Estados Unidos y China, hacia un siglo compartido

Cómo gestionar la rivalidad con el gigante asiático y soslayar la amenaza de la guerra

Estatua de la Libertad (EE. UU.) y el Buda gigante de Leshan (China). CC Wikimedia Commons
Nueva Revista

Rush Doshi. Politólogo estadounidense. Director de la Iniciativa sobre Estrategia para China en el Consejo de Relaciones Exteriores. Exasesor del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca, durante la administración Biden. Autor del libro The Long Game: China’s Grand Strategy to Displace American Order (El juego a largo plazo: la gran estrategia de China para desplazar el orden estadounidense).

Avance

Estados Unidos ya no está solo empuñando el cetro de la hegemonía mundial. En este siglo XXI, Washington deberá convivir con un competidor de dimensiones similares o incluso superiores: China. El factor decisivo no sería únicamente su crecimiento económico, sino la escala demográfica, industrial, tecnológica y militar, que modifica las reglas tradicionales del pulso entre grandes potencias. Lo cuenta en The Economist, el politólogo norteamericano Rush Doshi, autor del libro The Long Game: China’s Grand Strategy to Displace American Order.

Durante los dos primeros siglos de su historia, EE. UU. se benefició de una ventaja estructural basada en su tamaño continental, su población y una capacidad productiva muy superior a la de sus rivales. Esa combinación le permitió superar sucesivamente al Imperio británico, derrotar a Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial e imponerse a la URSS durante la Guerra Fría. Contaba, además de sus fortalezas económicas y militares, con el «poder blando», término acuñado por el politólogo Joseph S. Nye Sr., eficaz arma con la que ha dominado la cultura y las costumbres del mundo durante el llamado «siglo americano».

Pero ahora es el gigante asiático quien dispone de una escala que puede inclinar el equilibrio internacional a su favor. Su economía es aproximadamente un 30 % mayor, en términos de paridad de poder adquisitivo; posee una capacidad manufacturera muy superior; lidera sectores estratégicos como la construcción naval, las baterías, los vehículos eléctricos y el refinado de tierras raras; registra más patentes, produce una cantidad creciente de investigación científica de alto impacto; dispone de la mayor marina de guerra del mundo y continúa ampliando sus capacidades militares. Arrastra, cierto es, problemas importantes —envejecimiento demográfico, endeudamiento elevado, debilidad del sector inmobiliario y desaceleración económica—, pero ninguno de ellos elimina la ventaja derivada de su escala, en opinion del autor. Pensar lo contrario sería hacer un diagnóstico equivocado.

Xi Jinping lo sabe y su estrategia consiste en aprovechar la ocasión para hacer el sorpasso, liderando la revolución tecnológica e invirtiendo los términos: que ya no dependa China del exterior, sino al revés.  El riesgo para EE. UU. y sus aliados sería una pérdida progresiva de capacidad industrial, tecnológica y logística, acompañada de una creciente dependencia de suministros y componentes estratégicos del gigante asiático.

¿Cómo afrontar el pulso que echa Pekín?

El autor rechaza dos respuestas que considera igualmente inadecuadas. La primera consistiría en intentar contener completamente a China y preservar la primacía estadounidense mediante una estrategia de confrontación, opción que juzga poco realista y potencialmente desestabilizadora. La segunda sería aceptar un proceso de acomodación que sacrificara intereses esenciales a cambio de una estabilidad aparente, aumentando con ello la capacidad de influencia de Pekín sobre Occidente.

Como alternativa propone una estrategia de largo plazo basada en dos pilares complementarios. El primero es una competencia gestionada. La rivalidad entre ambas potencias sería inevitable, pero debería mantenerse dentro de límites que reduzcan el riesgo de una escalada militar accidental. Para ello considera esencial mantener canales permanentes de comunicación estratégica que permitan aclarar intenciones, reducir errores de cálculo y gestionar las diferencias en cuestiones especialmente sensibles como el comercio, la tecnología y Taiwán, asunto estratégico para Xi Jinping.

El papel de los aliados

El segundo pilar consiste en aprovechar la escala colectiva de las democracias industrializadas. Yendo por libre, EE. UU. tendrá dificultades para equilibrar el peso de China, mientras que una acción coordinada con Europa, Japón, Corea del Sur, Australia, India y Canadá generaría un músculo económico, tecnológico e industrial claramente superior. Esa cooperación debería traducirse en una política industrial común, con mecanismos de protección frente a prácticas desleales, integración de las cadenas de suministro, inversiones cruzadas en sectores estratégicos y mayor coordinación tecnológica y militar. No es un escenario utópico: contamos con el desarrollo de la inteligencia artificial, ejemplo de interdependencia entre aliados, ya que los avances más importantes combinan capacidades estadounidenses, europeas y asiáticas dentro de un mismo ecosistema tecnológico.

Rush Doshi no plantea la posibilidad de una victoria definitiva sobre China ni considera factible revertir su ascenso, sino construir un equilibrio estable que permita preservar los intereses fundamentales de EE. UU. y Occidente en general, evitando un conflicto abierto entre las dos mayores potencias del mundo.

El artículo completo publicado por Rush Doshi puede verse en The Economist.

La imagen que ilustra el texto es un montaje de la Estatua de la Libertad, foto de Elcobbol, con licencia de Creative Commons, que se puede consultar aquí; y de El buda gigante de Leshan, foto de McKay Savage, con licencia de Creative Commons, que se puede consultar aquí.