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Mercedes Gómez-Blesa. Doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, ha dedicado especial atención a la obra de María Zambrano, a la que ha consagrado el ensayo La razón mediadora: Filosofía y Piedad en María Zambrano (2008), ganador del  Premio Gran Vía de Ensayo. Asimismo ha realizado la edición crítica de varios de sus libros. Patrona de la Fundación María Zambrano, forma parte del grupo de investigadores que elaboran la edición crítica de las Obras Completas de la filósofa malagueña.


Avance

María Zambrano escribió La agonía de Europa (Alianza Editorial, 2023) en el verano de 1940, pero no la publicó hasta 1945. La escritora malagueña partió del momento crítico que atravesaba el viejo continente para reflexionar sobre la esencia europea. Sabía que solo respondiendo a la pregunta «qué es Europa» se estaría en condiciones de atisbar las razones últimas de la ola de destrucción en su suelo. La posible resurrección de Europa pasaba por el conocimiento de su propio ser.

Zambrano denuncia la «servidumbre» del europeo a «los hechos». Se olvida de una de las capacidades que más lo enaltecieron desde Grecia: el alejamiento de la realidad para extraer y pensar. La raíz de la pérdida de capacidad de abstracción y de comprensión del presente la encuen­tra Zambrano en su excesiva confianza en el dominio de la naturaleza, sembrada por el naturalismo del siglo XIX, que contribuyó a un ensoberbecimiento del hombre fren­te al mundo; y en la plena confianza en la naturaleza humana, desatada por la fe en la razón científico-técnica, y exaltada por el liberalismo, que acentuó aún más dicha soberbia, como sintetiza Mercedes Gó­mez-Blesa, prologuista de La agonía de Eu­ropa y estudiosa de Zambrano.

María Zambrano: La agonía de Europa. Alianza, 2023

De la excesiva confianza en la naturale­za y en la razón humana se pasa al terror. Escribe Zambrano: «La conciencia europea pasó sin tránsito de la ingenuidad más op­timista al terror. Terror que, después de la guerra del 14, se ha ido apoderando de todos los resortes vitales. Marea que ha llegado a inundar el alma entera de Europa, deján­dola enajenada, sin deseo alguno, incapaz de combate, en mortal quietud, como un pantano». Esa «mortal quietud» se asienta, paradójicamente, en el pasado esplendoroso europeo, como si Europa hubiese entrado en crisis por una radicalización de sus éxitos, de su «sobreabundancia». Con palabras de Zambrano: «El pensamiento europeo se enredaba en sus propias victorias, fracasaba a causa de su riqueza y de la altura misma a que había llegado. No tuvo conciencia rigurosa de sus bienes. Rara situación que, hasta ahora, habíamos creído ciertos españoles privativa del pensamiento y de la vida española: perderse por sus dones, más que por sus defectos».


Artículo

La autora de La agonía de Europa no sitúa el origen de la violencia europea en un conflicto político, social o económico. La autora lleva a cabo una hermenéutica de la crisis europea en un intento desesperado por encontrar una salida a la misma. Esta hermenéutica conlleva un doble ejercicio: primero, un ejercicio de revelación, en tanto la crisis supone, para la autora, un modo excepcional de mostración de la verdadera esencia de aquello que entra en declive, como si la crisis practicase una especie de incisura en la superficie de lo real que deja entrever su meollo, su verdadero ser. En este sentido, el momento crítico que atraviesa el viejo continente, nos permite conocer mejor la propia esencia europea, aquello que Zambrano nombra con como la «estructura íntima» de un pueblo.

Solo a través de esta búsqueda de la verdadera ontología de Europa podemos vislumbrar el error que ha conducido a tanto resentimiento latente en la sociedad, verdadero calvo de cultivo de los diferentes totalitarismos europeos. La hermenéutica de la crisis europea lleva intrínseco un ejercicio de salvación, ya que únicamente si contestamos a la pregunta «¿qué es Europa?», seremos capaces de atisbar las razones últimas de la marea de violenta destrucción que se ha apoderado del viejo continente. La resurrección de Europa pasa por un conocimiento obligado de su propio ser, si se quiere rescatar todavía algo de su alma agonizante.

Esta hermenéutica de la crisis se traduce también en una fenomenología de la misma, al mostrarnos las manifestaciones concretas en que cobra cuerpo el declive europeo. Uno de estos fenómenos o síntomas de la crisis es la «servidumbre de los hechos» que experimenta el europeo medio, lo que conlleva la pérdida de una de las capacidades que más lo enaltecieron desde Grecia: la capacidad de abstracción, de alejamiento de la realidad para poder extraer de ella su esquema.

Una pavorosa quietud

La raíz de esta pérdida de capacidad de abstracción y de comprensión del presente la encuentra Zambrano en dos elementos: por un lado, en la excesiva confianza del europeo en el dominio sobre la naturaleza, sembrada por el naturalismo del siglo XIX, que contribuyó a un ensoberbecimiento del hombre frente al mundo; y, por otro, en la plena confianza en la naturaleza humana, desatada por la fe en la razón científico-técnica, y exaltada por el liberalismo, que acentuó aún más dicha soberbia. Sin embargo, de esta excesiva confianza en la naturaleza y en la razón humana nace, según Zambrano, «el terror que se ha extendido por toda el alma europea que la inhabilita para la acción».

«La conciencia europea pasó sin tránsito de la ingenuidad más optimista al terror. Terror que, después de la guerra del 14, se ha ido apoderando de todos los resortes vitales. Marea que ha llegado a inundar el alma entera de Europa, dejándola enajenada, sin deseo alguno, incapaz de combate, en mortal quietud, como un pantano» (Zambrano 53).

Perderse por sus dones

Esta pavorosa quietud se asienta, paradójicamente, sobre el pasado esplendoroso europeo, como si Europa hubiese entrado en crisis por una radicalización de sus éxitos, de su «sobreabundancia»:

«El pensamiento europeo se enredaba en sus propias victorias, fracasaba a causa de su riqueza y de la altura misma a que había llegado. No tuvo conciencia rigurosa de sus bienes. Rara situación que, hasta ahora, habíamos creído ciertos españoles privativa del pensamiento y de la vida española: perderse por sus dones, más que por sus defectos» (Zambrano 52).

Y lo peor del terror es que se constituye en el principal aliado de la destrucción y de la pérdida del fundamento y unidad de lo real. El arte no es ajeno tampoco a esta fuerte ola de destrucción. Es más, las manifestaciones artísticas de las vanguardias, desarrolladas en esa época, evidencian justamente este periodo de acabamiento, de ímpetu destructivo al proclamar la muerte tanto de la pintura como de la literatura.

Ante esta terrible destrucción europea que afecta a todos los órdenes de la sociedad, Zambrano invita a no perder la esperanza de una posible resurrección de Europa, y, para ello, cree imprescindible plantear la siguiente pregunta: «¿Qué es Europa?». Llega a afirmar que es la misma violencia la que ha constituido a Europa: «Europa se había constituido en la violencia, en una violencia que abarcaba toda posible manifestación, en una violencia de raíz, de principio» (Zambrano 72).

El origen de la violencia europea no lo sitúa Zambrano en un conflicto político, social o económico desencadenante de la Segunda Guerra Mundial. Se sitúa en un plano religioso al apuntar como causa del terror que recorre el viejo continente el culto profesado por el europeo al Dios judeocristiano. En dicho culto, se ha prestado más atención al acto creador de la divinidad que el acto misericordioso de la pasión de Cristo. El Génesis del Antiguo Testamento parece haber ejercido una mayor atracción sobre el europeo que el sacrificio del hijo de Dios, en aras de la salvación del hombre, recogido en el Nuevo Testamento. Es, pues, la capacidad creadora de la divinidad la que ensalza y envidia el europeo, pues, si el hombre ha sido creado a «imagen y semejanza de Dios», él ha de poseer también la capacidad de crear su mundo y conquistar un espacio propio, un espacio exclusivamente humano en la historia. Es esta esperanza, la esperanza del pleno desarrollo del ser humano, la que ha actuado como motor de la historia europea. Es más, según Zambrano, el nacimiento de la historia tiene su origen en esta esperanza, pues la historia solo es posible desde la plena conquista de la libertad, y esta solo se logra a través de la independencia de Dios. Para la pensadora malagueña, no son las contradicciones ideológicas ni económicas las causas del avance histórico, sino que coloca en un plano teológico el escenario a partir del cual se debate la verdadera aventura humana, que no es otra que la de batallar por su independencia y por el reinado del mundo.

El fracaso del superhombre

Lo que Nietzsche presentaba como un logro, como la posibilidad de una transvaloración de los valores que permitiera la aparición de un hombre nuevo, el Übermensch, liberado de la vieja moral judeocristiana, Zambrano lo interpreta como un verdadero fracaso. La autora achaca, precisamente, a la radicalización de esta esperanza, la causa principal de la agonía de Europa. El «seréis como dioses» propulsor del desarrollo europeo ha conducido al sacrificio de la divinidad y tal sacrificio provoca el verdadero nihilismo de la cultura occidental. Zambrano describe la historia de Europa como la historia de la frustración de la principal esperanza humana, la de un nuevo nacimiento a un espacio propio, independiente de Dios. Esta esperanza, al absolutizarse, se trastoca el delirio que produce lo contrario de aquello que buscaba, esto es, la destrucción del ser humano, en lugar de su máximo desarrollo. El endiosamiento del hombre por autocrearse, ha conducido a un deicidio que provoca la muerte del propio sujeto.

El diagnóstico zambraniano sobre el declive europeo no ofrece dudas: Europa está en crisis por no haber puesto límites a esta esperanza, por haberse dejado arrastrar por los cantos de sirena de las sucesivas utopías que han ido alimentando su historia y que persiguen, en último término, hacer de la tierra el Reino de Dios, pero sin Dios. Ahora bien, ninguna de estas utopías ha logrado plasmarse en la realidad, y ha sabido calmar su hambre de nacimiento. La historia se convierte, de este modo, en una nueva deidad que sustituye al antiguo dios y que exige víctimas y sacrificios para su realización. Este carácter sacrificial del acontecer histórico es trágico porque el ser humano, a pesar de su voluntad, no acaba nunca de fundar el paraíso en este lugar de sufrimiento, no acaba nunca de nacer del todo. De ahí, su desengaño y su resentimiento.

Este diagnóstico zambraniano sobre la agonía europea está fuertemente inspirado en san Agustín, principalmente en su particular modo de entender la relación del hombre con Dios, y en su contraposición entre la superbia humana (soberbia) y la humilitas (humildad).

El santo africano denuncia la «egofilia» como la principal culpable de la anihilización del hombre. De hecho, san Agustín contrapone, vehementemente, la soberbia del que se ama únicamente asimismo, a la humildad de aquel que ama a Dios por encima de sí. Los dos tipos de amores sirven para establecer una tipología humana, Y a su vez esta tipología actúa como fundamento de la distinción agustiniana de las dos ciudades: la ciudad terrena, formada por los soberbios, que se dejan arrastrar por la cupiditas, y la Ciudad de Dios, constituida por todos humildes que son iluminados por la caritas.


Prólogo de Mercedes Gómez-Blesa extractado y reproducido aquí en forma de artículo con permiso de la editorial.

Doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, especialista en María Zambrano y miembro del grupo de investigadores que elaboran la edición crítica de sus Obras Completas.