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Miguel d’Ors nació en Santiago de Compostela el día de Navidad de 1946, cuatro años y cuatro días antes que yo. Es hijo de un ilustre catedrático de Derecho Romano, Álvaro d’Ors, y nieto del célebre ensayista y filósofo catalán Eugenio d’Ors. Le gusta caminar por el campo, como a Juan Jacobo Rousseau, y escalar montañas, como a Aleister Crowley.

Me relacioné con él en el paleolítico inferior, cuando al mundo no le había salido ni una arruga en la cara, allá por los años setenta del siglo pasado, cuando nació mi hijo Álvaro y Miguel publicó, en las prensas de la Universidad de Navarra, su libro El caligrama, de Simmias [sic] a Apollinaire (1977), que hoy constituye una rareza bibliográfica y ayer, hoy y mañana, una delicia. No nos conocíamos personalmente, pero nos escribíamos cartas en las que reconocíamos sin tapujos nuestra deuda con Borges, el maestro común de aquellos años a cuya advocación continuamos encomendándonos en éstos. No sé si él recordará aquel epistolario primaveral. Sus cartas constan todavía en algún lugar privilegiado de mi escritorio.

Pasó el tiempo, y Miguel d’Ors y yo perdimos el contacto epistolar. Él andaría preparando —imagino— oposiciones de lo suyo, la Literatura Española, y yo pugnaría —pugné— por abrirme paso en lo mío, la Filología Clásica, y esas pejigueras profesionales, unidas a las circunstancias familiares de uno y de otro, suelen aislar bastante. Fue en 1988 cuando, formando parte del jurado que iba a fallar el Premio de la Crítica correspondiente a la modalidad de poesía, me topé con un libro de versos suyo editado por la Universidad de Murcia en 1987: Curso superior de ignorancia, uno de los conjuntos de poemas más hermosos y divertidos que han caído en mis manos nunca.

Tanto Fernando Ortiz como el que suscribe combatimos denodadamente para que un libro tan extraordinario como ése obtuviese el premio. Y lo obtuvo. A partir de entonces, Miguel dejó de ser un poeta amateur y se pasó con armas y bagajes al profesionalismo, que en el caso de un poeta como él, alejado del mundanal ruido que suele acompañar a la feria de las vanidades literarias, no es más que una burda manera de decir que abandonó su condición de desconocido y empezó a habitar con sus versos las antologías más exigentes.

Parece un personaje extraído de un cantar de gesta irlandés o de un santoral extravagante

A partir de entonces, me he encontrado en muchas ocasiones con él, compartiendo tribunales poéticos, recitales y saraos de diversa índole. Es un tipo recio. Lo hicieron de una pieza, como los obeliscos egipcios. No le da por fingir. No disimula. Dice lo que piensa. Parece un personaje extraído de un cantar de gesta irlandés o de un santoral extravagante, o uno de esos secundarios gruñones y bondadosos que aparecen en las películas de John Ford. Entrañable y desapacible, exquisito y salvaje, cuidadoso y despreocupado: así veo a mi amigo Miguel d’Ors.

Una de sus entregas poéticas anteriores a Curso superior de ignorancia se tituló Es cielo y es azul (Granada, Zumaya, 1984), un rótulo que dialoga con un terceto de Lupercio Leonardo de Argensola, llevándole la contraria. Dice Argensola: «Porque ese cielo azul que todos vemos / ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande / que no sea verdad tanta belleza!». Miguel, que es un hacha en el arte de oponerse a todo lo que a él pueda antojársele politically correct, nos dice que ese cielo que a Lupercio no le parece cielo y que sólo es azul en apariencia es, en realidad, cielo puro, entero y verdadero, y, desde luego, azul, y que no hay que marear la perdiz con escepticismos baratos ni con cientificismos de tres al cuarto, y que, teniendo a mano instrumentos como la fe de San Agustín y la docta ignorancia de Nicolás de Cusa, no hay que dar vueltas a un asunto tan espinoso y resbaladizo como el conocimiento humano.

Y es que Miguel ama en profundidad y sin vacilación el mundo que nos rodea, pero detesta ciertas plantillas de interpretación de ese mundo que han venido haciendo fortuna y creciendo hasta oscurecerlo desde la Revolución Francesa hasta las barricadas sesentayochistas. Todo eso —el amor y el rechazo, tan visceral el uno como el otro — se percibe de forma meridiana en sus versos, traspasados de esos cuatro ingredientes que no deben faltar en un cóctel católico sensu stricto, de los que trasegaba Paul Claudel: la alabanza de lo creado y de su Creador, el júbilo de ser, el sentido de ser y el efecto «dramático» de existir (o sea, la tensión de la lucha, porque la lucha, el pólemos, es la madre — o el padre— de todas las cosas, según nos dejó dicho el bueno de Heráclito).

Otro extremo que nos hermana a Miguel d’Ors y a mí es la devoción por el mundo clásico. Tan pregnante y asidua es la influencia de la cultura grecolatina en la obra poética de Miguel que, con motivo de un homenaje que se tributó hace unos años en Alcañiz a Antonio Fontán, príncipe de humanistas, urdí un pequeño paper sobre la innegable presencia de elementos grecorromanos en la poesía de d’Ors y en la de Julio Martínez Mesanza, otro gran enamorado de Grecia y Roma. Desde todos los puntos de vista, la poesía de ambos se revela como profunda e íntimamente epigramática, y el epigrama, como es sabido, es una creación helenística que encontró sus cimientos, su templo, y yo diría que hasta su pináculo, en ese florilegio de florilegios que es la Antología Palatina.

Hace poco incluí a Miguel d’Ors como primer poeta, cronológicamente hablando, de un conjunto de diez destinado a representar la mejor poesía española de los años ochenta, o sea, de la última belle époque del siglo pasado (Diez poetas de los ochenta. Una antología de L. A. de C. , Madrid, Mercamadrid, 2007). De acuerdo con el propio d’Ors, aportamos a la guirnalda colectiva trece de sus mejores composiciones, a saber, «Reproche a Miguel d’Ors», «Esposa», «Pequeño testamento», «Otro poema de amor», «Contraste», «De misterio», «Carta», «Maravillas de la naturaleza», «Caballos en la nieve», «Por favor», «Aniversario», «Tomo y obligo» y «Media vida». Si tuviese que elegir dos poemas tan sólo de entre todos los de Miguel, no dudaría ni un instante: «Pequeño testamento» y «Carta», pertenecientes ambos a Curso superior de ignorancia. Los reproduzco aquí, para que el improbable lector que aún no los conozca los deguste y, después, los memorice de cabo a rabo, como hice yo cuando los leí por primera vez.

«Pequeño testamento» es un himno borgiano al planeta azul en que vivimos, tan asendereado por los hombres en su manía de rentabilizarlo todo. Dice así:

Os dejo el río Almofrey, dormido entre zarzas con mirlos,
las hayas de Zuriza, el azul guaraní de las orquídeas,
los rinocerontes, que son como carros de combate,
los flamencos como claves de sol de la corriente,
las avispas, esos tigres condensados,
las fresas vagabundas, los farallones del Maine, el Annapurna,
las cataratas del Niágara con su pose de rubia platino,
los edelweiss prohibidos de Ordesa, las hormigas minuciosas,
la Vía Láctea y los ruyseñores cumplidos.

 

Os dejo las autopistas
que exhalan el verano en la hora despoblada de la siesta,
el Cántico espiritual, los goles de Pelé,
la catedral de Chartres y los trigos ojivales,
los aleluya de oro de los Uffizi,
el Taj Mahal temblando en un estanque,
los autobuses que se bambolean en São Paulo y en Mombasa
con racimos de negros y animales felices.

 

Todo para vosotros, hijos míos.
Suerte de haber tenido un padre rico.

«Carta» se sale un poco del guión claudeliano al que hice referencia antes, poniendo algo de azar y hasta de caos en las relaciones humanas. Pero es que el amor y el desamor son así, y Miguel d’Ors, como Guillermo Brown, se limita a constatar un hecho. Leamos, pues, la carta que Miguel dirigió a alguien que pudo ser y no fue, a la imagen borrosa de una mujer que, como Ulises, quiso llamarse Nadie:

A ti, que serás siempre La Ignorada,
a ti, que llegaste a quién sabe qué lugar
cuando yo acababa, ay, de salir de él,
o perdiste aquel tren, no sé cuál, que te hubiera traído
al centro de mi vida,
o estabas en un banco de algún parque
un día que yo no quise pasear entre las hojas verlenianas,
a ti,
por la chacarera de tu mirada que nunca he visto,
por ese corazón que desconozco y es como una playa de
septiembre,
a ti, por todo lo que me habría obligado a amarte,
a ti, que me habrías amado hasta nunca,
que ahora puedes estar llorando
en la luz fría de una habitación de hotel,
o con tus hijos en el British Museum,
o ves el arco iris en una telaraña,
o piensas en mí sin saber que soy yo,
a ti, retrospectiva, condicional, perdida,
dondequiera que estés,
este poema.

De los trece poemas de Miguel incluidos en Diez poetas de los ochenta sólo dos pertenecen a su última entrega, Sol de noviembre (Sevilla, Númenor, 2005). Se trata de «Tomo y obligo» y «Media vida». El segundo es, en mi opinión, el mejor poema del libro. Se ordena éste en tres espacios temáticos muy diferentes. La primera parte se centra en el paso del tiempo y en la geografía de la memoria, y alberga excelentes composiciones, como «Encrucijada en Lyon», «Kilómetros de nada» y «Conversación con el otro» (este último muy en la línea del mejor Gil de Biedma). La segunda nos habla del amor, de esa mujer «igual a las demás, pero que es ella» (como diría Borges), de ese Ewigweiblich que protagoniza poemas como «Otra invocación», «Inexplicable», el ya citado «Media vida», «Aunque no lo parezca» —una pieza casi dramatizable en el más puro estilo brechtiano— y «Correo ordinario» (en el que a mí me sobra el último verso).

La tercera y última parte se ocupa de la dimensión religiosa del hombre, de la trascendencia, de Dios; y aprovecha, como es natural, para poner sobre la mesa la idea de sus relaciones con la Divinidad, que asoman siempre, de una forma o de otra, en todos los poemas de Miguel d’Ors, pero muy especialmente en éstos; mi poema favorito de esta tercera zona es «Por un azul y un amarillo», que me parece espléndido.

Por lo que puede verse en este Sol de noviembre, las alforjas poéticas de Miguel siguen llenas hasta los bordes de creatividad y de talento. El libro, más que de noviembre, se diría de abril a juzgar por su frescura, su juventud, su audacia, su osadía. Está impregnado de esa tristeza esperanzada y de esa hímnica melancolía que es la marca de la casa. No me resisto a copiar aquí «Media vida», uno de esos poemas que justifican la permanencia de su autor en el Olimpo de la poesía española última:

En la cena
me sobra media pizza.
Qué sensación extraña.

 

Tras el cristal, la noche, el mar, agosto.

 

Qué tristeza:
me sobra media noche,
me sobra media luna
y medio mar: la parte
que te tocaba a ti de aquel nosotros.

 

Y me sobro y me falto medio yo
porque me faltas tú, mi media vida.


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