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¿Cuáles son los fundamentos de los derechos humanos?

Andrés Ollero es secretario general del Instituto de España y académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Ha sido magistrado del Tribunal Constitucional, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Granada y en la Universidad Rey Juan Carlos y diputado del Congreso durante cinco legislaturas. 

Ignacio Sánchez Cámara es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos. Ha sido consejero de Educación de la Embajada de España en Roma y vocal del Consejo Escolar del Estado.

José María Beneyto es catedrático de Derecho Internacional Público, Derecho Comunitario Europeo y Relaciones Internacionales de la Universidad San Pablo-CEU, y profesor de UNIR. Ha sido profesor visitante de la Universidad de Harvard.

Avance

Los ponentes coincidieron en resaltar el progreso que para la humanidad ha supuesto la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pero cuestionaron su alcance, debido a que no se ha dado razón de los fundamentos de los derechos humanos. ¿En qué se basan? ¿En la dignidad de la persona?, ¿en el derecho positivo?, ¿en el factor religioso o metafísico?, ¿en el sociológico? El profesor Andrés Ollero manifestó que «el fundamento de los derechos es la justicia objetiva, que durante siglos se ha llamado derecho natural». Consiste en el ajustamiento entre libertad e igualdad, y parte de una concepción antropológica, que excluye «planteamientos individualistas radicales que ignoran la igualdad y planteamientos colectivistas que ignoran la libertad». El artículo 9.2 de la Constitución hace una buena definición de los derechos, al señalar: «Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas…».

El profesor Sánchez Cámara expuso que «el fundamento es la razón de ser de algo»; y que «tener un derecho es tener la capacidad de obligar a todos los demás». Hay derechos clásicos (a la vida, a la libertad, y a la propiedad); otros problemáticos, como los económicos y sociales; y otros imposibles, algo que no puede ser derecho por más que lo diga un texto o un tribunal, como quitar la vida a un ser humano. En su opinión, «la Declaración Universal tiene una relevancia histórica muy alta, pero adolece de la referencia a la cuestión del fundamento», ya que los que la elaboraron «se pusieron de acuerdo gracias a que omitieron esa cuestión, con lo cual el contenido de la Declaración se convierte en algo relativo». Se ha invocado el fundamento positivista, el sociológico, el emotivista o el histórico, pero son «endebles». Queda el fundamento religioso o el metafísico —que apela a la razón y a la naturaleza—, y «sin estos fundamentos entramos en el ámbito de las ideologías políticas». La posibilidad de entenderse a través del concepto de razón y de una tradición común con los agnósticos y los ilustrados es muy alta. Andrés Ollero consideró que «no cabe pretender una universalidad partiendo de la religión, y habrá que buscar la vía del derecho natural, que significa que existe una realidad objetiva, y que somos capaces de conocerla mediante la razón». Pero actualmente tenemos un problema de «falta de racionalidad». 

El profesor Beneyto concluyó resaltando el efecto positivo de la Declaración de los Derechos Humanos al plasmarlos por escrito, y se remitió a Juan Pablo II y la relación con el movimiento en pro de los derechos humanos en Europa del Este, con personajes como Vaclav Havel.

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La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) ha supuesto un importante avance en la democracia y el Estado de Derecho a escala mundial, pero no ha resuelto muchos problemas jurídicos, debido en parte a que no se ha podido dar razón de los fundamentos de los derechos humanos: qué son en realidad y en qué se basan. Estas son las cuestiones principales que abordaron Andrés Ollero, catedrático de Filosofía el Derecho y magistrado emérito del Tribunal Constitucional, e Ignacio Sánchez Cámara, catedrático de Filosofía del Derecho, en el seminario sobre Los fundamentos de los derechos humanos, celebrado en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

José María Beneyto.

Se trata de la tercera sesión del ciclo Derechos Humanos y convivencia cívica, que dirige y modera José María Beneyto, catedrático de Derecho Internacional Público, Derecho Comunitario Europeo y Relaciones Internacionales de la Universidad San Pablo CEU, y profesor de UNIR. Este introdujo el debate planteando justamente las cuestiones de por qué los derechos humanos, cuáles son sus fundamentos, cuál es la relación entre libertad, igualdad y justicia.

Andrés Ollero manifestó que «el fundamento de los derechos es la justicia objetiva, que durante siglos se ha llamado derecho natural». La justicia «no es un valor ajeno a la libertad y la igualdad, sino que consiste en el ajustamiento entre libertad e igualdad», de forma que «una libertad que no tiene en cuenta la igualdad es antijurídica por definición, sería un antojo abusivo; y una igualdad que atropelle la libertad sería un ajuste de cuentas». 

El ajustamiento entre libertad e igualdad partía —señaló el catedrático— de «una concepción antropológica, de lo que el hombre es y de lo que debe ser, que invita a excluir planteamientos individualistas radicales que ignoran la igualdad y de planteamientos colectivistas que ignoran la libertad».

Andrés Ollero.

«El actual desconcierto en el mundo jurídico —añadió— es la incapacidad para distinguir entre derechos y antojos»; para el individualismo radical, «todo antojo es derecho». Esa crisis antropológica «legitima que se mate a seres humanos porque son demasiado jóvenes o porque son demasiado viejos y ahí tenemos los casos del aborto y la eutanasia».

Explicó que «las normas jurídicas normalizan las conductas, y no es irrelevante que una ley establezca un modo de comportarse, lo que se convierte en un modelo social».

Indicó Ollero que el artículo 9.2 de la Constitución hace una buena definición de los derechos, al señalar: «Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas…».

Recordó que Kant fundamentó la Ilustración en un doble imperativo: «Uno es el sapere aude (atrévete a saber), y otro —el imperativo categórico por antonomasia— es que la persona nunca debe ser instrumentalizada como medio, sino que debe ser respetada como fin; pero ignoramos esto último»; de suerte que vivimos en «una época de progreso tecnológico sin ningún límite ético». 

Señaló que «el derecho es un mínimo ético», con dos consecuencias: «Que no tiene como objetivo hacernos ricos, sabios y santos, sino convivir pacíficamente en sociedad»; y que «ese mínimo es indispensable, y por lo tanto hay que respetarlo, sin proyectar maximalismos morales que lo ignoren». 

Sánchez Cámara destacó que «el fundamento es la razón de ser de algo»; y que «tener un derecho es tener la capacidad de obligar a todos los demás; comprometer a toda sociedad con la exigencia que yo tengo”. Afirmó que «la actual apoteosis de los derechos va unida a un crepúsculo de los deberes», sin embargo «todo derecho lleva incluido un deber».

Ignacio Sánchez Cámara.

Los derechos clásicos —recordó— «son a la vida, a la libertad, y a la propiedad»; otros derechos son, a su juicio, «problemáticos», como los económicos y sociales («que ni siquiera la Constitución los plantea así)»; y finalmente, consideró, hay «derechos imposibles, algo que no puede ser derecho por más que lo diga un texto o un tribunal, como quitar la vida a ser humano; el aborto podrá ser despenalizado pero jamás podrá convertirse en un derecho». 

Para Sánchez Cámara, «la Declaración Universal de los Derechos Humanos tiene una relevancia histórica muy alta, pero adolece de la referencia a la cuestión del fundamento», ya que los que la elaboraron «se pusieron de acuerdo gracias a que omitieron esa cuestión, con lo cual el contenido de la Declaración se convierte en algo relativo». Lo que parecía ser un consenso universal se acabó convirtiendo en «una especie de retórica que se utiliza contra algunos países». 

¿Cuál puede ser, entonces, el fundamento de los derechos humanos? Uno de los que se invocan es «el fundamento positivista, una vez que los derechos humanos se han consagrado en un texto legal; pero no hablamos de eso, sino de los derechos como exigencia, límites y frenos al poder. No son los parlamentos los que deciden lo que es un derecho humano».

También se han invocado «el fundamento sociológico, el emotivista o el histórico, pero resultan endebles», afirmó Sánchez Cámara. Quedaría «el fundamento religioso» —defendido entre otros por el catedrático Rodríguez Paniagua—, y «de forma derivada, el fundamento metafísico», apelando «a la razón o a la naturaleza». También derivado de la concepción religiosa, «tenemos el fundamento personalista». Y advirtió que «sin esos fundamentos —religioso, metafísico— entramos en el ámbito de las ideologías políticas», lo que da lugar «a extravagancias jurídicas como la sentencia del Tribunal Constitucional con el derecho a matar un embrión». 

José María Beneyto manifestó que «en el fundamento religioso podrían estar de acuerdo pensadores tan distintos como Rémy Brague o Jürgen Habermas, cuando dice que hay unos fundamentos previos al orden constitucional», pero hay religiones muy distintas, por lo que cabe preguntarse «si tendría que haber un diálogo interreligioso para buscar un fundamento de los derechos humanos».

La refundamentación sobre lo religioso —indicó— «me lleva a plantearme el diálogo interreligioso y la refundamentación metafísica y jurídico-constitucional me lleva al tema de la dignidad humana y la racionalidad».

Para Sánchez Cámara, «la posibilidad de entenderse los cristianos a través del concepto de razón y de una tradición común con los agnósticos y los ilustrados es muy alta, como se ha visto en el caso de Habermas». El problema del concepto de naturaleza es que «puede que ya no nos sirva, porque con la física moderna perdió el sentido que tenía en la tradición clásica que se remitía a una finalidad». 

Andrés Ollero señaló que «no cabe pretender una universalidad partiendo de la religión, habrá que buscar la vía del derecho natural, que significa que existe una realidad objetiva, y que somos capaces de conocerla mediante la razón». Pero actualmente tenemos un problema de «falta de racionalidad». 

José María Beneyto concluyó la sesión resaltando «el efecto positivo que ha tenido la Declaración de los Derechos Humanos, al poner en textos una serie de derechos, lo cual ha supuesto un cierto avance desde la Segunda Guerra Mundial y ha contribuido a la humanización». Se remitió a «Juan Pablo II y la relación con el movimiento en pro de los derechos humanos en Europa del Este. Mencionó en concreto a Vaclav Havel y su libro El poder de los sinpoder y valoró «el papel de los derechos humanos para remediar situaciones de desigualdad o de falta de libertad; otra cosa es si podemos refundar la universalidad de los derechos humanos sobre la base del logos». 

¿El fin de las humanidades o el comienzo de una nueva etapa?

AVANCE

¿Un hobby, un complemento, mera decoración…? Los estudios de humanidades quedan bien en cualquier currículo, pero no parecen ser sustancia, algo que el alumnado elija porque sí: por sus bondades, porque es su vocación y porque esperan a partir de su conocimiento en profundidad poder armar una carrera profesional. Tampoco les va bien a las humanidades estadísticamente hablando: parece ser un fenómeno mundial el descenso en las matriculaciones durante la última década. Es uno de los datos —y aporta muchos— que ofrece un largo artículo en The New Yorker firmado por Nathan Heller. Los subraya o matiza a base de testimonios de alumnos y profesores que ofrecen diversas perspectivas sobre el (mal, en general) estado de la cuestión y algunas pistas sobre las causas. También hay algunos ejemplos que, partiendo del contexto de crisis generalizada, resultan esperanzadores: universidades en las que las matriculaciones en humanidades suben y es, en buena parte, gracias al tirón de la formación online, a la educación a distancia.

El completo panorama que dibuja el artículo principal que aquí se presenta se complementa con más fuentes. Por un lado, el análisis encendido del obispo Barron con su expresivo grito en favor de las artes liberales y el último estudio de CRUE, cuyas cifras anclan la cuestión a la realidad de la Universidad española. Espóiler: Spain sigue siendo different.


ARTÍCULO

Las matriculaciones en humanidades están en caída libre en las universidades de Estados Unidos ¿Qué ha ocurrido? Con ese subtítulo se presentaba un completo artículo en The New Yorker firmado por Nathan Heller lleno de cifras y testimonios de alumnos y profesores para ofrecer un completo panorama de causas y consecuencias. Lo primero, algunos datos significativos.

En términos generales, desde 2013, el estudio de filología inglesa e historia ha caído un tercio; mientras, se ha disparado el de titulaciones STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). Para ese periodo de tiempo en la Arizona State University, por ejemplo, se pasó de 953 a 578 de matrículas en filología inglesa. Los registros indican que el número de licenciados en Lengua y Literatura se redujo aproximadamente a la mitad, al igual que el número de licenciados en Historia. No es un caso único, según Robert Townsend, codirector del Barómetro de Humanidades de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, según indica el artículo, «de 2012 a 2020 el número de licenciados en humanidades en el campus principal de Ohio State cayó un 46%. Tufts perdió casi el 50% de sus carreras de humanidades, y la Universidad de Boston, el 42. Notre Dame acabó con la mitad de las que tenía al principio y Suny Albany perdió casi tres cuartas partes. Vassar y Bates ‒universidades de artes liberales‒ vieron reducirse las carreras de humanidades a la mitad. En 2018, la Universidad de Wisconsin en Stevens Point consideró brevemente eliminar trece carreras, entre ellas inglés, historia y filosofía, por falta de alumnado. Durante la última década, el estudio del inglés y la historia en la educación superior se ha reducido en un tercio […]».

La tendencia refleja la tónica mundial; «cuatro quintas partes de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) informaron de un descenso de las matriculaciones en humanidades en la última década».

Algunas posibles razones se esbozan en los testimonios y casos recogidos por Heller. Justin Kovach, por ejemplo, amante de la literatura, de los clásicos «gordos, duros y de lenguaje rebuscado» optó por la ciencia de datos. Se graduará con una deuda de unos 30.000 dólares. ¿Por qué aparece aquí la cifra? Esa carga ‒y sobre todo las posibilidades saldarla‒ pesa también a la hora de decidir. En el artículo se lee: «Desde hace décadas, el coste de la educación ha aumentado por encima de la inflación. Una de las teorías es que esta presión, unida a la creciente precariedad de la clase media, ha contribuido a que estudiantes como él se decanten por carreras más especializadas. (Los estudiantes de inglés, por término medio, tienen menos carga de deuda que los estudiantes de otras carreras, pero tardan más en pagarla)».

La economía también está presente ‒o directamente es la razón‒ por la que otra estudiante, graduada Harvard en 2021, prefirió la especialización en biología molecular y celular a la  lingüística, que también cursó como minor. Sus padres, inmigrantes, le inculcaron la importancia de estudiar una carrera que le posibilitara trabajar ante todo. Y recuerda sus palabras:

«No se va a Harvard a hacer cestería». Son muy gráficas; describen el sentimiento de tomar a las humanidades como un hobby, una especie de pasatiempos cualificado, pero nada medular. Decoración, cestería, complementos.

Spain siempre is different

CRUE Universidades la asociación sin ánimo que forman 50 universidades públicas y 26 privadas acaba de presentar su informe más reciente: La situación de la Universidad en cifras 19-20. Y trae sorpresas. Por un lado, se constata la habitual mayor tasa de empleo de «campos de estudio como informática, ingeniería, industria y construcción y salud y servicios sociales, superando claramente el 90% para sus egresados y egresadas. La tasa de paro es aquí del 4,5% al 6%. Por el contrario, Artes y Humanidades y Educación y Ciencias presentan una tasa de empleo entre el 77%-83% y tasas de paro que superan con claridad el 10%».

Hasta ahí, todo previsible, pero en paralelo, se lee en el informe, «se ha producido un acusado cambio de las preferencias por ramas de enseñanzas,

con un desplome de las enseñanzas tecnológicas y de ciencias experimentales (STEM), ignorando la población universitaria las reiteradas señales de empleabilidad procedentes del mercado de trabajo,

y una fuerte preferencia por las enseñanzas de salud, potenciada por la masiva incorporación de los estudiantes de Bachillerato más brillantes: las mujeres. Por ramas de enseñanza, ha crecido un 172% la matrícula de Ciencias de la Salud, que ha pasado de representar el 7% al 18% del SUE y se ha incrementado también un 9% la matrícula de Artes y Humanidades, a pesar de las dificultades de empleabilidad que presentan los egresados de esta última rama. En sentido contrario, las matrículas de la rama de Ingeniería y Arquitectura se han contraído un 21% y las de Ciencias un 19%, provocando que las enseñanzas STEM hayan pasado de representar el 33% al 24% del total de la matrícula de los cursos 1998 y 2020, respectivamente. Como sabemos, esta es la especialidad de estudios que ofrece más posibilidades de empleabilidad y que mejor retribuye a los egresados, al tiempo que el mercado laboral presenta una elevada demanda insatisfecha».

En relación con esto, un párrafo significativo. El adjetivo figura en el mismo documento cuando da cuenta de que

«campos con una elevada tasa de paro, como Educación, Artes y Humanidades y Ciencias, presentan crecimientos de demanda. Es todavía más significativo, si cabe, que el crecimiento de la demanda en estos campos se concentre en las universidades privadas,

instituciones en las que los estudiantes (sus familias) deben atender pagos de precios de matrícula más elevados. Este comportamiento revela que las instituciones universitarias privadas se guían por las preferencias de sus clientes (los estudiantes) y dirigen su oferta hacia ellos e independientemente de las señales de empleabilidad que emite el mercado laboral. Este comportamiento cuestiona, al menos en estos ámbitos, la mejor adaptación de la oferta de las universidades privadas a las necesidades del mercado laboral».

La eterna pregunta del para qué

Volviendo a la realidad estadounidense y al reportaje de The New Yorker, más allá de la empleabilidad y la necesidad de ganarse la vida, otro problema sustancial con el que se topan los estudios de humanidades es que estas no se entienden bien. Ni se sabe qué son ni para qué sirven, lo que echa para atrás a buena parte del alumnado que podría inclinarse por dicha especialidad. Lo ejemplifica bien el testimonio de Henry Heimo: «Creo que el problema de las humanidades es que puedes sentir que no vas a ninguna parte, y eso da mucho miedo», dijo. Vale, concede, «escribes un ensayo mejor de un semestre para otro, pero no es lo mismo que ser capaz de resolver un problema económico o hacer análisis políticos». No, no es lo mismo. No juegan en la misma liga, pero en la actualidad hay una herramienta universal que ha de medir todo con la misma herramienta… o con varias, pero medir, medir, medir. Cuantificar es la obsesión y las posibilidades que ofrecen las humanidades siempre son «difíciles de demostrar, y francamente ‒admite Haimo‒ no es lo que el mundo en general parece demandar».

En este punto el artículo repara en un dato significativo: esa necesidad de cuantificar ha erigido a la estadística como nuevo lenguaje del conocimiento.

Los datos lo corroboran: en  Harvard, en Introducción a la estadística, se matriculan 700 alumnos por semestre, frente a los 90 de 2005. Hay una especie de temor a no poder responder, argumentar, si no hay datos: «[…] alguien podría señalarme ‒dice Haimo‒: ¿Quién compone tu muestra? ¿Cómo recoges los datos?». Para concluir: «La estadística está en todas partes. Forma parte del buen análisis crítico de las cosas». El periodista Nathan Heller también saca las suyas: «Me di cuenta de lo que quería decir Haimo. En las redes sociales, en la prensa… La estadística está ahora en todas partes, es nuestro lenguaje del conocimiento. Hoy en día, una idea cuantitativa del rigor subyace en muchos argumentos sobre el valor de las humanidades». Y trae a colación la frase que le dijo Spencer Glassman, estudiante de historia:

«Todos los que se dedican a STEM tienen la impresión de que las humanidades son una broma».

En el mejor de los casos, el alumnado parece cuestionarse el fin o el objetivo de las humanidades, en el peor no sabe de qué habla. Cuando llegó a su cargo en 2018 Jeffrey Cohen, decano de Humanidades en el College of Liberal Arts and Sciences de la Arizona State University (ASU), contrató a una empresa de marketing y realizó un estudio de mercado entre 826 estudiantes: 222 incluyeron biología entre las humanidades. «Fue revelador», dijo Cohen, porque, «en general, les gustaban las Humanidades y las valoraban más que otras disciplinas. Sin embargo, no tenían una idea clara de qué eran». Ni qué eran ni adónde conducían. Para centrar la cuestión, objetivarla de alguna manera, decidió impartir un curso llamado Making a Career with Humanities Major porque si visualizaban a alguien, una persona de cierta relevancia pública y notoriedad, y resultaba que había hecho una carrera de humanidades, lo comprendían: «Si saben que alguien como John Legend estudió literatura dicen “¡ah, entonces, sí!”».

Humanidades ¿en crisis de identidad?

Se podría decir entonces que las humanidades atraviesan un momento de crisis existencial. El departamento de filosofía inglesa de la (ASU) se ha planteado incluso cambiarse de nombre. Como recuerda uno de sus profesores: «Los estudiantes no se acercan atraídos por la literatura sino por el lenguaje de los medios, la escritura creativa y otros estímulos». El autor del reportaje cree que más que un problema de denominación o de verdadera falta de interés se trata de un problema de recuento: «Los estudiantes no han abandonado el edificio, sino que entran por otra puerta». Y ofrece datos de disciplinas en auge: el departamento de Historia de la Ciencia, en Harvard, ha experimentado un aumento del 50% en los últimos cinco años. También, en plena explosión, la bioética que no en vano lleva, empezando por el mismo nombre, mucho de ética.

¿Por qué no vincular las viejas especializaciones a los nuevos asuntos que resuenan en la actualidad como el cambio climático o la justicia racial?

Algunos de ellos han llegado para quedarse y en ellos las humanidades tienen mucho que decir. «Me gustaría que contáramos con mejores plataformas para el estudio de las humanidades medioambientales, médicas, la migración y los estudios étnicos», sostiene Robin Kelsey, decano de Arte y Humanidades en Harvard. En esa misma universidad el catedrático de Literatura comparada, Jeffrey Schnapp, gurú de las humanidades digitales con proyectos como MetaLAB, insiste en la apertura y expansión del modelo tradicional. Es justo lo que ha hecho con iniciativas como el mencionado laboratorio que experimenta con las artes y las humanidades en red y que abrió el año pasado una segunda sede en Berlín asociada a la Freie Universität, aunque para ello, como explica, haya tenido que adaptar estratégicamente los proyectos a lo que llama «incentivos de investigación».

Plegar velas o surfear las olas del mercado

Se llega en este punto a uno de los temas peliagudos: la financiación. Al respecto, en el reportaje de The New Yorker se lee: «En 1980, la financiación estatal representaba de media el 79% de los ingresos de las universidades públicas. En 2019, esa cifra era del 55% […]. Ante estos déficits, las universidades públicas tienen dos opciones: pueden reducir el aparato académico y enfrentarse a lo que esa disminución conlleva o correr hacia el mercado y surfear sus olas».

Entre las últimas, la ASU: «Invirtió en su educación en línea, que ganó prestigio […]. Los diplomas son los mismos tanto si se obtienen online como in situ, y la matriculación extra, más los fondos de donantes, hacen que todo marche viento en popa.

En 2007, la universidad recibió del Estado el 28% de su presupuesto operativo; el año pasado, el 9%, para un presupuesto de 4.600 millones de dólares. “Estamos funcionando en plena modalidad empresarial”, anunció el presidente, Michael Crow. Dicho de otro modo: muchas de las mejores universidades públicas estadounidenses funcionan cada vez más como empresas privadas».

Entre las que han optado por los recortes académicos está el caso de la Universidad Marymount, una institución católica de Arlington, Virginia, y su anuncio de suprimir de su programa filosofía, estudios religiosos, teología, arte, historia y sociología… También un máster en literatura inglesa. Tras conocerlo, el obispo Robert Barron lanzó en el portal de cultura católica Word on fire una vehemente llamada de atención dirigida a los profesores y administradores de las instituciones católicas de enseñanza superior: «Por el bien de nuestros jóvenes y, de hecho, de toda la sociedad, ¡no renuncien a las artes liberales!» Las últimas palabras dan título al artículo y la exhortación al completo lo termina. En el texto, el prelado recoge las razones que aduce la responsable de la universidad en cuestión: «Los estudiantes tienen más opciones que nunca para elegir dónde obtener un título universitario y esta universidad debe responder sabiamente a la demanda». Barron argumenta: «Bueno, está bien, pero uno se pregunta por qué le importa seguir siendo competitiva, ya que ha socavado de hecho el propósito de su universidad […]: la pérdida de las artes liberales equivale a una pérdida del alma».

Para Barron las artes liberales suponen un campo acotado ante el utilitarismo omnipresente: no buscan un objetivo, «son libres (liber en latín) precisamente de utilidad.

Y esto equivale a decir que son el tipo más elevado de disciplinas, porque no están subordinadas a nada fuera de sí mismas. Existen por sí mismas, dotadas de valor intrínseco. En esto se diferencian de las artes y ciencias prácticas, que existen para algo más». No se trata de una lucha entre unas y otras, porque ambas son necesarias, pero sí de establecer jerarquías: «Aunque las instituciones católicas de enseñanza superior siempre han estado dispuestas a ofrecer las materias prácticas, hicieron hincapié en las artes liberales precisamente porque sus fundadores estaban en el negocio de los significados. Las artes liberales se sitúan por encima de las ciencias prácticas, pero entre las propias artes liberales existe una especie de jerarquía, ya que todas ellas son reflejo y sirven finalmente al bien supremo, que es Dios. ¿Veis por qué es tan lamentable, por tanto, que las instituciones católicas se estén convirtiendo voluntariamente en academias STEM y marginando las mismas materias que tocan la finalidad y el sentido?» Acto seguido, para finalizar, lanza el SOS que da título al artículo.

Educación online, la baza de las humanidades

Para las universidades que, en vez de recortar, se lanzaron a capear el temporal, la situación no es tan dramática. Retomando el ejemplo de la ASU ‒en el reportaje de The New Yorker‒ incluso hay razones para el optimismo. Los cambios que acometieron trajeron gratas sorpresas especialmente en lo que respecta a las humanidades: mejores cifras. Afinando más aún, mejores cifras en la formación a distancia con un alumnado mayor «de entre 30 y 40 años que han sido padres y están comprometidos con la idea del valor de la educación en artes liberales», según el testimonio de Ayanna Thompson, profesora de inglés de la ASU. Aparte de la edad, el artículo también hace referencia a cierta actitud vital y relata la experiencia del acuerdo que esta universidad ha suscrito con Starbucks: la empresa paga a sus camareros matriculaciones a distancia, lo que supone para los trabajadores un incentivo y para la universidad una fuente de ingresos. Las humanidades también salen bien paradas.

Un apunte final sobre la irrupción de IA con modelos de lenguaje avanzados —el famoso Chat GPT— ha venido a ocasionar más turbulencias en el siempre agitado vuelo de las humanidades, pero también parece posible capear ese temporal. «Los estudios profesionales han demostrado que las carreras de humanidades, con su capacidad de comunicación y análisis, suelen acabar en puestos directivos. En este sentido, el valor del toque humanista funciona como el asidero en medio de una tormenta de cambios tecnológicos y culturales», se lee en el reportaje. «Creo que el futuro pertenece a las humanidades», afirma Sanjay Sarma, catedrático de Ingeniería Mecánica del MIT. 

Diez razones contra la «ley trans»

Ignacio Álvarez Rodríguez es profesor de Derecho Constitucional en la UCM.
En este artículo se centra en refutar la llamada «ley trans» (Ley para la Igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI) que entró en vigor a primeros de marzo de 2023. Este es el texto de la ley en el Boletín Oficial del Estado. A continuación, las razones de Álvarez Rodríguez para estar en contra.


Primera razón: la «ley trans» es trasunto de la ideología trans, basada en la idea de que se puede cambiar de género a voluntad. No protege a las personas transexuales sino las ideas de quienes la auspiciaron.

Segunda razón: la norma habla sin cesar de perseguir la igualdad y la justicia social. Allá donde se ha procedido así se han sucedido los despidos, linchamientos, persecuciones y cancelaciones, como demuestra el ejemplo de los campus anglosajones.

Tercera razón: la ley pretende legislar sobre sentimientos, lo cual abona el terreno para la imposibilidad de entenderse. Si la regla es sentirse discriminado, no habría Parlamentos en el mundo suficientes para legislar. Pretender hacer Derecho con los sentimientos es potencialmente explosivo y probablemente ignorante. Optar por hacer pedagogía e ideología desde las leyes las convierte en panfletos políticos de unos pocos contra el resto.

Cuarta razón: la ley adolece de frenesí definitorio, hasta el punto de definir cosas inventadas hace veinticinco siglos (personas homosexuales) o conceptos creados por arte de magia y que no existen en el idioma español (LGTBIfobia). Parece que una nueva religión ha recibido marchamo oficial y el ciudadano de a pie se ve obligado a asumir el nuevo catecismo oficial. ¿Dónde queda la libertad? Insistimos: tenemos derecho a rechazar aquello que no nos guste y no lo tenemos si tratamos peor de forma injustificable a un persona por mor de su homosexualidad o transexualidad.

Quinta razón: impone a los poderes públicos que adopten medidas que pongan en valor la ideología de la que la ley participa, lo cual es harto discutible si se recuerda que su tarea debe cumplirse desde la neutralidad ideológica, gestionando los asuntos públicos de forma imparcial y objetiva, especialmente si afecta a nuestras creencias, convicciones, ideas u opiniones. Es una ley que se obsesiona con la diversidad (aparece cincuenta veces) mientras que elude la diversidad de opiniones que se han vertido en su contra. La norma impone una mentalidad muy concreta, cerrada y excluyente de la diversidad.

Sexta razón: ampara el fraude de ley, como ya ha sucedido en oposiciones policiales así como en algunas cárceles. El dislate no queda ahí. Si un hombre cambia a mujer, se beneficiará de las acciones positivas en favor de la mujer. Y si luego cambia de mujer a hombre, conserva los derechos adquiridos gracias a tales acciones positivas, sin deber de reintegrar nada. Es esta una forma una inmejorable manera de crear un clase privilegiada.

Séptima razón: la ley es un dechado de facilidades para cambiar de sexo por mera voluntad pero, a la vez, un niño de entre 12 y 16 años tendría edad y madurez suficientes para mutilar su cuerpo para siempre bajo la añagaza de atender «la salud integral de las personas intersexuales». Los padres —en la ley «personas progenitoras»— quedan excluidos de la decisión del hijo mayor de 16 años de cambiar de sexo. Los niños entre 12 y 14 años pueden pedir autorización judicial para proceder al cambio registral, lo cual es abracadabrante pues elimina de facto la patria potestad.

Octava razón: en el ámbito educativo se impone la inclusión de contenidos sobre diversidad sexual, bajo vigilancia de los servicios de inspección. El paroxismo llega cuando la norma obliga a que se introduzcan referentes positivos LGTBI «de manera natural». ¿Cómo hacerlo naturalmente si una ley es la que obliga a ello? ¿Cómo se puede desdeñar así la libertad de enseñanza y de cátedra? ¿Cómo es posible pretender como «natural» el hecho de adoctrinar a niños y adolescentes?

Novena razón: se invierte la carga de la prueba si la persona LGTBI alega haber sido discriminada, lo que ya sucedía en ámbitos como el laboral o el penal. Será en la parte demandada en quien recaiga justificar, de forma objetiva y razonable, que las medidas adoptadas no han sido discriminatorias. Esto raya con la probatio diabólica: por definición solo cabe probar lo que se hace, no lo que no se hace.

Décima razón: el régimen de infracciones y sanciones castiga hasta el «utilizar o emitir expresiones vejatorias». ¿Qué significa de veras vejatorio en ese contexto? ¿Apostar por la elemental biología y antropología ser humano? La ley sirve en bandeja un cajón de sastre. ¿Cabe realmente castigar el informar a una persona de las consecuencias de todo orden que se derivarán de su tratamiento hormonal? El dislate legal de censurar previamente las ideas y actitudes de quienes disentimos es mayúsculo, reforzado con la negativa de ayudas públicas a quienes cometan, inciten o promocionen la LGTBIfobia (por ejemplo, asociaciones como Hazte Oír quedarían preteridas).


NOTA EDITORIAL:

Nueva Revista no se identifica necesariamente con las opiniones de sus colaboradores.

 

Cooperación para reducir la inestabilidad, receta para las relaciones España-Magreb

Gabriel Busquets es diplomático. Licenciado en Derecho, ingresó en la carrera diplomática en 1977.Ha sido embajador de España en Argelia, Alemania, Irán y Suecia. Además, ha sido embajador en Misión Especial para Asuntos del Mediterráneo; director general de Política Exterior para el Mediterráneo, Oriente Medio y África; y subdirector general de Acción y Cooperación Cultural del Ministerio de Asuntos Exteriores. Ha estado destinado en las representaciones diplomáticas en Etiopía, República Federal de Alemania, Bélgica y Marruecos. 

Jesús Núñez Villaverde es codirector de IECAH (Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria).  Es economista por la Universidad Autónoma de Madrid y militar retirado. Experto en relaciones internacionales, seguridad internacional, construcción de la paz y prevención de conflictos violentos y mundo árabe-musulmán. Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Pontificia de Comillas, así como miembro del International Institute for Strategic Studies y vocal del Comité español de la UNRWA.

Emilio Lamo de Espinosa es catedrático emérito de Sociología. Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Vicepresidente de UNIR. Fue presidente del Instituto Elcano. Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política.

Avance

La vecindad con el Magreb -y singularmente con Marruecos y Argelia- entraña riesgos y oportunidades, que analizaron Gabriel Busquets y Jesús Núñez Villaverde. Entre los primeros, el terrorismo, los flujos migratorios descontrolados y, en el caso de Marruecos, la reivindicación de Ceuta y Melilla. El hecho de que España sea el primer socio comercial de Marruecos, y que lo haya sido de Argelia, abre, por otro lado, un amplio abanico de oportunidades, que España debe aprovechar, porque «la inacción no es una alternitiva». Hablamos de agricultura, pesca, energía solar o agua. Es importante apostar por la cooperación y una interdependencia cada vez más densa para reducir las desigualdades en esos países y, por ende, la inestabilidad. Máxime en un contexto de carrera armamentística de Marruecos y Argelia, apoyados por EE.UU. y Rusia, respectivamente.

Los dos expertos analizaron también el cambio de postura de EE.UU. respecto al Sahara Occidental, al reconocer la soberanía marroquí, que quizá pueda obedecer a un giro estratégico, y destacaron los errores formales y de fondo del Gobierno español al aceptar ese cambio y no dar explicaciones a la opinión pública. Respecto al futuro de Ceuta y Melilla, descartaron que Marruecos vaya a materializar su vieja reivindicación, más allá del peso que pueda tener el factor demográfico de los musulmanes de las dos ciudades autónomas.

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La cooperación, singularmente con Marruecos y Argelia, es la gran alternativa de la polìtica exterior con el Magreb, coincidieron en señalar el diplomático
Gabriel Busquets y Jesús Núñez Villaverde, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria en la sesión titulada El Magreb ¿riesgo u oportunidad? Añadieron que lograr una interdependencia más densa y un colchón de intereses, sirve para atenuar los riesgos y las amenazas de los vecinos del Sur. 

Se trata de un nuevo debate del ciclo Pensar el siglo XXI, celebrado en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), que dirige y modera el catedrático Emilio Lamo de Espinosa, vicepresidente de UNIR. 

Emilio Lamo de Espinosa.

Este introdujo la sesión recordando que al Sur, España tiene “una gran frontera cultural, política, demográfica y socio-económica” con el Magreb (Marruecos, Argelia, Mauritania, Libia y Túnez); y que “la relación con nuestros vecinos ofrece oportunidades en comercio, inversiones, deslocalización near-shoring etc.. Ante los riesgos, “la mejor forma de estabilizar el Magreb es modernizarlo, mediante el crecimiento económico y buena gobernanza” apostilló. 

Gabriel Busquets manifestó que, “dada su vecindad, el Magreb constituye una prioridad de la política exterior española”, aunque advirtió que la región importa también a la Unión Europea. Esa vecindad “comporta oportunidades, riesgos y también desacuerdos que hay que gestionar”. 

Gabriel Busquets: “Hay que aprovechar las oportunidades… la inacción no es una alternativa”

Entre las oportunidades, hay que recordar que “España es el primer socio comercial de Marruecos, pasando por delante de Francia”; y respecto a Argelia, “España llegó a ser su primer socio comercial, hace diez años”, lo cual abre oportunidades no sólo en ámbitos tradicionales como la agricultura o la pesca, “sino también en otros nuevos como la energía o el agua”. 

Los riesgos siempre están ahí -agregó-, pero “hay que aprovechar las oportunidades que nos da la relación de vecindad e interdependencia, porque la inacción no es una alternativa”.  

Gabriel Busquets.

No prosperó, debido entre otros factores a las primaveras árabes, una iniciativa de cooperación regional, impulsada por el  Proceso de Barcelona y la Unión por el Mediterráneo, en los años 90, que hubiera supuesto la creación de zona de libre cambio. Ahora “sería necesaria una cooperación más estrecha desde la UE para obligar a esos países a lograr una mayor integración entre ellos”. Para ello, se impone redefinir estrategias para los países del  Magreb.

Por su parte, Jesús Núñez Villaverde, sostuvo que nuestra prioridad debería ser “reducir las desigualdades en los vecinos del Magreb, porque reducción de desigualdades se traduce en mayor nivel de seguridad, y en estabilidad, algo esencial en un espacio en el que tenemos tantos intereses en juego”.

Núñez Villaverde: “la estabilidad del Estrecho no solo le interesa a España y al Magreb sino también a las grandes potencias, con EE.UU. a la cabeza”.

Es clave “hacer más densa la interdependencia con esos países en los ámbitos global, social, político, diplomático…” No siempre se ha logrado, por lo que “la visión dominante es el Sur como amenaza”, ligada a “terrorismo, flujos migratorios descontrolados y, en el caso de Marruecos, cuestiones territoriales” añadió.

Jesús Núñez Villaverde.

En cuanto a oportunidades, hay “un potencial de cooperación en energía, pensando no tanto en el gas argelino o en el petróleo libio, como en energía solar”. Afirmó que “su desarrollo es nuestro desarrollo, su seguridad es nuestra seguridad”; y recordó que “la estabilidad del Estrecho no solo le interesa a España y al Magreb sino también a las grandes potencias, con EE.UU. a la cabeza”.

Preocupante carrera de armamentos de Marruecos y Argelia

Uno de los puntos más preocupantes -indicó Núñez- es “la carrera armamentística de Marruecos y Argelia luchando por el liderazgo del Magreb, lo que va a repercutir en la estabilidad del Mediterráneo occidental; de forma que nuestro principal esfuerzo debería ser aliviar la tensión que se está generando entre ellos”. Eso hay que añadir “el apoyo armamentístico de EE.UU. e Israel a Marruecos”, y que Rusia sigue el esquema de la Guerra Fría, “potenciando a Argelia como su principal actor en la zona”.

Sahara Occidental: Cambio de postura de EE.UU.

Ambos expertos abordaron la cuestión del Sahara Occidental, de actualidad tras el cambio de posición de EE.UU., al reconocer la soberanía marroquí de ese territorio. Jesús Núñez considera que “Marruecos cobra peso en la agenda estadounidense” y se pregunta si el cambio obedeció a “un capricho de Trump o si hay un giro estratégico de EE.UU”; si bien con “Biden no ha habido un paso atrás”. Todo ello “deja a los saharauis solos, ya que nadie les apoya, y Argelia no va a hacer de ello un casus belli”.

Coincidió con Lamo de Espinosa en indicar que, descartada la posibilidad de un Sahara independiente, “se ha perdido la oportunidad de un proceso que podría dar lugar a un protectorado, bajo control internacional”. 

Busquets señaló que “toda la política exterior de Rabat ha estado y está centrada en el Sahara Occidental”, que “Argelia dijo que nunca haría una guerra por el Sahara”, en tanto que Rusia, en esta cuestión “ha navegado entre dos aguas y lo que más le interesa son los recursos naturales de Mali y Níger, donde ahora está más presente”. Está claro que Marruecos quiere imponer su soberanía sobre el Sahara y habrá que ver con qué fórmula (incluido un referéndum, a través de una autonomía etc.) lo consigue. Pero “la solución definitiva pasa porque haya un reconocimiento internacional”. 

Tanto Busquets como Núñez destacaron los errores en las formas y en el fondo del cambio de postura del Gobierno español respecto al Sáhara, y singularmente “la falta de explicaciones”, comenzando por el hecho de que la opinión pública española se entera de ese cambio porque Rabat dió a conocer una carta del presidente español al rey de Marruecos; y siguiendo porque el Gobierno niega que se haya producido un giro. 

El futuro de Ceuta y Melilla

Respecto a la posibilidad de que se materialice, en un futuro, la reivindicación de Marruecos sobre Ceuta y Melilla, Jesús Núñez afirmó que “está fuera de la agenda pensar que eso va a ocurrir en términos militares”. Otra cosa es el factor demográfico, y que si más de la mitad de la población de Ceuta y Melilla tiene identidad musulmana se acabe traduciendo en que prefieran formar parte de Marruecos, si bien puede disuadirles la mayor renta per cápita que disfrutan siendo españoles. Busquets señaló, además, que “el de Ceuta y Melilla no solo es un tema de política exterior, sino también de política interior”.

Respecto al hecho de que las dos ciudades autónomas no estén bajo el paraguas de la OTAN, ambos expertos señalaron que este es “un debate formalista”, en la medida en que si se produjera una acción militar “la OTAN mostraría solidaridad con un aliado que se siente atacado”. Por otro lado y desde 1999, “la Alianza es una organización de seguridad global, que ya no se circunscribe solo al Atlántico Norte, como lo prueba que la mayor operación militar de toda su historia fuera la de Afganistán”. 

El largo y complejo derrotero de Jon Juaristi

Jon Juaristi (Bilbao, 1951) ha sido catedrático de Filología Española y Literatura Española en las universidades del País Vasco y de Alcalá de Henares. Ha sido director de la Biblioteca Nacional, del Instituto Cervantes y de Universidades e Investigación de la Comunidad de Madrid. Autor en varios géneros, ha publicado, entre otros, los ensayos El linaje de Aitor, El chimbo expiatorio, El bucle melancólico, o El bosque originario, así como el libro de memorias Cambio de destino.

AVANCE

Con el pretexto de la publicación de su poesía completa, rica en claves autobiográficas, hablamos con Jon Juaristi, intelectual de múltiples intereses, de literatura, política, identidad, nacionalismo, ética… Un impulso ético le llevó a afiliarse al PSOE cuando este partido (con el que hoy es muy crítico) sufrió un atentado terrorista. Descree de los nacionalismos, que le parecen –como el socialismo– religiones de recambio, pero reivindica con moderación un nacionalismo español y, más aun, el liberalismo español. Su propia familia, de la que se ha ocupado en algunos libros, es un buen ejemplo de lo complejas y fluctuantes que son las identidades. Crítico con las que considera mentiras de su generación, defiende firmemente la libertad de conciencia, sobre todo la negativa, la capacidad de decir no a lo éticamente inaceptable, así como la libertad de expresión, hoy amenazada por el movimiento woke (que él conoció en sus orígenes en Estados Unidos). La mentira, y su derivado, la calumnia, le parecen un grave peligro en esta época de posverdad, con la posibilidad de manipular situaciones. Sostiene que la enseñanza es más importante que la educación dentro de la labor de la escuela, y considera que el capitalismo se ha mostrado históricamente compatible con cualquier forma política.


ARTÍCULO

Jon Juaristi: Derrotero. Poesía, 1969-2022. Renacimiento editorial

Jon Juaristi perteneció temprana y fugazmente a ETA en los últimos sesenta y, ya en este siglo, ha sido patrono de DENAES, la Fundación para la Defensa de la Nación Española vinculada a Vox. Entre medias, ha pasado por varios partidos políticos, de izquierda a derecha (en ese orden), y ha sido miembro de plataformas cívicas de resistencia frente al terrorismo como el Foro de Ermua o Basta ya. Profesor y escritor todo terreno, su estilo ha sido definido como de «erudición desbordante, brillantez narrativa, finísima inteligencia en el análisis y dotes para el sarcasmo». (Juan Pablo Fusi). «Me consideraría un escritor y, como tal, he incurrido en distintos géneros –ha dicho él por su parte-; la categoría general de ensayista creo que es lo bastante amplia como para que me sienta cómodo dentro de ella». Acaba de reunir su poesía completa en el volumen Derrotero (Renacimiento). El título, marca de la casa, juega con los significados de camino, rumbo y derrota. Y por ahí empezamos hablando con este intelectual de múltiples intereses.

¿Tantas derrotas ha sufrido como para que se justifique el título en esa segunda acepción? «La idea –empieza diciendo Juaristi– salió de unos versos sobre Juan Sebastián Elcano que cita Baroja en Las inquietudes de Shanti Andía: Por tierra y por mar profundo,/ con imán y derrotero,/ un vascongado, el primero,/ dio la vuelta a todo el mundo. En cuanto a derrotas, unas cuantas. Pero, en el fondo, bienvenidas sean porque la consecuencia de cada derrota han sido cambios de lugares, de actitudes, que han resultado positivos. Pero, sobre todo, el título apunta a la idea de recorrido y tiene detrás un chiste vasco. Elcano le dice a su madre que va a dar la vuelta al mundo, y la madre le responde: pero déjalo como está».

Bien; el derrotero de Jon Juaristi ha sido largo y complejo. Un verso suyo, otro juego de palabras a los que es tan aficionado (puede aplicarse a su poesía lo que él dice de la de Gil de Biedma: «tanto verso vestido de paisano»), quizá contenga una clave acerca de su trayectoria. Elegías a ciegas, dice de sí mismo, usando el tú cernudiano, en un poema elegíaco dedicado a dos tías suyas invidentes. «Posiblemente haya sido así –admite–. Se elige a ciegas siempre porque no se tienen todos los datos que justificarían la elección».

«Hay un impulso ético en toda elección», añade un Juaristi que se afilió al PSOE a raíz de un atentado terrorista en el que murieron quemados dos afiliados socialistas en una Casa del Pueblo.

Liberal corregido por el nacionalismo

A ciegas o no, Juaristi ha transitado prácticamente por todo el espectro político. Desde una ETA más ligada a la extrema izquierda españolista que al terrorismo nacionalista, en la que él, todavía adolescente, desarrolló labores de escaso brillo (una vez acudió a una cita con el uniforme del colegio, lo que le hacía perfectamente identificable), hasta ocupar cargos, como director de la Biblioteca Nacional o el Instituto Cervantes, con el PP, o participar en la fundación –DENAES– que sirvió de embrión a Vox. Mario Onaindía, etarra con un papel más destacado (fue condenado a muerte en el famoso juicio de Burgos de 1970) decía en sus últimos años que se había convertido en hispanista británico. ¿Le gustaría a él, nacionalista español, ser algo parecido?

«Digo que soy nacionalista español para compensar el nacionalismo vasco, pero no me creo mucho lo del nacionalismo; aunque la identidad española me parece algo superior a los nacionalismos locales. Me siento un liberal corregido por el nacionalismo, como Menéndez Pidal. Creo que hay una tradición liberal española, que la tradición española no es solo la carlista. Hay un liberalismo español que no está mal, que arranca en el siglo XVIII con Jovellanos y otros ilustrados, y se desarrolla en el XIX y en el XX. Y acaba consiguiendo una cierta identidad: la democracia liberal y deliberativa, algo que ha costado entender a mi generación, metida en otros debates, como el del franquismo frente a la democracia. En la República, más que democracia, hubo revolución, sobre todo desde 1934. De modo que los que se levantaron contra la República lo hicieron contra la revolución, y eso tampoco es democracia, es contrarrevolución. En los países del Este de Europa se levantaron por la democracia contra la dictadura. Mi nacionalismo consiste en entender esas claves de la historia de España e intentar que no se repitan. He llegado a ser un hispanista español. Y lo que debería haber son hispanistas vascos, como decía Luis Michelena, que también pensaba que nuestra condición humana está más allá de los nacionalismos. En cuanto a lo de DENAES fue un poco como un pataleo, pero luego no he seguido con ellos».

A propósito de democracia deliberativa, en España deja que desear últimamente. Deliberar, no se delibera mucho. «Últimamente hay poca deliberación porque la izquierda ha vuelto a encauzarse en la democracia instrumentalizada. Por la mitificación de la Segunda República, la izquierda vuelve a asumir la idea de la democracia como camino a la revolución. Un libro reciente de Alejandro Nieto, Entre la Segunda y la tercera República, lo explica bien».

Otro verso suyo muy citado, de un libro ya antiguo, parece contener otra clave biográfica: Nuestros padres mintieron. «Ese verso –explica Juaristi- se inspira en Kipling y ha sido mal entendido porque se interpreta como una revuelta mía personal contra la generación de mis padres. Pero no hablo de la generación de mis padres; hablo de los que, en los años ochenta, seguían matando, y cuyos padres ideológicos éramos nosotros. Es un poema autocrítico. La mentira era nuestro discurso político del tardofranquismo. El poema lo escribo en el 86 y en unas circunstancias concretas. Recuerdo un mitin de Euskadiko Eskerra en las elecciones autonómicas de ese año, en el que estaban Bandrés, Onaindía y Kepa Aulestia, y Kepa dijo que habían tomado las armas en defensa de la democracia. Ese tipo de mentiras es al que me refiero. El poema va contra esas interpretaciones buenistas, de una ETA antifranquista, de una ETA que entonces era buena y que empieza a ser mala luego, con la generación siguiente».

Ya que hablamos de los padres, y por asociación, se dice que la educación debe ser tarea de toda la tribu, y Savater sostiene que la escuela debe dar precisamente algo distinto a lo que uno encuentra en casa. Extrapolando eso: la educación ¿debe ser solo cosa de los padres? ¿o debe aportar precisamente lo que no está en casa, como dice Savater?

«La escuela debe ayudar a que se produzca una emancipación intelectual, que no tiene que ser necesariamente una ruptura. La escuela tiene una responsabilidad a través de la instrucción, más que de la educación».

Y prosigue: «Tiene que dar las herramientas para la autoconstrucción del sujeto humano, y para eso el conocimiento es esencial. En el siglo XIX se hablaba de Instrucción Pública, ese era el nombre del ministerio correspondiente. El Estado asumía el deber de proporcionar los conocimientos necesarios a cualquier ciudadano».

Religiones de recambio

Volviendo al nacionalismo, este le parece, igual que el socialismo, una religión de recambio, según sus propias palabras. «Sí, sin duda. Son religiones consoladoras que no ofrecen una salvación trascendente, pero sí una idea de felicidad terrena, si no para uno mismo, para sus descendientes. Es la idea de que se sobrevivirá en un colectivo, sea este la clase obrera o la nación. Jean-François Braunstein, el autor de La filosofía se ha vuelto loca, trata de esto en La religión woke, caracterizando al movimiento woke como una religión que escinde el cuerpo del espíritu, dando una visión negativa del cuerpo como algo secundario».

En algún lugar ha asegurado que no echa de menos su Bilbao natal; pero, además de su presencia recurrente en su poesía (con el nombre de Vinogrado), las raíces, los antepasados, de los que hace un rastreo minucioso, tienen mucho espacio en sus memorias. Las identidades, aunque no sean inamovibles, sino proteicas y fluctuantes, como también ha dicho, cuentan.

«Luego he escrito más cosas; como A cambio del olvido, con Marina Pino, que es una prima segunda mía, en torno a la figura de un tío abuelo que fue ministro –dice Juaristi–. Empecé a rescatar una parte de mi historia familiar que conocía poco, como las contradicciones en la rama nacionalista de la familia, dividida entre los que se incorporaron a la guerra y los que se abstuvieron, pensando que era una guerra entre españoles, que no les afectaba. Ahora estoy con la parte materna de la familia, los republicanos, con otro tío abuelo, Tiburcio Linacero, que firmaba Laureano Marcaida, muy crítico con el nacionalismo. Me ha interesado reconstruir ese mundo complejo en la Bilbao industrializada, con la bronca entre católicos y republicanos. Ese mundo en el que están mis raíces no lo he tocado bastante. Mis abuelos se pegaban entre ellos, los católicos nacionalistas con los republicanos. Pero todo era muy complejo; el republicano era el único euscaldún, pero no hablaba eusquera porque le parecía de carlistas. En fin, lo de las identidades es algo muy complejo; porque, además, puede haber identidades recurrentes, se puede ser madrileño y del Barça».

Ha escrito también que siente «cierto apego sentimental por una Vasconia improbable, el único lugar donde nos habría parecido digno echar raíces». «Posiblemente sí –corrobora–. Gabriel Aresti decía que nada le hubiera gustado más que escribir en eusquera con alfabeto ibérico. No sé qué es el País Vasco. Es algo que se inventan los empresarios vasco-franceses para atraer al turismo».

Y continúa Juaristi: «Lo de vascos es algo reciente; antes se hablaba de vascongados, y antes todavía, de vizcaínos, que es el término que usa Cervantes. Lo de vasco es una identidad nueva, arbitraria», sostiene.

«Ya Herodoto hablaba de estas cosas a propósito de los feacios. Si te engolfas en estas cuestiones, resulta muy aburrido».

En todo caso, basar la identidad en la lengua debe de ser problemático para un vasco, dada la fragmentación del eusquera. Y en su caso concreto, no ha sido su lengua literaria.

«Escribir en eusquera cuando tienes una tradición, incluso familiar, de escribir en castellano, no es lo más lógico. Además, para la poesía necesitas moverte como pez en el agua en el lenguaje. En la película Lauaxeta se ve a este poeta vasco escribiendo con un diccionario al lado. La poesía no se puede escribir con diccionario, la poesía es algo posnormativo».

Libertad de conciencia y libertad de expresión

Interesado siempre por la política, y muy crítico con el que un día, aunque por imperativo ético y de modo fugaz, fue su partido, Juaristi entra también a este trapo. «La Constitución sigue siendo de consenso, pero la izquierda quiere que deje de serlo. El PSOE defenderá la Constitución mientras tenga el gobierno. Si lo pierde, se le despertará la melancolía republicana». ¿Es la mentira un poder destructor en un gobierno y en la democracia? «Es total –sostiene Juaristi–. Y en estos momentos es más peligrosa que en otras épocas porque se difunde con más rapidez. La época de la posverdad nos lleva a un mundo terrible. Se da la posibilidad de manipular situaciones a través de la mentira. La calumnia es la forma más transitada actualmente de la mentira».

Para alguien con su trayectoria, su derrotero, la libertad de conciencia (y su correlato, la objeción de conciencia) se suponen imprescindibles.

«Sí. No se trata de oponerse por sistema a todo, pero sí de conservar la libertad negativa, la capacidad de decir no cuando algo es inaceptable éticamente. Eso es fundamental, es sagrado; la libertad en sentido negativo es la verdadera libertad».

Otra libertad básica es la de expresión. ¿Qué piensa él, que fue profesor en Estados Unidos, del movimiento woke, de la llamada cultura de la cancelación? ¿Está amenazada la libertad de expresión? «He escrito una Breve historia personal de la corrección política desde que yo estuve allí en los ochenta, que es cuando empezaba todo esto. Empezaban los primeros casos de calumnias e imputaciones en los campus. Eso ha ido a más y la libertad de expresión está muy limitada. Hay que ir con pies de plomo porque pueden no publicarte. Y en España nos estamos jugando esto también; hay que defender el máximo de expresión posible, defender todo lo que no sea incitación directa al asesinato».

¿Cuál considera que es el papel del capitalismo y el libre mercado en la estructuración de la libertad y de la sociedad libre? «El capitalismo ha sido históricamente compatible hasta con la esclavitud. La del capitalismo y la de la democracia son lógicas diferentes. A veces coinciden y se pueden favorecer más en un momento determinado. Pero el capitalismo es compatible hasta con el comunismo, como se ve en China. Agnes Heller, que pasó del marxismo al liberalismo, hablaba de la dependencia entre las lógicas; la lógica económica y la lógica política son distintas. Si coinciden, estupendo. La defensa esencial contra el totalitarismo se plantea en el plano político, no en el económico. ¿Sin capitalismo no hay libertad? No lo sé. En todo caso, no hay necesariamente libertad con el capitalismo. Hasta Adam Smith tenía dudas».

Chantal Delsol: «El fin de la cristiandad. La inversión normativa y la edad nueva»

Chantal Delsol (París, 1947), filósofa e historiadora de las ideas políticas, es miembro de la Academia de Ciencias Morales y Política y profesora en la Universidad de Marne-la-Vallée. Discípula de Julien Freund, es autora de importantes ensayos y también columnista en Le Figaro.


Chantal Delsol: La fin de la chrétienté. L’inversion normative et le nouvel âge. Les éditions du Cerf, 2021 [«El fin de la cristiandad. La inversión normativa y la edad nueva»: no está traducida aún al español].

Chantal Delsol: La fin de la Chrétienté. L’inversion normative et le nouvel âge. Les éditions du Cerf, 2021
Chantal Delsol: «La fin de la chrétienté. L’inversion normative et le nouvel âge». Les éditions du Cerf, 2021

Avance

El libro de Delsol parte de la distinción entre Iglesia y cristiandad. La primera es eterna para los católicos, porque habrá siempre un grupo de fieles, aunque sea pequeño, que la constituya. La cristiandad, tradicionalmente el conjunto de países de religión cristiana, es también la civilización que la Iglesia inspira, ordena y guía. Para Delsol, ha durado dieciséis siglos, desde la batalla del río Frígido (394) hasta la segunda mitad del siglo XX, con el triunfo de los partidarios del aborto.

Delsol introduce el término «inversión», en el sentido de «cambiar, sustituyéndolo por su contrario», como hilo conductor de sus razonamientos. La Revolución francesa es la oposición al cristianismo y considera a la Iglesia el enemigo público por excelencia. La reacción cristiana en el siglo XIX desemboca en 1864 en el «Listado recopilatorio de los principales errores de nuestro tiempo». Se trata de un documento del papa Pío IX que, en ochenta puntos, condena los «errores modernos». El Vaticano II se olvida de Pío IX, afirma Delsol, pero el concilio no evita que la segunda mitad del siglo XX marque el comienzo de un largo declive para la Iglesia, en la que el cristianismo pierde su notoriedad y amplitud, afirma la autora. Para Delsol, la jerarquía católica de nuestros días actúa de una forma manifiestamente desacertada. 

Los tiempos presentes son de una «inversión» normativa y filosófica que nos ha introducido en una nueva época, concluye Delsol. La fase en la que nos hallamos hunde sus raíces en el paganismo y en el politeísmo de antes de Jesucristo, no en el ateísmo. A la vista de todos estos fenómenos, el cristiano debe reinventarse como testigo y agente de Dios, sin pretensiones de poder.


Artículo

Teodosio, el emperador vencedor en la batalla del río Frígido (394), «instaura el cristianismo como religión dominante. Censura, quema libros, condena a muerte a los ‘charlatanes’ o a los científicos no ortodoxos. Prohíbe las ceremonias paganas, en primer lugar, en la propia Roma. Priva a los apóstatas de los derechos civiles. Desaprueba sacrificar a los ídolos en todo el imperio, también en privado» (pp. 49-50). Con el triunfo del cristianismo llega la lucha contra el divorcio, el aborto, el infanticidio (p. 53), el suicidio (p. 54) y la homosexualidad, hasta entonces válida en Atenas y entre los antiguos (p. 55).

El segundo periodo que Delsol necesita tratar con cierto detenimiento para desarrollar su tesis de la inversión es la Revolución francesa (1789). Según ella, no se pudo lograr más que en oposición al cristianismo, que era «desde el origen y hasta recientemente, lo olvidamos demasiado, el enemigo principal de la modernidad» (p. 11). Se aprueba el divorcio en Francia en 1792 durante la Revolución (p. 59). La Revolución francesa abre una guerra perpetua entre la Iglesia y el Estado, con todas sus consecuencias. Enteramente privada de lo espiritual, la política cae inevitablemente en excesos siniestros. Por lo que se refiere a la Iglesia, reducida a la condición de enemigo público y en continua oposición a las nuevas leyes y costumbres, se va «consumiendo poco a poco» (p. 12).

En el siglo XIX, la Iglesia se erige en baluarte contra la modernidad. Durante ese tiempo se entiende el cristianismo como el fruto del catolicismo. El catolicismo es una religión holística. Los judíos (pueblo elegido) están interesados en su salvación; a los protestantes les mueve la libertad de la conciencia: ninguno de los dos son universalistas. Sí los católicos y los musulmanes (p. 37). La religión católica defiende una sociedad orgánica, que desafía al individualismo. Según la autora, con el reconocimiento de la libertad religiosa en el Concilio Vaticano II, preparada por la encíclica de Juan XXIII Pacem in terris, de 1963, se destruye el Syllabus (1864) y todo el ataque contra la modernidad de Pío IX en el siglo XIX (pp. 13-14). El Syllabus es el Syllabus errorum complectens praecipuos nostrae aetatis errores («Listado recopilatorio de los principales errores de nuestro tiempo»): un documento de ochenta puntos, que abomina de los «errores modernos». En la defensa del cristianismo en el siglo XIX, en el campo intelectual, destacan las figuras de Juan Donoso Cortés y de René de la Tour du Pin, a los que Delsol cita.

En la primera mitad del siglo XX, según Delsol, la rama católica que se mantuvo radical espera que los fascismos-corporativismos salven a la cristiandad, en vía de perdición (p. 23).

Son los fascismos, por ejemplo, de Mussolini, Salazar, Horthy y Franco. Esos fascismos, señala la autora, no tienen nada que ver con el nazismo (p. 23). Para Hitler, y su precedente filosófico, Nietzsche, el cristianismo era el responsable de los males modernos. Hitler quería el regreso del paganismo antiguo (p. 26). Henri Massis, en Les Chefs, una obra de 1939, presenta a Franco como un «soldado de Dios», y su acción una «cruzada», una «política de redención» (p. 25). Pero todos esos programas de Mussolini, Salazar, Horthy y Franco, utópicos, cayeron en los extremos y fracasaron, porque «una civilización no se salva» con un «pelotón de soldados» (p. 28).

«La modernidad tardía, que comienza tras la Segunda Guerra Mundial, considera definitivamente a la Iglesia como una institución obsoleta» (p. 15).

El liberalismo-libertarismo reinante representa la inversión exacta de la manera de pensar de la Iglesia. La segunda mitad del siglo XX marca el comienzo de un largo declive en el que el cristianismo pierde su notoriedad y amplitud, lo cual no implica el triunfo del ateísmo (p. 34). Las personas, ante el interrogante de qué es el ser humano, tienen y tendrán necesidad de ideas, de moral y de mitos (p. 34).

Al fin del cristianismo no ha seguido ni el ateísmo ni el nihilismo, sino nuevos mitos e ideas (p. 35). Hay aún moral y ontología: somos a la vez los sujetos y los actores de una inversión normativa; y de una inversión ontológica (p. 36).

¿En qué consiste el cambio?

Una sociedad no cambia de costumbres ni de moral como de gobierno. Las revoluciones morales son raras, pero nos encontramos en uno de esos momentos históricos, afirma Delsol (p. 46). Para respaldar su afirmación, la autora cita la nueva valoración hoy en día a la colonización, la homosexualidad y el aborto. Mientras se condena la pedofilia, durante mucho tiempo aceptable en la sociedad, se da vía libre al divorcio y al suicidio. Delsol menciona los casos de pedofilia en la Iglesia como novedad de la inversión: se acusa a los cargos de la Iglesia de no haber actuado (no aireando los delitos-pecados de algunos clérigos) como se actúa ahora. «Que la Iglesia marcha a la par con esta combinación infernal, muestra hasta qué punto se ha sometido a las circunstancias» (p. 73). Actualmente, en la Iglesia, «el individuo está por delante de la institución. Es una convulsión dogmática, el signo de una revolución de la identidad en el seno mismo de la institución» (p. 73).

Chantal opina que las creencias fundamentan las costumbres. Por ejemplo: se condena el aborto si prima ontológicamente el valor del individuo; o se aprueba si, como en la Antigüedad, vale más la decisión de la madre (p. 67).

En nuestros días se camina hacia la posibilidad de que cada individuo haga y actúe a la medida de su deseo, limitado solo por las imposibilidades técnicas (p. 74). La inversión normativa avanza lenta, pero inexorablemente (p. 73). 

Todas las leyes sociales votadas en el países occidentales desde el final del siglo XX traducen un cambio radical de paradigma, el fin de un modelo cristiano y su sustitución por otro que habrá que definir. Es verdaderamente un cambio de época, más importante que la sustitución de la monarquía por la república (p. 77), subraya Delsol.

La inversión normativa descansa sobre la inversión filosófica, o mejor, ontológica, en el sentido de la ciencia de los primeros principios. Sobre la elección ontológica, en cada época, se apoyan la moral y las costumbres, las leyes y los usos (p. 81). Pero las elecciones ontológicas no caen del cielo, suponen decisiones humanas y luchas, con violencia verbal y física (p. 82).

«Lo que funda una civilización no es la verdad —pues todas la pretenden—, sino la creencia en una verdad. Y solo esa creencia garantiza la duración en el tiempo de las elecciones originales» (pp. 83-4).

Moisés introdujo el monoteísmo y ritos especiales para los judíos, «opuestos a los de los otros mortales», como escribió Tácito (p. 84).

El monoteísmo judío es una inversión respecto de todo lo anterior y supone una sofisticación: la trascendencia, la revelación, la interioridad del sujeto (p. 86). El monoteísmo es una construcción y exige ser reafirmado con un esfuerzo constante. Es una religión «no natural», en el sentido en que lo son los politeísmos anteriores (p. 87). 

El cosmoteísmo (sinónimo de panteísmo) es la doctrina de los que creen que la totalidad del universo es el único Dios. El cosmoteísmo, según Delsol, nunca ha muerto. Lo representan en la historia la alquimia, la cábala, Spinoza, la masonería, Lessing, el romanticismo alemán, Goethe, Freud, el nazismo y la New Age (p. 87). El Renacimiento es un momento en el que las elites cristianas, arrastradas por la duda, vuelven a Epicuro y a Lucrecio (p. 89). 

Dando un paso más, Chantal afirma que «hoy, no hay nada más próximo al pensamiento posmoderno que el de Epicuro» (p. 89). El reino cristiano ha sido reemplazado por formas históricas bien conocidas, más primitivas y más rústicas (p. 90).

No ha sido reemplazado por el racionalismo de las Luces, que rechazaba a ambos: el cristianismo y los prejuicios antiguos sobre los cuales una sociedad se funda (p. 92). Se parece más al panteísmo asiático que fascinaba a Heine y a Schopenhauer, en la Alemania romántica que reaccionaba ante el racionalismo de la Ilustración.

En la época moderna, el pensamiento asiático, el budismo, es decisivo en Occidente (p. 93). El valor esencial no es la verdad sino la naturaleza (p. 94). El panteísmo, según Tocqueville y recuerda Delsol, responde bien a la exigencia democrática de igualdad. 

Hoy prevalece el cosmoteísmo ligado a la defensa de la naturaleza. Se puede hablar también de panteísmo o de politeísmo. Occidente ya no cree ni en el más allá ni en la trascendencia (p. 99).

La ecología se ha convertido en una «religión», en el sentido de que adopta creencias no científicamente demostradas (p. 103). 

En el judeocristianismo, de la religión nace la moral; en los pueblos primitivos y en el politeísmo, la moral proviene de la sociedad y del Estado, como en nuestros tiempos en Occidente. Nuestros gobernantes y los influyentes, las elites, dictan la moral y suscitan el ostracismo de los que se «portan mal» (108).

Finalmente, para la autora, una característica de la Iglesia de la primera mitad del siglo XXI es que se avergüenza de su pasado. Conjuga ese sonrojo con la metamorfosis intelectual para lanzar dudas sobre su misión y su papel de transmisora (p. 152). Por esa razón los responsables eclesiásticos son apóstoles silenciosos y discretos, bien lejos de aquellos proselitistas a los que estamos acostumbrados de la tradición, de tal manera que los cristianos laicos están abocados a una guerra perdida (p. 153).

Una breve valoración: el ensayo de Delsol es lúcido y por lo general acertado, pero por su brevedad (158 páginas) habría que matizar tanto muchas de sus declaraciones, que al final no se tendría una visión tan tajante como la que ofrece la autora en algunos pasajes.

¿Está Occidente amenazado o resentido? Crítica a Douglas Murray

Jorge Lago es sociólogo, profesor de Teoría Política en la Universidad Carlos III de Madrid, editor y miembro del Instituto de Estudios Culturales y Cambio Social (IECCS).


Avance

La guerra contra Occidente es el último título del periodista Douglas Murray. Pero ¿qué guerra?, cuestiona Jorge Lago. En este artículo, el profesor de Teoría Política admite y constata la existencia de conflictividad y diversas amenazas, sí, pero ninguna coincide con la que denuncia Murray en su obra. «No, las crisis climática y ecológica no son amenaza, o no lo suficientemente reseñable como para ocupar tiempo y espacio en este texto de Murray. No, el enemigo al que se refiere el libro es otro, muy distinto: ni más ni menos que un punto de vista preñado de resentimiento y ligado a una crítica más afectiva que política que se habría vuelto hoy hegemónica: la Teoría Crítica de la Raza (TCR). El antirracismo, sí, y la imagen deformada que tiene hoy de Occidente, ese es el enemigo o la amenaza, ese es quien le ha declarado la guerra a Occidente».

Se trata de un enemigo particular porque la lucha por la igualdad, la justicia, la libertad, la emancipación o la búsqueda de reconocimiento están en el corazón de los tradicionales valores occidentales con lo cual la paradoja está servida. Lago la analiza en detalle y subraya la «carencia analítica» así como «el gran sesgo ideológico» del autor. Se detiene en su concepción del resentimiento y se pregunta: «¿No podemos entender el resentimiento como una expresión generalizada de formas contemporáneas de afectividad política tan comunes en las izquierdas como en las derechas?». Define este fenómeno como un mar de fondo «que permite comprender una deriva sustantiva de los afectos políticos actuales. Una deriva que, por razones históricas, económicas y culturales que Murray no está en condiciones de interpretar, atraviesa por igual a distintas posiciones de la geografía afectiva y política». Y algo más, ya en el plano de las conclusiones: «Murray ignora, acaso porque siente y piensa desde sus efectos políticos, el resentimiento propio de las nuevas derechas, es decir, el resentimiento que, desde hace ya unas cuántas décadas, define una profunda reacción ante el crecimiento de la igualdad (de género, de raza, de clase). Es el resentimiento del noble, del que ve sus privilegios (económicos, culturales, políticos y epistémicos) amenazados, el resentimiento de quien coquetea con la nostalgia de un tiempo pasado que habría de ser recuperado o el resentimiento, también y sobre todo, de quien se lamenta por la pérdida de los valores que nos habrían conformado y busca vengativamente (pues el resentimiento traduce el sentimiento de injusticia en venganza) volcar su ira en el sujeto al que se hace responsable una y otra vez de esa pérdida». ¿Culpable universal? «Ya saben: el antirracismo de la Teoría Crítica de la Raza».


Artículo

«Lo que está produciéndose es un ataque contra todo lo que tenga que ver con el mundo occidental: su pasado, su presente, su futuro». La guerra contra Occidente.

Douglas Murray: La guerra contra Occidente. Península, 2022

Este es el tema del libro de Murray y con esta cita arranca su escritura. Pero, contra todo pronóstico, el enemigo que estaría organizando y perpetrando este ataque no es, pongamos por caso, aquel que animó o realizó el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021; ni responde, por poner otro ejemplo aún más cercano en el tiempo, a los marcos ideológicos y religiosos que han acabado dando lugar a leyes como la HB 1467 de Florida, que prohíbe en suelo occidental y por primera vez en muchos años, una amplia lista de libros en el entorno educativo. Tampoco tiene en mente Murray, cuando imagina la amenaza a los valores occidentales, a las más de treinta personas que mueren cada mes intentando acceder desde México a ese faro de Occidente que son los EE.UU. Y, por supuesto, no es tampoco la deriva autoritaria de los nuevos o renovados populismos, esa era Trump-Bolsonaro-Orban, la que ha supuesto o supone hoy un riesgo para Occidente. Al menos ninguno de estos personajes, ni de los movimientos políticos y culturales de los que son expresión, aparece citado en el libro como enemigo, amenaza o adversario del pasado y el futuro de los valores de Occidente.

Y, qué duda cabe, tampoco son objeto de preocupación o alarma los futuros que anuncia ya de forma inminente el modelo de desarrollo económico, ecológico y energético que, a juicio de buena parte de la comunidad científica, está poniendo fatalmente en riesgo la viabilidad de nuestro propio modo de vida.

No, las crisis climática y ecológica no son amenaza, o no lo suficientemente reseñable como para ocupar tiempo y espacio en este texto de Murray.

No, el enemigo al que se refiere el libro es otro, muy distinto: ni más ni menos que un punto de vista preñado de resentimiento y ligado a una crítica más afectiva que política que se habría vuelto hoy hegemónica: la Teoría Crítica de la Raza (TCR). El antirracismo, sí, y la imagen deformada que tiene hoy de Occidente, ese es el enemigo o la amenaza, ese es quien le ha declarado la guerra a Occidente.

Occidente ¿en lucha contra sus propios valores?

Una paradoja recorre y acecha el libro de Murray: siendo relativamente fácil para cualquier observador contemporáneo identificar no pocas fuentes de amenaza o riesgo para la preservación de (alguno de) los valores que solemos identificar con Occidente (libertad, igualdad, progreso, justicia social), el libro de Murray solo ve peligro, amenaza y guerra en… un solo espacio político y afectivo: el antirracismo y, por extensión, la izquierda identitaria. Pero, además, este adversario único (nos guste más o nos guste menos, haya derivado hacia una política patológica y victimizadora o esta deriva sea más bien puntual o anecdótica, confunda o no sus objetivos políticos) forma parte de una tradición política y discursiva que, desde su mismo origen, ha estado profundamente preñada de eso que podríamos llamar valores modernos u occidentales: lucha por la igualdad, la justicia, la libertad, la emancipación o la búsqueda de reconocimiento.

La paradoja no es menor: Occidente estaría amenazado por una forma de lucha puramente occidental, apoyada históricamente en valores occidentales y desplegada en suelo occidental para la transformación política de Occidente desde Occidente.

No deja de resultar fascinante que Murray no saque la única conclusión posible de uno de los lamentos que recorre machaconamente su libro: el de que este antirracismo de la teoría crítica de la raza solo señale los pecados y los pasados racistas de Occidente pero indulte o ignore el racismo sistémico en otras partes del mundo, como Asia u Oriente Medio. ¿Acaso porque se ha configurado históricamente como una crítica inmanente, es decir, emitida desde Occidente y, claro, tan en contra de Occidente como a favor, tan apoyada en sus valores como en la denuncia de su incumplimiento más o menos sistemático (igualdad, libertad, justicia)?

No, Murray no parece capaz de distinguir la crítica a Occidente del anti-occidentalismo, como tampoco parece estar en condiciones de diferenciar Occidente del campo semántico con el que no puede sino entablar una relación siempre conflictiva: Ilustración, tradición democrática, capitalismo, universalismo, igualitarismo, individualismo, modernismo, etc. Confundidos todos estos conceptos en un significante un tanto vacío llamado Occidente, cualquier crítica a uno de ellos acaba convertida por Murray en una crítica a Occidente en su conjunto, vale decir, en una posición anti-occidental. Como si el anticapitalismo, por poner un ejemplo, fuera una impugnación de los valores de Occidente y no el desarrollo de alguno de sus principios (la tradición democrática, el igualitarismo universalista) en contra de otros (el individualismo y el universalismo liberal).

La culpa de todo

Así las cosas, mientras un débil consenso académico tiende a coincidir hoy en que la democracia (y otros valores propios de lo que Murray llama Occidente) se enfrenta a distintas y plurales amenazas, a pulsiones autoritarias de muy distinta naturaleza ideológica y afectiva tanto como a tendencias disolventes de las formas de sociabilidad; mientras asistimos a una cada vez más insostenible incongruencia entre el actual modelo de desarrollo (económico, ecológico, cultural) y la viabilidad futura del modo de vida de Occidente; mientras es todo un mundo cultural, ideológico y afectivo el que está mutando hacia formas que nos cuesta identificar (qué modernidad, qué desarrollo social, ecológico y económico, qué formas de integración de las diferencias sociales, qué pluralismo y hasta dónde es compatible con las imágenes de lo moderno que hemos heredado); mientras todo esto nos sucede dentro y fuera del mundo académico, un libro, el de Murray, se permite identificar un solo y aislado fenómeno político y una sola y monolítica amenaza: el antirracismo de la teoría crítica.

Que Murray ni siquiera conciba la mera posibilidad de que eso que localiza como «la amenaza a Occidente» pueda ser resultado de expresiones culturales mucho más plurales y contradictorias de lo que cabe en su sola descripción del antirracismo y el izquierdismo contemporáneo es, me temo, síntoma tanto de una profunda carencia analítica como de un gran sesgo ideológico. ¿Acaso ese antirracismo identitario y victimizador que sitúa como único adversario de Occidente puede, además de no ser la única forma de expresión de las posiciones políticas igualitaristas y progresistas, formar parte de un afecto político común a otros espacios ideológicos, empezando por el propio identitarismo masculinista y blanco de los nuevos populismos de derechas, tan autovictimizador, nostálgico y antidemocrático, cuando no más, que cualquier deriva identitaria de las izquierdas?

El resentimiento como mar de fondo

O pensemos si no en el resentimiento, que Murray identifica, desde una (muy pobre) lectura de Nietzsche, como el afecto o rasgo psicológico estructurante de este antirracismo contemporáneo: ¿es el resentimiento una expresión particular y localizada en el solo antirracismo e izquierdismo, o se trata de un afecto político extendido y compartido por distintos y opuestos afectos políticos e ideologías? Sin entrar ahora en el hecho no menor de que no haya rastro de resentimiento en toda la obra de una teórica como bell hooks, señada por Murray –me temo que sin muestras de haberla leído y menos aún de haberla comprendido– como una de las madres de la TCR,

¿no podemos entender el resentimiento como una expresión generalizada de formas contemporáneas de afectividad política tan comunes en las izquierdas como en las derechas?

Wendy Brown: Estados del agravio. Lengua de trapo, 2019

Esta ha sido, al menos, la forma en que se han expresado varios y sólidos intérpretes de la cultura y la política contemporánea (desde Mark Fisher a Slavoj Zizek pasando por Wendy Brown, por ejemplo). Es decir, entender el resentimiento como una expresión central, también, de esa mezcla de crisis de la masculinidad y de lamento por la pérdida (y consiguiente nostalgia) de los privilegios tan propio de la subjetividad de una parte no desdeñable de las clases medias blancas, precisamente las que sostuvieron cultural y electoralmente el sueño de Trump de volver a hacer América grande de nuevo. El resentimiento, lejos de explicar las solas razones psicológicas del antirracismo actual sería, más bien, un mar de fondo que permite comprender una deriva sustantiva de los afectos políticos actuales. Una deriva que, por razones históricas, económicas y culturales que Murray no está en condiciones de interpretar, atraviesa por igual a distintas posiciones de la geografía afectiva y política.

Con todo, no deja de resultar paradójica, y en cierto sentido enternecedora, la lectura del resentimiento que se nos propone Murray: apoyado en una particular lectura del Nietzsche de La genealogía de la moral, no parece percatarse de que para el filósofo alemán el resentimiento es consustancial a la misma cultura occidental, y no alguna forma de negación crítica de sus valores. En efecto, el resentimiento es la base moral, afectiva y psicológica de ese universalismo cristiano de los valores, vale decir, de esa sublimación del dolor en la moral universal del esclavo que tanto rechazara Nietzsche. Pero si el resentimiento y la moral en Occidente van estrechamente de la mano, entonces lo que deberíamos estar en condiciones de explicar son, al menos, tres posibilidades analíticas del todo relevantes:

La primera refiere al alcance y sentido de la analogía involuntaria que nos propone Murray entre el resentimiento cristianismo y el resentimiento propio a la política de la identidad del antirracismo izquierdista. No fuera a resultar que lo que Murray esté haciendo, contra su propia propuesta, sea darle al sentimiento de injusticia racial un lugar y una verdad que su libro trata sistemáticamente de negar: si el antirracismo está hoy conformado por alguna forma de resentimiento, entonces responde a una situación estructural de desigualdad en el reparto del poder y del saber, precisamente la que Murray necesita negar. En efecto, el resentimiento, lejos de reducirse a la mera reacción individual y psicológica ante un malestar privado, es identificado por Nietzsche como resultado de un dolor ante una situación social, cultural y afectiva de injusticia: la posición del esclavo frente al amo o, en el caso que nos ocupa, la de la desigualdad racial y la falta estructural de reconocimiento que revela. Quiero con esto subrayar que el recurso al resentimiento como clave explicativa solo puede operar desde un previo reconocimiento implícito o inconsciente de lo que, sin embargo, el libro de Murray necesita una y otra vez negar:

que el antirracismo actual no deja de ser la respuesta a un dolor, un malestar y un sentimiento profundo de una injusticia estructural (y no una mera imagen deformada del mundo o un falso reconocimiento de lo que realmente sea Occidente).

En segundo lugar, al negar Murray toda legitimidad, validez y reconocimiento a ese dolor y ese sentimiento de injusticia, solo puede proponer enfrentar sus formas de expresión desde una abstracta apelación a la verdad y objetividad históricas: si el asesinato de George Floyd es una excepción estadística (algo en lo que se detiene Murray numerosas páginas); si se han reducido profundamente las diferencias raciales en EE.UU.; si las cosas están infinitamente mejor en Occidente de lo que lo están en África o China; si Occidente es, se mire por donde se mire, el mejor de los sistemas morales y sociales posibles –y debemos por ello estar agradecidos de vivir dentro de sus fronteras–; si todo esto es así, el reclamo antirracista solo puede responder a una falsedad afectiva, histórica y política, es decir, a un falso reconocimiento de la verdad histórica.

El problema, claro, es que el dolor y el sentimiento de injusticia forman parte de un régimen de verdad inconmensurable con el de una inhallable objetividad histórica, amén de que jamás podrá mitigarse ese dolor desde un saber abstracto que solo acierta a decirnos que las cosas antes estaban mucho peor, o que lo siguen estando más allá de nuestras fronteras: ¿acaso el reconocimiento de la mejora en las desigualdades raciales o sociales no puede conducir a una razonable impaciencia por una mayor igualdad en lugar de a esa suerte de paciencia y aceptación del presente que les propone Murray?

La constatación de que todo puede cambiar a mejor y de que, de hecho, ya lo ha ido haciendo, ¿no puede generar la exigencia de que los cambios se produzcan de forma aún más profunda y rápida? ¿En base a qué criterio de verdad histórica debemos aceptar unos ritmos de cambio social y no otros? ¿Quién los decide? ¿Douglas Murray?

Y, además, ¿a quién le puede consolar que en el pasado de nuestras naciones, o en continentes y países en los que no vivimos, las cosas hayan sido o sigan siendo mucho peores? ¿Quién compara su felicidad o infelicidad con la de sociedades alejadas en el tiempo o el espacio?

Pero esta analogía entre el resentimiento cristiano y el resentimiento propio del antirracismo no deja de ser significativa, también, por una tercera razón: si lo propio del resentimiento es la sustitución de la acción por la moralización, vale decir, el bloqueo de la política en favor de la sublimación moral, si este desplazamiento era rechazado por Nietzsche en tanto que precipitaba la aceptación resignada del dolor antes que la lucha vitalista por el poder de alterar las condiciones históricas que lo engendraban, entonces el antirracismo que describe Murray no solo estaría operando desde una profunda mímesis con la forma de la moral occidental (arruinando la tesis de que el resentimiento alimenta una posición anti-occidentalista), sino que estaría dando cuenta, más bien, de una crisis de las formas de trabajar políticamente el dolor y la injusticia.

Razones para el resentimiento

En efecto, lo que quizá Murray no esté siendo capaz de formular sean las razones mismas de ese resentimiento que atraviesa hoy los afectos políticos tanto a izquierda como a derecha. En la izquierda podemos observar que el resentimiento aparece precisamente cuando se vuelve más difícil imaginar horizontes de transformación del presente, es decir, cuando el deseo de justicia no alcanza a traducirse en imaginarios políticos capaces de mover a la acción y cuando, en fin, el dolor y el malestar (ante la desigualdad, la falta de reconocimiento o la injusticia racial y social) no son capaces de proyectar un futuro superador del malestar presente (acaso porque se carece de la fuerza social para realizarlo, acaso porque se topa con formidables obstáculos que lo impiden). Es, sí, en esa quiebra de la imaginación política cuando el dolor se pliega sobre sí mismo y queda bloqueado y encerrado en su propia afectación, es decir, en lugar de traducirse en un horizonte de transformación político (un horizonte de igualdad y libertad, de emancipación), el dolor queda atrapado en el resentimiento.

El resentimiento, el repliegue del dolor sobre sí mismo, opera precisamente allí cuando se vuelve extraordinariamente difícil imaginar cómo ampliar nuestras democracias,

cómo reducir los índices de desigualdad social y racial, cómo conciliar el proyecto emancipador de la modernidad con el actual e insostenible modelo de desarrollo económico, social, racial y ecológico. Pero en esta dificultad ha jugado y sigue jugando un papel central otra forma de resentimiento que Murray ignora, acaso porque siente y piensa desde sus efectos políticos, el resentimiento propio de las nuevas derechas, es decir, el resentimiento que, desde hace ya unas cuántas décadas, define una profunda reacción ante el crecimiento de la igualdad (de género, de raza, de clase). Es el resentimiento del noble, del que ve sus privilegios (económicos, culturales, políticos y epistémicos) amenazados, el resentimiento de quien coquetea con la nostalgia de un tiempo pasado que habría de ser recuperado o el resentimiento, también y sobre todo, de quien se lamenta por la pérdida de los valores que nos habrían conformado y busca vengativamente (pues el resentimiento traduce el sentimiento de injusticia en venganza) volcar su ira en el sujeto al que se hace responsable una y otra vez de esa pérdida. Ya saben: el antirracismo de la Teoría Crítica de la Raza.


Nota editorial. Nueva Revista no se identifica necesariamente con las opiniones de sus colaboradores. Sobre el libro de Murray, Nueva Revista ofrece dos artículos que lo abordan con puntos de vista diferentes: el dado aquí de Jorge Lago, y uno anterior de Benigno Blanco: https://www.nuevarevista.net/douglas-murray-la-guerra-contra-occidente/

Hannah Arendt entre nosotros: la lucidez necesaria

Hannah Arendt (Linden-Limmer, 1906 – Nueva York, 1975). Filósofa y ensayista política alemana, de raza judía. Considerada una de las pensadoras más influyentes del siglo XX. Doctora en Filosofía por la Universidad de Heidelberg. Fue alumna de Martin Heidegger y Karl Jaspers. Huyó del nazismo, primero a París y luego a Nueva York, donde se nacionalizó estadounidense. Sus obras más importantes son Los orígenes del totalitarismo, La condición humana, Eichmann en Jerusalén, Sobre la violencia y La crisis de la república.

Avance

Agustín Serrano de Haro, el mejor conocedor español del pensamiento de la filósofa alemana, cubre una laguna al ocuparse tanto de su vivencia como transeúnte por España huyendo del nazismo como de sus lúcidas reflexiones sobre la política española e Iberoamérica. Aborda en el libro aspectos medulares de la obra arendtiana en relación a nuestro país, tales como la naturaleza del totalitarismo, su diferencia con la dictadura militar y el fascismo, el concepto de hombre masa de Ortega, su filosofía de la acción humana  y su relación con el significado del Descubrimiento de América. Se detiene en el paso de la pensadora por una España devastada, a principios de 1941, camino de Lisboa, para embarcar junto con su marido hacia Nueva York. Hace una serie de consideraciones sobre la Guerra Civil que esboza en su alusión al complejo significado de las Brigadas Internacionales en su libro «Los orígenes del totalitarismo». Y enjuicia el franquismo, matizando que es un error calificarlo de totalitario, por no cumplir con los requisitos del totalitarismo. Señala que las dos características fundamentales del franquismo, como fueron la condición militar del dictador y el apoyo de la Iglesia a la dictadura, muestran la heterogeneidad del régimen frente al movimiento totalitario. Serrano de Haro concluye con un epílogo, titulado “La promesa de la política y la democracia española”, del que se pueden extraer algunas valiosas conclusiones, basadas en el espíritu arendtiano.

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Arendt y España. Editorial Trotta, 2023. 172 págs, 19 €.

Si hay una figura señera tras Heidegger, su maestro, en el pensamiento filosófico y político desde la segunda mitad del siglo pasado hasta nuestros días, ella es sin duda Hannah Arendt (Linden-Limmer, 1906 – Nueva York, 1975).  Pero entre la monumental bibliografía que genera su persona y enseñanzas, y la reedición continua de sus obras se echaba en falta fijar la atención en la relación de España con Arendt tanto en su vivencia  como  transeúnte del suelo nacional  huyendo del nazismo en 1941, cuanto  de sus  contadas pero lúcidas reflexiones sobre política española e Iberoamérica.

Si además tal ensayo investigador viene de la mano de Agustín Serrano de Haro, sin duda el mejor conocedor entre nosotros del pensamiento de la filósofa judeo alemana, tenemos entonces un gran libro a  la mano en las siempre cuidadas ediciones de Trotta.  Un libro que da más de lo que promete el título debido a esa generosidad intelectual propia de Serrano de Haro tan española y que hace que no sea una mera obra investigadora sino también y sobre todo  magisterial.

El autor aborda aspectos capitales del pensamiento político y antropológico de Arendt, tales como la naturaleza exacta del totalitarismo, su diferencia con la dictadura militar y el fascismo

Así,  junto a la fijación de textos arendtianos en tal o cual libro o artículo que refieren a temáticas nacionales, va el autor  al hilo de ello enseñándonos con precisa maestría aspectos capitales del pensamiento político y antropológico de Arendt, tales como la naturaleza exacta del totalitarismo, su diferencia con la dictadura militar y fascismo,  la relación entre el concepto de hombre masa de Ortega y el de masa (mob) en la obra arendtiana , su filosofía  de la acción humana  y su relación con el significado del Descubrimiento de América,  junto con la visión que sostuvo  de la revolución cubana y de la crisis de los misiles. Sin olvidar la dirección ejecutiva que nuestra pensadora asumió en 1960 de la Spanish Refugee Aid, la organización norteamericana de ayuda a refugiados republicanos españoles.  Como se ve, un elenco de temas que hacen de la lectura de la obra algo tan atractivo como recomendable. Y sobre todo, tan nuestro.

Sobre la peripecia del paso de Arendt a principios de 1941 desde la ratonera de la Francia de Vichy  por  una  España devastada camino de Lisboa para embarcar junto con su marido también judío hacia Nueva York, Serrano de Haro ha investigado hasta donde es posible ofreciéndonos un capítulo vívido sobre su estancia  entre nosotros, en una península ibérica que  se había convertido  en un correcalles hacia la libertad para un numero amplio de judíos (no ciertamente para Benjamin cuyo celebre manuscrito de Tesis de filosofía de la Historia viajó con Arendt).  Por cierto que sobre el poco conocido papel logístico que jugó nuestro país con Portugal en esta diáspora judía hacia las Américas, se echa en falta un estudio riguroso sobre la red informal que se tejió en Madrid en torno a la cafetería Embassy de Serrano, capitaneada secretamente por algunos hombres y mujeres buenos que convendría rescatar  de su anonimato.

Pero la relación intelectual de Arendt con nuestro país comienza más tarde de su odisea ibérica con sus consideraciones sobre nuestra Guerra Civil que esboza por un lado en su alusión al complejo significado de las Brigadas Internacionales en Los orígenes del totalitarismo (1951).  Antes, en dos artículos encomiásticos, había elogiado la lucidez moral de Bernanos (católico y monárquico, con un hijo afiliado a Falange) y su amor insobornable a la verdad que significaron su denuncia del fascismo español con Los grandes cementerios bajo la luna ante el escándalo de las matanzas de campesinos que presenció en Mallorca. Arendt ve en el escritor francés el valor de la denuncia política de la escritura veraz así como la aptitud para el juicio político de cualquier miembro de una comunidad. La voluntad de comprender por encima de la ideología es señal cierta para Arendt del ciudadano lúcido dotado de buena voluntad, tan necesario para el genuino sentido de la política.

Las dos características fundamentales del franquismo, como fueron la condición militar del dictador y el apoyo de la Iglesia a la dictadura, muestran la heterogeneidad del régimen frente al movimiento totalitario

Pero es quizá la digresión de nuestra pensadora sobre la naturaleza y tipificación del régimen franquista lo que más luz puede arrojar ahora, inmersos como  estamos  en nuestra eterna discusión al respecto. Para Arendt resulta un error calificar de totalitario al régimen vencedor (y al fascismo italiano mismo)  por no cumplir con los requisitos del totalitarismo que solo se dieron, de hecho, en la Alemania nazi a partir de 1938 y en el Gran Terror de la Unión Soviética desde 1937 a 1939. Las dos características fundamentales del franquismo como fueron la condición militar del dictador y el apoyo de la Iglesia a la dictadura muestran la heterogeneidad del régimen frente al movimiento totalitario. La Iglesia como un elemento restrictivo del dictado político, representaba una presencia limitadora de aquel ya desde el primer franquismo, en una renovación peculiar de la vieja alianza de trono y altar. Lo que revela el esfuerzo renovado de Arendt de comprender la realidad en su complejidad histórica alejada de taxonomías simplificadoras y abusivas. Y muestra, como de pasada, el conocimiento y valoración que siempre tuvo la pensadora judía del catolicismo cuyos fundamentos aprehendió tempranamente en su misma tesis doctoral sobre el concepto del amor en san Agustín.

Finalmente, el clarividente epílogo que nos regala Serrano de Haro dirigido a nosotros bajo el sugerente título de “La promesa de la política y la democracia española” implica pensar la realidad de nuestra situación política actual -tan desasosegante- desde la categoría arendtiana fundamental de la mejor praxis política como promesa no utópica pero sí esperanzada.  Al respecto, creo que la respuesta sobre si misma que Arendt dio a Hans Morgenthau y que recoge el autor acerca de su filiación personal en el ámbito político contemporáneo resulta sumamente iluminadora también para nosotros en estos momentos presentes:

«Como ustedes saben, la izquierda piensa a veces que yo soy conservadora, y los conservadores piensan a veces que soy de izquierdas. O una disidente, o a saber qué. Y debo decir que el asunto me trae sin cuidado. No creo que este tipo de cosas arrojen luz ninguna sobre las cuestiones realmente importantes de nuestro tiempo (p.156)».

Una nueva política

Y creo que hay está nuestro gran reto en esta crisis española. Pasar de la política como decepción sedimentada desde un tiempo ya largo, a la promesa de la política como esperanza de un mundo más habitable. Por cierto, que para una esperanza tal, Arendt nos provee de una sorprendente razón agustiniana que conviene no olvidar: a saber, que el corazón humano es lo único en el mundo capaz de tomar sobre sí la carga que el don divino de la acción ha puesto sobre nosotros, para ser comienzo de nuevos acontecimientos. En ese sentido, como escribió Arendt en otro lugar. ese «corazón comprensivo» que el mismo rey Salomón pedía a Dios, le resulta a nuestra pensadora judía «el mayor don que un hombre puede desear y recibir». También, y sobre todo, para construir una nueva política, tan necesaria entre nosotros en estos oscuros momentos.