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Charing Cross Road, 84 es un libro de 1970 que fue un best-seller, se ha convertido en un long-seller y ha adquirido naturaleza de libro de culto. Se ha rodado una película, titulada La carta final (David Hugh Jones, 1987), con Anne Bancroft y Anthony Hopkins; se le ha dedicado un episodio de una serie de televisión (Play for Today), se ha adaptado al teatro (en España por Isabel Coixet), ha inspirado un musical de Brodway e incluso se ha convertido en un videojuego. Como fenómeno literario, resulta asombroso.

Charing Cross, 84. Anagrama. 128 págs.
Charing Cross, 84. Anagrama. 128 págs.

Aunque se la suele calificar como novela, es un libro epistolar que recoge las cartas que durante veinte años se cruzaron la autora, Helene Hanff (Philadelfia, 1916-Nueva York, 1997) y los empleados de una librería de viejo de Londres, principalmente Frank Doel.

Antes que dudas literarias, nos asaltan dudas jurídicas que atañen al derecho a la propiedad intelectual. ¿La obra es exclusivamente de Helene Hanff, que la firma, que consta como autora y que como tal se acepta unánimemente? ¿No deberían considerarse autores a los otros corresponsales de este cruce de cartas, especialmente a Frank Doel? El papel del editor también parece invadir los terrenos de la autoría. Es él quien descubre que aquellas cartas podrían ser un libro y le pone, además, el título, Charing Cross Road, 84, acierto indudable y una clave de su éxito, pues remite a lo epistolar y al cruce («cross») de personalidades.

En el epílogo se cuenta su intervención de manera que no deja lugar a duda de su transcendencia: «Para su sorpresa, el editor la llama y le dice: “Publicamos 84, Charing Cross Road”. Helene, sorprendida, le pregunta: “¿Bajo qué forma?” “¡En forma de libro, por supuesto!”, replica el editor. “¡Está usted loco!”, exclama ella».

Son de Helene Hanff las cuatro cosas que hacen que un libro lo sea: la voz, el personaje, la pasión y el destino

Hasta qué punto Hanff es la autora de este volumen sería, pues, un apasionante caso para unas prácticas de Derecho. A la vez es el perfecto punto de partida para una comprensión literaria. Porque artísticamente al menos el libro es de Helene Hanff, como reconoce de inmediato cualquier lector. ¿Por qué? Recoge cartas de otros casi en un 50%, sí, pero son de Hanff las cuatro cosas que hacen que un libro lo sea: la voz, el personaje, la pasión y el destino.

Una voz propia y reconocible es la esencia de la expresión literaria. Hanff la tiene hecha a partes iguales de interés y ternura, de humor excelente y melancolía implícita. Junto a esa voz inconfundible, algunas manías ayudan a configurar el personaje: especialmente su rechazo a la ficción (“Jamás he conseguido interesarme por cosas que sé que jamás les ocurrieron a personas que nunca han vivido”); también su obsesión con Inglaterra, su afán por formarse a toda costa (supliendo su falta de estudios reglados), su amor —transido de casi carnalidad— por las bellas ediciones y su defensa acérrima de las anotaciones y las marcas en los libros.

El motor de Charing Cross Road, 84 es la pasión por los libros y eso también lo pone Helene Hanff, sobreponiéndose a la relación un tanto funcionarial con su oficio del flemático librero Doel. Cómo Hanff consigue contagiarle en parte esta pasión es una de las más delicadas subtramas del libro, sobre todo porque es un reflejo de cómo nos la transmite subrepticiamente a nosotros del todo.

Comunidad de lectores

Las enseñanzas humanísticas que Charing Cross Road, 84 expone son muchas. La vindicación del canon occidental como quien no quiere la cosa (compruébese la lista de los libros que pide a la librería), la reivindicación de la relación personal con los autores del pasado, los grandes libros como búsquedas de sentido [tal y como se estudiaron en NR], la negación de que la lectura sea un vicio solitario, la importancia de la comunidad de lectores, etc.

Lo esencial es la historia de salvación que el libro expone. O de salvaciones. Salvación personal, porque Helene Hanff traía todas las trazas de convertirse en una fracasada. De ser, como ella misma decía: «Uno de los 999 de 1000 [aspirantes a dramaturgos] que no se vuelve Noël Coward». De hecho, se había pasado la vida escribiendo obras de teatro, y la única que se representó (con una adaptación, ay, que no era suya) fue Charing Cross Road, 84. Con atinada autocrítica dijo en una entrevista en el New York Times en 1982: «Yo era buena inventando diálogos, pero no conseguía dar con la historia que hubiera podido salvarme». Nótese el verbo «salvarme» y cáigase en la cuenta de que esa historia, que era la suya, no la encontró la autora. La historia dio con Helene Hanff, y la salvó.

Hay una salvación cultural, además. La Inglaterra de la literatura se refugia en la pequeña librería del número 84 de Charing Cross; y luego, cuando esa librería cierra, al final, y Helene Hanff no puede visitar Inglaterra, se ha encarnado en la destartalada biblioteca de la humilde escritora neoyorquina. «Está aquí», reconoce ella en las emocionantes palabras finales. Quien lee ampara la civilización.

Cerramos la última página con la certeza de que los libros nos salvan también a nosotros

Todavía hay más. Porque cerramos la última página con la certeza de que los libros nos salvan también a nosotros. Cuando Helene Hanff recibe una primera edición de Idea de la Universidad de John Henry Newman, escribe: «El Newman llego hace casi una semana y ahora comienzo a recuperarme de la impresión.  […] No porque sea una primera edición, sino porque jamás he visto un libro tan bello. Saberme su propietaria me inspira un vago sentimiento de culpabilidad. Un libro así, con reluciente encuadernación en piel, sus estampaciones en oro y su hermosa tipografía debería estar en la biblioteca revestida de madera de una casa solariega de la campiña inglesa, y está pidiendo ser leído junto a la chimenea por un caballero sentado en una butaca de cuero…, no debería estar en el desvencijado diván de un mezquino estudio de un edificio de ladrillo oscuro cuya fachada se cae a pedazos».

Es un impulso hacia la nobleza de espíritu, como cuando Rilke, ante la belleza de un torso de Apolo, se ordenó a sí mismo: «Tienes que cambiar de vida». El impulso de Helene Hanff no culmina en la casa solariega ni siquiera en una humilde visita a Inglaterra, sino en su cotidiana biblioteca leída y vivida. Pero no hace falta más. Porque se trata ya de una vida lograda gracias a una existencia con sentido. El que da (y por eso nos atañe tan profundamente este libro) la lectura apasionada.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.