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Ver productosSiddhartha Mukherjee (Nueva Delhi, 1970) es médico oncólogo, profesor en el Centro Médico de la Universidad de Columbia y un reconocido divulgador científico. Su labor investigadora se ha enfocado hacia la terapia del cáncer y las funciones relacionadas con las células de la sangre, publicando sus trabajos en acreditadas revistas científicas como Nature o Cancer Discovery. En 2010 publicó El emperador de todos los males: una biografía del cáncer, una crónica sobre la enfermedad desde sus orígenes hasta los modernos tratamientos surgidos tras un siglo de investigación. Por esta obra recibió el prestigioso Premio Pulitzer de no ficción (General Nonfiction).
AVANCE
Su último libro: La armonía de las células. Una exploración de la medicina y del nuevo ser humano, ha sido publicado este año en español. Es un brillante, extenso y documentado trabajo de más de seiscientas páginas, de las que casi un centenar están dedicadas a notas, bibliografía e índices.

Son relevantes las explicaciones que ofrece Mukherjee sobre el título y el subtítulo de su libro. La edición original en inglés se titula The song of the cell (La canción de la célula) y el autor explica que, aunque sabemos los nombres de las células e incluso los sistemas celulares, aún no conocemos las «canciones» de la biología celular, no entendemos suficientemente la «interconexión y cooperatividad» que existe entre ellas: reconocemos las notas musicales, pero no la canción. También aclara que la referencia al nuevo ser humano no tiene nada que ver con el transhumanismo o con la ciencia ficción; se refiere a «un ser humano reconstruido con células modificadas que, tanto en su aspecto como en la manera en que se siente, es básicamente como usted y como yo», es decir, a recomponer un organismo afectado por la enfermedad.
Además del preludio, la introducción y el epílogo, la obra se compone de seis partes: «El descubrimiento», «Una sola y multitud», «La sangre», «El conocimiento», «Los órganos» y «El renacimiento». Mukherjee relata la historia del descubrimiento de la célula y de los principios de la teoría celular que, según el autor, «transformaron radicalmente la biología, la medicina y nuestra concepción del ser humano». Da respuesta a la pregunta de cuándo y cómo nos dimos cuenta de que los organismos vivos están compuestos por unidades independientes. Se remonta hasta las primeras observaciones microscópicas de Antonie van Leeuwenhoek, el comerciante holandés que construyó el primer microscopio y observó por primera vez en 1675, que el agua estaba llena de lo que él denominó animálculos. Contempló células vivas, los minúsculos organismos unicelulares que posteriormente recibirían el nombre de microbios (del griego: mikrós «pequeño» y bíos «vida»).
ARTÍCULO
En 1838 el botánico Mattias Scheiden y su amigo, el zoólogo Theodor Schwann, ambos de la Universidad de Berlín, postularon dos principios de la teoría celular: todos los seres vivos están compuestos por una o varias células y la célula es la unidad básica de su estructura y organización. A su vez, el prusiano Rudolf Virchow completó en la década de 1850 los pilares de la biología y de la medicina celular, proponiendo que
Louis Pasteur en 1895 demostró el vínculo crucial entre los procesos de descomposición y las enfermedades infecciosas. Ambos fenómenos están causados por microorganismos, organismos unicelulares que infectan a otros organismos. Propuso la teoría germinal de las enfermedades infecciosas que sería demostrada y desarrollada por Robert Koch y que cambió radicalmente la visión de la ciencia médica. Se abrió así un amplio horizonte de posibilidades que conducirían a descubrimientos trascendentales para la salud como las vacunas, la esterilización del instrumental médico, la antisepsia y la higiene o el descubrimiento de la penicilina y de los fármacos antimicrobianos y antibióticos.
Todos estos hitos de la historia de la ciencia son minuciosamente descritos en La armonía de las células: la estructura, metabolismo y anatomía interna de la célula, así como la división celular, la producción de nuevas células a partir de las existentes y la generación de células para la reproducción sexual. A partir de esa aproximación a la célula individual el autor se adentra en el mundo de las células como las unidades básicas o «ladrillos» con los que se construyen los órganos del cuerpo humano. «El propósito de una célula en un organismo pluricelular —explica Mukherjee— no es estar sola ni vivir sola, sino atender las necesidades de ese organismo». De ahí que los títulos de muchos de los capítulos hagan referencia a las diversas funciones y comportamientos de las células en el organismo: la célula inquieta, la célula defensora, la célula discernidora, la célula ciudadana, la célula egoísta, etc.
El autor aborda innumerables temas en los que las células son los protagonistas: el sistema nervioso y las neuronas, la sangre y sus enfermedades, el sistema inmunitario, el cáncer, los injertos, la terapia celular y los extraordinarios avances de la medicina en las últimas décadas.
Uno de los capítulos, La célula contemplativa, está dedicado a las células del sistema nervioso. La doctrina de la neurona fue postulada por Santiago Ramón y Cajal a finales del siglo XIX y sigue estando hoy en día en la base de la neurociencia moderna. La importancia que Mukherjee concede al trabajo del científico español sobre la estructura del sistema nervioso y la extraordinaria calidad de sus dibujos y esquemas —«los más bellos y reveladores de la ciencia»—, contrasta con el escaso eco que sus aportaciones a la ciencia tienen en España.
A nivel anecdótico Mukherjee explica que el premio Nobel que compartieron en 1906 Ramón y Cajal y el italiano Camillo Golgi, fue quizá el más extraño de la historia de estos premios, ya que defendían teorías opuestas sobre la estructura del sistema nervioso. Para Golgi era una estructura reticular mientras que Ramón y Cajal defendía que estaba formado por células individuales.
La parte quinta, «El conocimiento», está dedicada a la pandemia de COVID-19 y a «sus misterios médicos». ¿Cómo pudo una familia de virus que lleva miles de años entre los humanos, causar los estragos que ocasionó en todo el mundo?
porque «ni tan siquiera sabemos lo que no sabemos». Aunque sea extraordinaria la rapidez con que inmunólogos y virólogos desarrollaron vacunas contra el SARS-CoV-2, el triunfalismo fracasa ante los millones de muertes que dejó.
A pesar de su extensión y de la complejidad de las materias que trata, el libro de Mukherjee logra resultar ameno. Su estilo conjuga con destreza aspectos de historia de la ciencia con las teorías y descubrimientos relacionados con las células, describiendo los últimos avances médicos e ilustrándolos con experiencias personales de la práctica médica que incluyen como protagonistas a pacientes concretos, con sus enfermedades, sus problemas y su lucha por vencer la enfermedad. También son frecuente las referencias a filósofos o literatos como Aristóteles, Goethe, Popper, Rushdie, Boccaccio, Yeats, Nietzsche, Conan Doyle, Shakespeare o Neruda. La crítica de libros de no-ficción del New York Times, Jennifer Szalai, escribió a propósito de esta obra que le «deslumbraron repetidamente sus escenas puntillistas, el entusiasmo de sus explicaciones y la inmediatez de sus metáforas».
Ante la posible crítica sobre la estructura aparentemente desordenada de la obra, el autor argumenta que el libro «es en sí mismo una suma de partes» o, si se prefiere, tiene una organización celular. También puede objetarse la escasa relevancia que Mukherjee otorga a las implicaciones bioéticas. No obstante, reflexiona sobre la novela distópica de Kazou Ishiguro —Nunca me abandones—, en la que clones humanos son utilizados como materia prima para trasplantes de órganos. Al leer las descripciones de los extraños dibujos de animales ficticios de uno de los protagonistas y compararlos con las modernas técnicas médicas, afirma que no pudo dejar de «sentir un cierto remordimiento y el ineludible escalofrío de preocupación por lo que puede depararnos un futuro así».
Es un libro recomendable para quien desee acercarse —o profundizar— en el conocimiento sobre la naturaleza de las células y descubrir sus extraordinarias implicaciones en la salud y el bienestar de las personas. No obstante, algunos pasajes describen complejidades técnicas que pueden resultar difíciles de entender para los no expertos.
Destaca la historia de Emily Whitehead, a quien dedica su libro. Una niña aquejada de leucemia linfoblástica aguda desde los cinco años, que ya había sido sometida sin éxito a uno de los regímenes de quimioterapia más intensivos. En 2012 casi todos sus órganos estaban invadidos por células malignas. La familia aceptó que Emily participara en un ensayo clínico. Le extrajeron los linfocitos T de su sangre y mediante terapia génica los «armaron» para que reconocieran y destruyeran el cáncer cuando se los infundieran de nuevo en su organismo. Hubo que combatir la expansión colateral de una citocina, pero dos días después la remisión era completa. En 2019 Mukherjee conoció personalmente a Emily en un congreso sobre terapia génica. Era la prueba viviente de las posibilidades de la ingeniería celular terapéutica mediante linfocitos CAR-T.
Javier Rupérez es político y diplomático. Fue diputado y senador; y embajador de España ante la Conferencia sobre la Seguridad y Cooperación en Europa, la OTAN y los Estados Unidos.
Emilio Lamo de Espinosa es catedrático emérito de Sociología. Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Vicepresidente de UNIR. Fue presidente del Instituto Elcano. Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política.
Avance
El siglo XX ha conocido dos guerras mundiales y una cifra de muertos de 230 millones, pero también el mayor y mejor organizado esfuerzo por preservar la paz, con la creación de Naciones Unidas, señalaron Emilio Lamo de Espinosa y Javier Rupérez respectivamente. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, surgió la ONU, “una versión reformada, mejor organizada y mejor vista de la Sociedad de Naciones”, que establecía “la renuncia al uso de la fuerza” y una serie de principios como los derechos humanos y las libertades fundamentales. Con la caída de la URSS, se abrió un breve periodo de diez años, en el que ganaron las democracias, las libertades y el mercado, pero tras los atentados del 11-S, con la nostalgia de Putin por el imperialismo soviético y la aparición de China, como superpotencia económica y militar, se han creado tensiones que amenazan la paz.
Actualmente hay dos polos de conflicto: Indo-Pacífico y la guerra de Ucrania. Respeto del primero, “hay que respetar a China, con cuidado pero sin miedo, porque dependemos de China y esta depende de Occidente”, como pone de manifiesto el papel de la UE. En la invasión de Ucrania ha pesado la ideología, la nostalgia de Putin, expresada en la frase “la caída de la URSS es la catástrofe geopolítica más grande del siglo”, así como un problema de victimismo existencial de Rusia. Según Rupérez, “hay que ganar la guerra a Putin, como se hizo con Hitler”; sin embargo es dudoso que sea posible, apunta Emilio Lamo. ¿Qué salidas caben? Que las élites político-militares quieran parar la locura de Putin, conjuras internas, que medie China, o quizá un alto el fuego a la coreana, una tregua indefinida. La conclusión, expuesta por Lamo de Espinosa, es que “la paz es algo inestable, por lo que hay que luchar” y que debe construirse sobre la interdependencia y la cooperación.
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A la vista de lo que nos enseña la historia; lo sucedido en el siglo XX, con dos guerras mundiales; y las tensiones del convulso escenario actual no aspiramos a una paz perpetua pero si a algún tipo de paz transitoria, por interdependencia. Estas han sido algunas de las conclusiones a las que han llegado el político y diplomático Javier Rupérez, y el catedrático Emilio Lamo de Espinosa en el debate ¿Es posible la paz? celebrado en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Se trata de una sesión del seminario Pensar el siglo XXI, dirigido por Lamo de Espinosa, vicepresidente de UNIR.
Este señaló que el sueño de la paz perpetua, “que planteó Kant en el siglo XVIII con su famoso tratado, no ha sido posible”. Para los polemólogos, “la paz es una excepción a la guerra, es una tregua”. Solo en el siglo XX, se calcula en 230 millones los fallecidos como consecuencia de la guerra. Y el objetivo de la ONU y de la Unión Europea es que nunca más se repitan las guerras mundiales. Incluso el periodo más largo de paz, desde 1945, ha reposado sobre el equilibrio inestable y la amenaza nuclear.
La experiencia fundamental en la historia reciente es “la paz de Versalles (1919), con los 14 puntos para la paz, del presidente norteamericano Wilson” destacó Javier Rupérez. Fue el germen de “la Sociedad de Naciones, pero las condiciones impuestas por la paz a Alemania, vencida en la Gran Guerra, fueron imposibles de cumplir y la raíz de una segunda guerra, como advirtió J. M. Keynes en Las consecuencias de la paz”.
El preámbulo de la Carta comienza diciendo: “Nosotros los pueblos de las Naciones Unidas resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles…” subrayó el diplomático. Y ¿qué es, en esencia, la ONU? “la renuncia al uso de la fuerza”. Además de una “serie de principios como los derechos humanos y las libertades fundamentales, la igualdad de sexos; y establece quien detenta el predominio del uso de la fuerza: la misma organización”. Lo cual supone “una evolución esperanzadora, aunque no perfecta”, en la lucha por la paz, apostilló.

A preguntas de Emilio Lamo de Espinosa sobre el periodo de seguridad y prosperidad, tras la caída de la URSS, y el “fin de la historia” del que hablaba Fukuyama, Javier Rupérez señaló que el politólogo norteamericano “tenía razón, porque hemos ganado las democracias, las libertades y el mercado”. Y “la Unión Soviética se viene abajo ella sola, sin que nadie tirara un tiro, porque no se tenía en pie”.
Pero esa ilusión de prosperidad y seguridad, “se estropea, a partir de 2001, con los atentados islamistas del 11-S”, lo cual produce una serie de reacciones; después Rusia intenta recuperar lo que había perdido con la caída de la URSS, y surge, por otro lado, China. Y llegamos a “un periodo enormemente complicado” como consecuencia de la “criminal invasión de Ucrania”. A pesar de todo, añadió Rupérez, “no ha habido una Tercera Guerra Mundial; y Naciones Unidas sigue siendo un elemento de referencia indispensable”. “¿Alguien tiene mejores fórmulas que Naciones Unidas?, apostilló el diplomático.
Emilio Lamo estuvo de acuerdo en subrayar el paso que supone Naciones Unidas y el papel que juegan sus principios, pero objetó que “su capacidad efectiva es muy limitada”.
El catedrático señaló las zonas de conflicto que amenazan la paz: las dos fronteras de Europa (por el Este, con Rusia, y por el Sur); el enquistado conflicto de Oriente Medio: y en Asia, el Indo-Pacífico, sin contar con el ciberespacio, donde se libra un guerra sin tregua.
Respecto al Indo-Pacífico, Javier Rupérez afirmó que “hay que respetar a China, con cuidado pero sin miedo, porque dependemos de China y esta depende de Occidente”. Pekín es consciente de sus limitaciones y de los riesgos que corre en su pulso con Occidente mucho más que hace cuatro años.
“Más me preocupa -añadió- que intente vender su sistema de progreso económico y autoritarismo político” al Tercer Mundo. Y que “se esté expansionando por África y América Latina, comprando físicamente tierras”.
«Desde la Unión Europea, la relación con China tiene tres dimensiones», expuso Emilio Lamo, «somos socios en muchas actividades; somos competidores en otros campos (tecnología, etc.); y somos rivales sistémicos». De suerte que «tenemos mucho que ganar abriendo el marco a las dos primeras dimensiones».
La paz liberal que se había intentado con Rusia se rompió, según Rupérez, por la nostalgia por el imperio soviético de Putin, expresada en la frase “la caída de la URSS es la catástrofe geopolítica más grande del siglo”., así como un problema histórico de victimismo existencial de Rusia. Emilio Lamo aludió, además, al “peso de la ideología, esa otra gran variable que explica las guerras, por encima de factores económicos”.
Ante ello, no cabe “buscar una solución diplomática” -afirmó Rupérez-, sino “hacer que Putin se vaya de Ucrania, que no se lleve nada de lo que se ha quedado indebidamente y que pague la factura”. No podemos permitir que “el chantajista se salga con la suya, como hizo Hitler con los Sudetes” añadió.
“Putin es otro chantajista”, que ante la tibia reacción occidental “tras la ocupación ilegal de Crimea, en 2014, tomó nota y ahora tenemos la invasión de Ucrania”. Por lo tanto, “hay que ganar la guerra a Putin, igual que se hizo con Hitler”.
¿Pero es posible ganar la guerra? planteó Lamo de Espinosa. ¿Qué soluciones habría? Rupérez señaló que está por ver que “las élites militares y políticas estén dispuestos a permitir que llegue hasta el final de su locura, teniendo en cuenta que Rusia está viviendo una situación agónica”. Por otro lado, “¿el mundo occidental, sobre todo EE.UU., va a seguir respetando esas fronteras, porque el ejército ruso no va a ninguna parte?”. Y luego está China, que “puede decir hasta aquí hemos llegado”.
El problema, según Lamo de Espinosa, es que “Ucrania no va a renunciar a su soberanía. Y Putin no va a dar marcha atrás. En el medio plazo no se atisba una solución diplomática».
Y algunos especulan sobre “la posibilidad de un alto el fuego, a la coreana, en una tregua indefinida”.

Emilio Lamo concluyó la sesión señalando que “La paz es algo inestable, que no no es dada, y por lo que hay que luchar”. De forma que la paz que tenemos que “articular y construir reposa sobre tres tercios”, dijo parafraseando la teoría de Robert Cooper. “Un primer tercio en una cierta hegemonía de las democracias o países liberales. El segundo tercio, es el equilibrio; tiene que haber equilibrio de poderes y respetar a los demás países, aunque no nos guste. Y el último tercio es la paz liberal, por interdependencia, es decir, la paz por cooperación, por colaboración”.
Pasado en revisión y presente en conflicto. Eso significa en la actualidad la historia del colonialismo y del imperialismo. De ser «un remanso académico irrelevante y estudiado por carcamales y reaccionarios» ‒la frase es de The Economist‒ se ha transformado en un apasionado vivero de razones para entender el presente, cuando no en un agitado campo de batalla. El auge de la teoría crítica de la raza, seguida del movimiento Black Lives Matter, cambiaron el panorama por completo y «colonialismo e imperialismo han pasado a ser culpados por muchos, especialmente en la izquierda política, de muchos de los males actuales», se lee en el semanario británico. Entre estos últimos se situarían el racismo sistémico, desigualdades económicas… La publicación ofrece a continuación siete libros para manejarse en un asunto en el que sobra simplificación y nunca está de más un poco de reflexión. Estas son sus lecturas recomendadas para saber más (y mejor) sobre un asunto controvertido que marca la conversación política, social y cultural del presente.
1 John Darwin: El sueño del imperio. Auge y caída de las potencias globales 1400-2000. Taurus, 2012

Otomanos, mogoles, manchúes, británicos, soviéticos, japoneses y nazis… Todos los imperios están destinados a ser eternos mientras duran; y todos acaban cayendo. Sin embargo, el autor muestra en este libro cómo la ambición imperial creó el mundo que hoy conocemos y presenta un ejercicio de historia comparada que cuestiona la visión eurocéntrica. Así, desplaza el foco de atención de Europa occidental a los grandes imperios de Eurasia: el ruso, el persa y el mongol para ayudar a explicar el revanchismo en la Rusia y el Irán contemporáneos. Este es uno de los aspectos que destaca The Economist. El otro, desinflar el argumento de que el imperio, el imperialismo, «es el pecado original de los pueblos europeos, que corrompieron un mundo inocente. Al contrario, demuestra que el imperio ha sido el modo de organización política por defecto a lo largo de la historia».
2 Kwasi Kwarteng: Ghosts of Empire. Bloomsbury, 2012

Como es natural, el semanario británico se centra en sus lecturas recomendadas en la historia del Imperio Británico. «Fue el más grande de todos y el que más ha influido en el mundo moderno» se lee en el artículo original. Entre los libros que reseñan, este del diputado conservador británico de ascendencia ghanesa, Kwasi Kwarteng, les parece «el más sensato, informativo y ameno. Aporta objetividad y conocimiento del tema» y, añaden sobre su autor, «es, sin duda, mejor historiador que Ministro de Hacienda». Del mismo autor, en español está traducida, en la editorial Turner, su Historia del dinero un recorrido por quinientos años de historia del imperialismo desde el punto de vista de las finanzas.
3 Shashi Tharoor: Inglorious Empire. What the British Did to India. Scribe, 2018

Un libro «nada de desapasionado» de un miembro del Partido del Congreso, que gobernó la India tras la independencia, en el que el autor refuta las afirmaciones de que la dominación británica aportara beneficios a la India. Reconoce consecuencias positivas, pero argumenta «que no son más que «subproductos»» de esa dominación. Se muestra contundente: «La India fue gobernada para el beneficio de Gran Bretaña. El ascenso de Gran Bretaña durante 200 años fue financiado por el expolio de la India». Tharoor se deleita ‒se lee en el artículo de The Economist‒ en utilizar a los propios británicos para apoyar sus argumentos. Así, un funcionario de la Compañía de las Indias Orientales, considerando su propia buena fortuna, reflexiona: «El inglés florece y actúa como una esponja, extrayendo riquezas de las orillas del Ganges y exprimiéndolas en las orillas del Támesis». El artículo reproduce esa cita del propio libro y cierra así el texto que lo presenta: «Hasta aquí la «misión civilizadora» del dominio imperial».
4 Adam Hochschild: El fantasma del rey Leopoldo. Una historia de codicia, terror y heroísmo en el África colonial. Península, 2020

Un libro decisivo: suscitó un debate que hizo que Bélgica cambiara de actitud hacia el pasado colonial del país. Como recuerda el artículo de The Economist: la estatua grafiteada que aparece en la foto de cubierta es del rey Leopoldo II. Casi se ha vuelto un lugar común medir este libro con el de Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas, que sigue siendo una de las mejores y más mordaces novelas sobre el imperialismo. Desde la realidad, esta obra es la historia del saqueo del territorio que rodeaba el río Congo en el tránsito del siglo XIX al XX, cuando las potencias europeas se repartían África y el rey Leopoldo II se hizo con buena parte del botín. Aunque acabó reduciendo en diez millones de personas la población de la zona, consiguió cultivar con astucia su fama de persona muy humanitaria. El fantasma del rey Leopoldo, «relato de una riqueza mucho mayor de lo que cualquier novelista podría inventar» ‒se lee en la web de la editorial que se ocupó de la traducción‒ es la descripción horripilante de un megalomaníaco de proporciones monstruosas. Y es también la historia de quienes lo desafiaron: los dirigentes locales y un puñado de misioneros o viajeros que siendo testigos de un holocausto lucharon en el primer movimiento del siglo XX a favor de los derechos humanos. Protagonistas y héroes como el diplomático de origen irlandés Roger Casement o el periodista británico de origen francés Edmund Morel que denunciaron la esclavitud, el crimen y otros abusos.
5 Pieter Judson: The Habsburg Empire: A New History. Harvard University Press, 2018

The Economist lo destaca por ser el único ejemplo de imperio europeo que se ha estudiado tanto por sus logros como por sus iniquidades. Formado en gran parte por matrimonios dinásticos y tratados, el imperio de los Habsburgo dominó Europa central durante siglos y se derrumbó al final de la Primera Guerra Mundial, dando paso a países herederos como Polonia, Yugoslavia y Checoslovaquia. La violenta desintegración de algunos de ellos en el siglo XX, a veces acompañada de guerras civiles, condujo entonces a una reevaluación del imperio. Historiadores como Pieter Judson hace hincapié en cómo la monarquía supo cohesionar una entidad próspera, multiétnica y cultural. Puede encerrar algunas lecciones para el presente: «Algunos sostienen que los políticos de hoy podrían aprender mucho de los Habsburgo sobre cómo conciliar los nacionalismos étnicos con estructuras políticas federales. La Unión Europea ha asimilado algunas de esas lecciones».
6 Ryan Gingeras: The Last Days of the Ottoman Empire: 1918-1922. Allen Lane, 2023

También con recomendaciones para el presente acaba el texto de presentación de esta lectura: «El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha cultivado la nostalgia del imperio y se ha convertido en un sultán moderno», se lee en el artículo. Veamos cómo llega hasta ahí. En 1700, el sultán otomano gobernaba un extraordinario imperio que abarcaba gran parte del Oriente Próximo moderno, el norte de África, los Balcanes y el Mar Negro. Durante los 200 años siguientes, las potencias rivales se apoderaron de los territorios de la periferia, mientras que los nacionalistas de las partes constituyentes conspiraban contra los sultanes desde dentro. Con el tiempo, el imperio acabó de rodillas. Ryan Gingeras, académico estadounidense, se centra en este reciente libro en los últimos años de esta épica historia, cuando el moderno Estado laico de Turquía surgió de los escombros del sultanato. Se trata de un relato de las consecuencias, a menudo imprevisibles y sangrientas, del colapso imperial donde el autor muestra cómo estas siguen influyendo en el devernir del Kurdistán, Armenia y otras regiones.
7 Peter Jackson: The Mongols and the Islamic World; from Conquest to Conversion. Por Yale University Press, 2017

En la estela del anterior, este libro de Peter Jackson sigue ampliando el mapa de la historia imperial. El mongol fue el mayor imperio terrestre de la historia, gobernado por nómadas con una corte compuesta por miles de tiendas. Al frente, el fundador Genghis Kan, famoso por su brutalidad, que murió en 1227. Él y su ejército masacraron a las poblaciones urbanas a medida que se extendía hacia el oeste desde su tierra natal en la estepa de Asia central. Sin embargo, establecieron lo que se ha llamado la pax mongola, un periodo de estabilidad para una vasta parte de Eurasia durante la que se promovió el intercambio comercial y cultural que refleja este libro. Jackson sostiene que, contrariamente a su imagen de bárbaros salvajes, los mongoles «también estimularon la actividad intelectual y cultural del mundo islámico». Original y sorprendente, este libro sugiere lo mucho que queda por escribir de esta parte de la historia imperial, concluye el artículo de The Economist.
Antonio Abril es presidente de la Conferencia de Consejos Sociales de las Universidades Españolas (CCS). Abogado del Estado, es presidente del Consejo Social de la Universidad de La Coruña y vicepresidente del Foro de Marcas Renombradas Españolas.
Hay “una excesiva distancia entre universidad y sociedad, que impide convertir en economía real la mucha y buena investigación que se hacen en las universidades” afirmó Antonio Abril. Lo cual se debe a una serie de factores, que analizó en su ponencia, como el déficit de gobernanza en la universidad o la falta de cultura de cooperación con el sistema productivo. La Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU), aprobada en marzo, ha sido, en su opinión, una oportunidad perdida para reformar el déficit de gobernanza, porque la norma “insiste en el procedimiento de autogestión y disminuye las competencias de los consejos sociales”, y además deja fuera un aspecto esencial para dinamizar la universidad como es la cooperación con la empresa. El ponente propone seguir las recomendaciones de la Hoja de Ruta para la mejora de la transferencia del conocimiento y la colaboración entre ciencia y empresa, y acometer reformas de calado en los sistemas de gobernanza; en incentivos para promover la transferencia; en actuaciones de los agentes de intermediación; y en la promoción de la innovación. Y valora lo que se ha logrado avanzar con el Plan de Transferencia y Colaboración del Ministerio de Ciencia e Innovación para fortalecer los vínculos entre el sector público y el privado en I+D+I.
A preguntas de Jordi Sevilla, presidente del Consejo Social de UNIR, sobre la necesidad de un gran pacto de Estado, Abril manifestó que a los políticos hay que pedirles “valentía, generosidad y grandeza de miras” para hacerlo y reformar el sistema universitario. Y a preguntas de Rafael Puyol, abogó por una más estrecha colaboración entre universidades públicas y privadas,la internacionalización de las universidades y la apuesta por la, cada vez más demandada, formación continua.
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«No somos capaces de convertir en economía real la mucha y buena investigación que se hacen en las universidades” señaló Antonio Abril, presidente de la Conferencia de Consejos Sociales de las Universidades Españolas (CCS), en una sesión celebrada en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Esa “asignatura pendiente de país”, que pone de manifiesto “una excesiva distancia entre universidad y sociedad”, se debe a diversos factores que Abril analizó, como el déficit de gobernanza de la universidad, o la falta de cultura de cooperación de la universidad con el sistema productivo. Para afrontar estos problemas, reclamó un gran pacto de Estado, “con valentía, generosidad y grandeza de miras”.
Antonio Abril clausuró con la ponencia sobre la colaboración público-privada, el ciclo La dimensión social de la universidad, celebrado en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), y dirigido por su presidente, el catedrático Rafael Puyol.
Abril comenzó señalando, desde su experiencia como vicepresidente del Foro de Marcas Renombradas, que “España tiene una buena imagen en el ranking de prestigio global de las 55 principales economías del mundo, pero hay tres atributos que no nos favorecen: el sistema educativo, las marcas y empresas reconocidas, y la poca tecnología e innovación”.
Indicó que “la universidad adolece de dos problemas endémicos: el gobierno universitario, que ha generado excesiva distancia con la empresa, y la insuficiencia financiera”. Los cargos en la universidad se eligen por sufragio corporativo, desde la ley de 1983, “dando a la sociedad una representatividad meramente testimonial a través de los consejos sociales”. La Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU), aprobada en marzo, no corrige el problema de la actual gobernanza, porque “insiste en ese procedimiento de autogestión y disminuye las competencias de los consejos sociales. Algo muy alejado de los modelos de éxito de Europa”.
“Los consejos sociales -añadió el ponente- solo somos órganos de control económico y presupuestario, y carecemos de las capacidades reales para el ejercicio de las competencias teóricas que la ley nos reconoce, como está señalando el Tribunal de Cuentas”. Esto es así porque “la intervención interna no depende de los consejos sociales, y porque estos no participan en la elaboración de documentación económica y presupuestaria”. Están pensados -agregó posteriormente- “para que no funcionen porque no tenemos recursos, ni competencias reales”.
Recordó que los agentes sociales solicitaron en 2018 en el Congreso “una nueva ley de universidades”, a fin de corregir esas deficiencias, mediante una reforma profunda basada en un gran pacto de Estado, pero no se ha producido. La LOSU “no nace de un pacto de Estado y se ha aprobado por una mayoría mínima del Gobierno”.
Es más, en el preámbulo -detalló Abril- se llega a decir: “necesitamos una ciencia abierta que asuma ese conocimiento como un bien común accesible y no mercantilizado”. “Cómo es posible -subrayó el ponente- una ley que hable en sentido peyorativo de los resultados de la transferencia de la investigación”.
Se remitió a la Hoja de Ruta para la mejora de la transferencia del conocimiento y la colaboración entre ciencia y empresa, (2022), que recoge recomendaciones de la OCDE, y en la que se indican cuatro áreas prioritarias de reforma. Primero, los sistemas de gobernanza, porque los actuales “dejan poco margen a la sociedad para participar en la definición de sus misiones”. Se debe seguir el ejemplo de otros países europeos que “han dado voz a actores externos en la planificación estratégica de la universidad”. Segundo, reequilibrar y alinear los incentivos individuales e institucionales para promover la transferencia y colaboración. Se trata de “aumentar el reconocimiento individual de los méritos de la transferencia junto con la excelencia investigadora; y redefinir el sexenio de transferencia para maximizar su efecto incentivador”.
Mejorar, en tercer lugar, “las actuaciones de los agentes de intermediación, reduciendo la carga burocrática de los investigadores”. Y finalmente, “promover el desarrollo de capacidades de innovación y colaboración en el sector empresarial”.
“No todo lo hemos hecho mal” indicó Antonio Abril. Hay dos iniciativas positivas: Por un lado, el Plan de Transferencia y Colaboración del Ministerio de Ciencia e Innovación, (2022), para fortalecer los vínculos entre el sector público y el privado en I+D+I, aumentar el impacto socioeconómico de la inversión pública en investigación e impulsar la capacidad innovadora de las empresas. Este Plan asume la Hoja de Ruta de la OCDE y sus conclusiones.
Y por otro lado, un sistema de incentivos a la investigación aplicada y a la transferencia. Se trata del Acuerdo de la Comisión Nacional evaluadora de la actividad investigadora (CNEAI), (2018).
y aunque “aumenta la proporción de las patentes realizadas por universidades, se trata de ingresos modestos”. Y en “la creación de spin-off universitarias no vamos a más sino a menos”, debido, en parte, a “la falta de dominio de habilidades de gestión y administración”.
Concluyó señalando que “el traslado de los resultados de la investigación científica a los mercados, con capacidad de generar crecimiento empresarial (…) es un reto no resuelto”, como dice textualmente el preámbulo de la Ley de Ciencia y Tecnología.
En el coloquio posterior, el presidente del Consejo Social de UNIR, Jordi Sevilla, preguntó por qué no se han solucionado antes los problemas de minifundismo empresarial y gobernanza de las universidades publicas. «En las privadas, donde no existe el problema de la gobernanza, nos ha faltado esa demanda en las empresas, por lo tanto resolver el problema de la gobernanza es importante pero no suficiente”.
Abril señaló que “falta cultura de cooperación público-privada” como señala la mencionada hoja de ruta, y “esto no se cambia de la noche a la mañana”; y que el “cambio no sale de dentro de los estamentos universitarios, sino que solo puede venir de los que tienen capacidad legislativa para hacerlo”, y para ello es necesario “vencer las resistencias al cambio”.
¿Deberíamos forzar a los partidos a que pactaran este tipo de reformas? preguntó Sevilla, a lo que Abril respondió que a los políticos hay que pedirles “valentía, generosidad y grandeza de miras” para hacer un gran pacto de Estado y reformar el sistema universitario.

A preguntas de Rafael Puyol, el ponente abogó por una más estrecha colaboración entre universidades públicas y privadas; la limitación de la endogamia; la diversificación de las fuentes de financiación; y la transparencia en la rendición de cuentas. Y como regla general para dinamizar la educación superior, advirtió que “el corporativismo se opone a la competitividad”.
Finalmente, apuntó dos retos que pueden constituir una oportunidad para la universidad: la internacionalización y la formación continua. Respecto a esta última, Abril recordó que está creciendo “la demanda de longlife learning, ya que ahora más que nunca, los conocimientos tienen fecha de caducidad, y hace falta actualizar conocimiento y competencias”.
El ciclo de UNIR La dimensión social de la universidad ha reunido a destacados académicos del mundo universitario como Juan Romo, presidente de Crue; Andrés Rodríguez Pose, catedrático de la London School of Economics; Mari José Aranguren, directora general de Orckestra-Instituto Vasco de Competitividad; Amaya Mendikoetxea, rectora de la Universidad Autónoma de Madrid e Ignacio Villanueva, rector de la Universidad de Oviedo. A lo largo de los seminarios se han abordado temas tan relevantes como el valor cultural de la universidad, el papel de la mujer, el impacto de la universidad en el territorio y la atención a un alumnado de todas las edades y con todas las necesidades.
Michel Onfray lleva más de treinta años construyendo una obra filosófica y literaria de la que dan cuenta un centenar de libros inspirados en la sabiduría latina, el socialismo libertario y la crítica nietzscheana al idealismo occidental. Fundó la Universidad Popular de Caen en 2002 y la revista Front Populaire en 2020.
Michel Houellebecq es poeta, ensayista y novelista, autor de novelas donde afronta temas de actualidad, suscitando a menudo fuertes controversias. Entre sus últimos títulos, todos en Anagrama, Aniquilación, Serotonina, Sumisión y la reciente Más intervenciones, donde condensa su pensamiento a través de sus apariciones y manifestaciones públicas.
Seis horas de conversación entre Michel Onfray y Michel Houellebecq dieron lugar a una entrevista de cuarenta y cinco páginas publicada en un número especial de Front Populaire, la revista fundada en 2020 por el propio Onfray junto con Stéphane Simon. Entre acuerdos y desacuerdos, los dos autores tocaron los grandes temas de la época (y de casi todas las épocas): desde la existencia de Dios al declive de Occidente, pasando por la eutanasia, la pena de muerte, el europeísmo, el turismo, el choque de civilizaciones o el «gran reemplazo». En este texto se traduce, con autorización, uno de los capítulos relevantes en relación con uno de ellos, el que se llevaba a la portada de dicha publicación: ¿Fin de Occidente?
La conversación se inicia alrededor de Sumisión, el libro de Houellebecq publicado en 2015 que narraba el ascenso a la presidencia de la república de un carismático líder de una formación islamista moderada. La acción se desarrollaba en el aquel entonces futuro año 2022. Michel Onfray le pregunta por el posible género de su obra, si se trata de ciencia ficción… Houellebecq se inventa uno al responder que se trata de una «anticipación moderada». Y así prosigue su conversación.
Michel Houellebecq: Como profeta estoy sobrevalorado: me equivoqué, no hemos elegido a un presidente de la República musulmán moderado. Solo me puedo felicitar por algo menor: haber adivinado que la universidad sería uno de los primeros lugares de colaboración con el islamismo. No era evidente en aquella época. El movimiento woke no existía en Francia. […] Tampoco preví que la fracción radical del islam lo tendría tan fácil. Esto me sorprendió hasta el punto de hacerme cambiar de opinión en algo importante. Siempre había pensado que yo no era un reaccionario por una simple razón: no creía que fuera posible un retroceso. Pues bien, los talibanes han tenido éxito en su vuelta al siglo VII, mientras que los reaccionarios más extremistas del mundo occidental proponían volver al siglo XIII. […] Pues, mira, francamente, si va a haber un régimen teocrático, prefiero que sea el católico.
Michel Onfray: «¿De verdad piensas que un retorno potente del catolicismo es una posibilidad? Para mí es imposible. O sea, tienes razón al poner el foco en la vuelta del islamismo. Incluso aunque yo no crea que este fenómeno sea tan poderoso. Lo que quiero decir es que no se trata más que de una reacción al poder norteamericano, una reacción peligrosa, criminal y condenable, pero ¿basta eso para establecer una civilización? Creo que la llegada al poder de los islamistas en Irán fue una respuesta a la dominación imperialista planetaria estadounidense. Cuando Jomeini llega a Teherán, Foucault habla del retorno de la espiritualidad a la política. Pero ¿qué espiritualidad? ¡Qué pobreza! No hubiera funcionado si no hubiera sido sobre la cristalización de un enemigo: Estados Unidos, Occidente y los explotadores, Israel, etc. Es en este sentido en el cabe hablar de islamoizquierdismo, tan extendido hoy día en la Universidad y enraizado con el odio hacia los judíos y el capital. Aprovecho para apoyar aquí tu defensa de Israel. Pienso es un reducto de civilización y que la solución no pasa por una vuelta al cristianismo, sino quizá en decir algo así como: «tomemos ejemplo de este pueblo que ama, que defiende y que perpetúa su identidad». Ya lo decía antes, una civilización tiene necesidad de trascendencia». […] He tenido la oportunidad de debatir con sacerdotes tradicionales para constatar que eran expertos en teología, ontología… Cuando veo que presentan a este papa como una tabla de salvación… Qué diferencia abismal con su predecesor, Benedicto XVI, que era un gran teólogo.
M. H.: Eso es verdad. Son de otra pasta los sacerdotes tradicionales. Pero es más fácil conducir a la gente a través del odio que a través de un discurso sobre la gracia.
M. O.: Algunos intelectuales piensan que hay que volver a la misa en latín, como Chantal Delsol que sostiene que la decadencia del cristianismo permite volver al cristianismo original, a la época, por decirlo pronto, de las catacumbas: Pero si el futuro del cristianismo es su pasado más antiguo entonces es que está realmente acabado.
M. H.: La Reconquista empezó en España cuando estaba bajo la dominación musulmana. Todavía no estamos en esta situación, pero sí se puede constatar ya que la gente se está armando. Y no se trata de tarados. Cuando territorios enteros estén bajo control islámico, pienso que habrá actos de resistencia […] como un Bataclan a la inversa. Y ellos no se van a contentar con poner velitas y flores, así que sí las cosas pueden ir bastante deprisa. Una de las cosas más llamativas entre las reacciones a la Carta de los generales [1] es la proporción de franceses que esperaba una guerra civil en un futuro próximo.
M. O.: Aquí se separan nuestros puntos de vista porque yo creo que la guerra civil ya está aquí, latente. Cada día la gente es apaleada, atropellada por bandas […]. Nos abocamos a un primitivismo […] y el problema es que este estado de violencia en el que nos encontramos no es reconocido por el presidente de la República […]. Julien Freund, un filósofo político muy interesante definía la soberanía como la posibilidad de decidir quién es el enemigo. Esto es bien cierto, pero se ha retorcido, de modo que, a menudo, son los enemigos los que nos eligen […]. Macron ha decidido que a los enemigos les diremos todo el rato «gracias», «por favor», «perdón». Pero una democracia en forma es una democracia que no se impide emplear la violencia, que se defiende. […] Las personas prefieren vivir sometidas antes que morir libres y triunfantes. Si reciben una agresión, bajan la cabeza y los de alrededor se largan, no quieren saber nada. Es humano, sobre todo para los representantes de una cierta izquierda que vienen a decir que la policía mata, que aquellos que se supone que quieren impedir la violencia estarían en el origen de esta misma. Qué vergüenza.
M. H.: «La cobardía está muy extendida, sí. Muchas veces me he preguntado qué pasaría cuando hoy los de la interseccionalidad se encontrarán cara a cara con la más flagrante de sus contradicciones: la oposición frontal entre islam y feminismo. Bueno, las violaciones en Colonia me han abierto los ojos: en caso de duda, con el islam o, simplemente, con la inmigración. […] Las feministas occidentales no son tan peligrosas como los otros, ellas son tan cobardes como los hombres occidentales… Todos dispuestos a someterse».
Entrevista completa:
https://frontpopulaire.fr/articles/dieu-vous-entende-michel_ma_17072512
[1] Es uno de los peligros contra los que alertaban los firmantes de la llamada Carta de los Generales, que apareció en abril de 2021 en la revista Valeurs actuelles con el título Por una vuelta al honor de nuestros gobernantes. En la carta se denunciaba el auge del islamismo, la delincuencia, la desintegración del país y se invitaba a los representantes a tomar medidas contundentes.
*Traducción y adaptación: Pilar Gómez
George Orwell se llamaba en realidad Eric Arthur Blair (Motihari, India, 1903–Londres, 1950). Novelista, periodista, ensayista y crítico literario, se ha convertido en uno de los grandes de las letras del siglo XX. Entre sus obras destacan Homenaje a Cataluña (1938), Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949).
George Orwell fue un escritor fundamentalmente político a lo largo de toda su carrera literaria, y por eso era muy consciente de que sin libertades individuales es imposible la tarea del escritor, que debe expresar sus ideas con espontaneidad y sin dejarse intimidar por las presiones o intereses de otros (sean partidos, grupos, Estados…). Sin libertad de pensamiento no sólo es imposible el periodismo sino también la literatura. “Cualquier escritor que se deje influir por la perspectiva totalitaria se destruye a sí mismo como escritor”, sentencia Orwell. En una época llena de eventos políticos radicales y traumáticos como la que le tocó vivir, Orwell no podía dejar de escribir sobre temas políticos, pero el reto era hacerlo con rigor y honradez ante las difíciles circunstancias y las constricciones del entorno.
El escritor y la política. Ensayos escogidos recoge ocho textos fechados entre 1940 y 1948. Se trata de cinco artículos y tres charlas radiofónicas cuyo denominador común, como el título indica, es la relación entre los escritores y la política, tema central de la propia trayectoria de Orwell como escritor e intelectual. Resalta en todos ellos la complejidad de la cuestión, pues sus sucesivas reflexiones, lejos de resultar simplistas, van analizando las distintas vertientes del problema y ofreciendo diferentes prismas, teniendo en cuenta el contexto histórico en que tuvo que vivir. De ahí que a veces parezca contradecirse en algunos puntos, cuando en realidad está matizando las distintas posiciones en disputa. Su obra no es, después de todo, sino una profunda reflexión sobre las consecuencias nefastas del totalitarismo y un canto a la libertad de expresión.
George Orwell: El escritor y la política. Ensayos escogidos. Página Indómita, 2023.
En el primer texto del libro, titulado «Por qué escribo» (1946), Orwell recuerda cómo y por qué empezó a escribir y de qué manera fue forjándose su trayectoria como escritor, cuestión que considera relevante en todo autor, pues no se pueden evaluar los propósitos de alguien sin conocer su desarrollo temprano, en el que se va creando una actitud emocional de la que su obra es resultado. Orwell tuvo una vocación clara de escritor desde muy pequeño, desde los cinco o seis años, propiciada por cierto sentimiento de soledad en casa y en la escuela, que le impulsó a imaginar historias.
Por otro lado, era consciente de su habilidad en el manejo de las palabras y sentía que su mundo interior podía compensar su fracaso en la vida cotidiana. Al margen de sus inicios infantiles en la poesía, durante años se dedicó a un ejercicio literario que le resultó enormemente provechoso: «Elaboré una historia continua sobre mí mismo, una especie de diario que sólo existía en mi mente». Poco a poco esas historias dejaron que enfocarse de forma narcisista en sí mismo y empezaron a prestar más atención al exterior, convirtiéndose en una descripción de lo que hacía y veía. Ese esfuerzo descriptivo, tan inconsciente como meticuloso, sería el mejor taller de forja de su estilo literario. También descubrió, ya adolescente, el gozo que producen las palabras en sí mismas, sus sonidos y sus asociaciones.
Cuatro motivos para escribir
Considera Orwell que hay cuatro grandes motivos para escribir: el puro egoísmo, la pasión estética, la motivación histórica y el propósito político (y afirma que en él pesan más los tres primeros motivos que el cuarto). El primero tiene que ver con el deseo de parecer inteligente y de tener cierta repercusión en la sociedad, incluso de ser recordado después de la muerte. El segundo se refiere a la percepción de la belleza del mundo exterior o al placer que producen las palabras, su sonoridad o el ritmo de una buena prosa, así como el deseo de compartir una experiencia que uno considera valiosa. El tercero se refiere al deseo de ver las cosas como son, descubrir hechos verdaderos y registrarlos para la posteridad. Por último, el cuarto, que es el que enlaza con el tema central del libro, responde al deseo de contribuir a que las cosas cambien de determinada manera o que el mundo se mueva en cierta dirección, coincidente con el tipo de sociedad que el autor considera la mejor. Por eso en ningún caso el arte y la literatura pueden desconectarse totalmente de lo político, e incluso «la opinión de que el arte no debe tener nada que ver con la política es en sí misma una actitud política».
La razón principal que Orwell señala para explicar el cariz político de su obra literaria es la época en que le ha tocado vivir: «En una era pacífica —argumenta—, podría haber escrito libros de prosa ornamentada o meramente descriptiva, y podría haber vivido sin ser apenas consciente de mis lealtades políticas. Pero, tal como están las cosas, me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista». Su experiencia sucesiva del imperialismo británico y de la guerra civil española, el ascenso de Hitler al poder, la potencia soviética, la Segunda Guerra Mundial, etc., habían inclinado la balanza de su prosa decididamente contra el totalitarismo. Y ya nada le haría cambiar.
La realidad histórica que le tocó en suerte vivir había determinado, por tanto, su dedicación a los temas políticos. Llega a afirmar que su aspiración principal entre 1936 y 1946 había sido «convertir la escritura política en un arte», partiendo siempre de una sensación de injusticia, de una mentira que quería denunciar o de un hecho sobre el que quisiese llamar la atención. Pero siempre sin dejar de lado totalmente la experiencia estética: «Rebelión en la granja fue el primer libro en que, siendo plenamente consciente de lo que hacía, intenté fundir en un todo el propósito político y el artístico».
No deja de advertir que «no se puede escribir nada legible a menos que se luche constantemente por borrar la propia personalidad» y que «la buena prosa es como el cristal de una ventana». Y termina reconociendo que «al repasar mi obra, veo que, invariablemente, cuando he carecido de un propósito político he escrito libros exangües y me han traicionado los pasajes grandilocuentes, las frases sin sentido, los adjetivos ornamentales y las sandeces en general».
El arte por el arte y la propaganda política
En «Las fronteras entre el arte y la propaganda» (1941) explica Orwell cómo en los últimos diez años la literatura había perdido casi por completo su cualidad estética y había sido inundada por la propaganda, sobre todo en el ámbito de la teoría o crítica literaria. Si desde la década de 1890 hasta la de 1920 la mayoría de los autores había puesto su esfuerzo en los aspectos formales y técnicos y había defendido la teoría del arte por el arte, en la década de 1930 se había producido una inversión total, mostrándose más interesados por el fondo que por la forma. Un caso especialmente señalado era el de los críticos marxistas, que «contemplan prácticamente todo libro como un panfleto político, y están mucho más interesados en exponer las implicaciones políticas y sociales de dicho libro que sus cualidades literarias en sentido estricto».
Para ilustrar ese cambio de perspectiva en la crítica literaria pone los ejemplos de Edith Sitwell (que se centra en lo técnico-formal) y Edward Upward (que considera que los libros sólo pueden ser buenos si son de tendencia marxista), y busca las razones del cambio en las circunstancias externas, en la atmósfera social del momento, que condiciona tanto la actitud estética como la actitud política hacia la literatura: hasta 1930 la sociedad vivía en la era dorada del capitalismo, un periodo de comodidad y seguridad excepcionales; pero desde la recesión económica y la llegada de Hitler al poder esa sensación de seguridad había saltado por los aires, y la gente vivía ahora en un mundo bajo amenaza constante. En esas circunstancias en que el propio esquema de valores se veía impugnado, la ilusión del puro esteticismo se había evaporado y toda persona reflexiva tenía que tomar partido, de modo que la literatura «tenía que volverse política, porque cualquier otra cosa habría supuesto la deshonestidad intelectual».
El problema es que, a la postre, la literatura se mezcló con el panfleto: «Nos recordó que la propaganda, de una forma u otra, acecha en cada libro, que cada obra de arte tiene un significado y un propósito —uno político, social, religioso—, que nuestros juicios estéticos siempre se ven teñidos por nuestros prejuicios y nuestras creencias. Desacreditó el arte por el arte» (para Orwell ninguno de los dos posicionamientos extremos es válido). Finalmente, el pacto de no agresión ruso-alemán de 1939 hizo descubrir a muchos de los escritores marxistas que «no puedes sacrificar tu integridad intelectual en aras de un credo político —o, al menos, que no puedes hacerlo y seguir siendo escritor—».
Literatura y totalitarismo
En «Literatura y totalitarismo» (1941), Orwell reconoce estar viviendo en «la era del Estado totalitario» (Alemania, Rusia, Italia), que no puede permitir ninguna libertad al individuo, y añade: «No entendimos que la desaparición de la libertad económica tendría efecto sobre la libertad intelectual». El totalitarismo ha abolido la libertad de pensamiento en su época hasta un extremo impensable en cualquier época anterior: «No sólo te prohíbe expresar, e incluso albergar, ciertos pensamientos, sino que dicta lo que pensar, crea una ideología para ti, intenta gobernar tu vida emocional tanto como te impone un código de conducta». En condiciones semejantes, con un Estado que controla los pensamientos y emociones de sus súbditos tanto como sus acciones, la literatura no puede sobrevivir. Para Orwell, si el totalitarismo se convierte en un fenómeno mundial y permanente, la literatura habrá llegado a su fin.
Frente a eso, la literatura moderna es para Orwell en esencia algo individual, la expresión veraz de lo que un hombre piensa y siente. No en vano, reconoce, lo primero que le pedimos a un escritor es honradez intelectual: que diga realmente lo que piensa y lo que siente, que no mienta. Si falta esa veracidad, falta el impulso creativo, y eso es lo que ocurre en los países totalitarios donde el escritor tiene que fingir su adhesión a la ortodoxia del momento, que además va cambiando. Por eso, termina diciendo, es tan importante «resistir al totalitarismo, ya nos venga impuesto desde fuera o desde dentro».
Denuncia Orwell en otro de los textos —«La literatura y la izquierda», de 1943— lo que llama «la caza del intelectual» por parte de la izquierda británica de su tiempo, que sobre todo ataca a los escritores que muestran especial originalidad y que juegan con las técnicas narrativas, como Joyce, Yeats, Lawrence y Eliot, y más si sus ideas políticas son opuestas a las suyas, como ocurre en el caso de Eliot, que queda descalificado por ser un monárquico anglocatólico y no por su valor literario. Pero como dice Orwell: «Que no te guste la visión política de un escritor es una cosa, y que no te guste él porque te obliga a pensar es otra, no necesariamente incompatible con la primera».
Deshonestidad y falta de rigor en los debates
En «Deshonestidad y literatura política» (1944) denuncia Orwell la ferocidad y deshonestidad de las controversias políticas de su tiempo, apuntando que «casi todo el mundo parece pensar que el oponente no merece ser escuchado con justicia, o que la verdad objetiva no importa cuando ignorarla te permite anotarte un tanto en el debate». Se reconoce como un asiduo lector de panfletos de toda clase y condición —conservadores, comunistas, católicos, trotskistas, pacifistas, anarquistas, etc.— y considera que comparten la misma atmósfera mental. En vez de buscar la verdad, los panfletarios ignoran los hechos y argumentan sin rigor ni honestidad, cayendo en parecidos trucos propagandísticos, cuyo hábito principal es despreciar las razones del adversario. Se hace un cálculo previo de a quién puede beneficiar un discurso, y si se trata del enemigo, se le critica insultando sin argumentar: por ejemplo, los trotskistas son tenidos por los comunistas como agentes activos de Hitler (si criticar a la Unión Soviética ayuda a Hitler, entonces «el trotskismo es fascismo»). Este hábito mental está a la orden del día también en nuestra sociedad.
Para Orwell lo importante es descubrir qué individuos son honrados y cuáles no, mientras que las acusaciones generalizadas no permiten hacer esa distinción: «Se considera intolerable admitir que un oponente puede ser tanto honrado como inteligente. Resulta mucho más gratificante gritar que es un estúpido o un sinvergüenza, o ambas cosas, que descubrir cómo es en realidad». Convendría no olvidar esta denuncia de Orwell y aplicar su posición a más de uno de los debates políticos o sociales actuales.
La libertad de pensamiento en peligro
En «La destrucción de la literatura» (1948) Orwell reúne una serie de argumentos en favor de la libertad de pensamiento y expresa su sorpresa por que en una reunión el PEN Club con motivo del tricentenario de un opúsculo de John Milton en defensa de la libertad de prensa nadie fuese capaz de señalar que la libertad de prensa consiste en la libertad de criticar y oponerse, de modo que —dice— la reunión casi se había convertido en una «manifestación a favor de la censura».
Considera Orwell que la libertad intelectual estaba siendo atacada en su época por los dos flancos: «Por un lado están sus enemigos teóricos, los apologetas del totalitarismo, y por el otro, sus enemigos prácticos e inmediatos: el monopolio y la burocracia». Para él todo estaba conspirando para convertir al escritor en «un funcionario menor, uno que trabaja sobre asuntos que le dictan desde arriba y que nunca dice la que a su juicio es toda la verdad». Nadie se atreve a quedarse solo. La independencia del escritor se veía perjudicada por fuerzas económicas imprecisas y a la vez era socavada por quienes deberían ser sus defensores. Se rebela Orwell contra la idea de que la libertad sea indeseable y que la honestidad intelectual sea una forma de egoísmo antisocial, como defendían ciertos sectores en su época, pues en realidad la controversia sobre la libertad de expresión y de prensa es en el fondo «una controversia sobre la conveniencia o no de contar mentiras».
En definitiva, como expone Orwell en todos los textos de este libro, lo que realmente está en juego es el derecho a —y, añadiríamos, la obligación de— relatar los sucesos contemporáneos con veracidad, algo que también debería ser aplicado, y con urgencia, a nuestra época de la llamada «posverdad».
David A. Bell. Historiador, profesor en el Departamento de Historia de la Universidad de Princeton. Tiene especial interés en la cultura política de la Francia ilustrada y revolucionaria. Es autor de varios libros (La primera guerra total está traducido al español en Alianza) y miembro de la Academia Americana de las Artes y las Ciencias.
«A lo largo de la historia moderna, la mayor amenaza para la democracia ha venido precisamente del rechazo de la propia política, de la consiguiente negación de legitimidad política a quienes no comparten las propias opiniones sobre cuestiones clave», escribe el autor de este artículo. El concepto de «oposición legítima» tuvo que abrirse y labrarse un largo camino no exento de retrocesos y riesgos. La convulsa situación política actual es uno de ellos porque ha llegado el momento en el que la negación de la diferencia legítima se rigidiza hasta convertirse en ideología y en ideología fundamentalista que «solo admite un punto de vista permisible sobre cuestiones clave, y juzga de inmediato a todos los que no comparten este punto de vista como algo intolerable» y exluyéndolos, así, del juego político. Ese es el triunfo de la antipolítica al que David A. Bell dedica este extenso artículo consolidado por cuatro corrientes o fenómenos que examina pormenorizadamente.
1 La tecnocracia, que en su versión más radical ejemplifican oligarcas sin un programa político definido más allá de destruir el gobierno federal y liberar a empresas (como las que lideran) de la regulación y los impuestos. Tienen «hambre de dominación» y sienten «sienten un desprecio visceral por la democracia».
2 El fundamentalismo del libre mercado, radicalizado en las últimas décadas. Líderes de perfil mucho más bajo que los anteriores que abogan por mantener al gobierno totalmente al margen de la vida económica. Limitarlo, en la medida de lo posible, a tareas militares y policiales».
3 El populismo trumpiano desprecia todo lo anterior, se dirige a «la gente» o «al pueblo» que considera que lo es y lo denomina «los verdaderos americanos» ante los que defiende teorías como la de «el gran reemplazo». Bell cala así a los populistas trumpianos: «creen en la política, pero solo para sí mismos, solo cuando produce el resultado que ellos prefieren».
4 Lo woke, un sistema de pensamiento que «parte de las mejores intenciones […], pero también acaba situando numerosas cuestiones fuera del ámbito de lo político, en este caso definiéndolas como absolutos morales y cuestiones de derecho inalienable». Sus seguidores son «epistemológicamente privilegiados: sus experiencias les permiten ver más allá y comprender mejor».
El fenómenos de la antipolítica no es nuevo, pero sí el entorno propicio en el que prosperan especialmente las dos últimas tendencias y en la que «un puñado de grandes empresas obtienen enormes beneficios manteniendo a sus usuarios en un estado de indignación permanente». Así las cosas, en un momento en el que tantas corrientes se benefician de la desconfianza en la política, ¿será posible restaurar la fe en ella? El autor cree que sí siempre que se den unas condiciones que expone en la parte final de su ensayo.
Casi todos los observadores coinciden hoy en que la política en Estados Unidos muestra una condición dramática y tóxica. Generalmente culpan de esto a la «polarización» y al otro bando político. En realidad, las razones son a la vez más complicadas y deprimentes, y no pueden achacarse a una sola agrupación política.
En su bestseller prepandémico En defensa de la Ilustración el psicólogo Steven Pinker elogiaba la expansión mundial de la democracia, pero no en los términos elogiosos que cabría esperar de un defensor tan entusiasta de la modernidad. La democracia, admitía, era preferible a la tiranía y ofrecía a la gente «la libertad de quejarse». Pero Pinker advirtió contra lo que llamó «una idealización cívica de la democracia en la que una población informada delibera sobre el bien común y elige cuidadosamente a los líderes que llevan a cabo sus preferencias». Y continuó: «Según ese criterio, el número de democracias en el mundo es cero en el pasado, cero en el presente y casi con toda seguridad cero en el futuro».
La afirmación era obviamente verdadera hasta cierto punto, como puede uno comprobar al echar un vistazo a la «deliberación» que se produce en nuestros medios de comunicación; pero es terriblemente superficial en otros. Por supuesto que la democracia ideal nunca ha existido en el planeta y probablemente nunca existirá. Si un elemento clave de la democracia es el derecho universal al voto de los adultos, entonces Estados Unidos solo se ha acercado al estatus democrático en los años sesenta.
Pinker, después de haber descartado el ideal como imposible de realizar, y de haber dado un golpe condescendiente a «la superficialidad e incoherencia de las creencias políticas de la gente», aboga en cambio por una «concepción minimalista de la democracia» que deja la política pública, en la medida de lo posible, en manos de expertos capacitados. «Para que el discurso público sea más racional –insistió–, las cuestiones deben despolitizarse tanto como sea factible». En otras palabras, circunscribir la democracia a través de la tecnocracia.
El problema de esta visión es que los problemas más importantes de la vida pública no pueden despolitizarse, porque la mayoría de ellos no tienen una única solución correcta que el análisis «racional», por sí solo, pueda determinar. Las personas ven soluciones diferentes, en función de sus principios políticos y de los valores morales que defienden de buena fe. El hecho de que mucha gente no aborde el tema del modo en que lo haría un profesor de la Ivy League como Pinker (o como yo) no invalida en absoluto esos principios y valores. La creación de un sistema sanitario público en Estados Unidos, ¿representaría una mejora del bienestar colectivo o es una intromisión en las libertades individuales? ¿Debemos tolerar enormes desigualdades de riqueza con tal de que los más pobres de entre nosotros vean aumentar sus ingresos? ¿Cómo equilibramos el derecho a defender nuestros hogares frente a los peligros que plantea la fácil disponibilidad de armas mortales? Tengo opiniones firmes sobre todas estas cuestiones, y votaré por los políticos que compartan mis opiniones y prometan actuar en consecuencia. Pero reconozco que
Reconozco que, por mucho que me preocupen estas cuestiones, no deben quedar fuera del debate político, y no existe solo un punto de vista aceptable sobre ellas.
A lo largo de la historia moderna, la mayor amenaza para la democracia ha venido precisamente del rechazo de estos supuestos –de hecho, el rechazo de la propia política– y de la consiguiente negación de legitimidad política a quienes no comparten las propias opiniones sobre cuestiones clave. Los historiadores han realizado intensos estudios sobre el largo y penoso proceso por el que la noción de «oposición legítima» fue ganando aceptación en Estados Unidos y otras sociedades democráticas, y sobre cómo esa noción ha estado a menudo bajo amenaza. La política democrática, que con tanta frecuencia tiende a la hipérbole y la demagogia, produce con demasiada facilidad declaraciones sobre la estupidez gratuita, la inmoralidad o simplemente la maldad de los oponentes políticos.
Pero no es la hipérbole casual, empleada con deshonestidad y que olvidamos rápidamente, la mayor amenaza contra las sociedades democráticas. Es cuando la negación de la diferencia legítima se solidifica en un sistema de pensamiento, en una ideología que solo admite un punto de vista permisible sobre cuestiones clave, y juzga de inmediato a todos los que no comparten este punto de vista como algo intolerable. Tales sistemas de pensamiento, reforzados por la repetición constante en los medios de comunicación y por las organizaciones de los partidos políticos, han conducido una y otra vez no solo a la erosión de las sociedades democráticas, sino a su destrucción.
Si la política ha alcanzado un estado tan calamitoso en Estados Unidos hoy en día no es solo por la «polarización», sino por el crecimiento tóxico de varios patrones de pensamiento distintos y claramente contemporáneos que tienden todos ellos a socavar la idea de que ciudadanos con diferentes principios políticos y valores morales puedan deliberar de forma colectiva sobre el interés público. Abarcan todo el espectro político y pueden etiquetarse, a su vez, como tecnocracia, fundamentalismo de mercado, populismo trumpiano y pensamiento woke.
No representan tanto una contribución a la política como una contribución a su destrucción. Todos tienen raíces históricas, pero en tiempos recientes han evolucionado hacia formas nuevas y poderosas. En parte, esto se debe a que el actual entorno mediático agrupa a las personas de ideas afines en «silos» herméticos con una eficacia espantosa, lo que dificulta verificar con objetividad los ejemplos más extremos e insistentes de estos discursos. En parte, también se debe a que estos diferentes patrones de pensamiento han demostrado una sorprendente capacidad para influirse e interactuar entre sí.
En los últimos años, este marchitamiento de la política ha suscitado principalmente la atención de los intelectuales de izquierda ampliamente asociados con el ala Sanders del Partido Demócrata. Ha sido un leitmotiv en la obra del influyente jurista e historiador Samuel Moyn, que ha hecho mucho por popularizar el concepto de «antipolítica», extraído de una constelación de pensadores entre los que se encontraba el intelectual francés Pierre Rosanvallon. En un momento temprano de su carrera, Moyn utilizó el término para caracterizar las cruzadas por los derechos humanos que tomaron forma en la década de 1970, a las que acusa de limitar el campo de acción de los movimientos sociales progresistas y desviar su energía. Más recientemente se ha convertido en un fuerte crítico de la autoridad que ahora ostenta el Tribunal Supremo estadounidense. Este año, el jurista Jedediah Purdy retomó la idea de la «antipolítica» en un contundente ensayo titulado Two cheers for politics (Dos hurras por la política). Purdy afirma que «nuestra vida institucional e intelectual, nuestra cultura y sentido común, se componen en esencia de advertencias contra la política y apelaciones a fuentes alternativas de orden: constituciones duraderas, normas sobrias, la sabiduría de los mercados».
Purdy, por ejemplo, presenta a James Madison y Alexis de Tocqueville como figuras «antipolíticas» por sus firmes y conocidas creencias sobre los peligros de una democracia sin trabas. Pero si consideramos la política como la deliberación colectiva de una sociedad sobre el bien común, Madison y Tocqueville no eran antipolíticos en ningún sentido. Ambos creían apasionadamente en lo que llamaban libertad política y se oponían con firmeza a los sistemas en los que una autoridad central decide todos los asuntos públicos. Ambos defendían lo que consideraban una vida política sana y viva, pero con salvaguardias contra el tipo de excesos democráticos que, en su opinión, conducían al despotismo, al colapso político y a la guerra civil. Esto los convierte en conservadores y antiigualitarios desde cierto punto de vista, y quizá también en «antidemocráticos», pero difícilmente en antipolíticos.
No se equivocan al ver lo que sucede ahí, pero yerran al caracterizar el auge de la antipolítica como una simple cuestión de derecha contra izquierda, en donde la izquierda cumple el papel de oposición heroica. La izquierda también es culpable de una forma de antipolítica –ligada con el término demasiado amplio pero inevitable de lo woke– que se ha hecho cada vez más influyente en la sociedad estadounidense, y cuyos excesos antiliberales no han recibido críticas por parte de figuras como Moyn y Purdy. La existencia de esta antipolítica de izquierdas socava la reconfortante idea de que lo que estamos viviendo hoy en Estados Unidos es en esencia otro capítulo del largo conflicto entre «el pueblo» y «las élites», y que una versión más exitosa de Occupy o de la campaña de Sanders podría llevar al triunfo del pueblo.
De hecho, la existencia de esta versión izquierdista de la antipolítica sugiere que algo diferente, y más terrible, está sucediendo en Estados Unidos: que los impulsos antipolíticos que actúan en el país no derivan principalmente del miedo a la política, del terror de las élites a un demos poderoso y rebelde. Por el contrario, derivan de un miedo más generalizado a la debilidad y el fracaso de la política, algo que muy pronto se convierte en una profecía autocumplida.
Para los tecnócratas, esta tarea consiste en gestionar los temiblemente complejos retos de la sociedad postindustrial. Para los fundamentalistas del mercado, es salvaguardar el sacrosanto sistema de mercado de la interferencia de grupos de interés perturbadores. Para los populistas trumpianos, se trata de proteger a los verdaderos estadounidenses, a los auténticos estadounidenses, de la ruina de las élites y de la invasión de extraños que no comparten ni su herencia ni sus valores. Y para los woke, es proteger a los grupos históricamente oprimidos de una opresión adicional y reparar el daño que se les ha hecho.
Todos estos grupos, por supuesto, tienen sus agendas y sus intereses materiales. Pero todos han logrado elaborar mensajes que resuenan mucho y que nuestros desquiciados sistemas de medios de comunicación y redes sociales, al convertir de manera tan eficiente la indignación en beneficio, amplifican con una fuerza tremenda. Peor aún, la interminable y estridente competencia entre estos grupos, su demonización mutua y la parálisis política resultante solo refuerzan la percepción fundamental, común a todos ellos y con bases en la realidad, de que nuestro sistema político está fallando, en lo que equivale a un bucle de retroalimentación positiva de verdad mefítico. En el universo político resultante, ni siquiera las crisis de la magnitud del colapso financiero de 2008 y la pandemia han logrado provocar un cambio genuino, o el movimiento popular que esperaban figuras como Jedediah Purdy.
situar franjas cada vez más amplias de la vida estadounidense fuera del alcance de la deliberación y la toma de decisiones colectivas, reducir aún más el espacio de tolerancia y paciencia sin el cual no puede florecer ninguna política responsable. Lo que un grupo ve como la protección de sacrosantos derechos, otros lo perciben como una imposición tiránica. En este proceso, se evapora todo sentido de comunidad política común y de «oposición legítima» y, como dijo Foucault, poniendo de cabeza a Clausewitz, la política se convierte en la continuación de la guerra por otros medios.
El primer modelo de pensamiento antipolítico que funciona en la actualidad en Estados Unidos es el que ejemplifica Steven Pinker, a saber, la tecnocracia. Hoy en día, la tecnocracia se ve a menudo, erróneamente, como una causa cuyo tiempo ha quedado atrás. Cuando el sociólogo Daniel Bell (mi padre) la analizó en 1973 en El advenimiento de la sociedad post-industrial, el término evocaba imágenes de expertos de bata blanca que trabajaban para burocracias gubernamentales, grupos de reflexión y grandes empresas como IBM. Estos expertos orientaban a los funcionarios electos en su planificación social y económica a gran escala. El bloque comunista, con sus enormes y petrificadas burocracias y su «nueva clase» de funcionarios y expertos, parecía ofrecer una versión hipertrofiada de este tipo de tecnocracia, mientras que las instituciones de Europa Occidental, como la ultrapoderosa École Nationale d’Administration y el Commissariat Général du Plan de Francia, ofrecían un ejemplo más convincente. En nuestros días, el atractivo de la planificación centralizada ha desaparecido casi por completo en la mayor parte del planeta. En el sector de la economía que Bell y otros consideraron el principal escenario del triunfo de los tecnócratas –la tecnología de la información–, el futuro no pertenece ya a ejércitos de hombres con bata blanca de la IBM y el MIT. En su lugar, se apoderaron de él capitalistas arribistas y arrogantes que, en muchos casos, poseen un aura contracultural.
Pero, como sugiere el éxito de la obra de Pinker, la tecnocracia sigue teniendo una gran resonancia para muchos estadounidenses. Una versión relativamente benigna ha encontrado acomodo en los sectores más moderados e inestables del Partido Demócrata, entre los cargos públicos que pretenden alcanzar sus objetivos en la medida de lo posible mediante cambios técnicos y normativos, evitando así arriesgados conflictos políticos. Barack Obama, a pesar de toda la retórica de sus campañas, se inclinó por estas políticas, por ejemplo, al preferir los arreglos técnicos de la Ley Dodd-Frank a cualquier intento serio de reestructurar el sector financiero tras la crisis financiera de 2007-2008, y al no incluir una opción pública en el sistema sanitario. Su influyente asesor Cass Sunstein, una autoridad en la teoría y la práctica de la regulación, ha defendido la búsqueda de la reforma a través de «empujones» del comportamiento público cuidadosamente diseñados.
Sunstein defiende lo que ha denominado «paternalismo libertario». En palabras de Moyn: «Cuando se trata de que el gobierno ayude a la gente a realizarse, Sunstein insiste en que los tecnócratas deben gobernar. Con una palpable sensación de alivio, ha confesado que la política le parece sobre todo una distracción y no tanto una forma de confrontar diferentes visiones de lo que supone una buena vida o el intento de denunciar opresiones, que los expertos intentan enmascarar». Sin duda, los tecnócratas no son personas sin valores ni amorales, y la labor reguladora de Sunstein ha estado motivada por la preocupación por la buena vida, la vida segura y la vida justa.
Una forma mucho más amenazadora de tecnocracia ha encontrado defensores entre los oligarcas estadounidenses, en particular los antiguos socios Peter Thiel y Elon Musk. Pocas cosas engendran más arrogante exceso de confianza que la adquisición de una fortuna multimillonaria, y estos hombres creen saber mucho mejor que cualquier político de carrera –por no hablar del público estadounidense– cómo resolver los problemas del país. Aunque comparten la convicción de los viejos tecnócratas de que la gobernanza puede abordarse como un problema de ingeniería, rechazan de plano la idea de que para ello sea necesaria una gran burocracia. Suelen tener una fuerte vena libertaria (Thiel apoyó las campañas presidenciales de Ron Paul y siente debilidad por Ayn Rand) y adoptan la startup tecnológica como modelo organizativo: ágil, rápida y totalmente sometida a un líder dominante y carismático. Como escribió Sam Adler-Bell en un reciente perfil del protegido de Thiel, el candidato republicano al Senado por Arizona Blake Masters: «los thielitas quieren vaciar el gobierno […] Desean desbancar a la élite tecnocrática liberal solo para poder instalar la suya propia: una más competente, obediente y que no ponga trabas».
Es difícil saber qué programa político real proponen estos oligarcas tecnócratas, más allá de destruir el gobierno federal y liberar a empresas como las suyas de la regulación y los impuestos. Su hambre de dominación y su desprecio por la competencia, su visión de sí mismos como parte de un sacerdocio que entiende como nadie las necesidades esotéricas del momento, su poder económico y su irresponsabilidad política son peligrosos.
lo que significa que depende de tecnologías que aún no existen y que puede que nunca existan, como el hyperloop de Elon Musk, que resolvería los problemas de congestión del tráfico transportando pasajeros en cápsulas a través de tubos subterráneos despresurizados a mil quinientos kilómetros por hora. Lo más significativo es que
Curtis Yarvin, un bloguero admirado tanto por Thiel como por Masters, ha sugerido de manera abierta que el ceo de alguna Big Tech debería convertirse en un César americano, capaz de gobernar dictatorialmente.
El fundamentalismo del libre mercado también tiene un largo pedigrí. Los liberales clásicos del siglo XIX promovían la noción de que los mercados sin trabas proporcionaban la forma más eficiente de distribuir bienes y servicios para obtener el máximo beneficio social general. Según su punto de vista, los mercados se autoorganizaban y autorregulaban de forma natural, por lo que se les podía dejar funcionar en su propio estado natural de equilibrio, sin la interferencia del Estado. Esta visión, al igual que la tecnocrática, era la de una sociedad libre de política, una sociedad en la que la gente común tuviera poco o ningún recurso para la acción política. Pierre Rosanvallon ha argumentado que, cuando se lleva al extremo, puede dejar a la gente común casi tan vulnerable a fuerzas que escapan a su control como el totalitarismo. El historiador Jacob Soll ha demostrado en su importante libro Free market. The history of an idea que la visión también rompió con la larga tradición de pensamiento de mercado que prevaleció desde la antigüedad hasta el siglo XVIII, incluyendo la obra de Adam Smith. A pesar de todos sus elogios al funcionamiento del libre mercado, Smith creía firmemente que este solo podía ser efectivo dentro de estructuras y límites concebidos y mantenidos por Estados poderosos.
y, de hecho, por limitarlo en la medida de lo posible a tareas militares y policiales. Insisten en que la necesidad del máximo crecimiento económico posible justifica altos niveles de desigualdad económica, junto con fuertes restricciones a la fiscalidad, la regulación, la planificación económica, la nacionalización y la organización laboral. Los llamados neoliberales ponen especial énfasis en liberar de regulación al sector financiero de la economía, en permitir la «destrucción creativa» y la «disrupción», y en insistir en que el libre comercio debe operar a nivel global, con bienes y servicios circulando libremente a la máxima velocidad y volumen posibles por todo el mundo.
A diferencia de la tecnocracia, el fundamentalismo del libre mercado ya no tiene gurús de alto perfil como Thiel, Musk o Pinker. Han pasado los días de Friedman y Hayek –o, en un nivel intelectual cómicamente inferior, Ayn Rand y Arthur Laffer–. Como señala Soll, el propio Friedman tuvo su máxima visibilidad e influencia política manifiesta en la década de 1980, la era de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Sin embargo, la doctrina conserva una enorme fuerza a través de instituciones como la Cámara de Comercio de Estados Unidos y las empresas y fondos de cobertura que garantizan con sus donaciones que el Partido Republicano en el Congreso –y gran parte de la delegación demócrata también– siga comprometido con el evangelio de los recortes de impuestos. Como se ha señalado, los defensores de la nueva versión oligárquica de la tecnocracia, que a menudo tienen antecedentes libertarios, recuerdan sorprendentemente a los fundamentalistas del libre mercado. Steven Pinker aplaude la globalización y despotrica contra lo que llama «colectivización, control centralizado, monopolios gubernamentales y burocracias de permisos asfixiantes». Lo hace a pesar de que permitir que los mercados funcionen sin supervisión política contradice flagrantemente la idea de asignar bienes y servicios según la competencia tecnocrática.
Con los populistas trumpianos, el marchitamiento de la política adopta una forma muy diferente. Al menos en su retórica, Donald Trump y sus muchos acólitos
Se enfurecen contra los «globalistas» y la globalización, las políticas de inmigración laxas y los acuerdos de libre mercado como el TLCAN, que permitieron a las empresas estadounidenses trasladar puestos de trabajo más allá de nuestras fronteras. Desprecian a los expertos gubernamentales como miembros corruptos del «Estado administrativo», del «Estado profundo» o de la «ciénaga» (swamp). Piden que se devuelva el poder político a «la gente» en términos a veces bastante parecidos a los de la izquierda de Sanders y el movimiento Occupy.
La trampa, por supuesto, está en cómo definen «el pueblo». Pocos de ellos van tan lejos como la cansina reaccionaria Ann Coulter, que en 2016 propuso limitar el voto a las personas con cuatro abuelos nacidos en Estados Unidos (una medida que excluiría a Donald Trump, entre otros). Pero el propio Trump habla a menudo de los «verdaderos» estadounidenses (o «verdaderos estadounidenses», como en una reciente carta de recaudación de fondos). Se cuida de no definirlos en términos étnicos, pero su retórica deja pocas dudas sobre quiénes considera que forman parte de ese grupo. Los verdaderos estadounidenses son orgullosamente patriotas, abiertamente religiosos y viven fuera de las grandes ciudades («ciudades demócratas», también conocidas como agujeros del infierno). Creen en la Segunda Enmienda pero no en el cambio climático, comen carne pero no tofu, tienen camionetas en lugar de Prius. Son blancos. Están convencidos de que Trump ganó las elecciones de 2020, y que Joe Biden y los demócratas están conspirando conscientemente para «destruir» el país. Algunos incluso creen que Biden y Nancy Pelosi están secuestrando niños para beberse su sangre. Solo estos estadounidenses, según la visión populista trumpiana, merecen tener voz en las deliberaciones sobre el bien común.
Esta idea sería ya nociva si se quedara principalmente en un garrote retórico. Pero en los últimos años, figuras de la derecha estadounidense han recurrido a ella para forjar lo que equivale a una ideología antidemocrática coherente y poderosa. Insisten sobre el asunto cada vez más, alentados por el trabajo de intelectuales de instituciones pseudoautoritarias como el Instituto Claremont, y basándose en la famosa distinción de James Madison, que dijo que Estados Unidos es una república y no una democracia. Por lo tanto, justifican (como algo «republicano») la manipulación de los escaños del Congreso, el poder desproporcionado que se concede a los pequeños estados rurales en el Senado y la forma en que el Colegio Electoral da a los candidatos presidenciales la posibilidad de ganar las elecciones aunque pierdan el voto popular. También pregonan la «teoría del gran reemplazo», según la cual las élites intentan sustituir de manera deliberada a los «verdaderos estadounidenses» por inmigrantes que no comparten sus valores, poniendo así en duda la legitimidad de la ciudadanía naturalizada para millones de personas. Se deshacen en elogios hacia el húngaro Viktor Orbán y las tácticas matonescas que ha utilizado para amordazar a un poder judicial y una prensa libres. Y lo que es más peligroso: insisten en la idea de que las legislaturas estatales controladas por los republicanos tienen derecho a anular el voto popular.
En la práctica, durante las últimas décadas, los seguidores de estas tres corrientes del pensamiento antipolítico estadounidense han sido capaces de hacer causa común, unidos por un odio compartido a las élites liberales y a la regulación gubernamental. El Partido Republicano, desde Newt Gingrich en 1994, pasando por el Tea Party en 2009, hasta Donald Trump en 2016, demostró ser brillantemente hábil a la hora de amortiguar las contradicciones flagrantes y reunir a tecnócratas oligárquicos, financieros libertarios y populistas etnonacionalistas en una coalición que podría no contar con la mayoría de la ciudadanía pero que, no obstante, podría ganar las elecciones nacionales. Y así, a pesar de las contradicciones, es fácil imaginar estas tres corrientes como una única fuerza antipolítica maligna –«la derecha»– que una izquierda debidamente dinamizada y poderosa, comprometida con la democracia real, debería tener la capacidad de vencer.
Se trata de un sistema de pensamiento que parte de las mejores intenciones, a saber, proteger a los grupos históricamente oprimidos de una mayor opresión y reparar los agravios que han sufrido. Pero también acaba situando numerosas cuestiones fuera del ámbito de lo político, en este caso definiéndolas como absolutos morales y cuestiones de derecho inalienable.
Sin duda, muchos intelectuales de izquierdas a los que yo llamaría antipolíticos insisten mucho en la naturaleza ineludiblemente «política» de su trabajo. Pero su definición de lo político es muy diferente de la que he ofrecido aquí. Muy influidos por Foucault, consideran que las sociedades modernas están fundamentalmente conformadas por sistemas de creencias hegemónicos basados en la exclusión (de mujeres, personas de color, minorías sexuales). El trabajo «político» consiste en exponer y cuestionar estos sistemas de creencias y las prácticas excluyentes que se derivan de ellos. Desde este punto de vista, la deliberación colectiva sobre el bien público solo es auténtica y productiva cuando tiene lugar entre quienes han realizado ese trabajo previo de denuncia y cuestionamiento. El único discurso político legítimo es el disenso. En la práctica, se trata de una postura que hace que el vasto campo de la actividad política legítima –tanto en términos de quién puede participar como de qué cuestiones puede debatir– se estreche considerablemente.
No hace falta decir que muchas de las cuestiones clave a las que se enfrenta Estados Unidos en la actualidad tienen que ver con absolutos morales y derechos inalienables. Los críticos de lo woke olvidan a menudo que algunas cosas que ellos mismos pueden incluir ahora en la categoría de «derecho inalienable» –el derecho de los homosexuales a casarse, por ejemplo– no hace tanto tiempo le parecía a la mayoría de los estadounidenses una extralimitación progresista salvaje. Hay muchas cuestiones que claramente no deberían dejarse en manos del voto popular. Imaginemos, por ejemplo, los resultados de un referéndum sobre el matrimonio interracial celebrado en Estados Unidos en 1920. Pero, tal y
En especial respecto a cuestiones de gran importancia moral, dicha deliberación puede implicar, de forma apropiada, a instituciones relativamente no democráticas como los tribunales. Pero, en cierto sentido, debería derivarse de las instituciones nacionales y expresar la voluntad de la nación en su conjunto, en particular a través de la Constitución.
y de las reivindicaciones de sus miembros sobre lo que constituye un daño. Desde este punto de vista, son epistemológicamente privilegiados: sus experiencias les permiten ver más allá y comprender mejor. Si los miembros del grupo declaran que incluso el debate de una cuestión les causa dolor o los pone en peligro, los demás deben respetarlos y dejar esa cuestión fuera de los límites de la deliberación. Esta noción de deferencia no solo inquieta a los pensadores de la derecha. El filósofo Olúfẹ́mi O. Táíwò, un elocuente defensor de las reparaciones a los afroamericanos, escribe de modo razonable en su libro Elite capture: «Para quienes piden esa deferencia, el hábito puede sobrealimentar la cobardía moral. Esas normas le dan una envoltura social a la abdicación de responsabilidades: desplazan hacia héroes individuales, hacia una clase de héroes o hacia un pasado mitificado el trabajo que nos corresponde hacer ahora en el presente».
Por el momento, este tipo de ideología woke tiene su mayor influencia en las universidades y en los medios de comunicación de élite. Incluso publicar, en lugar de escribir, un artículo considerado dañino o peligroso –por ejemplo, el artículo de opinión del senador Tom Cotton en el New York Times «Send in the troops» en respuesta a las protestas que siguieron al asesinato de George Floyd– puede costar el puesto a los redactores. A pesar de las histéricas acusaciones que emanan de la derecha, el wokismo no ha tomado el control de la educación pública primaria y secundaria (excepto quizás en un puñado de escuelas y distritos), ni de las grandes corporaciones ni del ejército. Pero ha tenido un efecto innegable en el Partido Demócrata. En distritos y estados fuertemente «azules» –y en las primarias presidenciales– los candidatos corren serios riesgos si expresan opiniones heterodoxas sobre una serie de cuestiones, incluidas aquellas que grandes mayorías de estadounidenses consideran vejatorias y difíciles, como el aborto, la discriminación positiva o la terapia hormonal para niños prepúberes diagnosticados con disforia de género. Invocando las nociones de un absoluto moral y de derechos inalienables, tal y como los definen quienes han sufrido o pueden sufrir daños, los activistas descartan la deliberación política sobre estas cuestiones por parte de la comunidad –un grupo de personas con muchas experiencias vitales– en su conjunto. Y así la política se marchita.
Todos estos sistemas de pensamiento corrosivos tienen un largo pedigrí. La antipolítica no es algo nuevo. Pero en los últimos años se ha hecho mucho más poderosa y se ha convertido en una amenaza mucho mayor para la democracia estadounidense por varias razones. La primera y más importante es el actual entorno mediático, en el que prosperan especialmente el populismo y lo woke.
empujándolos a hacer clic en un enlace tras otro, a escuchar hora tras hora las noticias por cable y las tertulias radiofónicas, y a ver y oír un sinfín de anuncios cuidadosamente adaptados a su perfil demográfico y consumo previo. Lea sobre el «régimen» demócrata y su última toma de poder dictatorial (y haga clic aquí para conocer un nuevo y milagroso potenciador del rendimiento). Entérese del último escándalo racista de un profesor de derechas (y déjenos hablarle de nuestra nueva línea de coches eléctricos). Y así sucesivamente. Los algoritmos se definen y perfeccionan cuidadosamente para mantener a las audiencias expuestas a los mismos sitios y programas, privándolas de otras fuentes de información y reforzando todo el tiempo los mismos relatos unilaterales. Twitter se diseñó para los arrebatos, las invectivas, los eslóganes y la conformidad; en un orden político que depende de la reflexión, Twitter es a menudo la tecnología de la irreflexión. Por otra parte, el populismo trumpiano y lo woke han servido durante mucho tiempo como objetivos favoritos del otro.
Los fundamentalistas del libre mercado y los tecnócratas no participan del mismo modo en el nuevo entorno mediático y, como ya se ha señalado, en ambos casos el apogeo de su influencia política hace tiempo que pasó. Pero la globalización y la dinámica de lo que gran parte de la izquierda sigue llamando –con una esperanza tan ingenua que resulta enternecedora– «capitalismo tardío» garantizan que las propias fuerzas del mercado sigan siendo tan poderosas como siempre, generando dinero que inunda el sistema político para protegerse de una regulación que reduzca los beneficios. Y los plutócratas de Wall Street han encontrado pocas inversiones mejores que las campañas políticas. Unos pocos millones dirigidos a los senadores adecuados pueden ahorrar miles de millones en exenciones fiscales. Mientras tanto, la nueva raza de tecnócratas ha demostrado ser demasiado hábil para forjar alianzas con los populistas trumpianos y aprovechar los resentimientos populistas que se reproducen con tanta furia en internet.
De hecho, estas diferentes corrientes de pensamiento se alimentan mutuamente de formas a menudo inesperadas. Como ya se ha señalado, los fundamentalistas del libre mercado, los populistas trumpianos y los nuevos tecnócratas comparten una hostilidad hacia la mayor parte del gobierno federal tal y como existe hoy en día, y colaboran con entusiasmo para atacarlo. Por su lado, los populistas trumpianos y los woke dirigen en buena medida su ira hacia una élite supuestamente opresora, aunque los primeros la consideren la encarnación de la supremacía blanca y los segundos, un desprecio liberal cosmopolita por la gente común. Y mientras los populistas trumpianos se fijan en la seguridad fronteriza y los valores sexuales tradicionales, los fundamentalistas libertarios del mercado y los woke son más proclives a celebrar la diferencia sexual y a apoyar el aumento de la migración. En términos más generales, como comenta Jedediah Purdy, muchos progresistas están de acuerdo con los fundamentalistas de mercado en que la libertad y la autonomía personales, aunque definidas por los dos grupos de maneras descomunalmente distintas, son «demasiado esenciales para dejarlas en manos de la democracia».
Y, por supuesto, la lucha política cada vez más encarnizada que generan al perseguir estos medios extrapolíticos convierte la convicción en una profecía autocumplida, ya que la indignación y la polémica constantes ahogan el sistema político y lo llevan cada vez más a la parálisis. Al insistir en el fracaso de la política, provocan el fracaso de la política. La administración de Biden ha conseguido, contra todo pronóstico, aprobar leyes importantes a pesar de esta nefasta dinámica, y por el momento ha superado parcialmente la parálisis. Pero si 2025 nos trae un presidente y un Congreso republicanos, sin duda se dedicarán desde el primer día a revertir estos logros.
Al final de este oscuro camino, si seguimos por él, se encuentran los nuevos tecnócratas. Son ellos quienes de forma más clara y explícita rechazan la política en sí misma por corrupta e ineficaz, y son ellos quienes, a largo plazo, se beneficiarán si el público estadounidense se desespera por completo de la vida política. Para mí, como historiador, es muy fácil ver cómo el público podría, exasperado y disgustado, abrazar en última instancia a una figura tecnocrática carismática que prometiera estar por encima de la corrupta refriega política y gestionar los problemas sociales de forma unificadora y racional, aunque dictatorial. La promesa funcionó para Napoleón Bonaparte, cuya versión del despotismo ilustrado era la tecnocracia de su época. Funcionó para muchos otros que siguieron su estela. Este resultado puede seguir pareciendo improbable, pero si el conflicto político en este país se vuelve violento (o más violento, porque ya es violento) entonces la gente no solo se desesperará ante la política, sino que empezará a temerle. En ese momento, el atractivo de un César podría llegar a ser abrumador.
¿Es posible imaginar que surja un nuevo tipo de movimiento que pueda reunir a suficientes ciudadanos como para producir logros reales y restaurar la fe en la vida política?
Allí, la podredumbre, el rechazo de la política en nombre de los «verdaderos americanos» e incluso de la dictadura, es demasiado fuerte, reforzada como está por una maquinaria mediática conservadora con un poder sin precedentes. Tampoco hay indicios de un enfrentamiento interno significativo dentro del Partido Republicano sobre su futuro. Existe más bien la posibilidad de que surja una política a favor de la política en la izquierda, y vale la pena recordar el genuino atractivo que tuvo la campaña de Sanders para al menos algunos votantes de Trump.
Solo si se aleja de este absolutismo moral y se centra en causas en las que puedan unirse auténticas mayorías del país, dicho movimiento tendrá una mínima posibilidad de éxito. De lo contrario, la vida política real en Estados Unidos seguirá marchitándose, hasta que no quede nada de ella. Una sociedad sin fe en la política es una especie de infierno.
* Publicado originalmente en Liberties. Traducción para Letras Libres de Ricardo Dudda. Reproducido aquí con autorización de © dicha publicación y del autor.
Friedrich A. Hayek (Viena, 1899-Friburgo, 1992), premio Nobel de Economía en 1974, profesor de la London School of Economics (1931), de la Universidad de Chicago (1950) y de la Universidad de Friburgo (Alemania) (1962). Su influencia en Economía y en Filosofía social es enorme. Entre sus obras, destacan Precios y producción; Camino de servidumbre; Derecho, legislación y libertad; La fatal arrogancia y Los fundamentos de la libertad.
Friedrich A. Hayek: Derecho, legislación y libertad. Unión Editorial, 2014.

Para Friedrich A. Hayek, el orden que se forma por evolución, es decir, el que se autogenera, el endógeno, es un orden espontáneo (p. 60). También lo llama kosmos. «Su grado de complejidad no está limitado a lo que una mente humana pueda dominar. Su existencia no necesita manifestarse a nuestros sentidos, sino que puede basarse simplemente en relaciones abstractas que nosotros solo podemos reconstruir mentalmente» (p. 62). Las reglas que determinan un orden espontáneo «difieren en importantes aspectos de ese otro tipo de normas que se precisan para regular una organización o taxis» (p. 66).
Los griegos clásicos disponían de términos diferentes para designar estos dos tipos de orden: «taxis para el orden creado, como por ejemplo un orden de batalla, y kosmos para el orden formado por evolución, que originariamente significaba “un orden justo dentro de un estado o de una comunidad”» (p. 60).
Una vez establecida la distinción entre kosmos y taxis, Hayek entra en el problema de la ley.
Si bien podemos tratar de perfeccionar un orden espontáneo revisando las reglas generales en que se basa, y se pueden integrar sus resultados mediante la labor de varias organizaciones, no es posible perfeccionar sus resultados mediante mandatos específicos que priven a sus miembros de la posibilidad de usar su conocimiento para sus propios fines» (p. 74).
Estas dos clases de reglas [las generales y los mandatos específicos, dentro del orden espontáneo o kosmos], «han suministrado el modelo de dos concepciones de la ley totalmente distintas», lo que «ha dado origen a que autores que emplean el mismo término de “ley” en realidad estén hablando de cosas diferentes. Esto se manifiesta palmariamente en el contraste que observamos a lo largo de la historia entre aquellos para los que ley y libertad son inseparables y aquellos para los que ambas cosas son irreconciliables» (p. 74). «Este aparente conflicto entre las corrientes de grandes pensadores no significa que llegaran a conclusiones opuestas, sino simplemente que empleaban el término “ley” en sentidos diferentes» (p. 75).
A) Partidarios de que ley y libertad son inseparables
Aquí se observa una gran tradición que va «desde la antigua Grecia y Cicerón, a través de la Edad Media, hasta los liberales clásicos tales como John Locke, David Hume, Immanuel Kant y los moralistas escoceses, e incluye a varios estadistas americanos de los siglos XIX y XX, para los que ley y libertad no pueden existir separadamente» (pp. 74-5).
Sobre el concepto de «ley» en la Edad Media, Hayek cita a R. W. Southem (The Making of the Middle Ages, New Haven, 1953, pp. 107 y ss.). Dice Southem: «El odio a cuanto no dependía de la norma sino de la voluntad adquirió gran importancia en la Edad Media… Cuanto más se aproximaba el ciudadano a la libertad, en mayor medida podía ampararse en el derecho y menos sujeto se encontraba a la voluntad… El derecho no era el enemigo de la libertad. La libertad fue, por el contrario, fruto de la asombrosa variedad de leyes que poco a poco fueron surgiendo durante este periodo… A cualquier nivel, el ciudadano se acercaba a la libertad acrecentando el número de normas a las que estaba sujeto… Solo cuando la libertad quedó articulada al quedar adscrita a los estados de caballero, burgués o noble, pudo ser observada, analizada y medida… La libertad es creación del derecho y el derecho es la razón en acción. Es la razón la que asigna su condición al ser humano. La tiranía, sea del rey Juan o del Demonio, es consecuencia de la ausencia de ley» (pp. 74-75, nota a pie de página número 13).
El punto de vista de los liberales clásicos lo sintetiza Hayek recurriendo a Adam Ferguson en Principies of Moral and Political Science (Edimburgo, 1792, vol. 2, pp. 258 y ss.): «La libertad no es, como pudiera parecer teniendo en cuenta el origen del término, la total ausencia de freno, sino, por el contrario, la aplicación efectiva de adecuadas limitaciones al comportamiento de todos los miembros integrados en un Estado libre, trátese de magistrados o de meros ciudadanos». «Solo al amparo de adecuadas restricciones está la persona segura y a cubierto de agresión contra su libertad, hacienda o lícito comportamiento. El establecimiento de un gobierno justo y eficaz es, entre todas las realidades de la sociedad civil, la más esencial para la libertad; porque solo cabe en justicia decir que alguien es libre si el gobierno es lo bastante fuerte como para protegerlo. Deberá, sin embargo, al propio tiempo, hallarse tan sometido a restricciones como sea oportuno para que no pueda abusar de su poder» (p. 75, nota a pie de página número 14).
La opinión de varios estadistas estadounidenses la documenta Hayek del siguiente modo: «Se atribuye a Daniel Webster la afirmación según la cual “la libertad es hija del derecho y difiere esencialmente de la licencia, fenómeno que la conculca»; y a Charles Evans Hughes, aquella otra según la cual “libertad y derecho forman una unidad inseparable”. Expresiones similares abundan entre los pensadores europeos del siglo pasado, cual sucede con Charles Beaudant, Le droit individual et l’état(París, 1981, p. 5): “Le droit, au sens le plus general du mot, est la science de la liberté» [el derecho, en el sentido más amplio de la palabra, es la ciencia de la libertad]; y Karl Binding, quien en alguna de sus obras afirma que “das Recht ist eine Ordnung menschlicher Freiheit” [el derecho es un orden de la libertad humana]» (p. 75, nota a pie de página número 75).
B) Partidarios de que ley y libertad son irreconciliables
Para Thomas Hobbes, Jeremy Bentham, muchos pensadores franceses y los modernos representantes del positivismo jurídico, «la ley significa necesariamente una usurpación de la libertad» (p. 75).
La opinión de Thomas Hobbes, Jeremy Bentham la documenta Hayek de este modo: «J. Bentham (“Principies of the Civil Code”, en Theory of Legislation, edición de C.K. Ogden, Londres, 1931, p. 98): “Las leyes solo pueden ser establecidas a expensas de la libertad”. Véase también Deontology (Londres y Edimburgo, 1834, vol. 2, p. 59): “Pocas palabras hay que, junto con sus derivaciones, hayan causado más daño que el término libertad. Cuando quiere decir algo más que capricho y dogmatismo, significa buen gobierno; si el buen gobierno hubiese tenido la suerte de ocupar, en el ánimo público, el mismo lugar que ha ocupado la libertad, difícilmente se hubieran cometido los crímenes y locuras que han impedido o retrasado el avance político. La definición usual de la libertad —el derecho de hacer todo lo que la ley no prohíbe — evidencia con cuánta ligereza se usan las palabras en el discurso o la palabra escrita; porque si las leyes son malas, ¿qué será de la libertad? Y si son buenas, ¿qué utilidad tiene esta? Las buenas leyes son inteligibles y persiguen el logro de objetivos evidentemente útiles, por medios obviamente apropiados”» (p. 75, nota a pie de página número 16).
Finalmente, la opinión de muchos pensadores franceses y los modernos representantes del positivismo jurídico, la documenta Hayek de este modo: «Véase, por ejemplo, Jean Salvaire, Autorité et liberté (Montpellier, 1932, pp. 65 y ss.), quien afirma que “la materialización total de la libertad no es otra cosa que la completa abolición de la ley… Ley y libertad son conceptos recíprocamente excluyentes» (p. 75, nota a pie de página número 17).