Deconstruyendo la primera noche estrellada de Van Gogh

Con «Terraza de café por la noche», el artista holandés logró su empeño de pintar un cielo nocturno

«Terraza de café por la noche» de Vincent van Gogh
«Terraza de café por la noche» de Vincent van Gogh
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La noche estrellada es, valga la redundancia, una de las obras estelares de Van Gogh. La pintó muy al final de su vida, en junio de 1889; en realidad, prácticamente toda su obra está hecha en sus últimos cinco años, el periodo 1885-1890. El tema del cielo nocturno no era habitual en sus cuadros. Parece que le había costado llegar a plasmarlo. Sus cartas dan testimonio del interés que le despertaba. En una de abril de 1888, dirigida a su amigo el pintor Émile Bernard, escribe: «Un cielo estrellado, por ejemplo, fíjese, es algo que me gustaría intentar hacer». Dos meses más tarde escribe al mismo corresponsal: «Pero ¿cuándo pintaré mi cielo estrellado, ese cuadro que me preocupa continuamente?». Lo hará por primera vez en septiembre de ese año. Será el no menos famoso Terraza de café por la noche. Por esos días escribe a su hermano Theo: «Pienso a menudo que la noche es mucho más viva y de más ricos colores que el día». Y: «La cuestión de pintar las escenas o efectos de noche en el lugar y la noche misma me interesa enormemente». Enseguida vendría otro cielo nocturno, Noche estrellada sobre el Ródano.

«Aquí [en Arlés, donde residía entonces] hay noches muy bellas», escribe en una carta de marzo de ese año. Y en junio, de nuevo a Theo: «Yo confieso no saber por qué será, pero siempre la vista de las estrellas me hace soñar, tan simplemente como me impulsan a soñar los puntos negros que representan en el mapa las ciudades y lugares. ¿Por qué, me pregunto, los puntos luminosos del firmamento nos serían menos accesibles que los puntos negros en el mapa de Francia? Si tomamos el tren para irnos a Tarascón o a Ruán, tomamos la muerte para irnos a una estrella. Lo que es realmente cierto en este razonamiento es que, estando en vida, no podemos irnos a una estrella; lo mismo que estando muertos no podemos tomar el tren. En fin, no me parece imposible que el cólera, el mal de piedra, la tisis, el cáncer, sean medios de locomoción celeste, como los barcos a vapor, los ómnibus y el ferrocarril, lo son terrestres».

Esas ideas le rondaban a Van Gogh cuando pintó los tres célebres cuadros citados que tienen el denominador común de ser nocturnos. Terraza de café por la noche, su primera noche estrellada, y que describió a Theo diciendo que «representa el exterior de un café, cuya terraza está iluminada por una gran linterna de gas en la noche azul, con un rincón de cielo azul estrellado», es el gran reclamo de la exposición que puede verse ahora mismo en Tokio (hasta el 12 de agosto); de hecho, el título del cuadro da nombre a la exposición.

La obra ha dado pie a distintas interpretaciones. Según la Wikipedia, el camarero que está de pie, sirviendo a los clientes de la terraza, es Cristo, y los comensales, los apóstoles. La profunda religiosidad de Van Gogh concede alguna verosimilitud a la interpretación. Un reciente artículo del crítico Kelly Grovier aborda el cuadro desde una perspectiva distinta, deteniéndose en cinco elementos esenciales.

Para Grovier, el cuadro resultaría fundamental para Van Gogh (aunque apenas tendría dos años más para seguir pintando), «no solo porque introdujera una nueva fascinación por las coordenadas brillantes del cosmos sobre él»; sino porque en él podemos ver a Van Gogh reinventándose a sí mismo y reinventado el papel del artista como testigo del universo, del pasado, el presente y el porvenir. El artista había llegado a Arlés con la esperanza de superar una situación de mala salud física y mental. Veía la región de la Provenza como un área de renovación creativa y espiritual en la que el pasado podía ser borrado y el yo renacer. En lo que respecta a su particular renovación artística, había manifestado su deseo de no representar lo que tenía delante de los ojos, sino evocar un sentido de lo infinito.

Con esa premisa, una clara y cálida noche de septiembre Van Gogh instaló su caballete en la Plaza del Foro de Arlés. Lo que hizo el artista sería crucial para el devenir de la pintura. «De repente —escribe el crítico estadounidense— los objetos mundanos comenzaron a vibrar con un resplandor sobrenatural. La infinidad del paisaje estelar arriba y lo efímero del mundo del abajo se difuminaban en una sola tela resplandeciente… Van Gogh transformó una plaza común en algo más extraño: otro lugar idealizado, un lugar donde el pasado y el presente se funden ambiguamente en un espejismo onírico que no es de aquí y ahora ni de allí y entonces, sino de ambos a la vez».

Grovier analiza los cinco elementos que considera fundamentales en el cuadro, en los que el pasado histórico de la ciudad está muy presente, aunque no sea de un modo directo. El primero es el «mar ondulante de adoquines multicolores», que encubren el antiguo foro romano, por lo que son como los escombros del pasado, y hacen que el espectador aparte la mirada del foco principal de la obra, el café. El segundo elemento son las columnas del edificio que hace esquina a la derecha del cuadro, una discreta referencia al pasado romano de Arlés sobrepuesta sobre lo que era el verdadero edificio. «En la obra de Van Gogh —dice el crítico— puedes mirar atrás, pero es mejor no mirar fijamente». Las sillas del café, vacías en su mayor parte, parecen preparadas para ser ocupadas por los asistentes a un espectáculo a punto de comenzar. Según el crítico, esa composición remitiría al espectáculo de la decapitación de un noble a finales del siglo XIV, historia rememorada en los años en que Van Gogh se instaló en Arlés.

La torre del fondo es otra reliquia del pasado. En el cuadro, funciona como la conexión visual entre los asuntos de este mundo y la infinitud del cielo. El último elemento es, quizá, el más esencial y el que rompe con esa suerte de revisión del pasado que contiene el cuadro. Son las estrellas que le venían obsesionando desde meses antes y que también protagonizarán sus otros dos famosos lienzos. Aquí no hay manipulación. La disposición de los astros coincide, según se ha estudiado, con la posición de la constelación de Acuario en los días en que se pintó la obra. Las estrellas, dice Grovier, pertenecen a un ámbito que no puede ser corregido. En ellas asoma la intensa y a veces atormentada espiritualidad de Van Gogh y se plasma su intención de «evocar un sentido de lo infinito».


El artículo de Kelly Grovier, publicado por la BBC, puede leerse aquí.

La foto que ilustra el artículo es una reproducción del cuadro «Terraza de café por la noche» de Vincent van Gogh, del Museo Kröller-Müller. Es de dominio público y procede del archivo de Wikimedia Commons. Puede consultarse aquí.