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Martha C. Nussbaum sobre la libertad de conciencia

Martha C. Nussbaum (Nueva York, 1946) es una de las filósofas contemporáneas más relevantes. Recuperando la ética antigua, profundiza en la teoría de la justicia y en sus implicaciones en el mundo de hoy. De ahí sus propuestas para la superación de las desigualdades por cuestiones de religión, sexo, raza o procedencia social. Ocupa la cátedra de Derecho y Ética en la Universidad de Chicago. En 2012 fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales.

Avance

Martha C. Nussbaum afirma que es posible argumentar, acordar y coincidir en un espacio moral compartido aun cuando no estemos de acuerdo sobre verdades religiosas fundamentales. Si se parte de que la religión no es muy importante, difícilmente se hará alguna modificación para otorgar a las personas dispensas de leyes por motivos de conciencia, afirma. En lo que se refiere a la objeción de conciencia, la delimitación entre aquellas que merecen respaldo jurídico y las que no es extremadamente complicada. Nussbaum alerta de los graves problemas sociales que provienen de la tendencia a imponer una ideología y menoscabar el derecho al libre ejercicio de las religiones, de todas las religiones, también de las calificadas como minoritarias o «raras» y «desviadas». Tras la peligrosa demonización de «lo diferente», como se muestra en la condena al uso del velo, se esconde todo un panorama de ataques a los valores occidentales. Nussbaum defiende que más allá de atuendos, lenguas y ritos, hay seres humanos cuya dignidad merece respeto y cuyo derecho a la igualdad de oportunidades debe preservarse. La profesora de la Universidad de Chicago ha tratado sobre tolerancia y libertad de conciencia de forma más detallada en tres libros: Libertad de conciencia. En defensa de la tradición estadounidense de igualdad religiosa. Paidós, 2013. // La nueva intolerancia religiosa. Cómo superar la política del miedo en una época de inseguridad. Paidós, 2013. // Libertad de conciencia. El ataque a la igualdad de respeto. Katz Editores, 2011. // De este último, que incluye una entrevista de Daniel Gamper Sachse a la autora, extraemos el hilo argumental de Nussbaum sobre la libertad de conciencia.

Artículo

La mayoría dominante en Inglaterra no tuvo que correr riesgos para adorar a Dios de acuerdo con su conciencia. Establecieron una ortodoxia y una iglesia oficial que los favorecía a ellos y subordinaba a otros. En la Inglaterra de la que huyeron los Padres Peregrinos, las personas no eran ciudadanos iguales, porque el gobierno bajo el que vivían no respetaba sus derechos de un modo igualitario. Si bien los Peregrinos no fueron expulsados de Inglaterra como anteriormente lo habían sido los judíos, vivían en condiciones de subordinación. Se les había negado algo muy valioso, y fue con la intención de recuperar ese espacio, tanto de libertad como de igualdad, que cruzaron el océano en tres pequeñas naves» (pp. 9-10).

«Siglos después, la búsqueda de la libertad de los Peregrinos se ha convertido en la búsqueda de superioridad por parte de una élite de estadounidenses. La tolerancia religiosa no gozó de buena salud entre los descendientes de los Peregrinos, como lo prueba la exclusión de judíos y católicos romanos de las escuelas privadas locales, los clubes de campo, los bufetes de abogados y los eventos sociales prestigiosos» (p. 10).

«Especialmente en el tema de la religión, que parece tan vital para la salvación de los individuos y para la salud de la nación, es muy tentador pensar que la ortodoxia es buena y que aquellos que no la aceptan son unos peligrosos subversivos» (p. 12). 

«Fue en 1954, durante el pánico de la Guerra Fría y la carrera armamentística nuclear, que los estadounidenses añadieron “bajo Dios” al Juramento de Lealtad a la bandera […]. La intención era distinguir los Estados Unidos temerosos de Dios del comunismo sin Dios, pero su efecto fue la denigración de ateos, agnósticos, politeístas, miembros de religiones no teístas como el budismo y el confucianismo, y a todos los teístas a quienes no les gusta pensar que Dios juega a tener naciones favoritas, ni que cobija a los Estados Unidos bajo su ala protectora sin que importe lo que estén haciendo los Estados Unidos» (pp. 12-3).

«Todas las democracias modernas tienen miedo y una de las cuestiones que inspira un temor más intenso es el incremento de la diversidad religiosa. Del mismo modo que los Estados Unidos del siglo XIX fueron testigos del miedo a la inmigración católica y personas normalmente razonables se lanzaron a demonizar al conjunto de la fe católica romana, argumentando que el catolicismo y los católicos eran incompatibles con la democracia, actualmente, en Norteamérica y especialmente en Europa, es posible escuchar los mismos argumentos generalizadores y poco sutiles respecto del Islam y los musulmanes» (p. 13).

«El miedo a lo diferente conduce, como ha ocurrido a menudo, a una homogeneidad coercitiva —la homogeneidad del miedo— mientras nos aferramos a lo conocido como si de ello dependiera nuestra vida, pensando que solo en ello reside nuestra esperanza de seguridad en un mundo peligroso» (p. 14).

«El único antídoto decente contra ese miedo y contra el comportamiento injusto que a menudo inspira, se halla en la renovación del compromiso con una larga tradición de igual respeto por la libertad de conciencia que ha tenido un papel formativo en las instituciones, tanto europeas como estadounidenses, pero al que frecuentemente se honra más en su infracción que en su observancia» (p. 14).

«La libertad de conciencia es incompatible con el establecimiento de un culto oficial, aun cuando se trate de uno tan suave y benigno que la mayoría de las personas no lo perciban» (p. 15).

«Las naciones europeas y los Estados Unidos se comportan de un modo arrogante en el exterior, cuando acusamos a otros de fanatismo religioso, mientras obviamos las enormes vigas en nuestros propios ojos, bajo la forma de un amor complaciente a la homogeneidad que teme a la diferencia real» (p. 22).

 «La protección de la libertad de conciencia en condiciones de igualdad para todos los ciudadanos no significa que las instituciones públicas deban estar vacías de contenido moral. Es posible argumentar, acordar y coincidir en un espacio moral compartido aun cuando no estemos de acuerdo sobre verdades religiosas fundamentales, las cuales, para muchas personas, se hallan directamente conectadas con las verdades morales» (p. 26).

«El antirreligioso cree que toda religión debería ser desfavorecida en la esfera pública —no por razones de igualdad o libertad, sino porque cree que la religión es algo embarazoso, una reliquia de una era precientífica y una fuente de problemas—. El antirreligioso piensa que podemos construir democracias duraderas desalentando la religión y construyéndolas sobre la racionalidad científica secular. Por supuesto que no deberíamos reprimir a la religión o penalizar legalmente a las personas religiosas o la observancia religiosa. Pero ciertamente deberíamos desalentarla y no contempla absolutamente ninguna razón para modificar dicha posición con el fin de darle espacio para desarrollarse [piensa el antirreligioso]» (p. 53). 

«Lo equivocado en la mayoría de sus versiones actuales es que tiende a ser particularmente duro con las religiones minoritarias» (p. 54).

«Uno de los estudiantes de John Dewey, Paul Blanshard, fue el autor de un libro extremadamente popular e influyente —American freedom and Catholic power (Blanshard, 1949)—, que difundió entre los estadounidenses la idea de que el poder de la Iglesia católica era una amenaza a sus valores tan grande como el comunismo. De manera que el primer problema con el antirreligionismo es que a menudo no juega limpio y que cualquiera que quiera presentarse de un modo diferente es tratado peor que a una persona igualmente religiosa, pero que se presente según la norma dominante —lo que ha implicado que el antirreligionismo haya sido típicamente injusto con los judíos y con los musulmanes, como ocurre hoy en Francia» (pp. 54-5). 

«El segundo problema del antirreligionismo es que tiende a restringir las exenciones por causas religiosas. Dado que cree que la religión no es fundamentalmente muy importante, difícilmente hará alguna modificación para otorgar a las personas dispensas de leyes de aplicación general por escrúpulos de conciencia» (p. 56).

«El antirreligionismo dice: aquí estamos los ilustrados —el filósofo Daniel Dennett se denomina a sí mismo y a sus compañeros antirreligiosos los “brillantes” (Dennett, 2003, 2006). Nosotros los “brillantes” vemos más claramente que vosotros, esas gentes ignorantes. Esta posición no es muy considerada hacia los propios conciudadanos en un mundo lleno de misterio y complejidad donde se puede apostar con seguridad a que nadie, ni tampoco los antirreligiosos, tienen la solución definitiva a las preguntas sobre el sentido de la vida y la muerte, que han plagado el camino de la humanidad desde que inició su existencia» (p 56).

«Los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos acordaron no basar la declaración en ninguna doctrina religiosa o ética concreta, pero creyeron necesario acordar una visión moral de la dignidad humana que no contemplara a los seres humanos como meros haces de materia, simples objetos para lograr la eficiencia» (p. 58).

«En lo que se refiere a la objeción de conciencia, la delimitación entre aquellas que merecen respaldo jurídico y las que no es extremadamente complicada. Las decisiones tomadas por las personas seculares pueden ser consideradas más idiosincrásicas, pues no están organizadas como un grupo, lo que plantea dudas acerca de su sinceridad. Pensemos en una persona que reclama un tratamiento especial en relación con una ley militar o con el consumo de drogas, y que lo reclama apoyándose exclusivamente en su palabra. En el caso de una religión, en cambio, se puede examinar su cuerpo doctrinal para verificar esta posición. En los Estados Unidos, las personas con una educación superior son mejor tratadas por las leyes, mientras que aquellos que no pueden justificar bien sus creencias tienen muchos más problemas para que la administración de justicia atienda sus demandas» (pp. 67-8).

«Pienso que el hecho de que gran parte del dinero público en Gran Bretaña se destine a la iglesia anglicana, así como el hecho de que muchas de las funciones oficiales tengan un sabor anglicano, efectivamente puede provocar que las personas de otras religiones, católicos o judíos, se sientan excluidas. En conclusión, en mi opinión el sistema de iglesias establecidas no es un ideal digno de ser perseguido. Lo mejor es un acuerdo que no otorgue privilegios a ninguna religión, ni tampoco a la religión en general en contraposición con las organizaciones no religiosas» (p. 70).

«En los países cristianos el alcohol es legal pues esa es la droga utilizada en los rituales de la religión mayoritaria, pero el peyote, utilizado por los americanos nativos por motivos religiosos, suele ser ilegal. Para evitar discriminaciones es necesario que las leyes se acomoden a estos casos» (p. 74).

«El límite de la acomodación por motivos de conciencia o religiosos es en la medida en que no vaya en contra de un interés nacional de orden superior ¿Quién debe decidirlo? No es posible decidirlo de una vez por todas, hay que ir caso a caso y se da una enorme arbitrariedad […]. Se necesita una teoría. […]. Sugerí que una buena teoría debía centrarse en las diez capacidades centrales, que pueden ser consideradas como intereses nacionales de orden superior: vida; salud; integridad corporal; sentidos, imaginación y pensamiento; emociones; razón práctica; afiliación; respeto a otras especies; juego y control sobre el propio entorno. Pero no creo que los tribunales puedan utilizar esta lista, porque la interpretación se debe basar en precedentes y en pruebas. Con todo, pienso que es importante trabajar duro para lograr una visión coherente de los límites de la acomodación» (pp. 76-7).

«Mi propio país, los Estados Unidos, tiene uno de los índices de violencia doméstica más elevados del mundo y no se puede decir que sea un problema propio de determinadas religiones» (p. 80).

«No entiendo cómo una mujer puede querer hacerse monja, pero esto no me lleva a concluir que se debería ilegalizar a las monjas» (p. 82).

¿Qué es un intelectual?, historia de una palabra ambigua

Profesor, articulista y escritor, David Jiménez Torres (Madrid, 1986) ha vivido y estudiado a caballo entre España, Estados Unidos y Reino Unido. Tras pasar por la Universidad Camilo José Cela, en 2022 se incorporó a la Universidad Complutense de Madrid en el departamento de Historia, Teorías y Geografía Políticas.

A su labor investigadora corresponde la obra de la que aquí se trata, pero no es el único título. Ha publicado también Nuestro hombre en Londres: Ramiro de Maeztu y las relaciones angloespañolas (Marcial Pons), además de libros colectivos y trabajos en diversas revistas. En su faceta literaria, cuenta con las novelas Salter School (Martínez Roca) y Cambridge en mitad de la noche (Entre Ambos); y también ha escrito los ensayos literarios El país de la niebla (Ipso) y El mal dormir (Libros del Asteroide), ganador del I Premio de No Ficción Libros del Asteroide. Su incursión en el ensayo político se titula 2017. La crisis que cambió España (Deusto).


AVANCE

No hay acuerdo en la definición de qué es un intelectual y menos en para qué sirve. Controvertido es el giro sobre a quién sirve… En definitiva, un panorama apasionante —un «aprieto» también, en palabras de Unamuno— para quien quiera desentrañarlo. Ha sido David Jiménez Torres en esta obra, editada por Taurus, titulada La palabra ambigua. Los intelectuales en España (1889-2019). En ellas los define, siguiendo la división de Stefan Collini, luego se remonta a sus orígenes y entra en materia sobre su papel en la sociedad y la impresión que de ellos tiene la misma.

Arrogantes, elitistas… Desde bien pronto, se les acopla el concepto de «torre de marfil» con connotaciones negativas. Se les reprocha que, con frecuencia, aceptan prebendas del poder, renunciando a sus principios. ¿Esto ha sido así? El autor plantea una recorrido cronológico por la historia reciente de España: desde su edad de oro, que viene a coincidir con la edad de plata de la literatura española (1875-1936), es decir, con las generaciones del 98 y del 14; la época de Primo de Rivera —el «dictador antiintelectuales»; su adscripción a la República; la persecución en la Guerra Civil y todo lo que vino después: exilio, la problemática vuelta (o no vuelta) y la recolocación en la Transición hasta llegar al no muy distante año de 2019.


ARTÍCULO 

Llevamos décadas debatiendo si el intelectual se muere, o se transforma con el tiempo, y aún no sabemos lo que es. Esta podría ser la conclusión del ensayo de David Jiménez Torres (Madrid, 1986) La palabra ambigua. El título está tomado de una cita de José Ortega y Gasset en 1908, que encabeza el libro. «En Alemania y en Inglaterra (…) eran ya socialistas casi todos los ciudadanos cultos —o digamos la palabra ambigua— casi todos los intelectuales».

El calificativo es importante porque estamos ante la historia de una palabra, de los diferentes significados que se le han dado en la historia y de la dificultad para ponerse de acuerdo en lo que significa el término intelectual en sus aproximadamente 130 años de vida, que calcula el autor, en su acepción moderna como sustantivo.

Otra cita relevante para constatar su indefinición es esta de Miguel de Unamuno en 1905, que acompaña a la de Ortega. «¿Quién de nosotros, los que escribimos para el público, no ha usado, no ya una sino muchas veces, en estos últimos tiempos el sustantivo intelectual? (…) Y la verdad es que si se nos pidiera a cuantos nos hemos servido de semejante denominación, el que la definiéramos, nos habríamos de ver, los más de nosotros, en un gran aprieto».

David Jiménez Torres: La palabra ambigua. Los intelectuales en España (1889-2019). Taurus, 2023

Este es el aprieto al que se refiere Unamuno: ¿Cómo definir el propio objeto de estudio? Jiménez Torres ofrece como la explicación más completa la que da el investigador británico Stefan Collini, quien sostiene que el sustantivo intelectual se ha usado en tres sentidos diferentes. El sentido sociológico: alguien cuya ocupación principal tiene que ver con la intelección y el conocimiento y que debido a ello tiene un nivel de educación superior a la media. El sentido subjetivo: aquel que tiene interés por las ideas y por la cultura, independientemente de que esto tenga que ver o no con su profesión. Y el sentido cultural: aquellos individuos que poseen algún tipo de «autoridad cultural», que utilizan una posición o unos logros intelectuales reconocidos a la hora de dirigirse a un público más amplio que el de su especialidad.

Los intelectuales siempre son los otros

Cronológicamente, la palabra aparece de forma casi simultánea en la mayoría de las lenguas europeas en las dos últimas décadas del siglo XIX. De hecho, según el autor, ya se utilizaba en España antes del «caso Dreyfuss», de que Emile Zola publicase su J’accuse (1898) y del posterior manifiesto de los dreyfusards en apoyo a sus tesis, affaire considerado «el acta de nacimiento» de los intelectuales no sólo en Francia, sino en toda Europa.

Ya desde el primer momento, Jiménez Torres va detectando tendencias que se repetirán a lo largo de la historia. Los intelectuales siempre son los otros, rara vez utilizan el término para referirse a sí mismos. Una acusación recurrente ha sido tacharlos de arrogantes y elitistas. Desde muy pronto, se emplea el concepto de torre de marfil con connotaciones negativas. Se les reprocha que con frecuencia  aceptan prebendas del poder, renunciando a sus propios principios. Muchas veces se les acusa de ser una especie antipatriota, que sigue las ideas de otros países. En los intelectuales españoles subyace un cierto complejo de inferioridad respecto a los extranjeros, en especial los franceses.

Una acusación recurrente ha sido tachar a los intelectuales de arrogantes y elitistas. Pronto se les une el concepto de «torre de marfil» con connotaciones negativas

Su edad de oro viene a coincidir con la edad de plata de la literatura española (1875-1936), es decir, con las generaciones del 98 y del 14. Ciertamente «eran muchos e influyentes», como subraya el autor, y lo demuestra su activa participación en la vida pública, con encendidas polémicas como la mantenida entre germanófilos y aliadófilos durante la Gran Guerra (1914-1919)  o, antes, a propósito de la Semana Trágica de Barcelona (1909).

Momento álgido de los intelectuales fue también la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), tanto por la oposición de muchos de ellos como por la inclinación del general a manifestar sus opiniones a través de artículos e intervenciones públicas. Hasta el punto de que Jiménez Torres le apoda el «dictador antiintelectuales». Fueron frecuentes sus referencias a la intelectualidad durante su mandato. Según el autor, presentó desde muy pronto las actividades de ciertos individuos (como Unamuno, al que desterró) o de entidades concretas (como el Ateneo, que cerró) como «una muestra del elitismo, antipatriotismo y efecto corrosivo de los intelectuales».

Españoles «de oficio intelectual» en defensa de la República

El final de la Monarquía llega precisamente con La Agrupación al Servicio de la República, cuyo manifiesto fue publicado en el diario El Sol dos meses antes de la proclamación del nuevo régimen. La Agrupación —encabezada por José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala— nace con la intención de «movilizar a todos los españoles de oficio intelectual para que formen un copioso contingente de propagandistas y defensores de la República Española».

De ahí la oposición en los sectores más conservadores a la figura del intelectual. Amplios sectores de la Iglesia los asociaban directamente con escritores anticristianos. El escritor Luis Araujo-Costa denunciaba que su influencia se había impuesto «en la enseñanza, en la prensa, en la política y allí donde la bolsa puede salir bien librada».

Otros más posibilistas, como Ángel Herrera Oria, que llegó a ser director de El Debate, sostenían que lo que necesitaba España era intelectuales católicos. Autores como Ramiro de Maeztu interpretaban que la asociación intelectuales-República era accidental. «¿Qué ceguera pudo hacer pensar a los gobernantes que no importaba la actitud de los intelectuales?».

Ramiro de Maeztu interpretaba que la asociación de los intelectuales con la República era accidental. Ángel Herrera Oria defendía la necesidad de intelectuales católicos

Por su parte, según el autor, «el discurso fascista presentaba al intelectual como la antítesis de los valores de juventud, virilidad, acción y violencia que el fascismo reivindicaba». Se le consideraba «un antipatriota, que se entregaban a ideas extranjeras antes que a las nacionales». Y se señalaba «la acción política como incompatible con el intelectual».

Una guerra y un régimen contra los intelectuales

La Guerra Civil, igual que al resto de los españoles, marcó de forma decisiva la figura del intelectual. Muchos así calificados, de uno y otro bando, fueron asesinados, otros se movilizaron en favor de alguno de los contendientes, y un gran número partieron hacia el exilio. Entre los defensores de la República, destaca la creación de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, que organizó con gran repercusión el II Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado simultáneamente en 1937 en Valencia, Madrid, Barcelona y París.

Pese a que también algunos intelectuales se inclinaron por el bando nacional, los mismos sublevados identificaron al intelectual con el Gobierno Republicano. Incluso algunos líderes, como Serrano Suñer, llegaron a acusar de provocar la guerra a «esos que se llaman a sí mismos pedantemente intelectuales».

Pese a que algunos intelectuales se inclinaron por el bando nacional, los mismos sublevados identificaron al intelectual con el Gobierno Republicano

También se produjeron episodios de antiintelectualismo en el bando republicano como el que llevó a la sangrienta represión, durante las llamadas jornadas de mayo de 1937, del POUM y de la CNT por parte del PCE, bajo el control de Stalin.

En el primer franquismo siguió asociándose al intelectual con los republicanos y se llevaron a cabo purgas en la universidad, en un intento de borrar la influencia de la Institución Libre de Enseñanza, que había dominado la Educación durante la República . No fue hasta los incidentes estudiantiles del año 1956, cuando  vuelve a tomar protagonismo la figura del intelectual. Sucesos tras los cuales fueron detenidos, entre otros, Javier Pradera, Ramón Tamames y Fernando Sánchez Dragó.

A medida que evoluciona el régimen, también van volviendo muchos de los intelectuales del exilio e incorporándose a la vida cultural española. El propio Santiago Carrillo proclama la «necesaria la unión de las fuerzas del trabajo y la cultura» para socavar el franquismo.

A vueltas con el papel de los intelectuales

Ya en democracia, se plantea el debate sobre el papel de los intelectuales que permanecieron en España durante la dictadura y los que estaban volviendo del exilio, debate que se cerró pronto con la reconciliación de la Transición. Así como debates antiguos sobre el papel que debían jugar los intelectuales en política. De hecho, fueron muchos los vinculados al PCE y al PSOE, que gobernaría entre 1982 y 1996 y luego entre 2004 y 2011.

En la Transición se volvió a reabrir el debate sobre el papel que debían jugar los intelectuales en política

La mayoría de los intelectuales se movilizaron con numerosos manifiestos contra el terrorismo de ETA o contra la Guerra de Irak durante el mandato de Aznar. Pero su influencia pública fue disminuyendo progresivamente. Varios factores contribuyeron a su decadencia: el desmoronamiento de la Unión Soviética, el papel cada vez más relevante de los expertos y el cuestionamiento de la adscripción partidista de muchos de ellos. Así, el escritor Juan Goytisolo defendía, una vez restablecida la democracia, «la necesidad de que haya intelectuales absolutamente independientes de este poder y que conserven la capacidad de criticar a este poder».

Pese a seguir un orden cronológico, La palabra ambigua no es una historia de los intelectuales, sino un ameno y enriquecedor estudio sobre su papel en la vida pública y cómo han sido considerados, con sus luces y sus sombras, a lo largo de los años.

“La calidad es la razón de ser de la universidad”, afirma José Manuel Pingarrón, secretario general de Universidades

José Manuel Pingarrón es secretario general de Universidades. Licenciado en Ciencias Químicas y doctor en Ciencias por la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en l’ École Nationale Supérieure de Chimie de Paris. Catedrático de Química Analítica desde 1994. Es autor o coautor de cerca de 400 artículos científicos en revistas internacionales, 32 capítulos de libro, 2 libros de texto y 10 patentes de invención.

Eva Alcón es la rectora de la Universidad Jaume I. Catedrática de Filología Inglesa  de dicha universidad. Es la directora del grupo de investigación Applied Linguistics to the Teaching of the English Language. (LAELA). Sus principales líneas de investigación se centran en la adquisición de la lengua inglesa como segunda/tercera lengua. Fue diputada de las Cortes Valencianas, entre 2015 y 2017.

Álvaro Sanmartín es fundador y CEO de Mindstudio. Ingeniero por la Universidad Politécnica de Madrid, estudió en las universidades de Harvard y Berkeley. Trabajó en organizaciones educativas como Udacity y fue cofundador de PAZ AI, aceleradora de talento tecnológico diseñada para ayudar a las personas refugiadas y desplazadas.

Isabel Díez Vial es vicerrectora de Desarrollo e Impacto Económico y Social de UNIR. Doctora en Ciencias Económicas, catedrático de Organización de Empresas de la Universidad Complutense de Madrid, es autora de varios libros sobre economía de la empresa.

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AVANCE 

“La calidad es la razón de ser de la universidad, con independencia de si hablamos de universidades públicas, privadas, presenciales o en línea” señala José Manuel Pingarrón, secretario general de Universidades. Cada vez más, la componente virtual es esencial, lo mismo que la internacionalización (“El sistema universitario español tiene que abrirse al mundo»). El aspecto que más le preocupa es la mejora de “la financiación pública de las universidades”.

En materia de igualdad hay que “acabar con el sesgo de género en los estudios” y fomentar “programas que fortalezcan el liderazgo femenino”, asegura Eva Alcón. Álvaro Sanmartín indica que el futuro de la innovación educativa pasa por la interdisciplinariedad y la creación de equipos de universidades. E Isabel Díez Vial afirma que “la universidad es una institución clave para transmitir conocimiento a nivel territorial, en unión con la sociedad y transfiriendo ese conocimiento de vuelta a través de egresados cualificados, y de la investigación». 

Estas fueron algunas de las reflexiones que hicieron los expertos en la presentación del monográfico de Nueva Revista, Universidad 2023, coordinado por Rafael Puyol, en un acto que fue presidido por José María Vázquez García-Peñuela, rector de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

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“La calidad es la razón de ser de la universidad, es lo que tiene que diferenciar al sistema universitario, con independencia de si hablamos de universidades públicas, privadas, presenciales o en línea” afirmó José Manuel Pingarrón, secretario general de Universidades en la presentación del número monográfico de Nueva Revista, Universidad 2023, en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

El acto fue presidido por el rector de UNIR, José María Vázquez García-Peñuela, que recordó la figura de Antonio Fontán, fundador de Nueva Revista, en su triple faceta de profesor universitario, político y actor cultural en el mundo de la comunicación.

José María Vázquez García-Peñuela.

En el coloquio, moderado por Rafael Puyol, intervinieron, además de José Manuel Pingarrón, Eva Alcón, rectora de la Universitat Jaume I, Álvaro Sanmartín, fundador de Minds Studio, e Isabel Díez Vial, vicerrectora de Desarrollo e Impacto Económico y Social de UNIR.

Pingarrón: “La componente virtual es esencial en toda la educación”  

Pingarrón destacó, en su intervención, que “los sistemas presenciales y virtuales son complementarios en la educación superior. Nada es ya cien por cien presencial; y el componente virtual es esencial en toda la educación  porque la formación ya es continua”. Añadió que “con las herramientas digitales se abre un panorama que va a ser definitivo”; la universidad debe adecuarse a cada caso particular, “a las necesidades de formación de estudiantes que deben compatibilizar con obligaciones laborales o familiares”.

El sistema universitario español tiene que abrirse al mundo

Por otro lado, insistió en la importancia de la internacionalización: “El sistema universitario español tiene que abrirse al mundo, recibir estudiantes y profesores y exportarlos”. Es necesario “quitar barreras para que los estudiantes extranjeros puedan cursar un grado aquí”.

José Manuel Pingarrón.

Explicó que el aspecto que más le preocupa es la mejora de “la financiación pública de las universidades”, a propósito de la Ley  Orgánica del Sistema Universitario (LOSU), que acaba de entrar en vigor. Y en segundo lugar, conseguir “la estabilidad laboral del profesorado, para que la universidad sea realmente competitiva”.

Eva Alcón: “Hay que fomentar programas que fortalezcan el liderazgo femenino”

La rectora de la Jaume I, Eva Alcón, afirmó que en materia de igualdad, “lo primero es acabar con el sesgo de género en los estudios, porque da origen a una serie de desigualdades que repercuten en investigación”.

Eva Alcón.

Recordó que “solo hay 9 rectoras en las 50 universidades española”, por lo que es preciso fomentar “programas que fortalezcan el liderazgo femenino”. Y este “no es un tema de igualdad -añadió-, sino de justicia social, como subraya Amaya Mendikoetxea, rectora de la Universidad Autónoma de Madrid”. No obstante, se han conseguido algunos  logros, como “extender un año el sexenio vivo de investigación por cada permiso de maternidad”. E insistió en la importancia de “visibilizar a nuestras investigadoras”, para reducir las brechas de género, como pone de relieve el informe Mujeres e innovación 2022

Álvaro Sanmartín: La innovación apunta al aprendizaje interdisciplinar

Álvaro Sanmartín, por su parte, se refirió a algunos de los siete casos de proyectos innovadores que aparecen en el monográfico de Nueva Revista. En concreto, el de African Leadership University con un modelo educativo en el que “los estudiantes tratan de resolver problemas sociales en el ecosistema o en el entorno, y que ellos mismos eligen”. 

Álvaro Sanmartín.

Los proyectos más innovadores, subrayó Sanmartín, apuntan hacia la interdisciplinariedad, como pone de manifiesto la London Interdisciplinary School, en la que “el aprendizaje se basa en el estudio de problemas complejos, abordándolos desde distintas perspectivas”. Y también “hacia la resolución de problemas reales”, como hace Reactor School, que “potencia el emprendimiento desde edades tempranas, enseñando como funciona una start-up”. 

“Todos ellos son muy aplicables en España”, destacó el experto, Lo mismo que “la creación de equipos de universidades, para conectar investigadores. UNIR está tendiendo puentes con este tipo de iniciativas y tiene mucho que decir con respecto al establecimiento de alianzas en Latinoamérica”.

Díez Vial: Internacionalización sin perder de vista el territorio

Por su parte, Isabel Díez Vial, vicerrectora de Desarrollo e Impacto Económico y Social de UNIR, afirmó que “la universidad es una institución clave para transmitir conocimiento a nivel territorial, en unión con la sociedad y transfiriendo ese conocimiento de vuelta a través de egresados cualificados, y de la investigación”. Para ello es importante que “la universidad entienda el territorio donde está situada y sus necesidades, qué sectores son estratégicos y qué expertos cualificados necesita”.

Isabel Díez Vial.

Añadió que “en la internacionalización de la universidad, el territorio cobra gran importancia. Me internacionalizo, sin perder de vista que las bases son los territorios sobre los que actúo”. 

El monográfico Universidad 2023, séptimo de la serie que inició Rafael Puyol, presidente de UNIR, en 2014, se ocupa de la mano de dieciocho expertos de varios países, de la rendición de cuentas en la universidad, la dimensión social y la aparición a nivel internacional de proyectos educativos innovadores.

Yascha Mounk: «El gran experimento. Por qué fallan las democracias diversas y cómo hacer que funcionen»

Yascha Mounk, graduado en Historia por la Universidad de Cambridge y doctor en Ciencias Políticas por la de Harvard, es un politólogo norteamericano de origen alemán, autodefinido como “de izquierda no extrema”. Profesor en la Universidad Johns Hopkins, conferenciante y colaborador de numerosos medios de comunicación, entre sus obras —centradas en el auge del populismo y la crisis de la democracia liberal— destaca El pueblo contra la democracia.


Avance

Transformar una democracia monoétnica y monocultural en una de carácter multiétnico es “la iniciativa más importante de nuestra época” afirma este historiador y politólogo. Para ello debe reunir tres condiciones: ser abordada con optimismo, estar basada en una teoría realista de la naturaleza humana y no dejar de reconocer las injusticias del pasado.

Comienza el autor analizando las dificultades, como la arraigada tendencia a formar grupos cuyos integrantes discriminan a los de fuera; o la anarquía, la dominación y la fragmentación, ejemplificadas por los casos de Afganistán, Sudáfrica y Líbano, respectivamente. Analiza, a continuación, el papel del Estado, el  patriotismo, la integración de los inmigrantes y las normas informales de la vida diaria, para lograr una democracia diversa. Mounk defiende un Estado liberal, que deje a los ciudadanos ser fieles a sus propias identidades, frente al iliberalismo —que propone la dominación de la mayoría—, y al comunitarismo —que propugna que cada grupo de la sociedad gobierne a sus propios miembros sin que el Estado se inmiscuya—. Considera el patriotismo y el nacionalismo como la cara bonita y la cara fea de la misma moneda, y sostiene que el primero es “una especie de animal salvaje a medio domesticar” que “domeñado por gente de bien, puede resultar extraordinariamente útil”, pero se decanta por el patriotismo cultural por encima del clásico patriotismo cívico. Respecto a la integración de los inmigrantes contempla las metáforas del crisol y de la ensalada mixta. La primera le parece demasiado asimilacionista, con el inconveniente de que empuja a renunciar a la cultura originaria en aras de fundirse con las demás. Y la ensalada mixta peca de mantener separadas a las comunidades y segregar en vez de integrar, como ocurre en las escuelas religiosas promovidas por el Estado. Y propone, a cambio, la metáfora del parque público, que recoge lo mejor de los anteriores: el parque está abierto a todos, permite tanto las reuniones como el ir al aire de cada uno, además de opciones diversas (pasear, correr, conversar, leer…) y dar libertad en un espacio de normas y protección. En cuanto a las normas informales rechaza la opción de rehacer la sociedad poniendo el énfasis en los derechos de los grupos oprimidos, enfoque que coincide con el movimiento woke o teoría crítica de la raza (y que Mounk prefiere llamar ideología aspirante). Lo que él propone contra el purismo cultural y la homogeneización, es la influencia mutua de las culturas. 

En la estela optimista de Steven Pinker, Mounk sostiene que se han hecho progresos en la integración de los inmigrantes, escapando de la amenaza de convertirse en una infraclase; pero que para alcanzar el éxito son imprescindibles algunas políticas concretas, “políticas que pueden ayudar”, no en función de la raza, sino con el criterio de solidaridad universal. Para superar obstáculos como la falta de prosperidad o la inferioridad socioeconómica de las minorías, es importante la financiación pública de la educación, sobre todo en los primeros años. 


Artículo

El gran experimento del título, que su autor define como “la iniciativa más importante de nuestra época”, es la transformación de una democracia monoétnica y monocultural en una de carácter multiétnico. Como se trata de un experimento sin precedentes en la historia, del que apenas estamos en el comienzo, su desenlace es incierto. Una cosa es segura: habrá toda clase de problemas para lograrlo. Y no es seguro que vaya a salir bien, pero no es imposible que lo haga. El libro quiere explicar en qué consiste el experimento, detallar lo que ocurriría si fracasa y ofrecer una idea optimista de cómo puede salir bien.

Con un tono muy didáctico, adelantando un esquema que luego desarrolla punto por punto, el autor divide el libro en tres partes, que presentan las dificultades para que las democracias diversas perduren como tales, una ambiciosa idea de cómo deberían ser las democracias diversas del futuro, y por qué, dentro de las dificultades, el objetivo es perfectamente posible de conseguir.

Las dificultades obedecen a varias causas. Que no hay una tradición sólida de democracias diversas; que el enfrentamiento ha sido lo más frecuente en la historia; y que las democracias no necesariamente facilitan la tolerancia, ya que, a menudo, la mayoría se impone sobre la minoría (curiosamente, los imperios y las monarquías, con un poder que trascendía al de los diferentes grupos, funcionaban mejor a ese respecto, como también señala Michael Walzer en su Tratado sobre la tolerancia, publicado en esta misma editorial). A esa falta de experiencia en manejar la diversidad se añade el detalle importante de que los países que son democracias diversas han llegado a serlo no por elección.


El gran experimento de lograr una democracia diversa (multicultural y multiétnica) podría salir mal, pero es demasiado pronto para que nos resignemos

Al referido tono didáctico el autor superpone un optimismo de fondo; algo así como el famoso optimismo de la voluntad contra el pesimismo de la razón, ya que en ningún momento pierde de vista las dificultades que acechan al proyecto. Admite que el fatalismo de algunos autores no carece de fundamento. Pero sostiene que, además de olvidar los indudables progresos que se han producido, el fatalismo no es un proyecto de futuro. El gran experimento ciertamente podría salir mal, pero es demasiado pronto para que nos resignemos. Para que salga bien es necesario plantear un proyecto realista. Justamente lo que él se propone en el libro.

Las dificultades, primero

Una dificultad básica es que la idea de grupo está arraigada en los seres humanos (“la tendencia a favorecer a los nuestros es algo que está en nuestra naturaleza”). Como prueban diversos experimentos que han propuesto elementos de cohesión irrelevantes o absurdos, una vez establecidos esos elementos, los miembros de cada grupo tienden a cohesionarse y discriminar a los otros. Si esto es así con factores imaginarios, teóricos y vacíos de significado, cuánto más con identidades (raciales, sociales…) que tienen base real.

Con todo, un motivo para el optimismo es que los enfrentamientos (étnicos, por ejemplo) suelen obedecer a razones políticas, circunstanciales, y no al odio ancestral del que a menudo se habla. Y en las circunstancias se puede intervenir. Para orientarnos sobre qué medidas tomar o qué instituciones desarrollar para evitar el enfrentamiento y fomentar la concordia entre grupos identitarios diferentes (clase, raza, religión y nación constituyen las principales líneas divisorias), y teniendo en cuenta que no hay sociedades que hayan resuelto por completo los conflictos derivados de las diferencias, hay que ver lo que se ha hecho mal para corregirlo.

Mounk señala tres vías que llevan al fracaso de las sociedades diversas: la anarquía, la dominación y la fragmentación. De la primera son ejemplos los países, como Afganistán, divididos en numerosos grupos étnicos enfrentados entre sí y carentes de un Estado fuerte. La dominación puede adquirir diversas formas: dura (los Estados Unidos esclavistas), blanda (la de Estados nación nacidos de imperios multiétnicos en los que sobreviven pequeñas minorías) o de una minoría sobre la mayoría, como ocurría en la Sudáfrica del apartheid. En todas esas modalidades, “la dominación es un peligro permanente para las sociedades diversas”. La fragmentación, característica de los Estados poscoloniales, se ha querido corregir con sistemas de poder compartido o reparto de poder entre los grupos sociales. Pero este recurso, que en algún momento pareció funcionar (el Líbano de los primeros años de su independencia), a la larga tiende a afianzar las identidades y a dificultar el surgimiento de una conciencia de ciudadanía compartida.


Un patriotismo sano, no ya cívico, sino cultural, puede resultar extraordinariamente útil para conseguir el éxito del gran experimento

Volviendo a las circunstancias —que hacen que en un mismo país como la India, se den matanzas entre hindúes y musulmanes en unas ciudades, y no se den en otras, semejantes en población y otras características— parece deducirse la conveniencia del contacto intergrupal. Este es, en efecto, saludable, cuando hay un equilibrio socioeconómico entre los grupos, pero no cuando el desequilibrio, el estatus subordinado de uno de los grupos predispone a los prejuicios, la antipatía o el menosprecio. Las circunstancias, en definitiva, son importantes en lo relativo a la convivencia.

Lo que una democracia diversa debe ser

Tras una primera parte empírica, centrada en cómo es el mundo, el autor aborda en la segunda —más normativa y basada en democracias desarrolladas— cómo queremos que sea el mundo, cómo podemos mejorarlo o qué clase de sociedad queremos aspirar a ser; y cómo gestionar esos instintos grupales que no se pueden suprimir.

Partiendo de que “sería un grave error moral y práctico renunciar a construir un futuro mejor”, y de que “existen muy buenas razones morales para aspirar a un futuro de la democracia diversa en el que los ciudadanos procedentes de diferentes grupos étnicos o religiosos sientan que tienen mucho en común”, Mounk reflexiona sobre las reglas e ideales básicos que nos puedan guiar en el viaje a una democracia diversa exitosa. Para ello, se propone responder a cuatro preguntas fundamentales sobre el papel del Estado, el papel del patriotismo, la integración de los inmigrantes y las normas informales de la vida diaria.


Frente al purismo cultural o la homogeneización, es necesaria la influencia mutua de las culturas, y restarle importancia social a elementos como la raza o la religión

En lo referente al Estado, frente al iliberalismo, que propone la dominación de la mayoría, y al comunitarismo que propugna que cada grupo de la sociedad gobierne a sus propios miembros sin que el Estado se inmiscuya, el autor defiende un Estado liberal. Este, fiel a la premisa de que los elementos constituyentes de las democracias son los individuos y no los grupos, debe proteger a las comunidades minoritarias tanto de la opresión de otros grupos, como de la llamada jaula de normas, es decir, la presión del propio grupo. En otras palabras, un Estado no opresor que deje a los ciudadanos ser fieles a sus propias identidades, y también sustraerse, si es su voluntad, al control de sus propias comunidades.

No sin cierta ironía, Mounk define al patriotismo y el nacionalismo como la cara bonita y la cara fea, respectivamente, de la misma moneda. Prefiriendo, pues, el término patriotismo, se pregunta si este puede proporcionar la cohesión entre los individuos, el sentimiento de pertenencia compartido que toda sociedad —y especialmente las diversas— necesita. “El patriotismo es una especie de animal salvaje a medio domesticar” que, “domeñado por gente de bien, puede resultar extraordinariamente útil”, sostiene. Y añade: “Si queremos que el gran experimento salga bien, necesitaremos incorporar el patriotismo al arsenal con que lograrlo”. No, por supuesto, un patriotismo de tipo étnico. Incluso el clásico patriotismo cívico (que “define a las naciones por sus ideales más elevados, en vez de por sus instintos más bajos”) le parece, aunque válido, insuficiente, ya que “jamás describirá plenamente lo que la mayoría de las personas sienten en realidad cuando piensan con cariño o afecto en su país”, y “no logra captar aquello de lo que la mayoría de las personas habla cuando dicen que aman su patria”. Mounk propone un patriotismo cultural, que complete esas insuficiencias incorporando elementos culturales.

Ni crisol ni ensalada mixta: un parque

El asunto de la integración de los inmigrantes ha acuñado dos metáforas: la clásica del crisol y la más reciente de la ensalada mixta. La primera le parece al autor demasiado asimilacionista, con el inconveniente de que empuja a renunciar a la cultura originaria en aras de fundirse con las demás. La segunda, en la que, como sugiere su nombre, los ingredientes constitutivos se mantienen íntegros, peca de lo contrario: mantiene separadas a las comunidades y segrega en vez de integrar, como se ve bien en las escuelas religiosas promovidas por el Estado. Aunque ambas son propuestas dignas de ser valoradas, Mounk aporta una tercera metáfora de su cosecha, la del parque público. Un modelo que sintetiza y recoge lo mejor de los anteriores, y que tiene las ventajas propias del parque: ser un espacio dinámico y animado para el encuentro. Estar abierto a todos, permitir tanto las reuniones como el ir al aire de cada uno, además de opciones diversas (pasear, correr, conversar, leer…) y dar libertad en un espacio de normas y protección. “En la sociedad a la que aspiramos, las personas no tendrían que verse obligadas a elegir entre ser miembros de la nación general a costa de su cultura particular o bien cultivar esta última hasta tal punto que apenas deje margen para una nación que las abarque a todas”, resume el autor.


Son indudables los progresos de los inmigrantes en las sociedades de acogida, acortando la brecha socioeconómica y superando la amenaza de convertirse en una infraclase

En cuanto a las normas informales, no legales, señala tres maneras diferentes y erróneas de enfocar el asunto: renunciar al gran experimento, lo que no es ni realista ni deseable; renunciar a hacer cambios o ajustes significativos; y abandonar los principios liberales y los supuestos individualistas para rehacer la sociedad poniendo el énfasis en los derechos de los grupos oprimidos, algo que se puede parecer a la clásica expresión dar la vuelta a la tortilla. La última, que viene a coincidir con lo que se llama movimiento woke o teoría crítica de la raza (y que Mounk prefiere llamar ideología aspirante), es, quizá, la de más peso en la actualidad. Se basa en el énfasis racial y sostiene la imposibilidad de la comprensión mutua entre los diversos grupos. Es decir, un rico no podrá entender de modo cabal los problemas que aquejan a los pobres, ni los blancos los de los negros, etc. Idea que lleva a exageraciones (por no decir disparates) como afirmar que a una poeta negra homosexual solo la puede traducir fielmente otra mujer negra y homosexual, porque solo ella será capaz de entender a fondo lo que mueve a esa poeta. Mounk sostiene que, aunque, efectivamente, no nos podamos poner totalmente en el lugar del otro ni entender plenamente su sufrimiento, sí podemos entender las injusticias de cualquier tipo: siempre ha habido blancos apoyando los derechos civiles de los negros, y varones apoyando la lucha de las mujeres, en aras de principios morales y filosóficos. Propone, por tanto, contra el purismo cultural y la homogeneización, la influencia mutua de las culturas; y, sobre todo, restarle importancia social a elementos como la raza o la religión, poniendo el énfasis en lo que compartimos.

Es posible que las democracias diversas funcionen

Yascha Mounk se alinea con los pensadores (Steve Pinker es uno de sus más destacados representantes) que creen que, pese a todo, el mundo va a mejor. Contra la visión pesimista, sostiene que se han hecho progresos en las democracias diversas, hay fluidez demográfica en ellas y políticas concretas que pueden aplicarse. Estos tres asuntos centran los últimos capítulos del libro. Le parecen indudables, aunque nunca absolutos ni definitivos, los progresos de los inmigrantes tanto a la hora de integrarse en las sociedades de acogida (lo que es palpable en su aprendizaje del nuevo idioma o en su confianza en las instituciones) como en su rendimiento académico y laboral, escapando de la amenaza de convertirse en una infraclase y acortando la brecha socioeconómica: hay una gran movilidad ascendente en los grupos de inmigrantes, manifiesta en la mejoría de las nuevas generaciones o en el aumento de la esperanza de vida.

La demografía es la base de uno de los miedos recurrentes de los sectores que rechazan o temen la inmigración: la posibilidad de que en algunos países, como Estados Unidos, se produzca un reemplazo demográfico que lleve a una mayoría formada por diversas minorías. Además de que esas predicciones son altamente dudosas, también son discutibles las clasificaciones raciales que tienden a hacerse y las identidades impuestas desde fuera. Cada vez hay más matrimonios mixtos, cuyos hijos tienden a identificarse como blancos, y ni los grupos blancos ni los de color son homogéneos. Tampoco el comportamiento electoral (otro temor de dichos sectores) está tan unido a la raza como se dice; la ecuación minorías = voto demócrata no es indiscutible. En cualquier caso, Mounk aboga una vez más por no poner el acento en la raza; ni para condenar desde la derecha más conservadora o asustada, ni para reivindicar desde la izquierda woke.

“Buena parte del mundo se encamina hacia territorio inexplorado” y “para que el gran experimento tenga éxito, debe basarse en una teoría realista de la naturaleza humana y debe ser honesto con las injusticias del pasado”, además de optimista, dice Mounk al final del libro. Para alcanzar el éxito y fundamentar el optimismo son imprescindibles algunas políticas concretas, “políticas que pueden ayudar”. Sin olvidar nunca que “cualquier problema que sea lo bastante importante como para que alguien escriba un libro interesante al respecto difícilmente puede resolverse pronto y por las buenas”, que nuestro mundo es perfectible solo hasta cierto límite y que “los grandes problemas siempre hunden sus raíces más hondo que sus supuestas soluciones; es mucho más fácil identificar lo que va mal que acopiar los recursos adecuados para hacer lo que está bien”.

Coherente con eso último, señala algunos obstáculos que actualmente dificultan el éxito de las democracias diversas, como la falta de prosperidad o la inferioridad socioeconómica de minorías antaño dominadas. La superación de esos obstáculos está muy ligada a la financiación pública de la educación, sobre todo en los cruciales primeros años. Pero, en vez de ayudas en función de la raza o políticas con conciencia racial, que concitan menos apoyos y pueden agravar la fragmentación, es mejor la solidaridad universal. Este autor autodefinido como “de izquierda no extrema” no ve “nada inherentemente ilegítimo en limitar el ingreso como miembros en un Estado a quienes no están viviendo aún en él”. Un mayor control de las fronteras llevará a una mayor aceptación de la inmigración por parte de la ciudadanía. Y aunque se pueden aplicar políticas para reducir o eliminar la polarización (la educación cívica, entre otras), el campo de batalla más importante le parece el social, incluso el personal. Propone tres máximas básicas: ceñirse a los propios principios, disposición a la autocrítica (del grupo, de los nuestros), y diálogo y persuasión con los otros en lugar de ridiculización e insulto.

“El proyecto de hacer que la democracia diversa prospere como tal es un proyecto de construcción de una vida significativamente compartida”, dice. Por lo que su éxito depende de las conexiones, empatía y solidaridad que seamos capaces de desarrollar.

Ramón Jáuregui: “Necesitamos incluir a América Latina en nuestro mapa geopolítico”

Ramón Jáuregui, ingeniero técnico, abogado, y expolítico, es presidente de la Fundación Euroamérica. Fue secretario general del Partido Socialista de Euzkadi, vicelehendakari del Gobierno vasco, ministro de la Presidencia, diputado del Congreso y europarlamentario. Es autor de varios libros, entre los que destacan El país que seremos. Un nuevo pacto para la España posible (2014) y Memoria de Euskadi: El relato de la paz  (2018).

Susanne Gratius, es jurista y profesora de Derecho. Doctora en Derecho por la Universidad de Hamburgo, es profesora de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid. Su principal área de investigación es América Latina, en particular las relaciones exteriores de  Brasil, Cuba y Venezuela, la política latinoamericana de la UE y de España, la democracia y su promoción, los procesos de integración regional y las potencias emergentes.

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AVANCE

Los ponentes coinciden en señalar que América Latina “ha desaparecido del mapa” de la escena internacional, que ha perdido interés por vincularse a la Unión Europea, que cada vez mira más al Pacífico que al Atlántico, y que actualmente el gran agente económico e inversor está siendo China. Sin embargo, la región importa mucho, a España y a Europa, «porque la disrupción digital y la transición energética ponen a la región en el centro del mundo» apunta Ramón Jáuregui.  Y ahora,  “necesitamos incluir a América Latina en nuestro mapa geopolítico. Europa no es nada sin ella”. Ante la Cumbre UE-CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos), añadió Ramón Jáuregui, se está trabajando “para elaborar un gran plan de apoyo a la financiación de  infraestructuras tecnológicas  y físicas que América Latina necesita; para lo cual es fundamental que Europa aporte la financiación necesaria”.

El presidente de Euroamérica sostiene que “la próxima presidencia española de la Unión Europea representa una gran oportunidad para generar un puente con América Latina”. Puede impulsar una serie de iniciativas para reforzar los vínculos de cooperación para el desarrollo de la economía y la sociedad en América Latina. Más escéptica se muestra Susanne Gratius que afirma que los intentos de estrechar lazos por parte de Europa encuentran ahora “la fuerte competencia de China, que tiene prevista su propia cumbre con CELAC en 2024”. Añade que “América Latina tiene un trilema entre democracia, seguridad y desarrollo; y la pregunta es si hay que sacrificar una para fortalecer las otras”. 

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ARTÍCULO

Necesitamos incluir a América Latina en nuestro mapa geopolítico. Europa no es nada sin ella” afirmó el presidente de la Fundación Euroamérica, exministro y exvicelehendakari  Ramón Jáuregui en la sesión titulada Europa y América Latina, el puente atlántico de España, del ciclo Pensar el siglo XXI, celebrada en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). 

Actualmente, y ante la Cumbre UE-CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos), añadió Ramón Jáuregui, se está trabajando “para elaborar un gran plan de apoyo a la financiación de  infraestructuras tecnológicas  y físicas que América Latina necesita”.  Para ello, “es fundamental que Europa aporte la financiación necesaria”; y es importante que “refuerce sus lazos comerciales con México y con Mercosur”. 

Ramón Jáuregui, Emilio Lamo de Espinosa y Susanne Gratius.

En la sesión, intervino como ponente Susanne Gratius, profesora de Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid, y estuvo moderada por el catedrático Emilio Lamo de Espinosa, director del ciclo Pensar el siglo XXI.

Este introdujo el debate, preguntándose si  «¿al mundo le importa América Latina? y si ha vuelto a ser  extremo Occidente, una región olvidada, como la llamo Alain Rouquie”.

“Un peso pluma en el ring internacional”

Ramón Jáuregui y Susanne Gratius coincidieron en señalar que la región “ha desaparecido del mapa”. “Es un peso pluma en el ring internacional, por debajo del valor que le correspondería” consideró Jáuregui. Y “sólo interesa en el juego político interesado, como ocurre con Rusia e Irán, o como espacio de mercado para China… solo algunos Brasil, México y Argentina están en el G 20, pero sin capacidad de articularse”.

La profesora Gratius, por su parte, afirmó que “solo tiene cierta influencia México, pero sin mucha visibilidad porque va de la mano de EE.UU; y Brasil, desaparecido en la etapa de Bolsonaro, tiene ahora con Lula la oportunidad de volver al liderazgo”. Añadió que, en cuanto al comercio, “la región mira más al Pacífico que al Atlántico; y ahora está conectada a China”. 

El presidente de Euroamérica indicó, en su intervención, que “con la crisis económica y la pandemia, la región ha tenido una década perdida. Las décadas anteriores generaron clases medias, que ahora se ven sumidas en la frustración, lo que, en parte, ha generado populismos. A lo que se suma la debilidad institucional -singularmente en Perú y Ecuador-”.

Disrupción digital y transición energética

Sin embargo -agregó- “América Latina importa mucho: la disrupción digital y la transición energética ponen a la región en el centro del mundo. Es verdad que España tiene más dificultad en que en el año 2000 para ser puente de la región con Europa, ya que esta mira hacia Ucrania, y se ha podido comprobar en la Cumbre celebrada en República Dominicana”.

Jáuregui: “La próxima presidencia española de la UE representa una gran oportunidad para generar un puente con América Latina”

Pero “la próxima presidencia española de la Unión Europea representa una gran oportunidad para generar un puente con América Latina”. Jáuregui subrayó que hay en el calendario varios acontecimientos previstos, como la mencionada cumbre UE-CELAC (que se reúne por primera vez desde 2015); una cumbre empresarial; una reunión de los ministros de Economía de América Latina y Europa en Santiago de Compostela y que todo ello pueda impulsar el plan de Global Gateway, estrategia europea para reforzar los vínculos de cooperación para el desarrollo de la economía y la sociedad.”

Lo cual es un reto difícil porque “Europa mira a Africa y poco a América Latina, pero Europa no debe perder la oportunidad de esa convergencia en asuntos estratégicos”, como una alianza digital. 

«Hace falta una revolución socialdemócrata»

El experto destacó que ante el fracaso de la política (“política en el sentido más noble del término”), como apunta Carlos Granés en su ensayo Delirio americano, hace falta “una revolución socialdemócrata, y para eso se necesita apostar por un tejido socioeconómico que ofrezca seguridad, justicia y servicios públicos básicos. La inversión es condición necesaria para el desarrollo». 

Susanne Gratius: “América Latina tiene un trilema entre democracia, seguridad y desarrollo; y la pregunta es si hay que sacrificar una para fortalecer las otras”

Susanne Gratius, por su parte, objetó que América Latina “no quiere ser Europa, no quiere instituciones supranacionales, porque tiene grandes asimetrías, con un Brasil que es la décima economía del mundo”. Además los intentos de estrechar lazos por parte de Europa encuentran ahora “la fuerte competencia de China, que tiene prevista su propia cumbre con CELAC en 2024”. En la parte positiva, destacó que “es una región de paz entre países, lo cual se debe al regionalismo”. 

Susanne Gratius.

Indicó que “América Latina tiene un trilema entre democracia, seguridad y desarrollo; y la pregunta es si hay que sacrificar una para fortalecer las otras”. En la práctica, “tiene gobernantes con pésima calidad democrática y tendencia al autoritarismo, con cinco o seis regímenes híbridos entre autoritarismo y democracia, y otros que son dictaduras, como Cuba, Venezuela o Nicaragua”. Y recordó, en fin, entre sus lastres endémicos, el “narcotráfico, que sigue siendo un problema fundamental por resolver”.

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“La extensión es el alma de la universidad” afirma Ignacio Villaverde, rector de Oviedo

Ignacio Villaverde es catedrático de Derecho Constitucional y rector de la Universidad de Oviedo. Estudió Derecho en esta universidad y durante trece años fue letrado adscrito al Tribunal Constitucional. Doctor cum laude con una tesis sobre el derecho a ser informado, ha centrado sus investigaciones en los derechos de libertad de expresión e información, protección de datos personales, transparencia y la teoría general de los derechos fundamentales.

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Avance

“La extensión universitaria es el alma de la universidad; y no puede ser una elección, sino que es un deber” asegura Ignacio Villaverde. Se trata de una misión irrenunciable, en la medida en que expande el conocimiento en la sociedad y “contribuye a formar no sólo profesionales sino también ciudadanos con pensamiento crítico”, como propugnaba el exdecano de Harvard Harry R. Lewis. 

“La extensión universitaria tiene que ser la nueva manera de expresar el compromiso social de las universidades, con la comunidad y el entorno”, en contacto con los agentes sociales. Por eso, es necesario “incorporar la extensión universitaria como un eje transversal en cualquier planificación estratégica de una universidad del siglo XXI”. La universidad es “la herramienta más poderosa de redistribución de riqueza y bienestar social”, que la digitalización está potenciando. 

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ARTÍCULO

“La extensión universitaria es el alma de la universidad; y no puede ser una elección, sino que es un deber” afirmó Ignacio Villaverde, catedrático de Derecho Constitucional y rector de la Universidad de Oviedo. Explicó que el fin de la extensión es “la interacción de sus estudiantes y docentes con el entorno social”; y añadió que si hay una misión irrenunciable de las universidades es formar no solo profesionales sino ciudadanos con pensamiento crítico», tal como preconizaba el exdecano de Harvard College, Harry R. Lewis

El profesor Villaverde expuso estas reflexiones  en una sesión sobre “La función cultural y la extensión universitaria” celebrada en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Se trataba de la cuarta sesión del ciclo “La dimensión social de la universidad”, dirigido por Rafael Puyol, presidente de UNIR. 

Rafael Puyol, Ignacio Villaverde y José María Vázquez García-Peñuela.

Tras la presentación del ponente, por parte del rector de UNIR, José María Vázquez García-Peñuela, y la introducción de la sesión, a cargo de Rafael Puyol, el profesor Ignacio Villaverde comenzó recordando que la extensión universitaria nació, a finales del siglo XIX, “de la mano del Grupo universitario de Oviedo, herederos de la Institución Libre de Enseñanza, muy marcada por la cuestión social, con el fin de mejorar la formación de las clases obreras”. 

Actualmente, y en un contexto muy diferente, la extensión universitaria es “una oportunidad para recuperar el alma de la universidad”, en el sentido de fomentar el pensamiento crítico y de transferir a la sociedad, el conocimiento generado mediante el estudio y la investigación. 

Las universidades son “las mayores factorías de conocimiento que existen y por tanto de transferencia de ese conocimiento, ligado a la construcción de futuro”

Todo ello, mediante una serie de ejes o líneas de actuación.  Por un lado, “la extensión universitaria tiene que ser la nueva manera de expresar el compromiso social de las universidades, con la comunidad y el entorno” señaló el ponente. Lo cual es un mecanismo de dación de cuentas y ejercicio de responsabilidad social. Argumentó que las universidades son “las mayores factorías de conocimiento que existen y por tanto de transferencia de ese conocimiento, ligado a la construcción de futuro; y que pueden decirles a las empresas dónde van a estar dentro de veinte años”.  En este sentido, tienen valor para ser palancas de cambio: “somos cabezas tractoras de la transformación de las sociedades”.  

Espacios de encuentro de agentes sociales

En segundo lugar, los programas de extensión universitaria “deben de ser un generador de espacios de encuentro de agentes sociales, en particular, los ayuntamientos”. Para ello es preciso escuchar a esos agentes, a las empresas etc. y estar en disposición de atender a sus necesidades.  En tercer lugar, la extensión universitaria “tiene que convertirse en una herramienta de internacionalización”, dado que actualmente las universidades compiten en un mercado global. 

Por todo ello, subrayó el experto, es necesario “incorporar la extensión universitaria como un eje transversal en cualquier planificación estratégica de una universidad del siglo XXI”. Si no lo hiciéramos -agregó- “no estaríamos cumpliendo nuestra misión como transformadoras culturales».

Villaverde argumentó que “la universidad ya no monopoliza el conocimiento, ni la formación”, y recordó que “Google pondrá sus propios campus”. Por eso,  “la extensión va a ser un elemento estructural de la estrategia de las universidades. Podemos tener un papel de liderazgo en generar progreso en el territorio”. Además, “ya no existe  un mercado cautivo universitario, ahora los alumnos deciden dónde quieren estudiar. Eso libera a las universidades de su perfil generalista (la necesidad de ofertar todo), pero, a cambio, les exige competir en un mercado global”. 

El profesor Villaverde puso varios ejemplos de actuaciones concretas llevadas a cabo en la Universidad de Oviedo, en materia de extensión universitaria, que han incentivado la escucha activa, la inclusión y la deslocalización. 

Cambio de paradigma

A preguntas de Rafael Puyol, Ignacio Villaverde afirmó que “extensión universitaria e impulso social no son lo mismo, pero están profundamente ligados”. E indicó que la la universidad es “la herramienta más poderosa de redistribución de riqueza y bienestar social”. “Con universidades potentes -añadió- hay sociedades sanas y con movilidad social, de la que se beneficia el entorno”.

Indicó, por otro lado, que “la extensión en el siglo XXI es imposible sin digitalización, y que ésta la potencia de forma brutal, ya que proporciona posibilidades de extensión y expansión, y permite llegar a muchos sitios, con abaratamiento de costes”. 

Con la revolución digital, además, “ha cambiado por completo el paradigma”, así como las necesidades de una demanda nativa digital -la generación de la imagen y la gameboy– ante “la que debe adecuarse la oferta universitaria si no quiere perderla”. 

Herramienta para el pensamiento crítico

Concluyó citando nuevamente a Harry R. Lewis, al subrayar que la extensión universitaria es “una herramienta para influir y entrenar a las nuevas generaciones en el pensamiento crítico, en un paradigma tecnológico que lo ha cambiado todo”. Ahora, “en el mundo de las fake news, hay una especial necesidad de poner en juego ese pensamiento crítico para luchar contra la mentira”.

Adela López, vicerrectora de UNIR, José Mª Vázquez García-Peñuela, Ignacio Villaverde y Rafael Puyol.

La tolerancia, por Carlos Thiebaut: del soportar al comprender

Catedrático de Filosofía en la Universidad Carlos III de Madrid, Carlos Thiebaut es doctor en Filosofía por la Universidad Complutense y diplomado en Sociología Política por el Instituto de Estudios Políticos de Madrid. También ha sido profesor en las Universidades Complutense y Autónoma de Madrid y miembro del Instituto de Filosofía del C.S.I.C. Formado en la tradición continental y en la teoría crítica, ha plasmado en sus libros y artículos la atención temática centrada en la filosofía moral y política contemporánea. Ejemplo de ellos es la obra que se presenta en este artículo.


AVANCE

La tolerancia nació en el momento en que se puso nombre al daño, a un daño contingente o caprichoso que podría no haber tenido lugar y cuyos efectos afectaban a todos, alteraban la convivencia, cuando no la hacían imposible. Aunque con momentos históricos de prototolerancia, debutó en un momento concreto y con un objetivo igualmente concreto: evitar un conflicto social y religioso que tornaría imposible «el ejercicio de la soberanía y del poder político en la Europa tardorrenacentista tras la Reforma».

El núcleo del libro es la distinción entre tolerancia negativa y positiva de Carlos Thiebaut, un viaje del soportar al interesarse, hasta llegar a comprender, al otro, con sus modos y razones distintas e incluso contrapuestas a las nuestras, a las propias; ese viaje que nunca termina con sus idas, venidas, meandros, barreras de contención y nubes de sospecha en el que se sigue jugando la partida y la ordenación del espacio público.


ARTÍCULO

Carlos Thiebaut: De la tolerancia. Visor
Carlos Thiebaut: De la tolerancia. Visor, La balsa de la medusa. 1999

«Necesitamos el recuerdo de la barbarie para reiterar el motivo de su rechazo». La reflexión de Carlos Thiebaut sobre la tolerancia, en forma de libro publicado por Visor, nace de la contemplación de uno de los Desastres de la guerra que movió a su autor, Goya, a dar fe, como un notario de lo allí acontecido:  Yo lo vi, es su título. Sí, Goya lo vio y lo dibujó como recordatorio para las generaciones y tiempos que habrían de venir. ¿Por qué? Algo, una imagen remueve los ideales o principios morales y moviliza la esperanza: la esperanza del «nunca más». Así comienza una reflexión sobre el daño y el mal, diferentes, entre otras cosas a causa de este sentimiento de compasión e incluso rabia del «nunca más»: «El daño es innecesario frente al mal que acontece por la necesidad natural», escribe Thiebaut. No es la muerte inevitable o un terremoto impredecible, no, se trata de un daño que lo mismo que es podría no ser y podría no ser. Sobre ese hay que hablar. ¿Quién lo hace? La moral que «pone voz a la imagen y la nombra; al hacerlo nos involucra en ese rechazo y nos compromete con un curso alternativo del mundo frente a la barbarie»

Límites borrosos

En su obra, Thiebaut distingue entre valores y normas o principios éticos. Mientras estas últimas tienen la universalidad por característica (se entienden bien al pensar en Kant y sus categóricos imperativos), los valores, aunque en términos abstractos remiten «tanto a experiencias que tenemos, a imágenes que vemos, como a conglomerados de significados». La tolerancia es un valor difuso porque por un lado moviliza «aquella forma de entendimiento práctico que es un comprendernos a nosotros mismos en el seno cultura y de un lenguaje moral», pero, por otro, admite e incluso necesita formulaciones de ambición universal. El autor propone esta: «No pongas como condición de la convivencia pública una creencia que solo tú y los tuyos comparten, por muy verdadera que te parezca, y atiende, en todo caso, a formularla de manera no absoluta y que sea comprensible por quienes no la comparten».

Thiebut se moja con un impérativo categórico para la tolerancia: «No pongas como condición de la convivencia pública una creencia que solo tú y los tuyos comparten […]»

En la Antigüedad, y más concretamente en el pensamiento griego, cuando, siguiendo al autor, no existían en sentido estricto las nociones de valor y de principio, la moral tenía a la virtud como unidad de medida. Es una noción interesante pues comporta dos dimensiones; la racional o cognoscitiva y la de la acción, la más práctica. Le pasa a la tolerancia, también, que comporta dos dimensiones: la idea de aprendizaje, el trabajo del concepto de forma personal y también social. Ambas son indispensables para ir elaborando el mundo moral.

Un debut histórico

La tolerancia es singular porque, a pesar de contar con experiencias o momentos anteriores, debuta en la historia en una época tan bien definida, que el autor aventura incluso un año: «Cabe, incluso, que fechemos su nacimiento (con la arbitrariedad de toda datación): por ejemplo, mencionando el proceso de reflexión filosófica, jurídica y política que conduce al edicto de Nantes de 1598, una de las primeras formulaciones del espacio político de convivencia entre las creencias religiosas y los poderes que se habían enfrentado sangrientamente —ese es, ahí, el daño originario— en Francia durante la Reforma». En su nacimiento, la tolerancia está enraizada con lo concreto y designa, por antonomasia, como señala el autor: «Las razones y las formas de evitar un conflicto social y religioso que hace imposible el ejercicio de la soberanía y del poder político en la Europa tardorrenacentista tras la Reforma». Superadas las coordenadas temporales, quedará como una forma de intervenir y ordenar el espacio público.

Tolerancia negativa y tolerancia positiva

A la manera berliniana, Thiebaut distingue también entre una tolerancia negativa y otra positiva. La primera se acerca al sentido etimológico de la palabra: tollere, soportar, aguantar y, en cierto modo, padecer a aquellos con quienes no se comparte el mundo de creencias. «Cuando decimos que toleramos algo suponemos, de entrada, una desaprobación que está justificada en virtud de algún sistema de normas o de creencias básico». Y más adelante: «Este sistema básico de preferencias creencias o normas nos ayuda, también, a comprender el carácter inicialmente asimétrico y vertical, como le llamamos, de la tolerancia. La relación de tolerancia no es, de entrada, una relación de simetría: alguien desaprueba lo que otro hace y este otro reclamo no ser desaprobado, ser tolerado». En el momento del debut de la tolerancia, como le acabamos de llamar, la asimetría era muy fuerte, igual de fuerte que las razones para revisar esa dirección: «La modernidad naciente reclama la crítica y el libre examen», escribe el autor: «la libertad de conciencia y la libertad de expresión se convierten en cuestiones relevantes».

Poco a poco se van limando los extremos que marcan la distancia de la asimetría y los polos se van acercando. En la escena pública se van abriendo hueco quienes aspiran a ser tolerados en un proceso, un forcejeo en muchas ocasiones, en el que ninguna de las partes sale como entra: «Quien tolera o se ve forzado a tolerar ha de razonarse a sí mismo su propio cambio […]. Quien tolera aprende de quien aspira a ser tolerado; modifica su sistema de creencias, razones y normas haciéndole lugar a las creencias, razones y normas de quien reclama ser tolerado». La otra parte también aprende y se modifica: «Aprende a encontrar su espacio en el reconocimiento de quien le tolera: ha conseguido demostrar la relevancia de su demanda; ha conseguido modificar el sistema de razones que inicialmente le rechazaban, le excluían o le castigaban. Y ha conseguido, así, a colaborar en la elaboración de un nuevo sistema de convivencia».

Quien tolera aprende de quien aspira a ser tolerado y modifica su sistema de creencias. La otra parte también aprende a encontrar su espacio en el reconocimiento de quien le tolera

La tolerancia completa así un viaje largo y accidentado: «La misma tolerancia del soportar nos conduce a reconocer el otro polo, la tolerancia del comprender […]. Así se abre el camino de la tolerancia positiva, al comprender: la tolerancia modifica también las maneras en que entendemos al diferente y, al cabo, las maneras de entendernos a nosotros mismos. Este elemento racional y cognoscitivo que anida en la idea de tolerancia, en la virtud de la tolerancia, es una innovación estructural en la historia de nuestras moralidades».

La racionalidad y la argumentación como árbitros

El proceso de encaje de las nuevas condiciones nunca es fácil, siempre hay obstáculos, barreras, resistencias… En este contexto, ¿qué criterios han de guiar y dirimir los nuevos espacios? La pregunta desemboca de lleno en el controvertido tema de los límites de la tolerancia. Vayamos por partes. Respecto a lo primero: «Lo que empieza a ser tolerado y lo que reclama ser tolerado se mide por el rasero de su racional aceptabilidad en cada momento y cada circunstancia». Aceptabilidad en virtud de una argumentación que funciona como una suerte de criba: se tolerará «solo aquello que podamos concebir razonable y públicamente como aceptable y comprensible».

¿Qué queda fuera? La cuestión remite al mismo origen de la pregunta por la tolerancia: «El rechazo del daño ‒de todo daño y del daño específico de la intolerancia‒ es un límite de la tolerancia más allá del cual no sería tolerancia sino otra cosa, probablemente un disfraz retórico de la injusticia o del cinismo cultural». Que la percepción del daño es modulable, compleja y requiere aprendizaje, sí, pero como escribe Thiebaut: «No es la fuerza de nuestras creencias o nuestros deseos lo que es garantía y motivo suficiente de su aceptación pública; lo que es motivo suficiente es que, supuesta su capacidad de ser presentada en la argumentación pública, sean reconocidas, también públicamente, como demandas válidas».

El relativismo y otras nubes de sospecha sobre la tolerancia

Se anunciaba de alguna manera en el párrafo anterior. La tolerancia no puede ser un paraguas capaz de acoger una justificación del daño. «Quien así hace disfraza sus palabras: convierte la universalidad en disfraz de un relativismo en el que todo puede valer según sean las circunstancias y en el que el daño puede ser un rasgo aceptable según las circunstancias», escribe Thibaut, que pone el ejemplo de la mutilación femenina y recuerda que se pueden incluso comprender las formas y motivos de ese daño, pero, comprender no es justificar: «Lo que le sucede al relativista es que no se compromete con un curso alternativo del mundo» y la moral, como también se dijo anteriormente, no solo es una charla en tercera persona sino que es un verbo, acción, y, llegado el caso, se declina en primera persona.

Otra nube de sospecha es la del pasotismo, la del vacío y la falta de criterio que la convertiría así en nido «de nuestras impotencias», dice el autor: «lo que debiera ser activa fortaleza queda trastocado en culposa pasividad o en una desidia que abdica».

La tolerancia no puede ser un paraguas capaz de acoger una justificación del daño ni confundirse con la falta de criterio

Una sospecha subsiguiente sería si, tal y como sostenía Marcuse, esa tolerancia inactiva, pasiva se habría convertido en una forma de dominación ideológica en la que todo se toleraba. Marcuse reclamaba, y lo recuerda Thiebaut, «una noción fuerte y sólida de verdad, algo que nosotros hemos cuestionado con el movimiento de la tolerancia» y aprovecha para recordar que las formas de socialidad siempre son imperfectas; las de racionalidad, falibles, porque «no hay razones absolutas, sino solo el firme e insustituible ejercicio de la racionalidad humana».

La tolerancia, la justicia… y John Rawls

En la última parte del libro Carlos Thiebaut analiza las relaciones de la tolerancia y la justicia, de la mano, en parte del capítulo, del en este punto inesquivable John Rawls. Con él, Thibaut recuerda la necesidad de que «cada uno pueda presentar en el debate público sus argumentos de forma que no requieran, para ser comprendidos y ponderados, acudir a las creencias comprensivas o filosóficas que quien los presenta pudiera sostener». Inspirada por esta noción, Thiebaut ofrece una versión de su particular imperativo categórico: «Concibe el espacio público de la convivencia de tal forma de tal forma que no contenga como condición previa la verdad de ninguna creencia no pública y entiéndelo como el resultado del acuerdo de todos y de cada uno respecto a aquello que lo constituye, precisamente, como público».

Volviendo a las relaciones entre tolerancia y justicia, el autor habla de virtudes hermanadas: no solo se entienden en términos individuales sino que son relacionales, se entienden en compañía de los demás y no solo se dan entre personas sino que necesitan la comparecencia de las instituciones. Todo esto no hace sino añadir mayor complejidad (y riqueza) a ambas. En los lugares donde confluyen, Thibaut localiza un nuevo límite o condición para la tolerancia: cuando esta aboca en injusticia. Si eso pasa, la tolerancia o es mala o no es tolerancia: «Si la tolerancia es virtud fuerte será, precisamente, porque su carácter dinámico conduce a la fortaleza de la justicia, no a la abdicación de la injusticia».

Justamente ese valor dinámico, cambiante, supone un riesgo no menor al que se enfrenta el largo aprendizaje moral que dio pie a las modernas formas de tolerancia. ¿Cómo estar seguros de que no habrá vuelta atrás? Eso por lo que respecta al pasado, pero de cara al futuro, «¿Cómo confiar en que podremos ir percibiendo la barbarie y podremos ir formulando su rechazo?». Para lo primero, los Derechos Humanos constituyen un acuerdo, un «marco de referencia normativo en el que se acumula el frágil aprendizaje del rechazo del daño». Para lo segundo, se insta a no «abdicar de nuestra condición reflexiva porque la lucidez que nunca será absoluta dependerá de acendrar y de incrementar esa misma condición».

Fortaleza emocional para una mejor salud mental

Doctor en Medicina y especialista en Psiquiatría por la Universidad de Navarra, Carlos Chiclana es asimismo especialista Universitario en Psicoterapia Multicomponente de los Trastornos de la Personalidad por la Universidad de Deusto. En su faceta de divulgador, Chiclana ha escrito libros como Tiempo de fuertes, tiempo de valientes (Palabra); Atrapados en el sexo (Almuzara), Identidad personal: disfruta del baile (Biblioteca de Salud Mental) y Cuéntame más y déjame que te cuente. Aprende sobre sexualidad con tus hijos (Biblioteca de Salud Mental, 2021).


Avance

Los datos son elocuentes respecto a la importancia de la salud mental y muestran bien los altos riesgos de sufrir algún tipo de patología. Frente al panorama que dibujan ¿se puede hacer algo para prevenir la patología mental especialmente en los casos de la infancia y la adolescencia? El psiquiatra Carlos Chiclana, de acuerdo con una revisión de publicaciones académicas sobre factores que hacen que los niños y adolescentes sean más resilientes y fuertes, afirma con contundencia que sí es posible. Hay factores que promueven la resiliencia y la fortaleza y muchos pueden aplicarse de manera muy concreta y práctica en el ámbito familiar, escolar y social.

Concebido desde un punto de vista práctico, este artículo ofrece diversas tablas con los mencionados factores y con propuestas muy concretas para articular las cuatro líneas de acción que, a la hora de desarrollar la fortaleza emocional personal, propone Chiclana:
1. Ahondar en la bondad originaria y transmitir a la persona que es buena en sí misma.
2. Que conozca que tiene energía y capacidad de acción, y que esto es bueno.
3. Ser consciente de que es limitado y por esto necesita custodiarse y cuidar bien de sí mismo.
4. Potenciar lo relacional como elemento fundamental del desarrollo personal.

Entre las conclusiones, afirma el psiquiatra que «aunque la amenaza de la patología psiquiátrica y la disfunción psicológica es real y está presente, tenemos también herramientas prácticas, sencillas y asequibles para proteger la salud mental y promocionarla en el ámbito familiar, escolar y social más cercano a nuestros hijos».


Artículo

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, en 2019, se estimó que 970 millones de personas en todo el mundo —una de cada ocho— vivían con algún tipo de trastorno mental, siendo los trastornos de ansiedad y depresión los más comunes. Además, la pandemia de COVID-19, que se desató en 2020, ha tenido un impacto significativo en nuestra salud mental, en particular en los niños y adolescentes.

Según el informe anual de la Fundación Anar de 2020, en España, se ha observado un aumento notable en diversas condiciones, como la ideación suicida (+244,1%), la ansiedad (+280,6%), la baja autoestima (+212,3%), la depresión/tristeza (+87,7%), los trastornos de alimentación (+826,3%), las autolesiones (+246,2%), la agresividad (+124,5%) y el duelo (+24,5%). El diagnóstico de trastornos de ansiedad y depresión, ha aumentado el 26% y el 28% respectivamente en solo un año.

Además, según el Instituto Nacional de Estadística, en 2018 la tasa de suicidios fue de 7,6 por cada 100.000 habitantes, lo que indica que la salud mental sigue siendo un tema crítico que requiere atención. Es preocupante que alrededor del 30% de los motivos de consulta en Servicios de Urgencia estén relacionados con patologías de salud mental. Por esta razón, los expertos destacan la importancia de contar con protocolos específicos de prevención en urgencias, especialmente en aquellos hospitales donde no hay un psiquiatra de guardia, y la puesta en marcha del teléfono 024 para la atención inmediata de esta situación ha sido un avance importante.

Trabajar la prevención: factores de protección

Pero, ¿se puede hacer algo para prevenir la patología mental en los adolescentes? De acuerdo con una revisión de miles de publicaciones académicas [1] sobre factores que hacen que los niños y adolescentes sean más resilientes y fuertes, sí es posible. Hay factores protectores, que estos investigadores han agrupado en diez dominios (Tabla 1), y muchos pueden aplicarse de manera muy concreta y práctica en el ámbito familiar, escolar y social.

   Tabla 1. Factores promotores de resiliencia y fortaleza

Tabla elaborada por el autor según las referencias de Llistosella y cols., 2022

Es interesante percibir cómo estas variables recogidas en diversas investigaciones son coherentes con lo experimentado en la práctica clínica, en las conocidas orientaciones educativas y sociológicas[2], y nos permiten establecer acciones prácticas y cotidianas para promover la salud mental de los niños y adolescentes. Propongo aglutinarlas en cuatro líneas de acción para desarrollar la fortaleza emocional personal:
1. Ahondar en la bondad originaria y transmitir a la persona que es buena en sí misma.
2. Que conozca que tiene energía y capacidad de acción, y que esto es bueno.
3. Ser consciente de que es limitado y por esto necesita custodiarse y cuidar bien de sí mismo.
4. Potenciar lo relacional como elemento fundamental del desarrollo personal.

La bondad como premisa

Lo mejor que pueden enseñar unos padres a un hijo/a es que la persona interiorice, sienta y sepa que es buena porque sí, porque lo vale, porque lo es. Además podrá ser más buena, desarrollarse, potenciar capacidades, habilidades y adquirir virtudes. Si aprende que vale por sí misma, por ser, habrá iniciado muy bien el camino de su plenitud. Interiorizará que no tiene que hacer nada para demostrar que es buena, que su valor no lo determinan las notas ni medallas, ni el éxito profesional, ni sus ingresos, ni su posición social. Comprenderá y sentirá que ha sido amada antes, que es amada de manera incondicional y, por lo tanto, procurará amar a los demás antes y amarlos de manera incondicional. Esto le dará seguridad y hará de ella una persona segura que podrá afirmar: «soy bueno, soy válido, soy único, soy auténtico, soy digno».

Con estrategias asequibles (Tabla 2) le facilitarás la estructura adecuada para ser fuerte y valiente, para estar espabilado —que no en alerta ni en tensión— y que no le domestiquen con collares sociales, establos ambientales o manipulaciones personales.


     Tabla 2. Estrategias para comunicar que es bueno

  1. Dale abrazos y besos. Facilitar el contacto físico. Se abraza lo que se quiere.
    2. Enseña a cuidar el cuerpo: higiene, alimentación, sueño, ejercicio. Se cuida lo que vale.
    3. Que vista con la elegancia adecuada a cada situación. Merece ir bien vestido.
    4. Sé lugar seguro para ellos, facilítale la calma emocional: háblale sereno. Estate disponible.
    5. Potencia y educa sus sentidos: mirar, oír, oler, tocar, saborear. Mundo aficiones.
    6. Refuerza cuestiones concretas. Potencia que es capaz, lo hace bien.
    7. Valida sus emociones, ayuda a reconocerlas y que comprenda que son sanas.
    8. Hazle consciente de las condiciones de valor que se potencian en el hogar y en la familia.
    9. Potencia la cultura de la aceptación sobre la del esfuerzo.
    10. Potencia la cultura del esfuerzo sobre la cultura del éxito.
    11. Procura no ponerle etiquetas (la guapa, el deportista, el estudioso). Multiplicidad de su yo.
    12. Promueve que sean «personas normales»: ni perfectos ni productivos.
    13. Escúchales. Atiéndeles. Obsérvales. Contémplales. Que sean vistos y lo experimenten.
    14. Siempre confiar: de la sospecha a la confianza.
    15. Premios y castigos en coherencia con la virtud que se pretende fomentar.
    16. Transmítele que no necesita un complemento para ser auténtico. Muerte a la media naranja.

¡A explorar!

Cuando llegas a la adolescencia, si estás bien y sano, te comes el mundo. Lo sabes todo, no «necesitas» a tus padres. Crees que vas a hacer y conseguir lo que quieras en la vida. Esto es genial y vale la pena que tú lo sepas y que tu hijo lo sienta: toda esa energía es muy buena y también lo que se deriva de ella como la curiosidad, las ganas de hacer actividades distintas y conocer novedades, el afán por explorar y el interés por las experiencias desconocidas.

Es una gran oportunidad para conocer los motores que activan el querer de tu hijo. Aquellos que movilizarán su voluntad, «motiven, movilicen y motoricen» la voluntad más allá de la autodisciplina.

Con el disfrute se estimulan diversas áreas del cerebro[3] que ayudan a un buen estado de ánimo, a tener iniciativa y, con el mantenimiento en la acción de lo que se quiere conseguir porque gusta, se desarrollan habilidades y competencias que estructuran la fuerza voluntad unificando el apetecer y la disciplina, el gusto y el esfuerzo, la inmediatez y la perseverancia. No es necesariamente pasarlo bien, sino extraer el bien de una acción y gozarse con ella. También implica esfuerzo, orden y disciplina. Esa sensibilidad para algo concreto activa la energía para ir a por ello. Es tu tarea (Tabla 3) ayudarle a encauzar bien esta energía y conduzca con seguridad el coche de su vida


       Tabla 3. Estrategias para comunicar que tiene energía y que esa
energía es buena

  1. Promociona sus propios intereses, gustos, planes, proyectos, ilusiones.
    2. Facilita la motivación personal de esa persona concreta, con lo que le interesa.
    3. Acuclíllate para ver desde su punto de vista y escuchar en su misma sintonía.
    4. Promueve nuevas relaciones. Que quieran a otros (familia, amigos, entrenador, profesores).
    5. Facilita su diferenciación del padre y de la madre. Ser diferente sin desgajarse de la familia.
    6. Enseña que no se posee a las personas. Si tú no posees, él aprenderá a no poseer. Haces modelado.
    7. Potencia la libertad (capacidad de elección y selección de lo bueno) frente a la necesidad, el deseo o la inmediatez.
    8. Instala un «detector de ayudas innecesarias» para no sobreproteger.
    9. Promueve que experimente: aficiones, comidas, planes, deportes, idiomas, viajes, personas.
    10. Planifica la búsqueda de novedad. ¿Con qué sueña tu hijo? Creatividad. Soñad juntos.
    11. Educación sexual explícita. La opción sexual. Que diga: en mi casa se podía hablar de sexo.
    12. Señala que las circunstancias también importan: detectarlas, conocerlas e incorporarlas.
    13. Ayúdale a tener actitud propia, propósito de la vida. Para qué actúa. Para quién actúa.
    14. Que incorpore que toda esa energía tan buena es también para resistir, aguantar, sacrificarse.

Menos mal que eres imperfecto

Llega un momento en tu vida en que te das cuenta de que no eres perfecto. Tienes errores y limitaciones, haces cosas mal y no llegas a todo lo que quisieras. Es un momento gozoso porque te liberas de responsabilidades que no eran tuyas. La libertad se expande al percibir que no se exige ser omnipotente. Cuanto antes llegues a este punto de inflexión en tu vida más fácil te será ser fuerte, porque no sustentas tu ser únicamente en tus fuerzas, tus capacidades o tu esfuerzo, sino que repartes el peso con otras personas, la realidad, Dios, la vida misma, etc.

Si explicas a tu hijo (Tabla 4) que no pasa nada por tener errores, que es imperfecto, que se confunde, se equivoca, tiene debilidades y no puede hacer todo lo que desearía, le ahorrarás muchos líos de cabeza y muchas frustraciones. Le liberas de la dictadura del perfeccionismo. Si le haces caer en la cuenta de que tú también eres imperfecto y le pides perdón cuando lo haces mal y que pides ayuda para corregirte, le resultará natural la aceptación de los fallos, la lucha contra ellos, la resistencia ante esa natural debilidad y el ataque para impedir que esas limitaciones le hagan creer que no es bueno o que no es capaz. Ahora bien, esa bondad y esa capacidad precisa de ayuda y soporte, por su propia naturaleza, para crecer mejor, esa vulnerabilidad, necesita ser transmitida.


      Tabla 4. Estrategias para enseñar que es fuerte porque tiene
limitaciones

  1. Enséñale que tenemos fallos, somos débiles y vulnerables. Hacer modelado con los propios.
    2. Pon límites, enseña a respetarlos y que aprenda que hay consecuencias si no se hace.
    3. Que integre que decir no es consecuencia de decir sí a algo que se quiere. La renuncia como parte de la felicidad.
    4. Enséñale a custodiar a sí mismo, que lo que se indica es para su cuidado y por qué es así.
    5. Que en casa se pueda pedir perdón y perdonar. Pídele perdón cuando sea oportuno.
    6. Que experimente que se aceptan los errores propios y ajenos, y se sigue adelante con ellos.
    7. Que experimente que hay distintos amores: matrimonio, hijos, amigos, compañeros, servicio, vecinos, conocidos, entrenadores, profesores, monitores, etc. El amor también tiene sus límites.
    8. Participa con él de los límites en las relaciones humanas: encuentro libertades. Respeto a los demás.
    9. Enséñale a tolerar la frustración, el malestar y el sufrimiento como parte natural de la vida.
    10. Que aprenda técnicas de regulación emocional: contigo, libros, talleres.
    11. Pregúntale cómo está, cómo se siente, qué quiere, qué le gusta, que le frustra.

Para ser más tú mismo, necesitas de los demás

Cuanta más edad tienes, más consciente eres de que necesitas de los demás. Conforme avanza la existencia más interiorizas lo importantes que han sido las personas en tu vida, cómo te han hecho crecer, cómo te han transformado, cómo te han dado la posibilidad de sacar lo bueno de ti mismo, cómo te han «obligado» a hacerte presente y cómo han estimulado tu yo para que tu identidad sea más auténtica. Anímate, si lo enseñas a tu hijo en la infancia te lo agradecerá toda la vida (Tabla 5).

Quien haya tenido una relación de pareja, un hijo o un amigo de verdad, ha vivido esta experiencia de modo muy práctico. Te cambia la vida, y si lo vives en cada relación cotidiana, la vida te cambia prácticamente todos los días. Si esto se aprende desde pequeño y se vive con la premisa de que las personas que interactúan con nosotros no son sólo importantes en sí mismas, sino que también lo son para uno mismo, porque nos forman, transforman y per-forman, el crecimiento y madurez de la persona son muy potentes.


    Tabla 5. Estrategias para ahondar en la necesidad de ser transformado

  1. Enséñale el sentido de la relación, la riqueza de dar y recibir.
    2. Que aprenda a relacionarse contigo. Facilítale un modelo, cómo te afecta y cómo le afectas.
    3. Educa en la autotrascendencia, que salga de sí mismo sin dejar de estar en sí mismo.
    4. Enséñale de forma práctica a confiar y a abandonarse proporcionadamente a la relación.
    5. Cuéntale historias de personas que te han cambiado.
    6. Que cuente con las otras personas para la vida: autonomía + heteronomía + Teonomía.
    7. Cuéntales cómo te transforman ellos, qué supone el encuentro de dos libertades que crecen.
    8. Pregúntale, y cuéntale tú cada día, por qué estás satisfecho y agradecido.
    9. Enséñale a compartir su intimidad y qué es la amistad, que conozca quiénes son tus amigos.
    10. Transmite tus emociones, y así también experimentará distintos niveles de intimidad.
    11. Facilítale formación, y que perciba que esta le transforma. Aprende de otros.
    12. Ayúdale a tener sana independencia en las relaciones: libres, valientes, confiadas, fecundas.
    13. Que comprenda por tus acciones que la persona es un fin en sí mismo. Él también.
    14. Enséñale técnicas de comunicación verbal y no verbal.

La formación como parte de la transformación

En la necesidad de ser transformados contamos con la oportunidad de formarnos, transformarnos y per-formarnos. Al igual que se puede hablar de una alimentación sana puedes cuidar tu formación para que te transforme en ti mismo y te acerque más a la verdad. El acceso a la formación ahora es muy amplio, es una maravilla la variedad y se puede seleccionar con mucho acierto: charlas, conferencias, cursos, libros, series, películas, programas de radio y televisión, podcast, cursos de verano, retiros, mentores, consejeros, preceptores, acompañantes.

Si tus hijos ven que estás abierto a recibir formación, que lees, acudes a cursos, etc., y que esto desarrolla tu sentido crítico, tu capacidad de pensar, de escuchar otras opciones y opiniones, de cuestionarte tus valores y premisas, aprenderán que la formación es parte de la transformación. No dejarán de hacerlo a lo largo de su vida, hasta que en la tumba puedan escribir en su epitafio que no dejó de aprender de todo, de todos y todas, y que nunca fue autodidacta.

Podemos concluir que, aunque la amenaza de la patología psiquiátrica y la disfunción psicológica es real y está presente, tenemos también herramientas prácticas, sencillas y asequibles para proteger la salud mental y promocionarla en el ámbito familiar, escolar y social más cercano a nuestros hijos.

REFERENCIAS

[1] Llistosella M, Castellvi P, Limonero JT, Pérez-Ventana Ortiz C, Baeza-Velasco C, Gutiérrez-Rosado T. Development of the Individual and Environmental Resilience Model among children, adolescents and young adults using the empirical evidence: An integrative systematic review. Health Soc Care Community. 2022 Nov;30(6):e3277-e3299. doi: 10.1111/hsc.13899. Epub 2022 Jul 6. PMID: 35794078.

[2] Chiclana Actis C. (2022) Tiempo de fuertes, tiempo de valientes. Madrid: Palabra.

[3] Verdolini N, Amoretti S, Montejo L, García-Rizo C, Hogg B, Mezquida G, Rabelo-da-Ponte FD, Vallespir C, Radua J, Martinez-Aran A, Pacchiarotti I, Rosa AR, Bernardo M, Vieta E, Torrent C, Solé B. Resilience and mental health during the COVID-19 pandemic. J Affect Disord. 2021 Mar 15;283:156-164. doi: 10.1016/j.jad.2021.01.055. Epub 2021 Jan 29. PMID: 33556749; PMCID: PMC7845537.