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Ver productosEs preciso que “la universidad sea emprendedora, no sólo como formadora de emprendedores, sino como actitud para aportar crecimiento y contribuir al desarrollo de la sociedad”, ha afirmado el catedrático Federico Gutiérrez-Solana, director del Centro Internacional Santander Emprendimiento (CISE), en una nueva sesión del seminario Los futuros de la Universidad, organizado por Nueva Revista, y que dirige Rafael Puyol, presidente de UNIR.
Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, catedrático y exrector de la Universidad de Cantabria (cargo que ejerció entre 2002 y 2012), Federico Gutiérrez-Solana ha sido presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE). Conoce a fondo la problemática de la universidad española y la necesidad de que actúe como principal agente en la gestión del conocimiento.
“Necesitamos investigadores que sean capaces de dar a su trabajo una proyección productiva, innovadora”
En un acto celebrado en el auditorio de la Universidad Internacional de la Rioja el pasado 10 de febrero, en la sede de Logroño, presentado por Rafael Puyol y presidido por el rector José María Vázquez García-Peñuela, el profesor Gutiérrez-Solana subrayó que “el gran objetivo de la universidad es contribuir al desarrollo, a través de la creación y la transferencia del conocimiento”. La sociedad debe invertir en capacidades para “crear conocimiento –la investigación- y transferirlo adecuadamente para potenciar la innovación”. Para ello es preciso apostar por el emprendimiento. “Necesitamos investigadores que sean capaces de dar a su trabajo una proyección productiva, innovadora”.

Innovación que va unida a la inversión en I+D+i, asignatura pendiente de España, sobre todo, si se la compara con países como Estados Unidos, Japón, Alemania o Francia, o con la media de la Unión Europea, de la estamos por debajo. “En el índice de innovación –advierte el exrector de Cantabria- estamos en situaciones emergentes. Lo cual nos lastra bastante en la competitividad”.
El problema -advierte Gutiérrez-Solana-, es que nuestro país adolece de cultura de innovación, de suerte que “los investigadores que tenemos dentro del tejido empresarial están muy por debajo de lo que tienen otros países”. E insiste en que necesario “incentivar la aplicabilidad de la transferencia del conocimiento en procesos productivos”.
Motivo por el cual la universidad debe “hibridar sus funciones actuales, esto es generar conocimiento” con la formación en “capacidades emprendedoras” para gestionar como institución emprendedora “hacia adentro (intraemprendimiento) y hacia fuera, como promotora de desarrollo social”.
UNA COMPETENCIA ESENCIAL
El emprendimiento, recalca Gutiérrez-Solana, se ha convertido “en una competencia esencial” en el mundo económico y profesional, como hace no mucho lo fueron las competencias digitales. Europa establece la cultura emprendedora como valor social. Y la universidad no puede quedar ajena a ello: “Debe evolucionar desde el modelo actual al ritmo que la sociedad demanda”.
El seminario Los futuros de la Universidad, que se prolongará hasta julio, comenzó con la ponencia de Juan Vázquez, exrector de la Universidad de Oviedo, y contará en próximas sesiones con las intervenciones de los profesores Ángel Gabilondo, Adelaida de la Calle, Segundo Píriz y Roberto Fernández, todos ellos expresidentes de la CRUE, además de su actual presidente, José Carlos Giménez Villamandos.
La intervención completa del profesor Gutiérrez-Solana se puede ver en este vídeo.
Entre el aluvión de títulos dedicados al mundo clásico (ensayos monográficos, adaptaciones, textos divulgativos…), destaca este breve ensayo del historiador de la Antigüedad británico Neville Morley, El mundo clásico. ¿Por qué importa?, (Alianza).
El traductor le atribuye al libro “un cierto aire provocador, novedoso y erístico”. Si el calificativo de erístico -según el Diccionario, que «abusa del procedimiento dialéctico hasta convertirlo en vana disputa»- nos parece, más que exagerado, injusto, no cabe duda de que este libro no disimula un tono irónico que puede llegar a resultar, en efecto, algo provocador. También bienhumorado y, por ello, de grata lectura.

Se trata de un trabajo estimulante, lleno de reflexiones y sugerencias. Así, por ejemplo, sobre la tragedia griega y su contexto histórico y político; sobre la importancia del Grand Tour de los siglos XVIII y XIX, por el que las clases altas redescubrieron el mundo clásico, o sobre la relación entre imperialismo y estudios clásicos.
Un trabajo escrito por un prestigioso profesional de la materia que reconoce absolutamente la importancia del legado clásico
Un trabajo escrito por un prestigioso profesional de la materia que, según propia confesión, viene no a enterrar la cultura clásica, sino “a encarecerla”. Con toda su peculiaridad, reconoce absolutamente la importancia del legado clásico, a cargo de un profesional comprometido con su disciplina que, entre otros detalles, mantiene una cuenta en Twitter dedicada a corregir falsas citas de Tucídides. Un autor cuyos argumentos, en tanto nos interpelan y estimulan, merecen ser atendidos más allá del acuerdo que susciten en el lector.

Si hay una tesis que destaque entre las múltiples reflexiones que contiene, y recorra sus páginas a modo de estribillo, esta es la que postula unos estudios clásicos parecidos a un ágora abierta y no a una acrópolis fortificada, en los que unas especialidades dialoguen con otras en un intercambio fructífero.
Junto a esa idea, está también la propuesta de sacar a los estudios clásicos del feudo exclusivo de la Filología. Los argumentos a favor de esto último, junto con las ironías a costa del gremio de “Auténticos Filólogos Clásicos”, título que el autor se siente feliz de no poseer, no son escasos (el elitismo de ese “selecto grupo de personas”, “el montaje general de la empresa”), enlazando en eso con las críticas que Nietzsche hacía a dicho gremio.
Lo esencial a este respecto, en opinión de Neville Morley, es que los historiadores pueden apoyarse en restos materiales tanto o más o mejor que en textos literarios; máxime cuando los textos literarios que nos han llegado de la Antigüedad no son sino una muy pequeña parte de lo que se escribió entonces. Por otro lado, un estudioso de la filosofía, la historia o la economía clásicas –sostiene el autor- puede abordar su investigación sin necesidad de leer textos originales, sea porque dicha investigación pueda hacerse basándose en los dichos testimonios materiales, sea porque pueda servirse de las buenas traducciones existentes, o porque el asunto de su disciplina sea en sí mismo contemporáneo, por ejemplo, la recepción de los clásicos.
Morley sostiene que la lingüística y la filología no son el núcleo duro de estos estudios
Morley sostiene que la lingüística y la filología no son el núcleo duro de estos estudios, por más que resulten de utilidad, y eso a cambio de dar una visión parcial por estar limitadas a ese puñado de textos supervivientes. “Los estudios del mundo clásico no necesitan que todo el mundo sea lingüista”, afirma. Más aún, Morley aconseja valorar qué destrezas se dejan de adquirir por dedicarse en profundidad al estudio de las lenguas; la arqueología, insiste, puede ser tan importante como aquellas.
En cuanto a su defensa de unos estudios clásicos entendidos como ágora abierta, vale decir sin fronteras, esta constituye otro de los puntos fuertes del libro. Convencido de que “el futuro es interrelación comparada”, aboga por una interdisciplinariedad algo promiscua como asunto clave para el éxito de la cultura clásica, por un enriquecedor conflicto de paradigmas, aproximaciones y metodologías diferentes, la ruptura de barreras, el intercambio de ideas, la exploración de distintas perspectivas.
Una disciplina abierta que sea punto de encuentro de diversos puntos de vista. Morley encuentra, además, una coherencia profunda entre ese modo de entender estos estudios y lo que fue realmente el mundo clásico, en el que se dio un trasiego de gentes, bienes e ideas en un Mediterráneo que no fue un entorno cerrado, sino el extremo occidental de Eurasia. El Mediterráneo es un centro de gravedad, pero no delimita geográficamente a la disciplina, afirma Morley.
Asunto que le lleva a poner el acento en otra serie de jugosas cuestiones. Como los préstamos y relaciones que se dieron en aquellos siglos y todo lo que Grecia y Roma debían a civilizaciones tenidas por inferiores: la polis, sin ir más lejos, fue una variante de un fenómeno propio de Oriente Próximo. Y Roma era más que Roma o Italia. Entender cabalmente el mundo clásico es conocer también su periferia, abrir nuestro punto de vista, inevitablemente condicionado por ser el de los propios griegos y romanos, que veían a los otros pueblos como bárbaros; tratar de estudiar a esos otros pueblos (cartagineses, celtas), en la medida de lo posible, en sí mismos y no en relación a Roma.
El de los clásicos, en fin, es un universo amplio que requiere un acercamiento complejo, como complejo y fluido fue un mundo que, junto a sus numerosas e indudables luces, estuvo dominado por culturas guerreras aristocráticas que glorificaban la guerra y la desigualdad (los espartanos fueron los mejor organizados, más militarizados y más incultos entre gentes muy antipáticas, señala el autor en lo que parece un papel de abogado del diablo). Y porque, más allá de que nuestra sociedad provenga de aquella, la cultura clásica ha servido de coartada a las causas más variopintas, incluyendo algunas indudablemente oscuras.
El autor recuerda que el humanismo no evitó los horrores del siglo XX; que Aristóteles habló de esclavitud natural, sirviendo de aval al esclavismo moderno; que el imperialismo se ha apoyado en la cultura clásica (para el Nobel Derek Walcott, “las sombras de la esclavitud y su legado son inseparables de la glorificación del legado del mundo clásico”); que regímenes totalitarios han usado el simbolismo y la arquitectura clásicos; que los símbolos espartanos nutren mensajes y emblemas de grupos violentos y antidemocráticos de extrema derecha. La cultura clásica, en fin, nos recuerda Neville Morley, está abierta a ser usada también de esa manera.
Dentro de esa amalgamada complejidad, “los estudios clásicos interesan porque siempre han interesado” y es difícil considerar ningún aspecto de la cultura humana actual cuyo pasado no se haya visto de alguna manera influido por el mundo clásico. Sea lo antedicho o sea la importancia de la Grecia clásica en la historia de la homosexualidad, cuya legitimización debe no poco a la idealización del mundo antiguo.
Y precisamente por lo problemático del lugar que debe ocupar la Antigüedad clásica es por lo que ese periodo y su estudio siguen teniendo interés. Lo tienen, sobre todo, en opinión de Morley, no como un modelo a copiar servilmente, sino por los aspectos aprovechables que nos ofrecen, entre los que destaca la propia democracia. En otras palabras, no se trata de que la decadencia y caída de Roma puedan prefigurar, como tantas veces se ha querido ver, el modelo de nuestro propio posible destino, o que las migraciones de los bárbaros nos alerten contra los inmigrantes de hoy. En realidad, es lo contrario, y la obligación de los clasicistas es cuestionar esas conclusiones e insistir en que el mundo es complejo y nuestro conocimiento del pasado, inseguro; advertirnos de ese uso interesado del mundo clásico.
Los clásicos, insiste Morley, nos abren la mente, nos aclaran en qué consiste ser humano (¡la tragedia griega!), pero no predicen el futuro
“El estudio de estas disciplinas puede hacer valiosas contribuciones al futuro de nuestro mundo, entre las que incluyo la de cuestionar las prioridades de algunos de quienes buscan dictarnos el futuro”. Los clásicos, insiste Morley, nos abren la mente, nos aclaran en qué consiste ser humano (¡la tragedia griega!), pero no predicen el futuro.
Acercarnos a la complejidad de ese mundo requiere hacernos constantemente nuevas preguntas. Y en esa tarea, campos como el del feminismo y las nuevas interpretaciones de género nos impelen a revaluar cuanto creíamos saber y nos ayudan a enriquecer nuestra comprensión del pasado. Porque “es imposible explicar el pasado si no es a partir de nuestros propios presupuestos”, y “al apoyarnos de manera explícita en ideas y teorías modernas”, leyendo el pasado en términos de presente, “es menos probable que obtengamos una lectura equivocada”.
Con todas esas reticencias y convicciones, Morley se declara profundamente comprometido con el estudio de la Antigüedad clásica. “Hoy día, los estudios de la cultura clásica [amenazados por gente que dice valorarlos, señala Morley] son un campo de estudio vibrante, innovador, sofisticado y reflexivo; ¿por qué no iba yo a querer intervenir ahí?”. Además de con su tarea docente, interviene con ensayos como este, muy recomendable para profesionales de la materia en cualquiera de sus facetas (filología, historia, filosofía, arte…) y amantes (amateurs) del mundo clásico.
Erótica y materna. Un viaje al universo femenino (Rialp, 2019), el nuevo libro de la neuropsiquiatra y psicoterapeuta Mariolina Ceriotti Migliarese, constituye el complemento indispensable a su anterior obra: Masculino. Fuerza, eros, ternura. Con ello, pretende simbólicamente destacar la necesidad de revalorizar uno de los fundamentos antropológicos esenciales del ser humano que hoy está en grave crisis: la alteridad sexual y la imprescindible complementariedad entre los sexos. Por esto, es importante insistir una y otra vez, tal como hace Ceriotti: «Cada cachorro humano necesita tanto de un padre como de una madre. Para el buen crecimiento son necesarios adultos dispuestos a madurar en la conciencia del deber específico de su propio código, aquel del que son portadores potenciales en base a su sexo».

Desde la revolución del 68 hasta nuestros días el concepto y la propia vivencia de la maternidad ha experimentado fuertes cambios. La lucha por la igualdad en derechos y deberes entre los sexos fue a lo largo de siglos una batalla por la justicia y la dignidad de la mujer. Sin embargo, como afirmó Sigrid Undsted, «el movimiento feminista se ha ocupado tan sólo de las ganancias y no de las pérdidas de la liberación». En la década de los setenta, una vez alcanzada cierta igualdad, al menos formal, en derechos y deberes, comenzó un nuevo movimiento feminista de corte igualitarista cuya pretensión no era ya sólo la igualdad jurídica, sino la identidad con el varón en todas las facetas de la vida. En expresión de Jutta Burgraff, reclamaban una «igualdad funcional de los sexos». De las vindicaciones limitadas al ámbito público se pasó a la exigencia de igualdad también en la vida privada, reclamando la eliminación radical del tradicional reparto de papeles entre varón y mujer, lo que afectó a facetas tan íntimas como: las relaciones sexuales, la maternidad, la crianza de los hijos o el matrimonio. La mujer comenzó a renunciar a su propia esencia femenina, sin ser consciente del menoscabo que esto implicaría a largo plazo para su libertad y su pleno desarrollo personal. Al negar radicalmente la existencia de ciertos rasgos femeninos innatos, por vez primera en su historia, el movimiento feminista iba contra sí mismo, contra su propia razón de ser y se desnortaba autolesionando a las mujeres a las que en un principio defendió. La mujer asumió de forma espontánea, y sin queja alguna, que los roles masculinos eran los justos y oportunos, que debía imitarlos para lograr la igualdad, y adoptando un comportamiento y en ocasiones un aspecto varonil se traicionó a sí misma, sacrificando su alma femenina, a cambio de ser aceptada en el universo masculino. De este modo, ha llegado hasta la actualidad la idea, fuertemente implantada en la sociedad, de que trabajar en casa, ser buena esposa y madre, es atentatorio contra la dignidad de la mujer, algo humillante que la degrada, esclaviza e impide desarrollarse en plenitud. Y que, para ser una mujer moderna, es preciso previamente liberarse del yugo de la feminidad, en especial de la maternidad, entendida como un signo de represión y subordinación: la tiranía de la procreación.
Así, en la actualidad, como expone la autora, «se está produciendo una transformación progresiva en nuestros principales códigos simbólicos» y nos encontramos con mujeres que renuncian abiertamente a tener hijos, porque entienden que «maternal es sinónimo de sacrificial»; y otras que, habiendo sido madres, sufren desviaciones en el ejercicio de la maternidad. La mujer-madre “equilibrada”, es decir, aquella que habiendo sido madre y ejerciendo orgullosa una maternidad plena no renuncia a su propio desarrollo personal y profesional, tratando de encontrar el punto medio de la balanza entre ambos ámbitos de su vida, es difícil de encontrar.
El título de la obra de Mariolina Ceriotti, Erótica y materna, va dedicado precisamente a ese modelo femenino-maternal de mujer que, habiendo sido madre, sabe guardar la medida adecuada de su parte “erótica”, es decir, de su ser mujer, sin permitir que quede anulado o devorado por su lado maternal. Se trata de aquella madre que no es toda y solo madre, en beneficio, no únicamente de ella misma y de su propio crecimiento personal, sino en claro beneficio de sus hijos y de su pareja. Este modelo de mujer será más libre y dará más libertad y autonomía a sus propios hijos. «Lo erótico y lo maternal, el amor de sí y el amor al otro, son dos componentes inescindibles de la condición femenina… ambos deben encontrar un equilibrio y una integración mutuas».
Si bien es cierto que en los primeros años de vida de los vástagos el apego materno-filial que se crea es muy fuerte, toda madre debe ser consciente de la necesidad de conjugarlo con ciertas dosis de “desapego” para que la relación sea equilibrada y sana. La relación madre/hijo no debe ser exclusiva y excluyente; desde el primer momento la madre debe hacer frente al desafío de lograr, como afirma Ceriotti, «la justa distancia emotiva y física…vigilarla continuamente y redefinirla en función del momento evolutivo del hijo».
La enorme fuerza del vínculo materno-filial presenta riesgos. Las mujeres corremos el peligro de transformar con suma facilidad el instinto de donación que nos caracteriza, en instinto de posesión y de exclusión, y convertir la solicitud en un control exhaustivo y agotador; creando entre la madre y el hijo un «continuum psicofísico especial, que da forma a una relación de pertenencia e influencia mutuas». Como señala Ceriotti, cuando la madre transforma su amor en apropiación y control, «sin proponérselo, acaba cargando al hijo con una deuda de gratitud imposible de saldar y culpabilizadora, que también le va a condicionar en sus decisiones afectivas de adulto». En estas circunstancias, es misión del padre salvar a la madre y al hijo de ese peligro; especialmente aquellas madres demasiado ansiosas o preocupadas que le transmiten una percepción del mundo como un lugar plagado de peligros y, en consecuencia, la idea de que solo estará a salvo en el regazo materno.
La dación de amor de las madres, el instinto amoroso materno, puede volverse en nuestra contra en ausencia de padre (o ante un padre “insignificante”), pues un amor ilimitado puede asfixiar a los hijos. La madre teje alrededor de los hijos un «útero virtual» (Naouri, 2008) con el fin, consciente o no, de mantenerlo indefinidamente en su interior. En estas circunstancias de simbiosis madre/hijo, «sofocante y antivital» (Risé, 2006), al padre correspondería dotar al hijo de libertad frente a la posesión obsesiva de la madre.
La madre, en ausencia de padre o cuando éste no es significativo, puede desarrollar, en palabras de Aldo Naouri, un «amor caníbal”, capaz de devorar a sus hijos; no se desvincula de ellos, lo que no permite que éstos adquieran su propia identidad como sujetos independientes y se sientan siempre como una prolongación de la madre. En palabras de Sullerot, en estas circunstancias, «el hijo no es más que un pedazo de la madre y el padre no es nada».
Cuando la madre no es capaz de liberar al hijo de sí misma en la justa medida, corresponde al padre, con una presencia real y afectuosa, reconducir la relación a sus justos términos para el bien de ambos. Debemos ser conscientes de que el seno materno es íntimamente acogedor, pero a la vez es profundamente limitativo. La entrada del padre en esa unidad abre al hijo a la necesaria relación con el mundo que le va a permitir desarrollarse como persona de forma plena fuera del influjo del regazo materno. En todas las culturas, la separación del hijo de la madre es un hecho esencial, un momento decisivo, no sólo para la vida del hijo y de la propia madre, sino para la entera sociedad. En palabras de Ceriotti, el hijo verdaderamente libre desde el punto de vista psíquico es el hijo de «la pareja». Por ello, señala la autora que la mujer que respeta al hombre y le permite cumplir el cometido que le corresponde, en complicidad y complementariedad con ella, será una «buena madre» en la medida que le permite a él ser padre.
Pero, entre las desviaciones de la maternidad expuestas por Ceriotti, es muy usual en la actualidad encontrar madres cuya maternidad “devora” su lado femenino. Se anulan como mujeres al centrar el sentido de su vida sola y exclusivamente en la maternidad. Este fenómeno se da especialmente entre aquellas mujeres que han optado por la maternidad en soledad, muchas de ellas por técnicas de reproducción asistida, cuyo número está aumentando de forma alarmante y exponencial en los último años. En España, este perfil subió en 2018 un 13%. En algunas Comunidades como Baleares, el aumento es del 96% (datos proporcionados por El Mundo, 15 septiembre 2019). El neofeminismo de la década de los 70 se resumía en la reivindicación «mi cuerpo es mío». La mujer, al apropiarse de su cuerpo, del embrión, del hijo, pretendía apropiarse también de la parentalidad, marginando o negando al padre. La mujer, con los medios anticonceptivos, adquirió un sentimiento de propiedad absoluta sobre los hijos. Desde entonces «la paternidad está determinada por la madre» (Sullerot, 1993), depende por completo de su voluntad y deseos.
Pero tener un hijo siguiendo simplemente los deseos o sentimientos del momento supone en muchos casos un ejercicio de individualismo narcisista que perjudicará la estabilidad y equilibrio personal del niño. En este sentido, el Comité de Bioética de España, en 2017, alertó sobre los riesgos que se desprenden de basar una decisión tan relevante en los meros deseos: «Frecuentemente se ha sostenido que el deseo de tener un hijo es la mejor garantía de que será querido y cuidado. Pero no es exactamente así (…) Nuestra sociedad ha tendido a promover la satisfacción de los propios deseos, pero no tanto a asumir las responsabilidades que esos deseos pueden traer consigo (…) aunque exista el deseo y se mantenga firme a lo largo del tiempo, no asegura que el hijo vaya a recibir los mejores cuidados y educación. Para ello, es necesario que ese deseo no sea patológico, inmaduro o egoísta».
Además, cuando un hijo es muy planificado, cuando es «producido”, especialmente por técnicas de reproducción asistida, se da lugar, entre otras, a una consecuencia para el hijo indeseada, lo que Habermas (2019) califica como un «menoscabo de su autocomprensión moral». Pues al “crear” al hijo mediante un procedimiento tan planificado éste resulta sustraído de toda contingencia, espontaneidad o improvisación, que de algún modo existe en el inicio natural de la vida en general. Aquel hijo, nace sometido a una relación de dominio, por lo que será menos libre (“la libertad humana requiere un comienzo indisponible”), pues los hijos son libres cuando su llegada al mundo escapa de nuestro control, cuando en su advenimiento influye «cierto factor de riesgo» o «la ayuda parcial del azar en la actividad sexual de sus padres» (Naouri, 2005); cuando no nos deben la vida a nosotros sino a un proceso vital, como ha sucedido en las generaciones precedentes.
Al niño programado se le exige inconscientemente por la madre que “lo encargó” lo mismo que se exige actualmente con otros productos de nuestra sociedad: que sea perfecto, que funcione bien, que no decepcione jamás, que cumpla las expectativas que se depositaron en él cuando fue «creado”. Lo que generará ansiedad en la madre y, en consecuencia, los correspondientes sentimientos de angustia e inseguridad en el hijo-producto-posesión. En cambio, el niño no planificado, el niño «sorpresa» será siempre más libre porque, como afirma Ceriotti, «su vida no está pensada para responder a una necesidad de sus progenitores», lo que permite a aquellos encontrar «la distancia emotiva necesaria para apoyarle y guiarle sin pretender el control de su vida».
Hablar del padre y de la madre, del varón y de la mujer y de la existencia de unas características propias de la educación paterna diferentes de las propias de la educación materna, como hace Ceriotti, implica presuponer la existencia de unas diferencias inherentes, naturales, entre hombre y mujer; significa reconocer la alteridad sexual como fundamento antropológico esencial y el dimorfismo sexual como parte de la naturaleza humana.
El intento de vivir sin una identidad, femenina o masculina, está provocando frustración, desesperación e infelicidad entre muchas personas incapaces de ir en contra de su propia esencia. La crisis de identidad personal es el principal problema de la sociedad contemporánea en los países desarrollados. En esta situación, cuando la sociedad pierde el sentido de una de las variantes humanas, como la diferencia sexual que funda y estructura a la vez la personalidad y la vida social, no puede sorprendernos constatar la alteración del sentido de la realidad y de las verdades objetivas.
Es urgente que la mujer recobre su esencia, vuelva a ser ella misma, diferente del varón y por ello única y especial. Su capacidad de tener hijos aporta un sentido biológico a su vida de tal magnitud que sería suficiente para justificar su existencia. Esto le permite adquirir muy pronto madurez, sentido de la gravedad de la vida y de las responsabilidades que ésta implica. Las mujeres nacen con una explicación natural de su propia valía. En palabras de Gurian (2004), la niña nace con un sentido innato de su significado personal. Juan Pablo II se refería a este don femenino como «el genio de la mujer». Y Burggraf (1990) lo definía como esa delicada sensibilidad frente a las necesidades y requerimientos de los demás, esa capacidad de darse cuenta de sus posibles conflictos interiores y de comprenderlos. Se la puede identificar, cuidadosamente, con una especial capacidad de mostrar el amor de un modo concreto, y desarrollar la “ética del cuidado”. Pero, como afirma Ceriotti, «si la mujer pierde conciencia de sí misma y de los dones que porta, la vida de todos se empobrece, se vacía y se vuelve más árida».
Además, las mujeres no deben perder de vista que, como señaló Blanca de Castilla (2002), «la única defensa eficaz de la maternidad es que haya varones que descubran la paternidad». Y, sin duda, la persona que más puede influir positivamente en un hombre para que ejerza correctamente su papel de padre es su esposa, con su apoyo y valoración. Para ello, como afirma Ceriotti, «la mujer tendría que ser compañera del hombre, en la igualdad absoluta de valor y en la diferencia profunda del ser». Sin embargo, las realidad es que «nunca hasta hoy hemos tenido tan cercana la posibilidad de comprender la igualdad de valor entre los sexos, su reciprocidad en la diferencia. Y al mismo tiempo, nunca nos hemos encontrado más alejados, desviados y confundidos, al convivir en una cultura que niega el valor de la diferencia. Precisamente en esto reside la paradoja de nuestro mundo actual».
En definitiva, estamos ante un libro que se propone aportar elementos de reflexión sobre la condición femenina, sobre la mujer, «esa parte del género humano que concede (o no) el acceso a la vida», sobre la compañera del hombre. Un tema fundamental para el sexo femenino pero también para los hombres que necesitan aprender a comprender mejor a las mujeres, con el objetivo de reencontrarse, respetarse y quererse, dentro del reconocimiento de la diferencia que nos complementa y equilibra.
El debate sobre la libertad de expresión es un tema candente en el mundo académico anglosajón. Desde hace unos años se viene constatando una serie de iniciativas tomadas principalmente por grupos de alumnos y respaldadas en algunas ocasiones por instituciones y académicos para impedir determinados discursos, determinados oradores o la difusión de determinadas ideas.
Nombres como Finnis, Scruton, Peterson, Saphiro, Weinstein, Shepherd, Greer, entre muchos otros, se han visto envueltos, en algún momento, en campañas o actos con intención de silenciarlos. Sin embargo, el debate va asociado, al menos, a otros dos, de igual o más difícil solución.
En primer lugar, el debate sobre si lo políticamente correcto es una imposición de pensamiento único que atenta contra las bases de la sociedad democrática o si, por el contrario, protege esas democracias apartando de ellas las ideas que podrían llevar a limitar las libertades propias de dichas democracias. En segundo lugar, el de si esta crisis es real o ha sido construida ideológicamente e hinchada para traerla a la agenda política y social. Al respecto de esta discusión, encontramos las opiniones enfrentadas, basadas en datos estadísticos de estudiosos de la materia, como Sachs, Yglesias y Murphy, por un lado, y Stevens y Haidt, por otro lado.
Ambas cuestiones parecen incidir en la propia existencia del debate de los límites de la libertad de expresión, por lo que preceden al debate mismo. A este respecto, se pronunciaba recientemente Felipe Fernández-Armesto en una entrevista en la que se le preguntaba ―como prestigioso docente e investigador británico que ejerce como catedrático en una universidad estadounidense y que, entre otras muchas cosas, es un reputado hispanista y miembro del sindicato de profesores de Estados Unidos― sobre la existencia de la libertad académica, sobre el futuro de la libertad de expresión o sobre las diferencias en cuanto a su concepción entre el mundo anglosajón y el mundo hispánico.
Fernández Armesto es un catedrático de la Universidad de Notre Dame, británico de ascendencia española, historiador y ensayista de intereses muy variados y reconocido prestigio. Ha estudiado desde el origen del ser humano hasta la historia de la comida, pasando con celoso cuidado por la historia de la conquista de América. Recientemente estuvo en la Universidad de Navarra hablando sobre lo hispánico en Estados Unidos y allí respondió a una breve entrevista en la que se abordaron entre otras cuestiones, algunas relacionadas con la libertad de expresión académica. Reproducimos aquí las preguntas que atañen a este tema (algunas de las cuales se han reproducido ya en el número 704 de la revista Nuestro Tiempo).
En la concepción de libertad de expresión, ¿existen diferencias entre América Latina, Estados Unidos y Europa?
No existe ninguna diferencia en cuanto al término: expresarse libremente es igual en todo el mundo, pero las oportunidades de aplicarla son distintas. En este sentido, en las universidades de Estados Unidos, por ejemplo, estamos experimentando una situación complicada. Hemos llegado a un punto de ortodoxia laicista en el que si te manifiestas en contra puedes salir perjudicado. Es obligación de todos luchar contra eso. La libertad académica es fundamental para la enseñanza y si no está permitido decir lo que pienso, no puedo cumplir con mis obligaciones. Debo tener la libertad de expresar opiniones incluso falsas. En otros ámbitos, como en los medios de comunicación o en las redes sociales, existe un fenómeno en el que hay tanta libertad de expresión que se generan ciertos círculos donde solo se dialoga con quienes piensan lo mismo. Esto podría ser un reto para el desarrollo de la sociedad, porque debemos intercambiar opiniones con las personas que piensan diferente a nosotros. Las nuevas ideas no nacen de una única cabeza, sino del diálogo entre distintas personas. Así que la libertad depende del medio y del contexto social en el que estés intentando expresarte.
¿Cree que el auge de una potencia como China, donde la libertad de expresión está limitada, podría hacer que Occidente sufriera una regresión en este sentido?
Somos capaces de acabar con nuestra libertad de expresión sin ayuda de los chinos. De todas formas, prefiero hablar de la obligación de decir lo que piensas, que de libertad de expresión. Porque no exijo que tú reconozcas mi libertad de expresión, lo fundamental es que yo reconozca mi propia obligación de insistir en lo que pienso.
Y, sin embargo, frente a esa obligación que defiende de decir lo que uno piensa, existen una serie de presiones externas, entre ellas el dominio de lo políticamente correcto.
Si tengo en cuenta esa obligación, no me podrás silenciar.
¿Como académico nota esa presión?
Tengo una cátedra que dispone de sus propios fondos y no me pueden echar si no es por ofensas graves, o por decadencia mental, así que en mi caso realmente no siento ninguna presión. Cuando no estoy de acuerdo con los gobernantes de la universidad se lo digo honradamente y sin recelo. Pero es cierto que en algunas instituciones la presión es tremenda. Un académico cuyo trabajo depende de la benevolencia de sus empleadores tiene que enfrentar el problema diario de elegir entre decir lo que quiere o conformarse con lo que le exigen los gobernantes.
¿Cree que todavía se puede considerar la universidad como ese lugar seguro para debatir libremente de cualquier tema o expresar con libertad las opiniones?
Por lo visto no, porque pertenezco al sindicato de profesores de los Estados Unidos y la mayor parte del trabajo de esta entidad es la defensa de profesores que han perdido sus plazas por decir algo que no convenía a los mandatarios de la universidad. De todas formas, estos suelen ser casos relativamente excepcionales. En la gran mayoría de universidades que calificamos como privadas, los problemas son muy pocos y cuando existen, la presión no proviene de la universidad, sino de alumnos o antiguos alumnos que están en contra de opiniones o posiciones.
¿Y cómo se conjuga eso con la mentalidad de Estados Unidos donde la libertad de expresión es uno de los derechos constitucionales básicos?
En ciertos aspectos, las leyes son más favorables a la libertad de expresión en Estados Unidos que en algunos países europeos, sobre todo en relación a la libertad de publicar mentiras. Puedes publicar noticias falsas sin miedo a que haya pleitos, así que en este sentido sí hay más libertad de expresión en Estados Unidos. Pero ¿realmente es el tipo de libertad de expresión que queremos favorecer? Es una pregunta difícil. La ley no protege a la sociedad de algunas opiniones. Así que esa libertad de expresión norteamericana es algo equívoco moralmente. Remito a mi insistencia de que lo importante es la obligación de cada uno de ser fiel a sus propias opiniones y respaldarlas libremente, por poco populares que sean. Si todos fuéramos fieles a ese principio, no deberíamos insistir en la libertad de expresión. Esa obligación es fundamental para el bienestar de la sociedad, más que la libertad de expresión.
Macron quiso impulsar un proyecto de ley para regular las fake news (noticias falsas). ¿Es la vía legislativa la más adecuada para luchar contra este fenómeno?
No, obviamente no. Si me cuentas una mentira y te creo, la culpa es mía. Te concedo toda la libertad de expresión que quieras; cuéntame mentiras y tal vez, al cabo de varias, me daré cuenta de que no eres una persona fiable. La única manera de reformar la sociedad es mejorar su sentido crítico y, como docentes, es nuestra responsabilidad. El remedio de las fake news consiste en educar a las personas para enfrentarse de forma crítica a lo que oyen, ven y leen.
¿Qué impacto tiene la compleja era digital en niños y adolescentes? Cindy Pierce, educadora social experta en sexualidad, plasma, en Explosión sexual. Cómo ayudar a los niños a desarrollar una sexualidad sana en un mundo expuesto a la cultura porno, el impacto de la era digital en niños y adolescentes y, consecuentemente, en sus progenitores. Con una prosa desinhibida y ágil mezcla datos científicos y estudios de investigación de relevancia con anécdotas de su vida laboral y personal.
Cindy Pierce: Explosión sexual. Cómo ayudar a los niños a desarrollar una sexualidad sana en un mundo expuesto a la cultura porno. Alba editorial, 2016.

En La brújula interior (capítulo 1), la autora utiliza este término para referirse a la intuición e instinto que nos permite llevar a cabo una toma de decisiones óptima. Sin embargo, menciona que la aparición de Internet y los innumerables estímulos a los que los niños y adolescentes están expuestos han interferido en su brújula interior de distintas maneras:
-Por un lado, dificultando la distinción entre lo que los niños y adolescentes valoran y lo que consideran que deberían valorar atendiendo a lo que ven, mayoritariamente, en las redes sociales. Consecuentemente, los adolescentes, al estar constantemente en contacto directo con los estilos de vida de los demás, experimentan sentimientos profundos de vacío interior, celos y resentimiento.
-Por otro lado, Pierce afirma que la interpretación de señales sociales se ha vuelto más compleja para aquellos que utilizan con frecuencia los aparatos electrónicos: “Hemos acabado aceptando, como sociedad, el uso de estos medios impersonales para hablar de temas personales y sentimientos”.
-Otro aspecto mencionado que se asociaría a la era digital es la distancia y el anonimato que Internet nos aporta, junto con una clara sensación de seguridad. Tal como menciona la autora, la persona que escribe un mensaje utilizando las redes no tiene que responsabilizarse de la reacción que originará en el receptor, debido sobre todo a que al interactuar a través de Internet no presenciará la reacción en directo.
-Las habilidades de los jóvenes para gestionar el aburrimiento también se han visto influenciadas por los aparatos electrónicos, y los jóvenes ya raramente intentan abordarlo mediante el uso de estrategias creativas o la interacción cara a cara (lo hacen aumentando la frecuencia de exposición al contenido de Internet).
-Finalmente, Pierce refiere que la era digital ha fomentado también la multitarea, que promueve que los intervalos de atención de los niños y adolescentes sean cada vez más cortos. Esto ha tenido importantes consecuencias para este colectivo a la hora de establecer conexiones sociales y sexuales con otras personas.
A través de Desconectar (capítulo 2), la autora realiza un análisis de los factores que están provocando que actualmente un gran número de adolescentes estén deprimidos, agobiados y estresados, y aporta posteriormente algunos consejos útiles para que sus progenitores puedan abordar tales dificultades:
-Problemas: los niños y adolescentes de hoy en día tienen cada vez más acceso a cualquier contenido online sin la supervisión de los adultos y el contacto con infinitos estímulos, tanto virtuales como en la vida real, puede suponer que cada vez les sea más difícil estar desconectados. Asimismo, reciben una notable presión social debido a que se espera que todos ellos tengan éxito, lo que conlleva, entre otras cosas, que se les haga participar en múltiples actividades extraescolares y cada vez se ejerza más control sobre su vida privada.
-Soluciones: por un lado, Pierce sostiene que los padres deberían enseñarles a autorregularse para que sean capaces de encontrar un equilibrio sano entre el tiempo virtual y el tiempo real. Este proceso debería estar compuesto por conversaciones que incluyan directrices claras sobre cuándo deberían y no deberían usar las nuevas tecnologías, junto con un modelo claro por parte de los padres, para que perciban que estos siguen exactamente las mismas directrices estipuladas. Además, puede ser de utilidad, según la autora, que los progenitores utilicen situaciones o problemas cercanos asociados a Internet para reflexionar con los adolescentes sobre su conducta online. Por otro lado, considera que intentar solucionar sus problemas mediante el consumo y la posesión de artículos no es la opción más adecuada, dado que les induce a entrar en un círculo que les acaba desmotivando a la hora de gestionar su propio estrés. Otra opción mencionada es la incorporación de mindfulness (conciencia plena o atención plena) y prácticas de relajación en su vida cotidiana, como herramienta de regulación emocional y gestión del estrés. Finalmente, la autora menciona que otra herramienta útil es promover que practiquen el inconformismo y se liberen de la presión social, por ejemplo, a través de la denuncia de cuestiones de poco impacto al inicio, para que vayan adquiriendo el hábito.
Mediante La cultura porno (capitulo 3), la autora reflexiona acerca de los actuales patrones de consumo de pornografía por parte de adolescentes y jóvenes. Partiendo de la base de que la facilidad de acceso a Internet ha supuesto un aumento del consumo del porno, y que la cultura del porno no se encuentra solamente online, sino que está presente en múltiples contextos, como publicidad o videojuegos, la autora considera que resulta casi imposible detener la exposición al porno por parte de este colectivo.
Para los jóvenes, afirma la autora, el porno se ha convertido en una de las fuentes de excitación prioritarias así como en la primera fuente de educación sexual. Los jóvenes, por tanto, recurren al porno para buscar respuestas acerca de su sexualidad. Pero la autora ha observado en los últimos años un patrón bastante recurrente, en el que los jóvenes, a pesar de tener una amplia experiencia sexual, disponen de muy pocos conocimientos sexuales. Asimismo destaca una tendencia en la cual los jóvenes buscan, en las relaciones sexuales que mantienen, una confirmación de aquello que ven en el material pornográfico, y su autopercepción de competencia sexual depende de dicha comparación con el porno. La autora considera que esta relevancia que el porno ha adquirido a lo largo de los años condiciona la actividad sexual de los jóvenes. Por ejemplo, algunas mujeres que creen que su pareja desea experiencias pornográficas priorizan el placer masculino y “se ofrecen a realizar determinadas prácticas solo porque creen que es lo que se espera de ellas”. Por ello, Pierce sugiere que la mejor manera de combatir estos sesgos en el ámbito de la pareja y la sexualidad es la comunicación efectiva entre sus miembros acerca de sus fantasías y preferencias sexuales.
La educación sexual para los niños pequeños y La educación sexual para los niños más mayores y adolescentes (capítulos 4 y 5) recogen las reflexiones de la autora acerca de la necesidad de que niños –ya a una edad temprana- y los adolescentes reciban conocimientos sexuales por parte de sus progenitores y otras fuentes de información. Considera que cuanto más se retrasen las conversaciones sobre sexualidad, más alarmantes serán las preguntas que los niños y los adolescentes se planteen y, consecuentemente, más dificultoso resultará para los adultos abarcar la temática en cuestión. No se trata exclusivamente de una conversación, sino de que los padres estén disponibles cada vez que sus hijos tengan dudas, y puedan hablar del tema con un enfoque natural y sin juzgar, lo que ayudará a los más pequeños a desarrollar una actitud tolerante. Otro aspecto destacado en el libro es la aceptación de la desnudez por parte de los padres para demostrar a sus hijos que se sienten cómodos con sus cuerpos. Finalmente, la autora plantea que la educación sexual contextualizada en el marco de la era digital requiere tratar temas de elevada sensibilidad de manera más directa y efectiva, por lo que propone que tanto padres como escuelas se planteen complementar su información con el uso de profesionales externos.
En Chicas que valen, Facultar a las chicas y Chicos que valen, Liberar a los niños (capítulos 6-9), la autora analiza la influencia del entorno en los roles de género y la presencia del “mundo invisible online” que hace más complejo que los padres sean conscientes de todos aquellos elementos que influyen en los hijos. “Con la influencia constante de Internet, la publicidad, los medios y la pornografía, ´la cultura envenenadora de las chicas´ se ha magnificado hasta el punto de ser tóxica.”
En referencia a las niñas, Pierce considera que muchos factores de nuestra cultura minan la autovalía de las chicas. Por ejemplo, tanto el uso de determinados juguetes, que perpetúan un rol de género muy marcado, como el consumo de ciertas prendas de ropa, podrían considerarse factores que pretenden sexualizarlas. Específicamente, la preadolescencia es el momento evolutivo en que elementos como el aspecto físico se pueden llegar a convertir en una clara muestra de estatus y popularidad, lo que dificulta el abordaje de la temática en cuestión para los padres. Por ello, Pierce sugiere que dejen claro a sus hijas qué prendas de ropa aprueban y estarían dispuestas a comprar y cuáles no, siendo las propias adolescentes las que, si lo desean, las obtengan con sus medios económicos. En relación a la moda, la autora también aboga por una publicidad y consumo responsables a fin de evitar que se siga cosificando a las mujeres.
En cuanto a los chicos, la autora considera que la idea que posee la sociedad acerca de que los niños tienen vidas emocionales poco complejas les limita a la hora de expresar y regular sus propias emociones. El bloqueo emocional se asocia a la necesidad social de negar su lado más vulnerable y de evitar reconocer que necesitan ayuda. Esto les puede llevar a una gran necesidad de buscar apoyo social especialmente en grupos de pares, lo que puede conllevar que acaben cediendo en sus valores con el fin de encajar socialmente. Para evitar estas consecuencias negativas derivadas de los marcados roles de género, Pierce sugiere, por un lado, potenciar una red de apoyo que no esté influenciada por dichos roles y, por otro, que los progenitores les ayuden, mediante distintos materiales o situaciones, a identificar a aquellos personajes que cumplen los estereotipos sociales y a aquellos “bien desarrollados y emocionalmente sanos”.
Finalmente, Una cultura del ligoteo alimentada por el alcohol e Ir más allá del ligoteo: encontrar comunicación y placer (capítulos 10 y 11) abordan los patrones de interacción de los jóvenes en la actualidad. La autora afirma que la cultura “del ligoteo” ha incrementado en los últimos años, lo que ha influenciado las experiencias sexuales de los jóvenes. Considera que el pensamiento sesgado que muchos jóvenes tienen de que todo el mundo liga, ejerce una gran presión sobre ellos, llevándolos a buscar experiencias sexuales rápidas con nuevas parejas sexuales. Muchas veces, además, el ligoteo se inicia mediante mensajes, lo que se asocia a la falsa sensación de que ya se conoce a la otra persona. Pierce menciona, además, que los encuentros sexuales siempre implican una vulnerabilidad tanto física como emocional para la mayoría de las personas, y el hecho de no conocer a tu pareja sexual y que no haya una comunicación abierta, dificulta aún más la experiencia sexual. Para ello, muchos jóvenes hacen uso del alcohol y otras drogas que les aportan comodidad en este tipo de situaciones. Ante estas limitaciones del ligoteo, y otros aspectos mencionados por la autora, como el uso de los preservativos o las agresiones sexuales, resulta imprescindible que los padres desarrollen un fuerte vínculo con sus hijos y se encuentren disponibles para cuando tengan dudas.
La autora concluye que los padres y educadores deberían estar presentes a lo largo del desarrollo de los chicos, dándoles cada vez más espacio, pero sin dejar de ofrecerles en todo momento un espacio para resolver sus dudas acerca de la sexualidad y otros factores, lo que potenciará su vínculo. Asimismo, los padres no deben olvidar que son un modelo, especialmente en la actual y compleja era digital, y sus conductas condicionarán las conductas y percepciones de sus hijos.
Si hay alguien en el panorama intelectual de las últimas décadas que no necesita presentación es sin duda George Steiner. Sin embargo, puede que no sea inútil, sobre todo para calibrar el libro cuyo comentario nos ocupa, plantear la cuestión, retórica sólo en apariencia, de cuál de las extraordinarias cualidades que lo hacen acreedor al título de príncipe de los ensayistas merece destacarse como la principal.
A bote pronto, yo estaría tentado de inclinarme por su inteligencia deslumbrante. Porque es lo que más placer me proporciona cuando lo leo. Al cerrar el libro -éste y otros muchos, por no decir todos los suyos-, en el momento de digerirlo y volver a abrir los ojos a la realidad, entra en competencia con la inteligencia otro valor quizás aún más raro hoy, en este batiburrillo de relativismos casi siempre triviales

Me refiero al valor de la importancia o, si se quiere, de la excelencia. Cualquiera que lea Presencias reales (1989) o Gramáticas de la creación (2001), por ejemplo, podrá discrepar de sus ideas o no identificarse con su estilo, pero no podrá negar (salvo disparate) que las cuestiones que se plantean, y el tratamiento de las mismas, son de la máxima importancia; de una importancia que se impone como evidente y no admite por tanto discusión (seria). El libro que comento no es seguramente de tanto empeño, pero se enfrenta a temas de importancia no menor, desde luego.
Recuerdo que en Errata (1997), su autobiografía intelectual, cuenta Steiner que uno de sus maestros en la Universidad de Chicago, Ernest Sirluck, «me devolvió el primer trabajo que escribí para su seminario sobre Milton escuetamente marcado con un “Ampuloso”. Un veredicto demoledor» (Madrid, Siruela, 1998, p. 157). De acuerdo, pero, si bien se mira, quizás también un síntoma de su pasión por lo importante, propensión o pretensión seguramente prematura entonces.
Hoy, en la cima de su madurez, tal vez podamos considerar una huella estilística de esa misma pasión, pero ya en pleno dominio de un pensamiento y una elocución propias, cierto gusto por las expresiones rotundas y no exentas a veces de exageración. Por ejemplo, en el libro que comento: «Como dijo Ned Rorem, Nadia Boulanger fue, sencillamente, “la profesora más grande que ha habido desde Sócrates”» (p. 132), o, sin el atenuante de la cita (aunque asumida): «Aristóteles hizo aportaciones fundamentales a la ciencia lógica, epistemológica y política. Lo mismo puede decirse de Karl Popper. ¿Ha habido un tercero?» (p. 160). Confieso mi predilección por este tipo de recurso que, más allá de su eficacia expresiva, tiene la virtud impagable de poner al lector despierto en pie o en busca de contradicción.
El libro se basa en las Charles Eliot Norton Lectures que impartió el autor en la Universidad de Harvard el curso 2001-2002. En su título original, Lessons of the Masters (2003) resuena el del relato de Henry James The Lesson of the Master (1988), al que se refiere Steiner expresamente en su exposición (p. 122). Otro síntoma de lo que vengo comentando en torno al valor de la importancia. Ni que decir tiene que se trata de un valor, el de la jerarquía, por decirlo con un término más sospechoso y por tanto revelador, no sólo practicado, sino también asumido y defendido por este auténtico Maestro con tanta solvencia como valentía (y, si se me permite, con más razón que un santo).
Steiner: «Considerar que Sófocles, Dante o Shakespeare están mancillados por una mentalidad imperialista, colonialista, es pura y simple estupidez»
Así de claro y de demoledor de lo políticamente correcto se manifiesta en nuestro libro: «Considerar que Sófocles, Dante o Shakespeare están mancillados por una mentalidad imperialista, colonialista, es pura y simple estupidez. Desechar la poesía o la novela occidentales desde Cervantes hasta Proust por “machismo” es ceguera. […] Que Bach y Beethoven llegan a límites del empeño humano que sobrepasan el rap o el havy metal; que Keats pone en solfa ideas a las que Bob Dylan es ajeno, es o debiera ser algo evidente por sí mismo, sean cuales fueren las connotaciones político-sociales ¾y en efecto las hay¾ de tal convicción» (p. 137).
No me resisto a copiar también la siguiente observación, tan pertinente y oportuna para cuantos profesamos las letras: «Las ciencias no conocen semejante estupidez. Este punto crucial se pasa a menudo por alto. El legado de Arquímedes, Galileo, Newton y Darwin sigue estando seguro. […] En la ciencia, la engañifa, y mucho más la falsificación por motivos de raza, género o ideología está -hasta donde es humanamente posible- excluida. La corrección es la de la ecuación, no la de la política de la cobardía. Esta diferencia -podemos conjeturar- ayuda a explicar el relativo prestigio y dignidad que actualmente poseen las ciencias y las letras humanas» (p. 138).
Pero nada será tan elocuente sobre la relevancia de primer orden del contenido del libro como la mera enumeración de las principales figuras, obras o casos que se tratan en él. Protagonistas del capítulo 1, titulado Unos orígenes perdurables, son nada menos que Sócrates y Jesús de Nazaret, los dos Maestros orales decisivos y fundadores de nuestra civilización, pero el examen de los temas del magisterio y el discipulazgo en que se centra el libro se remonta también a figuras como Pitágoras, Empédocles y los sofistas, y se tratan temas como la paradoja de que se pueda cobrar o pagar por la transmisión de la sabiduría, o el de la oralidad («Sólo la palabra hablada y el cara a cara pueden […] garantizar la enseñanza honrada», p. 38), con resonancias de Presencias reales, y también el muy grave y delicado del erotismo, recurrente en el libro y tratado por Steiner, como cabía esperar, con seriedad y profundidad ejemplares: «El erotismo, encubierto o declarado, imaginado o llevado a la práctica, está entretejido con la enseñanza […] Este hecho elemental ha sido trivializado por una fijación en el acoso sexual. Pero sigue siendo esencial» (p. 33).
El segundo capítulo, Lluvia de fuego, sigue el hilo de dos corrientes soberanas que se entrecruzan a partir de los orígenes, el cristianismo y el neoplatonismo. Por él desfilan Plotino, Jámblico, San Agustín («Los deconstruccionistas y los posmodernos son agustinianos sin fe», p. 49), para, después de una interesante digresión shakespeariana («el asunto que nos ocupa -el de los maestros y discípulos- dejó indiferente a Shakespeare […] sospecho que si pudiéramos explicar esa omisión lograríamos acceder a áreas vitales de la laberíntica sensibilidad de Shakespeare», p. 51), centrarse en Dante y su Divina Comedia, sobre todo en el encuentro entre el Peregrino y Brunetto Latini, su maestro («ad hora ad ora / m’insegnavate come l’uom s’etterna»), y concluir con Fernando Pessoa y sus fantasmales heterónimos (Reis y Campos, discípulos de Caeiro).
En Magnificus, el capítulo 3, encontramos un examen del mito de Fausto, con estaciones en Marlowe, Goethe, Pessoa y Valéry, así como de las relaciones entre Kepler y Tycho Brahe, entre Kafka y Max Brod, sobre todo entre Heidegger y Husserl, cuyo encuentro es uno de los más decisivos para la filosofía y cuyo desenlace, con la traición de Heidegger, «compone una de las historias más tristes de la historia del pensamiento» (p. 86) y termina con la consideración del tema del maestro de más edad y la joven discípula, en L’école des femmes, en Middlemarch, en los casos de Abelardo y Eloísa, y, otra vez, de Heidegger y Hannah Arendt.
El título del capítulo cuarto, Maîtres à penser, es muy significativo precisamente por lo que tiene de intraducible. Se centra en lo que se conoce como la république des professeurs, determinada históricamente por la humillación de Francia en 1870-1871 y por el caso Dreyfus, república dominada por la figura de Alain, que se enseñorea de este capítulo junto con Nietzsche. Pero hay lugar también para los casos de Georges Palante o Gérard Granel, para el análisis de Le disciple de Paul Bourget y El juego de los abalorios de Herman Hesse, así como de la figura y el círculo de Stefan George.
Al ámbito americano se dedica el capítulo 5, En tierra natal, aunque desde el principio se advierta de que el tema tratado «va a contrapelo de lo americano» en cuanto «la irreverencia es tan americana como el pastel de cerezas» (p. 121). Entiende Steiner que durante las últimas décadas dos patologías han erosionado en los Estados Unidos la confianza entre maestro y discípulo: al eros inseparable de la enseñanza «el “acoso sexual” al estilo americano le ha añadido amenaza, trivialización, cinismo y las artes del chantaje» (p. 136), de una parte, y de otra, la caza de brujas desatada por la llamada “corrección política”. A propósito de esto salen a relucir las novelas Ravelstein (2000) de Saul Bellow y El animal moribundo (2001) de Philip Roth. Con más detalle se atiende a Henry James y la mencionada Lesson of the Master (1988), a Henry Adams y La educación (1906), «un clásico del desencanto» (p. 123), y a Lionel Trilling (Of This Time, Of That Place, 1943; The Lesson and the Secret, 1945). Muy interesantes resultan las incursiones en el magisterio aplicado a otras disciplinas, la música con Nadia Boulanger y el deporte con Knute Rockne.
En el último capítulo, El intelecto que no envejece, pasa revista Steiner a dos vastas tradiciones, el judaísmo («el hasidismo escribió una página que casi no tiene parangón. En ninguna parte ha habido unos “maestros cantores” del alma humana más auténticos», p. 149) y el Oriente (confucionismo, budismo, zen). Otro gran tema tratado, con resonancias de Gramáticas de la creación, es el de la pedagogía en las ciencias y en las humanidades. El caso central es el de Karl Popper, que enlaza con el tema del error en la enseñanza: «un Maestro que deliberadamente enseña a sus discípulos la mentira o la inhumanidad (son la misma cosa) entra en la categoría de lo imperdonable» (p. 166). El cierre lo pone la conferencia “La ciencia como vocación” de Max Weber y la respuesta, deliberada o no, de Heidegger en su Rektoratsrede.
Particularmente comprometido resulta el Epílogo, en el que el autor confronta su tema con la situación presente y se pregunta sobre su proyección en el futuro: «¿Persistirán los tipos de relaciones entre Maestros y discípulos tal como los he bosquejado?» (p. 169). Entre los cambios importantes que se vienen produciendo en la actualidad, destaca estos tres:
Primero, la revolución científica y tecnológica, en particular la informática, internet, etc., que suponen en efecto mucho más que un mero cambio tecnológico pues implican transformaciones de la conciencia, la expresión, la percepción o la sensibilidad que apenas empezamos a vislumbrar, y cuya influencia en el aprendizaje es ya trascendente. Los ámbitos de aplicación de la gran tradición del magisterio, europea en lo esencial, que saca Steiner literalmente a relucir parecen ser cada vez más restringidos, de una parte, y de otra, «la fidelidad y la traición humanas, los mandamientos zaratustrianos de amor y rebelión, que se exigen mutuamente, son extraños a lo electrónico» (p. 170).
En segundo lugar, la feminización en las humanidades y las artes liberales: «La estructura patriarcal inherente a las relaciones de Maestro y discípulo está en retirada» pero sobre el impacto de lo femenino en este asunto «sólo podemos aventurar conjeturas acerca de unos valores y tensiones sin precedentes» (p. 171).
«La libido sciendi, -dice Steiner- el deseo de conocimiento, el ansia de comprender, está grabada en los mejores hombres y mujeres»
La tercera y más importante mutación es la crisis de la veneración, del fundamento en último término religioso de Magisterio y discipulazgo, en la era de la irreverencia que es la nuestra, con la exaltación de los impresentables “famosos” de los programas de telebasura y la correspondiente idea del sabio que roza lo risible. Con todo, se impone la esperanza. «Las “lecciones de los Maestros” ¿pueden, deben sobrevivir al embate de la marea? Yo creo que lo harán, aunque sea de una forma imprevisible. Creo que es preciso que así sea. La libido sciendi, el deseo de conocimiento, el ansia de comprender, está grabada en los mejores hombres y mujeres. También lo está la vocación de enseñar. No hay oficio más privilegiado» (p. 172-173).
Bastará este catálogo incompleto de su contenido para apreciar la importancia del libro, genuinamente antitético de tanta nadería como se publica. Añádase la brillantez de un estilo a la altura de una inteligencia tan afilada como poderosa y un pensamiento solvente y radical, que va a la raíz, en lo hondo, de las cuestiones, y se tendrá una idea de la calidad, en verdad extraordinaria, de un libro cuyos lectores se han de sentir, con razón, privilegiados.
Sobre el arte de leer es un libro breve (basado en una conferencia) acerca de un empeño inmenso. Hacen falta unas orientaciones que funcionan como brújula. Luri las da en su libro. He simultaneado su lectura con el exuberante volumen de Terry Eagleton Cómo leer literatura, mucho más frondoso. Me han divertido por igual, pero sobre el arte de leer se aprende más en Sobre el arte de leer.

Y eso que Luri lo hace tan bonito como Eagleton. Para explicar qué es la literatura, recurre al ejemplo de Mark Twain y se marca este breve aforismo que es una imagen caudalosa: «Hacer literatura es desviar el curso del Misisipi con tu mera pluma para hacerlo desembocar en la historia de las letras».
¿Por qué no leen los jóvenes? Para remediarlo -apunta Luri- tienen que sentirse interpelados por la narración
Para empezar, Gregorio Luri hace una defensa del libro de papel. Ni engolada ni nostálgica. Se trata sencillamente de un invento insuperable, «como la rueda o el bacalao al pil-pil» (Luri dixit) y está científicamente medido que captamos mucho mejor lo que leemos en el libro de papel; y todavía más cuando son textos más extensos.
Entrando en materia, hay una crítica breve, como una daga, contra «la imposición buenista de una literatura que tiene más prisa por cambiar el mundo que por comprenderlo» y que, por tanto «no nos ofrece buena literatura sino buenas intenciones fáciles de leer». Es una cuestión esencial, casi el eje del libro, porque, cuando Gregorio Luri se pregunta por qué no leen los jóvenes y qué podríamos hacer para remediarlo, explica que tienen que sentirse interpelados por la narración. Lo que se consigue a través del «De te fabula narratur» horaciano de toda la vida. Lo malo es que cuando una literatura está más preocupada en sermonearte o en adornar clichés, tabús y tópicos que en arremangarse con la realidad se produce una desconexión irremediable. El lector no puede reflejarse en un espejo de nieblas.
La importancia de la realidad reaparece constantemente, de ida y vuelta. «El buen lector distingue entre la estructura profunda y la estructura superficial», siendo la profunda la realidad a la que el texto hace referencia. Los vacíos fácticos de un lector, si superan el 20%, hacen imposible una lectura con conocimiento de causa. Esta condición previa se puede comprobar con los resultados de curiosas investigaciones: un lector mediocre, pero aficionado al béisbol, entiende mucho mejor una crónica deportiva que un avezado lector ignorante del deporte. Así, los textos sobre el trabajo de la madera los entendían mucho mejor los hijos de los carpinteros; y eso llevó, como recuerda Luri, al pedagogo Pestalozzi a exponer esta intención: «Hemos de educar a los niños como si sus padres fueran científicos». Gregorio Luri no deja pasar la ocasión de corregir el tiro y propone: «Hemos de educarlos para que sean ciudadanos libres de la república de las letras».
En esta frase se palpa la íntima conexión entre todos los muy amplios y diversos campos de interés de Gregorio Luri, desde la pedagogía, pasando por El deber moral de ser inteligente, hasta las implicaciones políticas de La imaginación conservadora. La necesidad que tienen niños de aprender a leer rápido en la escuela para estar en condiciones de practicar la lectura lenta en la universidad no es un mero cambio de velocidades. El avance de la sociedad se juega en esos ritmos.
La gran conversación
También Gregorio Luri parte del soneto de Francisco de Quevedo «Retirado en la paz de estos desiertos» para explicar que leer es vivir en conversación con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos. Y no sólo con ellos: Platón pensaba que el pensamiento es el diálogo del alma consigo misma. Sólo que para hablar con uno mismo, hace falta llegar acostumbrado al trato con los grandes del pasado.
El libro culmina, pues, con una invitación a leer a los clásicos y a hacerlo con tanta confianza como reverencia. Luri aplaude a aquel obispo que a uno que llamaba «Pablo» a San Pablo le sugirió: «Podías al menos haberlo llamado don Pablo». Los clásicos, «si se han vuelto difíciles, no es por su culpa». Tenemos que exigirnos a nosotros y, luego, a los demás, como decía un profesor de piano a un alumno descuidado, para disculparse por su nivel de severidad: «¿Quién si no va a defender a Mozart de lo que le haces?»
Gregorio Luri retoma la imagen de que, leyendo a los clásicos, somos enanos a hombros de gigantes; y remonta las fuentes de esa idea. Lo interesante es que sube hasta al mito griego del gigante Orión que llevaba de lazarillo a Cedalión. De ahí se desprende una inesperada exigencia. Ya no es sólo que nosotros gocemos de mejores vistas aupados confortablemente en los mullidos hombres de los más grandes. También es que ellos, ciegos, no ven el presente sin nosotros y, por tanto, no pueden andar con paso firme hacia el futuro. Hay aquí, implícita, de nuevo, otra exigencia conservadora a lo Edmund Burke: los enanos del presente ayudamos a que los gigantes del pasado lleguen a las tierras del futuro sin mayores tropiezos. La gran conversación tiene todavía muchos interlocutores a los que alcanzar, pues se establece entre los que fueron, los que somos y los que serán.
De paso, entendemos, en una última iluminación, por qué un libro en principio enfocado a iluminar los inicios del arte de leer en la infancia nos ha podido interesar tanto. Sin lugar a dudas, para entrar en el reino de la lectura también tenemos que hacernos como niños, esto es, como enanos en el sentido coloquial de la palabra. Es una condición milenaria para auparnos a los hombres de los gigantes.
El dinero es un bien instrumental muy importante, pero no uno fundamental, como la vida o la verdad. Puede ayudar a construir negocios que crezcan y den empleo. Pero cabe también subordinar los bienes fundamentales al enriquecimiento. La envidia, la codicia y la avaricia, no el dinero en sí, son el problema en ese caso. Samuel Gregg defiende en Dios y el dinero que cualquier persona puede armonizar el fin supremo con la búsqueda de lucro si el dinero se entiende como bien instrumental; y también muestra que es mucho el potencial de las finanzas para que la sociedad mejore.
Samuel Gregg: Dios y el dinero. El mundo financiero al servicio del bien común. Epalsa, 2018, 292 páginas, traducción de David Cerdá García. (Título original: For God and Profit. How Banking and Finance Can Serve the Common Good. The Crossroad Publishing Company, 2016).

Gregg, australiano, doctor en Filosofía por la Universidad de Oxford y ahora director de investigación del Acton Institute, ha estudiado a fondo la historia del dinero. Ha leído y cita a los pioneros españoles en este campo, como Luis de Molina (1535-1600), Martín de Azpilcueta (1492-1586) y Domingo de Soto (1494-1560). Señala, pues, Gregg que ya desde el siglo XI domina la convicción de que la banca y las finanzas son empeños económicos útiles, que contribuyen a desplegar el potencial del universo. A la retórica de algunos a propósito del dinero y de las finanzas le sobra indignación y le falta conocimiento, concluye. Ese vacío es el que llena con su libro.
El cómo de la creación de riqueza apenas había sido explorado por los filósofos griegos o los abogados romanos. Pese al atisbo de pensamiento económico presente en Aristóteles, el saber imperante venía a decir que uno solo puede hacerse rico a expensas de la pobreza de otros, porque la suma total de riqueza en el mundo es más o menos fija (la economía de suma cero). Por la misma regla lógica se llegaba a la conclusión de que si no había suficiente riqueza disponible, era porque alguien con más de lo que necesitaba se negaba a compartirlo. No se entendía cómo se formaba el capital y cómo la inversión facilitaba la división del trabajo para lograr que se incrementase la suma total de riqueza (p. 65).
San Bernardino de Siena (1380-1444) fue uno de los primeros que entendió qué es el capital. «El dinero -proclamó- no solo tiene carácter dinerario, sino que más allá de esto tiene un carácter productivo que solemos llamar capital» (p. 69). A la altura del siglo XIII había surgido la contabilidad. El dinero permitía medir lo que poseía trascendencia económica (p. 76). Muchos teólogos escolásticos vieron que un lucro cesante puede ser una pérdida real cuando se vive en una economía en la que las oportunidades para ganar dinero son parte del día a día (p. 96). El riesgo, el trabajo y los costes proporcionaban una base para que se considerase justo recibir de vuelta el principal entregado más los intereses (p. 99).
En su Comentario resolutorio de usuras (1556), Martín de Azpilcueta expuso la que puede considerarse una de las primeras teorías cuantitativas del dinero: la cantidad de dinero circulando en una economía afectaba a los precios (p. 104). Eso significaba que no había objeción alguna, en principio, a la especulación con el dinero (p. 105). Especulación: no engaño o mentira (p. 106).
A finales del siglo XV ya existían casi todos los fenómenos que hoy asociamos al vago término de «capitalismo», como las grandes empresas, la compra-venta de acciones y bienes y las «altas finanzas» (p. 83).
Jean Bodin (1530-1596) apuntó el derecho a acuñar moneda como el elemento clave de la soberanía de un Estado (p. 114). A la vez, los escolásticos debatían sobre si los gobiernos debían exigir a los bancos que mantuviesen un cien por cien de reservas. Es decir: que los bancos no pudieran negociar con los depósitos a la vista ni con las cuentas corrientes, que en realidad no eran de ellos sino de los depositantes y de los cuentacorrentistas. Se temía, y ya ocurría, que los gobiernos abusaran de sus poderes en esta área (p. 116). No era solo que con ello el Estado distorsionaba el funcionamiento de los precios; el dinero bajo sospecha también minaba la confianza indispensable en cualquier mercado (p. 117).
Entonces la «estabilidad monetaria» tenía dos significados. Uno era la estabilidad de la integridad física (principalmente oro, plata y cobre) de las monedas a lo largo del tiempo. El segundo concernía a la estabilidad del poder adquisitivo de la unidad monetaria. Tomás de Aquino fue uno de los primeros que trató la estabilidad monetaria en este segundo sentido. Y lo hizo no como algo que suceda automáticamente. Había que optar por la estabilidad monetaria y realizarla, como un objetivo (p. 118).
Porque resulta que quienes más corrompían la moneda no eran los individuos o los negocios, sino los Estados (en este caso, los medievales y modernos, pero la tradición continúa hasta el día de hoy). Cada vez les costaba más vivir con sus propios medios: impuestos justos y justificados. El derecho exclusivo estatal de acuñar moneda propició que el dinero experimentara subidas y bajadas en función de si el rey era acreedor o deudor (p. 120). Mariana fue testigo de al menos cinco quiebras oficiales del Estado español (1557, 1560, 1575, 1596 y 1607), ninguna de las cuales fue evitada por las sucesivas devaluaciones monetarias emprendidas por el rey Felipe II y su sucesor, Felipe III (pp. 124-125). “Mariana vio la devaluación financiera como algo que beneficiaba al gobierno a expensas del pueblo… En vez de devaluar el dinero, Mariana sugería que el orden fiscal podía restaurarse disminuyendo los gastos de la corte y pidiendo cuentas a los ministros y a los funcionarios reales por lo que gastaban” (pp. 125-126).
La devaluación no era la única vía que los gobiernos escogían para afrontar sus desafíos financieros. Aparecieron lo que hoy llamaríamos bonos y mercados de bonos (p. 130). En el siglo XIII, la república de Venecia promulgó un decreto que permitía al gobierno gastar hasta tres mil liras al mes para cubrir sus necesidades ordinarias (p. 130). Además, las monarquías (el Estado) se asociaron a los banqueros, que aspiraban a conseguir posiciones monopolísticas sobre lo que fuera. «El ejemplo más prominente fue el de la familia de banqueros Fugger, que se hizo con el control de todo lo extraído en las minas de cobre en Hungría y el Tirol a través del emperador Maximiliano” (p. 140).
[Extractamos a continuación las ideas que consideramos más importantes del resto de este ensayo. Los únicos añadidos son las negritas, los títulos y a veces pequeñas explicaciones entre corchetes. Al final, publicamos el índice del libro].
La propiedad común tiende a erosionar la virtud de la liberalidad, porque, como señalaba Domingo de Soto, «quienes no tienen nada no pueden conducirse con liberalidad» (p. 160). Mariana destacó los abusos asociados con la propiedad común: la gente gasta más cuando los fondos son comunes que cuando tiene que obtener las cosas con sus propios medios (p. 160).
“La especulación —sea en divisas, alimentos, otros productos básicos o lo que sea- puede, por ejemplo, contribuir a la relativa estabilidad de la vida económica, ayudando a calibrar la oferta y la demanda de muchos bienes más allá del corto plazo” (p. 190).
“Si hay demasiada liquidez en el sistema financiero, el resultado puede ser que se use demasiado dinero en especular sobre una serie de divisas y productos esenciales. Obsérvese, no obstante, una vez más, que el problema no es la especulación per se, sino el exceso de liquidez en los mercados financieros, con frecuencia cortesía de una política monetaria demasiado laxa, implementada por los bancos centrales” (p. 191).
“En última instancia los especuladores no son responsables de si una economía prospera o se hunde. […]. En muchos casos, los especuladores son usados como chivos expiatorios por parte de los gobiernos que no están dispuestos a admitir que fue su fracaso a la hora de afrontar profundos problemas económicos como la inflexibilidad del mercado laboral o la corrupción generalizada en sus sociedades, y sus errores, como adquirir una excesiva deuda o mantener unos tipos de interés demasiado bajos (o altos), los que constituyeron los factores críticos del declive económico” (pp. 194-195).
“Mucha gente en las finanzas comparte riesgos con las compañías de inversión en las que trabaja. La disposición a asumir riesgos ha sido reconocida hace mucho como una razón legítima para ganar más dinero que aquellos que no asumen tales riesgos” (pp. 210-211).
“Estas mismas personas también gestionan e invierten el capital de millones de personas; no solo los superricos, sino también los fondos de pensiones de las personas modestas y los pequeños ahorros de quienes deciden colocarlos en fondos de inversión” (p. 211).
“Sería mucho más provechoso, para tratar la cuestión retributiva —un tema que las propias compañías financieras quieren tratar desde hace mucho—, exigir a los agentes de mayor nivel y a los directores de las corporaciones financieras que se la jugaran también ellos” (p. 213).
“Mirando hacia atrás es difícil negar que los gobiernos y los reguladores contribuyeron a su manera al colapso financiero [la crisis a partir de 2007-2008]. Griffiths y otros autores han señalado la responsabilidad de aquellos políticos que legislaron para engatusar a los bancos para que concediesen las hipotecas subprime, de los responsables de los bancos centrales que mantuvieron los tipos de interés muy bajos y durante demasiado tiempo, de las agencias de calificación que pusieron notas altas a muchos depósitos que resultó que estaban compuestos a base de derivados sobre aquellas hipotecas, de los reguladores que fracasaron a la hora de detectar el peligroso crecimiento de los niveles de apalancamiento en el sistema, y también la responsabilidad de los ciudadanos corrientes que alegremente se endeudaron cuando en realidad no podían permitírselo” (pp. 216-217).
«No hay nada en la ética social cristiana que sugiera que el Estado deba disfrutar de un monopolio en cuanto a la oferta monetaria; tampoco hay nada en el cristianismo, sin embargo, que apunte a una prohibición de que los gobiernos establezcan dicho monopolio» (p. 221).
El riesgo moral [un término técnico de las finanzas: moral hazard, en inglés] “hoy en día describe un fenómeno que el Nobel de economía Paul Krugman concibe en términos de ‘cualquier situación en la que una persona toma la decisión de cuánto riesgo quiere asumir, mientras que es alguien distinto el que soporta los costes si las cosas se tuercen’” (p. 221).
“Esto es: los beneficios son privados, mientras que las pérdidas se socializan. Si sale cara, gano; si sale cruz, los contribuyentes pierden. Cuanto mayor sea la garantía que me ampara, mayor es la probabilidad de incurrir en riesgo moral” (p. 222). [Recuérdese de nuevo la crisis económica a partir de 2007-2008 y el dinero público inyectado a las cajas de ahorro].
“La propia existencia de un prestamista de última instancia induce a los actores financieros privados a pensar que ‘son tan grandes que no se los dejará caer’. De hecho, si cuentan con la suficiente presencia en un sistema financiero dado, tienen razones para asumir que el banco central les proveerá de la liquidez necesaria si una empresa fallida amenaza su solvencia, sin importar lo necia e irresponsablemente que se hayan comportado. El resultado es que dichos actores financieros caerán en la complacencia y correrán riesgos cada vez más irresponsables” (p. 222).
“Hay algo esencialmente perverso en permitir que quienes viven de las finanzas sean capitalistas en los buenos tiempos y socialistas en los malos” (p. 230).
[Los graves desajustes anotados en los últimos cuatro párrafos se solucionarían, en opinión de economistas como Jesús Huerta de Soto, si los bancos estuvieran obligados a un coeficiente de caja del cien por cien. Es decir, si no negociaran con ninguna parte de los depósitos a la vista ni de las cuentas corrientes de los clientes, algo que permiten los mismos bancos centrales. Estos, a su vez, contribuyen a la perversión del sistema por la connivencia con los que gobiernan, financiando los gastos de un Estado cada vez más mastodóntico con la simple técnica de crear dinero de la nada, por ejemplo, comprando los bonos que emite el Estado. Huerta de Soto profundiza en la senda abierta por Ludwig von Mises, Friedrich August von Hayek y Murray Rothbard, entre otros (la llamada Escuela Austriaca de Economía), para llegar a esa conclusión].
“Intervenir el sistema financiero para salvarlo es una cosa. Es otra muy distinta intervenir porque un banco en dificultades goza de buenas conexiones políticas. Lo último es más bien una muestra de lo que suele llamarse ‘capitalismo de amiguetes’” (p. 230).
“El capitalismo de amiguetes conlleva que hay gente con la suficiente habilidad para enredar al poder gubernamental para que juegue a su favor en vez de dedicarse a crear, mejorar y ofrecer productos y servicios a precios competitivos” (p. 230).
“El capitalismo de amiguetes ciertamente constituye una forma de redistribución, pero de un tipo absolutamente injusto: alejado de los contribuyentes, los consumidores y las empresas consagradas en crear riqueza, y orientado hacia los más organizados, poderosos y políticamente bien relacionados” (p. 230).
“Al escribir en el siglo XX sobre la ética del dinero, Johannes Messner (1891-1984) aducía que, desde el punto de vista de la ética cristiana y la ley natural, ‘mantener la estabilidad del valor del dinero es la obligación fundamental de la justicia’” (p. 242).
“La estabilidad monetaria puede medirse de tres modos. Uno es el valor relativo de una moneda frente a otras monedas (el tipo de cambio). Un segundo es el coste de oportunidad asociado con el volumen de dinero que probablemente estará disponible en un futuro (el tipo de interés). El tercero es el poder adquisitivo (la tasa de inflación).” (p. 242).
“La inestabilidad monetaria puede adoptar una variedad de formas. Los precios pueden, por ejemplo, dejar de ser estables (por ejemplo, cuando la inflación se dispara). Los tipos de cambio inestables pueden alterar dramáticamente la ventaja competitiva de las empresas que operan en diferentes países, además, de modos que no tienen nada que ver con los niveles reales de competitividad de las empresas” (p. 242).
“Si aceptamos que estas funciones esenciales las cubre el dinero, hay poderosas razones para tratar de asegurar que el valor del dinero se mantenga a un nivel estable durante prolongados períodos de tiempo. En la medida en que sea posible, la oferta y la demanda del dinero no deben quedar desconectadas u operar separadamente de la oferta y demanda real de productos y servicios (los que los economistas denominan ‘verdaderos’ precios relativos). Esto, a su vez, se traduce en el tipo de política monetaria que, primero, trata de prevenir que se perviertan las funciones del dinero por culpa de las turbulencias que emanen de la propia oferta monetaria, y, segundo, trata de prevenir que la propia oferta de dinero provoque cambios en la producción y distribución de bienes y servicios” (p. 243).
“Más allá del asunto de la inflación, los gobiernos pueden dirigir sus políticas monetarias de maneras que dañen profundamente el bien común. El recurso excesivo a la política monetaria para estimular la economía, en detrimento de solucionar problemas económicos más profundos e intrincados que resulta más impopular abordar, puede traducirse en que el gobierno no afronte sus responsabilidades respecto al bien común” (p. 246).
“Como el economista y estudioso de la doctrina social cristiana Jörg Guido Hülsmann sostiene, cuando un banco central inyecta demasiada liquidez en el sistema, ‘el dinero adicional presente beneficia a los primeros poseedores por delante del resto de quienes tienen dinero.’” (p. 247).
“Sin finanzas y sin quienes dominan la ingeniería financiera, nos enfrentamos a un panorama de economías de mera subsistencia y a la reducción dramática de las oportunidades para que el ser humano se realice […]. También viviríamos en sociedades en las que las mismas personas en riesgo de exclusión tendrían unas perspectivas aún peores de escapar de la pobreza, mientras que los más adinerados también tendrían menos recursos económicos con los que ayudar a los demás” (p. 265).
“Otro asunto con el que los actores financieros han de habérselas al preocuparse por los pobres es cómo ayudar a aquellos cuya pobreza no es material, sino moral y espiritual, como las personas que solicitan créditos para alimentar una adicción al juego” (p. 276).
“Puede que el cliente necesite un psicólogo o un pastor, en vez de un banquero” (p. 276).
“La disposición de tantos particulares y gobiernos a solicitar semejante cantidad de deuda podía significar que ‘estamos viviendo a expensas de las generaciones futuras.’ [palabras de Benedicto XVI]. Si eso es cierto, entonces dicho endeudamiento constituye una violación descarada de la solidaridad intergeneracional. Y lo que es más importante, Benedicto XVI apuntó que el recurso a la deuda solía ser síntoma de problemas mayores y más profundos, un signo de que, en definitiva, la gente ‘vive en la falsedad’” (pp. 277-278).
“No atender el pago de los intereses o no devolver el principal de un préstamo daña la credibilidad crediticia de un país del mismo modo que la hace en una persona” (p. 281).
“Es inmoral ofrecer un préstamo a alguien que no tiene la posibilidad razonable —y a veces ni la intención— de devolverlo” (p. 282).
“El capital no fluirá a estos países [pobres] en cantidad suficiente a largo plazo si estos no cuentan con las adecuadas estructuras institucionales, las más importantes de las cuales son cierta estabilidad monetaria (en sentido completo), el imperio de la ley y la protección de los derechos de propiedad” (p. 282).
“Sería erróneo describir a Adam Smith como cristiano. Con todo, él supo reconocer que virtudes como cumplir las promesas, la moderación, la sobriedad, la honradez, y la humildad eran indispensables para que las economías modernas siguieran funcionando” (p. 286).
Smith opinaba que el “emergente mundo comercial tenía que complementar la prudencia con la virtud de la magnanimidad [búsqueda de bienes que van más allá de la ganancia inmediata, que necesitan gasto e inversión] (p. 286)“.
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Samuel Gregg: Dios y el dinero. El mundo financiero al servicio del bien común. Epalsa, 2018, 292 páginas, traducción de David Cerdá García. (Título original: For God and Profit. How Banking and Finance Can Serve the Common Good. The Crossroad Publishing Company, 2016).
Índice
1. Introducción
—Saber antes de juzgar.
—Fe, moral, dinero.
—Renovar una tradición.
—Lo que queda por hacer.
—Algunas advertencias.
—Volver hacia atrás para después ir hacia delante.
Parte I. HISTORIA
2. Detestable para Dios y para el hombre
—Tiempo de escándalos.
—Los helenos, los latinos y el dinero.
—Los israelitas y los pobres.
—El cristianismo anterior al Medievo, el dinero y los intereses.
—Economías de suma cero.
—Un nuevo mundo económico.
—Lecturas complementarias.
3. La revolución financiera
—Del estancamiento al crecimiento.
—Las finanzas y la nueva economía.
—La institucionalización del capital.
—La era no tan oscura.
—De vuelta a Aristóteles (y a Roma).
—Tiempo de Dios, mi tiempo.
—Trabajo, creatividad y dinero.
—Participación e inversión en una sociedad que crece.
—Razones legítimas para el cobro de intereses.
—Expandiendo el riesgo.
—Mercados de dinero y especulación.
—Hacia la justificación completa del interés.
—Tradición e innovación.
—Lecturas complementarias.
4. Al César lo que es del César
—Medida y estabilidad.
—El Estado y la devaluación.
—La devaluación como injusticia económica.
—Dinero, poder y tiranía.
—Deuda, bonos y finanzas públicas.
—Banqueros y príncipes.
—Contra los monopolios.
—Una parte de la viña no cultivada.
—Lecturas complementarias.
Parte II. TEORÍA
5. Libertad, prosperidad y justicia
—Hacer el bien, evitar el mal y la realización humana.
—Sociabilidad y bien común.
—Bienes materiales: uso común y propiedad privada.
—Plusvalía y bienes materiales esenciales.
—La legitimidad última de las finanzas.
—Entender bien la justicia.
—De la teoría a la práctica.
—Lecturas complementarias.
Parte III. PRÁCTICA
6. Entender el capital, civilizar el capital
—Los especuladores y la especulación.
—Los especuladores y “la economía real”.
—Especulación, monedas y crisis financieras.
—El corto y el largo plazo: ¿está el sector financiero desconectado?
—La cuestión del conocimiento.
—Remuneraciones justas e injustas.
—Premios, justicia e igualdad.
—Finanzas, regulación y Estado.
—Lecturas complementarias.
7. El bien común, el Estado y las finanzas públicas
—Los préstamos arriesgados: evadiendo responsabilidades.
—Rescatar o no rescatar (he ahí la cuestión).
—La regulación y sus límites.
—Regulación y virtud.
—Bancos centrales y estabilidad monetaria.
—Política monetaria, pobres y ricos.
—¿Un Banco Central Mundial?
—Humildad y un llamado más elevado.
—Lecturas complementarias.
8. Las finanzas como vocatio, las finanzas como magnificentia
—Entender la vocatio.
—Hacer que el dinero sea bueno.
—Construir confianza, poner precio al riesgo, propiciar oportunidades.
—Hacer que el capital crezca.
—El crédito, los pobres y el amor a nuestros semejantes.
—La deuda y el mundo en vías de desarrollo.
—La codicia, la virtud y la vida en Cristo.
Agradecimientos.