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Ver productosEl desarrollo de este artículo se basa en la sencilla, clara y amena exposición de Mariano Artigas.
Empezamos con unas palabras del propio Galileo, del 21 de febrero de 1635: “Tengo dos fuentes de consuelo perpetuo. Primero, que en mis escritos no se puede encontrar la más ligera sombra de irreverencia hacia la Santa Iglesia; y segundo, el testimonio de mi propia conciencia, que solo yo en la tierra y Dios en los cielos conocemos a fondo. Y Él sabe que en esta causa por la cual sufro, aunque muchos hayan podido hablar con más conocimiento, ninguno, ni siquiera los santos padres, han hablado con más piedad o con mayor celo por la Iglesia que yo” (William R. Shea y Mariano Artigas, Galileo en Roma, Ediciones Encuentro, Madrid, 2003. p. 9).
Seguimos con una cita de Luis Alonso que refleja bastante bien el agitado panorama en el que habitualmente se desenvuelven las opiniones en torno al caso Galileo en España: “Se están alejando los historiadores, en sus investigaciones galileanas, del enfoque sectario que coloreó al positivismo decimonónico. Salvo en España. A nuestros estudiantes universitarios y becalaureandos les exponen todavía interpretaciones de Galileo y su obra sobradas de tópicos envejecidos» (Luis Alonso, Mito y débito. «Investigación y ciencia» mayo, 2003. p. XXX).
Los orígenes de un enfrentamiento
En 1616 la Inquisición inició un primer proceso contra Galileo, aunque él no llegó a comparecer ante los tribunales. De hecho, se enteró a través de terceros de que se le acusaba de sostener la doctrina heliocéntrica. El proceso concluyó con un decreto de la Congregación del Índice en el que se condenaban las obras que defendían el heliocentrismo, por ser supuestamente falso y opuesto a la Sagrada Escritura. Además, el cardenal Belarmino, gran amigo de Galileo, le amonestó para que no defendiera esta teoría, al menos en público.
Los motivos por los que el heliocentrismo generaba suspicacias entre los contemporáneos de Galileo se pueden clasificar en dos grupos. Por un lado, los argumentos de tipo científico y, por otro, los aspectos que se consideraban sospechosos para la doctrina de la fe.
Desde el punto de vista científico las tesis heliocéntricas de Galileo criticaban los principios de la física aristotélica, por lo que rompían con la experiencia ordinaria y la cosmovisión tradicional. Además, como se demostró más adelante, los argumentos y pruebas que ofrecía Galileo para defender el heliocentrismo acabaron por demostrarse falsos o poco concluyentes.
El otro factor que motivó la censura a Galileo estaba en relación directa con el contenido de la fe. Para el lector contemporáneo la tesis heliocéntrica no constituye una opinión que se enfrente directamente con los puntos esenciales de la doctrina católica, pero para algunos de los eclesiásticos del siglo XVII constituía una seria amenaza contra la fe. Veamos brevemente por qué.
El hecho de que el Sol sea el centro del Universo y la Tierra gire a su alrededor como un planeta más parecía entrar en contradicción con algunos pasajes de la Biblia en los que se señala que la Tierra está quieta y el Sol se mueve. Por otro lado, en 1618 da comienzo la Guerra de los Treinta Años que divide a Europa en dos mitades por motivos, precisamente, religiosos. A partir de entonces los esfuerzos de la Iglesia por cortar de raíz cualquier doctrina que pareciera alejarse de la fe no se hicieron esperar.
Cabe preguntarse por qué el heliocentrismo no suscitó un revuelo tan grande cuando fue sostenido por otros científicos, como por ejemplo Copérnico o Diego Zúñiga, y sí lo hubo con Galileo. El motivo fundamental era que Galileo sostenía el heliocentrismo no como una mera hipótesis científica sino como una teoría verdadera. No se trataba de una mera representación de la realidad, útil para hacer cálculos por ejemplo, sino que demostraba que realmente era así.
Galileo, lógicamente, en tanto que científico estaba en pleno derecho de decir lo que quisiera, pero los que juzgaron sus demostraciones las encontraban poco concluyentes o fundadas. De este modo, todas estas objeciones de índole científica y religiosa contribuyeron a que Galileo se ganara rápidamente la enemistad de muchos profesores universitarios –la mayoría de ellos aristotélicos, que presionaron para que sus obras fueran prohibidas–, a la vez que levantaba recelos entre algunos eclesiásticos.
Los aciertos de Galileo y de los eclesiásticos
El fuerte carácter de Galileo no ayudó demasiado a tranquilizar la crispación generada. Tampoco lo facilitó el hecho de que comenzara a ejercer como teólogo para ofrecer una interpretación de la Biblia acorde con sus hipótesis. Pero argumentó bastante bien su postura al afirmar que lo importante en la Biblia era el fondo de los asuntos que pretende enseñar y no tanto las formas literarias que se usan para expresarlo. Al mismo tiempo, algunos eclesiásticos discutían el alcance y la veracidad científica de las investigaciones de Galileo, poniendo en tela de juicio la solidez de sus conclusiones.
Paradójicamente, resultó que tanto los teólogos como Galileo tuvieron razón en las críticas que se dirigieron mutuamente, pero al mismo tiempo ambos también se equivocaron a la hora de interpretar las hipótesis de su especialidad. La Iglesia actualmente acepta que el heliocentrismo no implica una contradicción directa con la fe y, al mismo tiempo, las pruebas científicas concluyentes en las que se basaba Galileo para defender el heliocentrismo se han demostrado que no eran tales.
Las razones para reabrir el proceso
La reprimenda de 1616 causó el efecto deseado, pero siete años después, en 1623, Galileo creyó encontrar una nueva prueba a favor del movimiento de la Tierra. Hasta entonces los argumentos de Galileo para defender el heliocentrismo se habían basado en sus hallazgos con el telescopio en 1609 y 1610. En estos años descubrió las fases de Venus, los satélites de Jupíter, las montañas de la Luna, y que la Vía Láctea estaba compuesta de miles de estrellas.
Sin embargo, 15 años después Galileo encontró una nueva hipótesis. Se trataba de considerar el movimiento de la Tierra como causa de las mareas, lo cual es falso. Viajó de nuevo a Roma en 1624 y fue recibido amablemente en seis ocasiones por el Papa Urbano VIII. El Papa no consideraba herética la doctrina heliocéntrica (en ningún momento se dijo que fuera una doctrina herética. No es lo mismo decir que algo es falso –en este caso por falta de pruebas– que decir que es herético). Sencillamente pensaba que nunca llegaría a demostrarse. No hay que olvidar que el sistema geocéntrico propuesto por Tycho Brahe daba razón de los principales fenómenos que trataba de aclarar Galileo.
Las gestiones de Galileo en Roma tuvieron un éxito relativo, pero le animaron para seguir buscando nuevas pruebas que dieran fundamento a su teoría. Pasaron otros siete años hasta que Galileo puso por escrito sus investigaciones en una obra titulada Diálogo entre los dos grandes sistemas del mundo, el tolemaico y el copernicano. Conseguir el permiso eclesiástico para publicarlo no fue tarea fácil. Galileo se vio forzado a realizar una serie de matizaciones en las que se mantenía que el copernicanismo era una hipótesis científica y no una explicación fiel de la realidad. De este modo, se suavizaba la fuerza de las tesis de Galileo para que levantaran el mínimo de revuelo posible. Pero no fue así.
Cuando salieron los primeros ejemplares de la obra en Florencia no pasó inadvertido que el personaje que defiende el antiguo sistema tolemaico se llamaba Simplicio. Simplicio era uno de los más famosos comentadores de Aristóteles y, lógicamente, en la obra expone la cosmología tradicional. Los enemigos de Galileo –tanto los científicos como los eclesiásticos– le acusaron ante el Papa de ridiculizar el punto de vista clásico de la física aristotélica.
La acusación llegó en un momento especialmente malo para los intereses de Galileo. Desde hacía años la preocupación principal del Papa no era precisamente el movimiento de la Tierra sino la Guerra de los Treinta Años. Solo quince días después de la publicación del Diálogo, el embajador de España ante el Papa acusó a este de no estar siendo suficientemente firme en la defensa de la fe católica. Ante esta situación Urbano VIII estaba obligado a censurar con rotundidad cualquier actitud contraria a la fe. Por si fuera poco, los enemigos de Galileo denunciaron el tono de burla con el que se defienden los argumentos de Simplicio en el Diálogo. Teniendo en cuenta que los enemigos de Galileo no eran pocos ni poco influyentes, es lógico suponer que no debió ser difícil inquietar al Papa. A la vista de los acontecimientos se comprende un poco mejor por qué el Papa permitió que se abriera una segunda investigación contra las tesis de Galileo.
La Congregación del Santo Oficio condenó a Galileo por desobedecer las recomendaciones del proceso de 1616, en las que se le ordenaba que no volviera a defender el copernicanismo. Se incluyó en el Índice la publicación del Diálogo y Galileo se vio obligado a retractarse de sus opiniones en torno al movimiento de la Tierra. Fue lo más deshonroso de todo, puesto que la abjuración se desarrolló en público.
Aunque en un principio la condena impuesta era la prisión, esta nunca llegó a ejecutarse pues las buenas disposiciones de Galileo y su notoriedad (Galileo era una de las personalidades más relevantes de la región Toscana, principalmente por ser el primer matemático y filósofo del Gran Duque) permitieron que la pena fuera conmutada por el arresto domiciliario. Este tuvo lugar en su residencia a las afueras de Florencia, Villa Arcetri, donde siguió escribiendo y fue cuidado por su hija monja. De hecho, las obras científicas más importantes de Galileo las escribió en este período.
El número de falacias vertidas en torno a las circunstancias de su muerte no tienen fundamento ni base documental alguna. Galileo murió de muerte natural el miércoles 8 de enero de 1642, a los 77 años de edad, es decir nueve años después de finalizar el proceso. No lo mató la Inquisición ni fue condenado a muerte.
John Lanchester: Cómo hablar de dinero. Lo que dice la gente de finanzas… y lo que de verdad quiere decir. Anagrama. Barcelona, 2015.
«En lo tocante a la economía, los gobiernos se parecen al coronel de la marina al que Jack Nicholson da vida en Algunos hombres buenos: ‘¿Quiere la verdad? ¡Usted no sabría qué hacer con la verdad!'» (p. 11), recuerda Lanchester en la Introducción de su ensayo. Parece una experiencia universal: «Los gobiernos suponen que sus súbditos no son fiables a la hora de enfrentarse a los hechos y a la hora de manejar realidades incómodas sobre el modo en que funciona el mundo» (p. 11). Las instituciones con frecuencia optan por el camino equivocado: no aplicar más transparencia y más esfuerzo pedagógico. Lanchester apunta que cuando las corrientes económicas que atraviesan nuestra vida son templadas y benignas, es fácil no pensar en ellas, «del mismo modo que es fácil no pensar en una corriente que desciende suavemente hacia nosotros por un río; y más o menos eso fue lo que todos hicimos, sin ser conscientes, hasta 2008» (p. 11). El autor británico propone salvar la dificultad de la que habla, «tanto a nivel macroeconómico, para así ser capaces de tomar decisiones democráticas contando con la información necesaria, como en el plano microeconómico, es decir, en lo relativo a las decisiones que tomamos» (p. 12). En su opinión, si la brecha existe se debe, en gran parte, a “un motivo casi vergonzosamente simple; léase: el no saber de qué habla la gente de finanzas» (p. 12). Con esta obra, pues, Lanchester ofrece las herramientas para que al oír las noticias de economía o leer las páginas de finanzas se sepa de qué se habla. «Los detalles de las finanzas modernas suelen ser complicados, pero los principios subyacentes no lo son; es mi deseo que, al acabar este libro, el lector se sienta mucho más seguro de la idea que tiene sobre esos principios» (p. 13). El libro consta de estos capítulos:Es conocido que “a medida que el vocabulario se vuelve más específico, más útil y eficaz, también se vuelve más exclusivo, y el público, menor” (p. 22). De ahí la dificultad para leer y entender artículos científicos. “El lenguaje del dinero también funciona así. Es potente y eficaz, pero también exclusivo y excluyente, cualidades estas íntimamente vinculadas entre sí” (pp. 22-23).
Veamos un ejemplo de lo anterior relacionado con la crisis financiera de 2008:
–Un RMBS (residential mortgage-backed security) es un «título respaldado con una hipoteca residencial […], una clase de deuda colocada en un fondo común y formada con las hipotecas que la gente solicita para comprar una vivienda y convertida en algo que los inversores pueden comprar y vender. Estos productos […] se presentan en varios paquetes, con diferentes niveles de seguridad y rendimientos que van variando para el inversor» (p. 21).
Dos ejemplos más muy utilizados en los artículos financieros:–EC2: “Estamos hablando de un gobierno que recompra su propia deuda a los actores del mercado, es decir, a bancos y empresas […]. El truco radica en que el dinero que el gobierno utiliza para recomprar la deuda es dinero electrónico de nueva creación […]. Se parece a teclear 100.000 y tener, como por arte de magia, 100.000 libras esterlinas más en la cuenta. Después, ese dinero se emplea para saldar las cuentas. Eso es la EC, la expansión cuantitativa. En cuanto a la EC2 no es más que el segundo lote de la EC, empleado porque el primero no tuvo un efecto de estímulo suficiente en la economía” (pp. 23-24).
-El M3 es una manera de medir la cantidad de dinero en circulación. La cuestión de cuánto dinero se mueve en la economía es toda una rama de esta disciplina, y objeto de muchas discusiones simplemente el saber a cuánto asciende exactamente esa cantidad, «pero de eso se habla cuando se habla del agregado M3” (p. 24).
El asunto es de verdad complicado, a veces más que en la mecánica cuántica. “El gran físico Richard Feynman, que conocía su objeto de estudio tan bien como cualquier persona que haya vivido jamás, y que lo explicó mejor que nadie, dijo, en El carácter de la ley física: ‘Pienso que puedo decir, sin temor a equivocarme, que nadie entiende la mecánica cuántica’” (p. 35). En el mundo del dinero, “a menudo no hay manera de desglosar un término y entender más o menos lo que significa” (pp. 36-37), por eso es más complicado que lo que ocurre en física, donde sí se entiende más o menos lo que significa un término. Un caso paradigmático es la voz hedge fund, el fondo de cobertura o fondo de inversión especulativo, también llamado de alto riesgo. “Es muy difícil entender por qué esos bonos malos —al menos así los ve la imaginación pública— tienen que ver con un hedge, un ‘seto’” (p. 38).“La palabra hedge comenzó su andadura en la economía como término para poner límite a una apuesta, del mismo modo que se coloca un seto para poner límites a un campo” (p. 39). Colocando un cercado alrededor de una apuesta «se pone límite al volumen de posibles pérdidas, igual que uno real delimita la extensión de un campo” (p. 39). La protección se crea «cuando se hace una apuesta y, al mismo tiempo, se hace otra, en el lado opuesto de un resultado posible” (p. 39).
El vocablo hedge fund apareció por primera vez en 1966, en un artículo de la revista Fortune dedicado al gestor de inversores norteamericano Alfred Winslow Jones, titulado “The Jones Nobody Keeps Up With” (“Nadie está a la altura de este Jones”). Cuando se publicó en 1966, el fondo de Jones acaba de crecer un 325 por ciento en cinco años (p. 41).
Jones «apostaba por cosas cuyo valor iba en aumento —going long, se llama eso— y, al mismo tiempo, por otras que bajaban de valor —going short—.» Se valió de técnicas matemáticas «para intentar asegurarse de que, en esa mezcla de ‘posiciones’ largas y cortas, se tomarían en cuenta todos los movimientos adversos del mercado, y también para garantizar que, pasara lo que pasase, el resultado sería positivo” (p. 42).
Sin embargo, tal como se emplea hoy, hedge fund «significa un fondo común ligeramente regulado de capital privado, casi siempre dedicado a hacer algo exótico, porque, de lo contrario, los inversores podrían acceder a la estrategia de inversión pagando mucho menos en alguna otra parte… La mayoría de estos fondos fracasan; el 90 por ciento de todos los que han existido han cerrado o han quebrado” (p. 43).
¿Alguien tiene que objetar algo a que cada uno haga lo que quiera con su dinero? Respuesta de Lanchester: “A la gente que arriesga su dinero se la recompensa cuando arriesga bien y pierde en caso contrario, y nada de ello le cuesta un céntimo al ciudadano de a pie en concepto de rescate o subvenciones. Pero cuidado, el sentido en que esa gente pierde ‘su propio dinero’ es amplio, porque, desde los días de Alfred Jones, estos fondos han dependido, y mucho, del apalancamiento; en otras palabras, de dinero que se ha perdido prestado a otras personas” (p. 44). Hasta aquí sobre hegde fund. Pero hay muchas más invenciones financieras sorprendentes. “Durante la crisis económica griega de 2011 se dijo que el gobierno griego podía intentar titulizar los ingresos futuros procedes de la venta de entradas para visitar la Acrópolis. En otras palabras, los inversores entregarían un poco de efectivo a cambio de un rendimiento previamente acordado; la fuente subyacente del dinero con que se devolvería ese préstamo serían los turistas dispuestos a rascarse el bolsillo con tal de deambular po ese antiguo monumento mientras se hacen fotos. Otro ejemplo de título exótico es el llamado ‘Bowie Bond’; los derechos futuros de la música de David Bowie se vendieron para recaudar de una sola vez 55 millones de dólares. Lo que Bowie decía en 1997, en la época en que se emitieron los bonos, era: ‘En los próximos diez años ganaré un montón de dinero de mi fondo discográfico, pero preferiría disponer de efectivo ahora y no tener que esperar’” (p. 45). Seguidamente, Lanchester ofrece un epítome de la crisis de 2008. La titulización no tiene nada intrínsecamente maligno, como tampoco la mayoría de los procesos que las finanzas modernas han inventado. «No obstante, como ocurre con muchos de dichos procesos, también puede destinarse a un uso maligno, y eso fue lo que ocurrió, a lo grande, en el periodo que desembocó en la contracción del crédito, cuando ciertas clases de préstamos comenzaron a titulizarse a escala industrial. Sucedió así: una institución deja dinero a una serie de prestatarios. Después, hace un paquete con los préstamos y los convierte en títulos, por ejemplo, un fondo de diez mil hipotecas que devienen una tasa de interés del 6 por ciento. Seguidamente, la misma entidad vende esos títulos a otras instituciones financieras. El banco que concedió el préstamo inicial deja de recibir los ingresos correspondientes a ese préstamo y el dinero pasa a ser de los que compraron los títulos respaldados con hipotecas residenciales (los RMBS). ¿Y por qué es maligno? Porque la institución que concedió el préstamo inicial ya no tiene que preocuparse por si el prestatario podrá o no devolver lo que pidió […]. El riesgo de ese préstamo, en lugar de estar concentrado en el lugar del que procedió, se ha extendido por todo el sistema financiero, pues la gente compra y vende el título.” (p. 46).Apalancamiento tiene muchos significados, y «ninguno de ellos es directamente obvio, pues en la mayor parte de los casos se refiere a la utilización de dinero prestado […]; así pues, un sueldo mensual de, pongamos, 3.000 libras, se usa como palanca para comprar una casa que cuesta 150.000 libras, o se utiliza el mismo salario para pedir dinero prestado con la finalidad de financiarse un estilo de vida que, si no se pidiera ese dinero, solo sería accesible para alguien con unos ingresos mucho más altos” (p. 47). Apalancamiento «también tiene un uso especial en la banca, pues se emplea para referirse a la proporción entre el capital que un banco tiene y el volumen de sus activos” (p. 48). “¿Y un bailout, el “rescate”? Es agua que desborda por el lado de un barco, pero la palabra que se ha reversificado para que signifique una inyección de dinero público en una institución en apuros.” (p. 48).
Después de este recorrido, Lanchester vuelve al lenguaje del dinero: “El desconcierto que provoca el lenguaje del dinero tiene una nota de indignación —¡No debería ser tan complicado!— y una nota de duda respecto de nosotros mismos —¡Debería ser capaz de entenderlo solo!—, pero las dos están fuera de lugar. No es un lenguaje imposible y complicado, pero tampoco es transparente, y nadie lo entiende de manera automática e innata. No obstante, una vez que se aprende, el mundo empieza a parecer distinto” (p. 49). El resto del capítulo son una serie de consideraciones sobre la economía:-Mercado: “Los economistas tienen, en su jerga, una pregunta retórica para referirse a esa visión epifánica del poder de los mercados; la llaman: ‘¿Quién da de comer a París?’” (p. 50).
-La economía como conversación: “El filósofo conservador Michael Oakeshott llamó ‘conversaciones’ a los principales ámbitos de las humanidades; la poesía, la historia y la filosofía eran conversaciones que la humanidad había mantenido consigo misma y en las que cualquiera podía participar siempre y cuando prestara atención, estudiara y pensara. A mí me parece que la economía, más que una ciencia semejante a las ásperas ciencias físicas, es una conversación en el sentido de Oakeshott” (p. 52).
-Concepto del dinero: “Dentro de la economía no hay consenso en lo tocante a la importancia del dinero. De hecho, no hay consenso sobre nada, ni siquiera sobre lo importantes que han sido la contracción del crédito y la gran recesión que le siguió. Acerca de este punto, un economista de la London School of Economics me dijo: ‘¿A quién le importa? Mucho más importante es lo que les ocurre a esos cientos de millones de personas tan pobres del sur de Asia o del África subsahariana. Nosotros, en Occidente, tendremos diez o veinte años duros… ¿Y qué?'» (p. 54).
“En economía circula una definición estándar del dinero o, al menos, de los usos del dinero, con su triple función: un depósito de valor, un medio de cambio y una unidad de cuenta. Sin embargo, los verdaderos usos del dinero son más misteriosos de lo que esa definición aparentemente quiere hacernos creer, y su evolución también es más misteriosa. “ (p. 56).“Tendemos a pensar que el dinero es algo físico, un objeto, pero en realidad no es eso. El dinero moderno es un acto de fe, un crédito en la primera acepción del término, la aceptación de algo como verdadero». Así pues: “Una de las lecciones de la crisis fue que ese crédito, ese acto de fe, puede ser vulnerable” (p. 59).
-Inflación: “Hace una hora viví una experiencia de esa clase: Starbucks acaba de subir el precio del exprés doble, de 1,75 libras a 1,90 libras. Fácil de entender. La bebida llamada café debe de ser más cara porque ha aumentado el precio del producto básico llamado café, ¿verdad? Pues no, en este caso no. Hace dos años la libra de café costaba 2,10 dólares; ese mes cuesta 1,07 dólares […] La fuerza en funcionamiento aquí es […] la inflación” (p. 56).
-Falta de consenso en economía: “Tal y como escribió Anatole Kaletsky en The Times, todas las preguntas principales siguen abiertas: ‘En una recesión, ¿deberían los gobiernos recortar los déficits presupuestarios o aumentarlos? ¿Las tasas de interés cero estimulan la recuperación económica o la hacen imposible? ¿Deberían mantenerse o recortarse las prestaciones sociales en épocas en que se registra una alta tasa de paro? ¿Las personas con depósitos en bancos que han quebrado deberían estar protegidas o verse enfrentadas a pérdidas considerables? ¿La desigualdad económica perjudica el crecimiento económico o lo estimula? […] Lo que todas estas preguntas importantes tienen en común es que los economistas no saben la respuesta'»(p. 61).
-Vuelta a la economía como ciencia humana: “En economía no se puede confiar en que las matemáticas harán todo el trabajo. La ‘amalgama de lógica e intuición y los extensos conocimientos de hechos que en su mayor parte no son precisos’ (Keynes) convierten a la economía en una de las disciplinas que requiere una combinación poco habitual de aptitudes” (p. 63).“Un campo que empezó siendo una rama de la “filosofía moral” se ha convertido en un terreno de juegos para la construcción de modelos, dominado por certezas inadecuadas” (p. 72).
-Crítica al mercado y al neoliberalismo: «Si pensamos que los mercados son la panacea, la solución mágica para todo, y que tienen algo parecido a una capacidad intrínseca mística de tener siempre al razón y de autorregularse en todas las situaciones, todos los climas, todos los extremos y a pesar de cualesquiera circunstancias imprevistas, bueno, pues entonces somos algo así como economistas neoliberales” (p. 78).“Uno de los dogmas del neoliberalismo es la idea de que los mercados pueden resolver cualquier problema que ellos mismos creen. Lo que ocurrió cuando se produjo la contracción fue una contradicción indiscutible de ese hecho, pues fueron los mercados lo que crearon un problema que requirió la intervención financiera estatal a una escala sin precedentes en toda la historia” (p. 78).
“No cabe duda de que es difícil actuar para impedir que algo exista si uno no cree que existe de verdad. La conexión entre neoliberalismo, teoría del mercado eficiente y burbujas fue uno de los motivos del desastre de 2008, por no hablar de la gran recesión y las posteriores actitudes respecto de la economía, por lo general, negativas” (p. 80).
-Alabanza al mercado, al liberalismo y a Keynes: «No quiero dejar al lector con la impresión de que el sistema económico liberal nunca es eficaz a la hora de hacer crecer una economía. Lo es; y, de hecho, podría afirmarse que es la técnica más eficaz que conocemos para conseguir un crecimiento rápido del PIB» (p. 83).“La idea de los mercados eficientes también es una herramienta útil, salvo cuando deja de funcionar de improviso” (p. 83).
“Suele decirse que Keynes fue un firme defensor del aumento del gasto público para estimular la economía; de su apellido se ha derivado el adjetivo ‘keynesiano’, y sus adversarios creen que significa algo así como ‘cualquier política que implique gastar dinero como un marinero borracho con la desesperada esperanza de que la economía repunte; de todas maneras, si no repunta, al menos así se comprarán montones de votos en el sector público’. No cabe duda de que esa interpretación sería una caricatura del pensamiento de Keynes, porque, aunque ahora parezca totalmente olvidado, fue un defensor de la austeridad y, también, del gasto. Lo que ocurre es que, para él, el momento de la austeridad coincidía con los buenos tiempos. ‘Es el momento del auge, no de la depresión, el adecuado para la austeridad fiscal’” (p. 84).
-Necesidad del Glosario sobre el dinero: «La economía gira en torno a las herramientas, y la más importante de ellas, la única sin la que las demás no servirían, es el lenguaje” (p. 85).De ahí el Glosario del dinero que a continuación inserta Lanchester, desde la voz A (p. 89) hasta la voz Zirp (la política de tasas de interés cero: zero-interest rate policy; p. 295).
El capítulo sobre Conclusiones es un ensayo en sí (pp. 299-329) donde Lanchester relaciona deuda, pobreza y economía de la pobreza, desaparición de categorías enteras de trabajo (periodismo, en concreto), desigualdad y progreso. Finalmente, Lanchester sugiere Otras lecturas para seguir profundizando (pp. 335-339) y ofrece Algunas sugerencias para recorrer el glosario (pp. 341-342).Imaginen a un usuario de Google que siente curiosidad por encontrar unas zapatillas de noche que fueran realmente cómodas. O que busque una gorra de su talla. A partir de entonces, cada vez que abra una página de noticias, las últimas novedades de política o cultura vendrán rodeadas de propaganda de pantuflas y sombreros.
De modo similar se ha hecho viral entre los usuarios de Facebook un supuesto truco para que no aparezca en su página solo información de 25 de sus cientos o miles de amigos. Y si una vez ese usuario se entretuvo con un vídeo de caídas tontas o de marines volviendo a casa, es probable que esta temática aparezca constantemente entre las sugerencias que le haga la plataforma. Todo eso, y mucho más, es fruto del filtro burbuja.

El filtro burbuja, escrito por Eli Pariser, fue publicado en inglés en 2011 y traducido al castellano por Mercedes Vaquero en 2017. En la obra se analiza la importancia de los misteriosos buscadores, filtros y algoritmos de empresas como Google, Facebook o Amazon, y las consecuencias que pueden tener para la formación de nuestros conocimientos y opiniones.
A partir del 4 de diciembre 2009, hace apenas 10 años, Google comenzó a personalizar las búsquedas. «Con la personalización de Google, la consulta ‘células madre’ puede producir resultados diametralmente opuestos en el caso de que los usuarios sean científicos que apoyen la investigación o activistas que se opongan. ‘Pruebas del cambio climático’ puede deparar resultados diferentes a un activista medioambiental y a un directivo de una compañía petrolífera. Sin embargo, en las encuestas, una amplia mayoría asumimos que los buscadores son imparciales» p. 12–13).
La personalización conduce a reforzar las propias creencias: consultando en los buscadores cada persona puede encontrar infinitas confirmaciones de su visión del mundo. Ahora bien, ¿es eso adecuado en una democracia? Se supone que ese tipo de gobierno necesita que los ciudadanos sean capaces de ver los puntos de vista de otros, que se evite la polarización, que se compartan los hechos. Pero de facto no es así: «Mi sensación de inquietud cristalizó cuando caí en la cuenta de que mis amigos conservadores habían desaparecido de mi página de Facebook» (p. 15).
En la burbuja «estás solo»: cada uno es la única persona dentro de su burbuja
¿Por qué la personalización? En parte para facilitarnos las búsquedas. Pero también porque Internet es una fuente de negocio. «Busca una palabra como ‘depresión’ en un diccionario online, y la página instalará en tu ordenador hasta 223 cookies y dispositivos de rastreo para que otras páginas web puedan seleccionarte como objetivo de antidepresivos» (p. 15).
¿Qué determina la personalización? Por un lado, lo que compramos. También las películas o series que vemos (Netflix ofrece a cada cliente un 60% de cosas para ver según lo que este usuario haya seguido con anterioridad). Por último, las noticias que recibimos. Y esa burbuja de filtros en la que vivimos «altera nuestra manera de encontrar ideas e información».
En la burbuja «estás solo»: cada uno es la única persona dentro de su burbuja, y esta actúa como una fuerza centrífuga que nos separa. La burbuja «es invisible»: mientras que si uno ve Fox (o escucha la Cope y lee ABC) sabe que se está informando de un modo muy distinto a si sus fuentes fueran CNN (o la SER y El País), y toma decisiones conscientes respecto a ello, la burbuja no avisa de su selección.
«Las intenciones de Google son opacas. Google no te dice quién cree que eres o por qué te muestra los resultados que ves. No sabes si lo que supone de ti es correcto o incorrecto» (p. 19). Y es probable que al usuario le pase desapercibida esa valoración: el pensamiento crítico se resiente con la afirmación constante de la zona de confort. «Un mundo construido sobre la base de lo que nos resulta familiar es un mundo en el que no hay nada que aprender» (p. 24), en el que todos se encuentran satisfechos, seguros o indignados si alguien no es capaz de compartir ‘la veracidad evidente de los propios planteamientos’. La burbuja provoca que quedemos atrapados en un bucle infinito en torno a nosotros mismos.
En la década de 1950 un grupo de ingenieros del MIT y de Berkeley empezaron a usar la palabra cibernética. La habían tomado de Platón, que se refería con ella a sistemas autorregulados, como una democracia. En el mundo de la informática ese fenómeno empezó a despuntar en 1995 con la aparición de Amazon: una librería online con personalización incorporada que hacía recomendaciones a cada uno de sus clientes. Era como tener a un librero experto por encima del hombro. En la actualidad esa información no solo la recibe de las compras que le piden, sino del uso que los clientes hacen de Kindle, el libro electrónico que vende Amazon, de modo que a partir de él es capaz de recomendar volúmenes de misterio o manuales de cocina.
Por aquellos años Brin y Page, fundadores de Google, pensaban que la publicidad en un buscador era un obstáculo (p. 40). Pero pronto comprendieron que «la clave de la relevancia, la solución de la enorme cantidad de información que hay en internet era… más información» (p. 41). Para eso necesitaban acumular lo que buscaba cada usuario, los enlaces a los que estos daban importancia, de modo que la información encontrada siguiera un cierto orden jerárquico. «El buscador definitivo entenderá exactamente lo que quieres decir y te devolverá exactamente lo que tú deseas», escribía Page (p. 41).
Lo que van haciendo estas páginas es acumular datos (de clicks, de uso, de interacción), de modo que puedan proporcionar directamente al usuario lo que desea o quiere escuchar, a la vez que le evita lo que le desagrada o le inquieta. Si bien siempre se puede dar un paso más: ¿por qué no proporcionar al usuario lo que debería desear o pensar?
Uno de los efectos imprevistos de Internet es el fin del periodismo tal y como se conocía hasta ahora
Uno de los efectos imprevistos de Internet es el fin del periodismo tal y como se conocía hasta ahora. «Antes había que comprar el periódico para leer la sección de deporte, y ahora te diriges a una web especializada solo en deporte con suficiente contenidos nuevos cada día como para llenar diez periódicos» (p. 58). Los costes de producción (palabras, imágenes, vídeos) continúan cayendo, acercándose cada vez más a cero; eso provoca que hay tantas opciones que se genera una ‘crisis de atención’: son los usuarios los que mostrarán ‘qué es lo que interesa’, y eso determinará la creación de noticias; ahora bien, los profesionales humanos son caros: cada vez dependeremos más de redactores no profesionales (amigos que comparten noticias, blogeros, tuits…) y de códigos informáticos que seleccionaran lo ‘relevante’ (p. 59).
Jon Pareles, crítico del The New York Times, ha denominado la primera década de 2000 como la de la desintermediación (p. 66), es decir, la de la eliminación del intermediario: Internet proporciona la descentralización del poder. Si antes eran los editores de los periódicos los que cada mañana determinaban qué era ‘lo importante’, siguiendo un modelo paternalista, ahora se puede saltar sobre esos mediadores: en vez de leer su crítica a una conferencia de prensa de la Casa Blanca es posible asistir a esta en directo o leer inmediatamente la transcripción de esa conferencia. Lo mismo pasó con la música: YouTube, Spotify o Apple Music convierten a cada usuario en un crítico directo de las últimas novedades sin necesidad de comprar el disco o de seguir los consejos de nadie. A fin de cuentas, si lo que se escucha no gusta, basta con borrarlo.
Parece que ya no hay capas intermedias. O, mejor dicho, estas se han hecho invisibles (p. 67). Son las plataformas como Google, Amazon o Facebook las que «acaparan una inmensa cantidad de poder –en muchos aspectos tanto como los directores de periódicos o de sellos discográficos–. Pero mientras se las hemos hecho pasar canutas a los editores del The New York Times y a los productores de la CNN por no haber publicado ciertas historias, dejando al descubierto los intereses a los que sirven, no hemos elaborado ningún análisis pormenorizado acerca de qué intereses hay detrás de los nuevos gestores» (p. 68).
Y, sin embargo, desde que comenzó el servicio Google News parece que realizar ese tipo de análisis sería algo muy conveniente.
Otra razón es que, como Internet ha provocado la ‘economía de la atención’, no solo se ha dedicado a filtrar lo que hay que leer, sino que «las páginas que se leen son con frecuencia las más actuales, escandalosas y virales» (p. 71): textos breves, de titulares llamativos y contenidos vacíos que solo andan a la búsqueda de ‘clics’. Ese parece ser el periodismo de la nueva era.
En vez de interconectar a todo el mundo con lo diverso y lo distinto, la red de redes aísla cada vez más a los usuarios
Así se avanza hacia la que quizá sea la consecuencia más inesperada en esta época de información global: en vez de interconectar a todo el mundo con lo diverso y lo distinto, la red de redes aísla cada vez más a los usuarios. «Puesto que tu colega de béisbol vive cerca de ti, es probable que comparta muchas de tus opiniones. Es mucho menos probable que conectemos con gente muy distinta de nosotros, ya sea en la red o fuera de ella, y por ende es menos probable que entremos en contacto con diferentes puntos de vista» (p. 73). De hecho, «a medida que el filtrado personalizado mejore, la cantidad de energía que tendremos que dedicar a elegir lo que nos gustaría ver seguirá mermando» (p. 75).
Otra consecuencia del filtro es la aparición de una nueva jerarquía de valores. Señala Pariser que, en la medida en que el filtro fomenta la publicidad y el entretenimiento, es mucho más probable que priorice una noticia entretenida pero poco relevante (pone como ejemplo, la nueva ‘conferencia’ de productos de Apple) por encima de noticias importantes pero complicadas o ‘aburridas’ (un conflicto bélico que se eterniza: Afganistán). «La mayoría de los filtros personalizados no tienen modo de destacar lo que realmente importa pero tiene menos clics. ‘Dale a la gente lo que quiere’ al final no es más que una filosofía inconsistente y superficial» (p. 81).
La superficialidad, sin embargo, no es el principal problema. «El filtro burbuja nos cerca con ideas con las que ya estamos familiarizados (y ya estamos de acuerdo), induciéndonos a un exceso de confianza en nuestros esquemas mentales. En segundo lugar, elimina de nuestro entorno algunos elementos clave que nos hacen querer aprender» (p. 89).
Pariser recuerda con nostalgia una recomendación de John Stuart Mill: «Apenas es posible sobreestimar el valor que tiene para la mejora de los seres humanos aquello que los pone en contacto con personas distintas a ellos y con maneras de pensar y de obrar diferentes de aquellas con las que están familiarizados» (p. 83). Parece que la capacidad de hacer de lo ajeno lo propio no es un valor en el mundo de Internet. Los usuarios siguen sus propios esquemas, y estos les provocan ‘sesgos de confirmación’ de modo que solo ven lo que quieren ver (cf. p. 91).
Esa situación afecta, entre otras muchas cosas, a la curiosidad. La curiosidad se despierta ante alguna ‘laguna de información’, ante una sensación de carencia. «El envoltorio de un regalo nos priva del conocimiento de lo que hay dentro y, en consecuencia, se despierta nuestra curiosidad por el contenido. No obstante, para sentir curiosidad debemos ser conscientes de que se esconde algo. Dado que la cultura de filtros oculta las cosas de modo invisible, no nos vemos tan obligados a aprender sobre lo que no sabemos» (p. 95).
Pariser compara las consecuencias de los filtros burbuja con la del Adderal, uno de los fármacos que se utilizan con las personas afectadas de TDAH (trastrono de déficit de atención). Ese fármaco provoca concentración, a la vez que elimina la curiosidad, la inquietud. Los pacientes de TDAH hablan de ‘hiperfoco’, de una capacidad de concentrarse en una sola cosa que excluye a todo lo demás.
Algo así provocan los filtros: si te gusta el yoga, recibes información sobre yoga y menos sobre avistamiento de aves o el béisbol. Pero la creatividad, el ingenio, «procede de la yuxtaposición de ideas que están alejadas», mientras que la relevancia solo te proporciona ideas que son parecidas. «El hiperfoco desplaza al conocimiento general y la síntesis» (p. 98).
La burbuja elimina la diversidad. Hace desaparecer la confrontación y, en consecuencia, la necesidad de entender mejor lo propio para poder defenderlo. Y si es verdad que «los psicólogos Charles Nemeth y Julianne Kwan descubrieron que las personas bilingües son más creativas que las monolingües», de forma análoga, «quienes interactúan con muchas unidades diferentes suelen ser mejores fuentes de innovación que quienes no interactúan con nadie». Pero la burbuja de filtros «no está concebida para contener una diversidad de ideas o de personas. No está diseñada para introducirnos en nuevas culturas. Por consiguiente, puede que al vivir dentro de ella perdamos parte de la flexibilidad mental y de la actitud abierta que genera el contacto con el diferente» (p. 104–105).
El resultado final es que «tu identidad da forma a tus medios de comunicación, los cuales modifican a su vez tus creencias y a lo que concedes importancia» (p. 128).
Cabe preguntarse desde dónde se controlan los algoritmos, y cómo eso puede terminar en nuevas formas de censura
Los filtros burbuja pueden tener más consecuencias. Por ejemplo, cabe preguntarse desde dónde se controlan (y diseñan) los algoritmos, y cómo eso puede terminar en nuevas formas de censura. Hoy se puede promover una ‘censura de segundo orden’: «la manipulación de la gestión, el contexto y el flujo de información, así como de la atención. Puesto que la burbuja de filtros está controlada sobre todo por algunas empresas centralizadas, no es tan difícil ajustar dicho flujo a nivel individual. Internet, más que descentralizar el poder como predijeron sus primeros defensores, está en cierto modo concentrándolo» (p. 143). Y eso puede ocurrir tanto en China con el control del Estado sobre Google, como en los EEUU de Trump o en el sesgo que den los buscadores a los temas relacionados con emigración, género o descentralización de mercados.
No deja de ser llamativo, dice Pariser citando a Zittrain, autor de The Future of Internet –and How to Stop It, el carácter asimétrico de la información: «Hoy en día un individuo debe proporcionar cada vez más información sobre sí mismo a grandes instituciones relativamente anónimas, con objeto de que unos extraños acaben manipulándola y utilizándola, gente desconocida, invisible y, con demasiada frecuencia, insensible» (p. 148). ¿A quién le damos los datos?, ¿para qué? La polémica suscitada recientemente por FaceApp tiene que ver con eso. Y los grandes robos de datos a Facebook y a otras plataformas, también.
Otro efecto del filtro es «el problema del mundo amigable». El filtro burbuja puede trabajar presentando sobre todo aquello a lo que se ha dado el ‘like’, algunos problemas públicos importantes desaparecerán: lo complejo, lo desagradable e incluso «la totalidad del proceso político» (p. 152).
A eso se une la dificultad actual para mantener una discusión pública (p. 156): los filtros polarizan, a los demócratas les llega información del Partido Demócrata; a los republicanos del Partido Republicano. En España igual: azules con azules, morados con morados. Pero ya no hay intercambio o discusión de ideas. Más aún: es probable que las ideas ya no sean necesarias. La sociedad se fragmenta en círculos cerrados a toda influencia externa.
«La democracia solo funciona si nosotros, en cuanto ciudadanos, somos capaces de pensar más allá de nuestro limitado interés personal. Pero para ello necesitamos tener una opinión generalizada del mundo en el que vivimos juntos. La burbuja del filtro nos empuja en la dirección contraria: crea la impresión de que nuestro limitado interés personal es todo lo que existe. Y aunque esto es genial para conseguir que la gente compre por Internet, no lo es para que las personas tomen juntas las mejores decisiones» (p. 165).
Al final, toda persona debe tomar una decisión «entre la comodidad de ver a amigos y la emoción de conocer a gente extraña, entre nichos acogedores y amplios espacios abiertos» (p. 219). Y como parece que es en el punto medio donde está la virtud, Pariser propone una serie de consejos que pueden ayudar a limitar el dictado del filtro.
El primero es el de cambiar nuestros hábitos. Es un hecho que todos hacemos casi siempre lo mismo (Pariser nos compara con los recorridos repetitivos de un ratón en la búsqueda de comida). Para escapar del bucle habrá que romperlo. «Solo con ampliar nuestros intereses en nuevas direcciones, proporcionamos al código un abanico más amplio con el que trabajar. (…) Y al mover sin parar el foco de tu atención hacia el perímetro de tu entendimiento amplías tu comprensión del mundo» (p. 221). Cambiar hábitos, en consecuencia, viene a ser abandonar las zonas de confort de nuestros intereses.
Pariser aboga por exigir una mayor política de transparencia a las grandes empresas filtradoras
También aboga por exigir una mayor política de transparencia a las grandes empresas filtradoras. «Google ha alegado que tiene que mantener en secreto su algoritmo de búsqueda porque si se supiera resultaría más fácil de manipular». Sin embargo, «los sistemas abiertos son más difíciles de manipular que los cerrados, precisamente porque todo el mundo ayuda a cerrar las lagunas» (p. 226). Y propone el autor la comparación entre Linux y Windows de Microsoft u OS X de Apple.
Esa política de transparencia debería ir unida a otra por la que sea posible saber quién tiene información sobre uno, evitar que esa información se compartiera con otras empresas y corregir lo que ya no fuera actual ejerciendo el ‘derecho al olvido’ (p. 234). La vida online debería ser propiedad de cada persona, pues esa información tiene más valor que el uso de una App gratuita. Y, desde luego, el uso que se hace sobre la información de alguien no debería ser invisible para esa persona.
A Internet, que ya es una realidad global, le podría pasar que «un pequeño grupo de compañías estadounidenses dictaran de manera unilateral el modo en cómo trabajen, jueguen, se comuniquen y entiendan el mundo miles de millones de personas» (p. 239).
Estando todavía en sus inicios, como ocurre con toda singladura en el mar, se corre el riesgo de que estas pequeñas desviaciones acaben alejando el barco del puerto que inicialmente se buscaba (la globalización del conocimiento, la superación de las fronteras, el enriquecimiento por participar de lo ajeno). No por inadvertidos esos ‘efectos perversos’ dejarían de ser amenazas a la libertad de los ciudadanos y al desarrollo de los sistemas democráticos.
Dante Aligheri ( ) es un clásico entre los clásicos y, sin embargo, desconocido por el gran público. Una forma de cubrir la laguna es leer esta edición de la Divina Comedia en la versión del catedrático, traductor y poeta, José María Micó, un auténtico especialista. Este ha quitado la palabra “Divina” siendo así fiel al título original. La experiencia vale la pena.

Dante Aligheri: Comedia. El Acantilado, Barcelona 2018, 944 págs.
Leer El carrusel de las confusiones (La giostra degli scambi, 2014) una de las últimas entregas de la serie del comisario siciliano Montalbano, es una forma de adentrarse en una de las más entretenidas sagas detectivescas desde la época de Simenon y el inspector Maigret. El autor, Andrea Camilleri (1925-2019) que acaba de fallecer, acertó a dotar a Montalbano del espíritu siciliano, epicúreo, socarrón, de vuelta de todo, pero con un implacable sentido de la justicia. Autor de una treintena larga de novelas protagonizadas por el comisario, desde que lanzó la primera, La forma del agua (1994), Camilleri ha sido el escritor más popular de Italia y uno de los más leídos en Europa.

Andrea Camilleri. El carrusel de las confusiones. Salamandra, Barcelona, 2019. 224 págs.
En Un verano con Homero, el geógrafo y viajero francés Silvain Tesson (Premio Goncourt de novela corta), despoja al autor de la Iliada y la Odisea de academicismos y nos entrega una aproximación divulgativa a esos poemas épicos, a los grandes héroes (Aquiles, Hector, Ulises) y a la cultura griega. Un recorrido por el mar Egeo, reviviendo los mitos fundacionales de la narrativa de Occidente.

Sylvain Tesson. Un verano con Homero. Taurus. Madrid 2019. 272 págs.
El barcelonés Enrique Vila-Matas nunca defrauda. En Esa bruma insensata construye una buena novela sobre el mundo de la creación literaria, su único tema. Simon Schneider, el narrador en primera persona de Esa bruma insensata, trabaja como “proveedor de citas literarias” para su hermano Rainer, un autor de éxito que vive en el anonimato en Nueva York, y firma como Gran Bros.

Enrique Vila-Matas. Esa bruma insensata. Seix Barral, Barcelona 2019, 312 págs.
En La imaginación conservadora, Gregorio Luri, maestro de profesión y doctor en Filosofía, insiste en que, por un lado, no somos solo modernos; por otro, no somos solo historia. El diálogo con la tradición brinda al conservador una guía que ilumina el tránsito de la humanidad, frente a la tendencia que define al hombre como un significante vacío sobre el cual construir una realidad nueva.

Gregorio Luri: La imaginación conservadora. Ariel. Madrid, 2019. 344 págs.
La trastienda de la creación literaria al descubierto y con numerosos ejemplos de grandes autores (debilidades, filias y fobias incluidas). En eso consiste Cómo piensan los escritores . Ideal para todo tipo de lectores, pero sobre todo para quien aspire a iniciar una carrera literaria. Quien lo cuenta, sabe muy bien de qué habla: Richard Cohen fue editor de novelistas de éxito, como John Le Carré o Kingsley Amis.

Richard Cohen: Cómo piensan los escritores. Blackie Books. Barcelona, 2018. 328 págs.
La autora, neuropsiquiatra infantil y psicoterapeuta de parejas, ya exploró el universo de los hombres, en su ensayo antropológico Masculino: fuerza, eros, ternura. Hace ahora lo propio con el universo femenino. Analiza las dos dimensiones de la mujer: la materna y la erótica destacando su importancia y también la complementariedad de las dos. El resultado es un análisis sugestivo que invita a superar la escisión de esos dos aspectos constitutivos de la mujer, provocado, en parte, por el feminismo radical.

Mariolina Ceriotti Migliarese. Erótica y materna. (Un viaje al universo femenino). Rialp. Madrid, 2018. 140 págs.
Su perspicaz análisis de la banalidad del mal, a propósito del Holocausto, y sus estudios sobre la libertad, convierten a Hannah Arendt, discípula de Heidegger y estudiosa de la obra de San Agustín, en una de las pensadoras más influyentes del siglo XX. La biografía de Laura Adler traza un recorrido por la vida y la obra de la filósofa alemana, sus reflexiones sobre la justicia, y sus inquietudes políticas y religiosas.

Laura Adler. Hannah Arendt, una biografía. Ariel. Barcelona, 2019. 592 págs.
Hablamos latín sin saberlo. Esta es la tesis que nos sirve el profesor de Filología clásica, Emilio del Río, en Latín lovers. En 53 capítulos cargados de amenidad, divulgación y sentido del humor, reivindica la lengua de Virgilio, saca jugo etimológico a numerosas palabras y expresiones, expone el potencial educativo que tienen las lenguas clásicas, y demuestra que el latín no sólo no ha perdido vigencia sino que puede tener más futuro que nunca.

Emilio del Río: Latín lovers. La lengua que hablamos aunque no nos demos cuenta. Espasa. Madrid, 2019. 248 págs.
¿Un coche autónomo es responsable del atropello de un peatón? ¿Deben pagar impuestos los robots? Estas son algunas de las preguntas que plantea José Antonio Latorre, catedrático de Física Teórica, en este libro, donde aborda los límites de la inteligencia artificial. El autor describe algunas características específicas de la mente humana y cómo las máquinas pueden reproducirlas. Interesante ensayo, de carácter divulgativo, ante la llegada de la inteligencia artificial y las consecuencias económicas, laborales, humanas y éticas que puede llevar consigo.

José Antonio Latorre. Ética para máquinas. Ariel. Barcelona, 2019. 320 págs.
Europa, la vía romana condensa el pensamiento del filósofo francés Rémi Brague, profesor emérito de Filosofía árabe y medieval en La Sorbona y extitular de la «Cátedra Guardini» de Munich. Se trata de un ensayo revelador que analiza, con sólida documentación, el ADN de Europa, caracterizado por lo que él califica como “romanidad”, que incluye el legado grecolatino, cristiano y judío, en una síntesis creativa, que ha marcado y sigue marcando nuestra civilización.

Rémi Brague. Europa, la vía romana. Gredos. Madrid, 1995. 148 págs.
El gatopardo, sobre la decadencia de la aristocracia rural en el marco de la lucha de los garibaldinos por hacerse con el poder en Sicilia escrita, está considerada como una de las novelas más importantes del siglo XX. No es simplemente una notable obra literaria, sino una novela de ideas y un tratado de política, sintetizada en la famosa frase “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi» («Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie») que dice el personaje Tancredi. Esta nueva edición incluye una revisión de Gioacchino Lanza Tomasi, hijo adoptivo del autor, y un posfacio de Carlo Feltrinelli, hijo del editor de la novela.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa. El gatopardo. Anagrama. Barcelona, 2019. 328 págs.
Bajo una capa de dandi cosmopolita y bonvivant, el diplomático y escritor Agustín de Foxá (1901-1959) escondía un genio literario que afloró en novelas como Madrid, de corte a cheka, o este libro compuesto por crónicas, cartas y poemas que escribió cuando ejerció de embajador de España en Finlandia, durante la guerra que libró contra la Unión Soviética, en 1941. Exquisita prosa y curiosas vivencias en el país nórdico de un observador cualificado, con gran sensibilidad literaria.

Agustín de Foxá. A orillas del Ladoga. Renacimiento. Sevilla, 2019. 260 págs.
La escritora francesa Florence Delay estudia la relación entre arte y moda, mediante el estudio los cuadros de santas pintados por Zurbarán, en el siglo XVIII. La autora demuestra un conocimiento profundo del Siglo de Oro español, pero también de la estética, a través del significado de la indumentaria, y de la expresión de las mujeres representadas en los cuadros. El resultado es un ensayo sumamente original, de gran calado artístico y antropológico.

Florence Delay. Alta costura. El Acantilado. Barcelona, 2019. 88 págs.
Libros del Asteroide lanza una nueva edición de El final del affaire, una de las grandes novelas del escritor británico Graham Greene (1904-1991), junto con El revés de la trama, El poder y la gloria, El americano impasible, o El factor humano. Vargas Llosa resalta en el epílogo la maestría con la que Greene retrata la complejidad del alma humana, con la peripecia del protagonista Maurice Bendrix, y sus amores adúlteros en el Londres de la Segunda Guerra Mundial. Como subraya Vargas Llosa “Nunca volvió a estar tan cerca de la obra maestra Graham Greene como en El final del affaire”.

Graham Greene. El final del affaire. Libros del Asteroide. Madrid, 2019. 320 págs.
Ahora que el británico John Henry Newman (1801-1890) va camino de los altares, es una buena ocasión para leer su novela Perder y ganar (1847). A través de su alter ego, el personaje de Charles Reding, y en el ambiente universitario de Oxford, cuenta su itinerario espiritual en la Inglaterra de Charles Dickens y la reina Victoria, desde el anglicanismo al catolicismo, donde llegó a ser cardenal. Novela de introspección psicológica, evoca a Henry James, aunque con más sentido del humor.

John Henry Newman. Perder y ganar. Encuentro. Madrid, 2017. 408 págs.
Cuando Europa se enfrenta a problemas de identidad y grandes desafíos internos (el brexit, los populismos) y externos (la competencia económica de potencias como EEUU y China), el historiador británico Ian Kershaw recuerda que el Viejo Continente se ha enfrentado a grandes retos desde la posguerra mundial, y ha sido capaz de sobrevivir, logrando el periodo más largo de paz y prosperidad, edad de oro económica incluída. La amenaza de la guerra fría, la descolonización, la construcción del proyecto europeo, la guerra de los Balcanes, el terrorismo… hasta la actual crisis, son algunos de los temas que estudia en una síntesis muy documentada. Ascenso y crisis es un buen complemento del anterior trabajo de Kershaw, Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949. en el que analizó la convulsa primera parte del siglo XX.

Ian Kershaw. Ascenso y crisis (Europa, 1950-2017). Crítica. Barcelona, 2019. 688 págs.
El autor, catedrático de Filosofía, aborda un tema antropológico de gran enjundia, como la muerte, con un original enfoque: analizando como murieron 190 filósofos, cuáles fueron sus últimas palabras, las circunstancias que les rodearon, si estaban serenos o no, y por supuesto su posición respecto al final de la vida y el más allá. Libro tan curioso, como instructivo, ya que como el propio Simon Critchley afirma “aprender a morir también podría enseñarnos a vivir.”

Simon Critchley. El libro de los filósofos muertos. Taurus. Madrid, 2019. 368 págs.
El nivel de calidad literaria, realismo y hondura humana hacen de estos nueve relatos sobre la contienda civil en la España republicana, uno de los mejores textos periodísticos sobre una guerra. Fueron escritos entre 1936 y 1937 por el sevillano Manuel Chaves Nogales, autor de otros famosos reportajes novelados, como El maestro Juan Martínez, que estaba allí o la biografia Juan Belmonte, matador de toros. El autor traslada al papel el sinsentido de una guerra civil. Y lo hace sin maniqueísmos, con una cierta neutralidad, a pesar de su decidida adscripción al régimen de la II República. Cuando, a finales de 1936, el Gobierno abandonó Madrid para instalarse en Valencia, Chaves Nogales, amigo de Azaña, llegó a decir: “me fui cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba”.

Manuel Chaves Nogales. A sangre y fuego. Libros del Asteroide. Madrid, 2017. 344 págs.
Slavomir Mrożek (1930-2013) fue un escritor, dramaturgo y dibujante polaco que, tras haber sido comunista, desertó de su país en 1963 y se convirtió en uno de los artistas más críticos con el socialismo, a través de sus obras de teatros y de sus cuentos satíricos, recopilados en libros tan divertidos como La vida difícil . En ellos deja en evidencia, mediante el humor, el carácter kafkiano de los regímenes del Este. Magazín radiofónico, que edita ahora Acantilado, reúne las piezas satíricas que Mrożek elaboró para la radio, en las que ridiculizó la ineficacia de la burocracia comunista.

Slavomir Mrożek. Magazín radiofónico. El Acantilado. Barcelona, 2019. 176 págs.
Todo parecía ir muy bien en el mundo de la economía. Había zonas geográficas en las que hacerse rico de la noche a la mañana semejaba la norma. Pero de pronto ocurrió como si a un coche a toda velocidad se le metiera marcha atrás. Año 2008. Estalló la crisis financiera. Continue reading «John Lanchester: «Huy. Por qué todo el mundo debe a todo el mundo y nadie puede pagar»»
Que la obra de Miguel d’Ors (Santiago de Compostela, 1946) se cuenta entre las más intensas, interesantes, auténticas e influyentes del último cuarto del siglo XX y del primero del XXI no lo discutía nadie desde 1992 (fecha de publicación de su antología Punto y aparte). Ya de un libro de 1987, recordó en Nueva Revista Luis Alberto de Cuenca: «Curso superior de ignorancia, uno de los conjuntos de poemas más hermosos y divertidos que han caído en mis manos nunca». Quien lo haya leído sabrá que De Cuenca no exagera. Ahora la publicación de su poesía completa en un grueso tomo por la editorial Renacimiento permite constatarlo todo de una tacada. Poesías completas 2019 es un libro, por tanto, que no debe pasar desapercibido.

Para el lector que no conozca mucho a Miguel d’Ors es una ocasión inmejorable. Casi ningún poeta tiene una obra completa tan completa. Merece la pena iniciarse con todo, aunque si ustedes necesitan hacer unas prudentes catas previas antes de la rentable inversión (40 €), hay en internet bastantes muestras (demasiadas, protesta el autor en el prólogo). Ésta de aquí es amplia y cuidada.
Incluso el lector asiduo de Miguel d’Ors, por muchos títulos suyos como tenga en la biblioteca, se llevará gratificantes sorpresas. Naturalmente, ninguna de las tres amplias antologías publicadas con anterioridad recogían todos sus poemas; y varios de sus primeros libros son prácticamente inencontrables.
Su crítica a la sociedad actual le ha puesto la etiqueta de un «malditismo desde la otra orilla”
Hablamos de un poeta inmerecidamente marginal. Su catolicismo militante y su crítica a la sociedad actual le han puesto la etiqueta, en palabras de Sultana Wahnón, de un «malditismo desde la otra orilla». Eso explica la dificultad que tuvo en sus inicios para publicar en colecciones de renombre y con aceptable difusión y, por tanto, la imposibilidad de encontrar ahora algún volumen de Es cielo y es azul (1984), Chronica (1982), Codex 3 (1981) y Ciego en Granada (1975), que son, precisamente, los libros iniciales y con más poemas sin antologar.
Este tomo viene a resarcir al lector de esos daños colaterales. Ciertamente, los poemas que d’Ors no había recogido no son los más logrados, pero qué frescura tiene la novedad de encontrarlos por sorpresa, como nuevos, más de treinta años después.
Además, como el poeta explica en el prólogo, la edición presenta una curiosidad. Los libros se ordenan en orden cronológico inverso, empezando por el más reciente. Miguel d’Ors prefiere que los lectores se encuentren primero con lo que él considera lo más maduro de su obra. Hay otra causa, quizá más objetiva, que hace que tan insólito criterio funcione muy bien.
Su evolución dibuja unas espirales de giros cada vez más amplios. En sus últimos libros, muchos versos se alargan en versículos y se acentúa un prosaísmo en la línea vigorosa de un Víctor Botas. Sin dejar ni su dicción transparente y natural ni las formas clásicas ni el uso magistral de los recursos retóricos, pero con más soltura y más versatilidad, d’Ors vuelve en sus últimos libros sobre sus temas de siempre, perdiendo quizá algo de la intensidad primera. Al leerlos «al revés», la sensación es de un continuo ahondamiento. La tensión creciente compensa el vuelo que se va dejando atrás. Para quien haya leído a d’Ors en el orden cronológico, la experiencia de variar el punto de vista acaba resultando fascinante.
Lo importante es que la poesía de Miguel d’Ors enriquece la vida de sus lectores
Aunque estos son matices para seguidores asiduos. Lo importante es que la poesía de Miguel d’Ors enriquece la vida de sus lectores. Una de las secciones de La imagen de su cara (1994) se llamaba «El arte por no helarte». La frase da una vuelta de calcetín al lema de la poesía pura. «Los libros no me sirven / si no me dejan contemplar la yerba» ha escrito, optando por una manera de leer que funciona, no como una rival de la vida, sino como una intensificadora vital. Con esa misma idea cierra el epílogo de su libro Hacia otra luz más pura (1999): «La Poesía es cosa del lenguaje, en ella vale todo (cuando vale) y es algo que brota de la vida y tiene también la vida como destino. La de usted, lector. Espero haberle ayudado a mejorarla un poco haciéndole pasar un buen rato».
Para disfrutar todavía más, es fundamental entender la dinámica interna de esta poesía. La d’orsiana tiene «la unidad que le da un esquema subyacente»; unidad que, como explicaba T.S. Eliot, equipara un conjunto de poemas breves —incluyendo aquellos que individualmente tomados puedan parecer tal vez algo ligeros—a un poema largo de primera categoría de los que justifican que consideremos grande a un poeta.
En una breve introducción magistral a una pequeña antología d’orsiana publicada en Nueva Revista en junio de 1993, Julio Martínez Mesanza aclara aún más ese esquema subyacente al destacar el hecho de que la poesía de d’Ors, como la de Francisco de Aldana, transparenta un destino, entendiendo destino «como un conjunto de tensiones biográficas que al ser sentidas, reconocidas y expresadas de manera coherente por el poeta otorgan a la obra una dimensión dramática». Martínez Mesanza habla de «la confrontación permanente de dos fuerzas, una positiva y enriquecedora, que llamaremos fe, y otra negativa y secular, que llamaremos mundo».
La lírica de d’Ors presenta, por tanto, una dimensión épica. Su poesía completa podía haberse titulado La dorsiada, porque esa épica subyacente no sólo otorga unidad a su poesía, sino la categoría de poeta grande a su autor. La publicación de sus Poesías completas es una ocasión inmejorable de comprobarlo de primera mano.
Guillotina, reyes depuestos, debates entre girondinos y jacobinos, luchas por el poder, la guerra de La Vendée, persecución religiosa… la Revolución iniciada el 14 de julio con la toma de la Bastilla, constituye un filón narrativo para el cine, como antes lo fue para la novela (Historia en dos ciudades, de Dickens).
Es un filón tanto por su carácter dramático, como por la variedad y personalidad de los nombres que jalonan el proceso revolucionario: María Antonieta, Danton, Robespierre, Fouché, Marat… hasta culminar en el último eslabón que inaugura un periodo enteramente nuevo: Napoleón. Su figura o sus grandes batallas (Austerlitz, Waterloo, etc.) han merecido numerosas aproximaciones cinematográficas.
Volviendo a la Revolución es llamativo comprobar como el cine (y la televisión) ha tratado de forma distinta los dos procesos que se dan a finales del siglo XVIII, a ambos lados del Atlántico: primero el americano, de 1775, que supuso el nacimiento de una nación, Estados Unidos; y luego el francés.
El tratamiento de la rebelión de las Trece Colonias contra el rey Jorge III se ha centrado más en los aspectos militares que en los políticos; el de la Revolución francesa, ha reflejado las luchas por el poder y ha resaltado frecuentemente su extrema violencia.
La mini-serie John Adams (HBO, 2008) es una de las escasas aproximaciones tanto de televisión como de cine a la trama política de la Independencia americana, a través de quien fue uno de los padres fundadores y segundo presidente de EEUU. La serie narra la historia de los primeros cincuenta años de la nueva nación, siguiendo los pasos de Adams, encarnado por Paul Giamatti.
Salvo excepciones, el cine y la televisión se han fijado más en la vertiente militar de la independencia de las Trece Colonias
Pero, salvo excepciones, el cine y la televisión se han fijado más en la vertiente militar de la independencia de las Trece Colonias. Y así se puede ver en clásicos de Hollywood como America (1924) del pionero del cine D.W. Griffith; Corazones indomables (1939) de John Ford, con Henry Fonda; o Los inconquistables (1947) de Cecil B. De Mille, con Gary Cooper, o en obras más recientes como El patriota (2000) de Roland Emmerich, con Mel Gibson.
Este tipo de filmes contaban la Independencia desde el punto de vista del granjero, no del político: y el protagonista solía estar dividido entre su lealtad al rey y la causa de la independencia. Es el caso de la mencionada El patriota, o de Revolución (1985), de Hugh Hudson, con Al Pacino.
Es difícil encontrar obras en las que el protagonista sea, por ejemplo, George Washington. Una excepción es la producción televisiva Valley Forge (1975), de Fielder Cook. Una de las películas que se centra en las negociaciones para la Declaración de Independencia es, curiosamente, un musical. Se trata de 1776 (1972), de Peter Hunt. Adapta un espectáculo de Broadway y aborda la rivalidad entre John Adams y Thmas Jefferson.
En el año 1976, con motivo del Bicentenario de la Revolución americana, la PBS (Public Broadcasting Service) emitió la serie Las crónicas de Adams, que no solo contaba la peripecia de John Adams como padre fundador y segundo presidente de EEUU, sino también la saga familiar a lo largo de 150 años (el hijo de Adams, John Quincy llegó a ser el sexto presidente).
Casi coetáneas, la revoluciones francesa y americana, tuvieron personajes comunes, que han interesado al cine. Es el caso de Jefferson en París (1994) de James Ivory, con Nick Nolte, sobre la estancia en Francia del entonces embajador Thomas Jefferson (1789) y posteriormente, tercer presidente de EEUU.
Otro personaje a caballo entre las dos revoluciones es Thomas Paine, autor de El sentido común, y que después llegó a ser elegido por la Convención Nacional de Francia. Es uno de los viajeros en coche de postas de La noche de Varennes (1982), -del director italiano Ettore Scola-, junto con el rey Luis XVI, Maria Antonieta, o Casanova. Cinta que narra la fuga fallida del monarca el 20 de junio de 1791 y su detención en Varennes. La posición del filme de Scola respecto a la Revolución es bastante neutral.
Sin embargo, la mayoría de las películas han sido muy críticas, sobre todo con el clima de violencia del régimen del Terror (1793-1794).
Desde la norteamericana El reinado del terror (1949), de Anthony Mann, sobre Robespierre, hasta la francesa La inglesa y el duque (2001), de Eric Rohmer, uno de los grandes referentes de la nouvelle vague, que denuncia las matanzas del Terror, tomando pie de las memorias de la inglesa Grace Elliot, amante de Felipe de Orleans.
El cine también refleja la persecución religiosa de la Revolución, con Diálogo de carmelitas (1960) de Agostini y Bruckberger, protagonizada por Jeanne Moreau. El filme se basa en la obra teatral de Georges Bernanos, inspirada a su vez en la novela La última del cadalso, de Gertrud Von Le Fort.
Una de las obras más críticas con la Revolución es Danton (1982), del polaco Andrzej Wajda, que narra la rivalidad entre Danton (encarnado por Gerard Depardieu) y Robespierre, antiguos compañeros del partido jacobino y enemigos irreconciliables cuando el segundo impone la dictadura del Terror.
Jean Renoir hace abierta apología de la Revolución en «La marsellesa»
En el extremo contrario, un filme hace abierta apología de la Revolución: se trata de La marsellesa (1938), del famoso director Jean Renoir, que presenta el levantamiento contra los Borbones como una liberación del pueblo oprimido. Renoir elude la violencia –resulta muy significativo que en ningún momente se vea la guillotina-. No es casual que el filme fuera financiado por la CGT -sindicato del Partido Comunista francés- y el Frente Popular, coalición de comunistas, socialistas y radicales que gobernaba entonces Francia.
Con un tono más aséptico y evitando los juicios de valor destaca Historia de una revolución (1989), superproducción gala de 6 horas dividida en dos partes “Los años luminosos” y “Los años terribles”, dirigidas por R. Enrico y R. Heffron respectivamente.
Quedan finalmente, las numerosas aproximaciones a un personaje como María Antonieta (que ya había sido biografiada por Stefan Zweig), desde la protagonizada por Norma Shearer en 1938 Maria Antonieta, de W.S. Van Dyke hasta la versión posmoderna de Sofia Coppola (Maria Antonieta, 2007), pasando por Maria Antonieta, Reina de Francia, (1956) de Julien Duvivier; y Adiós a la reina (2012), de Benoît Jacquot.
El debate político está incandescente. En cualquier caso, la controversia es continua y se deja sentir también en el interés creciente que hay por fijar y delimitar las posiciones. En el ámbito conservador y entre los españoles, cumple esa misión el libro de Gregorio Luri, La imaginación conservadora (Ariel, 2019). Con la misma intención a la vez expositiva y expuesta, sir Roger Scruton publicó en 2018 su Conservadurismo. Otra prueba más del interés existente es que, a diferencia de otros tiempos, donde las traducciones de Scruton se hacían esperar, ahora se publican enseguida. La editorial El Buey Mudo ha sacado ya la traducción española de este libro.

El volumen merece esta traducción simultánea. Es una bibliografía comentada del pensamiento conservador desde sus orígenes a nuestros días. Muy completa y muy inteligentemente glosada.
El mejor resumen de la evolución del conservadurismo (y de lo permanente en él) lo hace el autor en las páginas finales: «El conservadurismo moderno nació como una defensa de la tradición contra las exigencias de la soberanía popular, y se fue convirtiendo en una llamada a enarbolar la religión y la alta cultura frente a la corriente materialista del progreso, antes de unir sus fuerzas a las de los liberales clásicos en la lucha contra el socialismo. En su intento más reciente por definirse, se ha transformado en el adalid de la civilización occidental contra sus enemigos, y contra dos de ellos en particular; la corrección política […] y el extremismo político, especialmente el islamismo militante […]. A través de estas metamorfosis algo ha permanecido igual, a saber, la convicción de que lo bueno es más fácil de destruir que de crear, y la determinación por defender ese bien frente a los cambios pretendidos por la ingeniería política» (p. 141)
En realidad, es mucho más lo que Scruton considera el núcleo duro, invariable, del conservadurismo. Una concepción comprometida de la libertad, especialmente. En palabras de Samuel Johnson: «La verdadera libertad sólo nace de la cultura de la obediencia». La libertad no es una huida de las obligaciones y deberes, sino la llamada a cumplirlos. Matthew Arnold lo expuso con una metáfora ecuestre: «La libertad es un caballo estupendo, siempre que cabalguemos hacia algún sitio».
El liberalismo solo tiene sentido en el contexto social que el conservadurismo defiende
Enlazando con eso, Scruton encara, apoyándose en Edmund Burke, la relación con el liberalismo. El liberalismo solo tiene sentido en el contexto social que el conservadurismo defiende. La propiedad privada es la expresión natural y la realización de la libertad individual en el mundo de los objetos.
Otra constante del conservadurismo es la defensa de separación del Estado y de la sociedad civil, fortaleciendo, sobre todo, a la sociedad civil, pues el Estado se fortalece solo. Confluyen en esa idea básica la mano invisible de Adam Smith, el concepto favorable de prejuicio de Burke y el sentido común de Johnson, además de la defensa del derecho de Hegel.
Scruton aporta un dato de enorme interés al fijar el momento en el que el conservadurismo adquiere su carácter antagónico por antonomasia. Fue tras la Revolución Francesa. Aunque los mejores pensadores de entonces remontan su rechazo a las raíces intelectuales de aquella revolución. Maistre, Chateaubriand y Tocqueville repudiaron algunos aspectos de la Ilustración: la soberanía popular, en el caso de Maistre; el secularismo, en el de Chateaubriand; y el igualitarismo, en el de Tocqueville.
Siguiendo la estela de Samuel Taylor Coleridge, Scruton recalca la importancia de la cultura (de la alta cultura) dentro de la cosmovisión conservadora. En el prefacio hace una salvedad sustancial: «Los mejores intelectuales conservadores han dedicado parte de su atención a la naturaleza del arte y a los mensajes que contiene. La primera publicación importante de Burke, por ejemplo, fue un tratado sobre las ideas de lo sublime y la belleza. Las Lecciones sobre la estética de Hegel son la cumbre de su contribución al pensamiento del siglo XIX, y muchos conservadores culturales fueron también autores destacados, en verso y prosa: Chateaubriand, por ejemplo, o Coleridge, Ruskin y Eliot. Si se desea comprender totalmente lo que estaba en juego en Austria durante el debate acerca del orden espontáneo, no se deberían estudiar sólo los escritos de Hayek y su escuela. Igual de relevantes, a su manera, fueron las sinfonías de Mahler, los poemas de Rilke y las óperas de Hofmannsthal y Strauss».
El conservadurismo seguirá siendo un ingrediente necesario de cualquier solución que se ofrezca a los problemas actuales
Tales advertencias tienen su interés paradójico. Son una manifestación del constante anti-intelectualismo conservador o, mejor dicho, de lo secundario de su contenido ideológico comparado con su fuerza vital, su capacidad de trabajo y su energía creadora y artística. Constatado lo cual, el ensayo se centra en lo ideológico, porque la claridad de ideas políticas es una necesidad perentoria del debate público actual.
Consciente, Roger Scruton concluye: «Creo que el conservadurismo seguirá siendo un ingrediente necesario de cualquier solución que se ofrezca a los problemas actuales. La tradición intelectual esbozada en este libro debería formar parte, por lo tanto, de la educación de todos los políticos de cualquier posición».