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Un plan de reformas para que la universidad responda a las necesidades de la sociedad

Catedrático de Economía Aplicada y experto en Economía de la Educación, Juan Vázquez ha sido rector de la Universidad de Oviedo y presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades de España (CRUE). El pasado 27 de enero presentó una ponencia en la primera sesión del seminario Los futuros de la Universidad, organizado por Nueva Revista, y dirigido por Rafael Puyol, presidente de UNIR.

Comenzó Juan Vázquez su intervención refiriéndose a las tendencias universitarias globales, entre las que destacó el crecimiento de la demanda, con un carácter transnacional; una competencia abierta y global; la irrupción del componente online y una mayor eficiencia en organización, financiación y gestión. Todo ello significa “una universidad menos homogénea y más diversa” que se enfrenta a nuevos y decisivos retos.

Para afrontarlos son necesarias reformas, dejando bien claro que éstas deben consistir en “crear usos nuevos, no en repetir los antiguos”, como decía Ortega y Gasset. En este sentido, Vázquez esbozó una agenda de tareas para las universidades española.

En primer lugar, “adaptar las enseñanzas a las necesidades sociales”. Eso pasa por “adecentar lo que tenemos” ya que “contamos con un número excesivo de titulaciones y algunas con poca demanda”. El portfolio de titulaciones se queda obsoleto y “deberíamos responder con mucha más agilidad y flexibilidad a los cambios de cualificación y a lo que la sociedad está pidiendo”.

Subrayó que sin dejar de estimular la oferta es necesario centrarse en la captación de la demanda, atreviéndose “a imaginar nuevas titulaciones”, e incorporando materias transversales en habilidades y herramientas computacionales.  

Respecto al cómo se enseña, Vázquez defiende “una dignificación de la docencia”, aproximándose a los nuevos perfiles de alumnos y avanzando en el aprendizaje personalizado. También sugiere cambios en los sistemas de evaluación y acreditación del profesorado, reforzando los aspectos académicos por encima de los formales; así como otros proyectos para mejorar el estatus docente, con nuevas figuras de contratación para atraer talento y un plan de rejuvenecimiento de las plantillas.

Investigación: más recursos, menos burocracia y mayor vinculación al sistema productivo

Dar mayor valor a la investigación es otro de los retos pendientes, para afrontarlo son precisos “más recursos, menos burocracia y mayor vinculación al sistema productivo”. Es necesario, además, mejorar la inserción laboral de los egresados. “Si la Universidad abandona a sus graduados, los estudiantes abandonarán a su universidad” señaló. En ese sentido propuso políticas de orientación de la demanda, para potenciar, por ejemplo, las ingenierías y la informática.

 

Juan Vázquez.

Otra línea de reformas es la de “la universidad sin fronteras”, promoviendo la movilidad de estudiantes y profesores; así como la adaptación a los nuevos soportes digitales.

Decisivo reto es, asímismo, el de eficiencia. El exrector de Oviedo propone una financiación “mayor, mejor, distinta y diversificada”; y acompasar la suficiencia financiera con la equidad. Indicó que hay que decidir si optamos por un modelo americano o nórdico, es decir, “si apoyamos la financiación en la aportación privada o en el soporte de los presupuestos. Porque zigzaguear, entre uno y otro no nos lleva a ninguna parte”.

Señala que no es partidario de reducir los precios de las matriculas, “porque afecta a la suficiencia y a la equidad”; y que la alternativa es “dotar mejor los sistemas de becas y reflexionar por qué no funcionan en España los sistemas de préstamos”.

Más recursos, más talentos y gobernanza profesional

A la hora de concretar la gestión del cambio, el profesor Vázquez subrayó la necesidad de hacer más eficaz la gobernanza universitaria, comenzando por la figura del rector, que “debe ser seleccionado”, y siguiendo por la reforma de los consejos sociales.

Lanzó, para terminar, la pregunta de ¿por qué el mayor éxito estriba en esquivar las regulaciones universitarias?, y recordó que las universidades de más prestigio se caracterizan por reunir “concentración y atracción de talento, abundancia de recursos y financiación y una gobernanza ágil y profesional”.

Asistieron a esta primera sesión del seminario Los futuros de la Universidad, José Manuel Pingarrrón, secretario general de Universidades; Alfonso González Hermoso de Mendoza, viceconsejero de Ciencia, Universidad e Innovación de la Comunidad de Madrid; y Luis Delgado, del Servicio Español para la Internacionalización de la Educación (SEPIE), además de un grupo de profesores de UNIR.

El seminario Los futuros de la Universidad, que se prolongará hasta julio, contará en próximas sesiones con las ponencias de otros seis ex presidentes de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), finalizando con el actual, José Carlos Gómez Villamandos.

En el vídeo, se puede ver la intervención del profesor Juan Vázquez.

 

La renta básica universal como alternativa a la política social actual de ayudas

José Antonio Noguera es profesor de Sociología en la Universidad Autónoma de Barcelona y uno de los mayores especialistas españoles en el tema de la renta básica universal. El pasado 20 de enero presentó el estado de la cuestión, «Renta básica y desigualdad», en el marco del seminario sobre «Justicia social» organizado por Nueva Revista, que dirige el profesor Antonio Argandoña. La renta básica universal es una propuesta alternativa al sistema de seguridad social actual: todos los residentes de un país recibirían regularmente una suma de dinero sin condiciones, aunque no quisieran trabajar, independientemente de que fueran ricos o pobres.

Estas fueron las palabras iniciales de José Antonio Noguera:

La renta básica está de actualidad. Hace veinte años éramos muy pocos los que sabíamos en qué consistía y muy pocos los que nos dedicábamos a estudiar la propuesta con un mínimo de profundidad; hoy día vemos que se ha convertido en un tema central dentro de la agenda pública en políticas sociales.

¿Cuál es la justificación de la idea de renta básica universal desde el punto de vista de la lucha contra la desigualdad?

Distinguiré tres conceptos de igualdad y veremos cómo la renta básica puede ser una propuesta para luchar contra la desigualdad. Luego bajaré un poco más a la tierra, e intentaré enfocar el tema desde el punto de vista que yo más conozco, la política social. Veremos cómo la renta básica puede ser una propuesta que nos dé ideas para resolver o para poner en vías de solución algunos déficits y algunos de los problemas que las políticas sociales de renta tradicionales no resuelven.

Dentro de la filosofía política contemporánea hay tres interpretaciones muy claras de la igualdad, pero con implicaciones muy distintas. La primera es la que podríamos llamar la de la igualdad estricta, es decir, la concepción de que la igualdad por sí misma es un valor prioritario frente a todos los demás. Este concepto de igualdad es quizá el menos fino, y el que más objeciones justificadas ha recibido, entre las cuales las más conocidas quizá sean la de Hayek y la de Parfit, resumida en la objeción de «la nivelación hacia abajo».  Si la igualdad es el objetivo fundamental en sí mismo, entonces deberíamos preferir, eso dice la objeción, una situación en la que todos dispongamos de una igual dotación de recursos aunque tengamos muchos menos recursos en términos absolutos; deberíamos preferir esa situación a otra en la cual tenemos un mínimo nivel de desigualdad pero todos estamos mejor en términos absolutos. Como esto es bastante contraintuitivo y absurdo, esta es una objeción, yo creo, decisiva contra cualquier concepción muy estricta o muy rígida de la igualdad. Esto estaría también relacionado con la justificación paretiana de la desigualdad, es decir: no podemos sacrificar a toda costa la eficiencia en virtud de la igualdad.

Pero existen otros dos conceptos de igualdad que son los que más tradicionalmente y más habitualmente han defendido las tradiciones igualitaristas en filosofía política. El primero es el concepto de igualdad como prioridad para los más desfavorecidos, o también llamado prioritarismo, que se ve sobre todo recogido en el famoso principio de diferencia de Rawls, uno de los mayores filósofos políticos del siglo XX. Básicamente consiste en apoyar la maximización de aquello que tienen los más desfavorecidos de una sociedad. Evidentemente esto es compatible con niveles amplios de desigualdad de recursos y de riqueza. Pero esa desigualdad está justificada, según Rawls, únicamente si sirve para maximizar la dotación de recursos de aquellos que tienen menos, que están peor. Este es uno de los conceptos más habituales del igualitarismo contemporáneo.

[La conferencia completa se puede seguir en el vídeo que insertamos a continuación; en ella Noguera defiende que la renta básica universal es justificable con la concepción de igualdad de Rawls.

Noguera reflexiona sobre la incapacidad de los sistemas contributivos tradicionales para cubrir a la creciente población con vínculo débil e inestable con el mercado del trabajo, sobre los déficits de cobertura de los sistemas no contributivos y sobre la debilidad redistributiva de los actuales sistema de protección social. Trata también de las rentas mínimas de inserción y del fracaso de las medidas de activación laboral, además de las enormes desigualdades entre las diversas comunidades autónomas.

Muestra Noguera con datos que es un mito atribuir «vagancia» a los receptores de ayudas. Y formula los poblemas de una posible renta garantizada en España: la integración con las actuales prestaciones por desempleo y pensiones no contributivas; la integración con las rentas mínimas autómicas, la individualización, la condición de residencia y los incentivos a activación voluntaria.

Los problemas de la renta básica universal que habría que seguir de cerca si se introdujeran, serían: efectos sobre la oferta de trabajo, la financiación (aumentando muchos los impuestos a las clases medias y altas), la implementación y la viabilidad política.

Sobre la viabilidad política de la renta básica universal: hay un apoyo político marginal y solo «de boquilla» en algunos casos, y en concreto en España ningún partido político la lleva en su programa. Como experimento real y funcionando, está viva solo en Alaska.

Finalmente, Noguera propuso cuatro pasos intermedios para avanzar hacia la renta universal: convertir las rentas mínimas de inserción en una renta garantizada; prestación universal por hijo a cargo; pensión básica universal para mayores de 65 años y crédito fiscal uniforme reintegrable para todos los trabajadores hasta un tope de ingresos (administrado como impuesto negativo).]

El libro profético de Bernanos sobre la técnica y las nuevas dictaduras

En el tenso periodo de entreguerras, el debate sobre la técnica recorría toda Occidente. En América, los felices años 20 insuflaban un optimismo sin límites que se truncaría un aciago mes de octubre con el crack del 29. Europa buscaba rehacerse tras la caída de los imperios, la llegada del comunismo y el nacimiento de una miríada de pequeñas naciones. Las heridas de la I Guerra Mundial permanecían sin cicatrizar, dando el tono a lo que iba a ser el siglo XX. La muerte del hombre a manos de la máquina dividía a los intelectuales entre la fascinación y el temor.

«Francia contra los robots». Nuevo Inicio, 308 págs.

A principios de la década de los 30, Ernst Jünger, un joven escritor alemán y héroe de guerra, escribió un influyente ensayo titulado Der Arbeiter, que cautivaría años después al filósofo Martin Heidegger. En Der Arbeiter, Jünger describía la aparición de un nuevo tipo platónico: una figura humana revestida con el ropaje de la técnica a la que denominaría “el trabajador”, destinada a dominar el mundo de un modo titánico.

Sin embargo, apenas un lustro más tarde, influido por su hermano Friedrich Georg y por un íntimo amigo, el filósofo Hugo Fischer, Jünger renegaría de aquella lectura positiva. El trabajador podía estar llamado a doblegar el planeta, pero su víctima era el hombre: su humanidad y su nobleza.

Una civilización no se derrumba como un edificio –leemos–; sería mucho más exacto decir que se vacía poco a poco de su sustancia, hasta que no queda más que la corteza

Preñado de intuiciones proféticas, un conocido escritor francés, George Bernanos (1888-1948), llegaba a conclusiones similares. Su voz, su estilo, su formación y sus lealtades nada tenían que ver con Ernst Jünger, aunque ambos compartían un mismo gusto por la obra enigmática del místico Léon Bloy. Allí donde el alemán se escudaba en la frialdad y la distancia, el francés se lanzaba con ímpetu quijotesco a la denuncia de la modernidad. Bernanos era, indiscutiblemente, un hombre libre y, como tal, no temía ni a la pobreza ni a la verdad.

Quizá en ningún otro libro como en Francia contra los robots (editorial Nuevo Inicio) se pueden seguir con tanta intensidad los meandros de su pensamiento, la honda y dolorosa carga de su acusación contra el totalitarismo, al que percibe como inseparable de la lógica de la modernidad.  «Una civilización no se derrumba como un edificio –leemos–; sería mucho más exacto decir que se vacía poco a poco de su sustancia, hasta que no queda más que la corteza. Con más exactitud, podría decirse que una civilización desaparece con la clase de hombre, con el tipo de humanidad, que ha salido de ella».

En efecto, no es el triunfo de la barbarie totalitaria lo que preocupa a Bernanos –aunque sin duda el totalitarismo le repugna en lo más hondo–, sino la desaparición de la libertad humana bajo una u otra forma política: una libertad deudora del viejo cristianismo, profundamente encarnada en la historia y en los derechos concretos del ciudadano, real y concreta, no abstracta ni ideológica.

La libertad para Bernanos es el reino de la conciencia, del respeto escrupuloso al amor fraterno –como fuente moral del servicio auténtico y de la entrega–, del deber y la honra –como principios incluso superiores al derecho–. Porque nuestro autor intuía con toda claridad que la dinámica implícita en la modernidad (mayor eficiencia, sustitución del hombre por un número y del trabajo manual por la máquina) conducía de un modo u otro al Estado totalitario, aunque este se llamase a sí mismo democracia. Las viejas libertades que permitían viajar por el globo sin pasaporte, o no facilitar al gobierno las huellas dactilares, saltan por los aires cuando el poder político exige al ciudadano que se lo entregue todo –su conciencia incluso– a cambio de protección. No sin razones, Bernanos sitúa en la instauración del servicio militar obligatorio el inicio de los nuevos tiempos que conducirán a los males del sangriento siglo XX.

Fallecido en 1948, no pudo conocer los efectos de las nuevas tecnologías de la información sobre el mundo contemporáneo: el populismo que renace al amparo de las redes sociales, o del control constante que ejercen sobre nosotros los buscadores de Internet y los teléfonos móviles, o de la inquietante irrupción de la inteligencia artificial como verdadera inteligencia parahumana.

Nacimiento de una civilización inhumana

Bernanos no podía entonces vislumbrar nuestro mundo, aunque en Francia contra los robots se auguren los peligros que corremos y el tipo de hombre que emerge de las ruinas de la civilización. «Nosotros –escribió– no estamos asistiendo al final natural de una gran civilización humana, sino al nacimiento de una civilización inhumana que no puede establecerse más que gracias a una esterilización vasta, inmensa, universal de los grandes valores de la vida».

Y, frente a ello, lo único que queda es luchar individualmente, día a día, para no sucumbir a los dictados de la masa ni a su rencor o su tristeza. A pesar de mantener una visión excesivamente pesimista de los logros de la modernidad -que chirría con buena parte de nuestra experiencia-, algo hay de realmente profético en este libro.

El Plan Bolonia, a examen, veinte años después

El proceso de Bolonia, iniciado en 1999 con la Declaración firmada en esa ciudad por 29 países, tenía como objetivo establecer un Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). No se trataba sólo de facilitar la empleabilidad, la movilidad o el reconocimiento de los títulos universitarios en el contexto de la globalización, sino también de impulsar un cambio en la concepción de la enseñanza universitaria.

Como explica la autora, suponía el paso de “una idea de la educación centrada en la enseñanza, que enfatiza las condiciones del profesorado, la adquisición y transmisión de conocimientos, a una educación centrada en el aprendizaje, en el estudiante y su capacidad de aprender”. Bolonia pretendía así hacer frente a los retos profesionales de un mundo cambiante, que requería nuevas habilidades y competencias.

Bolonia, 20 años después, Ministerio de Educación y Formación Profesional, 512 págs.

La última palabra para materializar ese Espacio de Educación Superior la han tenido los gobiernos nacionales y sus respectivos parlamentos. De ahí el gran interés que tiene el trabajo de la profesora Palma, al analizar pormenorizadamente los debates parlamentarios de España que debían facilitar la implantación de los principios de Bolonia.

Montserrat Palma estudia los debates en el Congreso de los Diputados, celebrados entre 1999 y 2010, plazo establecido para la implantación de los acuerdos; y lo complementa con el análisis del debate parlamentario entre 2011 y 2019, así como las aportaciones de las cumbres ministeriales celebradas entre 2012 y 2018.

Lo hace a través de seis ejes, establecidos en la declaración de Bolonia: títulos comprensibles y comparables; estructura de titulaciones (dos ciclos); créditos ECTS; movilidad; garantía de la calidad y dimensión europea.

La investigación, que abarca dos décadas de debate parlamentario y diez declaraciones y comunicaciones, demuestra que el proceso para implantar los principios de Bolonia dista mucho de acabar, debido en parte a problemas estructurales de la universidad española, falta de recursos etc.

Los debates demuestran que el proceso es incuestionable y que su desarrollo está comenzando a transformar la enseñanza superior en España

Señala Montserrat Palma que se habló más de atribuciones que de competencias, de habilitación profesional que de acreditación académica y de calidad, de regulación profesional que de empleabilidad y desarrollo personal del alumno. Pero los debates también demuestran que el proceso es incuestionable y que su desarrollo está comenzando a transformar la enseñanza superior en España.

La autora une su condición de universitaria (profesora titular de Psicología de la Educación) a la de parlamentaria (ha desempeñado diversas funciones y responsabilidades como diputada, entre 1996 y 2011 en el ámbito de la universidad y la ciencia), lo que presupone un conocimiento profundo del tema abordado.

Subraya la profesora Palma en sus conclusiones de Bolonia, 20 años después, que la universidad se encuentra ante el reto no sólo de preparar profesionales y ciudadanos del futuro, sino “también de convertirse en institución líder de producción científica, transferencia de conocimiento e innovación”, y “centro de análisis y prospectiva de la sociedad”, cumpliendo así el papel de “conciencia crítica” de la misma que ha tenido secularmente la universidad.

Felipe González: “Voluntad e imaginación” para hacer frente a los cambios del desafío energético

Hace falta “voluntad, cabeza, imaginación y tecnología” para hacer frente a los cambios necesarios en las ciudades ante el desafío energético, ha dicho el expresidente del Gobierno, Felipe González, en una mesa redonda organizada por la Fundación que lleva su nombre sobre la rehabilitación energética de edificios antiguos para reducir las emisiones de CO2 y luchar contra el cambio climático.

El acto contó, además, con la presencia de Rocío Martínez-Sempere, directora de la Fundación Felipe González; Luis Salaya, alcalde de Cáceres; y Sara Pizzinato, experta en democratización de la energía.

El parque inmobiliario que se debería rehabilitar en España está en torno a los 10-15 millones de viviendas

Según la Agencia Internacional de la Energía, el 35% del consumo primario de energía deriva de los edificios. Singularmente los edificios antiguos, los más numerosos en todas las ciudades porque, al carecer de aislamiento, resultan muy caros de calentar, contaminan el aire y aceleran el cambio climático. En España se consideran edificios antiguos a los construidos con anterioridad a 2006, antes de la Ley 38/1999 de Ordenación de la Edificación y del Código Técnico de la Edificación. Eso significa que el parque inmobiliario que se debería rehabilitar está en torno a los 10-15 millones de viviendas.

Los asistentes a la mesa redonda de la Fundación Felipe González destacaron la importancia del Plan de Rehabilitación Energética de edificios, por su dimensión medioambiental, pero también social y económica. Según un estudio del Grupo de Trabajo en Rehabilitación 2012 se podrían crear 150.000 puestos de trabajo directos y estables hasta 2050, fecha en que se estima el fin del programa de rehabilitación.

 

Braunstein contra los nuevos pensadores: «La filosofía se ha vuelto loca»

Para el culto romántico al genio individual es una paradoja que los libros realmente singulares lo sean porque confluyen con otros, captan entre todos el espíritu de una época y contribuyen a la labor común de enfrentarse a su tiempo. La filosofía se ha vuelto loca (Ariel, 2019), del profesor de Filosofía Contemporánea de la Universidad de París Jean-François Braunstein, ha sido destacada en El País por Fernando Savater porque explora tres corrientes del pensamiento actual “peligrosamente populares: los delirios sobre el género, el animalismo y la eutanasia». Pero su alcance se comprende aún mejor si se pone en relación con The Madness of the Crows (Bloomsbury, 2019) de Douglas Murray y con No society. El fin de la clase media occidental (Taurus, 2019) de Christophe Guilluy.

Estamos ante un caso paradigmático de la hegemonía de la cultura como motor de las transformaciones sociales, como explicó Gramsci

Los tres ensayos giran alrededor de un mismo fenómeno, iluminándolo. En palabras de Douglas Murray, estamos ante «una nueva metafísica en nuestras sociedades, una nueva religión si se prefiere […] probablemente el empeño más audaz y abarcador desde el final de la Guerra Fría de crear una nueva ideología. […] Es un sistema que no sólo es imposible sino enloquecedor, y que hace demandas que son imposibles hacia fines que son inalcanzables». Braunstein se centra en las filosofías y los pensadores que han dado origen a estas corrientes de opinión. Murray estudia, en vez de las causas, las consecuencias («la locura de las masas»). Y Guilluy, por su parte, aunque se centra en otros fenómenos, detecta el incipiente cansancio de la gente ordinaria y atisba la reacción del sentido común. Todas las piezas del puzle encajan, y el panorama se expande.

La filosofía se ha vuelto loca. (Ariel), 312 págs.

Conviene empezar por el libro de Jean-François Braunstein por una cuestión de orden. Todo comenzó con las ideas que él analiza y que han ido calando más y más en la sociedad hasta el previsible hastío del que estos tres libros son un evidente anuncio; y tal vez un catalizador. Mientras tanto, estamos ante un caso paradigmático de la hegemonía de la cultura como motor de las transformaciones sociales, tal y como explicó Antonio Gramsci.

Braunstein desentraña esas ideas con un contundente aparato crítico, no sólo por la cantidad de citas y autores tratados, sino también por la finura de sus observaciones. Obsérvese la ironía: «Las cuestiones relativas al género, al derecho de los animales y a la eutanasia han cruzado el Atlántico y se han convertido en debates sociales, que supuestamente deben apasionarnos». Hay una oscilación entre la información rigurosa y la chispa epigramática, que aparece aquí y allá, como un aliviadero, cuando el autor, que trata de mostrarse siempre ecuánime, no puede más. Ese juego de tonos contribuye a una lectura dinámica, que va y viene de la información a la crítica, aunque sin confundir los planos.

Compensa así la hierática seriedad de los filósofos que estudia: «Todos ellos van totalmente en serio; su carencia absoluta de sentido del humor es incluso una de sus principales características». Y su mala prosa también levanta sospechas. Como observa Murray: «Una prosa tan mala sólo puede ocurrir cuando el autor nos quiere ocultar algo».

Fernando Savater: «[La filosofía] tiende a la genialidad en el mejor de los casos, pero al delirio en los peores»

Con todo, la pulsión epigramática de Braunstein no le distrae de subrayar la seriedad de lo que nos jugamos. Se trata de «proyectos aparentemente generosos que conducen a consecuencias absurdas, chocantes incluso». Este ensayo describe, fundamentalmente, «el paso de los buenos sentimientos a la abyección». Como remacha Savater: «[La filosofía] tiende a la genialidad en el mejor de los casos, pero al delirio en los peores». Braunstein estudia a John Money, Anne Fausto-Sterling, Judith Butler…, y muestra cómo van de lo grotesco a lo directamente desagradable. Sostiene un pulso particular con el filósofo australiano Peter Singer, del que subraya que «casi la mitad de su influyente tratado de ética, Ética práctica, está dedicado a la pregunta de si “se puede matar” a fetos, a niños, a ancianos, etc».

Se hace un clarividente análisis de las ideas de fondo que sostienen todas estas teorías: gnosis, rechazo a la realidad, ataque a la naturaleza, voluntarismo, nominalismo, nihilismo, odio a Occidente… Especialmente, «esta repugnancia del cuerpo […], una tendencia masiva del mundo contemporáneo», que explica extremos como la amputomanía, la zoofilia, la preferencia por la cremación, el transhumanismo o la concepción de que la biología es una ciencia «virilista» contra la que el feminismo debe reaccionar, empujando «hacia una descomposición generalizada de las fronteras».

Las consecuencias sociales —que detallará Douglas Murray— responden al previo desajuste teórico que denuncia Braunstein. No puede sorprendernos, cuando, como él dice, hasta «el simple hecho de esforzarse en dar una definición de cualquier concepto se considera a menudo hoy en día una actitud “reaccionaria”. Como bien observó Francis Wolf: “Nuestra época no gusta de definiciones. Toda pregunta “¿qué es?” le parece sospechosa de acarrear relentes esencialistas […]. La propia pregunta parece reaccionaria».

Aunque el papel y los mullidos sillones de las universidades prestigiosas lo aguantan todo, la realidad es mucho menos maleable. Por eso, los profesionales y especialistas que están en contacto con el mundo son los más refractarios a estos discursos teóricos que los medios de masas quieren expandir. Braunstein se hace fuerte en ese detalle: «Psiquiatras y psicoanalistas no son, en su inmensa mayoría, fervientes adeptos de la teoría de género; los juristas favorables al derecho de los animales son una ínfima minoría, y rarísimos los médicos que sostienen sin matices la legalización de la eutanasia. Todos ellos constatan ya los efectos muy negativos que produce una modificación radical de la definición de lo que es el hombre».

El principal ariete argumentativo del libro es la reductio ad absurdum. Los horrores que surgen al desarrollar, con el frenesí de una lógica insomne que ha perdido todo freno realista, hipótesis que, si no ciertas, parecían atractivas, populares y rebosantes de buenos sentimientos. Singer «no crea controversia porque adopte axiomas extravagantes, sino simplemente porque llega hasta las últimas consecuencias de axiomas ordinariamente aceptados». Así, el utilitarismo más común termina por llevar a preguntarnos, como ha propuesto John Harris, por qué no instaurar «La lotería de la supervivencia» que permita sacrificar a un sano para salvar, mediante trasplantes a dos, tres o cuatro enfermos. Los casos extremos se multiplican y Braunstein va dando implacablemente cuenta de ellos.

Hay una curiosa vacilación, sin embargo, a propósito del aborto. Peter Singer y otros pensadores sostienen que, ya que no hay salto genético entre el feto y el niño, urge autorizar, libres de una vez de prejuicios religiosos, el infanticidio eugenésico o el «postaborto» durante las primeras semanas. En este caso, Braunstein retrocede y no se atreve a reconocer —como ha venido haciendo a lo largo y ancho de todo el ensayo— que el mal está en el origen, esto es, en el aborto. Recurre entonces a una defensa por medio del escándalo biempensante, justo la que ha estado rechazando, con mejor filosofía, todo el tiempo. Es un leve desfallecimiento políticamente correcto.

Del que enseguida se recupera: «El principal error que cometen generistas, animalistas y demás bioéticos es creer que hay que borrar todas las variedades de fronteras. La humanidad solo se constituye a partir de la edificación de límites y de fronteras. Esas fronteras son las que hacen que la humanidad como tal exista». Nos resulta imprescindible el concepto de la dignidad humana (a pesar del triple escándalo que supone hoy por ser un «concepto», por hablar de «dignidad» y por presuponer la existencia de una naturaleza humana). El sueño de la dignidad termina provocando el insomnio de la razón y, en efecto, produce monstruos.

Mariolina Ceriotti Migliarese: «Masculino. Fuerza, eros, ternura»

Por primera vez en la historia de la humanidad, estamos viviendo un tiempo en el que, desde el punto de vista femenino, la masculinidad se encuentra bajo sospecha, desvalorizada, desacreditada. La razón de ello es, en gran medida, según afirma Mariolina Ceriotti Migliarese en «Masculino. Fuerza, eros, ternura»la incapacidad para comprender la diferencia que existe entre el hombre y la mujer, que lejos de ser perturbadora y distanciarnos, nos complementa y equilibra.

Mariolina Ceriotti Migliarese: "Masculino. Fuerza, eros, ternura"
Mariolina Ceriotti Migliarese: «Masculino. Fuerza, eros, ternura». Rialp, 2019

El respeto entre los sexos se ha perdido y resulta urgente que sea retomado, pero no desde el miedo, la subordinación o la prepotencia de un sexo sobre el otro, como ha sucedido con el masculino sobre el femenino en generaciones pasadas; sino desde «un auténtico respeto, dictado por la comprensión del valor de la diferencia, y por el aprecio a los dones específicos que el hombre puede aportar a la mujer en el mundo». Este es precisamente el principal objetivo del ensayo que ahora comentamos: devolver al hombre aquellos atributos del pasado que le hacían digno de respeto y valoración; y reconocerle nuevos atributos de la actualidad en una reinterpretación moderna de una masculinidad plena y complementaria de la mujer.

Lo positivo del sexo masculino

Para ello, la autora utilizará tanto la experiencia práctica adquirida tras años de ejercicio como psicoterapeuta de parejas, como sus profundos conocimientos científicos sobre la diferencia sexual entre hombre y mujer, derivados de su formación como neuropsiquiatra. Es una obra para comprender y aprender a apreciar de nuevo lo que hay de positivo en el sexo masculino, escrita desde la perspectiva femenina, con el deseo de estimular en las mujeres una mejor comprensión de la masculinidad y de su belleza, «tan distinta y siempre tan necesaria».

El respeto entre los sexos se ha perdido y resulta urgente que sea retomado, pero no desde el miedo, la subordinación o la prepotencia de un sexo sobre el otro

Un primer paso en el proceso de revalorización del hombre es evidentemente la necesidad de comprender la masculinidad, cuya adquisición es compleja y progresiva en el caso del varón; pues supone, en los momentos iniciales de la vida, un desgarro, una separación de la madre y de su feminidad, que le permita percibirse como ser autónomo y diferente. Hacerse hombre no es tarea sencilla, pues supone para el niño «la necesidad de fijar progresivamente unos límites psicofísicos en relación con la madre, porque la diferencia siempre incluye distancia y separación… El varón, para poder ser él mismo debe renunciar totalmente a la madre». En este proceso, el papel del padre es simplemente imprescindible, apoyando al hijo, dotándole de la seguridad necesaria, acompañándole en esta difícil transición hacia la hombría, «orgulloso de pasarle en herencia eso que solo él sabe, y no la madre, de masculinidad».

De la lectura de las primeras páginas, llegamos a la conclusión determinante de que el seno materno es íntimamente acogedor, pero a la vez es profundamente limitativo. La entrada del padre en esa unidad abre al hijo a la necesaria relación con el mundo que le va a permitir desarrollarse como persona de forma plena, fuera del influjo del regazo materno. En todas las culturas, la separación del hijo de la madre es un hecho esencial, un momento decisivo, no solo para la vida del hijo y de la propia madre, sino para la entera sociedad. Cuando no hay padre, cuando la función paterna no existe, la madre puede crear con el hijo una relación de pareja que se repliega sobre sí misma, un universo cerrado, una insana mutua interdependencia que perjudica el equilibrio psíquico de ambos: «Una dimensión fusional fascinante, pero regresiva y feminizante». Esta ilusión (de ser pareja), que Lacan define como «perversión primaria», es, como señala Recalcati, profundamente incestuosa porque borra la diferencia entre ambos (véase al respecto: M. Recalcati: ¿Qué queda del padre? La paternidad en la época de la hipermodernidad. Xoroi Edicions, 2015).

Por ello, podemos afirmar sin temor que el padre representa la libertad, tanto para el hijo como para la madre: libera al hijo de la excesiva dominación de su madre, corta el cordón umbilical y le ayuda a sentirse como un ser pleno y autónomo, lo que le ayudará a su vez a madurar y comprender su masculinidad diferenciándose del mundo estrictamente femenino-maternal. La diferencia de sexos encarnada por el padre juega un papel de revelación y confirmación de la identidad sexuada. La masculinidad no se puede aprender en los libros, es algo que los padres pasan a los hijos sin percibirlo apenas.

Distinguiendo entre agresividad y violencia

En este proceso hacia un mayor conocimiento de la masculinidad en el que nos sumerge la autora, tiene una destacable importancia el intento de comprender un atributo masculino esencial como es la agresividad. En su defensa, Ceriotti define la agresividad masculina como «una energía vital que encauzar…un movimiento interior de deseo autoafirmativo…una fuerza que apoya el cambio». Sin embargo, la realidad es que en la actualidad la agresividad masculina es una de las características de los varones más incomprendidas desde el punto de vista social y educativo. Es usual, sobre todo en entornos feminizados, como sucede en el ámbito educativo donde en las primeras etapas escolares la mayoría de los docentes son mujeres, confundir la agresividad (energía innata masculina para el logro de objetivos que debe ser encauzada debidamente), con la violencia (carácter destructivo que adquiere la agresividad cuando no es canalizada de manera adecuada). En este sentido, es oportuno traer a colación las palabras del escritor argentino Sergio Sinay: «Debemos tomar conciencia (una conciencia no culposa) de que la agresividad es parte de nuestro equipaje natural. Cuando nos aceptemos y seamos aceptados agresivos, dejaremos de ser destructivos. Con agresividad se construyen edificios y catedrales, se cruzan mares, se atraviesa el espacio, se exploran experiencias desconocidas. Con la violencia de hacen guerras, se somete al prójimo, se destruye el amor. La agresividad no da motivos de vergüenza. La violencia sí». Nuevamente, el papel del padre es esencial en este caso para lograr que la agresividad no se transforme en violencia; al padre corresponde construir las necesarias barreras destinadas a canalizar la agresividad o desviarla, mediante un proceso civilizador del que aquel progenitor es el principal protagonista.

La crisis de la figura del padre

Sin embargo, como señala Ceriotti, en los capítulos siguientes, la figura del padre se halla en una profunda crisis, sometida a una absoluta incomprensión y devaluación, que no es sino consecuencia lógica y necesaria del desprecio actual hacia la masculinidad. Para la autora, el padre «es, por definición, un incomprendido». Esta afirmación nos recuerda las palabras de Charles Péguy: «Solo hay un aventurero en el mundo moderno, como puede verse con diáfana claridad: el padre de familia. Los aventureros más desesperados son nada en comparación con él. Todo el mundo moderno está organizado contra ese loco, ese imprudente, ese visionario osado, ese varón audaz que hasta se atreve en su increíble osadía a tener mujer y familia…Todo está en contra de él. Salvajemente organizado en su contra…».

Cuando la función paterna no existe, la madre puede crear con el hijo una insana mutua interdependencia que perjudica el equilibrio psíquico de ambos

Hoy en día, en el mundo hipermoderno, ser padre es algo verdaderamente heroico. Los padres actuales que quieren implicarse y ejercer de forma adecuada y equilibrada la función paterna con sus hijos se convierten en héroes que han de hacer esfuerzos titánicos para que el ejercicio de su paternidad no resulte censurado, limitado o en último término eliminado por ser considerado inadecuado o perturbador. Si para Péguy el padre era un aventurero en el mundo moderno, hoy, en el mundo hipermoderno, podemos decir que estamos ante un héroe.

El padre actual se enfrenta a un nuevo reto antes desconocido: la necesidad de aunar algunos de los atributos y virtudes de la paternidad propia de tiempos pasados -hoy en desuso y denostados pero absolutamente imprescindibles para el correcto ejercicio de la función paterna- como: la autoridad; la fortaleza; la valentía; la dación de seguridad…con nuevos atributos también necesarios y positivos para el desarrollo equilibrado del hijo, como: la empatía; la afectividad; el cariño; la ternura; la intimidad; exigidos, especialmente desde la revolución del 68 y en gran medida por instigación de la mujer.

Despojarse de la armadura

El hombre, para ser parentalmente competente, deberá realizar un ejercicio malabar de equilibrio entre la fortaleza y la delicadeza. Debe ser bifronte, la autoridad y la afectividad son el anverso y el reverso de una misma moneda. El padre hipermoderno es un héroe. En concreto, para Cerotti, su figura actual evoca a Héctor, héroe troyano de La Iliada. Héctor es fuerte y valiente, decidido a enfrentarse a peligros y dar su vida por sus seres amados; por ello lleva su armadura y su yelmo, que le cubre la cabeza en las batallas que habrá de afrontar en la defensa de Troya. Pero antes de salir a luchar contra Aquiles, se despoja de su yelmo para no provocar miedo en su pequeño hijo, Astianacte, y poder tomarle en sus brazos para despedirse con ternura antes de dar la vida por su pueblo. El gesto de Héctor (expresión que da título al ensayo del psicoanalista Luigi Zoja, El gesto de Héctor. Prehistoria, historia y actualidad de la figura del padre, ed.Taurus, 2018), despojarse de su armadura, que representa la fortaleza, valentía, determinación, seguridad, agresividad, autoridad…para mostrar su lado más humano (amable, afectuoso, tierno, intimista), constituye la gran novedad del padre actual. Y supone un delicado y complicado equilibrio que los hombres deberán aprender mediante el propio ejercicio de su paternidad. Pero para ello necesitarán ser valorados y reconocidos por la sociedad como lo que son: hombres con derecho al ejercicio de una masculinidad plena y equilibrada. Para ello nuestros héroes deberán ser valientes, pues siendo fuertes y ejerciendo su autoridad, habrán de tener el valor de enfrentarse a la corrección política actual que solo les considera adecuados si se comportan como una madre-bis; y siendo al mismo tiempo afectuosos y tiernos, deberán enfrentarse a sus fantasmas del pasado, a una cultura de generaciones precedentes donde las muestras de cariño eran signo de debilidad. La sociedad demanda padres que en ningún caso tengan miedo a ejercer la función paterna, pues, como afirma Cerotti, «la paternidad es la verdadera plenitud de la masculinidad».

«¿Para qué sirven los hombres?»

Con esa expresión la autora avanza en su exposición y nos sumerge en la necesidad de plantearnos, desde la perspectiva femenina, qué es lo que verdaderamente nos aportan los hombres en nuestra vida diaria. Porque hoy, por vez primera en la historia de la humanidad, los hombres parecen más prescindibles que nunca. En los países desarrollados, el hombre ha pasado a un segundo plano, cediendo todo el protagonismo a la mujer, cuyas pautas de comportamiento, exigencias, gustos, preferencias y habilidades, son consideradas prioritarias e ideales en una sociedad que sospecha de la masculinidad y la presume malvada y nociva para el correcto desarrollo de la persona.

El gran énfasis que durante años se ha puesto en conseguir la emancipación de la mujer ha provocado un fenómeno colateral con el que nadie contaba: un oscurecimiento de lo masculino, cierta indiferencia, cuando no desprecio hacia los varones y una inevitable relegación de estos a un segundo plano. Mientras las mujeres, tras siglos de lucha, están logrando situarse en el lugar que les corresponde conforme a su dignidad y derechos, los hombres parecen estar más desubicados que nunca. Esta presión social ha provocado que muchos hayan desertado de su papel de valedores de la autoridad, cuidadores de la familia, maridos y padres responsables, defensores de los valores. Los cambios provocados por el feminismo han dejado un paisaje social prácticamente irreconocible, generando novedades ciertamente confusas, como el nuevo papel del hombre en la sociedad actual. Y es que en este loable intento por conseguir la igualdad entre los sexos, sin darnos cuenta, hemos aniquilando simultáneamente las diferencias existentes entre ellos, con la pérdida de personalidad y de identidad que esto conlleva, tanto para las mujeres, como para los hombres.

Hoy, por vez primera en la historia de la humanidad, los hombres parecen más prescindibles que nunca. En los países desarrollados, el hombre ha pasado a un segundo plano, cediendo todo el protagonismo a la mujer

Por ello, la autora urge a un redescubrimiento de la complementariedad hombre-mujer desde la apreciación tranquila y enriquecedora de sus diferencias. Y en este proceso es preciso dar voz a los hombres, porque «hoy más que nunca necesitamos no perder su punto de vista sobre la vida: la posibilidad de ver lo que sucede desde un ángulo distinto, que no sustituye al nuestro, sino que lo integra y enriquece». Hablar del padre, del varón y de la existencia de unas características propias de la educación paterna (distintas de las propias de la educación materna), implica presuponer la existencia de unas diferencias inherentes, naturales, entre hombre y mujer; significa reconocer la alteridad sexual como fundamento antropológico esencial y el dimorfismo sexual como parte de la naturaleza humana.

En una sociedad caracterizada por el empoderamiento de las mujeres y la supravaloración de lo femenino-maternal, los hombres han de aprender a desarrollar aquellas facetas de su masculinidad que las mujeres aprecian y precisan para su pleno desarrollo. Cerotti, en su experiencia como psicoanalista, llega a la conclusión de que las mujeres, en términos generales «siguen buscando en el hombre precisamente al hombre, con sus dotes masculinas: alguien que sea distinto de ellas, y con quien puedan tener una relación enriquecedora». Para ello, la mujer ha de retomar la capacidad de confianza en el hombre, «fiarse de alguien presupone sentirse seguro con él, no tener necesidad de defenderse». Para lograr esta confianza es preciso partir del conocimiento de las diferencias que nos enriquecen y complementan, pues «afrontamos la realidad desde puntos de vista diversos, con sensibilidades y prioridades diversas…el otro es profundamente distinto y su diferencia merece mi respeto y mi curiosidad». Esto, sin embargo, no resulta sencillo, en un momento histórico en el que, bajo la influencia de la corrección política, marcada por la presión de la imperante ideología de género, expresiones como hombre, mujer, padre, madre, han perdido su sentido teleológico-antropológico y se encuentran vacías de contenido, borradas por una idea de identidad absoluta que lo inunda todo, desde la educación en las escuelas, hasta el contenido de las leyes. Como afirma la antropóloga Helen Fisher: «Estamos viviendo una época, tal vez la única en toda la historia de la evolución humana, en la que un gran número de personas, especialmente los intelectuales y la academia, están convencidos de que ambos sexos son prácticamente iguales. Prefieren ignorar la creciente bibliografía que demuestra científicamente la existencia de diferencias genéticas heredadas y mantienen en su lugar que hombres y mujeres nacen como hojas en blanco, en las que las experiencias de la infancia marcan la aparición de las personalidades masculina o femenina».

La sociedad necesita hombres de los que las mujeres e hijos se sientan orgullosos. La sociedad precisa de mujeres que sepan lo que significa ser un hombre y los acepten y comprendan como tales con toda su masculinidad. El hombre tiene mucho que aprender de la sensibilidad femenina y la mujer tiene mucho que aprender de  la sensibilidad  masculina. Todo encuentro entre un hombre y una mujer, entre el padre y la madre, es nutriente y enriquecedor para ambos, cuando estos están dispuestos a abandonar sus corsés mentales, a romper estereotipos del pasado y a crear juntos un espacio de unión y participación en beneficio de ambos y, en consecuencia, de los hijos. Y necesitamos hombres y mujeres decididos a formar familias estables en las que ambos cooperen y colaboren de forma generosa y equilibrada en la crianza y educación de sus hijos. Estos hombres  y mujeres “nuevos” serán la base de una sociedad sana y con futuro.

Especialmente los intelectuales y la academia están convencidos de que ambos sexos son prácticamente iguales. Prefieren ignorar la creciente bibliografía que demuestra científicamente la existencia de diferencias genéticas heredadas

Si el hombre entra en crisis, la entera civilización está en peligro. Cerotti, para concluir, nos advierte de este peligro: «Hay en el varón una fuerza que necesita configurarse y abrirse espacio también a nivel social; una sociedad que no sabe tener en cuenta esta fuerza y que nos enseña a emplearla en una dirección constructiva prepara su propia destrucción…cuando la masculinidad se vuelve incapaz de interpretar su propia dimensión generativa, las consecuencias son destructivas”.

En la hipermodernidad, la destrucción de la masculinidad implica la evaporación del padre, lo que provoca caos y neurosis social. El hombre, en su máxima expresión, como padre, es un héroe, innombrable e incomprendido, que necesita urgentemente ser revalorizado y readmitido en el ámbito familiar y social. De no hacerlo así, nuestra sociedad y nuestra entera civilización entrará en un proceso de declive y autodestrucción. Pero para ello, nuestro héroe precisa de un aliado indispensable: el sexo femenino. Como afirma Cerotti, en la reculturización de la masculinidad son esenciales «una mujer, una sociedad, una cultura, capaces de acoger y hacer crecer lo que dona la masculinidad».

La visión de la universidad desde la política

Entre enero y julio de 2019 Nueva Revista organizó un ciclo de conferencias titulado La visión de la universidad desde la política. Tuvo como ponentes a personas vinculadas con los cuatro grandes partidos del arco parlamentario: Marta Martín Llaguno (Ciudadanos), Jorge Sáinz (PP), Javier Sánchez Serna (Unidas Podemos) y José Manuel Pingarrón, que habló en su condición de secretario general de Universidades, ciertamente de un Gobierno del PSOE.

La universidad española necesita reformas ante el reto de la calidad. Nueva Revista se ha ocupado del sistema universitario español en tres números extraordinarios publicados en 2014, 2018 y 2019, coordinados los dos primeros por Rafael Puyol y el tercero por Zulima Fernández.

En esa misma línea, ante la ineludible necesidad de cambios, hemos querido conocer las propuestas de los cuatro grandes partidos parlamentarios.

Ofrecemos aquí las intervenciones completas de Martín Llaguno, Sáinz, Sánchez Serna y Pingarrón, con un prólogo de Rafael Puyol.