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Ver productosLa derrota de la Gran Armada española (1588), a la que los ingleses siempre se refieren burlonamente como la Armada Invencible, supone el culmen de los logros de Isabel I de Inglaterra y el momento fundador de la historia británica. La victoria naval de Inglaterra convirtió en iconos a Sir Francis Drake y sobre todo a la misma Isabel I, la Reina Virgen.
La historiadora, curadora de los palacios reales británicos y presentadora Lucy Worsley (arriba en el vídeo), en este documental de la BBC titulado Royal History’s Biggest Fibs («Las mayores mentirijillas de la historia de la realeza»), enmienda la plana a la versión oficial de la historiografía británica. Según Lucy Worsley, está «llena de exageraciones, distorsiones y hasta de gigantescas mentirijillas…, de fake news«. En su documental pone de manifiesto que la gente cree lo que desea creer, que los vencedores escriben la historia a su antojo y que el auténtico fracaso fue el de la Invencible Inglesa o Contraarmada, es decir, la flota de invasión enviada por Isabel I contra Felipe II en la primavera de 1589, en el marco de las operaciones de la guerra anglo-española (1585-1604).

A los niños ingleses se les cuenta que el lobo de mar Sir Francis Drake estaba jugando a los bolos con Isabel I en Plymouth cuando fue divisada por primera vez la Armada. Drake se volvió a Lord Howard, el comandante de la flota inglesa, y le dijo: “Tenemos todavía un montón de tiempo para terminar la partida y después para dar una paliza a los españoles.” Añade Lucy Worsley: «Es la clásica salida británica, la despreocupación bajo el fuego». Sin embargo, «es probable que fuera una completa invención». Ninguno de los primeros relatos sobre la Armada menciona a nadie jugando a los bolos. El primero que alude a los bolos es de 25 años después del suceso, es decir, 25 años después de la derrota de la Armada en 1588. Ese documento histórico habla de los marineros de Plymouth bailando, jugando a los bolos y celebrándolo en la costa. Aproximadamente otros 150 años después, las leyendas locales sobre Drake entraron en los libros de historia y alrededor de 1888, en la cumbre del Imperio británico, el cuento sobre el aplastamiento de los españoles se hallaba en todos los textos. Drake se convirtió en el héroe imperial perfecto para inspirar con su flema a la futuras generaciones.
La fake news de Francis Drake jugando a los bolos atraviesa los siglos y se refleja en esta frase de Winston Churchill, mientras los nazis bombardeaban Londres: «Tenemos que ver las próximas semanas como… los días cuando la Armada Española se aproximaba al Canal de la Mancha y Drake estaba terminando su partida de bolos.»
Subraya Lucy Worsley que la historia de la Armada Española fue manipulada desde el comienzo. Se presenta como una batalla personal entre dos enemigos acérrimos: Felipe II de España e Isabel I de Inglaterra. En 1588, Felipe II, un católico devoto, tenía 61 años, y era rey de un imperio global. Isabel contaba 54 años, era soltera, sin hijos, y la reina protestante de Inglaterra. La historiografía británica sigue con que Felipe no podía soportar ver a Isabel en el trono. Pero en realidad, en 1554, 34 años antes de la derrota de la Armada, Felipe II se convirtió en parte de la familia Tudor al casarse con María (hija de Enrique VIII y de Catalina de Aragón), la hermanastra católica de Isabel (hija de Enrique VIII y de Ana Bolena). Felipe II, «el gran villano de la historia de la Armada Española», fue durante cuatro años también rey de Inglaterra.
Cuando subió al trono en 1553, María Tudor dio marcha atrás con la reforma protestante y restauró Inglaterra a la fe católica. María pensaba de Isabel que era ilegítima, «la hija de una meretriz». Dudaba de su lealtad. Incluso la encerró durante algún tiempo en la Torre de Londres. Pero, atención, justo Felipe II persuadió a su esposa para que liberara a Isabel I.
De quedar sin descendencia, como así ocurrió, las alternativas al trono inglés eran primero Isabel I, después, María Estuardo, reina de los escoceses, pero «María Estuardo estaba prometida con el hijo del rey de Francia. Inglaterra habría sido absorbida por el Imperio francés si María de Escocia se hubiera convertido en reina de Inglaterra; habría llevado a Inglaterra bajo el control de los enemigos de Felipe, los franceses», señala en el documental la profesora Susan Doran, historiadora de la Universidad de Oxford. Isabel era la mejor de las peores alternativas por lo que se refería a Felipe. Además, según la profesora Susan Doran, «Felipe estaba convencido de que podría convertirla en una buena católica. Isabel parecía sumisa, iba a las celebraciones católicas, incluida la misa. Si hubiera tenido el marido correcto, se hubiera conformado o al menos hubiera dejado la Iglesia donde estaba.»
En noviembre de 1558, María Tudor estaba en el lecho de muerte. Felipe sabía que cuando falleciera, su influencia sobre Inglaterra moriría también. De tal manera que envió a su embajador solo para recordar a Isabel cuánto la había apoyado. El encuentro no transcurrió bien. Isabel excluyó por completo de su vida al rey de España. Felipe intentó por última vez salvaguardar católica a Inglaterra. Pidió en matrimonio a Isabel, bajo la condición de que se convirtiera a la fe católica romana. Meses después, ella lo rechazó. Por entonces, Felipe estaba negociando una alianza con Francia, y se casó una princesa francesa (Isabel de Valois). Comenta Lucy Worsley: «Isabel se rió y bromeó. Era clásico de Isabel comentar que Felipe no la habría podido querer tanto si no había podido esperar ni siquiera unos meses a su respuesta. Pero no riñeron por eso. Sus cartas se quedaron en la zona de la paz. Él se refiere a ella como a su hermana a la que amaba. Resolvieron que quedarían como aliados.»
Isabel fue coronada reina de Inglaterra en 1558 y convirtió su país a la fe protestante. El país estaba dividido. Para muchos en su corte, Isabel no era suficientemente protestante, para otros, demasiado. El Papa animó a las católicos a que se rebelaran y ejerció presión sobre Felipe II para que se deshiciera de la reina. Pero Felipe no quería ir a la guerra contra Isabel solo por eso.
La leyenda dice que fue la España católica la agresora, la que quería invadir a Inglaterra justo porque Inglaterra era protestante. Puntualiza Lucy Worsley: «Pero eso es una forma demasiado simplista de presentar los acontecimientos. Para llevar a Felipe a la guerra había que incluir más dimensiones que la religión. Felipe tenía un imperio global. Y el Papa le había dado el monopolio de las rutas a América. En la tercera década de su reinado, Isabel empezó a desafiar la dominación global de Felipe. Animó a marinos ingleses como Francis Drake a que saqueran barcos y puertos españoles en el Nuevo Mundo. Sus arcas se llenaron pronto con oro español. En 1580, Drake volvió de una lucrativa circunvalación alrededor del globo. Isabel lo recompensó con el título de caballero. La investidura como caballero de Drake lo marcó como un símbolo nacional. Pero no gustó a todo el mundo. Para los españoles, Drake no era más que un pirata, un ladrón que había robado oro hispano. Isabel no se podía permitir una guerra en toda regla contra Felipe, pero estaba decidida a frenar el poder español antes de que aplastara a la Europa protestante.»
Vestida de flamenco en el documental, añade Lucy Worsley: «Inglaterra no solo estaba decidida a dañar los intereses de España en el Nuevo Mundo, estaba también aguijoneando a España a sus puertas, en Europa. En territorio de Felipe, en los Países Bajos, la población protestante se rebelaba. Isabel envió un ejército de más de 6000 hombres para ayudar a la revuelta protestante. La reina hizo circular un panfleto por toda Europa para justificar su acción. Decía que no estaba atacando a su hermano y aliado, Felipe, sino que estaba defendiendo a sus vecinos. Para poner las cosas aún peor, las naves inglesas asaltaban a la vez puertos en la costa española.»
Ante eso, y después de dos años de preparación, la Armada Española finalmente zarpó en mayo de 1588 para invadir Inglaterra. Relata Lucy Worsley: «En la historia habitual de la Armada Española se la presenta como invencible, la mayor flota que nunca había partido para luchar contra Inglaterra. Básicamente, la Armada era Goliat. Mientras tanto, Inglaterra era David, el heroico pequeño desamparado, que luchaba contra un gigante cruel determinado a llenar de sangre las calles de Londres».
Esta imagen tiene bastante de exagerada. «No era la mayor flota que nunca había atacado Inglaterra. Mayores flotas invasoras habían sido la de los normandos en 1066, y la de los franceses en 1545. La flota española tenía unos 130 barcos. La Armada de la reina tenía solo 34 naves. Pero Isabel reclutó un ejército de barcos privados que al final superaba en número a los españoles.»
Las dos primeras mayores pérdidas de la Armada se las produjo ella misma. Una colisión dentro de la flota española permitió a Francis Drake capturar una de las naves dañadas, El Rosario. Eso hizo que prodigaran las baladas populares británicas, como recuerda el profesor Christopher Marsh (Queen’s University Belfast), que entonces jugaban el papel de noticias y comentarios políticos. A los pocos días de la captura de El Rosario, Thomas Deloney había compuesto una canción con esta letra:
Con poder poderoso
Vinieron a nuestra casa
Para invadir nuestro país,
Para presumir y vanagloriarse,
Para desflorar
A nuestras vírgenes a nuestra vista,
Y en las cunas, cruelmente,
Aniquilar al tierno bebé.
En el documental se produce un diálogo entre Lucy Worsley y Christopher Marsh:
—(Lucy Worsley) Parece que este tipo de baladas era moneda corriente, pero si en realidad se mira a las palabras son fake news, ¿no?
—(Christopher Marsh) Sí, sin duda… El énfasis es en el poder de los españoles, en la idea de que eran una fuerza inmensa, una flota inmensamente armada, y la minúscula y desamparada Inglaterra de alguna manera sobrevivió. Lo que no se sabe es el hecho de que El Rosario en cierta manera cayó por sí mismo, al chocar con otro barco español… Pero la balada es más sobre la lucha entre un imponente imperio católico y una pequeña nación protestante.
—(Lucy Worsley) Hay algo en el lenguaje empleado en todo eso. Tenemos a vírgenes que serán desvirgadas y a bebés que serán aniquilados. Es la lengua de los tabloides, ¿no?
—(Christopher Marsh) Indudablemente. Suscita una histeria contra una peligrosa fuerza extranjera. Se diría que la gente ve a través de ello pero es más bien que la gente cree lo que quiere creer.
La Armada Española continuó navegando por el Canal de la Mancha durante ocho días. Pero cuando llegaron a Calais, no había señal de las tropas españolas de invasión que vendrían de Flandes en apoyo. La Armada tenía que esperar expuesta a ataques.
Es este el gran momento de Isabel. La reina visitó a su ejército en Tilbury, a las orillas del Támesis, donde se había congregado para proteger la ciudad de Essex. Pronunció una impactante arenga a su tropa. Afirmó que ella, ella misma, estaba en medio de los soldados y en el fragor de la batalla para vivir y morir con todos ellos. Dijo:
En la versión tradicional inglesa de la historia, el discurso de la reina disparó el ataque. Los ingleses incendiaron a ocho de sus propias naves y las lanzaron en medio de la Armada. Ante el pánico, las naves españolas levaron anclas y fueron dispersadas. Tres colisionaron y una encalló. En la batalla que siguió, se perdieron cuatro naves españolas. Entonces, un fuerte viento se llevó a la Armada hacia el norte. Para evitar más pérdidas, los españoles pusieron rumbo a casa vía Escocia e Irlanda.

Pero cuidado, dice Lucy Worsley: «Parece como si el grito mitinero de Isabel hubiera surtido efecto, pero de hecho la historia de su más famoso discurso está plagada de agujeros y la mayor mentira de todas es la cronología. Cuando Isabel empezó a planear su visita a Tilbury, la invasión parecía inminente. Pero cuando ella pronunció realmente el discurso, la batalla ya había transcurrido. Ese espectáculo en Tilbury tuvo lugar once días después de que se hubiera pegado fuego a aquellas naves. En el momento del discurso de la reina, la Armada Española se había ido y estaba ya en las costas de Escocia. No solo los soldados ingleses no combatieron, sino que muy pronto se les envió a casa. Y eso era porque la reina no podía permitirse pagarles honorarios.»
¿De dónde proceden esas falsedades, pues? Desvela Lucy Worsley: «Un poeta, James Aske, que aseguraba haber estado en Tilbury, escribió versos épicos sobre los ‘triunfos isabelinos’, en noviembre de 1588. Mitifica a Isabel como una reina guerrera y coloca su discurso en Tilbury antes de la batalla, para conseguir un efecto más dramático. Sin embargo, Aske no menciona la más famosa línea de su arenga. La referencia ‘al corazón y al estómago de un rey’ no apareció hasta 35 años después del acontecimiento. La introdujo un capellán protestante que habría estado también el Tilbury, y que tenía muchas ganas de glorificar a Isabel, ya fallecida mucho tiempo atrás. Los historiadores todavía discuten sobre la autenticidad de la arenga.»
El discurso de la reina en Tilbury es ahora parte de la historia británica. Continúa inspirando en el siglo XXI. La actriz Cate Blanchett (arriba, en la imagen) lo ha representado en el cine. Durante la copa mundial de fútbol femenino de 2019, una publicidad lo rememoraba con caras famosas.
Cuenta Lucy Worsley: «Cuando la Armada emprendió su largo viaje de regreso a España, por lo menos 22 barcos se hundieron en tormentas a lo largo de la costa de Escocia y de Irlanda. No fue ni la reina ni sus naves las que suministraron el golpe decisivo a la Armada Española, fue el tiempo. Ese factor era apto también para la narrativa de Isabel. Las tormentas que dispersaron la Armada eran ‘tormentas de Dios’, lo que quería decir que Dios se había puesto de lado de la parte protestante y en toda Europa los protestantes se pusieron de acuerdo para sacar tajada de la circunstancia. Hasta la misma Isabel escribió un verso en el que alababa a Dios que había hecho los vientos y las aguas levantarse para dispersar a todos sus enemigos. En los Países Bajos, se fabricaron medallas conmemorativas», como la que muestra Worsley en el documental y que dice: “Él sopló” y ellos «fueron dispersados» (dissipati, en latín). Inglaterra se transformó en una nación unificada, victoriosa y protestante.

«Después de la Armada –cuenta Lucy Worsley–, la propaganda protestante continuó. Una carta de un sacerdote católico en Inglaterra, dirigida al embajador español en París, se publicó en toda Europa. La persona que la escribió veía muy lamentable que España hubiera intentado invadir Inglaterra, y subrayaba que hasta los católicos de Inglaterra consideraban que había sido una mala idea, un error a los ojos de Dios. Esos católicos ingleses eran más leales a la reina que al Papa. La palabra que él usa es “addicted” (adictos). Dice que eran adictos a ella, a la reina. Y algunas copias añaden: ‘Aquí termina la historia de la mala fortuna de la Armada Española, que se llamaba Invencible. Invencible. Ja, ja, ja’. Invencible lo escriben con letras mayúsculas, justo para subrayar esta ironía deliciosa. La descripción de la Armada como invencible aparece todavía hoy en nuestros libros de historia, pero nunca fue empleado ese adjetivo por los españoles para describir su Armada. Pero es todavía peor. La carta era falsa. Era una falsificación. La fabricó el maquiavélico William Cecil, un consejero cercano a Isabel. Hay incluso borradores de esa carta de su propio puño y letra. Un éxito brillante de una “fake news”. La gente lo creyó y pensaron que si incluso los católicos ingleses estaban contentos con la reina, entonces ella debería realmente gobernar sobre una nación unificada.»
En noviembre de 1588, la reina Isabel organizó una procesión por Londres. Fue su desfile de la victoria. No obstante, sus promesas en Tilbury de recompensar a sus soldados fueron en realidad retórica hueca. La guerra había vaciado los cofres reales. Los marineros que lucharon para Inglaterra enfermaron, y estaban reclamando inútilmente la soldada. La Corona amenazaba con prisión a esos que «calumniosamente» sugerían que no les habían pagado. William Cecil echó sal a la herida. Dijo: “Bien, si los soldados mueren por enfermedad, entonces por lo menos la Corona no les tendrá que pagar.” A finales de 1588, más de la mitad de los hombres que lucharon en la campaña contra la Armada Española habían muerto, y no los habían matado los españoles, sino las enfermedades y el hambre.
La realidad de la Inglaterra después de la Armada fue una crisis económica y una reina cada vez más impopular. Pero la historia se dispuso a camuflar todo eso gracias a los cortesanos aduladores. Encargaron un cuadro que celebraba a la reina, sus perlas, su virginidad y sobre todo su victoria sobre la Armada. Se conoce como El retrato de la Armada. En el documental lo comenta a fondo la historiadora de arte Allison Goudie.

En 1592, Lord Howard, el comandante de la Navy que luchó con Francis Drake contra la Gran Armada, encargó diez tapices para su casa de Londres. Reflejaban su relato de la batalla a una escala gigante. En 1616, Howard vendió sus tapices al rey Jacobo. Y se colgaron en el corazón del poder político, en la House of Lords. Al finales del siglo XVIII, los tapices se habían convertido en una parte integral de Westminster. No solo eran un recordatorio de un gran evento histórico. Se usaban también como propaganda por mérito propio. En 1834 se quemó Westminster. Pero surgió enseguida un plan para recrear los tapices como pinturas para el nuevo palacio victoriano reconstruido de Westminster.
Es significativo que se eligiera este episodio histórico, añade Lucy Worsley. Era como si la reina Victoria deseara que le «cayera un poco de esa gloria pasada». Comenta la historiadora Sileas Wood que así se trazaba una línea de continuidad «muy clara entre Victoria misma y todos los antepasados Tudor», justo cuando, en el siglo XIX, Gran Bretaña dominaba los mares.
Aproximadamente 400 años después de la Armada, otra lideresa estaba orgullosa de alinearse con la guerrera Isabel I. En enero de 1976, Margaret Thatcher pronunció un discurso llamado Britain Awake (Gran Bretaña, despierta). Era una llamada a los británicos a oponerse al comunismo y a la agresión rusa. Respondiendo a ese discurso, el diario soviético Estrella roja le puso un mote a Margaret Thatcher que ha hecho fortuna: Margaret Thatcher era la Dama de Hierro. Ella respondió una semana después con otro discurso que se interpreta como una alusión a Isabel I, la del «corazón y el estómago de un rey».
En 1998, el general Pinochet fue retenido bajo arresto domiciliario en Inglaterra. España quería extraditarlo para juzgarlo por crímenes contra la humanidad. Margaret Thatcher se enfrentó a España y se implicó al máximo para que Londres lo liberara. Lo consiguió. Antes de que Pinochet abandonara la capital del Reino Unido, su amiga Thatcher le regaló una placa conmemorativa de la derrota de la Armada Española.
En 1589, Sir Francis Drake lanzó un ataque contra España. Sus órdenes eran que destruyera todo lo que quedaba de la flota española, que invadiera Portugal, que entonces pertenecía a España, y que pusiera a un rey portugués en el trono. Pero la expedición fracasó. La Contraarmada de Inglaterra fue un desastre.
Lucy Worsley, en este punto del documental, ya al final, entrevista al historiador español Luis Gorrochategui Santos, autor de Contra Armada. La mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra.
—(Lucy Worsley) Hoy, los ingleses han olvidado la historia de la Contraarmada. ¿Era bien conocida en la época en que sucedió, en el siglo XVI?
—(Luis Gorrochategui Santos) La catástrofe de la Contraarmada fue muy conocida en Inglaterra. La catástrofe fue horrible. Más de 20.000 hombres, más de las cuatro quintas partes de los hombres que participaron en la expedición, perdieron la vida. Claro que fue conocido en la Inglaterra de ese momento. Sin embargo, ya en el verano de 1589, se publicaron panfletos exculpatorios propagandísitos para ocultar la catástrofe ante los ojos de la opinión pública inglesa y de la opinión pública europea.
—(Lucy Worsley) Los panfletos rebajaban el fracaso y cargaban contra relatos negativos de la expedición, calificados de maliciosas calumnias.
—(Luis Gorrochategui Santos) Isabel I supo manejar muy bien la propaganda, mucho mejor que Felipe II.
—(Lucy Worsley) ¿Nuestra propaganda era mejor?
—(Luis Gorrochategui Santos) Sí, desde luego. En aquella época España era un imperio universal, el Imperio inglés aún no había nacido. Para Felipe II no fue importante la derrota de la Contraarmada, tan importante como para Inglaterra la derrota de la Armada Española. España era la primera potencia e Inglaterra un país que quería entrar en la historia. Al revés que ahora.
—(Lucy Worsley) De tal manera que a nosotros, los ingleses, nos gusta pensar en que Inglaterra derrotó a España. Ganamos. Pero no es tan simple, ¿no es cierto?
—(Luis Gorrochategui Santos) No, no lo es. La Armada Española volvió a España y fue reparada; la Contraarmada inglesa, al año siguiente, sufrió una catástrofe que duplica al de la Armada Española del año anterior. De tal manera que no se puede decir que Inglaterra ganó la guerra. No se puede decir que Inglaterra hundió a la Armada Española. Eso fue un mito creado para la forja de una identidad nacional, de un orgullo nacional. Sobre él se ha construido un relato nacionalista, mítico, inglés, totalmente intocable, sagrado. La Contraarmada sería un estorbo para ese relato. La Contraarmada ha desaparecido de los libros de historia ingleses por ese motivo.
Por más de 400 años, la historia mítica de la derrota de la Armada Española ha llenado a Gran Bretaña de un sentido de confianza, ambición y petulante independencia. Recientemente, en plena guerra del Brexit, el actual primer ministro Boris Johnson declaraba: “Nadie en los últimos siglos ha tenido éxito apostando contra el coraje, el nervio y la ambición de este país”.
Concluye Lucy Worsley: «La historia de la Armada Española, como la cuentan los isabelinos, y se vuelve a contar por generaciones desde entonces, es un legado muy potente. Ha sido manipulada por monarcas, artistas y políticos durante siglos. Pero permanece como un mito inspirador nacional que nos reafirma en los tiempos de crisis. Se usa para convencernos de que nuestra pequeña isla puede enfrentarse a superpotencias, que procedemos de una estirpe con unos líderes inspirados y con la cabeza fría, de tal manera que, pequeños como somos, podemos jugar un papel poderoso en el escenario del mundo. Incluso en una era secular como la nuestra parece como si los ingleses, el pueblo británico, se sintiera especialmente marcado para la grandeza. Así, independientemente de que sea verdad o no, el drama o la derrota de la Armada nos da confianza para creer en nosotros mismos. ¿Quién sabe a dónde nos llevará próximamente esta mezcla de hechos, de fantasía y de mentirijillas?»
Blaise Pascal es uno de los más grandes, aunque (o quizá por eso) no está exento de contradicciones. Para las cuales, se puso la venda de sus «razones que tiene el corazón que la razón no conoce», tan quijotescas. Su corazón, en consecuencia, bien pudo ver razonable que «todas las desgracias del hombre se deriven del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación»; e, inmediatamente después -sístole-diástole- asegurar que «el yo es odioso», a pesar de que será casi lo único que va a encontrarse uno en la susodicha habitación.

En su línea hay toda una literatura de la quietud, fascinante, que se está citando mucho estos días a cuenta de nuestra cuarentena; pero que no recoge fielmente la situación real. No estamos ante el retiro solitario del sabio que descubre las vanidades del mundo. El confinamiento es obligatorio y, encima, familiar y estricto.
Tan juntos y revueltos estamos ahora que nos viene más bien a la memoria Viktor Frankl. El psiquiatra austríaco en su imprescindible El hombre en busca de sentido (1946), cuenta que lo más duro de estar recluido en un campo de concentración nazi era la falta de soledad. Él la buscaba desesperadamente y le bastaban cinco minutos mirando las nubes o el paisaje tras las rejas para coger aire.
Xavier de Maistre aporta una actitud lúdica hacia su confinamiento y unas sutiles tácticas para tratar a las ocasionales y forzosas compañías y al propio yo
Retirándome a mi cuarto, allí, asomado a la ventana, recuerdo una obra que misteriosamente no se está citando en todos los recuentos de literatura apropiada para la cuarentena salvo en Twitter por Juan Claudio de Ramón Jacob Ernst y por Alonso Pinto. Se trata de Viaje alrededor de mi habitación (1794), del delicioso escritor francés Xavier de Maistre (1763-1852), hermano menor del conde de Maistre, Joseph, el implacable teórico de la política reaccionaria. Xavier de Maistre aporta una actitud lúdica hacia su confinamiento y unas sutiles tácticas para tratar a las ocasionales y forzosas compañías (el criado y los vecinos) y, sobre todo, al propio yo, con piedad, ironía y un secreto sentido moral.
Protagonista de una fascinante y fecunda biografía que es una larga novela, ya estaba exiliado de la Francia revolucionaria cuando escribió este libro. Prestaba servicios militares en Turín. Su participación en un duelo prohibido fue la razón de que le condenasen a un largo arresto domiciliario de cuarenta y dos días. Ante esa situación, sin embargo, él, muy ufano, se pregunta: «¿Era acaso para castigarme por lo que me habían relegado en mi cuarto, en esta comarca deliciosa que encierra todos los bienes y todas las riquezas del mundo? Tanto valdría desterrar a un ratón en un granero».
Casi embriagado de recuerdos, ensoñaciones, divagaciones y esperanzas, transforma el confinamiento en unas semanas tan apacibles como provechosas. Tanto que, cuando lo van a liberar, exclama: «País encantador de la imaginación, que el Ser bienhechor por excelencia ha otorgado a los hombres para consolarlos de la realidad, es preciso que me despida de ti. Hoy es el día en el cual […] pretenden volverme a la libertad, como si me la hubieran quitado, como si estuviera en su poder arrebatármela un solo instante e impedirme recorrer a mi antojo un vasto imperio siempre abierto ante mí. Me han prohibido ir y venir en una ciudad, en un punto; pero me han dejado el universo entero; la inmensidad y la eternidad están a mis órdenes».
Que no nos engañe, con todo, la solemnidad enternecida de las despedidas. En su cuarto, también ha tenido tiempo de aburrirse, de fantasear, de desesperarse. Con todo, es un espléndido espejo (bastante favorecedor, como deben ser los espejos) para nuestro presente. Incluso encuentra, como nosotros, un consuelo muy especial en la compañía de su perrita, “Rosina”, y eso que no tenía permiso para sacarla de paseo. Dice: «He tenido algunos amigos, varias amantes, una porción de relaciones y muchísimos conocidos, y ahora ya no soy nada para toda esa gente, que ha olvidado hasta mi nombre», a diferencia de “Rosina”.
Como es lógico, pierde a ratos la mesura: «A veces río, a veces lloro, a veces las dos cosas a la par…» Y hasta se le escapan, a pesar de su cuidada pose de frívolo descuidado, pensamientos hondos. Entonces, se revela tan contrarrevolucionario como su severo hermano. Emociona el recuerdo orgulloso que dedica a su padre. Cuando al fin pueda visitarlo en su tumba, se presentará allí, asegura, sin haber dado un motivo para que su altivo progenitor pueda avergonzarse de él. Son vislumbres de una vida interior más sólida. Enseguida, vuelve a sus sonrisas y a la prosa ligera, aunque sin perder nunca el peso: «… pero todo va hacia la muerte y la eternidad… Todo va a concluir. Por eso puede uno reírse, llorar o las dos cosas a la vez».
UN LIBRO AHORA IMPRESCINDIBLE
No gasta frases grandilocuentes ni, mucho menos, presume de ahorrarle ningún mal al ser humano con su aislamiento. Eso, a nosotros, no nos hace falta, porque los bienes sociales y sanitarios que saldrán del nuestro los sabemos de sobra. En cambio, Xavier de Maistre nos da ejemplo de cómo llevarse razonablemente bien con el propio yo, riéndose un poco de uno, que es la mejor forma de viajar alrededor del propio cuarto. Siempre fue un libro encantador; ahora quizá sea imprescindible.
Podemos interpretar la Historia como la sucesión de varias melodías dominantes o como una crónica lineal marcada de principio a fin por un solo signo. O, tal vez, podemos pensar que tiene mucho más de polifónica, semejante a un gran tapiz formado por millones de hilos y acontecimientos que se entrecruzan a lo largo de los siglos.
Para unos, el mundo es misterioso —por supuesto—, pero su evolución anuncia un sentido claro, unidireccional como la punta de una flecha. Para otros, el mundo sigue siendo un lugar misterioso e inabarcable y, sin embargo, su símbolo es menos el arco y la flecha que el mosaico con sus diminutas teselas. Para el historiador británico de origen español Felipe Fernández-Armesto —autor del fascinante libro que aquí se reseña, 1492. El nacimiento de la modernidad (editorial Debate)—, el trazo de la civilización tiene forma de abanico, sin un punto central, irreductible a un relato unívoco.

1492 resulta, indudablemente, un año clave para Occidente: el descubrimiento de un nuevo mundo que ensanchaba el espacio de un modo casi mitológico, alumbrando los sueños de media humanidad. Si América representa la modernidad, es también porque a partir del Descubrimiento, la Historia se anuda a su futuro de una forma radical: un futuro que será el oro y la riqueza, pero también unas culturas y unos pueblos distintos —recordemos el impacto que supuso para el Derecho de gentes y que se vislumbra ya en De los caníbales, el famoso ensayo de Montaigne—. También las inauditas libertades políticas y religiosas que tomarán cuerpo, primero en los Estados Unidos y, más tarde, en el conjunto del hemisferio atlántico.
MOMENTO INICIAL DE LA GLOBALIZACIÓN
Pensemos en la forja de nuevas naciones y en el predominio de Occidente; pensemos, por último, en la consolidación de imperios y potencias que permanecerán hasta nuestros días. 1492 representa el origen de todos estos cambios, pero no exactamente con la linealidad de una única melodía. Cuenta Ernst Jünger que, a finales de la década de los treinta, resultaba ya obvio que alguna catástrofe iba a ocurrir, aunque nadie tuviera claro dónde se iba a originar concretamente. El autor nos sugiere algo parecido: en el ambiente, en la vida de las cortes, en el latido de las ideas, se husmeaba la magnitud de las transformaciones que se iban a producir.
«El año 1492 —leemos en la página inaugural del libro— no solo transformó la cristiandad, sino que reordenó el mundo en su conjunto». De hecho, cabría hablar del momento inicial de la globalización, ese arranque dubitativo pero firme de un planeta unificado. «Todas las naciones del mundo son humanas», afirmó el teólogo dominico Bartolomé de las Casas, abriendo el camino a un auténtico derecho internacional. En esa pugna ya clásica entre el espacio y el tiempo, el planeta parecía decidido a mudar su piel y, de ese modo, a estrenar unas ideas distintas. Por un instante, la fantasía se hizo realidad. Al menos, los sueños se tornaban plausibles.
Como observa el autor del libro, «ningún año tomado de forma aislada inauguró jamás por sí solo la modernidad de nadie. Pero, para nosotros, 1492 fue un caso especial. Por primera vez se volvían inteligibles en los archivos históricos los rasgos fundamentales del mundo en que vivimos: la forma en que se distribuyen por todo el planeta la riqueza y la pobreza, las culturas y los credos o las formas de vida y los ecosistemas. Todavía estamos adaptándonos a las consecuencias». Esto es así.
No es cierto, como a veces se ha repetido ingenuamente, que entonces se creyera que el mundo era un espacio plano; no desde luego las clases ilustradas
A través de diez capítulos y un epílogo, el profesor Fernández-Armesto intenta capturar la enorme vitalidad de aquel momento, así como su extraordinaria pluralidad interna. En el primer capítulo, se nos habla de la cartografía de la época, a medio camino entre la voluntad profética (el milenarismo no constituía un discurso infrecuente en aquella Europa que se hallaba a la espera del Juicio Final) y los conocimientos científicos. No es cierto, como a veces se ha repetido ingenuamente, que entonces se creyera que el mundo era un espacio plano; no desde luego las clases ilustradas.
Fue precisamente durante aquel año cuando se construyó en Núremberg el primer globo terráqueo conocido, obra de Martin Behaim e icono de una modernidad incipiente que se atrevía a presentar el mundo tal y como se suponía que era: redondo y en apariencia exacto, puesto al día diríamos hoy, aunque asombrosamente pequeño. Como motor del progreso, actuaba el interés comercial —sobre todo por la demanda de las especias—, incitado por ese espíritu homérico de la curiosidad y el gusto por lo desconocido que caracteriza a Europa, en palabras del erudito italiano Pietro Citati. Si «el mundo es poco», según señaló el almirante Cristóbal Colón, entonces puede ser colonizado y conquistado, dominado por aquellos que sueñen con traspasar las fronteras marcadas por el gran océano. Y, si a Occidente le correspondió este privilegio, se debe seguramente al ensimismamiento y a los conflictos internos de los imperios de la época.
No se entiende, por supuesto, 1492 sin el optimismo español derivado de la reunificación —después de la toma de Granada—, la alianza entre coronas simbolizada por los Reyes Católicos y la estremecedora —solo con los años se calibraría su impacto— expulsión de los judíos. «Nada de lo que Fernando e Isabel hicieran —leemos en el libro— tenía sentido completo si no se cotejaba con el telón de fondo de una creencia renovada, persistente y prolongada: la de que aparecería un Último Emperador del Mundo que derrotaría al islam y se enfrentaría al Anticristo». Durante un tiempo, la corte aragonesa coqueteó con la idea de que ese rey universal fuese Fernando, el príncipe maquiavélico. En cierto modo, el descubrimiento de América confirmaba la veracidad de las profecías: la Historia penetraba en una terra incognita que iba de la mano con lo sobrenatural.
Pero no solo era España la que despertaba. Más al sur, el islam —Felipe Fernández-Armesto le dedica en el libro un interesante capítulo— recorría las rutas doradas de los imperios del África. Un mundo desconocido que rivalizaba en lujo y esplendor con los palacios otomanos. El de Malí, en el extremo meridional de la Ruta del Oro, fue el más célebre. Su protocolo era exótico, lujoso y sofisticado, con notables pinceladas de crueldad.
«La diversidad de quienes le rendían tributo —leemos en 1492— impresionó a Ibn Battuta, sobre todo por los emisarios caníbales, a quienes el mansa [equivalente a emperador] había ofrecido una esclava joven; volvieron para agradecérselo embadurnados con la sangre del regalo que acababan de consumir. Por fortuna, según refirió Ibn Battuta, “dicen que la carne del blanco es perjudicial porque no está madura”». Sobrevolaban esos imperios lejanos y exóticos dos religiones dispuestas a sustituir al animismo local y a conquistar ese mercado de grandes riquezas: el islam, por un lado, y el cristianismo —sobre todo con Portugal—, por el otro. De nuevo, esa aparente dicotomía entre musulmanes y cristianos, que todavía perdura hoy en el África negra, empezó aquel siglo (aunque no debemos olvidar que el cristianismo etíope es de origen antiquísimo), impulsada por el afán comercial.
LA FRONTERA DEL MARE NOSTRUM
Al norte de África —Fez, Orán, Túnez— se desplazaron muchos de los judíos expulsados de España. Otros en cambio prefirieron Portugal, los Países Bajos o las ciudades italianas. Sin embargo, la mayoría optaron por instalarse en las tierras que se encontraban bajo la protección del Imperio otomano, el cual se había convertido, tras la caída de Constantinopla, en uno de los grandes poderes del Mediterráneo. «Los gobernantes otomanos —sostiene Fernández-Armesto— llevaban mucho tiempo representándose a sí mismos como guerreros que combatían para defender y fortalecer el islam, pero construyeron un imperio plural desde el punto de vista cultural y heterogéneo desde el confesional, en el que se toleraba a los cristianos y judíos, aunque estaban sometidos a unos impuestos discriminatorios y a unas modalidades de préstamo de servicios al sultanato muy gravosas, la más notable de las cuales era el reclutamiento anual de niños, a quienes se apartaba de sus familias, se educaba como musulmanes y se enviaba al sultán como esclavos, soldados o sirvientes». Eran los famosos jenízaros, tropas militares de élite cuya lealtad al sultán rozaba lo religioso.
El mar Mediterráneo se repartía entre dos armadas, la española y la turca, que se miraban de reojo. El Mare Nostrum se convertía también así en una frontera religiosa que se va a mantener inalterable. «Debido a los vientos y las corrientes —leemos—, los turcos, a pesar de la superioridad numérica de su flota, estaban siempre en desventaja. La consecuencia de ese empate entre España y Turquía fue que la unidad del mundo mediterráneo, cuyos cimientos sentaron en la Antigüedad los navegantes griegos y fenicios, y que el Imperio romano culminó, nunca volvió a consolidarse». Años más tarde, la jornada histórica de Lepanto, fraguada por la Santa Liga del papa Pío V, bajo el signo del Rosario, rompió ese empate en favor de los españoles. Pero, como todos los triunfos, fue temporal. Durante siglos, las razzias otomanas siguieron causando pavor en Europa.
Seguramente en ningún otro país se sintió con mayor fuerza ese miedo a los turcos que en Italia. Dividida en infinidad de pequeñas naciones, objeto de la codicia de los poderosos reinos europeos, vivía sin embargo un extraordinario renacer artístico y cultural, cuyo principal epicentro se encontraba en Florencia, en torno a la corte de los Médicis. Como en una maldición, tras diversos augurios que anunciaban una calamidad, el 9 de abril de 1492 fallecía sorpresivamente Lorenzo el Magnífico; poco después, caería toda su familia.
El Renacimiento se extendía fuera de las fronteras italianas, pero al mismo tiempo su brillo empezaba a oscurecerse. Fernández-Armesto acierta al asociar la extraña figura del fraile dominico Savonarola (quien, enfrentado a la corte de los Médicis, terminó en la hoguera) con el negativo de la modernidad. «La adicción al milenarismo, la fe en las visiones, la estridencia profética, el odio al arte y la desconfianza hacia el conocimiento secular de Savonarola lo entroncan con aspectos del mundo moderno que la mayor parte de la modernidad rechaza: el oscurantismo religioso, el fanatismo extremo y el fundamentalismo irracional». Savonarola fue en muchos sentidos precursor de Lutero, el cual le profesaría abierta admiración. También ahí se configuraba una época nueva.
Más al Este —«Rumbo a la Tierra de las Tinieblas», titula el capítulo el profesor inglés— tenía lugar una partida política y militar que iba a transformar la geoestrategia del continente. Polonia y Rusia se jugaban su condición imperial bajo el acoso incesante de las hordas mongolas. La expansión del principado de Moscú bajo el dominio de Iván III y la muerte de su principal rival, el monarca polaco Casimiro IV, selló también el futuro. «Iván —leemos en 1492— convirtió Rusia en el Estado imperial irrefrenable que desde entonces ha desempeñado un papel de primer orden en la política mundial. Bajo su reinado, la extensión de los dominios sometidos a la influencia nominal de Moscú aumentó desde los quince mil hasta los seiscientos mil kilómetros cuadrados. Se anexionó Nóvgorod y desgarró las fronteras de Kazán y Lituania. Cifró sus prioridades en Occidente. Definió el liderazgo de Rusia en la religión ortodoxa. Trazó una frontera nueva con la Europa católica pero, al mismo tiempo que excluía el catolicismo, abría Rusia a las influencias culturales de Occidente. Se deshizo del yugo de los mongoles e invirtió el sentido de la supremacía imperialista en Eurasia».
Cabe preguntarse por qué fue un pequeño reino europeo, España, el que llegó a América, en lugar del gigante asiático
Por supuesto, Asia resulta incomprensible sin China y Japón; es decir, sin su cultura, su religiosidad, su arte, sus instituciones milenarias y su extraordinaria potencia económica. En 1492, Cristóbal Colón pretendía llegar a las Indias y no descubrir un nuevo continente. Era el comercio de sus riquezas lo que anhelaban aquellos hombres y no la conquista de unos territorios desconocidos. Por extensión, historia y demografía, China era lo más cercano a una superpotencia que existía en aquellos días: una civilización milenaria, fuertemente burocratizada, que había coqueteado con el dominio del océano Índico, el cual, en palabras de Fernández-Armesto, «albergaba el comercio más suntuoso de la Tierra». Cabe preguntarse por qué fue un pequeño reino europeo, España, el que llegó a América, en lugar del gigante asiático. La respuesta quizás haya que buscarla en la propia autosuficiencia china, que había iniciado ya una suerte de repliegue interior. Una América china —o japonesa— sería perfectamente imaginable. En ese caso, seguramente, el rostro de la civilización hubiera sido mucho menos occidental de lo que ahora damos por incuestionable. El azar y las decisiones juegan un papel asombroso en el rumbo que toma la Historia.
Al evocar 1492, pensamos sobre todo en la gloriosa hazaña de Cristóbal Colón y sus tres carabelas. Hoy sabemos que el Descubrimiento fue tan fortuito como inevitable. Inflamado por las novelas de caballería, el almirante genovés anhelaba convertirse en un gran señor. Los expertos en cartografía sugerían que Eratóstenes se había equivocado en sus cálculos sobre el tamaño del planeta y que, según apuntaba el globo terráqueo de Martin Behaim, el océano era más pequeño de lo que se creía. El miedo, la angustia y la tensión entre la tripulación y los pilotos de los navíos fueron constantes a lo largo de toda la travesía. «Colón buscaba señales (los remolinos y el vuelo bajo de aves) y empezaba implícitamente a comparar el viaje con la travesía del Arca de Noé —leemos—, pues apreciaba, o tal vez imaginaba, la visita a su barco de “aves terrestres cantoras”». Ni siquiera hoy somos capaces de precisar con exactitud qué isla divisó, ya que «podría haber sido casi cualquier isla de las Bahamas o del conjunto insular de Turcos y Caicos». Desde luego, no era Japón ni las Indias ni la tierra de los Kanes. A su regreso a España, pudo traer oro de La Española, indígenas cautivos, loros y vainas de chile picante.
SEMILLERO DE HEGEMONÍAS GLOBALES
Resulta difícil precisar hoy lo que implicó aquel descubrimiento. Para España, supuso inaugurar su condición de imperio. Para el mundo, abrir definitivamente un espacio y un tiempo distintos. El ascenso de Europa se consolidaba. Los imperios americanos estaban a punto de colapsar. Nada tenía vuelta atrás. Como constata Felipe Fernández-Armesto, «la incorporación del continente americano, de sus recursos y oportunidades, serviría para que Europa dejara de ser una región pobre y marginal y se convirtiera en un semillero de hegemonías globales potenciales. Pudo no haber sucedido así. Si los conquistadores chinos se hubieran preocupado del continente americano, tal vez hoy día lo consideraríamos parte de Oriente y es muy probable que la línea internacional del cambio de hora dividiera el océano Atlántico».
1492. El nacimiento de la modernidad resume perfectamente la extraordinaria pluralidad que mueve el curso de la Historia. Es un libro de lectura obligada, sugestivo y a la vez inquietante. Nos muestra el vigor de las sociedades y de las culturas, pero también su declive e incluso su eclipse acelerado, como sucedió con las civilizaciones amerindias. En el epílogo —«El mundo en que estamos inmersos»—, el autor reflexiona sobre el misterio de la complejidad. Se dan, por supuesto, profundas permanencias antropológicas en el hombre —de ahí la actualidad perenne de los clásicos— y, sin embargo, a la vez somos hijos de un tiempo siempre nuevo.
Si contemplamos la sociedad de hace apenas un siglo —o, incluso menos, de hace medio siglo—, solo podemos asombrarnos de los cambios que hemos vivido: la revolución tecnológica, la urbanización masiva, la magnitud del cambio climático, la llegada de los totalitarismos y su posterior caída, las distintas ideologías, el declive de los imperios y el esplendor del globalismo, la conquista del espacio… «Gran parte del marco intelectual con el que estamos familiarizados en el mundo actual era nuevo a principios del siglo XX; la primera era de la relatividad, la mecánica cuántica, el psicoanálisis y el relativismo cultural. […] Parte de la ciencia y de la tecnología que conforman nuestro modo de pensar y de vivir y nuestros temores característicos son de origen más reciente: las armas nucleares, las microtecnologías de la información, la genética del adn…». Y así un largo etcétera.
«Los sucesos de aquel año —apostilla el autor— empezaron a modificar el equilibrio y la distribución de fuerza y de riqueza en todo el planeta»
Lógicamente, nuestro mundo cambió a finales del siglo XV, como se prueba en este libro. «Los sucesos de aquel año —apostilla el autor— empezaron a modificar el equilibrio y la distribución de fuerza y de riqueza en todo el planeta, haciendo lanzarse a los océanos a las comunidades de Europa occidental, fortaleciendo el Estado ruso por primera vez y anticipando (aunque, como es lógico, no ocasionando) la decadencia del litoral asiático y de las potencias tradicionales del océano Índico y sus mares adyacentes».
Ese mundo llega también a nosotros y es interesante constatarlo, ahora que da muestras de agotamiento con el resurgir de China, el envejecimiento demográfico e intelectual de Europa y las tentaciones iliberales que empiezan a aquejar a las élites occidentales. Pero lo único cierto es que, como le gustaba repetir a Gonzalo Redondo, «la Historia es la historia de la libertad». De la libertad y de sus fabulosos misterios, diríamos. Y este ameno y culto ensayo de Felipe Fernández-Armesto nos ayuda a reconocerlo.
Grandes autores como Tucídides, Bocaccio (El Decamerón), Edgar Allan Poe (La máscara de la muerte roja) o Daniel Defoe han recurrido a plagas, epidemias y grandes catástrofes como escenarios o leitmotivs de sus obras. Algunas se refieren a hechos reales (como la peste de Atenas, en el caso de Tucídides, o la que asoló Londres en 1665, recreada por Defoe en Diario del año de la peste), otras tienen carácter simbólico, como la falta de visión en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Y todas ellas se han convertido en clásicos de la literatura y profundos estudios sobre la condición humana.
Hacemos una selección de seis aproximaciones literarias que corresponden a otros tantos artículos publicados en Nueva Revista.
LA PESTE
La obra más emblemática sobre plagas y epidemias es La peste, del francés Albert Camus, premio Nobel de literatura. En la ciudad de Orán (Argelia), durante los años cuarenta, irrumpe de improviso la citada enfermedad. La obra tiene varias lecturas: antropológica, ética, filosófica (el enfrentamiento del hombre frente al absurdo). Pero también tiene una lectura política, ya que la peste se ha visto como una alegoría de lo que fue la ocupación nazi, como señalaba Francisco Martínez Hoyos.
Enrique García-Máiquez escribió también en Nueva Revista por la apuesta de Camus por la solidaridad y el compromiso ético por el hombre concreto y frente a las ideologías.

LA MONTAÑA MÁGICA
La montaña mágica, de Thomas Mann, publicada en 1924, es una de las grandes novelas del siglo XX, y gira sobre la huella de la muerte y la enfermedad. Narra la estancia del protagonista, Hans Castorp, en un sanatorio para tuberculosos, en vísperas de la Primera Guerra Mundial. En la novela vuelca Mann su visión y conocimiento acerca de una Europa en crisis, con una civilización tambaleante, como se explica en el artículo de Marga del Hoyo.

Otra aproximación a Thomas Mann y sus personajes marcados por la enfermedad y la muerte, la hace Felipe Santos en Mann sin atributos donde alude, entre otros personajes, a Hans Castorp, o a Gustav von Aschenbach, de Muerte en Venecia, tomando pie de la ópera de Benjamin Britten, del mismo título. En esta obra, por cierto, también aparece una epidemia, el cólera.
EL HÚSAR EN EL TEJADO
En medio de una Francia herida por una epidemia de cólera, un joven húsar italiano viaja en dirección a su país para cumplir una misteriosa misión. El francés Jean Giono hace un estudio sobre la dignidad humana en esta novela, en la que relata el espectáculo de una humanidad enferma de muerte, como subraya Javier Navascués.

EDIPO REY
La peste que asola a Tebas es el escenario de la tragedia de Sófocles. Su protagonista, Edipo, cumple la profecía según la cual mataría a su padre y se casaría con su madre. Como apunta José Luis García Barrientos, Edipo rey, escrita cuatrocientos años antes de Cristo, sigue encabezando el canon del teatro occidental de todos los tiempos, sin que ni siquiera Shakespeare se atreva a disputarle ese número uno.

LA CARRETERA
Cormac McCarthy, uno de los grandes narradores de las últimas décadas en EE.UU., con influencias de Faulkner y Hemingway, situa en una Norteamérica postapocalíptica su novela La carretera (2007), Premio Pulitzer. La obra, que analizó Jorge Bustos en Nueva Revista, cuenta las desventuras de un padre y su hijo pequeño que cogen la carretera y emprenden un éxodo penoso hacia el sur en una tierra que acaba de ser reducida a escombros.

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA
Esta novela del premio Nobel portugués José Saramago es una parábola sobre el egoísmo de la sociedad, de resonancias kafkianas, explica Adolfo Torrecilla. Describe la extensión imparable de una epidemia de ceguera en una ciudad simbólica, que acaba sumida en el caos. Como subraya el propio autor, «creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven».

Azorín describiría la escena con minuciosa exactitud, aunque no fuera cierta. Una tarde castellana, de azul magnífico y estridente. En el interior de la estancia, el cuerpo mudo del narrador de historias, envuelto en una luz tenue, húmeda, crepuscular, casi extinguida. Los frágiles rayos del atardecer penetrando por la ventana, rasgando la penumbra. Una figura pequeña con arrugas en el traje. El rostro –difuso, borroso, macilento– a la luz de una vela, que proyecta sobre los objetos su mirada melancólica y compasiva. Un crucifijo en la pared. Una silla agrietada. Una mesa colmada de libros y cuadernos. Los párpados, clausurados para siempre, ocultando los ojos del color del cielo, que sabían ver las cosas sin mácula, sin doblez. Las variaciones del misterio, el sacramento de las sombras, entre ellas la propia vida humana, efímera, evanescente. Sosiego, paz, silencio. Es la gramática de la tranquilidad, un último homenaje a la pintura holandesa.
José Jiménez Lozano (1930-2020) era un escritor secreto, privado, que vivía exiliado en las afueras, al margen de la ‘vida literaria’, ese oxímoron pavoroso. Desde su refugio en el campo, en Alcazarén, nos hacía compañía a sus lectores, frecuentaba nuestra intimidad, poblaba nuestras soledades. Allí, alejado del ‘mundanal ruido’, como en los versos de Fray Luis, conversaba con los muertos de su biblioteca y daba rienda suelta a su compleja y vasta obra. Narrador, ensayista, poeta, diarista y articulista, se consideraba a sí mismo un mero “escribidor”, un contador de historias. Veía las cosas a la luz adecuada, que es la luz del candil, resplandeciente de misericordia. Escribía en susurro o con voz queda, como si no dijera nada sino que sólo apuntara a decir, callando, la experiencia del Dios oculto, su deseo de absoluto.
Sencillez, comprensión y humildad parecían ser los tres valores cervantinos que mejor cuadraban con su personalidad. Podríamos añadir otros: tolerancia, discreción, fragilidad, indulgencia, ironía, un moderado escepticismo… Pascalianamente enemigo del yo, de la vanidad, del orgullo (“Yo querría que se leyesen y amasen mis libros, pero que se olvidase el nombre de quien los escribió”), apostó –también pascalianamente– por la estética jansenista de ‘lo simple natural’, una estética de la desnudez, el desapego y la simplicidad. Sentir la realidad en su desnudez, en su transparencia. Nada de simulacros, nada de estilos. El secreto es comunicar todo con muy poco, y la regla primordial, no mentir. De ahí, de esa relación con lo real, con la verdad, ya nacerá después –de forma natural– la belleza.
Frente al avance imparable de la razón científico-técnica que olvida el sentido del mundo y de la vida, Jiménez Lozano reivindicaba la tradición bíblica de la narración. Sabía que oír contar, escuchar una historia, es uno de los mayores placeres de la vida. Abandonarse a esa voz que narra y que, al narrar, inventa el mundo, como en el Génesis, pues son las palabras las que fundan el sentido. La narración, la memoria y la escritura pueden ser, incluso, remedios farmacéuticos contra la muerte: “Si se cuenta, si se narra, la muerte no tiene todo ganado. Y quizás escribes solamente por esto. Sólo por esto, pero para nada menos que para esto. Tú cuentas, mientras el Deus absconditus guarda bien escondida y al amparo del roedor de la muerte y del tiempo, para siempre, la memoria de todos”. El narrador ha de cargar con toda la memoria del mundo y de las gentes, recogiendo la confidencia de sus voces y poniendo sus vidas por escrito, para que nada se pierda. Como quería Walter Benjamin, la misión del narrador es hacer justicia contando la historia de los que han sufrido o padecido, evocando el recuerdo sereno, no vengativo, de los humillados y ofendidos.
Siguiendo ese precepto fundamental, y como heraldo de la Tercera España, Jiménez Lozano contó las historias de los heterodoxos españoles y trató de redimir nuestras heridas cainitas en libros varios, como Los cementerios civiles o Retorno de un cruzado. Había crecido desde pequeño entre los relatos de las dos Españas: “En medio de aquella posguerra civil, llena de odio y violencia, con pobreza solemne y aplastamientos, aprendí la misericordia para los que sufrían, que implicaba el ayudarles de inmediato como se pudiese, y desde luego la escucha también de lo que tenían que decir. Y he vivido mi infancia entre relatos: los de los vencidos y los de los vencedores”. Así como los miembros de la Escuela de Fráncfort –teólogos laicos– se negaban a admitir los hechos de la historia como realidades definitivas y esperaban la llegada de la justicia que redimiese los sufrimientos de los perdedores, Jiménez Lozano detestaba la brutalidad, la violencia, el miedo, el fanatismo, el gregarismo, la prepotencia y la victoria, puesto que “el triunfo siempre se hace con sangre ajena”.
Defendió la autonomía de la conciencia frente a los abusos del poder y clamó contra la politización de la vida cotidiana, preludio del totalitarismo. En su primera novela, la inolvidable Historia de un otoño, vertió el absoluto de la dignidad humana en los personajes de las monjas de Port-Royal frente al todopoderoso Luis XIV. Su humanismo religioso le llevó a ejercer de cronista oficial del Concilio Vaticano II para El Norte de Castilla y la revista Destino, artículos que después recogería en su libro Un cristiano en rebeldía. Pese a las prácticas inquisitoriales de nuestro pasado más oscuro que, según Américo Castro, habían acabado con la convivencia de las tres religiones en la península ibérica, Jiménez Lozano no dejó de insistir en que fueron los españoles los que “adivinaron que un hombre, si no era libre, no era hombre, y que todos los hombres eran iguales”. Tampoco hay que olvidar que fue cofundador de una de las empresas culturales más valiosas que se han llevado a cabo en España en las últimas décadas: Las Edades del Hombre.
Jiménez Lozano hacía una distinción tajante entre el escritor demiurgo y el escritor verdadero: el primero es aquel que juega con el lenguaje, que crea simulacros, que hace juegos retóricos e ingeniosos; el segundo es el que muestra lo real con palabras carnales y verdaderas. Hay que servir al lenguaje –no servirse de él– para expresar la realidad de forma transparente, como la atmósfera en un lienzo de Vermeer o de Velázquez. Se produce entonces una especie de desvelamiento, como cuando la niebla comienza a retirarse para dejar paso al sol y entonces “el paisaje, cubierto de una pátina de siglos, va retomando su luz y sus colores, y las líneas comienzan a definirse prodigiosamente”, como si un restaurador hubiese limpiado el cuadro. Puesto que Dios habita en el detalle y lo minúsculo no es intrascendente, el escritor debe mostrar la sencillez y verdad de las cosas pequeñas, sin hinchazón ni retóricas. Esa agua clara que encontramos en las historias de la Biblia o que supieron destilar literariamente los griegos.
Para Jiménez Lozano ética y estética van de la mano: una belleza real no puede asentarse nunca en lo injusto, ni tener complicidad con ello. Por eso las palabras que son esenciales, por su verdad y su belleza, pueden salvar al ser humano de la desolación. En una época en que la especie humana tiene la capacidad de liquidarse a sí misma y acabar con todo ser viviente, Jiménez Lozano encomiaba las virtudes de la narración de historias y el hacer presente la belleza a través del arte. Aunque la literatura no pueda impedir la barbarie, argumentaba, el escritor puede sabotear la maquinaria del horror y mantener a salvo una pequeña reserva de humanidad. Para lograrlo, debe centrarse en narrar las historias minúsculas y dolorosas de la gente humilde. A ese oficio admirable se agregaba con modestia: “El hombre lleva unos cuantos miles de años escribiendo, tratando de apresar un trozo de vida, de sorprender el lado de atrás de la realidad, de nombrar la belleza del mundo, de guardar la mención del amor, la alegría y la pasión y muerte de los hombres. Yo estoy en la cadena de los de ese oficio para añadir una palabra muy pequeñita, pero que sea verdadera y diga todo eso, deje traslucir toda esa hermosura”. Porque, como decía Keats y gustaba de recordar Jiménez Lozano, hay que escribir teniendo los pies en el jardín de casa y tocando con un dedo en las esferas del cielo.
Escribir es una forma de vivir, de ser hombre, y en el fondo la escritura consiste en verter el alma en el papel, expresando la gloria o el infierno que se vive. Si en la narración o en la poesía el escritor se deja llevar por la inspiración, como si la mano se moviese sola, en el ensayo es él quien lleva la batuta y lidera los argumentos. Su Guía espiritual de Castilla es una enciclopedia inagotable de la cultura, el arte, los paisajes, las prácticas religiosas y la intrahistoria castellana de milenios. Y resulta imposible glosar aquí la riqueza infinita de sus Retratos y naturalezas muertas, “un diálogo interior sobre cosas y porque sí, como confidencias al atardecer”. Aunque a veces me punzara su laísmo, he disfrutado y aprendido tanto con sus historias, ensayos y diarios –esos cuadernos de apuntes, en letra diminuta, que espigaba haciendo de editor de sí mismo–, que toda gratitud es calderilla. Además, al leerlo está leyendo uno, a través de él, a toda una familia espiritual: Homero, Virgilio, San Agustín, Erasmo, Cervantes, Santa Teresa y Fray Luis y San Juan de la Cruz, Descartes y Pascal y Spinoza, Dostoyevski y Tolstoi, las hermanas Brontë y Emily Dickinson, Kierkegaard y Unamuno y Simone Weil, Azorín y Machado, William Faulkner y Flannnery O’Connor… Amigos, maestros, cómplices, una estirpe de escritores atentos al detalle, a la conciencia, al espíritu, a la vida, a lo real: “He visto el mundo por sus ojos, o me parecía que ellos lo veían por los míos”.
Ahora nosotros podemos, por los ojos de Jiménez Lozano –siempre lúcidos y compasivos–, ver a su manera el mundo: “Es tan admirable la vida y tan admirable el hombre, que todo debiera conservarse, absolutamente todo: la luz de la mañana, los sonidos de la tarde, y cada cosa que le sucede a cada hombre. Incluidas sus fantasías, sus deseos eróticos o criminales, estúpidos o nobles, sus dudas, sus miedos, sus sufrimientos, la pobre ceniza de su mediocridad, los objetos, las naderías. Nada debería perderse. Por misericordia, y para ejercerla con nosotros mismos”. Así sea.
La película de Malick se centra en los últimos años de vida del joven austriaco Franz Jägerstätter (interpretado por August Diehl) y en su esposa Franziska, a la que llaman Fani (Valerie Pachner), durante los años de la II Guerra Mundial. Los Jägerstätter son un matrimonio de católicos convencidos, que viven, junto a sus tres hijas, la madre de él y una hermana soltera de ella, en una granja de las montañas. Franz es el único habitante de su pequeño pueblo que votó contra la anexión de Austria a la Alemania nazi y se niega, tras una reflexión profunda, a jurar fidelidad a Hitler y a entrar en el ejército. Por ese motivo es sometido a grandes presiones, encerrado en diversas cárceles y, finalmente, condenado a muerte.
No sólo nos ha dejado un ejemplo vital, sino también un libro de cartas (todavía no traducido al español) que muestra una honda vida de fe, una radical defensa de la libertad y, uniendo ambas, una extrema fidelidad a la conciencia personal. El 26 de octubre de 2007 al cumplirse los 100 años de su nacimiento, Franz Jägerstätter fue beatificado en la catedral de Linz, en una ceremonia a la que asistieron su viuda y sus tres hijas. Con esta película, Terrence Malick le ha erigido una maravillosa vidriera que nos permite admirar la luminosidad de su testimonio en unos años de plomo.
Sobre los aciertos cinematográficos de Malick (la poesía del guión, la espiritualidad de la banda sonora, el acierto de la elección de actores y la calidad de la fotografía) nos habla mucho mejor el crítico Alberto Fijo. En este artículo vamos a centrarnos en el estudio que hace Malick de la objeción de conciencia. Como veremos, es un desarrollo profundo, transparente y muy completo.
La objeción de conciencia jamás puede ser una concesión graciosa del Derecho Positivo, sino un límite que el individuo pone al poder
También muy necesario porque con la objeción de conciencia puede pasarnos aquello contra lo que advertía Ortega y Gasset que nos pasa tan a menudo con la realidad: sólo la vemos de espaldas y olvidamos el firme carácter que tuvo de frente. Lo explico: ahora la objeción de conciencia se concibe como un derecho del ciudadano que las leyes más conflictivas éticamente han de conceder a los ciudadanos siempre y cuando se cumpla con unos determinados requisitos milimétricamente tasados por la propia ley. Naturalmente, eso es lo más cómodo y lo más respetuoso democráticamente, pero no es la objeción de conciencia. Ésta jamás puede ser una concesión graciosa del Derecho Positivo, sino un límite que el individuo pone al poder, asumiendo, si llega el caso, un elevado coste personal.
La película lo expone sin concesiones. Franz Jägerstätter tiene que enfrentarse a la incomprensión de todos los vecinos, que se sienten amenazados por su integridad ética. Incluso su madre le reprocha tanta tozudez. Ha de superar, además, argumentos pragmáticos (que inciden machaconamente en la inutilidad de su sacrificio); y se siente abandonado por la autoridad eclesiástica. Para dejar más clara su soledad, Malick subraya la ambigüedad del obispo de Linz (con el que Jägerstätter sostuvo una decepcionante entrevista) o la incomprensión del padre Fürthauer, párroco del pueblo, que trata de convencerle de que jure fidelidad a Hitler para salvar su vida. La película obvia, sin embargo, la importancia que, para el mártir austriaco, tuvieron los ejemplos del padre Josef Karobath o del padre Franz Reinisch, que hicieron frente al nazismo hasta el martirio. Son recursos cinematográficos legítimos porque Malick quiere destacar sobre todo la intimidad del hombre con su conciencia.
Hace una salvedad muy fundamental. En la historia real, Fani, la mujer de Franz, soñó con que su marido cediese en su firme decisión por amor a la familia: albergaba, le escribió, “una pequeña esperanza de que cambiarías tu decisión… porque sientes compasión por mí”. La cinta se concentra sólo en la unión entre ellos, que fue lo principal. Como ha subrayado Alberto Fijo, Malick coloca el amor de Franz y Fani Jägerstätter como eje de su poema fílmico. De hecho, el director estadounidense ha declarado que considera «a Fani tan mártir como a él […] ella le apoyó hasta el final, a pesar de la pena». Habían sido un matrimonio feliz, y la cinta se recrea en esa dicha con enorme plasticidad, sin una sombra de cursilería. Franz le dijo una vez a su esposa: «Nunca hubiera pensado que el matrimonio fuera algo tan maravilloso». A diferencia del suicida, el mártir renuncia a una vida que valora como un don, que disfruta intensamente y ama.
El mensaje de fondo es la necesidad de asumir el martirio como raíz auténtica de la objeción de conciencia. Por eso la película hace dos sutiles y muy sabios paralelismos históricos. El palpable con el juicio y la pasión de Jesús, a la que remiten imágenes y piezas musicales. Y el guiño a la muerte de Sócrates, cuando el suegro de Jägerstätter recuerda que “es mejor padecer la injusticia que ejercerla”. Son los dos sacrificios fundacionales de Occidente, nada menos. Malick sabe lo que se trae entre manos.
Al espectador atento no dejan de asombrarle también (y quizá más) otros ecos no subrayados. El recuerdo de Tomás Moro es vivísimo: también frente al poder, también por no querer firmar un documento injusto, también con una familia que le apoya contra el viento de su deseo y contra la marea de una persistente incomprensión. Tampoco puede olvidarse a Antígona y a los otros personajes de la tragedia de Sófocles, que tienen sus trasuntos (la indiferente Ismene, el poderoso Creonte, el expectante coro) en tantos otros personajes de la cinta.
Aun así, la figura de Jägerstätter no se sumerge en ningún estereotipo, sino que tiene una personalidad propia, que brilla en las circunstancias concretas de su historia. Por ejemplo, en su juventud rebelde y peleona (que la película apenas roza, pero que todas sus semblanzas biográficas destacan), se le aceró el carácter para su prueba definitiva. Al negarse a jurar, llena de sentido el carácter sagrado de la palabra dada. Es un hombre dispuesto a no mentir en ningún caso, como escribe a su esposa: «Quiero salvar mi vida, pero sin tener que mentir para ello».
Hasta el punto de que no se acoge a la posibilidad de servir como enfermero, porque también para eso tenía que jurar fidelidad a Hitler. No estamos tanto ante una objeción al ejército en sí, como ante una defensa de la promesa como símbolo de entrega (o no) del espíritu. Jägerstätter podría ser el patrón de la seriedad de nuestros compromisos.
«Vida oculta» debería ser también un himno de los distributistas
Algunos datos más circunstanciales son también dignos de tener en cuenta. En primer lugar, la importancia de una sólida formación intelectual y teológica. El granjero conocía lo suficientemente bien la Biblia y la doctrina católica como para que no le diesen gato por liebre y discutir en pie de igualdad con el obispo y el párroco que le aconsejaban ceder. El padre Fürthauer escribió años después a Franziska: «Yo quería salvarle la vida, pero él no aceptaba ningún pretexto y rechazaba todas las falacias”.
Otro aspecto que la película deja deducir es la virtud de la propiedad. Vida oculta debería ser también un himno de los distributistas (esto es, de los partidarios de la pequeña propiedad privada, tal y como defendían Hilaire Belloc y G. K. Chesterton). La propiedad es la salvaguarda de la libertad personal y familiar. De no haber tenido su granja, ese medio independiente de vida, que permite trabajar a la esposa y mantener a sus hijas cuando el marido ha sido encarcelado, la vulnerabilidad de los Jägerstätter hubiese sido abrumadoramente mayor.
Por último, y como un recordatorio de que es una obra de arte cinematográfica la que nos permite hacernos estas reflexiones, señalaré un acierto plástico de primera magnitud. Cuando Jägerstätter se debate con su conciencia y sus miedos, aunque está en un paraje natural de belleza desbordante, la fotografía consigue transmitirnos la opresión de su alma. En cambio, en las opresivas cárceles nazis, entregado ya del todo a su libertad (“Un hombre puede tener cadenas en sus manos, y seguir siendo libre”, escribió), la fotografía consigue hallar la increíble belleza y plenitud de los más sórdidos escenarios. Nada puede doblegar un alma.
Nueva Revista entra en su último número, el 172, titulado Ética, hoy, ¿dónde está el bien?, en el debate sobre cómo nuestra sociedad se plantea la pregunta del bien, dónde radica lo bueno y qué se “debe hacer» para conseguir la felicidad.

Ciertos seres, objetos, relaciones y determinaciones personales pensamos que nos convienen y solemos llamarlos “buenos”, otros no tanto y los calificamos de “malos”. Pero no es siempre fácil etiquetar las diversas opciones. Se diría, por ejemplo, que mentir procede ante bastantes situaciones de convivencia. Lo que para algunos es norma ética, otros lo adjetivan de falso y represivo. Es frecuente el divorcio entre la praxis y lo correcto. Se multiplican los casos en que la decisión emocional corta la vía a lo que una parte entiende por verdaderamente humano.
Para resolver parte de esos dilemas, Fernando Savater explica las relaciones entre ética y libertad. Adela Cortina reflexiona sobre los horizontes morales de la justicia y la felicidad, y cómo conjugarlos en la vida cotidiana. Y Enrique García-Máiquez muestra la supremacía de la conciencia, según la enseñanza del cardenal Newman. Finalmente, dentro de esta serie de artículos sobre la moral, Benigno Blanco repasa la Ética a Nicómaco, de Aristóteles, para recordar cómo debe comportarse el ser humano.
En este número 172 de Nueva Revista ofrecemos también artículos sobre Justicia social, Libertad de expresión, Pensar en presente, Educación y Lecturas, entre otros. En concreto, en el capítulo de Justicia social, Luis Moreno defiende que Europa auspicia el crecimiento sostenido y sostenible basado en la promoción de la igualdad social y económica, frente al “neoesclavismo” asiático.
Los artículos sobre Libertad de expresión los componen una entrevista con el presidente de Axel Springer, Mathias Döpfner, sobre la corrección política y los debates de opinión, y otro sobre el clima de la libertad de opinión en Alemania, con el reto de no abandonar el debate público.
Rafael Puyol reseña «La escuela del mundo», de Salman Khan, premio Princesa de Asturias de Cooperación, quien propone una enseñanza interconectada que contribuya a formar ciudadanos con capacidad para pensar.
El sumario completo se puede consultar aquí:
Ética hoy, ¿dónde está el bien? Nueva Revista número 172
Vanessa Rogers, una cualificada educadora y profesora que ha trabajado con jóvenes durante más de 15 años, expone, en las secciones 1, 2 y 3 de We need to talk about pornography, por qué resulta indispensable hablar de pornografía con los jóvenes y facilita una guía para educadores con consejos sobre cómo llevarlo a cabo.

Resalta que, aunque la pornografía ha estado presente a lo largo de numerosos siglos, en la actualidad la accesibilidad a ella ha incrementado exponencialmente y, consecuentemente, su consumo. Esto, sumado a una mayor exposición de contenido sexual a través de películas, redes sociales y música, genera una necesidad que hay que resolver: los jóvenes necesitan entender la información que están recibiendo por parte de estos medios y disponer de las herramientas suficientes para interpretarla de manera crítica. Además, la autora considera que el hecho de que muchos jóvenes utilicen estos contenidos pornográficos como recursos de educación sexual confirma que, definitivamente, tienen interés por aprender. Esto implica, por tanto, la necesidad de mejorar la información que reciben por parte de la escuela, los padres y otras instituciones.
En las dos últimas secciones del libro, Rogers selecciona temáticas esenciales a abordar con los más jóvenes y las organiza en cinco capítulos que incluyen numerosas actividades prácticas y dinámicas para llevar a cabo con ellos a fin de reflexionar sobre la pornografía y su impacto.
En What is porn (capítulo 1), la autora realiza un análisis de la definición de pornografía, focalizándose en la del diccionario Collins: “Textos, fotografías, películas, etc., diseñadas para estimular la excitación sexual”. Considera que dicha definición da lugar a multitud de opciones, debido a que se trata de un continuum que englobaría desde fotografías ligeramente eróticas hasta imágenes de abuso. Rogers propone, mediante distintas actividades, llevar a cabo un análisis de materiales, como películas o revistas, a fin de que los jóvenes acaben entendiendo el constructo “pornografía”. Además, los materiales propuestos dan lugar a debates acerca de valores y actitudes relacionados con la pornografía y su legislación.
Las actividades incluidas en este capítulo pretenden, entre otros objetivos, que los jóvenes entiendan que:
En Shopping, music and the media (capítulo 2), la autora sostiene que tanto niños como jóvenes están expuestos a muchísima información, y parte de ella incluye contenido sexual. Considera que es importante realizar con ellos un análisis crítico del impacto de la sexualización de los videojuegos o vídeos musicales, entre otros, para ajustar el mensaje que reciben y conseguir que tengan expectativas realistas acerca de sus relaciones íntimas.
Este análisis crítico pretende que este colectivo entienda que:
Porn and body image (capítulo 3) pretende concienciar a los jóvenes del impacto que la pornografía tiene sobre su autoestima y su imagen corporal. Mediante las actividades de este capítulo, la autora pretende potenciar su autoconfianza y aceptar la diversidad del aspecto físico. Algunas de las conclusiones a las que se pretende llegar a través de las actividades son las siguientes:
En Porn vs. real-life relationships (capítulo 4), la autora parte del punto de vista de que la pornografía no es la mejor manera para los jóvenes de aprender sobre sexualidad y relaciones afectivas. Asimismo, considera que muchos de ellos no disponen de herramientas para afrontar la complejidad que supone una relación afectiva en el mundo real. Rogers facilita reflexiones sobre consentimiento, negociación en las relaciones y resistencia a presiones no deseadas mediante sus actividades:
Finalmente, Sexting, revenge porn and online sexual bullying (capítulo 5) expone cómo la comunicación digital ha supuesto un cambio de gran envergadura para nuestra sociedad, y especialmente para los jóvenes, muchos de los cuales optan por estar expuestos a estas plataformas las 24 horas. Las actividades propuestas en este capítulo pretenden, según la autora, construir empatía y tratar temáticas como la coerción o la privacidad y la pérdida de ésta, abordando aspectos como:
El presente libro (actualmente disponible en inglés) constituye una herramienta fundamental para todos aquellos educadores que están en contacto directo con los jóvenes. Las actividades propuestas están expuestas de manera práctica y útil, incluyendo, además, las posibles reflexiones y conclusiones a extraer de cada una de las dinámicas, lo que puede facilitar la labor de los profesionales.