Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosLudwig von Mises nació en 1881 en Lemberg, una ciudad entonces dentro de las fronteras del Imperio austro-húngaro, pero hoy parte de Ucrania (Lviv). Mises pertenecía a una familia judía de clase acomodada. Pronto dio muestras de una inteligencia y clarividencia poco comunes, de las que gozó hasta la muerte. Su lengua materna era el alemán, aunque llegó a dominar el inglés y otras. Fue uno de los pocos afortunados que abandonó Europa antes de que Hitler empezara con el exterminio judío. Falleció en Nueva York, en 1973.
Mises ha pasado a la historia como uno de los economistas más solventes e influyentes, un pensador de una profundidad y calidad extraordinarias. Su ensayo capital, La acción humana (1940, en alemán; 1949, en inglés), es uno de los libros más importantes del siglo XX. Véase aquí la versión canónica inglesa de esa obra: Human Action. Mises es quizá el representante más eminente de la Escuela Austriaca de Economía.

La teoría del dinero y del crédito supuso el estreno de Von Mises en el panorama mundial de los economistas. Esta obra se publicó por vez primera en alemán en 1912 bajo el título de Die Theorie des Geldes und der Umlaufsmittel (“La teoría del dinero y de los medios fiduciarios”) y fue reseñada en 1914 por un joven prometedor llamado John Maynard Keynes, que «hizo un juicio bastante negativo del contenido del libro”, señala José Antonio de Aguirre en la introducción a la edición española de La teoría del dinero y del crédito, publicada por Unión Editorial. La teoría del dinero y del crédito va acompañada de una presentación del profesor Jesús Huerta de Soto a la obra completa de Ludwig von Mises.
Aguirre relata que el objetivo de Von Mises era «combatir el inflacionismo, es decir, aquella política económica que recurre, para resolver los distintos conflictos que se presentan, a aumentar la cantidad de dinero, un fenómeno moderno asociado a la aparición y consolidación de los bancos centrales y el dinero fiduciario” (p. xxxix).
Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, la revolución keynesiana se impuso. Se olvidó, como pone de manifiesto Von Mises en su libro, que «el dinero es, ante todo, un medio común de cambio que el mercado ha seleccionado como tal y no una creación de la ley. Por este resquicio abierto es por donde penetran todas las doctrinas inflacionistas” (p. xl), apunta José Antonio de Aguirre en el mismo prólogo, y añade: “Hoy muchos aceptan que el dinero no pasa de ser una creación de la ley que decreta sencillamente el «curso legal» de un papel que no se refiere a nada. Los billetes del Banco de España hace ya tiempo que eliminaron la cláusula de «se pagará al portador», y así hacen otros muchos bancos centrales emisores” (p. xlii).
Pero el dinero no es una creación de la ley; es una mercancía que el mercado selecciona como medio común de cambio. De lo contrario termina ocurriendo lo que a la «moneda alemana» en la gran hiperinflación que siguió a la Primera Guerra Mundial. La expulsión de la circulación de la moneda del Estado en momentos de inflación pone de manifiesto la auténtica naturaleza del dinero. Recuérdese que en la Europa del Este, bajo el dominio soviético, durante décadas, nadie quería tener ni un rublo ruso ni un zloty polaco en el bolsillo, ni el resto de divisas de aquellas tierras, porque se depreciaban a marchas forzadas. El dólar o el marco eran los reyes.
Para que el dinero tenga valor de uso es necesario que tenga antes valor de cambio. Como dice Von Mises, se precisa un valor de cambio basado en alguna otra cosa distinta a su función monetaria para que un bien pueda ser considerado dinero. De ahí el papel que ha jugado el oro en toda la historia de la humanidad. «Los «sustitutos monetarios» (billetes de banco y cheques) funcionan como el dinero, pero no son «dinero»” (p. xlvi). Mises entiende por medios fiduciarios los billetes de banco y los saldos en cuenta corriente a la vista.
Hacia 1870, dos tercios del aumento de la oferta monetaria procedían de la creación de medios fiduciarios y este proceso continuó de forma ininterrumpida, de manera que tras la Primera Guerra Mundial (1914-18) el oro había desaparecido de la circulación y el 95 por ciento de los incrementos de la oferta monetaria procedía de la creación de medios fiduciarios.
Las cosas han empeorado: el Banco Central Europeo y la Reserva Federal de los Estados Unidos, sobre todo desde la crisis financiera a partir de 2007, han creado dinero inflacionario en cantidades astronómicas y en opinión de muchos expertos eso nos está abocando a una crisis de carácter casi apocalíptico, por las falacias en las que tal manera de proceder dice sustentarse. Las caídas de las Bolsas estos días tienen mucho que ver con ese dinero inflacionario. En las Bolsas había activos artificialmente sobrevalorados por un dinero previamente creado de la nada por los bancos centrales; un dinero que no sabía a dónde ir puesto que no se podía invertir en empresas productivas y rentables. Véase por ejemplo este juicio reciente de Daniel Lacalle: «No hay falta de estímulo monetario en la economía. La oferta monetaria mundial se ha disparado hasta los 81 billones de dólares, un máximo histórico, en medio de la epidemia, la mayoría de las principales economías han recortado los tipos y han aplicado tasas reales cero y negativas. De hecho, los principales bancos centrales ya estaban inyectando más de 150.000 millones de dólares al mes (PBOC, ECB, Reserva Federal, etc.) en una economía dopada mucho antes de que el coronavirus fuera noticia». Frank Shostak lo expresa hoy así: «La probable aparición de una gran crisis económica no se debe tanto al coronavirus, como lo sugiere el pensamiento popular, como al resultado de la política monetaria de la Reserva Federal. Los ciclos de auge y caída económicos no son causados por conmociones como el coronavirus. El mecanismo responsable de ellos es la política monetaria del banco central. Es probable que el impacto del coronavirus debilite el conjunto de ahorros reales, amplificando así la crisis económica, pero no tiene nada que ver con el ciclo de auge y caída como tal«.
Más claro aún es Antony P. Mueller en una entrevista del pasado 6 de marzo: «En los Estados Unidos, la base monetaria pasó de 830.000 millones de dólares en enero de 2008 a más de 4 billones de dólares en septiembre de 2014, y en la actualidad, en enero de 2020, asciende a 3,4 billones de dólares. Sin embargo, este drástico aumento no ha provocado una inflación de los precios y ha estimulado la actividad económica sólo moderadamente. La razón de ello es que el sector de la banca comercial sólo transformó una parte de esta base monetaria en dinero en circulación y que los agentes económicos redujeron la velocidad de las transacciones». Vale la pena leer sus declaraciones completas, en el enlace anterior y en el que sigue (segunda parte de la entrevista, del 9 de marzo): «Más dinero del banco central no significa más crédito comercial para los inversionistas y consumidores de la economía. Además, más dinero que entra en la economía no significa necesariamente más demanda porque los poseedores del dinero pueden reducir la frecuencia de las transacciones, la llamada velocidad del dinero. Cuando los agentes económicos gastan menos y mantienen sus activos monetarios durante un período de tiempo más largo, la velocidad de circulación del dinero se reduce. Por lo tanto, es erróneo postular que más dinero significa más crédito y que más dinero siempre significa más gasto. Esa fue la falsa suposición de los monetaristas.»
En efecto, Ludwig von Mises, en el prefacio a la primera edición inglesa de su obra (1934), subrayaba la pérdida del valor del dinero como consecuencia de que «los gobiernos no se sienten suficientemente fuertes para procurarse por medio de impuestos o empréstitos los recursos que precisan para atender a los gastos que consideran imprescindibles, o bien para limitar sus gastos a los que pueden afrontar con los recursos de que disponen», y recurren «a la emisión de billetes no convertibles» (p. lxxiii). Añadía: “No estamos muy lejos de una situación en que por «política económica» se entienda ante todo el modo de influir sobre el poder adquisitivo del dinero. ¿Debemos mantener el actual contenido de oro de la unidad monetaria, o debemos orientamos hacia un contenido más bajo?” (p. lxxv). De la frase anterior solo hace falta cambiar «contenido de oro» por «poder adquisitivo» para situarnos en 2020.
Von Mises actualizó en 1953 La teoría del dinero y del crédito: con un prefacio y con un nuevo y sustancioso capítulo sobre “Reconstrucción monetaria». El prefacio de la edición de 1953 y «Reconstrucción monetaria» suponen un resumen actualizado de la primera edición de la La teoría del dinero y del crédito. Por ello vamos a extractar a continuación el hilo central de la argumentación de esa parte, con las propias palabras de Von Mises traducidas del inglés por Juan Marcos de la Fuente. Solo añadimos títulos y negritas:
El Estado del bienestar (EB) es una invención europea. Durante el siglo XX, los poderes públicos de los EB europeos intervinieron intencionalmente a través de la administración pública con el fin de modificar la desigualdad generada por las fuerzas del mercado. Ello se realizó básicamente a través de tres tipos de mecanismos: (1) garantizando a los ciudadanos unas rentas mínimas, sin distinción del valor de mercado de su trabajo o propiedad; (2) minimizando la inseguridad a través del apoyo a individuos y familias expuestos a riesgos vitales asociados a la enfermedad, el desempleo o la vejez; y (3) proporcionando un conjunto de servicios a los cuales se puede acceder a través de una serie de lógicas de elegibilidad específicas (aseguramiento, residencia o ciudadanía, por ejemplo).
Con un mayor grado de desmercantilización el EB pasó a garantizar una mayor igualdad de oportunidades y la cobertura de riesgos sociales
Con anterioridad, y durante el siglo XIX, la supervivencia material de los ciudadanos dependía de su capacidad para vender su trabajo en el mercado laboral. Con un mayor grado de desmercantilización el EB pasó a garantizar una mayor igualdad de oportunidades y la cobertura de riesgos sociales y necesidades humanas que, de otra manera, los ciudadanos solo podrían procurarse en el mercado de bienes y servicios si tenían rentas suficientes. Las personas nacen iguales. Pero la vida social las hace desiguales.
La desigualdad es un concepto polisémico en cuanto puede relacionarse con diversos campos analíticos, tales como la no discriminación por género, la religión o la etnicidad (cultura); como derechos de ciudadanía y movilidad (social); como poder legitimado democráticamente (política); o como distribución justa de recursos y oportunidades (economía). Con harta frecuencia se produce también una sinonimia del concepto de igualdad con el de homogeneidad (por ejemplo, uniformidad en la composición, la estructura o la distribución de un programa de intervención o actuación pública).
En lo que atañe al EB, cabe distinguir básicamente entre igualdad de oportunidades y de resultados. La primera se relaciona con un sistema de oportunidades en el que todos los ciudadanos disponen de las mismas posibilidades de acceso al bienestar social y de satisfacción vital. La igualdad de resultados, por su parte, es la alcanzada con la efectiva titularidad de la ciudadanía tanto de derechos civiles y políticos como de derechos económicos, sociales y culturales.
El EB es una institución (conjunto de instituciones) garante de la igualdad de oportunidades de los ciudadanos mediante la implementación de políticas sociales en áreas tales como la educación, la sanidad, las transferencias de rentas (pensiones) o los servicios sociales. Tales actuaciones públicas persiguen limitar las desigualdades mediante la nivelación de las oportunidades vitales (discriminación positiva). La equidad se erige como norma ética de justicia social.
Las intervenciones públicas del bienestar social se legitiman en una axiología o sistema de valores compartidos, que diferencia al Modelo Social Europeo (MSE) del bienestar de otras alternativas socioeconómica globales. Como objetivo estratégico general, el MSE auspicia el crecimiento económico sostenido y sostenible basado en una promoción de la igualdad social y económica, un amparo de los más vulnerables y un partenariado social activo. Competitividad económica y cohesión social son, por tanto, dos componentes de legitimidad del MSE.
La lógica del MSE contrasta con la de otros sistemas, tales como el neoesclavismo emergente asiático, el cual propone el dumping social como valor añadido de crecimiento económico, y la remercantilización individualista anglonorteamericana, que auspicia la compra del bienestar por los propios ciudadanos sin «interferencias» estatales. Analicemos sucintamente algunos de sus rasgos.
La versión contemporánea del neoesclavismo implica el control de las personas con el propósito de su explotación económica. El sistema extendido en el continente asiático no se refiere stricto sensu a la propiedad física de las personas, sino a la capacidad de controlarlas como artefactos para generar beneficios materiales, lo que comporta una exacerbación de la desigualdad. Piénsese, por ejemplo, que en 2009 apenas cincuenta oligarcas con fortunas superiores al millardo de dólares estadounidenses controlaban en la India el equivalente al 20% de su PIB y el 80% de su capitalización bursátil. Tales datos contrastaban con la lucha por la supervivencia de más de ochocientos millones de sus compatriotas, los cuales disponían de poco más de un dólar al día.
El neoesclavismo, en suma, cabe ser entendido como una sinécdoque de las relaciones de poder entre los ciudadanos pudientes (detentadores de los medios de apropiación de la riqueza y del poder político) y los ciudadanos precarios, vendedores de su fuerza de trabajo para su pervivencia social. En pos de la maximización de sus inversiones, algunas corporaciones multinacionales eligen aquellas localizaciones dispuestas a facilitar su asentamiento, bien sea productivo o financiero, con la oferta de un menor nivel impositivo, de una liberalización de las condiciones de trabajo y de ausencia de restricciones a los impactos negativos en el medio ambiente. El resultado suele materializarse en unas prácticas de deslocalización y de dumping social entendido como una limitación de las condiciones laborales y de los derechos sociales de los trabajadores —cuando no de su eliminación— para poder competir en mejores condiciones de mercado con los países europeos, obligando a estos a adoptar medidas de competencia a la baja (race to the bottom), inasumibles a no ser que procedan a desmantelar sus sistemas de protección social y, en suma, sus EB.
El sistema neoliberal de remercantilización anglonorteamericana se fundamenta en las conductas y premisas del denominado individualismo posesivo
Por su parte, el sistema neoliberal de remercantilización anglonorteamericana se fundamenta en las conductas y premisas del denominado individualismo posesivo. Este no solo proclama la liberación de los individuos de sus ligámenes colectivos, sino que les emplaza a la construcción autónoma de sus propias biografías vitales (Macpherson, 1962). En el límite de tal perspectiva, los individuos pierden su sentido de la lealtad institucional, circunstancia que se agudiza con la volatilidad de incertidumbres laborales. Los ciudadanos rehúyen la solidaridad con sus prójimos más allá de las mecánicas rutinarias y los hábitos colectivos, lo que aumenta su asociabilidad. Para un proyecto vital asocial no se necesitan mayores compromisos ciudadanos y los individuos gestionan los recursos relacionales atendiendo a su único provecho, y utilizándolos discrecionalmente.
CONVERSIÓN DE CIUDADANOS EN INVERSORES
En los años de transición entre milenios, la aspiración a una sociedad de propietarios y el «espejismo de la riqueza» auspició en los países de cultura anglonorteamericana, especialmente en EE.UU. y Reino Unido, una creciente individualización frente a los riesgos sociales a fin de «comprarse» su nivel de bienestar. Los ciudadanos intensificaron el uso especulativo de los dineros de sus pensiones, o de sus casas, así como de otros mecanismos de endeudamiento. La conversión de los ciudadanos en inversores ha sido uno de los procesos más paradójicos —no suficientemente analizados— en la eclosión de productos financieros en los mercados bursátiles (derivados y titulaciones) que colapsaron con el crack de 2007-2008. A la postre, la filosofía de vida subyacente a tales comportamientos es la de que cada cual debe conseguirse su propio bienestar y pagar por ello, característica determinante del modelo remercantilizador.
Si respecto al sistema socioeconómico de matriz anglonorteamericana, más afín a los antecedentes históricos y civilizatorios de los países europeos, se proponía una renovación capitalista que olvidase sus más conocidas improntas sociales, el neoesclavismo apuntaba a una mayor competitividad en el (des) orden económico global, favorecido también por la ausencia de tutelas sociales. En la confluencia de ambas opciones se denotaba una preferencia común por la devolución a la esfera privada de aquellas responsabilidades tradicionalmente asumidas, en el caso del MSE, por los poderes públicos y complementados por la acción de grupos primarios, como los familiares, y de organizaciones altruistas de la sociedad civil.
AXIOLOGIA EUROPEA DEL BIENESTAR SOCIAL
La ciudadanía social en la Unión Europea se fundamenta en un sistema axiológico que considera la solidaridad y los derechos humanos como valores prevalentes frente al arbitrio y autointerés individualizadores. Estos últimos también se manifiestan en un alto valor otorgado al logro personal, recurso axiológico principal del capitalismo occidental contemporáneo. A pesar del reclamo común a la equidad fiscal, en forma de impuestos progresivos, las variantes de su puesta en práctica son esclarecedoras. Se evidencia a ambos lados del Atlántico una neta brecha (cleavage) entre las actitudes, convicciones y valores de los ciudadanos respecto a la redistribución de las rentas como fundamento moral y económico en el mantenimiento de los EB.
En contraste con las creencias normativas de los europeos, aproximadamente la mitad de los estadounidenses piensan que una persona rica no debería pagar más porcentaje de impuestos que una persona pobre (obtengan ambos rentas de un millón o cien dólares, pongamos por caso). La noción del impuesto de tasa constante (flat-tax) ha ganado terreno en los últimos decenios entre los contribuyentes estadounidenses como forma de equidad fiscal, lo que contrasta nítidamente con la posición mayoritaria de los europeos, quienes convienen en que aquellos que disfrutan de una posición más acomodada en la sociedad deben contribuir en mayor medida —y no solo proporcionalmente— al bienestar social de la ciudadanía en su conjunto. A pesar de que el impuesto de la renta fue implantado como un programa nacional en Estado Unidos (provisión de la decimosexta enmienda a la Constitución de 1913), su forma progresiva ha venido recibiendo un apoyo social cada vez menor en las encuestas públicas realizadas en el país norteamericano.
En la tradición política occidental, luego transportada por doquier como efecto del colonialismo europeo, el Estado nación contemporáneo ha concitado un alto nivel de legitimidad en la procura de protección y bienestar sociales como depositario institucional de la idea de ciudadanía. Tal entendimiento del Estado se ha traducido en los tiempos contemporáneos en la instauración de sistemas fiscales progresivos, rasgo característico que se ha traslado por elevación al nivel comunitario europeo. En realidad todas las políticas auspiciadas por la UE conllevan, en sus asunciones conceptuales, un principio de la equidad fiscal progresiva que comporta que los Estados miembros más ricos sean contribuidores netos, mientras que los más pobres sean, a su vez, receptores beneficiados por los fondos comunes.
Según la OCDE, el 10% más acomodado de la población de los treinta países analizados a finales de 2011 ganaba en promedio diez veces más que el 10% más desfavorecido
Otra importante implicación de la equidad fiscal progresiva, particularmente en los tiempos de crisis económica tras el crack financiero de 2007-2008, es la expectativa de que los costes extra para procurar la sostenibilidad fiscal de las economías del capitalismo del bienestar deberían corresponder en mayor medida a quienes se han beneficiado del esfuerzo colectivo y más poseen. Sin embargo, los ganadores de la crisis no solo se han beneficiado del incremento de la brecha de rentas entre los más ricos y los más pobres, sino que apuntan a desmontar las costosas instituciones de solidaridad como el EB. Según datos de la OCDE, el 10% más acomodado de la población de los treinta países analizados a finales de 2011 ganaba en promedio diez veces más que el 10% más desfavorecido. El organismo internacional consideraba que un aumento de impuestos para el 1% de quienes ostentan rentas más altas facilitaría un margen para acometer políticas económicas anticrisis.
Refractario a mantener a los sistemas públicos de protección del EB, el pensamiento favorable al mercado sin restricciones ha argumentado insistentemente en la idea de que una gran detracción de rentas por vía impositiva a los que más poseen provocaría un efecto perverso, cual es el desincentivo a la inversión y, como consecuencia, la falta de crecimiento económico y el empobrecimiento general. Los acontecimientos acaecidos tras la Gran Recesión han falsado repetidamente tales pronósticos. La denominada trickle down economy, o efecto derrame, ha incrementado notablemente las disparidades de rentas entre los ciudadanos pudientes y los precarios.
NUEVOS RIESGOS SOCIALES
Los últimos desarrollos sobre las reformas de las políticas sociales y del bienestar han derivado de las transiciones socioeconómicas en las denominadas sociedades postindustriales —o democracias industriales avanzadas— que han dado lugar a la aparición de nuevos riesgos sociales (nrs). Estos afectan principalmente a las transformaciones en el mercado laboral, la conciliación entre vida familiar y laboral, y a los efectos perversos de las reformas introducidas en los Estados del bienestar respecto a los «viejos riesgos sociales» (tales como la atención sanitaria, la instrucción educativa o las pensiones). En términos generales y sintéticos, los nsr se asocian a cuatro desarrollos principales:
A resultas de todo ello, diversos grupos de ciudadanos vulnerables confrontan nuevas situaciones de desigualdad en áreas tales como: (a)Equilibrar trabajo remunerado y responsabilidades familiares (especialmente el cuidado de los niños, la atención a los mayores dependientes o convertirse en dependientes sin apoyo familiar); (b) Carecer de habilidades y capacitación para obtener un empleo seguro y adecuado, o disponer de un adiestramiento obsoleto sin poderlo mejorar mediante procesos continuos de formación; y (c) Utilizar medios privados que ofrecen servicios sociales insatisfactorios o prestaciones y servicios inseguros o inadecuados.
DESIGUALDAD Y POLITICAS BENIGNAS DE BIENESTAR
La creciente importancia del dinero en la política permite a los ricos fijar las reglas que les son favorables y mantener la dinámica de la desigualdad. En contraste con el concepto de economía productiva, el cual concierne a todas aquellas actividades de producción de bienes o servicios, la economía especulativa, algo más compleja de definir, se concentra en la capacidad de facilitar rentabilidades dinerarias a partir de otro producto o activo. La economía financiera sin regulación ha pasado, de tal manera, a estar dominada por los intereses de inversores y rentistas. Nuestro mundo se ha «financiarizado» irremisiblemente. Recuérdese, de nuevo, que la «financiarización» generalizada en el Reino Unido y Estado Unidos desde los años ochenta fue uno de los procesos determinantes de la eclosión de la ingeniería dineraria causante del crack de 2007-2008.
La brecha de la desigualdad ha crecido en el seno de las democracias avanzadas occidentales de manera visible, aunque considerando el nivel global las estadísticas reflejan un cierta disminución de la disparidad de rentas a nivel mundial. Según ya hipotetizaba Simon Kuznets (1955) con su famosa «curva» en U invertida en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, a medida que crecía la economía mundial las fuerzas del mercado provocarían primero un aumento de la desigualdad, pero luego esta disminuiría posteriormente. Algo así parece demostrarse ahora con el aumento de rentas de las clases medias asiáticas y de economías emergentes tales como China, Corea o Taiwán, lo que ha producido una reducción de la desigualdad macroeconómica mundial.
Cuando la tasa de acumulación de capital aumenta más rápidamente que la economía, las disparidades de rentas se disparan
De igual manera, y considerando períodos de análisis prolongados en el tiempo, Thomas Piketty (2014) ha aportado datos y juicios en el debate de la desigualdad haciendo hincapié en que cuando la tasa de acumulación de capital aumenta más rápidamente que la economía, las disparidades de rentas se disparan. Sus estudios, de gran repercusión en el debate académico y mediático de los últimos decenios, analizan en largas series históricas la concentración de la riqueza y su distribución durante los últimos doscientos cincuenta años.
Empero, las tendencias favorables a la desigualdad internas en algunas democracias avanzadas occidentales serán difíciles de revertir. En el caso de EE.UU., donde persisten fuerzas poderosas que mantienen la desigualdad en un nivel alto, la batalla ideológica se inclina de parte de los pudientes favorecida por las efectivas campañas de think-tanks auspiciadas por el establishment económico, político y social.
Considérese que entre 1970 al año 2012, el 1% más rico estadounidense incrementó su participación en la renta nacional del país norteamericano más del 150%. Y es que el maridaje entre el mercado y el poder político, según lo señalado por Anthony Atkinson (2016), otro gran estudioso de la desigualdad económica y social, se hace cada vez más evidente. El creciente destino de los ingresos elevados (tanto del capital como del trabajo) va a manos de las mismas gentes, al igual que se intensifica la homogamia societaria (los educados y los ricos se juntan entre ellos).
En 1980, EE.UU. y Europa Occidental tenían una población y una renta media similar, así como un nivel de desigualdad parejo. Mientras el 1% más rico capturaba el 10% de la renta nacional, el 50% más pobre se hacía con el 20%. Apenas cuarenta años más tarde la situación se ha modificado significativamente, mostrando una clara divergencia a ambas orillas del Atlántico. Ahora el 1% de «superricos» en Europa se lleva el 12%, mientras en EE.UU.. han duplicado su participación hasta el 20%. El 50% más pobre en Europa ha visto aumentar —aún levemente— su parte de la renta nacional hasta el 22%, pero en EE.UU se ha reducida a la mitad, es decir un 10%. Las cifras hablan por sí solas. Es evidente que desde los años 1980, Europa y los EE.UU. han tenido una exposición análoga a los vaivenes producidos por los mercados globales y las nuevas tecnologías, pero los efectos homogeneizadores han sido de distinto cariz.
La aplicación de medidas «benignas» de política social que consoliden a los EB en la Edad de Bronce (2008 – ¿?), después de los buenos resultados producidos durante las Edades de Oro (1945-1975) y de Plata (1976-2008), se proponen evitar factores «malignos» alternativos que en el pasado auspiciaron perversamente una disminución de la desigualdad. Como ha señalado certeramente Branko Milanovic (2016), la historia nos enseña también que dichos factores malignos como las guerras —a su vez causadas por la mala distribución entre las élites nacionales del ingreso y del poder (como ilustró el caso de la I Guerra Mundial y su derivación en la II Guerra Mundial)—, pueden contribuir a nivelar los ingresos por la vía de la destrucción, la muerte y el sufrimiento humano. Todo ello implica un peligroso olvido del pasado, como si el siglo xx nunca hubiera existido.
La maduración presupuestaria de buena parte de los programas del bienestar durante la Edad de Oro de expansión del bienestar (1945-75), así como el incremento en la cobertura de nuevas necesidades durante la Edad de Plata del welfare (1976-2007) y las carencias en la optimización de recursos y rendimientos han generado dificultades de financiación y provisión pública de las políticas sociales. Durante los últimos decenios se ha producido una mayor implicación del llamado tercer sector, es decir, del altruismo organizado o voluntariado social. A su vez, el sector privado asistencial se ha desarrollado en base a las preferencias individuales de algunos ciudadanos con mayores capacidades de gasto. Las respuestas a tales cambios societarios han confluido en la progresiva conformación del «agregado social del bienestar» (welfare mix), de cuyo desarrollo equitativo e integrador la supervivencia del EB en sociedades más igualitarias dependerá en un futuro no muy lejano.
[Los datos incorporados a este artículo provienen de las publicaciones del propio Luis Moreno accesibles en Digital csic, cuando no se ha señalado la referencia a otro autor].
Véase también:
Luis Moreno: “La igualdad no debe entenderse como un freno a la capacidad de logro”
Desigualdad y Estado de bienestar. Una conferencia del profesor Luis Moreno
Lo novedoso de la aportación de Thomas Piketty en Capital e ideología es su propuesta de repartir la riqueza a través de dos mecanismos: un nuevo impuesto progresivo sobre el patrimonio cuya recaudación financiaría una dotación básica y universal de riqueza a recibir a los 25 años y, en segundo lugar, ampliando hasta el 50% los derechos de voto de los trabajadores en los consejos de administración de las empresas tras facilitarles el acceso a la propiedad mediante compra de acciones.

Y lo hace basándose en una idea de Atkinson y tomando como modelo los «repartos de tierra» en sistemas agrarios con grandes latifundios, convencido de que «el aumento de las desigualdades es, junto al cambio climático, uno de los principales retos a los que el planeta se enfrenta a comienzos del siglo XXI» (p. 784). Si bien en Europa «la desigualdad de rentas […] ha aumentado de manera significativa desde los años ochenta» (p. 780), todavía lo ha hecho más la desigualdad de la riqueza hasta el punto de decir que «la fortísima concentración de la propiedad privada, sumada a una gran opacidad financiera y fiscal, es una de las principales características del régimen desigualitario neopropietarista mundial a comienzos del siglo XXI». Por ello, «la distribución de la propiedad es una cuestión crucial en el siglo XXI» (p. 822), sobre todo para mantener a la clase media y revertir su actual desmoronamiento.
Frente a quienes defienden la propiedad privada como fundamento de la libertad personal, el autor, tras constatar que buena parte de la adquisición privada de propiedad se ha hecho abusando de los mecanismos del poder estatal (privatizaciones en países excomunistas, sectores regulados por el poder, etc.) o apropiándose de bienes comunes, como el conocimiento, y que buena parte del aumento reciente de la riqueza se ha debido a factores especulativos en sectores como el inmobiliario y el bursátil, propone reforzar la libertad de todo el mundo mediante un reparto más equitativo de la riqueza que no elimine, pero reduzca, la actual desigualdad.
El libro que comentamos es, según el propio autor, un complemento de su célebre libro anterior, El capital en el siglo XXI (Fondo de Cultura Económica, 2014), donde trataba la historia del capital y de su acumulación. Ahora ha efectuado un extenso repaso sobre la historia y el futuro de los regímenes desigualitarios, cuya necesidad señaló en la respuesta a sus críticos (Debatiendo con Piketty. Deusto, 2017) cuando dijo «sería recomendable asumir un estudio más profundo de la génesis intelectual de las ideas sobre la desigualdad» ya que, según el autor, «la desigualdad no es algo natural» sino que requiere una explicación, una justificación de las reglas que permiten una adquisición legítima de la propiedad por parte de un grupo o un individuo. Este relato depende de instituciones y visiones ideológicas y políticas que no han hecho más que cambiar a lo largo de la historia.
Ambos libros están unidos por un mismo proyecto intelectual que se fundamenta en que la propiedad privada del capital está en el centro del debate sobre la desigualdad a lo largo de la historia. En palabras del autor, la desigualdad está promovida por razones ideológicas y políticas mucho más que económicas o tecnológicas. Apoyado por una ingente cantidad de datos mundiales, la aportación de Piketty se centra en «demostrar», según él, cuatro puntos esenciales:
1. Los beneficios crecen a una tasa superior a la que lo hace la economía, por lo que la desigualdad tiende a crecer como consecuencia de una progresiva concentración de renta y de riqueza.
2. No se habla, tanto, de los beneficios obtenidos por el esfuerzo de un emprendedor que aporta a la sociedad y obtiene algo a cambio sino por la riqueza incrementada por alguien que la ha heredado y la ve crecer como consecuencia de la especulación o de apropiación ilícita de bienes comunales como consecuencia de disponer de una posición de dominio (el ganador se lo lleva todo, sobre todo si es amigo del poder). Con ello, se rompe la relación esfuerzo y enriquecimiento lícito. Aparece una casta que se consolida mediante la herencia.
3. Toda propiedad privada debe mucho a los esfuerzos públicos acumulados (tesis también de Mariana Mazzucato). Nada es enteramente privado en la generación de los negocios, por lo que no puede ser enteramente privada la apropiación de sus beneficios.
4. Los impuestos y el Estado juegan un papel clave en mitigar la desigualdad, esta vez más de riqueza que, incluso, de renta. Por eso hace más hincapié en figuras tributarias sobre la riqueza y la herencia buscando una redistribución de la riqueza más que una redistribución de la renta.
Aunque ya Rousseau señaló al derecho de propiedad como causa de la desigualdad entre los hombres y Proudhon habló de la propiedad como «un robo», fue Marx quien con más rotundidad señaló a la propiedad privada de los medios de producción como el eje central de un sistema social que dividía a la sociedad en clases desiguales, poniendo en marcha una dialéctica que, además, tendía a incrementar esa desigualdad entre capital y trabajo hasta llegar a la «pauperización de la clase trabajadora». Y fue Keynes quien propuso, en defensa del capitalismo, la necesidad de introducir importantes correcciones al disfrute privado de la propiedad mediante impuestos progresivos que financiaran políticas sociales destinando todo ello a compensar con medidas redistributivas la tendencia natural del capitalismo a agrandar las diferencias sociales hasta un punto que resultaba peligroso para los valores liberales, como demostró la crisis del 29 y su influencia sobre el ascenso de movimientos antidemocráticos como el fascismo, el nazismo o el comunismo. Defender una democracia liberal exigía, ya entonces, poner límites legales a la propiedad privada que abriera el espacio a esa igualdad de oportunidades que debería activar el ascensor social para que ningún individuo quedara atrapado por una desigualdad heredada por la clase social de la familia en la que nace.
Se desarrolló, así, una cultura del esfuerzo individual y de la meritocracia reconocida, en la que Estado jugaba un papel fundamental poniendo los instrumentos para evitar aquella desigualdad debida a factores sobre los que el individuo no tiene ninguna influencia. Mejorar las oportunidades de los menos favorecidos se convirtió en la razón de ser de la democracia social.
Si para los marxistas, acabar con la propiedad privada de los medios de producción era la única manera de poner fin a la desigualdad social, los keynesianos se conformaban con dotar de un papel relevante al Estado como el instrumento que con sus regulaciones y políticas redistributivas compensaría la fuerza centrífuga de la propiedad privada, creando una fuerza compensadora suficiente como para mantener las diferencias sociales dentro de unos límites tolerables y compatibles con la democracia liberal.
La tesis que defiende Piketty es que esto fue así hasta que «la revolución conservadora de los años ochenta, el colapso del comunismo soviético (el fracaso de la socialdemocracia) y el desarrollo de una nueva ideología neopropietarista han llevado al mundo a principios del siglo XXI a niveles extraordinarios y descontrolados de concentración de la renta y la riqueza, generando así crecientes tensiones sociales en todas partes» (p. 1.140). En otras palabras, la ideología neopropietarista de principios del siglo XXI se apoya en grandes narrativas entre las que cuales están «el fracaso del comunismo, el miedo al vacío que genera la posibilidad de redistribuir riqueza y un régimen de circulación de capitales sin regulación, sin información compartida y sin una fiscalidad común» (p. 844). Y añade: «La culpabilización de los más pobres […] constituye uno de los principales rasgos distintivos del actual régimen desigualitario» (p. 848), en una ideología que va de la mano «de un discurso de exaltación de empresarios y multimillonarios» (p. 852).
Utilizando el amplio despliegue de datos a los que ya nos acostumbró en el anterior libro, el autor constata que, a pesar de que la población y la renta per cápita se han multiplicado por diez desde el siglo xviii, esta evolución positiva no ha sido lineal y esconde muchas desigualdades y debilidades. En concreto, entre 1980 y 2018, aunque los más pobres han mejorado su posición, las grandes fortunas han crecido mucho más de lo que lo ha hecho la economía y, además, la riqueza se ha concentrado en los más ricos, haciendo que las clases medias hayan sido los grandes olvidados del crecimiento económico: «Asistimos a un aumento de las desigualdades en prácticamente todas las regiones del mundo desde 1980». Este hecho entra en abierta contradicción con el discurso hegemónico en favor de un libre acceso a las posibilidades de una sociedad abierta que permite a cada cual desarrollar libremente sus capacidades.
El autor dedica 1.143 páginas del libro a estudiar la dimensión política e ideológica de «la transformación de los regímenes desigualitarios desde las antiguas sociedades trifuncionales y esclavistas hasta las actuales sociedades hipercapitalistas y poscomunistas, sin olvidar las sociedades propietaristas, coloniales, socialdemócratas y comunistas» (p. 859). Y «solo» 182 a presentar su alternativa en la que propone superar el actual capitalismo privado, origen de la desigualdad vigente, mediante lo que llama un «socialismo participativo» que tiene dos pilares esenciales: «La propiedad social y el reparto de los derechos de voto en las empresas y, por otra parte, la propiedad temporal y la circulación del capital» (p. 1.172) evitando grandes concentraciones que se heredan. En suma, defiende Piketty que «el bloque patrimonial, compuesto por el impuesto progresivo sobre la propiedad y por la dotación universal de capital, tiene un impacto estructural de largo plazo en la distribución de la riqueza y el poder económico» (p. 1.185).
Piketty ha conseguido ser un fenómeno mediático sin perder la atención del mundo académico y ha situado, junto a otros autores como Branco Milanovic, el problema de la desigualdad en el centro de los debates y las preocupaciones desde el fmi, hasta las reuniones de Davos. Y lo hace desde una dura crítica al capitalismo actual y unas propuestas abiertamente ideológicas que situaríamos hoy a la izquierda del espectro político, aunque formen parte del antiguo consenso socialdemócrata de la posguerra mundial. Resulta imposible no tener en cuenta sus aportaciones, sobre todo, por todos aquellos preocupados por defender el modelo económico capitalista mediante las reformas necesarias para que vuelva a ser un sistema inclusivo (el Nobel Stiglitz habla de la necesidad de un «capitalismo progresista» en su último libro) que no vaya, como ocurre hoy, expulsando gente y perdiendo apoyo social. Piketty habla, en suma, de nosotros hoy y de nuestro futuro compartido. Por eso, tal vez, lo que dice tiene el impacto que tiene y no deja indiferente a nadie.
La voz conciencia trae inmediatamente aparejado el nombre del converso inglés John Henry Newman (1801-1890), cardenal en los últimos años de su vida y elevado a los altares recientemente por la Iglesia católica. Un conocimiento superficial de su obra explica lo instantáneo de la asociación. Pocos autores han hablado tanto de la conciencia. Menos biografías aún se han dejado conformar tan dócil, transparente y apasionantemente a través de muchas dificultades por la luz de su conciencia.
¿Estamos ante un precursor de la prevalencia del individualismo o, más bien, ante un oportuno corrector de estas tendencias subjetivistas?
Hay que hacerse, sin embargo, más preguntas. Si Newman básicamente sostiene una conciencia equiparable a la definición que de ella da el Diccionario de la Real Academia («Conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios»), ¿cuál es la singularidad y la relevancia de su pensamiento para nuestro mundo actual? Más en concreto, ¿estamos ante un precursor de la prevalencia del individualismo o, más bien, ante un oportuno corrector de estas tendencias subjetivistas? El propósito de este artículo es demostrar que estamos ante ambos casos. Newman cumple los dos papeles (precursor, corrector) a un tiempo, del todo y sin contradicción, complementariamente. Lo que otorga una inusitada fuerza a su obra.
No es una etapa histórica superada de la reflexión sobre la conciencia. Nos interpela aquí y ahora; y tanto que entenderle y atenderle se convierte en una cuestión de la máxima urgencia.
LA RAZÓN HISTÓRICA
La concepción de la conciencia de J. H. Newman se ve mejor al trasluz de su peripecia vital, y quizá sea conveniente hacerlo de un modo cronológicamente inverso. Empecemos por su punto álgido. Ya célebre sacerdote católico de 74 años, en la Carta al duque de Norfolk (1875), declara: «En caso de verme obligado a hablar de religión en un brindis de sobremesa —desde luego, no parece cosa muy probable—, beberé “¡Por el Papa!” con mucho gusto. Pero primero “¡Por la Conciencia!”, después “¡Por el Papa!”».

Se ha citado hasta la saciedad y, a veces, como prueba de que la conciencia es la única luz de las personas íntegras, sin injerencias externas. Hay que entender el contexto de estas palabras. Están hacia el final de un pequeño libro (la ya citada Carta al duque de Norfolk) en el que Newman responde a las acusaciones del exprimer ministro inglés William Gladstone. Este, caballero de enorme prestigio, hombre religioso, que había impulsado desde su protestantismo estricto medidas para paliar la discriminación política y civil de los católicos británicos, estaba escandalizado, sin embargo, por la declaración de la infalibilidad papal y otros documentos del Concilio Vaticano I. En un artículo titulado «Ritualismo y ritual» publicado en Contemporany Review, sostuvo que en la práctica el catolicismo implicaba la renuncia a la libertad ética e intelectual y el abandono de la lealtad nacional. No eran ideas originales. Reavivaban un antiguo prejuicio inglés: la doble obediencia de los católicos, al Papa y a la Reina de Inglaterra, les hacía súbditos sospechosos, ciudadanos extranjeros infiltrados en el cuerpo social, cuando no dobles agentes.
La diligencia y la severidad de la respuesta de J. H. Newman replica a ese prejuicio, que había hundido sus raíces en la mentalidad anglicana desde los tiempos del Cisma de Inglaterra y justificado seculares discriminaciones, martirios y ajusticiamientos. Siendo el rey la cabeza de la Iglesia de Inglaterra, se confundían el orden temporal y el espiritual. A menudo se acusó a los católicos (llamados «papistas») de traidores a la patria.
Ya un eje de la defensa de sir Tomás Moro fueron sus protestas de fidelidad a la Corona. Declaró desde el cadalso adonde llegaba por católico pero acusado de «alta traición»: «I die the king’s faithful servant, but God’s first», esto es, «Muero siendo el buen siervo del Rey, pero primero de Dios». Un desconocido Robert Peckham cinceló para siempre el drama del catolicismo inglés. En el epitafio de su tumba en la iglesia de San Gregorio de Roma, consta: «Aquí yace Robert Peckham, inglés y católico, quien, tras la ruptura de Inglaterra con la Iglesia, dejó Inglaterra, no siendo capaz de vivir sin la fe y quien, llegado a Roma, murió, no siendo capaz de vivir sin su patria».
Este es el auténtico mar de fondo al que se enfrenta Newman cuando Gladstone lanza las viejas acusaciones. La réplica de nuestro escritor es remitir a la conciencia como instancia superior que unifica el yo de cada católico en una única lealtad insobornable. A partir de ahí, como ni la patria ni la santa madre Iglesia pueden obligar a nada que vaya en contra de la conciencia de las personas, esa secular oposición política que han querido ver los poderes del mundo, se disuelve como un azucarillo.
El brindis no es más que un corolario a todo el argumento expuesto en la Carta. El verdadero meollo está un poco antes: «Si el Papa o la Reina pidieran de mí una «Obediencia absoluta», él o ella estarían traspasando las leyes de la sociedad humana. A ninguno de los dos rindo Obediencia absoluta. Es más, si alguna vez esta doble lealtad me empujara en direcciones contrarias —lo que no creo que ocurra jamás—, entonces decidiré según ese caso concreto que está más allá de toda regla y debe ser resuelto según sus propias características».
Como advierten José Morales y Víctor García Ruiz en el prólogo de su traducción de la Carta (Rialp, 2017): «Newman tenía el don de convertir escritos dictados por las circunstancias del momento en obras de valor perenne». La primacía de la conciencia personal queda expuesta, gracias a la oportuna provocación de Gladstone, con tal claridad meridiana que ha sido recogida en la encíclica Veritatis Splendor, en otros documentos del Magisterio y en declaraciones pontificias. Resuelve, además, el dilema secular que había sido echado en cara a los católicos ingleses por sus gobernantes desde hacía mucho.
«Nunca he pecado contra la luz». Se refería a que había actuado siempre conforme a los dictados de su conciencia
Por supuesto, esta resolución no es el fruto de una ocurrencia repentina, sino de una doctrina que se ha decantado a lo largo de toda la vida de John Henry Newman. Cuando en su juventud, durante un viaje por Sicilia enfermó tan gravemente como para temer por su vida, se repetía en su delirio: «Nunca he pecado contra la luz». Se refería a que había actuado siempre conforme a los dictados de su conciencia.
Más tarde, como cuenta Ignacio Peyró, en Pompa y circunstancia (Fórcola ediciones, 2014), «Newman abandona la Iglesia de Inglaterra por la de Roma sin más seducción que el cumplir con un deber de la verdad». En la carta del 24 de noviembre de 1844 que escribe a su hermana Jemima, explica hasta qué punto fue su conciencia la que le instó a dar ese paso para el que solo sentía reticencias: «Una convicción clara de la sustancial identidad entre cristianismo y sistema romano ocupa mi mente desde hace tres años. Hace más de cinco que tal idea se insinuó, aunque luché contra ella y de momento la vencí. Pienso que todos mis sentimientos y deseos están en contra de efectuar cambios. Nada accidental me atrae hacia fuera de donde me hallo. Apenas he asistido a cultos romanos; no conozco a católicos en el extranjero. No me atraen como grupo. Me dispongo, sin embargo, a dejarlo todo».
Es un seguimiento sin excusas de lo que considera correcto, contra las propias apetencias y conveniencias. Es lo que le permitirá, muchos años después, invocar a la conciencia como la piedra de toque de que la persona que la sigue no se encontrará a merced de lealtades encontradas o contradictorias.
¿DE QUÉ CONCIENCIA HABLA NEWMAN?
Una concepción tan centrada en la conciencia personal podría confundirse, explica el padre Enrique Santayana C. O., experto en la obra de Newman, «con el sentimiento o con las conclusiones de una razón cerrada sobre sí misma. Casi cualquiera de nuestras bisabuelas sabía mejor que nosotros lo que la conciencia es, aunque no supiera explicarlo. La mía nos hablaba a mi hermana y a mí de “la voz de la conciencia”, dándole un realismo, una autonomía con respecto al propio “yo” que ahora me asombra tremendamente». Ese recuerdo de infancia de Santayana encierra una gran finura psicológica. Una copla popular, con la visión de los sencillos, apunta en el mismo sentido:
Tú sabes lo que está bien.
Tú sabes lo que está mal.
No se ciegue tu conciencia…
El bien está donde está.
La conciencia consiste en oír y en ver algo exterior a sí misma. En cambio, continúa el padre Santayana, «al hablar de conciencia, los modernos hablamos de nuestro pensamiento, de nuestra voluntad, de nuestras decisiones, de nuestros principios, de nuestros sentimientos. En el mejor de los casos, creemos que un hombre de conciencia es lo mismo que un hombre coherente, pero no es la misma cosa. Ser coherente con el propio pensamiento y con los propios valores no es poca cosa, es una gran cosa, siempre que esos principios sean buenos. Lo fundamental es que la coherencia hace referencia al propio yo, el hombre vuelve sobre sí para afirmarse a sí mismo».
Dejar claro que Newman no avala esa concepción de la conciencia resulta de vital importancia, puesto que el ataque moderno a la conciencia consiste en confundirla con el propio yo. Se trata de un golpe a traición, de un ataque por la espalda, de una eficacia letal que supera con creces a los clásicos intentos de vulnerar la conciencia de frente con el poder o la coacción.
En la Carta al duque de Norfolk, Newman ya describe lo que ha venido a convertirse en moneda corriente: «Cuando los hombres invocan los derechos de la conciencia no quieren decir para nada los derechos del Creador ni los deberes de la criatura para con Él. Lo que quieren decir es el derecho de pensar, escribir, hablar y actuar de acuerdo con su juicio, su temple o su capricho, sin pensamiento alguno de Dios en absoluto… En estos tiempos, para la gran parte de la gente, el más genuino derecho y libertad de la conciencia consiste en hacer caso omiso de la conciencia […] La conciencia es un consejero exigente, que en este siglo ha sido desbancado por un adversario de quien los dieciocho siglos anteriores no habían tenido noticia —si hubieran oído hablar de él, tampoco lo hubieran confundido con ella—. Ese adversario es el derecho del espíritu propio, la autonomía absoluta de la voluntad individual». La concepción actual de la conciencia no hubiese cogido desapercibido a Newman.
Quizá la suya, en cambio, sí sorprenda y hasta escandalice un tanto a nuestra época: «La conciencia es la voz de Dios, mientras que hoy día está muy de moda considerarla, de un modo u otro, como una creación del hombre […] La regla y medida del deber no es ni la utilidad, ni la conveniencia personal, ni la felicidad de la mayoría, ni la conveniencia del Estado, ni el bienestar, ni el orden y pulchrum. La conciencia no es una especie de egoísmo previsor ni un deseo de ser coherente con uno mismo; es un Mensajero de Dios, que tanto en la naturaleza como en la Gracia nos habla desde detrás de un velo y nos enseña y rige mediante sus representantes. La conciencia es el más genuino vicario de Cristo».
Esta concepción sagrada hace posible el famoso brindis de Newman. La conciencia se antepone a cualquier obligación externa, por muy venerable que sea, porque su fortaleza emana del Dios al que escucha, que no puede contradecirse y al que el Papa y el Estado (o la Reina, por mantener la terminología utilizada en la Carta) tienen idéntico deber de oír.
¿SOLO PARA CRISTIANOS?
Desde el momento en que John Henry Newman define la conciencia como «la voz de Dios», es legítimo preguntarse si su doctrina puede interpelar a todos los hombres o queda circunscrita a los cristianos o, como mucho, a los creyentes. Newman habla para los cristianos, sin duda, porque en primer término habla sobre todo de sí mismo. No tiene interés en engañar a nadie o en «vender su producto», como ahora se dice. Su conciencia no lo permitiría.
Además, está convencido de que la conciencia se basa, en última instancia, en la existencia de Dios y que el reconocimiento de la conciencia aboca a la fe del mismo modo que su negación al ateísmo. Con su espléndida prosa expone: «Si no fuera por esa voz que habla tan claramente a mi conciencia y a mi corazón, yo sería ateo, panteísta o politeísta al mirar el mundo».
Tiene su lógica: «La existencia de una ley implica que hay un legislador, y un mandato implica la existencia de alguien que manda. Así que el ser humano es inmediatamente lanzado fuera de sí mismo por la misma voz que habla dentro de él, y que al tiempo gobierna su corazón y su conducta según ese sentido interior de lo bueno y lo malo». Sin embargo, por la propia dinámica del proceso, Newman reconoce en múltiples ocasiones que se puede obedecer la voz de la conciencia sin reconocer aún la fuente de la que emana y a la que tiende.
En su novela Calixta (1855), la protagonista, una joven pagana, confiesa a su interlocutor: «Tú dirás que ese dictado [el de la conciencia] no es más que una ley de mi naturaleza como llorar o reír. Pues yo eso no lo entiendo. No; es el eco de alguien que me habla a mí. Estoy absolutamente convencida de que en realidad procede de una persona externa a mí. Y trae consigo la prueba de su origen divino. Mi ser va hacia ella como hacia una persona. Cuando obedezco a ese eco, a esa voz, siento satisfacción. Cuando no, siento dolor, amargura, pena; la misma alegría o el mismo dolor que siento cuando agrado u ofendo a algún amigo entrañable. […] Tú dirás: «¿Y quién es? ¿Te ha dicho algo él acerca de sí mismo?». ¡Pues, no! Y esa es mi desgracia. […] Si hay un eco, es que hay una voz, y alguien que habla».
La conciencia, por tanto, no exige el reconocimiento actual de la voz divina ni una creencia definida. Exige que no se la confunda con uno mismo ni con el subjetivismo. La misión del individuo no es crearla, sino escucharla y obedecerla. Al revés: es el hombre el creado por su conciencia. La persona, gracias a ella, se pone, recalca Newman, «ante una decisión que va a definirla». Si el hombre no resulta escindido, deshabitado o pulverizado entre obediencias políticas, pulsiones, deseos, impulsos y exigencias momentáneas, se debe a su disposición a responder en todo caso a la voz de la conciencia. Cumplir con ella es un «núcleo moral (moral center), a partir del cual se define y crece la persona».
Un aforismo de Al amparo de las sombras (Siltolá, 2019), último libro de Gregorio Luri, dice: «Extraña cosa la libertad. Cuando conoce la verdad, debe seguirla y cuando no la conoce, está desorientada». Sustituyendo la palabra libertad por la palabra conciencia, que a muchos efectos son sinónimas, tenemos una definición concisa y precisa de lo que John Henry Newman sostiene.
Junto a la objetividad de su contenido, se requiere el vislumbre de cierto personalismo en su origen. Basta, no obstante, reconocer la alteridad de un tú, quizá todavía entre la niebla, pero que ya nos configura como yo en el sentido dialógico del filósofo judío Martin Buber. Sale sola entonces la reminiscencia del daimonion socrático.
Shakespeare personifica en Macbeth la conciencia del rey ilegítimo en el fantasma de Banquo, el amigo al que asesinó y que se le aparece en sus delirios
El personaje de Newman, Calixta, hace referencia al juicio de quienes nos aman o de nuestros antepasados: «Si al obrar mal, sentimos las mismas lágrimas y nos dominan el mismo dolor desgarrador que sentimos cuando hemos dado un disgusto a nuestra madre; si al obrar el bien nos alegramos con la misma soleada serenidad espiritual, el mismo gozo de satisfacción y de paz que sentimos ante la alabanza de nuestro propio padre». William Shakespeare, por su parte, personifica en Macbeth la conciencia del rey ilegítimo en un tú más etéreo aún: el fantasma de Banquo, el amigo al que asesinó y que se le aparece en sus delirios. Incluso valdría a estos efectos el noble propósito que expuso el colombiano Nicolás Gómez Dávila de no avergonzar en la madurez los ideales del adolescente que fuimos.
Reconociendo la objetividad, la alteridad y un mínimo personalismo básico, todos (y no solo los cristianos) pueden beneficiarse, por tanto, del análisis psicológico y moral de la conciencia que John Henry Newman nos legó con su reflexión y su ejemplo biográfico.
CONCIENCIA HOY EN DÍA
La conciencia tal y como la entiende J. H. Newman nos hace falta como una emergencia social. Solo siguiendo la actualidad política y social, se entiende; pero mucho mejor si leemos La emboscadura (1951) de Ernst Jünger. Allí explica el escritor alemán que el Estado moderno y las ideologías contemporáneas son tan intrusivos y han tomado partido con tanto vigor por una concepción muy positivista y utilitarista del ser humano que al hombre corriente solo le quedan dos posibilidades de salvaguardar su soberanía personal. La primera y más alta es ejercer la decisión moral autónoma. La segunda, es el crimen. Como recuerda Jünger: «Los existencialistas franceses han visto bien esto. El crimen no tiene nada que ver con el nihilismo; más aún, constituye un refugio frente al vacío creado por este». Así explica el desasosegante culto al crimen que reina en nuestro cine y en la literatura, «y no solo en sus modalidades inferiores».
No queremos perder la soberanía, pero tampoco, naturalmente, echarnos al hampa, por más prestigio literario y artístico del que goce. Por eso, la conciencia de Newman resulta tan imprescindible. Siendo capaz de brindar por encima del Estado y del Papa, reafirma la soberanía personal de cada ser humano de una manera tajante. Al ser noble de espíritu quien es dueño de sí mismo, no es una casualidad que John Henry Newman nos dejase la más atractiva definición del ideal del caballero aplicado a nuestro mundo, ni que él lo fuese a lo largo de toda su vida.
Sus dos dimensiones de la conciencia: una extrema obediencia a la voz interior y a la verdad de la que es testigo, por un lado; y por el otro una soberana independencia frente a las demandas del poder, de las modas o incluso del capricho momentáneo personal pueden parecer contradictorias, pero son complementarias y, en realidad, indisolubles. A Newman le gustaba recordar que el prefecto imperial reconoció, asombrado, a san Basilio: «Nunca antes hombre alguno me trató con semejante libertad».
También le habría gustado una frase del filósofo alemán Otto Marquard que resume el estado de la cuestión, según nos recordaba Juan Cla: «Vivimos en una época en que en lugar de tener una conciencia propia (que es difícil y exige de nosotros) preferimos ser la conciencia de otros (que está tirado y nos llena de satisfacción)».
Newman propone lo contrario y promete una libertad semejante a la de san Basilio. La necesitamos para hacer frente a tantos imperios de la opinión, la propaganda, lo políticamente correcto, la ley o las costumbres que se nos ponen por delante y, subrepticiamente, por encima. Debemos defender la objeción de conciencia, por supuesto, para tantos casos extremos, pero sin olvidar que, con anterioridad y por debajo, siempre, contra los sistemas totalitarios y las doctrinas invasivas de todo tipo, la conciencia es la objeción.
Byung-Chul Han (Seúl, Corea del Sur, 1959) pertenece al gremio de los filósofos famosos. Es capaz de inquietar con pocas frases a los ciudadanos y de llevar a sus alumnos hasta la desesperación presentándoles un panorama social muy preocupante. De ahí tal vez el número creciente de sus lectores. De pequeño le encantaba trastear con radios y otros aparatos. Disfrutaba con el bricolaje y las manualidades. Propiamente habría querido cursar Electrotécnica o Ingeniería, pero optó por la Metalurgia (Universidad de Corea). Hasta que un día, en su casa en Seúl, experimentando con sustancias químicas, provocó una explosión de la que aún le quedan cicatrices. Decidió entonces dedicarse a pensar, que es «otra forma de bricolaje: construir con el pensamiento», una actividad también «muy peligrosa, que conlleva estallidos», según relataba en 2014 en una entrevista al semanario alemán Die Zeit.
En los años ochenta se instaló en Alemania. Estudió Filosofía en la Universidad de Friburgo y Literatura alemana y Teología en la Universidad de Múnich. En 1994 se doctoró en Friburgo con una tesis sobre Martin Heidegger. En 2000 se incorporó al departamento de filosofía de la Universidad de Basel, donde se habilitó como profesor. En 2010 pasó a trabajar a la Escuela Superior de Artes y Diseño de Karlsruhe. Desde 2012 hasta 2017 ha sido profesor de Filosofía en la Universidad de las Artes de Berlín, una ciudad por la que le gusta ir en bicicleta y donde evita a los medios de comunicación, quizá por su carácter tímido.
Para pensar, contaba Byung-Chul Han a Die Zeit, necesita solo percibir semejanzas, similitudes entre acontecimientos presentes y pasados o entre otros simultáneos. Acaso ahí radique que sea un autor muy rápido y prolífico. Sus ensayos son todos cortos, de menos de doscientas páginas. Aunque ya había publicado sobre Heidegger, sobre el budismo, sobre Hegel, el poder y la amabilidad, y sobre la hiperculturalidad (cultura y globalización), Byung-Chul Han se hizo célebre de golpe en 2010 con un tratado sobre La sociedad del cansancio, donde medita en torno a la autoexigencia, la autoexplotación, el síndrome del quemado (burnout) y la depresión como características de nuestro tiempo, que con gran frecuencia llevan al derrumbamiento del individuo.
No son sus análisis los inmisericordes, sino el mundo en el que vivimos, «loco y absurdo», confesaba a Die Zeit. Estas son algunas de sus tesis: nos autoexplotamos; no arriesgamos ni en amor ni en la política puesto que no queremos ni herir ni ser heridos; no sabemos siquiera lo que queremos, porque las necesidades que percibimos como nuestras necesidades no son nuestras necesidades, sino las que generan la publicidad y el consumo. Por ejemplo, comentaba Han, compramos miles de piezas de ropa a bajos precios acaso para exhibirlas en Instagram como si fuéramos modelos, a costa de niños que han sufrido en Bangladesh para que esos precios por pieza fueran tan bajos. Así Instragram genera publicidad, y la publicidad genera nuevo consumo.
A las inquietudes del sujeto del rendimiento (es decir, del sujeto que ha de ser siempre productivo en una empresa exigente y que él mismo se exige mucho), de la sociedad del cansancio y de la incapacidad para amar, suma Han la proliferación de la pornografía, el «enjambre digital» (individuos aislados en Internet, sin alma) y la hiperconexión, que destruye el silencio y la capacidad de reflexionar.
Han denuncia la sociedad del «me gusta» y un rasgo señero de la cultura de la primera mitad del siglo XXI: la complacencia. La política también es una política de la complacencia. Se trata de «caer bien a todos» y para eso no hacen falta convicciones; es más, cuantas menos se tengan, mejor, para ir cambiando de opinión e ir fomentando adecuadamente los likes.
Es absurdo preguntarle si es feliz, porque la felicidad no es un estado al que aspira. Pero si se le insiste revela su amor a la lengua que le permite filosofar (la lengua alemana), a sus palabras y a su música. Entonces manifiesta su preferencia por Bach, interpretado por Glenn Gould. «Puedo escucharlo durante horas. No sé si me hubiera quedado hasta hoy en Alemania sin Bach, sin Winterreise (Viaje de invierno) de Schubert o sin Dichterliebe (Amor de poeta) de Schumann», contaba a Die Zeit, y añadía que había recibido clases de canto y se ejercitaba en ese arte con Lieder (canciones) de Schumann y de Schubert.
La obra de Byung-Chul Han
Resaltamos a continuación las ideas centrales de los libros más importantes de Han. El año señalado es el de la publicación del original alemán, no el de su libro en español (normalmente en la editorial Herder), para percibir mejor de ese modo la evolución del filósofo.
—Buen entretenimiento. Una deconstrucción de la historia occidental de la Pasión (Gute Unterhaltung. Eine Dekonstruktion der abendländischen Passionsgeschichte, 2006).
El entretenimiento ha alcanzado la cima de nuevo paradigma, una nueva fórmula ontológica, afirma Byun-Chul Han en este ensayo. Decide qué es idóneo para entrar a formar parte del mundo y qué no, e incluso qué es en general, de tal manera que la propia realidad se presenta como un peculiar efecto del entretenimiento. En el colegio, en la universidad, las clases tienen que ser divertidas («ludificación»). De una entrevista en la televisión lo que menos importa es que se diga la verdad o al menos que se aspire a clarificarla: lo decisivo es que sea divertida. Muchos no escuchan música clásica porque «es aburrida». Los ejemplos se podrían multiplicar. Lo divertido es como «si diera» la posibilidad de existir.
El divertimento (televisión, radio, cine, Internet, videojuegos, apuestas, concursos, tertulias de televisión, publicidad, series…) se ha introducido en todas las áreas de nuestra vida. ¿Cómo se debe interpretar este fenómeno? ¿Qué es lo que engendra el formato híbrido (informar y divertir a la vez)? ¿Es un fenómeno ya conocido o se anuncia algo nuevo?, se pregunta Byung-Chul Han. Para contestar, se sirve de un recurso en principio sorprendente: la Pasión de Jesucristo, el sufrimiento con sentido que redime. El hilo conductor del contraste con la Pasión recorre todo el libro. Al espíritu de la Pasión podrá parecerle que el entretenimiento, totalitario, es una decadencia. Pero en el fondo la Pasión y el entretenimiento están hermanados (la Pasión, para algunos observadores de Jesús camino del Calvario, fue «entretenimiento», «diversión»), según Han, que intenta mostrar en este estudio su convergencia oculta.
—El aroma del tiempo. Un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse (Duft der Zeit. Ein philosophischer Essay zur Kunst des Verweilens, 2009).
La fugacidad de cada instante y la ausencia de un ritmo que dé sentido a la vida y a la muerte nos sitúan ante un nuevo escenario temporal, que ya ha dejado atrás la noción de tiempo como narración, según Byung-Chul Han. No estamos ante una aceleración del tiempo, sino ante la atomización y dispersión temporales. El tiempo se escapa porque nada concluye, y todo, incluido uno mismo, se experimenta como efímero y fugaz. La muerte es un instante más, lo cual invalida su vivencia como consumación de una unidad con sentido. La crisis del tiempo solo se superará en el momento en que la vida activa, ahora en plena crisis, acoja de nuevo a la vida contemplativa.
—La sociedad del cansancio (Die Müdigkeitsgesellschaft, 2010).
El sujeto de nuestra sociedad, «el sujeto del rendimiento», se halla tan encadenado como Prometeo, aunque se crea en libertad. La relación de cada uno consigo mismo es una relación de autoexplotación, lo que desemboca en el cansancio y en la sociedad del cansancio. Los gimnasios, las torres de oficinas, los bancos, los aviones, los grandes centros comerciales y los laboratorios genéticos, para Han, son símbolos de una sociedad del rendimiento para «sujetos del rendimiento».
Hay un exceso de estímulos, de informaciones e impulsos. La percepción queda fragmentada y dispersa. El aumento de carga de trabajo requiere una particular técnica de administración del tiempo y de la atención. Entra en juego la multitarea, que para Han es una regresión: es más propia de los animales salvajes, donde se pone al servicio de la supervivencia.
—Topología de la violencia (Topologie der Gewalt, 2011).
En este ensayo, Han profundiza en su análisis de la sociedad del cansancio y de la sociedad de la transparencia, buscando sacar a la luz las nuevas formas de violencia que se ocultan tras ellas. La violencia ha mutado de visible en invisible, de frontal en viral, de directa en mediada, de real en virtual, de física en psíquica, de negativa en positiva, y se retira a espacios subcomunicativos y neuronales, de manera que puede dar la impresión de que ha desaparecido. Pero la violencia se mantiene constante y se ha trasladado al interior. La decapitación de la sociedad de la soberanía, la deformación de la sociedad disciplinaria y la depresión de la sociedad del rendimiento son estadios de la transformación topológica de la violencia.
—La sociedad de la transparencia (Transparenzgesellschaft, 2012).
La omnipresente exigencia de transparencia remite a un cambio de costumbres que no puede reducirse a los ámbitos de la política y de la economía. Quien refiere la transparencia solo a la corrupción y a la libertad de información desconoce su envergadura, porque el otro y lo extraño perturban y retardan la comunicación de lo igual. La transparencia estabiliza y acelera el sistema por el hecho de que elimina lo otro o lo extraño. Esa coacción sistémica convierte a la sociedad de la transparencia en una sociedad uniformada, de ahí su rasgo totalitario. Cada uno, víctima y actor a la vez, se entrega voluntariamente a la mirada digital, desnudándose y exponiéndose. Sería necesario ejercitarse en la actitud de la distancia. La distancia y la vergüenza no pueden integrarse en el ciclo acelerado del capital, de la información y de la comunicación.
—La agonía del Eros (Agonie des Eros, 2012).
El amor, hoy, evita todo lo que pueda herirle. Con el amor se soslaya herir o ser herido. Pero para amar o ser amado no cabe más remedio que arriesgarse. Nuestra sociedad desestima la apuesta por el amor porque conlleva lesiones. En nuestra sociedad se deja de lado hasta el apasionamiento, para no enamorarse. Ya enamorarse es mucha herida. Todo esto desemboca en que la caridad y hasta el «eros» son con frecuencia imposibles para el individuo contemporáneo, centrado en referirlo todo a su precio de mercado. No se permite que el otro entre en nuestra vida. El otro suele ser visto como un desastre para el equilibrio habitual propio. El individuo contemporáneo se olvida con frecuencia del goce del vaciamiento de sí mismo: la ausencia del «yo» como vía de salvación. Ante ese panorama, es habitual caer en un tipo de la profanación del amor: la pornografía.
—En el enjambre. Vista sobre lo digital (Im Schwarm. Ansichten des Digitalen, 2013).
Internet y las redes sociales han transformado la esencia de la sociedad y la han convertido en un «enjambre digital» con individuos aislados carentes de alma. El «enjambre digital» no es capaz de una acción común, de andar en una dirección o de manifestarse con una voz. La hipercomunicación destruye el silencio, sin el cual ni se piensa, ni se reflexiona, ni se es uno mismo. Para poder pensar y concluir, hay que poder cerrar los ojos y contemplar. Hoy ya no hay lengua. Hay estupefacción y desconcierto. Hay ruido y el ruido de la comunicación por una parte, y por la otra, al cabo del hilo, sordera o mudez.
Se necesita silencio y quietud. Ni siquiera hay saber. Saber no es información. Tiene otra estructura temporal que no es el presente. Necesita también del tiempo y de la experiencia. El maestro cuenta con la experiencia. Hoy vivimos con el terror del diletantismo.
—Psicopolítica. Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder (Psychopolitik: Neoliberalismus und die neuen Machttechniken, 2014).
La psicopolítica es un sistema de dominación que utiliza la seducción para que los seres humanos se sometan por sí mismos a su entramado de dominación, en lugar de emplear el poder opresor. El sujeto sometido no es consciente de su sometimiento. La eficacia del psicopoder radica en que el individuo se cree libre, cuando en realidad es el sistema el que está explotando su libertad. La psicopolítica se sirve del big data y del big brother digital. Se apodera de los datos que los ciudadanos entregan de forma efusiva y voluntaria. Vigila y permite hacer pronósticos sobre el comportamiento de las personas y condicionarlas desde un nivel prerreflexivo. La libertad es una figura contraria a la coacción. Pero si la coacción se experimenta de forma inconsciente, anulamos la libertad. La crisis de la libertad consiste en que percibimos la coacción como libertad y por lo tanto no hay lugar ni siquiera para la resistencia. De ahí, afirma Han, la frase de la artista Jenny Holzer: «Protégeme de lo que quiero».
Los políticos de nuestro tiempo no son capaces de ofrecer alternativas ni se distinguen unos de otros. Pero la política ha de ofrecer alternativas, de lo contrario se convierte en una dictadura. Es lo que observamos: la dictadura del neoliberalismo, dice Han, que ataca al neoliberalismo no como lo atacaría la izquierda. Para él el neoliberalismo es un término con el que designar que el sistema quiere ser cada vez más productivo, y que ha pasado de la explotación por otros a la autoexplotación, más eficiente y más productiva, bajo el pretexto de la libertad. En el neoliberalismo cada uno es su propia empresa. En el capitalismo de Marx había propietarios de fábricas y trabajadores. Pero los
trabajadores no eran a la vez empresarios. En la actualidad impera la autoexplotación:
me autoexploto con la falsa ilusión de que me estoy realizando. Como en el feudalismo, cultivamos cual siervos de la gleba el campo de Facebook, que luego vende el producto (nuestros datos) y con ello se enriquece, mientras a la vez los servicios secretos nos vigilan. No hay protesta.
—La salvación de lo bello (Die Errettung des Schönen, 2015).
En 2014, cuando los periodistas del semanario Die Zeit le preguntaron a Han en qué trabajaba, contestó: «En un nuevo libro sobre lo bello. Me decidí leyendo una entrevista a Botho Strauss. Le preguntaban a Botho Strauss qué echaba de menos. Contestó: “Lo bello”. No dijo nada más. Me falta lo bello. Y comprendí. Entonces me resolví a escribir un libro sobre lo bello».
Lo pulido, lo liso, lo impecable, son la seña de identidad de nuestra época. Son lo que tienen en común las esculturas de Jeff Koons, los teléfonos de última generación y la depilación, según Han. ¿Por qué hoy en día gusta tanto «lo pulido»?, se pregunta. Porque no daña ni ofrece resistencia. Lo bello digital constituye un espacio pulido y liso de lo igual, un espacio que no tolera ninguna extrañeza, ninguna alteridad, ninguna negatividad. Lo bello natural se ha atrofiado en lo liso y pulido de lo bello digital. Hoy nos hallamos en una crisis de lo bello en tanto que se lo satina, convirtiéndolo en objeto del «me gusta», en algo arbitrario y placentero, que se mide por su inmediatez y su valor de uso y de consumo.
Pero la belleza más bien acontece como reencuentro y reconocimiento. No es necesariamente ni lo pulido, ni lo liso, ni lo impecable.
—La expulsión de lo distinto (Die Austreibung des Anderen, 2016).
«El otro», sentido como misterio, seducción, eros, deseo, infierno o dolor va desapareciendo. Se enferma más por exceso de comunicación, de consumo y de permisividad, que porque los otros nos rechacen. La presión destructiva no procede tanto del otro como del interior. La violencia del otro no es lo único que resulta destructivo. La expulsión de lo distinto pone en marcha otro precipitado: la autodestrucción. Además, la depresión como presión interna desarrolla unos rasgos autoagresivos porque el sujeto se ve forzado a aportar rendimientos (recuérdese la tesis de Han sobre la autoexigencia).
La proliferación de lo igual pasa por ser crecimiento. Pero a partir de un determinado momento la producción ya no es productiva, sino destructiva; la información ya no es informativa, sino deformadora; la comunicación ya no es comunicativa, sino meramente acumulativa, simplemente está disponible. El saber, por el contrario, es un proceso lento y largo. Muestra una temporalidad totalmente distinta: madura. No se compadece con la política de los tiempos actuales, la cual, para incrementar la eficacia y la productividad, fragmenta el tiempo y elimina estructuras estables. Incluso ese acopio máximo de informaciones que son los macrodatos dispone de un saber muy escaso. Con la ayuda de macrodatos se averiguan correlaciones: si se produce A, entonces a menudo también se produce B. Pero «por qué» eso es así no se «sabe». En realidad, no se comprende nada. Pero saber es comprender. Así es como los macrodatos hacen superfluo el pensamiento. El conocimiento verdadero transforma. Genera un nuevo estado de conciencia. Su estructura se asemeja a la de una redención. La salvación es más que resolver un problema: traslada a los que la necesitan a un estado del ser completamente distinto.
—Otros libros de Han representativos de su devenir son: Shanzhai. Dekonstruktion auf Chinesisch, 2011 (Shanzhai. Deconstrucción en chino); Vom Verschwinden der Rituale. Eine Topologie der Gegenwart, 2019 (Sobre la desaparición de los rituales. Una topología del presente) y Kapitalismus und Todestrieb. Essays und Interviews, 2019 (Capitalismo e impulso a la muerte. Ensayos y entrevistas).
Una valoración sumaria
Para el crítico Magnus Klaue, los libros de Byung-Chul Han se asemejan a ciertos volúmenes de autoayuda con títulos como «Heidegger para empresarios». Klaue evidencia o cree poner de manifiesto lo que para él es un trabajo frívolo (el de Han) bajo la apariencia de profundidad. Klaue señala en las obras de Han supuestas perogrulladas, banalidades ofrecidas como comprensión de nuestro tiempo y retahílas de frases desconectadas y a veces enrevesadas, que servirían sobre todo para una película de risa en manos de Woody Allen o Monty Python. Esa es la opinión de Klaue.
Para otros, como el también crítico Mark Siemons, Byung-Chul Han (o al menos el Byung-Chul Han de La sociedad del cansancio) es, quizá por su condición de hombre procedente del lejano Oriente, un buen observador de la civilización occidental, al que todavía le importa el empleo de palabras como verdad, sabiduría y vida del espíritu.
Hay filósofos, Peter Kreeft es uno de ellos, que animan a la lectura de Jean-Paul Sartre, «probablemente el más famoso nihilista y pesimista en la historia de la filosofía», según Kreeft, porque es mejor confrontar nuestra propia existencia con la desesperación, que no confrontarla con nada: la desesperación puede ser un momento importante en el camino de la esperanza. Kreeft también recomienda la lectura de Sartre a quienes estén muy satisfechos consigo mismos.
Los estudiantes de Byung-Chul Han confiesan que su profesor los desespera con su implacable denuncia a las disfunciones de la civilización actual.
Cada cual puede sacar sus conclusiones a partir de los cuatro párrafos anteriores.
Aristóteles fue el primero que, hace veinticuatro siglos, reflexionó de una forma sistemática sobre la ética. Y lo hizo sin prejuicios, libre de ataduras a ninguna iglesia, creencia o escuela que condicionara su búsqueda de la verdad. Su legado intelectual ha sido determinante en la filosofía de todas las épocas y en la cultura de Occidente.

Basta asomarse superficialmente a los medios de comunicación para observar que la preocupación por el bien (qué es, dónde se encuentra, cómo se accede a él, cómo conseguirlo) es de la máxima actualidad: nos escandaliza la proliferación del mal, desde los abusos a menores a la eventual destrucción del sistema ecológico planetario; nos desconcierta la proliferación de la mentira normalizada en la red y en la vida política; no logramos contener la corrupción en la vida pública política y económica; la violencia contra la mujer no solo no desaparece sino que crece entre las nuevas generaciones; fracasamos con frecuencia en la inculturación pacífica de los menores y llenamos las escuelas de éticas y ciudadanías que no mejoran los resultados; nuestros afectos se hacen líquidos; los ancianos se ven solos y abandonados en las grandes urbes del mundo rico mientras los niños son explotados sexual y económicamente en grandes territorios; seguimos implicados en guerras que nadie entiende, y destruimos países (Libia, Irak, Siria…) sin sentido ni lógica alguna; la pornografía infantil y la depredación sexual de niños coloniza la red; etcétera.
Grandes intelectuales, de Tocqueville a Habermas, nos recuerdan que existe un sustrato prepolítico de corrección ética sin el que un régimen de libertades puede devenir inviable
Grandes intelectuales, de Tocqueville a Habermas, nos recuerdan que la democracia es débil sin ciudadanos virtuosos, que existe un sustrato prepolítico de corrección ética que la política no genera por sí misma y sin el que un régimen de libertades puede devenir inviable. También los últimos Papas de la Iglesia católica, especialmente Juan Pablo II y Benedicto XVI (este incluso en diálogo con el citado Habermas), han hablado con frecuencia de este factor de sostenibilidad de las democracias.
Y todo padre de familia se plantea cómo conseguir que su hijo sea una buena persona. Esta preocupación por el mal, el ansia del bien, el deseo general de formar buenas personas, hace que la eterna pregunta por el bien, cómo conseguirlo, sea de la máxima actualidad (como siempre, por otra parte).
En nuestros días y apoyándose en las nuevas tecnologías que posibilitan los avances en las ciencias biológicas y cibernéticas, algunos proponen una forma nueva de afrontar la mejora del ser humano: el transhumanismo, la sustitución con soporte tecnológico del ser humano actual por un nuevo sujeto posthumano más perfecto. Vendría así el perfeccionamiento del ser humano de una intervención tecnológica externa.
Basta leer, la Ética a Nicómaco, para comprender que el viejo Aristóteles no es ese que dibujan los tópicos al uso. El Aristóteles real es de una inmensa honestidad intelectual
Desde hace siglos, existe otra forma de afrontar este problema: apostar porque el ser humano se mejore a sí mismo aprovechando la potencialidad inmensa de bien que hay en su naturaleza, ayudándose unos a otros en comunidad en este trabajo colectivo y personal. El primero que de una forma sistemática se planteó esta cuestión —dejando por escrito sus reflexiones al respecto— fue Aristóteles. Por eso, conviene recordar cómo afrontó este problema por si aporta alguna luz a las incertidumbres actuales.
Antes de referirme a su obra cumbre en materia de ética, me gustaría despejar algunos prejuicios bastante habituales que pueden retener a muchos ante la idea de leer o estudiar a Aristóteles. Muchos hoy lo asocian con la imagen de un dogmático (porque a veces se le ha usado en la historia como fuente dogmática), defensor de cosas absurdas en materia científica (astronomía o biología, por ejemplo), y apegado a extrañas elucubraciones de su invención (como la idea de la causa final o los conceptos de materia y forma, verbigracia). Para otros, quizá algo más informados, pero igual de equivocados, Aristóteles fue el racionalista carente de la sensibilidad poética y luminosa de su maestro Platón.
Estos prejuicios no responden a la realidad. Basta leer su obra magna sobre la materia que nos ocupa, la Ética a Nicómaco, para comprender que el viejo Aristóteles no es ese que dibujan los tópicos al uso. El Aristóteles real es de una inmensa honestidad intelectual, un hombre que intenta entender, sin prejuicios condicionantes, la realidad —la humana y la física— y que investiga los hechos, tanto los biológicos como los humanos, e intenta darles una explicación racional; para ello se ve obligado a inventar nuevas categorías intelectuales, como la teoría de las causas o el hilemorfismo —todo cuerpo está constituido por dos principios esenciales: la materia y la forma—, porque en su época faltan aún los instrumentos conceptuales y terminológicos necesarios para dar razón de la realidad que investiga, como les ha sucedido a tantos filósofos modernos que han inventado un lenguaje nuevo porque se veían obligados a explicar una nueva forma de entender la realidad (así, Kant, Heidegger, etc.).
Aristóteles era tan serio en sus reflexiones que nos legó los primeros tratados de lógica que se han escrito y le importaba tanto la realidad material que parte de su producción intelectual son libros de biología, botánica, física y astronomía basados en su personal observación de los fenómenos naturales y su propia experimentación. Y a la vez, quiso ayudar a la formación de sus conciudadanos, a la construcción de una sociedad más justa y a la formación de los jóvenes; por eso, dedicó gran parte de su vida a la educación (como docente en el Liceo ateniense y como profesor particular del joven Alejandro Magno), y escribió tratados sobre ética y sobre política. Como era muy serio, no quiso quedarse en la superficie de los temas que estudiaba y escribió sobre la esencia de lo existente, creando lo que hoy llamamos metafísica. Filósofo, ético, sociólogo, científico, cultivador de las ciencias políticas, experto en derecho constitucional, profesor,… Todo eso fue Aristóteles si le ponemos títulos actuales.
Aristóteles analizó como el ser humano puede mejorarse a sí mismo aprovechando la potencialidad de bien que hay en su naturaleza
Ha sido una de las personas más influyentes de la historia de la humanidad: su legado intelectual ha sido determinante en la construcción del lenguaje, la filosofía de todas las épocas y las categorías de la teología católica a través de Tomás de Aquino, con lo que eso significa en la conformación de la cultura occidental; y todos los filósofos serios han tenido en cuenta su pensamiento y categorías intelectuales (aunque sea para oponerse a él). En particular, no hay libro de ética que se precie que no cite reiteradamente a Aristóteles (cfr. por ejemplo, las obras de Fernando Savater y Adela Cortina en la actual reflexión ética española) y algunos de los más influyentes filósofos éticos actuales son aristotélicos, como es el caso de Alasdair MacIntyre.
¿Significa esto que Aristóteles acierta en todo lo que dice? En absoluto. No olvidemos que hablamos de un autor de hace veinticuatro siglos (vivió entre los años 384 y 322 antes de Cristo) y que pensó sin una tradición asentada en que apoyarse y sobre la que construir, aunque se benefició de las enseñanzas de su maestro Platón y del ejemplo de Sócrates y de la reflexión de los que conocemos como presocráticos. Fue hijo de su época y del medio cultural en que vivió (como todos, por cierto), le influyeron los prejuicios asentados en su ambiente social (justificación de la esclavitud, machismo, etc.), y le llevó a grandes errores en su comprensión del mundo la cosmovisión de sus coetáneos no discutible con los datos disponibles en su tiempo y totalmente ajena a la que nos proporciona la física contemporánea.
Pero, con todas esas limitaciones y equivocaciones, Aristóteles es un modelo de honradez intelectual. No se ve atado por la pertenencia a ninguna iglesia, creencia o escuela que limite o condicione su búsqueda de la verdad. Es un pensador libre al que solo interesa la verdad de las cosas y la felicidad de aquellos a los que se dirige (sus alumnos, sus conciudadanos, sus lectores…). Por eso, me parece que acercarse a su forma de pensar sigue siendo hoy tan útil como lo fue para sus contemporáneos, si queremos aclararnos, tener criterio; por ejemplo, en materia de ética.
Ética a Nicómaco es la más completa, sistemática y madura reflexión de Aristóteles sobre la ética. Si alguien se acercase a este libro (de unas trescientas páginas en una edición estándar actual) buscando en él un prontuario de juicios morales, mandamientos, preceptos o anatemas, se vería frustrado. La Ética de Aristóteles es una reflexión sobre el comportamiento humano, intentando clarificar qué nos puede ayudar a ser más felices por hacernos mejores y más auténticos. Es decir, es auténtica ética; no manual de soluciones de leguleyos a dilemas morales.
Como dice Giuseppe Abbá, la ética no está en los códigos o mandamientos —ni en las nubes— sino en el encuentro de nuestra libertad con el bien accesible para nosotros. Si al interactuar con la realidad tratamos con respeto a lo bueno existente, somos y nos hacemos buenos; si, desde nuestra libertad, tratamos mal a lo bueno o bien a lo malo nos hacemos malos. Esta no es una terminología aristotélica ni estas son sus categorías intelectuales, pero creo que estas ideas reflejan bien el sentido más profundo de la intuición ética de Aristóteles que inspira su Ética a Nicómaco.
Como dice Giuseppe Abbá, si al interactuar con la realidad tratamos con respeto a lo bueno existente, somos y nos hacemos buenos
¿Cómo reflexiona Aristóteles sobre ética? A diferencia de la mayoría de los filósofos éticos actuales que entablan interminables e inútiles discusiones dialécticas entre argumentarios estereotipados de esta o aquella escuela ético-filosófica o religiosa sin hacer posible tender puentes racionales entre unas y otras, Aristóteles se limita (¡bendita limitación!) a observar la realidad del comportamiento humano y analizar los frutos de una u otra conducta o actitud. Para ello, se refiere a y analiza personajes y sucesos de la historia de su patria o de la literatura que leen o el teatro que ven sus contemporáneos; es decir reflexiona sobre situaciones o vidas concretas que forman parte de su entorno cultural a fin de extraer así conclusiones de cierta validez general.
También se apoya en el lenguaje y su uso cotidiano por los ciudadanos de su época, pues en la conversación afloran los ideales, los valores, frustraciones y anhelos éticos y de felicidad de las personas. Esta es la forma de acercarse al bien propia de Aristóteles: desde lo concreto, desde
las situaciones de vidas reales; no desde especulaciones abstractas de corte idealista sobre el buenismo teórico de esta o aquella escuela de pensamiento.
Esta es una de las grandes aportaciones que Aristóteles hace a nuestro tiempo: no hay que buscar el bien moral en las nubes ni en la especulación abstracta, sino en la vida real; en tu vida y en la mía, aquí y ahora; pero con pleno respeto al bien real preexistente. Abramos los ojos a una mirada contemplativa y enamorada del bien posible que podemos conocer y conseguir a través de nuestra conducta ética. Esta es la propuesta de la ética aristotélica.
Incluso el estilo literario de la Ética a Nicómaco responde a esta humildad metodológica: es una conversación con el lector u oyente (quizá sean «apuntes de clase» de Aristóteles en el Liceo ateniense por él fundado y donde fue maestro). Abundan los interrogantes, las dudas, el contraste con opiniones ajenas, las cuestiones que se analizan pero no se cierran del todo porque no acaba de verse clara la solución. Es como la conversación inteligente que podríamos tener cualquiera de nosotros con amigos serios, conversación en que se hacen algunas luces y quedan zonas de sombra. Nada que ver con los tratados dogmáticos de ética de moda en el mundo académico e ideológico actual, donde todo se sistematiza en una lógica abstracta…;pero donde la vida real de las personas no cuenta para nada.
En Ética a Nicómaco abundan los interrogantes, las dudas, el contraste con opiniones ajenas, las cuestiones que se analizan, pero no se cierran del todo porque no acaba de verse clara la solución
Comienza la Ética a Nicómaco (nombre del hijo de Aristóteles al que se atribuye por algunos la recopilación de estos textos) con la afirmación de que «el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden». Coloca así Aristóteles el bien no en el orden de la subjetividad emocional ni en el del normativismo racionalista, sino en el orden del ser: la ética trata de averiguar —estudiando al ser humano— en qué consiste la excelencia específica de que es capaz el hombre, excelencia que el filósofo griego identifica con la felicidad (eudaimonia, término esencial en Aristóteles que ha servido incluso para calificar su ética y cuya interpretación exacta ha hecho correr ríos de tinta). La excelencia o virtud (areté) es la conformación del comportamiento humano desde la libertad para optimizar las posibilidades de bien de que somos capaces.
La ética aristotélica es una ética optimista e ilusionante: podemos ser siempre mejores y así ser más felices. Aunque sea arduo este proceso, el mero caminar hacia la excelencia nos hace más fácil y menos arduo seguirlo, según Aristóteles. El Libro II de la Ética a Nicómaco, el más interesante para el lector actual en mi opinión, analiza la «naturaleza de la virtud». En él nos dice el maestro peripatético que «adquirimos las virtudes como resultado de actividades anteriores […] practicando la justicia nos hacemos justos; practicando la moderación, moderados, y practicando la virilidad, viriles». Es decir, ser buenos, excelentes, está en nuestras manos; pues nos hacemos buenos haciendo actos buenos. Por ello, Aristóteles resalta la importancia de la educación: «el adquirir un modo de ser de tal o cual manera desde la juventud tiene no poca importancia, sino muchísima, o mejor, total».
Maestro del sentido común y la observación práctica, nos hace considerar a continuación que el camino de la virtud es hacedero. No se trata de un esfuerzo frío y voluntarista por cumplir un ideal luchando contra la propia naturaleza por un rigorismo moral puritano, como plantean ciertas éticas modernas de tipo racionalista; sino que se trata de ir haciendo el bien concreto que se nos hace asequible. El esfuerzo ético se refiere a «lo concerniente a lo particular»; no se trata del «dominio de ningún arte ni precepto, sino que los que actúan deben considerar siempre lo que es oportuno». Es decir, el comportamiento ético no consiste en el cumplimiento de normas abstractas sino en la búsqueda del bien concreto que podemos hacer caso a caso.
También tiene serias limitaciones el planteamiento ético de Aristóteles. No logra entender en profundidad el libre albedrío
Recuerdo la cita de Abbá que hice más arriba: la ética no está en los códigos o mandamientos —ni en las nubes —sino en el encuentro de nuestra libertad con el bien a nuestro alcance. Esta es la idea y la praxis ética que nos propone Aristóteles.
Y añade que esto no es difícil: «Apartándonos de los placeres nos hacemos moderados, y una vez que lo somos, podemos mejor apartarnos de ellos; y lo mismo respecto de la valentía: acostumbrados a despreciar los peligros y a resistirlos, nos hacemos valientes, y una vez que lo somos, seremos más capaces de hacer frente a los peligros». Esta es la doctrina aristotélica de los hábitos, tan ilusionante y realista, pues todos la comprobamos en nuestra propia vida, aunque sea Aristóteles el primero que la formuló como teoría ética. En la medida en que hacemos actos buenos de una virtud concreta, cada vez nos cuesta menos vivir esa virtud; y, por el contrario, cada vez que incurrimos en un vicio, nos resulta más fácil recaer en ese vicio. Por eso, ese fino analista del comportamiento humano que es Aristóteles afirma: «las virtudes no son ni pasiones ni facultades, son modos de ser»; son el modo de ser que cada uno vamos creando en nosotros mismos según lo que vamos eligiendo hacer —y, por consiguiente, ser—.
No es extraño, por tanto, que Aristóteles dé tanta importancia a las que podríamos llamar virtudes intelectuales; y en particular a la prudencia, que nos permite identificar intelectualmente el bien posible a nuestro alcance. La virtud no consiste —nos dice Aristóteles— en conocer el bien sino en practicarlo, pero esa práctica exige la previa identificación de lo bueno como bueno: «Las acciones, de acuerdo con las virtudes, no están hechas justa o sobriamente si ellas son de cierta manera, sino si también el que las hace está en cierta disposición al hacerlas, es decir, en primer lugar, si sabe lo que hace; luego, si las elige, y las elige por ellas mismas; y, en tercer lugar, si las hace con firmeza e inquebrantablemente».
A partir de estos planteamientos generales, Aristóteles en su Ética a Nicómaco examina virtudes concretas —magistral la relevancia que le da a la amistad, es decir, su intuición de que ser virtuoso no es solo un trabajo individual y solipsista, sino algo que se hace en comunidad—, pero excedería el ámbito y extensión posible de este trabajo entrar al análisis de todas sus consideraciones.
También tiene serias limitaciones el planteamiento ético de Aristóteles. No logra entender en profundidad el libre albedrío y su trascendencia ética: la ascética del arrepentimiento y el perdón que el cristianismo aportó a la sabiduría ética de la humanidad le es ajena. La dimensión comunitaria de la vida ética la circunscribe a la vida política de la polis, sin intuir la comunidad espiritual de todos los humanos que solo el cristianismo haría visible. Pero no podemos pedirle a un autor del siglo IV antes de Cristo lo que el cristianismo nos aportó. Lo sorprendente es que en su época construyese una ética tan humana que, aun hoy —tras veinte siglos de reflexión moral cristiana y postcristiana—, sigue siendo tan actual e inspiradora.
El transhumanismo es hoy una propuesta ideológica basada en los avances de las ciencias y las tecnologías en los campos de la genética, la cibernética, la inteligencia artificial y las neurociencias que propone una «mejora» del ser humano para evitar la enfermedad, el envejecimiento y hasta la muerte. Llega a proponer (posthumanismo) la promoción programada de un nuevo salto en la evolución de la especie humana que nos llevaría a crear una nueva especie, los posthumanos, que incluso podrían liberarse del soporte biológico de nuestra personalidad para integrarse en una red cibernética que nos daría la inmortalidad.
Según el pensamiento transhumanista, la especie humana —tal y como es hoy— es fruto de una evolución ciega guiada por el azar; pero hoy los humanos estamos ya en condiciones de hacernos cargo de nuestra propia evolución como especie y programar y diseñar el siguiente paso evolutivo. Las nuevas tecnologías permitirían en breve plazo este programa de mejora del ser humano y de creación del nuevo posthumano. Las técnicas de reprogramación genética, la producción de órganos de sustitución en un medio animal o totalmente artificial y las posibilidades de hibridación entre hombre y máquina abren horizontes deseables para mejorar o sustituir a la actual especie humana por una nueva especie posthumana.
Estas propuestas no son fantasías, son ya programas de investigación a cuyo servicio están cuantiosos recursos económicos que piensan en los nuevos mercados que se pueden abrir al socaire de las nuevas tecnologías y servicios a ofrecer. La ideología de este ambicioso proyecto es el transhumanismo.
Aristóteles nos ofrecía una ética de la mejora del ser humano desde dentro, sobre la base del compromiso ético por hacer el bien posible apoyándonos en nuestra naturaleza. El transhumanismo nos ofrece la posibilidad de mejorar al ser humano desde afuera, con el apoyo de las nuevas tecnologías. Son dos modos de afrontar el eterno reto de la perfectibilidad del ser humano. La elección entre estas dos formas de afrontar la mejora del ser humano es la cuestión del próximo futuro.
De ahí la actualidad de Aristóteles.
“Conócete a ti mismo”. Con este aforismo griego comienza el psiquiatra Javier Schlatter su libro De tal palo. Una mirada desde el corazón del hijo, porque como él mismo indica: “El factor de riesgo que más contribuye al fracaso de un proyecto vital es la falta de conocimiento propio”. Es lógico que un libro cuya temática principal es el padre y el ejercicio de la función paterna comience de este modo si tenemos en cuenta que para la descendencia los padres son sus raíces, su historia, su pasado, su genealogía. Como decía el poeta romántico Goethe: “Solo hay dos legados duraderos que podemos esperar dar a nuestros hijos. Uno de ellos son raíces, el otro alas”. Y es que, en ausencia de padre, el ser humano carece de una parte vital de su historia y, en consecuencia, desconoce esa parte de sí mismo que proviene de su herencia paterna. Este es precisamente uno de los mayores errores del postmodernismo, el empeño por minusvalorar y desconectarnos de las generaciones pasadas. Somos historia, si la ignoramos, renunciamos a conocer una parte de nosotros mismos. Necesitamos insertarnos en el tiempo. La vivencia en el no-tiempo produce neurosis y ansiedad. La renuncia a la historia del padre sería la renuncia al sentido de continuidad que vence al tiempo, pues como afirma Recalcati, «rechazando la paternidad se rechaza también la deuda simbólica que posibilita la filiación de una generación con otra” (M. Recalcati, El complejo de Telémaco, Anagrama, 2013).

Vivimos tiempos en los que, como señala el autor, en muchas personas existe, de una manera más o menos reconocida, “una nostalgia de la mirada de su padre” (expresión asimismo utilizada por C. Risé, en su obra El Padre, el ausente inaceptable, ed. Énfasis, 2006). Nostalgia de un padre que te mire con ternura, que te conozca, que te vea, te sonría, aunque también te grite de vez en cuando e incluso te castigue cuando sobrepases los límites por él previamente impuestos. De un padre que trabaja fuera y trae el sustento pero que vuelve siempre, retorna al hogar y, además de mantener el orden, reparte afecto y comprensión. Un padre que se cansa, se irrita, se estresa pero al mismo tiempo escucha, comprende, perdona, ama.
Es lo que el psicoterapeuta Aaron Kipnis (autor de Los príncipes que no son azules) denominó “hambre de padre”: “Todos crecimos con hambre de padre. Al mismo tiempo que recibíamos leche del cuerpo de nuestra madre, había cierta leche invisible del padre que emanaba de su ser».
Esta nostalgia hacia el padre caracteriza a toda una generación de hijos que están creciendo en ausencia física o psíquica de su progenitor masculino. No solo el presente sino la historia misma del padre se ha abandonado a una trágica oscuridad, y esto ha despertado en los hijos, desde hace un tiempo indeterminado, un sentimiento de orfandad. En esta obra, Schlatter nos muestra cómo la ausencia paterna castra no solo las raíces, sino incluso las “alas” de los descendientes. La revolución del 68 fue una revuelta contra el padre y todo lo que él significaba. Desde entonces en el imaginario colectivo se ha configurado una idea del padre como enemigo de la libertad de los hijos, autoritario, instancia de frustración casi traumática. Sin embargo, la realidad es que el padre es libertad para la madre y para el hijo. Pues como afirma Schlatter, “si el padre no hiciera acto de presencia, la relación madre-hijo, sobre todo en el caso del hijo único, se parecería más a una relación de pareja, a un círculo cerrado sobre sí mismo, que dificultaría el equilibrio y el desarrollo psíquico de ambos. El padre de alguna manera facilita al hijo su libertad, frente al peligro de una posible tendencia posesiva de la madre”.
Para exponer de manera plástica la situación actual, el autor recurre a la mitología griega, como ya lo hicieran otros psiquiatras contemporáneos (vid. en este sentido Massimo Recalcati o Luigi Zoja), señalando el tránsito en el imaginario social desde el complejo de Edipo al complejo de Telémaco: “Edipo veía en su padre un rival que se interponía entre él y su madre… En el otro extremo tenemos a Telémaco. El modelo de hijo legítimo que pasa horas en la playa esperando a su padre… Si Edipo representa la tragedia de transgredir la Ley, Telémaco invoca su cumplimiento”.
En este contexto social la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿podemos prescindir de los padres? ¿Pueden las mujeres, una vez que han sido madres, cuidar y criar a sus hijos en soledad sin consecuencias en el desarrollo equilibrado de la personalidad de los vástagos?
La realidad es que actualmente ciertos sectores ideológicos se esfuerzan por reconocer los mismos derechos y deberes, al mismo tiempo que niegan radicalmente la existencia de cualquier diferencia asociada al sexo de carácter natural o biológico. Estamos en un momento histórico en el que, bajo la influencia de la corrección política, marcada por la presión de la imperante ideología de género, expresiones como hombre, mujer, padre, madre, han perdido su sentido teleológico-antropológico y se encuentran vacías de contenido, borradas por una idea de identidad absoluta que lo inunda todo, desde la educación en las escuelas, hasta el contenido de las leyes.
Consideran los teóricos del género que, aunque muchos crean que el hombre y la mujer son expresión natural de un plano genético, el género es producto de la cultura y el pensamiento humano, una construcción social que crea la verdadera naturaleza de todo individuo. Proponen algo tan temerario como la inexistencia de un hombre o una mujer “naturales”, que no hay conjunción de características, ni una conducta exclusiva de un solo sexo, ni siquiera en la vida psíquica. Se niega el fundamento antropológico esencial del ser humano: la alteridad sexual.
En los siguientes capítulos Schlatter, en contra de la tendencia marcada por la teoría de género, muestra una serie de diferencias biológicas y conductuales entre padre y madre que nos incitan a pensar que la alteridad sexual es imprescindible para los hijos: “El padre y la madre tienen funciones en parte iguales y en parte distintas. Hay cada vez más estudios que inciden en las bases biológicas de esta diversidad”.
En la configuración de la identidad sexual de los hijos y las hijas, la presencia de un padre en el pleno disfrute de su masculinidad, sin los complejos y miedos que a tantos hombres inspira hoy la sociedad, resulta absolutamente fundamental. Como afirma Schlatter, “el padre le confirma al hijo en su masculinidad, y a la niña le revela por contraste su feminidad”.
Hoy, más que en ninguna época precedente, la presencia firme de la masculinidad del padre es esencial para la correcta configuración de la identidad sexual de los hijos. Y esto porque ha extendido la idea de que no existe un hombre o una mujer naturales; nada se debe a la biología o a la naturaleza, sino que la sexualidad queda en manos de uno mismo, se autoconstruye. En este ambiente de ambigüedad y negacionismo científico, es normal que los hijos que crecen en ausencia de una figura paterna, experimenten, muy especialmente a partir de la adolescencia, dudas acerca de su sexualidad.
Las niñas, al descubrir su feminidad, y por lo tanto, la diferencia con lo masculino, necesitan percibir la aprobación implícita (especialmente a través del trato amoroso y respetuoso que el padre prodigue hacia la madre), pero también explícita (unida a palabras y actitudes de aprobación y aprecio hacia su feminidad) de su padre porque, como señala Ceriotti, “es el representante adulto de la masculinidad”, de la que ella es diferente (M. Ceriotti Migliarese, Erótica y materna. Un viaje al universo femenino, Rialp, 2019).
En cuanto a los varones, la identidad de los chicos comienza con la identidad femenina, pero la fuerza biológica los impulsa hacia una identidad masculina diferente. El chico comprometido en esta identificación primitiva conoce un itinerario más difícil que la chica para liberarse de su madre y afirmar su virilidad. Pronto el varón deberá aceptar que su sexualidad es diferente a la de la madre; el niño vivirá un itinerario mucho más complejo para desvincularse de la matriz materna. Y en este proceso, en el que el niño construye su propia identidad, el acompañamiento que el padre realiza es insustituible.
Ser varón implica recorrer un camino sinuoso y complicado que siempre comienza en los brazos de la feminidad, de la madre. A este propósito, señalan los expertos, que todo hace pensar que la condición básica del fenotipo sexual es femenina y a ella tiende de forma espontánea el nuevo ser; ha de haber un esfuerzo añadido para que se quiebre esa tendencia a la feminidad y aparezca el ser masculino. Como afirmó Alfred Host: “Llegar a ser macho es una aventura larga, difícil y arriesgada. Es una especie de lucha contra la inherente tendencia a la feminidad”.
Se trata de un camino delicado y progresivo a lo largo del cual el varón deberá sufrir un desgarro, una renuncia a la madre. De no hacerlo así, correrá el peligro de “estancarse en el vínculo simbiótico” con ella. Por ello, el padre deberá secundar y promover el impulso evolutivo espontáneo hacia la separación. La diferencia de sexos encarnada por el padre, juega un papel de revelación y confirmación de la identidad sexuada. La masculinidad no se puede aprender en los libros, es algo que los padres pasan a los hijos sin percibirlo apenas. “La mujer es; el hombre debe ser hecho”, afirma con rotundidad Guy Corneau. Es el padre, en la medida en que es reconocido por la madre, el que va a permitir al hijo situarse sexualmente. La sola existencia del padre al lado de la madre proporciona alimento psíquico al niño para distinguirse y acceder a la autonomía. Es a través de la intermediación del padre que se realiza de la mejor manera el proceso de sexualización y la interiorización de la identidad sexual del niño. Como escribió el poeta estadounidense Robert Bly: “Solamente una mujer puede convertir un embrión en niño, pero solamente un hombre puede convertir a un niño en hombre”.
Por ausencia o por presencia, en positivo o negativo, el padre es el primer modelo de varón con el que contará cada niño o niña al llegar al mundo. Los niños necesitan modelos masculinos para convertirse en hombres. Los hijos, más que las hijas, necesitan al padre para formar su yo, para consolidar su identidad, para desarrollar sus impulsos agresivos. De hecho, muchos de los males psicosociales que en estos tiempos afligen a tantos jóvenes -la desmoralización, la desidia, la desesperanza hacia el futuro o la violencia nihilista- tienen un denominador común: la escasez de padre.
Pasada la decisiva etapa de vida primaria donde la relación es muy estrecha con la madre, el niño debe desplazar su mirada al padre o, en su ausencia, hacia otro personaje masculino. Así, si la relación con el hijo es la adecuada, el padre será su primer héroe y, por lo tanto, su modelo, su líder. El aprendizaje mediante modelos es una de las formas más poderosas de influencia. El papel del padre en esta tarea es sencillamente esencial. Si el padre está ausente o es inaccesible y distante, los niños difícilmente adquirirán una noción correcta de la masculinidad y buscará otros líderes fuera de los márgenes del hogar, a veces en lugares inadecuados: en protagonistas de videojuegos o en compañeros de colegio equivocados o líderes de bandas o pandillas callejeras que normalmente inician a los muchachos en un tipo de masculinidad falsa y desviada, caprichosamente violenta y hostil. Como señala Schlatter, “cuando el niño no recibe de su padre todo el elixir de afecto, atención y aceptación que necesita para crecer, beberá de fuentes no tan cristalinas”.
El padre tiene también, como expone el autor, un papel decisivo en el desarrollo del autocontrol y la empatía del niño, dos elementos esenciales e imprescindibles para la vida en sociedad. La capacidad de controlar los impulsos es necesaria para que una persona pueda funcionar dentro de la ley. Es imprescindible tener incorporada la capacidad de postergar en el tiempo la gratificación, de resistir el impulso a actuar en un momento determinado. Como afirma el psiquiatra, si el padre ayuda a reconducir o atemperar los impulsos propios de los varones desde su más tierna infancia, toda la energía del niño puede ser constructiva. Pero si no hay un padre (o en su lugar una figura masculina representativa y significativa) que haga de contrafuerte y ponga límites “utilizando una cuña de la misma madera”, el peligro de estas conductas disruptivas aumenta. El ejercicio de la autoridad por el padre en una relación de jerarquía con el hijo es absolutamente esencial. El varón adolescente sin padre no logra obtener el control sobre sí mismo, no encuentra freno en la madre a la impulsividad propia de su sexo. Si no tiene un padre que ejerza su autoridad para limitar sus impulsos y despertar su sentido de culpabilidad y su deseo de reparación, será incapaz de frenar sus pulsiones y la satisfacción inmediata de su deseo. No sabe qué hacer con su propia energía ni hacia dónde encaminarla. Corre el peligro entonces de dirigirla “no en el sentido del cambio sino en uno destructivo contra sí mismo o contra los demás” (Risé). Por supuesto, toda esta tarea “limitativa” del padre ha de ser realizada desde la intimidad del amor.
En relación con las niñas y jóvenes, Schlatter afirma: “La hija necesita ver en su padre a un héroe… De manera que ante su indecisión, encuentre capacidad resolutiva y pragmatismo; ante sus temores, confianza y serenidad; ante su percepción de fragilidad, fortaleza y constancia; ante sus explosiones e implosiones emocionales, alguien que amortigüe y le dé una salida relativizando la situación, a la vez que sintoniza con ella; ante los pequeños fracasos de su vida de relación o estima, que la afirme en su valía y capacidades”.
Si para los chicos las muestras de afecto de su padre son importantes, para las niñas se convierten en algo imprescindible en su correcto y equilibrado desarrollo y madurez psíquica. Robarles este derecho puede provocar en ellas la sensación de falta de cariño y es muy posible que lo busquen en lugares, chicos o formas inadecuadas o incluso perjudiciales. La emotividad paterna con las hijas nunca está de más. Ellas necesitan sentirse muy queridas, la afectividad lo impregna todo en sus vidas y precisan sus más claras manifestaciones externas para elevar su autoestima, sentirse felices y seguras.
En especial a partir de la pubertad las niñas precisan del abrazo de la masculinidad. Están saturadas del amor materno y precisan experimentar la fortaleza y la seguridad que se desprende del acogimiento masculino. Como señala Ceriotti, la hija “realmente necesita que el varón despierte en ella su parte femenina/erótica y que le dé por fin su pleno significado”. Necesita aprender el significado simbólico y cultural de la masculinidad y, por contraste, de la feminidad y la relación entre ambas. La mirada de su padre va a ser determinante para las hijas desde su infancia porque la base de su autoestima está en ella; en un padre que sabe apreciarla, no solo en cuanto hija, sino como mujer: “El orgullo que lee en los ojos de su padre constituye para una chica un anclaje seguro que le confirma su valor como mujer” (Schlatter). Y nadie mejor que su padre para llenar ese vacío emocional, antes de que otro (a veces nada deseable y no con buenas intenciones) se preste a hacerlo. Todo hombre que entre en su vida será comparado con su padre, toda relación que tenga con otro hombre será filtrada a través de la relación que tenga con su padre. En este sentido, recomienda el psiquiatra: “Abrácela con el mismo cariño, ternura y respeto con que le gustaría que un chico lo hiciera en el futuro”.
Por el contrario, la joven que experimenta un déficit paterno sufre profundamente en su autoestima. Según Ceriotti, “todas las mujeres con poca autoestima relatan historias de las que se deduce una relación filial difícil o insatisfactoria con su padre: hablan de un papá ausente, incapaz de gestos afectuosos, a veces abiertamente despectivo. En todo caso es un padre privado de aquella mirada que hace que la niña se sienta apreciada y reconocida en la especificidad de su condición femenina”.
En su último capítulo, Schlatter hace referencia a las consecuencias que pueden sufrir en su personalidad y emociones los hijos de padres distantes o con los que no ha habido la correcta conexión emocional. Todo hijo necesita sentirse aceptado por su padre, para ello no basta la presencia física sino que es más importante aún que los hijos perciban su capacidad de acogida y comprensión; que su padre está “disponible, en línea”. En palabras del autor: “El aumento actual de los cuadros de ansiedad y estrés puede deberse, entre otros factores, a una menor cercanía física y emocional del padre en nuestro desarrollo… La calidad de nuestras relaciones interpersonales va a depender también de cómo haya sido nuestro aprendizaje emocional desde niños”.
Las consecuencias de la ausencia paterna son negativas, tanto para los varones, como para las niñas, aunque su forma de manifestarse es diferente, pues distinta es también la naturaleza y esencia femenina y masculina. Así, en relación con los chicos, nos muestra Schlatter, que las consecuencias son más “externalizadas” -adicciones, problemas de conducta, agresividad…- mientras que las chicas sufren más problemas “internalizados”, como ansiedad, anorexia o depresión.
En este sentido, insiste el psiquiatra en la importancia de que cada hijo se sienta único frente al padre que lo valora para que adquiera una autoestima adecuada que le permita un equilibrado desarrollo personal y que evite posteriores “dependencias emocionales” insanas u otras patologías como “el miedo constante al abandono”. Sin olvidar que estas relaciones de dependencia o carencias son el origen también de muchas adicciones (a las drogas, al juego, al sexo…): “Detrás de cada adicción hay una nostalgia, una añoranza, un vacío, una necesidad, un anhelo….En muchos adultos, ese anhelo es un reflejo en el tiempo de un hambre de padre insatisfecha”.
Un problema adicional a aquellos es la “cascada hereditaria” que puede originarse, ya que los hijos de padres ausentes suelen repetir los patrones que aprendieron: «Aunque lo normal es que un padre quiera evitarlo, los datos sugieren que hay habitualmente una tendencia a repetir durante la vida como sujeto activos los patrones que uno padeció durante la infancia».
Lo bueno es, como señala el autor, que tal cascada puede modificarse. En esta labor, el perdón juega un papel imprescindible y liberador que permite caminar y seguir creciendo. El resentimiento contra un padre, aún vivo o ya ausente, es inútil, porque no modifica nada, y hace que el sentimiento se convierta en algo crónico. Siempre existe un vínculo de continuidad entre nuestro presente y nuestro pasado. Aunque nunca se puede cambiar el pasado, encontrar la fuente de las heridas permite poner en su lugar las emociones, con un efecto sanador.
Estamos ante el libro de un eminente psiquiatra, pero también de un erudito en literatura, capaz de utilizar, de forma espontánea y armónica, constantes citas bibliográficas de grandes literatos que aprovecharon sus obras para reflejar el vacío interior provocado por un padre poco implicado o inexistente. Así, aparecen a lo largo de todo el texto citas de P. Auster; C. McCarthy; O. Pamuk; Kafka o Albert Camus, cuyas vidas quedaron marcadas por el “hambre de padre”. Ni la madurez personal, ni el éxito literario, ni el paso del tiempo fueron capaces de borrar esa «nostalgia de la mirada de su padre”. Lo que refleja con excelente precisión Camus, en las palabras que escribió a mano en uno de los márgenes de la obra inacabada que encontraron entre los amasijos de su coche tras el accidente de tráfico en el que perdió la vida: “He intentado descubrir yo mismo, desde el comienzo, de pequeño, lo que estaba bien y lo que estaba mal, ya que nadie a mi alrededor podía decírmelo. Y ahora reconozco que todo me abandona, que necesito que alguien me señale el camino y me repruebe y me elogie, no en virtud de su poder, sino de su autoridad, necesito a mi padre”.
Siempre la tragedia griega. Una frase nominal pura que concentra la atención en un adverbio, siempre, como el foco de una obra original y sagaz, absolutamente infungible. Y es que no es un libro al uso sobre la tragedia griega, sus orígenes y evolución, ni un ensayo histórico, literario o filosófico. Es un estudio personal sobre los elementos fundamentales de una pieza dramática, tal y como se presentan en las principales tragedias, en especial en las de Esquilo. Las obras antiguas se comentan a la vez que las modernas, como si estas fueran una continuación o desarrollo de elementos que ya eran centrales en aquellas. Así ese siempre adquiere un sentido pregnante, como un recordatorio de la continuidad esencial que el teatro mantiene como género literario desde sus orígenes en la Atenas democrática hasta hoy.

El concepto de tragedia que el libro maneja es amplio y preciso al tiempo. Es preciso porque lo ciñe a un género teatral específico, liberando el término de tantas derivadas literarias y periodísticas que lo aplican a muchos otros contextos. La tragedia es un marco para diagnosticar conflictos a través de diálogos, ciertamente. Pero el libro no habla de Cataluña ni de ETA ni de temas similares (y de hecho evita con cuidado la fácil demagogia aunque el autor conozca tales temas de primera mano), sino exclusivamente de teatro.
El libro se sustenta tanto en el análisis de piezas concretas como en la teorización de elementos de la escritura dramática
Y es amplio porque libera a la tragedia de la necesidad de un final en aporía amarga, del reduccionismo a una situación sin salida que hizo al joven Steiner declararla un género muerto, y admite el desenlace conciliatorio que inauguran las Euménides de Esquilo y continúan las últimas obras de Eurípides que engarzan con la comedia media y nueva. Así se abre el género a un contexto cristiano, y se permite encontrarlo en el marxismo o en cualquier otro sistema que garantice una salvación final. Las primeras páginas que frente a Steiner defienden la tesis de Sion Critchley sobre la pervivencia moderna del género trágico, y el capítulo final que analiza conjuntamente el Ión de Eurípides, el Pluto de Aristófanes, y el Misántropo de Menandro, abren y cierran la obra desde esta perspectiva.
No en vano el libro surge de una tesis doctoral en Estudios Teatrales. Una disciplina autónoma, vecina de la literatura, la antropología, la filología, y la historia, en la que la experiencia práctica es tan importante como el conocimiento teórico. Por eso el libro se sustenta tanto en el análisis de piezas concretas como en la teorización de elementos de la escritura dramática que son esenciales tanto a la tragedia griega como a obras de siglos posteriores, desde nuestro Siglo de Oro al teatro más contemporáneo europeo y español.
La anagnórisis de los personajes, la catarsis del público, el conflicto como nudo narrativo esencial, se teorizan de un modo independiente para luego buscar su especificidad en determinada pieza antigua y otras modernas que, en ese aspecto concreto, son comparables.
Y a su vez, esa teorización de elementos dramáticos no solo recoge la muy caudalosa tradición que empieza con la Poética de Aristóteles. El libro de Ignacio Amestoy está trufado de sus propios hallazgos conceptuales, que provienen de una larguísima experiencia en lecturas de diversas disciplinas, en la creación dramática y en la dirección teatral: categorías como la «resistencia de materiales», la «doble enunciación», o la distinción «mimético vs. ritual» vertebran la obra a partir de la práctica teatral, la pragmática y la antropología, y resultan muy productivos a la hora de explicar las obras antiguas y sus correlatos modernos. Correlatos que no son necesariamente descendencia.
LA CELESTINA PUEDE ILUMINAR A ESQUILO
En su ya clásico Ayer y hoy de la tragedia, Alberto Díaz Tejera mostraba de modo magistral el influjo de determinadas piezas clásicas sobre otras modernas, pero aquí no solo se trata de influencias y reconfiguraciones, sino de un verdadero ejercicio de comparatismo de elementos dramáticos sin que la analogía suponga genealogía. La evocación de similitudes dramáticas es aquí más ilustrativa que la demostración de contactos directos. Y así, por ejemplo, La Celestina y Macbeth pueden iluminar a Esquilo y viceversa (p. 44 sobre la invocación a los dioses con un conjuro) sin necesidad alguna de influencia directa.
El recorrido propuesto es el siguiente: la narración al hilo de Los persas, la primera pieza de «teatro documental»; las unidades de tiempo, lugar y acción con el caso de Las suplicantes; la estructura dramática en el Agamenón; la crisis (tensión, clímax, catástrofe) con las Coéforas; el conflicto y su resolución con las Euménides; la oposición de protagonista y antagonista con el Prometeo encadenado; el personaje y su carácter con el Edipo rey; los actantes (terrible término narratológico pero sin sustituto claro) en el Áyax; la vinculación del tiempo mítico de la acción con el contexto contemporáneo del público en el Edipo en Colono; los diálogos en la Antígona; la mímesis teatral en las Bacantes; la representación del otro en Medea y el Cíclope; y el final como desenlace conciliatorio en las ya mencionadas Ión, Pluto y Misántropo. Sin embargo, los capítulos son interdependientes, y los temas anunciados en los encabezamientos se tratan en unos y otros capítulos como es propio de los estudios de piezas tan mutuamente conexas como las tragedias griegas.
Lo que es propiamente específico en cada capítulo son las referencias a obras y autores modernos, que no son meras alusiones, sino estudios en profundidad que plantean la permanencia de las claves de la estructura dramática por encima del tiempo, el espacio y el contexto cultural: Lope y Torres Naharro en el capítulo que aborda la estructura del Agamenón; Georges Balandier y su teoría del caos para desentrañar el conflicto que se resuelve en las Euménides; o por supuesto Steiner en el capítulo sobre Medea y el Cíclope que anticipa la entrada en la comedia. Las referencias a los modernos no están desconectadas del análisis de la obra antigua. Al contrario, la iluminan y la traen a nuestros días en las páginas
de este libro, como preludiando la traída a los escenarios de
nuestro tiempo.
Los recuerdos autobiográficos de conversaciones de Amestoy con su maestro William Layton, con Borges o Baroja son tan relevantes como los teóricos citados
Y es que esta obra no es, ni pretende ser, un ejercicio de erudición académica sobre el género trágico en Grecia o sobre cada una de sus piezas, sino una apasionada defensa del vigor teatral de la tragedia, más allá de su origen, en los últimos cinco siglos y en el nuestro. Es una tesis doctoral, sí, pero no en estudios literarios, sino en estudios teatrales, en los que la experiencia de toda una carrera aporta nueva luz a los textos antiguos. Y así los recuerdos autobiográficos de conversaciones de Amestoy con su maestro William Layton, con Borges o Caro Baroja son tan relevantes como los teóricos antes citados. Y las lecturas de toda una vida, como se revela en los ecos en numerosos párrafos de Imitación y experiencia de Javier Gomá o Ilustración y política de Rodríguez Adrados (hybris vs. sophrosyne), fertilizan el discurso en vez de apesadumbrarlo con la carga de notas al pie propia de las tesis noveles.
A LA LUZ DE LA EXPERIENCIA
Quizá el desprecio por la convención académica es excesivo en algunos detalles: se echa en falta alguna alusión, siquiera breve, a la sempiterna polémica sobre la autoría del Prometeo Encadenado, pues hoy la mayoría de la crítica se inclina por no considerarla esquílea; es excesivo desdeñar la opinión académica de que la literatura dramática no es crónica fiel de la Historia (p. 77), que no es fruto de un capricho o de cortedad de miras, sino de profundos estudios de más de dos siglos de filología clásica sobre los géneros historiográfico y trágico en Grecia; y la (muy oportuna) cita frecuente de pasajes de las tragedias hace referencia a las páginas de las traducciones utilizadas, en vez de a los versos, que es la referencia universal para localizar los pasajes en otras traducciones y ediciones. Detalles que revelan, simplemente, que la luz de la experiencia no se opone como incompatible a la de la teoría, sino que ambas se han de complementar, también en este campo.
En cualquier caso, un foco de luz tan potente sobre la tragedia griega en su conjunto no puede venir de la erudición, abocada en los textos clásicos a la especialización y la jerga académica, sino de la experiencia de un creador que tras largas décadas de trabajo y estudio de las piezas comentadas destila su potencial dramático, y no en vano el libro es el primero de una colección de estudios teatrales copatrocinada por la RESAD (Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid) y la Universidad Complutense.
La evocación (p. 38) del joven Pericles y Sófocles asistiendo a la representación de Los persas como un momento fundacional del teatro griego (y por ende occidental) tiene infinito mayor peso que una lucubración escéptica sobre las condiciones de posibilidad de que esta coincidencia realmente se produjera. Y de hecho, una curiosidad principal que queda en el lector, dada la clara preferencia por Esquilo en la selección (curiosamente, el autor de los tres grandes menos representado en la modernidad puesto que se le considera en general más arcaico y rígido), es qué tendría que decir Amestoy sobre Alcestis, Heracles, las Traquinias, Hécuba o las Troyanas, obras tan representadas o más que muchas de las comentadas. Quizá un segundo libro le sea exigible…
Pero, como ya se ha dicho, esta obra es mucho más que una colección de estudios individuales sobre tragedias, y las ideas fundamentales que se destilan de estos análisis son aplicables a otras piezas trágicas, griegas o no. La esperanza como clave, la tragicidad, la conciencia de los límites humanos y el orden cósmico (pues el dios de lo trágico, frente al de Heráclito, no juega a los dados), y muy especialmente, la conciencia de que la tragedia no es un género teleológico que avanza fatalmente hacia su desarrollo euripídeo, sino un todo orgánico, desde su principio susceptible de analizarse conjuntamente.
Sobre la tragedia nunca habrá una última palabra. Su esencia es exactamente la contraria. Ni Antígona ni Creonte tienen la razón absoluta
En este libro no se plantea ni un progreso a partir del ritualismo ni una decadencia autodestructiva a manos del racionalismo como quería Nietzsche. Al contrario, precisamente la predilección por Esquilo revela, no un resurgir de las Ranas aristofánicas, sino una conciencia de la eternidad del espíritu trágico en el hombre y su plasmación dramática. Y no es casual que en este punto la intuición del creador y experimentado hombre de teatro coincide con la más actual investigación filológica. En una reciente colección de estudios académicos editada por Douglas Cairns, Tragedy and Archaic Greek Thought (2013), se arguye con muy convincentes y documentados argumentos contra perspectivas demasiado teleológicas de la tragedia, exactamente en el mismo sentido en que nos conduce Amestoy con la intuición del hombre de teatro.
Sobre la tragedia nunca habrá una última palabra. Su esencia es exactamente la contraria. Ni Antígona ni Creonte tienen la razón absoluta, y si hay una posibilidad de librarse del don de «todas las alegrías y todos los dolores» que los dioses reservan a sus elegidos —«ihren Lieblingen» en los bellos versos de Goethe— o si por el contrario el destino es inexorable y solo cabe asumirlo será siempre tema de discusión. Siempre la tragedia griega. Pero en esta discusión secular el libro de Amestoy supone una palabra certera, personal y relevante. Una palabra que, sin duda, tendrá eco y continuación.