Guadalupe Arbona, Jiménez Lozano y la literatura como don y hallazgo

La catedrática y ensayista explicó en el Foro Nueva Revista que «para Jiménez Lozano la literatura es algo que se recibe y el escritor, un escriba, un copista»

Guadaluoe Arbona en su paso por el Foro Nueva Revista. Foto; © Federico Marín Bellón / Nueva Revista
Guadaluoe Arbona en su paso por el Foro Nueva Revista. Foto; © Federico Marín Bellón / Nueva Revista
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Avance

Guadalupe Arbona Abascal: José Jiménez Lozano, una voz libre en la cultura española.
Guadalupe Arbona Abascal: José Jiménez Lozano, una voz libre en la cultura española. Fragua, 2025

Guadalupe Arbona se acuerda perfectamente de cómo conoció al escritor en el pequeño pueblo vallisoletano donde residía. La fecha, el recibimiento, la conversación, llena de emoción e intereses comunes y lo que pasó después: esa sensación de que «te está atravesando algo inesperado y que te transforma. Algo que te obliga a pensar y a salir».

Jiménez Lozano llegó a su vida para quedarse. Lo trató, lo leyó, lo editó y también ha escrito sobre él. La catedrática de literatura española Guadalupe Arbona pasó por el Foro Nueva Revista para comentar la monografía  titulada José Jiménez Lozano, una voz libre en la cultura española (2025). 

ArtÍculo

Solo hay una cosa mejor que los libros y es hablar de libros. La última sesión del Foro Nueva Revista tuvo por protagonista al escritor José Jiménez Lozano y, como invitada, a la catedrática de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid Guadalupe Arbona. Lo conoció, lo leyó, lo editó… En la actualidad, es la responsable de la web jimenezlozano.com y, como confesó en el trascurso de la sesión: también lo echa de menos.

Se conocieron, curiosamente, hablando de libros, pero no de los propios, sino de los de la autora norteamericana Flannery O’Connor, a la que Guadalupe Arbona ha traducido y estudiado y cuya literatura interesaba mucho a Jiménez Lozano. En realidad, se entrecruzaron distintas variables que Guadalupe Arbona explicó así: «Por un lado leí una antología de cuentos, Objetos perdidos, y me parecieron deslumbrantes. Yo tenía una imagen quizá un poco oscurecida del autor, a la sombra de Miguel Delibes». Por otro, también le pesaban alguna de las etiquetas que le habían puesto, como la del escritor ‘castellano’ o ‘católico’ que el tiempo y el mutuo conocimiento se encargarían de borrar o matizar.

Entonces empezaron las coincidencias. Arbona reseñó esos cuentos para una revista universitaria y un amigo le dijo que conocía personalmente al autor y que lo visitaba de vez en cuando. En esa época, Guadalupe Arbona estaba traduciendo a la escritora norteamericana Flannery O’Connor y se sobresaltó cuando oyó ese nombre mencionado por Jiménez Lozano al recibir el Premio Cervantes. «A mí también me entusiasmaba, pero me extrañó mucho esa mención, porque en España nadie la conocía». ¿Tendrían algo que ver los cuentos tan desconcertantes, tan salvajes, tan grotescos y feroces de aquella autora sureña con la escritura de este autor que vivía aislado en un pueblo a 20 kilómetros de Valladolid? Fue uno de esos momentos en los que, afirmó Arbona, «te das cuenta de que te está atravesando algo inesperado y que te transforma. Algo que te obliga a pensar y a salir…». Eso hizo cuando tomó la decisión de ir a conocer a José Jiménez Lozano. «Era el 28 de abril de 2025. Me acuerdo perfectamente».

Guadalupe Arbona, muy expresiva durante toda la sesión. Foto: © Federico Marín Bellón

Un escritor explorador

Ahí encontró un autor universal, muy culto, al que no le sentaban bien ni etiquetas, ni tópicos: todo eso se le quedaba muy pequeño, muy estrecho a la literatura de amplia mirada de Jiménez Lozano. Guadalupe Arbona encontró a un explorador de lecturas, registros, referencias, a un buscador no solo en el plano literario sino en el vital. Si es verdad que ese espíritu es una característica de la juventud, la literatura de Jiménez Lozano verdaderamente está emparentada con ella: «Nunca se detuvo. Siempre estuvo buscando aquello que le hacía más libre y que hacía el mundo más justo, más hermoso y que contribuía al bien de una sociedad. Y ese nervio, ese no detenerse en la apariencia hasta llegar al final, hacen que su pensamiento y su sentimiento estuvieran permanentemente a la búsqueda. Es una de las claves de su lectura».

Esa naturaleza curiosa, inquisitiva incluso, que remite al imaginario de los jóvenes y de los niños, Jiménez Lozano la trasladó a su literatura llena de interrogantes, de cuestiones lanzadas al lector para que sus historias no se agoten en lo que él tuviera que explicar. Su literatura necesita imperiosamente un tú. Pertenece, más que a él, a quien la recibe y acoge. Hasta tal punto era así que Guadalupe Arbona desveló que una de sus ambiciones era desaparecer de las cubiertas de sus libros. Lo consiguió a medias: el último tomo de sus memorias presenta una autoría compartida con uno de sus personajes, el Maestro Huidobro.

Guadalupe Arbona protagonizó una sesión moderada por la periodista Pilar Gómez Rodríguez. Foto: © Federico Marín Bellón

Literatura: don y hallazgo

Una de las frases que le gustaba repetir a Jiménez Lozano era que «al escritor se le regala todo». Guadalupe Arbona dio la clave sobre cómo hay que entenderla: «Él decía que se le aparecían los personajes y las historias. Y lo que tenía que hacer era darles espacio para que verdaderamente pudieran hablar y llegar a otros». Puso el ejemplo de la obra titulada Libro de visitantes, que cuenta la historia de un manuscrito encontrado por un viajero inglés a finales del siglo XIX en la biblioteca del Monasterio del Monte Athos, y que fue copiado, traducido y vendido por los herederos del viajero como un legajo de papeles sin importancia, de modo que «solo tenemos la traducción y hay toda una serie de instancias hasta llegar a la obra misma que lo que quieren decir es que la literatura es un hallazgo, es algo que se recibe y el escritor es un escriba, un copista».

Magdalena: espera y esperanza

La tradición bíblica late en muchas de las obras de Jiménez Lozano y un ejemplo paradigmático es el personaje de Magdalena, que este autor recibe y hace suyo en diversos géneros, en distintas etapas de su trayectoria. En cualquiera de ellos, el autor «está hablando siempre de una mujer que padece la ausencia del amor de su vida». Magdalena es la que espera con esperanza: «Sabe que de alguna manera su amor va a volver, pero no sabe cómo va a hacerlo». Se plantea de esta manera la pregunta por la resurrección, que ha estado bien presente de nuevo en la literatura de los últimos años gracias al libro de Javier Cercas El loco de Dios, del que también se habló en el Foro Nueva Revista: no en vano una frase de esta obra y otra del propio Jiménez Lozano retratando a su Magdalena dan entrada al contenido del ensayo de Guadalupe Arbona.

Guadalupe Arbona, en el auditorio de la Universidad Villanueva antes de la celebración del foro. Foto: © Federico Marín Bellón

Preguntas sobre la herencia cultural judía en la historia de España, sobre la capacidad y la intención de interpelar en todo momento al lector para que continúe esa literatura viva que Jiménez Lozano se empeñó en sembrar y una prospección sobre qué pensaría el escritor en estos tiempos de tanta polarización, entre otras cuestiones, completaron una sesión que se cerró con la referencia a una frase que Jiménez Lozano les dijo a la ponente y al científico Juan José Gómez Cadenas, cuando ambos lo entrevistaron en 2018 y que nunca está de más recordar: «Merece la pena vivir porque hay personas, hay pájaros, hay cosas que están excelentemente bien».