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Ver productosEl error y la torpeza lingüística son un nuevo valor cultural. Así es como algo indeseable se transforma en deseable

24 de junio de 2026 - 5min.
Avance
Errar es humano, demasiado humano que diría el filósofo bigotudo. Antes ya lo advirtieron otros como Séneca o Cicerón. La IA, que es muy lista, pero acaba de nacer, también se ha dado cuenta y se ha propuesto equivocarse más y mejor: mejor es… al modo humano. Existen ya numerosas herramientas cuya virtud es fallar como lo haría una persona. Así es como algo, en principio indeseable se transforma en deseable. Del «errar es humano» se ha acabado en el «no errar no es humano» y esto puede tener implicaciones sobre todo para quienes se dedican a escribir para los demás.
¿Hay que fallar a propósito? ¿Qué pasa si mi ritmo de escritura pide rasgos de los que ahora abusan las máquinas? La periodista y escritora Te- Ping Chen publicaba el mes pasado en The Wall Street Journal un reportaje con distintos testimonios. Uno hablaba de un nuevo macartismo, de forzar un estilo poco natural con el único objetivo de distanciarse de nuevos modelos de lenguaje y así poder hacer frente a posibles acusaciones de usar materiales producidos con IA.
Hay otras soluciones más creativas, más artesanas, pero quizá tampoco haya que estrujarse mucho el cerebro: la mejor receta para parecer humano es serlo. Los errores siempre vienen con la práctica.
ArtÍculo
Es cierto. Hay un ligero temblor de la cámara al final de esa escena icónica de la primera entrega de El Padrino en la que Al Pacino, Michael, ha ido a buscar el arma al baño de un restaurante y al volver tirotea al jefe de policía McCluskey y al mafioso Virgil Sollozzo con quienes comía. Lo cuenta Javier Pallero en Medium en un texto sobre el significado de la perfección en la era de la IA, porque ese temblor, ese detalle imperfecto y fascinante, es producto de un golpe que, en la huida, el actor se da contra el pie del trípode. Es un error, pero también es una bendición: esa sacudida hace que el espectador se sienta verdaderamente implicado en la escena.
La reflexión de Pallero es de hace un par de años, lo que, teniendo en cuenta el ritmo de los avances en IA, equivale a un par de siglos, pero el ejemplo está bien elegido porque en estos dos años se ha consolidado esa tendencia que despuntaba entonces y que hoy ya consagra los errores, voluntarios o no, como marca de humanidad. Incluso tiene un nombre: typomaxxing. Sería una derivada del efecto Pratfall, descrito originalmente en 1966 por Elliot Aronson, y se define como la tendencia a que la simpatía hacia una persona cambie, crezca, después de cometer un error. Cuando se utiliza en marketing se la denomina también efecto de imperfección en referencia a los beneficios que se pueden derivar de cometer errores.
El fenómeno repunta en la actualidad con la generalización y auge de las inteligencias artificiales. Existen ya numerosas aplicaciones dispuestas a esparcir errores aquí y allá con el fin de humanizar la escritura. Jordi Pérez Colomé, en un artículo para El País, se fijaba en una de ellas que lleva su espíritu en el ADN de su nombre: Sinceerly «añade una errata en una típica palabra para despedir correos, como si se llamara ‘cordilamente’», explica el autor. La aplicación tiene tres niveles «de intensidad» para convertir textos formales perfectos y desalmados, modo IA, en algo que suene más sincero. Los niveles son: «Sutil, humano o CEO».

En esta huida apresurada, como la de Corleone, el problema es que el error, la vacilación, la contradicción y la torpeza lingüística se están transformando en un nuevo valor cultural. Y así es como algo indeseable se transforma en deseable: se ha dado el salto equívoco del «errar es humano» a «no errar no es humano».
Te-Ping Chen firmaba un artículo en The Wall Street Journal titulado Los autores están llegando a estos extremos para demostrar que no usaron IA y para el que recogía diversos testimonios. Uno de ellos era el de Sarah Suzuki Harvard, redactora publicitaria, quien afirmaba haber cambiado su estilo. Lo había hecho mucho más informal y lleno de exclamaciones. No estaba muy contenta: «Me da mucha vergüenza, pero es lo que hay que hacer para sonar humana». Existe cierto temor entre profesionales de la escritura a ser acusados de utilizar material fabricado por IA, lo que está obligando a los redactores a ser quienes no son de forma artificial e impostada: «Es como el nuevo macartismo», afirmó Harvard a la autora del artículo. «Una locura. La gente exige pruebas de algo que no se debería tener que demostrar».
La nueva caza de brujas presenta pruebas como el uso frecuente del guion largo; frases como «no es X, sino Y»; listas y series de tres elementos; el empleo de conectores del tipo «es esencial» y «resulta fundamental…». Para resumir, lo que le sobra a la escritura mecánica es coherencia, simetría y perfección.
Frente a los modelos correctores de todo lo anterior, algunas personas optan por la «artesanía». Sean Chou, cofundador de varias empresas tecnológicas, aparece en el reportaje de The Wall Street Journal contando que usa IA para sus publicaciones en LinkedIn y luego las corrige reemplazando «las rayas largas con dos rayas más pequeñas, con la esperanza de que parezcan más hechas a mano».
Otras actitudes aplican sencillamente el sentido común. Ryan Johnson aporta al reportaje su experiencia, sus trucos para evitar la sensación de escritura mecánica. Constata la obsesión por detectarla incluso cuando no existe. Él mismo es presa de ella: confiesa haber pensado en IA al ver guiones largos en la Biblia. «Es gracioso, pero, claro que no; los buenos escritores también hacen eso, así que tranquilidad». Eso es. Lo importante, en todo caso, es mantener a raya la paranoia y recordar que la mejor manera de parecer humano es ser humano; los errores aparecen con la práctica.
La imagen pertenece al repositorio de Shutterstock, su autor es Brian Kapp y se puede consultar aquí.