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Ver productos1 Dic 1990 - 7min.
Hace doce o trece años, tuve el honor de participar en la confección del programa de publicaciones a medio y largo plazo de la hoy tristemente desaparecida Editora Nacional. La lista de autores y títulos correspondientes a la sección de Literatura corrió íntegramente a mi cargo, en colaboración con mis queridos y admirados amigos Luis Javier Ruiz y Ana Martínez Arancón. En esa lista figuraban textos que vieron su primera luz entre 1979 у 1984, о sea, en los últimos seis años de vida de Editora, y el hecho de que aparecieran no dejó de asombrarme, pues cuando planifico que es casi nunca- ni se me pasa por la cabeza que pueda resultar algo real y positivo de mi planificación. Entre esos textos, recuerdo un florilegio literario hitita (al cuidado de Alberto Bernabé), dos inmortales obras mesopotámicas (la Epopeya de Gilgamés y el Poema de la Creación o Enuma elish, en traducción de Federico Lara y Maximiliano García Cordero, respectivamente), El diablo blanco de John Webster (en versión de Fernando Villaverde), los Escritos sobre Música de Robert Fludd (preparados por Luis Robledo), la anónima Demanda del Santo Graal y el Erec y Enid de Chrétien (ambos en edición de Carlos Alvar), los Mabinogion galeses (vertidos por Victoria Cirlot), Tristán e Isolda de Gottfried von Strassburg (a cargo de Bernd Dietz), el poema Megaduta de Kalidasa (traducido por Francisco Villar), los Emblemas de Alciato, las Poéticas de Aristóteles, Horacio y Boileau que preparó Aníbal González o los Lais de María de Francia y la Historia de los reyes de Britania de Geoffrey de Monmouth que trasladé yo mismo al castellano. Todos ellos formaron parte otrora de la «Biblioteca de la Literatura y el Pensamiento Universales» de Editora Nacional (no hacen al caso ahora los textos de autores hispánicos), y hoy pueden encontrarse reeditados por editoriales como Siruela, Tecnos o Alianza.
El tomo trigésimo noveno de esa «Biblioteca» es una novela bizantina del siglo XIII, Calímaco y Crisórroe. Me gusta mucho ese relato, construido a caballo entre la novela sentimental y la narración fantástica. Hay en él, además de una pareja de jóvenes amantes perseguidos por la Fortuna y sometidos a la tiranía de Eros, elementos del cuento de hadas tradicional, como los tres hijos del rey que parten en busca de aventuras, el dragón, la manzana encantada o el castillo de oro. La escena en que el dragón azota a Crisórroe, colgada por los cabellos («va a empezar lo angustioso», nos avisa el anónimo novelista en uno de los numerosos epígrafes que jalonan su obra), es muy sugestiva. La atmósfera que envuelve todo el cuento es de un delicadísimo erotismo. Lo leí primero en una estrambótica recopilación de Juan B. Bergua titulada La novela bizantina (Madrid, 1965), que incluía dos novelas griegas: Las Etiópicas de Heliodoro (ahora traducidas por Emilio Crespo en la «Biblioteca Clásica Gredos» y Leucipa y Clitofonte de Aquiles Tacio (vertida recientemente al castellano por Máximo Brioso en la misma serie), siendo Calímaco y Crisórroe la única novela bizantina sensu stricto del tomo; como siempre, Bergua traduce del francés, en este caso de los Romans grecs et latins de la Pléiade al cuidado de Pierre Grimal; en uno de los clásicos de su colección, dedicado a Rousseau, llega a escribir que el autor del Contrato social nació en Génova, vertiendo así el Genève de su fuente.
Calímaco y Crisórroe formaba también parte -lo dije en mi anterior artículo- del catálogo bizantino de la Société d’Edition «Les Belles Lettres», en edición bilingüe a cargo de M. Pichard. Pues bien, el hecho es que seleccioné la novela entre los títulos a publicar por Editora Nacional, y su traducción española dejó de ser sólo un deseo para convertirse en un tomito de cubiertas verdes que Carlos García Gual se encargó de preparar (Madrid, 1982; acaba de reimprimirse en «El libro de bolsillo» de Alianza Editorial, núm. 1.455, Madrid, 1990). En su estudio preliminar (pp. 9-48 de la edición de 1982), García Gual despliega una ordenada síntesis de sus amplios conocimientos sobre novela griega y bizantina; su excelente tradúcción reproduce la ingenuidad y sencillez originales.
En mis «Fantasías bizantinas (II)» contaba cómo llegué a firmar contrato con Editora Nacional para traducir la epopeya del héroe fronterizo Diyenís Acritas (siglo X). No había comenzado aún mi tarea cuando Carlos Alvar me informó de que el conquense Juan Valero Garrido, helenista y bizantinista de la Universidad de Barcelona, tenía prácticamente concluida una versión castellana del Diyenís, con lo que mi labor se hacía redundante. El libro de Valero se publicó en Barcelona en 1981, dentro de la cuidada colección bilingüe «Erasmo» de Bosch. Fue presentado por el entonces vivo Antonio Tovar en la Biblioteca Nacional madrileña. El texto de esa presentación se recogió en las páginas de Hesperides, Boletín de Asociación Cultural Hispano-Helénica, núm. 0 (pasó a llamarse Erytheia a partir del núm. 1), abril de 1982, pp. 3-10, junto con otro texto mío, «La epopeya bizantina de Diyenís Acritas» (pp. 11-15 del Boletín). Había sido mi aportación a una disparatada y tierna «Conmemoración de la fundación de Constantinopla» (11 de mayo de 330) que se celebró mil seiscientos cincuenta y un años después, el 11 de mayo de 1981, en el Instituto «Rodrigo Caro» del CSIC, con oficio divino ortodoxo por la mañana y entusiastas intervenciones vespertinas de Javier Arce, Pedro Bádenas, Miguel Angel Elvira y yo. Serían las «Primeras Jornadas Bizantinas». Hace poco, en noviembre de 1990, se han celebrado las novenas, pues en 1988 se decidió que fuesen bienales.
El propio Valero publicaría en Barcelona, 1983, y en la misma colección «Erasmo», otro libro titulado Poema e historia de Belisario, con una extensa introducción de más de cien páginas y la edición bilingüe anotada del Poema de Belisario, una obra tardía, compuesta en época de los Paleólogos, que, junto con el Diyenís, pasa por ser la pieza más representativa de la poesía épica de Bizancio. Nos había ofrecido un adelanto de su trabajo en las «Segundas Jornadas Bizantinas» (10 y 11 de mayo de 1982). Acababa yo entonces de leer -un poco tarde, lo confieso El conde Belisario de Robert Graves.
Algunos años antes, creo que en 1975, compré en una librería de lance Bizancio, una novela de Jean Lombard traducida al castellano por el conocido lexicógrafo Miguel de Toro y Gómez. El volumen, publicado en París hacia 1920, se encuentra enriquecido con unas magníficas ilustraciones en blanco y negro de Auguste Leroux. La acción de la novela tiene lugar durante el reinado de Constantino V (741-775), emperador iconoclasta hijo de León III el Isáurico y conocido en los manuales como Coprónimo, «el Excrementoso». Bizancio es una narración extraña, una violenta pesadilla. Sus páginas exhiben la rara intensidad del sueño, su opresión sorda, su extravagancia; y, sobre todo, ese desencadenamiento de fuerzas crueles e irracionales, esa abolición del sentido moral que caracteriza el pleno vértigo de la pesadilla, la transgresión a un tiempo feliz y dolorosa que supone la ausencia de voluntad por parte del narrador que sueña. Y, sin embargo, qué espléndida manera de ejercer esa voluntad ausente en la descripción de la atmósfera que envolvía Constantinopla durante las revueltas ortodoxas contra la férula iconoclasta. Qué ritmo narrativo. Qué misterio. Qué sabia profundización en el alma de los personajes. Desde 1975, Bizancio es para mí la novela homónima de Jean Lombard. Bizancio como pesadilla. Si la vida es un cuento narrado por un idiota, lleno de sonido y de furia y sin ningún significado, como aseguraba Macbeth, ello parece ser aún más cierto en Bizancio, aquel mundo que ahorcó en el sueño las complejidades del hombre, «la rabia ý el fango de las venas humanas», por emplear palabras de William Butler Yeats.
Y el héroe de ese mundo no es otro que Basilio Diyenís Acritas. El héroe de la pesadilla. El campeón de la onírica ambigüedad. Bizancio es una inmensa frontera: la frontera de Diyenís. Cuando se enamora de Eudocia, no duda en arrebatárserla por la fuerza a su padre. Rescata a una mujer de sus raptores sarracenos y, sin dejar de ser el paladín de Cristo, abusa de ella en un lugar herboso. Lucha con la amazona Maximó; consigue vencerla y la viola; después, arrepentido, la mata, llamándola adúltera. Construye un palacio a orillas del Eufrates con todas las plantas, las viñas, las fuentes y las aves del mundo, y, cuando es derrotado en fantástico duelo por Caronte, el siniestro barquero de la Estigia, manda a su esposa que prepare su lecho de muerte, que ponga flores sobre la colcha y perfume la almohada con almizcle, y, sobre todo, que, una vez muerto, vaya a oír lo que de él comentan sus vecinos. Ese es Diyenís de Bizancio: un hombre a quien le importa el qué dirán; alguien que sirve al mismo tiempo a Dios y al Diablo; el que sucumbe a la tentación y a la vez está rechazándola; el mártir que no renuncia a ser el verdugo. Y, mientras tanto, sigue la caravana de los símbolos bizantinos desfilando ante nuestros ojos. La saltimbanqui se convierte en emperatriz y el general en pordiosero. Arde el mar que vio Constantino y hoy contemplan, vigilantes, los airados demócratas rusos desde su invicta y tercera Roma. Gobiernan los eunucos. Se estremece el Hipódromo. Las rebeliones son sofocadas por el mismo caudillo de los rebeldes. Vuelve Diyenís a mi vida, mientras tiembla la tierra de la Hélade bajo los cascos de unos corceles cuyos jinetes juran en catalán y no acudieron, providencialmente, a un banquete sangriento.