«Una conciencia nueva», de Silvia Bardelás 

Este es un libro enérgico, invita a que reaccionen la mente y el cuerpo, pero parte de un argumento que parece una película de terror: «¿Y si en lugar de percibir la realidad y desde ahí construir un mundo, lo inventamos sin más desde la abstracción?»

El escarabajo ciervo de Durero, la famosa acuarela que pintó hacia 1505.
Pilar Gómez Rodríguez

Silvia Bardelás (Vigo, 1967). Doctora en Filosofía, es escritora —autora de tres novelas— traductora y editora en De Conatus. También es profesora de Creación Literaria en la UNED Abierta.

Avance

Un viaje del yo al nosotros. Un viaje que no es viaje al fin porque el yo es parte del nosotros, porque no hay ser sin relación y no se puede separar la subjetividad de la humanidad común. Es lo que, con una escritura casi obsesiva, quiere trasmitir el ensayo de Silvia Bardelás Una conciencia nueva. La urgente pregunta de quiénes somos. Para conseguirlo mezcla historias corrientes con nombres clásicos de la historia del pensamiento. Publicado por Acantilado, este ensayo lo es su sentido más sencillo y profundo: ensaya, combina, prueba… Pero también es exigente: quiere resultados. Es una especie de manifiesto, pero escrito en voz baja. 

Silvia Bardelás: Una conciencia nueva. La urgente pregunta de quiénes somos. Acantilado, 2026
Silvia Bardelás: Una conciencia nueva. La urgente pregunta de quiénes somos. Acantilado, 2026

Lo que busca es romper la dicotomía entre individuo y sociedad, fulminar la división entre el sentir y el pensar, como una María Zambrano que en el siglo XXI ya se está impacientando. Para ello, Bardelás propone una alianza con la experiencia directa, con la sensibilidad que permita conocer sintiendo y al revés. No es algo que sucede dentro de uno mismo, sino un proceso que se abre a los demás y es capaz todavía de revertir la desconexión y la falta de energía que recorre el mundo para imaginar y construir otro menos abstracto, más manejable y vivible.

ArtÍculo

Cuenta la autora de este ensayo hacia el final del libro que cuando ella estudiaba filosofía, los compañeros bromeaban con el ser y uno de ellos incluso rodó una película en la que simulaban un secuestro a punta de pistola. «En la Universidad de Navarra han robado el ser, decía una presentadora del telediario», dando la noticia con un doblaje ficticio. La anécdota no se le ha olvidado a Silvia Bardelás a la hora de escribir Una conciencia nueva. La relata allí, en esta obra publicada por Acantilado, cuya tesis es que efectivamente nos han robado el ser, el ser común, al menos. Nos hemos dejado robar o hemos olvidado lo que compartimos como humanos y es urgente preguntarnos quiénes somos, así, en plural porque «no puedo ser ni conocerme en soledad. Eso lo sabía bien Sócrates, pero en su época no necesitaba aclararlo». La nuestra no solo exige aclararlo sino explicarlo e insistir sobre ello con urgencia.

Movida por la obsesión «de no separar la subjetividad de la humanidad común», Bardelás ha escrito un manifiesto sin estética de manifiesto y sin vocerío. ¿Puede un manifiesto ser proclamado en voz baja? De eso va Una conciencia nueva, de mirar desde otro lugar, de hacer cosas de forma distinta y todo sin salir de uno mismo. Porque allí es donde se encuentra la clave de todo; la raíz de una sensibilidad que ha sido arruinada por simulacros de realidad y paralizada ante el poderoso y rentable espectáculo de sus imágenes. ¿Qué ha ocurrido? La respuesta se encuentra en el capítulo titulado Un mundo agotado.

De brazos caídos

Cada vez hay más noticias sobre el advenimiento de una superinteligencia que causará estragos. También las hubo en su día —y las sigue habiendo—, sobre un pavoroso cambio climático. ¿Se hace algo? ¿Alguien actúa? Las instituciones redactan declaraciones ante hechos que dan por consumados. Tienen un tamaño inadecuado: son demasiado grandes. Los seres humanos, ¿qué pueden cambiar, diminutos ellos, nosotros, ante problemas descomunales? De nuevo el tamaño inadecuado: son insignificantes. Resultado: nadie hace nada, nadie sabe nada. No se traza la línea entre acciones (u omisiones) y consecuencias. Se ha roto la cadena de sentido. La impotencia, cuando no la apatía o el fatalismo, se ha vuelto costumbre.    

El diagnóstico de Silvia Bardelás es la ausencia de «una conciencia social del problema. No hay una conciencia común que se pueda hacer cargo». Y, aunque no conviene quedarse con la anécdota de los temas, uno más: el periodismo ofrece datos, cifras que verdaderamente importan ¿a quién? «No me imagino a nadie que no quisiera comprar un periódico que le aportara un sentido en lugar de una noticia que aumente su desesperación». Porque ese es el cuadro de la desconexión que tiene mil caras y que se pinta aquí a través de ejemplos para concluir con esta frase aplicable a todos ellos: «Hace ya mucho tiempo la gente vivía sin noticias en su pequeño mundo del que era protagonista. Sabía perfectamente que lo que hiciera desde el momento en que se levantaba tendría consecuencias en los seres más cercanos. Ahora es posible que muchos no veamos a los más cercanos, por culpa de un conocimiento abstracto de un mundo que nos horroriza y paraliza».

Tradicionalmente, la primera fuente de conocimiento del mundo son los sentidos. Es el punto de partida y es hermoso. ¿O no es hipnótico observar a un bebé descubriendo el tacto, el gusto, la vista…? La pregunta que plantea Bardelás es una película de terror: «¿Y si ya no percibimos? ¿Y si en lugar de percibir la realidad y desde ahí construir un mundo, lo inventamos sin más desde la abstracción?».

Su propuesta es volver a la experiencia directa, concatenada; resucitar la sensibilidad para ir después al pensamiento y no dejar nunca de combinar una y otro. O sea, como una María Zambrano, pero con urgencia.

La subjetividad que nos une

Es importante resaltar que subjetividad no es individualidad, y menos en este libro en el que casi significa lo contrario. Es un grave error «pensar que la experiencia subjetiva no tiene valor y que sucede en una cápsula individual […]. Cuando la experiencia es subjetiva surge de la conexión, del reconocimiento de la intimidad de otro a través de esa mirada genuina que surge de nuestra propia intimidad. Es decir, la experiencia subjetiva anula la separación, surge de ese principio vital común».

Por ejemplo, relata Bardelás, la vergüenza ajena es un sentimiento que nos informa, nos hace entender que algo está mal. Esto es conocimiento vivido y sentido en carne propia. No es seguramente negociado de la inteligencia racional, pero «es inteligencia estética y juzga desde la intimidad que compartimos como humanos». Es conexión y es el camino: «Solo se puede llegar a la intimidad de otro desde la propia intimidad».

Otro ejemplo que evidencia las curvas del camino del conocimiento es el que relata la autora respecto del Partenón: quizá a ella le faltaba la teoría (dimensiones, fórmulas…), pero, al estar allí, sintió la necesidad de saber cómo había sido construido. «Mi atención hacia ese tema era mucho más profunda que si no hubiera estado allí. Experiencia estética extendida hacia el conocimiento racional». Es más fácil querer conocer algo si viene mezclado con la vida, pero la combinación no ha de ser buscada, planificada. Es el problema del hiperdiseño y del hiperocio donde se racionalizan las experiencias, que quedan desvirtuadas así. A falta del tiempo y el espacio necesarios, la experiencia se sustituye por su simulacro. Qué error. Qué fracaso. Se ha echado en el olvido que «lo inolvidable tiene que ver con lo imprevisible». La razón descontrolada, separada de los procesos vitales, ha tomado el mando del negocio y del ocio, también de las palabras y hasta de los seres humanos designados por palabras, siglas, colectivos. ¿Dónde están las personas?

Cuando la abstracción llega a la carne

La autora sostiene que «la obsesión por la identidad mal entendida [es] uno de los grandes desastres de esta época. No es posible tener sensibilidad, ni por lo tanto empatía efectiva, ante un grupo abstracto de gente. La ayuda o la empatía es de persona a persona, de uno en uno […]. Grupo no ayuda a grupo, a lo largo de la historia, sin embargo grupo sí que lucha contra grupo».

Hablando de la historia, en ella se encuentran algunos ejemplos de cómo la abstracción ha sido siempre la coartada para ejercer la violencia y el terror. Abstracción primero, luego deshumanización. El nazismo, por ejemplo, «un mundo diseñado en todas las capas posibles para poder materializarse. Era necesaria la aniquilación de los judíos, pero para llevarla a cabo era antes necesaria la aniquilación de la sensibilidad de los victimarios».

Diccionario mínimo para una conciencia nueva

Las mismas palabras conectadas aparecen de forma casi obsesiva en un ensayo que mezcla reflexiones ¡y experiencias, cómo no! Quizá no estaría de más elaborar un pequeño diccionario de los conceptos que se desgranan en Una conciencia nueva. Es fácil, gracias al estilo aforístico de la autora:

«Conocer algo es sentir su esencia, percibir su intimidad».
«La inteligencia estética es la capacidad de llegar a sentir la subjetividad, ese yo que es nosotros».
«Contemplar sin prejuicios a una persona, un árbol. Ahí está ese momento de vínculo con lo real».
«Ese deseo de identidad que tanto caracteriza a nuestra época es nostalgia de intimidad, de conexión».
«La subjetividad es un sentimiento de intimidad que nunca está acabado, que se va conformando en la relación».
«La belleza no busca nada, solo aparece en el acto de ser».

Nostalgia de algo nuevo

Es este un libro raro, denso. Muchas veces habla de lo conocido, pero no es eso en el fondo de lo que quiere hablar. Habla del pasado, pero en realidad ha venido a hablarnos de futuro. Lo que le interesa es el porvenir. Como señala en el prólogo el filósofo Bernat Castany: «¿Cómo no coincidir con Silvia Bardelás cuando afirma que nuestro gran problema no es la infelicidad, sino la impotencia, la falta de energía, que no solo nos impide crear algo nuevo, sino incluso aceptar la posibilidad de que ese algo nuevo suceda?».

Este ensayo quiere que algo nuevo suceda y trabaja en ello y por ello. Es un libro alegre, vitalista, energético. Sabe que «el sistema depende de sus miembros, sin embargo, sus miembros sienten que están atrapados por el sistema». ¿Por qué? Y, sobre todo, ¿cómo salir del bucle? Bardelás ha escrito este ensayo por un convencimiento obsesivo de que «cambiar la conciencia, crear otras posibilidades de vida sin abandonar la experiencia sensible y estética, podría suponer la feliz pérdida de una vana ilusión que nos desconecta». En eso consiste el paso simple, pero decisivo, del yo al nosotros; es fácil porque es, somos lo mismo, se trata de «no separar la subjetividad de la humanidad común».


La imagen que ilustra el artículo es una edición en Canva de la famosa acuarela de Durero que representa un escarabajo ciervo (Hirschkäfer). El archivo se encuentra en Wikimedia Commons y se puede consultar aquí. Tiene licencia PD-Art. La fuente es The J. Paul Getty Museum, en Los Ángeles.