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Ver productosLa francesa Vanessa Rousselot estudió historia y realizó un máster sobre «La ciudad de Jerusalén entre las dos guerras mundiales». En el Líbano entrevistó a refugiados palestinos que habían vivido en la capital judía hasta 1948. Residió un tiempo en Belén. Allí se percató, una vez que había aprendido árabe y las bases de la lengua hebrea, de que el conflicto entre esos dos pueblos lo visualizaba la gente corriente muchas veces con chistes. Filmó un documental sobre el humor palestino, intentado «poner una mirada nueva sobre una realidad que ya existe«. Así se ejercitó, sobre la marcha, en storytelling, en la técnica de la narración.
Tras su estancia en Oriente Próximo trabajó como documentalista para la televisión en Francia, y con el fotógrafo francés Yann Arthus-Bertrand, «muy reconocido por sus fotos desde el cielo», pero también por su trabajo documental para sensibilizar a los ciudadanos europeos sobre los objetivos del milenio para el desarrollo. «Nadie se interesa por una lista de objetivos, pero de repente, cuando tienes una persona que te cuenta: ‘Soy de un pueblo del sur de Bolivia, nunca he ido al cole, mi niña va sin zapatos…’, las cosas cambian. Historias como esa es lo que lleva a entender la lista de objetivos, que de lo contrario se queda en algo un poco frío».
Rousselot regresó a España en 2014, becada como cineasta de la Casa de Velázquez, una institución con sede en Madrid del ministerio francés de Cultura. Regresó porque «había aprendido español con 14 años, en un intercambio con una chica de Sevilla que se ha convertido en una gran amiga mía. En la casa de esta chica trabajaba una joven peruana de 21 años que tenía una hija en Perú. A mí me llamó mucho la atención esa chica que me llevaba solo seis años y con una vida tan distinta de la mía». Rousselot realizó, pues, otro documental, titulado “En otra casa” (y muy premiado), con empleadas domésticas como protagonistas. «A veces parece que no hay historia, ‘una interna de 21 años, no hay historia’, se puede pensar, pero si lo miras de otra manera puedes descubrir a una auténtica heroína: a una muchacha que se ha ido sola, sin ninguna garantía de nada, y que está ahí intentando realizar un sueño que a lo mejor nunca conseguirá, de lo cual ella es muy consciente». Añade a este respecto: «La gente que grabo en mis documentales no son nunca objetos. Son personajes que entienden lo que quiero hacer y vamos juntos de la mano a conseguirlo».
En estos momentos Rousselot trabaja como realizadora del canal franco-alemán ARTE y también en una serie de podcasts para Audible; en historias de superación para Diario Vivo, «un espectáculo donde la gente sube al escenario a contar historias verdaderas, en el Teatro Alcázar (es redactora jefa adjunta de Diario Vivo), y finalmente como profesora de las clases prácticas en cursos sobre Storytelling.
«Una historia te llega si entiendes por qué esa persona la cuenta; si no es muy importante para la persona que la cuenta, ¿cómo puede ser muy importante para la persona que la escucha?» Por eso en los talleres prácticos pregunta por lo que sus alumnos necesitan. «Primero vamos a excavar, luego hay un trabajo de estructura, de montaje, y de transmisión, gestionando las emociones, porque las historias funcionan porque nos conmueven«.
Trasformar hechos en un relato que busque impactar a veces termina en manipulación. Igual que apelar más a las emociones que a la propiedad de los productos. Aclara Rousselot: «Usar la emoción para manipular sería un fracaso horrible. Hay una ética que respetar, y la emoción tiene que conectar justamente con la sinceridad del narrador«.
Las marcas se presentan también como relato, como storytelling, muchas veces «para diferenciarse de las demás». Pero tanto en la publicidad como en el terreno laboral o personal «hay que distanciarse y observar hasta descubrir lo que más importa, lo que más fuerza tiene«.
Rousselot defiende un storytelling a medida: «Es poco provechoso quedarse solo en lo teórico… Tienes que pasar a qué esfuerzos estoy dispuesto a hacer para arriesgarme y contarlo, porque al final es arriesgarse para que tu historia llegue a los demás». También previene contra las historias «donde todo es perfecto» de las redes sociales. «Ya no somos nada inocentes y no nos las creemos. De ahí la importancia de incluir el ingrediente real del fracaso. La historia perfecta no llega a la gente. Hay que contar las cosas como son«.
Su experiencia es que en sus talleres se consigue la voz propia. «Esto, obviamente, te refuerza como persona. Parar, observar y contar te refuerza como persona«. Y la realidad se hace memorable. «Yo he escuchado algunas historias en mi vida que casi podría volver a contar literalmente, de lo bien que me las han contado. Son construcciones muy bien hechas también porque interviene la mirada, la presencia, no pronunciar una palabra de más y la gestión del tiempo y del ritmo«.

Sobre la libertad, el breve ensayo de John Stuart Mill (1806-1873) publicado en 1859, es aún hoy una guía indispensable para entender qué es la libertad de expresión, su origen y sus límites.
Antes de entrar en materia conviene recordar que la teoría sobre la libertad de Stuart Mill funciona solo con la democracia representativa, cuando desaparece la oposición entre gobernantes y gobernados, porque en teoría los gobernantes representan los intereses de los gobernados (véase el capítulo dedicado a John Stuart Mill en Historia de la filosofía política, p. 749 y ss.). Esa condición posibilita la libertad del individuo, pero no la garantiza. La ponen en peligro igualmente los grupos sociales dominantes que puedan surgir y el pueblo.
La teoría sobre la libertad del filósofo del utilitarismo parte del valor último del individuo y de su anhelo de felicidad, que a su vez son condición del progreso social. Para avanzar hacia esa doble meta (felicidad y progreso social), cada individuo, grupo de individuos, el Gobierno y el pueblo no han de inmiscuirse ni en el pensamiento ni en la expresión ni en la acción de cada cual. Este es su principio básico de la libertad.
Al aplicarlo de forma práctica, Stuart Mill reconoce que aunque el pensamiento debe ser absolutamente libre, se ha de limitar la libertad de acción de los individuos para impedir daños al prójimo. Su libro Sobre la libertad es un intento de plasmar este compromiso.
El enfoque de Stuart Mill al problema de los límites –si los hay– a la libertad de expresión pública en la sociedad presupone un público capaz de argumentar civilizadamente. Mientras la discusión siga siendo discusión, ha de permitirse la libertad absoluta, pero cuando se pasa de la palabra a los hechos, puede haber límites (léase el ejemplo del comerciante en trigos que pone el mismo Stuart Mill, citado aquí en este artículo, una especie de escrache de su época). Las circunstancias, por lo tanto, también cuentan a la hora de imponer límites a la libertad. Pero Stuart Mill hila muy fino y ofrece razones para impedir que esas restricciones no abran la puerta a prohibiciones generales a la libertad de acción. Para Stuart Mill hasta el dañarse a sí mismo, si se es un individuo maduro, no da derecho a la intervención del Gobierno.
Veamos a continuación con palabras del pensador británico lo expuesto anteriormente. Las citas están tomadas de John Stuart Mill, Sobre la libertad, Madrid, Alianza editorial, 2017 (prólogo de Isaiah Berlin); los epígrafes son añadido nuestro para facilitar la lectura.

“El objeto de este ensayo no es el llamado libre arbitrio, sino la libertad social o civil, es decir, la naturaleza y los límites del poder que puede ejercer legítimamente la sociedad sobre el individuo” (p. 67).
“Llegó un momento […] en el progreso de los negocios humanos, en el que los hombres cesaron de considerar como una necesidad natural que sus gobernantes fuesen un poder independiente, con un interés opuesto al suyo” (p. 69).
“Dondequiera que hay una clase dominante, una gran parte de la moralidad del país emana de sus intereses y de sus sentimientos de clase superior” (p. 75).
“Donde una clase, en otro tiempo dominante, ha perdido su predominio, o bien donde este predominio se ha hecho impopular, los sentimientos morales que prevalecen están impregnados de un impaciente disgusto contra la superioridad” (p. 75).
“Los grandes escritores a los cuales debe el mundo la libertad religiosa que posee han afirmado la libertad de conciencia como un derecho inviolable y han negado, absolutamente, que un ser humano pueda ser responsable ante otros por su creencia religiosa” (p. 77).
“Nadie puede ser obligado justificadamente a realizar o no realizar determinados actos, porque eso fuera mejor para él, porque le haría feliz, porque, en opinión de los demás, hacerlo sería más acertado o más justo […]. Para justificar esto sería preciso pensar que la conducta de la que se trata de disuadirle producía un perjuicio a algún otro. La única parte de la conducta de cada uno por la que él es responsable ante la sociedad es la que se refiere a los demás. En la parte que le concierne meramente a él, su independencia es, de derecho, absoluta. Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y espíritu, el individuo es soberano” (p. 80).
“La libertad humana comprende, primero, el dominio interno de la conciencia; exigiendo la libertad de conciencia en el más compresivo de sus sentidos; la libertad de pensar y sentir; la más absoluta libertad de pensamiento y sentimiento sobre todas las materias, prácticas o especulativas, científicas, morales o teológicas. La libertad de expresar y publicar las opiniones puede parecer que cae bajo un principio diferente por pertenecer a esa parte de la conducta de un individuo que se relaciona con los demás; pero teniendo casi tanta importancia como la misma libertad de pensamiento y descansando en gran parte sobre las mismas razones, es prácticamente inseparable de ella” (pp. 83-84).
“De esta libertad de cada individuo se desprende la libertad, dentro de los mismos límites, de asociación entre individuos: libertad de reunirse para todos los fines que no sean perjudicar a los demás; y en el supuesto de que las personas que se asocian sean mayores de edad y no vayan forzadas ni engañadas” (p. 84).
“La tendencia de todos los cambios que tienen lugar en el mundo es a fortalecer la sociedad y disminuir el poder del individuo” (p. 86).
“Debe existir la más completa libertad para profesar y discutir, como materia de convicción ética, toda doctrina, por inmoral que pueda ser considerada” (p. 90).
“La peculiaridad del mal que consiste en impedir la expresión de una opinión es que se comete un robo a la raza humana; a la posterioridad tanto como a la generación actual; a aquellos que disienten de esa opinión, más todavía que a aquellos que participan en ella. Si la opinión es verdadera se les priva de la oportunidad de cambiar el error por la verdad; y si errónea, pierden lo que es un beneficio no menos importante: la más clara percepción y la impresión más viva de la verdad, producida por su colisión con el error” (p. 91).
“Negarse a oír una opinión, porque se está seguro de que es falsa, equivale a afirmar que la verdad que se posee es la verdad absoluta. Toda negativa a una discusión implica una presunción de infalibilidad” (p. 92).
“Existe la más grande diferencia entre presumir que una opinión es verdadera, porque oportunamente no ha sido refutada, y suponer que es verdadera a fin de no permitir su refutación. La libertad completa de contradecir y desaprobar una opinión es la condición misma que nos justifica cuando la suponemos verdadera a los fines de la acción; y por ningún otro procedimiento puede el hombre llegar a tener la seguridad racional de estar en lo cierto” (p. 95).
“El hombre es capaz de rectificar sus equivocaciones por medio de la discusión y la experiencia. No solo por la experiencia; es necesaria la discusión para mostrar cómo debe ser interpretada la experiencia” (p. 96).
“Muy pocos hechos son capaces de decirnos su propia historia sin necesitar comentarios que pongan de manifiesto su sentido” (p. 96).
“¿Por qué se llega a tener verdadera confianza en el juicio de una persona? Porque ha tenido abierto su espíritu a la crítica de sus opiniones y de su conducta; porque su costumbre ha sido oír todo cuanto se haya podido decir contra él, aprovechando todo lo que era justo, y explicándose a sí mismo, y cuando había ocasión a los demás, la falsedad de aquello que era falso, porque se ha percatado de que la única manera que tiene el hombre de acercase al total conocimiento de un objeto es oyendo lo que pueda ser dicho de él por personas de todas las opiniones, y estudiando todos los modos de que puede ser considerado por los diferentes caracteres de espíritu” (pp. 96-97).
“La más intolerante de las iglesias, la Iglesia católica romana, hasta en la canonización de un santo admite y oye pacientemente a un ‘abogado del diablo’” (p. 97).
“Las creencias en las que mayor confianza depositamos no tienen más salvaguardia para mantenerse que una permanente invitación a todo el mundo para que pruebe su carencia de fundamento” (p. 98).
“Tener por cierta una proposición mientras haya alguien que negaría su certidumbre si se le permitiera, pero que no se le permite, es afirmar que nosotros mismos y aquellos que piensan como nosotros somos los jueces de la certidumbre y jueces sin oír a la parte contraria” (p. 98).
“No es el sentirse seguro de una doctrina (sea ella cual sea) lo que llamo yo una presunción de infalibilidad. Esta consiste en tratar de decidir la cuestión para los demás, sin permitirles oír lo que pueda alegarse por la parte contraria” (p. 101).
“Difícilmente será excesiva la frecuencia con que se recuerde a la humanidad que existió en tiempos un hombre llamado Sócrates, entre el cual y las autoridades legales, con la opinión pública de su tiempo, tuvo lugar una colisión memorable” (p. 102).
“Pasemos al único ejemplo de iniquidad judicial de que puede hacerse mención después de la condena de Sócrates, sin que sea cometer un anticlímax: el que tuvo lugar en el Calvario hace poco más de mil ochocientos años […], fue ignominiosamente muerto, ¿como qué? Como un blasfemo” (p. 103).
“La mayoría de los que ahora se estremecen ante esta conducta hubieran procedido exactamente igual si hubieran nacido judíos y en aquel tiempo” (p. 104).
“La verdad gana más por los errores del hombre que, con el estudio y la preparación debidos, piensa por su cuenta, que con las opiniones verdaderas de quien solo las mantiene por no tomarse la molestia de pensar” (p. 116).
“Por poco dispuesta que se halle una persona a admitir la falsedad de opiniones fuertemente arraigadas en su espíritu, debe pensar que por muy verdaderas que sean, serán tenidas por dogmas muertos y no por verdades vivas, mientras no puedan ser total, frecuente y libremente discutidas” (p. 118).
“Si el cultivo de nuestro entendimiento consiste, con preferencia, en algo, es seguramente en averiguar los fundamentos de nuestras propias opiniones” (p. 119).
“Lo peculiar de la evidencia de las verdades matemáticas es que todos los argumentos están de un lado. No hay objeciones ni réplicas a las objeciones. Pero en todo asunto sobre el que es posible la diferencia de opiniones, la verdad depende de la conservación de un equilibrio entre dos sistemas de razones contradictorias” (pp. 119-120).
“Es sabido que el orador más grande de la Antigüedad (con una sola excepción) estudiaba siempre el caso de su adversario con tanta o mayor atención que el suyo propio. Lo que Cicerón practicaba con vista a los éxitos forenses debe ser imitado por todos los que estudien un asunto con el fin de llegar a la verdad” (p. 120).
“A medida que la humanidad progresa, va constantemente creciendo el número de doctrinas que dejan de ser objeto de discusión o de duda; y el bienestar de la humanidad casi puede medirse por el número y gravedad de las verdades que han conseguido llegar a ser incontestables” (p. 131).
“La verdad, en los grandes intereses prácticos de la vida, es tanto una cuestión de conciliar y combinar contrarios, que muy pocos tienen inteligencia suficientemente capaz e imparcial para hacer un ajuste aproximadamente correcto, y tiene que ser conseguido por el duro procedimiento de una lucha entre combatientes peleando bajo banderas hostiles” (p. 137).
“Reconozco que la tendencia de todas las opiniones a hacerse sectarias no se cura por la más libre discusión, sino que frecuentemente crece y se exacerba con ella, porque la verdad que debió ser, pero no fue vista, es rechazada con la mayor violencia porque se la ve proclamada por personas consideradas como adversarios” (p. 143).
“Una opinión, aunque reducida al silencio, puede ser verdadera. Negar esto es aceptar nuestra propia infalibilidad” (p. 144).
“Como la opinión general o prevaleciente sobre cualquier asunto rara vez o nunca es toda la verdad, solo por la colisión de opiniones adversas tiene alguna probabilidad de ser reconocida la verdad entera” (p. 144).
“Aunque la opinión admitida fuera no solo verdadera, sino toda la verdad, a menos que pueda ser y sea vigorosa y lealmente discutida, será sostenida por los más de los que la admitan como un prejuicio, con poca comprensión o sentido de sus fundamentos sociales.” (p. 144).
“Mucho se puede decir respecto a la imposibilidad de fijar dónde estos supuestos límites a la libertad de expresión [límites que ha citado antes: que todas las opiniones deben ser templadas y no vayan más allá de los límites de una discusión leal] deben colocarse; pues si el criterio es que no se ofenda a aquellos cuyas opiniones se atacan, pienso que la experiencia atestigua que esta ofensa se produce siempre que el ataque es poderoso” (p. 145).
“Indudablemente la manera de afirmar una opinión, aunque sea verdadera, puede ser muy objetable y merecer justamente una severa censura. Pero las principales ofensa de esta especie son tales que, salvo confesiones accidentales, no pueden ser demostradas. La más grave entre ellas es argüir sofísticamente, suprimir hechos o argumentos, exponer inexactamente los elementos del caso o desnaturalizar la opinión contraria” (p. 145).
“Respecto a lo que comúnmente se entiende por una discusión intemperante, especialmente la invectiva, el sarcasmo, el personalismo y cosas análogas, su denuncia atraerá más simpatía si se propusiera siempre su prohibición para ambas partes; pero solo se desea restringir su empleo contra la opinión prevaleciente” (pp. 145-146).
“La peor ofensa de esta especie que puede ser cometida consiste en estigmatizar a los que sostienen la opinión contraria como hombre malos e inmorales.” (p. 146).
“En general, las opiniones contrarias a las comúnmente admitidas solo pueden lograr ser escuchadas mediante una estudiada moderación de lenguaje y evitando lo más cuidadosamente posible toda ofensa inútil, sin que puedan desviarse en lo más mínimo de esta línea de conducta, sin perder terreno, en tanto que el insulto desmesurado empleado por parte de la opinión prevaleciente desvía al pueblo de profesar las opiniones contrarias y de oír a aquellos que las profesan” (pp. 146-147).
“Sea cualquiera la parte del argumento en que se coloque, debe ser condenado todo aquel en cuya requisitoria se manifiestan la mala fe, la maldad, el fanatismo o la intolerancia” (p. 147).
“Nadie pretende que las acciones sean tan libres como las opiniones. Por el contrario, hasta las opiniones pierden su inmunidad cuando las circunstancias en las cuales son expresadas hacen de esta expresión una instigación positiva a alguna acción perjudicial” (p. 148).
“La opinión de que los negociantes en trigo son los que matan de hambre a los pobres, o que la propiedad privada es un robo, no debe ser estorbada cuando circula simplemente a través de la prensa, pero puede justamente incurrir en un castigo cuando se expresa oralmente ante una multitud excitada reunida delante de la casa de un comerciante en trigos» (pp. 148-149).
“Que los hombres no son infalibles; que sus verdades, en la mayor parte, no son más que verdades a medias; que la unanimidad de opinión no es deseable, a menos que resulte de la más completa y libre comparación de opiniones opuestas y que la diversidad no es un mal, sino un bien, hasta que la humanidad sea mucho más capaz de lo que es al presente de reconocer todos los aspectos de la verdad, son principios aplicables a la manera de obrar de los hombres, tanto como sus opiniones” (p. 149).
“Se dice que una persona tiene carácter cuando sus deseos e impulsos son suyos propios, es decir, son la expresión de su propia naturaleza, desarrollada y modificada por su propia cultura” (p. 156).
“Todo lo que aniquila la individualidad es despotismo, cualquiera que sea el nombre con que se le designe, y tanto si pretende imponer la voluntad de Dios o las disposiciones de los hombres” (p. 161).
“Con tal de que una persona posea una razonable cantidad de sentido común y de experiencia, su propio modo de arreglar su existencia es el mejor, no porque sea el mejor en sí, sino por ser el suyo” (p. 167).
“Suponed ahora que en un pueblo cuya mayoría estuviera compuesta de musulmanes, insistiera esta mayoría en prohibir comer carne de cerdo dentro de los límites de su territorio, lo que no sería nada nuevo en los países mahometanos.
‘¿Sería este un ejercicio legítimo de la autoridad moral de la opinión pública? […]. Pudo en su origen ser religiosa, pero no puede ser una persecución por causa religiosa en cuanto ninguna religión obliga a comer cerdo. El único fundamento sólido para condenarla sería que el público no tiene por qué intervenir en los gustos personales ni en los intereses propios de los individuos” (p. 195).
“A menos que estemos dispuestos a adoptar la lógica de los perseguidores y decir que nosotros podemos perseguir a otros porque acertamos y ellos no pueden perseguirnos a nosotros porque yerran, debemos cuidar de no admitir un principio de cuya aplicación nosotros mismos tengamos que resentirnos como de una gran injusticia” (p. 196).
Incluso podríamos añadir a Una Odisea, la etiqueta de poema o epopeya (en prosa), si tuviésemos en cuenta la cuidada calidad del lenguaje, las rítmicas recurrencias temáticas, el uso del símbolo, la repetición, las anagnórisis, las elusiones y las continuas analepsis. Además, podría contar como traducción. Todas las reproducidas de la Odisea son de Mendelsohn.

Sin embargo, el autor no trata de hacer un alarde de metaliteratura ni un libro para teóricos, filólogos clásicos o eruditos a la violeta. Necesita abrir tanto el campo de los géneros (siete u ocho) porque quiere tratar muchos temas a la vez (siete u ocho).
Nos convence de la actualidad de los clásicos, encara los problemas constantes de la enseñanza y sopesa los retos de la paternidad perenne
Temas que, en buena medida, coinciden con los que Nueva Revista se plantea. Una Odisea de Mendelsohn nos convence de la actualidad de los clásicos, indaga en la razón de ser de la literatura, gira alrededor de la inevitable búsqueda de sentido de la vida, encara los problemas constantes y contemporáneos de la enseñanza y sopesa los muy postmodernos retos de la paternidad perenne.
Todos estos asuntos confluyen con naturalidad gracias a un argumento que funciona como un anillo para gobernarlos a todos. A Daniel Mendelsohn, profesor universitario de clásicas, su padre, el matemático Jay Mendelshon, jubilado y con quien mantiene una relación despegada y ambigua, le pide asistir a su seminario sobre La Odisea. Posteriormente harán un crucero por el Mediterráneo siguiendo la ruta de Ulises. «Nunca eres demasiado viejo para aprender» afirma el padre, que añade un divertido guiño socrático al final, cuando, como el filósofo griego, quiere morir aprendiendo a tocar una nueva melodía. En su caso, las fugas de Bach.
Su presencia en las clases producirá interesantes reacciones en los jóvenes alumnos e interferencias sentimentales y biográficas en el abrumado profesor. No en vano La Odisea es un libro que trata de padres e hijos (Ulises, hijo de Laertes y padre de Telémaco). Son círculos superpuestos, al modo de las vueltas que va dando el héroe en su camino de vuelta a casa. El mismo autor habla de «espirales asociadas». En este libro funcionan, más bien, como las ruedecillas dentadas de un reloj, con un acople invisible y silencioso, pero exacto, puntual. Así, la homosexualidad de Daniel Mendelsohn o su condición de judío tienen una relevancia muy menor (contra lo esperado por el resabiado lector), pero no insignificante, porque nada hay insignificante en este libro.
Tampoco ningún tema se impone a otro. El comentario filológico de La Odisea parece ocupar un lugar marginal, por muy magistral que sea. Podría extraerse una separata que fuese una original guía de lectura de La Odisea.
Pero en realidad es inseparable de los demás asuntos. Pondré un ejemplo. Durante su crucero mediterráneo, el padre y el hijo visitan la cueva de Calypso. El descenso resulta físicamente exigente (y argumentalmente emocionante). En cambio, la entrada natural que la tradición identifica con la Puerta de los Muertos es sencilla y expedita. Comenta entonces Daniel Mendelsohn: «Normal, es un viaje que todo el mundo hace». El reticente padre no oculta la admiración por la idea brillante que ha tenido su hijo. Quedan enlazadas en dos líneas la crónica viajera, la glosa clásica, la relación entre el padre y el hijo, la amenaza de una muerte cercana y la posición, siempre sometida al enjuiciamiento, del profesor.
Podemos entender mucho mejor ‘La Odisea’ en la medida en que podemos entendernos mucho mejor a nosotros gracias a ‘La Odisea’
La gran aportación de este libro es que podemos entender mucho mejor La Odisea en la medida en que podemos entendernos mucho mejor a nosotros gracias a La Odisea. Asistimos, pues, a una espiral virtuosa que nos enseña, de paso, el juego de espejos que hace funcionar la dimensión humanística de los clásicos.
Por si el método no nos hubiese quedado claro, hacia el final del libro, el autor está enseñando un nuevo curso sobre La Ilíada, que le permite entender el dolor de la viudez de su madre, porque lo hace a la sombra del dolor de las mujeres troyanas. Los clásicos acompañan y amparan. El hombre es un ser narrativo que necesita de un sentido que sólo pueden dar las historias. Mendelsohn, como el profesor concienzudo que es, nos lo subraya de nuevo cuando explica que su madre, para aceptar la muerte del marido, necesita conocer su historia clínica y el proceso de la enfermedad
Pero mientras La Iliada trata un tema más común en la cultura griega: la muerte heroica que produce la fama, La Odisea investiga en las posibilidades de un heroísmo de supervivencia. Nos interpela, por tanto, más actual y directamente.
La lectura de Homero arroja una luz refleja sobre la relación entre el autor y su padre. En Ulises, el de los muchos trucos, se reconoce al Jay Mendelsohn que su hijo va a terminar de descubrir gracias a La Odisea. Daniel, el autor, asume el papel de Telémaco hasta el extremo de visitar viejos amigos de su padre, como Telémaco con Agamenón y Néstor, para indagar en la verdadera historia.
Inesperada reflexión matrimonial
Casi al principio, el profesor explica a sus alumnos que, en el proceso de formación de Telémaco, durante su visita a Helena y Agamenón, recibe una lección implícita de lo que es un matrimonio. Este sutil hilo conyugal ya no se suelta a lo largo de todo el libro. No en vano, Ulises renuncia al amor de la ninfa Calypso por su mujer, que no es ni tan guapa, ni tan joven ni tan poderosa. Indagar en las razones de esa renuncia es uno de los secretos motores de este libro. La clave del matrimonio, según Homero, estriba en la «homophrosynê», esto es, en compartir una misma manera de ver el mundo. No hay juventud, poder o belleza capaz de suplirlo.
Es una idea muy pudorosamente querida por Daniel Mendelsohn, que casi no disimula su emoción personal al descubrirla en sus padres. Hay un constante ir y venir de los clásicos a la biografía. A diferencia del complejo de Edipo freudiano, Telémaco, como explica Massimo Recalcati en El complejo de Telémaco (Anagrama, 2014), quiere que su padre se una a su madre, y se vayan a dormir juntos. La emoción del escritor ante el amor de sus padres no deja lugar a dudas sobre su final identificación con el hijo de Penélope y Ulises.
El modo como Mendelsohn negocia, reconociendo el talento de los alumnos sin renunciar a la autoridad de la tradición, interesará a cualquier profesor de hoy
Aunque Daniel Mendelsohn explique tan fácil y hondo, consigna las dificultades de la enseñanza y, en especial, de la enseñanza de los clásicos. Las peripecias profesionales y las preocupaciones profesorales ocupan poco espacio en el libro, pero son trascendentales. El profesor tiene que enfrentarse a los prejuicios de su padre contra la condición de héroe de Ulises y al rechazo a la autoridad de sus jóvenes alumnos, que también tienen un conato de rebelión frente a las canónicas explicaciones del maestro. Millenials al fin y al cabo, quieren hacer sus propias y libérrimas interpretaciones. El modo como Mendelsohn negocia, reconociendo el talento de los alumnos sin renunciar a la autoridad de la tradición, interesará a cualquier profesor de hoy. «Nunca sabes, en realidad, dónde te llevará la enseñanza, quién estará atendiendo y, en ciertos casos, quien es el auténtico profesor», concede sin ceder.
Este problema no es anecdótico: se entrelaza, a través de la figura clásica del Doktorväter, del «maestro padre» de la tradición alemana, con la crisis de la figura del padre en general y con la biografía del autor en concreto, en cuanto que buscó en sus maestros la comprensión, tanto académica como íntima, que no encontraba en su padre. Para que no quede nunca un cabo suelto, remite, con tintes personales, a las figuras de Eumeo y del Mentor, figura de Atenea, que suplen la ausencia de Ulises en la infancia de Telémaco.
El ciclo educativo de Telémaco no termina hasta cuando es capaz de reconocer el error de dejar la puerta abierta durante el asesinato de los pretendientes. En asumir su equivocación, sin escurrir el bulto de la responsabilidad ni dejar que otro cargue con su culpa, estriba la madurez. También los alumnos sabrán rendir su juicio a la autoridad del profesor y su propio padre reconocerá la categoría superior del poema. Y el profesor encajará las últimas piezas que faltaban en su biografía.
Gracias a la potencia de esta historia de múltiples ecos, uno asiste a una gran novela en la que, si se analiza fríamente, no hay un gran drama. La lupa de la sensibilidad, la luz de la inteligencia y el abrazo de la comprensión terminan dotando de temple épico unas vidas más o menos ordinarias. Como las nuestras. Se cierra Una Odisea con la convicción de la urgente necesidad que tenemos de los clásicos para vivir bien y con intensidad.
Storytelling, contar historias, es un arte que «siempre ha estado ahí», señala Fernando Ariza. Su campo de aplicación más poderoso, el publicitario, surgió en los Estados Unidos, pero ahora se ha extendido «a todos los niveles: sociales, personales y laborales», añade este doctor en Filología Hispánica, profesor de Literatura en la Universidad CEU San Pablo de Madrid. Como formador ha participado en el diseño e impartición de programas de desarrollo del liderazgo y habilidades interpersonales.
«El relato vincula y crea sentido», subraya Ariza en esta conversación con Nueva Revista. «Un partido político necesita un relato, una historia», mejor que un argumentario; «un periódico necesita también unos contenidos más allá de ser un periódico de calidad. La gente se siente identificada con ese periódico». Lo mismo con las marcas: «Hay marcas que venden simplemente por ellas mismas«, porque «son importantes para su público». Un ejemplo muy claro es Apple. En las mismas empresas «muchas veces lo prioritario de los empleados no es que les paguen más, sino el formar parte de una organización con cuyo relato se identifiquen«. Así «trabajan mejor, más contentos y más horas».
«Las redes sociales han hecho mucho por la transmisión del relato», afirma Ariza. Practican «en el fondo lo que el género humano hace desde el origen de los tiempos. Un 80 o un 90 por ciento de nuestras conversaciones consiste en relatar lo que nos ha pasado y en escuchar lo que les ha pasado a los demás. Gracias a eso hemos creado vínculos y grandes relatos comunes, hemos construido comunidades». Con Facebook, Instagram, etc., hay nuevas herramientas, pero el fenómeno en realidad «no es más que una proyección en grandes líneas de lo de siempre: comentar lo que hacemos«.
¿Cuál es la relación entre atención, memoria y relato? «El relato, probablemente, en origen, cuando estábamos alrededor de la hoguera contando historias, tenía una función de recuerdo; el relato y la memoria están íntimamente relacionados entre otras cosas porque recordamos las personas que han pasado por nuestras vidas gracias a los relatos. Tenemos una capacidad extraordinaria para recordar historias, las historias son mucho más memorables; las visualizamos mejor. La capacidad para asumir la ficción y creernos relativamente la ficción provoca que se fije con mucha calidad en nuestro cerebro; nosotros la asumimos y además nos gusta recordarla.»
El ser humano es homo ludens, el hombre que juega. El juego sirve también para aprender. «El entretenimiento, si lo asociamos al juego, si lo asociamos a recibir historias, puede ser un método adecuado para aquilatar determinados contenidos».
“To be a person is to have a story to tell” («Ser persona es tener una historia que contar»), según Isak Dinesen. Lo comenta así Ariza: «Nosotros nos vivimos a nosotros mismos como una historia. Somos personajes de nuestra biografía. Y no lo vemos como una obra de no ficción, sino como una obra de ficción con personajes principales, que somos nosotros mismos, con personajes secundarios: podemos incluso tener antagonistas. Más aún: hay quien dice que cada uno tiene su propio género: hay gente que ve su historia, su vida, como una tragedia, otros como una comedia, una novela de aventuras, una novela de misterio o de detectives. Esa percepción hace que nosotros seamos una historia.»
Sin embargo, no es fácil hallar nuestra propia voz en ese relato. «Hay personas que de forma natural cuentan buenas historias y gente a la que le cuesta más. Es natural. Pero están a nuestra disposición una serie de técnicas y de conocimientos, para reforzar, ayudar y reconocer las propias capacidades y la capacidad para contar mejores historias.
De ahí que se utilice cada vez más el storytelling en la universidad. ¿Qué enseñan? «Uno aprende a descubrir las propias historias, a estructurarlas de forma efectiva… Lo han hecho siempre los escritores. Lo que ocurre es que antes simplemente estaba al nivel del arte, ahora está al nivel de todos nosotros y podemos sacarle sentido práctico. Esa historia o esa capacidad para contar historias, ¿cómo me puede beneficiar, personal y profesionalmente? Pues nos beneficia: a un médico, en el trato con pacientes; a un abogado; en el mundo del comercio, de la política; a los ejecutivos, para transmitir ideas, para transmitir gestiones del cambio en la propia empresa, para transmitir información. En esos cursos, lo que uno aprende, es a crear y a saber cómo sacarle partido a esos conocimientos.»
¿Cabe la censura en una sociedad libre? ¿Habría que permitir a todo el mundo expresar lo que quiera cuando quiera? ¿La libertad de expresión es un derecho absoluto? Para disputar bien es necesario poseer un arsenal de argumentos y refutaciones, desarrollarlos de modo claro, detallado y analítico y exponerlos con persuasión, se puede leer en el libro A favor y en contra, que ofrece precisamente algunos buenos argumentos sobre una determinada materia.
En la Introducción al libro mencionado, se señala la importancia de «aportar argumentos constructivos por derecho propio», es decir, que «no se limiten a la refutación de la posición contraria». Y es importante también pararse a pensar y ver lo que uno tiene que decir por sí mismo, antes de ponerse a buscar razones. Luego habrá que decidir qué orden es el más eficaz, siempre teniendo en cuenta que lo primero es el peso específico del contenido; el estilo y la estrategia vienen después.
Nunca se llega a agotar un asunto, entre otras razones porque el simple paso del tiempo obliga a la reformulación: véase como botón de muestra el reciente documento elaborado por el Parlamento británico.
Freedom of Speech in Universities inquiry
Dentro de este contexto universitario, el pasado 10 julio de 2019, la europarlamentaria británica Ann Widdecombe ofreció estos argumentos a favor de la libertad de expresión en un discurso ante la Oxford Union:
Su intervención, yendo a lo esencial, relata lo siguiente:
—La adolescencia de Ann Widdecombe coincidió con la postguerra de la segunda guerra mundial, “cuando la gente había perdido hijos, esposos y padres por los nazis… Y, sin embargo, a Oswald Moseley (fundador de la Unión Británica de Fascistas) y a Colin Jordan (líder de la Unión Mundial de Nacionalsocialistas) y a otras almas ‘encantadoras’ se les permitió por ley celebrar sus manifestaciones en este país (Gran Bretaña). Piénsese en cuánta ofensa, cuánto dolor, cuánto insulto se causó a las personas que habían hecho tan grandes sacrificios. Pero la devoción a la libertad de expresión y el reconocimiento de que habíamos pasado seis años luchando por la libertad nos llevaron a creer que era preferible tener libertad de expresión que no sentirnos ofendidos».
—Hubo un tiempo, durante la guerra fría, «en que la URSS nos apuntaba con sus armas. Y sin embargo, podías presentarte al Parlamento británico como comunista”.
—Hitler estuvo en contra de la libertad de expresión. Hablar contra Hitler o contra la Unión Soviética suponía acabar en prisión, como mínimo. A los regímenes totalitarios les gusta restringir el derecho a discrepar de la ortodoxia estatal. Ahora estamos igual si sustituimos ortodoxia estatal por ortodoxia social, ejemplificada, digamos, por medios sociales como Twitter. Por ejemplo, dice Widdecombe, «me encantaría argumentar contra alguien que niegue la existencia del Holocausto», pero ahora puede ser que a uno que niegue la existencia del Holocausto se le impida que lo exprese en Twitter.
—Las herejías de hoy pueden ser el credo de mañana. Menos mal que Martin Luther King pudo hablar en su momento. Las redes sociales hoy lo vetarían, por herir los sentimientos de muchos.
—Hay que triunfar pero derrotando los argumentos del oponente con mejores razones, no desoyéndole o prohibiendo que se exprese. -La libertad de expresión es para todos, no un privilegio de unos pocos.
Debido a los problemas en las aulas y por las declaraciones del presidente Trump contra la prensa, el semanario The Economist, en un editorial de su número impreso del pasado 17 de agosto de 2019, aporta más argumentos a favor de la libertad de expresión [traducción libre del autor], y que son en el fondo como un compendio de un libro clásico en la materia, el de John Stuart Mill Sobre la libertad.
Miguel Herrero de Jáuregui es doctor en Clásicas y en Historia de las Religiones. Ejerce de profesor de Griego antiguo en la Universidad Complutense y es experto en religiones y mitologías de la antigüedad. Su investigación se centra en el poder de las fuentes literarias para generar conceptos y experiencias en los cultos y escuelas filosóficas de la antigua Grecia, así como en la recepción y aplicación de la filosofía y la retórica antiguas al mundo moderno. Herrero de Jáuregui imparte cursos también sobre el arte de relatar, el storytelling. De ello hablamos en esta entrevista.
—¿Qué es contar historias? ¿Qué es narrar? ¿Qué es el storytelling?
—Narrar es construir un relato; es decir, hilvanar una serie de acontecimientos protagonizados por personajes que al actuar cambian el estado inicial de la situación. Ese relato es una creación. Tiene mucho de ficción. Puede responder a una realidad. Pero en todo caso es crear, es construir.
—Encontramos en nuestros días el storytelling como forma de transmitir hechos, la propia biografía, comentarios políticos, promoción de un producto… ¿Estamos ante otra moda pasajera o hay algo más de fondo?
—Yo creo que no es una moda. Es verdad que en las últimas décadas se ha puesto de manifiesto más explícitamente, a través de la investigación teórica y de la aplicación práctica, lo que siempre había estado ahí. Ya en Aristóteles, en la Retórica, en la Poética, se habla de la fuerza del contar para dar forma a la experiencia, para persuadir; y los estudios de psicología cognitiva, de lingüística, pero también la aplicación práctica al marketing, a la literatura, cada vez han ido dando más fuerza, más importancia, al storytelling, a la construcción de relatos.
—El storytelling se emplea para destacar los valores de la empresa, atraer al consumidor objetivo y a la audiencia. ¿Por qué funciona tan bien como técnica de marketing?
—El storytelling es algo mucho más amplio. El marketing trata de persuadir a un potencial consumidor. El relato, su gran fuerza, es que no solo da forma a la intención comunicadora del emisor, sino que sobre todo es recibido por la audiencia de un modo inmediato, y muy plástico, muy intuitivo; de ese modo, la persuasión tiene en el storytelling un instrumento fundamental.
—¿Cómo se relacionan las redes sociales, como Instagram, con el storytelling?
—Tienen que ver en tanto en cuanto el storytelling es una herramienta para la construcción de la propia biografía. Y en tanto en cuanto el relato es también, y ante todo, autorrelato: cómo nos percibimos a nosotros mismos.
—¿Está hecho el cerebro humano de forma especial para reconocer, recordar y contar historias?
—Sí. Los animales, está demostrado, tienen procesos de comunicación entre sí, tienen tipos de lenguaje, pero que sepamos solo el homo sapiens es capaz de contar historias, de articular ese proceso comunicativo con un relato; por eso se habla también del homo sapiens como el homo fictus, como el animal que es capaz de contar historias.
—Si alguien cuenta lo que es, lo puede hacer de diversas formas, e incluso puede dar la impresión de que tiene múltiples biografías. ¿Es esto un problema para el storytelling?
—En efecto, uno puede articular su autobiografía cara a uno mismo, cara a los demás, cara a diversos tipos de gente, de modos muy distintos. Hay que encontrar, entre las múltiples posibilidades de creación de la historia de que uno es protagonista, aquella que no es heterónoma sino autónoma, que surge de la propia inteligencia y voluntad.
—¿No somos demasiadas historias como para unificarlas?
—Potencialmente, sí; uno puede ser muchas historias, y quizá en ocasiones se puede percibir como demasiadas historias. Pero yo creo que no es imposible unificarlas. Al contrario, la búsqueda de esa propia identidad, de esa propia voz, tienen mucho de selección y de unificación. El filósofo Javier Gomá, en el segundo volumen de su tetralogía titulado Aquiles en el gineceo, recuerda que vivir también es decidir, renunciar, abrir puertas para cerrar otras: eso es pasar de la pluralidad potencial a la concreción de una historia unificada.
—¿Se memoriza mejor con relatos?
—Determinadas cosas, sí. Con el relato, al apelar a esa parte tan importante de nuestro cerebro que está diseñada para pensar con narración, se memoriza mucho mejor. Eso no quiere decir que la única herramienta para memorizar sea un cuento, o una narración. Los niños aprenden las tablas de multiplicar, que no son un relato, con otras herramientas, como la melodía y el ritmo. Está la rima en las poesías. Igual que esos son instrumentos sonoros, el relato es un instrumento cognitivo para memorizar.
—¿Se está perdiendo la tradición oral por el predominio de los medios gráficos?
—Los cuentos se siguen contando… Yo creo que no. Pero en todo caso una cosa es la oralidad, la escritura, lo audiovisual, es decir, los medios de transmisión, y otra es el contenido. El cuento tiene muchísimos siglos de tradición oral. Los hermanos Grimm los recogen y los ponen por escrito, y eso no supone la muerte del cuento, sino al contrario su expansión y su multiplicación en diversas variantes. Ahora se dice que se está perdiendo la escritura en favor de medios más visuales del conocer, con lo cual quizá ahí se recupera la oralidad. Pero como decía: se trata más bien del cambio en los mecanismos de transmisión.
—Para que se atienda de verdad a un relato, ¿el relato ha de ser bueno? ¿Se atiende mejor con relatos que con otros géneros en todo caso?
—Hay medios mejores de construir, que apelan más a lo que la mente humana concibe como un relato bien estructurado y bien organizado, y por supuesto esto tiene más efecto persuasivo, y sobre la memoria. Un relato mal construido, igual que un razonamiento mal construido, se percibe que falla.
—¿Mejor el storytelling que el PowerPoint?
—El PowerPoint es un mero instrumento, que puede ser utilizado mejor o peor, pero no es ni incompatible con el relato ni la condición necesaria para él; es simplemente un medio visual para captar la atención de la audiencia, en clases o conferencias. Y como tantos otros medios puede utilizarse bien o mal, puede ser necesario o absolutamente prescindible. Pero no es un instrumento particularmente adaptado a la creación de ficciones o de relatos.
—¿Sustenta la narración lo que hacemos, desde el entretenimiento a la educación?
—De todo lo que hacemos, no. Es una parte muy importante de nuestra actividad cognitiva. Y el entretenimiento y la educación ni siquiera son polos opuestos. Un modo de educar, por ejemplo a los niños, es entretenerles con cuentos. Cada cultura educa en unos valores que se plasman en esos cuentos, y es claro que los cuentos de hace cien años eran distintos de los de hoy, por no hablar de los de hace muchos siglos, porque lo que se pretende inculcar, con lo que se entretiene, va variando con el tiempo.
—¿Por qué no siempre encontramos nuestra voz ni narramos con nuestra voz?
—Quizá porque hay tanta profusión de relatos posibles, algunos de ellos ambientales, otros que nos vienen impuestos por la presión social, por los medios, por la pluralidad de posibilidades que tenemos, de la que hablábamos antes, que es un ejercicio difícil, y que requiere esfuerzo y disciplina, autoconocimiento, capacidad de renunciar y decidir, de articular una voz autónoma, no heterónoma. Y como es difícil, y requiere un esfuerzo, muchas veces no lo conseguimos. Pero desde luego es algo que todos podemos conseguir.
—Los elementos esenciales en el acto de contar historias son argumento, personajes y punto de vista narrativo. ¿Qué destacaría usted del punto de vista narrativo?
—Es una diferencia sustancial el contar algo desde la primera persona, desde la subjetividad, que desde la tercera, lo que en teoría literaria se llama el narrador omnisciente, con una visión al menos aparentemente objetiva de la circunstancia que se describe. Y se dan a veces también narrativas experimentales con la segunda persona, desde el tú, como Miguel Delibes en su novela Cinco horas con Mario.
Las pequeñas virtudes (Le piccole virtù) de Natalia Ginzburg (1916-1991) es el breve ensayo sobre educación que da título a un libro en el que también hay apuntes autobiográficos, semblanzas –como la que dedica a su segundo marido, titulada Él y yo– o reflexiones sobre la vocación de escritor. Asuntos distintos y dispersos, hilvanados por la prosa transparente y la perspicacia para captar la vida cotidiana.
Volcada en su vocación de escritora “este es mi oficio y lo haré hasta mi muerte”; amiga de Italo Calvino, Pasolini, Moravia, o Sciascia, entre otros; intelectual de izquierda (llegó a ser diputada del Partido Comunista); Ginzburg ha sido considerada como heredera de Chejov por su habilidad para el relato corto.

Las pequeñas virtudes fue escrito por Ginzburg a comienzo de los años 60 y parte de su propia experiencia como madre. La autora tuvo tres hijos de su primer marido, el intelectual antifascista Leone Ginzburg, que fue asesinado por los nazis; y otros dos más de su segundo marido, un profesor de literatura.
El ideal educativo que propone la autora tiene que ver con la exigencia y la excelencia, ya desde las primeras líneas:
“Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes”. Y sintetiza cuáles son estas:
“No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero;
– no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro;
-no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad;
-no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación;
-no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber”.
Explica que padres y educadores tienden a lo contrario: “elegimos el camino más cómodo, porque las pequeñas virtudes no encierran ningún peligro material, es más, nos protegen de los golpes de la suerte”.
Y se extiende en dos aspectos: el ahorro y deseo de éxito
El ahorro
La autora sostiene que “no deberíamos enseñarles [a los hijos] a ahorrar, deberíamos acostumbrar a gastar”. Señala que como a los padres “nos abruma el problema del dinero, la primera pequeña virtud que se nos ocurre enseñarles a nuestros hijos es el ahorro”. Y les regalamos una hucha, explicándoles “lo bonito que es conservar el dinero en lugar de gastarlo”. Pero tal cosa es “nuestro primer error”. Porque, cuando se rompe la hucha, “los niños pedirán una nueva hucha y nuevo dinero para custodiar”; y “pondrán en el dinero unos pensamientos y una atención que está mal que pongan. Preferirán el dinero a las cosas”.
Recalca que es importante enseñar a los hijos a ser libres frente al dinero: “Ser sobrios con nosotros mismos y generosos con los demás: esto significa tener una relación justa con el dinero, ser libres frente al dinero”.
El deseo del éxito
Pone en guardia a los padres frente a la pequeña virtud del éxito. Ya desde que el niño llega por primera vez al aula: “Acostumbramos a dar al rendimiento escolar de nuestros hijos una importancia del todo infundada. Y esto no es sino respeto por la pequeña virtud del éxito”.
Les exigimos el éxito, porque “queremos que satisfagan nuestro orgullo”
Afirma que bastaría con que los hijos no quedaran demasiado rezagados con respecto a los demás, con “que no les suspendieran en los exámenes, pero nosotros no nos contentamos con eso”. Les exigimos el éxito, porque “queremos que satisfagan nuestro orgullo” De suerte que si en la escuela no van tan bien como nosotros pretendemos, “alzamos entre ellos y nosotros la barrera del descontento constante”. Parece como si nos ofendieran, explica Ginzburg: “Adoptamos ante ellos el tono de voz enfurruñado y lloroso de quien lamenta una ofensa”.
Y sin embargo, afirma la autora, es falso que ellos “tengan el deber, ante nosotros, de ser aplicados en la escuela o de dar al estudio lo mejor de su ingenio. Puesto que les hemos encaminado hacia los estudios, el deber de ellos ante nosotros, es simplemente el de salir adelante”.
El papel de los progenitores debe limitarse –sostiene- a “infundirles valor, si un fracaso les ha mortificado”; pero también a “bajarles los humos, si un éxito los ha envanecido”.
Injusticias
Señala la autora que padres y educadoras deben ser cautos al prometer premios y castigos. Por la sencilla razón de “la vida rara vez tendrá premios y castigos”. Ginzburg extrae una lección pedagógica de la observación de la realidad: con frecuencia, los sacrificios no tienen premio y las malas acciones no suelen ser castigadas, “al contrario, a veces son espléndidamente compensadas con éxito y dinero”.
De ahí que los hijos sepan, ya desde la infancia, que “el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo, y que, sin embargo, es preciso amar el bien y odiar el mal…”
En este sentido, el hijo debe tener claro, desde la infancia, que “no tiene nada de raro (…) sufrir injusticias o ser incomprendido”. Porque en la vida “tenemos que esperar ser continuamente incomprendidos e ignorados, y ser víctimas de injusticias”. Y lo único que importa es “no cometer injusticias nosotros mismos”.
Los hijos no pertenecen a los padres
Una de las ideas recurrentes de Las pequeñas virtudes es que los hijos no pertenecen a los padres y deben ser libres para elegir su propio destino, su vocación: “que se desarrollen al margen de nosotros”. La razón es que los hijos tienen vida propia, y los padres deben respetarla.
“Nuestros hijos deben saber que no nos pertenecen; pero que nosotros sí les pertenecemos, siempre disponibles”. La tarea del progenitor se reduce a ser “un simple punto de partida, ofrecerles el trampolín desde el cual darán el salto”.
“La única verdadera salud y riqueza del hombre es una vocación” afirma Natalia Ginzburg. Y define a ésta como “una pasión ardiente y exclusiva (…) la conciencia de poder hacer algo mejor que los demás, y amar ese algo por encima de todo”.
La contrapone al dinero: “es la única posibilidad de no estar absolutamente condicionado por el dinero, de ser libre ante el dinero, de no sentir, ante los demás, ni el orgullo de la riqueza ni su vergüenza”. Con la vocación -explica Ginzburg- “el niño no se fijará siquiera en la ropa que lleva (…) y el día de mañana será capaz de cualquier privación, porque en él la única hambre y la única sed serán su pasión misma, que habrá devorado todo lo que es fútil y provisional”.
“Debemos ser importantes para nuestros hijos, pero no demasiado”
¿Cómo despertar en los hijos el nacimiento y el desarrollo de una vocación? se pregunta. Afirma que “el despertar de la vocación” requiere “espacio, espacio y silencio, el libre silencio del espacio”. Lo cual exige que los padres respeten la intimidad y la libertad de los hijos: “la relación con nuestros hijos (…) debe ser una relación íntima y, sin embargo, no mezclarse violentamente con su intimidad”
Y continúa desgranando:
-“Debemos ser importantes para nuestros hijos, pero no demasiado”;
-“Debemos tener con ellos una relación de amistad, pero no debemos ser demasiado amigos de ellos”;
-“Es preciso que su búsqueda de la amistad, su vida amorosa, su vida religiosa, su búsqueda de una vocación estén rodeadas de silencio y de sombra, que se desarrollen al margen de nosotros”.
Finalmente, advierte, que la única forma de “resultarles de alguna ayuda en la búsqueda de una vocación” es que los padres tengan la suya y no la traicionen: “Si nosotros mismos tenemos una vocación, si no hemos renegado de ella ni la hemos traicionado, entonces podemos dejarlos germinar tranquilamente fuera de nosotros, rodeados de la sombra y el espacio que requiere el brote de una vocación”.
¿Cómo se puede mejorar la calidad de la democracia?, ¿qué aspectos precisan de una regeneración?, ¿cuáles son los límites de las reformas? Estas son alguna de las preguntas que se plantean en un momento de madurez de una democracia como la española que, cuatro décadas después de la Transición, se encuentra entre las más avanzadas del mundo.
Es cierto que existen algunas señales de descontento que merecen ser atendidas, y algunas medidas y remedios de los que se proponen en los debates públicos deben ser discutidas. Se trata de analizar las carencias que presenta nuestra democracia, pero también las oportunidades de mejora.
Para abordar todas estas cuestiones, se celebra el seminario Tópicos para la reforma democrática (pros y contras) cuya primera sesión correrá a cargo de Alberto Penadés, profesor titular en el Departamento de Sociología y Comunicación de la Universidad de Salamanca; y doctor en Ciencia Política por la Universidad Autónoma de Madrid. El ponente, especialista en política comparada, estudios electorales, teoría política y sociología analítica, hablará sobre Las reformas estructurales de las reglas democráticas.
La sesión tendrá lugar en la sede de Proeduca (calle Almansa, 101) en Madrid, el próximo 16 de octubre de 2019, a las 12:30 horas. Moderará el debate posterior, Rocío Martínez-Sampere, directora de la Fundación Felipe González. Licenciada en Economía, Martínez-Sampere fue diputada del PSC en el Parlament catalán.
Nueva Revista tiene previsto publicar las ponencias del seminario sobre la Regeneración democrática dentro de la colección “Cuadernos”; e incluir las grabaciones de en su página web, a través de su canal de YouTube.
Si quieres asistir, envía un correo electrónico a registro@nuevarevista.net (aforo limitado).