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Ver productosLas miniseries de televisión sobre Rafael Nadal y la selección inglesa de fútbol profundizan en los retos extremos que implica la alta competición

15 Jul 2026 - 6min.
Avance
El Mundial de Fútbol se muere y la hierba ya vuelve a crecer en Wimbledon, pero sus enseñanzas perduran. Coinciden además en el tiempo dos series de televisión, una documental y otra ficcionada, que ahondan en las lecciones vitales que a menudo ofrece el deporte. Que desde los tiempos de Grecia y Roma su vertiente más espectacular sea utilizada como anestesia social no invalida su valor.
En Dear England y en Rafa vemos los estragos físicos y mentales que suele causar la competición de élite. Levantarse después de cada caída, una y otra vez, también lo hacen la mayoría de personas sin llevarse un solo aplauso. Aprender a sobreponerse a la culpa y el dolor es posible con o sin pelota. Entonces, ¿tiene alguna utilidad fisgonear en las vidas de las estrellas?, ¿difiere algo de seguir los cotilleos de los famosos sin medalla? Quizás ayude, como mínimo, a prevenir la envidia y a entender que ni siquiera a los elegidos les llueve el éxito del cielo.
Dear England, serie que en España se puede ver a través de Movistar Plus, cuenta cómo la intervención de un solo individuo, cuya reputación no era demasiado elevada, cambió la historia de un equipo nacional e incluso el estado de ánimo y casi la salud mental de todo un país. La segunda, a propósito de Rafael Nadal, explora la capacidad del deportista para explorar sus límites más allá de lo recomendable. Ver el lado humano de la leyenda, las exigencias a las que fue sometido desde niño y los sacrificios inmensos que requiere llegar a la cima de este pequeño Olimpo no es menos clarificador.
ArtÍculo
Los aficionados al balón conocen la manoseada cita del escocés Bill Shankly (1913-1981), futbolista y entrenador que triunfó en el Liverpool: «Algunos creen que el fútbol es cuestión de vida o muerte, cuando en realidad es mucho más importante». En Dear England esto ni se discute, aunque a la vez se (de)muestra que humanizar el deporte puede acortar el camino hacia el éxito.
Nota personal: escribir sobre el libro de Andrea Fuentes, Mentalidad, propósito, pasión.
Aunque la mitad de sus escenas transcurren en las verdes praderas de los estadios, Dear England es la adaptación de James Graham de su propia obra teatral. Los protagonistas son el exfutbolista y seleccionador Gareth Southgate, interpretado por Joseph Fiennes, y la psicóloga deportiva Pippa Grange, a quien da vida Jodie Whittaker. La mera inclusión de este personaje en un papel de alto rango da una pista: en esta historia, los principales tiros no van a puerta, aunque también, y la salud mental es otra cuestión de vida o muerte.

Graham, en efecto, explica que la suya «no es una historia sobre fútbol, sino sobre cómo afrontamos el fracaso y lo que eso revela de nosotros como sociedad». Ojo, no como individuos. De eso se encarga la serie de Netflix sobre Rafa Nadal. Dear England, añade Whitaker, siempre excelente, «habla del miedo a fallar bajo la mirada de todo un país». El temor es previo al lanzamiento, pero lo que viene después puede ser mucho peor.
Conviene explicar un poco la trama de la serie, que no tiene demasiado que ver con la excelente comedia Ted Lasso, por si alguno lo sospecha. De entrada, aquí los personajes son reales y sus biografías resultan reveladoras. Como futbolista, Southgate falló un penalti decisivo en la historia del equipo inglés, pese a lo cual es elegido, de forma interina, para ser el seleccionador en un equipo que no gana nada importante desde 1966.
(Estas líneas, por cierto, se escriben horas antes de una nueva oportunidad para su selección, justo 60 años después de su único triunfo en un Mundial, ya con otro entrenador. No existe por tanto la posibilidad de utilizar de forma ventajista el resultado de Inglaterra en las semifinales y en la posible final de la Copa del Mundo de 2026).
Es un tópico, pero no por ello falso, decir que lo importante no es tanto la azarosa consecución de unos resultados, como el camino, lleno de esfuerzos imprescindibles para alcanzar el éxito. Southgate era un hombre herido y carcomido por la culpa. Además, por si sus fantasmas no eran suficientes, tenía en contra a la prensa y a la opinión pública. Pese a todo, logró cambiar la inercia de un país que no creía posible volver a triunfar en el deporte que inventó. La miniserie consigue incluso que simpaticemos —o empaticemos, al menos— con una selección no especialmente querida en el resto de Europa, menos aún después del Brexit.
Otra vertiente interesante de la serie es su enfoque educativo. El entrenador inglés es tachado de blando, es un jefe que no humilla a sus chicos, que se mete en su piel y que opta por un liderazgo intelectual, casi delbosquiano. Introduce la psicología en el equipo nacional y además lo hace de la mano de una especialista femenina, casi una provocación en cualquier vestuario inflamado de testosterona.
En Dear England se ofrecen también pinceladas sobre el contexto político y no se esconde la capacidad del fútbol para perdonar comportamientos racistas, sexistas y violentos. El devenir del balón es solo un síntoma de los males de un país que olvidó hace tiempo sus mejores años.

Lo de Rafa Nadal es otra cosa, quizá no tan revolucionaria desde el punto de vista audiovisual, pero no menos elocuente. Transcurre en dos líneas de tiempo paralelas: la evolución deportiva de un deportista que no lo tuvo tan fácil como algunos sospechan y los instantes finales de una carrera exprimida hasta la última gota. Al ver los desvelos de todo su entorno para cuidar la salud de un gladiador castigado es difícil no pensar en lo bien que le habría venido (si la tuvo, no se cuenta) el refuerzo de un especialista en los asuntos de la mente.
Nadal es un deportista que no se retiró de milagro al comienzo de su impresionante carrera. Arrastra problemas crónicos en un pie y los parches médicos no evitan que los males se le vayan extendiendo por el cuerpo como una voraz gangrena. Su fuerza de voluntad se sobrepone a todo, ante el asombro de su propio equipo. Incluso un artista de la raqueta como Roger Federer contaba que el esfuerzo es imprescindible, por grande que sea el talento.
Nadal, seguramente menos dotado, necesitó trabajar aún más y en unas condiciones casi imposibles. En su caso, es clave la figura de su tío y entrenador, cuya influencia sobrevive a la larga relación personal y profesional que mantuvieron. En Rafa no hay ficción ni diálogos imaginados. Si acaso, los autores del documental moldean su relato dentro de un género en el que, por paradójico que resulte, es mucho más fácil manipular que en la ficción. La conclusión, que parece cierta, es que Nadal tuvo dos grandes rivales que lo ayudaron a crecer en su carrera y que el verdadero enemigo, silencioso, fue siempre su propio cuerpo.