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Ver productosEste «extraño género literario llamado confesión», afirma la filósofa, es el que «en nuestros tiempos se ha atrevido a llenar el hueco, el abismo ya terrible abierto por la enemistad entre la razón y la vida»

11 de junio de 2026 - 9min.
Avance

Libro mínimo en extensión, pero bien cargado de significados. En La confesión, género literario y método, María Zambrano afirma que «los géneros literarios parecen crecer a medida que la filosofía se aparta de la vida». A esa intuición dedica la primera parte de la obra. A continuación se centra en la confesión; sus orígenes, su definición, sus características… Aterriza en el ejemplo de san Agustín que «lo muestra en toda su plenitud» y recorre algunos otros autores que la han practicado, como Rousseau, o corrientes que guardan relación con ella (el Romanticismo, el surrealismo…).
En paralelo, quien se acerque a la lectura será testigo de las reflexiones incipientes, los primeros enunciados que van a alumbrar el concepto más original de la producción de la filósofa malagueña: la razón poética.
ArtÍculo
Hay que situarse en el momento en el que María Zambrano escribe esta obra. Son los primeros años de su exilio: ha tenido que abandonar su país por la Guerra Civil y en el continente europeo se ha encontrado con la II Guerra Mundial. En 1943, reside en San Juan, Puerto Rico, enseñando en la universidad de Río Piedras. Ese año publica La confesión, género literario y método y, dos años después, La agonía de Europa, un dúo que manifiesta su preocupación y su búsqueda de una alternativa a los excesos de un racionalismo europeo que, en vista de los acontecimientos, han acabado en tragedia.
«Ambos libros se reclaman», afirma la prologuista, la escritora y gestora cultural Victoria Clemente, en La confesión: «La Europa desgarrada y el sujeto desgarrado aparecen como dos rostros de una misma intemperie. En esa exclusión, advierte Zambrano, se produjo un vacío: la filosofía perdió el contacto con lo más humano». ¿Qué fue lo que pasó?
En un principio, la filosofía perseguía la verdad con las armas de la razón. La vida también, pero contaba con otro aliado; el amor. La filosofía lo entendía, Platón lo entendía, pero no tanto Aristóteles. Fue este y su concepción la que fue ganando terreno hasta que la vida y la verdad filosófica se acabaron divorciando. El amor como vía de acceso a la sabiduría quedó relegado a huecos marginales para unos pocos escogidos: los místicos.
La vida tenía un problema con la verdad filosófica: «Porque toda vida es ante todo dispersión y confusión, y ante la verdad pura se siente humillada. Y toda verdad pura, racional y universal tiene que encantar a la vida; tiene que enamorarla». Eso no pasó. La separación se consumó y esa alianza primera de la filosofía capaz de enraizar con la vida se olvidó. Una y otra se dieron la espalda: «La vida se negaba a reformarse o, usando el término clásico, a ‘convertirse’. Y la verdad llegaba a ella encontrando la cada vez más cerrada. Ante esta situación cada vez más intolerante, se tuvo que pensar en reformar la verdad, ya que no se reformaba la vida».
Esa es la tesis de la que parte La confesión. Es conmovedor el fondo, pero también la forma en la que se expresa María Zambrano, que pone a bailar las palabras más significativas de la historia de la filosofía al son de una balada de amor y desamor.
El siguiente tema se podría titular La reforma del entendimiento y tiene como principales intérpretes a Spinoza, que llamó así a uno de sus libros, y a Descartes, «aunque a veces contradijera su pensamiento», matiza la filósofa. Explica Zambrano que las reformas iban contra toda idea platónica de verdad y de unidad. «La reforma del entendimiento se enderezaba a encontrar una verdad dispersa; en vez de salvar a la vida de su dispersión, se hacía ella misma dispersa en el relativismo; se la hizo estribar en las relaciones y enseguida en los hechos, en los simples hechos. Y como los hechos siempre están aislados se pretendió entonces que la verdad se hiciera dispersa. Y así, la exigencia de verdad vino a ser sustituida por la exigencia de sinceridad».
A María Zambrano esto no le vale. Ella no se baja de la búsqueda de la verdad, pero acaba de constatar la insuficiencia de la que ha parido la filosofía moderna, esa que «nace en Descartes [y] ha abandonado la exigencia de que la vida se convierta». Zambrano está preocupada: «Si la vida no es reformada por el entendimiento, ganada por la verdad que él le ofrece, si la verdad que él le sirve no sabe enamorarla, dejarla vencida sin rencor, se declarará en rebeldía». Estas tribulaciones son la raíz del mayor hallazgo de la filosofía de Zambrano: la razón poética, que ya está en pugna por salir.
Como cuando estás verdaderamente apesadumbrado y buscas refuerzo o alivio entre amigos o te desahogas con extraños, Zambrano consigna lo que Nietzsche ha dicho: «Se hace muy difícil aceptar la verdad sin más, pues una vez aceptada hay que someterse a ella». Y la malagueña, en su runrún: «La razón de la filosofía moderna es la más violenta: por una parte, la más exigente, y por otra, y esto es lo que ha originado el rencor más que cosa alguna, no lleva dentro de sí la justificación de la esperanza humana». Se queja finalmente: «La razón moderna no ha ofrecido nada, pidiéndolo todo».
Como buena filósofa del siglo XX, no se queda ahí, sino que busca, se acerca, propone titubeante: «Y por eso hubo de surgir la otra razón la razón cercana a la vida y asequible a ella». No la menciona, apenas la desarrolla, pero la idea está lanzada: por la defensa de una verdad que una vida y pensamiento y por la crítica a la razón abstracta La confesión constituye el embrión de la razón poética zambraniana.
En la página 29 es cuando Zambrano, centra definitivamente la cuestión. El hecho de que el libro tenga 110 páginas da idea de la importancia del camino andado hasta llegar a este punto en el que María Zambrano ya puede afirmar: «El extraño género literario llamado confesión se ha esforzado por mostrar el camino en que la vida se acerca a la Verdad […], el género literario que en nuestros tiempos se ha atrevido a llenar el hueco, el abismo ya terrible abierto por la enemistad entre la razón y la vida. La confesión, en este sentido, sería un género de crisis que no se hace necesario cuando la vida y la verdad han estado acordadas».
Por ello, más que por vocación literaria, la confesión surge de la urgencia o la necesidad que tiene la vida de expresarse. De ahí su carácter oral: suena «a viva voz». No es creación pura, no imagina un tiempo más allá del tiempo para situarse sino que «parte del tiempo que se tiene […] y, sin embargo, va en busca de otro». No es autobiografía, un género al que Zambrano achaca cierta complacencia, sino un acto «en el que el sujeto se revela a sí mismo, por horror de su ser a medias y en confusión». Es palabra, sí, pero es acción a la vez, «la máxima acción que es dado ejecutar con la palabra».
Esa acción comprende un doble movimiento: parte de una huida de sí mismo, es fruto de una desesperanza, pero va en busca de la esperanza, de «algo que le sostenga y aclare».
Afirma María Zambrano que es san Agustín «quien muestra la confesión en toda su plenitud y con una claridad que no ha vuelto a conseguirse». Su crisis viene de «una enemistad habida entre él y la divinidad», su dispersión es la de alguien que «anda entremezclado con las criaturas, es decir, con una media realidad que no le sirve […]. La dispersión es el amor frustrado».
Su remedio es ofrecerse a la realidad «con hambre de ser visto», afirma Zambrano, que entrecomilla en su libro las palabras del propio san Agustín: «para que tú me veas y me recojas». Concluye así: «Y esta acción de ofrecerse a la mirada divina es lo que constituye propiamente la confesión en San Agustín». Este ofrecerse decepcionará quizá a algunos lectores que se puedan acercar a la obra con ánimo de descubrir «sucesos de escándalo», como los denomina la autora. El escándalo sería esa aceptación sin condiciones, esa llamativa búsqueda del paraíso perdido en un movimiento contrario al de Adán que, «avergonzado, se escondió ante la voz divina».
En su inquietud, la filosofía no le ha sido de gran ayuda al de Hipona. Ni estoicos, ni los neoplatónicos han sabido darle lo que buscaba y que no era un «punto de identidad, sino un centro que confiere la unidad de otra manera. Esto sí que era imposible de concebir por un filósofo clásico». San Agustín encuentra en su nueva realidad «la Unidad soberana, es decir, la que es tanto objeto de su mente como término de su amor. Ya no tiene que andar partido en mil pedazos. Ha encontrado la unidad de su vida». Como escribe María Zambrano unas líneas más abajo, «ser o no ser filósofo es más que nada una cuestión amorosa».
En la última parte del libro, la filósofa se ocupa de otras confesiones o intentos de confesión. Del cogito cartesiano afirma que lo parece, pero en realidad se trata de una disociación: la separación definitiva de la razón y la vida. «La razón caminará más aprisa que nunca por esta su libertad, pues lo libre no es el hombre sino tan solo su conocimiento». En su afirmación, Descartes no parte de la soledad, sino que hace de esta su punto de llegada.
Ineludible, Rousseau. Con Juan Jacobo, como lo denomina ella con toda familiaridad, «nació la nueva confesión del hombre nuevo». El impulso es el mismo que el de Agustín: se ofrece, quiere ser contemplado. «El gesto es el del amor. Ofrece su alma, casi su cuerpo; parece que quiere ser devorado, consumido por los demás». Con sus confesiones comienza «la vida literaria, el vivir en parajes imaginarios», que los románticos continuarán con el cultivo y «defensa del jardín interior, de la naturaleza encantada donde todo posible es, sin más, real».
Zambrano se convierte en observadora de autores y corrientes: el psicoanálisis y el surrealismo coinciden en su búsqueda de un centro de respuestas y actividad humana y en el error de hacerlo reposar en lo que «está fuera, al parecer, del sujeto consciente, del dueño que se llama ‘yo’».
Los últimos párrafos del libro presentan un mundo sin sujeto y un sujeto sin mundo «donde el yo anda errante como rey sin súbditos ni territorio, donde no existe por parte alguna el alguien responsable el alguien con identidad y figura propia. Ante este paisaje se despide, María Zambrano, preguntándose, casi de forma retórica si un mundo así… «¿no estará necesitado de una verdadera e implacable confesión?».
La imagen que ilustra este texto es un detalle de la obra «San Agustín en su celda», de Sandro Botticelli, témpera sobre madera de 1495 aprox. que se encuentra en la Galería Uffizi, Florencia. Fuente: The Yorck Project (2002) 10.000 Meisterwerke der Malerei, distribuido por Directmedia Publishing GmbH. El archivo se encuentra en Wikimedia Commons, tiene licencia PD-Art (Yorck Project) y se puede consultar aquí.