Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

El debate sobre la democracia en España

El valor de la democracia en la opinión pública está sujeto a reacciones coyunturales y, si bien el apoyo a la democracia como forma de gobierno es prácticamente unánime, la democracia española recibe un juicio más bien crítico por parte de los ciudadanos cuando las circunstancias son adversas. Hace más de diez años la Fundación Alternativas se propuso auditar nuestra democracia apelando al juicio de una amplia batería de expertos para que la valoraran en sus logros y procedimientos fundamentales. La estimación de los expertos ha sido siempre más positiva que la de los ciudadanos, así como lo es la de los observadores internacionales. Con todo, pueden ser necesarias reformas para adaptarnos sin ingenuidad al mundo del futuro.

UNA DEMOCRACIA IDEALIZADA Y CONFUSA

Vivimos en democracia, lo hacemos desde hace décadas, aunque no siempre fuera así. El acceso a la democracia, que muchos por su edad no pueden recordar, supuso la sublimación de inmensas esperanzas y aspiraciones sociales, hasta entonces congeladas también por décadas. Y desde ese momento casi fundacional de nuestra realidad actual, en el lenguaje y en la consideración social, la democracia se erigió no solo como el ámbito de nuestra vida pública (y, en buena parte, privada) sino como el talismán capaz de resolver todos los problemas y conducirnos a las metas de bienestar socialmente deseadas.

Sin mayores precisiones por su definición, su significado o su alcance, la palabra democracia preside ahora nuestra vida como el aire que respiramos. Y cuando la utilizamos con mayúscula, la Democracia, se entiende que nos referimos al sistema político en el que vivimos y del que han de salir los remedios y soluciones a todas las preocupaciones y problemas de la gente, desde el prolongado e inaceptable desempleo juvenil, a la educación infantil y universitaria y las colas en la asistencia sanitaria, pasando por las pensiones, los trasplantes, la lucha contra el cambio climático, la inmigración, la violencia de género o la igualdad sexual, para no mencionar otros muchos problemas relevantes.

No habría nada que objetar a esta taumatúrgica consideración social de la Democracia si no fuera porque entraña bastante confusión. Es verdad que es en el marco democrático en el que hay que encontrar soluciones a los problemas, pero no es menos cierto que, desafortunadamente, ese marco, por sí mismo, no garantiza que las hallemos. Al igual que el aire que respiramos que, de faltarnos, impediría nuestra vida, la democracia hace posible la exploración de los caminos socialmente aceptables para encontrar remedio a los problemas y encauzar las aspiraciones de la gente. Pero no viene acompañada de un manual de instrucciones que asegure el éxito en ninguno de sus propósitos. Sí, es una lástima.

Esta suma de obviedades que preceden viene a cuento del debate sobre la democracia en nuestro país. Convencido el cuerpo social, tras muchos años de espera, de que la democracia —como Europa, en otro orden de cosas— eran la clave de nuestro futuro, la sociedad ha confundido demasiadas veces el contenedor con el contenido, el marco institucional y sus reglas básicas con la bondad de los resultados alcanzados. Con el resultado de imputar a la Democracia (y, en su caso, a Europa) lo que con rigor hay que atribuir a las prácticas de sus agentes y no necesariamente al sistema político en el que operan. Una imputación que, sobre ser injusta técnicamente, desvía la responsabilidad y la atención del verdadero debate, a menudo remitido a lugares sublimes de unas nubes inalcanzables. Es lo que ocurre con la socorrida pero asidua referencia al sistema como clave de todos los problemas y a la necesidad de su profunda reforma o —para enfatizar un poco más y acentuar la pedantería— al inevitable cambio de paradigma, como condición sine qua non de cualquier avance consistente. Una suerte de regeneracionismo de nuevo cuño, cuyos fundamentos no se sabe si residen en la notoria ignorancia de los efectos de esta tradición tan española o, más benignamente, en la indigencia intelectual de las soluciones que se plantean para el futuro.

Cuando se pregunta a los españoles por su preferencia por la democracia, la respuesta no ofrece duda alguna. Un 85,8 % prefiere la democracia a cualquier otra forma de gobierno, frente a un exiguo 4,2 % que estiman que, en algunas circunstancias, un régimen autoritario, una dictadura, puede ser preferible al sistema democrático (datos del CIS, mayo 2019). Esta opinión rotundamente favorable ha mejorado como tendencia desde el 69% de los primeros valores de la serie en 1985, habiendo pasado por un máximo en 1989 (89,6 %). Por su lado, la justificación del autoritarismo o la dictadura, que alcanzaba un valor del 14 % en 1986, se ha mantenido por debajo del 10 % en general, con un pico del 11,2 % en 1992.

Fuente: CIS

Pero otra cosa distinta ocurre cuando se trata de expresar la satisfacción con la democracia realmente existente o, aún más, de establecer las causas de los males que nos afligen. La opinión pública aparece bastante menos favorable y, en todo caso, muy influida por las circunstancias de cada momento. El grupo de ciudadanos muy satisfecho con la democracia no ha superado nunca el 11 % (en 1986, 1989 y casi en el 2000), situándose en la primera década del milenio entre el 5 % y el 10 % y no superando el 5 % en los últimos años (4,6 % en setiembre de 2018). La suma de los muy satisfechos y los bastante satisfechos con el funcionamiento de la democracia desde 1983 superó pronto el 50 % (en 1985) y se mantuvo consistentemente por encima de este valor hasta la crisis (económica y política) que se inicia en 1992 y dura hasta 1995. La siguiente década arroja resultados elevados, por encima del 60 %, aunque con oscilaciones significativas.

Pero es en la reciente década cuando se produce el deterioro más significativo, de nuevo en sincronía con la crisis económica y sus secuelas políticas. El indicador mencionado alcanza solo el valor 29,6 % en noviembre de 2012 y todavía en septiembre de 2018 no había vuelto a superar el 50% (42,6 %). Estas oscilaciones se observan bien al contemplar en el gráfico los valores simétricos opuestos alcanzados por los bastante satisfechos y los poco satisfechos.

Fuente: CIS

La decepción frente a la democracia existente, tan patente en ciertas coyunturas sociales, conduce a preguntarse si la respuesta de la opinión pública constituye realmente una respuesta rigurosa a la pregunta formulada o, en realidad, es más una reacción ante la situación vivida, favorable o desfavorable, cuya causalidad se atribuye de una manera muy genérica y por abreviar a la democracia. Parece bastante obvio que no es la finura analítica la que prevalece en la respuesta. La democracia aparece como el deus ex machina que todo lo explica, sin necesidad de distingos o matizaciones especiales.

De este modo es fácil advertir que en períodos de euforia económica la valoración es mucho más positiva que en períodos de elevado desempleo, al margen de las razones que provocaron el auge económico o la recesión. Un análisis más detallado pondría también de manifiesto que otros hechos como, por ejemplo, los escándalos producidos por la revelación de casos de corrupción, habrían incidido en la alteración de los valores observados, con independencia de la capacidad acreditada del sistema para su denuncia o para la depuración de las conductas.

LA DEMOCRACIA EN SUS PROPIOS TÉRMINOS

Lo señalado hasta ahora hacía indispensable un esfuerzo adicional de conceptualización de la democracia de modo que el debate social y político estuviera mejor fundado y fuera más útil. Quizás un ejemplo simple ayude a entender el fondo del problema. En efecto, si la onda expansiva de una crisis en Oriente Medio o de una elevación de los precios del petróleo se percibiera en nuestro país como un deterioro de la democracia y no como un cambio en las circunstancias de contorno, estaríamos confundiendo las causas y los efectos. Y, en consecuencia, el debate político —tan apasionado como siempre— se tornaría en falto de rigor, cuando no en inútil. Es claro para cualquier analista ilustrado que las posibilidades de hacer frente a una crisis internacional con los limitados instrumentos disponibles de un país como España se resumen en una reacción defensiva, de limitados efectos, que no puede neutralizar todos los impactos. En este caso, resulta inútil — y falso— concluir que la democracia se ha deteriorado, aunque aparezca una mayor inflación, se deteriore el consumo, aumente el desempleo, caiga la recaudación fiscal y se eleve el déficit público, por seguir con los ejemplos económicos.

Lo que es relevante en las circunstancias señaladas es debatir acerca de las maneras socialmente más plausibles de hacer frente a los inevitables efectos propiciados por el shock externo. Una cuestión perfectamente opinable dentro del ámbito democrático en el que, naturalmente, caben distintas opciones legítimas de acción, que también producirán efectos distintos y afectarán de modo diferenciado a unos y otros grupos sociales. Claro que, llegados hasta aquí, estaríamos debatiendo ya de alternativas políticas —de políticas democráticas, si se quiere— y de sus bondades relativas, pero no del sistema democrático o de la Democracia con mayúsculas. Lo que seguramente sería muy esclarecedor y ayudaría a elevar la racionalidad del debate público y la capacidad deliberativa de nuestra democracia.

Estas son algunas de las razones que inspiraron hace ya más de diez años el nacimiento del Informe sobre la Democracia en España, que tuve el honor de impulsar desde el Laboratorio de la Fundación Alternativas. Estábamos en el siglo XXI, y queríamos indagar sobre el mismo sistema democrático, sin detrimento de la atención a las políticas específicas. Al fin y al cabo, el sistema democrático podía coexistir con distintas políticas provenientes de distintos gobiernos, orientadas por ideologías y preferencias diversas.

La alternancia en el gobierno era ya una realidad en España. Por tanto, resultaba imperioso que la opinión pública pudiera separar los efectos sociales derivados de las legítimas opciones aplicadas por los gobiernos electos de aquellos estándares compartidos que, en todo caso, resultaban exigibles a cada uno de ellos, en nombre de una cierta calidad democrática. Cabían, claro está, políticas liberales, conservadoras, socialdemócratas u otras, pero ninguna de ellas debía alterar las garantías establecidas por el sistema o cercenar sus posibilidades de progreso y mejora.

Esta distinción entre el funcionamiento efectivo —las políticas llevadas a cabo como resultado de la acción pública— y los fundamentos, valores e instituciones de la democracia, distaba de ser diáfana. No lo era, en primer lugar, para la opinión pública, como ya se ha comentado que, a menudo, confundía sus preferencias ideológicas por tal o cual política con la sublimación o —alternativamente— la degradación del sistema, en función de la autoría del gobierno en ejercicio. Y, por otro lado —aunque resulte una obviedad decir que son cosas distintas— no es menos cierto que el funcionamiento real y las instituciones no son realidades independientes. Resulta frecuente que un mal diseño institucional origine pésimos resultados sociales. En otros, con instituciones mediocres, se obtienen, sin embargo, aceptables resultados, gracias a políticas públicas y esfuerzos que compensan las deficiencias de diseño.


Cuando se pregunta a los españoles por su preferencia por la democracia, un 85,8% la prefiere a cualquier otra forma de gobierno.


No es sencillo el diagnóstico, desde luego, pero conviene separar las causas de los efectos para mantener el hilo conductor de los análisis. De modo singular, era imprescindible disponer de algo parecido a una plantilla del sistema democrático sobre la que proyectar la realidad política de España, con el fin de extraer conclusiones dirigidas a su mejora.

El invariable propósito del Informe en los años transcurridos ha ido dirigido a acreditar que —aunque las líneas rojas y los contornos no son siempre fáciles de precisar— hay indiscutibles mínimos en un sistema democrático de los que no puede prescindirse sin grave desnaturalización del mismo. Y, de modo simétrico, hay avances en derechos individuales o colectivos que, al igual que la equidad, el acceso a bienes públicos o las garantías del funcionamiento institucional, permiten definir la calidad democrática de un país a partir de unos parámetros generalmente aceptados.

Aunque la teorización sobre la democracia y la estimación de su calidad es muy amplia, puede resumirse en tres tipos de enfoques: El primer enfoque, el formal o procedimental se centra en evaluar los procesos e instituciones que sirven para escoger electoralmente a los gobernantes y analiza las reglas indispensables del juego democrático, sobre todo las que regulan el acceso al poder político. El segundo enfoque añade al anterior el control del poder político, dimensión esencial de la calidad democrática, que incluye los límites al ejercicio del poder y las instituciones del Estado de derecho. El tercer enfoque amplía esta concepción algo formalista pero sustancial de la democracia con contenidos sustantivos y de resultado.

La concepción normativa de la democracia implica la introducción explícita de preferencias y valoraciones no siempre compartidos universalmente. Así ocurre cuando se añaden a las anteriores reglas de la democracia el alcance de objetivos tales como la igualdad socioeconómica, la construcción del Estado de bienestar o una determinada manera de entender la justicia social. Sin duda, la evolución de las democracias occidentales expresa las luchas sociales en torno a estas preferencias, que siguen explicando la naturaleza y objetivos de los diferentes partidos políticos en liza.

Como puede apreciarse, la reducción de la democracia a unos pocos parámetros por los que pueda juzgarse no es un ejercicio sencillo. Detrás del esfuerzo de precisión al que aspiramos hay un impulso al que tampoco nos podemos sustraer. Seguramente, no podemos vivir sin una idea del progreso humano o, como decía el filósofo británico John Gray, «la idea de una vida sin mito es en sí un mito». Y, desde la Ilustración, queremos formular leyes que nos den seguridades de que avanzamos en la dirección del progreso y esquemas que nos ayuden en nuestro proclamado camino de perfección.

Lamentablemente, ni el crecimiento económico continuo —cuando existe— es siempre fuente de democracia, ni la observada acumulación del progreso democrático desde el siglo XVIII (derechos civiles, derechos políticos, derechos sociales), teorizada por T. H. Marshall, garantiza su continuidad en el futuro.

Lamentablemente —o afortunadamente, según se mire–, no hay nada distinto de la acción de los hombres que pueda garantizar el progreso social. Un cierto realismo lúcido nos haría recordar con John Gray que «cuando derrocan al tirano, las personas son libres de tiranizarse mutuamente» o que «para tener la concepción de que los humanos son seres que aman la libertad, hay que estar dispuesto a considerar la casi totalidad de la historia como un error». De ahí que una cierta idea normativa de la democracia parece indispensable, con el fin de no olvidar los objetivos de la vida social en una democracia avanzada, por mucho que sus formulaciones puedan ser — y, afortunadamente, lo sean— objeto de amplio debate social.

Eso es lo que tratamos de hacer en su día al elaborar la metodología del índice de calidad democrática de la Fundación Alternativas. No partíamos de cero, desde luego y nos basábamos en un buen elenco de estudios anteriores, algunos de ellos ya probados en otras latitudes, aunque adaptados a las condiciones de nuestro país. En particular, nos basamos en la metodología del Democratic Audit desarrollada por el Human Rights Centre de la Universidad de Essex y desarrollada por el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral.

Nuestra indagación, sostenida a lo largo de la última década, se asentaba en un detallado cuestionario dirigido a personas seleccionadas por su cualificación para responder informadamente sobre las complejas cuestiones sometidas a su consideración. No se trataba meramente de pulsar el estado de ánimo de la opinión pública general, sino de filtrar esta a través de un panel de personas reputadas como expertas, que se mantendría estable para permitir la consideración de la evolución del índice a lo largo del tiempo. Las preguntas versaban sobre la situación de: a) los derechos de los ciudadanos y el Estado de derecho, b) la representación política, c) la gobernabilidad y responsabilidad políticas, d) la participación de la sociedad civil y e) la dimensión internacional de la democracia.

El contenido del índice así creado no solo daba cuenta de la situación de los aspectos formales o procedimentales de la democracia, esto es de sus requisitos imprescindibles, sino también de los mecanismos de responsabilidad y dación de cuentas, de los controles del poder político, de las garantías ciudadanas y del alcance de otras aspiraciones públicas que constituyen objetivos socialmente compartidos en nuestros días.

BALANCE DE UNA DÉCADA

Cuando dejamos que otros nos analicen, obtenemos una mayor perspectiva de donde nos situamos. Es lo que ocurre al considerar los resultados de varios indicadores de general aceptación. Uno de ellos es el proveniente de The Economist Intelligence Unit (EIU) que estudia 165 países independientes a través de sesenta indicadores agrupados en cinco categorías principales: proceso electoral y pluralismo; libertades civiles; funcionamiento de gobierno; participación política; y cultura política. Los países quedan encuadrados en estos cuatro resultados posibles: democracia completa, democracia débil, régimen híbrido y régimen autoritario. Naturalmente, los primeros puestos del listado son para las democracias completas, entre las que se encuentra nuestro país de modo sistemático desde hace años. En 2018 lo hacía con un 8,08 de puntuación total (puesto nº 19). En Europa, países como Portugal, Francia, Bélgica, Italia, Chipre, Grecia, se situaban por debajo, catalogados como «democracias débiles».


No podemos vivir sin una idea del progreso humano, o como decía el filósofo John Gray, «la idea de una vida sin mito es en sí un mito».


Por su lado, Freedom House en su informe 2019, Freedom in the World, clasificaba a España entre los primeros países de este ranking, puntuada con 94 puntos, al mismo nivel que Alemania e Islandia, por encima del Reino Unido y Austria (93), de Francia (90), de Italia (89), de Grecia (87) o de los EE.UU. (86). Y para completar esta visión general, el WJP Rule of Law Index® 2019 elaborado por el World Justice Project, situaba a España en el puesto 21 de los 126 países analizados por su grado de adhesión al Estado de derecho.

Con todas las reservas que puedan mantenerse en torno a índices y clasificaciones, no parece que, desde fuera, se califique negativamente a nuestra democracia. Por el contrario, habría que subrayar que nos situamos en el privilegiado grupo de los países con democracia plena, por cierto, muy pocos en el mundo. Lo que no se puede concluir de estos análisis, naturalmente, es que no haya áreas de preocupación en nuestra democracia, deficiencias manifiestas en otras, movimientos de retroceso en metas que se creían conquistadas y, siempre, riesgos al acecho en los difíciles equilibrios de valores e instituciones en que se asienta el sistema democrático. Pero, por lo que hace al núcleo principal del sistema, no parece que una nota de suspenso —como la que surge de los datos de opinión pública del CIS, comentados más arriba— sea la caracterización más adecuada de nuestro sistema, de acuerdo con la visión ajena.

Como ya hemos dicho repetidamente, los datos de opinión engloban muchas cosas en el juicio sobre la democracia. Entre otras, los juicios que merecen los comportamientos públicos, los resultados de la coyuntura económica, los efectos de las fases de euforia y de recesión y, desde luego, la mayor o menor satisfacción con las diversas alternativas de políticas públicas. Ahora bien, no siempre estas cuestiones afectan al sistema democrático en su naturaleza sino a lo que entendemos por condiciones de vida, sin que el sistema cambie ni a mejor ni a peor.


Freedom House en su informe de 2019, Freedom in the World, clasificaba a España entre los primeros países, al mismo nivel que Alemania y por encima del Reino Unido.


Seguramente, la confusión sería menor si pudiera separarse con más nitidez lo que son las instituciones del sistema de lo que constituyen políticas públicas y decisiones adoptadas por cada gobierno en ejercicio de su legitimo mandato democrático. No parece que tan fino análisis vaya a instalarse por ahora en nuestro debate político. Con frecuencia la peor crítica que puede dirigirse a un gobierno por la oposición es que sus políticas son antidemocráticas o deterioran la democracia. Un estigma de mucho impacto, sea cual sea cual sea la verosimilitud del juicio.

Lo que no impide que, simétricamente, cuando la alternancia en el poder es efectiva, los que eran oposición reciban similares invectivas de quienes fueron gobierno por la aplicación de opuestas políticas a las anteriores. En realidad, más allá de la pasión comunicativa de unos y otros, el debate suele estar menos relacionado con el sistema democrático que con la deseabilidad o no de ciertas políticas. Una cuestión de legítima discrepancia dentro del sistema democrático.

Este resultado es el que arroja la evolución del Índice de Calidad de la Democracia de la Fundación Alternativas, como ha recogido con precisión el profesor Modesto Escobar en la última entrega del Informe (Informe sobre la Democracia en España 2018. Fundación Alternativas 2019). La valoración global de la democracia española efectuada por los expertos queda ligeramente aprobada (5,8), a diferencia de la apreciación de la ciudadanía expresada a través de las encuestas.

Este resultado positivo surge, principalmente de la evaluación positiva que reciben la representación política y el reconocimiento de los derechos de la ciudadanía. Pero ello no impide la aparición de otras áreas de preocupación que rebajan la calidad de las instituciones democráticas como son: el papel de la sociedad civil, la gobernabilidad y la esfera internacional.

Entre las cuestiones peor valoradas por los expertos ocupa un lugar permanente la corrupción, a la que se suman cuestiones relacionadas con la sociedad tales como la dificultad de acceso al poder político (lejanía de los ciudadanos y acceso no igualitario al poder) y el papel de los medios de comunicación, muy mal valorados por su escasa independencia y su bajo respeto a los ciudadanos. Y otra constante es también la valoración negativa de la esfera internacional, en la que se acusan negativamente las interferencias económicas y políticas, sobre todo tras la crisis económica reciente, acaso como reflejo de una concepción demasiado nacional de la democracia por nuestros expertos.

Cuando se observa la dinámica temporal del índice en sus once años de vida (2008-2018) se constata una fuerte degradación de la democracia española, sobre todo hasta 2015, especialmente sensible en algunas de sus esferas, como es visible en el gráfico siguiente. A partir de 2015 hay una sensible recuperación del índice en todas las áreas, pero sin llegar a los niveles de los años iniciales.

Fuente: Modesto Escobar. Informe 2018

De acuerdo con el análisis que citamos, los valores obtenidos son insensibles a la edad y el género de los expertos. Pero, en cambio, sí lo son y no poco a su ideología. La izquierda es más critica que la derecha con la valoración de la democracia y más aún lo son los expertos que se confiesan nacionalistas. Los autoubicados en la izquierda otorgan medio punto menos que los de centro y derecha, en tanto que las personas de extrema izquierda valoran punto y medio menos la democracia española. Y los votantes de partidos nacionalistas le atribuyen dos puntos menos que los votantes del PSOE.

Ya indicamos antes que la valoración de los ciudadanos no coincidía con la de los expertos. Sin embargo, su evolución medida por los indicadores del CIS, ha sido muy similar hasta 2015, si bien los ciudadanos le otorgaban medio punto menos de valoración. El divorcio en la valoración se produce a partir de 2015, puesto que los ciudadanos han seguido reduciendo su calificación, mientras que los expertos, más generosos, revertían la tendencia registrada. En consecuencia, con los últimos datos disponibles, la brecha entre ciudadanos y expertos es mayor de un punto.

EL DEBATE HACIA EL FUTURO

La complejidad de los aspectos implicados en el concepto de democracia y los problemas de evaluación que entrañan los índices mejor elaborados aconsejan no dejarse llevar por ideas simples en este terreno. La vida social es rica, la actualidad es cambiante y las opiniones públicas, mudables. Con todo, la disposición de una radiografía fiable y actualizada de los componentes principales de un sistema democrático es un instrumento muy importante para no perder de vista el horizonte en el agobio de cada día. En particular, la solidez y fiabilidad de las instituciones que conforman el entramado político de nuestro país, constituye un capital social que es un factor de confianza fundamental para hacer frente a los variados problemas que plantea la convivencia social.


Como nos recordaba Giovanni Sartori, la democracia está siempre en peligro y es frágil porque es un sistema de gran generosidad que confía en los ciudadanos.


Hemos puesto de manifiesto, siquiera sea de modo sintético, algunos de los males que nos aquejan. Existe un amplio consenso, tanto entre los expertos como en la opinión pública, sobre la necesidad de llevar a cabo modificaciones en nuestra planta constitucional para dar mejor encaje a realidades y problemas que no estaban presentes cuando se configuró nuestro sistema democrático. No es este el lugar ni el espacio para debatir las propuestas existentes. Pero resulta indispensable que no confundamos la reconocida necesidad de las reformas con la descalificación del sistema democrático existente. Los datos comparativos internacionales así lo aconsejan y la visión de la sociedad —cuando se depura de factores coyunturales— también valida esta afirmación.

Ocurre, en mi opinión, que la idealización de la democracia conduce a cierta frustración. La que se origina al comprobar que la democracia es compatible con niveles elevados de infelicidad y de sufrimiento humano sin perder por ello su naturaleza. No era cinismo sino realismo lúcido el que acompañaba a Winston Churchill cuando decía que «el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio». Al igual que era clarividente su muy citada sentencia: «Muchas formas de gobierno han sido probadas y se probarán en este mundo de pecado e infortunio. Nadie pretende que la democracia sea perfecta u omnisciente. En verdad, se ha dicho que es la peor forma de gobierno…, si se exceptúan todas las demás que se han probado».

El sistema democrático, sobre cuya preferencia los españoles no abrigan dudas es, principalmente, un sistema de resolución pacífica de conflictos y ordenación de la convivencia social, sujeto a garantías para la competición y la participación. Sin duda, es uno de los mejores inventos del espíritu humano, resultado de la experiencia histórica y de muchos fracasos anteriores. Y siempre sometido a peligros y amenazas. Su existencia no nos exime de elegir caminos, que muchas veces se revelan equivocados y dan lugar al sufrimiento personal y el malestar social. Pero no es la elección de políticas equivocadas la que deteriora un sistema democrático. Para evitarlo están las elecciones que deben permitir la depuración de responsabilidades políticas, la alternancia democrática y la opción por políticas públicas mejores que las fracasadas. Lo que deteriora un sistema democrático es el inmovilismo, el bloqueo y la pertinacia en los errores no corregidos, sin que se vean en el horizonte ni salidas concretas ni esperanzas de remedio.

Ahora que se conmemora el centenario de la República de Weimar, tal vez valga recordar que su fracaso, el de la democracia institucionalmente más avanzada de la época, no vino principalmente por su regulación legal o sus textos constitucionales. Se produjo, sobre todo, por la ineficacia en el abordaje de los problemas, consecuencia de la inestabilidad y los irresponsables comportamientos de sus principales responsables públicos. Sin olvidar tampoco —como a veces se hace, para no herir los sentimientos del pueblo soberano— la corresponsabilidad de la sociedad en el desastre que sobrevino.

Hubo un tiempo en que la confianza en el futuro derivaba de una visión entre metafísica y mecánica del progreso del espíritu humano. El avance tecnológico y el desarrollo del capitalismo alumbraron también una visión optimista del progreso que, afortunadamente, ya casi nadie informado defiende de modo incondicional. La realidad del mundo, las guerras, la fragilidad de los equilibrios geoestratégicos, el deterioro del planeta, están ahí para aplicar elevados descuentos a nuestro orgullo como especie. Si el progreso no está asegurado, más aún: si en política el declive suele ser acumulativo —como diría John Gray—, la única esperanza posible estriba en la voluntad y el acierto en la acción de los hombres. Ahora bien, no hay una ley ni física ni sociológica que nos asegure tal resultado.

Como nos recordaba el maestro Giovanni Sartori, hemos de reconocer que la democracia está siempre en peligro y es frágil porque es un sistema de gran generosidad que confía en los ciudadanos. Unos ciudadanos, a menudo poco informados, que no participan, que ni siquiera votan en ocasiones y que se preocupan más por lo suyo que por el conjunto.

Y añadía Sartori: «Pero conviene distinguir entre la máquina y los maquinistas. Los maquinistas son ciudadanos y no son nada del otro mundo. Pero la máquina es buena, es más, es la mejor máquina que se ha inventado para permitir a los hombres ser libres y dejar de estar sometidos a la voluntad tiránica y/o arbitraria de otros hombres. Fabricarla nos ha llevado dos mil años».

Esta máquina nos ofrece el marco de posibilidades para la acción. A nosotros corresponde decidir el camino a seguir y la orientación de nuestra marcha: hacia el progreso, hacia el inmovilismo o hacia el retroceso social.

La justicia y los políticos

A modo de introducción quiero advertir que no pretendo en estas líneas reproducir el programa de reformas de la Justicia que presenté a la sociedad española, la mayoría de las cuales no llegaron a convertirse en leyes, durante los años que estuve al frente del Ministerio de Justicia. Eso habrá de quedar para un debate más técnico que desgraciadamente sigue aplazado en España.

Creo que en un monográfico como este, dedicado a la regeneración democrática, más que las necesarias reformas estructurales de la Justicia, conviene analizar el más relevante punto que en mi análisis de la realidad jurídica y judicial española justifica una urgente innovación. Me refiero a la politización de la Justicia, un problema de graves consecuencias para toda democracia liberal digna de tal nombre, al menos desde que Montesquieu enunció el principio de la separación de poderes.

Esta politización debe, con todo, ser delimitada en sus distintas facetas, de las que sobresalen dos: de un lado, el traslado del enfrentamiento partidista que se produce en el ámbito parlamentario al órgano de gobierno del Poder Judicial como consecuencia de la elección de sus miembros por el Congreso y el Senado. De otro, la presión que determinados políticos ejercen sobre los órganos judiciales con el fin de intentar condicionar sus decisiones y que en los últimos tiempos, por parte de los políticos separatistas catalanes, se ha traducido en actos auténticamente insurreccionales.

LA INFLUENCIA DE NEWTON

El primer punto afecta de lleno al principio de separación de poderes y a la regulación de la interactuación entre los mismos. El espíritu liberal que inspira el principio de separación de poderes desde el siglo XVIII no lo reduce al mero aislamiento de unos poderes respecto a otros, sino que introduce un matiz muy importante de equilibrio y contrapeso entre ellos, entre toda clase de poderes, para que ninguno se vuelva asfixiante o hegemónico en una sociedad y en un Estado democrático, donde deben existir espacios amplios de acción e intercambio, espacios, en definitiva, de libertad. No en vano, estamos ante una noción que le debe mucho al sistema gravitacional descrito por Newton, altamente influyente en la época de Montesquieu. La imagen de unos cuerpos que orbitan unos en torno de otros o alrededor de un tercero, sin inmiscuirse en sus trayectorias, pero haciendo sentir su masa, desde una respetuosa distancia en la que la interacción de todos coloca a cada cual en su sitio natural y otorga estabilidad al conjunto. No se trata, pues, de una simple indiferencia, de un aislamiento ciego.


El espíritu liberal que inspira el principio de separación de poderes no lo reduce al mero aislamiento de unos poderes respecto a otros, sino que introduce un matiz de equilibrio y contrapeso entre ellos.


Es importante aclarar que cuando hablamos de la llamada politización, como consecuencia de la elección parlamentaria de su órgano de gobierno, esta no afecta a la independencia de cada juez y cada magistrado. Estos tienen garantizada constitucionalmente su independencia, no solo frente a los otros poderes del Estado, sino incluso frente a los órganos superiores del propio Poder Judicial que solo podrán corregir sus decisiones mediante el sistema de recursos legalmente establecido, pero jamás interferir en su autonomía de decisión. La politización afecta al órgano de gobierno de la Justicia, al Consejo General del Poder Judicial, pero su influencia en el funcionamiento de la misma es inmenso, más por las facultades de nombramientos del Consejo que por las disciplinarias.

Vamos a abordar el problema analizando conjuntamente la titularidad del Poder Judicial y la necesaria legitimidad democrática que el Consejo, como todo órgano constitucional, debe tener.

El titular del Poder Judicial, como de todos los poderes del Estado, es el pueblo español. Cuando se afirma que jueces y magistrados son «titulares» del Poder Judicial no se puede interpretar como excluyente del principio de soberanía nacional establecido en el artículo 1 de la Constitución y reiterado, en lo que a la justicia se refiere, en el 117. Jueces y magistrados son titulares del Poder Judicial como un diputado lo es del Legislativo o un ministro del Ejecutivo, pero al igual que estos, están sometidos a la soberanía nacional de la que emanan todos los poderes del Estado.

Viene esto a cuento porque uno de los argumentos más recurrentes de los partidarios de que los miembros del Consejo sean elegidos en su totalidad por las Cámaras y no parcialmente por jueces y magistrados, es que nadie que no represente al titular de la soberanía está legitimado para elegir a los componentes de un órgano constitucional. Es como —sostienen utilizando intencionalmente la caricatura— si al ministro de Defensa lo eligieran los militares o al de Fomento los ingenieros de caminos.

Pero lo cierto es que la fórmula de elección parcial del Consejo por jueces y magistrados está amparada por el artículo 122 y es, por tanto, tan constitucional como la elección parlamentaria de la totalidad de sus miembros que también ha sido declarada constitucional por nuestro Tribunal de Garantías; aunque, eso sí, advirtiendo de la posibilidad de incurrir en inconstitucionalidad sobrevenida si se constituía el Consejo como una tercera cámara a modo de reflejo de las Cortes Generales.

No sigamos, pues, el camino de la discusión jurídica. Vamos a lo práctico. Lo cierto es que la opinión pública tiene una extendida impresión de que la participación de los partidos políticos en la conformación del Consejo ha traído como consecuencia una efectiva politización de la Justicia. Analicemos cómo podemos revertir la situación y si la solución se puede alcanzar solo con reformas legales o si es necesario, además y sobre todo, un cambio radical en el uso de las facultades que la Constitución atribuye a las Cámaras y que, en definitiva, ejercen los partidos políticos.


Los jueces y magistrados tienen garantizada constitucionalmente su independencia, no solo frente a los otros poderes del Estado sino frente a los órganos superiores del Poder Judicial.


Hay que empezar por decir que, con el texto constitucional en la mano, al Parlamento no puede excluírsele de forma absoluta de la elección del Consejo. El artículo 122 exige que al menos ocho de sus veinte miembros sean de procedencia parlamentaria. Para elegir los otros doce hemos probado distintas fórmulas —elección solo por jueces, elección solo por el parlamento y fórmulas mixtas— sin que ninguna haya acabado con la percepción de politización de la Justicia. En un caso por el protagonismo absoluto de los partidos y otro porque las asociaciones judiciales parecieron auténticas correas de transmisión de los mismos partidos dada su profunda ideologización. Un ilustre catedrático llegó a proponer que estos doce jueces del Consejo fueran elegidos por sorteo entre los integrantes de la carrera judicial, argumentando que este método aleatorio está constitucionalmente aceptado tanto para constituir un órgano judicial —el Jurado— como para un instrumento tan determinante de nuestro sistema democrático como son las mesas electorales.

Desde mi punto de vista el problema no está tanto en el sistema de elección como en el uso, y abuso, que del mismo han hecho los grupos políticos. Cuando la Constitución exige una mayoría de tres quintos para la elección de los miembros del Consejo no invita a un reparto proporcional al número de diputados y senadores entre los grupos parlamentarios, que es lo que se ha hecho hasta hoy. No quiere la Constitución que haya consejeros de uno u otro partido político. Lo que a mi juicio quiso el constituyente es que esos jueces y juristas de reconocido prestigio fueran designados todos por una amplísima mayoría parlamentaria. Que fueran todos de todos, no unos de un grupo y otros de otro. Sé que es mucho más difícil un acuerdo sobre la totalidad del Consejo que un reparto proporcional al resultado electoral, pero creo que es a eso a lo que nos obliga la Constitución. Y lo mismo habría que decir en cuanto al nombramiento de magistrados del Tribunal Constitucional. En otros nombramientos en los que no cabe el reparto, por ejemplo el Defensor del Pueblo, sí se han conseguido estos necesarios consensos.


El problema no está tanto en el sistema de elección de jueces del Consejo del Poder Judicial como en el uso, y abuso, que del mismo han hecho los grupos políticos.


Y hay un segundo cambio de comportamiento que es absolutamente necesario introducir en las relaciones entre la política y la judicatura, en este caso post nombramientos. La relación entre los miembros del Consejo elegidos por las Cámaras y los diputados y senadores que los eligieron debe terminar ahí, en el acto de elección. No es que, desde luego, no haya mandato imperativo entre elector y elegido, es que los partidos políticos, al igual que el Gobierno, deben abstenerse absolutamente de intentar influir o condicionar las decisiones de los consejeros. Son muchas las democracias en que no solo los órganos de gobierno judiciales sino incluso componentes de tribunales son designados por el poder Ejecutivo, pero jamás un presidente de los Estados Unidos de América se atrevería a intentar participar en una decisión del Tribunal Supremo. Al menos hasta hoy.

Creo, por tanto, que si corregimos, con sinceridad y compromiso, estas conductas contrarias al espíritu constitucional contribuiremos a terminar con la percepción ciudadana de una Justicia politizada mucho más que con nuevas reformas legales que no impedirían la continuación de estas prácticas perversas.
Queda, por último, el más grave problema de la Justicia en España hoy: el ataque sistemático a su independencia por parte del separatismo catalán.

El absoluto desprecio por la división de poderes de los partidos secesionistas ya se advirtió en las llamadas «leyes de desconexión». En el modelo de Estado que se configuraba en estos textos la Justicia quedaba literalmente sometida al Poder Ejecutivo, no solo en el proceso de nombramientos sino también en el funcionamiento.

No es de extrañar, por tanto, que quienes desprecian la independencia judicial hayan sostenido, durante el tiempo que ha durado el juicio por el intento de rebelión, una sistemática campaña contra el instructor primero y el Tribunal después. Este desafío ha llegado al punto de amenazar al propio Tribunal Supremo aprobando una resolución parlamentaria donde se anunciaba una insurrección civil e institucional en el supuesto de que la sentencia fuera condenatoria. No hay precedentes en una democracia europea, salvo las de aquellas que dejaron de serlo por la acción de quienes las amenazaban, de un ataque semejante al Estado de Derecho.

Lo cierto es que estas amenazas no solo no han conseguido su objetivo sino que, antes al contrario, nuestro Tribunal Supremo, y con él el Poder Judicial en pleno, han salido fortalecidos y prestigiados ante la opinión pública. Pero esta realidad no puede hacernos olvidar la gravedad del ataque sistemático que, con la participación activa de organismos públicos autonómicos, ha tenido la Justicia en los dos últimos años.

CARRERA JUDICIAL Y VIDA POLÍTICA

Son más los temas que, a propósito de la percepción ciudadana de politización de la Justicia, deberían ser abordados. Pienso en el ejercicio de funciones políticas por parte de los miembros de las carreras judicial y fiscal. Nadie duda no solo del derecho, sino incluso de la conveniencia para la sociedad que personas que se han formado en el ejercicio de funciones jurisdiccionales decidan en un momento dado servir a los ciudadanos asumiendo responsabilidades políticas. Ese no es el problema. El problema surge cuando terminan su vida pública y se reincorporan a la actividad judicial. Por mucho que consigan mantener su independencia, el hecho de haber estado durante un tiempo sometidos a la lógica partidista, y a la disciplina partidaria, generará una sospecha perturbadora sobre sus decisiones ulteriores. Tenemos multitud de ejemplos y vemos cómo los medios de comunicación a la hora de opinar sobre una resolución judicial recurren, antes que a la resolución misma, al currículo de su autor. Y si ha tenido responsabilidades de cualquier nivel en gobiernos, nacional o autonómico, ese hecho marca, o incluso explica, la resolución misma. Puede ser injusto limitar el derecho a la participación en cargos públicos con derecho a retorno a las plazas judiciales, pero el problema está ahí.

Podríamos extendernos sobre otros factores que contribuyen a esa percepción de Justicia politizada, pero creo dejar apuntados los más importantes. A modo de epílogo me gustaría dejar clara una idea. Podemos, incluso debemos, estudiar todas las reformas legales que contribuyan a garantizar la independencia de nuestros jueces y magistrados. Pero por encima de nuevas leyes, lo que necesitamos es un cambio de conductas.

Los partidos políticos, en beneficio del prestigio de nuestra democracia, siempre frágil como todas las democracias, deben renunciar a prácticas que, aunque tengan encaje legal, perturban y desacreditan el principio de la separación de poderes. El legislador constituyente fortaleció extraordinariamente el papel de los partidos, y por lo tanto del Poder Ejecutivo, en nuestro sistema político. Ello tenía pleno sentido porque veníamos de cuarenta años de prohibición de su funcionamiento y era absolutamente necesario fortalecerlos como instrumento fundamental para la participación política. Cuarenta años después, una democracia madura como la nuestra funcionará mejor si los poderes del Estado alcanzan el equilibrio y contrapeso entre ellos que les permita estar cada uno en su sitio natural, sin inmiscuirse en las trayectorias de los otros y otorgando estabilidad al conjunto. Lo que Newton nos descubrió sobre los planetas hoy sabemos que es lo que necesita nuestra democracia.

Guido Hülsmann: «Los rescates mitigan la recesión a corto plazo, pero la fomentan a largo»

Jörg Guido Hülsmann, alemán nacido en 1966 y doctor por la Universidad Técnica de Berlín, ejerce de profesor de Economía en la Universidad de Angers (Francia). Es un claro defensor de la Escuela Austriaca de Economía y uno de sus representantes vivos más ilustres. En esta entrevista que ha concedido a Die Freie Welt advierte sobre las consecuencias de las medidas económicas en el espacio del euro por el coronavirus.

Jörg Guido Hülsmann en 2017. Foto: © Wikimedia Commons
Jörg Guido Hülsmann en 2017. Foto: © Wikimedia Commons

En España, en Alemania, en muchos países, los gobiernos han aprobado la creación de fondos de rescate del orden de miles de millones de euros para estabilizar la economía y salvar a las empresas de la bancarrota. ¿Pueden tales medidas mitigar la recesión económica? La respuesta de Guido Hülsmann es tajante: «No». Alega:

«Tales medidas tienen dos efectos muy diferentes, que solo proporcionan por poco tiempo la apariencia de alivio. Por un lado, los ingresos y los bienes se redistribuirán masivamente, por otro lado, el futuro se sacrificará en el altar de las preocupaciones presentes».

Si nos ponemos en el caso de Alemania (el razonamiento valdría igual para España), su gobierno ha generado ingresos adicionales de 750 millardos de euros. «¿De dónde viene ese dinero? Hay tres fuentes principales a considerar: impuestos, deuda pública e impresión de billetes. En los tres casos, de ninguna manera es el Estado el que saca de la nada los 750 millardos, sino que de una manera o de otra se les quita a los ciudadanos esa suma. Se supone que los impuestos no se han de subir demasiado, por lo que se expropia a los ciudadanos, como en el pasado, devaluando su riqueza monetaria. Los ingresos por intereses se empujan aún más hacia abajo. Los ahorros se gravan con tasas de interés negativas, y la inflación de precios roe lo que queda».


«¿De dónde viene el dinero del rescate? Hay tres fuentes principales a considerar: impuestos, deuda pública e impresión de billetes. En los tres casos, de ninguna manera es el Estado el que lo saca de la nada, sino que de una manera o de otra se lo quita a los ciudadanos» (Guido Hülsmann).


Una justificación habitual para actuar así es que de lo contrario se colapsarían los mercados financieros y después se derrumbaría toda la economía. Lo explica Hülsmann:

«Como en el pasado, esta redistribución se justifica por el hecho de que de lo contrario habría un colapso en los mercados financieros, lo que también dañaría severamente la economía real… No se podrían pagar los préstamos, lo que provaría el colapso del crédito, lo que llevaría al padecimiento de otras empresas. En una palabra, se produciría una espiral destructora que conduciría al paro de la economía y al desempleo masivo. En cualquier caso se les pediría a los ciudadanos que pagaran el paquete del rescate, porque de lo contrario se derrumbaría toda economía».

Pero seguidamente expone un razonamiento que destapa ciertas falacias en lo anterior:

«El argumento anterior es correcto en la medida en que, de hecho, los paquetes de rescate pueden prevenir un colapso a corto plazo. Esto es exactamente por lo que se fabrica la apariencia de que son un amortiguador para la crisis. ¿Por qué solo la apariencia? Porque el éxito a corto plazo es a expensas del futuro. La recesión se mitiga a corto plazo, pero se fomenta a largo plazo. Porque con los 750 millardos ahora se están salvando compañías que no han hecho lo que deberían haber hecho… Los que en su momento renunciaron, de forma correcta, a financiaciones arriesgadas, justo esos son los que tienen que volver a pagar. El efecto real del paquete de rescate es proveer aún de más fondos a proyectos que ya se tambaleaban y son liderados por aventureros. Es obvio lo que eso significa para el futuro».


«El éxito a corto plazo [de un fondo de rescate] es a expensas del futuro. La recesión se mitiga a corto plazo, pero se fomenta a largo. Porque con los 750 millaros ahora se están salvando compañías que no han hecho lo que deberían haber hecho [antes del coronavirus]» (Guido Hülsmann).


Hülsmann es defensor de menos Estado:

«Todo se complica por el hecho de que el gasto público es notoriamente ineficiente y corrupto», como se ha puesto de manifiesto en muchos Estados de Europa, «que fallan en todas las áreas de responsabilidad: educación, atención médica, construcción de aeropuertos, construcción de viviendas, defensa nacional, etc.».

Aduce otra consideración:

«Es un error evitar siempre inconvenientes a corto plazo a expensas del futuro, especialmente con el dinero de los contribuyentes. Pero eso es exactamente lo que estamos haciendo durante muchas décadas. Este juego se limitaba anteriormente a la banca y las finanzas, y como resultado solo lo notaron los expertos. A este juego se juega a gran escala desde 2008 y, en consecuencia, el público en general se está dando cuenta de ello. Es un juego muy estúpido. Algunos agentes económicos relacionados con el Estado se benefician, pero los ciudadanos comunes no pueden ganar nada aquí a largo plazo».


«[Con los fondos de rescate] Algunos agentes económicos relacionados con el Estado se benefician, pero los ciudadanos comunes no pueden ganar nada aquí a largo plazo». (Guido Hülsmann).


«Sería mucho más sensato actuar de manera fundamentalmente diferente. Hay buenos argumentos para arriesgarse a un colapso de la economía a corto plazo si la economía se sana y se la sitúa a largo plazo sobre una base saludable».

Hülsmann cuenta con una inflación más alta, pero no con que la zona euro se desmorone.

Sobre la inflación:

«El aumento de la inflación de precios es inevitable ya que el Gobierno y el Banco Central hacen todo lo posible para evitar que caiga el gasto de dinero. Como pueden imprimir billetes, probablemente lo conseguirán (que no baje el gasto de dinero). En este caso, la inflación de precios es inevitable, ya que la oferta de bienes disminuye debido a las barreras y confinamientos».

Sobre el futuro del euro:

«La eurozona se mantendrá unida mientras no haya mejores alternativas para los gobiernos nacionales. Los italianos se quejan, pero al igual que los griegos en la crisis de 2008 se preguntarán qué préstamos obtendrán si renuncian al euro».

Finalmente, ante la idea de los coronabonos o eurobonos, Guido Hülsmann opina:

«Acentuarían los problemas básicos de la eurozona: aún más deuda, mayor vulnerabilidad, mayor irresponsabilidad de los beneficiarios inmediatos en política y finanzas. Los coronabonos ofrecerían un flaco servicio no solo a los contribuyentes alemanes, sino también a los italianos. A largo plazo, serían perjudiciales incluso para las personas que dependen de los servicios médicos en Italia. El Estado italiano es responsable de sus limitaciones financieras y de la abrumadora carga de los hospitales estatales. Pero incluso ahora esa carga podría aliviarse si se diera de inmediato una mayor flexibilidad en el sector de la salud, si de dejara actuar con libertad al sector privado. Pero eso es exactamente lo que no quiere. Los coronabonos garantizan que nada tenga que cambiar, de modo que, de hecho, nada cambie por lo que se refiere a la mala administración del Estado y a la escasez económica. El Estado [italiano] levanta el dedo y se queja: «Si ustedes, alemanes, no hacen nada por nosotros, la gente se muere». La verdad es que él mismo no quiere hacer nada que pueda cuestionar su ineficiente Estado de bienestar. Toma a los alemanes como rehenes morales, pero acepta que los italianos sigan desatendidos porque no deben ser atendidos fuera de la atención del Estado de bienestar».


«[Los eurobonos o los coronabonos] acentuarían los problemas básicos de la eurozona: aún más deuda, mayor vulnerabilidad, mayor irresponsabilidad de los beneficiarios inmediatos en política y finanzas. Los coronabonos ofrecerían un flaco servicio no solo a los contribuyentes alemanes, sino también a los italianos» (Guido Hülsmann).


Según Guido Hülsmann, «la recuperación puede tener lugar muy rápidamente». Su principal preocupación es «la intervención del Gobierno, que puede prolongar y aumentar las dificultades actuales. El ejemplo clásico de la historia económica es la Gran Depresión en la década de 1930 en los Estados Unidos. Una simple caída del mercado de valores en 1929 en los Estados Unidos se vio tan emperorada por una intervención estatal cada vez más rígida, que se transformó en una crisis económica de larga duración».

Sobre las medidas de política sanitaria por el coronavirus:

«Como economista, sé lo siguiente: es fundamentalmente incorrecto poner a toda la economía al servicio de un único objetivo y comprometerse con una única solución. Economía siempre significa sopesar diferentes objetivos y medios. Por supuesto, mantener la salud puede ser de suma importancia en este momento. Pero incluso entonces nunca es el único objetivo y siempre hay medios diferentes. Justo cuando se trata de la selección eficiente de medios, la libre competencia es esencial. Por lo tanto, creo que los países que responden mejor son aquellos que dan a los ciudadanos y sus familias la mayor libertad y responsabilidad posibles; y aquellos que no centralizan la responsabilidad política, como aquí en Francia, sino que la entregan a los ayuntamientos y a otras autoridades locales cercanas a los ciudadanos. Ejemplos serían Suiza y los Países Bajos».


«Una simple caída del mercado de valores en 1929 en los Estados Unidos se vio tan emperorada por una intervención estatal cada vez más rígida, que se transformó en una crisis económica de larga duración» (Guido Hülsmann).


Finalmente, a la pregunta de qué países saldrán de la crisis como perdedores y cuáles como ganadores, Hülsmann responde:

«Es difícil decirlo en este momento porque aún no hemos terminado. Como he señalado, el mayor imponderable radica en la acción estatal. En cualquier caso, no veo a Francia, Italia y España entre los ganadores, ya que en estos países la crisis es «utilizada» por círculos cercanos al Estado para asegurar y expandir sus propios beneficios, y lo haría también más a gusto con la ayuda de los coronabonos.

¿Debemos enseñar con criterios de inclusividad o estrictamente académicos?

Canon. Arte. Prejuicio. Eurocentrismo. Inclusividad. Estética. Calidad. Son algunas de las palabras clave de la penúltima polémica del identitarismo en las universidades anglosajonas. Por eso se trata, simplemente, del “penúltimo” episodio: es un asunto que lleva debatiéndose desde el aterrizaje de los post-estructuralistas franceses en las humanidades estadounidenses y que dista de estar cerrado. La Universidad de Yale y la remodelación de su curso “Introducción a la Historia del Arte: del Renacimiento al Presente” son los protagonistas de la controversia más reciente en torno a un dilema docente que podría encapsularse en una pregunta: ¿deben los principios de visibilidad de determinadas minorías estar por encima de los criterios académicos?

La semana del 24 de enero, el Yale Daily News publicaba una noticia que trascendió el ámbito estrictamente universitario para auparse a las portadas de medios que habitualmente informan de sobre cuestiones ideológicas en el ámbito académico. Quillette atribuía a Yale estar contra el arte occidental, Reason calificaba el suceso como una capitulación ante los ideólogos y Commentary titulaba: “El Departamento de Arte de Yale se suicida”.

El escudo de la Universidad de Yale: «Luz y verdad» (en latín y en hebreo). Foto: © Wikimedia Commons
El escudo de la Universidad de Yale. Foto: © Wikimedia Commons

Según la propia publicación de la prestigiosa universidad con sede en New Haven, “este cambio [la reforma de la asignatura Introducción a la Historia del Arte] supone la última respuesta a la inquietud de los estudiantes sobre un ‘canon’ occidental idealizado, producto de una camarilla de artistas abrumadoramente blancos, heterosexuales, europeos y masculinos”. Como explicaba el director del Departamento de Historia del Arte y responsable de la asignatura, Tim Barringer, el cambio pretendía romper la asunción de que la historia del arte es la del arte occidental. Según Barringer, privilegiar el estudio del arte europeo se antoja “problemático”, cuando hay muchas otras regiones, géneros y tradiciones estéticas que son “merecedoras de estudio por igual”. Según Marisa Bass, la directora de estudios de grado de Yale, “el departamento de Historia del Arte está profundamente comprometido con representar la diversidad intelectual de sus estudiantes y su facultad, y creemos que cursos introductorios constituyen una oportunidad esencial para seguir desafiando, repensando y reescribiendo las narrativas que rodean la historia de la implicación con el arte, la arquitectura, las imágenes y los objetos a través del tiempo y el espacio”.


La cuestión de si lo ideológico se encuentra por encima de lo pedagógico permanece abierta a la discusión intelectual que recorre el mundo universitario.


En consecuencia, este popular curso introductorio –donde, hasta ahora, los alumnos también examinaban in situ obras clásicas expuestas en la Yale University Art Gallery– tiene previsto virar su énfasis para explorar el diálogo entre el arte europeo y el de otras geografías, así como para estudiar piezas artísticas en relación con “cuestiones de género, clase, raza”. Incluso cobrarán protagonismo las implicaciones del arte y el capitalismo y, según Barringer, el cambio climático se convertirá en un “asunto clave”. Por último, la nueva medida implica que en lugar de ser un único curso introductorio –una especie de tronco común, necesario para que crezcan sólidas las ramas en otras asignaturas–, “Introducción a la Historia del Arte: del Renacimiento al presente” se ofrecerá como una opción más, junto a las asignaturas “Arte y Política” “Artesanía Global”, “La Ruta de la Seda” y “Lugares Sagrados”.

 Visibilizar la diversidad

Los defensores de la “diversificación” de la Historia del Arte en Yale arguyen que, al abrir el abanico de asignaturas introductorias, simplemente están sumando. Abriendo posibilidades. Abrazando la pluralidad. Incluyendo. Por su parte, las voces intelectuales y periodísticas que se han mostrado contrarias a esta decisión del Departamento de Historia del Arte de Yale exhiben un razonamiento matemático: el tiempo que los alumnos pueden dedicar al estudio de una materia introductoria y generalista es limitado, por lo que centrarse en un criterio rigurosamente cualitativo redunda en su beneficio intelectual. Es decir, diversificar puede ser una buena idea para quienes se vayan a especializar en Historia del Arte, pero no resulta tan evidente su beneficio para aquellos que solo necesitan una visión general de los movimientos artísticos: por ejemplo, estudiantes de Filosofía, Periodismo, Lingüística, Pedagogía, etcétera.

La cuestión de fondo que subyace bajo esta polémica por la enseñanza del arte en Yale se puede sintetizar con el término “diversidad”. Este concepto es uno de los ingredientes teóricos esenciales en las Humanidades y las Ciencias Sociales de las universidades en la actualidad. No obstante, su relevancia puede apreciarse, incluso, fuera de los campus. Muestras de cultura popular que son consideradas lesivas para la imagen de un colectivo. Hay infinidad de ejemplos –de disciplinas y geografías variadas– que han sido polémicos en los medios durante la última década: la reedición de Las aventuras de Huckleberry Finn censurando la palabra “nigger” (New York Times, 6-1-2011), el boicot comercial a Scarlett Johansson por “apropiación cultural” al encarnar a una japonesa en el filme Ghost in the Shell (Variety, 31-3-2017), las críticas a Javier Marías por negar que Gloria Fuertes fuera una grandísima poeta (El País, 25-6-2017), la retirada del cuadro “Hylas y las ninfas” (Waterhouse, 1896) de la Manchester Art Gallery al calor del #MeToo (The Guardian, 31-1-2018) o el veto a Caperucita Roja en bibliotecas infantiles por considerarlo sexista (El País, 11-4-2019).

Es pertinente esta heterogénea digresión, puesto que el asunto de la reforma del curso de arte en Yale hay que enmarcarlo en un frame más amplio: las “políticas de la representación” propias de los estudios culturales, una de las metodologías más en boga en las humanidades universitarias. Este sintagma –“politics of representation” en inglés– hace referencia a que los modos de representar son, en sí mismo, un acto político y, por tanto, establecen una relación de poder. Intervenir en el lenguaje y en el discurso pueden contribuir a la transformación social; de ahí el acento que ponen las “políticas de representación” en el acto de visibilizar. La mirada al pasado se establece desde la mentalidad de hoy, de modo que, en caso de conflicto, en la jerarquía de valores la diversidad cotiza un escalón por encima de la excelencia. La iniciativa “Estudiantes de Reed contra el racismo” puede ayudar a ilustrar mejor esta idea de las políticas de la representación y su resuelta aplicación en la universidad.

Reed es un college (centros pequeños, que imparten grados universitarios centrados habitualmente en artes liberales) de la ciudad estadounidense de Portland. Lo ocurrido en sus aulas en otoño de 2017 se hizo viral. Un grupo de estudiantes se plantaban semanalmente delante del estrado, portando pancartas denunciatorias, durante las clases de la asignatura obligatoria “Humanidades 110”, una introducción al pensamiento occidental grecolatino. Según estos Reedies Against Racism, “la primera lección que los estudiantes de primer año deben aprender sobre Hum 110 es que perpetúa la supremacía blanca”, puesto que “traumatiza” y “oprime” a los estudiantes negros, que no se ven reflejados en los filósofos blancos que centran el currículum.


Académicos y estudiantes lidian batallas no sobre lo que es verdad, sino sobre lo que es útil o dañino para un grupo.


Estos alumnos de Reed, como explicaban en su propia web, encontraban inspiración en comentaristas de primera línea como Ta-Nehisi Coates, un periodista y escritor afroamericano –en cabeceras como The Atlantic– que trata habitualmente temas relacionados con el supremacismo blanco o la historia negra en Estados Unidos. En la web de Reedies Against Racism destacan un fragmento de las memorias de Coates, criticando la brutalidad policial: “Los destructores rara vez serán responsables. En su mayoría recibirán pensiones. Y la destrucción es simplemente la forma superlativa de un dominio cuyas prerrogativas incluyen cacheos, detenciones, palizas y humillaciones. Todo esto es común a los negros. Y todo esto es viejo para los negros. Nadie se hace responsable”. Otra de las referencias intelectuales de Reedies Against Racism es el filósofo de la educación Michael A. Peters. En un artículo académico de 2015 titulado “¿Por qué mi currículum es blanco?”, Peters achacaba la persistencia de filósofos y pensadores blancos al racismo sistémico e institucional que aún hoy dominaría los Estados Unidos. Peters ha acuñado el término “filosofía blanca”, que tiene “una aplicación especial a la filosofía estadounidense por su extraordinaria capacidad para ignorar cuestiones de raza y por su incapacidad para reconocer la centralidad del hecho empírico de la negrura y la blancura en la sociedad estadounidense y como parte del profundo inconsciente que estructura la política, la economía y la educación americana”.

Este diagnóstico es similar al que se despliega en otros ámbitos académicos, donde se argumenta que, además de la raza, el sexo, la orientación sexual, la clase social u otros atributos colectivos determinan ese “profundo inconsciente” que señala Peters. Siguiendo el silogismo de las políticas de representación, si los razonamientos culturales dominantes vienen viciados por una mirada y un canon que se ha configurado para perpetuar esos privilegios, la universidad –como espacio crítico– debe reconocer y combatir esos discursos establecidos, así como proponer una alternativa más justa y diversa.

Las críticas a las “políticas de representación”

Entre los detractores de esta tendencia a valorar la diversidad por encima de la excelencia destaca Heather Mac Donald. Es ensayista del Manhattan Institute for Policy Research y escribe tribunas en The Wall Street Journal y artículos analíticos en revistas de pensamiento como City Journal. Mac Donald publicó a finales de 2018 un volumen sobre el actual momento identitario: The Diversity Delusion: How Race and Gender Pandering Corrupt the University and Undermine Our Culture. Para ella, la academia y la pedagogía se están volviendo rehenes del perfil demográfico de los alumnos, lo que implica un ensimismamiento y, por consiguiente, un empobrecimiento intelectual. Mac Donald, antigua alumna del curso de Yale ahora en disputa, lamentaba en Quillette la politización e ideologización de toda manifestación artística: “Puede que la raza haya jugado un papel en algunas obras clásicas, como Otelo o El corazón de las tinieblas, pero no ha sido ‘central’ para toda la tradición occidental. Aquellos que buscan convertirla en central, lo hacen en busca del agravio político, no de la precisión académica”. Mac Donald también considera que las “políticas de la representación” –más allá de obviar la complejidad de la evolución humana y la multicausalidad de los fenómenos sociales–, asumen que la calidad de los sustitutos en el currículo será la misma que la de los clásicos. Es decir, que si los alumnos dejan de estudiar a Tiziano o Rubens –por poner dos ejemplos de grandes pintores que no solo son occidentales, sino cuyas pinturas (“El rapto de Europa”, “La Venus de Urbino”) podrían interpretarse hoy como polémicas–, los autores alternativos ostentarían una potencia estética similar en complejidad, belleza, emoción e influencia artística.

Precisamente la cultura académica del agravio que glosa Mac Donald está en la misma línea que la que denunciaron Helen Pluckrose (directora de la revista Areo Magazine), James Lindsay (Doctor en Matemáticas) y Peter Boghossian (Profesor de Filosofía) en el denominado “Grievance Studies Affair”. Javier Aranguren explicó el asunto en Nueva Revista, en febrero de 2019, traduciéndolo como “Estudios de Agravios Académicos”. Estos tres académicos querían demostrar cómo journals muy “prestigiosos” publican artículos que partan de y confirmen determinadas tendencias ideológicas, sustituyendo la búsqueda de la verdad, los datos y los razonamientos lógicos, por muy incómodos que resulten, por una corrección política y una justicia social donde la diversidad juega un papel clave. En octubre de 2018 se destapó cómo habían publicado siete artículos en revistas académicas potentes, siguiendo la “jerga posmoderna” en cuestiones de género, raza y sexualidad. Eran todos papers inventados, con planteamientos como que los parques para perros en Portland “son espacios donde la violación a las perras está consentida” o una reescritura feminista del Mein Kampf de Hitler. Siguiendo esta misma línea, los dos primeros –Pluckrose y Lindsay– publicarán el próximo verano un ensayo que abunda en su resistencia frente a lo que catalogan de “creencias anti-ilustradas” predominantes en la universidad: Cynical Theories: How Activist Scholarship Made Everything about Race, Gender, and Identity―and Why This Harms Everybody. En su libro Pluckrose y Lindsay documentan la evolución de lo que califican como un “dogma”. Rastrean “sus toscos orígenes” en los posmodernistas franceses y culminan en “su refinamiento dentro de los campos académicos activistas”. Como advierten Pluckrose y Lindsay, “la proliferación incontrolada de estas creencias contra la Ilustración presenta una amenaza no solo para la democracia liberal sino también para la modernidad misma. Solo a través de una comprensión adecuada de la evolución de estas ideas, aquellos que valoran la ciencia, la razón y la ética liberal de forma constante” podrán enfrentarse “con éxito esta ortodoxia peligrosa y autoritaria”.

Cara y cruz del activismo académico

Hay decenas de ejemplos similares a Reed en las universidades americanas, tantos que hasta se puede regresar a Yale para cerrar el círculo. En 2016 los estudiantes elevaron una petición para “descolonizar” el currículum de Literatura Inglesa. El blanco de las críticas era, de nuevo, una materia obligatoria: “Grandes Poetas Ingleses”. Dividido en dos semestres y calificado por la propia web del departamento como “quizá el elemento más distintivo de la carrera de Literatura Inglesa en Yale”, los alumnos estudiaban en profundidad la lírica de Geoffrey Chaucer, Edmund Spenser, William Shakespeare, John Donne, John Milton, Alexander Pope, William Wordsworth y T.S. Eliot. De nuevo, el Yale Daily News recogía el sintomático sentir de una alumna: “En mis cuatro años como estudiante de inglés, principalmente, hombres blancos y viejos me han enseñado sobre la violación, la violencia, la muerte, el colonialismo, el genocidio, y muchos de mis profesores me han dicho una y otra vez que estos males eran necesarios o incluso los han relacionado con el enriquecimiento espiritual. Ha sido horripilante”. A ese sufrimiento personal, íntimo, había que añadirle las quejas académicas de los alumnos por tener que estudiar tantos autores masculinos y occidentales que les evitaba estar correctamente preparados para cursos superiores donde se reflexionaba sobre la relación que la literatura ostenta con el género, la etnicidad o la raza.

La demanda de los alumnos al Departamento de Inglés para transformar el contenido de las asignaturas se inscribía en la corriente académica activista que denuncian Pluckrose y Lindsay: “Una educación del siglo XXI –rezaba el escrito de los estudiantes que querían enmendar la asignatura ‘Grandes poetas ingleses’– es una educación diversa: hoy le escribimos [a los responsables del Departamento de Inglés] inspirados por el activismo estudiantil en toda la universidad y para asegurarnos de que sepa que el Departamento de Inglés no es inmune a la llamada colectiva a la acción”.

Esta invocación al activismo es lo que preocupa a muchos analistas, que ven estos recurrentes episodios revisionistas como una estrategia que, emboscada en nobles sentimientos, aspira a ejercer una labor de control académico y, a la postre, social. Así lo argumentaba Michael Poliakoff en la revista Forbes, a raíz del caso de Yale: “Se ha convertido en un feo ‘ellos y nosotros’ en los campus. Si uno cree que estudiar las fuerzas que dieron forma a las teorías modernas del gobierno, la ciencia y la estética debería ser una prioridad para nosotros, que heredamos este legado, incluso podría ser acusado con las etiquetas reflexivas y quiebra-carreras que acaban en ‘-ista’: racista, clasista sexista. Y más”. Poliakoff es el presidente de ACTA, una organización independiente que promueve la “libertad académica, la excelencia y la responsabilidad” en los campus americanos. La preocupación de Poliakoff sigue la senda que ya hace años describía Roger Kimball en un artículo sonoramente titulado “La violación de los maestros” (New Criterion, 2003): “La Historia del Arte se ve obligada a ir a la batalla: una batalla contra el racismo, por ejemplo, o la difícil situación de las mujeres o en nombre de la justicia social. Lo que sea. El resultado es que el arte se convierte en un complemento de una agenda [ideológica]: una coartada para… puede completar el espacio en blanco consultando la lista de causas de moda de esta semana”. También Christine Rosen, en Commentary, apuntaba en la misma dirección. Para ella, lo ocurrido en Yale el pasado enero “es parte de una misión ideológica más amplia que se ha perseguido durante mucho tiempo en las humanidades para purgar el plan de estudios de los cursos más tradicionales y reemplazarlos por otros que vean el estudio del pasado como una lucha de poder con villanos y víctimas claras”.

 Elegir entre verdad y justicia social

La cuestión de si lo ideológico se encuentra por encima de lo pedagógico en las universidades actuales es un asunto que, lejos de estar clausurado, permanece abierto a la discusión intelectual que recorre el mundo universitario, en especial en las Humanidades y las Ciencias Sociales. En una célebre charla sobre cuál era la finalidad de la Universidad, el psicólogo social Jonathan Haidt –impulsor de Heterodox Academy, una asociación de profesores que promueve la diversidad política e ideológica en los campus– afirmaba que la institución se enfrenta a un dilema existencial: escoger entre la verdad y la justicia social. “Creo que nuestro telos, como lo expresó Aristóteles, debería ser la búsqueda de la verdad”. Según Haidt, las políticas identitarias están apartando ciertas áreas académicas del estudio de la verdad para convertirlas en formas de activismo: si académicos y estudiantes lidian batallas no “sobre lo que es verdad, sino sobre lo que es útil o dañino para un grupo, eso supone una violación directa de nuestro telos como académicos”. ¿Cuál es el telos de lo ocurrido en Yale con su curso de Historia del Arte? Dependiendo de la respuesta, podremos darle la razón al novelista francés André Malraux cuando afirmó que “la civilización occidental ha comenzado a dudar de sus propias credenciales”. O quitársela.

La novela «Una isla en el mar rojo» como metáfora del confinamiento

La novela de Wenceslao Fernández Flórez (1886-1964) Una isla en el mar rojo se desarrolla en el Madrid de la guerra civil y retrata los confinamientos en las embajadas de la capital de España. Se parece en ese sentido a la célebre Madrid, de corte a checa, de Augustín de Foxá (1903-1959), y a la menos famosa El otro mundo, de Jacinto Miquelarena (1891-1962).

En el preámbulo a Una isla en el mar rojo, que firma en Cecebre (La Coruña), en enero de 1939, Fernández Flórez afirma que no sabe calificar este libro suyo. «No son ensueños los que traje al papel, sino un ancho brazado de recuerdos atroces, que segué ampliamente en mi alma, para lección de los que no saben, y también con la esperanza absurda de que no retoñen a ella» (Wenceslao Fernández Flórez, Una isla en el mar rojo, preámbulo, en: Obras Completas, tomo IV, Aguilar, Madrid, 1950, p. 553). Hay un «hilo irreal, con que van unidos todos los sucesos, y una armadura artificiosa para soportalo… al escribir estas páginas inventé hombres y trances, pero no dolores» (Ibid. p. 553).

El mundo de Wenceslao Fernández Flórez se mueve «entre el humorismo (fondo amargo, con apariencia jocosa) y la ironía (apariencia fina y suave con fondo inquietante y trascendental). De aquí, que con su apariencia conservadora haya mucho de literalmente demoledor en la obra de este interesante y ameno novelista» (Ángel Valbuena Prat, Historia de la literatura española, tomo III, editorial Gustavo Gili, Barcelona, 1968, p. 559). Sellés de Toledo caracterizó a Fernández Flórez como «el sutilizador del pesimismo» (Ibid., p. 559).

José-Carlos Mainer afirma que Una isla en el mar rojo manifiesta «el violento rencor con el que Fernández Flórez emergió de la guerra civil, tras haber pasado sus primeros meses en la embajada holandesa como asilado y haber sido evacuado, por el puerto de Valencia, en 1937» (José-Carlos Mainer, «Introducción» a El bosque animado (otra novela de Wenceslao Fernández Flórez), Espasa Calpe (colección Austral), 2005, p. 10).

Hasta aquí las claves para contextualizar Una isla en el mar rojo.

Este artículo pretende mantenerse completamente al margen de polémicas sobre la guerra civil. Aspira solo a señalar ciertos paralelismos entre el relato evidentemente autobiográfico de Wenceslao Fernández Flórez en Una isla en el mar rojo, y lo que se experimenta en España ahora, en esta época de confinamiento por el coronavirus. Para ello, extracto a continuación citas literales de Una isla en el mar rojo, a las que rotulo con titulares de nuestros días.

Madrid ahora y hace un año

«Las sombras habían recluido a la gente, y el barrio de Salamanca ofrecía ese aspecto que antes debían de presentar las ciudades aterradas por una peste» (p. 601).

Palacio de Hielo

«Había visto una de las fotografías de cadáveres que los juzgados enviaban al fiscal. Eran centenares» (p. 603).

«Vimos marchar el coche fúnebre por las rendijas de las persianas. Lloret comentó: —Esa es la más probable manera de salir para todos…» (p. 741).

«Todos sufrimos en este largo encierro, que no sabemos si desembarcará en la muerte» (p. 745).

Los peligros del estado de alarma

«Saber que la ley murió es el espanto más grande que puede sufrir un hombre» (p. 590).

Lo mejor y lo peor

«La riqueza de bien y de mal que guardan los espíritus se desparrama ahora en medio de la calle, y es un espectáculo que apasiona. Por supuesto, mucho más mal que bien» (p. 706).

«Los hombres aprendíamos en aquel redil de desgracias que la mayor riqueza del hombre es la bondad» (p. 718).

«En la Humanidad, lo normal es la violencia, la destrucción, los choques rencorosos. Por una razón religiosa, o social, o económica, se batalla siempre» (p. 569).

«Hay muchos grados en el terror, como hay muchos grados en el amor o en la alegría» (p. 598).

«Porque el hombre es malo, y en serlo se encuentra tan a gusto como el guerrero que para descansar se libra de la coraza» (p. 636).

Segundas residencias

«¿Cómo no advertían mi aflicción, mi miedo animal a la muerte? ¿Era entonces necesario abandonar aquel asilo donde me sentía tan amparado, y marchar?» (p. 604).

Informativos

«Hay que decir que, como todo en la capital de España, los periódicos habían cambiado bruscamente» (p. 609).

«Nunca se mostró tan solemnemente la importancia de la radio. Hinchado, catarroso, con una débil claridad en su panza graduada, el aparato se dejaba registrar por nosotros sobre una mesita que era como un altar de ídolo» (p. 651).

«¡Oh Radio Club Portugués, cuánto aliento debo a tus exageraciones, a tus optimismos, a tus fervorosas noticias de aquel tiempo, en que nos cercaba la muerte y no sabíamos lo que pasa un poco más allá de las paredes de nuestro escondite!» (p. 652).

«Habían logrado infiltrar el recelo hasta en las sencillas personas de bien, con las mentiras de sus discursos, de sus radios, de sus periódicos» (p. 812).

Es solo una gripe

«¡Qué extraña, qué súbita e increíble catástrofe! Apenas unos cuantos días antes, muchos seres que creían haber conseguido algo en la vida… ¿Dónde estaban ahora?» (p. 615).

Solidaridad económica

«No, no es que odiasen al rico por sus riquezas, sino porque le querían sustituir. Al fin y al cabo, un ladrón no es más que un aspirante a burgués que se impacienta» (p. 638).

Residencias de ancianos y la falta de respiradores

«Ciertamente, todos son casos particulares. Pero ¿es que la Humanidad conoce otra manera de sufrir? (p. 640).

«Luego…, luego se piensa que hay muchas personas, muchísimas personas que…, a la postre…, llevan una vida tan insignificante o tan estúpida, que… tanto da que la pierdan o no…» (p. 705).

Hospitales públicos colapsados y sanidad privada infrautilizada

«Bajo la costra dorada de la gratitud surgieron los gusanos del odio; se comprobó cómo el hombre, que puede acaso ser capaz de olvidar una ofensa, se resiste a perdonar un favor» (p. 642).

Mascarillas y tests… que nunca llegan

«¿Viene ya por ahí la Solidaridad Humana? ¿Se ve en la lejanía la polvareda de sus fuertes pasos precipitados» (p. 667).

«La Solidaridad Humana es la más trivial de las mentiras» (p. 670).

Apuestas y consumo online en confinamiento

«Landa tenía la dicha de amar tan apasionadamente el juego, que se abstraía en él de todo lo circundante» (p. 688).

Insomnio, ansiedad y sufrimiento

«Cansado de asiento, el cuerpo repugnaba el nuevo reposo [irse a dormir] que se le ofrecía» (p. 691).

«Noches largas, tristes, en que cada cual quedaba a solas con su propia amargura, y su propia miseria, y su propia inquietud» (p. 698).

«Después de un día en que hasta creíamos haber reforzado nuestro optimismo…, nos abatía bruscamente un desaliento negro, cerrado, que parecía definitivo y dispuesto a no abandonarnos jamás» (p. 762).

Falta de intimidad

«Éramos ya catorce los refugiados que hacíamos alcoba de aquella estancia, en una completa promiscuidad social» (p. 695).

Buen humor e Instagram

«Tenía el don infrecuente de conservar el buen humor entre tanta amargura» (p. 721).

«Cuidaba el bigote quien nunca lo había tenido, y se lo afeitaba el que había entrado con él. Puerilidades del ocio; pero quizá también un subconsciente deseo de desfigurarse» (p. 737).

Saltarse el confinamiento

«No estoy aquí ni un momento más. No puedo. He llegado al máximo de lo que soy capaz de resistir» (p. 741).

Papel higiénico y levadura

«Las más necesitadas acudían ya poco después de medianoche [a la tienda de víveres]… Después de estas terribles noches podía ocurrir que volviesen a sus hogares sin haber conseguido alcanzar ni un puñadito de garbanzos» (p. 749).

Desescalada

«Hasta el fin. ¿Cuál sería el fin? Súbitamente lo veíamos ahora lejano y terrible… en aquel hacinamiento arbitrario … de días largos como lustros, de meses largos como siglos» (789).

El mundo tras el coronavirus

«Vivimos en el punto central de un formidable acontecimiento histórico, y no lo conocemos» (p. 791).

«Ahora sé bien que en mis mejores épocas, en las que me creí más feliz, no fui sino un hombre que ignoraba su desventura» (p 833).

«Quería recordar alguno de mis antiguos motivos de queja contra el Destino, y se me antojaban triviales y sin valor» (p. 626).

Diez recomendaciones de Nueva Revista para el confinamiento

1. El diario de la felicidad

Uno de los libros más originales de lo que podríamos llamar literaturas del confinamiento. El rumano Nicolae Steinhardt (1912-1989) narra su azarosa existencia, primero en las cárceles del régimen parafascista de Antonescu y luego en las comunistas y llega a la conclusión de que pérdida de libertad y felicidad no tienen por qué contraponerse.

Como señala Enrique García-Máiquez “el título, sin embargo, no es ironía: la felicidad es real”. Steinhardt explica: “entré en la cárcel ciego y salgo con los ojos abiertos (…) salgo reconciliado: con aquellos a los que he hecho mal, con los amigos y los enemigos, incluso conmigo mismo”.

Nicolae Steinhardt. El diario de la felicidad. Sígueme, 640 páginas.

2. El buen entretenimiento

El surcoreano afincado en Alemania Byung-Chul Han, profesor de la Universidad de las Artes de Berlín, es uno de los más influyentes pensadores de la modernidad en Europa. Con obras como La sociedad del cansancio, La agonía del eros o Topología de la violencia, Buyng pone en cuestión el consumo, la publicidad o el nihilismo de la sociedad contemporánea. 

Uno de sus ensayos más originales es El buen entretenimiento, una crítica a lo que él llama la “ludificación” de la vida contemporánea. La ubicuidad omnipresente de la cultura del entretenimiento convierte a todo en algo banal, de suerte que “la propia realidad se presenta como un peculiar efecto del entretenimiento”.

Byung-Chul Han: Buen entretenimiento. Una deconstrucción de la historia occidental de la Pasión. Herder, 162 páginas.

3. 1984, de George Orwell

Nada mejor en la época de las fakenews que leer al británico George Orwell (1903-1950), que en su crítica al estalinismo subrayó la manipulación del lenguaje como herramienta totalitaria.

Su novela 1984 describe la evolución de un estado que controla con todos los mecanismos posibles a la población. Se vale para ello del Ministerio de la Verdad y del Gran Hermano. Como apunta Adolfo Torrecilla, “es muy eficaz la imagen de ese Gran Hermano que todo lo ve y todo lo controla, incluso los más ocultos pensamientos; y que convierte al individuo en una pieza metálica del engranaje político-social”.

George Orwell. 1984. Debolsillo, 352 páginas.

4. Se llamaba Carolina

El recientemente desaparecido José Jiménez Lozano (1930-2020), poeta, ensayista, periodista, novelista, es una de las voces más singulares de las letras castellanas. Premio Cervantes, es autor de novelas como Sara de Ur, Ronda de noche, La boda de Ángela o Maestro Huidobro

Una de las últimas fue Se llamaba Carolina, sobre la representación del «Hamlet» shakespeariano por artistas ambulantes y gentes de la Castilla profunda en la postguerra. Centrada en el personaje de la maestra, Carolina Donat, que el autor describe con una prosa fluida,  con una mezcla de ternura y humor. 

José Jiménez Lozano. Se llamaba Carolina. 240 páginas.

5. El infinito en un junco

Doctora en Filología clásica, ensayista y novelista, Irene Vallejo ha puesto de moda el mundo de Grecia y Roma, al mostrar la profunda conexión cultural y humana que tiene con la vida contemporánea. Lo ha hecho en sus columnas divulgativas de Heraldo de Aragón y El País. Y con su ensayo El infinito en junco, sobre la invención del libro en la Antigüedad.

Número en las listas de los más vendidos, El infinito en un junco no sólo es un recorrido deslumbrante por la biblioteca de Alejandría, los poemas de Safo, o la subversión amatoria de Ovidio, sino también una reivindicación de los clásicos y una apasionada declaración de amor a la lectura, como glosa Emilio del Río.

Irene Vallejo. El infinito en un junco. Siruela, 452  páginas.

6. La filosofía se ha vuelto loca

Filósofo y especialista en Historia de la Ciencia, Jean-François Braunstein, profesor de la Universidad de París pone frente a sus contradicciones a algunos de los pensadores de moda en los campus de EE.UU. y Europa, como John Money, Anne Fausto-Sterling, Judith Butler o Peter Singer. Lo hace desmontando sus teorías cuyo común denominador no es otro que el rechazo a la realidad. 

La filosofía se ha vuelto loca ha sido destacada en El País por Fernando Savater porque explora tres corrientes del pensamiento actual “peligrosamente populares: los delirios sobre el género, el animalismo y la eutanasia».

Jean-François Braunstein. La filosofía se ha vuelto loca. Ariel, 312 páginas. 

7. La forja de un rebelde

Si Agustín de Foxá convirtió en materia literaria la Guerra Civil, desde la perspectiva de la derecha, Manuel Chaves Nogales o Arturo Barea hicieron lo propio desde la óptica de la izquierda. En el caso de Barea (1897-1957), con una trilogía que se publicó inicialmente en su exilio en Inglaterra y en el que narra sus vivencias en el Madrid de principios de siglo, la Guerra de Marruecos y la contienda civil de 1936.

Cátedra edita ahora la trilogía (compuesta por La forja, La ruta y La llama), que constituye un documento de la España de las primeras tres décadas del siglo XX, y “una verdadera obra maestra de la narrativa y de la literatura” como señala Juan Marqués. 

Arturo Barea. La forja de un rebelde. Cátedra, 1344 páginas.

8. La escuela del mundo

Informático y matemático, Salman Khan (Nueva Orleans, 1976) comenzó su aventura educativa con una sola alumna, una prima suya a la que preparó unas clases online para que pudiera  entender la conversión de unidades. Aquel fue el germen de unos vídeos en YouTube y de la creación en 2006 de la Academia Khan en la que millares de estudiantes, profesores y padres de todo el mundo manejan los materiales y el software gratuitos de la plataforma.

En La escuela del mundo, Khan, Premio Princesa de Asturias de Cooperación, explica su revolución educativa, cuyo objetivo esencial es la comprensión profunda de las cosas y no la preparación para los exámenes. Como subraya Rafael Puyol, la escuela interconectada de Salman Khan promueve la creatividad, mediante el uso de la tecnología, y prima la motivación personal del alumno, de suerte que el fracaso se convierta en oportunidad de aprendizaje y no en una vergüenza.

Salman Khan. La escuela del mundo. Ariel, 248 páginas.

9 y 10. Lecciones de los maestros y El silencio de los libros

Uno de las cosas que seducen de los libros de George Steiner (1929-2020) es “su inteligencia deslumbrante” señala José Luis García Barrientos. El profesor, traductor y ensayista, uno de los grandes intelectuales de las últimas décadas,  deja una obra de gran calidad, con libros como Tolstoi y Dostoyevski, Nostalgia de lo absoluto, Gramáticas de la creación o su autobiografía Errata.

Recomendamos no uno, sino dos libros de George Steiner. El primero es Lecciones de los maestros, en la que el autor pasa revista a grandes de todos los tiempos desde Sócrates a Heidegger, pasando por Dante, Shakespeare, Goethe, o San Agustín.

George Steiner. Lecciones de los maestros. Siruela, 192 páginas.

El segundo es un breve ensayo sobre el papel del libro y la literatura, El silencio de los libros, que Siruela publicó junto con otra obra de Michel Crépu, Ese vicio todavía impune. Se trata de una reflexión en torno a la significación presente de la herencia cultural del libro, confrontado ahora con la galaxia de internet.  “Estoy convencido -apunta Miguel Ángel Garrido Gallardo– de que el libro (ni la literatura) va a morir. Sin embargo, la lectura del ensayo de Steiner, declamatorio y excesivo, merece la pena: supone un inmenso repositorio de preguntas por meditar”.

George Steiner. El silencio de los libros. (Seguido de Michel Crépu. Ese vicio todavía impune) Siruela, 84 páginas.

“La luz que se apaga” y «Nostalgia del soberano»: la encrucijada de Occidente

En La luz que se apaga, dos politólogos de renombre mundial, el búlgaro Ivan Krastev (1965) y el estadounidense Stephen Holmes (1948) aplican las ideas sobre los conflictos miméticos del antropólogo René Girard a analizar el apogeo y la decadencia de las democracias liberales tras la caída del Muro. Los diversos países no occidentales procedieron a imitar, con más o menos honestidad, el modelo occidental; pero pronto hasta los más convencidos (los países del Este de Europa) se desengañaron del sistema idealizado y han acabado abrigando cierto resentimiento orgulloso. La imitación de Rusia fue, ab initio, más taimada, casi un contraataque; la de China, apenas de las apariencias.

La luz que se apaga (Debate), 352 págs.

En La nostalgia del soberano, el profesor de Ciencia Política Manuel Arias Maldonado (Málaga, 1975), ensayista de fecunda trayectoria, hace un estudio del concepto de soberanía con gran perspectiva histórica hasta llegar a nuestro tiempo. Ahora la soberanía ha vuelto a ser un eje explícito (implícito lo ha sido siempre) de los discursos y las estrategias políticas.

Krastev ha urgido: «Sólo el espíritu crítico puede salvar a la democracia»

El común denominador es que, desde sendas posturas críticas con los populismos y los nacionalismos, ambos libros los estudian con seriedad intelectual, sopesando causas y razones. Se advierte, por tanto, un decidido abandono del desdén sistemático y táctico a los populismos de derechas, tal y como denunciaba el geógrafo francés Christophe Guilluy en su ensayo No society. Tanto Arias Maldonado como Krastev y Holmes adoptan una crítica muy sosegada, aunque profunda. Es una actitud consciente tal y como Krastev ha urgido: «Sólo el espíritu crítico puede salvar a la democracia».

Con la crisis del coronavirus parecería que todo eso ha pasado a un segundo plano; pero, como si fuera un premio a la probidad intelectual, el brutal estallido no ha disipado el valor de estos libros. Al contrario: su lectura ayuda a mirar más allá de las noticias actuales y a saltar al futuro, en buena medida porque cogieron carrerilla en el pasado.

Krastev y Holmes nos ayudan a entender hasta qué extremos la crisis actual puede implicar el apagamiento de la luz de Occidente y el encendido fulguroso de Oriente. ¿Cuántos análisis y cuántas voces no defienden la gestión de China y, sobre todo, la de Corea del Sur? Y si no las defienden, se las envidia o se las teme, y siempre se pone en ellas el foco de estudio. Son el referente. Véase el elogio que publicó Byung-Chul Han en El País o la resistencia numantina de Suecia a ceder al modelo imitativo.

El coronavirus ha acelerado el proceso de declive occidental en la pendiente que La luz que se apaga había previsto: con «la inminencia de un futuro chinocéntrico». Los autores diagnosticaron la «inversión de la ejemplaridad» que estaba padeciendo Europa y que parece haber completado estos días su vertiginosa vuelta de campana. ¿Es Corea del Sur la luz que se enciende? Krastev y Holmes dejaban una puerta entreabierta que ahora se abre de golpe, pues de cómo los países occidentales gestionen el nuevo magnetismo imitativo dependerá que esta nueva fase «traiga tragedia o esperanza».

Deviene imprescindible, por tanto, la advertencia de La luz que se apaga contra la imitación de procedimientos y mecanismos extraños a la propia cultura política. En consonancia con el pensamiento de Girard, se constata que la imitación provoca ineficacia, conflicto, frustración y, finalmente, resentimiento. Occidente tiene que encontrar su camino de gestión eficaz, de acuerdo con sus raíces culturales y sociales.

 

Nostalgia del soberano (La catarata), 192 págs.

Las tesis de Arias Maldonado vienen a confluir en la misma idea. Las democracias occidentales necesitan armarse de eficacia en su gestión para defender esos principios suyos que están por encima de la nuda eficacia, pero que se sustentan en ella. Han pasado los tiempos de vagas promesas de futuro y de discursos elevados incapaces de compaginarse con los mínimos resultados exigibles. Nuestras democracias deben solucionar sus carencias de gestión sin dejar de ser «nuestras» y «democracias», esto es, sin ceder a la cíclica tentación de una soberanía sin limitaciones liberales.

La defensa de Arias Maldonado de los viejos contrapesos políticos resulta más actual y urgente que nunca

Arias vio el peligro en la nostalgia de un pasado idealizado o de un poder legitimado por un apoyo popular directo. Las nuevas crisis (sanitarias, económicas, políticas) de un mundo cada vez más convulso e inestable, nos plantan ante una súbita hipertrofia de la tentación soberanista basada en criterios técnicos antiliberales, de nuevo, con la ejecutoria de las sociedades asiáticas de referencia. La defensa de Arias Maldonado de los viejos contrapesos políticos resulta más actual y urgente que nunca. Por ejemplo, recuerda que ya el Leviatán de Hobbes extiende su poder también sobre las opiniones, imponiendo una verdad oficial que busca acabar con la cacofonía hacia la que se desliza cualquier sociedad humana; y es, exactamente, a esa lucha enconada por el dominio de la opinión a la que estamos asistiendo hoy en España. Nostalgia del soberano nos advierte contra «la paradoja de un mundo cada vez más complejo con interpretaciones cada vez más simples». La actualidad nos ha sumido en un ámbito aún más complejo con interpretaciones todavía más simples.

Ambos libros podían haber sido sobrepasados por unos acontecimientos inesperados y gravísimos. No ha sido así gracias a la honestidad y profundidad de su factura intelectual. Leyéndolos se entiende mejor nuestra encrucijada y nuestras posibilidades de salir del laberinto. Occidente será el ámbito de los derechos públicos y privados o no será (Occidente).

¿Un impuesto especial a los más ricos por la crisis económica del coronavirus?

Attac, un movimiento internacional de carácter socioeconómico nacido en Austria, que aspira a la formación de una «economía democrática y social», exige una tasa especial a los más ricos para financiar el coste de la crisis por el coronavirus. En concreto propone que patrimonios de 5 millones de euros tributen con una contribución única del 10 por ciento; los de 100 millones de euros con un 30 por ciento y los de mil millones para arriba con una del 60 por ciento. En total, estima Attac, se podrían ingresar entre setenta y ochenta mil millones de euros solo en Austria procedentes en más de un tercio de los multimillonarios. La propuesta de Attac cuenta con el apoyo de diversos economistas. El comunicado oficial se encuentra aquí: Propuesta de Attac para la compensación de cargas por parte de los más ricos.

Attac comenta que su documento puede sonar radical en determinados ámbitos, pero que hay precedentes, por ejemplo, la ley de 1952 de compensación de cargas en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial (Lastenausgleichsgesetz).

Esa norma, entre otras medidas, imponía el pago de una tarifa especial a las mayores fortunas alemanas a fecha de 21 de junio de 1948. El gravamen era del 50 por ciento sobre el patrimonio. Se transfería a un fondo de compensación en hasta 120 cuotas trimestrales, es decir, repartidas en 30 años. Para este propósito, se introdujo un impuesto especial a la propiedad, a las ganancias hipotecarias y a las ganancias por créditos. Como la distribución era por 30 años, la carga real fue del 1,67 por ciento anual; suponía un monto al que los más ricos hacían frente sin que disminuyera la sustancia de su patrimonio.

Ante la iniciativa de Attac, el profesor Martin Rhonheimer, presidente de Instituto Austriaco para Economía y Filosofía Social, con sede también en Viena, comenta que una propuesta como esa, en nombre de la justicia social, «aun cuando aparentemente es ética y atractiva, en realidad nos lleva por un camino completamente equivocado». Y lo justifica con un doble argumento.

Por una parte Attac recurre al precedente del impuesto sobre el patrimonio en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. «Pero he aquí la diferencia fundamental del caso alemán respecto de la propuesta de Attac: no se intentaba sangrar el patrimonio de los alemanes, disminuirlo para distribuirlo, no se dañaba la sustancia del patrimonio». Se actuaba así porque los gobernantes en Alemania sabían que «era importante conservar precisamente esos patrimonios: para el progreso económico y tecnológico, para la creación de puestos de trabajo, para la subida real de los salarios, para el bienestar general. Esto es lo que no se ve por parte de Attac y de otros».

Además, tras la Segunda Guerra Mundial la situación no era como en estos momentos. «Tras la guerra, Alemania estaba arruinada por completo, la infraestructura se encontraba destruida, la población, en su inmensa mayoría, había perdido casas, instalaciones, equipos…, todo estaba por los suelos, perdido, lo que hoy no es el caso». El coronavirus no ha arrasado de la misma manera. «El frenazo económico que vivimos es una consecuencia de la imposión legal por razones de política sanitaria». Las medidas para impulsar el ritmo normal de la economía deben justificarse de forma diferente a las que se adoptaron tras la guerra. «Y es otra razón por la cual no tiene sentido apelar a ese precedente de la Segunda Guerra Mundial».

En segundo lugar, el profesor Rhonheimer advierte: «El socialismo [real] conduce a la igualdad, es verdad, pero a la misma pobreza para todos. La historia nos lo ha demostrado. Estoy convencido de que esas grandes fortunas, justo porque crean puestos de trabajo, porque producen innovación y progreso tecnológico, porque consiguen que tengamos y mantengamos nuestro nivel de vida, justo por todo eso son importantes, y también para los pobres en nuestra sociedad, para aquellos a los que no les va tan bien».

[Attac ha lanzado además un manifiesto llamado «La crisis del coronavirus: la red europea de Attac concreta 21 propuestas» (Corona-Krise: Europäisches Attac-Netzwerk legt 21 Vorschläge vor), firmada por las filiales de Alemania, Austria, Francia, España, Italia, Bélgica, Gran Bretaña y Hungría, en el que propone también medidas como la ocupación de las viviendas vacías, la prohibición de los dividendos y que los bancos centrales presten directamente a los gobiernos locales a un interés cero o muy próximo a cero, entre otras].