Cristóbal Colón, navegante y empresario

La gesta descubridora fue una auténtica iniciativa de capital riesgo, financiada por distintos inversores y organizada con criterios de «management» propios de un emprendedor visionario y excepcional

Desembarco de Colón en América. CC Wikimedia Commons
Luis Reverte Lledó

Avance

Cristóbal Colón no fue únicamente un gran navegante, sino también un emprendedor excepcional y su gesta descubridora fue un caso de liderazgo, comercialización e iniciativa empresarial, digna de ser estudiada en las escuelas de negocio. Esa faceta, menos conocida del personaje, es la que desarrolla Luis Reverte Lledó en su libro Cristóbal Colón, navegante y empresario. El propio autor sintetiza en este artículo para Nueva Revista los rasgos más destacados de Colón como negociante y emprendedor.

Como todo gran empresario, el navegante partió de una idea ambiciosa, y más que eso, revolucionaria, ya que el proyecto de alcanzar Asia navegando hacia Occidente, desafiaba las concepciones dominantes de su tiempo. Demostró luego su habilidad para obtener apoyos políticos y financieros mediante una negociación exigente con monarcas, nobles y grupos de influencia, hasta conseguir las Capitulaciones de Santa Fe, implicando decisivamente a los Reyes Católicos, que le otorgaron amplios privilegios personales y económicos. La expedición fue una auténtica empresa de capital riesgo, financiada por distintos inversores y organizada con criterios propios de una iniciativa empresarial.

El autor expone las fortalezas de Colón: experiencia náutica, capacidad de persuasión, talento negociador y visión de futuro; y también las debilidades: obcecación de ideas en el ejercicio del liderazgo, cortoplacismo de sus metas motivado por sus deudas y rigidez de sus planteamientos. Y concluye que, con sus errores y aciertos, fue un pionero renacentista cuya grandeza consistió en transformar una idea en una empresa capaz de alterar el curso de la historia.

ArtÍculo

Escribe Ortega y Gasset: «Existen hombres decididos a no contentarse con la realidad. Aspiran los tales a que las cosas lleven un curso distinto: se niegan a repetir los gestos que la costumbre, la tradición y, en resumen, los instintos biológicos les fuerzan a hacer. A estos hombres llamamos héroes. Porque ser héroe consiste en ser uno, uno mismo… Su vida es una perpetua resistencia a lo habitual y consueto»1.

Europa en la segunda mitad del siglo XV era un continente encorsetado. Al Este, limitaba con el Imperio otomano, una de las potencias más importantes del mundo islámico que, tras la conquista de Constantinopla, fijó la capital del imperio en dicha ciudad, controlando las rutas marítimas y terrestres de especias, seda, metales y esclavos, y cobrando impuestos y peajes a las caravanas que cruzaban su territorio, lo cual elevó el coste de las importaciones realizadas por los europeos.

Al Sur, con el mar Mediterráneo y el Norte de África completamente islamizado desde siglos atrás, aunque sin unidad política, por donde circulaban las rutas transaharianas que conectaban el Magreb con los reinos de la zona subsahariana, transportando oro, sal, marfil, esclavos y productos manufacturados. Sus zonas costeras mantenían relaciones comerciales con italianos, andaluces y otomanos, siendo El Cairo, en poder de los mamelucos, la metrópoli más importante, el centro mundial del comercio asiático, donde confluían cargamentos de especias, seda, algodón, piedras preciosas, perfumes, incienso y otros productos antes de ser enviados a Venecia y otras ciudades europeas.

Luis Reverte Lledó. Cristóbal Colón, navegante y empresario. Ediciones Vitrubio, 2026

Y al Oeste, lindaba con el Océano Atlántico, en el que poco a poco iban penetrando portugueses y castellanos, en busca de las ansiadas mercancías asiáticas y africanas, primero navegando por la costa y luego conquistando diversas islas y archipiélagos y algunos enclaves en el continente africano que iban ensanchando los límites del mundo conocido.

Los reinos europeos vivían entonces el tránsito del estado feudal al estado nacional, gracias al renacimiento del comercio y de las ciudades, al uso del dinero en lugar del trueque, al desarrollo de la burguesía que iba desplazando a la nobleza, al surgimiento de monarquías centralizadas dotadas de ejércitos y funcionarios y al Renacimiento cultural impulsor del individuo y de la razón. Este nuevo Estado nacional se caracterizaba, además, por la potenciación de las señas de identidad nacional y por el fortalecimiento de la economía unificada. Esta fue la base para el surgimiento de los grandes imperios europeos, el desarrollo del capitalismo y la expansión marítima.

En el balcón de Europa, Portugal era la potencia marítima más importante, tras liberarse definitivamente en 1249 de la dominación musulmana, centrándose primero en la navegación de la costa africana, y luego, al caer Constantinopla en poder de los otomanos, en llegar a la India ampliando sus travesías hacia la costa sur de África. Castilla, a partir de la reconquista de la Andalucía Occidental, irrumpiría como competidor acérrimo de Portugal.

El sueño de hacerse rico

En este entorno competitivo emerge la figura del navegante y comerciante genovés Cristóbal Colón (¿1451?–1506), un loco iluso y visionario, un quídam, un cualquiera que oculta su origen de clase humilde, que sueña con llegar a la India navegando hacia poniente, hacerse rico y alcanzar el estado de nobleza que le vetaba su pobre cuna, partiendo de algunas ideas erróneas: subestimar el tamaño real de la Tierra y sobrestimar la extensión de Asia hacia el Este. En suma, lo que pretendía era una falta total de respeto a las ideas existentes en la época. Sin embargo, gracias al empujón de este chiflado, del que muchos se burlaban sin parar, el mundo cambió totalmente y creció, al pasar las tierras habitadas o ecúmene de unos 150 millones de kilómetros cuadrados (Eurasia y África) a unos 300 millones de kilómetros cuadrados.

Pero el loco no lo era tanto ni tonto. No tenía recursos económicos para emprender su negocio por cuenta propia y por eso rodó por la ruleta de Europa para convidar a participar en su hazaña a varios de sus reyes (Juan II de Portugal, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, Carlos VIII de Francia y Enrique VII de Inglaterra) y a dos miembros de la alta nobleza castellana (los duques de Medina Sidonia y de Medinaceli). No a cualquier precio. Fue un negociador muy duro y exigente, con un dominio de la psicología y del ilusionismo tanto de masas como en el cuerpo a cuerpo, como demostró en sus alardes triunfales en Sevilla y otras ciudades y pueblos, y ante los reyes, nobles, religiosos y funcionarios reales con los que trató con tanta asiduidad.

La tenacidad, la perseverancia y el apoyo incondicional de los grupos de presión de religiosos y de conversos con los que compartió su proyecto dieron su fruto, y la papayita madura cayó del árbol en forma de capitulaciones, inspiradas en la carta de capitán donatario firmada por su suegro, portugués de origen genovés, y por el rey portugués, representado por Enrique el Navegante, en la cual se le concedía el derecho a poblar la isla de Porto Santo, la autoridad de gobernador hereditario, el permiso para explotar los recursos naturales y la obligación de llevar colonos portugueses y asegurar la defensa del territorio.

Colón era ante todo un empresario hecho a sí mismo, que sabía algo que los demás ignoraban, de ahí que vendiese sus servicios a cambio de un seguro de vida que amparase a sus herederos, de un sustancioso de sueldo y de un bonus. En las Capitulaciones de Santa Fe se había cubierto con un extraordinario paraguas protector: cargos a perpetuidad de almirante, virrey y gobernador; derecho a presentar a los reyes una terna de candidatos para los oficios reales; el diezmo de las riquezas que se obtuviesen en las nuevas tierras, previo descuento de los gastos necesarios para ello; el diez por ciento de los beneficios comerciales generados por otras expediciones en sus territorios; participar con una octava parte en las expediciones contribuyendo en las mismas en igual proporción; el título de don para él y sus hijos, y colocar a su primogénito Diego como paje del príncipe (luego a su otro hijo, Hernando).

Capital riesgo

La empresa colombina recién creada era el equivalente a una actual start-up o sociedad de capital riesgo, con un coste inicial de 2.000.000 de maravedíes, financiado en la parte de los reyes (1.140.000) por Luis de Santángel, escribano de ración de Fernando el Católico; en la correspondiente a Colón (500.000, justo el doble de su ochavo) por su amigo y socio Juanoto Berardi; y en lo restante (360.000) por los hermanos Pinzón, que tenían deudas pendientes con la Corona.

Fue precisamente Berardi, el socio de Colón, quien se ocupó de todo lo relacionado con el abastecimiento de la primera armada, dos carabelas y una nao, las tres naves más famosas de la historia de la humanidad, que salieron con rumbo secreto un 3 de agosto, con una tripulación de noventa personas seleccionadas por el genovés y por Martín Alonso Pinzón. Había mucha experiencia náutica y buenas embarcaciones y elevado riesgo, pero también muchísima expectativa de recompensa.

La misión de la empresa colombina era llegar a la India (Cipango, Catay y el Moluco o isla de las especias), siendo sus dos objetivos estratégicos iniciales evangelizar a las gentes de esas tierras y conseguir un crecimiento territorial rentable, muy en línea con lo que tanto ansiaba el socio mayoritario, la Corona de Castilla.

El liderazgo formal de la empresa, durante el primer viaje, le correspondió a su capitán general, Cristóbal Colón, quien con mucha maña tuvo que disuadir a sus pilotos y a sus tripulantes para no cejar en el empeño cuando se encontraron con obstáculos tales como el mar de los Sargazos, los movimientos erráticos en la aguja de la brújula, la discrepancia de las cuentas de las millas recorridas hechas por los pilotos, la ausencia de vientos contrarios para el caso de vuelta, los continuos pero infructuosos indicios de proximidad de tierra y la larga duración de la travesía. El liderazgo informal, que ya había ejercido Martín Alonso Pinzón en la fase de enrolamiento del personal, vuelve a aparecer cuando la tripulación de la nao capitana se inquieta por todo esto.

Finalmente, «llegaron a una isleta de los Lacayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní» y se tomó posesión de ella. El objetivo inicial cumplido ponía término a la condición suspensiva contemplada en las Capitulaciones. El quídam ya era almirante, virrey y gobernador.

Este primer viaje de la gesta colombina supondría la creación, en paralelo, de la empresa de las Indias Occidentales de Castilla que acabaría devorando a su progenitor. Su visión a largo plazo sería llegar a las Indias Orientales para lograr expandir su riqueza y territorios, así como para evangelizar a los nuevos pueblos, lo cual fue posible gracias a un proceso continuo de mejora impulsado con la creación de la Casa de Contratación (1503, Reyes Católicos) y del Real Consejo de las Indias (1524, Carlos V), que sentarían las bases de Imperio español.

Fortalezas y debilidades

Colón, como empresario excepcional que fue, tuvo fortalezas, tales como gran experiencia como navegante, su gran movilidad en una época con tan pocos medios de transportes, su don de lenguas que le fue muy útil para comunicarse y conseguir información de los indios, el alumbramiento y la defensa pertinaz y perseverante de su proyecto de empresa, su facilidad como vendedor y propagandista y su gran habilidad como negociador. Sin embargo, estos puntos no fueron suficientes para contrarrestar sus debilidades: ausencia de liderazgo, reducido equipo con nula capacidad de gestión política, económica y administrativa, cortoplacismo de sus metas motivado por sus deudas, obcecación de ideas, falta de empatía con sus subordinados, ignorancia de los valores compartidos y debilidad física para los desempeños requeridos.

Podemos concluir que, con sus errores y aciertos, Cristóbal Colón tuvo una existencia en la que no fue un apático ni un desertor de los tiempos modernos. No se limitó a dejar que fuesen pasando las cosas a su alrededor, no fue el típico hombre medieval prisionero en un cosmos de habas contadas sin dimensión de futuro, al que hacía referencia Ortega y Gasset, sino que fue un hombre indudablemente excepcional, que cumplió con creces con la misión propia de los grandes hombres de su generación y que sirvió de estímulo para el devenir de las futuras. Fue uno de los grandes pioneros de los tiempos modernos, no por sus pensamientos, sino por sus acciones. Fue un hacedor renacentista, un emprendedor nato.

Dice la mayoría de los historiadores que Colón murió convencido de que había llegado a Asia. Sin embargo, en sus últimos años había leído y hablado lo suficiente como para saber lo que era Asia, es decir, era consciente de que no había llegado ni a Cipango ni a Catay ni había dado con el paso al Moluco, sus grandes objetivos, pero como no quería perder sus privilegios si se demostraba que no había cumplido su meta, siguió defendiendo su idea equivocada, tan diversa de la realidad. 

La persistencia en su dizque error le supuso perder el poder como virrey y gobernador y el honor de que lo descubierto se llamase Columbia, pero mantuvo su nuevo rango social de almirante y, lo más preciado para él, su sueldo, su bonus y el seguro de vida para su familia. Ante todo, Colón, el empresario errante, era un arador de los mares.


Foto: Primer desembarco de Cristóbal Colón en América (1862), óleo sobre lienzo de Dioscoro Puebla. Tomado del archivo de Wikimedia Commons.

  1. Ortega y Gasset, J.: Obras Completas, T. I, Meditación primera. ↩︎