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1 Oct 1990 - 4min.
Budapest.- Varios meses después de haberse establecido un gobierno salido de las primeras elecciones libres en Hungría la transición desde un socialismo sui generis a una sociedad de mercado libre se está produciendo con mayores dificultades de las esperadas. La consigna es «enriqueceos» pero existen problemas estructurales y legales, herencia, sin duda, del viejo régimen que facilitan una preocupante tasa de corrupción, una especulación galopante y, finalmente, cierta inestabilidad política.
El gobierno húngaro, fruto de una coalición formada por tres partidos y organizaciones de centro-derecha (el Foro Democrático, la Democracia Cristiana y el Partido de los Pequeños Propietarios), y cuenta con una mayoría parlamentaria suficiente: 230 escaños sobre 355 del total. La oposición de centro-izquierda encabezada por la «Alianza de los Demócratas Libres» no se ha mostrado hasta ahora excesivamente severa con la coalición gubernamental. Y el Partido Socialista (formado por los sectores reformistas del ex Partido Comunista) no tiene fuerza social ni parlamentaria (33 escaños apenas) ni seguramente moral para convertirse en una oposición considerable.
El gobierno húngaro y su primer ministro, Josef Antall, se enfrentan con problemas variados y no siempre fáciles de sintetizar. Está en primer lugar la «herencia del pasado»: el sistema institucional y jurídico puesto en marcha por Janos Kadar y sus colaboradores no ha sido todavía sustituido. Las tentativas de privatización tanto de las empresas públicas (la gran mayoría) como de la tierra y de los inmuebles choca con resistencias fortísimas. En el seno del Gobierno hay partidos como el de los Pequeños Propietarios que exige rapidez y contundencia en la privatización, sobre todo en el sector rural. Pero esto es hoy prácticamente imposible. Y lo mismo sucede con los inmuebles, en su mayoría de propiedad estatal. Los problemas que plantea esta privatización a los usuarios de viviendas estatales son enormes. Lógicamente estos usuarios se oponen a una privatización que representaría para ellos un coste inabordable. Cooperativas campesinas, arrendatarios y granjeros autónomos rechazan, también, la privatización de la tierra, sin más. El Gobierno de coalición debe lidiar con estos morlacos del pasado. No tiene soluciones mágicas aunque cuenta con apoyos internacionales de envergadura.
«Tras una etapa de cierta euforia, el capital extranjero es ahora mucho más reticente a Invertir en Hungría. En los últimos meses, por ejemplo, las inversiones no han superado los 100 millones de dólares»
El proyecto estratégico de Josef Antall y sus colaboradores consiste en «anclar» al país en la Comunidad Europea. Hungría será el primer país del Este o de Centroeuropa en firmar un ventajoso acuerdo de asociación con la CE. Y próximamente ingresará en el Consejo de Europa (presidido en esta ocasión por España). Pero la adhesión plena a la Comunidad puede tardar. En primer lugar, porque la CE «a Doce» no puede darse el lujo en los próximos años de admitir nuevos socios hasta que no haya asimilado completamente al decimotercero (la RDA). En segundo lugar porque la estructura económica húngara no es todavía «idónea» para la aventura comunitaria y una adhesión forzada perjudicaría sobre todo a la incipiente estructura productiva. Por último, existen reticencias exógenas, tanto regionales como comunitarias para una adhesión rápida.
Por múltiples razones el apoyo internacional tampoco sacará a Hungría de la crisis actual. Tras una etapa de cierta euforia, el capital extranjero es ahora mucho más reticente a invertir en Hungría. En los últimos meses, por ejemplo, las inversiones no han superado los 100 millones de dólares. Y las perspectivas no son en absoluto halagüeñas. La creación de empresas mixtas se ha reducido también en los últimos tiempos.
Hay razones de peso: la especulación está sustituyendo la productividad, los «tiburones» de ciertas transnacionales están haciendo su agosto a cuenta de mayor inflación, más paro y una pérdida de confianza internacional.
En estas condiciones el mercado húngaro resulta para los empresarios europeos un tanto arriesgado. «No hay normas fijas, la burocracia paraliza cualquier proyecto y, además, está corrompida. Hungría es hoy uno de los países del Este con mayor riesgo», reconocía un empresario español que intentó hacer negocios en Budapest. Pese a ello, el gobierno español parece dispuesto a apostar por la nueva democracia húngara y ha ofrecido 100 millones de dólares en créditos «blandos» hace un año. Hasta el momento esta línea de crédito no ha sido utilizada y hay serias dudas de que lo sea en su totalidad.