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Ver productosQuede claro: no estamos en un escenario ni siquiera parecido al que teníamos hace cinco meses cuando reflexionamos sobre estas cuestiones en este mismo seminario. Las cosas han cambiado sobremanera. ¿Por qué? Porque no hay solidez en los bloques. Las fuerzas políticas en activo se pueden encontrar y posiblemente se encuentren con que volvamos a posiciones de difícil salida «normales».
Hace cinco veces yo puse sobre la mesa la terrible expresión ‘guerra civil’. Sigo pensando que ese no es nuestro inevitable futuro. España tiene una buena situación económica, según todo tipo de análisis comparativos. Ese no es el problema. El problema es un problema estrictamente político; con extraordinaria virulencia es hoy el tema de Cataluña. Y o nos dedicamos a ello a fondo o vamos a tener ya sí un problema que no solo será un tema político, sino que tendrá consecuencias derivadas en lo económico.
Yo me puse pesado hace cinco meses cuando decía que no había ningún riesgo… Hoy yo no estaría tan dispuesto a hacer aseveraciones tan seguras. Puede o puede que no, pero no lo sabemos. Hoy no tenemos capacidad de averiguar cómo puede terminar lo que hemos vivido, ¡es que lo hemos vivido!, estos días.
Según las tendencias, hace cinco meses el PSOE iba a mantenerse con mayor o menor tranquilidad en el poder, que llevaba ya disfrutando un tiempo. Ahora no se puede decir ni eso. Lo más probable es que sea el PSOE el que obtenga mejor resultado que otra fuerza. Pero no vamos a poder estar tranquilos hasta que no veamos los resultados electorales. ¿Por qué? Todos ustedes han oído hablar de la espiral del silencio y lo que representa. Posiblemente eso domine.
Si se consolida la fractura en dos, como la que hemos vivido, nos encontraremos con que es muy difícil gobernar Cataluña. Ahora estamos instalados en el enfrentamiento civil en Cataluña.
He estado, y mucho, en los temas relacionados con Cataluña, y con los actores políticos de entonces, pero claro, con todos mis respetos, pueden no ser Disraeli, pero comparado con Torra…
Es que nos puede tocar la lotería sin buscarlo. Y ojo: la responsabilidad será fundamentalmente de los catalanes. Lo siento mucho, pero esta vez no voy a quitarle carga: la situación es explosiva. Se nos puede ir un trozo de España, y no me gustaría verlo.
[Lo anterior es la transcripción de partes de la intervención de Pedro Arriola, editada por Nueva Revista. La conferencia completa se puede seguir en el vídeo de arriba.]
Véase también:
Fernando Vallespín: “Yo no me creo todavía las encuestas”
Fernando Vallespín: “A pesar de todo estamos eligiendo la moderación”
Pedro Arriola: “Solamente hay ‘el problema’. El de los territorios”
Cristóbal Torres: “Los debates influyen en un 5 por ciento de los votantes y las encuestas en un 6”
Voy tocar cuatro o cinco asuntos todos muy conectados. El primero tiene que ver con una pregunta que quizá quedó sin respuesta: por qué se produjo la repetición electoral, que es relevante para entender también cómo se han movido los actores. El segundo, los temas que van a centrar la campaña electoral. Luego, los posibles resultados. La última, que a mí es la que me parece fundamental, dada la situación del país: si va a ser factible una investidura o si por el contrario vamos a tener que volver una vez más a una repetición de elecciones. Con motivo de los comicios de abril recordé algo de Jeremías Bentham, cuando hablaba de democracia radical: democracia radical es, decía, la posibilidad de votar todos los años. Pues los españoles vivimos en una democracia radical: estamos votando todos los años. Dios quiera que volvamos otra vez a una democracia representativa normal, que salgamos de la excepcionalidad.
Dijo algún representante del PSOE una semana después de las elecciones de abril que íbamos a unas nuevas elecciones. Ya entonces había una cierta conciencia de que no sería posible un acuerdo, pero también de que quizás no interesara un acuerdo. ¿Forzó el Gobierno una nueva cita electoral o por el contrario le fue imposible forjar el acuerdo que necesitaba? Es una cuestión no baladí. Influirá en el próximo voto del 10 de noviembre.
El PSOE o quien tiene la capacidad para decidir sobre estas cuestiones y transmitirle después al presidente lo que opina, hizo el siguiente cálculo: ‘Con 123 escaños, sin posibilidad de mayoría aún pactando con Podemos, nuestra legislatura será una auténtica tortura. Permanentemente necesitaremos apoyarnos en partidos independentistas y eso al final acabará teniendo consecuencias muy negativas. Con lo cual quizá lo mejor sea frustrar la investidura y esa frustración de investidura, si no aparecemos como los culpables, tendrá después un beneficio electoral indudable’. ¿Por qué un beneficio electoral? Por dos datos que estaban claramente a la vista: la revuelta catalana (habría ya sentencia del proceso a los líderes políticos catalanes por un lado), y por otra parte el Brexit.
La revuelta catalana y el Brexit son dos situaciones que generan entre la ciudadanía una sensación de temor, de cierto miedo. La respuesta que habitualmente se produce bajo este tipo de situaciones es que la población, en su mayoría, acaba votando al Gobierno de turno. Es un mecanismo automático: ’Tenéis nuestro apoyo’. El intentar no dotar de una mayoría al partido que ha tenido el mejor resultado electoral bajo condiciones de inestabilidad hace que la gente tienda a decir: ‘Que alguien por fin pueda gobernar, por tanto dotemos de un plus de votos al PSOE, que es el que el que realmente puede sacarnos de esta situación’.
No iban desencaminados los estrategas del PSOE, sobre todo si nos fijamos en los datos del CIS de septiembre. Las encuestas daban al PSOE un plus por la inestabilidad y se iba a castigar a uno de los responsables de la ingobernabilidad, todos sabemos a quién me estoy refiriendo, alguien que podría haber aspirado al título de vicepresidente perpetuo del reino de España, y que por empeñarse en ser el líder de la derecha y por tanto en algún momento cercano presidente del Gobierno, va a dejar de ser vicepresidente del Gobierno perpetuo de España. Podía haber sido Hans-Dietrich Genscher, el ministro de Exteriores cuasi perfecto de Alemania, de la FDP, y Ciudadanos podía haber ocupado ese lugar, quizá incluso exigiendo la vicepresidencia. Pero no. Evidentemente eso perjudica a Ciudadanos, un sector de cuyos votantes son personas de orden, y por tanto ponen la gobernabilidad por encima de radicalismos ideológicos. Lo estamos viendo. Los datos de fidelidad del CIS son absolutamente claros. El paso en falso lo dio el presidente de Ciudadanos.
La impresión que nos dieron nuestros partidos políticos durante las negociaciones es que nuestros partidos políticos no eran partidos políticos, eran partidos de líder. Los partidos políticos actuales en España, como consecuencia de la nueva forma generalizada de elección del liderazgo que son las primarias, se han convertido en los subordinados del líder que los controla. Antes los controlaba un núcleo dirigente, que era normalmente el que ocupaba los cargos fundamentales del partido. Ahora son partidos populistas: todo para el líder. La mayoría otorgada por los militantes habilita al líder el poder absoluto dentro del partido.
Esto no es un fenómeno exclusivamente español pero es algo que en España hemos vivido de una manera intensa en las negociaciones. Quien decidía la postura de Podemos era Pablo Iglesias, además con preguntas muy sibilinas que las dirigía después supuestamente a las bases, sabiendo ya perfectamente cuál iba a ser la respuesta, porque es una democracia de militantes conectados a la cúspide. El PSOE es lo que dijera Pedro Sánchez. El nuevo PP, subrayo lo de nuevo, es el partido de Casado. Antes no era así. Ahora es el partido de Casado porque tiene la legitimidad de los militantes del PP. Y Ciudadanos es la criatura de Ribera: siempre lo fue y lo seguirá siendo porque no creo que incluso teniendo resultados malos, como se prevé, vaya a dimitir.
Si existe una subversión del resultado de ambos bloques, es decir, que gana el bloque de la derecha, tanto Pedro Sánchez como Pablo Iglesias deberían dimitir, porque sus manos tuvieron la posibilidad de que existiera un Gobierno de izquierdas, y deberían por tanto ejercer su responsabilidad por no haber intentado acceder al pacto. Para Pedro Sánchez lo fácil era echar las culpas a Podemos. Contaba con algo que no están reflejando las encuestas: el derrumbe de Podemos. Contaba también con la posibilidad de que concurriera Errejón, posibilidad confirmada, pero Errejón no va a alterar sustancialmente los resultados electorales, por lo menos por lo que dicen las encuestas.
¿Cuáles son los temas que centran la campaña? Aquí es donde nos damos cuenta de que las predicciones que se hicieron desde la Moncloa no se están cumpliendo. El Brexit sigue sin cerrarse. Habrá con toda probabilidad una ampliación de la prórroga del plazo. Esto significará que hasta después del proceso electoral no se cristalizará esa situación que pudiera inquietar a los españoles. Además, estamos viendo que el Brexit puede ser una historia interminable. Y no se había pensado en la dimensión violenta de la revuelta catalana. La revuelta catalana se está convirtiendo poco a poco en una revuelta que lejos de encontrar una respuesta pensada racional, bien meditada por parte de los votantes, encuentra una respuesta profundamente emocional.
¿A quién beneficia una respuesta emocional al obstáculo de Cataluña? A Vox, fundamentalmente y al PP, es decir a aquel partido que según todas las encuestas tiene mayores posibilidades de conseguir un sorpasso al PSOE. El presupuesto que dio lugar a la nueva convocatoria electoral se ha roto por los dos lados previstos.
El Gobierno está bajo esa conmoción. Se está tratando de dar una imagen de control. Por ejemplo, el no coger la llamada a Torra. Lo que Sánchez quizá debería decirle a Torra, por tanto debería cogerle la llamada, es: ‘No tienes que hablar conmigo. Tienes que hablar con Iceta. Tú no eres Cataluña. Habla primero con los catalanes, porque hay un sector muy importante de la población catalana que no participa de eso que tú me quieres hacer llegar, que es decidir ya sobre la autodeterminación, referéndum sí o referéndum no’.
Una cosa es lo que pueda interesar ahora mismo a los partidos y otra cosa es lo que pueda interesar a España. Las alternativas que se presenten a la solución del problema catalán debieran salir del lenguaje cerrado y centrado única y exclusivamente en medios de represión eficaces contra el movimiento independentista: estado de excepción (Vox), el 155 (Ciudadanos), ley de seguridad nacional (PP). Son diferentes grados también dependiendo de qué tan a la derecha, porque en este punto de Cataluña, Ciudadanos está más a la derecha todavía que el PP.
Alguien tiene que ofrecer una solución a este problema. Alguien tiene que tener en cuenta a aquellos que más lo sufren, esa otra mitad de catalanes, que no quieren que se reprima radicalmente el conflicto porque eso ensancha la base del independentismo. ¿Alguien está ofreciendo algún tipo de solución imaginativa aunque solamente sea procedimental? Del estilo: ‘Vale, ponemos encima de la mesa la posibilidad de reformar la Constitución. Pero para hablar con nosotros usted tiene que poner encima de la mesa que retira el objetivo de la independencia’. Es una forma de hablar, pero en cierto modo ahora mismo las únicas opciones que nos encontramos son: la del Gobierno, con esa cosa vaga, que nunca ha especificado el PSOE, de la federalización del Estado de las autonomías; y por el otro lado elementos represivos sin que nadie en la derecha suscite en ningún momento la búsqueda de una salida negociada al conflicto catalán.
Cataluña y Franco. No creo que ninguno de esos dos temas, sinceramente, beneficie al Gobierno. Lo de Franco no se sabe bien a quién beneficia. Pienso que no beneficia a nadie. Pero el que se haga coincidir la exhumación con la campaña electoral me parece ciertamente pintoresco, con la expectativa evidente de conseguir votos de izquierdas, por parte del Gobierno. Mi opinión: hemos hablado de Franco en los últimos seis meses más que en los últimos veinte años y hemos posibilitado a lo que queda de franquismo de poder cobrar protagonismo: acudiendo al Valle de los Caídos, manifestándose, etc.
Yo no me creo todavía las encuestas. Me parece que habrá un movimiento importante. Lo que no sé es a partir de cuándo puedo comenzar a creérmelas. Todo está muy en función de cómo siga la situación en Cataluña. Al sector del independentismo que lideran Puigdemont y Torra les beneficia clarísimamente que haya una aplicación del artículo 155. El gravísimo problema que tiene el independentismo es que antes de la sentencia estaba bajando. Hacía años que no estaba en el 42%, el punto en el que estaba cuando la sentencia. Indudablemente el gran problema que tiene el independentismo es que necesita ampliar su base social. Y como el argumentario independentista se monta sobre la idea de que España es un Estado autoritario, pues entonces de lo que se trata es de que el Gobierno confirme esta hipótesis independentista: ‘¿Os dais cuenta cómo teníamos razón? Antes de ir a votar van y nos privan de la autonomía’. Eso es lo peor que puede hacer el Gobierno. Pero hay que saber explicar por qué este tipo de medidas, que se apoyan única y exclusivamente en elementos represivos como he dicho antes, no son las medidas que desea una inmensa mayoría de la población de Cataluña.
Si uno hace el análisis de las preferencias de los electores catalanes llega a la conclusión de que en Cataluña no hay dos mitades, hay tres tercios. Un tercio independentista, que se ha echado al monte, que no está dispuesto a bajar y no está dispuesto a negociar nada que no sea la independencia; un tercio españolista, que está perfectamente satisfecho con el statu quo y que se mantendría leal aunque se redujeran competencias a la autonomía; y el tercer tercio de quienes no tienen una ligazón diríamos emocional o radical por la independencia, pero que sí quieren alterar el lugar de Cataluña dentro del país. Son los que desean que puedan llamarse nación o buscan una fórmula de pacto fiscal, etc. Voy muchísimo por Cataluña y lo que me interesa subrayar aquí es que quien se lleve a ese tercio gana la guerra, quien lo pierda, pierde la guerra. Cuidado con pensar que basta la firmeza del constitucionalismo. Lo que desea ese tercio es salirse del constitucionalismo obligatorio. Lo que desea es que haya algún tipo de movimiento, aunque sea para que todo siga igual.
Resultados posibles. La clave es ver qué bloque gana. España está dividida en número de votos en dos mitades: los que votan a Podemos y sus confluencias: Errejón y PSOE, y los que votan al “trifachito”, como lo llaman algunos, el tridente de la derecha, los tres partidos de la derecha. Pero es evidente también que no habrá Gobierno de derecha en España si no logran 176 escaños; y en cambio sí puede haber Gobierno de izquierdas en España si queda por debajo de esa cifra. Porque se sabe que los partidos nacionalistas, por lo menos el PNV y algún que otro, a saber qué pasa con ERC, pueden otorgar la posibilidad de que exista un Gobierno de coalición de izquierdas: dependerá del resultado del PSOE.
Opino que después de todo el PSOE ganará, porque arrastra la inercia del Gobierno, y que el PP no entrará en el Gobierno, porque en España la gran coalición es imposible. Pero el PP sí hará un guiño, a cambio de ciertos pactos de Estado, en la línea de abstenerse en la segunda votación de investidura, de tal manera que se pueda poner en marcha el Gobierno, supeditado, sobre todo para las grandes cuestiones de Estado, a lo que opine el PP. Si esto es así habrá la posibilidad de conseguir consensos suficientes para hacer las reformas que necesita nuestro país.
[Lo anterior es la transcripción de la conferencia de Fernando Vallespín, editada por Nueva Revista. Su intervención se puede seguir también en el vídeo de arriba]
Véase también:
Cristóbal Torres: “Los debates influyen en un 5 por ciento de los votantes y las encuestas en un 6”
Fernando Vallespín: “A pesar de todo estamos eligiendo la moderación”
Pedro Arriola: “Solamente hay ‘el problema’. El de los territorios”
Voy a hacer referencia a una serie de informaciones que tienen que ver con el contexto general económico-político y con el análisis electoral de resultados, externo e interno. El interno se refiere a la volatilidad, la contingencia y la transferencia del voto. Veremos también variables sociodemográficas y terminaré presentando las encuestas que aparecieron ayer en prensa, que desde luego son las más actuales y las más relevantes para el análisis en este momento, a la espera del preelectoral del CIS, que espero que pueda salir en los próximos días. Finalmente reflexionaré sobre la importancia de la ley D’Hont en nuestro sistema electoral.
El primer cuadro, referido a la situación política general de España, está hecho en perspectiva longitudinal. Si en mayo de 2018 (justo unos días antes de la moción de censura) en torno al 77 por ciento calificaban la situación como mala o muy mala, eso bajó a raíz de la moción de censura, en el preelectoral del CIS de marzo de 2019 por ejemplo en 10 puntos. Sin embargo, en estos momentos vuelve a estar en los mismos niveles (mala o muy mala) que en mayo de 2018.

En septiembre de 2017, es decir hace ahora dos años, estaba en 103,2; va bajando un poco pero significativamente, como 6 o 7 puntos en mayo de 2018. Luego vemos el impacto que tiene el cambio de Gobierno tras la moción de censura: sube 10 puntos. A partir de ahí vuelve a bajar también ligeramente, y en mayo de 2019 tiene prácticamente el mismo registro que un año antes, en mayo de 2018, antes de la moción de censura. El índice de confianza del consumidor es estacional: en verano siempre sube ligeramente. En estos momentos está en 80,7, muy por debajo del dato de septiembre de 2017. Una cifra así no se registraba desde los primeros meses de 2014. El índice de confianza del consumidor es una media entre el índice de situación actual y el índice de expectativas.

La mayor parte de los indicadores se mantienen estables. Estos datos están referidos, los últimos, a septiembre de 2019. Sobre el barómetro del CIS de septiembre de 2019: a las 3.000 entrevistas normales de todos los meses, en septiembre, intuyendo lo que iba a pasar (convocatoria de elecciones), doblaron la muestra y realizaron 6.000 entrevistas, aproximadamente como se hace con las encuestas postelectorales del CIS, que se realizan después de las elecciones, una vez conocidos los resultados, para validar y contrastar los datos obtenidos antes. Sobre la valoración de los políticos en general, los partidos y la política (véase la tabla de este apartado): si en el preelectoral de marzo estaba en el 29,1 por ciento, en el barómetro de septiembre, los datos más recientes, está en un 45,3 por ciento, ha subido 16 puntos, cuando el resto de elementos se mantiene estable, incluso a la baja, como por ejemplo el problema de la corrupción y del fraude. Cambia aquí muy poco la independencia de Cataluña, obviamente porque el campo se hizo un mes antes de los disturbios de la semana pasada.

Estamos en los niveles más altos: se valora que la democracia es preferible a cualquier otra forma de Gobierno. Estamos en el 85,4%, que ya se registraba en abril del 2017 (85,1%), y que con un poquito de caída en torno a la crisis económica (en noviembre de 2012), se ha mantenido desde mediados de los años 90, precisamente cuando se consumó la primera alternancia del Gobierno democrático entre el PP y el PSOE, cuando estaba ya por encima del 80%. Es curioso, sin embargo, que en mayo de 1985 solamente estaba en el 69,8 por ciento. Se ha mejorado desde entonces 15 o 16 puntos.

Entramos en el análisis electoral de resultados. ¿Cuánta gente va a votar? Tenemos el dato del preelectoral de marzo de este año del CIS, que realmente clavó el nivel de participación real. Es censo sin CERA (censo electoral de los residentes ausentes). El CERA son 2 millones de electores de los cuales votan 100.000 personas, es decir un 5%, sobre todo desde la reforma del voto rogado de 2011. El CIS mide este dato con una escala semántica («sí, con toda seguridad»), y con una escala numérica (de 1 a 10). La participación, con la primera era un 76,3%. La participación con la segunda, aplicando la regla de los que dicen 10 (voy a votar con toda seguridad) más 9, más dos terceras partes de 8, sale del 75,7 por ciento. Los datos son muy buenos. El postelectoral que se hizo en mayo casi clava el dato (76,7%); un puntito arriba, normal.
Sin embargo ahí tenemos los datos del barómetro de septiembre de 2019 y vemos que no preguntan directamente. Eso es una cuestión técnica novedosa en un cuestionario, pero así con todo, a través de las escalas, nos iríamos a un 66,7% de participación (diez más nueve más dos terceras partes del 8). Si nos quedamos en el diez más nueve estaríamos hablando de un 61,9 por ciento. Eso sería una significativa bajada entre 10 y 14 puntos.
¿Qué bajó en la repetición de elecciones (diciembre de 2015 y junio de 2016), que es el escenario que tenemos muy cercano y que nos puede servir muy bien de modelo? Pues bajó 3,5 puntos, del 73,2 por ciento de participación en diciembre de 2015, siempre sin CERA, a un 69,83 por ciento en junio de 2016. Lo cual nos dice que este indicador que tiene el CIS sobre participación en las elecciones generales a mi modo de ver es muy robusto y bastante fiable.

Ahí tenemos lo que solemos llamar “la cocina del CIS”, que existe, que está en la tercera planta, pequeñita pero existe, de lo que puedo dar fe. El preelectoral de marzo se ajustó bastante en el caso del PP y en el caso de Unidas Podemos; fue muy aproximado también en el caso del PSOE. Donde más se desvió fue en Ciudadanos, que lo infravaloró, y lo subestimó en el caso de Vox. Es sabido que una de las claves del triunfo del PSOE en las pasadas elecciones fue sin duda el aumento de la participación: un alto porcentaje de electores que se abstenían y que decidieron involucrarse en las elecciones de abril de 2019.

El porcentaje de ciudadanos que se abstienen o al que el CIS no atribuye voto es un 26% en el preelectoral de marzo de 2019, es decir está realmente justo en el 24-25 de abstención que tuvimos en las elecciones de abril de 2019. Sin embargo, si nos vamos a la columna del barómetro de septiembre de 2019 de intención más empatía, vemos que en este caso el CIS ha dejado solamente sin atribuir voto a un 18,4 por ciento de ciudadanos, lo cual contrasta con ese otro indicador que hemos visto: que estamos hablando de una participación en torno al 65, por tanto de una abstención en torno al 30-35 por ciento, incluso podría ser un poquito más del 35 por ciento. Eso claramente tiene que ver con la metodología de la que hablaba antes en la que se ha preguntado por el voto, que no es un filtro semántico. Los sumatorios de intención más simpatía siempre son más altos y por tanto disminuye el porcentaje de ciudadanos a los que no se les atribuye voto.

Este problema de afinamiento técnico aparece muy claramente cuando vemos el recuerdo de voto y la deseabilidad social. El recuerdo de voto del PSOE en el postelectoral del CIS de mayo es del 27,2%; y en el CIS de septiembre de 30,8%. Hay ahí una diferencia para tener en cuenta.

La volatilidad en la fidelidad a Ciudadanos está en un 70,7% y a Vox en un 67,2. Pero lo que nos están diciendo las encuestas es que mientras que en el caso de Vox esa volatilidad no aumenta, en el caso de Ciudadanos va camino de ser máxima.

El PSOE, PP, ERC y Bildu, entre otros, son partidos con el voto ya decidido incluso mucho antes de iniciarse la campaña electoral, todo lo contrario que ocurre claramente en el caso de Ciudadanos, Unidas Podemos y Vox.

Los que votaron en abril de 2019, ¿qué partido piensan votar en noviembre de 2019? Aquí ofrecemos datos de la encuesta del CIS de septiembre de 2019. PSOE, PP, Unidas Podemos y Vox tenían ya en ese momento porcentajes de fidelidad muy altos, mientras que en el caso de Ciudadanos estaba en torno a la mitad de esa fidelidad. Lo que apuntan las encuestas que salieron ayer en la prensa claramente aparece en esta tabla de retención de voto.

El PSOE es el que menos rechazo tiene porque con toda seguridad no lo votaría solo un tercio, mientras que en el caso del Partido Popular, Ciudadanos y Unidas Podemos el rechazo sube a la mitad y en el caso de Vox prácticamente a las tres cuartas partes.

El 4 por ciento para el total de los entrevistados en torno a los votantes de las elecciones pasadas cambió la intención de voto tras los debates de candidatos en televisión. Así pues: a un 5 por ciento sí que le afecta el tema de los debates y también en torno a un 5-6 por ciento las encuestas. No es baladí. Un 6 por ciento. Es un juego de suma cero, suma alguien y resta a otro partido.

Una idea muy interesante también, que puede explicar por qué los datos para el PSOE no sean tan halagüeños como los que obtenía al principio, es el resultado del debate de investidura de julio de 2019. Fíjense en la valoración de Pedro Sánchez y de Pablo Iglesias. Son prácticamente parejas positiva y negativamente. Lo que significa que no hay una atribución de culpa superior a Unidas Podemos que al PSOE por el fracaso de esa investidura, y eso es un elemento importante.

Me salto todo el tema de Cataluña porque ya no tiene sentido tras la “semana trágica pasada”.

En general no hay grandes diferencias entre los votantes en función de sus rasgos sociodemográficos. No obstante sí pueden indicarse algunos aspectos significativos:
-Las mujeres sobresalen por su voto al PSOE (2,7 puntos) y al PP (1 punto), mientras que los hombres destacan más en el voto a Unidas Podemos (1,8 puntos) y a Vox (2,9 puntos).
-Según la edad, los mayores de 65 sobresalen por su voto al PSOE (3,9 puntos) y al PP (8,1 puntos), mientras que los jóvenes de hasta 24 años se significan en Ciudadanos (3,5 puntos) y Unidas Podemos (6 puntos).
-Respecto del tamaño del municipio: el voto al PSOE es más probable en los municipios de 2.000 a 10.000 habitantes (2,3 puntos), el del PP en los de menos de 2.000 (7,7 puntos). El voto a Ciudadanos sobresale en las ciudades de 400.000 a 1 millón de habitantes (2,2 puntos), al igual que el de Vox (1,9 puntos), mientras que el de Unidas Podemos destaca en las de más de 1 millón (1,4 puntos).
-Según el nivel educativo: las personas sin estudios o con estudios primarios sobresalen por su voto al PSOE (entre 9,6 y 7,7 puntos, respectivamente) y al PP (4,8 y 5,2 puntos), mientras que los votantes con estudios superiores destacan ligeramente por su voto a Ciudadanos (1,1 puntos) y a Unidas Podemos (2,1 puntos).
Claramente vemos que el PSOE se estanca: no sube o, en el peor de los escenarios, cae ligeramente. La subida más relevante la tiene el PP, sobre todo por el derrumbe de Ciudadanos. Unidas Podemos no va a caer significativamente y Vox se asienta e incluso puede subir ligeramente, en un fenómeno similar al que estos años pasados ha venido experimentando Ciudadanos, e incluso puede subir ligeramente.

Las provincias de dos a siete escaños suman un total de 178 escaños, es decir el 51% del Hemiciclo. En un escenario de fragmentación, de volatilidad, es decisiva la importancia que tiene la asignación de los últimos escaños, del último y del penúltimo escaño en provincias que reparten cinco, cuatro, tres, seis o siete diputados. Eso mismo claramente altera mucho cualquiera análisis previo que pretenda ser robusto y fiable.

[Lo anterior es una transcripción de la conferencia de Cristóbal Torres, editada por Nueva Revista. La conferencia se puede seguir en el vídeo]
Véase también:
Fernando Vallespín: “Yo no me creo todavía las encuestas”
Fernando Vallespín: “A pesar de todo estamos eligiendo la moderación”
Pedro Arriola: “Solamente hay ‘el problema’. El de los territorios”
El estadounidense Patrick J. Deneen (55 años), profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Notre Dame (Indiana), es un reconocido experto en la obra de Alexis de Tocqueville y un convencido defensor de la importancia de las artes liberales en la educación. Su libro ¿Por qué ha fracaso el liberalismo? se ha convertido en un inesperado éxito internacional, recomendado tanto por el ex presidente Obama como por el arzobispo Chaput: una muestra del amplio abanico intelectual al que interesa. El pasado viernes Deneen estuvo en Madrid y conversó con Nueva Revista.
–¿Cómo resumiría el tema de su libro?
–Mi argumento es que el liberalismo como proyecto social, político y económico ha fracasado no por no haber estado a la altura de sus propias aspiraciones, sino por haber triunfado en lo que pretendía llevar a cabo: crear un mundo en el cual los seres humanos estarían en gran medida liberados unos de otros, y particularmente liberados unos de otros por medio del mecanismo de la despersonalización del Estado y de la despersonalización del mercado. En la medida en que la gente ha descubierto que está libre de los otros, más se ha hallado sujeta a las fuerzas de un mercado globalizado y de un Estado cada vez más distante. Muchas de nuestras crisis políticas actuales, lo que estamos viendo en Occidente, son una reacción simultánea contra ese sentido de impotencia respecto de un mercado globalizado y frente al Estado. Es en parte lo que está sucediendo con el Brexit, con el alza del populismo en Occidente, con la Unión Europea; lo que ha contribuido al ascenso de Donald Trump. Lo anterior se manifiesta también en muchas patologías sociales, como la soledad, el suicidio, la adicción a los opiáceos… De tal manera que surge una suerte de crisis política, pero también una crisis de la vida humana. Mi razonamiento en el libro es que justamente el éxito del proyecto de liberarnos unos de otros ha provocado ciertas patologías: políticas, sociales y económicas.

–¿Qué se desconoce del liberalismo con frecuencia y sin embargo conviene conocer?
–La parte de mi libro que probablemente haya recibido más atención quizá sea la que describe el liberalismo como una doctrina con una dimensión progresista y conservadora a la vez, o, dicho de otra manera, de izquierdas y de derechas. Ha servido mi ensayo para ilustrar que en gran medida la izquierda y la derecha comparten la misma filosofía básica del liberalismo. El gran debate de los últimos cincuenta años ha sido ganado por los mecanismos de despersonalización del mercado en el campo de la derecha política, y por los mecanismos de despersonalización del Estado en el campo de la izquierda política. Ambos, el Estado y el mercado, han crecido en la misma medida en que nos hemos fracturado más o fragmentado más.
–¿Qué piensa usted de figuras clásicas de la escuela liberal económica, como Ludwig von Mises y Friedrich August von Hayek, o, por ceñirnos más a la actualidad, de obras recientes tipo «Dios y el dinero», de Samuel Gregg?
—Von Mises y Hayek son pensadores extraordinariamente importantes de la tradición liberal clásica. Al menos en los Estados Unidos han sido frecuentemente descritos como conservadores precisamente porque defienden lo que atacan los liberales progresistas hoy. Es decir, Von Mises y Hayek se oponen a las interferencias en el mercado o a la intervención del Gobierno en la economía. Muchos que se llaman a sí mismos conservadores acogen el pensamiento de Von Mises o Hayek o de Sam Gregg, o de figuras en esa tradición. Es una forma de oponerse al progresismo. Hayek tiene un capítulo, en uno de sus libros más importantes, “Los fundamentos de la libertad» (el capítulo se llama “Por qué no soy conservador”), en el que él de una forma realmente explícita subraya que no busca conservar nada: ni la tradición, ni la cultura, ni una forma de vida. Ve la sociedad como un mercado libre, como una comunidad dinámica y progresista, que cambia constantemente. Razona que una sociedad así, orientada y ordenada alrededor del mercado libre, genera más y más desigualdad, más y más cambios, y que aquellos que están en posición de desigualdad sienten que siguen el ritmo de los situados en la escala alta económica. Hayek es bastante franco: lo que describe es una versión progresista del mercado libre. Esto tiene su punto de rompecabezas para alguien a quien se cataloga de conservador.
–¿Qué piensa que los lectores sacarán de “¿Por qué ha fracasado el liberalismo?”?
–Un sistema político es como estar en una pecera donde el pez no puede ver el agua. Vivir en un sistema político siempre quiere decir que no se es capaz de percibir la naturaleza de ese orden político, de divisar sus presupuestos profundos. Y quizás más que eso: el liberalismo es una filosofía que argumenta que nosotros somos libres para hacernos a nosotros mismos, que existimos en una condición en la que estamos desinhibidos para hacernos a nosotros mismos. La ironía es que esta creencia proviene del mismo orden liberal. Se observa la paradoja: nuestra propia psique se forma por un orden que a la vez clama que somos libres. Incluso una filosofía de la libertad termina constituyendo los tipos de seres humanos que somos.
–¿Qué le llevó a escribir este libro?
–Supongo que fue la culminación de unos quince años de reflexión acerca de los retos profundos e inherentes a nuestro orden político. Yo llegué a la mayoría de edad cuando cayó la Unión Soviética, cuando se hundió el comunismo, cuando Francis Fukuyama escribió su famoso “El fin de la historia”. Reinaba la sensación de que las grandes cuestiones de la política habían sido resueltas: cuál es el mejor sistema político, cómo tenemos que organizarnos, cuál es el mejor camino para establecer un orden político… Daba la impresión de que todas esas preguntas habían sido finalmente respondidas de forma irrefutable, de que no había ya más interrogantes. Eso se me antojaba por lo menos problemático, excesivamente entusiasta y optimista. De ahí que empezara a explorar los caminos en los que me parecía que el orden liberal contenía las semillas de su propia debilidad. Es una vieja forma de examinar los sistemas políticos, que llega hasta Alexis de Tocqueville y hasta Platón. Considero que es más necesario obrar así cuando impera el triunfalismo rampante en un sistema político. Hay que reflexionar sobre el propio sistema político con capacidad crítica.
–¿Se puede salvar el liberalismo? ¿Se debe? ¿Puede usted ofrecer una alternativa al liberalismo?
–Lo más problemático del orden político liberal es su teoría de la naturaleza humana; no es tanto una cuestión institucional. Es menos cómo organizamos nuestros partidos políticos. Por supuesto que el liberalismo toca nuestro sistema económico, pero pienso que la raíz del problema del liberalismo es antropológica, es un problema de la teoría de la naturaleza humana, es la idea del ser humano como la de ser que se hace autónomamente. Muchas de nuestras patologías hoy surgen por este entendimiento desordenado de la naturaleza humana. Si hay una alternativa al liberalismo de alguna manera se puede decir que es más radical que la mayoría de lo que la gente piensa, porque requiere un replanteamiento real de lo que es la naturaleza humana. Pero en otro sentido puede ser menos radical: no requiere una transformación completa de nuestro orden político. Me parece que si se “puebla” nuestro sistema político con asunciones antropológicas diferentes, ese orden mismo reflejaría esos cambios y de diversas maneras se podría trabajar dentro de las instituciones.
–¿Puede decirme quién ha alabado y quién se ha quejado de su libro?
–La recepción de mi libro me ha fascinado. Frecuentemente se me califica de conservador, aunque algunos de mis amigos que son conservadores piensan que estoy muy lejos, a la izquierda, desde el punto de vista económico… De cualquier modo, supongo que en muchos casos es la misma gente la que alaba y la que critica mi libro. Hay muchos conservadores a los que les gusta el libro especialmente por las críticas a un tipo de liberales progresistas, pero al mismo tiempo no les gustan otras partes. Quien usted ha mencionado, Sam Gregg, sería un buen ejemplo. Sam ha escrito un artículo en el que expresa su admiración y simpatía con muchas partes de mi libro, pero a la vez ha sido crítico con algunas de mis objeciones al liberalismo clásico. Muchos lectores de la izquierda política han reaccionado al revés: disfrutan con algunas de las críticas al liberalismo clásico, pero están descontentos con algunas de mis pegas al progresismo. Un lector de esos sería el presidente Obama, que alabó el libro pero que a la vez dijo que tenía ciertas reservas acerca de algunas de sus conclusiones. «¿Por qué ha fracasado el liberalismo?» pienso que ha sido interesante porque tiende un puente ante la división y apela a una amplia audiencia. Anima a la misma gente pero por razones diferentes y en algunos casos despierta cierta queja predecible.
–Liberal no significa lo mismo en los Estados Unidos que en Europa. ¿Puede definirme el concepto de ‘liberal’?
–La palabra “liberal”, en España, en Europa, normalmente significa lo que yo llamo liberalismo clásico, es decir, en gran medida el liberalismo de la tradición angloamericana, y también el de la escuela austriaca de economía (Von Mises, Hayek, etc.), la de la tradición de economía libre de mercado, libertaria en su forma de abordarlo. Esto es una versión del liberalismo, por lo menos según nosotros lo definimos en los Estados Unidos. Nosotros también designamos con «liberal» a lo que aquí podría ser llamado social democracia o incluso socialismo. Socialdemócrata o socialista es en los Estados Unidos ‘liberal’, frecuentemente sin adjetivo. Pero cada vez más en los Estados Unidos hablamos de liberalismo también en el sentido de liberalismo clásico, que es a veces considerado conservador, pero, como ya he sugerido, no es realmente conservador. Y de nuevo: parte de mi razonamiento es que hay una profunda simbiosis entre estas dos posiciones. El liberalismo clásico, lo que es llamado liberal en España y en Europa, es una forma de liberalismo, pero también la socialdemocracia. El socialismo fue en principio una reacción al liberalismo clásico, pero realmente significa más y ahora de lo que se trata es de asegurar la autonomía de unos frente a otros. Aquí entra el Estado y la habilidad del Estado para proporcionar programas y beneficios, crear el Estado de bienestar y no tener que depender del mercado. En cualquier caso, se apunta a prescindir de familias o de comunidades solidarias. Las palabras, aunque quizá diferentes, pienso que básicamente describen el mismo fenómeno en Europa y en los Estados Unidos.
–¿Qué libros le han formado más para hacer de usted lo que es?
–Ya he mencionado a Alexis de Tocqueville. “De la democracia en América” es probablemente el libro más importante de mi formación intelectual. En cierto modo mi propio libro es una rearticulación del argumento de Tocqueville. Tocqueville vio que había aspectos autodestructivos de la democracia, que si la democracia era el fin en sí misma, si la democracia no se corregía por otros aspectos de la vida o por herencias que vinieran de fuentes no democráticas (él pensaba, como contrapesos, por ejemplo, en la vida familiar, en la religión, en algunas tradiciones)…, si eso no ocurría, la tendencia de la democracia era terminar en una suerte de individualismo radical. Tocqueville, pues, ha sido una influencia mayor en mi pensamiento. Otro autor más contemporáneo que me ha influido mucho es el historiador y sociólogo estadounidense Christopher Lash (1932-1994). Su nombre ahora está más de moda. Me parece que ha sido profético en sus predicciones sobre el resurgimiento populista especialmente contra un tipo de elite cultural y social en el mundo occidental. Hay un libro que él escribió a mediados de los años noventa, “La rebelión de las elites y la traición a la democracia”, realmente profético y que ayuda a describir el panorama en el que ahora estamos.
–¿Qué errores ha cometido usted siendo estudiante y qué ha aprendido de esos errores? ¿Qué consejo daría a sus estudiantes?
–Un error, que uno ve cuando se va haciendo mayor, es quedarse encerrado en uno mismo, especialmente si se es académico, profesor o intelectual; quedarse en la propia mente y en el propio pensamiento. Desde luego hay que trabajar las ideas, es parte de la formación intelectual, pero como decía, a medida que me he ido haciendo mayor, ha sido por medido de mis interacciones con otros, pero especialmente con mis estudiantes, como he salido de mi propia mente. Esto es muy importante si se aspira al profesorado. No se será un buen maestro, me parece, si solo se intenta expresar lo que hay en la propia mente, si no se procura ponerse en el lugar de los estudiantes. Desde luego resulta cada vez más difícil conforme se envejece, porque las experiencias son tan diferentes. Pero hay que intentarlo, abrirse y aprender mucho de los estudiantes. Solo de esa manera surge no solo un buen profesor, sino también un buen pensador.
–¿Qué está leyendo usted en estos momentos?
–“How to Hide an Empire” («Cómo esconder un imperio»), de Daniel Immerwahr, sobre la historia de los Estados Unidos en la época tranquila, un libro fascinante, con información relevante acerca de las relaciones entre España y los Estados Unidos, las guerras entre esos dos países, cuando España perdió Filipinas y Cuba… Es un libro sumamente atractivo acerca de cómo nuestra república, a sí misma se llama república, sin embargo adquirió un imperio y nunca quiso realmente reconocer que atendía a un imperio.
–¿Qué hace usted cuando no estudia, da clases o lee?
–Últimamente viajo mucho y, francamente, hablando mucho sobre mi libro. Ahora resido en Londres y enseño el programa de mi universidad, Notre Dame, en Londres. Mi mujer y mi hija y yo viajamos mucho por Europa, incluyendo esta visita a España para hablar de mi libro. Estamos conociendo algunos de los grandes tesoros de Europa, gozando de tantos de los milagros del continente europeo.
–¿Qué planes tiene a medio plazo?
–Estoy trabajando en un libro que de alguna manera es una secuela de «¿Por qué ha fracasado el liberalismo?» y cuyo título provisional es “Libertad después del liberalismo”, tratando de responder a la pregunta que me hizo antes sobre la alternativa al orden liberal. Es decir, son reflexiones sobre un orden postliberal. Por lo tanto estoy leyendo a muchos autores antiguos, viendo lo que han podido decir de relevante para mi materia y para nuestro mundo contemporáneo; pensadores como Cicerón o Plutarco.
–¿Qué opina de la «opción benedictina», según el título del libro de Rod Dreher?
—Rod Dreher es mi amigo. Leí su libro a la par que terminaba de redactar el mío. Hablo de la opción benedictina al final de mi libro como un camino diferente al liberal: más interconectado con las comunidades cercanas personales, buscando la cultura propia, y no como retirada del mundo, sino como alternativa a una sociedad cada vez más fragmentada, donde crece la soledad y la desesperación. Al final de mi libro razono que, además de vivir de forma diferente, debemos pensar de forma diferente si queremos crear otro sistema político.
–¿Qué tendría que haberle preguntado y no le he preguntado?
–Una pregunta a la que no tengo una respuesta buena es por qué este libro se ha hecho tan conocido. Ha sido traducido al español y a un total de de catorce lenguas. Me sorprendió mucho que fuera tan reseñado y discutido en los Estados Unidos. No tengo explicación de por qué se ha convertido en tan importante en Europa y me han invitado por toda Europa para hablar del libro. Pero supongo que si existe algo así como el liberalismo globalizado, entonces también está la reacción globalizada contra él, y es interesante que toma la forma de nacionalismo, populismo, pero es algo también transfronterizo, transnacional. Hay características muy parecidas a lo largo de las diferentes naciones. Lo que está sucediendo en Inglaterra no es tan distinto de lo que lo que está aconteciendo en Alemania, en los Estados Unidos… Es un fenómeno fascinante pero no estoy seguro de que entienda exactamente por qué este momento ha sido tan propicio para la publicación de mi libro.
Alberto Penadés, doctor en Ciencia Política y profesor de Sociología de la Universidad de Salamanca, se pregunta cuáles son los límites de las reformas electorales y cómo pueden asegurar que en un sistema como el español se garanticen la gobernabilidad y, a la vez, la representatividad.
Su ponencia, Reglas electorales: cómo son y cómo podemos cambiarlas, fue la primera del seminario Tópicos para la reforma democrática (pros y contras). Hizo la presentación y moderó el debate posterior Rocío Martínez-Sampere, directora de la Fundación Felipe González. Licenciada en Economía, Martínez-Sampere fue diputada del PSC en el Parlament catalán.
Penadés analizó el sistema electoral español, que calificó de heterogéneo y que, según subrayó, adolece de sesgos conservadores y centralistas. El sistema ha adquirido complejidad durante los últimos años con la aparición de nuevas formaciones políticas que se han sumado, como nuevos actores, al bipartidismo que ha caracterizado la política española desde la Transición. Penadés, coautor con José Manuel Pavía del libro La reforma electoral perfecta, propone una serie de reformas, entre las que incluye la eliminación de provincias como distritos y reducir la desigualdad, de suerte que el reparto de escaños entre los partidos sea más proporcional.
Nueva Revista tiene previsto publicar las ponencias del seminario sobre la Regeneración democrática dentro de la colección “Cuadernos”.
(Presentación de Alberto Penadés)
Cómo ser un estoico. Utilizar la filosofía antigua para vivir una vida moderna (Ariel, 2017) hace honor a su nombre. Se trata de un manual eminentemente práctico y divulgativo. Para hacerse una idea, visiten este vídeo de su autor (pues su conferencia es casi un resumen del libro).

Julián Marías en su Historia de la Filosofía apuntaba que el éxito del epicureísmo y del estoicismo no ocurrió «a pesar de» ser filosofías menos elaboradas que el platonismo o el realismo aristotélico, sino «precisamente por serlo». Eran más fáciles de entender y, sobre todo, unas guías sencillas de comportamiento pragmático para tiempos muy confusos y desorientados. El éxito contemporáneo del estoicismo que constata este libro (tanto en los encuentros globales de neoestoicismo de los que nos da noticia como en sus propios índices de venta) nos sugiere que vivimos en una época tan poco metafísica como necesitada de orientación.
El autor nos da una lección de la confianza con la que hay que acercarse a los clásicos
A Massimo Pigliucci hay que reconocerle una correcta divulgación. Aunque a veces incurre en un anecdotario un tanto trivial y prolijo con sucesos de su vida, enseguida se repone, sobre todo cuando transcribe sus discretos diálogos con Epicteto. Nos da así una lección de la confianza con la que hay que acercarse a los clásicos. A Epicteto, él le aporta la información científica y psicológica (la logoterapia de Victor Frankl o la terapia conductivista de Ellis) de lo que hoy coincide y corrobora los viejos principios estoicos.
En el aforismo titulado «Cada cosa, a su tiempo», el filósofo recientemente fallecido Miguel Catalán escribió que «en los buenos tiempos, soy epicúreo; en los malos, estoico». Menos irónico, Pigliucci prefiere ver siempre el vaso medio lleno e ir sobre seguro con un estoicismo bastante hedónico, pero sin mezclar escuelas filosóficas.
Para reconducir los principios del estoicismo a la actualidad y a cierta media vía, no duda en dejarse guiar por el sentido común. Cita bastante a Sócrates como autoridad moral y se ampara en Aristóteles para no alejarse demasiado del realismo. Pero siempre regresa a los maestros del estoicismo.
Sin cerrarse ninguna puerta, a pesar de su reiterado ateísmo, celebra la aconfesionalidad del estoicismo: «Una de las cosas que me atrajo al estoicismo de entrada fue precisamente lo que otros pueden considerar una de sus debilidades: debido a la ambigüedad estoica sobre cómo interpretar el Logos, los estoicos pueden delimitar un campamento muy grande, dando la bienvenida a todo el mundo desde ateos a agnósticos, desde panteístas y panenteístas hasta teístas». También pondera el buen humor de los grandes maestros y su don para el anecdotario.
Pigluicci flirtea con los libros de autoayuda, pero sin perder de vista que la virtud es el fin penúltimo del estoico para alcanzar, eso sí, la felicidad o, al menos, el bienestar («En definitiva, ¿cuál es la meta de la virtud si no es una vida que fluye con placidez», según Epicteto en Disertaciones I.4). Lo más útil del libro son sus consejos prácticos que exponen las tesis de su maestro. De las explicaciones de Pigluicci extraemos un decálogo:
1. Una de las ventajas del estoicismo es que nos prohibe agobiarnos por aquello que escapa a nuestro poder. La «dicotomía del control» te permite preocuparte sólo por lo que depende de ti. Eso debe conllevar una previa «disciplina del deseo» que produzca «la aceptación estoica». Se podría resumir con la famosa «Plegaria de la Serenidad» de Reinhold Niebuhr: «Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,/ fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar/ y sabiduría para entender la diferencia».
2. Sin embargo, el estoicismo no niega, como sí hacen los cínicos, que nada fuera de nuestra órbita de influencia tenga importancia. Hay cosas que los humanos sabemos apetecibles, aunque un estoico no las desearía con vehemencia en cuanto que no dependen de su control. Se las llama entonces, con un nombre iluminador, «indiferentes preferidos». Son, naturalmente, las riquezas, el amor, la buena suerte, la fama, el éxito, la belleza, etc.
3. Se nos propone el procedimiento estoico de mantener activa en todo momento una «Cláusula de reserva». Esto es, ser consciente de que cualquier plan puede salir mal, pero jamás en lo esencial, porque nuestra verdadera meta es interior y consiste en la mejora personal, en la virtud y en la serenidad. Eso siempre lo podemos conseguir, salga bien o mal el plan.
4. Tras interiorizar nuestras metas, otro mecanismo psicológico quizá compensatorio sería «alterizar». Si pienso que lo que me ocurre le pasa a otro, lo juzgaré con mucha más frialdad, sin dramatismos egocéntricos; y viceversa: si supongo que lo del otro me está pasando a mí, le entenderé bastante mejor.
5. Hay otros consejos más cotidianos. Que tratemos de conseguir cierto elitismo en nuestras conversaciones sociales, por ejemplo, para que los amigos nos enriquezcan. Pigluicci, siempre atento a lo políticamente correcto, pide de inmediato disculpas por esa mención al elitismo, que tanto puede escandalizar en estos tiempos igualitarios. Aunque a renglón seguido tiene el atrevimiento de reconocer, entre provocativo y apologético, que tal vez «la sensibilidad moderna podría beneficiarse de algún escándalo ocasional».
6. Precisamente, el estoicismo clama contra la amathia, que es la estupidez inteligente, «una enfermedad espiritual», consistente en no querer aprender ni saber mucho por la cuenta que nos trae, por pura conveniencia o comodidad personal o social.
7. Una práctica estoica a la que se dedican esclarecedoras páginas consiste en responder a los insultos con humor. Como si insultasen a una piedra, se dice, en primera instancia. Aunque es mejor el razonamiento siguiente: si con lo que te insultan es verdad, es una oportunidad para enmendarte que habría hasta que agradecer; y si no es verdad, volvemos a la piedra, porque ¿qué te importa la equivocación de quien te quiere ofender tan torpemente?
8. Un estoico ha de practicar con frecuencia la «premeditatio malorum»: ponerse sistemáticamente en lo peor. De modo que, ante cualquier insulto, uno puede suspirar de alivio, porque el enemigo podría haberle conocido mejor e insultarlo con más conocimiento de causa. Reflexionar sobre las peores posibilidades tiene muchas más aplicaciones, como sabe el hipocondríaco que se alegra casi siempre de no estar tan enfermo como pensaba y, si no, en el peor de los casos, se alegra por haber tenido, por fin, razón en su diagnóstico.
9. Lo más evocativo es que reformular resulte tan importante en el estoicismo, de modo que se observa la realidad con ojos creativos, dispuestos a aprovechar siempre la mejor perspectiva de los acontecimientos. «Se miente más de la cuenta/ por falta de fantasía:/ también la verdad se inventa», es una soleá de Antonio Machado que el estoicismo habría aplaudido y aplicado.
10. Por último, recuerda Pigluicci que Epicteto nos propone literalmente el examen de conciencia: «No admitas el sueño en tus tiernos párpados hasta que hayas evaluado cada uno de los hechos del día».
Massimo Pigliucci no ha tratado de escribir una obra maestra, sino que ha buscado, más bien, poner al alcance del lector medio actual la sabiduría práctica y el ejemplo moral de los grandes estoicos. Lo ha logrado. No creo que muchos lectores cierren el volumen sin agradecerle o unas enseñanzas u otras.
Es uno de los grandes intelectuales de los siglos XIX y XX, cuya huella se percibe tanto en el mundo católico como en el anglicano. Brillante escritor y ensayista, clérigo de la Iglesia de Inglaterra, John Henry Newman (Londres 1801 –Birmingham 1890) se convirtió al catolicismo en 1845, y posteriormente llegó a ser cardenal.
Sufrió el rechazo y la incomprensión de la sociedad victoriana, que le tachaban de desleal. Impulsó el llamado Movimiento de Oxford, grupo de teólogos y eclesiásticos que pretendía que la Iglesia anglicana volviera a sus raíces antiguas para hacer frente a la secularización. Destacados miembros de ese Movimiento se convirtieron al catolicismo.
Su huella en la cultura contemporánea, va más allá de la esfera estrictamente religiosa. Sintetizamos los cinco motivos por los que vale la pena leer a John Henry Newman.
Con elegancia y respeto, pero con firmeza, el cardenal hizo una defensa de la libertad en su obra Carta al duque de Norfolk (1875), en la que responde a la acusación de William Gladstone, primer ministro de la reina Victoria, relativa a la falta de patriotismo que injustamente atribuye a los católicos ingleses.
Newman se muestra en este texto como defensor de la verdad frente a la intolerancia, y de la libertad frente a los abusos del poder, con argumentos expuestos de forma serena pero irrebatible, en los que destaca que el católico es tan ciudadano como el que más, y debe luchar por sus derechos.

Newman hizo una decisiva aportación a la filosofía educativa. Escribió sobre la formación de los universitarios, al apostar por el hábito filosófico, el estudio humanístico y el carácter interdisciplinario de los saberes, incluido los de ciencias. Todo ello lo expone en La idea de la Universidad. El texto cobra singular vigencia en nuestros días, ya que en Newman propugna recuperar la figura del profesor, como guía comprometido en la búsqueda de la verdad.
Fue un pionero de la educación liberal, orientada a cultivar la inteligencia
Fue un pionero de la educación liberal, orientada a cultivar la inteligencia. La educación liberal persigue una sólida preparación humanística. El resultado, según Newman, es formar caballeros («gentlemen«). Personas habituadas a discernir la verdad, con capacidad para desmontar el sofisma: mentes amplias, cultas, con curiosidad intelectual… Y todo ello completado con formación humana, basada en los valores, la disciplina y el gusto por la excelencia.
La Apología pro vita sua ha sido comparada con las Confesiones de san Agustín, por su calidad literaria y su perspicacia psicología. Fue escrita por Newman en 1864 para defenderse frente a la incomprensión que había causado en Inglaterra su conversión del anglicanismo al catolicismo. Modelo de ensayo autobiográfico, es también un modelo de argumentación filosófica, con elementos retóricos. Aborda, entre otros, el tema de la libertad personal y, en concreto del papel decisivo de la conciencia.

Apologia es su obra más relevante e influyente, aunque no son menos valiosos otros numerosos escritos que dejó, tales como Perder y ganar, La fe y la razón, o Ensayos críticos e históricos. Destaca por su valor literario, filosófico y teológico, El sueño de Geroncio, poema de 900 versos, que es una reflexión sobre la ancianidad y la muerte, escrita cuando tenía 64 años.

Su legado es universal y su figura ha terminado ganando prestigio en la propia Inglaterra, a pesar del rechazo inicial que provocó. Aunque los católicos de la era victoriana eran considerados ciudadanos de segunda, Newman se ganó la consideración pública ya en el siglo XIX, como constatan las numerosas y elogiosas necrológicas de los periódicos británicos, incluido The Times.
Resulta significativo que el príncipe Carlos de Inglaterra haya publicado un artículo en L’Osservatore Romano, con motivo de la canonización, calificando a Newman de “un gran británico”. Y que destaque que como anglicano “trajo a esta Iglesia a sus raíces católicas”. También subraya que el nuevo santo supo defender sus convicciones “sin acusar y sin faltas de respeto”.
No se puede entender a algunos de los más originales escritores y pensadores británicos del siglo XX sin la influencia que ejerció sobre ellos el cardenal Newman. Desde Robert Benson, autor de la distopía Señor del mundo, hasta Evelyn Waugh, y su Retorno a Brideshead, pasando por Chesterton, C.S. Lewis, o Hilaire Beloc, y sobre todo J.R.R. Tolkien, que se educó en el Oratorio de Birmingham, fundado por el cardenal. La obra ensayística o literaria de todos esos autores debe mucho al pensamiento de Newman y al Movimiento de Oxford.
Evergreen State College (Olympia Washington), fundado en 1967, es un college público (equivalente a los que imparten cursos de grado en España) en el que se enseñan artes liberales. Desde su fundación declaraba su especial vocación por la justicia social. Cuenta con apenas 4.000 estudiantes. A pesar de su modesto tamaño saltó a la luz pública en 2017 por un problema relacionado con la libertad de expresión.
Desde los años 70 en Evergreen se suele celebrar el Day of Absence, una jornada de protesta en la que alumnos y profesores de origen afroamericano dejaban de ir al campus para recordar las opresiones sufridas por los de su raza. En 2017 el comité organizador tuvo una idea. Trump había ganado las elecciones y los estudiantes de raza negra decían no sentirse seguros: para ellos todo blanco se había convertido en una amenaza no potencial sino presente. Por esta razón el Day of Absence de ese año tenía que cambiar sus reglas. En vez de que fueran los afroamericanos al campus, se pediría que no acudiera ningún alumno o profesor de raza blanca. De ese modo, los privilegiados podrían experimentar en su propia piel lo duro que había sido el racismo y la opresión ejercida por su clase. Se daba por supuesto que si algún blanco insistía en acudir a enseñar, o a aprender daría muestra de insensibilidad racista contra quienes tanto habían sufrido.
Bret Weinstein, blanco, profesor de biología, siempre se había considerado activista social. Formó parte del movimiento Ocupar Wall Street y su sensibilidad estaba alineada con lo que la universidad norteamericana considera izquierda. Según un estudio que manejan Lukianoff y Haidt, si en los años 90 uno de cada cuatro profesores era conservador, en 2016 el número disminuyó a uno de cada diecisiete. Y la desproporción era mayor en las áreas de ciencias sociales. El predominio de la izquierda en los campus de EEUU es casi absoluto. Lo que defienden Lukianoff y Haidt es que «la diversidad de puntos de vista es necesaria para el desarrollo del pensamiento crítico, mientras que la homogeneidad de puntos de vista (ya sean de la derecha o de la izquierda) da lugar a una comunidad vulnerable al pensamiento de grupo y a la ortodoxia». Ya sea esta, insisten, conservadora o progresista.
Al profesor Bret Weinstein le rodearon más de 50 alumnos que le acusaban de ser un supremacista blanco. Le impidieron hablar por ser ‘racista’, ‘dañino’
A pesar de su pedigrí, Weinstein decidió acudir a su despacho y dar su clase durante el Day of Absence. En una carta a la directora de la Oficina de Servicios de Asesoramiento Multicultural explicaba que no poder ir a la universidad por motivos de raza (en este caso, ser blanco) era un ejemplo real de xenofobia. «Es muy distinto que unos alumnos decidan voluntariamente abstenerse de venir… a que un grupo coaccione a otro para que se marche», decía. «En un espacio compartido el derecho a hablar nunca debería basarse en el color de la piel. Esto es un acto de opresión por sí mismo».
Los estudiantes no le dejaron acceder a su aula de biología; y él decidió impartir su clase en el parque. Los manifestantes tomaron fotos y nombres de los alumnos que asistieron a la lección; y los compartieron en las redes. El despacho de Weinstein apareció al día siguiente lleno de carteles. Weinstein salió a hablar con quienes estaban a la puerta de su despacho haciéndole un escrache. Le rodearon más de 50 alumnos que le acusaban de ser un supremacista blanco. Le impidieron hablar por ser ‘racista’, ‘dañino’, pues «no nos importa lo que quieras decir, no queremos hablar en términos de privilegio blanco».
Análogamente los estudiantes retiraron la palabra al rector de Evergreen. «¡Cállate, George! ¡No queremos oír una maldita cosa que quieras decir! ¡Cierra tu j**** boca!», etc. Le presionaron insultándole si sonreía, exigiéndole pedir permiso para ir al baño, burlándose de él por ser blanco y grabando todas las humillaciones.
Unas semanas más tarde, una cuarta parte de los profesores de Evergreen pidieron que se investigara a Weinstein por ‘su reacción violenta de supremacista blanco’ y porque al hacer declaraciones en la cadena de televisión Fox (conservadora) había puesto en peligro a los estudiantes. El rector le animó a cambiar de trabajo «pues no podemos garantizar su seguridad». Este mismo rector se reunió con los alumnos que protestaban y les agradeció su coraje y que hubieran sido catalizadores del trabajo que profesores y alumnos debían llevar a cabo juntos.
Debido a razones de seguridad física, Weinstein y su mujer perdieron su puesto. Se describen como «profesores en el exilio por carecer de protección». Weinstein declaró ante el Congreso de EEUU insistiendo en que «el derecho de uno a hablar depende de seguir una nueva ortodoxia en la que raza, género y orientación sexual son primordiales». Evergreen State College sufrió en 2018 un dramático descenso en el número de solicitudes de estudiantes nuevos.
Wilfrid Laurier University es un centro de educación superior público en Waterloo, (Ontario, Canadá). Cuenta con unos 20.000 alumnos de grado, master y doctorado, y con una biblioteca con más de un millón de volúmenes. Su lema es Inspirando vidas. En noviembre de 2017, durante unas clases con alumnos de 1º, Lindsay Shepherd (joven doctoranda y profesora ayudante de la Universidad) proyectó un vídeo con declaraciones del psicólogo social Jordan Peterson en el que éste decía que no pensaba obedecer la ley canadiense que obliga bajo pena a tratar a personas transgénero con pronombres neutrales (la llamada Ley C–17). La intención de Shepherd era plantear un debate sobre los límites de la ley y sobre qué es la identidad sexual.
Al día siguiente una comisión formada por el profesor encargado de la asignatura, el coordinador del programa de grado y la directora de la Oficina de Diversidad e Igualdad citó a Lindsay Shepherd. Miembros del Rainbow Centre (Centro Arcoíris), el club LGTB de la universidad, habían recibido una queja a raíz de la clase. Shepherd grabó la conversación y la compartió por redes sociales. El tono de la misma, en palabras de Shepherd, fue ‘inquisitorial’. En varias ocasiones se escucha cómo Shepherd no puede evitar echarse a llorar. En sus interlocutores, en palabras de Christie Blachford del National Post, «se escucha una arrogancia asombrosa (a ella le acusaron de haber hecho algo equivalente a ‘ir de neutral en un discurso de Hitler’ por no haber empezado denunciado a Peterson), con tácticas de intimidación y un comportamiento totalmente espantoso». Durante la grabación se oye varias veces cómo insisten a Shepherd en que ha generado un gran sufrimiento a su alumnado.
Se acusó a la profesora Shepherd por haber organizado un debate sobre la identidad sexual, pero después una comisión de investigación descubrió que no había existido ninguna queja oficial contra ella
Los tres profesores se presentan en todo momento, según algunos testigos, como superiores, moral e intelectualmente, a la docente y al alumnado. La reunión duró más de una hora. A pesar de que Shepherd lo pidió con insistencia, no concretaron en ningún momento las acusaciones contra ella. Tampoco el número de alumnos denunciantes, ofendidos o heridos: «Eso es información confidencial», repetían. Más adelante una comisión de investigación independiente descubrió que, en realidad, no había existido ninguna queja oficial.
El motivo de la crítica era sencillo: ciertas posturas no deberían aparecer en una clase universitaria. «¿Ni aunque sea para abrir un debate?» «Ni siquiera por ese motivo». «¡Pero eso significa presentar solamente un lado de la cuestión!» alegaba Lindsay Shepherd. «¡Ya se ve que no entiendes!», responden. Le dijeron que había una postura concreta que sostener (pro–trans) si no se quería ser tóxico, y que se trataba de un tema en el que no cabía acudir a otras posiciones con la excusa de debatir. ¿Una razón para ello? La edad de los alumnos. «Son demasiado inmaduros y esas imágenes les crean un entorno de inseguridad». Responde Shepherd: «¡Pero tienen 18 años! ¡Son mayores de edad! ¡En la universidad precisamente les preparamos para enfrentarse a este tipo de cuestiones en la vida adulta!». Insitían: hay temas que no se plantean porque se enfrentan a lo que dice la ley de defensa de los colectivos LGTB en Ontario. Y la postura de Peterson era considerada en esa reunión como una ofensa directa a la Política de Violencia Sexual y de Género, aunque en ningún momento llegaran a concretar cómo.
Peterson es un pensador canadiense, y por lo tanto significativo en un debate que tiene lugar en Ontario. Además es profesor universitario (scholar) en Harvard y en la Universidad de Toronto. Se le conoce internacionalmente por sus dos libros (Maps of Meaning y 12 reglas para vivir) y por tener millones de visitas en sus charlas en YouTube. También es un abierto opositor a la Ley C–16, en la que el Gobierno del Canadá imponía una determinada visión de la transexualidad. Según muestra la grabación, los tres profesores que se reunieron con Shepherd decían que las opiniones de Peterson, por principio, no se podían utilizar en Wilfrid Laurier.
Desde que Shepherd hizo público el contenido de la reunión se han ido sucediendo los hechos. Wilfrid Laurier ha saltado –sobre todo en Canadá– a primera línea de la prensa; se ha abierto un intenso debate sobre libertad de expresión en la universidad; Peterson se ha puesto del lado de la profesora en nombre de la libertad de expresión. Shepherd, entre tanto, ha perdido su puesto docente y ha demandado a Wilfrid Laurier University por censura y amenazas. Por su parte, dos de los profesores grabados la han denunciado porque no habían dado su consentimiento y por hacer pública la grabación. No han hecho referencia al contenido de la misma. Y Deborah MacLatchy, rectora de la universidad, afirmó que los tres profesores se habían extralimitado en su aplicación de la política de género de Laurier.
El programa de orientación universitaria de la Universidad de Delaware duró de 2004 a 2007, año en el que se suspendió tras la denuncia interpuesta por FIRE (Foundation for Individuals Rights in Education). Adam Kissel lo contaba en un artículo de 2008: «Por favor, diríjase a su Resident Assistant [alumno de último curso o becario recién graduado] para hablar de su identidad sexual. ¡Es obligatorio! Reforma del pensamiento en la Universidad de Delaware». También lo detalla Greg Lukianoff en Unlearning Liberty (pp. 95–114).
Los alumnos recién llegados al campus de Delaware que vivieran en una residencia universitaria tenían que apuntarse a un curso de orientación obligatorio (mandatory). Lo recibieron unos 7.000 alumnos. Era impartido fundamentalmente por Resident Assistants (RA). Pasados los primeros días en los que se enseñaban la biblioteca, cafeterías, instalaciones deportivas, y se explicaban los horarios, la temática del curso entraba en un terreno personal.
Estos son algunos ejemplos de las preguntas que se hacían en público a los residentes: «¿Hasta qué punto te sientes cómodo con la homosexualidad?», «¿Piensas que la religión y la identidad sexual pueden coexistir?», «¿Te sientes cómodo haciéndote amigo de un afroamericano? ¿Y de una mujer abiertamente gay o bisexual?» «¿Te gustaría ser novio de una mujer heterosexual?» «¿Y de un hombre abiertamente gay u homosexual?».
En su artículo cuenta Kissel que el curso se centraba en ‘reeducar‘ a unas personas que los jefes de las residencias consideraban “consumistas, llenas de prejuicios contra las minorías, ciegas a la justicia social y poco amigas del medio ambiente”. Se aprovechaba para combatir los conceptos tradicionales de identidad masculina, especialmente entre los blancos privilegiados. Los Resident Assistants exigían una ‘tolerancia cero’ a cualquier tipo de lenguaje o actitud opresiva. También tenían que informar a sus superiores de los avances de cada alumno con nombres y apellidos. El objetivo final buscaba superar las creencias ‘tradicionales’ de modo que al término de sus estudios cada estudiante fuera un ‘agente de cambio’ en la sociedad.
En el curso se definía Racista como «alguien privilegiado que hubiera sido educado en las ideas básicas de raza por un supremacista blanco». Es decir, por definición sería racista cualquier persona de etnia blanca sin importar su clase, género, religión, cultura u orientación sexual. Por el contrario, alguien de raza negra nunca podía serlo. También criticaban la posibilidad de que existiera un racismo inverso, «un término creado y usado por gente blanca para negar que existan sus privilegios blancos (…) y denunciar un comportamiento hostil por parte de gente de color contra ellos. (…) En EEUU no existe nada parecido al racismo inverso».
La directora de estudiantes del programa de orientación universitaria de Delaware consideraba que este tendría ‘que dejar una huella mental en sus conciencias’
Los organizadores veían a los estudiantes como «pacientes» que necesitaban tratamiento aunque no fueran conscientes de sus enfermedades. La directora de estudiantes consideraba que «el programa tendría «que dejar una huella mental en sus conciencias». Así, en las sesiones comunes y obligatorias, los alumnos «permanecían de pie junto a una pared si apoyaban una variedad de causas sociales, incluyendo el derecho al matrimonio gay o el aborto, y junto a otra si no las apoyaban». No se contemplaba la posibilidad de quedarse en el centro o de no participar: «El mundo real está polarizado, luego es necesario elegir», argumentaba el Resident Assistant. No importaba, como ocurrió, que una chica con anorexia tuviera que declarar en público que todavía no tenía claro si su enfermedad respondía a imposiciones sociales o a origen biológico.
Un alumno informó a su padre de que las actividades le resultaban «feas, odiosas y dividen a la gente. Obligan a los estudiantes a actuar siguiendo los peores estereotipos sociales y están llenas de comentarios ideológicos y de insultos gratuitos». La universidad no había informado a los padres sobre estos cursos ni de sus contenidos.
Lukianoff describe cómo «creaban una atmósfera de 24 horas al día cuya finalidad era lograr que los estudiantes apoyaran conclusiones ideológicas y políticas específicas (muchas de las cuales se siguen en debate abierto)». El programa estaba diseñado, según su opinión, para dejar de lado cualquier tipo de discusión sobre los temas tratados, dando respuestas inamovibles, sancionadas de forma oficial por la universidad, sirviéndose de la repetición, la inmersión y la intimidación. «Promovían que en asuntos sociales clave los estudiantes siguieran sus reacciones viscerales antes que un debate razonado». Relata Kissel que «una estudiante de Delaware, Kelsey Lanan, dijo que le parecía que el Resident Assistant les estuviera gritando: ‘Tíos, ¡sois tan racistas! ¡No seáis racistas! ¡No seáis racistas!’».
Los Resident Assistant señalaban lo que significa ser un buen ciudadano y obligaban a los nuevos alumnos a expresar en público sus más íntimas convicciones, según Kissel. No enseñaban hechos y metodologías sino pensamiento obligatorio que había que asumir. Algo así –explica Lukianoff– como si un profesor de estoicismo no se limitara a exponer esa doctrina sino que exigiera que sus alumnos se hicieran estoicos si querían pasar la asignatura.
Los Resident Assistant redactaban informes nominales dirigidos a los organizadores del curso, las autoridades académicas. En ellos consideraban peores estudiantes a los que no se ceñían a la «respuesta correcta»; y pedían a sus jefes la aplicación de medidas disciplinarias contra los que caracterizaban como antisociales. Reservaban esta etiqueta para los que calificaban la experiencia del curso como lavado de cerebro (brainwashing); o los que se quejaban de que les obligaran a hablar de temas que ni siquiera habían tratado con sus padres. «Los castigos iban desde sesiones de orientación en sensibilidad hasta ponerles en periodos de prueba [con amenaza de expulsión del campus]. El ambiente resultante se caracterizaba por ‘un llamativo nivel de autocensura’». Un 86% de los alumnos señaló que no le importaría ser amigo de una mujer abiertamente bisexual o gay. Como apunta Kissel, si esa era la respuesta de casi todos ellos es lógico preguntarse por qué ese curso era obligatorio o simplemente existía.
En una sesión de tutoría cara a cara una alumna fue interrogada por su Resident Assistant varón. Este se quejaba a sus superiores en su informe pues la muchacha no parecía colaborar demasiado. La conversación quedó registrada como sigue:
RA: «¿Cuándo fue la última vez que te sentiste oprimida?»
Estudiante: «Todos los días. Mi problema es que me gusta la ópera. Normalmente la gente me tira piedras y se burla de mí usando palabras crueles. ¡Es algo que no puedo soportar! Pero saldré adelante a pesar de esa mayoría de amantes del rock”.
RA: «¿Y cuándo descubriste tu identidad sexual?»
Estudiante: «¡Eso no es de tu maldita incumbencia!»
«Por enfrentarse a una intromisión en su vida privada por parte de un empleado del estado, la estudiante quedó marcada en el informe, con su nombre y número de habitación, como una de los ‘peores’ ejemplos de resistencia al programa, y el Resident Assistant nunca le informó de que había abierto un expediente contra ella». (Lukianoff, 118).
En 2008, ya suspendido el curso de Delaware, sus organizadores montaron un encuentro a puerta cerrada. Peter Wood, periodista, pudo colarse y redactó el siguiente informe para FIRE:
«La reunión la comenzó una empleada de alto rango de las residencias de una gran universidad privada en el Noroeste. Encendió una vela grande ‘representando el conocimiento y la responsabilidad que tenemos como profesionales de asuntos de estudiantes y residencias’. El gran cirio estaba situado junto a una bandeja llena de candelas pequeñas que ella decía que representaban a los estudiantes, ‘a los que trasladamos este conocimiento’. De repente apagó el cirio de un soplo. Dirigió su vista de modo dramático hacia los asistentes y nos dijo que en el otoño de 2007 ‘Nuestra luz se oscureció’, y lo había hecho por ‘el odio, el miedo, la ignorancia y la estupidez’. No nombró la fuente de esos apagones de velas quizá porque el nombre FIRE [en inglés, fuego] hubiera estropeado su metáfora. Entonces anunció: ‘Con esta reunión volvemos a encender estos cirios y ni odio, miedo, ignorancia o estupidez volverán a cegarlos’. Encendió la mecha y siguió explotando el filón: ‘Viajad conmigo hacia nuestra revolución del futuro’». Según uno de los asistentes, FIRE era «una organización malvada con vínculos en grupos de blancos supremacistas».
El de la Universidad de Delaware no es el único caso. En DePauw University entre 2009 y 2011, se reprochó a las alumnas sus privilegios de mujeres blancas; y se les impusieron discusiones interminables sobre raza, género, sexualidad y religión, en las que les caracterizaban como fanáticas que necesitaban ser educadas de nuevo. Programas similares se dan en las universidades de Georgetown, Clemson, Washington State, North Carolina at Chapel Hill, Florida State, Michigan State, etc.
En 1994 John Finnis –hoy profesor emérito de la Escuela de Derecho de la Universidad de Oxford– publicó en la Notre Dame Law Review un artículo titulado «Law, Morality and ‘Sexual Orientation’». El artículo lo reeditó la universidad de Notre Dame en 2012 dentro de un Simposio sobre Orientación Sexual.
Finnis (Australia, 1940) estudió en Oxford donde defendió su tesis doctoral en 1962, el mismo año de su conversión al catolicismo. Autor de numerosas monografías, ha centrado su trabajo en el estudio del Derecho Natural y Ética Fundamental. Sus obras han sido publicadas en las editoriales de las universidades de Oxford, Notre Dame o Georgetown, todas ellas de primera línea en el ámbito académico.
El referido artículo se centra en la exposición de las ideas sobre la homosexualidad de autores clásicos como Sócrates, Platón, Aristóteles o Plutarco. Finnis lo hace yendo a las fuentes griegas y latinas y acudiendo a trabajos de filólogos clásicos, estudiosos y filósofos de renombre como K. Dover, G. Vlastos, D. Hakperin, Winkler, C. Hindley, D. Cohen o, en este caso en abierta polémica con ella, la Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2012, Martha C. Nussbaum.
El artículo de Finnis es una pieza de alta sofisticación académica en la que el enfrentamiento con Nussbaum (centrado en los modos más adecuados de traducir del griego al inglés una serie de expresiones de los textos de Platón como tolmema o para physin) es realmente encendido pero de carácter exclusivamente científico.
Finnis propone en su publicación una exposición racional de las tres tesis centrales de rechazo a la conducta homosexual que ofrece la tradición platónico–aristotélica y la filosofía antigua tardía (Plutarco en el Erotikos, o Gayo Musonio Rufus). Lo hace siguiendo las indicaciones de los clásicos citados, otras fuentes (San Agustín o Kant) y la visión de la antropología subyacente a estos autores. Es en esa explicación donde propone unos ejemplos que en 2018 levantaron cierta polémica entre un reducido número de estudiantes de Oxford.
¿De qué se quejaban esos estudiantes? En la petición inicial se indicaba que el seminario de Finnis era required (obligatorio). Sin embargo, tal afirmación resultó falsa: Oxford ofrece cientos de seminarios y es obligatorio hacer alguno, aunque cada uno de ellos sea optativo. Dado lo erróneo de la información en change.org, diversas personas sugirieron que se retirara la petición o que se volviera a proponer con la información adecuada.
Finnis se propone –siguiendo a Sócrates, Platón, Aristóteles,– analizar las acciones homosexuales sin entrar a la intención de las personas que realizan esas acciones
La queja inicial denunciaba a Finnis por «visiones radicalmente discriminatorias contra personas en desventaja». Si se lee el artículo de Finnis (disponible gratuitamente en Internet) no es posible encontrar ningún ataque contra ningún grupo de personas. Como moralista lo que hace es juzgar el significado de cierto tipo de acciones. Pero no propone juicio alguno sobre las personas que realizan esos actos. Sí habla del «mutuo cariño que algunas personas homosexuales desean manifestar y experimentar» (p. 32). O de «las generosas esperanzas y sueños y pensamientos de darse en las que viven algunas parejas del mismo sexo» (p. 29, cursiva de Finnis). Lo que él se propone –siguiendo a Sócrates, Platón, Aristóteles, etc.– es analizar las acciones homosexuales sin entrar a la intención de las personas que realizan esas acciones. Finnis afirma que «no hay ni una sola frase fóbica [en mis escritos]. El ensayo presenta una crítica clásica y estrictamente filosófica sobre todos los actos sexuales fuera del matrimonio, y ha sido vuelto a publicar muchas veces, la última por Oxford University Press».
El hecho de que el texto de Finnis lo publicaran editoriales de reconocido prestigio y no fuera un panfleto underground, también parece obligar a un tratamiento del asunto dentro del estilo y formas del debate académico.
En los casos expuestos, además de estar en cuestión la libertad académica, lo está la idea misma de universidad. Cuando el único modo de contradecir a quien defiende o expone algo que desagrada a alguien es expulsarle de la facultad, parece que las doctrinas dominantes se impongan por un mero ejercicio del poder. ¿Hay argumentos racionales que justifiquen el racismo contra los blancos de Evergreen, la crítica dogmática a Peterson, el lavado de cerebro de Delaware o la negación de la ética clásica en Oxford?
Si una postura no puede ser discutida racionalmente entonces es dogmática. Karl Marx definía lo dogmático con la palabra ideología. Y las ideologías, sostuvo Peterson en el último debate Munk (Toronto, mayo de 2018), terminan necesariamente con la libertad de expresión porque la ideología no se propone, se impone. La ideología entiende el mundo como estructuras de poder que no aceptan la posibilidad de verdad sino solo la imposición de los intereses de clase (blanco heterosexual y varón; cristiana y fundamentalista moral; feminista; afroamericana; latino; LGTB, etc.).
Durante ese mismo debate, Stephen Fry hizo algunas reflexiones sobre el tema de libertad de expresión. Fry es actor, dramaturgo, judío, homosexual, conocido por encarnar a Oscar Wilde en una película de 1997 sobre el juicio que sufrió el escritor por sus prácticas homosexuales.
“Me resulta una extraña paradoja –argumentaba Stephen Fry– que los liberales sean anti-liberales en su exigencia de liberalidad”
Se califica a sí mismo como «contrario a la homofobia, la transfobia, la islamofobia, la xenofobia…». Al mismo tiempo detesta la corrección política por su carácter «mojigato, santurrón, de superioridad moral, resentido e iracundo, ortodoxo, acusador, vergonzante» que «encima no funciona». Y no funciona, argumenta Fry, porque la autocensura a la que conduce la corrección política es como un sargento chusquero que, con su falta total de humor y tolerancia, en realidad invita a transgredir toda ortodoxia. «Eso ha ocurrido siempre con las actitudes puritanas».
«Me resulta una extraña paradoja –argumentaba Fry– que los liberales sean antiliberales en su exigencia de liberalidad. Que sean exclusivos en su exigencia de inclusión. Homogéneos en su exigencia de heterogeneidad. Que de algún modo sean ‘no diversos’ en su exigencia de diversidad: puedes ser distinto, pero no te dejan divergir en tus opiniones, lenguaje o comportamiento». No se dan cuenta, subrayaba Fry citando a Chesterton, de que «los ángeles pueden volar porque se toman a sí mismos con ligereza. Y creo que para nosotros, que somos unos privilegiados, sería muy importante tomarnos un poco más a la ligera y no ser tan creídos, tan pomposos, tan serios. Y no estar siempre tan seguros de todo».
De otro modo «perderemos algo que escribía Oscar Wilde a su amante Bosie: ‘El hecho de que no consiguieras el título de graduado no importa nada. Sin embargo, no lograste lo que suele llamarse el estilo de Oxford’. Lo que yo llamaría –apunta Fry– el estilo de la universidad». «Oscar dijo: ‘Por estilo entiendo la habilidad de jugar con las ideas con gracia’. Yo creo que eso está desapareciendo de nuestra cultura, y que tal cosa es terrible».
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Para leer más
Sobre State Evergreen College y el profesor Bret Weinstein, aquí. Entre los enlaces a los que envía esta noticia, había uno al vídeo en el que los alumnos atacan a Weinstein, pero YouTube lo ha quitado por su ‘violar su política contra el acoso. Se puede ver una entrevista a Weinstein con fragmentos de las presiones que sufrieron los profesores y declaraciones de los alumnos contra la libertad de expresión, en Campus Argument Goes Viral As Evergreen State Is Caught In Racial Turmoil (HBO), enero de 2017. La declaración de Weinstein ante el Congreso aquí. Las estadísticas de Lukianoff y Haidt aparecen en su libro The Coddling of the American Mind, Penguin Press, New York 2018, pp. 108–113. Cf. Bill Bishop, The Big Sort, Houghton Mifflin Company, Boston–New York 2008.
Sobre el asunto de Lindsay Shepherd, véase este vídeo (3’57’’). También The Lindsay Shepherd Affair: Update, June 2018, 37’. Puede verse la noticia del National Post del 26 de abril de 2018:. Algunas novedades aquí.
El artículo de Adam Kissel, «Please Report to Your Resident Assistant to Discuss Your Sexual Identity—It’s Mandatory! Thought Reform at the University of Delaware». El libro de Greg Lukianoff, Unlearning Liberty. Campus Censorship and the End of American Debate, Encounter Books, New York–London 2012. El artículo de Peter Woods, aquí.
El artículo de John Finnis aquí. La petición de change.org aquí. Algunas de las referencias en prensa aquí (Oxford), aquí (The Times) y aquí (The Guardian).
Sobre cómo la ideología imposibilita la ‘libertad de expresión’, cf. la argumentación de Jordan Peterson en Fry, Peterson, Dyson, Goldberg, Political Correctness Gone Mad?, Oneworld Books, Toronto 2018, p. 36. De este mismo libro se toman los textos de Stephen Fry (cf. pp. 24–28; 82; 89; 97). Stephen Fry fue el protagonista en 1997 de Wilde, una película dirigida por Brian Gilbert sobre el escritor británico.