La masculinidad que ganó el Mundial

La virilidad es una virtud que se adquiere con esfuerzo y aquí el influjo de la familia en el complejo camino de la infancia a la hombría es determinante

La masculinidad que ganó el Mundial. Ferran Torres, en la final del Mundial de Fútbol. Foto: Bryan Berlin, con licencia CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons.
Ferran Torres, en la final del Mundial de Fútbol. Foto: Bryan Berlin, con licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons
María Calvo Charro

María Calvo Charro. Profesora titular de Derecho administrativo en la Universidad Carlos III (Madrid). Investigadora visitante en la Universidad de Harvard (Massachusets) y en la Universidad William and Mary (Virginia). Autora, entre otros, de Padres destronadosLa mujer femenina y La rebelión de los hombres buenos.

Avance

Vivimos un momento, el primero en la historia de la humanidad, en el que la pregunta ¿qué es un hombre? no recibe una respuesta exacta y racional. La causa de este delirio absurdo hunde sus raíces en una incorrecta interpretación de la fortaleza masculina sobre la base de una generalización injusta llevada a cabo por un feminismo radicalizado que exige a todos los hombres la represión de su parte fuerte por identificarla injustamente con violencia y prepotencia. En estas condiciones, muchos varones tienen miedo a ser hombres y sufren sentimientos de confusión, vergüenza y culpabilidad. Este feminismo tiene un especial interés en que los hombres se sientan culpables, avergonzados de ser masculinos, a modo de compensación o expiación generacional por un desequilibrio histórico.

Por supuesto hubo, y siempre habrá, hombres que a lo largo de los tiempos exacerbaron su fortaleza transformándola en poder para someter, doblegar y causar dolor. Hombres desequilibrados, autorreferenciales y prepotentes; formas destructivas de lo masculino. Esta ha sido la penosa limitación del modelo «tradicional» de masculinidad llevado a su extremo. Estas perversiones de la masculinidad no son capaces de ofrecer seguridad, sino brutalidad.

Pero las generalizaciones son siempre injustas. El concepto de masculinidad tóxica aplicado a los hombres en abstracto no es más que la expresión de la ceguera del fundamentalismo, del dogmatismo blindado, de la ignorancia suprema, del fascismo del feminismo que considera que el sexo masculino es siempre perverso y perturbador y que desprecia los valores viriles generalmente presentes en el heroísmo. La inmensa mayoría de los varones son hombres «buenos», mezcla equilibrada de fortaleza y ternura, imperfectos (todos lo somos, también el sexo femenino) pero respetuosos con las mujeres, padres responsables, trabajadores incansables, jóvenes comprometidos, amigos fieles, políticos fiables e incorruptibles, líderes compasivos y firmes. Hombres que con su vida han colaborado a hacer un mundo mejor junto a las mujeres, sin victimismos, ni quejas; en silencio, al más puro estilo masculino. Todos ellos dispuestos a ofrecer seguridad y protección en defensa de lo débil, frágil, bello y sagrado de este mundo.

Estos días, hemos podido disfrutar de los triunfos de nuestra selección masculina de fútbol. Esos jóvenes deportistas con su constante sacrificio y esfuerzo nos han mostrado cómo la fortaleza viril es el instrumento idóneo para alcanzar metas heroicas. Al igual que, a lo largo de la historia, y en diversas y no siempre fáciles condiciones, hubo hombres que, gracias a esa fortaleza, hoy incomprendida y denostada, hicieron magníficas creaciones e importantísimas conquistas para la humanidad, muchos de ellos dando su vida contra la opresión y por la libertad.

ArtÍculo

La fortaleza masculina está relacionada íntimamente con la testosterona y, por lo tanto, con la naturaleza y la biología; en consecuencia, con su psique más profunda y arcaica. Es lo que Bly denomina «el macho profundo». Es la «energía nutricia, espiritualmente radiante del varón», que hoy, sin embargo, se considera algo negativo a extirpar y eliminar. Pero, que el hombre entre en contacto con esa parte «salvaje y primitiva», con las «raíces propias instintivas», «la masculinidad sagrada» a la que se refería Cicerón, es esencial para llegar a dominarla —lo que requerirá disciplina y autocontrol— y que sea razón de orgullo, no de vergüenza; produciendo así una integración real de su virilidad. Es la energía positiva masculina entendida y alabada por los griegos, «la energía de Zeus» que comprende: la inteligencia humilde, la autoridad compasiva, la capacidad de mando magnánimo; todo ello al servicio de la comunidad, no para engrandecimiento personal. Cualidades todas ellas que han caracterizado la acción de nuestro equipo español.

La firmeza de carácter de nuestra selección se asienta sobre su natural agresividad que, debidamente encauzada, se convierte en algo sutil e interior, energía vital, generadora de vida, productora, afirmativa, al servicio del equipo y es una herramienta tremendamente valiosa para enfrentarse a las dificultades y obstáculos con la potencia requerida en cada ocasión.

Educación

Pero un hombre así no es fruto de la casualidad, sino que toma forma a través de un largo camino de aprendizaje que esconde esfuerzos y sacrificios familiares.  La conducta de los padres es siempre el principal referente. Sería injusto ignorar la labor educativa y humanizadora realizada por los progenitores de muchos de nuestros jugadores; una labor que enseña y testimonia que la vida no es solamente satisfacción, confirmación, seguridad, sino también pérdida, privación, fatiga.

El niño varón no es un hombre en miniatura. La psicología nos muestra la perentoria necesidad que tiene esa criatura masculina de ser conducida y guiada de forma oportuna hacia la hombría. Varón se nace; el sexo es constitutivo de la persona. Otra cosa diferente es «ser hombre». Para pasar de la infantilidad a la virilidad, la educación, el esfuerzo personal y la experiencia familiar son fundamentales. Todo varón nace con un potencial agresivo que, si se educa y culturiza adecuadamente, si se encauza por vías nutricias con un fuerte sentido ético y moral, da lugar a una increíble fuerza masculina que, puesta al servicio de los demás, puede llevar consigo desarrollos muy satisfactorios en los planos personal, social y por supuesto deportivo, como nos han mostrado nuestros jóvenes futbolistas.

El autocontrol se aprende, principalmente por medio de límites y manejo de la frustración adecuada establecida por sus padres desde los primeros años de vida. El resultado, como hemos visto en el terreno de juego, es una masculinidad fuerte sin ser hostil, sensible sin ser débil, defensora sin ser autoritaria, apacible sin ser cobarde, líder sin ser dictatorial, serena sin ser soberbia, capaz de mostrar compasión, pero también resolución, que no teme los desafíos, sino que optimiza su creatividad y su esfuerzo para alcanzarlos.

La fortaleza masculina de nuestros jugadores, aprendida en familia —a veces en circunstancias muy complejas y con grandes carencias materiales— y cultivada con esmero por su entrenador, es la que ha llevado a nuestra selección a convertirse en servidores de su bandera, héroes en lo cotidiano, defensores de sus colores que, libres de la estrechez personal, han sido capaces de sacrificar su ego e individualidad a favor del equipo para alcanzar metas que han precisado altas dosis de superación y sufrimiento.

La agresividad no es violencia; es un movimiento interior autoafirmativo, fuerza que apoya el cambio, energía innata masculina para el logro de objetivos que, debidamente dominada y canalizada, tiene el poder de transformar el mundo en positivo y de proteger el entorno de aquellos más frágiles o débiles. Es una energía vital interior que reclama ser invertida en logros, fines, metas; una misión que genere frutos significativos. Si no se encauza o si resulta ignorada, reprimida y aprisionada en el subconsciente, puede sin embargo dar lugar a formas externas de impulsividad desarticulada. Reprimir la agresividad masculina por considerarla «tóxica» no es la solución, sino la base de problemas futuros. El hombre debe conocerse a sí mismo, «embeberse en su fondo arcaico», abrazar su parte «salvaje y primitiva», su energía «bruta», hacerla suya, comprenderla, para ser capaz de dominarla y someterla; solo podemos controlar lo que conocemos íntimamente.

La verdadera virilidad

El muchacho llegará a su plenitud como hombre cuando se le hayan dado las herramientas oportunas para ser capaz de someterse a sí mismo; este es el hombre valiente. Porque el valor es, ante todo, luchar contra uno mismo; contra las inclinaciones más primitivas hacia la violencia, la pereza, la falta de compromiso y la autorreferencialidad. Los hombres auténticos no son caprichosamente violentos ni hostiles. La psicología del hombre es todo lo contrario; es atenta y generadora, no hiriente ni destructiva. El hombre que ha aprendido a controlarse y dominar sus impulsos es el hombre auténticamente «viril». La virilidad es pues una virtud que se adquiere con esfuerzo y aquí el influjo de la familia en el complejo camino de la infancia a la hombría es determinante.

No son los hombres fuertes los que usan y abusan de su fuerza. Estos son los más débiles, los menos masculinos, aquellos a los que les falta la espiritualidad masculina o muestran solo su manifestación torcida y desnaturalizada, prepotente, sin autocontrol. Con agresividad encauzada se construyen grandes obras, se cruzan mares, se atraviesa el espacio, se exploran experiencias desconocidas y se ganan competiciones deportivas. Con la violencia se provocan enfrentamientos, se somete al prójimo, se destruye el amor. La agresividad no da motivos de vergüenza. La violencia sí.

Nuestra selección española en la final del mundial mostró al mundo qué significa ser hombre con mayúsculas. Cómo los jóvenes con señorío de sí mismos, son capaces de transformar la pulsión agresiva biológica en capacidad afirmativa, en fuerza creativa, en potencia para realizar grandes acciones, superar obstáculos y alcanzar metas que parecen imposibles. Una de las señas de identidad de la actual selección española ha sido precisamente su serenidad: tranquilidad ante los contratiempos, dificultades y desafíos, que proviene del interior; de saber que no se pueden controlar las condiciones externas, pero sí cómo respondemos ante ellas. Y detrás de esta actitud se esconde por supuesto una infancia marcada por unas familias que han educado a estos jóvenes en el valor del esfuerzo, la gestión de la frustración y la capacidad para enfrentarse a la adversidad.

Estos jóvenes deportistas, una vez finalizado el partido, victoriosos y felices, mostraron al mundo, en la relación con sus amigos y familias, cómo el hombre no solo es fortaleza, sino también ternura, empatía y sensibilidad. La ternura del varón, matiza y modera la agresividad masculina, evita el individualismo y el uso de la fuerza como instrumento de poder y dominación y proviene en gran medida de la unión biológica natural que ha experimentado con la feminidad de su madre desde la concepción. Sabemos del papel fundamental que en la vida de muchos de nuestros jugadores han tenido sus madres, de cuyo ejemplo aprendieron a desarrollar su propia ética masculina del cuidado y, en consecuencia, a mostrar afecto hacia los demás.

Estamos ante una nueva generación de hombres buenos, capaces de abrazar su energía viril —hoy incomprendida y desprestigiada— con la plena participación del mundo de los sentimientos y de la emoción. Esta generación de jóvenes, eliminando prejuicios y rigideces dogmáticas del pasado —que atribuían la emotividad únicamente a las mujeres— abrazan y expresan libremente su sensibilidad y afectos. Como señala Moore, «el mundo necesita la audacia y la osadía del espíritu viril. Pero también necesita la receptiva, reflectiva alquimia femenina del alma para concederle al espíritu su contexto, su material, su vehículo».

El equilibro entre ambas subjetividades —fortaleza y ternura— mostrado por los jóvenes de la selección española nos enseña cómo el hombre puede ser creativo, fecundo, generador, atento, protector y compasivo, a la vez que competitivo, valiente, libre, enérgico y alegre. Un hombre audaz, capaz de dejarse la vida en el campo defendiendo lo que ama —los colores de su bandera—, controlando sus impulsos frente a las provocaciones, asumiendo con serenidad las injusticias y atendiendo al liderazgo de un entrenador que, a modo de padre, ha sido el modelo virtuoso de conducta que les ha conducido con magnanimidad hacia un éxito humilde, agradecido y generoso.

El mito de la masculinidad tóxica, como cualquier otro, es una idea que cómodamente agazapada en la pereza de nuestro pensamiento, no nos permite comprender realmente el mundo en el que vivimos. Se trata de una actitud mental que ha actuado como una plaga. Pero la comprensión auténtica de la masculinidad requiere hoy de forma urgente una superación radical de la inercia de la mente, de su pasividad, y exige un cambio de pensamiento audaz que sepa librarse de las ideas arcaicas y encontrar ideas nuevas; mirar de frente al hombre, redescubrir sus virtudes, asumir con realismo todo lo bueno que nos aporta y las carencias y problemas que se derivan de desplazarles a un rincón oscuro del mundo. Esta acción de revisión crítica de la masculinidad nos permitirá ensanchar los horizontes de nuestra mente, abandonar prejuicios, aumentar nuestra tolerancia, recuperar el asombro hacia lo diferente y comprender aspectos de la masculinidad hoy tergiversados; así seremos capaces de abandonar la crispación que actualmente caracteriza la relación entre los sexos y retomar una comunicación y cooperación equilibrada, nutricia y enriquecedora.

El hombre ideal

No existe el hombre ideal. No existe un modelo único, singular e inflexible de masculinidad; esto oscurecería inevitablemente la variedad, complejidad, multiplicidad y riqueza de la hombría masculina, al presuponer que una u otra forma de comportamiento masculino es la correcta en un sentido absoluto. Cada hombre es un ser único e irrepetible, con su carácter y temperamento, afectado asimismo por la educación y el entorno en diversidad de maneras. Existen multitud de formas de belleza masculina. En este sentido podríamos decir que la masculinidad es «intrínsecamente plural».

Sin embargo, en lo profundo masculino, ahondando en la psique viril, existe una «forma de ser hombre» que, si se desarrolla adecuadamente, con todas las variables posibles, provoca bienestar interior y la sensación de firmeza y seguridad en aquellos que le rodean. No se trata de retroceder en la Historia, sino de percibir y valorar adecuadamente lo que siempre ha sido y será válido y hermoso en la masculinidad. Unas líneas de continuidad que trascienden las diferencias culturales, el tiempo y el espacio; siempre vigentes y válidas. Acoger y procesar interiormente todo lo bueno del pasado con lo positivo del presente, le permitirá al hombre actual llegar por fin a un punto de encuentro consigo mismo.


Foto: Ferran Torres y Nicolás Otamendi, en la final del Mundial de Fútbol. Foto: Bryan Berlin, con licencia CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons. El original se puede ver aquí.