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Libertad de expresión en Alemania: apertura de los límites

[Este reportaje del semanario Der Spiegel  acompaña a la entrevista realizada a Mathias Döpfner. Se ha publicado en papel: Der Spiegel 45/ 2.11.2019, pp. 10-19. Lo reproducimos, traducido al español, con los correspondientes permisos. Añadimos algunas aclaraciones en cursiva, ante términos o connotaciones quizá no conocidos por todos de la situación en Alemania. Los titulares ante párrafos y las negritas no están en el original alemán. Las fotos también son nuestras. El resto, es decir, el texto, sin cortes, es una versión lo más fiel posible del original.]

A continuación, el artículo:

Apertura de los límites

Der Spiegel

Debates: los estudiantes irrumpen violentamente en las aulas, los políticos de la AfD [Alternativa para Alemania (Alternative für Deutschland), un partido político euroescéptico, entre la derecha y la extrema derecha] ponen en la picota el credo político del Estado, los Verdes califican de fascistas a sus enemigos y la mayoría piensa que hay que llevar cuidado con lo que se dice. Las discusiones son vehementes en este país polarizado. No es hermoso, pero es correcto.

Portada de "Der Spiegel": "Libertad de opinión. Sobre los límites reales y sentidos de lo decible"
Portada de «Der Spiegel»: «Libertad de opinión. Sobre los límites reales y sentidos de lo decible»

Parece que alguien ha pensado todo esto. Es demasiado perfecto. No puede ser que suceda así sin más. De alguna manera tiene que haber un guionista detrás que haya escrito esta comedia.

Miércoles, 30 de octubre de 2019. El día de Halloween, el día en el que anualmente se expulsan los malos espíritus, aunque primero haya que dejar de atarlos. El sol luce. La facultad de Física de la Universidad de Hamburgo se esconde a lo lejos del campus, a la sombra de los pabellones de la feria y de la prisión preventiva de la justicia de Hamburgo. Están cerca Karoviertel y Schanze, los barrios de Hamburgo de la rebelión de la izquierda. Hace dos años pasaba por aquí aproximadamente el cercado de la zona con motivo de la cumbre del G-20. La policía conoce cada rincón de este lugar. Pero esta vez no se trata de la protección de los poderosos jefes de Estado. Esta vez se trata de que finalmente el político y profesor Bernd Lucke pueda impartir su clase: Microeconomía II.

En las pasadas semanas no lo ha conseguido en dos ocasiones porque los estudiantes y activistas locales de Antifa [«Antifascistische Aktie»: Acción antifascista: red de extrema izquierda] se lo impidieron. En la primera ocasión le abuchearon llamándole “cerdo nazi”. En la segunda, algunos de ellos le asaltaron al modo de los ataques de guerrilla, cuando el auditorio estaba escasamente custodiado por agentes del orden.

Que los estudiantes impidan las clases de profesores mal vistos es un hecho que se ha repetido de vez en cuando; a posteriori nunca parecía malo. Los jóvenes tienen una especie de derecho a la protesta y a traspasar límites que a veces se ve como algo inteligente y otras como algo bobo. Quizá la parsimonia fuera la mejor respuesta.

¿Pero cómo continuar? ¿Tranquilidad en una sociedad exasperada? A las dos clases que no ha podido dar Lucke, hay que sumar que se impidiera presentar su libro al ex ministro del Interior Thomas de Maizière en la ciudad de Gotinga, y el rechazo por parte de la Universidad de Hamburgo a un encuentro de un grupo de estudiantes liberales de esa universidad con el jefe del FDP [Partido Democrático Libre; en alemán: Freie Demokratische Partei, un partido político liberal clásico de Alemania], Christian Lindner. Ello, en combinación con un par de declaraciones desafortunadas de los políticos de Hamburgo, y ya se desemboca en el Bundestag (Congreso de los Diputados), en una cita marcadamente viva de los diputados sobre “Defender la libertad de opinión en Alemania”.

A eso se añade un raudal de artículos, muchos con la indicación de que casi las dos terceras partes de los ciudadanos tienen miedo a decir lo que piensan. “Los límites de lo decible”, “el terror de la virtud” son conceptos que van y vienen. A veces se llega al colmo: como si el nacionalsocialismo y el estalinismo hubieran juntos revocado los derechos fundamentales. Lo que este debate muestra sobre todo es que la libertad de opinión está bastante viva. Y fatiga mucho.

La libertad de opinión está también bastante viva porque el debate, paradójicamente, ha llevado a una situación en la cual en Hamburgo, de forma completamente real, no en el anonimato de Twitter sino en un aula con auténticos estudiantes dentro y auténticos policías fuera, se ha de imponer la libertad de opinión sin que fundamentalmente se la amenace. Bernd Lucke, profesor de Economía Política en Hamburgo, fundador del partido AfD, cueste lo que cueste podrá dar su clase este miércoles 30 de octubre de 2019.

La víspera envió la universidad una nota a la prensa. Es un documento que refleja un sutil nerviosismo. La clase se celebra cuando está previsto, después de que la propuesta de la universidad de que fuera online hubiera sido rechazada por el profesor Lucke. La universidad aspiraba al descenso progresivo de la violencia. También pidió que las clases la aseguraran las fuerzas del orden estatales. Parece que había que contar con lo peor, incluso se preparó el ambulatorio psicoterapéutico de la universidad para el tratamiento “ad hoc” de posibles trastornos postraumáticos de los estudiantes y demás personal.

¿Y qué? No pasó nada. Vienen 300 estudiantes, es una clase obligatoria, miércoles a las 12 horas. Unos cien policías vigilan. Hay entre 30 o 40 policías y más o menos el mismo número de manifestantes o quizá solo interesados, no está tan claro. Lucke consigue entrar por un pasillo lateral, sin que se note, al aula, que se llama «Otto Stern», según el físico alemán que en 1933 tuvo que dejar Alemania y que en 1943 recibió el premio Nobel. Según un tuit de un estudiante, durante la clase Lucke gasta la broma de que la elección del lugar, comparado con una prisión, es bastante aceptable, en el caso de que haya protestas.

Esto es también la buena noticia: la libertad de opinión permanece intacta en lo sucesivo. Se han asegurado los derechos fundamentales y ni siquiera hay que defenderlos de posibles ataques. La otra noticia: Bernd Lucke ha ganado. Casi podría llegarse a la idea de que es la mente genial detrás de toda esta comedia alemana, pero eso es demasiada honra. Lucke mismo debe estar bastante sorprendido de su renacimiento político. Tendría que darle las gracias a Antifa y a los estudiantes.

Bernd Lucke
Bernd Lucke en 2014. Foto: © Wikimedia Commons

Quizá el debate sobre la libertad de opinión va más de conceptos: la atmósfera alrededor de la opinión o el dominio de la opinión, cómo hablamos y discutimos, qué luchas entablamos y qué consecuencias políticas tienen. Las mejores intenciones consiguen a veces el efecto contrario. Quien quiere hacer callar a Lucke consigue que hable más alto que antes.

La política es siempre también interpretación de la realidad. La idea de una opinión pública democrática consiste en obtener a través de la lucha de opiniones lo que antes se llamaba la soberanía de la opinión. Hay que ganar la batalla de qué interpretación es la relevante y cuál no.

El debate sobre la libertad de opinión, su amplitud y su efecto muestran de forma bastante exacta cómo se constituye lo público: desde la lucha política hasta el mundo de los sentimientos de los ciudadanos, inseguros y políticamente inestables. El debate muestra el poder de las redes sociales y de las plataformas online, pero también el caos que los tiempos digitales han traído a la esfera del cuarto poder. Nuestro espacio público, parece, es una casa de locos de opiniones y descalificaciones, ideologías y suposiciones.

Y realmente algo ha cambiado: los populistas de la derecha están en lo alto de los gobiernos en casi todas las regiones del mundo, tienen la habilidad de adaptar la realidad a lo que a ellos les convenga. Donald Trump y Boris Johnson son los más conocidos. En Polonia, en Brasil, pero también en Filipinas las cosas no son muy diferentes. Y en Alemania el fortalecimieto de la AfD ha influido masivamente el debate público.

Hay una serie de encuestas y de estudios que muestran cómo ha cambiado el clima de opinión, e insinúan las consecuencias que podría tener. Dos terceras partes de los ciudadanos, según una encuesta de mayo del Instituto Allensbach de Investigación de Opinión Pública, están convencidos de que se ha de llevar cuidado hoy en día acerca de qué temas tratar y cómo uno ha de manifestarse sobre ellos. Se refieren a asuntos como los refugiados, el islam, el tiempo del nacionalsocialismo y los judíos, el extremismo de derechas y la AfD. Ciertamente el 76 por ciento valora como inaceptable el dicho de Alexander Gauland [diputado y fundador de AfD] de que Hitler y los nazis son “una cagada de pájaro en más de mil años de historia alemana exitosa”. Más de la mitad responde a la vez también que “les saca de quicio que siempre se les prescriba lo que han de decir, cómo han de comportarse”.

El estudio de Shell, ahora publicado, sobre las imaginaciones y los pensamientos de más de 2.500 jóvenes entre 12 y 25 años, concluye algo parecido. Dos terceras partes de los encuestados creen que no se puede decir nada malo de los extranjeros en Alemania sin que a la vez se te insulte como racista. Más de la mitad encuentra que “el Gobierno calla la verdad a la población». Por lo menos una tercera parte teme que la sociedad está “infiltrada por el islam”.

No son aciertos por casualidad. El resultado empírico es robusto. La empresa desmoscópica Infratest Dimap, antes de las elecciones regionales en Sajonia y Brandeburgo, puso a consideración de los ciudadanos una pregunta. Estaban de acuerdo el 64 por ciento de los sajones y el 69 por ciento de los de Brandenburgo en que ante algunos temas “hay que limitar a quién da uno su opinión”. Según un estudio de la fundación “Friedrich Ebert”, hay un dictado de la opinión en Alemania para el 55 por ciento de los encuestados. En una encuesta del PEN (centro de Alemania) entre autores y periodistas, el 75 por ciento se mostraba preocupado por la situación de la manifestación de la opinión libre en Alemania.

En los años setenta se llamaba a eso espirales de silencio. Entonces se decía que muchos conservadores no se atrevían a manifestar abiertamente sus puntos de vista: se distorsionaban mucho por el paso de los medios al clima de opinión. Mientras tanto han sido los retóricos de la indignación, los provocadores de los linchamientos digitales, los que dan la impresión de que no pueden hablar de forma libre. A eso se llama hoy el «chilling effect» (efecto desalentador; efecto paralizador).

“Toda persona tiene el derecho a manifestar libremente su opinión de palabra, por escrito o en imagen, de divulgarla, y de informarse sin ser impedido en fuentes accesibles generales. La libertad de prensa y la libertad de cobertura informativa por medio de la radio y del cine están garantizadas. No hay censura”.

Ese es el artículo 5, párrafo 1 de la Constitución alemana. Tres frases, 44 palabras (en el original alemán). No se necesitaba más en 1949 para postular en Alemania uno de los derechos fundamentales más importantes.

Garton Ash y la libertad de palabra

El historiador Timothy Garton Ash, que enseña en Oxford y en Stanford, necesita, siete decenios después, 700 páginas para analizar todos los problemas de la libertad de opinión en un mundo global, mediático, conectado por internet. Libertad de palabra se llama su libro. Tres años después de que se pusiera a la venta, se había convertido en un clásico del asunto.

Nunca pudieron tantos hombres como ahora manifestar tantas opiniones y divulgarlas traspasando todo tipo de fronteras. Esto tiene que ver con internet, con las migraciones mundiales y con la apertura de las sociedades occidentales, en las que cada vez más se puede oír a las minorías. Garton Ash habla de una nueva época de la libertad de expresión.

A la vez surgen los riesgos de esa libertad de opinión de manera tan manifiesta como nunca, entre ellos auténticos aluviones de insultos y de ofensas.

¿Cuán libre tendría que ser el discurso? ¿Qué convenciones tendrían que guardar los que discuten? La discusión sobre esto es una lucha dura, no solo en Alemania. El mundo, dice Garton Ash, no se ha convertido en una aldea global, como se decía en los años sesenta, sino en una gran capital, en “una gran ciudad mundial virtual”.

Las aldeas son lugares pequeños y auténticamente homogéneos. En las grandes ciudades viven muchos seres humanos alrededor de uno, pero son completamente diferentes de uno. Se encuentran con uno rara vez o nunca, y cuando se produce tal encuentro, es normalmente corto. Permanecen extraños a uno. Por eso es más importante la libertad de opinión. Esa es una de las tesis de Garton Ash. La libertad de expresión facilita vivir con la multiplicidad, nos adiestra en el arte de la tolerancia. “Solo si se garantiza la libertad de expresión puedo entender lo que significa ser “tú””.

Garton Ash es un liberal anglosajón. Enumera diez principios que garantizan la libertad de expresión en el futuro del mismo modo que la dignidad de los que piensan de otra manera. “Aprovechamos cualquier oportunidad para divulgar el saber, y no permitimos a este respecto ningún tabú”, dice uno de esos principios. Garton Ash se opone al boicot político de profesores u oradores mal vistos. Las universidades, exige Garton Ash, deberían “ofrecer una plataforma del más amplio espectro sobre puntos de vista influyentes y controvertidos, y a la vez confrontarlos con una amable, robusta y bien informada crítica”. La protesta estudiantil contra un orador la ve legítima, mientras los oradores puedan hablar.

Garton Ash está en contra incluso de prohibir el «hate speech» (discurso del odio). “Si quisiéramos declarar inviolable todo lo que puede herir a los seres humanos, y resumiéramos todos los tabúes de todas las culturas de este mundo, apenas quedaría algo de lo que pudiéramos hablar.” Una medida mínima de civismo es ineludible, dice también Ash.

¿Pero dónde están los límites? Tiene que haberlos. ¿Pero dónde exactamente, en un país como Alemania, con su pasado nacionalsocialista y su presente de la derecha terrorista? [Un hombre armado y vestido con ropa militar mató el pasado 10 de octubre a dos personas junto a la sinagoga de la ciudad alemana de Halle]. Un país, en el que un antisemita ataca la sinagoga de Halle y mata a dos personas, un país en el que el político de la CDU Walter Lübcke es la víctima de otro ataque. Ambos agresores se habían radicalizado en internet, equipados de retórica sin escrúpulos.

El británico Garton Ash dice que deberíamos ser precavidos con los límites que ponemos, aunque sea difícil. Más libertad de opinión lleva a más diversidad de opinión y más diversidad de opinión a más disputas. Eso es cansado, naturalmente, pero él defiende que uno no se retire demasiado rápido sintiéndose herido, sino que o bien ignore el discurso del odio o bien lo contradiga conscientemente. “En un mundo de creciente y visible diversidad, con la que estamos familiarizados, deberíamos no animar a la gente a tener una piel tan fina sino algo más gruesa, para que se pueda vivir con las diferencias y poder superarlas», afirma Garton Ash.

Una sociedad que tiene muy en cuenta las sensibilidades crea nuevos problemas. En Alemania, dice Garton Ash, durante muchos años los intelectuales, los políticos y los periodistas no han hablado suficientemente sobre los miedos por la inmigración musulmana. “En la medida en que menos personas hablaban del problema públicamente”, escribe Garton Ash, que habla alemán y conoce muy bien nuestras circunstancias, “tanto más pensaban en ello y conversaban probablemente en privado, en las tabernas o en casa”. La presión de lo que públicamente no se dice es como “como una olla a presión” que sube y que se desfoga finalmente en el libro de Thilo Sarrazin de 2010 titulado Deutschland schafft sich ab («Alemania se suprime”), con un millón de ejemplares vendidos. “Así sucedió que un problema realmente importante para Alemania no se trató en una discusión pública sobre la base de información fiable, sino sirviéndose de un uso maloliente de eugenesia y de pesimismo cultural”, escribe Garton Ash.

El caso de Jörg Baberowski

Como en los Estados Unidos, las luchas de la vida real sobre lo que es decible se libran en las universidades. No es ninguna casualidad que uno de los casos más prominentes gire en torno a Jörg Baberowski, un historiador e investigador del poder, de la Universidad Humboldt de Berlín. Baberowski se atrevió en 2015 a criticar la política de refugiados de Angela Merkel y el acento en la bienvenida a los refugiados de la cultura alemana. Cuando los alumnos del círculo cristiano-demócrata de la Universidad de Bremen y de la Fundación Konrad Adenauer lo invitaron, el acto tuvo que celebrarse en la sede de la fundación, y el edificio tuvo que ser protegido por la policía. El comité de estudiantes de la universidad (Asta) de Bremen repartió octavillas con el título: “Retirad el podio a los radicales de la derecha”.

Baberowski denunció a Asta. Mientras tanto el tribunal superior de Colonia decidió que Asta puede afirmar que Baberowski divulga tesis que enaltecen la fuerza, minimiza la quema de alojamientos para refugiados, está a disposición del racismo y representa posiciones de la derecha radical. El tribunal superior no ha establecido que Baberowki haga todo eso, solo que cae bajo la libertad de opinión de Asta el mantener todo eso.

Hans-Thomas Tillschneider y el islam

Relativamente suaves fueron las protestas en mayo de este año contra el especialista en islam Hans-Thomas Tillschneider, de la Universidad de Bayreuth, director del seminario “Introducción compacta al derecho islámico”. Tillschneider es parlamentario por AfD en el parlamento regional de Sajonia-Anhalt, el portavoz de este partido allí para asuntos de ciencia; su despacho en Halle lo ha tenido durante algún tiempo en la misma sede de AfD. Él pasa por ser la derecha de la derecha, incluso dentro de su partido.

La universidad, al parecer, tenía la sartén por el mango. La seguridad y los policías impidieron a los que protestaban que entraran al edificio. Tillschneider, en Twitter, calificó a los que se manifestaban de “espíritus destructivos totalitarios”. La universidad declaró: “Vivimos en un Estado de derecho, con reglas claras que nos dirigen. Una universidad debe también por ello soportar puntos de vista controvertidos y contrarrestar con argumentos afirmaciones desacertadas”.

Susanne Schröter y el velo

Una notoriedad especial ha logrado Susanne Schröter, profesora de Etnología en la Universidad de Fráncfort, porque se la ha pillado dos veces. Investiga “órdenes normativas”, es decir, se ocupa de la cuestión acerca de lo que se debe y no se debe decir.

El primer desliz sucedió en 2017. El sindicalista de la policía Rainer Wendt tenía que hablar, dentro de la serie de conferencias organizadas por Schröter, sobre “El día a día policial en la sociedad de la inmigración”. Wendt gozaba de cierta fama. Durante la crisis de los refugiados había propuesto cercar la frontera alemana y había defendido que no había sesgo racial en la policía, es decir, que los agentes no controlaban con preferencia a los hombres de piel oscura.

Susanne Schröter
Susanne Schröter en 2014. Foto: © Wikimedia Commons

A Schröter le llegaron correos e insultos de las redes sociales, porque se había atrevido a invitar a la universidad a un racista. Después unos 60 científicos de la universidad le enviaron una carta abierta en la que indicaban que Wendt era partidario de una forma ofensiva de praxis policial racista. “Esperamos que no se le ofrezca a Rainer Wendt una escenario en la Universidad Goethe de Fráncfort”, decían.

Schröter desistió. No porque los argumentos le hubieran convencido, sino porque no quería ser responsable de que hubiera heridos a causa de una posible intervención policial si se celebraba su conferencia.

En mayo de este año se repitió el problema. Era un acto sobre el velo. Schröter había invitado a diversos especialistas con distintos puntos de vista. Esta vez vinieron los ataques tanto por la derecha como por la izquierda. Los activistas exigieron que se echara a Schröter. La dirección de la universidad la apoyó, se apuntaron a su sesión unos 700 interesados. Al final apenas hubo protestas.

En todos esos casos se trata menos del intercambio de argumentos, como de difamar al otro por los extremos exagerados que se emplean. Ya no hay que estar pendiente del arduo trabajo de seguir los razonamientos, porque el otro según lo que se elija es racista, fascista o de la extrema izquierda.

La AfD intenta hacer creer a sus seguidores que tales acciones se dan solo en la izquierda (al parecer, la policía de la opinión dominante), a la que le importa hacer callar a la AfD y a otros de la derecha. Pero en realidad la derecha tiene instrumentos parecidos en el repertorio.

Eric Wallis y los lavados de cerebro

En noviembre de 2018 un grupo de hombres irrumpió en un aula de la Universidad de Greifswald, durante una clase del lingüista Eric Wallis, entonces director del centro regional para la cultura democrática de Mecklenburgo-Antepomerania. Wallis dice que había empezado a hablar sobre “lavado de cerebro» –«framing» o estratagemas contra el odio al extranjero– cuando un grupo irrumpió en el aula con una bandera en la que se leía: “Que cada uno pueda expresar su opinión”.

La bandera portaba el símbolo del movimiento identitario de la derecha. Los que protestaban apelaban a la “tradición, estación final de la multicultura”, cuenta Wallis. Supone que les interesaba que les echaran del aula para desmostrar así que se les oprimía, que no les dejaban expresar su opinión. “Pero no quise que eso pasara”, afirma Wallis.

Wallis les invitó a que debatieran al finalizar su conferencia. Se habría alegrado de poder intercambiar con ellos opiniones. Pero los hombres abandonaron el lugar, según se puede ver en la grabación disponible.

Presentarse como víctimas de la intimidación

Al parecer, para muchos es atractivo poder presentarse como víctimas de la intimidación y de la intolerancia. Quizá ayude aquí la llamada de Garton Ash a la conciencia. Y el conocimiento de que hay muchos que participan en el debate, que se trata de determinar la posición propia, en una sociedad que se polariza y vive un reforzamiento de las ya superadas –así se creía– categorías de “izquierda” y “derecha”. Se trata de autocerciorarse de que se pertenece a la parte correcta. Para poder seguir bien ese mecanismo, ayuda examinar detenidamente la génesis del caso Lucke.

El caso Bernd Lucke

Asta de Hamburgo, a finales de julio, cuando estaba claro que Lucke iba a volver a la universidad, publicó una declaración con palabras muy altisonantes. “Un hombre así no debe trabajar en una universidad, y especialmente la Universidad de Hamburgo puede tranquilamente renunciar a que vuelva.” Pero ahora los representantes de los estudiantes son de la opinión de que eso no fue nada inteligente. A pesar de su “pasado criticable”, Lucke tiene “todo el derecho a volver a la universidad”, se puede leer en la declaración última de Asta.

El pasado 16 de octubre, Bernd Lucke tenía que dar su primera clase. Asta había convocado con mucha antelación, frente al aula, una manifestación. Vinieron estudiantes, ciudadanos interesados, las “abuelas contra la derecha” y representantes de Antifa.

Por internet han circulado diversos vídeos acerca de lo que pasó allí dentro. Se ve a Bernd Lucke con una sonrisa irónica sentado en el auditorio, con las banderas de Antifa sobresaliendo. Sobre la tarima, los representantes de Asta intentan, por medio de un megáfono, tranquilizar a la masa. En otro vídeo los estudiantes cantan y aplauden, como en un campamento de vacaciones. “La atmósfera era amigable”, dice un jefe de Asta, Leo Schneider, “aun cuando hacia fuera se mostrara otra imagen, para que Lucke se pudiera presentar como víctima”. La policía no intervino.

En internet se discutió mucho si la acción en Hamburgo había sido un ataque a la libertad de expresión en Alemania. Había dos frentes: “A nadie tiene que gustar lo que Bernd Lucke diga. Pero de manera semejante los estudiantes nacionalsocialistas echaron en su momento a los profesores judíos de la universidad”, tuiteó el político local Thomas Ney, que representa al partido Piratas en la asamblea municipal de Oranienburg. “No sé si Antifa es consciente de ese parecido metódico”.

Cómo argumenta la parte contraria, lo ilustra un tuit de Robin Mesarosch, jefe de medios, en el despacho del Congreso, del ministro de Asuntos Exteriores, Heiko Maas. Dice Mesarosh: “Bernd Lucke es el fundador del partido nazi alemán más exitoso desde el NSDAP [el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (en alemán, «Nationalsozialistische Deutsche Arbeiter Partei», el partido de Hitler]. No tiene nada que hacer en un aula universitaria. Esto no es un asunto de derecho laboral sino una cuestión social. Los estudiantes en Hamburgo han salvado el honor de esta sociedad”.

No hay más.

El rector de la Universidad de Hamburgo se llama Dieter Lenzen. Este año celebra el centenario de la institución, que justo ahora ha ascendido a la liga de las diez universidades excelentes alemanas. No podía haber ido mejor para Lenzen, pero de repente se trata de Lucke.

Para que a la tercera Lucke pudiera dar su clase, surgieron costes a la ciudad de Hamburgo y a la universidad “como nunca antes los habíamos tenido”, dice Lenzen. Los estudiantes declaraban que tenían miedo de sentarse en el aula para seguir la clase y el personal técnico se negaba a trabajar en los alrededores de la clase de Lucke. “Solo la persona en cuestión puede decidir sin un determinado acontecimiento es para ella comprometedor”, dice Lenzen, y añade: “Estamos ante una generación muy sensibilizada, que a partir de su autopercepción se posiciona muy en contra de la fuerza”.

En el Asta de la Universidad de Hamburgo trabajan Leo Schneider y Niklas Stephan, responsables para asuntos sociales y antidiscriminatorios. Los dos estudian Ciencias Políticas. A los dos se les ve cansados y un poco deprimidos por cómo ha salido todo, diferente a como deseaban. En especial el hostigamiento en internet, con el denominador común de que la izquierda son los nuevos nazis, y la ronda de discusión de una hora tras el primer altercado, Lucke frente a tres representantes de Asta, moderado por Lenzen.

Stephan, un joven de 22 años en sudadera, recuerda con malestar: “Lucke es un profesional de la política, es profesor universitario, participa con frecuencia en tertulias de los medios. Puso trampas retóricas”, afirma el estudiante. Por ello, Asta ya no quiere seguir hablando con Lucke. “No tiene sentido”. Además, no se quiere conversar con racistas. Hasta que Lucke no se distancie de manifestaciones racistas, “no vemos base para la conversación”.

Sobre todo lamenta Stephan “cómo se desplaza el discurso”. Se hablaba solo de “si la izquierda, que manifestaba su opinión sobre una protesta legítima, limitaba la libertad de opinión”. “Es absurdo”, dice el estudiante, y añade: “Moralmente tenemos razón”.

¿De verdad? En realidad la pregunta de cómo la sociedad ha de comportarse con una derecha fuerte es más difícil de responder de lo que muchos suponen. El sociólogo Armin Nassehi, de la Universidad de Múnich, se ha ocupado mucho de este asuntos en los años pasados. Publicó su correspondencia con el editor de la derecha Götz Kubitschek, lo que le supuso que se le reprochara que alienta a las habladurías en la sociedad burguesa.

Ante una derecha «fuerte»

El argumento de que no se ha de proporcionar espacio para que hablen los políticos de la AfD o en general las personas a las que se presupone un pensamiento de la derecha, es algo muy extendido en el ambiente de la izquierda. El diálogo con la derecha está mal visto porque al parecer ese diálogo hace a la derecha presentable en sociedad. “Sería el último que diría que el pensamiento de la derecha no supone un peligro —afirma Nassehi—, pero es muy ingenuo creer que se puede limitar el poder de las ideas falsas manteniendo a alguien a distancia”.

La afirmación de las nuevas derechas de que son las únicas que hablan de tabúes atrae a los electores, aunque en Alemania a nadie se le impide decir lo que piensa, según Nassehi. Pero el problema es internet, que produce dos cosas contradictorias: “La posibilidad libre de decirlo todo. Y la posibilidad sin límites de llevarse una bronca por todo. También por manifestaciones sensatas”. De ahí el sentimiento de falta de libertad.

Stefan Kruecken y el linchamiento en internet

El caso del editor Stefan Kruecken quizá ilustra cómo se llega a ese sentimiento. Kruecken dirige, con su esposa, una pequeña editorial para literatura en el norte de Alemania. Hace tres semanas, a la pregunta del Instituto Allensbach de Investigación de Opinión Pública, sobre si en Alemania hay que llevar cuidado con lo que se dice, hubiera contestado “no”. Pero una entrada de Facebook con motivo del caso de Bernd Lucke, que él había puesto en la página de internet de su editorial (Ankerherz), ha sacudido su seguridad.

Después de que Lucke no hubiera podido dar su clase, Kruecken escribió: “Lo que hoy pasa en la Universidad de Hamburgo debería preocupar a todo aquel que vive nuestra democracia. Insultar a Bernd Lucke como un “cerdo nazi”, prohibir que hable, abuchearlo bajo la bandera de Antifa, es profundamente antidemocrático”.

Ankerherz no es una editorial próxima a la AfD. Al contrario. Su hasta ahora libro más exitoso, “Sturmwarnung” (Aviso de tempestad), es la biografía de un capitán de Hamburgo, que de niño creció como nazi convencido entre las ruinas de la guerra y que hoy ve en peligro la tolerancia y la apertura al mundo. Desde hace años Ankerherz publica comentarios contra la AfD y contra Pegida [Patriotas europeos contra la islamización de Occidente, en alemán, «Patriotische Europäer gegen die Islamisierung des Abendlandes», un movimiento político nacionalista alemán], lo que había provocado amenazas de muerte al editor. Sin embargo ahora, con esa entrada de Facebook, según Kruecken, cosechó en 72 horas más de 5000 comentarios sobre su advertencia de que la democracia estaba en peligro.

A Kruecken se le insultó como “acogedor de nazis”, o como “follador de Lucke”, que se compra un uniforme negro [el uniforme nazi] y se cuelga relámpagos en la solapa. “No me pongas en el centro” o “Tú, extremista del centro”, eran otros dos de los insultos que con frecuencia recibió Kruecken, como si fuera el enemigo más peligroso que se pudiera encontrar ya desde hacía tiempo en el espacio político del centro.

Lo que intranquilizó de forma particular a Kruecken no era tanto el “rugido de odio desde la selva de Facebook”, como los comentarios de gente que le apoyaba, que lo lamentaban, que veían las protestas contra las clases de Lucke de forma tan crítica como él, pero que no se atrevían a decirlo públicamente.

La discusión política siempre ha sido bronca

Es posible que no haya cambiado tanto el tono. Quizá sea solo el anhelo de armonía y de seguridad lo que ha crecido. La discusión política siempre fue bronca, siempre se he metido caña. Franz Josef Strauß, durante muchos años presidente de la CSU, por ejemplo, hacía fabulaciones en 1974 con las “ratas rojas”, a las que había que cazar “en el lugar que les corresponde”, en sus agujeros. Joschka Fischer le soltó en 1984 a Richard Stücklen (CSU), vicepresidente del Congreso de los Diputados alemán (Bundestag), que era, con la venia, un “cabrón”.

Desde siempre hay especial querencia por las comparaciones con los nazis. El premio Nobel de la Paz Willy Brandt calificó en 1985 al político de la CDU Heiner Geißler como el “más perverso agitador” desde Joseph Goebbels; Helmut Kohl atizó en 2002 a Wolfgang Thierse, entonces presidente del Congreso, con que era “el peor presidente desde Hemann Göring”.

En los años cincuenta hubo asaltos contra las tribunas de los oradores y contra asambleas, se arrancaban pancartas, incluso con la protección de arriba. El canciller de la CDU Konrad Adenauer agradeció a la juventud del partido, tras su victoria en 1953, porque “a menudo con el uso de los puños», habían llevado a cabo «la guerra de las pancartas”. En la atmósfera tan politizada de finales de los sesenta el uso de la fuerza escaló y llegó a los dos frentes. En la campaña electoral de 1969 hubo más de 200 heridos.

¿Qué entendemos ahora por política?

Y sin embargo, ha cambiado lo que entendemos ahora por política. Los grandes conflictos, según Marc Saxer, autor berlinés y colaborador de la Fundación Friedrich Ebert, ya no son de tipo material, sino de cuño cultural. En lugar de distribución de conflictos se tratan cuestiones de comportamiento. Por ejemplo,  justicia para los sexos. En el núcleo  el conflicto consiste en que las mujeres quieren más influencia, más poder, más dinero. Y que los hombres tienen que entregarlo. Por ejemplo, y especialmente, las cuestiones de moral sexual. Sobre el cambio climático: en realidad, es un conflicto sobre las grandes cuestiones materiales –cómo se limita el crecimiento y cuánto cuesta–, pero se debaten preguntas personales de comportamiento como la renuncia a la carne y la vergüenza por volar. Lo privado se ha hecho tan político como hace mucho tiempo que no sucedía.

Los conflictos clásicos de distribución material, son, al menos en teoría, más fáciles de solucionar. Uno quiere tener más, el otro menos: de forma ideal se ponen de acuerdo en el medio. Pero con conflictos culturales, sin embargo, no hay compromisos. Aún menos cuando los polos de estos conflictos políticos-culturales, de los libertarios y de los autoritarios, están dominados por posiciones extremas.

Sentirse amenazados

Los dos polos se parecen más de lo que quisieran los que se enfrentan, lo que es a su vez un motivo para la dureza de la discusión. Los dos tienen el sentimiento de la amenaza, de que algo fundamental va mal en la sociedad, de que los otros son unos bárbaros. Y de que la otra parte es más fuerte y con una mejor red de relaciones, superior en la dirección del discurso y por supuesto siempre avanzando. Así ambos polos han desarrollado una mentalidad de acosados y amenazados. En consecuencia, se aíslan del mundo exterior. Dependiendo de donde uno se sitúe, allí está por supuesto lo bueno, lo moral; allí donde los otros levantan sus barricadas, lo malo y lo amoral.

En los tiempos de formación de tales bloques, los peores enemigos son los traidores. Los que se desvían o buscan compromisos como Baberowski, o Schröter o Kruecken, o también apóstatas como Steffi Unsleber, redactora del periódico berlinés “taz”, que ha sabido en propia carne lo que quiere decir que se le dispare desde las propias filas.

Steffi Unsleber y la izquierda intolerante

Unsleber se atrevió a criticar el plan de tope de alquiler previsto por el senado de Berlín, primero con un tuit y luego con un artículo en el periódico “taz”. La crítica: los inquilinos berlineses ganarían, pero eso complicaría el traslado de los que vinieran a vivir a Berlín y desde luego no era ventajoso para los pequeños dueños de casas, que habían invertido lo ahorrado en una vivienda propia. Los planes eran “demasiado insolidarios”.

Cuando hace dos semanas se presentó de hecho ese proyecto de ley sobre límites al precio del alquiler, añadió Unsleber más tuits. Fueron retuiteados y tachados miles de veces como “cagalera neoliberal”, “basura alejada de la vida”, “mierda privilegiada”.

Es muy posible que la irritación fuera especialmente grande porque alguien al parecer de la izquierda criticara un proyecto muy querido por esa misma izquierda. En tiempos calientes como estos las filas permanecen generalmente cerradas.

Unsleber había ocultado sus datos en el registro de inscripciones, porque informaba con frecuencia sobre la derecha y los neonazis. Ahora ha sido afortunada también con que los extremistas de la izquierda no pudieran tan fácilmente hallar su dirección. En Twitter ha cancelado su cuenta.

Límites a la libertad de expresión

¿Se debe decir todo lo que se quiera? Naturalmente que no. La libertad de expresión es un bien alto, importante, pero no el mayor en nuestra Constitución. “La dignidad de los hombres es inviolable”, dice el artículo 1 de la Constitución alemana. No se debe insultar a nadie, llamarlo “cabrón”, aunque lo sea. Al contrario que casi por todas partes en el mundo, se prohíbe por ley en Alemania negar el Holocausto.

La libertad de opinión es un derecho fundamental, pero incluso los derechos fundamentales no valen de forma ilimitada, aunque solo sea porque algunos compiten con otros. Sobre todo la libertad de opinión no protege de la opinión de otros, es decir, de que critiquen nuestra opinión. El que habla debe contar con el discurso en contra.

El clima de opinión se ha hecho más bruto. Lo que tiene que ver mucho con la AfD, la cual ha desplazado hacia la derecha el discurso. Los políticos de la AfD dicen cosas que desde hacía tiempo ya no se decían en voz alta. Se podría argumentar que con ello han ampliado la libertad de opinión y que por otra parte utilizan los debates para presentar las limitaciones de la libertad de expresión, lo que resulta en una profecía autocumplida.

Björn Höcke

En la víspera de las últimas elecciones en Turingia, Björn Höcke, mascarón de proa del ala nacional-patriótica de la AfD, se subió a una tribuna en Erfurt, especialmente diseñada para él, en un lugar prominente de la ciudad. A la derecha y a la izquierda del podio se colocaron dos jóvenes sobre unos vehículos con enormes banderas de Alemania. Cuando Höcke decía una gracia, los jóvenes movían las banderas.

La libertad de opinión es uno de los temas preferidos de Höcke. Viene muy bien a su estrategia. Él quiere debilitar la fe en la democracia, en los partidos establecidos, en los medios. Y dice: “Vemos cómo la única fuerza relevante de la oposición -y esa es la AfD— es combatida por el establishment político y mediático”. El derecho central en una democracia, la libertad de opinión, se oprime por medio de la corrección política. Y entonces suelta su agudeza: “El establishment poli-mediático de este país ha transformado nuestra democracia en un Estado de credo”. Batieron los jóvenes  las banderas, el público abucheó y aplaudió.

Björn Höcke
Björn Höcke. Foto: © Shutterstock

El mismo Höcke fue materia de un caso legal sobre libertad de opinión, que se tramitaba en el tribunal contencioso-administrativo de Meiningen (Turingia). Se trataba de la cuestión de si a Höcke en una manifestación se le puede llamar fascista. El ayuntamiento de Eisenach lo había prohibido, pero el caso se llevó a los tribunales.

En la sentencia, los jueces subrayan que llamarle fascista no era una calificación inventada, sino que había hechos para fundamentarla. Y aludían a un libro de entrevistas de Höcke de junio del año pasado. En él se hablaba de que era necesario un nuevo Führer, de que parte de la población tenía que ser excluida, en especial los inmigrantes. Höcke era partidario de “la limpieza de Alemania”. Con una escoba fuerte, una “mano robusta”, y un “maestro de la disciplina” había que limpiar la pocilga. Sobre Hitler afirmaba que “se le presenta como el mal absoluto” y que no es tan “o blanco o negro”.

Se puede llamar, pues, a Höcke, fascista. Viva la libertad de opinión. Sobre todo si se basa en hechos.

La víspera de la elección en Turingia la frase “Höcke, el fascita” se convirtió en eslogan. Annalena Baerbock, presidente de los Verdes, como primera, lo insultó así. Muchos la siguen. Höcke, el fascista. Decir eso aquella tarde tenía algo de aterrador, pero también de satisfacción. En la sesión en directo de los principales candidatos en la MDR [radio de Turingia] se lo dice incluso a la cara Anja Siegesmund, de los Verdes.

¿Y Höcke? Tiene una mirada llameante. Pero no muestra irritación, ni miedo. En lugar de eso, exhibe algo así como una sonrisa, como si se alegrara de que lo insulten.

A Höcke y a Lucke les separa algo más que unas cuantas letras en el nombre. Tienen poco en común. Uno es un fascista, el otro, no. Pero una lección han aprendido en esta pieza teatral que se llama libertad de expresión: cuanto más alto se le insulta a uno como lo malo, más le aprovecha.


 

© Tobias Becker, Anna Clauß, Silke Fokker, Lothar Gorris, Armin Himmeltrath, Peter Maxwell, Ann-Katrin Müller, Miriam Ulbrich, Klaus Wiegrefe. 2019 Der Spiegel/ The New York Times.

© de la traducción: José Manuel Grau Navarro.

«Historia del silencio», de Alain Corbin

Alain Corbin (Lonlay-l’Abbaye, 1936) es historiador, profesor emérito de la Sorbona y estudioso de lo que se conoce como historia de las sensibilidades. De los más de veinte títulos que, como autor o coautor, ha escrito, dos han sido traducidos al español: Historia del cuerpo (Taurus, 2005) e Historia del cristianismo (Ariel, 2007), del que fue coordinador.

Ha abordado, entre otros temas, la virilidad, la prostitución, el paisaje, la playa, el cielo, el mar y, más recientemente, el árbol, desde esa historia de las sensibilidades, del modo de ver, mirar y pensar en distintas épocas a través del testimonio que literatura, ensayo y otros documentos revelan. Se publica ahora en español Historia del silencio. Del Renacimiento a nuestros días (El Acantilado), una aproximación sin pretensiones de exhaustividad o sistematización, sobre cómo algunos autores abordan el silencio a través de unas cuantas catas, una selección de resonancias o ecos, conexiones y evocaciones.

Corbin asigna pasajes de novelas, personajes, situaciones o textos a ocho modos de mirar el silencio

Corbin asigna pasajes de novelas, personajes, situaciones o textos a ocho modos de mirar el silencio o considerarlo, que constituyen los capítulos del libro: el silencio y la intimidad de los lugares; el silencio de la naturaleza; las búsquedas del silencio; los aprendizajes y disciplinas del silencio; la palabra del silencio; las tácticas del silencio o el arte de callar; de los silencios del amor al silencio del odio; y, por último, lo trágico del silencio. Como interludio, un capítulo sobre José y Nazaret o el absoluto silencio, que es el más breve de todos, apenas página y media, con una referencia a Charles de Foucauld, padre de la llamada espiritualidad del desierto.

Historia del silencio, (El Acantilado), 143 págs.

El libro tiene mucho de pictórico ya desde su inicio, al evocar el silencio en el ámbito del hogar, esos silencios de los cuadros de Edward Hopper y tantos; pero también esos otros en textos de Rilke, Proust, Bernanos, Victor Hugo, Zola o Huysmans, por citar algunos. Hay un discurso silencioso de las cosas y silencios propios de algunas estancias —un salón, una buhardilla— o de las casas de campo. También, fuera del ámbito doméstico, hay silen- cios y silencio en las salas de mapas o, por ejemplo, en las iglesias y claustros, en las catedrales, auténticos monumentos del silencio.

La naturaleza es otro ámbito para el silencio, ya sea el bosque de Henry Thoreau y Robert Walser o las montañas de John Muir, el desierto de Saint-Exupéry o el mar de Conrad y Camus. Hay silencio en la noche y otro silencio diferente tras la nevada. Paisajes también de resonancias silenciosas son el campo y las pequeñas ciudades de provincia, las ciudades episcopales de Balzac, las ruinas de Chateaubriand y, por supuesto, el desierto.

Las búsquedas de silencio impregnan toda la historia humana, son una necesidad que desborda la esfera de lo sagrado y religioso, según Corbin. El silencio es considerado condición necesaria de toda relación con Dios, y la lucha contra la distracción algo ligado directamente al silencio. En este ámbito, se cita La oración de silenciode Baltasar Álvarez, y su «cuadro interior silencioso», al dominico Luis de Granada, a Carlos Borromeo, Ignacio de Loyola y Felipe Neri. Se detiene Corbin en el abate de Rancé, el reformador de la Trapa, y en Bossuet y ese triple silencio que predicaba: el de la regla, el de la prudencia y el de la paciencia. El silencio está relacionado con las vanidades, cuadros que expresan un duelo anticipado y también tema de meditación que, según el abate de Rancé, permite medir mejor cotidianamente el transcurso de los días, anticipa el silencio de la tumba y prepara para la eternidad. También el silencio es el desierto espiritual de san Juan de la Cruz y de los padres del desierto de la tradición ortodoxa.

El silencio no es una obviedad, se debe aprender y ejercitar. «No podemos formarnos una idea exacta del que nunca calló», escribió Maeterlinck. El mandato de guardar silencio concierne a lugares como iglesias, colegios, ejército, también a determinadas circunstancias de cortesía. Diversos autores en el siglo XVII  dedican tratados al arte de la conversación, del que forma parte, también, saber callar. Según Margaret Parry, otra estudiosa del silencio, «si queremos alcanzar una vida auténtica, es indispensable fundar un monasterio de silencio en nosotros mismos».

Corbin recuerda que la palabra ha surgido de la plenitud del silencio y «esta le confiere su legitimidad», como escribe Gabriel Marcel. «No hablamos sino a las horas que no vivimos (…) y la vida verdadera, la única que deja alguna huella, no está hecha sino de silencio», dice Maeterlinck en El tesoro de los humildesLa lengua del alma es el silencio, concluye Corbin. El silencio no es la pérdida de la palabra, sino la retirada de esta a su lugar más original, más resonante, escribe Marc Fumaroli en L’école du silence. Le sentiment des images au xvii siècle.

En el amor hay más silencio que palabra, afirma el suizo Max Picard, cuyo libro Die Welt des Schweigens (El mundo del silencio)escrito en 1948, es uno de los más citados en esta Historia del silencioSin embargo, hay amistades cuyo principal nexo de unión es no saber estar callados. Para Pascal Quignard, solo el silencio permite contemplar al otro. En todo caso, el silencio puede ser también signo de destrucción del amor, resultado de esos odios lentos alimentados de rencores y alejamientos de quienes conviven y algún día se amaron.

Hay un silencio que anuncia la muerte, también otro antes de estallar la batalla o en la caza, y uno diferente en la enfermedad y los enfermos. «Parece que el silencio, expulsado de todas partes, haya ido a esconderse en los enfermos; vive en ellos como en las catacumbas», escribía Picard, y recoge Corbin.

El libro de Corbin es como esos amigos buenos y amables que te presentan a sus propias amistades, amigos que pueden acabar siendo tuyos, algunos te eran desconocidos, con otros habías coincidido algún tiempo atrás. Más allá de las lecturas clásicas que Corbin menciona a las que volver o ser presentados, este libro se nutre también de quienes han estudiado el silencio, entre los que cabe des- tacar a Picard o Fumaroli, así como el libro Le silence en littérature. De Mauriac à Houellebecq, y de textos reunidos por Françoise Hanus y Nina Nazarova, otra de las referencias habituales en esta Historia del silencio.

Mathias Döpfner, presidente de Springer: “No soy la policía de la lengua, y no quiero tenerla”

Der Spiegel es el mayor semanario de Alemania y uno de los medios internacionales más influyentes. Esta entrevista, realizada por Isabell Hülsen y Markus Brauck, se ha publicado en papel: Der Spiegel 45/ 2.11.2019, pp. 20-23, y la reproducimos, traducida al español, con los correspondientes permisos. Acompaña a un largo reportaje sobre la libertad de opinión en Alemania. Aquí y a lo largo de la entrevista añadimos algunas aclaraciones en cursiva, ante términos o connotaciones quizá no conocidos por todos de la situación en Alemania. Destacamos sumarios y negritas que no están en alemán. Las fotos también son nuestras. El resto, es decir, todo el texto, sin cortes, es una versión lo más fiel posible del original.

Portada de "Der Spiegel": "Libertad de opinión. Sobre los límites reales y sentidos de lo decible"
Portada de «Der Spiegel»: «Libertad de opinión. Sobre los límites reales y sentidos de lo decible»

AfD: Alternativa para Alemania (Alternative für Deutschland) es un partido político de ideología euroescéptica, entre la derecha y la extrema derecha.
Axel Springer es la principal editora de prensa escrita en Alemania y una de las mayores de mundo. Pone a la venta, entre otros, el tabloide «Bild», el de mayor circulación en Alemania. Mathias Döpfner es su presidente.

A continuación, ofrecemos la entrevista:

“No soy la policía de la lengua, y no quiero tenerla”

Conversación con “Der Spiegel”. El presidente de la editorial Axel Springer, Mathias Döpfner, habla sobre el clima de opinión envenenado en Alemania, la ruptura de tabúes por parte del partido político AfD y las campañas del periódico “Bild”.

Döpfner, de 56 años, es el poder de la opinión en persona. El presidente de Axel Springer dispone, con “Bild”, del mayor tabloide de Alemania. Personalmente se divierte provocando debates. Después del atentando antisemita de Halle publicó en “Die Welt” (otro periódico del grupo) un artículo en el que reprochó a los medios y a la política soñar con la “quimera de lo políticamente correcto”. [Un hombre armado y vestido con ropa militar mató el pasado 10 de octubre a dos personas junto a la sinagoga de la ciudad alemana de Halle].

Mathias Döpfner. Foto: © Wikimedia Commons

—Señor Döpfner, casi las dos terceras partes de los alemanes opina que ya no se puede decir en este país lo que se piensa. ¿Forma parte usted de ese grupo?
—No, y eso es además objetivamente falso. Cualquiera puede decir en Alemania lo que piensa. Pero interesa destacar, sin embargo, que al parecer cada vez menos se atreven a decir lo que piensan. Mi observación paradójica: en la medida en que manifestar la opinión exige menos valor, menos valentía hay disponible. Bajo Hitler y Stalin había personas que arriesgaban la vida. En Alemania en 2019 se arriesga un linchamiento digital. Y apenas hay quien se atreva a ello. Esto no es bueno. La réplica es el suelo de cultivo de una sociedad abierta, democrática.

—¿Falta valor para la réplica? ¿Es ese su diagnóstico?
—Sí, el discurso políticamente correcto está sedado. Echo de menos debates vivos y posiciones sorprendentes.


«Cada vez menos se atreven a decir lo que piensan»

 

—Nuestra impresión es otra. Nunca como hasta ahora se ha metido tanta caña, ni se han publicado tanta opiniones radicales, sobre todo, aunque no solo, en las redes sociales.
—Meter caña es justo lo contrario de debate. Actualmente vivimos una bifurcación: por una parte está la polarización máxima y el embrutecimiento de las costumbres, sobre todo en las redes sociales. La lengua habitual en la tasca y en Facebook es cada vez más bruta, más intolerante, más rabiosa. La lengua de muchos políticos, periodistas, dirigentes económicos y artistas, en los espacios públicos y publicados, es por el contrario cada vez más cautelosa, más estéril. Cada vez es más arriesgado decir algo sin estar preparado y sin guión.

—Lo que usted afirma tiene resonancia. Eso es claramente defendible.
—Ese veredicto se ha convertido en su propia parodia. Sé a qué rincón quieren llevarme [recuérdese que Döpfner es uno de los hombres más poderosos de los medios alemanes]. Pero aquí tratamos de averiguar por qué tantas personas viven el debate como algo que oprime, aunque objetivamente podrían decir todo lo que piensan. Y esto radica, creo, fundamentalmente en una pérdida de autenticidad, sentida y real.

—¿Qué quiere decir con ello?
—Las personas en Alemania perciben que cada vez más políticos y medios de comunicación utilizan una lengua que pierde jugo, fuerza y honradez. Es una lengua de eufemismos y de prevención de faltas. El discurso público sigue las reglas retóricas de lo políticamente correcto. Se describen las cosas como deberían ser, y sobre todo, se evita todo disgusto. Esto proporciona justo en el espacio político que las personas tengan la impresión de que en ese espacio político no dicen lo que piensan ni hacen lo que dicen.


«Meter caña es justo lo contrario de debate. La lengua habitual en la tasca y en Facebook es cada vez más bruta, más intolerante, más rabiosa»

 

—¿No es verdad lo contrario? La AfD desplaza los límites de lo que es decible cada vez más, de tal manera que el tiempo de la Alemania nazi se convierte en una nimiedad dentro de la historia de Alemania.
—Esa declaración por sí sola podría liquidar a la AfD, en un país que tuviera una relación negativa, clara, muy arraigada emocionalmente, respecto del antisemitismo. Pero no lo liquida. Lo que muestra que el modelo de negocio de la AfD en Alemania cae en suelo fructífero. Mi tesis es: facilitamos a la AfD su táctica repugnante en la medida en que estrechamos lo públicamente decible. Incluso Barack Obama ha criticado eso por principio en una entrevista. Cuando no se puede hablar en público sobre los delitos de los inmigrantes y refugiados sin cosechar inmediatamente el reproche de ser enemigo de los extranjeros, se facilita la teoría de la conjuración a los populistas y a los revisionistas de la historia. Justo esto pasa ahora.

—Eso se parece a la leyenda que emplea la propia AfD, de que los medios y los partidos del sistema ocultan la verdad a la gente.
—Justamente no. Lo intento de otra manera: ¿cuáles son las tres formulaciones más drásticas que ha pronunciado la canciller en sus catorce años de Gobierno y que a ustedes le vienen a la mente de forma inmediata?

—¿Es eso la medida: formulaciones drásticas?
—En el caso de Franz Josef Strauß [1915-1988, muchos años presidente de Baviera] sería: “¿Pero tiene usted el bachillerato”?, con Gerhard Schröder [canciller de Alemania desde 1988 a 2005]: “Basta”. Con Angela Merkel [actual canciller de Alemania]: “Lo conseguiremos”.


«Creo que demasiada corrección política al final causa exactamente lo contrario: intolerancia, racismo, xenofobia»

 

—¿De eso padece todo el debate cultural político?
—Cuando se dirige la lengua política demasiado por lo políticamente correcto, se cosecha la victoria del movimiento contrario. Lo pone de manifiesto Donald Trump, que de una forma completamente metódica ha echado por la borda todas las reglas clásicas de la comunicación política y quien por medio de una extrema agudización, una extrema polarización y una extrema ruptura de tabúes ganó las elecciones. Mucha gente hallaba horrible lo que decía, pero tenían la sensación de que al menos decía lo que pensaba. A los otros candidatos no se lo sacaron. Por eso creo que demasiada corrección política al final causa exactamente lo contrario: intolerancia, racismo, xenofobia. El resultado es polarización, debilitamiento de la democracia.

—Por favor, concrete.
—No soy la policía de la lengua y no quiero tenerla. Pero les pongo dos ejemplos. Cuando el político de la CDU [Unión cristiano-demócrata: uno de los partidos más importantes de Alemania] Carsten Linnemann dice que un niño que apenas entiende ni habla alemán no tiene nada que hacer en una escuela de primaria, se le presupone que no quiere hablar de los problemas del sistema educativo en Alemania, sino que promueve la xenofobia. Cuando la profesora Susanne Schröter organiza una conferencia con velo titulada “Símbolo de la dignidad o de sometimiento”, se forma un griterío. Prohibiciones que se ponen en marcha con buenas intenciones establecen el espacio para los demagogos políticos.


«Si me comporto honrada y auténticamente, el de enfrente puede tratarme mejor, puede argumentar en contra sin rechazarme a mí como persona. Pero si no me fío de lo que alguien dice, de lo que piensa, es imposible ese arte del diálogo»

 

—Usted publicó un artículo en “Die Welt” [otro periódico del grupo Axel Springer], tras el atentando en la sinagoga de Halle, en el que reprochaba, a los medios y a la política, el tranquilizar y quitar importancia cuando se habla por ejemplo de los refugiados. El clamor fue grande. ¿Fue su intención?
—Me han criticado mucho algunos profesionales de la prensa, también en las publicaciones del grupo Axel Springer, lo que me parece muy bien. Muestra valor y pluralidad. Por la parte de los no profesionales de la prensa, coincidían tanto en lo que opinaban como rara vez en otros casos, a través de todo el espectro de la sociedad. Concedían, los no profesionales, que había uno preocupado realmente porque en Alemania no se hacía lo suficiente contra el antisemitismo. Los profesionales de alguna manera se sentían ofendidos. Hasta cierto punto esta reacción dividida confirmaba exactamente mi tesis.

—También le aplaudió Erika Steinbach, una simpatizante de la AfD.
—Hay que soportarlo. ¿Que una vez haya aplausos de la parte falsa, y ya está, ya está desacreditada toda la argumentación? Justo a eso es a lo que quiero apuntar. Así, no. Eso es lo contrario de un debate.

—¿Piensa usted que los políticos y los periodistas huyen del debate?
—Creo que no es sano que la opinión publicada se diferencie tanto del cuadro total de opinión de la población. Eso lo refuerza el fenómeno de que las preferencias políticas de los periodistas alemanes no reflejan la media de la población en Alemania. Los periodistas se sitúan en su mayoría en el espectro rojo-verde. Se necesita más pluralismo. Más variedad en el centro. Con ello habrá menos polarización en los extremos.


«La lengua de muchos políticos, periodistas, dirigentes económicos y artistas, en los espacios públicos y publicados, es por el contrario cada vez más cautelosa, más estéril. Cada vez es más arriesgado decir algo sin estar preparado y sin guión»

 

—Su tesis es que más alboroto en el centro, en la política y en los medios, libera los extremos. EE.UU. demuestra lo contrario. Entre Fox News y la CNN, entre los demócratas y los republicanos, hay mundos. La polarización de la sociedad ha reforzado las divisiones más que las ha disminuido. Si le seguimos, desembocamos en ese modelo. ¿No deberíamos defender más bien que la bronca de los extremos se organiza sola, pero que los grandes medios deben organizar el entendimiento apuntando a lo que hay en común?
—Yo diría más bien que los grandes medios han de posibilitar la disputa culta. A nuestra profesión le recuerdo lo que señalaba Willy Brandt [1913-1992; ex canciller de Alemania]: ¡atreverse a más inconformismo!

—¿Dónde, por ejemplo?
—La generación joven ha reconocido como pregunta fundamental del futuro la destrucción de nuestro planeta y el dramático calentamiento del clima. Pero creo que hemos de estar atentos para que, como consecuencia de ese movimiento, no promovamos una nueva forma de olvido de la tolerancia, de la libertad y de la democracia. Me intranquiliza cuando los activistas dicen que esa petición sobre el clima es tan importante que no se puede desvincular de los medios de la democracia, que necesitamos reformas autoritarias por un buen fin. Muchas cosas terribles comenzaron en nombre de una buena intención.


«El endurecimiento de las leyes para las redes sociales es el camino falso»

 

—Pero el debate gira en torno a la extinción de la rebelión. Se discute si el movimiento muestra rasgos de una secta o es una nueva dictadura ecológica.
—Bien, si opinan que aquí se muestra valentía y no conformismo entre los políticos y los periodistas. ¿Pero por qué dice entonces el 41 por ciento de la población en los nuevos Länder [regiones alemanas, aproximadamente equivalentes a las autonomías en España] que hoy no tiene más libertad de opinión que antes? ¿Por qué dice el 58 por ciento de los alemanes del Este, según una encuesta del semanario “Zeit”, que no se sienten mejor protegidos hoy de la arbitrariedad del Estado que en los tiempos de la República Democrática de Alemania (RDA)? Eso es objetivamente un sinsentido.

—Una respuesta ya la ha dado usted: porque el sentimiento engaña.
—Pero son números alarmantes, que no se pueden minimizar sin más. ¿Qué funciona mal en la sociedad? Notoriamente las elites han fracasado, de ahí que tenga lugar el desacoplamiento. Intento, en primer lugar, ser autocrítico, y mostrar un espejo a mi propia profesión, a la que tanto quiero. Mi madre dice siempre: la crítica es la mayor expresión del amor.

—¿Puede ser que quizás estemos menos ante un asunto de libertad de expresión que de aguantar la oposición? Yo puedo hoy decir lo que quiera, pero espero también que no sea contradicho.
—Sí, es cierto. Y podría ser un problema de la mentalidad alemana.

—¿Qué hay ahí de alemán?
—Tendemos a mantenernos de forma consensual y miedosa y de dar la razón al otro, a pesar de que no hallamos que tenga razón, o, por otra parte, pasamos al plano personal y ofendemos, de forma personal o con violencia increíble. La separación del plano técnico del plano personal nos cuesta mucho. En el espacio anglosajón esto se aprende. Allí hay cursos de debate en la escuela.


«Bajo Hitler y Stalin había personas que arriesgaban la vida. En Alemania en 2019 se arriesga un linchamiento digital. Y apenas hay quien se atreva a ello»

 

—En el periódico “Bild” se puso en la picota hace unos días a políticos críticos con Israel y a promotores del antisemitismo: un intento de llevar al debate a esos señalados expulsándolos.
—¡Qué dicen! Cuando, pongamos por caso, Claudia Roth [destacada política del partido de los Verdes] hace un gesto amigable al presidente del Parlamento iraní, que relativiza el Holocausto, o al embajador de un Estado que persigue la destrucción del Estado de Israel, y aplaude sonriendo, con ello apoya indirectamente el antisemitismo, pues lo relativiza. Cuando una política de los Verdes, que no tiene ningún motivo para quedar con esa gente, queda, entonces es misión de los periodistas independientes  señalar que se minimiza el antisemitismo y denunciar que en Irán se pisotean los derechos de las mujeres y de los homosexuales. No entiendo que se critique que nosotros criticamos eso. Y a continuación uno de los Verdes declara que ya no volverá a hablar con el “Bild”. ¿Quién es aquí el intolerante?

—No se trata de Roth, sino del intento, de la campaña, para poner a un grupo de personas fuera de los límites de lo que todavía es el consenso democrático en Alemania.
—Lo siento, pero la minimización indirecta o la relativización del antisemitismo están para mí fuera del consenso democrático.

—Se queja del estrechamiento del clima de opinión pero contribuye a él.
—Más bien espero promover la discusión. El sentimiento de que se nos deje finalmente tranquilos con el antisemitismo, me preocupa mucho. Y apenas hay oposición tampoco al sometimiento voluntario de Alemania al dictado chino de la telefonía 5G. O estamos ante una desconcertante ingenuidad o ante un adelantado olvido de la libertad.


«Tratamos de averiguar por qué tantas personas viven el debate como algo que oprime, aunque objetivamente podrían decir todo lo que piensan. Y esto radica, creo, fundamentalmente en una pérdida de autenticidad, sentida y real»

 

—El semanario “FAS” (Frankfurter Allgemeine Sonntagszeitung) escribió la semana pasada que algunas quejas sobre la restricción a la libertad de opinión recuerdan a jugadores de fútbol que se tiran al suelo quejándose aunque nadie les ha hecho nada.
—No lo veo así. La ocasión de esta entrevista es el caso Lucke, el caso Lindner, el caso De Maizière [profesores y políticos que fueron saboteados recientemente para que no hablaran en público]. No son ningunos simuladores. Se trataba de hacerlos callar como muertos, de hacerlos callar abucheándolos, de ponerlos en la calle. Esto tiene tradición en las universidades alemanes, que llega hasta los años treinta. Y ya por debajo de ese umbral es problemático. El debate sobre Peter Handke [premio Nobel de Literatura este año], por ejemplo. Personalmente encuentro que desprecian la dignidad humana y que son falsas las cosas que ha escrito y dicho sobre Serbia. Y sin embargo hallo la discusión acerca de si debería haber obtenido el premio Nobel atascada y antiartística. No tiene nada que ver con la literatura y por supuesto nada con la libertad de opinión y de pensamiento.

—¿Tendríamos que ser menos susceptibles, en su opinión?
—Hay casos en los que se intenta entender algo falso o malo y se presuponen intenciones en alguien que en realidad no las tiene. Al revés: hay gente que pronuncia conferencias los domingos en principio muy correctas, pero que a uno, después de la segunda copa de vino en el restaurante, le estallan en los oídos, de tal manera que preferiría levantarse e irse, porque atentan repugnantemente contra la dignidad humana y son xenéfobas. He vivido hipocresía así de la peor clase. Por lo tanto tendríamos que desarrollar más sensibilidad con lo que alguien quiere decir, en lugar de prohibir formulaciones en sí impugnables.

—Por una parte reclama usted expresarse de una forma jugosa y auténtica, sin tener en cuenta la corrección política; por otra, exige más sensibilidad y disponibilidad para escuchar. ¿No es una contradicción?
—De ninguna manera me parece que sea una contradicción. Si me comporto honrada y auténticamente, el de enfrente puede tratarme mejor, puede argumentar en contra sin rechazarme a mí como persona. Pero si no me fío de lo que alguien dice, de lo que piensa, es imposible ese arte del diálogo. Pero me parece que nuestra conversación hasta ahora no avanza lo suficiente.


«Cuando no se puede hablar en público sobre los delitos de los inmigrantes y refugiados sin cosechar inmediatamente el reproche de ser enemigo de los extranjeros, se facilita la teoría de la conjuración a los populistas y a los revisionistas de la historia»

 

—Apenas puede ir mucho más allá.
—Me parece que estamos justo intentando limitar el discurso del odio en los medios sociales, con lo cual cometeremos el siguiente error. El endurecimiento de las leyes para las redes sociales es el camino falso.

—Es el intento de civilizar el debate por medios legales.
—Lo que está pasando tiene de forma inequívoca el potencial para limitar la libertad de opinión. Después un algoritmo decidirá qué formulación hiere o insulta. Eso lo encuentro problemático. La causa principal del hate speech (discurso del odio) y de las fake news (noticias falsas) es la existencia de cuentas anónimas.

—Desde hace ya mucho tiempo, con cuentas con titulares muy claritos, se difama y se insulta.
—Pero en el momento en que se puede identificar a alguien es tarea de la fiscalía decidir si se han traspasado o no los límites. Una cuenta tienen que llevar consigo la positilidad de “dar cuenta”, de ser responsable por ella. Los dueños de las plataformas dicen que esto técnicamente no es posible o que es muy difícil. Pero estoy convencido de que si el legislador diera aquí los pasos pertinentes, las plataformas hallarían la posibilidad de que alguien que se manifieste en los medios digitales sea también identificable.

—En muchas empresas editoriales ahora hay que hacer recortes, se tiene que ahorrar. Axel Springer ha tenido que despedir a cientos de periodistas. ¿Hace perder terreno a nuestra profesión la lucha por la altura del debate?
Hasso Plattner [fundador de SAP; es una de las mayores fortunas de Alemania] ha dicho hace poco: “Creí que internet contribuiría a encontrar la verdad. Pero no es así. Necesitamos algo así como una capa de periodistas. No todos pueden ‘mear en internet'». Pero esto solo podrá ser así si nuestra profesión encuentra un modelo de negocio. Los periódicos impresos se venden cada vez menos. Y en internet tres cuartas partes de los ingresos por publicidad van a parar a Google y a Facebook. Cada vez menos dinero entra en las redacciones. La calidad de la redacción sufre por ello. También eso contribuye a nuestro clima social.

—Le agrademos la conversación, señor Döpfner.

 


 

Original: entrevista realizada por Isabell Hülsen y Markus Brauck, y publicada en papel: Der Spiegel 45/ 2.11.2019, pp. 20-23 © 2019/ Der Spiegel / The New York Times.

© de la traducción: José Manuel Grau Navarro

Cómo se fabrica la propaganda

Una encuesta realizada por The Washington Post en 2003 concluía que casi el 70% de los estadounidenses creía que Sadam Hussein estaba personalmente involucrado en los ataques del 11-S. El Gobierno de EEUU había insinuado desde el principio que existía esa vinculación, generando así un clima de opinión para justificar la intervención en Irak. A pesar de que años después, el exsecretario de Defensa Donald Rumsfeld, proclamó que el Gobierno nunca había sugerido que Irak estuviera detrás de los atentados. El dato le sirve a Jason Stanley para preguntarse por «el poder de la propaganda» para convencer a la mayoría de una nación de algo falso.

El autor cita la obra LTI: La lengua del Tercer Reich, del judío alemán Victor Kemplerer, uno de los más importantes estudios monográficos sobre el tema. Explica que la propaganda «explota y fortalece» lo que Stanley califica de «ideologías defectuosas» (flawed ideologies), como por ejemplo la nacionalsocialista, en la que «la deliberación racional se vuelve imposible». El problema —advierte— es que la propaganda también puede representar una amenaza para las democracias liberales, debido a su carácter insidioso. De suerte que para comprender la realidad política actual es preciso «comprender el mecanismo que hace eficaz a la propaganda».

Ese mecanismo no es otro que el engaño, como ya anticipaba tempranamente Rousseau en el Contrato social, al decir que el pueblo puede verse influido no por la coacción, sino mediante el «engaño» de los demagogos. La esencia de la propaganda no consiste tanto en decir mentiras como en falsear datos verdaderos. Del mismo modo que no todos los mensajes propagandísticos carecen de sinceridad. Por ejemplo, lo que «Hitler opinaba sobre los judíos lo decía muy sinceramente». Los totalitarismos se dedican abiertamente a la propaganda: Hitler tenía un ministerio con ese título. El peligro de la propaganda en las democracias es distinto: en ellas pasa desapercibida.

Siguiendo los estudios lingüísticos de Chomsky, señala Stanley que la propaganda supone la «manipulación de la voluntad racional para cerrar el debate»

Siguiendo los estudios lingüísticos de Noam Chomsky, señala Stanley que la propaganda supone la «manipulación de la voluntad racional para cerrar el debate». Para ello puede contar con medias verdades o verdades sacadas de contexto. ¿Cómo conseguir una voluntad general común en torno a un mensaje propagandístico? En primer lugar, dando información parcial sobre un asunto o tergiversarla. Esos datos no son necesariamente falsos, pero depende mucho del contexto en el que difundan.

Pone Stanley el ejemplo de las alusiones a las minorías étnicas. Si un político no musulmán dice en EEUU: «Hay musulmanes entre nosotros», la afirmación es indudablemente cierta. Pero —explica Stanley—, el propósito es demagógico, en el contexto del clima de prevención ante los atentados terroristas, ya que transmite que «los musulmanes son inherentemente peligrosos para los demás», lo cual es falso.

Un dato real es que la mayoría de los consumidores de crack (droga derivada de la cocaína) en Estados Unidos, son de raza negra, señala el autor. Basándose en ello, la opinión pública asocia a la población de color con la droga —y con la delincuencia—, a pesar de que el consumo de cocaína —en su versión menos degradada y por lo tanto más cara— es mayoritario entre los blancos. Tanto es así, que las leyes federales imponen una pena cien veces mayor a los consumidores de crack, en su mayoría negros, que a los de cocaína, por lo general blancos.

El neurólogo Carl Hart —citado por Stanley— explica cómo ese distinto tratamiento penal tiene que ver con prejuicios raciales de científicos que han exagerado los riesgos de la versión barata de la cocaína para justificar las condenas judiciales «draconianas» contra los negros.

Esta extrapolación de datos contribuye a reforzar los estereotipos endémicos que pesan sobre la población de color en EEUU, alimentados por «una narrativa científica supremacista», desde principios del siglo XX. Stanley recoge el comentario de un médico publicado en The New York Times en 1914: «La mayoría de los negros son pobres, analfabetos y perezosos Una vez que el negro ha formado el hábito, es irrevocable. El único método para mantenerlo alejado de la droga es encarcelarlo».

Así, mezclando datos reales con falsos y extrapolándolos, la propaganda ha estigmatizado a la población de color en EEUU, como explica Khalil Muhammad, en su libro The Condemnation of Blackness: Race, Crime, and the Making of Modern Urban America (La condena del negro: raza, delito y la construcción de un Estados Unidos urbano moderno), citado por Jason Stanley.

Este libro cuenta cómo desde principios del siglo XX los investigadores sociales buscaron una justificación científica a los estereotipos que arrastraba la minoría negra desde la centuria anterior. Los caracterizaron como perezosos y propensos a la violencia y el crimen. Y así han quedado en el imaginario colectivo.

Los datos pueden ser verdaderos pero su efecto puede ser propagandístico, reforzando tesis supremacistas, como ocurre en EEUU con la población de color

En segundo lugar, la propaganda también puede jugar con los símbolos, que conducen a emociones, previamente separadas de las ideas que las causan. Puede tratarse, por ejemplo, de la bandera, para identificarla con determinadas ideas, de clase o de raza. Y pone Stanley el ejemplo del presidente yugoslavo durante las guerra balcánicas de los años 90, Slobodan Milosevic, que apeló a la derrota de los serbios a manos de los turcos en la batalla de Kosovo (siglo XIV) para inculcar un sentimiento de agravio histórico en los de la etnia serbia, frente a croatas y bosnios.

¿Cómo detectar los mensajes propagandísticos? Stanley afirma que es decisivo fijar los ideales normativos que deben regir el discurso político como «guías para identificar los casos de propaganda, y su especie más infame, la demagogia». Y singularmente el ideal de «razonabilidad», expuesto por John Rawls.

El proceso de deliberación racional debe estar regido por «la fuerza no forzada del mejor argumento», según la expresión de Jürgen Habermas. Forzar las cosas y, en consecuencia, distorsionar la argumentación es recurrir a «expresiones de carácter emocional, que contaminan el debate público y atentan contra la racionalidad», como por ejemplo «superdepredador», término acuñado por una serie de académicos en EEUU para describir a los delincuentes juveniles. O recurrir a estereotipos negativos sobre la población de color para criticar los programas de asistencia social. Según una investigación de la Universidad de Princeton, «la creencia (socialmente percibida) de que los negros son perezosos» lleva a la conclusión de que no se merecen las prestaciones sociales.

Otra norma esencial en el proceso es el respeto a todos los ciudadanos representados, incluidas las minorías. El autor cita a Stephen Darwall, cuando dice que en una comunidad gobernada por «el ideal de razonabilidad» es necesaria «la empatía o la capacidad de ponerse en el lugar del otro». La atención a las minorías, que aborda Rawls en su Teoría de la Justicia, supone incluirlas como actores en el proceso deliberativo.

Pero la propaganda puede enmascararse en «una propuesta que parece tener en cuenta la perspectiva de todos (por ejemplo, llamando la atención sobre una amenaza pública), al servicio de una meta que erosiona la razonabilidad». Stanley alude a las campañas de organizaciones israelíes para transmitir el mensaje a las «élites de opinión» estadounidenses de que Israel está realmente interesado en la paz y el bienestar de los palestinos. Pero, al mismo tiempo, ese mensaje incluía, de forma sutil, la idea de que líderes palestinos, como Mahmoud Abbas, no eran realmente dignos de confianza.

Luther King insistió en la no violencia, durante la marcha desde Selma a Montgomery, sabiendo muy bien que los manifestantes serían recibidos con extrema violencia

Existe, no obstante, lo que Stanley llama «retórica cívica», siguiendo una tradición en filosofía política que se remonta a Aristóteles. Esa retórica es «políticamente necesaria para superar los obstáculos fundamentales para la realización de los ideales democráticos». Es la que utilizó Martin Luther King, con la marcha desde Selma a Montgomery (1965), en plena lucha por los derechos de voto en el Sur. Insistió en la no violencia, sabiendo muy bien que los manifestantes serían recibidos con extrema violencia. Y eso fue lo que contemplaron los televiden- tes. La marcha de Selma es —señala el autor— «un caso paradigmático de propaganda democráticamente aceptable: manipulación de los medios de comunicación para llamar la atención y empatía hacia un grupo que de otra manera sería invisible».

Martín Luther King

La democracia liberal tiene que rechazar a la propaganda política por tres razones: porque prima la racionabilidad en sus decisiones, porque prohíbe la discriminación de cualquier colectivo de ciudadanos y porque está abierta al debate. Pero la propaganda encuentra sus caminos para imponerse, mediante la herramienta de la palabra, como se detalla en un capítulo del libro, El lenguaje como mecanismo de control.

El autor reconoce que mucha más fuerza que el lenguaje tienen la arquitectura, los pósters y las películas, pero considera importante estudiar el lenguaje porque hay más herramientas científicas y filosóficas. Así, sigue de cerca, por ejemplo, los estudios sobre la situación de la mujer en la pornografía (Langton, MacKinnon, Hornsby), que implica su subordinación y anulación. Algo que cualquier propaganda pretende con cualquier grupo al que quiere manejar.

EL CONTROL DE LAS PALABRAS

Stanley enumera una serie de herramientas lingüísticas. Entre ellas, el juego de las generalizaciones; los llamados «significados sociales» de las palabras, que la comunidad adjudica a determinados conceptos; o el contenido peyorativo que puede ir implícito en palabras en apariencia neutrales.

Dos ejemplos. Las televisiones en EEUU, apunta Stanley, asocian un significado social negativo a la palabra «bienestar» cuando el término aparece repetidamente con imágenes de negros urbanos. El término «bienestar» llega a tener, en esos casos, «el contenido no discutible de que los negros son vagos».

El segundo ejemplo es el uso de términos despectivos, que jugó un importante clima psicológico para sentar las bases sociales del genocidio de los tutsi en Ruanda en 1994. El autor cita el artículo Genocidal language games, de Lynne Tirrell, para explicar que los extremistas hutus insultaban a los tutsis con la palaba inzoka (serpiente). Matar los ofidios es un rito de iniciación para los niños: les cortan la cabeza y los despedazan. Al describir a los tutsis como inzoka, la propaganda hutu estaba conectando ancestrales prácticas con instrucciones a las milicias hutus sobre cómo matar a sus víctimas. El significado social de llamar a alguien inzoka —señala Tirrell— fue que se convirtió en un acto legítimo y socialmente útil matar a esa persona como se mata a una serpiente. Y es que «el genocidio —concluye Stanley— suele ir precedido de la deshumanización expresada en forma lingüística».

Como advirtió Carl Schmitt, las cuestiones terminológicas son de la máxima importancia política. Por eso la política actual implica una constante búsqueda de palabras, frases, asociaciones de ideas y contextos ideológicos favorables, para ganar la batalla de la propaganda ideológica. Un ejemplo curioso: el Obamacare empezó siendo un neologismo crítico y hasta peyorativo, cuenta Stanley, pero los demócratas pudieron darle la vuelta y convertirlo en un activo propagandístico.

Lo que hace la propaganda es manejar viejas técnicas dialécticas, que llegan a remontarse a los antiguos sofistas, a fin de manipular el lenguaje y obtener determinados logros políticos, económicos y sociales. El ámbito lingüístico da mucho juego —explica el autor— para transformar la realidad a conveniencia, alterando los significados, como se desprende, entre otros, de un ensayo que cita, The Original Sin of Cognition de Sarah-Jane Leslie.

Se pregunta Jason Stanley si hay posibilidad de revertir la enorme presión de tanta propaganda política en una herramienta tan delicada como el lenguaje. Lo ve muy difícil, pero su ensayo ofrece algunas claves para detectar ese tipo de trampas dialécticas de las palabras.

Uno de los efectos de la propaganda, que el autor analiza en otro capítulo, es que esta condiciona la perspectiva de la gente sobre el mundo. Jason Stanley menciona la teoría de los estereotipos, expuesta por Walter Lippmann en Opinión pública: «Los estereotipos constituyen una imagen ordenada, más o menos coherente, del mundo a la que nuestros hábitos, gustos, capacidades, consuelos y esperanzas se han adaptado». Y no debe sorprender —apostilla Lippmann— «que cualquier alteración de nuestros estereotipos nos parezca un ataque contra los mismos pilares del universo». En este sentido, una ideología defectuosa opera produciendo creencias erróneas insertadas en la identidad de grupo o clase, de suerte que estas resultan inasequibles a todo intento de refutación empírica.

A Jason Stanley le interesa estudiar el mecanismo de los estereotipos, en la medida en que funcionan como un molde eficaz para difundir prejuicios o «ideas preconcebidas e inamovibles». La propaganda, señala, se fabrica no solo sacando datos de contexto, sino también soslayando los hechos objetivos y dando curso a impresiones subjetivas o visiones del mundo inexactas o incluso falsas, mediante sutiles argumentaciones. Como observaba Lippmann, existe una clara diferencia entre las experiencias de primera mano que tenemos las personas y las que se reciben por otros medios, especialmente los medios de comunicación de masas. Las segundas pueden estar manipuladas y, sin embargo, el usuario no siempre es consciente de ello.

La consecuencia de todo ello es que las opiniones, incluso en las sociedades democráticas, no siempre obedecen a procesos racionales, ni son fruto de debates contrastados, sino que responden a estereotipos y a deformaciones o manipulaciones de la realidad.

El mito de superioridad genética ha sido sustituido actualmente por el de superioridad cultural

Stanley sostiene que esas visiones del mundo tienden a crear y ahondar divisiones sociales. Mediante la propaganda, los grupos dominantes tienden a autolegitimarse (self-legitimation), al apuntar que esas clases dominantes hacen pasar por algo natural a la especie humana desigualdades que, en realidad, tienen origen social.

El autor busca la explicación en Max Weber, que afirma que cada grupo altamente privilegiado desarrolla «el mito de su superioridad natural». Este mito de superioridad genética ha sido sustituido actualmente por el de la superioridad cultural. Así lo pone de manifiesto «Jobbik, un partido húngaro antisemita y racista acérrimo, que considera a los gitanos como criminales por su cultura, no por su genética».

¿De qué mecanismos se vale la élite para conseguir que los grupos desfavorecidos acepten la ideología de su propia inferioridad? Además del control de los medios de comunicación, lo hacen mediante el control de la educación. A esta dedica Stanley un capítulo del libro (La ideología de las élites: supuesto práctico). Y pone la reorganización de la educación secundaria en EEUU, en la segunda década del siglo XX, como ejemplo histórico de control del poder por parte de las élites, a través de las aulas.

«La reforma de la enseñanza secundaria en EEUU a principios del siglo XX es paradigmática», explica Stanley. E. A. Ross defendía en el libro Control social que las aulas eran el «mecanismo ideal del control social de élites», ya que «aquellos que se distinguen por ideas y talento, son los líderes naturales de la sociedad’, y cuando ‘las poblaciones crecen, los intereses chocan y los difíciles problemas de ajuste mutuo se vuelven apremiantes, es absurdo y peligroso no seguir el liderazgo de los hombres superiores.» La educación, para Ross, es un medio para «domar el potro hasta el arnés». Y este ha sido «un tema persistente en las democracias liberales del siglo XX», apostilla Jason Stanley.

En la base del proyecto educativo de Woodrow Wilson se encuentra una ideología de superioridad de élite

La influencia de Ross se dejó sentir en Woodrow Wilson, que llegó a ser presidente de EEUU. Cuenta Stanley que en 1909, cuando Wilson era la máxima autoridad de la Universidad de Princeton, afirmó en su discurso El significado de la educación liberal: «Queremos que una clase de personas tenga una educación liberal, y queremos que la otra clase de personas, una clase mucho más grande, por necesidad, en cada sociedad, renuncie a los privilegios de una educación liberal y se ajuste a sí misma para realizar tareas manuales específicas difíciles».

Los puntos de vista de Wilson sobre una «educación liberal» son parte del movimiento de «educación como control social» explícitamente declarado por Ross. «En su base se encuentra una ideología de superioridad de élite, incluida la superioridad de élite masculina blanca», subraya Stanley.

Uno de los discípulos de Ross, David Snedden, fue el promotor de la reforma de la educación secundaria en EEUU, cuya referencia fueron Los principios cardinales de la educación secundaria, que Stanley califica como «uno de los documentos más influyentes en la historia educativa estadounidense del siglo veinte».

El documento describe «la democracia no como un sistema que maximiza la libertad, sino como un sistema que maximiza la eficiencia». Su huella —sostiene el autor— se ha dejado sentir a lo largo del siglo XX, como una muestra del predominio de las élites, y del ideal de eficiencia como forma de control social promovida por esas élites

Luis Moreno: «La igualdad no debe entenderse como un freno a la capacidad de logro»

Luis Moreno Fernández (Madrid, 1950) es profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Trabaja en su Instituto de Políticas y Bienes Públicos. Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Edimburgo y Honorary Fellow de esa misma institución, ha sido profesor e investigador invitado en diversas universidades europeas y norteamericanas. Es coautor de una treintena libros y de más de trescientas publicaciones científicas. Ayer presentó una ponencia (Desigualdad y Estado de bienestar) en el seminario de Nueva Revista sobre «Justicia social», que dirige el profesor Antonio Argandoña. Antes, Moreno Fernández mantuvo esta conversación con Nueva Revista.

—¿Qué autores han contribuido más a hacer de usted lo que es?
—Vivimos a espaldas de los gigantes. En el campo de la política social hay muchos muy reconocidos. Quizás si tuviese que elegir ahora a alguien, mencionaría a un colega danés que enseña en estos momentos en Barcelona, Gøsta Esping-Andersen. Fue un gran agitador en la conceptualización de los regímenes del bienestar, de lo que es el Estado de bienestar en Europa.

—¿En qué trabaja usted actualmente? 
—Mis dos grandes áreas de investigación son, por una parte, la política social, el Estado de bienestar, el modelo social europeo; por otra la política territorial, la dimensión territorial del poder: todo lo que tiene que ver con los encajes territoriales en los Estados modernos. Los procesos de unificación, como es el caso europeo, me interesan muchísimo; la europeización. En el caso nuestro, en España, hace algunos años escribí un artículo que sigue siendo muy citado, sobre la federación de España, sobre las «avenidas» para tratar de combinar unidad y diversidad. A pesar de que hoy en día quizá la situación no deja mucho para el optimismo, sigo siendo federalista convencido al respecto, normativamente. A todo lo que tiene que ver con esa dimensión territorial, los científicos sociales a veces lo hemos marginado. Nos hemos enfocado más en los conflictos de clase, en las agrupaciones sociales, en las élites, etc. En cambio, los aspectos más territoriales de identidad, que últimamente sí han ganado mucho interés, han estado normalmente un poco desplazados del interés de los científicos sociales.

—Sostienen algunos economistas que el Estado social solo funciona gracias a su monopolio del dinero, que sufraga el endeudamiento mediante el aumento de la masa monetaria y las bajadas de los tipos de interés, lo que equivale a expropiar a los ahorradores. ¿Está usted de acuerdo con este diagnóstico?
—No podría estar más en desacuerdo. Sí, al Estado de bienestar se le acusa de hacer cautiva mucha masa monetaria, pero en realidad los países que han conseguido modelos más perfectos en este sentido del Estado de bienestar son los que económicamente más han crecido y los más competitivos. Un país como Suecia, con una población similar a Andalucía, es un país altamente competitivo. Por no mencionar Noruega, que está al lado, con su petróleo del mar del Norte, y abundante liquidez. Suecia y otros países son altamente competitivos por sus industrias de transformación, de gran valor añadido a los productos. Y son países que destinan, han llegado a destinar –yo creo que exageradamente en algunos casos–, hasta un 52% en el tipo marginal de la renta. El Estado de bienestar, si funciona, hace que la productividad de las personas sea mejor.

—¿Debe el Estado proporcionar enseñanza gratuita, cobertura sanitaria, subsidios de desempleo y por enfermedad y pensiones de jubilación a todos? ¿Son derechos fundamentales de una sociedad humana?
—Absolutamente. Esa es la gran conquista del modelo social europeo. El modelo social europeo se basa en eso y es lo que nos distingue. Estamos ahora emparedados entre dos modelos alternativos. Uno es el de la mercantilización anglo-norteamericana, en el que la gente utiliza el dinero, sus rentas, para procurarse el bienestar que quiera, mayor o menor; y luego está el modelo llamado un poco eufemísticamente de “neoesclavismo emergente” (India, China), donde el factor trabajo prácticamente es gratis y por ello son muy competitivos en la venta de los productos. El modelo social europeo es muy legítimo. La gente quiere tener el Estado de bienestar, que es costoso. Tras la segunda guerra mundial nos hemos dado cuenta de que ese modelo social europeo ha hecho que el Viejo continente haya crecido no solo económicamente, sino que haya conseguido cohesión social; otros lo llaman justicia social. Habrá algunos países que sean más generosos que otros. Por ejemplo, en Finlandia las escuelas para niños de 0 a 3 ya son gratis, aquí en España todavía no, aunque algunos partidos lo están proponiendo. Pero en conjunto, axiológicamente, como decían los viejos griegos, lo importante es que existe una comunidad de valores. Los ciudadanos consideran que el Estado de bienestar es legítimo porque es una puesta en común de recursos de todos los ciudadanos.

—¿Se han de suprimir, por razones de igualdad, la educación privada, la sanidad y las pensiones privadas? ¿Es justo que quienes trabajan más y tienen más éxito dispongan de la posibilidad de pagarse una educación y sanidad de más calidad?
—Incluso en el Viejo continente, que es la cuna y el inventor del Estado del bienestar, cada vez hablamos más los estudiosos del Welfare Mix (bienestar mixto), que quiere decir que debemos aprovechar todos aquellos elementos que contribuyen al bienestar social. Lógicamente el aspecto público, institucional, del Estado, es muy importante por su regulación e incluso por su prestación de servicios; pero no todos los servicios los ha de prestar el Estado. De hecho, en algunas circunstancias la gente prefiere que los servicios se los provea quizá un cuidador, que no tiene que ser un funcionario del Estado. Se establecen complicidades, pues, muy importantes para la legitimidad del Estado del bienestar. Todos han de colaborar. Que algunas personas quieran un extra de bienestar, por así decirlo, si se lo pueden permitir, ¿por qué no?

—¿Es la economía un juego de suma cero? Dicho de otra manera: la prosperidad de los ricos, ¿tiene su causa en que se les haya quitado algo a los pobres?
—Algunos datos validarían ese aserto. En EE.UU. los superricos (el 1%) han ido ganado posiciones dentro de lo que es la renta nacional. No tanto es así en el caso de Europa, que tiende a ser más igualitaria y donde los pobres son una preocupación social. En Europa no queremos sociedades en las que los pobres estén por las calles. Todas las naciones europeas con Estados de bienestar disponen de servicios para ayudar a los pobres. En EE.UU. no es así. En sus ciudades se ve por las calles a quienes no tienen realmente nada. 

—¿Es la desigualdad en sí misma injusta? ¿Resulta la desigualdad inevitable en una economía dinámica y en auge?
—Yo volvería a Jefferson, el gran padre de la democracia. Hace poco estuve en Washington. Mi hija vive allí. En el frontispicio del monumento en su honor se lee aquella frase suya: “Todos los hombres nacen iguales”. Yo lo tomaría como el gran reto de la modernidad. Las personas nacen iguales, claramente. Otra cosa es que la vida social las hace desiguales. Ello no debe entenderse como un freno a la capacidad de achievement. Achievement (logro) es una palabra que tiene difícil traducción en castellano, es muy contextual, pero está ya también muy metida en la filosofía europea. Los europeos hablamos mucho de la solidaridad, de la igualdad. Pero hay otro valor que es el del achievement. Queremos siempre lograr cosas. No somos una civilización parada. Es un valor que dicho desde el Estado del bienestar chirría un poco, pero hay que tenerlo en cuenta.

Desigualdad y Estado de bienestar. Una conferencia del profesor Luis Moreno

El profesor Luis Moreno Fernández (CSIC), doctor en Ciencias Sociales, hace balance del Estado de bienestar y de sus retos en el seminario de «Justicia social» organizado por Nueva Revista y dirigido por Antonio Argandoña, profesor emérito de Economía y Ética de las Finanzas en el IESE.

El Estado de bienestar en España, ha afirmado esta mañana, es “relativamente extenso en su cobertura –educación, sanidad y pensiones-, pero con una intensidad protectora baja”, ya que tiende a la privatización y a desplazar los costes hacia la familia y el ciudadano. Actualmente el servicio universal resulta “incompleto, con insuficiente inclusión de personas no cualificadas”. En parte porque la gran recesión se ha traducido en un incremento de la desigualdad.

El Estado de bienestar es “una invención europea” -señaló- una decisiva aportación a la igualdad y la solidaridad. Se trata de un conjunto de instituciones públicas proveedoras de políticas sociales dirigidas a mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos y la igualdad de oportunidades. Los cuatro grandes pilares del Estado de bienestar en España son educación, sanidad, transferencia de rentas y servicios sociales.

Moreno destacó el respaldo que estas políticas sociales tienen en Europa, en contraste con los Estados Unidos.

A la sesión asistieron, entre otros, Gabriel Tortella, catedrático emérito de Historia de la Economía; Rafael Puyol, catedrático de Geografía Humana y presidente del Consejo de Administración de  UNIR; y Pablo Cardona, decano de la Facultad de Empresa y Comunicación de UNIR.

La conferencia completa se puede seguir aquí:

Véase también:

Luis Moreno: «La igualdad no debe entenderse como un freno a la capacidad de logro»

Las metáfora de las dos montañas, de David Brooks

Desde que llegó hace ya años a las páginas de opinión de The New York Times, David Brooks se ha convertido en uno de los columnistas conservadores más leídos en los Estados Unidos. Moderno y moderado a la vez, atento siempre a las últimas tendencias sociológicas y neurocientíficas, Brooks ha cultivado una imagen de conservador con matices, muy del gusto de los demócratas y de las clases altas urbanas, lejos del  histrionismo habitual en las guerras culturales que dividen el país.

Educado en la Universidad de Chicago, izquierdista en su juventud y posteriormente convertido al conservadurismo por el mítico editor y ensayista estadounidense William F. Buckley Jr., Brooks ha ido trazando a su alrededor un nítido perfil de pensador interesado en la crisis moral y cultural de la sociedad y en su vínculo con nuestra comprensión de la naturaleza humana.

En «El animal social», Brooks abogaba por dejar de lado ciertas patologías del pensamiento liberal mientras reivindicaba la urgencia de la comunidad, los ritos, la estructura y el orden

En El animal social, uno de sus libros más elogiados (reseñado en Nueva Revista) abogaba por dejar de lado ciertas patologías del pensamiento liberal –el individualismo extremo y la destrucción de instituciones mediadoras como la familia–, mientras reivindicaba la urgencia de la comunidad, los ritos, la estructura y el orden. Son las virtudes burguesas del autocontrol, la disciplina, la austeridad y la cohesión social –tan bellamente definidas por Deirdre McCloskey en Las virtudes burguesas. Ética para la era del comercio–, cuyo éxito paradójicamente habría repuntado al extremarse una especie de proceso que amenaza con disolver la arquitectura de valores occidentales.

En este sentido, Brooks reivindicaba la tradición ilustrada escocesa y británica –con pensadores como Edmund Burke y David Hume en primera línea– frente al racionalismo agresivo de la Revolución Francesa. “Muchos de nuestros problemas –declaraba ya en aquellos años– son consecuencia de un capital social insuficiente”. Es decir, de la fragilidad del papel educador de la comunidad.

The second mountain, Random House, 384 págs.

A este tema crucial –el de la comunidad y el sentido del deber– le dedica David Brooks su último libro: The Second Mountain. The Quest for a Moral Life, seguramente el más espiritual de todos los suyos y en el que se nos muestra de una forma más abierta.

La tesis principal se basa en la metáfora de dos montañas que dibujan dos moralidades distintas. La primera tendría un carácter nietzscheano y nos hablaría del éxito individual y de la voluntad de poder. Llegar a la cúspide requiere un esfuerzo titánico y sirve para satisfacer las necesidades inmediatas del ego. Es el camino, diríamos, que siguen los triunfadores encantados de contemplarse como Narcisos a sí mismos y a la obra que tienen entre manos.

Pero detrás de esa primera montaña surge otra cima, aún más alta, de signo casi opuesto: es el reino del deber, de la entrega, del servicio a los demás, de la primacía de la comunidad sobre el logro individual. Entre una montaña y otra –y aquí nuestro autor se muestra claramente deudor de las teorías psicológicas de Carl Gustav Jung, a partir de la lectura divulgativa que Joseph Campbell hizo de las mismas–, aparece un valle sombrío en el que el hombre debe plantearse las grandes preguntas.

Son los períodos críticos: bien la adolescencia, bien el mediodía de la vida ya en la cuarta o en la quinta década, cuando el fracaso, el vacío existencial o la pérdida de un ser querido nos enfrentan con el misterio. Es ahí, si damos la respuesta correcta, cuando nuestro egoísmo puede ceder en beneficio de los demás. Las sociedades saludables son aquellas cuyo sentido comunitario es rico y donde el ciudadano se construye no contra los demás sino con ellos y junto a ellos.

Poco hay de original en el pensamiento del columnista norteamericano, lo cual no quita valor a su planteamiento sino que simplemente lo enmarca dentro de una determinada tradición. Con mayor brillantez, el profesor Patrick J. Deneen explica en su fundamental ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? cómo al colapso del fascismo y el comunismo en el siglo XX se ha añadido ahora la crisis sistémica del liberalismo como ideología triunfante, por motivos muy similares a los que plantea Brooks en The Second Mountain.

Sin instituciones intermedias y mediadores fuertes; sin familia, iglesia, asociaciones cívicas, colegios o universidades; sin relatos compartidos sobre el origen, sin una vocación integradora y una cultura del esfuerzo común y el servicio a los necesitados, las sociedades inician una rápida decadencia. Diagnosticar la patología, sin embargo, resulta más sencillo que dar con el tratamiento adecuado, y más aún en una época como la nuestra definida por los cambios radicales.

 ¿Es cada uno de nosotros el foco de nuestra propia verdad, como sugiere la imagen de la primera montaña?

La solución que ofrece Brooks pasa por renovar nuestro compromiso en cuatro grandes campos: la vocación moral, el matrimonio, la fe y la sociedad civil. De todos ellos, el más interesante y vívido es la confesión que nos ofrece el autor acerca de la fe: desde el judaísmo familiar y desde un racionalismo agnóstico, pasa a redescubrir –ya mediada la cincuentena– su herencia judía primero y poco después el cristianismo. Son páginas intensas que nos muestran al desnudo su camino de conversión y la lectura moral, política y social, que hace de la misma. Porque, efectivamente, como leemos en The Second Mountain, “la religión dirige a las personas hacia determinadas visiones de bondad”. O lo que es lo mismo, hacia determinados modelos humanos de ejemplaridad y excelencia que tienen mucho más ver con la segunda montaña que con la primera.

Pero, en definitiva, la cuestión que se impone es el sentido último de la verdad. ¿Es cada uno de nosotros el foco de nuestra propia verdad, como sugiere la imagen de la primera montaña? O, por el contrario, ¿son los demás los que nos dicen realmente quiénes somos, precisamente porque nos ponen a prueba y nos iluminan? Es una pregunta que nadie puede eludir y que Brooks responde claramente: sin la segunda montaña no hay vida moral llamada a perdurar.

Father Hesburgh y los dilemas de la “gran universidad católica”

Acaba de publicarse en inglés American Priest, de Wilson D. Miscamble, una biografía rigurosa y cercana sobre father Theodore M. Hesburgh (1917-2015), una de las figuras públicas más relevantes del catolicismo americano de segunda mitad de siglo. Fue presidente de la Universidad de Notre Dame entre 1952 y 1987, y se le ha calificado de “segundo fundador” de esta Universidad, fundada en Indiana, Estados Unidos, en 1842 por la congregación francesa de la Santa Cruz. es

El libro de Miscamble es el primer estudio históricamente riguroso y contextualizado sobre su vida, que evita el tono celebrativo de obras anteriores y la subjetividad de las memorias de Hesburgh (tituladas God, Country, Notre Dame). El autor se acerca con admiración, cariño y comprensión al personaje, pero no deja de plantear las cuestiones más incómodas, o de tratar los episodios más ambiguos.

«American priest», Random House, 443 págs.

El biógrafo, William Miscamble, reconocido experto en historia de la América de posguerra, fue director del departamento de Historia en Notre Dame y rector del seminario de la congregación. Ha trabajado durante años en este libro, durante los cuales tuvo acceso directo al biografiado, quien colaboró prestándose a largas horas de entrevistas muy personales, revisando personajes y sucesos, a través de documentos y recuerdos.

En estos párrafos no pretendo ofrecer una reseña crítica ni un resumen del libro, sino poner a disposición de los lectores del mundo hispano lo esencial de su figura, y su papel en la transformación de la educación católica superior en EEUU, empezando por su propia universidad. Conocer de primera mano los retos, tensiones y dilemas propios de una institución de identidad católica en la búsqueda de la excelencia y la homologación con las grandes instituciones de investigación de su entorno puede transmitir lecciones útiles para los que trabajamos en el mundo universitario.

Theodore Hesburgh nació cerca de Nueva York, en una familia católica, y pronto descubrió su vocación sacerdotal y religiosa. Aunque siempre crítico con las deficiencias de su etapa formativa, destacó en su compromiso evangelizador y en los estudios que le llevaron, entre otros lugares, a Roma, durante la Segunda Guerra Mundial. Se doctoró con una tesis sobre el laicado y la Acción Católica, y siempre agradeció la estructura mental que le había aportado la neoescolástica tomista en la que se formó, aunque la consideraba insuficiente. Quiso ser capellán de la Armada de EEUU, pero sus superiores lo destinaron en seguida a una de las grandes obras de la congregación: la Universidad de Notre Dame du Lac, donde había hecho su noviciado, y donde fallecería en 2015.

Fue un sacerdote atractivo, elegante, rápido, con gran don de gentes

Hesburgh fue un sacerdote atractivo, elegante, rápido, con gran don de gentes. Su piedad personal, su atuendo eclesiástico y su fidelidad al sacerdocio eran un reflejo de la formación recibida en un contexto católico tradicional. Pero nunca fue un conservador. Estaba convencido de la necesidad de reformas en la acción de la Iglesia y en el papel del laicado, lo que se sumaba a una personalidad innovadora. Con el tiempo, sus ideas político-sociales y teológicas escoraron hacia el progresismo.

Tenía una curiosidad intelectual insaciable, una enorme capacidad de trabajo y una presencia de ánimo inquebrantable. Su confianza en sí mismo era total; y su optimismo, a prueba de bomba. Ambos rasgos se traducían también en la convicción de que el Espíritu Santo actuaba en su vida. Por eso, aunque no le faltaron superiores y colaboradores con los que se entendía personalmente y con los que pudo trabajar muy bien, nunca dejó que nadie le desviara del camino que se había marcado.

Father Ted (como le llamaban) fue un sacerdote genuinamente americano, como destaca el título de esta biografía. Su compromiso con los grandes temas de su tiempo, en el mundo y en la Iglesia, le llevaron a desplegar una febril actividad pública, de colaboración con todo tipo de instituciones y al servicio de presidentes y papas. Esos compromisos le llevaron a múltiples viajes nacionales e internacionales, a bordo muchas veces del jet de la universidad o de algún gran donante.

Esto le hizo vivir de modo sui generis sus compromisos de vida comunitaria religiosa: circulaba un chiste por el campus, que he tenido ocasión de escuchar a los viejos del lugar: “¿En qué se diferencian Dios y Father Ted? Dios está en todas partes. Father Ted también está en todas partes… menos en Notre Dame”.

LA BUSQUEDA DE LA EXCELENCIA 

En sus primeros años en Notre Dame, Hesburgh destacó por su dinamismo apostólico y sus dotes de gobierno. Al poco tiempo de llegar, fue nombrado vicepresidente de la Universidad, y manifestó un gran interés en actualizar la institución a la que servía.

Notre Dame era por entonces un college masculino, que había pasado a tener relevancia nacional gracias a los éxitos de los Fighting Irish (su equipo de fútbol americano en la liga universitaria) a partir de los años 20. El carácter inequívocamente católico del campus se manifestaba en la arquitectura neo-gótica de su esbelta capilla, la impresionante imagen de la Virgen, que corona todavía la espléndida cúpula dorada del edificio principal. Pero también en una disciplina rígida, una piedad formal y un estilo pastoral paternalista y catequético. Hesburgh contribuyó a flexibilizar lo primero, y a desarrollar materiales y contenidos que verdaderamente contribuyeran a la formación de los alumnos.

Al ser nombrado presidente en 1952, Hesburgh concibió una visión de gran calado, y se determinó a perseguirla durante su mandato de cinco años (que se alargaría hasta los 35). Father Ted quería convertir a Notre Dame en “la gran universidad católica”, y sabía que eso no sería posible con una cultura institucional centrada en los campeonatos deportivos. Su relación con el fútbol fue siempre tensa, y puso los medios para evitar que la lógica deportiva –y la ingente cantidad de dinero que movía- fueran un obstáculo para el prestigio académico de la universidad y ante todo para los estudios de los propios atletas.

La América de postguerra estuvo marcada por el ascenso de un managerialismo (la economía de empresa elevada a paradigma universal) optimista, del que Hesburgh participó totalmente: pensaba que se podrían resolver todos los grandes problemas de la nación y de la humanidad si las élites –intelectuales, políticas, empresariales, eclesiásticas- eran capaces de trabajar juntos.

El acceso de los católicos a esas élites americanas era por aquel entonces un fenómeno novedoso, propio de la post-guerra mundial, que culminó simbólicamente con la elección de J.F. Kennedy como presidente de EEUU en 1960. Hesburgh participaba de ese deseo colectivo de homologación y reconocimiento, y tuvo la satisfacción de conseguir entrar en el establishment, gracias a su incansable compromiso público. Colaboró en organizaciones públicas como la Comisión Nacional de Ciencia, o la Comisión sobre los Derechos Civiles creada por Eisenhower para abordar los problemas de la discriminación racial. Pero también privadas, como la Fundación Rockefeller, en la que fue el primer católico miembro del board of trustees (junta directiva), desde 1956.

Precisamente en la Fundación Rockefeller formó parte de la comisión que redactó un informe sobre la excelencia en la enseñanza universitaria, publicado en 1958. En esos años reinaba una visión optimista sobre las posibilidades de la tecnología y de la ciencia moderna. Una ciencia concebida en términos empiristas, que primaba lo cuantitativo, y que reclamaba la especialización individual y organizativamente. Las universidades debían convertirse en organizaciones centradas no en la docencia de los títulos de grado, sino en la investigación de altura mediante programas de postgrado.

Hesburgh estaba decidido a fichar profesores del máximo nivel, adecuadamente retribuidos 

Hesburgh estaba decidido a poner a Notre Dame en esa dirección mediante el fichaje de profesores del máximo nivel, adecuadamente retribuidos; el envío de miembros de su congregación a cursar programas de doctorado en instituciones de máximo prestigio; la potenciación de los programas de postgrado, etc.

Otro elemento clave fue la dotación de edificios y recursos adecuados. Notre Dame tenía una hermosa iglesia y un enorme estadio, pero una biblioteca ridícula comparada con las de las instituciones con las que aspiraba a codearse. Hesburgh trazó un plan ambicioso de ampliación del campus, marcado por un estilo arquitectónico funcional y moderno, que contrastaba con el neogótico del viejo college. Pero en coherencia con la prioridad de lo académico, siempre se opuso a los proyectos de renovación del gran estadio, que solo se han abordado tras su muerte.

Para alcanzar todos estos objetivos, resultaba obvio que era necesario potenciar la capacidad recaudadora de la institución, sin fiarlo todo a los ingresos deportivos y a las matrículas. Además de reclutar colaboradores adecuados, él mismo se implicó personalmente con las gestiones tanto para lograr generosos fondos federales, grandes ayudas de las fundaciones más potentes, y un creciente número de grandes donantes entre los alumni o conocidos católicos, con los que fue trabando amistad personal. Su mantra era simple: “si miras las universidades con los diez endowments (dotaciones) más grandes, verás que son las diez mejores universidades del país”. El reto era emularlas.

Sus éxitos se vieron pronto reconocidos con decenas de doctorados honoris causa, la alabanza de sus homólogos de las mejores universidades americanas, nombramientos en organismos públicos y privados, e incluso una portada de la revista Time en 1962.

UNIVERSIDAD, IGLESIA Y LIBERTAD ACADEMICA

El proyecto de una gran universidad católica se enfrentaba a una gran objeción: “Universidad católica es una contradicción en los términos”, había escrito Bernard Shaw. Hesburgh comprendió que, para superar ese prejuicio de las élites culturales y económicas que debían contribuir a realizar su visión, debía demostrar que la fe católica no se oponía al pleno desarrollo de la ciencia. Pero no lo hizo con un argumento sobre la compatibilidad entre la fe y la razón, sino con un compromiso público y contundente en favor de la libertad académica.

Buscó ocasiones de demostrar a la sociedad que temas, personas e ideas que no fueran compatibles con el magisterio de la iglesia católica tenían su sitio en Notre Dame. Las intervenciones de autoridades eclesiásticas solo aumentaron su segunda convicción: era preciso dar una garantía institucional de esa libertad académica, mediante la separación estricta de la administración de la universidad respecto de los superiores de la congregación fundadora de la universidad y de la jerarquía eclesiástica, cuyos responsables, decía con dureza, “no saben distinguir una universidad de un cementerio”.

A la vista de lo anterior, Hesburgh promovió, con apoyo de su provincial religioso y de grandes abogados amigos suyos, una gran revolución institucional en Notre Dame. En 1967, no sin algunas resistencias, la Congregación de la Santa Cruz cedió la propiedad de la Universidad a un board of fellows (junta de becarios) de composición mixta, inspirado en la estructura de gobierno de Harvard: seis religiosos de la Santa Cruz y seis laicos, responsables últimos de la misión institucional, que a su vez elegían un board of trustees más amplio y al presidente.

Los estatutos recogían que el presidente de la Universidad sería elegido entre sacerdotes de la congregación, y Hesburgh siempre subrayó que la Universidad sería siempre católica, aunque sin dependencia jerárquica de las autoridades de la Iglesia. Eran los años del postconcilio, y de acuerdo con las enseñanzas del Vaticano II y sus propias convicciones, siempre presentó este movimiento como un modo de reforzar el papel de los laicos.

La Declaración de Land O’Lakes marcó la evolución de las universidades americanas, aunque no tenía fuerza vinculante

En ese mismo año, Hesburgh contribuyó a exportar el modelo, pues su concepción sobre la relación entre universidades católicas y jerarquía no aplicaba solo a su universidad. Fue el principal protagonista de la Declaración de Land O’Lakes, firmada por los principales responsables de las universidades católicas del país. Aunque no tenía fuerza vinculante, marcó la evolución de las universidades americanas. Sus dos elementos claves eran la afirmación de un compromiso por una absoluta libertad académica (que también incluía a las materias teológicas), y la autonomía institucional de las universidades respecto de las autoridades eclesiásticas.

Los firmantes insistieron explícitamente en que no querían seguir los derroteros de secularización completa de las viejas universidades protestantes. También se recogía de modo impreciso la importancia de la filosofía y la teología, la pastoral, etc. Se trataba de un documento sin valor normativo alguno pero que marcó la deriva de las grandes universidades católicas americanas, que han ido perdiendo su identidad religiosa, la fidelidad al magisterio, y la ambición de ofrecer una visión intelectual integradora.

«VECINDARIO CATOLICO» SIN UNA SÍNTESIS ORIENTADORA 

El compromiso de Hesburgh con el carácter católico de la universidad iba por un camino distinto del institucional, y está fuera de toda duda. Siempre tuvo una preocupación por la promoción de la vida religiosa en el campus, en la que él mismo participaba con la celebración de la misa, etc. Además de preservar la impresionante imaginería religiosa del Golden dome, la réplica de la Gruta de Lourdes, capillas, crucifijos, etc., father Ted tomó importantes decisiones para salvaguardar el carácter católico de la vida en Notre Dame. Por ejemplo, cuando en 1972 se abrió la universidad a las mujeres, quiso mantener la separación por sexos en las residencias de estudiantes.

Algunos señalan con ironía que así preservó el carácter de “vecindario católico”, pero echan en falta algo de fondo. Como recoge Miscamble en su libro, Hesburgh no supo poner los medios adecuados para responder a los retos de su tiempo en lo que se refiere a la misión específica de una universidad católica. En alguien tan determinado y eficaz la falta de acierto en esta materia se debe sobre todo a la ausencia de una verdadera visión.

Miscamble se lamenta varias veces de que, si bien Hesburgh se basó en su formación tomista para mantener algunas ideas claras, acabó rechazando su validez en el contexto de su época, pero sin proponer a cambio una nueva síntesis. En una conferencia dictada en 1961, sobre la misión de la Universidad, Hesburgh criticó con desdén la idea medieval de Universidad. La consideraba incapaz de contribuir a resolver los grandes problemas de la humanidad del siglo XX.

Ciertamente, a Hesburg no le faltaba discurso sobre el papel de la universidad católica, que repetía una y otra vez. Simplemente había dejado de creer en la posibilidad –quizá en la oportunidad- de una propuesta intelectual alternativa. La universidad católica debía ser “faro, puente, encrucijada”: un lugar donde se abordasen los grandes problemas del tiempo presente, con una aportación católica distintiva, en diálogo con los mejores expertos y los líderes sociales. Todo esto se manifestó en la creación y dotación de centros, cátedras y grandes eventos. Y en la revisión del currículum, que culminó en 1970.

Para Hesburgh, la filosofía y la teología debían ser excelentes académicamente, como los demás departamentos

Frente a la primacía de la función social de la universidad, Miscamble subraya que las dos cuestiones críticas en una institución educativa son quién enseña y qué se enseña: la identidad del profesorado, y los contenidos de la educación y su capacidad estructurante. En el nuevo plan de 1970, las asignaturas de filosofía y teología perdieron peso en el core curriculum (y esa tendencia se ha agudizado recientemente). Pero, sobre todo, desapareció el papel integrador de la filosofía y la teología, y el peculiar carácter trasversal de estos departamentos. Para Hesburgh, la filosofía y la teología debían ser excelentes académicamente, como los demás departamentos. Pero excelentes en los términos de la academia moderna, especializada, compartimentalizada, fragmentada. Es decir, no con respecto a una visión educativa específica que estuviera al servicio de una síntesis integradora de la fe con la razón, y de lo intelectual con los demás aspectos de la vida. (1)

El presidente de Notre Dame invocaba la importancia de la ética y de los valores, pero –se pregunta Miscamble, evocando un título famoso de McIntyre– “¿qué ética? Los valores, ¿de quién?”.

A este respecto, Miscamble ofrece una cita iluminadora, extraída de un estudio de 1968 sobre la educación superior en Estados Unidos, obra de dos sociólogos de Harvard (Christopher Jencks y David Riesman, The Academic Revolution). Al abordar la educación católica, escribían: “la cuestión importante no es si algunas pocas universidades católicas podrán competir con Harvard y Berkeley en los términos de estas últimas, sino si el catolicismo será capaz de aportar una ideología y unas personas que desarrollen modelos de excelencia alternativos al de ‘Harvard-Berkeley’”.

En su opinión, hipotética pero quizá profética, “los educadores católicos más dotados se verán obligados a dedicar sus mejores energías a demostrar que los católicos pueden superar a los no católicos en el juego diseñado por estos últimos. Pero, una vez demostrado que lo son, pocos serán capaces de ir más allá”.

JUEGO EN EQUIPO 

Hesburgh no fue nunca un pensador profundo, aunque la variedad de temas que abordaba en sus conferencias, lecciones magistrales y homilías –que fue compendiando en sucesivos volúmenes- era virtualmente infinita. Ciertamente, no dedicó tiempo a pensar en las cuestiones más difíciles, que hemos señalado más arriba. Pero tampoco se rodeó de personas que lo hicieran.

Ya antes de la transmisión de la titularidad de la Universidad en 1967, Hesburgh tuvo en poco las indicaciones vaticanas, y las advertencias de sus hermanos de congregación, que podrían haberle transmitido una cierta visión sapiencial, como sugiere Miscamble.

Su board of trustees estaba formado por grandes donantes, muchos de ellos católicos devotos con quienes cultivaba una verdadera amistad, pero que ciertamente no destacaban por su experiencia o visión en materia de educación superior o de cultura católica. De entre ellos surgió también alguna figura clave para el desarrollo corporativo, que impulsó con entusiasmo y eficacia las campañas de fundraising, secundadas por un Hesburgh hiperactivo.

Sus colaboradores en el gobierno de la universidad, resultaron valiosísimos apoyos para mantener la casa en orden, mejorar la calidad de la investigación o gestionar los equipos deportivos. Sabía delegar, pero siempre siguió de cerca las grandes decisiones, despachando muchas veces hasta altas horas de la noche, entre el humo de los cigarros puros y el fluir del whisky.

Entre todos ellos destaca father Ned Joyce, que fue vicepresidente a su lado durante todo su mandato. En 1970, inspirado por la universidad de Columbia, Hesburgh instauró la figura del provost (el más alto cargo operativo, bajo el presidente). El primero en ocupar ese cargo fue fr. James Burtchaell, un sacerdote de su congregación, de posiciones morales progresistas, en particular sobre lo que llamó la “amarga píldora”. Aún así, Burtchaell tenía claro que debía salvaguardar la identidad católica de su profesorado. Durante un tiempo fue considerado el sucesor inevitable, pero resultó ser excesivamente ambicioso, mundano y conflictivo. Aun así, Hesburgh mantuvo una eficiente relación. Esa confianza hizo que no abordara con diligencia algunos rumores sobre sus relaciones sexuales con alumnos, algo que Hesburgh lamentó años después, cuando se sustanciaron esas acusaciones.

A Burtchaell le sustituyó un laico (Tim O’Meara) que sintonizaba a la perfección con Hesburgh, pero que carecía de toda cultura humanística seria, o de una visión universitaria integral. Su trabajo estaba gobernado por objetivos más tangibles, que por supuesto alcanzó con eficacia.

Eran los años de Luther King; de Vietnam y el movimiento pacifista; de la revolución de mayo de 1968; del Concilio Vaticano II y la Humanae Vitae…

El trasfondo histórico de la vida de Hesburgh da idea de la magnitud de los retos que tuvo que enfrentar, en el plano civil (nacional e internacional), académico y eclesiástico. Basta recordar que son los años de la guerra fría y el terror nuclear; de Martin Luther King y la lucha por los derechos civiles; de Vietnam y el movimiento pacifista; de la revolución estudiantil, cultural y sexual de mayo de 1968; del Concilio Vaticano II y de la erupción del disenso teológico como respuesta a la encíclica Humanae Vitae…

El presidente de Notre Dame aprovechó los contactos y el prestigio que le daba su compromiso en las diversas causas para potenciar el nombre de su universidad. Destacó además por su temple en la gestión de los problemas estudiantiles durante las revueltas. Supo conceder en el plano de la disciplina, apoyar algunas de las causas ideológicas, a la vez que puso un límite a los altercados, algo que sus homólogos de grandes universidades no supieron hacer.

Ya en los cincuenta, su colaboración con la Fundación Rockefeller (la gran promotora del control de la población) no estuvo exenta de ambigüedades fuera y dentro del campus. En materia de aborto, por ejemplo, donde sus convicciones eran inequívocamente católicas, evitó que se convirtieran en un obstáculo para llegar a audiencias civiles y colaborar con sus líderes en los grandes temas sociales que consideraba prioritarios: la paz, los derechos civiles, la inmigración, la energía nuclear, etc.

Hesburgh siempre defendió la neutralidad política de la universidad, y su propia independencia. Con los años, sin embargo, se agudizaron sus simpatías progresistas, hasta llegar a la confrontación con el presidente Richard Nixon.

Father Hebsburgh fue un entusiasta de las reformas del Concilio Vaticano II. Pero su decepción fue grande cuando su amigo Pablo VI (a quien había otorgado un doctorado honoris causa cuando todavía era cardenal Secretario de Estado) publicó la encíclica Humanae Vitae, que confirmaba la enseñanza católica contraria a los medios anticonceptivos. A finales de los 70 aumentó su preocupación por la orientación que estaba adoptando el departamento de teología, donde la contratación de importantes figuras no católicas derivó en un ambiente de ecumenismo indiferenciado donde lo católico era solo una referencia más. Entre otras medidas, llegó a ofrecer una cátedra a Joseph Ratzinger. Pero la persona a la que eligió para reconducir la situación (David Burrell) era un conocido progresista, abiertamente crítico con las autoridades vaticanas, especialmente en materia de anticoncepción. Notre Dame se sumó así al disenso teológico que emergió como respuesta a Humanae Vitae.

Father Ted era por entonces una de las grandes figuras del catolicismo liberal en Estados Unidos. Su incomodidad creció durante el pontificado de Juan Pablo II, que veía como conservador, y la presidencia de Ronald Reagan. Su disgusto se confirmó cuando -ya sin responsabilidades directas, en 1990- el pontífice polaco publicó el documento “Ex Corde Ecclesiae” sobre las universidades católicas, que era una respuesta tardía a la declaración de Land O’Lakes y la deriva que provocó en las universidades católicas americanas. La Santa Sede volvía a reivindicar los rasgos definitorios de una universidad católica y lo esencial de sus relaciones con la jerarquía y el magisterio eclesiásticos.

UN LEGADO AMBIVALENTE

Para la Universidad de Notre Dame fue difícil encontrar un sucesor para Hesburgh. De hecho, su mandato se alargó de modo imprevisto cinco años más, hasta 1987, para dar tiempo a preparar y seleccionar candidatos. Hesburgh ponderó un tiempo la idea de crear para él la figura de Canciller, desde donde seguir colaborando sobre todo en la proyección exterior de la Universidad. Quedó en todo caso siempre vinculado a Notre Dame, a disposición de sus sucesores, con los que tuvo una relación cordial y respetuosamente crítica.

Los homenajes fueron numerosos y espectaculares. Father Ted era ya una figura legendaria. Su éxito en la construcción de una gran universidad era evidente: bastaba ver el campus, el crecimiento de los alumnos y programas, el prestigio en rankings y publicaciones, las cifras astronómicas del endowment (que en la actualidad asciende a más de doce mil millones de dólares). Pero su legado en cuanto al carácter católico y humanístico de Notre Dame es ambiguo, y se ha manifestado en diversos episodios.

Quizá el más conocido fue la concesión del doctorado honoris causa al presidente Barak Obama tras su reelección, en 2013. Obama se encontró a solas con Father Ted, y después le alabó y puso de ejemplo a seguir, ante un estadio abarrotado. A la salida, un grupo no pequeño de sacerdotes, profesores y estudiantes manifestaba su rechazo a esta distinción (definida por su contribución a la vida católica del país), dado el apoyo abierto del presidente al aborto. Hasta ochenta obispos americanos escribieron lamentando la decisión de la Universidad.

Hoy día, es innegable que Notre Dame sigue siendo un deslumbrante vecindario católico, con cincuenta misas diarias, y diversos grupos de alumni, profesores y estudiantes que procuran salvaguardar la identidad católica de la universidad, y hacerla realidad también en su dimensión educativa. Se ha reforzado en los últimos años el empeño oficial por aumentar la proporción de profesores verdaderamente católicos, y sigue la tradición de buscar para Notre Dame a los mejores intelectuales del mundo que trabajan inspirados por su fe cristiana.

Hesburgh menospreciaba la validez de las reflexiones del gran converso inglés Newman en su “Idea de la Universidad”

En un artículo de 1962 sobre John Henry Newman, Hesburgh oponía implícitamente su éxito organizativo en Notre Dame, al estrepitoso fracaso del cardenal inglés en la promoción de la Universidad Católica de Irlanda (donde tuvo en contra a los propios obispos). Menospreciaba la validez de las reflexiones del gran converso inglés en La idea de la Universidad: “Es más fácil escribir sobre cómo debería ser una universidad católica que crear y gobernar una en la realidad”.

Sin duda hay algo de verdad en estas palabras, que pueden servir como excusa razonable para justificar las limitaciones de su balance de gobierno, o el de cualquier otra universidad que quiera encarnar la sabiduría cristiana en el mundo actual. Pero también son indicio de una inversión fundamental de los valores clásicos de la universidad cristiana, sustituidos por la “primacía de la acción”. (2) Este es uno de los elementos que define el americanismo, “herejía” que detectó y combatió a finales del siglo XIX el papa León XIII. No sorprende que se inclinara en esa dirección este sacerdote americano por antonomasia. Conviene subrayar lo evidente: que esa mentalidad no se limita hoy al ámbito geográfico y cultural norteamericano, sino que está extendida por todo el mundo.

En la citada conferencia de 1961, donde dio por muerta la universidad medieval, Hesburgh concluyó, con la actitud desafiante de quien se considera en la vanguardia, del lado correcto de la historia, diciendo: “qui potest capere capiat”. Gracias al valioso libro de Miscamble, podemos entender a Hesburgh -quizá mejor de lo que él se entendía a sí mismo- y de paso calibrar con más perspectiva los dilemas de cualquier “gran universidad” que quiera ser, en sentido amplio o estricto, “católica”.

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(1) No me resisto a citar aquí el párrafo 31 de la encíclica social Caritas in Veritate, de Benedicto XVI en la estela de Pablo VI y Juan Pablo II, que parece una “hoja de ruta” para la universidad católica: “Esto significa que la valoración moral y la investigación científica deben crecer juntas, y que la caridad ha de animarlas en un conjunto interdisciplinar armónico, hecho de unidad y distinción. La doctrina social de la Iglesia, que tiene «una importante dimensión interdisciplinar», puede desempeñar en esta perspectiva una función de eficacia extraordinaria. Permite a la fe, a la teología, a la metafísica y a las ciencias encontrar su lugar dentro de una colaboración al servicio del hombre. La doctrina social de la Iglesia ejerce especialmente en esto su dimensión sapiencial. Pablo VI vio con claridad que una de las causas del subdesarrollo es una falta de sabiduría, de reflexión, de pensamiento capaz de elaborar una síntesis orientadora, y que requiere «una clara visión de todos los aspectos económicos, sociales, culturales y espirituales». La excesiva sectorización del saber, el cerrarse de las ciencias humanas a la metafísica, las dificultades del diálogo entre las ciencias y la teología, no sólo dañan el desarrollo del saber, sino también el desarrollo de los pueblos, pues, cuando eso ocurre, se obstaculiza la visión de todo el bien del hombre en las diferentes dimensiones que lo caracterizan. Es indispensable «ampliar nuestro concepto de razón y de su uso» para conseguir ponderar adecuadamente todos los términos de la cuestión del desarrollo y de la solución de los problemas socioeconómicos.”

(2) Como explicó Benedicto XVI, en la audiencia general de 17 de marzo de 2010, “la conclusión de santo Tomás es: la teología implica ambos aspectos: es teórica, intenta conocer cada vez más a Dios, y es práctica: intenta orientar nuestra vida hacia el bien. Pero la primacía corresponde al conocimiento: sobre todo debemos conocer a Dios, después sigue obrar según Dios (Summa Theologiae I q. 1, art. 4). Esta primacía del conocimiento respecto de la praxis es significativo para la orientación fundamental de santo Tomás.”