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Ver productosPuede que todo empezara con Spinoza y su convicción de que «la esencia del hombre es el deseo» o que nuestros pensamientos y sentimientos están ligados íntimamente. Pero el libro de Haidt que comentamos se inscribe en una línea sólida de autores que han interpretado el clásico «conócete a ti mismo» de una manera diferente al tradicional racionalismo cartesiano.
Conviene empezar por señalar que el análisis ofrecido aquí se sitúa en el marco de la razón práctica: «en este libro he sido completamente descriptivo» del comportamiento humano (lo que es) y del papel de la moralidad para explicarlo, sin pretender entrar en una visión normativa sobre el deber ser, dice el autor.
En segundo lugar, efectúa su análisis desde el punto de vista del psicólogo, con una amplia experiencia analítica basada en los avances en la neurociencia y en estudios empíricos que buscan entender (y explicar) cómo se comportan, en la práctica,
los seres humanos reales, sin recurrir a abstracciones racionalistas.
El autor llega a las siguientes conclusiones que resumo: somos animales gregarios que hemos evolucionado mediante la selección natural. Dicho de otro modo, nuestra mente y nuestra moral han sido sometidas a un largo proceso de evaluación con la realidad, de tal manera que si somos como somos es por alguna razón que nos ha permitido sobrevivir hasta ahora. Hay pues una causa que explica nuestro comportamiento actual, incluso aquello que «no nos gusta de nosotros»; y entenderla es la tarea a la que se dedica el libro.
El primer punto es clave: «la intuición viene primero,
el razonamiento estratégico después». Nuestra mente está dividida en dos partes, las emociones, que no son tontas sino una manera de procesar información de manera rápida e intuitiva (a esa parte le llama «elefante»); y un razonamiento posterior (al que llama «jinete»), más lento y controlado, que se limita a encontrar argumentos posteriores que ayudan a explicar lo que hemos hecho de manera automática. Así, la razón (el jinete) está al servicio de las emociones (el elefante), en línea con la posición filosófica de Hume cuando dice «la razón es, y solo debería ser, esclava de las pasiones».
Aunque he buscado la similitud con la gran aportación sobre el asunto del premio Nobel de Economía Daniel Kahneman (Pensar rápido, pensar despacio, Debate, 2012), en este último no es tan evidente la dominancia de una de las dos formas de nuestra mente sobre la otra como en el caso de Haidt, quien dice con rotundidad que «el elefante manda» mientras que «el jinete sigue la ruta del elefante». De ahí deduce que «la razón (jinete) fue diseñada para buscar justificaciones, no la verdad» (pág.117), por lo que «el razonamiento consciente se lleva a cabo principalmente con el propósito de persuadir, no de descubrir» (pág.121), y concluye este punto diciendo: «las razones, a veces, logran influir a otras personas, pero la mayor parte de la acción en psicología moral está en las intuiciones» (pág.142).
El segundo principio de su teoría se resume en que «la moralidad es mucho más que justo e injusto».
El segundo principio de su teoría se resume en que «la moralidad es mucho más que justo e injusto». Desarrolla, con amplio soporte empírico, seis principios morales en los seres humanos, cada uno de ellos con una fuerte explicación evolutiva: cuidado/daño, equidad/engaño, lealtad/traición, autoridad/subversión, santidad/degradación y libertad/opresión. Los seis principios constituyen una matriz moral, en gran medida «innata» aunque a modo de primer borrador que puede verse modificado por el aprendizaje de cada individuo. La moral no es, pues, totalmente genética pero, desde luego, tampoco es algo totalmente aprendido. Y avanza su propuesta más atrevida: mientras los conservadores se manejan con los seis principios, los
progresistas solo trabajan con tres, lo que les representa una desventaja competitiva a la hora de ofrecer narraciones convincentes, ya que «la mente humana es un procesador de historias, no un procesador lógico» (pág.404).
El tercer principio lo resume el autor en «la moralidad une y ciega», ya que «los seres humanos somos un 90% chimpancé y un 10% abeja». Es decir, somos «homo dúplex», tenemos la capacidad de trascender el interés propio y sumergirnos en algo más grande que nosotros mismos, ya que «nuestra mente está diseñada no solo para ayudarnos a competir dentro de nuestros grupos, sino también para ayudarnos a unirnos con los de nuestro grupo para ganar competiciones entre grupos» (pág.353).
La religión y la política son, según el autor, dos instrumentos útiles para construir comunidades que nos permiten hacer juntos lo que no podemos lograr por nosotros mismos, con el problema de que, además de unir, nos hacen ciegos frente a las bondades del equipo rival. Solo si «los elefantes están tranquilos» y «los
jinetes fuera de servicio», es posible aproximar diferencias tendiendo puentes entre matrices morales enfrentadas.
Estamos ante un libro importante, de lectura obligatoria para todos aquellos que quieran entender lo que está ocurriendo hoy en el mundo: desde el ascenso del populismo neofascista, hasta el resurgir del nacionalismo excluyente o el cuestionamiento de las normas democráticas basadas en el debate con argumentos y no en descalificaciones. A lo mejor es que, como dice Haidt, el ser humano no es tan «racional» como nos gusta pensar, ni el interés propio es lo que más ayuda a explicar su comportamiento. Incluso, tras leerlo, entendemos mejor asuntos de tanta actualidad como por qué un sentimiento manipulado (con noticias falsas, o de otras maneras) no puede ser sometido a la razón.
Tampoco querría situar el libro como un nuevo volumen del largo «asalto a la razón», junto al romanticismo o a la escuela de Fráncfort, porque va mucho más allá. Aunque no lo cita, su enfoque debe mucho al psicoanálisis que ya señaló dos cosas que recupera Haidt: la plenitud de la vida es racional (consciente) e irracional (inconsciente), aunque «no está dicho que la razón impere en todas las circunstancias». Es Freud quien insiste en que existe una parte de nuestra mente (inconsciente) que determina gran parte de la vida consciente de los individuos sin que estos lo sepan siquiera, a la vez que señala, al final de su
vida, que nuestras acciones están determinadas por dos instintos, el de vida (Eros) y el de muerte (Tánatos). Jung, por su parte, habla de la existencia de un «inconsciente colectivo» formado por «sedimentos de experiencias constantes repetidas por la humanidad» a modo de «huellas de reacciones subjetivas, muchas veces repetidas» (Lo inconsciente, Losada, 2003).
Durante décadas, la explicación hegemónica del comportamiento humano se ha basado en considerarlo un ser racional que actúa siguiendo sus intereses. El conocido homo economicus, movido por el cálculo egoísta de la maximización del placer individual, ha sido la caricatura dominante que se ha extendido desde el ámbito de la economía. Ese es el paradigma que salta por los aires con aportaciones como esta de Haidt que, en parte, también conecta con Lakoff y su teoría de los marcos cognitivos.
Es cierto que el principio de racionalidad individual ha sido sometido desde hace años a fuertes ataques. Desde la teoría de juegos, con el dilema del prisionero como emblema, hasta autores como Jon Elster, cuyas obras muestran las limitaciones de la racionalidad como principio de decisión. Pero la actual corriente, conocida como Behavioral Economics, con autores como Thaler o el citado Kahneman, son más sólidas a la hora de efectuar la crítica y relatar un proceso alternativo de toma de decisiones a partir de estudiar la realidad del ser humano concreto, en lugar de trabajar sobre hipótesis de un ser humano aspiracional (racional, entendido como carente de emociones) pero inexistente.
Esta corriente de pensamiento camina en paralelo a la que representa Haidt, con algunos puntos de contacto explícitos. La diferencia del libro comentado es que no pretende inscribirse en el ámbito de la economía sino que sitúa sus reflexiones más en contacto con la filosofía general, a partir del análisis empírico del comportamiento humano desde la psicología.
En el último capítulo intenta abrir una puerta a la esperanza respecto a la posibilidad de un diálogo entre elefantes controlado por los jinetes. Solo eso evitaría la confrontación inevitable entre grupos sociales predeterminados a reforzar su confrontación mutua. «¿No podemos disentir de forma constructiva?», se pregunta el autor. La experiencia demuestra que hay ejemplos positivos de ello. Tal vez, la cuestión sea dejar que cada una de las partes de nuestra mente se ocupe de aquello para lo que es mejor: el elefante para las fiestas y la rivalidad deportiva, el jinete para elaborar leyes y buscar consensos políticos. Si el primero tiende a ser conflictivo, dejemos que el segundo los solucione. Si una manada de elefantes puede ser manipulada hasta el punto de conseguir que linchen a un inocente mientras que un grupo de jinetes hablando elaboran un código penal y un sistema imparcial de justicia, tal vez el proyecto ilustrado del siglo XXI consista en conocer bien al elefante que llevamos dentro para controlar su poder, pero dejando que sea el jinete quien tome el mando.
«Esto es lo que hay», parece ser la apuesta de Haidt.
Utilizarlo como análisis del ser para deslizarnos hacia un
deber ser con más conocimiento de causa, sería necesario.
Y, tal vez, como se ha empezado a hacer en Canarias, introduciendo una asignatura obligatoria para enseñar desde
pequeños a conocer y controlar nuestros estados de ánimos. Es decir, a nuestros elefantes. Ahora, solo falta formar a los jinetes para que tomen el control.
Hay decálogos poco dogmáticos pero certeros. El primer mandamiento de un conservador responde a su viva conciencia del pecado original y de las distintas servidumbres que acarrea la imperfección humana. El conservador no niega el rostro benéfico de la razón, aunque intuye lo afilado de sus aristas. El conservador ama la verdad —no puede no hacerlo— y efectivamente la persigue con ahínco; sin embargo, al mismo tiempo sabe que, en un mundo imperfecto hecho de sombras y cascotes, las ficciones compartidas, las mentiras nobles y los relatos sofisticados tienen una función que haríamos mal en desdeñar.

El conservador lee a Platón, a Dante o a Shakespeare, consciente de que la realidad no se reduce a la cuantificación de unos datos ni al dictado estricto de un historicismo que ve en el pasado una etapa ya superada de la humanidad. En este sentido, actúa con mayor humildad: no olvida que los muertos son también nuestros contemporáneos y que, por decirlo con palabras del historiador anglicano Owen Chadwick, «los fines del hombre no se diseñaron para que su alma pudiera gozar del don definitivo de la consistencia»; es decir, que somos hijos de nuestros errores tanto como de nuestros aciertos, del pasado tanto como del anhelo de un futuro.
El filósofo británico Michael Oakeshott sugirió, con una imagen de reminiscencias clásicas, la orientación de la sabiduría conservadora en el vasto océano de la Historia: «En la actividad política, los hombres navegan un mar que no tiene ni límites ni fondo; no hay ni puerto para resguardarse, ni suelo para anclar, ni punto de partida, ni destino fijo. La tarea consiste en mantenerse a flote y en equilibrio; el mar es a la vez amigo y enemigo; y el arte de navegar consiste en utilizar los recursos de una forma de comportamiento tradicional para convertir en amiga toda situación hostil».
El conservadurismo —sostiene el pensador navarro— cree en la existencia de una naturaleza humana y en las permanencias antropológicas
En La imaginación conservadora, su reciente ensayo, Gregorio Luri insiste en estos mismos principios. Por un lado, no somos solo modernos; por otro, no somos solo historia, aunque vivamos y nos movamos en el tiempo. «El conservadurismo —sostiene el pensador navarro— cree en la existencia de una naturaleza humana y, por lo tanto, en las permanencias antropológicas. Siente aversión por los intentos de rehacer de arriba abajo las cosas humanas. Desconfía de las grandes abstracciones que se ven a sí mismas como la semilla de un mundo nuevo y deducen, como de un axioma interior, los teoremas de la vida. Entiende que las líneas de las cosas humanas no siguen trayectorias ideales».
Y no lo hacen precisamente porque no podemos separar al hombre de su insuficiencia, la cual cuestiona incluso el marco de la perfección al que nos aboca un falso racionalismo. El arte constituye un buen ejemplo de ello, pues tampoco la belleza ni las verdades artísticas son deudoras stricto sensu de la perfección técnica. La política, concebida en términos clásicos como el arte de la vida en común, responde a parámetros muy similares.
El diálogo con la tradición brinda al conservador una guía que ilumina el tránsito de la humanidad, frente a la tendencia que define al hombre como un significante vacío sobre el cual construir una realidad nueva. Luri cartografía el mapa de esta fractura recordando algo que nos debería resultar evidente y que no siempre lo es: que la sustancia de la vida política reside de forma fundamental en los ámbitos de copertenencia y en las instituciones de mediación. Nuestras sociedades en cambio parecen empeñarse en recorrer la senda del deseo, olvidando que nuestro yo no es la medida de todas las cosas.
«Para conocernos a nosotros mismos —leemos en La imaginación conservadora apelando al Alcibíades de Platón— debemos buscar nuestro reflejo en las pupilas de las personas con las que hablamos». Que el tú y el vosotros nos sondeen y pongan a prueba, nos enriquezcan y lleguen a definirnos sugiere que los antiguos griegos no iban muy desencaminados al pensar que la amistad entre los hombres fundamenta la constitución política de la ciudad y, por extensión, de la democracia. La reivindicación del deber y de la ejemplaridad frente al individualismo resulta, por tanto, profundamente conservadora, porque es profunda- mente política. Sin piedad ni amistad, no existen espacios comunes ni reconocimiento mutuo a pesar de las diferencias. El conservador sabe, con san Agustín, que para comprender primero hay que amar. De ahí que el auténtico conservadurismo sea patriótico, pero nunca nacionalista.
Consciente de esta sutil diferencia, Luri postula la actualidad del pensamiento español, tantas veces obviado por desconocimiento. De los autores de la Escuela de Salamanca a Donoso Cortés, de Jaime Balmes al genio político de Cánovas del Castillo, subraya tanto el sentido prudencial de nuestra tradición intelectual como el posterior catastrofismo que domina a nuestros intelectuales, sobre todo a partir de la trágica experiencia del 98. «Los hombres del 98 —comenta en La imaginación conservadora— fueron incapaces de crear un mito atractivo en torno a España. Manuel Azaña los tenía por literatos más predispuestos a gritar que a hacer. Podemos comprender que no supieran descifrar el enigma al que se enfrentaban, pero es difícil comprender que habiéndose queja- do tanto, no hicieran lo posible por impedir que las generaciones siguientes continuaran con el mismo tono quejumbroso». Recuperar el legítimo orgullo de un patriotismo español que se sedimente en el deber y la ejemplaridad, en el respeto a la diferencia y en la lealtad constitucional, en el reconocimiento de nuestros errores pero más aún en nuestras virtu- des y aciertos, forma parte de un horizonte moral que apela por igual —o debería hacerlo— al conservador y al liberal.
«La carencia de orgullo —leemos ya en las últimas páginas del libro— nos conduce a una pasividad emotivista». Y a un desarme ideológico que nos debilita, convendrá el lector. Culto, brillante, transparente y atrevido, en La imaginación conservadora Gregorio Luri abre varios debates necesarios. Su lectura no puede dejar a nadie indiferente.
Lo primero que cabe advertir es que, muy probablemente, el título de esta obra confunda a todos aquellos que no traspasen su portada. En primer lugar porque su autor, lejos de constatar el fracaso del liberalismo, más bien acredita su inmenso éxito, aunque anuncie su próximo colapso. Una desigualdad creciente, el agotamiento de los recursos naturales y unos gobiernos tecnocráticos que dan la espalda a los intereses de la mayoría serían los causantes de ese futuro fracaso. Por otro lado, porque el liberalismo en la concepción de Deneen abarca todo el pensamiento político y todas las opciones partidarias nacidas del racionalismo y la Ilustración; de derecha a izquierda todo es liberalismo una vez derrotados el comunismo y el fascismo.

Deneen caricaturiza así los fundamentos ideológicos del liberalismo clásico para respaldar sus tesis, lo que sin duda debilita su fuerza argumental. Montesquieu, Stuart Mill, Mises, Hayek o Berlin apenas existen para él, mientras que juicios parciales de algunos otros son sobredimensionados en beneficio de sus argumentos. A partir de este particular punto de vista, muy próximo a las raíces ideológicas de un cierto neoconservadurismo norteamericano, este profesor de ciencia política de la Universidad de Notre Dame articula su obra. En su opinión, las opciones políticas actuales parecen dejarnos escoger qué mecanismo debe preservar nuestra libertad y nuestra seguridad, pero, en realidad, nos colocan ante una falsa opción: los riesgos asociados a un individualismo descarnado reclaman la aparición de un Estado protector y, al mismo tiempo, un estatismo creciente propicia un individualismo reactivo. Mercado y Estado se necesitan, «ambos crecen constante y necesariamente dándose apoyo mutuo». Las libertades que el liberalismo nació para proteger —afirma Deneen— se ven ampliamente comprometidas por la expansión de la actividad gubernamental en todos los aspectos de la vida y, mientras, unos mercados globalizados generan legiones de perdedores a los que el auxilio material del Estado no puede consolar.
La crisis del liberalismo también alcanza a la economía, la educación, la cultura, la ciencia y la tecnología. Tanto el liberalismo clásico como el progresista, ambos fundidos en la concepción del autor, están sucumbiendo ante un capitalismo corporativo incontrolable, un sistema educativo cada vez más elitista, un populismo mediático que rezuma «anticultura» y unas tecnologías que limitan la libertad individual abriendo paso a unas nuevas formas de totalitarismo. No cabe ya la vuelta al pasado, «el liberalismo no ha tenido compasión al vaciar unas reservas materiales y morales que es incapaz de restituir» y, por eso, «la única vía para la liberación de las fuerzas inexorables e ingobernables que el liberalismo impone es la liberación frente al propio liberalismo».
Aunque pueda sonar original, la crítica de Deneen no se aleja mucho de las que se pudieron escuchar en las primeras décadas del siglo XX, más intensamente a partir de la crisis económica de 1929. Crecieron entonces las fuerzas políticas totalitarias, pero también surgieron muchas voces nostálgicas que añoraban una idílica sociedad preindustrial plena de hermosos valores tradicionales. El liberalismo que Deneen combate «tiene en su núcleo un rechazo a todas las fuentes de la personalidad que no han sido elegidas por el individuo, como la tradición, la costumbre, la religión, la comunidad o la familia». De este modo el autor, que expresamente rechaza cualquier forma de nacionalismo populista de corte autoritario —que considera la más probable herencia del liberalismo—, se sitúa próximo a un cierto comunitarismo de orientación cristiana.
Tras doscientas páginas de ampulosas críticas, Deneen nos desconcierta con un final netamente moderado; para quien haya asumido sus argumentos a lo largo de la lectura, serán sin duda frustrantes sus conclusiones. Porque, en su opinión final, es justo reconocer los logros del liberalismo y «el deseo de retornar a una era preliberal debe ser desechado». «En vez de intentar una ideología de reemplazo hemos de enfocarnos en desarrollar prácticas que fomenten nuevas formas de cultura, una economía doméstica y la vida de la polis. Del caladero de esta experiencia y esta práctica podría emerger por fin una nueva teoría política y una nueva sociedad».
Lejos del profundo pesimismo que Deneen transpira, el mundo es hoy más libre, próspero y pacífico de lo que nunca fue,
Para un lector europeo queda claro el fuerte aroma local de esta obra. Solo a partir del contexto político norteamericano, de su concreto modelo capitalista y del peso de su derecha más conservadora es posible encuadrar su contenido. Porque, lejos del profundo pesimismo que Deneen transpira, el mundo es hoy más libre, próspero y pacífico de lo que nunca fue, aunque la mayor parte de su población resida en países que poco o nada tienen que ver con el liberalismo. Con todos sus límites, la economía de mercado se ha ido abriendo paso como la fórmula más eficaz para la creación y el reparto de la riqueza, al tiempo que las democracias —más o menos imperfectas— tienden a generalizarse como forma básica de legitimación del ejercicio del poder. La defensa de la libertad individual, el respeto de los derechos humanos y la garantía de la igualdad siguen siendo tareas pendientes en la mayor parte de ellas.
Si nos ceñimos a las democracias occidentales, el enfoque de Deneen encierra un peligro para la política práctica. Para reforzar los lazos «que nos unen a la familia, nuestro lugar de origen, la comunidad, la religión y la cultura», como él reclama, no parece necesario alterar nuestros esquemas constitucionales, sino más bien acertar en la transmisión de valores profundos a las futuras generaciones. La libertad individual de la que disfrutamos nos ampara para libremente reforzar nuestros vínculos más cercanos, así como para prescindir de modos de vida que no queramos compartir (cómo hacen los amish, que tanto llaman la atención de Deneen).
Pero lo cierto es que conservadores y liberales — en el sentido europeo del término— han trabajado juntos durante las últimas décadas para articular mayorías sociales capaces de contrapesar el empuje de las fuerzas políticas de la izquierda, y minusvalorar sus logros, sin duda parciales, invitará a muchos a prescindir de dicha colaboración y, de este modo, facilitarán el paso a su alternativa.
Podríamos buscar los rasgos de la cultura posmoderna en textos teóricos, pero me resulta más ilustrativo hacerlo una vez más acudiendo a la novela El nombre de la rosa (1980), en la que Umberto Eco invistió con los atuendos medievales de su protagonista, Guillermo de Baskerville, trasunto de Occam, creador del nominalismo, los rasgos más salientes de este programa cuyas últimas consecuencias designamos hoy como posmodernidad.
El dístico latino con que termina la obra y da origen a su nombre tenía en su autor, Bernardo Morliacense, un sentido preciso, el que vemos a continuación:
Stat rosa prístina nomine, nomina nuda tenemus
[La rosa originaria se apoya en un nombre, solo nos quedan meros nombres]
O sea, estamos ante una aparición más del tópico horaciano de la fugacidad de la vida del que la historia literaria comprueba (Horacio, Ronsard, nuestros clásicos…) que se ha hecho un uso abundante: la rosa, apenas florecida, se marchita.
Pero no cabe duda tampoco de que la traducción del emblema en la novela es inequívocamente el siguiente:
La rosa originaria consiste en un nombre, solo tenemos meros nombres.
Toda la historia que se cuenta confluye hasta aquí como a su conclusión nominalista —no conocemos verdaderamente nada—, que, a su vez, ilumina dialécticamente acontecimientos, parlamentos y, en suma, el argumento.
La novela ilustra irónicamente los grandes temas recurrentes en el itinerario filosófico de la Modernidad, que nace precisamente aquí. Podemos repasarlos por orden de aparición.
PÚBLICO CONTEMPORÁNEO Y DOCTRINA MEDIEVAL
Tanto nos da afirmar que se trata de un relato contemporáneo con atuendos medievales como decir que ilustra la opción intelectual que ha recorrido desde el siglo XVI la historia de la modernidad filosófica que desemboca en sus últimas consecuencias, la posmodernidad, como mentalidad característica de la actualidad. Cuando el fraile franciscano Guillermo de Baskerville, acompañado de su discípulo, el novicio benedictino Adso de Melk, personaje narrador, se encaminan a la abadía en que Guillermo debía cumplir una misión, el monje cillerero Remigio de Vorágine le pregunta si ha visto el caballo del abad, que se había perdido. Guillermo no lo ha visto, pero acierta plenamente en las características de su descripción. Adso se asombra:
—Sí —dije—, pero la cabeza pequeña, las orejas finas, los ojos grandes…
—No sé si los tiene, pero, sin duda, los monjes están persuadidos de que sí. Decía Isidoro de Sevilla que la belleza de un caballo exige ut sit exiguum caput… Un monje que considere excelente un caballo solo puede verlo (…) tal como se lo han descrito las auctoritates (p. 33).
He ahí un caso claro de «creación de la realidad»
(pos-verdad).
LA EXISTENCIA DE DIOS
La hipótesis nominalista compromete la afirmación de la existencia de Dios, garante en último término de la posibilidad del sentido de la realidad (y del discurso), y es la cuestión clave en cuanto a la derivación de la filosofía, sostenida por el fraile Guillermo de Occam, aunque él mismo no tomara nunca conciencia de todas sus implicaciones.
En la novela, nunca aparecerá una afirmación sobre agnosticismo. En el fondo, supondría la archicomentada contradicción de los relativismos, afirmar que todo es relativo menos el relativismo mismo. El nombre de la rosa no afirma ni niega, sino que ilustra con su mismo relato.
—(…) A nosotros nos cuesta ya tanto establecer una relación entre un efecto tan evidente como un árbol quemado y el rayo que lo ha incendiado, que remontar una cadena a veces larguísima de causas y efectos me parece tan insensato como tratar de construir una torre que llegue hasta el cielo.
—El doctor de Aquino —sugirió el abad— no ha temido demostrar mediante la fuerza de su sola razón la existencia del Altísimo, remontándose de causa en causa hasta la causa primera, no causada.
—¿Quién soy yo —dijo Guillermo con humildad— para oponerme al doctor de Aquino? Además, su prueba de la existencia de Dios cuenta con el apoyo de muchos otros testimonios que refuerzan la validez de sus vías. Dios habla en el interior de nuestra alma, como ya sabía Agustín, y vos, Abbone, habríais cantado alabanzas al Señor y a su presencia evidente aunque Tomás no hubiera… —se detuvo, y añadió—: supongo.
—¡Oh, sin duda! —se apresuró a confirmar el abad.
Y de ese modo tan elegante cortó mi maestro una discusión escolástica que, evidentemente, no le agradaba demasiado (p. 41).
TEORÍA DE LA CIENCIA
El cientificismo, rasgo de la modernidad, apenas está insinuado en el pasaje en que Guillermo alarga sus gafas de vista cansada al maestro vidriero Nicola da Marimondo:
—¡Oculi de vitro cum capsula! ¡Me habló de ellos cierto fray Giordano que conocí en Pisa! Decía que su invención aún no databa de dos décadas. Pero ya han transcurrido otras dos desde aquella conversación (…). ¡Qué maravilla! —seguía diciendo Nicola—. Sin embargo, muchos hablarían de brujería y de manipulación diabólica…
—Sin duda, puedes hablar de magia en estos casos —admitió Guillermo—. Pero hay dos clases de magia. Hay una magia que es obra del diablo y que se propone destruir al hombre mediante artificios que no es lícito mencionar. Pero hay otra magia que es obra divina, ciencia de Dios que se manifiesta a través de la ciencia del hombre (…) (pp. 110-111).
La suprema equivocidad de los nombres se señala con un fragmento del Carmen de Alanus ab Insulis (Alain de Lille) (1129-1203). Eco cambia levemente el texto y mucho la posible traducción elegible. El texto habla de pictura (en vez de scriptura) y no invita necesariamente a su traducción nominalista.
—Omnis mundi creatura quasi liber et scriptura… —murmuré—. Pero, ¿qué tipo de signo sería?
—Eso es lo que no sé. Pero no olvidemos que también existen signos que parecen tales, pero que no tienen sentido. Como blitirí o bu-ba-baff…
—Sería atroz matar a un hombre para decir bu-ba-baff.
Sería atroz —comentó Guillermo— matar a un hombre para decir Credo in unum Deum… (p. 134).
La frase ocasional en la indagación policiaca adelanta aquí la conclusión fundamental del relativismo posmoderno (y de esta novela), como se recordará más adelante: «no hay pasión más insana que la insana pasión por la verdad».
RELATIVISMO
Como es natural, el relativismo lo llena todo. Bastará una pequeña broma para ilustrar su omnipresencia en la obra:
– Date una vuelta por la cocina y coge una lámpara.
– ¿Un hurto?
– Un préstamo a la mayor gloria del Señor.
– En tal caso, contad conmigo (pp. 162-163).
EL PRINCIPIO DE CAUSALIDAD
Como he dicho antes, en este marco, las tesis no se enuncian, sino que se narran. Veamos el tratamiento dado a algo tan central (la antítesis del nominalismo) como es el principio de causalidad. Guillermo de Baskerville encuentra al superficial abad Abbone amasando las joyas del tesoro de la abadía: la lujuria (el desenfrenado afán de lujo) es evidente. El abad se lanza a explicar que no es lo que parece:
—Y entonces, cuando percibo en las piedras esas cosas superiores, mi alma llora conmovida de júbilo, y no por vanidad terrena o por amor a las riquezas, sino por amor purísimo de la causa primera no causada.
—En verdad esta es la más dulce de las teologías —dijo Guillermo con perfecta humildad.
Y pensé que estaba utilizando aquella insidiosa figura de pensamiento que los retóricos llaman ironía, y que siempre debe usarse [en contra de lo que hace Guillermo] precedida por la pronuntiatio que es su señal y justificación (p. 177).
La demoledora ironía (sarcasmo) de Guillermo pone en solfa la opción metafísica del abad, como advierte el joven Adso, a lo que se ve, experto en Retórica y despierto de entendederas.
EL DESINTERÉS POR LA VERDAD
En la intriga de la novela, como en muchas otras novelas policiacas, el investigador funciona con varias hipótesis, resultando, al final, acertada la menos esperable. Pero aquí eso es símbolo de un principio: la ausencia de fundamento lleva a un relativismo radical en que la búsqueda de la verdad carece de sentido: estamos inmersos en un bucle metafórico infinito.
—Pero entonces —me atreví a comentar—, aún estáis lejos de la solución…
—Estoy muy cerca, pero no sé de cuál.
—¿O sea que no tenéis una única respuesta para nuestras preguntas?
—Si la tuviera, Adso, enseñaría teología en París.
—¿En París siempre tienen la respuesta verdadera?
—Nunca, pero están muy seguros de sus errores.
—¿Y vos? —dije con infantil impertinencia—. ¿Nunca cometéis errores?
—A menudo, respondió. Pero en lugar de concebir uno solo, imagino muchos, para no convertirme en esclavo de ninguno.
Me pareció que Guillermo no tenía el menor interés en la verdad, que no es otra cosa que la adecuación entre la cosa y el intelecto. Él, en cambio, se divertía imaginando la mayor cantidad posible de posibles (p. 374).
ARBITRARIEDAD
El viejo monje demente Alinardo de Grottaferrata había imaginado que los asesinatos que se venían produciendo en la abadía correspondían al cumplimiento de la profecía del Apocalipsis. Y de nuevo la anécdota se eleva a categoría: el azar presidía los hechos a los que no era posible atribuir sentido alguno.
—¡Qué idiota!
—¿Quién?
—Yo. Por una frase de Alinardo me convencí de que cada crimen correspondía a un toque de trompeta, de la serie de siete que menciona el Apocalipsis. El granizo en el caso de Adelmo, y se trataba de un suicidio. La sangre en el de Venancio, y había sido una ocurrencia de Berengario. El agua, en el de este último, y había sido una casualidad. La tercera parte del cielo, en el de Severino, y Malaquías lo había golpeado con la esfera armilar porque era lo que tenía más a mano. Por último los escorpiones en el caso de Malaquías… ¿Por qué le dijiste que el libro tenía la fuerza de mil escorpiones?
—Por ti. Alinardo me había comunicado su idea, y después al- guien me había dicho que te había parecido convincente… Entonces pensé que un plan divino gobernaba todas estas muertes de las que yo no era responsable. Y anuncié a Malaquías que si llegaba a curiosear moriría según ese mismo plan divino, como de hecho ha sucedido.
—Entonces es así… Construí un esquema equivocado para interpretar los actos del culpable, y el culpable acabó ajustándose a ese esquema (pp. 568-569).
Más de cincuenta millones de ejemplares, un bestseller de intriga y filosofía. El nombre de la rosa, escrita por el profesor y semiólogo italiano Umberto Eco (1932-2016), es una de las novelas más leídas de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. Desde su publicación, en 1980, ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares. Y se ha convertido en una de las ficciones más representativas de la posmodernidad.
Ambientada en una abadía del norte de Italia, en el siglo XIV, es una mezcla de intriga detectivesca con filosofía, ya que encuadra la ficción en la controversia del nominalismo y los universales. En ese marco cuenta cómo un franciscano, Guillermo de Baskerville, y su pupilo Adso de Melk, intentan resolver una serie de crímenes cometidos en la abadía.
PÚBLICO Y DEBATE RELIGIOSO
El fanatismo de Jorge de Burgos quiere impedir a toda costa que el perdido libro II de la Poética de Aristóteles llegue a mano de los lectores para que no se vean zarandeados en sus principios. No hay principios y la persona ilusa que actúa como si los hubiera está abocada a la violencia.
¿Y qué seríamos nosotros, criaturas pecadoras, sin el miedo, tal vez el más propicio y afectuoso de los dones divinos? Durante siglos, los doctores y los padres han secretado perfumadas esencias de santo saber para redimir, a través del pensamiento dirigido hacia lo alto, la miseria y la tentación de todo lo bajo. Y este libro, que presenta como milagrosa medicina a la comedia, a la sátira y al mimo, afirmando que pueden producir la purificación de las pasiones a través de la representación del defecto, del vicio, de la debilidad, induciría a los falsos sabios a tratar de redimir (diabólica inversión) lo alto a través de la aceptación de lo bajo. De este libro podría deducirse la idea de que el hombre puede querer en la tierra (como sugería tu Bacon a propósito de la magia natural) la abundancia del país de Jauja (p. 575).
AGNOSTICISMO
Como he dicho antes, el universal relativismo está conectado con una postura agnóstica. No es posible una posición atea porque supondría una contradicción: todo es relativo…, menos que todo es relativo. Así, cuando el discípulo Adso de Melk saca acertadas conclusiones de los postulados nominalistas, Guillermo no contesta, se va una vez más por la tangente, en esta ocasión con la oportuna cita del Libro II de los Reyes:
—(…)Es difícil aceptar la idea de que no puede existir un orden en el universo, porque ofendería la libre voluntad de Dios y su omnipotencia. Así, la libertad de Dios es nuestra condena, o al menos la condena de nuestra soberbia.
Por primera y última vez en mi vida me atreví a sacar una conclusión teológica:
—¿Pero cómo puede existir un ser necesario totalmente penetrado de posibilidad? ¿Qué diferencia hay entonces entre Dios y el caos primigenio? Afirmar la absoluta omnipotencia de Dios y su absoluta disponibilidad respecto de sus propias opciones, ¿no equivale a demostrar que Dios no existe?
Guillermo me miró sin que sus facciones expresaran el más mínimo sentimiento y dijo:
—¿Cómo podría un sabio seguir comunicando su saber si respondiese afirmativamente a tu pregunta?
No entendí el sentido de sus palabras:
—¿Queréis decir —pregunté— que ya no habría saber posible y comunicable si faltase el criterio mismo de la verdad, o bien que ya no podríais comunicar lo que sabéis porque los otros no os lo permitirían?
En aquel momento un sector del techo de los dormitorios se des- plomó produciendo un estruendo enorme (…).
Hay demasiada confusión aquí —dijo Guillermo— Non in commotione, non in commotione Dominus (pp. 591-597).
(Lo mismo ocurre, por cierto, con la virtud de la castidad: no se dice nada en contra, pero la historia que se cuenta la contradice a cada paso).
NOMINALISMO
Hay un libro, Metafísica de la opción intelectual, de Carlos Cardona, que sigue el itinerario de la modernidad a partir de Descartes. Examina los antecedentes y la marcha de lo que Paul Ricoeur (1965) llamó la «filosofía de la sospecha» y vemos que no es otra cosa que la pregunta de Occam, que está presente también, en último término, en el Discurso del Método (1637) de Descartes (1546-1650), en la Crítica de la razón pura (1787) de Kant (1724-1804), en la obra de Hegel (1770-1831) y en Nietzsche (1884-1900).
Es precisamente Nietzsche quien nos muestra cómo ha sido posible que cristalicen, tantos siglos después, las consecuencias filosóficamente ateas, la pérdida de un centro, de una línea que viene de tanto tiempo atrás. En su libro La gaya ciencia ofrece este texto vibrante:
¿No habéis oído hablar de aquel loco que, en una mañana luminosa, encendió la linterna, corrió al mercado y gritaba incesantemente: —Yo busco a Dios, busco a Dios. Como allí había muchos que no creían en Dios, suscitó una gran carcajada. —¿Es que Dios se ha perdido?, decía uno. —¿Se ha escapado, como un niño?, decía otro. —¿O es que se ha escondido? ¿Nos tiene miedo?
¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado?, se gritaban divertidos unos a otros.
El hombre loco irrumpió entre ellos, y los traspasó con la mirada:
—¿Dónde ha ido Dios?, gritó, os lo diré yo: ¡Lo hemos matado!, vosotros y yo ¡’Todos nosotros somos sus asesinos! Pero ¿cómo hemos hecho eso? ¿Cómo hemos podido tragarnos el mar? ¿Quién nos ha dado una esponja para borrar el horizonte entero? ¿Qué hemos hecho, al desligar la tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve la tierra ahora? ¿En qué dirección nos movemos nosotros? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos continuamente? ¿Hacia atrás, a los lados, adelante, por todas partes? ¿Es que hay aún un arriba y un abajo? ¿No vamos errantes por una nada infinita? ¿No alienta sobre nosotros el espacio vacío para aspirarnos? ¿No hace ahora más frío? ¿No anochece continuamente y cada vez es más de noche? ¿No hay ya que encender las linternas por la mañana?
¿No nos llega nada del hedor de la putrefacción divina? ¡También los dioses se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros! ¿Cómo nos consolaremos nosotros, los más asesinos entre todos los asesinos? La cosa más santa y más poderosa que hasta ahora había tenido el mundo se ha desangrado, degollada por nuestros cuchillos ¿Con qué nos lavaremos para purificarnos de esta sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos?
¿Qué ritos de expiación, qué fiestas sagradas deberemos inventar? ¿No es demasiado grande para nosotros la grandeza de este acto? ¿No habremos de convertirnos nosotros mismos en dioses, solo para mostrarnos dignos de ellos? No se realizó jamás una acción mayor; y todo el que nazca después de nosotros pertenecerá ya, gracias a esta acción, a una historia superior a todas las que han existido hasta ahora.
Al llegar a este punto, el hombre loco calló, y de nuevo miró a la cara a sus oyentes. También ellos callaban y lo miraban sorprendidos. Al fin estrelló en el suelo la linterna, que se hizo añicos, apagándose.
Y concluye:
—Yo llego demasiado pronto —dijo entonces—: este no es aún mi tiempo. Este acontecimiento monstruoso está aún en camino y en marcha, aún no ha llegado a los oídos de los hombres. También el relámpago y el trueno necesitan tiempo, la luz de las estrellas tiene necesidad de tiempo, las acciones precisan tiempo, aun después de haber sido hechas, para ser vistas y oídas. Esta acción está para los hombres todavía más lejos que las estrellas más lejanas, ¡y, sin embargo, han sido ellos mismos los que la han llevado a cabo!
Pues bien, ha llegado el tiempo, la Posmodernidad manifiesta hoy las últimas consecuencias del Nominalismo.
RELATO SIN REMITENTE
El semiólogo A. J. Greimas describió en 1960 el sistema que forman las instancias del relato, de cualquier relato (real, imaginario, verdadero, falso, ordinario o artístico), el modelo universal de comunicación del que disponemos los seres humanos para contar algo. Pues bien, veamos cómo se puede describir así el cuento de Caperucita Roja, por ejemplo, para ilustrar a continuación la descripción de las grandes cosmovisiones, de los relatos de la condición humana que han sustentado el debate de la cultura occidental en el siglo XX.
Caperucita Roja
Relato marxista
Relato cristiano
Relato posmoderno
La cultura posmoderna se puede describir, en consecuencia, como la que instaura el fin de los relatos completos, y el relativismo, como consecuencia de un mundo sin Dios. Si se pierde de vista el remitente, nos quedamos sin objetivo: si no reconocemos a la madre, no sabremos que lo bueno es entregar la cestita.
En plena época de Descartes, Hugo Grocio (Huigh de Groot, 1583-1645) planteaba que determinadas intuiciones básicas de derecho natural serían aceptables aunque no pusiésemos el fundamento de garantía que es Dios «etsi Deus non daretur» (aunque Dios no existiera): es una hipótesis, pues no poner ese fundamento, decía entonces Grocio, es algo impensable. Pasa el tiempo y, según la profecía de Nietzsche, ya llegó el momento en que se niega abiertamente esa presencia real.
Joseph Ratzinger sostenía en su discurso de Subiaco, de 2005, que en el actual ambiente poscristiano, los creyentes tienen que hacer la oferta del Derecho Natural para que los que no saben de la existencia de Dios sean invitados a aceptar de entrada esa intuición primigenia «veluti si Deus daretur» («como si Dios existiera»).
Hasta aquí hemos llegado. Posmodernidad es neonominalismo del siglo XXI, como avisaba proféticamente El nombre de la rosa. La oferta de Ratzinger es una invitación a volver a los orígenes, a comenzar de nuevo. Dos posiciones están en el debate:
o
no hay pasión más insana que la insana pasión por la verdad
o
la verdadera pasión por la verdad es fundamento de la tolerancia más profunda y de la auténtica libertad.
El nombre de la rosa, escrita por el profesor y semiólogo italiano Umberto Eco (1932-2016), es una de las novelas más leídas de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI. Desde su publicación, en 1980, ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares. Y se ha convertido en una de las ficciones más representativas de la posmodernidad.
Ambientada en una abadía del norte de Italia, en el siglo XIV, es una mezcla de intriga detectivesca con filosofía, ya que encuadra la ficción en la controversia del nominalismo y los universales. En ese marco cuenta cómo un franciscano, Guillermo de Baskerville, y su pupilo Adso de Melk, intentan resolver una serie de crímenes cometidos en la abadía.
Se ha visto en el personaje del fraile-detective un cruce de Sherlock Holmes (de ahí su apellido que remite a El perro de los Baskerville) y del escolástico Guillermo de Occam, uno de los representantes del nominalismo.
El propio Eco admitió que otro personaje, Jorge de Burgos, es una especie de homenaje intelectual a Jorge Luis Borges, ambos ciegos, sabios y de lengua hispana.
Contribuyó a popularizar el bestseller la película del francés Jean Jacques Annaud, del mismo título, estrenada en 1986, con Sean Connery encarnando al fraile detective.
La novela vuelve a estar de actualidad, con su adaptación a la televisión. La RAI y la compañía Wild Bunch han producido una serie de ocho capítulos, protagonizada por John Turturro en el papel de Guillermo de Baskerville, que se está emitiendo en la televisión pública italiana.
Conocí a Emilio del Río Sanz (Logroño, 1963) cuando los dinosaurios poblaban la tierra y don Antonio Fontán se acababa de sacar de su sapientísima manga esta Nueva Revista donde aparecen estas letras. Debió de ser en los primeros años noventa del siglo pasado, cuando él no había cumplido aún treinta años y andaba doctorándose en la Complutense con una tesis sobre Séneca.

Emilio era discípulo del maestro Fontán, había estudiado Filología Clásica, ya era un consumado latinista y ofreció a la colección bilingüe de autores grecolatinos «Alma Mater», dirigida en aquel entonces por don Francisco Rodríguez Adrados, una edición de las tragedias senecanas.
Yo era el secretario de «Alma Mater» y me enteré en seguida de la propuesta de Del Río, que fue aprobada con entusiasmo por el comité asesor de la colección. Pero el hombre propone y Dios dispone, porque Emilio del Río, después de obtener brillantemente una plaza de profesor titular de Universidad, se vio tentado por la política, sucumbió a la tentación y cursó desde ese momento una intachable carrera como diputado y senador del Reino, llegando a ostentar el cargo de vicepresidente de la Comunidad Autónoma de La Rioja, donde ha llevado una infatigable labor en pro de su tierra que lo acredita como uno de los riojanos más populares y queridos por sus conciudadanos. El que suscribe tiene gotas de sangre riojana entre los litros de sangre madrileña que acumula en el cuerpo, razón por la cual no es de extrañar que todo lo relacionado con esa región española le llame especialmente la atención, y desde luego, la persona y la obra de su buen amigo Emilio del Río Sanz.
El azar, que todo lo mueve y combina a su capricho, quiso que Emilio pasase a formar parte principalísima del staff del programa No es un día cualquiera, de Radio Nacional de España, dirigido y presentado desde 1999 por la imprescindible Pepa Fernández (prologuista por cierto del libro objeto de este comentario). Lo hizo en calidad de colaborador semanal de dicho programa con una sección rotulada «Verba volant» («las palabras vuelan»), primera parte del proverbio latino que se completa con una segun- da parte: scripta manent («lo escrito permanece»).
Es precisamente esta segunda parte, referente a fijar las palabras volanderas en el papel impreso, lo que acaba de hacer Emilio con sus intervenciones radiofónicas: construir este apasionante libro, Latín lovers, editado por Espasa y que estoy seguro de que va a constituir —está constituyendo ya— un éxito editorial sin precedentes.
¿Por qué? Porque son muchísimos los oyentes del programa de Pepa que no se pierden la sección de Emilio los domingos por la mañana, porque el libro es una especie de idea platónica de la amenidad y porque está lleno de cosas interesantes y amables de saber, todas relacionadas con la lengua latina y sus derivaciones en las lenguas romances.
Junto a los aspectos puramente lingüísticos, Del Río incluye en cada uno de sus más de cincuenta capítulos de Latín lovers infinidad de referencias al mundo extra-lingüístico, tanto extraídas de su riquísimo acervo cultural como de la más rabiosa actualidad, preparando con todo ello un cóctel imparable en el que no faltan, además, las dosis necesarias de buen humor. La curiosidad de Emilio es, además, universal, no limitándose a los divertidos secretos y misterios que atesora la lengua latina en relación con la castellana.
El bigote español no procede del latín sino de la expresión alemana bei Gott (algo así como «voto a Dios»)
Pongo el ejemplo del artículo titulado «El bigote de José María Íñigo» (páginas 89-92), donde se rinde homenaje, por una parte, a la figura del gran periodista y locutor bilbaíno desaparecido el 5 de mayo de 2018, y, por otra, se nos informa cumplidamente de las palabras relacionadas con el «bigote» español, que procede no del latín, sino de la expresión alemana bei Gott (algo así como «voto a Dios»), pues los soldados alemanes del tardío Medievo y del primer Renacimiento solían exhibir unos grandes bigotes y, al mismo tiempo, no paraban de proferir juramentos del tipo bei Gott, por lo que acabó llamándose bei Gott al pelo que crece sobre el labio superior del rostro.
Parece que a nosotros el «bigote» nos llegó a través del francés bigot, voz francesa introducida en el norte de Francia mediado el siglo XV a partir de la expresión alemana citada, aunque no consiguiese sustituir en el país vecino a la palabra moustache (nuestro «mostacho»), que se deriva del griego mystax y que no se documenta en latín hasta el siglo IV, con san Jerónimo, lo cual quiere decir que los romanos no se dejaban bigote y, por lo tanto, no tenían una palabra para designarlo.
Así de interesante y de curioso es el capítulo dedicado al bigote del llorado José María Íñigo. Y así Emilio del Río va mezclando temas de actualidad con las sabrosísimas etimologías que le procura su idolatrada lengua latina, aireándolo todo con el amplio abanico de conocimientos de toda índole de que hace gala nuestro autor, capaz de entretener con sus sutilezas lingüísticas al público más agreste y menos curtido en temas humanísticos. Esa es la magia de la alta divulgación.
La percibimos cada semana en la radio, escuchando la voz de Emilio en el programa de Pepa. Y ahora la sentimos de nuevo, enriquecida con la permanencia de lo escrito, en este Latín lovers que amenaza con convertirse en uno de los libros más geniales que se hayan publicado o vayan a publicarse este año.
Lejos de ser una esperanza ingenua, la Ilustración «ha funcionado». Pero «hoy más que nunca necesita que la defendamos con vigor». La Ilustración, relata Steven Pinker en En defensa de la Ilustración, luchó por la razón, la ciencia y el humanismo. Esos son los ideales que «necesitamos para enfrentarnos a nuestros problemas y continuar nuestro progreso». Pero también hay sombras en ella, que señala el propio postmodernismo y que sintetiza Robert Barron en un programa de radio.
Steven Pinker, profesor en la Universidad de Harvard, desde otro ángulo, confluye en la misma línea que el sueco Hans Rosling en Factfulness. Compárese el sumario de En defensa de la ilustración con las ideas que defiende Rosling para comprender que estamos ante libros semejantes, ambos con esta tesis: pese a todas sus imperfecciones, la realidad económica y social del mundo es mucho mejor de lo que pensamos, lo cual no implica que no haya motivos para preocuparse ni cuestiones que no requieran una mejora urgente.

Pinker, como Rosling, trabaja con datos para mostrarnos que la vida, la salud, la prosperidad, la seguridad, la paz y el conocimiento aumentan: no solo en Occidente, en todo el mundo. La diferencia respecto de Rosling es el acento de Pinker en que este progreso es un regalo de la Ilustración: es decir, de la convicción de que la razón y la ciencia pueden mejorar el florecimiento humano y de que las soluciones a los problemas actuales también residen en el ideal de la Ilustración (el uso de la razón y de la ciencia).
Recientemente, el filósofo, teólogo y obispo estadounidense Robert Barron ha estado hablando de este libro de Pinker, toda una sensación en los Estados Unidos, en un programa de radio.
-La Ilustración es un movimiento intelectual que emerge a finales del siglo XVII, y sobre todo a lo largo del XVIII, y que continúa por el XIX hasta hoy. Pensadores como Descartes, Spinoza, Kant, Hegel, gente como Thomas Jefferson, Thomas Paine y Benjamin Franklin: todos ellos son figuras ilustradas.
-Hablando de una forma muy general, hay dos líneas de pensamiento principal en la Ilustración: uno científico y otro político.
-Sobre el pensamiento científico: la Ilustración supone el surgimiento de la experimentación científica y de las ciencias naturales modernas. Dos de las marcas del aristotelismo eran el propósito (la finalidad) y la estructura formal de las cosas. Con la revolución científica, estas dos clásicas causas aristotélicas se ponen entre paréntesis y se destacan la causa material (de qué están hechas las cosas) y las causas eficientes (de dónde vienen). Recuérdese a Newton como una figura clásica de la ciencia de la Ilustración.
-Sobre el pensamiento político de la Ilustración: la revolución francesa y la revolución estadounidense son dos grandes expresiones del énfasis de la Ilustración en la libertad de los individuos, en los derechos individuales, en la abolición del derecho «divino» de reyes, en la supresión de las estructuras del viejo régimen, en la libertad de la prensa y en la libertad de asamblea. La Declaración de Derechos de 1689 en los Estados Unidos (Bill of Rights) es otra forma política de la idea de la Ilustración. Añádase a lo anterior el nombre de James Madison.
-El que quizá sea el filósofo mayor de la Ilustración, Kant, escribió un famoso ensayo titulado ¿Qué es Ilustración?. Y la definió básicamente como salir de nuestro jardín de infancia intelectual. Pensaba que la raza humana había estado demasiado tiempo en una suerte de minoría de edad, demasiado tutelada por las autoridades; los seres humanos debían aprender y actuar a partir de entonces en términos científicos y políticos.
-La Ilustración ha tenido gran cantidad de controversias con la Iglesia, porque la Ilustración pone el acento en lo que conocemos y en la razón, y no en esas «instituciones polvorientas que indican cómo hay que vivir y qué hay que creer». ¿Cómo ha respondido la Iglesia a eso? Es una cuestión muy compleja. Es fácil manifestar: «La Iglesia estaba en contra de la Ilustración». Y, en efecto, hay una serie de declaraciones de la Iglesia en contra de algunos principios de la Ilustración. El Concilio Vaticano I condenó determinados tipos de racionalismos que emergen de la Ilustración. Hay polémicas claras contra Kant y su escuela, contra Hegel y su escuela… El renacimiento del tomismo tras el Concilio Vaticano I es de alguna manera una respuesta intelectual a una gran parte de los movimientos filosóficos de la Ilustración. Sin embargo, sería simplista decir sin más que la Iglesia estaba en contra de la Ilustración.
-Una de las apropiaciones negativas que se hace de la Ilustración es afirmar sin matices que la modernidad surge como una gran lucha contra la religión. «La religión estaría de parte de esa vieja teoría científica de Aristóteles y contra las grandes figuras científicas (Galileo de forma paradigmática)». «Y en la parte política de la ecuación: las figuras políticas modernas, y la democracia, y la superación del antiguo régimen, habrían salido adelante contra la resistencia de la Iglesia». ¿Hay algo de verdad en esta caracterización? Sí. Pero no es toda la historia. La ciencia moderna surge precisamente de una matriz cristiana de pensamiento. Los científicos primeros aprendían matemáticas y física en universidades creadas por la Iglesia. ¿Había algo realmente nuevo en el énfasis ilustrado? Sí, lo había. Pero el mito de la lucha entre lo viejo y lo nuevo es una simplificación. El número de sacerdotes, especialmente en los tiempos de Galileo, que se implicaron profundamente en el nacimiento de la ciencia moderna es muy grande. Si se mira a todos los grandes científicos de esa época, los primeros grandes científicos, son gente religiosa, no de una forma trivial o superficial: eran profundamente religiosos. Mucha gente ha llamado la atención acerca de personas como Roberto Belarmino. Mucho de su pensamiento político suena como el de Thomas Jefferson y suena como el de las figuras revolucionarias del siglo XVIII. Muchas ideas políticas de la Ilustración provienen del mismo Tomás de Aquino.
–¿Dónde se ven hoy los efectos de la Ilustración? Por todas partes y de manera muy positiva. ¿Quién querría volver a la época política anterior a la Ilustración? De ninguna manera nos gustaría ir a antes de cuando teníamos la Bill of Right. Esas reformas modernas fueron muy positivas. Y nos alegramos hoy cuando un país se libera de formas opresivas políticas. Podemos vivir ahora de una manera más cómoda y exitosa: nuestros antepasados, no hace muchas generaciones, se pasaban el día entero viendo cómo podían sobrevivir. Y una porción muy pequeña de ellos podía dedicarse a la filosofía, al arte. Hoy en día, prácticamente todo el mundo puede si quiere recibir formación superior y acceso a todo tipo de información.
-«A propósito he hecho [Robert Barron] una alabanza de la Ilustración hasta ahora y en realidad no retiraría ninguna palabra, pero como decía Carl Gustav Jung, cuanto más potente es la luz, más amplia es la sombra que proyecta». Con otras palabras: amamos las ciencias, pero no el cientifismo, que es la sombra de la Ilustración, a saber, la reducción de todo saber a un saber científico. Lo que es real, y verdadero, se mengua a lo que podemos conocer y controlar. Hace mucho tiempo, críticos de la Ilustración ya como Goethe, expusieron justo este argumento, el error de estar tan archi-entusiasmados con la ciencia que no percibiéramos otros caminos de conocimiento. Eso sucede cuando marginamos (o ponemos entre paréntesis, o reducimos) las artes, las humanidades, la poesía, la literatura, la filosofía, la religión; la religión quizá sobre todo. Porque el gran blanco de entusiasmo de la Ilustración, desde un punto de vista epistemológico, es la religión: resumido en el “hemos superado todas esas supersticiones”. Esa es la parte de la sombra de la Ilustración. Aprobamos todo lo positivo de la Ilustración, pero tenemos que precavernos ante el sobre-entusiasmo del cientifismo.
-¿Cuál es la «sombra» de la Ilustración dentro del gran movimiento hacia la libertad, y hacia la libertad política? “Libertad” e “igualdad” son los dos grandes valores de la Ilustración. La política en gran medida trata de eso: incrementar la libertad y la igualdad. Pero ¿cuál es el límite? El límite es la sobrevaloración. Que se sobrevalore tanto la libertad y la igualdad que uno se convierta en su propio árbitro del bien y del mal: ser libre para determinar quién soy; ser libre para determinar el sentido de mi vida, ser libre para determinar el valor moral. «Que no se me presione porque todos somos iguales», «que no se me diga que tu punto de vista es mejor que el mío». Esta es la cultura de la “autoinvención”.
-Con lo cual desembocamos en la crítica postmoderna a la Ilustración. Moderno, aquí, quiere decir “ilustrado”. Si se es postmoderno implica que uno se ha puesto en una posición crítica ante los logros de la Ilustración. Postmodernismo: sus predecesores son gente como Goethe y Pascal. Los postmodernistas son aquellos, por ejemplo, que señalan: «Para operar tienes que ver con gran claridad y disponer de la mejor luz posible. ¿Pero es siempre una luz brillante y potente lo mejor en la vida? ¿Para una cena romántica, por ejemplo?» La iluminación agresiva no es siempre el mejor modo para aproximarnos a algunas de las cuestiones más profundas y sutiles de la vida.
–Y de nuevo regresamos a Steven Pinker con su En defensa de la Ilustración. Salud, más vida, mejor vida, etc. Por supuesto, la Ilustración “ha funcionado”, como dice Pinker. Sí, pero hay más. ¿La Ilustración mejoró las artes? ¿La Ilustración mejoró nuestro conocimiento del sentido de la vida? ¿La poesía que se lee hoy es necesariamente mejor que la de T. S. Eliot, la de Dante o la de Homero? ¿Vemos las cosas con una claridad moral mayor que Tomás de Aquino, o que Platón? ¿Es nuestra filosofía política necesariamente mejor que la de Platón? A veces caemos con todo esto en un prejuicio cientifista. Hay mucho más en la vida que lo que la Ilustración ilumina y suministra. Sucumbir al cientifismo de la Ilustración: ese sería el problema, quedarse solo con ciertas dimensiones de la vida.
Enlace al podcast de Robert Barron sobre «En defensa de la Ilustración»
Como advierte el profesor Manuel Toscano, «la mentira es un viejo rompecabezas filosófico. Dos cosas han preocupado a los filósofos: por una parte, cómo definirla; por otra, por qué es incorrecta o reprobable» (Letras Libres, 16.VIII.2017). La mentira está cercada de fenómenos próximos, pero distintos, como la falsedad, el fingimiento o la imaginación. Madame de Scudéry en su librito Sobre la mentira, el disimulo y la veracidad (Siruela, 2017) hace un pertinente repaso, en apariencia frívolo, a todas las clases de mentiras aceptables e incluso necesarias en sociedad: las pequeñas mentiras de cortesía, conocidas como piadosas, las generosas, las divertidas, las artísticas, las apologéticas y hasta las mentiras para salvar la vida de alguien o la patria. Además, las hay por omisión: «A menudo, callarse una verdad que debería decirse es también mentir». Y por actuación, de las que Manuel Toscano alumbra un ejemplo brillante: «El que apaga las luces para hacer creer a una visita inoportuna que no hay nadie en casa».
No solo tenemos infinidad de excepciones y modalidades prácticas, sino que responden a razones diversas. Primero, la ontología. ¿Qué es mentira y qué no? Hay declaraciones que pueden no ser verdad, porque no se adecúan a la realidad, pero ¿son mentira si quien las dice no tenía voluntad de engañar? Madame de Scudéry lo dijo hermosamente: «La verdad es el alma de la sinceridad, pero son distintas». Con mayor dramatismo, un poeta puso el dedo en la llaga: «Nada me ha engañado tanto como mi sinceridad» (Luis Rosales, Segundo Abril, 1972).
El relativismo, el cientificismo (considerar verdad nada más que aquello susceptible de comprobación empírica), el positivismo, el escepticismo o el subjetivismo han venido a minar filosóficamente la comprensión de la mentira. La han privado del referente definidor de la verdad, tal como ha detectado Miguel Ángel Garrido al analizar el surgimiento del término posverdad: «Nadie podrá mencionar la mentira allí donde no existe de ninguna manera la verdad» (ABC, 17.VII.2018)
Hay que añadir los problemas metalingüísticos. El lenguaje apenas puede ajustarse como un guante a nuestro pensamiento: siempre expresamos algo más, algo menos y algo distinto de lo pensado. No son solo motivos estéticos los que llevan a la literatura a forzar por todos los medios la veracidad de sus enunciados, sino el imperativo moral de decir una verdad que se resiste a ser expresada. La literatura es un laboratorio paradigmático: porque su materia es el lenguaje y su objetivo, la verdad, pero sus instrumentos paradójicos son los más esquivos recursos retóricos. La hipérbole, la ironía, la metáfora, la fábula, la alegoría y la metonimia no dicen solo la verdad y a veces ni siquiera la verdad, aunque aspiran a decirla toda.
Antonio Machado lo avisó: «Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa»
Más inquietante resulta la importancia de la imaginación a la hora de acercarse a la verdad: por el atajo de un rodeo. Antonio Machado lo avisó: «Se miente más de la cuenta / por falta de fantasía: / también la verdad se inventa». Y viceversa. Puede mentirse con verdades, como en aquella historia que tanto gustaba a Freud. Dos judíos que se encuentran en un tren ruso, y uno pregunta al otro adónde se dirige. «A Minsk», contesta. A lo que el primero le afea: «¡Qué mentiroso! Dices que vas a Minsk porque quieres que piense que vas a Pinsk, pero vas a Minsk ¡Confiésalo!». Otras veces no es una cosa ni otra, sino que lo auténtico es la ambigüedad.
La complejidad de la verdad en el plano consuetudinario, en el filosófico, en el lingüístico y en el literario todavía se enreda más en el ámbito ético. Paradigmáticamente, en el político. Baltasar Gracián advertía en El Criticón: «Llenarse ha el mundo de verdades y después buscarán quien le habite: digo os que se vendrá a despoblar. […]. No habrá quien viva, ni el caballero, ni el oficial, ni el mercader, ni el amo, ni el criado: en diciendo verdad, nadie podrá vivir […] Con tantica verdad hay hombre que se ahíta, y no es posible digerirla: ¿qué hará con un hartazgo de verdades?». Gracián no hace más que glosar el aserto de Platón en La República de que verdad y política se llevan mal.
Maquiavelo recoge el eterno problema de las estrechas relaciones entre la mentira y el poder, y lo plantea en toda su crudeza. Ribadeneyra, Saavedra Fajardo y otros pensadores hispánicos intentaron conciliar las exigencias políticas (de mentir) con las morales (de decir la verdad), cayendo a veces en una alambicada casuística de improbable aplicación. El extremo de tensión ética fue el debate entre Emmanuel Kant y Benjamin Constant. Este, que tenía la experiencia del terror jacobino a sus espaldas, sostiene que el deber de decir la verdad ha de corresponderse con un derecho a escucharla. No tenemos por qué indicarle al ladrón dónde escondemos el dinero. Kant replicó que el deber de decir la verdad no conoce excusas. Nada peor que mentir. Incluso al asesino que pregunta por su próxima víctima hay que contestarle con total sinceridad. Sin embargo, no hay sistema moral ni jurídico que exija tanto como Kant. Ninguno obliga al acusado a reconocer la culpa a la policía ni exige que ciertos testigos cualificados (esposos o familiares) denuncien al culpable.
Por si no hubiésemos alcanzado ya el centro del intrincado laberinto, el ser humano tiene el poder de expandir- lo creando verdades nuevas. Son verdades autogeneradas aquellas que, por el mero hecho de decirlas, producimos. El ejemplo del Derecho es evidente. Quien en determinadas circunstancias dice: «Os declaro marido y mujer» hace que los dos solteros allí presentes se conviertan de golpe en matrimonio a todos los efectos. Como en lo jurídico, en lo biográfico, en lo histórico y, sobre todo, en lo poético, cuya etimología griega remite a la acción de crear. Saavedra Fajardo cuenta que una palabra a tiempo puede convertir un accidente en un augurio. Repasa varios casos, entre ellos, el del Gran Capitán, que, cuando en un acto de sabotaje prendieron fuego a su pólvora, en vez de desmoralizarse, alardeó: «¡Buen anuncio, amigos; estas son las luminarias de la victoria!»; y lo fueron.
Ribadeneyra, Saavedra Fajardo y otros pensadores intentaron conciliar las exigencias políticas con las morales
Hay verdades retrospectivas. Las que el paso del tiempo produce. La verdad puede ser a veces una construcción de la memoria. Otras, una conquista de la voluntad y la creatividad. Machado lo supo: «Ni el pasado ha muerto, / ni está el mañana —ni el ayer— escrito». Las vocaciones personales o profesionales, las promesas, los compromisos y las llamadas «profecías que se autorrealizan» son verdades futuras, en formación, que se sostienen en una confianza o una fe en algo que todavía es… mentira. El descarado consejo «Fake it till you make it» [«Fíngelo hasta que lo consigas»] se instala en esa fértil tierra de nadie: un pie en lo falso, para coger impulso; el otro pie, en el aire aún, hacia la auténtico.
EL VALOR DE LA VERDAD
No es de extrañar, por tanto, que ante las múltiples dificultades teóricas y en la praxis, la primera reacción sea deshacerse cuanto antes de un concepto tan maleable (en los dos sentidos del término). Para colmo, según los psicólogos evolutivos, el instinto de supervivencia favorece el uso de la mentira como herramienta siempre a mano, como puede verse con gran frecuencia (camuflaje, mimetismo, falsas amenazas, etc.) también en el reino animal y vegetal.
A menudo, las sociedades que han sostenido verdades indiscutibles han caído —por el plano inclinado de la inevitabilidad de los silogismos encadenados— en la tentación de imponerlas. O, en su caso, se han producido graves conflictos por la colisión de verdades contrapuestas. La solución de deshacerse de la verdad, en vez de arbitrar una correcta tolerancia o una efectiva libertad de expresión, ha parecido muy deseable. Por cansancio y por prudencia, la posmodernidad ha encarnado ese instinto de fuga e, incluso, si no estuviésemos aún a la mitad del proceso, reconoceríamos que lo ha conseguido.
Sin embargo, contra los optimismos más líquidos, acaba resultando imposible desembarazarse de la verdad. Lo explica Julian Baggini (Breve historia de la verdad, Ático de los libros, 2018): «La resonancia de la verdad responde a que todos sentimos que no es simplemente una condición abstracta de las proposiciones verbales, sino algo muy esencial para la vida buena». El sentido de la vida, sin la referencia a la verdad, se desvanece, con el consiguiente desconcierto del ser humano.
Como en el plano psicológico, en el social. La comunidad requiere el terreno firme de unas concepciones compartidas. En la vida ordinaria, nadie lo duda. Lo que advierte una canción popular de Robbie Williams: «When the truth dies, very bad things happen» («Cuando la verdad muere, ocurren cosas muy malas») es una experiencia común. En política, como señala alguien tan poco sospechoso de fundamentalismos como Gianni Vattimo, ocurre que «la idea de la disolución de una verdad objetiva produce también la liberación de la voluntad de poder. No por azar, en La voluntad de poder, Nietzsche habla de la multiplicidad de la interpretación». Sin la verdad deja de funcionar la separación de poderes y otros límites políticos como la dignidad de la persona o los derechos fundamentales. Matthew d’Ancona en Posverdad. La nueva guerra contra la verdad y cómo combatirla (Alianza Editorial, 2019) explica que incluso el debate público se desvirtúa si no hay una verdad que encontrar mediante la confrontación de ideas. Todo se reduce entonces a la imposición o no de unas sobre otras por el número o la fuerza. También surgen graves problemas para manejar la libertad de expresión, que necesita la referencia a la verdad para no convertirse en una cobertura formalista de las «fake news» o de cualquier «discurso del odio». La verdad no como límite, pero sí como instancia crítica. «El relativismo es el primer refugio de los canallas», advierte Roger Scruton, en Modern Philosophy (1995).
En Los viajes de Gulliver, los Houyhnhnms eran tan racionales que encontraban la mentira prácticamente ininteligible
Solo el hilo de la verdad puede sacarnos del laberinto de paradojas de la posmodernidad: el del dogma de la inexistencia de dogmas, el del subjetivismo como única verdad objetiva y el del sentimentalismo argumentativo. Las consecuencias cotidianas de estas aporías están a la vista de todos. Muestran unos efectos muy corrosivos en campos tan relevantes como la crítica de arte, la pedagogía o la aplicación de la justicia, donde los conceptos de prueba, verdad, testimonio y responsabilidad no pueden socavarse sin que colapse todo el sistema. Acierta José Jiménez Lozano al advertir que «toda educación que no es socrática o en búsqueda de la verdad, es adoctrinamiento» (Una estancia holandesa, Anthropos, 1998).
Para la vida cotidiana nos agarramos al clavo ardiendo de una última aporía. La que expresa en Jugador de ventaja (Ra-Ma, 2000) Juan Varo Zafra: «Resulta divertido que todos discutan la existencia de la verdad, pero casi nadie niega la existencia de la mentira». En la mentira tocamos fondo. A partir de ahí, cogiendo impulso, quizá sea posible hacer el camino de vuelta hacia el redescubrimiento personal de la verdad.
NOSOTROS LOS VERACES
En el centro de un laberinto, algo alienta: el Minotauro o el dragón, esto es, la mentira, que amenaza la convivencia social y el entendimiento de nosotros mismos. La verdad es una doncella en graves apuros que espera que nosotros tengamos el valor, Teseos o san Jorges, de rescatarla. Valgan estas metáforas no solo como resumen del estado de la cuestión, sino como llamada de socorro a la actitud que puede hacerle frente: la nobleza de espíritu. La historia avala tal asociación. Tanto, que en Atenas los aristócratas no se definían a sí mismos por lo añil de su sangre o la pujanza de sus patrimonios, sino como «Nosotros, los veraces».
No ha habido aristocracia que no se precie de su fidelidad a la verdad y, en concreto, a su palabra. En Japón, un samurái ni juraba ni mentía. Era denigrante para su honor. Bushi no ichigon («la palabra de un samurái») pesaba más que un juramento. Nicolae Steinhardt, en Diario de la felicidad (Ediciones Sígueme, 2007), recogió, entre las razones por las que Jesucristo es el modelo de gentleman, su prevención radical contra el juramento: «Sea, pues, vuestro modo de hablar: sí, sí, o no, no. Lo que exceda de esto viene del Maligno» (Mateo 5,37). Madame de Scudéry, usualmente sutil y delicada, tampoco tiene dudas y se expresa con inusitado vigor: «Hay que contemplar la verdad como el alma misma de la caballerosidad. […] Si la verdad fuese desterrada del mundo, no habría honor ni placer». Porque la aristocracia (véase La olvidada idea de la nobleza de espíritu en Nueva Revista, nº 166) es la vocación natural de cualquier ser humano, Scudéry anota: «De ninguna otra virtud como de la sinceridad [y pone ejemplos como la bondad, el valor, la generosidad, la ternura] presume tanto todo el mundo».
Solzhenitsyn pasó una vida para poder decir, al recibir el Nobel: «En su lucha contra la mentira, el arte siempre ganó, y ganará siempre»
Ante las dificultades sistémicas y las abstracciones interminables, el movimiento propio de la nobleza de espíritu es afianzarse en uno mismo, territorio de la propia soberanía, para coger impulso. Es la idea obsesivamente expuesta por el psicólogo Jordan B. Peterson: si te parece que el mundo está fatal, antes de empezar a criticarlo o a desesperanzarte, ordena tu cuarto. Peterson orienta este eslogan hacia la sinceridad en primera persona: «Tú di la verdad o, al menos, no mientas». Es la regla 8 de sus 12 reglas para vivir (Planeta, 2018). Importa subrayar la segunda parte del apotegma: «O, al menos, no mientas», que permite un margen de silencio para adaptar las demandas de la veracidad a las complejidades del mundo sin inmolarse precipitada o innecesariamente. Peterson se remite a quien hizo de tal actitud el eje de su entero compromiso civil: Aleksandr Isayevich Solzhenitsyn.
«La verdad de una palabra —según Solzhenitsyn— pesa más que el mundo entero». El premio Nobel ruso asumió el áspero y heroico propósito de no mentir él jamás y así contribuyó a desmoronar —a través de sus libros y su ejemplo— el imperio soviético. No contento con esa gesta, volvió la cara hacia la otra parte del mundo y acusó a la Universidad de Harvard, en su discurso de 8 de junio de 1978, de infidelidad al motto o lema de su escudo: Veritas.
El Gulag le había enseñado que «la línea que separa lo bueno de lo malo no pasa a través de Estados, ni entre clases, ni entre partidos políticos tampoco, sino justo a través de cada corazón humano».
Por eso, el afán por la verdad tiene que asumir las dimensiones de un compromiso íntimo e íntegro. Igual que asume deberes y actitudes que solo a él atañen en cuanto que «nobleza [le] obliga», el noble de espíritu acepta ese vínculo personal con la verdad: le obliga a él. Reconocerá la preclara idea de Constant de que existe un derecho a la verdad que hay quien no tiene, pero, más que esa legítima defensa frente a la intromisión inoportuna o malintencionada, le preocupará —mucho más que no ser engañado— no engañar él a nadie. Es la actitud netamente socrática.
Francis Bacon arranca su clásico estudio Sobre la verdad analizando la postura de Poncio Pilatos en el juicio a Jesús. El procurador romano, para no entrar a reconocer la verdad de la inocencia que tiene ante sus ojos, se refugia primero en una cuestión abstracta: «¿Qué es la verdad?». Sabe bien que la dificultad teórica es una elegante escapatoria. Jesús desdeña ese subterfugio metafísico: no contesta. A renglón seguido, Pilatos diluye su responsabilidad proponiendo al pueblo una resolución pragmática que tampoco afronta el verdadero problema: la inocencia o no de Jesús. Pregunta: «¿A quién queréis que os suelte?». Bacon ha escogido su contramodelo con un ojo muy fino para los dos rodeos habituales: o por encima (teoría) o por debajo (subjetivismo y consiguiente consenso). La solución, en cambio, hubiese sido cortar el nudo gordiano con la intensidad con la que Shakespeare —a través de Harry «Hotspur» Percy— da el consejo definitivo: «Tú di la verdad y avergüenza al diablo» (Henry IV, part 1).
EL CUIDADO DEL ALMA
Desde el punto de vista socrático que hemos hecho nuestro, la nobleza de espíritu consiste en el cuidado del alma. Este cuidado necesita la verdad porque sin ella —decía Baggini— es imposible ni plantearse el concepto de vida buena. Quien miente pierde la fe en sus propias palabras y termina por no reconocerse.
Rémi Brague: «Los que quieren ser de verdad un Sócrates […] se arriesgan a que los echen a la calle como mínimo»
La preocupación por las Humanidades, tan vinculada a la nobilitas literaria, adquiere así su más honda significación. «Nuestra vida espiritual depende por completo del lenguaje», ha recordado el teólogo Ratzinger, y el lenguaje depende de la verdad para no ser mero ruido y trampantojo. Y viceversa: la verdad depende de un instrumento capaz de expresarla. En Los viajes de Gulliver, los preclaros Houyhnhnms eran tan racionales que encontraban la mentira prácticamente ininteligible. El ideograma chino para «sin- ceridad» es una combinación de «palabra» y «perfecta».
Tal importancia de la palabra para el cuidado del alma viene subrayada por la trascendencia que el noble de espíritu da a su palabra. Es la parte esencial de su soberanía. Quien cumple su palabra, se dicta una ley, una ley privada (verdadero privilegio en su estricto sentido etimológico), pero ley. Y el ideal va todavía más lejos: consiste en que cada palabra que se diga sea una palabra que se da y, por tanto, que hay que guardar, una verdad que obliga.
La palabra es el eje, pero una constelación de rasgos característicos del noble de espíritu la acompañan y res- guardan de los embates de la realidad. Cierta querencia por la excentricidad ayuda, por ejemplo, a librarse de los tópicos, las últimas modas y los lugares comunes. La frivolidad bien entendida es un recurso que permite ser grave sin resultar cargante. Se entiende por qué Stendhal suspiró provocativamente: «Cuando miento, me aburro», o tanta boutade con recámara de Oscar Wilde. La costumbre de frecuentar a los clásicos y la insistencia en el canon, esto es, la vida en conversación con los difuntos y la escucha atenta con los ojos a los muertos (Quevedo dixit), lejos de ser una pedantería o un escapismo cultural, libera de las imposiciones del pensamiento de nuestro tiempo y da perspectiva y piedad para juzgar a nuestros contemporáneos.
Las buenas maneras, tan minusvaloradas, permiten en multitud de casos prácticos decir la verdad o sugerirla sin ofender, sobre todo si los interlocutores comparten el código. La falta de delicadeza se traduce con frecuencia en una incapacidad para la sinceridad. Otro caso interesante es el humor típicamente aristocrático: el autodenigratorio. En vez de reírse de nadie, el auténtico señor sabe ponerse al servicio de los demás también como pretexto para una sonrisa o una risa. Quizá Falstaff fuese sir, sobre todo, porque supo reírse de sí más que de nadie. Este humor autoinmune permite decirse la verdad más difícil de todas: la que uno tiene que escucharse en la exigente soledad de su conciencia.
EL VALOR PARA LA VERDAD
No debe extrañarnos, a estas alturas, que las grandes defensas de una verdad tan elástica como irrompible vengan de autores que ejercieron tácita o explícitamente la aristocracia de espíritu. Siempre hay que partir de la ironía socrática y de las sugerencias narrativas de las parábolas de Cristo, inventor de historias fabulosas que se definió, ojo, como verdad y vida. En nuestro tiempo, José Ortega y Gasset, el partidario de las élites creadoras, postuló el perspectivismo y la razón vital. Eugenio d’Ors propone renunciar las veces que haga falta al principio de no contradicción en aras de la verdad real y vivida. Juan Ramón Jiménez, aristócrata de la intemperie, pidió a la intelijencia [sic] que le diese el nombre exacto de las cosas, reconociendo que la verdad había que crearla o terminarla con poesía y belleza. De ahí su aforismo: «Mucho más que el arte es la verdad bella». Riemen se atreve a explicar los motivos en Para combatir esta era (Taurus, 2018): «La creación de la belleza es imposible sin la búsqueda de la verdad y el afán por la justicia: si no, la belleza se vuelve una mentira cegadora».
Lo que le puede pasar por alto al lógico o al utilitarista, jamás le pasa al aristócrata de espíritu, especialmente sensible a la estética. Nadie ha recogido con más música la unión de los trascendentales que John Keats: «La belleza es verdad y la verdad, belleza». En una escena clave de Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh, lord Sebastian explica a un incrédulo Charles Ryder que la belleza de la Navidad es un motivo más para creer en ella, incluso —se adorna— el más convincente. Ryder necesitará media vida para entender la luminosa profundidad que se escondía tras la superficie de esa aparente frivolidad. Solzhenitsyn también pasó una vida para poder decir, al recibir el premio Nobel: «En su lucha contra la mentira, el arte siempre ganó, y ganará siempre».
Pero la hermosa verdad exige valor. Como tantas veces, la metáfora de la caballería intelectual adquiere rasgos literales. Hay que prepararse para un combate singular. En el Bushido, o código de los samuráis, la mentira está muy mal vista, aunque no por un juicio moral, sino porque se la considera una cobardía. El mentiroso se esconde detrás de un burladero de palabras huecas. Este criterio japonés podría servirnos para saber qué mentiras sociales o políticas nos están permitidas: únicamente las que no sean pretextos para nuestra comodidad o complicidad, sino servicio o respeto al otro. En el famoso discurso de Thomas Jefferson en la fundación de la Universidad de Virginia en 1801 resuenan ecos caballerescos: «Aquí no estamos asustados de seguir a la verdad, nos conduzca a donde nos conduzca; ni de tolerar el error en la medida en que se deje libertad a la razón para combatirlo».
En Introduction au monde grec. Études d’histoire de la philosophie (Champs, 2008), Rémi Brague afina aún más:
«Los filósofos de café invocan a Sócrates cuando pretenden revivir la atmósfera viva de la filosofía, poniendo de nuevo el acento en la dimensión del diálogo. Pero hay un aspecto que olvidan, o, más precisamente, que eligen ignorar: Sócrates quería poner a examen la doxa de la polis y escrutar sus pretensiones de legitimidad. Las refutaba con una paciencia cabezona que terminó en su procesamiento y condena. En nuestras sociedades occidentales la cicuta y la pira existen únicamente —a Dios gracias— en la versión soft de despedir a un profesor […] Los que quieren ser de verdad un Sócrates […] se arriesgan a que los echen a la calle como mínimo».
Søren Kierkegaard remite, por encima de todas las metáforas y los símbolos que lo sostienen y nos abocan a él, al sacrificio individual. Le basta una frase, casi un lema, que es una llamada a lo más noble de la nobleza de espíritu, y su resumen. Así, en última instancia, se solucionarán las dificultades teóricas y se sortearán los titubeos prácticos. Kierkegaard dice: «Verdaderamente, para servir a la verdad solo cabe hacer una cosa: sufrir por ella».
Con este estudio sobre Carlos Barral (1928–1989) como editor, Juan Ignacio Alonso consigue escribir una historia fascinante que se lee con amenidad de novela. Sin dejar de cumplir su propósito explícito: iluminar unos años claves (los 60 y 70) para España y la literatura desde uno de sus epicentros: la inquieta Barcelona del momento. El ensayista llega preparado al reto porque con su formación cubre todos los campos de la biografía de Barral: Alonso es doctor y profesor de Literatura; editor él mismo en Santillana y Espasa Calpe y, además, escritor de creación con varias novelas en su haber.
Precisamente, la primera lección que nos da este libro es de estilo: la eficacia de una prosa transparente que transmite los hechos con claridad, sin adornos, apoyándose en testimonios de primera mano. El estudioso no se deja margen de opinión personal, más allá de un elegante sesgo a favor de su biografiado.

La segunda lección que Alonso transmite es la importancia del trabajo del editor. A pesar del glamour de la vida privada de Carlos Barral, miembro preeminente de la gauche divine [la exquisita elite intelectual y social de izquierdas]; a pesar de su indiscutida condición de poeta de peso de la generación del cincuenta; a pesar del político senatorial que Barral acabó siendo por el PSOE, Alonso pone siempre por delante su figura del editor.
Es una decisión oportuna, pues es oficio que no suele atraer los focos, pero que limpia, fija y da esplendor a la literatura de los otros, contribuyendo a mejorar sus obras y a elevar el nivel cultural de la sociedad. En el caso de Helen Hanff, recientemente analizado en Nueva Revista, llamamos la atención sobre la labor a veces principal de un buen editor.
La editorial Seix Barral promovió la novela del realismo social, buscó alianzas con Gallimard y Einaudi y potenció el boom latinoamericano
En el caso de Carlos Barral esa importancia se abre en abanico, tal y como describe el libro: «Seix Barral [desarrolla en la edición] cinco campos de vital importancia: la publicación en español de las nuevas literaturas que se estaban produciendo en Europa, sobre todo en Francia, Italia y Alemania; el apoyo a una renovación de la poesía española que favoreció la consolidación de la llamada generación de los Cincuenta; la promoción de la novelística española del Realismo Social; la apertura hacia el exterior mediante alianzas con los principales editoriales internaciones, como Gallimard e Einaudi, cristalizada en los encuentros de Formentor y la creación de premios editoriales conjuntos; y, por último, la promoción y potenciación del llamado boom de la narrativa latinoamericana, cuyo epicentro se situó en Barcelona en buena medida gracia a la iniciativa de Barral y otros actores culturales, como la agente literaria Carmen Ballcels».
La tercera lección de El aristócrata indigente es reversible. Aunque el interés prioritario del libro es Barral como editor, Juan Ignacio Alonso muestra y demuestra que no hay compartimentos estancos. La vida de Barral, su condición de poeta, la seguridad personal en sus juicios, los privilegios de su posición social, incluso; su conocimiento de idiomas, la calidad de sus amigos, sus recursos intelectuales, su atractivo personal: todo confluye en hacerle el magistral y muy bien conectado editor que fue.
En ese sentido, resulta ilustrativo el recuerdo de Mario Muchnik: «Barral se creía el hombre más elegante del mundo. Einaudi lo era»; aunque, tras ese pellizco de monja, afirma: «Eran personalidades distintas, pero muy parecidos como editores. La finura con que fabricaban sus libros respondía a su finura intelectual. […] Estaban en la edición no para publicar juguetitos o divertimentos, sino porque tenían una profunda visión de la literatura y de la cultura».
La vida literaria queda muy bien retratada. En especial, las sinergias que se crean entre unos y otros. Hablando de la gauche divine, Beatriz de Moura subrayó: «En el fondo pasar las noches en el Bocaccio [la mítica discoteca donde se reunían] era trabajar, porque aquello era un brote de ideas permanente». El libro es, por tanto, una larga y razonada acción de gracias y un equitativo reparto de méritos. Este ensayo no olvida reconocer a los colaboradores de Carlos Barral: Víctor Seix, Alberto Oliart, Joan Petit, Jaime Salinas, Carmen Balcells o Rosa Regás, entre otros.
Afición marinera y aventurera
Incluso, según explica Alonso, la afición marinera de Barral repercute en su disposición aventurera a embarcarse en todo tipo de proyectos. Su legendario «señoritismo» resultó un instrumento de trabajo. Se explica quizá mejor con una anécdota: «La apuesta cruzada con Petit, que sostenía que de la edición española de The Use of Poetry and the Use of Criticism de T. S. Eliot, traducida por Gil de Biedma, apenas se venderían 500 ejemplares; Barral aceptó el envite pensando que perdería, pero no fue así, porque: “Un sector notable de la capa cultivada del país estaba realmente sediento de información literaria, deseoso del salir del ghetto virtuoso y ciego de la ñoñería nacional”». Obsérvese: Barral se embarca con indudable dandismo en una apuesta que asumía perdida de antemano. Gracias a lo cual publica un libro imprescindible y, además, gana su apuesta.
La afición marinera era uno de los tres homenajes al padre tempranamente desaparecido al que el editor tributó siempre una especie de culto. El barco de Barral era de la tradicional vela latina, como el del padre, y se llamaba también “Capitán Argüello”, nombre del barco paterno. Los otros homenajes fueron igual de explícitos: los veraneos en Calafell y la colección de espadas medievales y renacentistas.
El libro recoge una anécdota muy sabrosa que las pone en relación. Ana María Moix en su Manifiesto personal narra un intento de soborno urbanístico a Barral en Calafell. Cuando los ricos promotores empezaron a hablarle de dineros bajo manta y de coches regalados, el venerable editor empezó a llamar a su mujer a gritos quijotescos: «¡Yvonne, Yvonne, estos sinvergüenzas atentan contra mi honor! ¡Mis espadas! ¡Mis espadas!» Aquellos tipos se largaron inmediatamente. Carlos murió unos meses después.
Al lector curioso le asaltan las preguntas freudianas y jungianas. ¿Hasta qué punto esa llamada al honor está conectada con la presencia física de las viejas espadas? ¿Cuánto emana de la propia simbología del arma (tan estudiada por Juan Eduardo Cirlot, el poeta amigo de Barral y también coleccionista de espadas) y cuánto de la evocación indirecta del padre del autor?
Editó, entre otros, a Vargas Llosa, Cabrera Infante, T.S. Eliot, Juan Marsé… etc
Juan Ignacio Alonso se concentra en aspectos más prácticos, como ir detallando exhaustivamente los principales libros que Barral editó, en una larga nómina de títulos y de autores que resulta deslumbrante: Vargas Llosa, Cabrera Infante, García Hortelano, T. S. Eliot, Juan Marsé… También dedica unas reflexiones interesantes y muy documentadas a la censura y, a partir de la nueva ley de prensa de 1966, a la autocensura, mucho más insidiosa y esterilizante.
Fiel a su sobriedad estilística, Alonso no nos explica el título del libro: El aristócrata indigente, más allá de reconocer que debe ese «luminoso oxímoron» a Gregorio Morán, que describe así a Barral El cura y los mandarines (Anverso, 2014). No hacen falta más explicaciones, sin embargo, porque a lo largo del libro se va entendiendo su exactitud.
Por el lado de la «aristocracia», está clara la de del espíritu en el editor incansable en busca de la excelencia en todos los órdenes: autores, obras, tipografía, traducciones, cubiertas, etc. También en el poeta exigente consigo mismo. Pero igualmente brilla la otra aristocracia más frívola: su gusto por las relaciones sociales; su habilidad para moverse en los círculos más selectos (de la edición y de la ciudad); sus mismas aficiones: las espadas, los barcos, cierto donjuanismo; su natural desenvoltura, su pasión memorialística.
En la imprescindible entrevista con Joaquín Soler Serrano en TVE [Enlace], el mismo Barral reconoce su «diletante actitud aristocrática», e ignora si fue innata o impostada, aunque no le importa, porque ya se le ha hecho naturaleza.
Como aristócrata estaba más preocupado en dar que en recibir
Igual puede decirse de la «indigencia»: forma parte de su leyenda y tampoco necesita explicaciones. Ahí están los riesgos económicos constantes y la ruina ocasional que terminó acarrándole su vocación de editor espléndido. Mejor que Esther Tusquets no puede decirse: «Carlos el Magnífico era uno de los hombres más encantadores que he conocido, pero a veces su encanto no bastaba para anular los dislates provocados por su frivolidad».
Como aristócrata estaba más preocupado en dar que en recibir. Aun a riesgo de arruinarse, bien que nos dio. Nada menos que uno de los periodos más ricos, interesantes y fecundos de la edición literaria española. Su legado pervive, porque, en palabras de Juan Ignacio Alonso, «fue maestro de editores y abrió camino para muchos otros que siguieron la senda por él trazada».