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Ver productosIris Murdoch (Dublín, 1919-Oxford, 1999) estudió Literatura Clásica, Historia Antigua y Filosofía. En 1948 empezó a trabajar como profesora en el St Anne’s College de Oxford. Antes de dedicarse a la literatura, publicó varios ensayos sobre filosofía. Su primera novela, Bajo la red (1954), fue considerada por la revista Time como una de las cien mejores novelas de la literatura inglesa del siglo XX.

Para Iris Murdoch, la belleza en el arte es la manifestación imaginativa y formal de algo verdadero. Todo buen artista es consciente de la distancia que existe entre él mismo y algo totalmente «otro» ante lo cual se siente humilde, pues sabe que es mucho más detallado, maravilloso, terrible y asombroso que cualquier cosa que él pueda expresar. Eso «otro» se puede denominar indiferentemente «realidad», «naturaleza» o «mundo».
Aunque conserva la fe en la capacidad del arte y la literatura para aproximarse de manera trascendente a la verdad, Murdoch quiere analizar las razones por las cuales Platón quiso expulsar a los poetas y artistas de su Ciudad-Estado Ideal; como veremos, la distinción entre imaginación y fantasía será la clave para entender esta controvertida decisión platónica.
El gran arte es liberador, según Murdoch, porque nos permite ver y gozar de lo que no somos nosotros mismos. El lenguaje mismo se convierte para ella en «un medio moral» y la metáfora resulta un instrumento perfecto para la iluminación ética. La decisión más importante que tiene que tomar un artista o escritor en su labor creadora reside en cómo conseguir contar la verdad mediante unas técnicas artísticas concretas. El buen artista o escritor es aquel que respeta la realidad y no trata de imponerle sus ideas desde fuera. Hay también en esa actitud una muestra de respeto, amor y compasión por los otros.
Por eso para Murdoch el arte es una vía de acceso a la moral.
Aunque en el ámbito hispanohablante sea conocida principalmente como novelista, Iris Murdoch (Dublín, 1919 – Oxford, 1999) también fue profesora de filosofía en la Universidad de Oxford y publicó numerosos ensayos sobre estética, filosofía moral e historia del pensamiento. Dada su doble condición de novelista y filósofa, las reflexiones de Murdoch sobre la naturaleza de la literatura y el arte en relación con la idea de Bien —que es central en su visión platónica de la ética y del mundo— conforman un punto de vista muy interesante para analizar la relación entre ética y estética en su aproximación a la vida.

Una de las razones por las que Murdoch quiso recuperar el pensamiento platónico para el siglo XX reside en el hecho de que las creencias religiosas tradicionales, que subrayaban la realidad del último bien y la santidad de la vida individual, habían perdido vigencia en la sociedad contemporánea, y la filosofía moral debía ofrecer una respuesta o una alternativa a esa pérdida de la fe religiosa. Ahí es donde el arte podía desempeñar una función fundamental. Para Murdoch la obra de Tolstoi ¿Qué es el arte? expresa una idea central muy profunda y acertada: que el buen arte es religioso y encarna las más elevadas percepciones espirituales de una época. Se podría añadir incluso que el arte de más calidad puede explicar de algún modo el concepto de religión a cada generación.
aunque no seamos conscientes de ello, estamos moldeando hábilmente el material de la experiencia y dándole forma de narración. De modo que, en cierta manera, como seres que utilizamos palabras, todos nos encontramos en una atmósfera literaria, vivimos y respiramos literatura y empleamos constantemente el lenguaje para producir formas atractivas a partir de una experiencia que quizás en origen resultaba espesa o incoherente.
Un motivo profundo para hacer literatura o cualquier tipo de arte es el deseo de vencer el carácter informe del mundo y obtener placer construyendo formas a partir de lo que, de otro modo, podría parecer una masa de escombros sin sentido.
En su ensayo Thinking and Language, Murdoch analiza en detalle la capacidad del lenguaje tanto para expresar nuestras experiencias como para recuperar y «fijar» nuestra vida mental interior. Además, relaciona la imposibilidad de establecer una clasificación ontológica clara (a la hora de organizar nuestros pensamientos, percepciones, recuerdos, vivencias…) con el hecho de que solemos utilizar metáforas de forma natural para describir estados de ánimo o «procesos de pensamiento» en aquellos casos en los que una frase resulta incapaz de proporcionar el contenido verbal del pensamiento: «En tal contexto la metáfora no es una forma de expresión inexacta, faute de mieux, sino la mejor posible. Aquí la metáfora no es una excrecencia periférica que surge sobre la estructura lingüística, sino su centro vital. Y las metáforas que nos encontramos y que nos iluminan en una conversación o en una poesía son ofrecidas y recibidas como iluminaciones porque el lenguaje también transcurre de esa manera en el pensamiento». Por tanto, no es que adoptemos de repente el modo figurativo, sino que estamos utilizándolo todo el tiempo.
Es decir:
Por qué Platón expulsó a los artistas
En su obra El fuego y el sol, Iris Murdoch analiza cómo Platón condenó al arte y a los artistas con el fin de mostrar la forma más baja e irracional de conciencia, la eikasia, un estado de ilusión vaga dominada por imágenes: «Platón no llega a decir que el artista esté en un estado de eikasia, pero claramente lo implica, y en verdad toda su crítica del arte extiende e ilumina la concepción de la conciencia atada a las sombras». Para Platón, los poetas nos engañan cuando presentan a los dioses como indignos e inmorales, cometiendo crímenes, dejándose arrastrar por las pasiones o provocando la hilaridad de los lectores o espectadores. Aunque Murdoch conserva la fe en la capacidad del arte y la literatura para aproximarse de manera trascendente a la verdad, no subestima la fuerza y la intensa gravedad de la condenación platónica. Para ella la fantasía es el enemigo más fuerte y astuto del poder inventivo de la imaginación y de su inteligencia cabal, y cuando se condena al arte por ser «fantástico» se lo está condenando por ser falso.
Cuando se dice que el arte es mímesis se quiere expresar en cierto modo la capacidad que tiene la imaginación de revelar o explicar la realidad. Como concluye Murdoch en su ensayo «La salvación por las palabras»: «El arte abre espacio a la precisión en mitad del caos al inventar un lenguaje en el que el detalle se hace posible y escrupulosamente visible, y se pueden decir verdades obvias con sencilla autoridad. (…) El gran arte nos inspira verdad y humildad en la medida en que introduce dentro de la mímesis una precisión que es pura y autocrítica». De este modo, el gran arte es capaz de desvelar los aspectos más importantes de nuestra realidad y de tomarlos a la vez como motivo de análisis, con una precisión que según Murdoch no está al alcance ni de la filosofía ni de la ciencia.
Para Murdoch el arte es verdad y forma; tiene un carácter mimético y autónomo. Por supuesto, la comunicación puede ser indirecta, pero el gran escritor es aquel capaz de crear espacios que podemos explorar y disfrutar porque son aperturas al mundo real y no meros juegos de lenguaje formal o estrechas grietas de fantasía personal. Por eso no nos cansamos de los grandes escritores, porque nos resulta interesante lo que expresan de verdad. La mencionada idea de Tolstoi de que el arte es religioso encaja muy bien con estas reflexiones de Murdoch.
En definitiva, para Murdoch la belleza en el arte es la manifestación imaginativa y formal de algo verdadero. Todo artista serio es consciente de la distancia que existe entre él mismo y algo totalmente «otro» ante lo cual se siente humilde, pues sabe que es mucho más detallado y maravilloso y terrible y asombroso que cualquier cosa que él pueda expresar. Eso «otro» se puede denominar indiferentemente «realidad», «naturaleza» o «mundo».
Imaginación frente a fantasía
El arte de calidad tiene un efecto positivo para la gente precisamente porque, según Murdoch, no es fantasía sino imaginación:
Y el gran arte es liberador porque nos permite ver y gozar de lo que no somos nosotros mismos. Además, la literatura estimula y satisface nuestra curiosidad, hace que nos interesemos por otras personas y otros ambientes y nos ayuda a ser tolerantes y generosos.
Platón representa para Murdoch el modelo de una relación adecuada del arte con la verdad y con el bien, que debe ser la preocupación principal de cualquier crítica seria al arte. Es el fundador de la Academia quien nos puede suministrar el material para una estética completa, una defensa y una crítica razonable del arte. Siguiendo esta derivación platónica, para Murdoch el uso cuidadoso, responsable y hábil de las palabras es uno de nuestros más altos modos de ser. Por eso «el arte impulsa la filosofía del mismo modo en que impulsa la religión […], su realismo psicológico representa a Dios sometiendo a la humanidad a un juicio tan implacable como el del antiguo Zeus, aunque más justo. Una fina red de causalidad moral determina el destino del alma».
La paradoja reside en que ese movimiento del Eros salvador nos conduce a un vacío impersonal sin imagen, de modo que el arte mediará, adornará y desarrollará estructuras mágicas para ocultar la ausencia de Dios o su distancia.
Ética, estética y religión
El pensamiento de Murdoch se mueve constantemente en torno a la definición del Bien, con el objetivo de orientar nuestras vidas bajo su luz. Es, por tanto, una filosofía práctica, moral, que examina la idea de Bien y trata de categorizarla siguiendo el legado de Platón, del neoplatonismo, de la Ilustración, de Kant y de la lógica moderna. El lenguaje mismo se convierte para ella en «un medio moral» y la metáfora resulta un instrumento perfecto para la iluminación ética. Solo la «claridad de la experiencia» y la «exactitud del concepto» pueden ayudarnos en nuestra búsqueda.
Para Murdoch, la atención y el asombro son importantes instrumentos de percepción moral. Oponiéndose a Schopenhauer y a Nietzsche, considera que lo que es trascendente es el Bien, no la voluntad; por eso resulta necesario plantearse las relaciones del Bien con la religión y con la fe en Dios, más aún en un «tiempo ateológico» como el que vivimos. Según Murdoch, hay en el misticismo —cuando está en relación con la vida— un utilitarismo de fondo. Como recuerda George Steiner, la influencia de Simone Weil en esta cuestión es capital: «Simone Weil cumple una función totalmente clave: su concepto de enracinement (arraigo), su invocación de un peso sólido (pesanteur) aplicado a la gracia y el carácter sacrificial de su desdichada existencia, que para Murdoch ejemplifica y garantiza el ideal —por lo demás contradictorio— de la trascendencia inmanente, del ‘éxtasis’ o la iluminación con los pies en la tierra».
«El hombre bueno ‘normal’, consciente del magnetismo del bien tanto como de la importancia del deber, está de este modo conectado con un ideal místico, sea o no sea religioso en el sentido tradicional» (Metaphysics as a Guide to Morals). La desaparición o el debilitamiento de la religión organizada es para Murdoch el acontecimiento más importante que se ha producido en el último siglo: la pérdida de la jerarquía social y de la fe religiosa hace que todos los criterios que manejamos sean más provisionales.
de hecho, la decisión más importante que tiene que tomar en su labor creadora hace referencia a cómo conseguir contar la verdad mediante unas técnicas artísticas concretas. Los grandes escritores demuestran una visión compasiva y tolerante que les permite comprender a todas aquellas personas que son diferentes a ellos, siendo capaces de imaginar puntos de vista dispares. El buen escritor es aquel que respeta la realidad y no trata de imponerle sus ideas desde fuera. También en esa actitud hay una muestra de respeto, amor y compasión por los otros.
«Obtenemos un placer que se olvida del yo en la existencia pura, alejada, independiente y sin sentido de animales, pájaros, piedras y árboles. […] Tanto en su génesis como en su disfrute el buen arte es algo totalmente opuesto a la obsesión egoísta» (La soberanía del bien). Ya Platón decía que la belleza era la única cosa espiritual que amamos instintivamente. No importa tanto cómo es el mundo, sino el hecho místico de que el mundo es. Esa perfección en la forma que comparten la naturaleza y el buen arte estimula nuestras mejores facultades, invita a la contemplación no posesiva y nos redime de la egoísta y ensoñadora vida de la consciencia. Como asevera Murdoch en El fuego y el sol, «mientras la religión y la metafísica occidentales rechacen el abrazo del arte, puede parecer que nos vemos forzados a convertirnos en místicos por la ausencia de un sistema de imágenes que pueda satisfacer la mente».
El arte puede ser, por tanto, una vía de acceso privilegiada a la vida moral.
Como vía de acceso a la moral, el gran arte es liberador porque nos permite ver y gozar de lo que no somos nosotros mismos; frente a las actitudes egoístas y la fantasía embaucadora, el arte basado en la creatividad de la imaginación es una muestra de respeto, amor y compasión por los otros y es capaz de ofrecer un sentido cabal de la realidad, encarnando las más elevadas percepciones espirituales de una época.
Daniel Cohen (Túnez, 1953) es doctor en Ciencias Económicas, director del departamento de Economía de la Escuela Normal Superior de París. Ha sido consultor del Banco Mundial. Autor, entre otros, de Riqueza del mundo, pobreza de las naciones, Nuestros tiempos modernos y La prosperidad del mal. Una introducción (inquieta) a la economía.
La revolución digital en marcha y sus imprevisibles consecuencias son, sin ninguna duda, uno de los problemas de estos años. Como otros autores que están abordando el asunto, Daniel Cohen procede a un recorrido panorámico por los aspectos (de todo tipo) afectados por esta revolución, los riesgos que conlleva y las posibles tareas pendientes para evitar una sociedad deshumanizada. Además de ocuparse de las diferencias cognitivas entre hombres y máquinas, o de la adicción que provocan las redes sociales, el autor señala como gran peligro de la sociedad digital el de la desconexión social, algo con implicaciones personales, sociales y políticas. Esa desconexión que (gran paradoja) fomentan las redes lleva al enclaustramiento en lo que Cohen llama individualismo colectivo, la anomia política. Nos desentendemos de la participación política consciente y nos desentendemos del otro en las relaciones amorosas. Frente a una sociedad desestructurada, en la que confluyen la ilusión liberal y la moral libertaria de la contracultura, el autor propone mantener viejas instituciones vertebradoras (partidos políticos, sindicatos, periódicos). El ser humano solo se construye dentro del grupo y en presencia de los otros, y las neuronas que rigen la empatía parecen desconectarse ante un video: las relaciones presenciales siguen siendo imprescindibles.
Sin desdeñar al cambio climático, las migraciones y la consiguiente dificultad para establecer sociedades multiétnicas (el gran experimento, que dice Yascha Mounk) o la crisis de las democracias, no cabe duda de que la revolución digital y la implantación y desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) se está convirtiendo, si no en el tema de nuestro tiempo, en uno de los asuntos ineludibles de estos años. Alguien tan solvente como Moisés Naím escribía recientemente que, aunque “lo aconsejable es ser escéptico con respecto a nuevas tecnologías que lo cambiarán todo… algunas veces —muy pocas— aparece una nueva tecnología que provoca cambios profundos y permanentes en la vida de miles de millones de personas”. “Hoy la humanidad se encuentra frente a esta circunstancia. Y esta vez el impacto del cambio tecnológico sí es distinto”, añadía. Y caracterizaba a la Inteligencia Artificial (IA) como un arma de doble filo, con “un ángulo positivo y otro negativo”, con la posibilidad de ser explotada por “dictadores, terroristas, timadores y criminales”. El propio Elon Musk -lo recordaba también Moisés Naím- ha dicho que la IA puede llevarnos a la destrucción de la civilización. No son pocos ni de los menos informados los que creen que no estamos listos para lo que se nos viene encima. Y terminaba Naím: “más vale que aprendamos rápido, porque estas innovaciones no tienen marcha atrás”.
Como posible tema de nuestro tiempo, la IA está concitando reflexiones que, sin olvidar sus ventajas, no ocultan la preocupación por el modo en que afecte a nuestras vidas. Se ocupaba de ello el reciente La condición digital de Juan Luis Suárez, reseñado en estas páginas. Daniel Cohen, profesor, economista, consultor del Banco Mundial y asesor de gobiernos, hace lo propio en este libro que comparte algunas preocupaciones con aquel.

El libro tiene las hechuras propias del ensayo que toca diversos aspectos y participa de diversas disciplinas (sociología, psicología, economía, antropología), sin más hilo conductor claro que esa atención a la sociedad que viene, y cuyos aspectos más negativos –esa sería la buena noticia- estamos a tiempo de eludir: todavía “las tecnologías no han tomado el control de nuestras vidas”. Cohen empieza por afirmar que la transformación que está teniendo lugar solo se puede entender en el contexto del proceso histórico del que forma parte, en el que hay que considerar tanto el “golpe liberal de los años ochenta” como “la contracultura de los años sesenta”, de la que la sociedad digital se nutre de manera subliminal. Es decir, la ilusión liberal y la moral libertaria confluyen en esta sociedad, que tendría —escribe Cohen, parafraseando al Isaac bíblico— la voz de Dylan y la mano de Thatcher. Y en este hoy que es —como siempre— todavía, tenemos que hacer el “increíble esfuerzo de pensar en la sociedad que deseamos con los medios que nos proporciona la sociedad que queremos dejar atrás”.
Daniel Cohen coincide también con Juan Luis Suárez en que precisamente la revolución digital nos hace replantearnos las preguntas clásicas sobre la condición humana. Y el ser humano es cuerpo y mente (pensamos dentro de un cuerpo), por oposición a la máquina, que no es ni una cosa ni otra. El ser humano, que es creativo y crédulo a la vez, cuenta con la imaginación, la capacidad de crear ficción, de inventar un mundo que no existe, capacidad que es exclusivamente humana. Y cuenta, para bien y para mal, con las emociones; no somos tan analíticos como podríamos creer. Razonamos no de forma neutra, sino partiendo de conclusiones en las que creemos para buscar el camino que las valide. La mente humana, a la que debemos la ciencia moderna, la biología o la mecánica cuántica, se inclina a elaborar razonamientos simplistas; necesitamos estar siempre a favor o en contra de algo, preferimos ir derechos a las conclusiones, aferrándonos a ellas. Las máquinas, por su parte, no tienen ni sentido común ni consciencia (al menos, de momento) y carecen de emociones. La IA, sentencia Cohen, es una inteligencia idiota. De modo que una primera conclusión acerca de las diferencias entre seres humanos y máquinas podría ser un eficiente (pero no exento de riesgos) reparto de tareas, teniendo en cuenta las aptitudes de unos y otras. Para las máquinas, el trabajo estadístico y laborioso; para los humanos lo que tenga que ver con las relaciones entre personas.
El riesgo de tal reparto de tareas está en dejar a los hombres, que tendemos a adaptarnos al entorno, encerrados en nuestros prejuicios. Pues la revolución digital crea individuos crédulos y sin espíritu crítico. Lo que se está imponiendo no es Gutenberg, sino una televisión 2.0. Este peligro es especialmente palpable en el caso de los teléfonos móviles, con los que se establece un vínculo compulsivo que nos hace casi imposible permanecer concentrados en cualquier otra cosa. Está demostrado que la capacidad de atención de los adolescentes ha alcanzado mínimos históricos. Además, en las redes sociales —que son tan adictivas como el tabaco (algo también demostrado)— se produce una desinhibición digital; y “la sobreexposición de la intimidad —advierte Cohen— pone en riesgo la construcción del yo”. Por no hablar de la degradación de las relaciones amorosas y sexuales que fomentan móviles y redes al eximir “del problema de tener que gestionar el bagaje afectivo del otro”.
A esos riesgos, se añade la existencia del capitalismo de la vigilancia, centrado en la obtención de datos, como el capitalismo tradicional lo estaba en la extracción de plusvalía. Todo esto supone un cambio inmenso, una transformación que no puede reducirse únicamente a idiotizar a los humanos, pero de la que aun queda mucho por definir. Lo bueno es que nada está escrito; lo malo, que no sabemos adónde vamos.
Lo que caracteriza a una tecnología de ruptura es ofrecer posibilidades que sobrepasan la propia concepción de sus autores. Esto es evidente en la IA, en la que predomina la incertidumbre sobre su aplicación, con el peligro de que, en lugar de una relación eficiente entre hombres y máquinas, estas, aun careciendo del sentido común propio de los humanos, los lleguen a sustituir a la hora de aprehender la realidad. Entretanto, un peligro más cercano y palpable es la desconexión social, la reducción de los encuentros cara a cara.
La revolución digital, último eslabón de la cadena de inventos que empezó con la máquina de vapor y siguió con la electricidad, tiene claras implicaciones socioeconómicas y políticas de las que se ocupa el autor. Constata, por ejemplo, que se trata de una tecnología empobrecedora en un sentido material; no ha aumentado el salario mínimo en Estados Unidos, pero sí la remuneración de los más ricos. Lo cierto es que es más difícil aumentar la productividad en una sociedad de servicios que en una industrial; y resolver ese problema es un desafío de la revolución de los algoritmos. Lo anterior hace que las clases populares, significativamente en Estados Unidos, se vean atrapadas entre un mundo industrial en vías de extinción y un mundo digital que no se interesa por ellas. La culminación de esos procesos es la presidencia de Trump, cuya victoria está ligada al aislamiento social de las clases populares.
Por otro lado, la desconexión social lleva al auge de las identidades. Donde antes había un lenguaje de clases sociales, ahora está el de las identidades. Todo eso desemboca en una decadencia de la democracia, que se manifiesta en el aumento de la abstención, la desconfianza hacia la política y las instituciones, y la violencia entre facciones políticas. Las redes sociales contribuyen a este proceso porque no informan, sino que ratifican creencias; no crean espacios de debate, sino que aumentan las fracturas, las discrepancias y la división excesiva. Las redes no están interesadas por la información. Según el autor, se recluta a más islamistas en las redes (y en las cárceles) que en las mezquitas. La crisis de los medios de comunicación hace que cada vez haya menos periodistas, lo que lleva a una peor información, y a la consiguiente degradación del debate público. La paradoja es que las redes sociales han aumentado justo lo que se supone que debían corregir: el aislamiento; además de haber embrutecido la vida política.
El problema es grave porque —dice el autor— el individuo no puede crearse un concepto de sí mismo en ausencia del grupo; la propensión a la reciprocidad con desconocidos es la base del mundo social, una condición necesaria a la que hay que añadir las instituciones adaptadas. Y la revolución digital carece de las necesarias instituciones mediadoras (cultura, religión) propias de la filosofía liberal. La revolución digital confluye con otros procesos característicos de los últimos años. Uno es la dispersión de los trabajadores. Las redes no provocan guetos y dispersión social, algo que viene de antes, pero lo acentúan; no crean puentes. Otro es la mentalidad tribal posmoderna, estudiada por el sociólogo Maffesoli. La sociedad digital materializa esa mentalidad posmoderna, con un mundo de posverdad, neotribal, en el que cada individuo cultiva su propio metadiscurso.
La tarea, inmensa, sin duda, sería salvar lo bueno de lo arcaico (empresas, sindicatos y partidos), ya que la vida democrática necesita partidos, igual que la verdad necesita expertos. Una esperanza, fundada en las posibilidades de la revolución digital, es que podría ponerse al servicio de la cohesión social; podría surgir un nuevo sindicalismo que sobrepasara las fronteras de la vida empresarial, si encontráramos el hilo que une a los diferentes estratos de la sociedad, dice Cohen.
Como otros autores, Cohen constata el impulso que la pandemia de COVID-19 ha dado a la disgregación, con el confinamiento y el teletrabajo, además de favorecer la posverdad con las fake news. Un dato significativo a este respecto es que, en Francia, los municipios con menor índice de vacunación eran los de menor participación política. En cuanto a la catástrofe, previsible pero incontrolable, del cambio climático, existe una relación entre redes y emociones negacionistas, dado que las emociones que entran en juego en el negacionismo del cambio climático son las mismas que provocan las redes sociales.
Como profetizó Keynes, señala Daniel Cohen, el problema de la humanidad no será, a la larga, el problema económico. El reto del siglo (al que hay que resistir) está en la digitalización de las relaciones humanas. Por ejemplo, en la enseñanza (pero no solo), que no puede sustentarse en los videos; las neuronas espejo, que son la base de la empatía, parecen desconectarse ante un video. Las relaciones humanas presenciales son imprescindibles. Un ser humano ante otro ser humano piensa que el otro sabe o cree saber lo que él siente; algo que desaparece en la sociedad digital.
Frente a eso, el autor propone la recuperación de las viejas instituciones inclusivas (sindicatos, partidos, periódicos) o de otras que hagan su papel. Y recuerda el sano interclasismo, el mestizaje social que, frente a las apariencias, propiciaban los partidos políticos, que podían hacer coincidir al obrero y el profesor de izquierdas, o al burgués y el campesino de derechas.
Hay que luchar contra la doble tendencia separadora de la sociedad digital, que, por un lado, nos aparta del mundo real y, por otro, destruye nuestras relaciones personales, concluye Cohen.
Jacques Maritain (1882-1973) fue un filósofo francés, neotomista, mentor de la democracia cristiana. De familia protestante, se convirtió al catolicismo, junto con su mujer Raisa Oumansoff, animado por León Bloy. Influido por Henri Bergson y Charles Péguy elaboró una metafísica cristiana a la que denominó «filosofía de la inteligencia y del existir». Fue profesor en las universidades de Columbia, Chicago y Princeton, entre otras. Participó en los trabajos preparatorios de la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948). Autor, entre otras obras, de Humanismo integral, Reflexiones sobre la persona humana, El campesino de Garona y El hombre y el Estado.
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Las justificaciones racionales del fundamento de los derechos humanos son indispensables, -observa el filósofo francés- pero incapaces de crear un acuerdo entre los hombres. Por eso cuando alguien se extrañó de que defensores de ideologías opuestas se hubieran puesto de acuerdo para redactar una lista de derechos en una reunión de la UNESCO, le respondieron: «estamos de acuerdo en esos derechos a condición de que no se nos pregunte por qué». Maritain sostiene que, a pesar de todo, se pueden alcanzar acuerdos de carácter universal, no por la afirmación de una misma concepción del mundo, sino por unos ‘principios de acción’ implícitamente reconocidos por la conciencia de los pueblos libres. Estos principios constituyen una especie de residuo común, una especie de ley común no escrita. En ese sentido, la historia de los derechos del hombre está ligada a la de la ley natural, la cual -sostiene- es una herencia del pensamiento griego y cristiano, remontándose hasta Sófocles, y su personaje Antígona, heroína del ley natural, con su famosa apelación a «leyes no escritas e inmutables». En virtud misma de la naturaleza humana -argumenta el autor- hay un orden o disposición que la razón humana puede descubrir y de acuerdo con la cual la voluntad humana debe obrar para conformarse con los fines esenciales y necesarios del ser humano. Del mismo modo que todo lo que existe en la naturaleza –una planta, un caballo– tiene su ley natural, su “normalidad de funcionamiento”, hay una normalidad de funcionamiento fundada en la esencia del hombre. Y esta es una ley moral, porque el hombre la obedece o desobedece libremente, no por necesidad. El conocimiento que el hombre posee de la ley natural ha crecido a medida que se iba desarrollando su conciencia moral. Y afirma Maritain que ha sido necesario que Dios mismo interviniera para ayudar a la naturaleza humana en su búsqueda de esta ley.
Plantea, por otro lado, ¿qué ocurre con los nuevos derechos de los que la razón humana ha ido tomando conciencia?, por ejemplo, los derechos del hombre en cuanto persona social implicada en el proceso económico y cultural. Y considera que no es insuperable el antagonismo entre los «antiguos» y los «nuevos» derechos; como lo prueba que la Declaración Universal dé cabida a unos y a otros. Finalmente, el filósofo recoge las tres filosofías políticas en torno a los derechos humanos: la liberal-individualista que ve la marca de la dignidad humana en el poder de cada persona de apropiarse individualmente los bienes de la naturaleza; la comunista, que considera que el sello de la dignidad es el poder de someter esos mismos bienes al dominio colectivo del cuerpo social para “liberar” el trabajo humano y obtener el control de la historia; y la personalista, para la que la dignidad humana consiste en el poder hacer servir a esos mismos bienes de la naturaleza para la conquista común de los bienes intrínsecamente humanos, morales y espirituales. Y apostilla que él se adscribe a esta última escuela de pensamiento.
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[Extractos del capítulo IV de El hombre y el Estado, de Jacques Maritain]
«Como ha mostrado claramente la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, publicada por las Naciones Unidas en 1948, no es sin duda fácil, pero es posible, establecer una formulación común […] de los diversos derechos que el hombre posee en su existencia individual y social. Pero sería muy fútil intentar una común justificación racional de esas conclusiones prácticas y de esos derechos. Si lo hiciésemos, correríamos el riesgo de imponer un dogmatismo arbitrario o ser parados en seco por irreconciliables diferencias […]
Nos encontramos en presencia de la siguiente paradoja:
Son indispensables porque cada uno de nosotros cree instintivamente en la verdad y no quiere dar su consentimiento más que a lo que ha reconocido como verdadero y como racionalmente válido. Pero son incapaces de crear un acuerdo entre los hombres porque son fundamentalmente diferentes o, incluso, contrarias […]
Durante una de las reuniones de la Comisión nacional francesa de la UNESCO en que se discutía sobre los Derechos del Hombre, alguien manifestó su extrañeza al ver que ciertos defensores de ideologías violentamente opuestas se habían puesto de acuerdo para redactar una lista de derechos.
La cuestión de los Derechos de Hombre nos suministra un ejemplo eminente de la situación que he intentado pincelar en un memorial para la segunda Conferencia internacional de la UNESCO, del que me tomo la libertad de citar ciertos pasajes.

“¿Cómo es concebible –preguntaba– un acuerdo de pensamiento entre hombres reunidos para una tarea intelectual que realizar en común, que vienen de los cuatro puntos cardinales y que, no sólo pertenecen a culturas y civilizaciones diferentes, sino a familias espirituales y a escuelas de pensamiento antagónicas? … Como la finalidad de la UNESCO es una finalidad práctica, el acuerdo de las mentes puede en ella lograrse de manera espontánea, no por un pensamiento especulativo común, sino por un común pensamiento práctico; no por la afirmación de una misma concepción del mundo, del hombre y del conocimiento, sino por la afirmación de un mismo conjunto de convicciones que dirijan la acción. Esto es poco, sin duda; es el último reducto del acuerdo de las mentes. Sin embargo, es lo bastante como para emprender una gran obra, y sería ya mucho el tomar conciencia de este conjunto de convicciones prácticas comunes.
Desearía observar aquí que la palabra ‘ideología’ y la palabra ‘principio’ pueden entenderse en dos sentidos muy diferentes. Acabo de señalar que el estado actual de división de los espíritus no permite ponerse de acuerdo en una común ‘ideología especulativa’, ni en principios comunes de ‘explicación’. Mas si se trata, por el contrario, de la ideología ‘práctica’ fundamental y de los fundamentales ‘principios de acción’ implícitamente reconocidos hoy, si no formal, sí vitalmente, por la conciencia de los pueblos libres, ocurre que constituyen grosso modo una especie de residuo común, una especie de ley común no escrita, en el punto de convergencia práctica de las ideologías teóricas y las tradiciones espirituales más diferentes.
Basta, para comprender esto, distinguir convenientemente las justificaciones racionales entrañadas en el dinamismo espiritual de una doctrina filosófica o de una fe religiosa y las conclusiones prácticas que, diversamente justificadas por cada uno, son para unos y otros principios de acción analógicamente comunes. Estoy muy convencido de que
Pero esto no me impide estar de acuerdo en esas convicciones prácticas con quienes están convencidos de que su propia manera de justificarlas, completamente diferente u opuesta a la mía en su dinamismo teórico, es igualmente la única que se encuentra fundada en la verdad. Si ambos creen en la carta democrática, un cristiano y un racionalista ofrecerán sin embargo de ella justificaciones incompatibles entre sí, en que su alma, su mente y su sangre estarán comprometidas; y, sobre esto, se combatirán. Y ¡líbreme Dios de decir que no importa saber cuál de los dos tiene razón! Esto importa de manera esencial. Mas, con todo, en la afirmación práctica de esta carta se encuentran de acuerdo y pueden formular juntos principios de acción comunes”. (1) [pp. 87–90]
«El fundamento filosófico de los Derechos del Hombre es la ley natural. Siento no encontrar otra expresión. En el curso de la era racionalista, los juristas y los filósofos, sea con fines conservadores, sea con fines revolucionarios, han abusado a tal punto de la noción de ley natural, la han invocado de manera tan simplista y arbitraria, que es difícil emplear hoy esta expresión sin despertar la desconfianza y la sospecha de muchos de nuestros contemporáneos. Deberían, sin embargo, darse cuenta de que la historia de los derechos del hombre está ligada a la de la ley natural y que el descrédito en que el positivismo ha tenido por un cierto tiempo a la idea de ley natural ha conllevado un descrédito semejante para la idea de los derechos del hombre.
Como bien ha dicho Laserson, “las teorías de la ley natural no deben ser confundidas con la ley natural misma. Las teorías de la ley natural, como cualquier otra teoría política y jurídica, pueden proponer argumentos o especulaciones variados con el fin de establecer o justificar la ley natural, mas la quiebra de esas teorías no puede significar la quiebra de la ley natural misma, igual que el fracaso de una teoría o una filosofía de la ley positiva no conduce a la abolición de la misma. La victoria, en el siglo XIX, del positivismo jurídico sobre la doctrina de la ley natural no ha significado la muerte de la ley natural misma, sino sólo la victoria de la escuela histórica conservadora sobre la escuela racionalista revolucionaria, victoria exigida por las condiciones históricas generales de la primera mitad del siglo XIX. La mejor prueba de ello es que al final de ese mismo siglo se proclamó lo que se ha llamado el renacimiento de la ley natural”. (2)
Como consecuencia, la consonancia de un acto humano con la razón debía significar que ese acto estaba calcado de un modelo ya hecho y preexistente, que la infalible Razón había aprendido a dibujar de la infalible Naturaleza y que, por tanto, debía ser inmutable y universalmente reconocido en todos los lugares de la tierra y en todos los momentos del tiempo. Así creía Pascal que la justicia entre los hombres había de tener la misma aplicación universal que las proposiciones de Euclides. Si la raza humana conociera la justicia, “el resplandor de la verdadera equidad –escribe– habría sometido a todos los pueblos, y los legisladores no habrían tomado como modelo, en lugar de esta justicia constante, las fantasías y caprichos de los persas y de los alemanes. La veríamos implantada en todos los Estados del mundo y en todos los tiempos… ” (3). Lo cual es –no tengo necesidad de decirlo– una concepción de la justicia enteramente abstracta e irreal. Esperad un poco más de un siglo y oiréis a Condorcet promulgar este dogma, que a primera vista parece evidente y, sin embargo, no significa nada: “Una buena ley debe ser buena para todos” –digamos que tanto para el hombre de la edad de las cavernas como para el de la edad del vapor, tanto para las tribus nómadas cuanto para las poblaciones agrarias– “una buena ley debe ser buena para todos, como una proposición verdadera es verdadera para todos”.
Así, la concepción de los derechos del hombre que se tuvo en el siglo XVIII presuponía, sin duda alguna, la larga historia de la idea de la ley natural en el transcurso de la Antigüedad y de la Edad Media; pero tenía sus orígenes inmediatos en la sistematización artificial y en la refundición racionalista a las que esta idea se había visto sometida desde Grocio y, de manera más general, desde el advenimiento de una razón geometrizante». [pp. 91-93]
«La idea auténtica de ley natural es una herencia del pensamiento griego y del pensamiento cristiano. Remonta, no sólo a Grocio, que, en verdad, comenzó a deformarla, sino, antes de él, a Suárez y Francisco de Vitoria; y, aún antes, a Santo Tomás de Aquino (sólo él ofreció sobre este asunto una doctrina enteramente coherente, expresada por desgracia en un vocabulario insuficientemente clarificado, de modo que sus rasgos más profundos hubieron de encontrarse rápidamente descuidados e ignorados); y, mucho antes aún, a San Agustín y los Padres de la Iglesia y a San Pablo (recordamos la frase de San Pablo: “Cuando los gentiles, que no tienen la Ley, ‘hacen por naturaleza’ las cosas contenidas en la Ley, no teniendo la Ley, hacen el papel de ley para sí mismos…” 6 6); y, más remotamente aún, a Cicerón, a los estoicos, a los grandes moralistas de la Antigüedad y a sus grandes poetas, en particular a Sófocles.
«Como no tenemos tiempo de discutir aquí disparates (pueden siempre encontrarse filósofos extraordinariamente inteligentes –por no hablar de Bertrand Russell– para defenderlos del modo más brillante), doy por admitido que existe una naturaleza humana y que esa naturaleza humana es la misma en todos los hombres. Doy también por admitido que el hombre es un ser dotado de inteligencia y que, en cuanto tal, obra con una idea de lo que hace y tiene así el poder de determinarse a sí mismo los fines que persigue. Por otra parte, al poseer una naturaleza o una estructura ontológica en que residen necesidades inteligibles, el hombre tiene fines que corresponden necesariamente a su constitución esencial y que son los mismos para todos, así como, por ejemplo, todos los pianos, cualquiera que sea su marca en particular y doquiera que se encuentren, tienen como fin producir sonidos que suenen bien. Y, si no producen tales sonidos, han de ser afinados o hay que desembarazarse de ellos como si nada valieran. Mas, como el hombre está dotado de inteligencia y se determina a sí mismo sus fines, es a él a quien corresponde ponerse en consonancia a sí mismo con los fines necesariamente exigidos por su naturaleza. Esto quiere decir que, en virtud misma de la naturaleza humana, hay un orden o una disposición que la razón humana puede descubrir y de acuerdo con la cual la voluntad humana debe obrar para conformarse con los fines esenciales y necesarios del ser humano. La ley no escrita o ley natural no es nada más que esto. […]
Todo lo que existe en la naturaleza –una planta, un perro, un caballo– tiene su ley natural, es decir, su “normalidad de funcionamiento”, el modo propio en que, en razón de su estructura específica y sus fines específicos, “debe” alcanzar su plenitud de ser típica, sea en su crecimiento, sea en su comportamiento. […]
Los criadores de caballos tienen un conocimiento experimental, a la vez por inteligencia y por afinidad, de la ley natural de los caballos, ley natural en relación con la cual el comportamiento de un caballo hace de él un buen caballo o un caballo falso en la yeguada. Pero, en fin, los caballos no gozan de libre arbitrio y su ley natural no es más que una parte de la inmensa red de tendencias y regulaciones esenciales entrañadas en el movimiento del cosmos, y el caballo individual que falta a esa ley equina no hace sino obedecer al orden universal de la naturaleza, del que dependen las flaquezas de su naturaleza individual. Si los caballos fueran libres, habría un modo ético de atenerse a la ley natural específica de los caballos, pero esta moral de caballo es un sueño, pues los caballos no son libres. […]
y porque la conducta humana supone un orden particular y privilegiado que es irreductible al orden general del cosmos, y tiende a un fin último superior al bien común inmanente del cosmos.
Insisto aquí en el primer elemento fundamental que hay que reconocer en la ley natural, a saber, el elemento ontológico; quiero decir, la normalidad de funcionamiento fundada en la esencia de este ser: el hombre. La ley natural en general es la fórmula ideal del desarrollo de un ser dado; se la podría comparar con una ecuación algebraica según la cual una curva se desarrolla en el espacio; pero, en el caso del hombre, es libremente como la curva debe conformarse a la ecuación. Digamos pues que, en su aspecto ontológico, la ley natural es un orden ideal que se refiere a las acciones humanas, una línea que separa las aguas de lo que conviene y lo que no conviene, de lo propio y lo impropio, que depende de la naturaleza o esencia humana y de las necesidades inmutables que están enraizadas en ella. […]
Para resumirlo todo, digamos que la ley natural es, a la vez, algo ontológico y algo ideal. Es algo ideal porque están fundadas en la esencia humana, tanto su inmutable estructura, cuanto las necesidades inteligibles que entraña. Y es algo ontológico porque la esencia humana es una realidad ontológica que, por lo demás, no existe separada, sino en cada ser humano, de donde se sigue que la ley natural reside como un orden ideal en el ser mismo de todos los hombres existentes.
En esta primera perspectiva, o respecto al elemento ontológico fundamental que implica, la ley natural es coextensiva al campo entero de las regulaciones morales naturales, a todo el campo de la moralidad natural. No sólo las regulaciones primeras y fundamentales, sino las más mínimas regulaciones de la Ética natural significan conformidad con la ley natural, incluso si se trata de obligaciones o derechos de los que acaso no tenemos hoy idea y de los que los hombres llegarán a ser conscientes en un porvenir lejano». [pp. 96-100]
«Montaigne observaba maliciosamente que, en ciertos pueblos, el incesto y el hurto eran tenidos por acciones virtuosas. Pascal se escandalizaba de ello. Todo eso no prueba nada contra la ley natural, igual que un error al sumar no prueba nada contra la Aritmética o que los errores de ciertos pueblos primitivos, para los que las estrellas eran agujeros en la tienda que recubría el mundo, no prueban nada contra la astronomía.
La ley natural es una ley no escrita. El conocimiento que el hombre posee de ella ha crecido poco a poco, a medida que se iba desarrollando su conciencia moral. Esta se encontró primero en estado crepuscular. Los etnólogos nos han enseñado en qué estructuras de vida tribal y en el seno de qué magia de soñador despierto se formó primitivamente. Esto muestra solamente que el conocimiento que los hombres han tenido de la ley no escrita ha pasado por más formas y estados diversos de los que ciertos filósofos o teólogos han creído. Más aún: ha sido necesario que Dios mismo interviniera para ayudar a la pobre naturaleza humana en su búsqueda de esta ley. Pues Dios ha hablado a los hombres y les ha dado, para cuanto concierne a su salvación, su ley positiva revelada, y ésta, ciertamente, trasciende la ley natural, pues comunica misterios tocantes a la vida misma de Dios. Mas, lejos de contradecir la ley natural, expresa ésta y podría decirse que apresura su expresión. Es así como las líneas esenciales de la ley natural han sido reveladas al pueblo de Dios en el Decálogo.
Pero el estudio de la Ley positiva revelada y de sus relaciones con la ley natural y la ley positiva humana es cuestión de los teólogos. Con todo, la revelación del Horeb se refiere tan sólo a los principios fundamentales de la vida moral. Estén las conclusiones contenidas en esos principios extraídos por la reflexión racional o cobren forma en virtud del conocimiento «natural», del que después trataremos y que corresponde propiamente a la ley natural, nuestro conocimiento de las regulaciones y de las normas entrañadas en la ley no escrita es función del desarrollo de la conciencia moral misma. Este conocimiento es, sin duda, todavía imperfecto y es probable que continúe desarrollándose y afinándose mientras dure la humanidad. Sólo cuando el Evangelio haya penetrado en lo más profundo de la sustancia humana, aparecerá la ley natural en su brillo y su perfección.
De este modo, la ley y el conocimiento de la ley son dos cosas diferentes.
Conviene a este respecto insistir en el hecho de que la razón humana no descubre las regulaciones de la ley natural de una manera abstracta y teórica, como una serie de teoremas de geometría. […] Cuando [Santo Tomás] dice que la razón humana descubre las regulaciones de la ley natural bajo la guía de las inclinaciones de la naturaleza humana, quiere decir que el modo mismo en que la razón humana conoce la ley natural no es el del conocimiento racional, sino el del conocimiento por inclinación. Esta clase de conocimiento no es un conocimiento claro por conceptos y juicios conceptuales: es un conocimiento oscuro, no sistemático, vital, que procede por experiencia tendencial o «connaturalidad» y en el que el intelecto, para formar un juicio, escucha y consulta la especie de canto producido en el sujeto por la vibración de sus tendencias interiores.
Cuando se ha comprendido claramente este hecho fundamental y cuando, por otra parte, uno se ha dado cuenta de que las opiniones de Santo Tomás sobre este asunto exigen por sí mismas un tratamiento histórico y una aplicación filosófica de la idea de desarrollo, para recurrir a las cuales no estaba pertrechada la Edad Media, sólo entonces puede uno hacerse una idea adecuada y establecer una teoría completamente apropiada de la ley natural, y uno comprende que el conocimiento humano de la ley natural ha sido progresivamente formado y modelado por las inclinaciones de la naturaleza humana, a partir de las más fundamentales de entre ellas». [pp. 101 – 103]
«En la ley natural, hay inmutabilidad en lo que hace a las cosas, o en la ley misma ontológicamente considerada, pero progreso y relatividad en lo que toca a la toma de conciencia humana de esta ley […]
Tal ha sido la aventura del derecho al salario justo y de otros derechos semejantes frente al derecho a la propiedad privada. […] Cuando, en 1850, se puso en vigor en América la ley sobre los esclavos fugitivos, ¿no consideraba la conciencia de muchas personas toda ayuda ofrecida a un esclavo fugitivo como un atentado criminal contra el derecho de propiedad?
Recíprocamente, los “nuevos” derechos dan a menudo la batalla a los antiguos y hacen que sean a veces injustamente ignorados. En tiempos de la Revolución Francesa, por ejemplo, una ley promulgada en 1791 prohibía a los obreros, como un “ataque contra la libertad y la Declaración de los Derechos del Hombre”, toda tentativa de asociarse y de recurrir a la huelga para obtener una elevación de salario. Ello aparecía como un indirecto retorno al antiguo sistema de las corporaciones.
Si pasamos a los problemas del tiempo presente, el hecho crucial es que la razón humana ha tomado ahora conciencia, no sólo de los derechos del hombre en cuanto persona humana y persona cívica, sino también de sus derechos en cuanto persona social implicada en el proceso económico y cultural, y, especialmente, de sus derechos como persona obrera.
Hablando en general, una nueva edad de civilización se verá llamada a reconocer y definir los derechos del ser humano en sus funciones sociales, económicas y culturales -derechos de los productores y de los consumidores, derechos de los técnicos y de los jefes de empresa, derechos de los que se dedican al trabajo de la mente, derechos de cada cual a tener parte en la herencia de educación y cultura de la vida civilizada-. Pero los problemas más urgentes son los que importan, por un lado, a los derechos de esa sociedad primordial que es la sociedad familiar, y que es anterior al estado político; y, por otro, a los derechos del ser humano en su función de trabajador.
[…] Estoy persuadido de que el antagonismo entre los “antiguos” y los “nuevos” derechos del hombre – los derechos sociales de que acabo de hablar y, en particular, los que tocan a la justicia social y apuntan a la vez a garantizar la eficacia del grupo social y a liberar a la persona obrera de la miseria y la servidumbre económica –, ese antagonismo que muchos escritores contemporáneos se complacen en exagerar, no es en modo alguno insuperable. Estas dos categorías de derechos sólo parecen irreconciliables a causa del conflicto entre las dos ideologías y los dos opuestos sistemas políticos que los invocan y de los que, en realidad, son independientes. Nunca se insistirá suficientemente en el hecho de que el reconocimiento de una categoría particular de derechos no es privilegio de una escuela de pensamiento en detrimento de las otras; no es más necesario ser discípulo de Rousseau para reconocer los derechos del individuo que ser marxista para reconocer los derechos económicos y sociales.
Si cada uno de los derechos humanos fuera por naturaleza absolutamente incondicional e incompatible con toda limitación, al modo de un atributo divino, todo conflicto que se enfrentara con ellos sería manifiestamente irreconciliable. Mas ¿quién ignora, en realidad, que esos derechos, siendo humanos, están, como todo lo humano, sometidos a condicionamiento y limitación, al menos, como hemos visto, en lo que toca a su ejercicio?». [pp. 115 – 118]
«Que los diversos derechos asignados al ser humano se limiten mutuamente y, en particular, que los derechos económicos y sociales, los derechos del hombre en cuanto persona implicada en la vida de la comunidad, no puedan tener sitio en la historia humana sin restringir en alguna medida las libertades y los derechos del hombre en tanto que individuo, es cosa simplemente normal. Lo que crea diferencias y antagonismos irreductibles entre los hombres es la determinación del grado de esa restricción y, más generalmente, la determinación de la escala de valores que rige el ejercicio y la organización concreta de esos diversos derechos.
Nos hallamos aquí ante el choque de filosofías políticas incompatibles: pues no se trata ya del simple reconocimiento de las diversas categorías de derechos humanos, sino del principio de unificación dinámica de acuerdo con el cual son puestos en práctica. […]
Remitiéndonos a la visión propuesta en la primera parte de este capítulo, podemos imaginar que los partidarios de un tipo de sociedad liberal-individualista, comunista o personalista pongan por escrito listas semejantes y acaso idénticas de los derechos del hombre. No tocarán, sin embargo, ese instrumento de la misma manera. Todo depende del valor supremo de acuerdo con el cual se ordenen y limiten mutuamente esos derechos. Así, es en virtud de la jerarquía de los valores que suscribimos como determinamos el modo en que los derechos del hombre, tanto económicos y sociales cuanto individuales, deben, a nuestros ojos, pasar a la existencia real.
Aquellos a quienes acabo de llamar, a falta de una expresión mejor, partidarios de un tipo de sociedad liberal-individualista ven la marca de la dignidad humana, primero y ante todo, en el poder de cada persona de apropiarse individualmente los bienes de la naturaleza para hacer libremente cuanto les plazca; los partidarios de un tipo comunista de sociedad ven la marca de la dignidad humana, primero y ante todo, en el poder de someter esos mismos bienes al dominio colectivo del cuerpo social para “liberar” el trabajo humano (subordinándolo a la comunidad económica) y para obtener el control de la historia;
Estos tres grupos se acusarán inevitablemente unos a otros de ignorar ciertos derechos esenciales del ser humano. Queda por saber quién se hace del hombre una idea real y quién una idea desfigurada. En lo que a mí respecta, yo sé dónde estoy: con la tercera de estas tres escuelas de pensamiento que acabo de mencionar». [pp. 118 – 119].
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1) México, 6 de noviembre de 1947 (Nava et Vetera, Friburgo, No. 1, 1948).
2) MAX M. LASERSON, Positive and Natural Law and their Correlation: Essays in Honor of Roscoe Pound (New York, Oxford University Press, 1947).
3) BLAISE PASCAL, Pensées (ed. Brunschvicg), N. 294.
Pablo Blanco Sarto es profesor agregado de Teología Dogmática de la Universidad de Navarra. Autor, entre otras obras, de Joseph Ratzinger, una biografía.
Bohdan Chudoba fue un historiador, ensayista y traductor checo. Autor de Of time, light and hell: essays in interpretation of the Christian message; The meaning of civilization; España y el Imperio (1519-1643) y Los tiempos antiguos y la venida de Cristo, entre otros.
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Bohdan Chudoba fue de los tres mejores historiadores checos de orientación católica del siglo XX, junto con Josef Pekar y Zdenek Kalista. Integró un grupo, cuyo legado historiográfico fue anatematizado por el régimen comunista hasta 1989. Desarrolló sus actividades científicas y políticas desde mediados de la década del treinta hasta 1948 en la antigua Checoslovaquia, y posteriormente en Estados Unidos y España, a la que considerará su “segunda patria”.
Fue un intelectual inquieto, omnívoro, compulsivo, conocedor de varias lenguas, e interesado no solo por la historia, sino también por la literatura, las artes, la civilización y la teología. Influido por Miguel de Unamuno, Chudoba concibió la historia no como una ciencia positiva, basada en una cadena de causas y efectos, sino como un drama, en términos shakesperianos: como “drama de la esperanza” e “historia de la libertad”. Fue, sobre todo, un historiador de las ideas, “un autor volcánico como tantos autores eslavos del tipo de Berdiaev”. En una de sus obras, “The Meaning of Civilization”, empezó a formular una filosofía de la historia, una historia de las ideas, que completó con lo que Pablo Blanco considera una verdadera teología.
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Uno de los tres mejores historiadores checos de orientación católica del siglo XX es Bohdan Chudoba: junto con Josef Pekar y Zdenek Kalista integra un grupo, cuyo legado historiográfico fue anatematizado por el régimen comunista hasta 1989. Chudoba (nacido el 21 de noviembre de 1909 en la metrópoli morava de Brno y fallecido el 2 de enero de 1982 en Madrid) desarrolló sus actividades científicas y políticas desde mediados de la década del treinta hasta 1948 en la antigua Checoslovaquia, y posteriormente en Estados Unidos y España, a la que considerará su “segunda patria”.
El padre de Bohdan –Frantisek Chudoba– logró un gran prestigio científico en los primeros decenios del siglo XX como crítico literario, anglista y catedrático en la Universidad Masaryk, de la metrópoli morava de Brno y el más importante conocedor y traductor de literatura anglosajona en Checoslovaquia. Se hizo célebre, principalmente, como autor de una nutrida monografía sobre William Shakespeare. Su hijo Bohdan estudió filología e historia en la misma universidad, visitando paralelamente los archivos de Londres, Oxford, Viena, Roma, París, Simancas y Madrid. Aquí se puede apreciar ya la dimensión interdisciplinar de su formación, que a su vez se reflejará en su producción científica. Por si fuera poco, destacó después como orador y político, llegando a militar en la Resistencia tanto del nazismo como del comunismo. Tuvo que huir de su tierra, pasando por París y acabando en Madrid.
En la Universidad central de la capital española se doctoró en 1933 (Las relaciones de las dos cortes habsburgesas en la tercera asamblea del Concilio tridentino, Madrid: Tip. de Archivos, 1933). Chudoba tuvo a partir de entonces una existencia errática, como un profeta fuera de su tierra o un starets, un monje solitario. Influido notablemente por el pensamiento del famoso filósofo español, Miguel de Unamuno (1864-1936), se despidió definitivamente del concepto de la historiografía como ciencia positiva, basada tan solo en una cadena de causas y efectos, ordenados de un modo cronológico. Chudoba optó por el pensamiento vivo de “la carne y los huesos” –como solía decir Unamuno– y por la defensa de la verdad. Es esta una gran pasión que recorre toda su obra. No es de extrañar por tanto que, además de la historia, le interesara también la literatura, la filosofía, las religiones y la teología.
Era un intelectual omnívoro, casi compulsivo. De hecho, publicó un sinúmero de traducciones del inglés, alemán, español y otros idiomas, escribiendo asimismo poemas y novelas. Su condición de políglota consumado le obligaba a superar las estrechas fronteras de la ciencia positivista; pero a diferencia de su padre que era protestante, no prefirió el mundo inglés sino el hispánico que pasó a serle más cercano. Así, enseñó en el Studium catholicum de Praga y, desde principios de los años treinta trabajó también como periodista en su país natal y, entre 1946 y 1948, como diputado del democristiano Partido Popular en la asamblea nacional de Checoslovaquia, que le hizo merecedor de la fama de consumado orador. Este carácter polifacético y multidisciplinar se refleja en sus obras, aparentemente desordenadas. Después del golpe de Estado perpretado por los comunistas, en febrero de 1948, el erudito moravo abandonó el país en condiciones muy dramáticas. Entonces conoce al novelista Graham Greene (1904-1991), quien consiguió que le permitieran marcharse a Francia y más adelante le obtuvo una plaza en los Estados Unidos.
El entonces cardenal Giovanni Montini (1897-1978), después papa Pablo VI, le prestó una gran ayuda, y desde 1949 fue profesor de historia en el Iona College de New Rochelle, Nueva York. En es verano contrae matrimonio con Eva, con quien he tenido la suerte de hablar largo y tendido. Continúa así una existencia errante, tanto geográfica como intelectual y políticamente: desde 1954 hasta 1965 colaboró con la redacción checa de Radio Exterior de España que en aquel entonces transmitía desde Austria y Alemania occidental; en 1964 y por iniciativa del socialdemócrata sudetoalemán Wenzel Jaksch, los líderes del exilio checoslovaco proporcionaron a Chudoba, una beca para preparar un nuevo manual de la historia checa: tuvo entonces muchos problemas para su publicación, y fue postergada por razones ideológicas. La orientación un tanto extemporánea (anticomunista y antinazi, impregnada también de una gran dosis de antiamericanismo, antigermanismo, así como de antiprogresismo y antimodernismo) resultaba inaceptable incluso en la Europa occidental de entonces.
Partiendo ya desde 1940 del concepto del orden social cristiano, Chudoba insistía en que la mayor tentación diabólica de la humanidad había sido sintetizada en Hitler y Stalin y, por tanto, en el comunismo y el nazismo, a lo que añade el liberalismo. Basado en estas mismas ideas, el autor moravo rechazaba también el legado de los primeros presidentes checoslovacos, Masaryk y Benes, así como criticó las potencias occidentales que lucharon contra Hitler por cooperar con Stalin. Desde 1964 vivió en Madrid, ayudado por el político y latinista Antonio Fontán (1923-2010), donde alternaba sus clases allí y en Estados Unidos. De aquí surgieron simpatías de Chudoba hacia Francisco Franco (1892-1975), quien –en su opinión– no podía compararse ni con Hitler ni con Stalin ni tampoco con Mussolini.
En una reseña de Of time, light and hell: essays in interpretation of the Christian message (Mouton, La Haya 1974) aparecida en Theological Studies (37, 1975, 171-173), John Carmody se hace la siguiente pregunta, a la vez que nos ofrece un retrato útil para el lector lejano en el espacio y en el tiempo: “¿Quién es Bohdan Chudoba? Me gustaría conocerlo. No hay nada fuera de este libro –ni dentro de los prejuicios del lector– que ofrezca detalles biográficos. Como Melquisedec, se presenta sin más: extranjero, gruñón, y no como un príncipe de la paz. Por sus conocimientos, citas y estilo, sospecho que es un políglota internacional, para quien el inglés no es la lengua materna. Su fe recia es como la Ortodoxia eslava, y su disciplina científica tal vez pueda ser la historia de las ideas, con un fuerte acento en los clásicos”. En efecto, en los últimos años de su vida asistió a los ritos ortodoxos, por desaveniencias con la aplicación de la reforma litúrgica del Vaticano II, si bien murió poco después de ver por televisión la misa de Notre Dame en la Nochebuena de 1981. A esto añade su erudición y estilo abigarrado, sin citas concretas, que a veces pone en verdaderos apuros al lector. Define además a Chudoba como un decidido antiescolástico y dotado de “un estilo muy moderno, casi como si fuera una corriente de conciencia”. En esta obra de teología de la historia –concluye Carmody– queda claro que el autor “está interesado por todo; sus apuntes son una mina de sugerencias”, a la vez que destaca el sentido personal y novedoso que da a esta concepción de la teología de la historia. Toda esta caracterización podría ser infinitamente matizada, pero qué duda cabe que Carmony ha calado lo esencial del personaje. Chudoba vendría a ser una especie de Vladimir Solovyov (1853-1900), por la amplitud y versatilidad de su pensamiento, así como por la impronta europea-oriental de sus ideas.
En lo que se refiere a la hispanística checa, Bohdan Chudoba fue uno de los principales protagonistas de las relaciones mutuas basadas en el universalismo católico. La propia confesión cristiana puede tender puentes hacia otras culturas, igualmente cristianas. En 1945 publicó la célebre monografía Los españoles en la Montaña Blanca, en la que analizaba la política española en Bohemia y Moravia desde los tiempos de Carlos V hasta la Guerra de los Treinta Años. “Montaña Blanca” se llama uno de los suburbios de Praga, donde en 1620 tuvo lugar la batalla en la que los estamentos protestantes checos fueron derrotados por la Liga Católica. Cuando en 1969 viajó a Estados Unidos y después a España, preparó una segunda versión de la monografía, que lleva por título: España y el Sacro Imperio Romano 1519-1643. Chudoba sostiene allí que “con la derrota de los protestantes en la batalla de la Montaña Blanca, quedaron Bohemia y Moravia sometidas a la Casa de Austria y conservadas para la religión cristiana. Aunque devastadas por los suecos durante la Guerra de los Treinta Años, las tierras checas se han abierto a un influjo profundo de la cultura española. La estatua milagrosa del Niño Jesús de Praga, llevada de España por doña María Manrique de Lara, y colocada después en la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria en Praga, ha llegado a ser un símbolo de nuevo florecimiento cultural del país de San Wenceslao”.
En su versión en español aparece con el título más simplificado de España y el Imperio (1519-1643) (Madrid, Rialp 1963, 467 pp.), en la prestigiosa «Biblioteca del pensamiento actual»; esta colección estaba dirigida por Florentino Pérez Embid (1918-1974), y exigía una alta calidad en todos los títulos publicados. Previamente, en 1952 había sido publicada la versión inglesa en Chicago Press. En una reseña en la Revue belge de philologie et d’histoire (43/1, 1965, 164-166), H.G. Koenigsberger sostiene que “el autor mantiene que, hasta la batalla de Lepanto, el peligro turco dominó la política española y que solo hasta después de Lepanto fue cambiado el frente en dirección a los protestantes como principales enemigos de la cristiandad”, lo cual podría resultar chocante para la actual sensibilidad ecuménica. Esta divergencia entre el idealismo hispánico y la política real fue todavía mayor durante el siglo XVII. A partir de las investigaciones realizadas en archivos checos y austríacos, Chudoba analiza la influencia del Imperio español en Bohemia, dos décadas antes de que comenzara la Guerra de los Treinta Años. El reseñador le reprocha sus “poco ortodoxas opiniones”, como la influencia de Salomón Ashkenazi para que los venecianos abandonaran la liga contra los turcos. En cualquier caso, queda calificado por el autor belga como un “libro interesante”. Parece ser que en este caso tiene lugar un claro debate sobre la metodología concreta que debe emplear la historia como ciencia.
Con un tenor parecido, encontramos algunos artículos en la revista Atlántida, de la misma editorial madrileña: “El pasado histórico y su sentido” (1964, 29-40), “El tiempo como antecedente de la historia” (1970, 557-562) y “Arte y ciencia en Europa oriental” (1971, 522-528). Más adelante, encontramos además una aportación significativa en el mundo hispánico en relación con la historia y la cultura eslavas: Rusia y el oriente de Europa, con un prólogo de Luis Suárez Fernández (Rialp, Madrid 1980). En estas páginas aparecen nuevas tierras y sensibilidades espirituales que ayudaron a enriquecer la percepción mediterránea de las culturas del centro y este de Europa. Sin embargo, en nuestro autor, el trabajo histórico es inseparable de la interpretación y de la reflexión. Las aportaciones de Chudoba no serán según los cánones de la historiografía positivista, sino que son capaces de mirar más allá de sus límites.
En este sentido, podemos considerar al autor moravo como también un filósofo y –por qué no– un teólogo, por su condición de creyente dispuesto a conjugar su fe con la razón histórica. En The Meaning of Civilitation (P.J. Kenedy & Sons, New York 1951) empezó a formular una filosofía de la historia, una historia de las ideas, que completó con lo que he considerado una verdadera teología. Allí realizaba algunas consideraciones en su Moravia natal sobre el concepto de civilización, a partir de sus pensamientos bajo la ocupación nazi y posteriormente comunista. Todo un verdadero punto de partida, que contiene ya in nuce lo que va a ser desarrollado en obras posteriores. Allí escribe en el prólogo el historiador Luis Suárez: “La lectura de este trabajo me ha causado una profunda impresión; no se trata de un libro de historia, seco en las estadísticas, sindo de la exposición de las ideas vinculadas a la vida. […] Chudoba es un espectador excepcional y, a veces, un protagonista”.
En realidad, tanto en su patria como en el exilio desempeñó el papel de pensador marginado y controvertido, un poco como le ocurrió a su maestro Unamuno. Era un personaje incómodo. En su condición de católico, poco dado a los compromisos ideológicos, se granjeó la animadversión de todas las izquierdas liberales y marxistas. Tal vez por esto su legado historiográfico ha seguido provocando malestar. Pese a todo ello, su obra sigue siendo una parte muy importante del pensamiento histórico, social y cultural de la nación checa en la época moderna. En España fue también conocida su obra Los tiempos antiguos y la venida de Cristo, fechada en Mamanoreck (Nueva York), en la fiesta de la Anunciación de 1963 (resultan interesantes las fechas y dedicatorias marianas en sus escritos), y publicada dos años después por la madrileña editorial Rialp (265 pp.), que constituye un apretado volumen de bolsillo, dotado de una alta densidad de contenido. En este caso, la traducción inglesa será posterior (Alba House, Staten Island, Nueva York 1969). El volumen se compone de varios artículos bastante densos, llenos de datos y referencias; pero conservan –a mi modo de ver– una unidad en las ideas de fondo, que a veces hay que leer entre líneas. Es interesante también ver cómo esta teología de la historia no está elaborada por un teólogo, sino por un historiador; el desarrollo es tal vez menos sistemático, pero el aluvión de datos que ofrece proporciona a estos ensayos una inmediatez y una concreción que procuran un continuo estímulo para el lector (a su vez, estas ideas serán después desarrolladas de modo parcial en la citada Of time, light and hell). Recuerda a los escritos de historia de las religiones de Mircea Eliade (1907-1986), donde sus libros son un auténtico melting pot de religión, historia, filosofía e incluso ficción.
“Desde tiempos inmemoriales –dirá en el Preface–, la historiografía ha sido sobre todo biografía”. A lo que añade de un modo un tanto provocador: “El historiador debe decir la verdad. No tiene otra posibilidad”. Dejando de lado sus ideas políticas sobre las que no puedo pronunciarme, me ha interesado sobre todo la obra de Chudoba por esta pasión por la historia y las ideas, y me gusta verla como la de un creyente, la de un laico, un cristiano –intelectual para más señas– que expresa libremente sus ideas. No es un teólogo en el significado académico del término, pero indudablemente formula –desde su experiencia como historiador– una completa e iluminadora teología de la historia. Chudoba fue un hombre de mundo, no solo por sus viajes sino sobre todo por su capacidad de enfrentarse –casi podríamos decir– con toda la cultura y con todas las culturas. Por eso su lectura resulta siempre iluminadora y profundamente sugerente, especialmente para el lector cristiano, aunque dada la amplitud de su pensamiento cualquiera puede disfrutar de sus obras y extraer aquello que más le pueda interesar. Las referencias e intertextos que aparecen en su obra son tan cosmopolitas como su propia vida. El autor checo bucea en la historia desde sus orígenes prehistóricos (valga la paradoja) y se dirige hacia Cristo como cumbre y centro de la historia. No solo elabora una historia de la teología en sentido amplio, sino también una teología de la historia.
En esto seguimos la máxima que propone en el pórtico de su estudio: “No solo es necesario conocer la historia, sino que hay que comprenderla”. Aquí es donde puede apreciarse la originalidad de Chudoba, pues no simplemente reproduce datos históricos en sus escritos, sino que ofrece una hermenéutica de los acontecimientos, que denotan una reflexión y comprensión de los motivos más profundos de la historia. Exhíbe de igual modo sus credenciales, al explicitar los principios de los que parte: “la fe en Jesucristo, el hombre más perfecto porque es Dios”. Cristo es el centro de la historia, a pesar de que su existencia terrena no es demasiado lejana en el tiempo. En segundo lugar, nuestro historiador quiere diferenciar entre naturaleza e historia, en contra de un positivismo que quiere identificar ambos ámbitos. Chudoba nos ofrece no solo una historia universal, sino también los principios interpretativos para leerla en profundidad. En este sentido, la figura de Cristo no es solo una figura religiosa, sino que su huella en la historia es profunda, como lo es también en el presente y el futuro. Intentemos pues entender los principios básicos de la historiografía, tal como los interpreta el historiador checo, partiendo del hecho de que rechaza cualquier asimilación simplista al positivismo, el cual también ha sido asumido en la historia y en otros estudios humanísticos. Tras adentrarnos en el drama de la historia primitiva y antigua del ser humano, procura un estudio más profundo a partir de toda esta información. Esta es la novedad que aporta Chudoba.
“La humanidad también tiene memoria –comienza diciendo–, como la tienen las familias, los pueblos y las naciones. Esta memoria colectiva es lo que conocemos bajo el nombre de historia, y los esfuerzos para ensanchar su ámbito constituyen la historiografía”. Esta es pues la memoria ampliada, en la que se entremezclan el mito con la historia, la ciencia con la leyenda. Este punto de partida crítico resulta fundamental para la labor del historiador, a pesar de que pueda escandalizar al historiador positivista. “Tenemos, pues, que aceptar la historia tal como es, con sus ambigüedades; de lo contrario, correríamos el riesgo de hacerle perder su valor”. No existe pues una historia químicamente pura, pues no es equiparable a las ciencias positivas, al no ser solo el hombre un animal sino también un ser cultural y creativo. Si estas aportaciones resultan aceptadas por las siguientes aportaciones, entonces se convierte en una civilización, digna de ser estudiada a partir de los anteriores presupuestos. Estos valores alcanzados pueden perdurar, o perderse para siempre en la noche de los tiempos. Así, existe la variable fundamental de la libertad humana, pues el historiador debe buscar el hecho diferencial: “Un historiador –afirma Chudoba con ironía– debe preocuparse poco de lo que le gustaba comer a Beethoven o a qué horas; muchas personas tienen los mismos gustos y necesidades, pero no todas han compuesto sinfonías”.
La historia no es solo la sucesión de acontecimientos en una secuencia temporal, sino sobre todo “un drama, una acción intelectual con un comienzo y un final”. Es decir, el hombre “obra en el tiempo, sigue diciendo, pero no vive en él”. Por eso nuestro autor opta por una “historia general del mundo”, donde no solo se tienen en cuenta la cronología y la mera continuidad causa-efecto, sino también las ideas en el sentido más amplio del término, donde caben también las aportaciones de la fe. El evolucionismo y el mito del progreso constituyen claves interpretativas insuficientes para entender el verdadero sentido de la historia. Por el contrario, algunas de las antiguas tradiciones, sobre todo la hebrea, veía la historia de esta otra manera. Chudoba lo entiende como el “concepto cristiano y realista de la historia”, que no es ni el cíclico de los griegos ni el evolutivo o progresista, más propio de las metodologías contemporáneas. No siempre hay una ley del péndulo o la del progreso indefinido, pues existe el factor-libertad: “el único ‘progreso’ que podemos concebir de modo realista es de cada persona por separado, hacia la última verdad y la última libertad, que es Dios”. En estas palabras se contiene una propuesta revolucionaria para las metodologías contemporáneas: “La historia de los hombres se compone ciertamente de millones de tales ‘progresos’; sin embargo, solo sabe de acumulaciones de valores, no de progresos generales de la humanidad”.
Establece así lo que podríamos llamar una teología de la libertad y la esperanza. “Un cristiano, como Shakespeare, considera la historia como un drama”: es este el modelo del que se parte, lo cual podría chocar al historiador contemporáneo. Es esta una propuesta intempestiva, que intenta superar una visión del hombre como “lobo para el hombre”: “Un cristiano, no atado desde el punto de vista restrictivo, tiene la posibilidad de colocar su interés más en la relación hombre-Dios, que en la establecida entre el hombre y sus congéneres”.
Por eso tiene esa gran fuerza creadora y generadora de valores, aunque detrás de esta capacidad creadora está la libertad: “decir historia es decir historia de la libertad” si bien esta libertad no ha de ser entendida solo como autodeterminación, sino también como la “dirección de la propia conducta”. Más allá del platonismo y del aristotelismo, ha de entenderse al ser humano con su orientación intríseca hacia la divinidad. En su creatividad y en su conocimiento, la persona humana se remite a su Creador, y le da una dimensión solidaria a toda su actividad: “donde falta ese asentimiento (allí donde el hombre, con acusado egocentrismo, solo piensa en sí), allí no hay libertad”. Más allá de la autodeterminación, estaría la autodonación; la incertidumbre y la limitación humanas van a ser útiles para el hombre y su historia: “esta propia inseguridad es el fértil limo en que crece la historia, el amor y el drama humanos”. Esta libertad no es tampoco mero libertinaje, que no acepta lo previamente dado, como la naturaleza, la sociedad o la cultura: es una libertad solidaria con otras libertades también.
“Al mismo tiempo reconocemos otro hecho importante, y es que el hombre histórico, el hombre creador que expresa constantemente la esperanza en cambiar e inventar cosas, depende de otros hombres así como de la sociedad en la que vive”. La persona es autónoma y con capacidad de iniciativa propia, pero sabe poner esta libertad en comunicación con otras personas y libertades. Así, el amor es el encuentro entre dos o más libertades, lo cual potencia la propia personalidad: “Las posibilidades de realizar un trabajo creador crecen, en general, con el aumento de la dependencia del hombre con respecto a los demás hombres y a las instituciones sociales”. Pero también es cierto que critica la capacidad uniformadora y contraria al desarrollo creativo del ser humano, que se derivaría de lo que hoy llamaríamos industrialización y globalización: “el gran drama de la historia, el drama del hombre, es el del decrecimiento de las oportunidades de utilizar el propio talento de forma creativa”. La democratización del arte, la ciencia y la cultura no siempre trae consigo el incremento de la capacidad creativa de las personas.
“Concentrando sus pensamientos –concluye– acerca de la libertad del hombre y de la disminución de sus oportunidades, el cristiano vuelve sobre la persona histórica de Cristo y, con él, al centro de la historia”. Incluso el fracaso puede obtener sentido al mirar su cruz: “nadie ha dejado entrever mayor libertad que él”. Pero además hemos de entender la persona de Jesús como el Hijo de Dios y el Salvador de la humanidad. “Nuestro concepto del drama de la historia queda así vigorizado”. Al mismo tiempo, Chudoba vuelve a recordar que su reino no es de este mundo, pues aquí se alza una inquietante presencia: “Si Cristo es como la antorcha que arroja una sublime luz sobre el camino de la historia, también se alza en ella, al final mismo del corazón humano, otra persona: el Anticristo”. Este drama real entre el señor de este mundo y el Señor de la historia explica también los hechos históricos. Por eso el historiador no solo ha de ordenar cronológicamente los acontecimientos, sino que también ha de tener en cuenta los distintos valores, que van desde un libro o un edificio hasta un invento, una canción, una idea o un acto de fe o rebeldía. “Cada uno selecciona según aquello que le parece importante”, concluye. Por eso una visión de fe es también posible en una investigación histórica, incluidos los mencionados principios de la libertad, el amor y la esperanza. Parafraseando a Dostoievski, podríamos decir que –en el corazón de la historia– es donde se libra esa batalla entre el bien y el mal o, mejor dicho, entre Cristo y el Anticristo. En Chudoba encontramos a un historiador y a un pensador cristiano, un historiador de las ideas que parte de los datos empíricos de la historia, sin interpretarlos empíricamente, valga la redundancia: de la historia y la fenomenología de las religiones llega a una verdadera teología cristiana de la historia.
La razón histórica encuentra así una curiosa reconciliación con la filosofía, la teología y la literatura; el autor moravo es un historiador que busca también la verdad, en el sentido más atemporal de la palabra. De aquí la definición de la historia como drama, en términos shakesperianos: como “drama de la esperanza” e “historia de la libertad”. Descubre además la necesidad de superar el mito y el símbolo de las religiones precristianas, para llegar a un concepto cristiano de Dios personal, que resiste cualquier cosificación y reducción esencialista. Tal vez de aquí proceda su distancia hacia Platón y Aristóteles, y su apasionado aprecio por lo oriental, tanto cristiano como incluso pagano, sin dejar de ser lo primero. La religión presenta un carácter eminentemente positivo y tendrá una gran capacidad generadora de arte, cultura, vida social e incluso intercambio económico, sostiene con pertinacia Chudoba. Sin embargo, las antiguas religiones tenían una función netamente provisional y precursora. Toda la cumbre y el centro de la historia se encuentran en la persona de Cristo, como Dios encarnado que es. Sin embargo, a lo largo del tiempo, el clericalismo y la confusión entre los ámbitos político y religioso llevaron a la pérdida de la libertad de la Iglesia, así como a limitar su dimensión evangelizadora: tal vez faltaba una verdadera cultura de la libertad, fundamentada en las verdaderas y primigenias ideas cristianas. Por eso, superando todo positivismo, determinismo y evolucionismo, los principios cristianos que vertebran el pensamiento de Chudoba serán la libertad y la esperanza, donde se articulan pasado, presente y futuro, tal como acabamos de ver. En definitiva, este checo errante y cosmopolita ofrece una reflexión sobre la historia difícil de encontrar en los tiempos que vivió. Constituye así un regalo para todos, que debemos acoger con agradecimiento.
Pablo d’Ors. Sacerdote, escritor y fundador de la red de meditadores Amigos del desierto, nació en Madrid en 1963. Tras graduarse en Nueva York y estudiar Filosofía y Teología en Roma, Praga y Viena, se doctoró en Roma en 1996. Cinco años antes había sido ordenado sacerdote. Desde 2014 es consejero cultural del Vaticano, por designación expresa del papa Francisco. Su obra literaria, publicada en Galaxia Gutenberg, ha sido traducida a las principales lenguas europeas. Entre sus libros destaca Biografía del silencio, que marcó un hito en la historia del ensayo español. Su última obra publicada, Biografía de la luz, propone una lectura mística del evangelio.
El cristianismo aterriza en la llamada era de la posverdad como lo que es, algo vivo que cambia, se transforma. (Nota: al autor le pone nervioso el término «posverdad» porque para él la verdad no entraña ningún misterio: sus frutos la hacen evidente). Dicho esto lanza una pregunta que es una propuesta: «¿podríamos minimizar el sufrimiento humano, o incluso suprimirlo, si dejamos de asociar, como hemos hecho durante estos veinte siglos, amor y dolor? ¿Y si lo que ha hecho la teología […] ha sido exaltar el valor redentor del dolor y, con ello, incrementar el sufrimiento humano?». La propuesta, por medio de un ejemplo, es cambiar la palabra «sacrificio» por «entrega», dejar de hacer hincapié en el coste y hacerlo en la motivación. Jesús se entregó y padeció por ello. Por si hay algunos que lo ponen en entredicho, esta es la postura de Pablo d’Ors, que de nuevo pregunta si es posible, en esta llamada era de la posverdad, liberarnos definitivamente del sufrimiento sin abandonar la todavía actual cosmovisión cristiana. Y él cree que sí. Entre las razones, «la humanidad entera está subiendo de nivel de conciencia y, en eso que llamamos humanidad, también estamos los cristianos» y «estamos asistiendo a lo que bien podríamos llamar la globalización del despertar contemplativo. Que hoy haya decenas de miles de cristianos meditando cada día es importantísimo, pues implica que mucha gente (yo entre ellos) está poniendo su mente en el corazón». Esto es importante porque «lo que los contemplativos descubren —descubrimos— es que el conocimiento del corazón es conocimiento divino. Esto nos da un conocimiento no sólo inmediato, sino irrefutable: Hemos visto, hemos oído». Así llega la invitación a la transformación, a la conversión.
En ocasiones se siente que el evangelio no llega, no toca ni enraiza, Pablo d’Ors cree que es «porque pensamos que nos lo sabemos. Porque lo hemos domesticado. Pero el evangelio habla de encuentros transformadores, lo que significa que, si no entramos en la lógica de la transformación personal, nunca podremos entenderlo. Cristo apela directamente a tu corazón, y si tu corazón no se conmueve cuando le escuchas es que no es a él a quien estás escuchando».
Y prosigue con confianza: «A nuestra generación, llamada de la posverdad, se le está ofreciendo la oportunidad de descubrir el verdadero cristianismo, nuestro patrimonio espiritual, y despertar. No estoy hablando de un simple despertar personal o individual, sino de un despertar general, de la globalización del despertar. No digo estas palabras para inflamar a nadie, sino porque veo claramente que estamos en una encrucijada y que esta es nuestra oportunidad».
Comenzaré esta reflexión por la posverdad, un término que —lo reconozco— me pone muy nervioso, pues está dictado desde la ignorancia y, por eso mismo, genera más ignorancia aún. Tan cierto es que el pensamiento contemporáneo no busca ya la verdad —pues ha dejado de creer en ella—, como que el arte contemporáneo tampoco busca ya la belleza, conformándose con la mera expresión. Pero la verdad sigue ahí, sin embargo, a nuestro alcance; otra cosa es que estemos ofuscados y que nos empeñemos en negarla.
Para pensar bien necesitamos la información correcta. Con la información correcta, debidamente integrada, podremos no ser víctimas de nuestro pensamiento, sino dirigirlo voluntariamente.
Lo único que hay que comprender sobre este particular es que la verdad se reconoce por sus frutos. Si un pensamiento te conduce a la armonía, al amor, a la aceptación o a la paz, ese pensamiento tiene más de verdad que otro que te conduzca al oprobio, la angustia o la desesperación. Es tan sencillo como que «por sus frutos los reconoceréis». Un manzano que da buenas manzanas, lo mires como lo mires, es un buen manzano. Una persona que genera alegría y esperanza en sus semejantes, le mires como le mires, es una buena persona. La verdad es reconocible porque sus frutos están en consonancia con ella. Los pensadores de la sombra, es decir, casi todos, están equivocados —hay que decirlo claramente—, lo que no significa, desde luego, que lo que escriban o digan no pueda ser culturalmente interesante. Todo lo interesante que quieras, pero no contribuyen, ciertamente, al crecimiento de la humanidad, sino que más bien lo ralentizan. Dicho esto, una palabra sobre el cristianismo.
El cristianismo no está cerrado. No podemos decir «esto es el cristianismo y ya está», como seguramente pretenden algunos.
El cristianismo está vivo y, como todo organismo vivo, está evolucionado, con lo que es de suponer que cambiará, y mucho seguramente. Es lo esperable (o, al menos, yo lo espero) y, por supuesto, lo deseable, puesto que detener el crecimiento es, necesariamente, estancamiento y, finalmente, involución. Voy a cumplir sesenta años en breve y, aunque es cierto que soy el mismo que era cuando tenía diez, veinte o treinta años, hay una verdad mucho más profunda que esa: he cambiado muchísimo, apenas me reconozco en comportamientos o en actitudes que tuve hace pocos años; y, si esto me ha pasado a mí, ¿por qué no habría de suceder algo parecido con el cristianismo?
Pondré un ejemplo concreto con el que ilustrar esta idea. En sus dos milenios de existencia, el cristianismo se ha sostenido desde su interpretación de la redención desde la categoría «sacrificio», es decir, desde la cruz. Pero yo me pregunto: ¿podríamos minimizar el sufrimiento humano, o incluso suprimirlo, si dejamos de asociar, como hemos hecho durante estos veinte siglos, amor y dolor? ¿Y si lo que ha hecho la teología —y esta no es una pregunta malintencionada— ha sido exaltar el valor redentor del dolor y, con ello, incrementar el sufrimiento humano? Creo que merece la pena intentar pensarlo todo desde el principio y de otra manera, aunque solo sea a modo de experimento.
La psicología y la filosofía contemporáneas están descubriendo, como nunca hasta ahora, el poder de la mente, lo que entre otras cosas significa que, si pensamos diferentemente, viviremos diferentemente. Si dejamos de dar tanta importancia al sufrimiento, el sufrimiento dejara de tener tanta importancia —parece claro— y habremos empezado a liberarnos de él. Nadie, que yo sepa, ha afrontado todavía algo así en la tradición cristiana y, por otra parte, a estas alturas ya no es posible no afrontarlo.
Mi propuesta sería —y repito que se trata sólo de un ejemplo, pues esto mismo habría que hacer en tantos otros frentes— sustituir la categoría «sacrificio», tan asociada al sufrimiento, por la de «entrega», infinitamente más positiva. Porque una madre se entrega a su hijo recién nacido, no se sacrifica por él. Decir que se sacrifica por él supone poner el acento en el coste más que en la motivación; y la motivación, bien purificada, ¡no tiene costes! O, digamos, tiene costes muy llevaderos.
La primera objeción a un planteamiento de esta índole es, seguramente, ésta: ¿Es que no sufrió Jesucristo? ¿No padeció al ver cómo Judas le traicionaba, Pedro le negaba y todos le dejaban solo? Pero —ahora soy yo quien respondo, y lo hago con más preguntas—, ¿le dejaron todos realmente solo? ¿No estuvieron las santas mujeres con él, hasta donde podían estar, todo el rato? ¿Por qué hemos exaltado la soledad de Jesús —que acentúa su drama— y no la compañía femenina, de la que indudablemente disfrutó? Esta es una línea de pensamiento que pone a la mujer en un primer plano y que, más allá de feminismos, merece ser tenida en cuenta.
Lo que hace el Maestro Jesús en su pasión y muerte no es sacrificarse, sino entregarse. Y lo que entrega es el cuerpo y la mente, encomendando al Padre solo su espíritu: «en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu», dice de hecho. La resurrección es, precisamente, la manera en que Jesús entrega su cuerpo y su mente para acceder a una realidad espiritual —el Padre—, que trasciende ese cuerpo y esa mente (Cristo es más que Jesús de Nazaret), pero que de algún modo los incluye (pero Cristo no es sin el Jesús que fue). Este pasaje, pintado dramáticamente por la tradición eclesial, debe seguir siendo pintado, pero con una paleta de distintos colores.
Hay autores que sostienen que, contra lo que pudiera parecer, Jesús no sufrió en su Pasión: que una persona con su nivel de conciencia sencillamente no podía sufrir. Esta tesis nos deja completamente descolocados, primero porque nos resulta impensable que cualquier ser humano, por muy hijo de Dios que pueda ser, sea capaz de atravesar los tormentos que a Jesús le tocó atravesar sin inmutarse; pero también porque llevamos toda la vida alimentando la creencia de que la salvación nos viene por la cruz, es decir, por un Salvador, o sea, por alguien que está fuera. A ese hombre de otro siglo y de otra geografía le hemos revestido con los rasgos del héroe: se esforzó, superó la prueba, nos dejó su legado a costa de sí mismo. Habría que revisar hasta qué punto ésta no es una creencia mítica (es decir, del nivel mítico de la evolución), que veinte siglos de teología han intentado, como buenamente han podido, racionalizar. Dicho más claramente, o en eso confío: ¿podemos subir nuestro nivel de consciencia, en esta llamada era de la posverdad, y liberarnos definitivamente del sufrimiento sin abandonar la todavía actual cosmovisión cristiana?
Todos sin excepción nos ponemos a la defensiva cuando se ponen en cuestión nuestras creencias más firmes, es natural. Pero la reflexión es para poner en cuestión las creencias, para indagar en su consistencia.
Por mi parte, sigo creyendo que Jesús de Nazaret sufrió en su pasión y muerte, aunque dudo de que su sufrimiento pueda ser comparable al que solemos padecer nosotros. Lo que sufre en nosotros cuando somos traicionados, negados o abandonados, es el ego, que no cree merecerse un trato semejante. Nosotros sufrimos porque tenemos la mirada fuera, en lo que hacen los otros, y porque nos vivimos como víctimas. El sufrimiento de Jesús en su Pasión y muerte no se lo causó su ego, que ya tenía trascendido, sino nosotros, la condición humana, tan aferrada a lo oscuro. No sufrió por causa de nuestra oscuridad, sino que sufrió nuestra oscuridad. Sufrió porque se había identificado con nosotros y era nosotros, pero no en calidad del individuo Jesús de Nazaret, hijo de José. Podemos formularlo de otra manera: Jesús tenía que redimir todavía la sombra colectiva, no la suya personal.
El cristianismo puede (y debe) renovarse en esta era de la posverdad porque la humanidad entera está subiendo de nivel de conciencia y, en eso que llamamos humanidad, también estamos los cristianos. Cuando digo subir el nivel de conciencia quiero decir que se está abriendo, gracias fundamentalmente a la física cuántica, un nuevo paradigma de la realidad: no ya la razón, sino la consciencia. En esta nueva era en la que estamos entrando, que deja atrás, aunque incluyéndolas, no suprimiéndolas, la era mágica, mítica y racional, todo, también el fenómeno del cristianismo, se entiende (y vive) con mayor profundidad. Las cosas están cambiando de hecho en la Iglesia en estas últimas cinco o seis décadas, pues estamos asistiendo a lo que bien podríamos llamar la globalización del despertar contemplativo. Que hoy haya decenas de miles de cristianos meditando cada día es importantísimo, pues implica que mucha gente (yo entre ellos) está poniendo su mente en el corazón, para así conectar con su maestro interior. Meditar —insisto continuamente en ello— es buscar una conexión de corazón a corazón, entendiendo el corazón como lo que nos permite viajar por el eje horizontal de nuestra vida temporal y, al tiempo, mantenernos alineados con el eje vertical de la realidad atemporal.
Lo que los contemplativos descubren —descubrimos— es que el conocimiento del corazón es conocimiento divino. Esto nos da un conocimiento no sólo inmediato, sino irrefutable: Hemos visto, hemos oído. ¿Y qué hemos visto y oído? Que no se trata de admirar a Jesús, sino de adquirir su consciencia. Que Jesús es un maestro de consciencia y que, como tal, nos invita a consagrarnos a la transformación de la nuestra, a la conversión.
Con esa palabra, conversión, empieza la predicación de Jesús. La palabra metanoia se ha entendido normalmente como arrepentimiento por haber hecho cosas malas. Pero nada de eso, por supuesto. La palabra metanoia es un término que se divide en meta, que puede traducirse como más allá, y noia, es decir, mente: o sea: ir más allá de la mente, entrar en la gran mente, en la gran mente de Cristo, que diría san Pablo. Entender esto, supone haber sacado las consecuencias de este dicho de Jesús: No hay nada fuera del hombre que al entrar en él pueda contaminarlo; sino que lo que sale de adentro del hombre es lo que contamina al hombre (Mc. 7,15). El problema no está fuera, está dentro. En Occidente hemos montado una civilización tratando de negociar con lo de ahí afuera, pero no se trata de eso en absoluto. El cristianismo de la era de la posverdad nos dirá, efectivamente, de qué se trata.
Si el evangelio no llega hoy a nuestros contemporáneos es porque pensamos que nos lo sabemos. Porque lo hemos domesticado. Pero el evangelio habla de encuentros transformadores, lo que significa que, si no entramos en la lógica de la transformación personal, nunca podremos entenderlo. Cristo apela directamente a tu corazón, y si tu corazón no se conmueve cuando le escuchas es que no es a él a quien estás escuchando.
A nuestra generación, llamada de la posverdad, se le está ofreciendo la oportunidad de descubrir el verdadero cristianismo, nuestro patrimonio espiritual, y despertar. No estoy hablando de un simple despertar personal o individual, sino de un despertar general, de la globalización del despertar. No digo estas palabras para inflamar a nadie, sino porque veo claramente que estamos en una encrucijada y que esta es nuestra oportunidad.
Lo repetiré: el cristianismo está naciendo en esta época. Si no fuera así, no sería cristianismo, puesto que sólo está vivo lo que está naciendo aquí y ahora. Jesucristo fue un meteorito en su época, y dos mil años después seguimos siendo afectados por esta experiencia. A nuestra generación se le está ofreciendo la oportunidad de, como generación, despertar. ¿Alguien se apunta?
Henry Hazlitt (1894-1993) es uno de los periodistas más importantes del siglo XX en el campo económico. Desde sus columnas en The Wall Street Journal y The New York Times, entre otros medios, difundió a los anglosajones las enseñanzas de la Escuela Austriaca de Economía. Hazlitt estudió y asimiló en profundidad los trabajos de Ludwig von Mises. Dos premios Nobel de Economía, F. A. Hayek y Milton Friedman, han elogiado la obra de este escritor que se ha transformado con el tiempo en un verdadero clásico.
La economía en una lección es uno de los libros más influyentes de cuantos se han escrito sobre cuestiones económicas. Siguiendo la estela de Friédéric Bastiat con su Lo que se ve y lo que no se ve y de William Graham Sumner con su El hombre olvidado, Hazlitt argumenta contra las intervenciones económicas que solo tienen en cuenta las consecuencias visibles y obvias sin preocuparse por las repercusiones a largo plazo, como la riqueza no creada o incluso destruida por las regulaciones, la inflación y los impuestos. Combate la falacia de prestar atención solo a un determinado grupo de intereses económicos olvidando el interés general de los individuos de la comunidad (individuos considerados en su doble faceta de productores y consumidores).
Hazlitt previene contra reducir arbitrariamente la oferta, impedir el progreso técnico o fomentar que se presten servicios carentes de utilidad. Eso es lo que se pretende una y otra vez mediante las barreras aduaneras y otros mil métodos restrictivos de la producción y del intercambio comercial.
Prodigar la ayuda estatal para impulsar la riqueza, recuerda Hazlitt, es afirmar que tal riqueza consiste en aumentar las cargas fiscales. Aumentar artificialmente los salarios es incrementar los costes de producción. Hazlitt denuncia la ofensiva contra el ahorro, otro de los errores de la «moderna» economía.
Es especialmente duro con la inflación, en realidad «una exacción de capital derramada a prorratas igualmente sobre pobres y ricos, sin tolerar exenciones», afirma. Los partidarios de la inflación defraudan a los trabajadores, reduciendo los salarios reales (es decir, expresados en términos de capacidad de compra) gracias al alza en los precios. La financiación deficitaria del gasto público, una vez emprendida, «engendra poderosos intereses privados que exigirán su prosecución bajo cualesquiera circunstancias».
Henry Hazlitt: La economía en una lección. Unión Editorial, 2018. (Prólogos de Javier Miley y Juan Ramón Rallo. Traducción de Marciano Villanueva Salas). (Edición original: Henry Hazlitt: Economics in One Lesson. Nueva York, Harper & Row, 1946).

Extractamos a continuación los argumentos más destacados de Hazlitt siguiendo el curso de los veintitrés capítulos de la obra.
«La Economía se haya asediada por mayor número de sofismas que cualquier otra disciplina cultivada por el hombre. Esto no es simple casualidad, ya que las dificultades inherentes a la materia, que en todo caso bastarían, se ven centuplicadas a causa de un factor que resulta insignificante para la Física, las Matemáticas o la Medicina: la marcada presencia de intereses egoístas» (p. 53).
«Además de esa plétora de pretensiones egoístas, existe un segundo factor que a diario engendra nuevas falacias económicas. Es este la persistente tendencia de los hombres a considerar exclusivamente las consecuencias inmediatas de una política o sus efectos sobre un grupo particular, sin inquirir cuáles producirá a largo plazo no solo sobre el sector aludido, sino sobre toda la comunidad. Es, pues, la falacia que pasa por alto las consecuencias secundarias» (p. 53).
«Vemos hombres considerados hoy como brillantes economistas condenar el ahorro y propugnar el despilfarro en el ámbito público como medio de salvación económica; y que, cuando alguien señala las consecuencias que a la larga traerá tal política, replican petulantes, como lo haría el hijo pródigo ante la paterna admonición: “A la larga, todos los muertos”. Tan vacías agudezas pasan por ingeniosos epigramas y manifestaciones de madura sabiduría» (p. 54).
«Supongamos que un golfillo lanza una piedra contra el escaparate de una panadería. El panadero aparece furioso en el portal, pero el pilluelo ha desaparecido. Empiezan a acudir curiosos, que contemplan con mal disimulada satisfacción los desperfectos causados y los trozos de vidrio sembrados sobre el pan y las golosinas. Pasado un rato, la gente comienza a reflexionar y algunos comentan entre sí o con el panadero que después de todo, la desgracia tiene también su lado bueno: ha de reportar beneficio a algún cristalero» (p. 58).
El sofisma del escaparate: «Se confunde necesidad con demanda. Cuanto más destruye la guerra, cuanto mayor es el empobrecimiento a que ha dado lugar, tanto mayor es la necesidad posbélica. Indudablemente. Pero necesidad no es demanda. La verdadera demanda económica requiere no solo necesidad, sino también poder de compra correspondiente» (p. 60).
«No existe en el mundo actual creencia más arraigada y contagiosa que la provocada por las inversiones estatales. Surge por doquier, como la panacea de nuestras congojas económicas. ¿Se halla parcialmente estancada la industria privada? Todo puede normalizarse mediante la inversión estatal. ¿Existe paro? Sin duda alguno ha sido provocado por “el insuficiente poder adquisitivo de los particulares”. El remedio es fácil. Basta que el gobierno gaste lo necesario para superar la “deficiencia”» (p. 64).
«Por cada dólar gastado en el puente [ejemplo de inversión en obra pública] habrá un dólar menos en el bolsillo de los contribuyentes. Si el puente cuesta un millón de dólares, los contribuyentes habrán de abonar un millón de dólares, y se encontrarán sin una cantidad que de otro modo hubiesen empleado en las cosas que más necesitaban.
»En consecuencia, por cada jornal público creado con motivo de la construcción del puente, un jornal privado ha sido destruido en otra parte» (p. 66).
«Si los impuestos obtenidos de los ciudadanos y empresas son invertidos en un lugar geográfico concreto, ¿qué tiene de sorprendente ni de milagroso que dicho lugar disfrute una mayor riqueza en comparación con el resto del país? No es lícito olvidar en tal supuesto que otras regiones serán por ello relativamente más pobres» (p. 69).
«Es poco probable que los proyectos madurados por los burócratas proporcionen la misma suma de riqueza y el mismo bienestar por dólar gastado que los que proporcionarían los propios contribuyentes si, en lugar de verse constreñidos a entregar parte de sus ingresos al Estado, los invirtieran con arreglo a sus deseos» (p. 70).
«Cuando una empresa pierde cien centavos por cada dólar perdido y solo se le permite conservar sesenta de cada dólar ganado; cuando no puede compensar sus años de pérdidas con sus años de ganancias, o no puede hacerlo adecuadamente, su línea de conducta queda perturbada. No intensifica su actividad mercantil, o, si lo hace, solo incrementa aquellas operaciones que implican un mínimo de riesgo. Aquellos que se percatan de esta realidad se retraen de iniciar nuevas empresas. De esta suerte, los empresarios establecidos no provocan la creación de nuevas fuentes de trabajo, o lo hacen en grado mínimo; muchos deciden no convertirse en empresarios. El perfeccionamiento de la maquinaria y la renovación de los equipos industriales se produce a ritmo más lento, y el resultado, a la larga, se traduce en impedir a los consumidores la adquisición de productos mejores y más baratos, con lo que disminuyen los salarios reales» (p. 72).
«Un efecto semejante se produce cuando las rentas personales son gravadas en un 50, 60, 75 o 90 ciento. […]. De esta suerte, el capital disponible decrece de modo alarmante. Queda sujeto a imposición fiscal aun antes de ser acumulado. En definitiva, al capital capaz de impulsar la actividad mercantil privada se le impide, en primer lugar, existir, y el escaso que se acumula se ve desalentado para acometer nuevos negocios. El poder público engendra el paro que tanto deseaba evitar» (p. 72).
«Hállase muy difundida la extraña creencia, mantenida por todos los arbitristas monetarios, según la cual el crédito es algo que el banquero otorga. Por el contrario, el crédito es algo que el hombre tiene previamente adquirido. Goza de crédito porque posee bienes de un valor monetario superior al préstamo que solicita o bien porque sus condiciones personales y su pasado se lo han proporcionado. Lo lleva consigo al banco y por ello consigue el préstamo; el banquero no entrega el dinero a cambio de nada. Se siente seguro de que le será devuelto y no hace sino cambiar una forma más líquida de capital o crédito por otra menos líquida» (pp. 77-78).
«El dinero privado no será invertido si no se tiene la seguridad de que ha de ser recuperado con intereses. Ello implica que los beneficiarios son, sin duda, capaces de producir aquellos bienes que el país realmente necesita. Por el contrario, el dinero oficial suele prestarse para alcanzar algún vago objetivo general, como, por ejemplo, “proporcionar trabajo”; cuanto más ineficaz sea la obra —es decir, cuanto mayor sea el volumen de mano de obra requerido en relación con el valor del producto—, más altamente apreciada será la inversión» (p. 80).
«La concesión de empréstitos estatales a individuos o proyectos privados se preocupa de B y olvida a A. Ve a las personas en cuyas manos se pone el capital, pero ignora aquellas que de otro modo lo hubieran conseguido. Contempla el proyecto para el cual fueron concedidos los fondos; olvida los proyectos a los cuales, por ello, todo el dinero se niega. Ve el beneficio inmediato para un sector mientras se desentiende de la pérdida experimentada por otros grupos y del quebranto irrogado, en definitiva, al conjunto de la comunidad» (p. 81).
«Cuando el gobierno subvenciona o concede anticipos, en realidad grava negocios privados prósperos para auxiliar ruinosos negocios privados» (p. 82).
«¿Para qué transportar mercancías entre Nueva York y Chicago por ferrocarril cuando podrían emplearse muchísimos más hombres, por ejemplo, si las llevasen a hombros?» (p. 88).
«No obstante, es erróneo suponer que la función o finalidad primordial de las máquinas sea crear empleos. Su verdadero objetivo es incrementar la producción, elevar el nivel de vida, aumentar el bienestar económico. En una economía primitiva no es difícil conseguir ocupación para todo el mundo. El empleo total —empleo total exhaustivo: continuo, abrumador, extenuante— es característico precisamente de las naciones industrialmente menos avanzadas» (p. 92).
«Pero en cualquier caso, máquinas, invenciones y descubrimientos aumentan los salarios reales» (p. 93).
«El propietario de una casa que se ve forzado a emplear dos hombres para realizar el trabajo de uno proporciona, ciertamente, empleo a un obrero extra. Pero sus disponibilidades económicas quedan menguadas justamente en esa medida, mengua que le impedirá invertir igual cantidad en algo que ocuparía a algún otro operario» (p. 96).
«Las gentes que defienden tales medidas [los planes distributivos del trabajo] piensan solo en el empleo que proporcionarían a grupos o individuos aislados, no consideran cuál sería su efecto sobre toda la comunidad.
No hay límite al trabajo por hacer, mientras haya necesidad o deseos humanos insatisfechos, que el trabajo pueda atender. En una moderna economía de intercambio se realizará más trabajo cuando los precios, costes y salarios se hallen en las mejores relaciones de reciprocidad» (p. 100).
«Si damos por supuesto que las necesidades de la defensa nacional no exige la presencia de estos hombres por más tiempo en las fuerzas armadas, su retención en ellas equivaldría a dilapidar riqueza inútilmente» (p. 102).
«Si los comerciantes que abastecían a estos burócratas ven disminuida sus ventas, otros comerciantes experimentaron un aumento equivalente a la suyas. La prosperidad de Washington decaerá; quizá no pueda sostener tantos negocios; pero otras ciudades verán aumentar los suyos» (p. 103).
«El objetivo económico de las naciones, como el de los individuos, es lograr el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo. Todo el progreso económico de la humanidad ha consistido en obtener mayor producción con el mismo trabajo» (p. 105).
«El pleno empleo —es decir, la ausencia de ocio involuntario— es una consecuencia necesaria de la realización de este objetivo. Pero la producción es fin; el empleo, únicamente el medio de conseguirla» (p. 105).
«No hay nada más fácil de conseguir que el pleno empleo cuando, considerado como un fin, queda desligado del objetivo de la plena producción. Hitler proporcionó empleo total por medio de un gigantesco programa de armamento. La guerra hizo posible el pleno empleo en todos los países beligerantes.
«Las cuestiones enlazadas con los problemas de los salarios y el paro son debatidas como si no guardasen relación con la productividad y el volumen total de bienes producidos» (p. 106).
«Si fuera posible la elección —que no lo es—, sería preferible la producción máxima, manteniendo parte de la población en involuntaria ociosidad mediante una caridad sin disfraces, a proporcionar “pleno empleo”, si para ello se precisa recurrir a tantos procedimientos encubiertos de distribución del trabajo que finalmente la producción quede desorganizada» (p. 107).
«En los 175 años transcurridos desde la aparición de La riqueza de las naciones, los argumentos aducidos en favor del libre cambio han sido expuestos miles de veces, pero nunca quizá con más fuerza de convicción ni mayor sencillez que en aquel libro. En general, Adam Smith fundaba su defensa del libre cambio en este postulado básico: “En todos los países, el interés de la inmensa mayoría de la población es y debe ser siempre comprar lo que necesita a quien vende más barato”. “El supuesto es tan evidente —continuaba Smith— que esforzarnos en demostrarlo podría parecer ridículo; nunca habría sido puesto en duda si las interesadas falacias de mercaderes y fabricantes no hubieran perturbado el sentido común de la humanidad»» (p. 108).
«Pero ¿qué indujo a las gentes a suponer que lo que constituye prudencia en la conducta de las familias deja de serlo en el gobierno de un gran reino? Una tupida red de falacias, en cuyas mallas se debate todavía impotente la humanidad. Y la más destacada entre ellas ha sido siempre el sofisma central de que se ocupa este libro: prestar atención únicamente a los efectos inmediatos del arancel sobre determinados grupos, sin reparar en los efectos a largo plazo sobre toda la colectividad» (p. 109).
«Como resultado de tal barrera artificial levantada contra los productos extranjeros, el trabajo, el capital y la tierra son desviados de las producciones más rentables a otras que ofrecen menores perspectivas» (p. 114).
«Es evidente que los aranceles —aunque puedan motivar el alza de los salarios en las industrias protegidas en relación al nivel que hubieran libremente alcanzado— reducen inexorablemente los salarios reales si consideramos todas las ocupaciones del país» (p. 114).
«Los aranceles alteran fundamentalmente la estructura de la producción. Modifican el número y clases de ocupaciones y la importancia relativa de cada industria. Facilitan la expansión de aquellas que ofrecen escasas perspectivas de rentabilidad y restringen otras más eficientes» (p. 117).
«Las importaciones y las exportaciones han de igualarse, necesariamente, a la larga (considerabas ambas en el sentido más amplio, que incluye partidas “invisibles”, tales como los ingresos derivados del turismo y fletes marítimos). Las exportaciones pagan las importaciones y viceversa.
«Si los créditos concedidos a otros países para que puedan comprar nuestros productos no son reintegrados, lo que en realidad estamos haciendo es regalarlos. Y ninguna nación puede enriquecerse donando graciosamente sus productos. Por tal camino solo conseguiría empobrecerse» (p. 122).
«Los subsidios a las exportaciones constituyen un caso claro de dar algo a un extranjero a cambio de nada, al venderle mercancías por un precio inferior a su coste» (p. 124).
«No existe ningún motivo racional que nos obligue a adoptar determinado nivel general de precios que prevaleció en un año o periodo determinado y reputarlo como algo sagrado o necesariamente más “normal” que cualquier otro» (p. 126).
«Un turismo Chevrolet de seis cilindros costaba 2.150 dólares en 1912; un Chevrolet sedán de seis cilindros, incomparablemente mejorado, costaba 907 dólares en 1942. Ahora bien, ajustado a la “paridad” del precio de los productos agrícolas debiera haber costado 3.270 dólares en 1942» (p. 127).
«La idea de que una economía en expansión implica la expansión simultánea de todas las industrias es un profundo error. Para que las nuevas industrias se desarrollen con cierta rapidez es necesario que algunas de las industrias antiguas reduzcan su volumen o se las deje morir. Es la única manera de que el capital y el trabajo necesarios para la expansión de las nuevas industrias queden libres» (p. 138).
«Si hubiéramos tratado de conservar artificialmente el transporte con tracción animal, habríamos retardado el desarrollo de la industria del automóvil y todas las actividades que de ella dependen. Habríamos reducido la producción de riqueza y retardado el progreso económico y científico» (p. 138).
«Tan disparatado es tratar de conservar industrias anticuadas como empeñarse en mantener métodos de producción en desuso; en realidad son dos formas de describir unos mismos hechos» (p. 138).
«Todo se produce a condición de que nos privemos de alguna otra cosa. Los propios costes de producción podrían definirse, en efecto, como aquello de que nos desprendemos (el ocio y los placeres, las materias primas susceptibles de aplicaciones distintas) para crear el objeto fabricado» (p. 145).
Estas ecuaciones, de otro modo desconcertantes, se resuelven casi automáticamente por el mecanismo de los precios, beneficios y costes de producción. Es más, aplicando tal sistema se resuelven incomparablemente mejor de lo que podría haberlo hecho cualquier grupo de funcionarios» (p. 145).
«En una economía de mercado en régimen de libre competencia quedan eliminados por la caída de los precios los empresarios que trabajan con mayores costes, los ineficientes» (p. 151).
«No es posible mantener el precio de una mercancía por debajo de su nivel de mercado, sin que, al mismo tiempo, se produzcan dos consecuencias. En primer término, un incremento en la demanda del artículo intervenido. Puesto que resulta más barato, el público se ve tentado y puede comprarlo en mayor cantidad. En segundo lugar, una reducción en la oferta. Al comprar más la gente, las existencias acumuladas desaparecen más rápidamente del comercio. Pero, además, la producción se contrae. Los márgenes de beneficios son reducidos o eliminados, con lo cual los productores marginales desaparecen» (p. 157).
«Un salario es en realidad un precio. En nada favorece la claridad del pensamiento económico que el precio de los servicios laborales haya recibido un nombre enteramente diferente al de los otros precios. Esto ha impedido a mucha gente percatarse de que ambos son gobernados por los mismos principios (p. 165).
«Parece oportuno advertir ahora que lo que distingue a muchos reformadores de quienes rechazan sus sugerencias no es la mayor filantropía de los primeros, sino su mayor impaciencia.
«Los escritores de economía no profesionales están pidiendo siempre precios “justos” y salarios “justos”. Estos conceptos nebulosos de la justicia económica nos llegan desde los tiempos medievales. Por el contrario, los economistas clásicos elaboraron un concepto diferente, el de precios y salarios funcionales. Precios funcionales son aquellos que estimulan máximo volumen de producción y ventas. Salarios funcionales son aquellos que tienden a crear el máximo volumen de empleo y las más crecidas nóminas (p. 183).
«En una economía sin trabas, en la que salarios, costes y precios quedan a merced del libre juego de la competencia,
«La función propia de los beneficios es guiar y canalizar el empleo de los factores de la producción de tal manera que su utilización aporte al mercado miles de mercancías distintas en las cantidades precisas que la demanda solicita. Ningún funcionario oficial, por genial que sea, puede resolver este problema de manera arbitraria. Precios y beneficios libres elevarán al máximo la producción y remediarán la escasez con mayor rapidez que ningún otro sistema. Los precios y beneficios arbitrariamente fijados solo pueden prolongar la escasez y reducir no solo la producción, sino también el número de empleos» (pp. 193-4).
«Lo único que tiene verdadera capacidad de compra para “adquirir” mercancías es el ofrecimiento de otras mercancías a cambio de aquellas. Lo que fundamentalmente ocurre en una economía de mercado es que las mercancías producidas por A son canjeadas por las que produce B» (p. 204).
«Lo que ellos [los más sutiles partidarios de la inflación] proponen, expuesto con toda crudeza, es defraudar a los trabajadores, reduciendo los salarios reales (es decir, expresados en términos de capacidad de compra) mediante un alza en los precios» (p. 205).
«La inflación puede ser equiparada a una exacción de capital derramada a prorratas igualmente sobre pobres y ricos, sin tolerar exenciones» (p. 209).
«El tipo de gravamen impuesto por la inflación no es fijo: no puede quedar determinado de antemano. Conocemos su cuantía hoy, pero no lo que importa mañana, y mañana desconoceremos su importe para el siguiente día» (pp. 209-10)
«La inflación resta alientos a la previsión del ahorro. Induce a toda suerte de despilfarros y aventuras económicas. A menudo, incluso hasta hace más provechosa la especulación que el esfuerzo productor. Destruye la normal estructuración de unas relaciones económicas estables. Sus inexcusables injusticias hacen desear a las gentes remedios desesperados. Siembra la semillas del fascismo y el comunismo. Pronto comienza a solicitarse públicamente la implantación de controles totalitarios. Invariablemente conduce a amargos desengaños y finalmente al colapso de la economía del país» (p. 210).
«“Ahorro” e “inversión” podrían definirse, respectivamente, como la oferta y demanda de nuevo capital. Y de manera análoga que la oferta y la demanda de otro artículo se igualan en el precio, la oferta y la demanda de capital se igualan en los tipos de interés. El tipo de interés es meramente la denominación especial dada al precio del capital prestado. Es un precio como otro cualquiera» (p. 221).
«El interés del dinero puede, sin duda, mantenerse artificialmente bajo si sustituimos el ahorro auténtico por una constante apelación al incremento de la circulación fiduciaria o a la expansión de los créditos bancarios. Este mecanismo es capaz de provocar la ilusión de que se dispone de un capital mayor, de idéntica manera que la adición de agua puede producir la ilusión de más leche» (p. 223).
«Cuando dicen que el camino para la salvación económica es aquel que conduce al incremento del “ crédito”, equivale a afirmar que la solución del problema económico consiste en incrementar las deudas; ambas manifestaciones no son más que denominaciones diferentes del mismo proceso visto desde ángulos opuestos. Cuando aseguran que el secreto de la prosperidad radica en el incremento de los precios agrícolas es como se insinuaran que para alcanzar la prosperidad hay que encarecer los alimentos del obrero urbano. Cuando afirman que el medio de impulsar la riqueza nacional consiste en prodigar la ayuda estatal, en realidad es como si proclamaran que el medio más idóneo de alcanzar tal riqueza consiste en aumentar las cargas fiscales. Cuando convierten el incremento de las exportaciones en uno de sus principales objetivos, la mayor parte de ellos no perciben que, en definitiva, su objetivo equivale necesariamente al aumento de las importaciones. Cuando afirman que en cualquier supuesto el éxito de la recuperación lo encontraremos en el aumento de los salarios, tan solo han conseguido descubrir otra manera de proclamar de proclamar que la recuperación económica se cifra, según ellos, en el incremento de los costes de producción» (p. 229).
que sea peligroso permitir que legiones de hombres inactivos se reintegren el trabajo; que las máquinas incrementadoras de la producción de riqueza y economizadoras de esfuerzo humano sean algo dañoso; que los obstáculos opuestos a la libre producción y libre consumo aumenten la riqueza; que una nación pueda acrecentar su fortuna obligando a otras naciones a adquirir sus mercancías por menos de lo que cuesta producirlas; que el ahorro sea una estupidez o una perversidad y que el despilfarro conduzca a la prosperidad» (pp. 230-1).
«Así como no hay perfeccionamiento técnico que no resulte lesivo para los intereses de algún grupo determinado, todo cambio experimentado en los gustos o costumbres públicas, aun cuando se traduzca en una mejora moral o estética, causa daño a alguien. Una mayor sobriedad en la vida ocasionaría el cierre de miles de tabernas y bares. La decadencia del juego forzaría a croupiers y preparadores de caballos de carreras a buscar ocupaciones más productivas. La rígida observancia de la castidad masculina arruinaría la más antigua profesión del mundo» (pp. 234-4).
«Corrientemente, la difusa ganancia de una oferta mayor o un nuevo descubrimiento impresiona menos al observador desinteresado que la pérdida concentrada. El hecho de que haya más café y disminuya su precio para el público es algo en lo que no se repara; lo que se ve es un grupo de cultivadores incapaz de subsistir con ese precio bajo» (p. 236).
«Nunca será solución reducir arbitrariamente la oferta, impedir el progreso técnico o procurar que las gentes continúen prestando servicios carentes de utilidad. Sin embargo, esto es lo que se ha tratado de hacer una y otra vez mediante las barreras aduaneras, la destrucción de la maquinaria, la quema del café y otros mil métodos restrictivos de la producción y del intercambio comercial. Esta es la insensata doctrina de pretender enriquecerse a través de la escasez» (p. 236).
«Muchas de las conclusiones que se derivan de prestar atención tan solo a un determinado grupo de intereses económicos resultan ilusorias al contrastarlas con el interés general de la comunidad, no ya como productores, sino como consumidores.
»Examinar los problemas en su integridad y no fragmentariamente: tal es la meta de la ciencia económica» (p. 237).
Como otra anunciación, el inicio del Evangelio de san Juan llama a Jesús: «lleno de gracia». En griego: «Pléres cháritos». El padre Enrique González, en su libro La belleza de Cristo, subraya que esa «gracia», junto a las altas implicaciones teológicas que se deducirán después, tiene «un significado que pocas veces se ha puesto de relieve, aunque se trata del primero y elemental». Estos significados normales son los que hay que leer antes que nada en el Evangelio, porque «es más sencillo de lo que algunos suponen: está escrito para la gente sencilla». Y entonces, el padre González enumera las principales acepciones de la palabra que podemos encontrar en cualquier diccionario griego: «Cháris (gracia) viene de la raíz char, que significa brillar. […] Chará significa gozo, alegría regocijo, contento, placer, gusto. Con la expresión “lleno de gracia” se quiere decir primariamente esto: Cristo está lleno de atractivo, de encanto, de belleza, de hermosura, de bondad, de liberalidad, de generosidad, de amabilidad». No se nos debe olvidar, añado yo, quién es el que le llama «lleno de gracia»: el discípulo amado, quien más estrechamente convivió con Jesús –reclinado en su pecho– en los tres años de su vida pública.

En principio, parecería innecesario, porque sus sonrisas (e incluso alguna carcajada) atraviesan los textos límpidamente, como la luz el cristal. La advertencia de Stendhal: «Cuántos hombres se creen virtuosos porque son austeros y razonables porque son aburridos» no rige –ni lo uno ni lo otro– para Nuestro Señor Jesucristo.
Sin embargo, esta perspectiva se encuentra con algunos obstáculos naturales; y eso sin tener en cuenta la paradoja que denunció Chesterton en su biografía de Tomás de Aquino: «Por desgracia, el buen humor es a menudo más irritante que el malo». De los obstáculos naturales, el primero es que nada se resiente más de la rutina y la repetición como el humor fino. Siglos –milenios– leyendo diariamente la Biblia atenúan cualquier gracia. Después hay quienes consideran la sonrisa incompatible con la sacralidad, olvidando que gracioso no es lo contrario de sacro, sino de soso y de nada más. «Si la sal se vuelve sosa, con qué se salará?», es la cita inaugural cum grano salis del libro.
Una tercera dificultad es que de Jesús se podría decir lo que el poeta escocés Alasteir Reid escribió de su padre: «My father […] with a humour never far from his eyes». El humor de Jesús nunca está lejos de sus ojos. Hay que verle –los Evangelios lo muestran– viendo muchos de los episodios para captar –a través de su mirada– el misericordioso humor que emana la escena. Releyendo mis glosas, me di cuenta de que la sobreabundancia de referencias cinéfilas responde a ese papel protagonista de la mirada. San Josemaría Escrivá de Balaguer comentando la fiesta de la Ascensión en Es Cristo que pasa dice que al subir Jesús a los Cielos: «Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien». Que la sonrisa de Jesús aparezca enmarcada entre su forma de mirar y de hacer el bien tiene su intríngulis. Instintivamente, Escrivá de Balaguer ponía su sonrisa entre su mirada y sus milagros.
La última dificultad es mi pretensión de no inventarme nada. Como dice el prólogo de san Juan en el mismo verso, «estaba lleno de gracia y de verdad» y yo me he propuesto ceñirme al texto y, como máximo, a las entrelíneas, sin salirme ni por la de arriba ni por la de abajo. Hay representaciones de Cristo que destacan su humor, como la serie The Chosen, por ejemplo, aprovechando los huecos de las narraciones de los evangelistas para imaginar escenas.
Un lector me dijo: «Este libro que habéis escrito a medias los evangelistas y tú…», y me alegró el día, aunque yo creo que, menos que a medias, habré escrito, como mucho, un doce por ciento. Mi ideal fue ser sólo una «figura in abysso», esto es, uno de esos personajes secundarios, a menudo extra temporáneos, que los pintores barrocos –observen: otra vez la mirada– ponían en una esquinita del cuadro señalando la escena principal para que no perdiésemos su significación oculta, con una sonrisa propia que no era más que un guiño y una invitación.
¿Muchos obstáculos naturales son estos?, suspirará el apiadado lector. Sí, pero, como san Pedro, yo también me he lanzado a andar sobre las aguas. Las ahogadillas serán un precio mínimo por el enorme placer de haber seguido durante casi 250 páginas a Jesús tan de cerca, (son)riéndome con Él, dejando que me saque del agua en el último instante. La cuestión de su sonrisa, aunque en apariencia liviana, tiene una gran trascendencia. Lo sabía don Nicolás Gómez Dávila, que afirmó: «El mejor paliativo de la angustia es la convicción de que Dios tiene sentido del humor». Y en esto, como en todo, Cristo siempre da el ciento por uno.
Albert Camus (1913-1960). Ensayista, novelista y autor teatral. Influido por San Agustín, Plotino, Schopenhauer y el existencialismo, se aproximó al marxismo, tuvo simpatías por el anarquismo y posteriormente receló de las ideologías para centrarse en «el hombre concreto». Autor de obras de teatro como Calígula, novelas como La peste, El extranjero y La caída y ensayos como El mito de Sísifo y El rebelde. Formó parte de la resistencia francesa durante la ocupación alemana, y dirigió el diario Combat. En 1957 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.
Charles Moeller (1912-1986). Sacerdote, teólogo, crítico literario y ensayista belga. Catedrático de Literatura de la Universidad de Lovaina, es autor, entre otros ensayos, de Sabiduría griega y paradoja cristiana. Dedicó más de veinte años a elaborar los siete volúmenes de Literatura del siglo XX y cristianismo, en los que analiza la vida y la obra de una treintena de grandes autores de la centuria ( como Huxley, Gide, Simone Weil, Graham Greene, Bernanos, Kafka, Sartre, Unamuno, Charles Peguy, Saint-Exupéry etc.)
“Algo se aprende en medio de las plagas. Que hay en el hombre más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Estas palabras de «La peste», le sirven a Charles Moeller para hacer el retrato de Camus como intelectual comprometido, y contraponerlo a Sartre (“el infierno son los otros”). Moeller traza una semblanza del escritor, titulada Albert Camus o la honradez desesperada, a través de sus obras más representativas, en el primero de los siete volúmenes de «Literatura del siglo XX y cristianismo» (Gredos). Desde el primer Camus, nacido en Argelia, marcado por la alegría, hasta el hombre maduro que, concernido por el dolor ajeno, llegará a la conclusión de que «es vergonzoso ser dichoso uno solo». Presenciar la muerte de un chico, atropellado por un autobús, le hará rechazar la fe y “toda solución metafísica o religiosa”, y buscar respuestas al sinsentido de la existencia. Constata, a través de su personaje Calígula, que “los hombres mueren y no son dichosos”, y afirma que «no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio», pero lo rechaza como solución y considera que hay más honradez en vivir sabiendo que la vida no tiene sentido que en darle uno. Ejemplifica esta actitud en Sísifo, el héroe del absurdo, al que dedica un ensayo, que tendrá su tradición novelesca en «El extranjero».
En «La peste», su obra más emblemática, da un paso más en su búsqueda de respuestas al plantear el triple simbolismo que representa la epidemia: la Guerra Mundial; el sufrimiento de los inocentes; y el mal moral. Camus ofrece el contrapunto de los mártires laicos: el doctor Rieux, que pudiendo salir e irse con su mujer, enferma, se queda para atender a los apestados; y Tarrou que se pone del lado de las víctimas, y pierde la vida. En otro ensayo, «El rebelde», constata que en el siglo XX «el hombre está solo en el mundo» y aparece «la tentación del nihilismo, con «el terrorismo estatal, en el fascismo -que es terror irracional- o en el comunismo -terror racional». El propio Camus había militado brevemente en el Partido Comunista, pero terminó desencantado. Con «La caída», el autor francés apela a la responsabilidad personal ante el problema del mal. Su protagonista, el abogado Clamence descubre la culpabilidad, por omisión, ante el suicidio de una joven en el Sena. Al saber que no tuvo valor para socorrerla, «descubrió que nunca había pensado más que en sí mismo» glosa Moeller. Y esa añoranza de un gesto de arrepentimiento que rompa el bucle de la desesperación resuena en las últimas palabras de Clamence: «Mujer tírate otra vez al río, para que vuelva yo a tener la oportunidad de salvarnos a los dos».
Moeller concluye su estudio con la muerte prematura, en accidente, de Camus, y una idea de su obra «El derecho y el revés», que sintetiza su figura y su talante: «El peor error consiste en hacer sufrir».
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Albert Camus o la honradez desesperada es el primero de los estudios que conforma el volumen El silencio de Dios y que incluye a Huxley, Gide, Simone Weil, Graham Greene, Julien Green y Bernanos. Pero «Camus se lleva, materialmente, la parte del león», porque Moeller quiso dar más amplitud «a autores poco o mal estudiados»; y eso que poco después el escritor obtuvo el Nobel de Literatura (1957). Y también porque a Charles Moeller -catedrático de Literatura de Lovaina y teólogo-, le interesaba mucho su búsqueda de respuestas ante «el silencio de Dios»; y su empeño por «luchar contra la peste [título de su novela y símbolo del mal] por honradez, conociendo que no existe ninguna esperanza de vencerla».
El autor contrapone a Camus con Sartre. Frente a este, que sostenía que «el infierno son los otros» y consideraba al hombre «una pasión inútil», Camus termina La peste con estas palabras: «en el hombre hay cosas más dignas de admiración que de desprecio»
Charles Moeller traza un paralelismo entre su peripecia personal y su obra literaria. Albert Camus (Mondovi, Argelia, 1913 – Villeblevin, Francia 1960) pierde a su padre en la I Guerra Mundial, y se cría con su madre. Hasta los doce años pasa el día en la calle, descalzo, con niños musulmanes. Ve la pobreza reflejada en el rostro de su madre, que se gana el pan trabajando como asistenta. Es el primer Camus, marcado por la alegría, «el mar, el sol, los besos y los perfumes agrestes». «No se puede reducir lo esencial de Camus a la filosofía del absurdo -advierte Moeller- (…) al principio está el amor al hombre en la luz, los desposorios de todo el ser sensible con el amor y el cielo».
Por eso, sería un error incluir a Camus «en el existencialismo desesperado de un Sartre»; por el contrario, «debe ser situado en la literatura de la dicha». Si bien posteriormente, concernido por el dolor ajeno, llegará a la conclusión de que «es vergonzoso ser dichoso uno solo», como pone en boca de Rambert, en La peste.
Aunque bautizado, Camus se educa en la escuela laica y vive en una especie de «paganismo anterior a nuestra era». Por su fascinación ante lo sensible «rehúsa todo socorro venido de lo alto». Según Moeller, la piedra con la que tropieza Camus es creer que el hombre se pertenece a sí mismo; pero «no se pertenece porque está hecho para Dios».
¿Razón de su incredulidad? A los quince años pasea con un amigo junto al mar, y ve el cadáver de un chico árabe, que ha sido arrollado por un autobús. «La madre daba alaridos; la multitud callaba estupefacta». Camus mostró a su amigo el cielo azul, luego señaló el cadáver y dijo «Mira, el cielo no responde». El suceso le inspirará la muerte del hijo del juez Othon, en La peste, pasaje de resonancias dostoievskianas, (Moeller cuenta que Camus conocía la recusación de Iván Karamazov a Dios ante el sufrimiento de los niños). «Toda solución metafísica o religiosa» será necesariamente para el escritor «una falacia», un escamoteo del sufrimiento real, «que no debiera haberse producido nunca pero que, a pesar de todo, se ha producido». No obstante, Camus lleva su búsqueda de respuestas al punto de trabajar en una tesis sobre Plotino y San Agustín, con la vista puesta en la docencia, pero la tuberculosis, que padece desde los 17 años, le impide seguir.
En un mundo en el que «las verdades objetivas no son más que la máscara de los crímenes de la Realpolitik», Camus desconfía también de las ideologías («de esos más allá de la razón que se llaman “raza”, “partido”, “estado”»); y opta por volverse hacia «el hombre concreto, al que ve con sus ojos, con el que se codea en la calle».
La primera gran obra de Camus donde expone el sinsentido de la existencia es Calígula (1944). El mismo autor proporcionó la clave: «Calígula se da cuenta cuando muere Drusila, su hermana y su amante, de que los hombres mueren y no son felices. Envenenado de desprecio y horror, intenta ejercer, a través del asesinato y la perversión sistemática de todos los valores, una libertad que finalmente descubre que no es buena». La frase los hombres mueren y no son felices es «el testigo de la crisis» del autor -apunta Moeller-, cuya tuberculosis intensificaba «hasta la obsesión, el sentimiento de la muerte». El joven césar da curso libre a «su omnipotencia anárquica» y se prueba a sí mismo que «si nada tiene sentido, todo está permitido». Pero la tiranía le lleva a un callejón sin salida: «fiel a su lógica, -indica Moeller- hace lo necesario para armar a aquéllos que finalmente lo asesinarán».
Puesta en evidencia la falsa solución de la tiranía, ¿qué alternativa queda cuando la vida no parece tener sentido? ¿Es preciso abandonar la existencia mediante el suicidio? El autor francés lo expone a través de una frase famosa «no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio», por boca de su personaje Martha, en El malentendido. Camus lo plantea como hipótesis, pero lo desecha como solución. Distingue dos especies de suicidio: el del cuerpo y el del espíritu. Este último consiste en «cegar el espíritu dando un salto a una creencia religiosa», es «el suicidio filosófico» que practican Kierkegaard o Dostoyevski. Camus lo rechaza desde el racionalismo -«no hay nada más allá de la razón» escribe en El mito de Sísifo (1942)-.
Y rehúsa ser salvado -apunta Moeller- porque hay más honradez en vivir sabiendo que la vida no tiene sentido que en darle uno. «Saber mantenerse en esta arista vertiginosa, he aquí la honradez» sentencia Camus. Acepta el sinsentido… es lo que hay. Por eso, suicidarse sería para Camus «confesar que la vida debiera tener un sentido, que se ha descubierto que no lo tiene y que, por eso se la abandona», explica Moeller.
Para Camus, Sísifo es el héroe del absurdo, porque acepta el sinsentido de su tarea y posee lo que califica como «una moral de la cantidad» -una vez rechazada la moral de la calidad-. Consiste esta moral en acumular el mayor número de experiencias y «vivir lo más posible». Pone dos ejemplos: «el comediante y Don Juan». El primero acumula las vidas de los personajes que encarna. Y Don Juan, sabiendo que no puede saciarse de la calidad de un solo y gran amor, se entrega a la cantidad de numerosas conquistas. «Es preciso imaginarse a Sísifo dichoso» sostiene Camus, aunque sepa, como el comediante y Don Juan, que el juego que recomienza, una y otra vez, «está destinado al mismo fracaso perpetuo».
La hipótesis de Sísifo tendrá su traducción literaria en El extranjero (1942), primera novela del futuro Nobel. Mersault, empleado de banca en Argel, vive en un «embotamiento lúcido». Asiste «como un extraño» a los funerales de su madre, va a la oficina, pero todo ello como en un sueño, indiferente a lo que sucede, convertido en un «extranjero».
Cuando mata a un desconocido y es condenado a muerte, asiste al proceso «como un extraño: tiene la impresión de que se trata de otro hombre». La víspera de su ejecución, rechaza al capellán que le habla de Dios y acepta la dicha que contiene la vida precisamente «por ser absurda». Es el Sísifo que ha alcanzado la dicha, aunque «sea estúpida, automática, animal (…) superficial, irreflexiva, instintiva, como las de las multitudes de Argel y de Orán».
¿Es posible la santidad sin Dios? plantea Camus por boca de un personaje, Tarrou, en La peste (1947). El mal simbolizado por la plaga no es solo la muerte de un ser querido; la epidemia provocada por las ratas en Orán, representa la Guerra Mundial; y en este sentido -contextualiza Moeller-, no es una novela «sino una crónica: la de la generación que ha vivido la guerra de 1939-1945». Además representa el sufrimiento de los inocentes («el extremo más paradójico del mal en el mundo»), que el autor plasma en la mencionada muerte del hijo de Othon. El pasaje «encarna el silencio de Dios», porque el milagro que pide un jesuita, el padre Paneloux, no se cumple y el pequeño muere. Desde la perspectiva cristiana, Moeller apunta que «es preciso luchar contra el sufrimiento de los inocentes, (…) pero también saber que su muerte no es un cataclismo definitivo. Es el envés de un misterio de la unión con la Cruz».
«Las guerras hacen salir de los escondrijos en que se ocultaba a una hez de población que se aprovecha del desorden para pescar en aguas revueltas» observa Moeller. El contrapunto es Tarrou, un joven inocente, hijo de un criminalista, que en un juicio descubre, con horror, la pena de muerte, y se pone de parte de un condenado, al verle miserable y débil.
Tarrou deja la casa paterna e ingresa en un partido en el que el hombre no sea ya enemigo del hombre. Pero en ese partido y «en nombre de un ideal futuro, se mata, se fusila, se encarcela, se asesina»; y Tarrou lo abandona. Parece clara la alusión al Partido Comunista (explica Moeller: «Camus ha dicho su horror de Marx, uno de los malos genios de nuestro tiempo»); pero, por extensión, a todos los partidos que, «en nombre de una ideología, encarcelan y matan».
Camus militó durante dos años en el Partido Comunista de Argelia, pero terminó desencantado. Igual que Tarrou, «cree que rehusar la enfeudación en cualquier partido bastará para librarle de ser un apestado»; el problema es que el mero hecho de vivir supone hacer sufrir a los semejantes y seguir siendo «apestado» («no podemos hacer un ademán en este mundo sin correr el riesgo de matar» llega a decir Tarrou).
Moeller establece un paralelismo con Bernanos que, en Diario de un cura de aldea, hace decir al protagonista: «Nuestros pecados ocultos envenenan el aire que otros respiran (…) si Dios nos diera una idea clara de la solidaridad que nos une los unos a los otros, en el bien como en el mal, no podríamos, en efecto, seguir viviendo».
Todo ello lleva a Tarrou a preguntarse «¿Puede uno ser santo sin Dios?». Esa búsqueda de un heroísmo ateo, refleja la crisis de Camus. Mártir laico, Tarrou opta «por ponerse del lado de las víctimas», trabaja en las organizaciones sanitarias contra la propagación de la peste y en ese empeño pierde la vida. La suya -subraya Moeller- es «la muerte de un santo desesperado».
No todos los personajes están a la altura de Tarrou. El periodista Rambert que ha ido a Orán a hacer un reportaje y al que le sorprende la epidemia, huye clandestinamente, en nombre de su «derecho a la dicha». Muy distinta es la actitud del doctor Rieux, que pudiendo salir de Orán e irse con su mujer, enferma en Suiza, se queda para atender a los apestados. «Rieux no es un héroe -explica Moeller- pero es honrado (…) encarna al hombre según el corazón de Camus, el verdadero luchador contra el mal». Considera que la «salvación es una palabra demasiado grande para mí», y prefiere hablar de «salud», «la pequeña dicha de aquí abajo».
La victoria sobre la peste es provisional. Mientras que la multitud se abandona a la alegría de la liberación, advierte Rieux «el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás». Las guerras, las enfermedades, el sufrimiento de los inocentes, continúan, una y otra vez, «su ciclo de pesadilla». La única respuesta ante el absurdo es «recomenzar la lucha», aceptar ser «Sísifos desdichados a fin de que los demás hombres conozcan la dicha» señala Moeller.
Con El rebelde (1951), vuelve Camus al ensayo, pero sin olvidar los referentes de ficción: se trata de «una indagación metafísica histórica y artística», de personajes como Tarrou y Rieux. En el siglo XX «la rebelión se ha hecho revolución» constata Camus; y tras el asesinato del rey, y de Dios, «el hombre está solo en el mundo. Nada tiene sentido». Aparece entonces «la tentación del nihilismo», con «el terrorismo estatal, en el fascismo -que es terror irracional- o en el comunismo -terror racional-» señala en El rebelde. Dice Moeller que pocas veces se han escrito «páginas tan fuertes para desenmascarar ideologías pseudocientíficas que menosprecian y destruyen sistemáticamente a la humanidad en aras de un ilusorio paraíso futuro».
Pero Camus también desconfía de la Iglesia. Incapaz de abrirse a la trascendencia, porque «el sufrimiento gasta la esperanza y la fe» (escribe en El rebelde), considera que «la generosidad con el futuro consiste en dárselo todo al presente», frente a quienes lo sacrifican todo a un «futuro» divino, «que son los revolucionarios y los hombres religiosos».
La lealtad a su lógica «le lleva a dar a la muerte de los justos un valor redentor». Y echa en cara a los cristianos que se desentiendan de los problemas temporales de la Humanidad. Moeller le da en parte la razón y parafrasea a Péguy: es preciso hacer «una revolución temporal para la salvación eterna de la humanidad», ya que no se puede dejar a los hombres «en el infierno de la miseria». El cristiano «sabe mejor aún que Tarrou hasta qué punto es responsable del mal» apostilla Moeller; y añade: «La Iglesia debe mancharse las manos».
El extremo caricaturesco de cristiano es el padre Paneloux. Según Moeller «es una herética caricatura de la esperanza». Explica por qué: «reducir el dilema a esto: o existe Dios, y entonces se reza y se deja de luchar; o no existe, y entonces se combate, es una caricatura. Es preciso luchar y, también, ponerse de rodillas» Paneloux descubre que la vacuna que administran al hijo pequeño de Othon sólo sirve para alargar su agonía; y se pregunta ¿qué pecado tenía ese niño para que muriera cubierto de sajaduras putrefactas? En el «fatalismo activo» que predica Paneloux, después de la muerte del niño, -afirma Moeller- «falta la misteriosa alegría en el seno de las tinieblas, de que nos hablará Bernanos». Por eso Paneloux, que muere contagiado, «no es más que la encarnación del suicidio filosófico» descrito en El mito de Sísifo… «es el personaje más ficticio de toda la obra, porque no es verdadero».
En sus últimas obras (El exilio y el reino o La caída) el escritor trata de dar una respuesta más definitiva al desafío del absurdo, y ahonda en un concepto nuevo: el sentido de la culpa. Con su gusto por las metáforas, recurre en su novela La caída (1956) a la mazmorra medieval -igual que había recurrido al peñasco en Sísifo– para explicar la interpelación ineludible de la culpa. «Era preciso someterse y reconocer la propia culpabilidad. Era preciso vivir en la mazmorra, como en aquellos calabozos medievales que no eran bastante altos para que se pudiera estar de pie en ellos, ni bastante anchos para tumbarse».
Quien así habla es Clamence, el protagonista de La caída. Gran abogado de lo criminal, que casi siempre logra la absolución de los acusados, «vivía impunemente, sin que le alcanzara ningún juicio», entregado a la ebriedad del placer, «por encima de las hormigas humanas»; y su única preocupación era «satisfacer el amor que se tenía a sí mismo». Pero hete aquí que «la fiesta» se acaba. El suicidio de una joven en el Sena le hace despertar. Clamence pasa por delante de la chica, que está inclinada sobre el parapeto mirando al río, y sigue su camino. «Había recorrido unos cincuenta metros, cuando oí el ruido que, a pesar de la distancia, me pareció terrible en el silencio nocturno, de un cuerpo al caer al agua». Y añade: «Quise volver y no me moví (…) Me decía que había que actuar rápidamente y sentía una debilidad irresistible. No recuerdo lo que pensé entonces: ‘demasiado tarde, demasiado lejos’»; y se aleja.. Cuando llega a su casa, piensa «¡Mi refugio!» y se pregunta «¿Aquella mujer? Ah, no sé; realmente no lo sé. Durante varios días no leí los periódicos».
Al saber que en aquel minuto no tuvo valor para socorrer a la chica, Clamence «descubrió que nunca había pensando más que en sí mismo» glosa Moeller. Es entonces cuando cae de las cumbres donde reinaba… Intentará acallar su mala conciencia con nuevas aventuras amorosas (reencontramos aquí la moral de la cantidad) pero fracasa porque descubre que no es más que un «veleidoso de la pasión», que no llega a perder el hábito «de amarse a sí mismo exclusivamente». Opta, después por la indiferencia (y Camus retoma el leitmotiv de El extranjero). Se esfuerza por acabar con las emociones; y, en un momento dado, llega a creer que «la crisis había terminado». No es así. Un día al ver, desde un barco, en el Atlántico, a un «objeto negro que flotaba, el que se creía curado recuerda a la desconocida del Sena» y admite «era preciso reconocer la propia culpabilidad».
Mientras que la muerte lúcida de Tarrou, en La peste, demostraba que había intentado ser «un santo sin Dios», esa posibilidad es «irrisoria» para Clamence, dada su «aguda visión de la maldad humana». Porque «el hombre no puede amar sin amarse a sí mismo» afirma el personaje. Sólo tiene algún sentido para Clamence la amistad verdadera que se muestra «en un hombre cuyo amigo había sido encarcelado y que todas las noches se acostaba en el suelo de su habitación para no gozar de una comodidad que se había quitado a aquel a quien amaba». La cuestión que plantea Camus es «¿quién se acostará en el suelo por nosotros?»… «sólo aquí estaría la salvación» comenta Moeller. Clamence cierra, entonces, su despacho de abogado y predica desde el bar Mexico City de Amsterdam la «buena nueva», dedicándose a juzgar y condenar a todos. «En mi tribunal -afirma- no se bendice, no se distribuyen absoluciones; se hace la suma, simplemente, y luego: “Esto da tanto. Eres un perverso, un sátiro, un mitómano, un pederasta, un artista, etcétera”. Así secamente». Vuelve a reinar, juzgando a todos, después de haberse juzgado a sí mismo y «haberse declarado incurable» subraya Moeller.
Como en los personajes de los relatos cortos de El exilio y el reino, el protagonista de La caída añora el universo moral, comenta Moeller. Algunos tienen un gesto de arrepentimiento o solidaridad. Es el caso del misionero infiel de El renegado, que en el último instante exclama «reconstruiremos la ciudad de la misericordia»; o de Arrast, que en La piedra que crece, ayuda a un desdichado a llevar una piedra enorme en la cabeza.
Y esa añoranza de un gesto de arrepentimiento que rompa el bucle de la desesperación resuena en las últimas palabras de Clamence: «Mujer tírate otra vez al río, para que vuelva yo a tener la oportunidad de salvarnos a los dos».
Concluye el ensayo con la muerte del escritor. El propio Camus había dicho que no hay muerte más absurda que la de un accidente de automóvil. Precisamente la que él tuvo, el 4 de enero de 1960, cuando el coche en el que viajaba con su editor, Michel Gallimard, chocó contra un árbol. Aquel día todos los que amaban a Camus tuvieron la sensación de que había dicho la verdad cuando hablaba de su obra «apenas comenzada».
Moeller cierra su estudio sobre Camus con una pregunta y un recuerdo. «Me preguntaba entonces por el secreto de este hombre, cuyas cartas guardo como un tesoro»… y a modo de respuesta añade: «me acordé [entonces] de esta frase de El derecho y el revés: “El peor error consiste en hacer sufrir”».