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LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo es un impactante ensayo de Victor Klemperer, en su día catedrático de universidad. LTI. La lengua del Tercer Reich puede leerse como un análisis de las técnicas de la propaganda y de la publicidad nazis entre 1933 y 1945, y como un primer intento de análisis sociolingüístico. Es un libro con importantes aportaciones para el mundo de la historia de la ideas, en especial para voces como fascismo, racismoantisemitismosionismo, Europa y romanticismo. Pero sobre todo resulta un documento personal sobrecogedor, un volumen rico en experiencias de un enamorado del lenguaje y de la literatura en un tiempo y en un lugar muy especiales, un ensayo ante el cual palidecen los libros de historia clásicos. Prevalece su carácter de gran relato sobre el de monografía lingüística, quizá porque los apuntes los escribía clandestinamente, mientras trabajaba como un esclavo de los nazis en una fábrica y residía en condiciones infrahumanas en una “casa de judíos” de Dresde. Prima la vida sobre el carácter de estudio erudito. “No seré capaz de trasladar mis reflexiones y preguntas respecto al lenguaje del Tercer Reich de la fase de apunte a la de una obra científica” (p. 29), afirma.

Los Diarios de Klemperer, aparecidos en Alemania en 1995, treinta y cinco años después de su muerte, conforman del mismo modo una de las autobiografías más importantes del siglo XX. Esos diarios constituyen el punto de partida para analizar la lengua del Tercer Reich. En parte de la destilación de los Diarios surgió, en 1947, LTI (en latín: Lingua Tertii Imperii, “La lengua del Tercer Imperio”), con la clara intención de mostrar a la sociedad los peligros de la manipulación de la lengua. Sus consideraciones valen tanto entonces como ahora.


 

Victor Klemperer: "LTI. La lengua del Tercer Reich"
Victor Klemperer: “LTI. La lengua del Tercer Reich”

Victor Klemperer: LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Traducción de Adan Kovacsics . Editorial Minúscula (Barcelona). Primera edición, 2001 (octava reimpresión de 2018). [Adan Kovacsics inserta breves y cuidadosas aclaraciones y notas a pie de página para que el texto se entienda mejor. Su traducción del alemán al castellano es excelente].

Obra original en alemán: LTI. Notizbuch eines Philologen. Reclam Verlag, Leipzig, 1975 [la primera edición es de 1947].


Victor Klemperer (Landsberg an der Warthe, 1881-Dresde, 1960), noveno y último hijo de un rabino, hermano de dos prestigiosos médicos (Georg y Felix Klemperer) y primo del aclamado director de orquesta Otto Klemperer, estudió filología románica. Se doctoró en Múnich en 1913 y un año después se habilitó para enseñar en la universidad, tras redactar un trabajo sobre Montesquieu que le dirigió el prestigioso romanista Karl Vossler, gran conocedor (este último) de la lengua y la literatura españolas.

Klemperer inició su carrera académica tras combatir para Alemania como voluntario en la Primera Guerra Mundial. En 1921 era profesor de Filología románica en la Universidad Técnica de Dresde. En 1933, cuando Hitler se hizo con el poder, pudo huir de Alemania, pero optó por quedarse. Dos años más tarde, en 1935, las leyes raciales le obligaron a tener que dejar la cátedra que ocupaba en Dresde. En esa ciudad vivió durante casi toda la época del horror nazi, sometido a las terribles restricciones impuestas a los judíos, aunque logró salvarse de la deportación porque estaba casado con una mujer aria. Precisamente LTI está dedicado a su esposa, la pianista Eva Schlemmer (de casada,  Eva Klemplerer), con quien había contraído matrimonio en 1906. “Tú sabes, y hasta un ciego debería percibirlo con su bastón, en quién pienso cuando hablo de heroísmo a mis oyentes” (p. 7), es la dedicatoria en honor de Eva al principio de LTI. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, Victor y Eva Klemperer permanecieron en Dresde, en la zona de ocupación soviética, y él regresó a su puesto en la universidad.

En esta reseña vamos a considerar LTI. La lengua del Tercer Reich desde el punto de vista del poder de las palabras, en este sentido que da Klemperer: “El lenguaje del vencedor… no se habla impunemente. Ese lenguaje se respira, y se vive según él” (p. 289). Si se habla el lenguaje de los enemigos mortales, la consecuencia es la entrega y la traición a las raíces propias (p. 277).

Lo anterior equivale a defender que la inmensa mayoría de los alemanes era nazi no tanto porque hubiera acogido abierta y conscientemente las doctrinas del nazismo. Era nazi sobre todo por hacer aceptado el lenguaje y la terminología en la que se expresaba esa doctrina. Piénsese para entender esto de forma intuitiva en los más jóvenes, en los adolescentes de aquella época, que respiraban permanentemente una ideología perversa. El veneno de aceptar el lenguaje de la doctrina nazi es tal que su terminología es usada y hablada también por las personas que sinceramente creen que no están afectadas por esas ideas.

“Observaba cada vez con mayor precisión –afirma Klemperer– cómo charlaban los trabajadores en la fábrica y cómo hablaban las bestias de la Gestapo y cómo nos expresábamos en nuestro jardín zoológico lleno de jaulas de judíos. No se notaban grandes diferencias; de hecho, no había ninguna. Todos, partidarios y detractores, beneficiarios y víctimas, estaban indudablemente guiados por los mismos modelos” (p. 26). Y más adelante:  “El nazismo se introducía más bien en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponía repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente” (p. 31).

Héroes

Veamos un ejemplo. Héroe, heroico, heroísmo son términos empleados hasta la saciedad durante el nazismo y por él tergiversados. “En su origen, el héroe es alguien que realiza actos positivos para la humanidad. Una guerra ofensiva , acompañada, además, de tantas atrocidades como la de Hitler, no tiene nada que ver con el heroísmo” (p. 17). Pero en el ambiente aquel los “héroes” eran los soldados altos, rubios, jóvenes y arios. Esos eran los héroes que señalaba Joseph Goebbels, el ministro de la Propaganda. Engañaba y se engañaba: “La época de Hitler generó el heroísmo más puro, pero en el terreno contrario, por así decirlo. Pienso en los numerosos valientes de los campos de concentración, en los numerosos ilegales intrépidos. Allí, el peligro de muerte y los sufrimientos eran incomparablemente mayores que en el frente… Allí no le esperaba a uno la tantas veces celebrada muerte en el campo del honor, sino en el mejor de los casos la guillotina” (pp. 18-19).

Es más, para el nacionalsocialismo, los “héroes” y los “virtuosos” eran justo los fanáticos. “Si alguien dice una y otra vez fanático en vez de heroico y virtuoso, creerá finalmente que, en efecto, un fanático es un héroe virtuoso y que sin fanatismo no se puede ser héroe. Las palabras fanático y fanatismo no fueron inventadas por el Tercer Reich; este solo modificó su valor y las utilizaba más en un solo día que otros épocas en varios años” (pp. 31-32).

Victor Klemperer: "LTI. La lengua del Tercer Reich" (versión original alemana, con Joseph Goebbels en la portada)
Victor Klemperer: “LTI. La lengua del Tercer Reich” (versión original alemana, con Joseph Goebbels en la portada)

Al confundir a los héroes y a los virtuosos con los fanáticos, el nazi anhelaba ser fanático, se hacía fanático. “El lenguaje no solo crea y piensa por mí, sino que guía a la vez mis emociones, dirige mi personalidad psíquica, tanto más cuando mayores son la naturalidad y la inconsciencia con que me entrego a él” (p. 31). En la conciencia o en el subconsciente del pueblo “una mentalidad próxima tanto a la enfermedad como al crimen fue considerada durante años como la virtud suprema” (p. 95).

Fe fanática

El nacionalsocialismo manipuló especialmente el lenguaje de la fe, “a pesar de que el nacionalsocialismo combate el cristianismo y, en especial, a la Iglesia católica, ora de forma abierta, ora de forma subrepticia, ora en la teoría, ora en la práctica, pero eso sí, desde el comienzo” (p. 166). Separarse de la Iglesia era paso obligado para los miembros de las SS y para los nazis más ortodoxos (p. 118).

Al Führer se le diviniza. Se cree en él, no en Dios. El Führer es el “redentor”, el “salvador”. ¡Qué terrible tener que ver en Hitler al Salvador!, pero por insólito que parezca eso ocurría a muchísimos alemanes según el testimonio de Klemperer. Entre 1933 y 1945 “jamás se le podía contradecir en lo más mínimo” (p. 170). Se llega al extremo, como escribió Goebbels y cita Klemperer, de que “el amor del Führer pertenece a toda la humanidad; y si esta lo supiera, se despediría en ese mismo instante de sus falsos dioses y lo honraría a él” (p. 172).

Si el Führer era Dios se podría pensar que el imperio hitleriano era la Iglesia, y la guerra destinada a conservar el Imperio hitleriano “se convirtió en una cruzada, en una guerra santa, en una guerra santa del pueblo” (p. 173). En esta guerra de religión había “caídos” como los mártires: “Imbuidos en una firme fe en su Führer” (p. 173).

Jesucristo trajo y es el Reino de Dios. “La palabra Reich (reino, imperio) posee algo solemne, una dignidad religiosa ausente de todos los términos más o menos sinónimos”(p. 173). Por eso los nazis suspiraban con ella. El Reich, como el Reino de Dios, estaba destinado a ser “eterno” (ewig), otro adjetivo que desempeña para el nacionalsocialismo “un papel especial e importantísimo” (p. 167).

Si Jesucristo murió en la cruz y la cruz es la victoria, para los nazis, cuanto más sombría se mostraba la situación, tanto más se manifestaba la “fe fanática en la victoria final“. La utilización máxima de fe fanática desde el punto de vista cuantitativo se alcanzó después del atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler. La fe fanática en la victoria final “aparece literalmente en todas y cada una de las innumerables profesiones de lealtad al Führer” (p. 93).

Subraya Klemperer: “El nazismo fue acogido como el Evangelio por millones de personas, puesto que utilizaba el lenguaje del Evangelio” (p. 177).

Raza y pueblo

Con Hitler en el poder, conceptos tales como conciencia, arrepentimiento y moral estaban fuera de lugar, no se sabía lo que significaban. Lo valioso era el pueblo, el país y la raza. La conciencia, el arrepentimiento y la moral de todo un ejército y de todo un pueblo acabaron neutralizados y sometidos a los intereses nazis.

La lengua del Tercer Reich se centraba por completo en despojar al individuo de su esencia individual, “en narcotizar su personalidad, en convertirlo en pieza sin ideas ni voluntad de una manada dirigida y azuzada en una dirección determinada, en mero átomo de un bloque de piedra en movimiento” (p. 42).

El modo de hablar nazi, tan pobre y empobrecedor, se apoderó de todos los ámbitos, públicos y privados. Se adueñó de la política, de la jurisprudencia, de la economía, del arte, de la ciencia, de la escuela, del deporte, de la familia, de los jardines de infancia y por supuesto, y con particular ahínco, del ejército (p. 37). La lengua, fuera hablada o escrita, debía ser apelación, arenga e incitación (p. 41).

Klemperer defiende que “en la idea de la raza, reducida y centrada en el antisemitismo y activada mediante este, se basa la peculiaridad del nacionalsocialismo respecto a otros fascismos. De él extrae todo su veneno” (pp. 200-201). A ello une Klemperer “la característica alemana básica de la desmesura, de llevar las consecuencias lógicas hasta el extremo, de intentar asir lo ilimitado”, lo que “proporcionaban un exuberante caldo de cultivo para la idea de la raza” (p. 201).

El filólogo Klemperer va más lejos: “Todo cuanto constituye el nazismo ya está contenido en germen en el romanticismo: el destronamiento de la razón, la animalización del ser humano, la glorificación de la idea del poder, de la fiera, de la bestia rubia…” (p. 208), una tesis por la que ha sido ampliamente criticado.

Coventrizar

El nacionalsocialismo tenía una forma muy fácil de legalizar la invasión y el robo: por medio del cambio de palabras. Antes de la Segunda Guerra Mundial, en 1938, se apoderaron de Austria, que sería la Marca Oriental (Ostmark). Así se incluía Austria en la Gran Alemana. Después invadieron Holanda, que se llamaría la Marca Occidental (Westmark). Todas las ciudades polacas fueron germanizadas. Por ejemplo, Lodz perdía su nombre y recibía el de Litzmannstadt, por su conquistador en la Primera Guerra Mundial.

Pero el nazi también era “creativo” cuando no podía invadir o robar.

La ciudad inglesa de Coventry fue casi totalmente destruida por los aviones de la Luftwaffe el 14 de noviembre de 1940. Goebbels se inventó el término coventrizar para referirse a partir de entonces a esos bombardeos masivos. Conventrizar era “borrar del mapa”. Varsovia fue “coventrizada”. Casi todas las ciudades polacas, con excepción de Cracovia, fueron “coventrizadas”. Crimen y castigo. También en los últimos dos años de la guerra casi toda Alemania y gran parte de Austria fueron “coventrizadas” por los aliados, incluida la perla barroca de Dresde, la ciudad de Klemperer.

A modo de resumen

Hay un peligro enorme en no saber lo que significan las cosas. Hay un peligro claro de destrucción si se utilizan términos que no significan lo que tienen que significar. Piénsese en lo que ocurre hoy día en la economía. “Crisis económica” implica cosas contrapuestas para un keynesiano y para un seguidor de la escuela austriaca de economía. Lo mismo la palabra “dinero”. Hasta incluso la palabra “banco”, por lo que debería ser para uno (el keynesiano) y lo que debería ser para otro (el seguidor de la escuela austriaca de economía).

En el caso que nos ocupa, por lo menos desde 1933 hasta 1945 aunque sus efectos perviven, el redentor era Hitler, los nazis eran héroes y el Tercer Reich era eterno. Europa era Alemania y los territorios que conquistara, “espacio”, no espíritu, no lo mejor de la tradición de Jerusalén, Atenas y Roma. Más: solo los arios merecían sobrevivir y regir, los demás eran pueblos inferiores, especialmente los “cerdos judíos”, perversos sin saberse por qué, siniestros porque “se oyen y se leen tantas cosas sobre ellos” (p. 261). Se prefería el fanatismo a la reflexión y a la argumentación. El ser humano era “material humano”, “carne de cañón”, “piezas”. Se podía y de debía “liquidar” y se buscaba afanosamente la “solución final” (el Holocausto). Había que actuar y funcionar “ciegamente”, como máquinas, anclados, cimentados, o puestos en marcha, lanzados y estimulados. A la vez, sincronizados, coordinados, uniformados, homogeneizados y arianizados. 

Afirma Klemperer: “Desnazificación. No creo ni deseo que esta honrosa palabra tenga una vida duradera; desaparecerá y solo llevará una vida histórica, tan pronto como haya cumplido su deber actual” (p. 11).

Cabe plantearse si la desnazificación no ha de ser acitate permanente, un símbolo que estimule la aclaración del lenguaje y la búsqueda de la verdad. Da que pensar, sin que ello quite ni un ápice de valor a LTI. La Lengua del Tercer Reich, que Victor Klempler ingresó en 1945 en el Partido Comunista de la República Democrática de Alemania (después el temido SED). Desde que terminó la guerra hasta su muerte (1960), como escribe Elke Fröhlich en la versión alemana de LTI. La Lengua del Tercer Reich, “Klemperer parece que perdió toda su sensibilidad para la lengua”, hasta practicar como tantos otros la propaganda comunista e incluso la “alabanza a Stalin” (Elke Fröhlich, epílogo a Victor Klemperer: LTI. Notizbuch eines Philologen. Reclam Verlag, Leipzig, 1975, p. 412).

Apéndice

A los más aficionados al estudio de los diccionarios históricos de la lengua quizá les guste saber que en LTI Klemperer se detiene a fondo en otros términos nazis especialmente característicos. Cito algunos: “guerra relámpago” (Blitzkrieg, p. 12); “fulminante” (schlagartig, p. 12); “clan, parentela, familia en sentido lato” (Sippe, p. 13); “guerrero”(kämpferisch, p. 16); total (Total; guerra total, Estado total, p. 54); campo de concentración (KZ, Konzentrakionslager, p. 267);  “presentarse” –a la policía, a la Gestapo– (sich melden, p. 267); “expedición de castigo” (Strafexpedition, p. 69); “ceremonia de Estado” (Staatsakt, p. 70); “mostrar celo” (eifern, p. 91); “entusiasta” (Schwärmer, p. 91), “tempestad” o “asalto” –según el contexto– (Sturm, p. 105), etc.


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