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La escuela del mundo. Salman Khan propone formar a ciudadanos capaces de pensar

En su libro La escuela del mundo (Ariel), Salman Khan propone una enseñanza interconectada, en la que prime la motivación personal, la comprensión de conocimientos y no la preparación de exámenes, que promueva la creatividad, y en la que el fracaso se convierta en oportunidad de aprendizaje y no en una vergüenza.

La escuela del mundo (Ariel), 248 págs.

 

Conocí a Salman Khan en la entrega de los Premios Princesa de Asturias de 2019. Me presenté como miembro del Jurado de Ciencias Sociales, presidente de UNIR y persona interesada en la reflexión sobre los temas educativos. En términos de una extraordinaria cordialidad, mantuvimos una breve, pero interesante conversación sobre su «proyecto educativo» que precisamente le valió el galardón del Princesa de Asturias de Cooperación Internacional. Por ello, cuando Juan Carlos Laviana, me propuso hacer la crítica de su libro La escuela del mundo no dudé un minuto.

Conocido el personaje, sencillo, amable e interesante era casi un deber contribuir a difundir su obra básica que no defraudará a nadie, ni a quienes se ocupan como profesionales de este decisivo sector, ni a quienes simplemente están interesados por el futuro que se avecina para el que la única vacuna es la educación. Pero una educación diferente a la que ha existido y aún existe en muchas partes del mundo que hoy se enfrenta al reto de la tecnología.

Comenzó con una sola alumna, su prima, para la que preparó una serie de clases en línea que le permitieran entender la conversión de unidades. Ahora tiene millares de estudiantes

La historia personal de Khan, de sus propuestas y de su modelo es una historia de éxito construida a base de enormes esfuerzos, algunos fracasos y bastantes sinsabores. Su relato comienza con un solo profesor, él mismo, y una sola alumna, su prima Nadia, para la que preparó una serie de clases en línea que le permitieran entender la conversión de unidades. El éxito alcanzado le llevó a diseñar vídeos cortos en YouTube y a crear en 2006 la Academia Khan en la que millares de estudiantes, profesores y padres manejan hoy los materiales y el software gratuitos de la plataforma.

Khan es licenciado en Matemáticas, Ingeniería y Ciencias Informáticas por el MIT y máster en Dirección de Empresas por Harvard. Trabajó inicialmente como analista financiero hasta que fundó la Academia, dependiente al principio de sus solos ahorros hasta que Bill Gates y Google, entre otros, comenzaron a costearla.

TALLERES EN VEZ DE SALAS DE ESPECTADORES

¿Pero cuál es ese proyecto educativo que impulsa la Escuela del mundo? Salman critica el aula y los métodos de enseñanza tradicionales (lecciones en el colegio, deberes solitarios en casa), por considerarlos pasivos e inadaptados a nuestras necesidades y rechaza lo que él llama el modelo prusiano, caracterizado por una educación pública obligatoria, sufragada con impuestos que produce ciudadanos leales y dóciles, y no personas independientes y con capacidad de pensar. También critica los proyectos educativos que consumen elevados recursos financieros. Es posible obtener una educación rigurosa, de calidad y personalizada, defiende, con mucho menos dinero.

El objetivo de cambiar la enseñanza tradicional, de trasladar la educación a todas partes y a todas las personas, de formar ciudadanos que sepan pensar y de hacer todo ello con un coste reducido, es posible a través del uso cabal de la tecnología que facilita una educación más portátil, flexible y personal. Es algo a lo que no hay que temer y cuyo uso es necesario fomentar. Y permite, entre otras cosas, extender la formación a lugares donde la enseñanza presencial no es posible, cambiar lo que se hace en las aulas convirtiéndolas en talleres de ayuda mutua en vez de salas de espectadores pasivos y saber lo que aprenden los alumnos y cómo lo asimilan. El software de la Academia Khan consigue que el sistema pueda aconsejar por sí solo lo que los alumnos tienen que estudiar en cada momento. Podría decirse que el software les pone nuevos deberes cuando comprueba que han entendido los conceptos subyacentes.

Salman tiene para esa nueva escuela que imagina ideas originales que trastocan el modus operandi tradicional. He aquí algunas de sus propuestas:

1.La mejor manera de enseñar es poner el acento en el flujo, de un tema, en la cadena de asociaciones que relacionan un concepto con los siguientes, unas cuestiones con otras. Desgraciadamente lo que sucede en las aulas es todo lo contrario, lo cual se percibe bien en la separación tradicional de los temas académicos. Llevar a cabo cortes en puntos que en realidad son arbitrarios es una de las manifestaciones de la educación convencional que él critica y que define como una negativa tendencia a la balcanización. Para él, un tema nunca permanece cerrado. Ningún concepto debe considerarse aislado de otros. El conocimiento es continuo y las ideas fluyen. Lo que en la Academia se denomina «mapa del conocimiento» es un ejemplo concreto de esta enseñanza interconectada. A través de esta metodología se ofrece a los estudiantes una visión de las conexiones entre los temas y de esta manera entienden en qué punto se encuentran y adónde quieren llegar. El propósito es que cada alumno siga su propio camino y progrese de manera activa en cualquier dirección.

Personalmente, creo en la utilidad de este método de enseñanza. Contextualizar las ideas que se explican y relacionarlas con cuestiones vinculadas a otras ramas del conocimiento, me parece enriquecedor porque no separa lo que en la naturaleza está unido y ayuda a comprender mejor ciertos conceptos que explicados de forma aislada o no se entienden bien o sirven para poco. No es de extrañar, dice Khan, que tantos alumnos admitan que se olvidan de las cosas una vez realizados los exámenes.

Si un alumno se equivoca ¿es porque no ha entendido un concepto o simplemente por ofuscación momentánea?

2. El tema de los exámenes, tal y como habitualmente los concebimos, es otro de los demonios de este experto. Opina que dan muy poca o ninguna información sobre el potencial de un alumno para aprender una determinada materia. Como mucho, son una foto fija de la posición que ocupa un estudiante en un momento determinado, pero apenas aclaran algo sobre la profundidad con la que han asimilado los conocimientos, ni durante cuánto tiempo los retendrán. Tampoco clarifican las razones de las respuestas acertadas o fallidas. Si un alumno se equivoca ¿es porque no ha entendido un concepto o simplemente por ofuscación momentánea? Y, al contrario, ¿una respuesta concreta indica una comprensión profunda, una intuición, una fuerte memorización o una conjetura afortunada? Es muy difícil saberlo. A pesar de estas dudas razonables, las escuelas convencionales siguen utilizando los exámenes como medida de las capacidades de los alumnos. Khan considera que esto es grave porque juzga que no consiguen este fin, a lo sumo logran etiquetar a los jóvenes, incluirlos en determinadas categorías y, a veces, limitar su futuro.

3. En otra parte del libro, suaviza su posición al manifestar que no niega la importancia de los exámenes, únicamente que deben ser considerados con cierto escepticismo y no magnificar sus resultados. Entre otras cosas porque el actual sistema de exámenes y notas tiende a minusvalorar a las personas creativas que piensan de una manera diferente y tienen más probabilidades de realizar contribuciones importantes en sus campos. La enseñanza, cualquier tipo de enseñanza, debe fomentar la creatividad.

4. Una tercera cuestión sobre la que Salman ofrece una visión crítica es el tema de los deberes. Cita una encuesta realizada por The Learning Network, el blog de The New York Times, a estudiantes que se muestran, en general, escépticos sobre la utilidad de los deberes y relaciona esta opinión con una deficiencia en la manera tradicional de formar a los profesores que no reciben ningún curso sobre los deberes durante su preparación. Y da un paso más en su argumentación al plantearse ¿por qué siempre se ha aceptado como un axioma que los deberes son necesarios? Su respuesta es clara: son necesarios porque no se aprende lo suficiente durante las clases. Las lecciones para todos —la técnica habitual del modelo educativo estándar— es una forma ineficaz de enseñar y aprender.Por ello, Khan insiste en la conveniencia del aula invertida, consistente en aprender la información teórica en casa y realizar los deberes en clase. De esta manera los alumnos tienen la ventaja de tener cerca al profesor y a los compañeros, mientras resuelven los problemas.

Propone utilizar una versión actualizada del aula única con niños mezclados de diferentes edades

5. Khan cree firmemente en el poder transformador de los ordenadores y de Internet. No obstante, propugna también la conveniencia de recuperar modelos y métodos antiguos que en ocasiones fueron rechazados en nombre del progreso. Por ello, propone utilizar una versión actualizada del aula única con niños mezclados de diferentes edades. En ella los alumnos mayores o más avanzados orientan a quienes están más retrasados. Nadie es solo un discente, sino también un profesor para otros.

6. Además propone mantener la proporción estudiantes/profesor, pero juntando las clases, una enseñanza en equipo que permite a los estudiantes tener diferentes perspectivas. Esto contribuye a dotarles de pensamiento crítico y les prepara mejor para un mundo en el que convergen puntos de vista y opiniones divergentes..

7. La misión de la Academia no se agota en la enseñanza a estudiantes en edad escolar. Pretende ir más allá e instruir a personas de todas las edades.

Es posible obtener una educación rigurosa, de calidad y personalizada, con mucho menos dinero, defiende Khan

Esta es la escuela que Khan imagina. Una escuela en la que el aprendizaje se produce al propio ritmo y con motivaciones personales. Una escuela cuyo objetivo esencial es la comprensión profunda de las cosas y no la preparación para los exámenes. Que promueve la creatividad y en la que el fracaso se convierte en una oportunidad de aprendizaje y no en una vergüenza. La escuela que imagina es partidaria de la tecnología como medio para una comprensión rigurosa de los conceptos. No es una escuela silenciosa; se parece más a una colmena que a una capilla y ha de estar interconectada.

Con humildad, Khan se plantea si este modelo es la forma ideal para avanzar hacia un mejor futuro educativo. Confiesa no saberlo y que no le corresponde a él decirlo, pero manifiesta su orgullo por intentar contribuir al logro de tan noble objetivo.

La regeneración democrática, a debate en Nueva Revista

“La mejor defensa de la democracia es regenerarla” afirma Jordi Sevilla, exministro de Administraciones Públicas, partiendo de la base de que “la democracia es un lujo, el mejor sistema para gestionar conflictos”, pero que también sufre amenazas, como se está viendo ahora con “la polarización de la sociedad que está afectando a la vida política”.

Sevilla presentó junto con Alberto Ruiz-Gallardón, exministro de Justicia, y Rocío Martínez-Sampere, directora de la Fundación Felipe González, Tópicos de la Regeneración Democrática, número monográfico de Nueva Revista.

Alberto Ruiz-Gallardón.

Ruiz-Gallardón subrayó el contraste entre indicadores como el de The Economist que señala que España se encuentra entre las primeras democracias del mundo y la pobre percepción que de la misma se tiene en la calle y en la opinión pública. Esto es debido, entre otros factores, al descontento generado tras la crisis económica, la pérdida de legitimidad de las instituciones causada por la corrupción y el desafío al Estado del movimiento independentista de Cataluña.

Ruiz Gallardón propone primarias obligatorias y reducir el poder de las formaciones políticas

A la hora de analizar reformas para optimizar la democracia, Jordi Sevilla insistió en la necesidad de acabar con “el espíritu de polarización de la vida política”, con la idea de que siempre es mejor un “buen acuerdo que una gran victoria”. Ruiz-Gallardón, por su parte, considera necesaria una reforma de los partidos, mediante “primarias obligatorias” y un solo representante para cada circunscripción, de suerte que se vincularía al elector con el elegido, y disminuiría el poder de la formaciones políticas.

Jordi Sevilla.

El número de Nueva Revista Tópicos de la regeneración democrática, aborda la forma de mejorar la democracia española, ponderando sus fortalezas y reflexionando sobre sus puntos débiles, como detalló Alberto Penadés, profesor de sociología y coordinador académico del monográfico.

Y lo hace desde cuatro grandes perspectivas. La primera, Los diagnósticos, con artículos, entre otros, del expresidente de Gobierno Felipe González (Crisis de gobernanza y democracia representativa); y el exministro Juan Manuel Eguiagaray. La segunda, El ajuste de las instituciones, analiza reformas del sistema electoral y de los partidos, así como los retos del poder territorial. El tercer apartado, bajo la rúbrica de Las fronteras de lo público,  incluye artículos sobre el control de los gobernantes y del problema de las llamadas “puertas giratorias”.

Finalmente, el último apartado, Puntos de vista de la práctica política, se ocupa de dos asuntos en permanente debate, la politización de la justicia y la reforma de la administración, con sendos artículos de los exministros Alberto Ruiz Gallardón y Jordi Sevilla, respectivamente.

Ha contado con la participación de dieciocho destacados especialistas, algunos de ellos investigadores del ámbito académico y otros políticos, de distintos partidos, que han ejercido o ejercen distintas responsabilidades.

Asistieron al acto de presentación del monográfico de Nueva Revista, Emilio del Río, director general de  Bibliotecas, Archivos y Museos del Ayuntamiento de Madrid; Fernando Ledesma, exministro de Justicia; y Rafael Puyol presidente de UNIR.

Vídeo de la presentación del número monográfico:

 

 

“Dignidad”, de Javier Gomá, aproximación filosófica a un concepto clave de la modernidad

Aunque Léon Bloy, autor de El mendigo ingrato, no debe de ser uno de los autores predilectos de Javier Gomá (Bilbao, 1965), éste arranca su nuevo ensayo Dignidad, con un método del escritor francés. Sostenía Bloy que una vez que se detecta cuál es la palabra más repetida en una obra literaria, se tiene una herramienta insuperable para encontrar su razón de ser. Gomá vio que la palabra «dignidad» aparecía con llamativa frecuencia en sus ensayos; y supo que allí se escondía el tesoro de su filosofía.

Dignidad, (Galaxia Gutenberg), 216 págs.

Lo cual tiene su importancia porque la obra del jurista y filósofo Gomá, especialmente su Tetratología de la ejemplaridad, goza de una inmensa influencia social y cultural en este país. La Tetralogía de la ejemplaridad (Taurus, 2014), es​ un proyecto filosófico desarrollado a lo largo de una década y compuesto por los siguientes títulos: Imitación y experiencia (2003, Premio Nacional de Ensayo), Aquiles en el gineceo (2007), ​ Ejemplaridad pública (2009) ​ y Necesario pero imposible (2013).

La «Tetratología de la ejemplaridad», de Gomá, goza de una inmensa influencia social y cultural en este país

Dispuesto a investigar ese concepto, piedra angular del arco de su pensamiento, Gomá se topó, sin embargo, con su extraña ausencia en los tratados contemporáneos. Este libro es el intento de remediar esa falta de fundamentación y aclarar los perfiles del concepto. Con todo, ni este arranque personal ni el afán teórico agotan la naturaleza del volumen. Con Dignidad, Javier Gomá ha escrito, además, un secreto libro de combate, un ensayo quintacolumnista.

 ¿Por qué camufla esa dimensión conflictiva? Porque le interesa mucho situar la dignidad como un principio indiscutible e indiscutido. No quiere correr el riesgo de que todo el edificio de la modernidad se derrumbe sobre su cabeza. En el capítulo I adelanta: «La dignidad es el concepto más revolucionario del siglo XX, dotado de tal fuerza transformadora que su mera invocación, como si de una palabra mágica se tratara, ha servido para remover pesados obstáculos que frenaban el progreso moral de la humanidad dando impulso a su formidable avance en la última etapa». Subrayemos el conjuro: «su mera invocación, como si de una palabra mágica se tratara».

No le interesa el cuestionamiento de la dignidad ni desentrañar sus orígenes, sino exponer sus virtualidades y, así, exponenciarlas. Quiere concentrarse a toda costa en el siglo XX: «La Transición marca la mayoría de edad de España como país moderno», afirma, considerándola muy significativamente como la máxima realización hispánica de la dignidad política.

Antes ha afirmado del siglo XX: «Dicha mutación material implica una democratización de la antigua distinción aristocrática a todos los miembros pertenecientes a la especie humana, algo así como una aristocracia de masas: todos, por el solo hecho de esa pertenencia, la poseen por igual y siempre. Además, esta dignidad igualitaria se percibe como autofundada, no dependiente de otra instancia que le preste fundamento (razón, libertad, moralidad); plena desde el principio y no necesitada de perfeccionamiento, ni expuesta a pérdida, agotamiento o desgaste por una eventual conducta indigna de su titular; absoluta y no relativa a otros, hombres o animales; centrada, por último, no en los deberes que impone a quien la posee, sino en su derecho a exigir a los otros, universalmente, que la respeten».

Advierte que, aunque «durante milenios, la dignidad del hombre fue una dignidad participada, en los tres últimos siglos ha sido redefinida como inmanente y propia». Esta dignidad —que podemos comparar nosotros al barón Munchausen sacándose de las arenas movedizas a pulso de su propio pelo— es la que está llamada, según Gomá, a rescatarnos por sí misma, sin otro punto de apoyo.

Aunque la mejor manera de instaurar el carácter indiscutible de la dignidad humana sea, para nuestro filósofo, no discutirlo, él es muy consciente de los retos y resquicios que afronta en estos tiempos y democracias nuestras. Entre otros, ponen a prueba la fortaleza de la dignidad el transhumanismo, la eutanasia, la bioética y las ideologías explicadas por Jean-François Braunstein en La filosofía se ha vuelto loca (Ariel, 2019) y por Douglas Murray en The Madness of the Crows (Bloombury, 2019). Javier Gomá no los nombra, pero aporta una importante definición, que es un golpe de audacia y de talento, en cuanto que conlleva una gran carga de profundidad: «Dignidad es lo que estorba». Y lo explica: «De modo que si en la tradición la dignidad ha sido representada principalmente como una perfección, ahora vemos cómo su significado se amplía para comprender también la imperfección humana, donde muchas veces se hace notar con más potencia y plasticidad aún».

Otra sugerente idea del libro nos da una nueva pista de que, aunque quiere transmitir seguridad y serenidad, Gomá no ignora lo proceloso de la situación contemporánea. Según él, más aún que a través del ejemplo, hoy la dignidad se aprende por el escándalo.

El método del barón de Münchausen se queda, pues, para la teoría, porque la dignidad, por muy evidente que la deseemos, requiere una urgente y decidida defensa práctica. En su libro, Gomá propone tres:

1ª) La vindicación de la amistad, como forma de relación entre los hombres que supera con creces los dictados de la justicia. Se trata de un gran proyecto posromántico.

Gomá se remite a Montaigne: «Nada es tan hermoso y legítimo como hacer bien de hombre. Ni hay ciencia tan ardua como saber vivir bien y de modo natural”

 

2ª) Una visión gozosa del propio ser humano, para lo que Gomá se remite a Montaigne: «Nada es tan hermoso y legítimo como hacer bien de hombre. Ni hay ciencia tan ardua como saber vivir bien y de modo natural. Entre nuestras enfermedades, la más salvaje es despreciar nuestro ser». Gomá no se enfrenta directamente al nihilismo y al antihumanismo contemporáneos, pero los socava.

y 3ª) La más extensa propuesta práctica es la recuperación de un estilo literario elevado. Por debajo de la preocupación estilística de Gomá, parece latir el diagnóstico del conde de Maistre: «Toda degradación individual o nacional viene inmediatamente anunciada por una degradación rigurosamente proporcional del lenguaje». El extenso y hermoso capítulo dedicado a fray Luis de León no es, en consecuencia, un interludio de crítica literaria. Explica: «Una filosofía de la dignidad, para ser completa, debe comprender también una poética». Y viceversa, retroalimentándose: la literatura al final no es «un quehacer meramente literario y necesita la contribución de un impulso exterior de naturaleza moral sin el cual no hay elevación posible. […] El estilo elevado no es más que el eco de un espíritu noble [que depende] de la recuperación del perdido apetito de grandeza».

Aunque lo silencie pudorosamente, Javier Gomá viene a darnos, en la prosa y en la actitud, en las mismas páginas de su Dignidad, su propio modelo ejemplar de aquello a lo que nos invita.

Libertad de expresión en la educación: encuadre del debate sobre el PIN parental y otros

Abundan los casos en los que la libertad de expresión es fuente de polémica. Desde sentencias judiciales contra tuiteros hasta expresiones artísticas o carnavalescas ofensivas contra los sentimientos religiosos, el historial de casos en debate es muy largo. En España el tema está teniendo gran relevancia social, a juzgar por la cobertura mediática.

Este debate tiene una vertiente especialmente polémica cuando atañe a cuestiones relacionadas con la educación. Sin salir del país y de la actualidad noticiosa más inmediata, encontramos que se ha aludido a él en el conflicto del PIN parental. Aquí, los litigantes de ideología progresista defiende la libertad académica de los docentes, por encima de la opinión de los padres, mientras sea coherente con las directrices del Estado. También ha estado presente en el escrache a un profesor de Derecho que tenía intención de impartir una conferencia sobre las dificultades legales de aceptar el concepto queer y la idea de la sexualidad como fluida, con especial hincapié en la consideración de los transexuales como mujeres (donde, dentro de los pensadores progresistas, ha habido cierto enfrentamiento entre quienes hablaban de libertad académica y quienes pensaban que se atacaba a la dignidad de las personas de las que se hablaba).

Distintos grados de debate

Se trata, además, de un debate poliédrico, que no afecta en idéntico grado en todas sus facetas. No es lo mismo discutir sobre libertad de expresión en general que hacerlo sobre su alcance en el mundo académico (entiéndase especialmente el universitario), puesto que en este supuesto se ponen en juego factores como la posición de autoridad adquirida por el orador; la posible vulnerabilidad de los oyentes, por su edad y conocimientos e, incluso, por la posible obligatoriedad de escuchar los discursos polémicos; pero, también, la propia misión de la universidad; la necesidad del debate y el diálogo para alcanzar el progreso científico; el enfrentamiento a ideas contrarias e incómodas como parte del proceso de madurez intelectual o el peligro de la unidad de pensamiento.

Tampoco tiene las mismas repercusiones el debate cuando se habla de un orador externo para un evento puntual, que cuando se trata de un profesor en plantilla, ni cuando este último declara desde la tarima (real o metafórica) de su docencia o su investigación académicas, que si vierte su opinión en otros ámbitos (sin dejar, por ello, de ser un académico).

Por último, no tiene el mismo alcance la discusión en un país como Estados Unidos, que tiene en sus venas el liberalismo como parte de su identidad nacional y cultural, o uno como Reino Unido, donde la universidad es una institución con una larga tradición y con tintes cercanos a la sacralidad, que países externos al mundo anglosajón, como los del mundo hispánico, España, por ejemplo, donde el debate parece haber tenido, por ahora y comparación, menos recorrido.

Libertad académica e información

En la era de la información en la que vivimos, muchos de los problemas sociales más relevantes (fake news, sesgo ideológico de las noticias que se nos proponen en función de nuestro comportamiento virtual, sobreinformación, uso comercial de los datos personales…) tienen que ver con su transmisión y los modos de acceso a ella. Al mismo tiempo, el mundo occidental se ha construido sobre las bases de los sistemas políticos democráticos, que tienen como uno de sus pilares el derecho a la libertad de expresión. La libertad de expresión choca a menudo con otra de las características principales de estas sociedades, la pluralidad (ideológica, religiosa, cultural…), de modo que es difícil en muchos casos ejercer el derecho citado sin que un colectivo o, incluso, un individuo pueda sentirse ofendido. El debate, por tanto está servido.

Si los medios de comunicación crean, agrandan o solo retransmiten las polémicas sociales es otro asunto en modo alguno menor. Sin embargo, es un hecho que también funcionan como buena vara de medida de lo que preocupa a la sociedad en cada momento. Así lo constata una de las ramas de mayor auge de la ciencia lingüística actual, el Análisis del discurso, que suele recurrir a los discursos públicos para estudiar las relaciones y tensiones sociales.

En ese marco, un reciente estudio se planteaba cómo era el tratamiento mediático que se le daba a los casos de conflicto en torno a la libertad académica, con el afán de encontrar los argumentos que se daban de una y otra parte, y hasta qué punto los medios intentaban mantener su apariencia de objetividad o se decantaban explícita o implícitamente por un lado de la balanza. También se buscaba la respuesta que a esas crisis voceadas por la prensa daban los distintos agentes sociales, implicados o no, y si había habido una evolución en el impacto que estos conflictos generan en la opinión pública.

Libertad académica en el mundo anglosajón

En el contexto anglófono el debate tiene un recorrido muy superior al del mundo hispánico. Prueba de ello son, no solo la cantidad y variedad de textos informativos y de opinión que se encuentran en la prensa, sino la huella que el tema va dejando en el léxico cotidiano (y el idioma es terreno difícil de horadar, que exige muchas pisadas para lograr el vestigio). Se habla así en inglés con cierta naturalidad (propia de los vocablos asentados) de no platforming o deplatforming, disinviting (acción de no invitar a alguien a una universidad), snowflakes (una persona muy vulnerable emocionalmente), safe places (espacios «seguros» dentro de la universidad), trigger warnings (avisos de peligro), términos todos ellos relacionados de alguna forma con la libertad académica y sus límites.

Los casos, además, son muy numerosos y conocidos: Jordan Peterson, Ben Shapiro, Roger Scruton, John Finnis, Milos Yannopoulos, Germaine Greer, Condoleezza Rice o Christine Lagarde, son solo algunos ejemplos destacados. El estudio lingüístico arriba citado se centraba en el caso reciente de John Finnis y la Universidad de Oxford y empleaba como elemento de comparación el caso de Sir Roger Scruton, que falleció semanas atrás.

El caso Finnis saltaba a los periódicos a principios del año pasado y provocaba un gran revuelo, especialmente en la prensa inglesa, pero con presencia también en diarios en español, holandés, checo, polaco, eslovaco, italiano, portugués o francés. Los medios se hacían eco (y entraban pronto a formar parte en el debate) de una recogida de firmas iniciada por un grupo de alumnos en la plataforma digital Change.org, en la que exigían a la Universidad de Oxford que retirara al profesor Finnis su docencia, por unas declaraciones que consideraban homófobas, y se pronunciara acerca de su política acerca del acoso y el discurso de odio. La universidad no tardaba en responder apoyando al profesor en un escueto comunicado, en el que defendía su libertad académica y la necesidad del debate intelectual vigoroso en el mundo universitario, con la condición de que no se atacara a nadie (algo que consideraba que no había ocurrido en este caso). Pronto, los dos bandos enfrentados fueron creciendo en adeptos y desarrollando su línea argumental, tal como refleja el estudio al que nos estamos refiriendo.

El caso Scruton se dio en 2016, tres años antes que el de Finnis. Un grupo de estudiantes intentó desinvitar al profesor para que no diera una conferencia en la Universidad de Bristol. En ese momento, el debate probablemente estaba aún menos encendido. La repercusión mediática, por esta razón o por el resto de diferencias entre los dos casos, fue mucho menor en el caso de Scruton.

Los argumentos

Los argumentos más frecuentes eran, de un lado, que la libertad académica tiene sus límites en los discursos de odio (formulados desde el odio o que inciten a él) y los que ataquen a la dignidad de las personas, es decir, discursos dañinos o peligrosos. Unido a este argumento está el de que no se puede atacar la dignidad humana desde una perspectiva académica exclusivamente racional e inocua y no se puede hacer en abstracto. A estos argumentos se añaden una interpretación de la universidad, como institución de educación, libre de posibles ataques (incluidos los intelectuales) contra sus alumnos (“espacios seguros”), unida a la situación desigual de poder que tiene el profesor sobre los alumnos.

En el lado opuesto, entre los principales argumentos de quienes defienden la libertad de expresión académica frente a los intentos de censura, se encuentran, para empezar, una concepción de la universidad como un entorno de aprendizaje que va más allá de la adquisición de conocimientos y que incluye la posibilidad de enfrentarse a opiniones y teorías contrarias y polémicas como un valor educativo añadido. A ello se une la concepción del profesor universitario como investigador y en la vanguardia del conocimiento, para lo que no debería encontrar ninguna traba, so pena de no poder avanzar en el mismo. En esta interpretación, se entiende que la posibilidad de estar equivocado forma parte de ese avance, que será efectivo si, incluso ante el error, existe la posibilidad de discusión e investigación. De acuerdo con esto, las ideas que puedan resultar molestas o equivocadas deberían combatirse desde la razón y no mediante la presión y la fuerza. Al hilo de esto último, se critica que, siendo la libertad de expresión un valor indudable y que tanto esfuerzo ha costado ganar, se quiera ahora acotar desde el sector (la ideología progresista) que más ha luchado por conseguirlo. Por último, se alega con frecuencia que, aunque una idea sea impopular o atrasada no implica que no pueda ser defendida o que, incluso, no pueda ser verdadera.

En cuanto a los argumentos empleados en el debate concreto del caso Finnis, llama la atención la distinta perspectiva que ha adoptado cada una de las partes en un punto concreto: mientras que el bando conservador, defensor de Finnis, defiende la libertad de expresar las ideas, aunque estén equivocadas, por tanto, sin entrar (salvo algún medio católico) a defender lo que Finnis expresó en su momento; el bando contrario a Finnis atacaba, en cambio, las ideas que este había expresado. Así, la duplicidad del debate queda reflejada en que los conservadores discutían sobre la libertad de expresión en general y los progresistas discutían sobre un límite concreto de dicha libertad. Se han entrecruzado, así, dos debates distintos: el de los límites de la libertad académica y el de qué se puede considerar discurso de odio. El debate sobre si se debería o no expulsar a Finnis fue una mezcla de ambos.

Esta encrucijada, aunque el debate se refería al caso Finnis, muestra la dificultad del diálogo que se da en estos conflictos, ante la ausencia de acuerdo en la primera premisa obligatoria: ¿sobre qué estamos debatiendo?

La dificultad de acuerdo, además, se hace paradójicamente más patente cuando se intercambian los papeles entre los bandos ideológicos y, con este intercambio, se produce también una inversión en la defensa de los argumentos, de manera que quienes esgrimían unos pasan a adoptar los contrarios.

El tratamiento mediático del tema

Llegados a este punto, podemos preguntarnos: en todo ello, ¿cuál era el papel de la prensa? Por un lado, mostraba claramente que el tema no forma parte de la agenda ideológica de un solo bando, pues el tratamiento gozaba de la misma profusión (la misma presencia estadística) en diarios cuya línea editorial era opuesta entre sí. Por otro lado, se constataba que, en este caso particular, los diarios de ideología progresista mostraban un mayor apoyo a los argumentos en favor de la limitación de la libertad de expresión académica, dándoles una mayor presencia en sus textos y empleando mecanismos lingüísticos (conscientes o no, pero reveladores de la interpretación ideológica que guía la visión del conflicto) que destacaban estos argumentos por encima de quienes defendían la libertad académica de Finnis. Por el contrario, como por otra parte cabía esperar, los diarios conservadores hacían lo propio en defensa de Finnis. Llama la atención la poca repercusión que ha tenido el caso en medios especializados o definidos como pertenecientes al colectivo gay.

El debate continúa

El debate sobre la libertad de expresión en entornos universitarios va en aumento. Las posibilidades de acuerdo, entre quienes defienden la existencia de libertad de expresión y tratan los casos de petición de censura como apropiados y quienes hablan de falta de libertad de expresión y abogan por dejar expresar todas las opiniones, parecen poco probables, pues no hay acuerdo en las ideas básicas como la concepción de universidad, lo que puede calificarse o no como discurso de odio, si hay o no límites en la libertad de expresión o si debe o no haberlos, entre otros. Conforme crezca el debate, será previsible que sea aún mayor la repercusión social y mediática del conflicto.

Resolviendo interrogantes: Ruwen Ogien y su «Pensar la pornografía»

Ruwen Ogien, director de investigación del Centre Nationale de la Recherché Scientifiqué, organismo público francés, aborda en Pensar la pornografía (Paidós, 2005), las cuestiones más polémicas alrededor de la pornografía y su impacto. En forma de ensayo de ética aplicada y sin ningún tabú, lleva a cabo un análisis crítico de los argumentos más comunes acerca la temática en cuestión.

Ruwen Ogen: "Pensar la pornografía"
Ruwen Ogen: «Pensar la pornografía»

En “Moral, moralismo y pornografía” (capítulo 1), expone su concepto de “ética mínima”, basado mayoritariamente en la esencial y compleja distinción entre el bien y lo que es justo. Fundamenta este constructo en tres principios elementales:

  1. Neutralidad en cuanto a las concepciones del bien.
  2. Principio negativo, para no generar daño a los demás, que haría referencia exclusivamente a perjuicios físicos y psicológicos que afecten a personas concretas.
  3. Principio positivo, para otorgar el mismo valor a las opiniones e intereses de todas las personas. Esto explicaría cómo relacionarse con las demás personas evitando patrones de interacción paternalistas.

Ante esta propuesta, nace una extensa controversia en el ámbito filosófico acerca del “derecho a la pornografía”. Ciertos colectivos consideran que este derecho se asociaría, entre otros factores, a la libertad de expresión y al derecho de satisfacer “preferencias personales” que no generen daño a los demás. Según ellos, la censura de la pornografía atentaría, contra la libertad de expresión artística y los derechos tanto de las mujeres como de las minorías sexuales.

Ogien plantea, asimismo, que el actual proceso de producción de la pornografía y su posterior proceso de difusión se asocian a factores sociales muy cuestionables, como la misoginia o la sobreexplotación. Sin embargo, considera que se trata de aspectos que están presentes en otros ámbitos sociales, no exclusivamente en el de la pornografía.

Ejemplifica esta reflexión con la fabricación de juguetes infantiles. Cree que, aunque estos aspectos no éticos e incluso patológicos también están presentes en este sector, jamás se ha llevado a cabo una propuesta de prohibición de material para niños. Se pregunta, consecuentemente, por qué el hecho de denunciar estos factores en el ámbito de la pornografía genera, en la mayoría de las ocasiones, la condena de este sector en vez de propuestas para mejorar las condiciones laborales de sus profesionales.

También se pregunta por qué, partiendo de los mismos principios de la ética mínima, los colectivos filosóficos llegan a conclusiones completamente opuestas. Mayoritariamente, se podrían catalogar en dos grupos:

  • los “liberales”, que basándose en la libertad de expresión, optan por tolerar la pornografía proponiendo exclusivamente algunas restricciones;
  • los “conservadores”, que se centran en el bien sexual y defienden la prohibición de la pornografía.

“El “moralismo”, esto es, la creencia en la superioridad de una concepción sustancial del bien (sexual o de otra naturaleza) ya no debería ser una opción razonable en las sociedades democráticas caracterizadas por la ética mínima. Sin embargo, ese moralismo continúa impregnando el pensamiento en el ámbito de la pornografía y en otros temas vinculados a la sexualidad”

“Suponiendo que no exista ninguna razón moral (en el sentido de la ética mínima) para desaprobar la pornografía, ¿en qué condiciones ésta podría, con todo, ser objeto de sanciones legales?”

A través de “¿Por qué resulta tan difícil definir la pornografía?” (capítulo 2), el autor realiza un análisis de las distintas definiciones propuestas a lo largo de los años sobre el término “pornografía”. Critica la necesidad de disponer de definiciones y clasificaciones que, en su opinión, son completamente arbitrarias y no abarcan la complejidad del ámbito en cuestión. Menciona, entre otros aspectos, que las dificultades para hallar una definición aceptable se deben a la complejidad de distinguir entre “identificar” la pornografía y “juzgarla” moralmente, lo que genera multitud de definiciones de carácter subjetivo y no neutral.

Aunque ha habido multitud de propuestas en cuanto a su definición, parece ser que esta fórmula ha conseguido la aprobación de distintos colectivos: “Toda representación pública (texto, imagen, etc.) de actividad sexual explícita no es pornográfica; pero toda representación pornográfica contiene actividades sexuales explícitas.” Es decir, resulta indispensable que una representación pública sea explícitamente sexual para que sea considerada pornográfica, pero no es suficiente. Por tanto, los filósofos han propuesto elementos adicionales para poder considerar una obra como pornográfica:

  • Intención: el autor debería tener una intención clara de estimular sexualmente al espectador.
  • Reacciones del consumidor: efectos afectivos o cognitivos tanto positivos como negativos.
  • Reacciones del no-consumidor: generalmente exclusivamente negativas.
  • Rasgos estilísticos: actividad sexual no simulada, lenguaje directo, primeros planos de los genitales, etc.
  • Rasgos narrativos: degradación, deshumanización, tratar como objeto a los sujetos, etc.

 “Los filósofos (algunos, por lo menos) saben que existe todo tipo de buenas razones para estar en contra de las definiciones. (…) Ésta es una idea que, aparentemente, no se ha hecho muy popular en el ámbito que me preocupa. La voluntad de definir (“obscenidad”, “erotismo”, “pornografía”, etc.) y de clasificar por géneros (clasificada “X”, “porno-hard”, “porno-soft”, “erótica”, “destape”, etc.) o por edades (“para todos los públicos”, “menores de 10 años”, “menores de 12 años”, “menores de 18 años, etc.) se está haciendo, según parece, prácticamente obsesiva, pese a que sus resultados son más bien arbitrarios.”

Mediante “¿La pornografía es una invención moderna?” (capitulo 3), el autor sostiene que algunos colectivos de historiadores y antropólogos consideran que la pornografía es una invención moderna. Ogien examina esta idea mediante una revisión histórica crítica. Los defensores de esta idea no niegan la existencia de representaciones sexuales públicas e iconografía en sociedades “no modernas”. Sin embargo, consideran que éstas se asociaban a funciones políticas o religiosas (por ejemplo, exaltar la fecundidad, ridiculizar a curas o nobles, etc.). Con el tiempo, creen que éstas pasaron a tener la función de estimular sexualmente a sus consumidores y empezaron a interpretarse en términos morales. Ello derivó en el surgimiento, en algunos países, de leyes federales reprimiendo “la obscenidad”.

Asimismo, estos historiadores defienden que el consumo de representaciones sexuales explícitas empezó a ser una problemática social y moral cuando se desarrollaron los procedimientos de difusión masiva. Éstos permitían que los materiales llegaran a toda la sociedad, no exclusivamente a “la élite”.

Menciona el impacto del tiempo y la evolución de la sociedad sobre los materiales considerados como pornográficos. Lo que en un momento temporal concreto puede ser etiquetado como pornográfico, puede pasar a ser erótico o bien un mero documento de carácter sexual, debido, entre otros aspectos, a los fenómenos de habituación emocional.

 “En otros tiempos o en otras sociedades, las representaciones sexuales explícitas podían controlarse o prohibirse por el hecho de ser blasfematorias (justificación religiosa) o subversivas (justificación política). Sólo en nuestras sociedades modernas habrían empezado a serlo por resultar “obscenas” (justificación moral).”

“La percepción de las diferencias entre “documento de carácter sexual”, “erotismo” y “pornografía” sufre manifiestas modificaciones colectivas, históricas y sociales.”

“¿Cómo se plantea en la actualidad el problema de la pornografía?” (capítulo 4) recoge las reflexiones del autor acerca de la situación actual de la pornografía en distintos contextos, como los medios de comunicación o la política, haciendo alusión a distintas leyes y campañas contra la pornografía. Por un lado, Ogien se plantea la incoherencia respecto a las clasificaciones por edad del material cinematográfico y pornográfico. A partir de los 15 años, los jóvenes son considerados, a nivel legal, mayores sexualmente, pero hasta los 18 tienen prohibido el consumo de pornografía. Menciona, asimismo, las controversias asociadas al contenido de las imágenes, exponiendo los cuatro géneros propuestos: “Charme”, “Erotismo”, “Carré rose” y “Versión Hard”. Finalmente, considera que la controversia en el ámbito de la pornografía se debe, mayoritariamente, a la definición de pornografía, a las distintas justificaciones de su desaprobación y a las medidas legales propuestas.

“Al final, desde el punto de vista de la ética mínima, el problema de la pornografía es, por consiguiente, muy simple: ¿la difusión de las formas más representativas de pornografía perjudica gravemente al prójimo o atenta contra determinados derechos fundamentales?”

En “¿La ciencia es pornófila o pornófoba?” (capítulo 5), el autor analiza las principales limitaciones, tanto normativas como epistemológicas, de los estudios empíricos focalizados en la pornografía y sus efectos. Entre ellas, incluye, por ejemplo:

  • El planteamiento sobre la relevancia que debería concederse o no a dichas investigaciones empíricas cuando se lleva a cabo una evaluación moral de la pornografía.
  • La confusión habitual en estos estudios entre los constructos de “pornografía” y de “violencia”.
  • La confusión común a la que incurren estos estudios, entre los efectos psicológicos e ideológicos de la pornografía.
  • La oposición entre el principio de precaución, y prohibir la pornografía hasta que no se demuestre su carácter inofensivo, y el principio de presunción de inocencia.
  • La no distinción entre los conceptos “material sexual explícito”, “producciones eróticas” y “pornografía”.

“A causa de estas dificultades, el escepticismo con respecto a la existencia de una relación causal directa entre consumo de pornografía y violencias sexuales de cualquier orden, positivo o negativo, se ha convertido más o menos en la norma de todas las representaciones de resultados de encuestas lo suficientemente honradas (es decir, en la mayoría de ellas, de hecho).”

“¿La pornografía es una forma insidiosa de discriminación sexual?” (capítulo 6) expone las contradicciones existentes en referencia a si la pornografía discrimina a las mujeres o no. Aunque en determinados países, como es el caso de Estados Unidos, la libertad de expresión está extremadamente valorada y se protege mediante la primera enmienda de la Constitución, la pornografía en su momento no fue incluida en esta primera enmienda. Se consideraba que los materiales “obscenos” no están expresando ningún tipo de opinión, simplemente se basan en la estimulación sensorial del espectador. Sin embargo, con los años se admitió que era posible que la pornografía transmitiera un mensaje político de desigualdad hacia las mujeres. Por tanto, el debate estaba servido. Si realmente la pornografía transmite una opinión, ¿debería estar protegida mediante la primera enmienda? Partiendo de esta paradoja, Ogien reflexiona acerca de la censura de la voz de las mujeres en el mundo de la pornografía.

“Si es cierto que la pornografía ridiculiza a las mujeres, si contribuye a que su voz sea considerada menos seria, menos digna de ser escuchada, ésta contribuye asimismo a la desigualdad política.  Pero ¿cómo probar todo esto? Una cosa es decir que la pornografía contribuye a toda suerte de injusticias y otra muy distinta demostrarlo.”

Mediante “¿La pornografía atenta contra la “dignidad humana”?” (capítulo 7), el autor reflexiona acerca de la interacción entre pornografía, dignidad humana y el trato como objetos a las personas. Incluye una detallada comparativa entre las cualidades de la erótica y las de la pornografía. Se plantea si es cierto que la pornografía trata como objetifica y cuáles son las consecuencias de ello.

“(…) la tesis de la “objetificación” del ser humano por parte de la pornografía se suele confundir con la tesis de la devaluación de las mujeres en cuanto ciudadanas por parte de la pornografía (…)”

“Suponiendo, con todo, que la pornografía “objetificara” en toda la amplitud del término, ¿se trataría necesariamente de un perjuicio, de una razón suficiente para desaprobarla?”

En “¿La pornografía perjudica gravemente a la juventud?” (capítulo 8), Ogien se plantea una serie de complejos interrogantes que aborda con el fin de descifrar los posibles efectos de la pornografía sobre las poblaciones más jóvenes. Estos son sólo una muestra de ellos:

  • “¿Por qué los jóvenes parecen dispuestos a desafiar un buen número de prohibiciones para mirar “Garganta Profunda 5” antes que “Campus” o “Culturas y dependencias”? ¿Es porque están “podridos” precozmente? ¿Por qué pertenecen a una generación violenta, inculta, sin “referencias”, sin “valores”?”
  • “Se trata de los principios de la libertad de informarse, de la educación desde la autonomía, del rechazo del tradicionalismo (…) ¿Cómo aplicarlos en el caso de la actitud de los jóvenes ante la pornografía?”
  • “El problema “moral” surge desde el momento en que no resulta inconcebible que los jóvenes puedan tener preferencias por la pornografía. ¿Cómo evaluarlas desde el punto de vista ético? ¿Disponemos, en el contexto de la ética mínima, de un conjunto de principios que nos pueda ayudar?”
  • “Aquí surge la cuestión de saber cuáles son exactamente estos peligros para el consumidor. ¿De qué orden son?, ¿físico?, ¿psicológico?, ¿ideológico?”
  • “¿Tan dramático es separar la sexualidad del amor, más o menos del mismo modo en que se ha separado de la procreación? ¿Acaso no se trata de un movimiento de sociedad profundo que quizá deba aceptarse? ¿Los jóvenes de antes que, según dicen, no separaban estas cosas, al hacerse adultos han tenido una vida sexual y amorosa más afortunada, más plena? ¿Los hombres y las mujeres eran más felices? ¿Las mujeres más respetadas? ¿Su sexualidad era más satisfactoria?”

“Si la pornografía interesa tanto a la juventud, quizás habría que intentar comprender por qué, antes de perder la cabeza y adoptar medidas preventivas o punitivas.”

Finalmente, a través de “¿Qué molesta, en definitiva, de la pornografía?” (capítulo 9), el autor expone posibles motivos por los que la pornografía no goza de la aprobación de todos los colectivos. Para ello, plantea la propuesta de Thomas Nagel, filósofo estadounidense profesor de la Universidad de Nueva York, acerca de la sexualidad “completa”, en la que se requieren dos personas y un acuerdo mutuo entre ambas. Según ésta definición, el resto de prácticas (p.ej. masturbación, fetichismo, zoofilia o consumo de pornografía) quedan excluidas y podrían considerarse perversiones. Tras analizar si es viable aceptar o no este modelo de sexualidad, el autor propone tres alternativas, dejando abierto el debate acerca de la pornografía:

  • La sexualidad con pornografía es una opción respetable, una forma particular de sexualidad.
  • La sexualidad con pornografía es perversa.
  • Pornografía y sexualidad no tienen nada que ver.

“La pornografía es una relación entre yo y una persona imaginaria, una imagen de persona sobre papel o pantalla catódica.”

“(…) Aquello que justifica la condena moral de la pornografía es la referencia a un determinado modelo de sexualidad “completa” respecto del cual no se tolera ninguna desviación (o respecto del cual toda desviación se considera una patología, una “droga”, una “intoxicación”).”

Considero que se trata de un libro de obligada lectura para todos aquellos que deseen disponer de los conocimientos ético-filosóficos necesarios para analizar en profundidad todos los argumentos, tanto a favor como en contra de la pornografía. Se puede estar de acuerdo o no con los razonamientos que se proponen, pero en cualquier caso resulta sugerente y ayuda a reflexionar con más hondura.

El autor otorga al lector las herramientas necesarias para llevar a cabo una interpretación crítica de la pornografía y su impacto, sin decirle en concreto qué tiene que pensar. Sin embargo, no hay que olvidar que han pasado ya 15 años desde la publicación del presente libro. Se requeriría, pues, una actualización de dicho material y atender a novedades relevantes en este ámbito, tales como la aparición de la pornografía online; los movimientos pro porno ético y anti-porno; los resultados de investigaciones que muestran cómo afecta la pornografía a la salud sexual de las personas, y en particular de los adolescentes; y la aprobación de una directiva europea que obliga a los estados miembros a proteger a los menores de la exposición precoz a la pornografía.

Pau Marí-Klose: «No es verdad lo de pobres pero felices»

Pau Marí-Klose es profesor de Sociología en la Universidad de Zaragoza y un experto en el estudio de la pobreza, lo que le abrió el camino para desempeñar el cargo de alto comisionado para la lucha contra la pobreza infantil (2018-2019). En la actualidad ejerce como diputado del PSOE por Zaragoza y preside la comisión de Exteriores del Congreso. Ayer disertó sobre La pobreza: algunos apuntes para la reflexión sobre su caracterización e implicaciones, en el marco del seminario sobre Justicia social” organizado por Nueva Revista, que dirige el profesor Antonio Argandoña. [En el vídeo insertado a continuación se puede seguir la conferencia del profesor Marí-Klose].

Una percepción bastante común es considerar la pobreza  como “carencia de bienes materiales básicos para subsistir”, dijo Marí-Klose, tener que pasar «con menos de dos dólares al día», pero visto así, “la pobreza estaría cerca de erradicarse en el mundo desarrollado”. Sin embargo, no se puede afirmar que no haya pobres en el primer mundo “si admitimos la definición de pobreza a la que a la que se abonan» los pensadores más destacados en este campo. Adam Smith la definía como “la imposibilidad de satisfacer necesidades de carácter natural o derivadas de la costumbre”. Karl Marx escribió que “nuestras necesidades y disfrutes surgen de la sociedad”, y puesto que son de naturaleza social, “son relativas”. Amartya Sen expone que los pobres son las personas a las que su situación social les priva de condiciones (recursos, bienes, ingresos) para desarrollar capacidades de funcionar con el fin de conseguir resultados valiosos. Amartya Sen subraya la libertad para vivir una vida que valga la pena (freedom to live a valued life). Para Anthony Atkinson, pobres son quienes hallan dificultades para “participar en las actividades cotidianas de la sociedad en que viven y que, a resultas de ello, no logran desarrollar las capacidades que tienen”.

A pesar del carácter relativo de la pobreza, la experiencia subjetiva de la pobreza es muy parecida en los distintos contextos sociales y culturales, como ha puesto de manifiesto Robert Walker, señaló el ponente. Se puede hablar de «tercer» mundo dentro del «primer» mundo, de Haití en Glasgow. Son comunes los sentimientos de degradación, vulnerabilidad e impotencia, la frustración porque no quedan satisfechas aspiraciones materiales, la baja autoestima porque se vive en condiciones inapropiadas, porque hay que pedir ayuda o endeudarse, porque no se desempeña el papel social como se debería (de marido o de padre, verbigracia) y porque se siente “haber fallado” a los seres más cercanos y queridos. Hay con frecuencia sentimiento de humillación (las víctimas de maltrato o explotación) y se experimenta vergüenza asociada al estigma de la pobreza: colas para intentar ser contratado, colas para pedir ayudas públicas… Ese estigma será diferente en Noruega que en otras partes, pero también se da en Noruega, dijo Marí-Klose. Por ejemplo, allí, los hijos de familias pobres pueden vivir en un piso de protección oficial, pero precisamente serán señalados por sus amigos más favorecidos justo por vivir en ese piso de protección oficial. En Afganistán, la vergüenza y el estigma pueden surgir de tener que hacer las necesidades íntimas (evacuación intestinal) en la calle.

Antonio Argandoña y Pau Marí-Klose. Foto: © Josema Visiers
Antonio Argandoña y Pau Marí-Klose. Foto: © Josema Visiers

La respuesta psicológica a la pobreza es el ocultamiento de la situación y el retirarse o apartarse de la vida social, lo que ahonda el aislamiento y la exclusión. Se produce el resentimiento hacia los otros (hacia el sistema” y hacia otros pobres a los que se considera con “niveles menores de merecimiento”) y el fenómeno de utilizar atajos cognitivos” para entender lo que sucede, como las explicaciones conspiranoides o las dinámicas incontrolables (la adicción al juego es un caso). Obsérvese del mismo modo la proliferación de casas de apuestas en los barrios pobres de ciudades.

Los daños sanitarios y cognitivos de la pobreza se traducen, según relató Marí-Klose, en malestar (las personas que ocupan posiciones más bajas en la escala social suelen valorar más negativamente su vida, se declaran más infelices y se muestran más pesimistas respecto al futuro), en desigualdad (la pobreza como la causa de las causas de mala salud”) y en erosión de capacidades cognitivas. Los pobres se incapacitan progresivamente para tomar las decisiones adecuadas. Marí-Klose citó aquí los trabajos de Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir. Mullainathan y Shafir han demostrado que tanto el dolor, como las preocupaciones, tristezas, ansiedades y enfados son mayores a medida que disminuye la renta. «No es verdad –destacó Marí-Klose– lo de ‘pobres pero felices’, no, bastante infelices”. 

Si la pobreza es mala, en la infancia todo se agrava. El hecho es tanto más duro porque los niños son inocentes, «no han hecho nada para merecer esa suerte». Ya el tiempo perinatal, como consecuencia de la tensión en los hogares y del deterioro de la calidad de los estilos parentales, influye en que los niños pobres tengan una salud más precaria y hasta en que luego sean más obesos. Por la pobreza infantil apenas si se accede a la atención sanitaria y a los acompañamientos psicopedagógicos. Por la pobreza infantil se está más expuesto a condiciones y a episodios vitales desestabilizadores (hostigamiento en la escuela y en los entornos residenciales). Por la pobreza infantil se goza de menos “inversión familiar” en tiempo, dinero y calidad y se está más expuesto a efectos de concentración adversos, como la convivencia con otros pobres y personas marginadas, de tal manera que con frecuencia, más adelante, se aprende solo de compañeros que se dedican a actividades poco recomendables, como el narcotráfico.

Marí-Klose se manifestó a favor de una agenda de inversión centrada en la lucha contra la pobreza infantil por «una razón de justicia y equidad». Se refirió al artículo 27 de la Convención de Derechos de la Infancia, a las especificidades de la condición infantil, a los efectos corrosivos de una mala infancia y al hecho de que con una infancia en la pobreza uno se incapacita sin culpa para saber lo que es el mérito y para que luego se recompense el mérito. No se entiende el «esfuerzo» si no se ha tendido una infancia normal. La inversión en infancia beneficia al conjunto de la sociedad. Combatir las desventajas en la infancia es la forma más efectiva de prevenir las consecuencias más dañinas de la desigualdad social, como la segmentación de la sociedad, el deterioro de la confianza social, la desorganización social y la violencia. Las desventajas sociales en la infancia tienen costes. Dañan la competitividad económica. El sistema se puede desmoronar económicamente. La legitimidad del sistema puede terminar siendo puesta en entredicho.

Marí-Close denunció los efectos perniciosos de una infancia en la desgracia aludiendo también a estudios de epigenética (correlación entre el nivel socioeconómico y el de desarrollo de ciertas regiones cerebrales asociadas con funciones ejecutivas básicas y capacidades lingüísticas). Las brechas cognitivas entre niños en situación de pobreza y niños que no lo están aparecen muy pronto y se incrementan aceleradamente si no se actúa enseguida. En España, por ejemplo, los estudiantes de entornos más desfavorecidos han repetido a los quince años 6,2 veces más que los de entornos acomodados. En la Unión Europea  solo” 4 veces más.

Al ponente, en el turno de preguntas, se le pidió que desarrollara cómo luchar contra la pobreza. Y respondió que con políticas contra la desigualdad; con políticas contra la privación material y con políticas contra las consecuencias de la privación material, especialmente en la infancia. Marí-Klose mencionó medidas predistributivas y medidas redistributivas. “Hay una iniciativa que ha lanzado el Gobierno recientemente que con cautela puede tener efectos beneficiosos, el salario mínimo interprofesional”. Marí-Klose añadió: “Está la posibilidad de que a través de la negociación colectiva se consiga comprimir la estructura salarial, para impedir que determinados sueldos sean muchas veces mayores que el salario medio. Yo no pondría ningún tope a los salarios más altos, simplemente porque propician por otra parte capacidad recaudatoria para el Estado, que después se puede gastar de manera redistributiva.”

Pau Marí-Klose. Foto: © Josema Visiers
Pau Marí-Klose. Foto: © Josema Visiers

Pero más allá de eso, “es imperioso tomar cartas en el asunto de la escasa protección a los colectivos más desfavorecidos”. Dijo Marí-Klose: “En nuestro sistema de bienestar la mayoría de los beneficios están ligados a las contribuciones realizadas; y eso es una ventaja en términos de legitimidad del sistema a la que no se puede renunciar, pero el nivel de protección del que disfrutan las capas más bajas es mínimo, y la crisis lo ha puesto de manifiesto. En el momento en que ha faltado el empleo para ese colectivo, se ha hundido. No ha tenido acceso a protección social».

Evidentemente hay «un problema de intensidad de empleo. Muchos colectivos, más que salarios bajos, que también, lo que tienen es un problema de vinculación frágil al mercado del trabajo. De todo el tiempo potencial que podrían trabajar, no consiguen trabajar más que una parte pequeña. Eso genera problemas tanto en términos de ingresos como en términos de adquisición de derechos sociales, sobre todo a la prestación de desempleo contributiva. En situaciones de crisis, muchos colectivos se han encontrado en la intemperie, y en ese sentido las propuestas de un ingreso mínimo vital son absolutamente necesarias para hacer de nuestro Estado de bienestar, un Estado de bienestar más distributivo. Yo impulsé las prestaciones por hijo a cargo, una renta para la infancia más pobre, que es muy rudimentaria en este país. Nuestra prestación por hijo a cargo resulta absolutamente ridícula en comparación con otros países, y no tienen ningún efecto de protección sobre la infancia. Somos el país de Europa con una capacidad más pequeña, a través de sus transferencias sociales, de reducir la pobreza infantil”.

Marí-Klose explicó: “La ayuda familiar en España fue ´la joya de la corona del Estado de bienestar franquista´. Desarrolló el famoso “salario familiar”, para complementar, en situaciones de privación económica, los escasos salarios. Estas políticas se han mirado con mucha suspicacia durante mucho tiempo. Fundamentalmente -y aquí entono un mea culpalos partidos de la izquierda renunciamos a desarrollar las políticas de familia, muchas veces porque las asociamos, digamos, a unas concepciones de familias desvinculadas de nuestra tradición política. Y esto resulta paradójico. Mientras, los escandinavos, la izquierda, la socialdemocracia, estaban apostando por las políticas de ayuda a la familia, con otra fundamentación: posibilitar la emancipación de las mujeres y la igualación de los roles masculinos y femeninos. Pero el resultado final es que la grandes inversiones públicas que se realizan en Estados de bienestar del norte de Europa son inversiones en familia, inversiones por hijo a cargo, inversiones en escuelas infantiles que llegan a todos, también a las poblaciones más desfavorecidas, inversiones en actividades extraescolares, inversiones en cuidados a dependientes, etc. La familia se convirtió en el campo privilegiado de las políticas socialdemócratas en el norte de Europa, mientras que nosotros las desatendemos».

El conferenciante denunció las «pocas rentas mínimas, pocas políticas de inclusión para los más desfavorecidos y pocas políticas de infancia. Hay ciertas políticas de familia, pero con un carácter muy poco equitativo, a través del IRPF: deducciones por los hijos, por familia numerosa, etc. Pero ese ´gasto oculto´ no es para las capas más desfavorecidas, que no reciben los beneficios fiscales. Los más desfavorecidos solo tienen la prestación por hijo a cargo, que resulta absolutamente insuficiente: era de 291 euros al año, cuando ciertos países en Europa la sitúan en doscientos y pico al mes. En marzo los subimos a 588, también insuficiente, muy por detrás de la media europea”.

Finalmente, a una pregunta sobre el papel de la educación para salir de la pobreza, Marí-Klose contestó que la educación puede reproducir las diferencias y mantenerlas, no corregirlas, si no se hace bien. “Hay determinadas intervenciones educativas que son clave para corregir las desigualdades, por ejemplo, la escuela infantil de uno a tres años, la estimulación cognitiva, que muchas veces no se produce en estas familias y que se puede producir en centros de educación infantil de calidad, con tasas adecuadas de tutores con niños a cargo, con cariño y delicadeza en la actividad, no como en los orfanatos que fundó Ceausescu en Rumanía, y que tanto hicieron sufrir a tantos niños. Las brechas cognitivas a los seis años están detrás del fracaso escolar a los 14, 15 o 16 años. Por eso las intervenciones en edades tempranas son las más efectivas, más equitativas y por lo tanto más eficientes. A los 12, 13 años, corregir ya es mucho más difícil.”

«Fuiste el rey»: novela de intriga existencial

“Su madre pronunció la frase con firmeza de matriarca”…  Así abre Fernando Ariza su novela Fuiste el rey (editorial Tres hermanas) que acaba de presentarse en Madrid. Fiel al código de Edgar Allan Poe comienza in media res una novela aparentemente ligera pero compacta, que avanza con seguridad y sin titubeos en un in crescendo de amor e intriga en la vida cotidiana de una pareja.

Una pareja en crisis que escapa de Madrid y se instala en la gris Bruselas, buscando superar una crisis generada por la rutina. Y el lector se pregunta: ¿lo conseguirán?

Fuiste el rey (editorial Tres hermanas), 220 págs.
Fuiste el rey (editorial Tres hermanas), 220 págs.

Así planteada, la novela tiene ribetes autobiográficos. Su autor nació y vivió en el barrio de Salamanca y pertenece a la clase media de cierto nivel, muy bien plasmada en el texto. Profesor universitario, fue lector para varias editoriales e incluso vivió temporalmente en Bruselas por motivos profesionales… Hasta aquí las coincidencias. Con esos mimbres ha armado una ficción que atrapa enseguida al lector. Sabe mantener el suspense en varios frentes (un mendigo misterioso, una posible infidelidad femenina…), mientras complica su diseño con personajes secundarios, esbozando sus pequeñas vidas (el inmigrante árabe, los colegas de trabajo…).

El autor (y narrador) sabe desplazar el centro del relato a la escritura misma mediante el recurso a un cuaderno en el que va volcando sus recuerdos

En realidad, lo que autor (y narrador) sabe es desplazar el centro del relato a la escritura misma mediante el recurso a un cuaderno en el que va volcando sus recuerdos. Un cuaderno que progresivamente se va convirtiendo en el monstruo que devora su vida: hay que actuar para dejar consignados actos y vivencias, en un intento de descubrir su sentido, de recuperar la memoria. Metaficción, escritura del yo… tan de moda en los últimos años. Pero sabiamente planteada y entreverada con la intriga, que crece según su protagonista va perdiéndose en los laberintos de la cerveza y la desorientación vital.

La recta final está trazada con acierto, huyendo del tremendismo, pero a su vez dejando muy claro qué rápida puede ser la desintegración vital y moral de un ser humano. Cómo en un momento de descontrol puede destruir y destruirse a sí mismo de modo irreversible. Qué cerca están placer y dolor: la secuencia del encuentro con Erika lo confirma… Cómo la vida cotidiana de cada uno de nosotros puede precipitarse en el abismo, sin comerlo ni beberlo –como decían nuestros mayores-. Esta última parte alcanza una intensidad, un clímax que impide al lector soltar el libro hasta que llega a la última página.

Buenas descripciones de ambiente, diálogos amenos, habilidad a la hora de entrar y salir del texto por parte del narrador protagonista, que quiere reescribir el pasado si bien cuestionando su veracidad… Ariza no se estrena con esta novela: ya la primera demostró muchas lecturas y oficio, pero tal vez quería decir demasiadas cosas. Ahora depura el texto de digresiones y es capaz de calar en el fondo del corazón de sus personajes. Incluso es capaz de atreverse a plantear que la salvación de un hombre puede depender de pedir perdón.

«No society», defensa de la sociedad occidental, de Christophe Guilluy

Debe su título a una frase de Margaret Thatcher. En su defensa del liberalismo económico y de la eficacia de la gestión, la primera ministra inglesa dijo que «no había sociedad». Aquello ya levantó las alarmas del recientemente fallecido sir Roger Scruton. Éste adjudicaría la expresión, más que a un individualismo radical de Thatcher, a la falta —también preocupante— de una filosofía con la que articular ese ideal comunitario y patriótico que, sin duda, ella sentía, pero que era incapaz de defender por el desdén o la ignorancia de las herramientas intelectuales.

«No society» (Taurus), 224 págs.

La importancia de aquel bagaje de pensamiento se comprueba ahora. Su ausencia nos ha llevado a la situación actual, en la que, como una profecía que se ha autorrealizado, no hay sociedad. Con un diáfano estilo potenciado por la fluida traducción de Ignacio Vidal-Folch, Christophe Guilluy expone con sistematicidad científica cómo la clase media occidental se enfrenta al reto acuciante de su supervivencia.

La desaparición de la clase media occidental no se mide solo mediante indicadores económicos y sociales, sino también por la pérdida del referente cultural

Añade análisis cualitativos: «La desaparición de la clase media occidental no se mide solo mediante indicadores económicos y sociales, sino también y sobre todo por la pérdida de un estatus, el de referente cultural». Véase el ansia de los políticos actuales por representar a las minorías, a las identidades alternativas y a los márgenes sociales.

Frente al tópico que habla de la clase media como de «los perdedores de la globalización» y contra el triunfalismo de un Warren Buffet, que presumió: «Hay una lucha de clases, es un hecho. Pero es mi clase, la clase de los ricos, la que libra esta guerra y la está ganando»; Guilluy considera que todavía hay mucho partido que jugar. El contraataque de la clase media está desconcertando a los prematuramente proclamados vencedores de la globalización.

No society detecta «la gran secesión: la del mundo de arriba, que, abandonando el interés común, hunde a los países occidentales en el caos de la sociedad relativa». Es evidente que «en ningún país se encuentran clases dominantes que se hayan despojado tanto como las nuestras de su historia, de su cultura, de su marco nacional». Las élites occidentales aspiran a una existencia «sin ataduras nacionales, fiscales, sociales, culturales… ni quizá, mañana, biológicas».

Explica Guilluy: «Hoy, ‘nobleza ya no obliga’. Habiendo roto el vínculo entre arriba y abajo, que constituye la existencia misma de la sociedad, las clases dominantes y superiores ya no buscan formar sociedad, sino la secesión […] Ahora bien, si el mundo de arriba ya no es capaz de responsabilizarse de los intereses del mundo de abajo, la misma sociedad llega a su fin».

El ensayo desvela lo que esas actitudes conllevan de huida. Al poder actual «le tienta la fuga de Varennes”, sugiere, recordando a María Antonieta sobrepasada por la Revolución Francesa, tratando de ignorar la realidad. Las cada vez más histriónicas loas a la globalización no son más que la careta de la secesión de las burguesías que intentan salirse de los marcos nacionales (donde hay que ejercer la solidaridad) y unirse a los marcos supranacionales (donde rige la ley del mercado).

El abandono se refleja en la renuncia a solucionar los problemas reales, más allá de algunos retoques cosméticos o demagógicos. «Pantomimas», las llama Guilluy. Por ejemplo, lamentar una tasa de crecimiento demográfico muy baja y al mismo tiempo rehusar implantar políticas para incentivar la natalidad. «El crecimiento exponencial del endeudamiento es un buen indicador de la irresponsabilidad de las clases dominantes» y el hecho de que, para exhibir a toda costa un crecimiento positivo, se hayan incorporado al PIB la prostitución y el tráfico de drogas. Esa hipocresía aparece por doquier: «La clase dominante, la misma que hoy llora lágrimas de cocodrilo por la ineficacia de su modelo [migratorio], ha facilitado la explosión por los aires de los modelos de integración», expone.

 Más acá de los líderes

El vacío dejado por el abandono del bien común no halla sustitutos que funcionen. Las élites asumen, consciente o inconscientemente, su impotencia. Por eso, «la realidad es que hoy la clase dominante busca menos preservar la sociedad que ganar tiempo, incluso rechazando o frenando la aplicación de los resultados de las urnas del referéndum europeo de 2005 a las elecciones italianas de 2018.»

Según Guilluy, «es el mundo de arriba el que está perdiendo su hegemonía cultural. El soft power invisible del mundo de abajo es el invitado inesperado a la globalización». Aunque, más que perder la hegemonía cultural, ésta, a pesar de ser apabullante, no consigue penetrar amplias capas de la sociedad. Se ha encontrado con el instinto de supervivencia de la clase media. Las clases dirigentes se han dado con «un muro de contención popular ligado al bien común», y justo «cuando su modelo político está exhausto».

Como reacción, según nuestro autor, «el mundo de arriba se tranquiliza sobrevalorando el papel de algunos políticos e intelectuales». Pero esas figuras famosas de la derecha alternativa «no influyen en nada en la opinión pública, más bien es lo contrario: se alimentan de ella […] Estos temas no resurgen a consecuencia de la propaganda o las fake news de algunos populistas locos, sino del diagnóstico del mundo de los de abajo».

Esto tiene una doble trascendencia, teórica y práctica. Primero, porque implica un relativo fracaso gramsciano. Dominar la cultura y los medios de comunicación no está dando los resultados apetecidos: «Si la ideología dominante se está hundiendo no es porque haya perdido una guerra de propaganda, sino porque ningún modelo que entre en contradicción con los intereses de la mayoría puede durar», afirma Guilluy.

La consecuencia práctica es que los líderes no son más que la punta del iceberg. Analizar o atacar estos fenómenos según la categoría o el perfil de sus carteles políticos es ignorar la inmensa masa de la realidad sumergida.

Más allá de los líderes

Esta nueva situación puede frustrar la huida de las élites que necesitan una retaguardia segura y crédula. En consecuencia, están reaccionando y procurándose nuevas estrategias. Detecta el autor de No society que, «como el arma del antifascismo resulta cada vez menos eficaz, ahora la clase dominante utiliza una técnica de confusión más sutil para protegerse: la excusa de que todo “es mucho más complicado que eso”».

Guilluy, que no entra a dar sus juicios de valor ni opciones políticas, advierte de que «el populismo no es un acceso de fiebre irracional, sino la expresión política de un proceso económico, social y cultural de fondo. […] la voluntad de los más modestos de preservar lo esencial, su capital social y cultural. Presentado por las clases dominantes como populista (entiéndase fascista), este movimiento es, en realidad, profundamente democrático». En consecuencia, «como el antifascismo de opereta, el “es mucho más complicado que eso” revela el empobrecimiento del pensamiento de arriba».

La complejidad es el último refugio de los insolidarios, que quieren escapar del concepto clave que articula la recuperación de la sociedad: el bien común. Los vasos comunicantes entre el bien común y el sentido común relacionan este libro con La filosofía se ha vuelto loca, de Jean-François Braunstein. Es una sinergia esencial: Guilluy sostiene que la rebelión de las clases medias necesitará de un soporte intelectual para arbitrar y compenetrar sus propuestas, ansias y necesidades.

De hecho, considera que «la demonización no apunta tanto a los partidos populistas o a su electorado (definitivamente perdido a ojos de la clase dominante) como al segmento de las clases superiores e intelectuales que podría sentirse tentado por esta solidaridad de clase y crear así las condiciones para el cambio. En Occidente, la técnica de la demonización de opiniones es, ante todo, una advertencia a todo intelectual, universitario y responsable económico que pretenda tenderle la mano a las clases populares».

Es el acierto que Christophe Guilluy reconoce aún a las élites actuales: su bloqueo al necesario respaldo intelectual, cultural y creativo que necesita la clase media, más allá de sus eventuales líderes políticos. Sin ese andamiaje teórico (y este libro contribuye a él) no podrá reconstruirse la sociedad disuelta.