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Ver productosLa Escuela de Salamanca, en su búsqueda de un orden social justo, tuvo hallazgos esenciales en su estudio de los problemas económicos

2 de junio de 2026 - 6min.
José Luis Cendejas es doctor en Ciencias Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid (2001) y profesor e investigador de la Universidad Francisco de Vitoria. Entre sus libros, destacan Proyección de la Escolástica jesuita española en el pensamiento británico, Ética y economía y El mercado de trabajo en España.
Avance
En el ensayo Ciencia económica y pensamiento económico de la Escuela de Salamanca (2020), el profesor José Luis Cendejas destaca la importancia de la contribución de la Escuela de Salamanca al pensamiento económico. Los escolásticos españoles dejaron sentadas las bases de la ciencia económica moderna, aunque sus elaboraciones teóricas fundamentales no fueron «descubiertas» hasta la primera mitad del siglo XX, después de un olvido de siglos. Eso impidió que se apreciara como es debido la contribución española a esta rama de la ciencia.
La principal aportación de la escolástica reside en su contribución a las teorías de los precios y del dinero. La integración de ambas, gracias a su común fundamentación en una teoría del valor subjetivo, supuso un adelanto de tres siglos respecto a la revolución marginalista, origen de la actual teoría económica.
ArtÍculo
José Luis Cendejas sostiene en Ciencia económica y pensamiento económico de la Escuela de Salamanca que los escolásticos españoles de los siglos XVI y XVII no solo reflexionaron sobre cuestiones económicas, sino que sentaron las bases de una auténtica ciencia económica moderna, adelantándose en varios siglos a teorías que suelen atribuirse a autores posteriores, como Adam Smith y los marginalistas del siglo XIX.
El texto comienza recordando que la importancia económica de la Escuela de Salamanca permaneció olvidada durante siglos y solo fue redescubierta en el siglo XX gracias a investigadores como Marjorie Grice-Hutchinson, Joseph Schumpeter y Raymond de Roover. Schumpeter llegó a afirmar que los escolásticos del XVI fueron auténticos fundadores de la economía científica y que parte de la economía moderna podría haberse desarrollado directamente a partir de sus ideas, evitando siglos de rodeos intelectuales.
El autor dedica una parte importante de su ensayo a establecer qué debe entenderse por «ciencia económica». Frente a la visión tradicional que sitúa el nacimiento de la economía en Adam Smith, Cendejas recuerda que para Schumpeter la ciencia no depende de la existencia de una disciplina autónoma, sino del esfuerzo consciente por analizar racionalmente problemas concretos. Desde esa perspectiva, los escolásticos españoles sí practicaron ciencia económica: estudiaron sistemáticamente cuestiones como los precios, el dinero, el comercio, la propiedad y la usura, intentando descubrir principios racionales y universales que permitieran juzgar qué era justo en la vida económica.
El núcleo filosófico del pensamiento salmantino era la idea de justicia. La economía no aparecía como una disciplina independiente, sino integrada en la teología moral y el derecho. Los escolásticos analizaban los intercambios económicos porque creían que toda relación humana debía ajustarse a un orden justo. La pregunta central no era cómo maximizar riqueza o crecimiento, sino qué significaba «dar a cada uno lo suyo».
Cendejas explica que esta preocupación llevó a los escolásticos a desarrollar una sofisticada teoría de la justicia económica basada en tres grandes distinciones: entre derecho y ley positiva, entre justicia doméstica y justicia política, y entre derecho natural y derecho positivo. En este marco, las actividades económicas, sobre todo el comercio y los contratos, se entendían como parte de la justicia conmutativa, es decir, de las relaciones entre individuos que debían respetar la igualdad y la reciprocidad.
Pero la gran aportación intelectual de la Escuela de Salamanca, según Cendejas, fue la teoría subjetiva del valor y el análisis del precio justo. Los escolásticos rechazaron la idea de que el valor dependiera exclusivamente de los costes de producción. Defendían que el valor de las cosas provenía de la «común estimación» de los hombres, de la valoración subjetiva que compradores y vendedores hacían de los bienes en el mercado. Según el autor, esta intuición anticipa en tres siglos la revolución marginalista del siglo XIX.
El precio justo no era, por tanto, un precio fijado arbitrariamente por la autoridad ni derivado mecánicamente de los costes. Era el precio que emergía de un mercado suficientemente competitivo y libre, donde compradores y vendedores actuaban voluntariamente y sin coacción. Los escolásticos comprendieron que la competencia limitaba el abuso de poder económico y que los monopolios distorsionaban la justicia de los intercambios. El mercado aparecía así como un mecanismo capaz de revelar una valoración socialmente aceptada de los bienes.
La teoría monetaria es otro capítulo fundamental. Cendejas sostiene que los escolásticos españoles desarrollaron una explicación coherente del dinero basada también en la teoría subjetiva del valor. El dinero valía no por decreto político, sino por la estimación común de la sociedad. De ahí surgía una crítica muy severa a la manipulación monetaria de los gobiernos. Juan de Mariana, por ejemplo, denunció que alterar el contenido metálico de la moneda equivalía a una forma de expolio político.
El texto subraya además que autores como Martín de Azpilcueta formularon tempranamente la teoría cuantitativa del dinero, décadas antes de Jean Bodin y con mayor claridad que Copérnico. Azpilcueta observó que donde abundaba el dinero, los precios tendían a subir; y donde escaseaba, bajaban. Esta reflexión surgió directamente de la experiencia de la inflación provocada por la llegada masiva de plata americana a España y Europa durante los siglos XVI y XVII.
Los escolásticos comprendieron también los mecanismos internacionales de transmisión de la inflación. Detectaron que las zonas más cercanas a los focos de expansión monetaria sufrían primero las subidas de precios y que el fenómeno se extendía después al resto de Europa a través del comercio y de los tipos de cambio. Del mismo modo, analizaron fenómenos financieros avanzados, como la creación de crédito bancario y el papel de las letras de cambio en la expansión monetaria.
El problema de la usura ocupa la última gran parte del ensayo. Los escolásticos partían de la tradición medieval que consideraba injusto cobrar intereses por el préstamo de dinero, ya que este, al ser un bien fungible, no podía alquilarse separando propiedad y uso. Cobrar intereses significaba, según la formulación clásica, «vender lo que no existe».

Sin embargo, la realidad económica obligó a introducir matices cada vez más complejos. Los autores salmantinos admitieron excepciones legítimas al cobro de intereses: indemnización por pérdidas sufridas, lucro cesante, riesgos asumidos o retrasos en el pago. Francisco de Vitoria, por ejemplo, aceptó que un prestamista pudiera recibir compensación si renunciaba a un beneficio probable por prestar su dinero. El artículo destaca que estas discusiones anticipaban conceptos modernos como el coste de oportunidad, la preferencia temporal o incluso ciertos elementos de la teoría de la probabilidad.
El desarrollo comercial y financiero terminó haciendo insostenible la prohibición absoluta de la usura. Las necesidades del crédito, la expansión mercantil y la sofisticación de los contratos fueron obligando a reinterpretar progresivamente la doctrina tradicional. El autor muestra cómo la Iglesia acabó aceptando ciertos intereses vinculados al riesgo, el trabajo o los costes administrativos, especialmente en instituciones como los montes de piedad.
En sus conclusiones, Cendejas insiste en que la Escuela de Salamanca abordó la economía como parte de una investigación más amplia sobre el orden social justo. Los escolásticos no buscaban construir una disciplina autónoma, pero al intentar responder racionalmente a problemas concretos del comercio, el dinero o los contratos, desarrollaron herramientas analíticas que anticiparon elementos esenciales de la economía moderna. Su gran legado, sostiene el autor, fue haber integrado teoría del valor, teoría monetaria y análisis jurídico-moral dentro de un sistema coherente basado en la idea de justicia natural.