Por qué fracasan los sistemas basados en reglas

La estabilidad política es algo que podríamos denominar «equilibrio de Escher»: las reglas ocupan el primer plano visible de la justificación pública, mientras que el manejo de las excepciones opera en segundo plano

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Folleto de la edición: P. Terpstra, «Grabados y dibujos de M. C. Escher» (h. 1959)
Benn Steil 

Benn Steil es director de economía internacional en el Council on Foreign Relations y autor de The World That Wasn’t: Henry Wallace and the Fate of the American Century (Avid Reader Press/Simon & Schuster, 2024).

Avance

Este artículo de Project Syndicate sostiene que las reglas de un orden basado en esas mismas reglas no son suficientes para mantenerlo eternamente. Llegarán situaciones excepcionales en los que las normas serán objeto de disputa. Habrá que actuar, habrá que pivotar o incluso saltárselas. ¿Con qué consecuencias?

Visualizar alguna de las obras de Escher resulta útil para comprender que las figuras, y sus contradicciones aparentes, pueden componer un ámbito cooperativo, un «espacio donde tiene lugar la gobernanza real cuando las reglas no bastan para determinar los resultados. Lejos de debilitar la democracia liberal, la acción en este ámbito suele reforzar la confianza pública, al mostrar de qué manera la competencia y la integridad pueden actuar temporalmente como sustitutos frente a la incompletitud de las reglas. Si se mantiene la confianza en que el orden constitucional volverá a primer plano una vez terminada la crisis, el soberano no es ‘el que decide la excepción’, sino la ciudadanía que legitima retrospectivamente la decisión». Benn Steil ofrece ejemplos.

Por desgracia, en la actualidad el llamado orden internacional liberal y sus reglas están muy debilitados. El equilibrio «escheriano» en el que se basó por mucho tiempo se difumina a pasos agigantados.

ArtÍculo

En 1980, Douglas Hofstadter, un ignoto joven profesor de ciencias de la computación de la Universidad de Indiana, ganó el Premio Pulitzer por su primer libro, Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid. Tan arduo de leer como ingenioso y revelador, «GEB» (así lo llaman sus devotos) usa la matemática, el arte y la música para echar luz sobre un aspecto notable de la realidad: por más sólido y autosuficiente que parezca un sistema, puede contener contradicciones que no podrá resolver desde su interior.

Según Hofstadter, la conciencia es uno de tales sistemas. Mi cerebro construye representaciones simbólicas del mundo; y entre esos símbolos hay un modelo de mi cerebro como «yo mismo». Pero «yo» no soy una entidad separada de mi cerebro. La idea del «yo» surge de la actividad simbólica recursiva de mi propio cerebro. El yo es a la vez real e ilusorio: una experiencia estable generada por un proceso que nunca puede dar una explicación completa de sí mismo.

Hofstadter demuestra que esta estructura recursiva es fuente de la creatividad y autoconciencia de los seres humanos, pero también puede provocar parálisis o colapso. Puede ocurrir que yo tema algo; luego observar que tengo miedo; luego temer que mi miedo sea debilidad; y temer que eso provoque el desprecio ajeno. En este caso, habré quedado atrapado en un bucle recursivo, donde mi conciencia desestabiliza mi acción.

¿Puede este modelo aplicarse a un sistema político? Considero que sí, y que ocurre muy a menudo.

Tortugas hasta el infinito

Tomemos por ejemplo el «orden internacional basado en reglas». Se trata de un entramado de reglas y estándares globales, formulado y en gran medida puesto en vigor por los Estados Unidos al final de la Segunda Guerra Mundial (momento en el que estaba en la cima de su dominio militar y económico) y que abarca temas como la seguridad, la no proliferación nuclear, el comercio internacional, las finanzas, la navegación, la aviación, las comunicaciones, la salud pública, la seguridad alimentaria, la delincuencia transfronteriza y los derechos humanos. Estados Unidos aspiraba a crear un orden semejante a una democracia liberal modelo, sujeto al Estado de derecho y donde los actores políticos solo operarían dentro de sus límites y según sus restricciones.

Pero la obra del filósofo y matemático Kurt Gödel (protagonista central del bestseller de Hofstadter) da motivos para pensar que un orden político basado en reglas que se regule totalmente a sí mismo es inalcanzable. En su famoso «teorema de incompletitud» publicado en 1931, Gödel usa un ingenioso argumento matemático para demostrar que cualquier sistema basado en reglas lo bastante complejo como para regir e interpretar sus propias operaciones siempre enfrentará cuestiones que sus reglas no pueden resolver.

En un contexto político, un sistema de este tipo debe tener reglas no solo para el gobierno de la sociedad, sino también para el gobierno, la interpretación y la modificación de las reglas mismas. Pero en cuanto un orden político alcanza cierto nivel de recursividad, es inevitable que surjan situaciones en las que las reglas mismas serán objeto de disputa.

Por ejemplo, si las constituciones se deben crear por medios preconstitucionales, ¿quién decide sobre su legitimidad? ¿Quién determina cuándo una situación de emergencia justifica la suspensión de derechos? ¿Cuándo pueden los jueces pasar por encima de las decisiones de las mayorías electorales? ¿Qué ocurre en casos de parálisis institucional? ¿Quién decide cuándo un Estado actúa en legítima defensa? ¿Qué es más importante, una obligación derivada de un tratado o la soberanía nacional?

Aunque Hofstadter no lo menciona, el famoso «teorema de imposibilidad» del premio nobel de Economía Kenneth Arrow (publicado en 1950) está muy relacionado, en estructura e implicaciones, con el teorema de Gödel. Arrow usa herramientas matemáticas para responder una pregunta de apariencia sencilla, pero muy importante, sobre la democracia: ¿es posible diseñar un sistema de votación que convierta las preferencias individuales en una decisión colectiva lógicamente coherente cumpliendo al mismo tiempo criterios básicos de justicia democrática?

La respuesta puede parecer sorprendente, y es negativa. Aunque incontables teóricos de la política habían supuesto que la democracia es un mecanismo válido de descubrimiento de la voluntad pública, Arrow demostró que el problema de agregar preferencias individuales es insoluble. La democracia no puede transformar de modo fiable las preferencias privadas en racionalidad colectiva coherente, sino que tiende a generar incoherencias o injusticias.

Los hallazgos de Gödel y Arrow dan motivos lógicos para dudar de la famosa tesis de Francis Fukuyama que presentaba la democracia liberal como el «fin de la historia»: el telos de la evolución política de la humanidad. El componente «liberal» del término se relaciona con el Estado de derecho, que según demuestra el teorema de Gödel, es insuficiente para un orden político plenamente estable. El componente «democracia» se relaciona con la celebración de elecciones, que según demuestra el teorema de Arrow, es insuficiente para identificar una voluntad colectiva coherente.

El estado de excepción

Esto nos lleva a la segunda figura central de Hofstadter, el artista gráfico neerlandés M. C. Escher, autor de famosos grabados que desafían a la mente mostrando de qué manera sistemas regidos por reglas básicas sencillas pueden generar estructuras que en un nivel más general parecen paradójicas, salidas de la nada o lógicamente imposibles. Algunos ejemplos incluyen un par de manos que se dibujan entre sí, escaleras que suben y suben sin llegar a ninguna parte, cascadas que se alimentan a sí mismas y mundos donde la figura y el fondo se intercambian. El arte de Escher ofrece un modo de visualizar la interacción entre el orden liberal‑democrático y sus áreas limítrofes.

La tercera figura de Hofstadter es el compositor alemán Johann Sebastian Bach, pero a los efectos de nuestro análisis es mejor poner en su lugar al jurista alemán Carl Schmitt. Como jurista de cabecera del régimen nazi entre 1933 y 1936, Schmitt es famoso por su concisa e inquietante afirmación de que «el soberano es el que decide la excepción», es decir, la excepción al orden constitucional vigente en el que se encuentra el que decide.

Schmitt rechazaba la idea de que el Estado de derecho sea, o pueda ser, soberano. En consonancia con Gödel, siempre habrá situaciones de emergencia para las que la ley no servirá de guía. La democracia liberal no solo es intrínsecamente frágil, sino que para Schmitt, su obsesión por las reglas, los procedimientos y el debate (en vez de la acción oportuna y eficaz) es un peligro para la seguridad nacional.

La tesis suena creíble hasta que se piensa en la historia de los Estados Unidos, donde si bien hubo muchas «excepciones» trascendentales, el compromiso con el orden constitucional en general se mantuvo firme. Sirven de ejemplo la compra de Luisiana a instancias de Thomas Jefferson en 1803, la suspensión del habeas corpus autorizada por Abraham Lincoln en 1861 o los elementos más ambiciosos del New Deal de Franklin D. Roosevelt. Todas estas medidas carecían de una base constitucional firme, pero en general se las terminó considerando legítimas.

Con el correr del tiempo, la compra de Luisiana se vio como una decisión fundamental para el desarrollo nacional. La suspensión del habeas corpus de Lincoln no impidió la continuidad de las elecciones, y fue seguida por la restauración del orden constitucional tras la Guerra Civil. Y después del New Deal de Roosevelt, las ampliaciones de autoridad regulatoria del poder ejecutivo se absorbieron dentro de la estructura normal de gobernanza. En todos estos casos, las desviaciones discrecionales de las reglas establecidas no fueron luego objeto de repudio, sino que se las validó retrospectivamente. Como resultado, la legitimidad constitucional no se debilitó, sino que salió reforzada.

Schmitt destaca el papel histórico crucial de figuras que asumieron poderes extralegales. Aquellas que aprueba (por ejemplo Lincoln) actuaron en defensa del orden constitucional; a estas las llama «dictadores comisariales». Por el contrario, las que destruyeron el orden constitucional vigente (como Iósif Stalin) son ejemplos de «dictadores soberanos».

Pero Schmitt pasa por alto el papel crucial de las demandas y expectativas públicas en lo referido a asegurar el restablecimiento del orden constitucional. La mejor manera de comprender esta dinámica es visualizar la democracia liberal como un grabado de Escher donde la figura y el fondo son intercambiables. Un schmittiano tal vez identifique las aves negras del grabado que aparece a continuación como el primer plano de la democracia liberal (el marco constitucional basado en reglas), mientras que el espacio blanco representaría el ámbito de las excepciones situadas fuera de ese marco.

Pero así como el «fondo» blanco del grabado también puede verse como aves blancas en primer plano, las excepciones en la democracia liberal pueden entenderse (contra lo que sostiene Schmitt) como un ámbito cooperativo: el espacio donde tiene lugar la gobernanza real cuando las reglas no bastan para determinar los resultados. Lejos de debilitar la democracia liberal, la acción en este ámbito suele reforzar la confianza pública, al mostrar de qué manera la competencia y la integridad pueden actuar temporalmente como sustitutos frente a la incompletitud inherente de las reglas. Si se mantiene la confianza en que el orden constitucional volverá a primer plano una vez terminada la crisis, el soberano no es «el que decide la excepción», sino la ciudadanía que legitima retrospectivamente la decisión.

Una condición de la estabilidad política es algo que podríamos denominar «equilibrio de Escher», donde un orden constitucional basado en reglas conserva su legitimidad incluso cuando en ocasiones se gobierne por medio de la acción discrecional. Como en una inversión de figura y fondo en Escher, las reglas ocupan el primer plano visible de la justificación pública, mientras que el manejo de las excepciones (un ámbito necesario pero menos visible) opera en segundo plano. El equilibrio se mantendrá mientras la acción discrecional se perciba como limitada, impersonal y temporal; y se romperá cuando las excepciones se experimenten como algo ilimitado, selectivo o fundamentalmente incompatible con los principios para cuyo sostenimiento se creó el orden constitucional.

Un estado de excepción schmittiano permanente

Pero en el último cuarto de siglo, Estados Unidos vivió excepciones que generaron una resistencia firme de amplios sectores de la población. Cabe describirlas como amenazas schmittianas al orden constitucional, no solo porque hayan implicado desviaciones respecto de las restricciones jurídicas habituales, sino también porque debilitaron la confianza en la capacidad del sistema para manejar las crisis por medio de procedimientos neutrales y regulados.

Destacan aquí cuatro casos.

El primero fue la expansión del Estado de seguridad nacional tras el 11‑S, que incluyó la vigilancia electrónica a gran escala y la apropiación de amplias facultades de detención de personas por parte del poder ejecutivo; ambos hechos debilitaron la confianza en que el Estado de derecho siguiera vigente. Luego vino el rescate de las grandes instituciones financieras durante la crisis de 2008, que se vio como un premio a actores bien conectados, a expensas de los hogares comunes.

La tercera excepción consistió en las intervenciones de tiempos de la COVID (entre ellas amplios mandatos sanitarios y medidas administrativas de emergencia), que se aplicaron de modo incoherente y, en algunos casos, con aparente abuso de la autoridad legal.

El cuarto caso fue el asalto al Capitolio de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021 y el intento más amplio de deslegitimar las elecciones de 2020. El posterior indulto masivo del presidente Donald Trump a muchos de los participantes profundizó todavía más las divisiones entre quienes vieron en el ataque un asalto al orden constitucional y quienes aceptaron la falsa denuncia de fraude electoral propagada por Trump.

Estos episodios no solo pusieron a prueba el orden constitucional, sino que además modificaron el modo en que se lo percibe. En cada caso, el ejercicio de poderes extraordinarios coincidió con una creciente sospecha de aplicación selectiva, manipulación política o lisa y llana inadecuación de las reglas. En todas estas crisis muy diferentes, cada vez más ciudadanos empezaron a dudar de que los procedimientos de la democracia liberal pudieran manejar las emergencias de modo eficaz e imparcial.

Dentro de los Estados Unidos, lo ocurrido se condice con las críticas de Schmitt a la fallida República de Weimar de la década de 1920, con sus niveles crecientes de polarización y su menguante tolerancia hacia el procedimentalismo liberal‑democrático. Trump explotó sentimientos similares para poner a prueba la voluntad y capacidad del poder judicial para hacer respetar los límites constitucionales al poder ejecutivo.

¿Y en el nivel internacional? El orden mundial basado en reglas siempre dependió de lo que el primer ministro canadiense Mark Carney calificó de «ficción útil»: que la conducta internacional se regía por las reglas y no por la distribución del poder geopolítico. En realidad, el sistema dependía en gran medida del único país capaz de actuar a un mismo tiempo dentro y fuera de las reglas. La erosión del predominio estadounidense y el ascenso de China como competidor comparable destruyeron este delicado equilibrio. Ahora Estados Unidos exige cada vez más libertad de acción discrecional y rechaza las restricciones institucionales que creó y defendió por décadas.

Las implicaciones de los teoremas de Gödel y Arrow son un golpe directo contra los dos supuestos fundamentales del internacionalismo liberal de la posguerra: que la conducta internacional puede regirse por un sistema de reglas lo bastante exhaustivas; y que es posible obtener resultados colectivos coherentes y legítimos mediante reglas lo bastante inclusivas. Podemos tomar como ejemplo el contraste entre el notable éxito del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (que ayudó a reducir los aranceles industriales de una media cercana al 35 % en 1947 al 4 % a principios de los noventa) y la parálisis de la Organización Mundial del Comercio bajo las presiones combinadas del mercantilismo chino y el proteccionismo estadounidense.

El teorema de Arrow implica que a medida que un régimen basado en reglas se vuelve más inclusivo y aumenta la diversidad de preferencias, el mantenimiento de una situación coherente y provista de legitimidad amplia se torna cada vez más difícil. El Acuerdo General excluía a la Unión Soviética, lo que permitió un grado relativamente alto de compatibilidad sistémica entre las economías de mercado participantes. Pero Estados Unidos quería que la OMC fuera universal, y por eso aceptó el ingreso de China antes de que esta diera pruebas de adhesión a los principios fundamentales de la economía de mercado. El resultado fue algo que Arrow tal vez habría predicho: un único sistema basado en reglas no ha podido compatibilizar los principios económicos contradictorios bajo los que operan ambos gigantes.

Los primeros años de la década de 1990 fueron la cima del orden internacional liberal, bajo supervisión de una única potencia dominante que impulsaba el sistema y en general operaba en el marco de sus reglas. El ejemplo paradigmático fue la Guerra del Golfo de 1991, cuyo objetivo fue liberar a Kuwait de la ocupación iraquí. Aunque la inició el presidente estadounidense George Bush (padre), se ejecutó en estricta conformidad con la Resolución 678 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Como la resolución no autorizaba un cambio de régimen, Bush detuvo las operaciones ofensivas una vez lograda la expulsión de las fuerzas iraquíes. Pero cuando su hijo volvió a enviar fuerzas estadounidenses a Irak en 2003, esa autocontención ya era casi inimaginable.

Hoy las condiciones que sostenían el orden internacional liberal están todavía más debilitadas. El equilibrio «escheriano» en el que se basó por mucho tiempo está fracturado. Estados Unidos (que va deslizándose hacia una «democracia plebiscitaria» schmittiana, donde un autócrata gobierna por medio de la aclamación escenificada) está poniendo en práctica una deformación predatoria de la Doctrina Monroe en el hemisferio occidental. En tanto, China busca dominar su vecindario en la región de Asia y el Pacífico mediante la coerción económica y la presión militar, y Rusia y la Unión Europea disputan el orden político y territorial de Europa. El sistema global ya no está anclado en una única potencia hegemónica dispuesta a subordinarse a las reglas por ella establecidas que definen el sistema global.

Durante un breve período tras la Guerra Fría, los estadounidenses se convencieron de que el orden liberal se había vuelto autosuficiente, de que las reglas universales, la legitimidad democrática y la interdependencia económica habían dejado obsoleta la anticuada política de poder. Pero ese orden dependía menos de la autoridad autónoma de las reglas que de una concentración históricamente excepcional de poder estadounidense y de la confianza institucional.

Esos cimientos están debilitados. Las instituciones todavía existen, pero se les ha quitado autoridad. Grandes potencias rivales invocan las reglas de forma selectiva, las interpretan de modo oportunista o las ignoran por completo. Las excepciones ya no están ocultas en segundo plano, como en un grabado de Escher. Ahora están en primer plano. Y en cuanto se las ve, ya es imposible ignorarlas.


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La imagen de este artículo, del repositorio de Rawpixel, se puede consultar aquí. Es el folleto de la edición: P. Terpstra, Grabados y dibujos de M. C. Escher (h. 1959)