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brooks.jpgEl niño David Brooks bautizó a sus dos tortugas como «Gladstone» y «Disraeli», por lo que extraña poco que el adulto David Brooks haya terminado por perpetuar la tradición tan noble del «think british, act yiddish» como opinador de una derecha de corte moderantista. Su condición de conservador de centro le ha acarreado a Brooks no pocas malquerencias partisanas por parte de los espíritus puros de la derecha y la izquierda, pero —en todo caso— la solvencia de su prosa, siempre con un punto de sorpresa intelectual, le ha llevado a hacerse imprescindible, de The Wall Street Journal y The Atlantic hasta su destino actual en The New York Times.

La crítica suele ponderar el articulismo de Brooks muy por encima de sus virtudes como ensayista de largo recorrido. Sin embargo, son sus ensayos los que le han otorgado mayor fama mundanal: hace poco más de diez años, se hizo un nombre en todo el orbe al retratar a los «Bobos» (bourgeois-bohemian, o burgueses-bohemios) como modelo humano de una época; ahora, El animal social le ha llevado a las conversaciones de moda, a los primeros puestos en las listas de ventas y a la mesilla de noche de los poderosos de este mundo: así, si Chávez apadrinó a Galeano, Obama a Franzen, Aznar a Sharansky y Zapatero a Pettit, David Cameron ha respaldado públicamente el nuevo ensayo de David Brooks, marcado por el gabinete del primer ministro británico como la encarnación escrita de la Gran Sociedad o la formulación más ajustada del ser y el deber ser del conservadurismo moderno.

En verdad, hay no pocas concomitancias entre el conservadurismo «al modo de Teddy Roosevelt» que postula Brooks y el reverdecer de una tradición comunitarista tory apoyada de modo expreso por Cameron. Es el llamado conservadurismo «one nation», contiguo al llamado conservadurismo compasivo y hoy representado con eminencia por Ferdinand Mount, tío de Cameron y antiguo gabinetero de Margaret Thatcher, con quien sin embargo los tachados de «wets» vivieron sus años de exilio. No eran tiempos para reivindicar la dimensión social de la derecha, pero si la Thatcher profirió que «there is no such thing as society», Cameron le ha dado la réplica décadas después: «sí existe una cosa llamada sociedad». Sin rozar siquiera los extremos de la derecha antiliberal, véase en el eje Brooks-Cameron un apartamiento explícito del individualismo economicista thatcheriano, muy en sintonía con la necesidad de vínculos y arraigos que, con pertinencia especial en estos tiempos de crisis, afirman entre nosotros, por ejemplo, Víctor Pérez-Díaz o Valentí Puig.

En El animal social, Brooks parte del descrédito del racionalismo puro al modo francés como clave para interpretar la complejidad del hombre y operar políticamente en sociedades de complejidad también creciente. Opta el autor por alinearse con aquella vieja Ilustración británica que —de Hume a Burke o el Adam Smith moralista— se aparta de la arrogancia de la razón geométrica y hace prevalecer la experiencia sobre la ideología, el carácter sobre el pensamiento abstracto o las relaciones sociales sobre la elección individual. Precisamente, según Brooks, cabe leer el fracaso de tantas iniciativas de política pública —del urbanismo al «nation building» o las leyes escolares— como la derivada natural de unas visiones «epidérmicas» sobre la naturaleza humana. Frente a los magnos proyectos de laboratorio, Brooks nos quiere llevar a tomar conciencia del haz de pasiones y afectos, en buena parte incognoscible, que es el hombre.

Y lo hace a través de un ensayo ficcionalizado, donde los protagonistas, Harold y Erica, sirven de asidero precario —se han deplorado no poco las habilidades narrativas de Brooks— para dar muestra del «cambio revolucionario» que la ciencia de las últimas décadas ha aportado sobre nuestra precepción de nosotros mismos, de la psicología evolutiva a la neurociencia, y de la biología a la sociología. El acumulado de estudios aportado por Brooks enfatiza, sin esoterismos psicoanalíticos, la centralidad de un rasgo ya mencionado, como es lo no cognitivo, en nuestra vida, es decir, «el flujo inconsciente de emociones, intuiciones, inclinaciones, anhelos» que en buena parte nos constituye. Es algo que ya supieron entrever los muy templados ilustrados ingleses y que Brooks parece elevar a un paroxismo determinista que, en cambio, ya tendría poco que ver, pongamos por ejemplo, con un Burke.

Se le ha reprochado a Brooks el agolpamiento de trabajos académicos utilizados «pro domo sua», pero sería injusto no ponderar, entre tanta trivia, las muchas intuiciones luminosas que nos deja: por ejemplo, que para llevar una vida exitosa, tan importante será la capacidad de cooperación como la de supervivencia competitiva darwiniana. O que los poderes públicos no pueden asumir que los seres humanos seamos «meras máquinas racionales que responden a incentivos económicos». O que las escuelas cumplirán con su misión si, además de alimentar la inteligencia, nutren el carácter con autocontrol, responsabilidad y conciencia de mérito.

«Muchos de nuestros problemas», incide Brooks, «son consecuencia de un capital social insuficiente». De ahí que el autor acepte la incidencia del Gobierno en ámbitos como la movilidad social, si bien parte de la base de que las sociedades se fortalecen sin injerencias estatales: «sin interferencias del Gobierno, las gentes colaboran más». Es, en definitiva, la reformulación del viejo saber conservador de que las instancias intermedias —de la parroquia al club, de la escuela a la familia— fortalecen a su vez a un individuo que construye su esfera moral volcado, indefectiblemente, en la relación con los demás. Y es también el corolario, de no menor prosapia conservadora, de que la libertad humana sobrepasa toda horma de previsión racionalista, por lo que el papel del Gobierno se ha de limitar a alentar esas redes sociales naturales que hacen posible a cada individuo alcanzar el papel moral de ciudadano responsable.


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Habitual como firma de periodismo literario, opinión política y dos áreas de su especial interés, la literatura y la cocina, ha publicado sus trabajos en los grandes medios españoles. Ha sido director de la edición digital de Nueva Revista, jefe del proyecto de opinión online de The Objective y articulista en diversos medios. En julio de 2017 fue nombrado director del Instituto Cervantes de Londres. Ha publicado Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (2014) y de La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig (2017). Traductor y prologuista de obras de Evelyn Waugh, Louis Auchincloss, J. K. Huysmans, Rudyard Kipling, Valle-Inclán o Augusto Assía, entre otros.