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Ver productos1 Oct 1990 - 3min.
Título: Le voile du silence.
Autor: Djura.
Editorial: Edition n.º 1. Michel Lafon. Paris, 1990. 175 páginas.
Precio: 89 francos franceses.
En las listas francesas de éxito un libro singular acaparó los primeros puestos este verano, El velo del silencio. Su autora es «Djura», simplemente. A quienes ignoren quién se oculta tras ese exótico nombre les diré que se trata de la más famosa cantante de música bereber o «kabyle», fundadora y animadora del grupo «El Djurdjura», cuyas actuaciones en directo concentran a miles de personas tanto en Francia como en otros países europeos donde existe una importante emigración argelina, magrebina o árabe en general.
«El Djurdjura» recrea los ritmos seculares de la Kabilia argelina en lengua bereber. Solamente eso les valió la prohibición durante largos años en Argelia donde el «derecho a la diferencia» fue fulminado por la llamada «revolución popular». Hace algún tiempo los estudiantes de Tizi-Uzu, capital de la Kabilia bereber, fueron ametrallados por haber reivindicado simplemente la creación de una cátedra de lengua bereber, su lengua y la de sus padres. Tal vez ahora, con la particular «perestroika» argelina, las cosas hayan empezado a ser diferentes…
Djura no narra, sin embargo, en su libro ni la lucha de sus paisanos por una cultura diferente ni la historia de las brutalidades y persecuciones que desde Ben Bella (hoy reconvertido al pluralismo democrático tras un largo cautiverio…) a Benjedid, pasando por el feroz y fanático Bumedien, sufrieron los bereberes argelinos. No, esa historia está sin contar y algún día alguien deberá hacerlo. Lo que Djura cuenta en este libro singular es su propia historia, la de una niña que emigra con sus padres a Francia, se integra —mal— en la cultura de la ex metrópoli y sufre, como si estuviera en Argelia, las leyes del patriarcado más retrógrado y del machismo más agresivo.
Todo empieza cuando Djura decide construir su propia vida, estudiar, emanciparse. Sobre ella cae, como una espada, la intransigencia del padre y los hermanos que recurren a todo tipo de métodos (desde la paliza cotidiana al encierro) para hacerla entrar «en razón», una razón que se traduce en un matrimonio negociado con alguien a quien nunca conoció, la prohibición terminante de ir a la Universidad o el «velo» tradicional cuando regresa coyunturalmente a la Argelia independiente, liberada desde luego del yugo colonial, pero sometida, todavía hoy (¡y por cuánto tiempo!) a los demonios familiares del Islam.
Testimonio tremendo, implacable y emocionante. Djura habla en nombre de todas las mujeres que «desde el Atlántico al Mar Rojo» sufren la discriminación, la violencia, la arbitrariedad y el desconsuelo de un sistema de valores atribuido —erróneamente, sin duda— al Islam. Pero habla, sobre todo, de un estado de cosas que se produce en nuestra propia casa, en Europa, donde la emigración de la otra orilla del Mediterráneo no siempre ha podido sacudirse el peso de la tradición. Y cuando pudo, tal vez no quiso, intentando así guardar las señas de identidad que la tierra de promisión les negaba.
Nada de cuanto se narra en este texto singular puede resultarnos a los españoles ajeno. En primer lugar, porque algunos de los usos y costumbres aquí narrados nos resultan extrañamente familiares todavía.