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Alfonso Galdón: «El PIN parental ha de pedirse solo para charlas que puedan suponer adoctrinamiento»

Aunque el momento de mayor impacto mediático del debate en torno al PIN parental ha sido el final de 2019 y, especialmente, el principio de 2020, la iniciativa que demanda la autorización paterna para charlas de contenido moral que se realicen en los centros educativos (el denominado PIN parental) surgió bastante antes, en 2018. En aquel momento, el Foro de la Familia de la Región de Murcia, cuyo presidente era Alfonso Galdón, instó a la Consejería de Educación a pedir la aprobación de los padres en este tipo de charlas. Alfonso Galdón es profesor de la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM) y delegado del Foro Español de Política Familiar y Social en la Región de Murcia. Explica su iniciativa con detalle en esta entrevista.

–¿Cuál es su implicación en la implantación del PIN parental?

–En el año 2018, y siendo presidente del Foro de la Familia en la Región de Murcia, conseguimos paralizar las charlas de educación sexual que la Consejería de Educación estaba dando en los colegios a través de convenios con asociaciones LGTBI, que además de dar una información sesgada de la sexualidad y no contar con el consentimiento de los padres, estaba alarmando a una parte importante del alumnado y de los padres. Llegamos a un acuerdo con la consejería de que esas charlas no se podrían dar sin el consentimiento informado a los padres, lo que más tarde se ha bautizado como PIN parental.

–¿Esperaba la gran reacción social y mediática que se ha generado?

–En su momento en la Región de Murcia tuvo un gran impacto. Por primera vez, la sociedad civil paralizaba una acción gubernamental, y con solo una nota de prensa. Advertíamos a la consejería de ir a los tribunales de justicia si no se cumplía con el artículo 27 de la Constitución Española. Además se estaba vulnerando, claramente, la neutralidad ideológica que debe mantener el Estado.

–Y, actualmente, ¿qué implicación tiene en el debate que se ha generado?

–Actualmente soy el delegado en la Región de Murcia del Foro Español de Política Familiar y Social, un foro creado desde la UCAM y con el respaldo del Papa Francisco, que busca defender la vida, la familia, la educación en libertad, verdaderas políticas sociales a la luz del Evangelio.

–Algunos defienden no hay apenas denuncias de adoctrinamiento y que esta medida es solo una herramienta populista que crea un problema donde no lo hay.

–Que no haya denuncias, porque los padres tienen miedo de que los señalen, no es motivo para que se siga adoctrinando en una antropología que va contra las creencias de millones de padres. En las redes hay cientos de ejemplos de charlas que se han grabado de forma oculta y que ponen los pelos de punta a más de uno.

–Como docente, ¿no cree que pueda concebirse que el PIN parental pone en duda su profesionalidad o la de sus colegas de profesión?

–En absoluto. Lo que ocurre es que el PIN en la Región de Murcia se hizo, por torpeza, para todas las actividades, cuando debería haberse pedido, única y exclusivamente, para charlas que puedan suponer adoctrinamiento, como las de sexualidad, por ejemplo.

–¿No debe basarse la educación en la confianza?

–Una cosa es la confianza en la profesionalidad de los docentes y otra que dejemos que su educación moral la decidan fuera de nuestras casas.

–Algunos docentes denuncian que es una injerencia, que no les deja hacer su trabajo y que les resta autoridad en el aula, cuando precisamente más hace falta el apoyo de las familias.

–Que yo sepa, a ningún profesor de matemáticas se le dice cómo tiene que enseñar a restar o multiplicar a nuestros hijos. Lo único que se les pide es que las cuestiones que afecten a lo privado, a lo moral, las pongan en nuestro conocimiento.

–Hace tiempo que los profesores se quejan de que los alumnos vienen peor educados de casa y que delegan la formación en civismo y en respeto a los demás en los colegios. ¿No justifica eso que se impartan charlas sobre el tema?

–Vivimos en una sociedad que marcha más rápido de lo que todos deseamos. Vamos siempre faltos de tiempo y nuestros hijos sufren las consecuencias. No hay políticas familiares de conciliación y eso impide a una gran mayoría de padres poder estar tiempo con sus hijos. Veo muy bien que visibilicen problemas sociales pero nunca debe ser la excusa para enseñar modos de vida que los padres no hemos autorizado.

–¿No debería acotarse el alcance del PIN parental? Se ha denunciado que para asistir a charlas sobre el respeto a la naturaleza o la necesidad de cuidar el medio ambiente, deben pasar a veces ese filtro y pueden desembocar en que algunos alumnos no las reciban.

–Es lo que antes le decía, la generalización a todo tipo de actividades ha sido una torpeza.

–El argumento de la libertad de cátedra se ha esgrimido, por ejemplo, cuando el intento de vetar a John Finnis, profesor católico de la Universidad de Oxford, por declarar en sus estudios que las relaciones homosexuales eran inmorales. ¿No resulta contradictorio?

–El mundo universitario es muy distinto al de las escuelas. Para empezar, los alumnos de la universidad son mayores de edad y se les presupone un juicio que en edades más tempranas se está formando. Por tanto, la libertad de cátedra para enseñar matemáticas está muy clara, pero no así para enseñar y formar en otros estilos de vida que puedan chocar con los de sus familias.

–El Gobierno asegura que los contenidos respetan siempre la ley y que se proponen ideas que cuentan con el consenso científico y social.

–A día de hoy, lo que sí está claro es que hay dos sexos, varón y mujer. No existe consenso científico en esto del género (que, por cierto, género tienen las palabras pero no las personas). Lo que sí hay detrás es una auténtica revolución cultural.

–¿Qué pasa si un padre decide que va contra sus principios morales que aprendan la teoría de la evolución o la igualdad entre hombres y mujeres?

–La teoría de la evolución es una teoría científica que se ha comprobado y que, además, explica perfectamente cómo las especies animales van dando paso a otras. No creo que haya padres que sigan creyendo a día de hoy que el hombre y la mujer no son iguales en derechos.

–La ministra de Educación, Isabel Celaá, dijo que los hijos no pertenecen a los padres y aquello generó una gran polémica. ¿Qué opina al respecto?

–Los padres somos los responsables de su formación, educación, crecimiento, cuidado… hasta que ellos sepan valerse por sí mismos. Está claro que nuestros hijos no son cosas, como un coche o una casa. Pero los padres somos los garantes de su educación, nunca el Estado.

–¿Por qué si la sociedad en la que vivimos, en una democracia, selecciona a sus representantes y les concede el poder de legislar sobre lo que está bien y mal, sobre lo que es condenable o no, no pueden esos mismos representantes transmitir esas decisiones a los niños, cuando reflejan, por tanto, la sociedad en la que van a vivir?

–El hombre nunca puede legislar en contra del derecho natural. Al final, esa tiranía de las leyes se revuelve contra el Gobierno. Miremos a los países comunistas: tiraron el muro en la segunda generación.

–¿Qué papel han jugado los medios de comunicación en el crecimiento del debate? ¿Y las redes sociales?

–Los medios de comunicación tienen la habilidad de generar o cerrar debates. En este caso lo han alentado, también es cierto que porque obedecen a consignas políticas provenientes del poder.

–¿Cree que hubiera generado el mismo impacto de no haber sido una medida presentada por VOX?

–En la Región de Murcia ya se abrió este debate hace dos años y lo ganamos… Aquí hicimos las cosas bien. El debate en España solo lo podía abrir ahora VOX, y lo ha hecho bien. Con el apoyo de la sociedad civil, lo ganará, pero se necesita que los tibios no pongan palos en las ruedas.

–¿Qué posibilidades hay de que la medida se extienda a otras comunidades?

–La Constitución Española es muy clara. El PIN parental no es más que el artículo 27.3, pero con una redacción distinta. A partir de aquí, ha de ser el Tribunal Constitucional el que ponga los puntos sobre las íes.

–¿En qué medida fueron influyentes las denuncias de los padres de adoctrinamiento independentista en Cataluña para la implantación de esta medida?

–En Cataluña se están viendo las consecuencias de más de veinte años de adoctrinamiento ideológico y eso es un argumento que tenemos los padres. Las consecuencias de un adoctrinamiento sexual, con una nueva forma de entender y vivir la sexualidad, son ahora inimaginables, pero sí le digo una cosa: no nos iban a gustar. Aunque la segunda generación haría lo mismo que hicieron en los países comunistas… derribará el muro en busca de la Verdad y la Libertad.

–¿Cree que la libertad de educación está realmente amenazada?

–No es que lo crea, es que está amenazada. Todos los regímenes totalitarios, como el fascismo o el comunismo, necesitan implantarse en las escuelas para teledirigir a toda la sociedad. Así es más fácil todo. La historia nos ha puesto muchos ejemplos de ello.

Nicolae Steinhardt, o la felicidad en el confinamiento

El autor (Bucarest, 1912-1989) lo resume inmejorablemente: «En la pequeña celda, solo, me arrodillo y hago balance. Entré en la cárcel ciego y salgo con los ojos abiertos; entré mimado y caprichoso, y salgo curado de ínfulas, aires de grandeza y caprichos; entré insatisfecho y salgo conociendo la felicidad; entré nervioso, irascible, sensible a las minucias y salgo indiferente; el sol y la vida me decían poco, ahora sé saborear un trozo de pan, por pequeño que sea; salgo admirando por encima de todo el valor, la dignidad, el honor, el heroísmo; salgo reconciliado: con aquellos a los que he hecho mal, con los amigos y los enemigos, incluso conmigo mismo».

Nicolae Steinhardt era judío, de clase acomodada, miembro de la exquisita y exclusiva intelectualidad rumana de entreguerras y pariente lejano de Sigmund Freud, al que conoció en 1927, con quince añitos (y al que irritó sobremanera, preguntándole por los discípulos díscolos Jung y Adler). Sufrió la persecución antisemita durante la Segunda Guerra Mundial.

Por no querer delatar a unos amigos con los que había tenido una tertulia literaria, fue torturado e internado en las peores cárceles junto a los mismos que le habían despreciado

Bajo el gobierno de Ion Antonescu lo obligaron a trabajar de barrendero, pero fue a la llegada del comunismo cuando, por no querer delatar a unos amigos con los que había tenido una tertulia literaria, fue torturado e internado en las peores cárceles junto a los mismos que le habían despreciado y marginado hacía unos meses. Es la experiencia que narra en El diario de la felicidad. El título, sin embargo, no es ironía: la felicidad es real, poderosa, totalizadora y, lo que a nosotros nos importa aún más, extremadamente contagiosa.

El diario de la felicidad (Ed. Sígueme), 640 págs.

En aquellas terribles celdas, el joven Steinhardt, agnóstico y ultramoderno, se convierte y se bautiza. La inesperada luz de su nueva fe es capaz de vencer la oscuridad de su situación concreta, que nos cuenta sin delectación, aunque sin edulcorantes. No se recrea a posteriori en las vejaciones porque apenas importan comparadas con las maravillas de la vida interior y de la camaradería entre presos. No estamos, por tanto, ante un libro típico del género campo de concentración: sobreabunda la paz, la alegría, la cultura, la delicadeza en la mirada.

Se trata de un “texto total”, a un tiempo, histórico, narrativo, épico, poético, ensayístico y aforístico. En El diario de la felicidad no falta de nada: hay, por supuesto, biografía; desde luego, ascética, también mística; pero, a la vez, humor, crítica literaria, apuntes líricos, digresiones cultas, desperdigadas memorias y un extravagante savoir vivre indiscutiblemente elegante en mitad de las mayores penurias y miserias.

Puede que, presentado así, a los alérgicos a la excelencia, se les enciendan todas las alarmas y no puedan imaginarse que sea atractivo ni susceptible de gozar de éxito de público, pero fue y sigue siendo uno de los libros más vendidos de Rumanía. ¿El secreto? Que en todo momento hace honor a su título: El diario de la felicidad.

El pensamiento central de la obra, casi como un estribillo o, mejor, como un lema o motto, es la defensa constante de la nobleza, del coraje, de la caballerosidad y de las buenas maneras. Que Steinhardt enlaza magistralmente con el cristianismo, porque explica, con perspicaces ejemplos, que Jesús era un perfecto gentleman y más aún, el caballero por antonomasia. Le apasiona la figura del Quijote y considera la inteligencia y la cultura como deberes inexcusables. Para Steinhardt, la estupidez es pecado; la libertad, aristocracia; la valentía, el secreto de la felicidad; y la buena educación, la caridad.

En sus compañeros de celda encuentra “una atmósfera de grandeza, de medievalismo hierático; ondean invisibles capas de púrpura, refulgen espadas de Damasco. Cada gesto revela un quijotismo contenido”. Estamos, pues, ante un libro de caballerías, que incita, como los que leyó Alonso Quijano, a la emulación.

SU OBRA SALE TRAS LA CAIDA DEL COMUNISMO

La obra de Nicolae Steinhardt se publicó después de su muerte, cuando, tras la revolución anticomunista de 1989, la censura —que tanto le persiguió— desapareció. Son más de veinte libros, algunos con títulos tan atractivos como Entre la vida y los libros; Crítica a la primera persona; Las incertidumbres literarias; Hacia sí mismo a través de los otros; El peligro de confesar; A través de dar se debe recibir

En España, por desgracia, no tenemos traducido más que El diario de la felicidad; pero, por fortuna, son más de 650 páginas y son, además, inagotables. No deja de ser una esperanzadora paradoja que aquel donde narra su estrecha prisión sea hoy el más divulgado, influyente y abierto de todos sus libros.

«El final del affaire», una de las novelas más autobiográficas de Graham Greene

Con El final del affaireGraham Greene (1904-1991) está confesando un gran pecado de amor. Al menos, uno de los muchos que debió cometer. El público lector hará las veces de confesor, y el alter ego de Greene, un narrador-personaje llamado Maurice Bendrix, será el culpable en un affaire adúltero, febril y complicado de manejar. Es esta una de las novelas más autobiográficas del autor inglés. Greene desmenuza meticulosamente una historia de pasión adúltera llena de tensiones, tal como él mismo la vivió, y despliega una miríada de circunstancias espirituales y psicológicas de los personajes. Cuando William Faulkner dijo de esta novela que era una de las más auténticas de su tiempo, estaba manifestando que todo lo que en ella ocurre en el plano de los sentimientos representa una realidad emocional reconocible y sincera.

«El final del affaire» (Libros del Asteroide), 320 págs.

Pasados casi setenta años desde la publicación de la novela en 1951, la indagación de una relación trastornadora, con el demonio de los celos y el peso de la culpabilidad, sigue manteniendo hoy la misma vigencia y autenticidad. En la primera línea, el narrador declara: «Una historia no tiene ni principio ni fin». Y al parecer, las historias de amor, tampoco.

«El final del affaire» conserva el talento instintivo de Greene para mantener la tensión hasta el final, como si de una novela negra se tratase

Se podría decir que, pese a ser una novela marcadamente sentimental, El final del affaire conserva el talento instintivo de Graham Greene para mantener la tensión hasta el final, como si de una novela negra se tratase. Si el mundo subterráneo de una Viena gris en la posguerra mundial era el escenario inquietante de El tercer hombrelas casas burguesas del deprimido Londres de la Segunda Guerra Mundial y de unos años después, los jardines, los cafés, los clubes de caballeros, son un campo minado donde los nervios y las mentiras a flor de piel, pueden estallar en cualquier momento. Junto a la efervescencia amorosa entre Maurice Bendrix y su amante, Sarah Miles, el autor no teme abordar asuntos complicados como Dios, la fe, los milagros, la deslealtad, la rabia del desamor o los límites entre la inocencia y el pecado.

La novela se estructura en cinco partes, titulada cada una de ellas, libro primero, segundo, etc. La voz de Bendrix es inteligente, irónica, cercana, despreciativa a veces, envidiosa, apasionada, ligera y profunda, todo a la vez. Y en una vuelta de tuerca, cuando creíamos que solo el protagonista Maurice Bendrix nos iba a contar su versión de los hechos, el libro tercero se inaugura con las páginas del diario de Sarah Miles. El tono de la mujer es más poético y reposado. Desconfía del apasionamiento del amado, lo desea exaltadamente, pero también Sarah nos revela una impresión íntima y espiritual causada por un suceso sobrenatural, fundamental en el desenlace de la novela. Tras búsquedas incesantes, Sarah regresará a la Iglesia católica de su infancia.

En la superficie, El final del affaire relata la turbadora relación de Maurice Bendrix, un novelista seductor y no excesivamente reconocido, con su vecina Sarah Miles, esposa de un alto funcionario público. La excusa inicial de Bendrix para acercarse al matrimonio Miles es escribir una novela sobre un político. El romance se desencadena a espaldas del marido, también amigo del escritor. La historia amorosa tiene lugar al final de la guerra, y Bendrix casi muere por una bomba lanzada sobre su casa. Curiosamente, el domicilio real de Graham Greene fue destruido del mismo modo durante un bombardeo en Londres. A partir de ese acontecimiento, Sarah rompe sin muchas explicaciones la relación con su amante. Solo en el desenlace, se comprenderán las razones de la ruptura. Terminada la guerra, el marido de Sarah, Henry Miles, le confiesa a Bendrix la sospecha de que su esposa tiene un amante.

La aparición en escena de un peculiar detective privado, contratado por Maurice Bendrix, envenenado por los celos, complicará la tensión de la trama, incluyendo la amistad, rivalidades y complicidades entre el escritor Bendrix y el marido engañado. El flujo de conciencia del narrador, va hacia atrás en un flashback intermitente a la búsqueda del pasado, o hacia el presente, siguiendo los pasos de la que fuera su amante, tropezándose con personajes casi delirantes como el fanático religioso Smythe o el pintoresco investigador Parkis, autor del robo del diario de Sarah.

Hasta aquí un argumento más o menos clásico de novela de adulterio. Sin embargo, debajo de la superficie, El final del affaire, considerada por los críticos como una de las cien mejores novelas en lengua inglesa, se adensa para transmutarse en una reflexión sobre la de experiencia de la fe y la posibilidad de los milagros. Greene analiza la impresión que un hecho, vivido como milagroso, puede causar en la conciencia de una persona. La novela habla del Dios personal y de la redención de la culpa; habla del perdón y del sacrificio; del amor-pasión y de los miedos a dañar al prójimo; se habla de las incoherencias de los seres y de la inevitabilidad del deseo. Graham Greene, en una historia que se lee con el placer de un buen novelón sentimental, desliza una meditación sobre el espíritu y la carne, y sobre las contradicciones humanas ante el precipicio del amor. Cerca del desenlace, los elementos sobrenaturales, puestos en cuestión, pero sin aclarar del todo, transparentarán la conciencia religiosa y las propias preocupaciones de Graham Greene, presentes en algunas de sus obras.

EL MEJOR PERSONAJE FEMENINO DE LA OBRA DE GREENE

Como nos recuerda Mario Vargas Llosa en el matizado epílogo de esta edición de Libros del Asteroide, Sarah Miles es el mejor personaje femenino de toda la obra de Greene.

Tal vez porque Sarah Miles existió en realidad, aunque su verdadero nombre era Catherine Walston, esposa del político laborista Harry Walston y amante de Greene, durante varios años. Fue una historia tormentosa que acabó bruscamente, y esa carga emocional planea sobre la ficción de Greene, confiriendo fuerza a cada una de las reflexiones sobre la pasión prohibida. La dedicatoria del libro en inglés, publicado por William Heinemann, en 1951, indicaba: «Para C». Pero en la edición estadounidense, Graham Greene especificó: «A Catherine con amor». Si «una historia no tiene ni principio ni fin», como afirma el narrador de esta novela, por las grandes obras apenas pasa el tiempo, y setenta años más tarde, Graham Greene nos regala una historia inolvidable.

«Discurso de la servidumbre voluntaria» de Étienne de La Boétie: ensayo sobre la libertad

Si resulta tan turbadora la lectura de Étienne de La Boétie es indudablemente por la condición bárbara que nos descubre: nos revela el monstruo que anida en el interior de cada hombre, y que le unce, con descaro, a los más lacerantes yugos políticos. Y aunque no tenía su discurso la intención de cauterizar esa herida mortal que sufría, a su juicio, el vulgo y que, siglos después, con la experiencia sucesiva de tiranías, implícitas y explícitas, no ha hecho más que supurar con más vehemencia, su ensayo constituye un importante aviso para navegantes, al recordarnos, sin paliativos retóricos, que la sumisión más salvaje no es la que irrumpe por medio de la fuerza, sino a través de la escandalosa elección popular y la pasividad de la costumbre.

 

«Discurso de la servidumbre voluntaria» (Trotta), 160 págs.

No hay política sin conocimiento del hombre: este podría ser el corolario de la breve obra de La Boétie que, tras constatar las inclinaciones humanas, teje con desenvoltura toda esa urdimbre que incluye la obstinación por el poder y la pasión por la autoridad, junto con las debilidades que abocan a la subordinación. De quienes le han precedido en el ejercicio de la sabiduría —que, como la política, no es más que una de las ramas de la antropología— aprende a vislumbrar los cálculos del tirano y los síntomas en que se manifiesta esa libertad demediada y paulatinamente subyugada.

No hay política sin conocimiento del hombre: este podría ser el corolario de la breve obra de La Boétie

Es agudo el escritor francés, negando, por principio, cualquier dignidad o atributo al tirano y convenciendo al lector de que solo puede ejercer su dominio si quienes son tiranizados lo desean. Si los hombres sirven, es que son criados como siervos. Y es también realista, pues ayuda a comprender que la lucha contra el autoritarismo no depende de las declaraciones bélicas o de las amenazas de la revolución, sino de evitar la disipación o la indiferencia política, que se adivinan como los auténticos males de la república.

El discurso también se conoce como «contra el Uno» porque el tirano que desenraiza al hombre de la tierra de la libertad destruye la amistad y destierra el pluralismo, saqueando las fronteras y alcanzando los reductos de la intimidad humana. «Es difícil creer que haya algo de público en este gobierno en el que todo es de uno», afirma. Perece así la res publica, el bien común, suplantado por la pretensión particular, subjetiva, de quien se erige en dueño de otros hombres. Se podría decir que no es nueva esa defensa del gobierno de las leyes, que alcanza la misma conclusión a la que llegó Platón cuando las circunstancias le obligaron a desencantarse sobre la posibilidad práctica de la utopía. Pero, a tenor del curso histórico, conviene que no caiga en el olvido.

Lo que, en cualquier caso, La Boétie, que habría sido una truncada promesa de las letras francesas de no ser por el hermosísimo elogio sobre la amistad que le escribió Montaigne, osó preguntarse fue, además de por la razón de ese inexorable espíritu servil que, con escándalo, conculcaba la condición natural del hombre, por su revulsivo.

ARDIENTE APOLOGÍA DE LAS HUMANIDADES

Y es aquí donde su discurso por la libertad se puede interpretar como una ardiente apología de las humanidades. Él, que de acuerdo con Montaigne, había sido cortado por «el patrón de los clásicos», explica que la historia de la lucha por la libertad, transmitida en las leyendas y los libros, así como lo que denomina «doctrina», conjura el hechizo y hace despertar a los hombres «bien nacidos» un aguerrido anhelo. Parece que esta es la vocación que se encuentra llamado a desempeñar este ensayo, poco conocido, que transmite, con espíritu grecolatino, la experiencia clásica de la libertad y, como Pericles en su encomio a los caídos por Atenas, destaca la dimensión política de la misma.

Pero es una obra, de algún modo, rupturista; a diferencia de los clásicos, no hay para el francés tiranía benéfica. Tampoco La Boétie se hace ilusiones; es consciente de que solo unos pocos tienen el coraje suficiente para querer ser libres, para reconocerse como tales. En su profética psicología de la servidumbre amalgama, así, dos vectores que, un poco más tarde, estarán condenados a divergir: libertad e igualdad. Porque, en efecto, si somos libres es porque no es posible que «la naturaleza haya puesto a alguien en servidumbre, habiéndonos puesto a todos en compañía». Más allá de esta condición ontológica, lo que denuncia es la pérdida de esa enardecida pasión por defender la libertad que constituía la mejor vacuna frente a quien buscaba usurparla.

¿Es el Estado de Derecho, con sus «checks and balances», una estructura protectora?

¿Ha encontrado remedio esa enfermedad mortal sobre la que escribe La Boétie? ¿Es el Estado de Derecho, con sus checks and balances, una estructura protectora? En realidad, la enseñanza de este clásico de la teoría política es que no: el peligro, aprendemos, no es tanto el mecanismo o el procedimiento que asegura el consentimiento de la función del gobernante, cuanto la verdadera implicación política de los ciudadanos, sin que medie en la conformación de la voluntad pública intereses espurios o manipulaciones sofísticas.

La clave política, entonces, parecería estar en esa virtud que tanto los clásicos como La Boétie o su, ya para siempre inseparable, Montaigne, consideraban una virtud sagrada: la amistad, cuyo sentido cívico descubre el bien común que se disipa por la fuerza, tiránica también, del individualismo. Como para La Boétie, es la incapacidad del tirano para ser amigo de sus semejantes —la imposibilidad de amar y ser amado— lo que debería resultarnos hoy de la misma manera insoportable. No debería haber nada más definitivo contra la actitud tiránica. En este sentido, es un acierto que la editorial Trotta haya decidido incluir, junto con el texto del discurso, tanto el sentido relato sobre su muerte que escribió Montaigne, como la reflexión de este último sobre la amistad, entre otros trabajos. Desde el temprano fallecimiento de La Boétie, explica el autor de los Ensayos, «me parece no ser sino a medias». ¿Podría decirse algo más profundo?

«El infinito en un junco», de Irene Vallejo: un recorrido por la historia del libro

El junco de papiro crece en las aguas del Nilo, alcanza entre tres y seis metros y con las fibras del tallo los egipcios descubrieron, hace cinco mil años, que además de sandalias, cuerdas y cestas, podían fabricar hojas en las que escribir. Luego cosían estas láminas hasta formar una tira larga, que guardaban enrollada. Habían inventado el rollo de papiro.

«El infinito en un junco», de Irene Vallejo (Siruela), 452 págs.

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Buenos ciudadanos, buenas personas: retos para la ética en la era post-liberal

Ante los inevitables dilemas morales de su tiempo, los filósofos clásicos griegos empezaron a preguntarse: ¿ser buen ciudadano es lo mismo que ser buena persona? Pregunta de la que se derivan otras: ¿es necesario un buen régimen político para formar personas virtuosas, o más bien personas virtuosas para que haya un buen régimen? ¿Cuál es el mejor régimen político y qué tipo de ciudadano promueve y necesita? ¿Debemos cuestionar los fundamentos del régimen político?

Se trata de preguntas eminentemente prácticas, no de meras elucubraciones teóricas: nos jugamos la vida, a veces en sentido literal. Pero no son preguntas fáciles. En este artículo expondré la evolución de estas preguntas y de las principales respuestas a lo largo de la historia, a muy grandes rasgos. Sería más sencillo exponer el problema en los términos habituales hace diez o quince años, cuando aún se tomaba la democracia liberal como el fin de la historia. Pero resultaría poco útil quedarse en ese momento histórico, incluso desorientador. Al trazar este cuadro histórico, me centraré en el marco geográfico de lo que podemos denominar civilización occidental. Dividiré el arco histórico en tres etapas: la pre-liberal, la liberal y la post-liberal, en la que -según algunos grandes analistas como Patrick J. Deneen (Por qué ha fracasado el liberalismo) estamos ingresando, exponiendo las principales versiones de la respuesta a nuestra pregunta.

LA ERA PRE-LIBERAL

La política como participación en la deliberación pública y en la dirección de la vida en común por parte de hombres libres es una experiencia originalmente griega, y en particular ateniense. El modo político de gobernar es específicamente distinto del despótico que rige en las familias, en las tribus bárbaras o en el imperio persa. El fin de la política es la vida libre y virtuosa. A la pregunta sobre si ser buena persona exige ser buen ciudadano, la respuesta clásica (por ejemplo, en Aristóteles) es que sí. En resumen, en los clásicos griegos se da lo que se ha llamado la “moralización de la política” (Ángel Rodríguez Luño).

Vivir bien implica la búsqueda del régimen mejor, tarea de la filosofía política, según recordó Leo Strauss

Pero a la vez, ese vivir bien implica la búsqueda del régimen mejor, tarea de la filosofía política, según recordó Leo Strauss. La respuesta a esta cuestión, en diversas versiones, apunta hacia un término medio o régimen mixto entre la unidad de mando de la monarquía, la virtud de las élites aristocráticas adineradas, y la participación de todos los ciudadanos en los asuntos comunes.

En la Roma republicana se reprodujo el ideal de la vida política, en lucha contra las formas de corrupción y de recaída en el despotismo. Cicerón es una figura clave, pues une el pensamiento de los clásicos griegos con el estoicismo romano y el espíritu republicano. Pero lo hace en un momento en el que la República desaparece, y aún no ha surgido todavía el imperio, como nuevo principio de orden. Por eso, Pierre Manent habla de un “momento ciceroniano”: ese impasse entre la forma política de la polis y la aparición de una nueva forma política estable, que no llega hasta la consolidación del Estado-nación europeo.

Entre medias podemos destacar dos eventos que configura sensiblemente el marco pre-liberal y que explican por otra parte el surgimiento del liberalismo y la consolidación de la forma política del Estado-nación.

En primer lugar, el cristianismo. Los grandes autores cristianos no pretendieron subvertir el orden constituido de su época. Pero su visión trascendente del ser humano como imagen de Dios y objeto de su misericordia, contrasta con al menos tres elementos del orden antiguo: la estricta jerarquía entre seres humanos; la subordinación de la persona a la comunidad política y su destino; la confusión entre autoridad religiosa y civil. En la Edad Media pervivió el pensamiento político, pero sin que se encarnara en una forma política estable.

En segundo lugar, la crisis del orden medieval dio lugar al Estado soberano. En este tiempo, frente a la teoría clásica medieval cristiana, el absolutismo sustituyó toda aspiración a una política libre y participativa. Pero también puso los fundamentos para una clara separación entre las esferas de lo público y lo privado. Y generó como respuesta un nuevo modo de afirmar la libertad política, basada en la autonomía del individuo, y de construir el orden político, conforme a la razón científica. Estos movimientos ilustrados acabaron desembocando en las revoluciones liberales de finales del siglo XVIII.

LA ERA LIBERAL

Las dos grandes revoluciones liberales americana y francesa –con sus importantes diferencias- dieron forma a un nuevo tipo de régimen, fundamentado en la voluntad libre de los ciudadanos iguales entre sí y en la consolidación de los Estados-nación. Efectivamente, el siglo XIX –siglo del romanticismo- muestra el despliegue de dos principios aparentemente contradictorios. Por un lado, la emancipación del individuo y su subjetividad, mediante la expansión de los derechos y libertades civiles y políticos. Por el otro, la reconstrucción de formas de referencia comunitaria, sobre todo mediante la consolidación de las naciones, a la vez herencia de la historia, y resultado de un acto emancipatorio y soberano de los pueblos.

Frente a los regímenes liberales –todavía no propiamente democráticos- hubo dos grandes respuestas: la reaccionaria, que reivindicaba elementos del Antiguo Régimen, y la articulación social orgánica y tradicional frente al atomismo individualista y al racionalismo; y la comunista revolucionaria, que denunciaba la desigualdad estructural que los regímenes liberales consolidaban y ocultaban, especialmente en el plano socio-económico tras las revoluciones industriales y la implantación del capitalismo.

Esta tensión estalló en diversas revoluciones, que buscaban unas veces la emancipación o unificación nacional, otras veces la transformación social, y a veces incluso la contrarrevolución. Y a la postre derivó en las guerras mundiales, tras los primeros intentos fallidos de incorporar a las masas proletarias a la democracia. Durante la post-guerra surgió un nuevo orden internacional, que pronto cuajó en los dos bloques enfrentados en la guerra fría.

 Según Rawls, en el ámbito privado cada uno puede seguir sus visiones comprensivas del bien; en el público es preciso respetar principios mínimos de razonabilidad

En Europa occidental se consolidaron los Estados sociales y democráticos de Derecho, que lograron una síntesis de derechos individuales y políticos con economías sociales de mercado que sostenían generosos estados del bienestar y una amplísima clase media, mientras se sometía a disciplina la pulsión nacionalista y se creaban instituciones comunes supranacionales. El gran consenso se creó sobre la base de un gran acuerdo entre socialdemócratas y democristianos, que compensaban con el acento social el individualismo liberal. Los elementos reaccionarios y revolucionarios quedaron reducidos a la marginalidad

ÉTICA Y DEMOCRACIA CONSTITUCIONAL

En este estado de cosas, parecía que se había logrado un régimen –la democracia constitucional- en el cual era posible ser buena persona y ser buen ciudadano, sin grandes tensiones. La obra de John Rawls  ha sido seguramente el eje principal de los debates de los últimos decenios sobre la articulación de convicciones éticas y pluralismo democrático.

Según la formulación clásica de Rawls en su teoría del liberalismo político, la clave estaba en distinguir el ámbito privado del ámbito público. En el ámbito privado cada uno puede seguir sus visiones comprensivas del bien, también religiosas, por elección propia. En el ámbito de las instituciones públicas, sin embargo, es preciso respetar principios mínimos de la razonabilidad y la reciprocidad, y el lenguaje propio de la razón pública.

Dentro del respeto a los consensos básicos, cabían versiones más inclinadas al cambio social y a la igualdad (la izquierda), o más favorables a la estabilidad y a la libertad individual (la derecha). Incluso reaccionarios y revolucionarios podían integrarse en el sistema, si respetaban los derechos individuales y aceptaban las normas procedimentales de la democracia.

 Los críticos del procedimentalismo relativista subrayan que la esfera pública no es ni puede ser moralmente neutra

Pero no todos veían la relación entre ética y democracia de la misma forma. Algunas interpretaciones liberales caían en diversas versiones de lo que podemos llamar procedimentalismo relativista. Según estas visiones, la esfera pública debe permanecer moralmente neutral, tanto en sus normas fundamentales, como en el lenguaje que se usa, como en los símbolos. La naturaleza de las instituciones políticas es meramente instrumental, herramienta racional para equilibrar los diversos intereses individuales. La condición de posibilidad de la democracia sería por tanto el relativismo ético, según el cual los principios éticos son simple expresión de las preferencias subjetivas, no algo con fundamento racional que pueda compartirse, o que tenga relevancia pública y universal.

Y este relativismo estaría amenazado por los ciudadanos y grupos sociales que sostienen moralidades tradicionales, que hay que evitar que impongan por medio de la ley, pero también que difundan en la opinión pública o en la educación. Estas tesis constituirían –por contraste con aquella “moralización de la política” pre-liberal- una “politización de la ética”.

En posición opuesta encontramos a quienes, dentro del respeto a las instituciones del liberalismo político, denuncian este procedimentalismo relativista como la imposición subrepticia de una visión comprensiva del bien, liberal, individualista y progresista. Aquí encontramos por ejemplo la obra de Robert P. George. Subrayan que la esfera pública no es ni puede ser moralmente neutra, aunque tampoco se deben traducir legalmente todos los contenidos de la moral personal. Afirman que el respeto a las instituciones básicas y a la libertad ajena es compatible –más aún, se ve favorecido- con tener convicciones morales sólidas. Y que, por tanto, es necesario que la esfera política no asfixie la vida de las comunidades pre-políticas (como la familia, la educación libre, la religión) donde se adquieren las virtudes morales y la capacidad de razonar. Pero también las virtudes cívicas, sin las cuales la democracia acaba en nuevas formas de tiranía de las mayorías coyunturales o de despotismo blando de lo políticamente correcto (como alertó Alexis de Tocqueville).

«El Estado liberal vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar”, según Böckenförde

Por eso sostienen que “el Estado liberal vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar” (según la feliz fórmula de Böckenförde). Porque sin un mínimo ético aportado por el sustrato pre-político común, antes mencionado, la deliberación pública deja de tener por objeto la verdad, y se limita a ser un ejercicio de manipulación de sentimientos, un mero juego de poder, tal como daba a entender Tocqueville.

Desde este punto de vista, la virtud moral exigiría la participación y el compromiso ciudadanos, para iluminar el debate público con las propias convicciones, y generar espacios de concordia y encuentro, donde puedan formularse visiones compartidas del bien común político. Un bien común que no abarcaría de modo totalizante todos los aspectos de la vida personal y social, que no corresponde a la política organizar, pero que tampoco sería meramente instrumental. Porque la democracia constitucional –con su ethos de paz, libertad y justicia y las instituciones que lo encarnan- sería precisamente una parte irrenunciable del bien común, como ha defendido Rhonheimer.

En esta visión, el “momento ciceroniano” se habría cerrado, con la consolidación muy extendida de esta nueva forma política de la democracia constitucional, dentro de Estados-nación autolimitados mediante la integración internacional. Algunos llegaron a declarar que el fin de la historia lo constituía precisamente la implantación de democracias liberales y las economías de mercado (Fukuyama).

¿UNA ERA POST-LIBERAL?

Desde la crisis económica del 2008 se ha generalizado el diagnóstico de que estamos ante una crisis del orden liberal. Los diversos episodios de violencia e inestabilidad internacional, los cambios socio-económicos y políticos, y las grandes innovaciones tecnológicas han contribuido a que surja una crítica del consenso moral y de las instituciones propias de las democracias liberales.

Grandes capas de la población -los que Goodhart ha denominado somewheres frente a los anywheres– se ven marginadas por la vanguardia cultural y las transformaciones económicas y reaccionan buscando los fundamentos de la moralidad y la vida social que el liberalismo había puesto en sordina o ridiculizado por irracionales y peligrosos, pero que la moderna psicología moral reconoce como ínsitos en nuestros genes. Me refiero a la pertenencia a la comunidad, la necesidad de orden y autoridad, y la aspiración a la trascendencia y lo sagrado (Jonathan Haidt).

El escenario actual es una erosión muy fuerte del consenso fundamental de las democracias constitucionales y una sospecha sistemática sobre sus instituciones básicas

Como resultado, en las viejas democracias occidentales triunfan opciones políticas caracterizadas por un populismo identitario, con rasgos antiliberales, que reivindican formas de vida y convicciones marginadas económica y culturalmente por la globalización del liberalismo tardío.

A la vez, esto es respuesta a una radicalización de la agenda liberal-progresista, que se manifiesta –según ha explicado un progresista como Mark Lilla– como “política de identidades”, y que adopta un lenguaje y estilo cada vez menos “liberal”, aunque se presente como la vanguardia de la expansión de la libertad individual. Estos movimientos -de modo cada vez más descarado- intentan suprimir de la esfera pública (y en la educación) a las opiniones discordantes, adoptando un tono moralizante y hasta fanático en su activismo social y en el discurso político. Es más, estos movimientos se presentan cada vez más como verdaderas religiones civiles sustitutivas de las tradicionales, con sus rituales sacramentales, sus santos y profetas, sus sacrificios y ayunos, y por supuesto con su ortodoxia y su inquisición.

LOS DILEMAS DE LA SITUACIÓN ACTUAL

Al margen de las interpretaciones históricas y filosóficas, el escenario actual es una erosión muy fuerte del consenso fundamental de las democracias constitucionales y una sospecha sistemática sobre sus instituciones básicas, tanto las representativas como la prensa, la educación, etc. Esto explica unas estrategias políticas de control de la esfera pública que ya no pretenden apelar a la verdad o a la razón pública común, ni respetar el pluralismo en ese ámbito y la libertad individual en la esfera privada. Es decir, que ya no se presentan como liberales. En vez de buscar diálogo y consensos, los populismos –de derecha o de izquierda- explotan con éxito la dinámica polarizadora de la política. Y la opinión pública está cada vez más fragmentada entre compartimentos estancos, que responden a las emociones y al pensamiento grupal, agudizados por las redes sociales.

Estos escenarios post-liberales ponen sobre la mesa conflictos morales y tensiones políticas muy distintas a las de la época dorada de las democracias constitucionales

Estos escenarios post-liberales sin duda exigen un replanteamiento de las preguntas iniciales sobre la ética y la democracia, y desde luego ponen sobre la mesa conflictos morales y tensiones políticas muy distintas a las propias de la época dorada de las democracias constitucionales. Bien es verdad que, si se interpretan estos escenarios como meramente coyunturales, cabe la posibilidad de aferrarse al esquema precedente, con la esperanza de su restauración. Pero esta actitud olvida que nunca hay marcha atrás en la historia. Y corre el riesgo de impedir ver los síntomas de cambios sustantivos, que se han dado antes en la historia.

Quienes sostienen visiones morales no liberales (emparentadas con las tradiciones reaccionarias o revolucionarias), ya no perciben de modo tan evidente que su ética exija acatar las instituciones, e implicarse en la orientación de la vida pública con respeto a sus procedimientos, principios y lenguaje. Es más, comprueban que expresarse de modo radical, polémico y sin respeto a formalismos es muy eficaz para alcanzar a un electorado hasta ahora insensibilizado. Quizá sea el único modo de arrebatar poder a las élites hasta ahora reinantes, bajo las reglas de la democracia. Ser ético sería por tanto incompatible con ser un ciudadano bien integrado en la democracia liberal. O, dicho de otra manera, ser buen ciudadano exigiría no respetar el régimen vigente, sino cambiar el sistema. Es más, bajo las condiciones actuales, tener éxito en la política polarizada exigiría superar los corsés liberales. Ya sea para radicalizar los derechos de las identidades alternativas como expresión de los individuos, o para salvaguardar las identidades hegemónicas tradicionales de los viejos dioses de la política y la religión.

Esto pone en conflicto íntimo a quienes habían abrazado convencidos el liberalismo político como situación política satisfactoria o incluso ideal, compatible con sus convicciones éticas no liberales. Estos agradecían tener un régimen de libertad y pluralismo donde poder desplegar su vida moral y social -de acuerdo con sus convicciones morales comprensivas- a la vez que proponían en los diversos espacios públicos sus ideas, que pensaban serían más persuasivas si se proponían en vez de imponerse. Pero hoy –es el caso de muchos católicos después del Concilio Vaticano II- se ven desconcertados. Comprueban que -después de decenios de compromiso con la democracia liberal- siempre pierden los debates morales y culturales, con cambios legislativos de instituciones básicas. Y que el terreno de juego supuestamente neutral y abierto a interpretaciones –por ejemplo, los derechos humanos- favorece a quienes promueven una moral progresista. Más aún, experimentan que son acosados por grupos ideológicos intolerantes, que trabajan para ocupar el espacio público y saturarlo de su visión particular del bien.

Por eso se presta atención a quienes afirman que la ética personal y social inspirada en valores cristianos o conservadores, exigiría una remoralización de la política -y no solo de la sociedad- con visiones más robustas del bien común, que también implicarían poner freno a la liberalización económica y reivindicar un ejercicio de la soberanía política menos acomplejado (por ejemplo, es el caso de Sohrab Ahmari, Gladden Pappin o Adrian Vermeule, en Estados Unidos). A la vez que otros proponen estrategias más comunitaristas, que protejan las formas de vida pre-políticas y sus virtudes propias, como la popular opción Benedicto de Rod Dreher.

Si los educadores solían decir a los niños que “dos no pelean si uno no quiere”, en la actualidad es preciso recordar que “tampoco dos juegan si uno no quiere”. Cuando los otros no respetan las reglas o ni siquiera juegan al mismo juego, ¿permanecen las obligaciones morales de respeto a las reglas, procedimientos, formalidades institucionales, cuando ha desaparecido el principio básico de reciprocidad? ¿Justifica esa falta de reciprocidad el abandono de un discurso ético-político que aspire a dar forma a un bien común? ¿Dónde está el límite de lo aceptable? ¿Es esta la forma más prudente de defenderse frente a las agresiones y de promover una visión moral en positivo? ¿No es acaso moralmente dañino y políticamente peligroso el complejo de víctima perseguida, la psicosis ante el enemigo, la apelación a los sentimientos identitarios hasta el rechazo al otro, la tentación del aislamiento?

Quienes tienen una visión comprensiva de la vida propiamente liberal, a la vez que respetan el liberalismo político, también se enfrentan a preguntas nuevas. Su prioridad sería la profundización en la agenda liberal, con un perfeccionamiento aún mayor de las instituciones políticas y de los procesos sociales, y un aumento de la tolerancia a las opiniones y estilos de vida. Pero se enfrentan a contradicciones y dilemas.

Por un lado, comprueban que los electorados no reaccionan a los argumentos y principios abstractos, y tienen la tentación de recurrir a formas sutiles de populismo. Por otro, ante la desaparición del consenso social en torno al constitucionalismo, descubren que defender las instituciones exige limitar los derechos y la circulación de ideas contrarias al statu quo, incorporando elementos de despotismo no democrático, basados en una desacomplejada superioridad moral e intelectual, muchas veces explícitamente tecnocrática.

BALANCE CONCLUSIVO

Si tuviera que hacer un balance global del problema planteado al principio, subrayaría tres líneas que se derivan de la historia aquí narrada:

1) No es lo mismo la ética personal (que se pregunta por la vida mejor) que la ética política (que se pregunta por el régimen político óptimo). La relación entre una y otra es circular y de eterna tensión. La pregunta por la vida mejor siempre exigirá responder también a la pregunta por la política mejor. Y por tanto obligará al individuo a confrontarse con la respuesta que el régimen vigente ofrece a esa pregunta (que siempre busca autoafirmarse frente a toda crítica). Y la pregunta por el régimen mejor no puede eludir la pregunta por la vida lograda, por las condiciones y dimensiones del florecimiento humano, pero tampoco se reduce a aplicar deductivamente principios éticos.

2) Para la ética –en la teoría y sin duda en la práctica- es más sencillo desentenderse del problema de la política, centrarse en los compromisos privados del individuo, y eludir la implicación en una actividad tan ambivalente como la política, donde es preciso transigir con situaciones imperfectas e injustas. Otra opción también más cómoda, es plantear una crítica radical a la política, propugnando una anti-política radical y anarquista. Por supuesto, también existe el peligro de ignorar la especificidad de la política, y limitarse a la aplicación deductiva de los principios morales, sin reconocer la relativa autonomía de la política. Por último, es una tentación abandonar la reflexión ética y las exigencias de la virtud, para entregarse sin disimulo a la defensa partidista de un régimen establecido o por establecer, por intereses particulares.

3) Si algo podemos concluir de nuestra historia, es que la política parece ser una parte del bien humano integral, aunque no es el todo. A la vez, para el pleno desarrollo humano es deseable la convivencia específicamente política -es decir: libre y no meramente despótica-; y la participación en la deliberación sobre el bien común y la vida mejor. Por tanto, es deseable un modo de convivencia que abra espacios de libertad, que permita el ejercicio de la reflexión crítica, y el cultivo de las relaciones humanas básicas pre-políticas, para que así las personas puedan buscar juntas el bien y la verdad.

 Quizá no sea posible una política diseñada sobre un único principio filosófico: la libertad y los derechos individuales

El liberalismo político fue sin duda un modo de intentar reconstruir esta dimensión de la vida humana, salvándola de los conflictos tardomedievales y del despotismo. Pero quizá no sea posible ni deseable una política diseñada sobre un único principio filosófico: la libertad y los derechos individuales, ni siquiera cuando se trata de diseñar las instituciones del Estado. Quizá la política no puede eludir su referencia a las dimensiones trascendentes de la persona, a nuestros deberes hacia el bien común. Quizá no se puede fundar un sentido de comunidad y de autoridad partiendo del consentimiento individual y de la razón instrumental. Quizá la política solo es posible si hay algo más que política, y no solo “por debajo” o “antes” de la política, sino “por encima” y “después”.

Estas sugerencias enmarcan mejor la pregunta original (¿es lo mismo ser buena persona que ser buen ciudadano?). Y, por tanto, permiten responderla mejor en las inciertas circunstancias actuales. Aunque implican no reconocer a la democracia liberal el estatuto de norma última de la moral, ni de régimen político inapelable. Hacen así más complicada la respuesta, y más comprometida.

Tom Holland: “La Revolución francesa y la rusa llevaban raíces cristianas”

Especialista en Historia Antigua, Tom Holland (Oxford, 1968) publica en la editorial Ático de los libros, Dominio: una nueva historia del cristianismo, un recorrido por lo que define como “el principal legado de la Antigüedad clásica”.

En el libro estudia como se extendió el cristianismo en el mundo antiguo, sus conexiones con el judaísmo y la filosofía griega, la importancia de las cartas de San Pablo, y el impacto de orden humano, social y cultural que supuso, hasta el punto de configurar el mundo tal como lo conocemos.

«Dominio» (Ático de los libros), 624 págs.

Su trabajo se compone de tres partes de siete capítulos cada una. No parece casual esa división.

-No, no es casual. Es una estructura simbólica para un tema muy amplio y que abarca mucho tiempo. El tres es la Trinidad y el siete, los sacramentos, los pecados capitales. A su vez, cada capítulo está dividido en tres partes. Es un intento de imponer la idea de la cristiandad en el libro, de ver cómo Dios se impone en las estructuras normativas del universo.

En el largo recorrido que constituye el libro hay mucho nombre propio, muchos personajes.

-Es un libro sobre el cristianismo como fenómeno histórico, hecho por seres humanos, no es un libro teológico. No me pregunto si existe Dios o si es el Dios de los cristianos, sino que me centro en los actos de los seres humanos. Pero tampoco pretende ser como Voltaire, criticando las creencias en lo sobrenatural, porque esa creencia es el motor de la cristiandad y hay que tomársela en serio para entender la historia del cristianismo.

Dice usted que la revolución cristiana tuvo lugar dentro de las familias y de la mano de las mujeres.

-El problema con los intelectuales, los historiadores y filósofos, es que tratan de entender la cristiandad a través de los grandes acontecimientos, los papas, las cruzadas… Pero la cristiandad se manifiesta en el hogar, en las mujeres que criaron a los niños, mujeres que están mal representadas en los registros históricos que conservamos.

El cristianismo no se explica sólo por los grandes titulares, sino por la gente analfabeta. De los padres de la Iglesia, me impresiona Orígenes, un filósofo que desafiaba el elitismo y tuvo la brillante idea de apoyarse en la filosofía griega para crear un nuevo universo mental en el que podían participar hasta los menos cultos.

-Orígenes hace compatible la filosofía con el cristianismo.

-La filosofía era una actividad de élites; Orígenes la populariza. Ante un misterio como el del nacimiento de Jesús, que no se puede explicar, se da cuenta de que eso iguala a todos. El genio del cristianismo consiste en combinar una metafísica profunda con historias simples pero a la vez profundas.

El cristianismo es un tejido complejo y diferentes cristianismos las han recontado de modo diferente a lo largo del tiempo. Los padres peregrinos, Mandela, Desmond Tutu… Las historias de Jesús siguen siendo muy poderosas e influyendo en nosotros. Cuando Merkel deja entrar a los inmigrantes en su país está obedeciendo a sus raíces luteranas, ahí está el espíritu del buen samaritano.

Hay que recordar que Nietzsche se burlaba de los socialistas y los comunistas llamándoles cristianos

Entiendo que en la exaltación de los débiles, en los valores de piedad y compasión propios del cristianismo, ve una raíz del moderno Estado del bienestar.

-Sí, no creo que sea coincidencia que el cristianismo devoto haya decaído a la vez que ha surgido el Estado de Bienestar en Europa. Ha decaído más en Europa que en Estados Unidos, donde el Estado de Bienestar es más débil. Y eso es porque el Estado cubre necesidades que antes cubría la Iglesia, como orfanatos, asilos. Hay que recordar que Nietzsche se burlaba de los socialistas y los comunistas llamándoles cristianos.

-Y que la visión relativamente benigna de que disfrutan las dictaduras comunistas con respecto a las fascistas, se debe a la raíz cristiana (la idea del paraíso en la tierra) del comunismo. ¿Es así?

-Sí, la Revolución francesa, la rusa, aunque tenían en su punto de mira a las prácticas del cristianismo, llevaban raíces cristianas, como que los últimos serán los primeros, el día del juicio final. Esas ideas revolucionarias no habrían existido sin una base de teología cristiana. Por su parte, el fascismo fue el primer régimen desde Constantino que tuvo en su punto de mira dos principios fundamentales del cristianismo: que todos los hombres están hechos a imagen de Dios y que los débiles se convertirán en fuertes. El fascismo miraba a la Antigüedad buscando una fusión entre lo antiguo y lo moderno.

En España, se da la paradoja de que Franco, en cierto sentido, es menos heredero del cristianismo que los políticos republicanos. Por otro lado, igual que la implantación del Estado de Bienestar hizo que decayera el ideal cristiano, al acabar la Segunda Guerra Mundial, la gente, para saber lo que era el mal, sólo tenía que mirar al fascismo. La figura más prominente como representación del mal tras la Segunda Guerra Mundial era Hitler.

No hay una sola línea en las cartas de San Pablo que no haya influido en el desarrollo del pensamiento occidental

-Define la evolución del cristianismo como un terremoto, cuyo epicentro sería San Pablo, figura esencial, con réplicas que se han sentido en todo el mundo.

-Mi libro es histórico, no teológico, y como historiador, tengo que buscar en las fuentes más antiguas que son las cartas de Pablo. Jesús subyace a eso, igual que a los Evangelios; Jesús subyace a todo. Las cartas de Pablo me parecen más importantes que cualquier otra obra griega o latina. Y no hay una sola línea en ellas que no haya influido en el desarrollo del pensamiento occidental.

Se suele pensar que el cristianismo es más obra de San Pablo y se cuestiona que Jesús quisiera fundar una religión.

-Iglesia significa asamblea, que es lo que quiso fundar Jesús, pero ni él ni Pablo quisieron fundar una religión, concepto que no existía entonces; igual que Julio César no conquistó Francia, porque tampoco existía.

-En fin, a estas alturas ¿podemos decir lo del emperador Juliano: “Venciste, Galileo”?

-Sí, y ya había vencido entonces, porque Juliano es un emperador que se basa en el cristianismo; el plan que diseña para combatir las enseñanzas cristianas, basado en hacer buenas obras y ayudar a los pobres, es irremediablemente cristiano.

-Su libro trata de la influencia del cristianismo en el mundo, pero, al principio, trata sobre todo de lo que influyó al cristianismo: el judaísmo, la filosofía griega.

-Nada nace de cero. El cristianismo fue algo nuevo, revolucionario, pero emerge de la experiencia de la globalización de ese momento. Tiene raíces judías y griegas, pero también del maniqueísmo y del imperio romano. La gran genialidad fue fusionar esos elementos e integrarlos en el mundo del imperio romano.

 -En esas raíces tuvo especial importancia el judaísmo de la diáspora.

-No nos podemos referir a un judaísmo porque no existía en ese momento, lo que había era como un magma judío. En la época de Jesús había dos polos: los que creían que Dios había creado el mundo y los que pensaban que Dios era el protector de Israel, y de la fusión de ambos surgió el cristianismo.

¿No hay más descripción de una crucifixión que la de los Evangelios?

-No existe otro relato detallado.

La ciencia tiene sus raíces en el cristianismo de la Edad Media

-¿Cuál es la huella del cristianismo en la ciencia?

-En el siglo XII nacen las universidades, en las que la Iglesia quería enseñar el comportamiento humano. Se pensaba que Dios había dictado las normas que rigen el universo, pero también se empezó a estudiar el propio universo, estudios que cobran cuerpo en el siglo XIX. Se tiende a creer que la ciencia siempre ha existido, pero el término específico no se crea hasta el siglo XIX, y eso tiene sus raíces en el cristianismo de la Edad Media.

 -La asociación de Dios a las leyes del universo se ve bien en Newton.

-Newton, Copérnico, Galileo… Ninguno iba en contra de Dios, sino que lo que estudiaban fortalecía la idea de Dios.

-No sé si no podemos ver su libro como una historia cultural o intelectual del cristianismo.

-Creo que el cristianismo es lo más hegemónico, la mayor influencia en nuestro pensamiento en cuanto a la relación del ser humano con el universo. Por eso es la historia más grande jamás contada. Y la reticencia occidental a aceptar esto es parte de esa influencia, el cristianismo se ha canibalizado a sí mismo.