienden por canales profundos y bien marcados, lo que configura un margen estrecho para las variaciones en su camino (en sus ejemplos, el color de los ojos o la expresión facial de ciertas emociones básicas). Otros rasgos, sin embargo, atraviesan configuraciones del terreno mucho más irregulares y superficiales, por lo que su derrotero sólo se podría anticipar de un modo estadístico. El aprendizaje y la cultura oficiarían como factores que complejizan el paisaje y lo vuelven más intrincado, casi imprevisible.

En resumen, la mente humana no es una tabula rasa, y a pesar de que los seres humanos vivimos vidas distintas, lo hacemos sobre la base de reglas «lo suficientemente estrechas como para producir una amplia superposición en las decisiones tomadas por todos los individuos, y de aquí una convergencia lo suficientemente poderosa para ser llamada naturaleza humana» [10].

Finalmente, en el capítulo denominado Surgimiento, Wilson se adentra en dos de las discusiones filosóficas que quizás más se han complejizado en los últimos años: la explicación de la conciencia y el problema del libre albedrío. Acepto, por lo tanto, su propia aclaración: «La opinión que aquí se presenta es personal y muy simplificada» [11]. Sin embargo, el resultado es bastante pobre.

Su abordaje de la conciencia se inserta en la línea del materialismo promisorio, que deposita su esperanza en los futuros desarrollos de la neurociencias, y se limita a ofrecer una explicación que por momentos niega y en otros supone la raíz de la subjetividad que es lo que se pretende explicar. En cuanto al libre arbitrio, plantea el escenario de un determinismo ontológico, combinado con una indeterminación epistémica, lo que se traduce en la imposibilidad, de hecho, de predecir los comportamientos individuales. El resultado es, más bien, una ilusión de libertad.

Agresión, sexo y altruismo

Wilson comienza su exposición alejándose de la tesis de Lorenz, que entiende la agresión como un instinto unitario para los vivientes [12]. Señala, más bien, que no es una estrategia adaptativa universal y que resulta altamente variable entre las especies. No obstante, reconoce algunas motivaciones prevalentes como: la territorialidad, las disputas de dominio, las vinculadas a la sexualidad (control de las hembras), el castigo, etc. De entre estas formas de violencia, la vinculada a la territorialidad suele ser la más violenta pero también la más costosa y arriesgada, por lo que solo resulta adaptativa en contextos de escasez. Desde esta perspectiva, incluso las guerras oficiarían como una forma velada de control demográfico.  

Sobre esta base ecológica, pero también genética e instintiva, se añade luego todo un aparato cultural de justificación, relacionado con la historia y las tradiciones. El tribalismo y la tendencia a dividir el mundo en dos categorías: los buenos (cercanos) y los malos (extraños), se realiza luego en la constitución de pueblos y naciones, y subyace a los comportamientos xenofóbicos. En este caso, los canales de la agresión son, volviendo a la metáfora de Waddington, profundos. No obstante, a decir verdad, nuestra relación con la agresividad es ambivalente. Por un lado, las sociedades han intentado regularla y restringirla, proponiendo criterios para distinguir sus formas justificadas de las injustificadas. Sin embargo, pese a todo, continúa inmersa en nosotros como una fuerza latente.

Para resumir, Wilson se asoma al misterio del mal en el corazón del hombre, intentando mantenerse fiel a su reduccionismo, pero sin desestimar la complejidad del problema. A nivel descriptivo hace un buen trabajo, rastreando la raíz de las emociones que nos inclinan a la agresividad e intentando insertarlas en un marco adaptativo e histórico-cultural. Le falta, sin embargo, acceder al plano propiamente filosófico: a la definición de lo que es una conducta irracional (que le permitiría distinguir la simple agresividad de la violencia), a la cuestión de la dignidad de la persona que nunca puede ser usada como medio, y a los motivos profundos por los que un ser humano razonablemente pone un coto a su egoísmo.

En cuanto al tema del sexo, resulta interesante que su punto de partida sea la discusión de que la sexualidad tenga como fin principal la reproducción, pues, para ello, la naturaleza ha dispuesto formas más eficaces [13]. Tampoco concuerda con Dawkins en que se pueda dar una explicación basada en el interés de los genes, porque en esa reproducción los gametos transmiten apenas la mitad del patrimonio genético, y la proporción disminuye proporcionalmente con cada generación. Finalmente, no tiene mucho sentido afirmar que se ordena al placer, ya que en muchas especies no interviene en absoluto en el proceso. La sexualidad se ordenaría, por fin, a favorecer la diversidad por la cual la vida compensa la variabilidad ambiental.

Luego, enfrenta la cuestión particularmente delicada de la sexualidad humana. Eso explica su extraña oscilación entre una posición biologicista que privilegia al todo y una reivindicación de la libertad individual, más consonante con el espíritu de su tiempo. Se acerca al biologicismo cuando reconoce que las diferencias entre los sexos derivan en la «división de trabajos más eficiente que es posible» [14], y cuando defiende a la familia como un núcleo de resistencia biológica contra los embates de la cultura; se aleja cuando propone deconstruir las inclinaciones innatas del varón y de la mujer, para mitigar la tendencia a perpetuar las diferencias de género, aun a costa de impedir el desarrollo de algunas personas. Se acerca al biologicismo cuando intenta una justificación de la homosexualidad en clave adaptativa, pero lo trasciende al hablar de que la finalidad del sexo es la unión interpersonal por encima de otra cosa.

Entiendo y comparto su intención de defender a las personas; considero, sin embargo, que carece de los fundamentos metafísicos desde los cuales esa defensa cobra un mayor sentido. No tiene una noción fuerte de persona, que tiende por lo tanto a desdibujarse en el todo biológico, debilitándose la conciencia de su dignidad y, correlativamente, la de su cuerpo. Tampoco parece poder escaparse del lazo de una ética utilitarista, cuando apuesta a la ingeniería social como una manera de formar sociedades más justas y productivas, a costa del sacrificio de algunas personas.

Finalmente, respecto del altruismo, me limitaré a decir que lo considera imposible en su versión más dura (esto es, generosidad sin mezcla alguna de interés egoísta) y que, en sus formas blandas, se podría explicar simplemente a partir de emociones básicas compartidas con otros animales e insectos.

Religión y esperanza

En estos últimos capítulos, Wilson explicita su trasfondo filosófico y esboza su visión acerca del futuro. Reconoce, en tal sentido, que «la predisposición religiosa es la fuerza más poderosa y compleja de la mente humana y con toda probabilidad una parte inseparable de la naturaleza humana» [15]. Sin embargo, inmediatamente, atribuye este hecho a la mera necesidad humana de creer.

Comienza entonces una reconstrucción sociobiológica del fenómeno religioso, como un fenómeno natural y adaptativo complejo que engloba: creencias, normas, rituales, costumbres, instituciones, etc. De alguna manera, se concentra en los aspectos más naturales y humanos de lo sobrenatural, en el por qué y el para qué de la inclinación subjetiva a la fe.

Propone entonces un modelo basado en el concurso de tres formas de selección natural. La primera, eclesiástica, consiste en la elaboración de rituales y convenciones por medio de los cuales los dirigentes religiosos logran impacto emocional en sus fieles. La evolución se da a nivel cultural y las formas más efectivas para seducir las mentes prevalecen [16].

El segundo nivel está dado por la selección ecológica que implica la necesidad de que las religiones contribuyan (o por lo menos no obstaculicen) la consolidación de grupos fuertes, saludables y fértiles, pues de otro modo desaparecerían con el tiempo.

La tercera forma opera a nivel genético y se correlaciona con una serie de inclinaciones cognitivo-afectivas que tienden a repetirse en las religiones como: el establecimiento de tabúes, la dicotomización de realidades sagradas y profanas, el culto al líder, la dominación jerárquica, la esperanza escatológica, etc. [17]. La interacción de estas tres selecciones contribuye a la cohesión de los grupos y mejora su competitividad frente a otros.

De todo lo anterior se sigue que la religión tiene algo de inevitable, por lo que la idea de Dios y de creación no podrían ser eliminadas del todo. No obstante, su propuesta implica el avance del materialismo científico como una suerte de «mitología alternativa» llamada a acorralar a la teología, dispuntándole la explicación de la realidad. En ese avance de la ciencia, que ocupa progresivamente el lugar del antiguo Dios tapa agujeros, el golpe final sobrevendrá con la explicación naturalista del mismo fenómeno religioso.

El esquema que propone se inserta en las tradiciones de la sociología y la psicología de la religión, así como en el paraguas contemporáneo de las ciencias cognitivas de la religión, constituyendo una aproximación valiosa en esos ámbitos. No es absurdo suponer que la supervivencia y ubicuidad del fenómeno religioso sean un signo de su valor adaptativo. El problema nace, como siempre en los reduccionismos, con la deriva hacia el nada más que, es decir, cuando se pretende que los aspectos del objeto que se presentan al propio método agotan su entera realidad.

Una segunda cuestión es su interpretación filosófica de que las explicaciones científicas terminarán eliminando las respuestas teológicas o reduciéndolas a una persistente reliquia irracional. Esto implica una confusión de campos, que está en la base de la tesis del Dios tapa agujeros que Wilson mismo se proponía criticar. En ese sentido, es lógico que la ciencias acorralen a esa figura de Dios, porque esa figura no le hace justicia a su acción causal.

De este error se sigue otro, que consiste en creer que las explicaciones naturalistas de la religión invalidan su contenido. Eso no es cierto, ya que explicar por qué el hombre está inclinado a creer, si bien puede tener un efecto psicológico desacreditador, en realidad no dice nada de la verdad o falsedad de lo creído. Para poner un ejemplo sencillo, sobran motivos por los que sospechar de los elogios que un vendedor hace de un automóvil, pero, en rigor, eso no implica una refutación de sus razones. A ese tipo de argumentación se la ha dado el nombre de «falacia genética» [18].

Finalmente, luego de toda su explicación de nuestra naturaleza, expone los motivos de su esperanza. Entonces, sale a la luz su mesianismo cientificista, su apuesta a que una ética, basada en la mejor síntesis de las ciencias naturales y las humanas, logrará sustentar un código de valores morales profundamente comprendido y aceptado. Esto implica reconocer y combatir al egoísmo, el tribalismo y la inequidad a los que hemos sido empujados desde el principio por nuestra herencia de mamíferos.

La etapa final, sin embargo, supone ir más lejos. Y, aunque lamentablemente no le dedica al tema más que unas líneas, queda claro que el verdadero progreso se dará cuando, tomando el derrotero evolutivo en nuestras manos, podamos desarrollar una eugenesia verdaderamente democrática [19]. Entonces, en el marco de un proceso guiado por las ciencias, cada vez más refinadas para tratar las cuestiones humanas, el conocimiento del cerebro nos abrirá las puertas de la comprensión de la historia y de sus leyes, lo que nos permitirá, a su vez, predecir algo del futuro de la humanidad [20].

Por último, la humanidad enfrentará al tercero y definitivo de los dilemas. Los adelantos genéticos nos permitirán desentrañar los mecanismos profundos de nuestras conductas sociales, y nos veremos obligados a decidir si deseamos darle continuidad a nuestra naturaleza o provocar un verdadero cambio de especie. De esta forma, Wilson desnuda en forma de dilema el núcleo funsdamental de las actuales narrativas transhumanistas. Coincido en este punto que de la forma en que resolvamos este dilema dependerá nuestra continuidad como seres humanos.

Conclusiones

La relación del hombre con su propia naturaleza biológica es compleja y desafiante. Una interpretación correcta debería, en tal sentido, dar razón de sus tres momentos constitutivos: la continuidad, la novedad y la ruptura.

Evidentemente, una obra como la de Wilson subraya la continuidad, la realidad del animal social que somos. De ahí que su mérito principal es el de visibilizar nuestra peculiar biología como el condicionante fundamental. Sin embargo, atravesado este punto, se vuelve necesario separarse del autor, pues esta mirada biológica es apenas el marco inicial, sobre el que deben integrarse las demás dimensiones: psicológica, social y espiritual, dimensiones que están íntima y evidentemente implicadas, pero que no son reductibles entre sí.

Se llega de esta manera a la segunda clave, la novedad, que se produce en la biología con el despertar de la conciencia, y con el nacimiento de una nueva ontología de significados y de valores. Finalmente, la ruptura viene dada por todo aquello que en el ser humano no solo excede sino que contradice las meras leyes de la supervivencia. La libertad en sentido fuerte y la dignidad humana son manifestaciones en ese sentido.

En resumen, a casi cinco décadas de su publicación, Sobre la naturaleza humana sigue siendo una aproximación interesante y provocadora, pero en alguna medida incompleta al misterio que somos.

Para seguir profundizando

WILSON, E. O. Sociobiología: La nueva síntesis. Ediciones Omega, 1980.

WILSON, Edward O. Consiliencia: La unidad del conocimiento. Galaxia Gutenberg, 1999.

WILSON, Edward O. Biofilia: El amor a la naturaleza o aquello que nos hace humanos. Errata naturae, 2021.


[1] Con los libros Sobre la naturaleza humana y Las hormigas, Wilson recibió el premio Pulitzer en la categoría No ficción-general en dos oportunidades, en 1979 y 1991.

[2] La iniciativa, fuertemente debatida, se denominó Proyecto de la Mitad de la Tierra. Su sitio oficial es accesible en línea en: https://map.half-earthproject.org/

[3] NIETZSCHE, Friedrich. La voluntad de poder. Buenos Aires: Prestigio, 2006, p. 433.

[4] WILSON, E. O., Sobre la naturaleza humana. Traducción de Antonio Sánchez Mayo. México: Fondo de Cultura Económica, 1980, p. 13.

[5] Del marxismo llega a decir que es «una forma de religión embellecida con hermosas trampas», Op. cit. p. 240.

[6] Op. cit., p. 18.

[7] Op. cit., p. 39.

[8] MURDOCK, George P. «The Common Denominator of Culture». En The Science of Man in the World Crisis, edited by Ralph Linton, 124–142. New York: Columbia University Press, 1945.

[9] WADDINGTON, Conrad. The Strategy of the Genes: A Discussion of Aspects of Theoretical Biology. Londres: George Allen & Unwin, 1957.

[10] Op. cit. p. 103

[11] Op. cit., p. 116.

[12] LORENZ, Konrad. La agresión: el pretendido mal. Traducido por Félix Blanco. Madrid: Siglo XXI, 2015.

[13] Op. cit. p. 174.

[14] Op. cit. p. 177.

[15] Op. cit. p. 238.

[16] Esta explicación de la religión se asemeja a la teoría memética de Dawkins. Cfr. DAWKINS, Richard. El gen egoísta. Las bases biológicas de nuestra conducta. Barcelona: Salvat Ediciones, 2014.

[17] En esta línea, de ver a la religión como el emergente de estructuras cognitivo-psicológicas (arquetipos) evolucionados con otros propósitos originales, puede ser interesante el abordaje de P. Boyer. Cfr. BOYER, Pascal. Religion Explained: The Evolutionary Origins of Religious Thought. New York: Basic Books, 2001.

[18] He tratado este tema en: ASLA, Mariano y CARMAN, Cristián Carlos. «La religión como un fenómeno natural: ¿Apoyan las explicaciones evolutivas el ateísmo?» Quaerentibus 12 (2019): 52–69.

[ 19] Op. cit. p. 275.

[20] Op. cit. p. 287.


Imagen de cabecera: Edward Osborne Wilson, 2003, fotografiado por Jim Harrison. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.


Otras reseñas de los libros de la colección Ciudadanía y valores:

Luis Fernández Navarro: Revisión crítica de «Más allá de la libertad y de la dignidad», de Burrhus. F. Skinner

Francisco Rodríguez Valls: Honrar la vida. Una revisión crítica del «Gen egoísta» de Richard Dawkins

Salvador Anaya: Una revisión crítica de «El error de Descartes» de António Damásio

Ignacio Sánchez Cámara: Una revisión crítica de la «Teoría de la justicia» de John Rawls

María Calvo Charro: Una revisión crítica de «La mística de la feminidad», de Betty Friedan

Héctor Velázquez Fernández: Una revisión crítica de «Mejoramiento humano» de Nick Bostrom y Julian Savulescu